Telepunga

Arelis Uribe
Arelis Uribe

Fragmento

La escopeta

La escopeta

Vivíamos en el campo cuando mi papá me enseñó a usar la escopeta. Nos fuimos los dos solos al fondo del patio. Puso unos tarros vacíos en hilera y me dijo: Párate derecho, David, pone bien el ojo en la mirilla. Yo tenía trece años, sentí el arma pesada en la muñeca y la presión metálica en el hombro. Al disparar, la culata pateaba de vuelta. Me quedaron moretones en el pecho por los golpes entre descarga y descarga. Le achunté a la mitad de los objetivos y mi papá se mostró satisfecho.

Nuestra casa quedaba cerca de un regimiento militar. Cada cierto tiempo, la unidad daba de baja los uniformes raídos, las carpas de lona rota o los botines de cuero gastados. La orden del coronel al pelotón era deshacerse de los trapos viejos. Pero a sus espaldas los soldados vendían los harapos a los vecinos y más de una costurera hábil les daba otro ciclo. Mi papá compraba bototos por saco. Íbamos juntos, me pedía que le ayudara a caminar los bultos hasta la casa. Me costaba llevar el costal al hombro, siempre he sido muy flaco. Mi papá se quejaba de mí, porque él era capaz de cargar dos sacos y yo solo uno.

En la casa, improvisábamos una fábrica: yo quitaba los cordones, mi mamá remendaba el cuero en su máquina de coser y mi papá pasaba horas pegando nuevas suelas y tapillas que obtenía al cortar neumáticos viejos, también comprados en negro al regimiento. La Belén, mi hermana chica, jugaba a animar trocitos de cuero como si fueran muñecos. Después, yo me escurría a la cocina con mi mamá. Me gustaba más ayudarla a ella. Pelábamos papas o rescatábamos limones del enorme limonero del patio. Mi papá se molestaba. Decía que la cocina no era el lugar de un hombre. Decía que no salía nada bueno de mí picando verduras, porque ni siquiera subía de peso.

Salía a ofrecer los bototos por el pueblo, mi papá. Iba a la entrada de la estación de tren o recorría los pasillos del mer­cado o se instalaba en la plaza principal. A veces cruzaba a vender a Argentina y se perdía por días en Mendoza. Cuando él no estaba, yo me metía a la cama de la Belén. Me gustaba abrazarla por la espalda, rozar su piel nueva por debajo del piyama. Era chiquitita la Belén entonces, no iba ni al colegio. Ella se reía con el recorrido de mis dedos. Nunca le pedí que me tocara, solo le pedía que me dejara jugar con ella a las cosquillas.

Cuando el coronel descubrió la movida de la reventa, varios pelados rasos fueron apaleados y obligados a comer carne de perro en castigo. Nunca más un conscripto traficó ropa andrajosa; nunca más mi familia pudo reciclar bototos viejos. El quiebre botó a mi papá al vino y congeló a mi mamá en la tristeza. Él estuvo días sin salir a vender; ella pasó mañanas enteras sin levantarse de la cama. Esto duró como una semana. Hasta que el hambre despabiló a mi mamita. Pegó un cartel en la ventana que decía se hacen costuras y nos llevó a la feria a recoger hortalizas. También compró pollitos por monedas. Eran tiernuchos, con un piar de cajita musical. No nos dejaron ponerles nombres, para que no nos encariñáramos.

Mi papá me llevó a montar el gallinero al fondo del sitio. Me ordenó que clavara la malla metálica a los palos sin enterrar el clavo completo, para así doblarlos y que formaran un gancho. Dos clavos se me pasaron de largo y me martillé un dedo. Inútil, me dijo. Mejor ándate a la cocina, me dijo. No me moví de su lado hasta que terminamos el corral. Ahí íbamos con la Belén a mirar los pollos. Cuando crecieron, cambiaron de amarillo sol a café tierra. Se volvieron gallinas ponedoras. Una parte de la puesta la comíamos y la otra la ofrecíamos por la ventana con otro cartel: se venden huevos. También faenábamos. Mi mamá agarraba las gallinas por el cogote, las alas batían como un abanico, hasta que las ultimaba con un tirón de pescuezo. Las colgaba cabeza abajo en el patio por horas. Luego, les vertía agua hirviendo y las desplumaba en el lavaplatos. Las acostaba en el mesón y me pedía que les metiera el cuchillo por el vientre para quitarles las piedritas del contre y los huevos que todavía llevaban dentro.

Quizá de las gallinas mi papá sacó la idea de los gallos de pelea. Consiguió diez, mi mamá le pasó la plata. Le ayudé a ampliar los corrales, al lado de los demás pollos. A mí no me gustaban los gallos. Me picoteaban los dedos cuando me tocaba alimentarlos y detestaba el olor a aserrín podrido de las jaulas. El cacareo no me dejaba dormir. Mi papá me obligaba a ir a las peleas. Les colocaban espuelas en las patas y los soltaban en una arena minúscula, donde se picaban mutuamente hasta sangrar o morir. Él quería que yo aprendiera el oficio. A mí no me interesaba. Mi mamá tampoco los quería. La oía quejarse: No hay plata para leche ni carne, pero esos gallos de mierda siempre tienen qué comer.

Por ese tiempo los vecinos adoptaron un cachorro que creció hasta convertirse en un quiltro enorme que ladraba rabioso cuando la Belén y yo nos acercábamos a la valla que dividía los terrenos. El perro tenía una predilección por los gallos y mató varios. Mi papá los encontraba despanzurrados en el patio y se desquitaba con nosotros. Golpeaba a mi mamá. Gritaba: Hay que cuidar lo único que nos mantiene. Mi mamá lloraba y lo amenazaba con echarlo o con irse. Cuando sucedió lo del disparo, yo tenía quince años y la Belén, siete.

Mi papá me llevó al fondo del sitio y me explicó que, a pesar de ser menor, yo era el segundo hombre de la casa. Me instruyó: David, la próxima semana me voy a Argentina, quiero que tomes la escopeta que está en mi pieza y te encargues de ese perro. Me daba miedo y se lo dije. Él se enfureció, me gritó maricón, flacuchento de mierda. Yo prefería no hacerlo, una cosa era matar gallinas para comerlas y otra distinta era dispararle a un perro del tamaño de un niño. Aun así, no quería defraudar al viejo; quería que estuviera orgulloso de mí. Así que acaté. Al día siguiente, mi papá partió a Mendoza por una semana.

La primera noche sin mi papá, había una luna redonda y brillante. Fui a la pieza, agarré la escopeta y me senté cerca del limonero con el arma en el regazo. Me sudaban las manos, estaba nervioso, quería hacerlo bien. Esperé varias horas. Era de madrugada cuando el perro apareció. Lo divisé entre la maleza y me arrimé sigiloso, con la escopeta al hombro. Lo vi entrar a los corrales a través de un hoyo que cavó en la tierra. No era la idea matar a los gallos, así que esperé a que el quiltro saliera. Escuché la alharaca y el ajetreo en las jaulas. Descansé el rifle en el suelo, estaba tan ansioso, temía activarlo por accidente. Al rato, el perro emergió. La luna le iluminó el hocico negro lleno de plumas. Respiré profundo, recogí el arma y disparé lo más erguido posible. Los gallos cacare

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