El último cuaderno

José Saramago

Fragmento

Contents
Índice
Portadilla
Índice
Un regalo inesperado, por Pilar del Río
Un bloguero llamado Saramago, por Umberto Eco
Marzo de 2009
Funes & Funes
¡Que viene el lobo!
El mañana y el milenio
Cuestión de color
Nido de avispas
Raposa do Sol
Geometría fractal
Abril de 2009
Mahmud Darwish
G20
Santa María De Iquique
El reloj
Otra lectura de la crisis
Leer
L’Aquila
'Bo'
Colombia en Lanzarote
Delirios de grandeza
Con Dario Fo
Exhibicionismos
Camisola
De la imposibilidad de este retrato (1)
De la imposibilidad de este retrato (2)
Eduardo Galeano
Los niños vestidos de negro
Recuerdos
Gripe (1)
Gripe (2)
Mayo de 2009
Javier Ortiz
Expulsión
Benedetti
Santo de casa
Hombre nuevo
La feria
Torturas
El valor
Corrupción a la inglesa
Sofía Gandarias
¿Hasta cuándo?
Charlot
Poetas y poesía
Un sueño
Soborno
Mayores
Historia de una flor
Armas
Música
¿Manos limpias?
Desencanto
Junio de 2009
Bronce
Marcos Ana
Viajes
Laicismo
Carlos Casares
La cosa Berlusconi
Paradoja
Una buena idea
Epitafio para Luís de Camões
Cuerpo de Dios
Miguéis
Netanyahu
El elefante de viaje
En Castelo Novo
Regreso
Sastre
Sábato
Formación (1)
Formación (2)
España negra
Dos años
Julio de 2009
Agustina
Traducir
Apariencias
Crítica
Del sujeto sobre sí mismo
Castril
La raya del pelo
Lecturas para el verano
Académico
Aquilino
Siza Vieira
Los colores de la tierra
Historias de la emigración
Jardinadas
Luna
Montaña blanca
Cinco películas
Un capítulo para el Evangelio
Problema de hombres
Derecho a pecar
'E pur si muove'
La abjuración
Álvaro Cunhal
Agosto de 2009
Gabo
Patio del Panadero
Almodóvar
La sombra del padre (1)
La sombra del padre (2)
Yemen
África
Un rey así
Guatemala
Jean Giono
Acteal
Carlos Paredes
La sangre en Chiapas
Tristeza
Un tercer dios
Juego sucio
Dos escritores
República
La junta del motor
Despedida
Septiembre de 2009
El regreso
Formentor
Octubre de 2009
Días felices
Barack Obama
Noviembre de 2009
No al paro
Diciembre de 2009
No-B Day
Sobre Maria João Pires
Enero de 2010
Una Balsa de Piedra camino de Haití
Febrero de 2010
¿Cuántos Haitís?
Ni leyes ni justicia
Mayo de 2010
Las lágrimas del juez Garzón
Junio de 2010
El ejército israelí ataca la flotilla de ayuda a Palestina
Notas
Sobre el autor
Créditos
04_introduccion

Un regalo inesperado

El 18 de junio de 2009, un año antes del día que iba a morir, José Saramago anotó en este que sería su último cuaderno:

«Hace más de treinta años escribí: Castelo Novo es una de las más conmovedoras memorias del viajero. Tal vez un día vuelva, tal vez no vuelva nunca, tal vez evite volver, porque hay experiencias que no se repiten. El viajero no volverá a hablar de la hora, de la luz, de la atmósfera húmeda. Pide sólo que nada de esto sea olvidado mientras por las empinadas calles sube. Queden, pues, la luz y la hora ahí paradas, en el tiempo y en el cielo.»

Y se pararon, sí, la luz y la hora, justo un año después de aquel viaje en que José Saramago leyó estas palabras para el grupo de amigos que le acompañaba y todos supimos entonces, con la experiencia de nuestras propias vidas, que no volveríamos a sentarnos en las escalinatas de la fuente de Castelo Novo, que oír la voz entrecortada por la emoción del escritor viajero era un privilegio que no se repetiría nunca más. José Saramago recorría su país, el que describió en el formidable libro Viaje a Portugal, pues en su último tiempo se empeñó en iniciar una ruta nueva, El Camino de Salomón, para respirar una vez más aires conocidos y decir adiós a los paisajes que antes había iluminado. Así son las despedidas de los hombres que saben que han nacido de la tierra y que a la tierra vuelven, pero abrazados a ella, con esa especie de inmortalidad que ofrece el suelo del que nos levantamos cada día, con nuevas experiencias incorporadas. Las de quienes son suelo y tierra, nuestro sustento, tal vez nuestra alma.

El último cuaderno de Saramago no es un libro triste. Tampoco contiene tanta indignación como Umberto Eco dice en su prólogo, escrito para los primeros textos y del que Saramago se hace eco en un juego insólito protagonizado por dos opinantes sin remedio, que no sólo no nacieron mudos sino que con el pasar del tiempo encontraron muchas palabras para decirnos a todos unas cuantas verdades. Qué suerte tenemos de poder leerlos. No es éste un libro triste, digo, no es un libro tronante, es, simplemente, una despedida. Por eso, José Saramago, pese a estar atento a la anécdota del día o al suceso terrible, pese a usar el humor y la ironía y emplearse a fondo en la compasión, busca también en sus archivos y rescata textos dormidos que son actuales y nos los deja como regalos inesperados, no como un testamento, simplemente ofrendas íntimas que desvelan pasiones y sueños. Pessoa, por ejemplo. Con trazos poéticos pinta el retrato que de sí mismo haría el autor del Libro del desasosiego, o nos acerca al mundo de Kafka, o a la inevitable tristeza de Charlot, o nos describe la soberbia aventura de coronar la cima de la Montaña Blanca, en Lanzarote, un Everest para quien sale de casa con calzado inadecuado, al caer la tarde, sin linterna, mascarilla de oxígeno, sin un mísero bastón para apoyarse en la bajada, seiscientos metros, una nadería para un alpinista en la flor de la edad, una proeza a los setenta años.

Y sigue Saramago contando el lenguaje de los ríos, de las aguas que bajan tumultuosas en el río Castril o las mansas de su aldea, Azinhaga, y se enfrenta no una, sino muchas veces con la cosa Berlusconi, esa cosa, sí, habrá que repetirlo porque ahí sigue; se complace en escritores de su idioma, Agustina Bessa-Luís, Aquilino Riveiro, Raul Brandão, o en Gabo, no hay que decir el apellido del colombiano y mexicano, como lo presentó Carlos Fuentes una noche en México y luego de Saramago dijo que era portugués y mexicano, y fue la definición más hermosa y más real, tantas patrias como hombres tiene la tierra, todos semejantes unos a otros, como se vio en aquel acto de celebración de la literatura en una región que fue transparente y hoy, ay, no lo es, pese a la expresa voluntad de los mejores. También José Saramago se complace escribiendo sobre Galeano o Maria João Pires, y se indigna, sí, ahí se indigna, cuando ve África desde su ventana y no puede arrullar al continente que otros han depredado y lo siguen haciendo, porque codicia es lo que más hay en la tierra, no paisaje, como erróneamente escribió hace años. En este cuaderno último dice que la muerte es negra en África pero las armas que matan son blancas, tal vez la muerte de hambre también sea blanca, quién sabe, si no vamos al lugar en el que están los que mueren, no vemos a los que matan o mandan matar, estamos enzarzados en disputas domésticas mientras el lobo se come todos los corderos. Y Dios, las religiones, estas humanísimas invenciones, son otro asunto en el que entra Saramago, ateo confeso, que ser agnóstico le parece como ser del partido de en medio, una forma de estar y no estar, y desde su militante ateísmo le propone a las dos grandes confesiones monoteístas que se inventen un tercer Dios, no el del Cristianismo ni el del Islam, un Dios ecuménico que pueda ser adorado por unos y otros y así se acaben las guerras de religión y se ponga fin a la terrible función de esos niños vestidos de negro que las familias entregan para que otros los adiestren y sean mártires. Esto ocurre en Yemen y los niños son como nuestros hijos, miran igual, ansían tener un cochecito con ruedas con el que jugar ladera abajo. Tal vez mañana uno de ellos muera matando en nombre de Dios, pero Sa

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