Para David Royle
Su Estación Telepática transmite ondas de pensamiento que los mediocres, los aburridos, los desilusionados, así como cualquiera que esté cansado o inquieto, son capaces de percibir.
Entonces, aunque no figure en atlas ni guías, su Jardín es fácil de encontrar. En un abrir y cerrar de ojos se llega a la puerta, donde está escrito en grandes letras: HACED EL AMOR, NO LA GUERRA.
*
Ella no maltrata a sus víctimas (las bestias morderían o huirían): las reduce a flores, fatalistas sésiles a las que nada molesta y que sólo hablan consigo mismas. Pequeños míos no demasiado inocentes, desconfiad de la vieja Abuela Araña; desoíd sus ternezas. No es tan gentil como parece, ni vosotros tan fuertes como creéis.
W. H. AUDEN, Circe
La Nature n’a qu’une voix, dites-vous, qui parle à tous les hommes. Pourquoi donc que ces hommes pensent différemment? Tout, d’après cela, devait être unanime et d’accord, et cet accord ne sera jamais pour l’anthropophagie.[1]
MME. DE SADE, Carta a su marido
Me temo que no nos desembarazamos de Dios porque aún creemos en la gramática.
NIETZSCHE
Esto podría comenzar así:
El zorzal tiene su yunque o altar en una piedra caída sobre un montón, dorada y gris, con un tosco cuadrado como forma, caliente al sol y musgosa en la sombra. La pila de escombros se halla en un claro, en lo alto de una colina. Debajo se extiende el dosel de hojas del bosque. Hay un manantial, por supuesto, y un riachuelo que nace de él.
El zorzal parece estar escuchando los sonidos de la tierra. En realidad, con su mirada de soslayo busca su presa secreta en la hierba, entre las hojas caídas. Picotea, perfora, lleva a su piedra la concha con su tierno contenido. La alza, la golpea contra la laja. Otra vez. Y otra vez. Extrae la carne magullada, chupa, sacude, traga. Su buche se ondula. Canta. El canto consiste en sílabas nítidas, cortos gritos, una sucesión de trinos. Su plumaje brilla, color crema moteado de pardo. Otra vez. Y otra vez.
Hay caracteres grabados en la piedra. Tal vez runas, tal vez signos cuneiformes, tal vez ideogramas del ojo de un ave o de una criatura que anda, o que hiere con lanzas y hachas. Aquí hay alfabetos fragmentados, α y ∞, C y T, A y G. En torno de las piedras, las conchas partidas, espiras helicoidales semejantes a orejas vacías en las que ningún martillo golpea en yunque alguno. Enroscadas en sí mismas. Con un ruido quebradizo. El borde de la abertura de la concha es de un blanco puro (Helix hortensis) o de un negro reluciente (Helix nemoralis). Son listadas y en forma de espiral, color oro, rosa, tiza, ocre, se entrechocan cuando el veloz pájaro camina entre ellas. En las piedras yacen los restos anillados de sus congéneres, de un millón de años de antigüedad.
El zorzal canta sus pocas y preciosas notas. De pie en su piedra, que llamamos su yunque o altar, repite su canción. ¿Por qué su canto nos proporciona tal placer?
1.
O bien podría comenzar con Hugh Pink paseando por los bosques de Laidley, en el Herefordshire, en el otoño de 1964. Los bosques son en su mayor parte una foresta virgen encerrada entre laderas de montañas, pero Hugh Pink sigue un sendero bordeado de añosos tejos que discurre sombrío por colinas y valles.
Sus pensamientos zumban en torno a él como una nube de insectos de diversos colores, tamaños y grados de agitación. Piensa en el poema que está escribiendo, de un rojo cálido como un panal, un poema sobre una granada, y piensa en cómo ganarse la vida. No le gusta enseñar en una escuela, pero así es como se ha mantenido últimamente, y, en medio de los árboles oscuros, recrea el olor a tiza, a tinta y a niños, el ruido de los pasillos y el tumulto. Del suelo del bosque se desprende un olor acre y pútrido. Piensa en Rupert Parrott, el editor, que podría pagarle por leer manuscritos. Supone que no le pagaría mucho, pero quizá le bastara. Piensa en la jalea color rosa sanguíneo de las granadas, en la palabra «granada», redonda y picante. Piensa en Perséfone y se siente conmovido al instante por el poder del mito, pero lo rechaza por prudencia. El mito es demasiado vasto, demasiado fácil, excesivo para su granada. Tiene que dar rodeos. ¿Por qué esa súbita necesidad de dar rodeos? Piensa en Perséfone tal como solía imaginársela de niño, como una jovencita blanca sentada ante una mesa negra en una caverna oscura, frente a un plato de oro rebosante de semillas. De niño, cuando aún no había visto nunca una granada, suponía que las seis semillas que comía eran semillas secas. Perséfone tiene la cabeza inclinada y el cabello es de un dorado pálido. Sabe que no debería comer, y aun así come. ¿Por qué? No es una pregunta que pueda formularse. La historia la obliga a comer. Mientras Hugh piensa, sus ojos perciben el bosque, las zarzas y arbolillos, las encendidas bayas de los evónimos, las lustrosas hojas de los acebos. Piensa que retendrá en la memoria a Perséfone y el acebo, y de pronto advierte que las rosadas cápsulas de cuatro lóbulos del evónimo no difieren mucho de los granos de la granada. Piensa en los evónimos y los husos,[2] le pasa por la mente la Bella Durmiente y su dedo pinchado, vuelve a Perséfone, a las jóvenes soñadoras que han comido semillas prohibidas color rojo sangre. No es el poema que está escribiendo. Su poema habla de la carne de los frutos. Sus pasos mantienen un ritmo regular sobre las agujas caídas y el suave tapiz en descomposición. Conservará los árboles en la memoria para las imágenes de su visión interior, y las imágenes para los árboles. El cerebro realiza toda clase de tareas, piensa Hugh Pink. ¿Por qué hace ésta en particular tan bien, de forma tan exuberante?
Al final del sendero, cuando lo alcanza, hay unos escalones para cruzar la cerca. Más allá se extienden campos agrestes y setos vivos. Al otro lado de la cerca hay una mujer y un niño, detenidos. La mujer lleva ropa campestre, pantalones y chaqueta de montar, botas. Se cubre la cabeza con un pañuelo verde anudado bajo la barbilla, al estilo de la reina y su real hermana. Está inclinada sobre la valla, sin cargar en ella el peso, con la mirada perdida en el bosque. El niño, oculto en parte por los escalones, parece aferrado a la pierna de la mujer, que apoya los brazos sobre el borde de la cerca.
No se mueven cuando Hugh Pink se acerca. Él decide desviarse por una sombría senda de la izquierda. Entonces ella lo llama por su nombre.
—¿Hugh Pink? Hugh Pink. Hugh...
Él no la reconoce. No lleva la ropa apropiada, ni se encuentra en el lugar y el momento apropiados. La mujer está ayudando al niño a subir los escalones. Sus movimientos son enérgicos y torpes, y eso hace que la recuerde. El niño se detiene en el peldaño superior, con una mano en el hombro de la mujer.
—Frederica... —dice Hugh Pink.
Está a punto de decir su apellido, y se interrumpe. Sabe que se ha casado. Recuerda el tumulto de chismorreos y murmuraciones que desencadenó este casamiento. Alguien que nadie conoce, decían, se quejaban, ninguno de sus viejos amigos, un extraño, un perfecto desconocido. Nadie fue invitado a la boda, ninguno de sus amantes o camaradas de la universidad; se habían enterado por pura casualidad. Frederica había desaparecido de improviso, o eso comentaba todo el mundo, con variantes, con adornos. Corría el rumor de que este hombre la mantenía más o menos enclaustrada, más o menos incomunicada, en una casa solariega rodeada con un foso —¡quién lo habría creído!— en medio del campo, en las tinieblas exteriores. Había ocurrido algo más, aproximadamente en la misma época, alguna tragedia, una muerte en la familia, que, según se decía, había cambiado a Frederica, la había cambiado por completo, afirmaban. Está tan cambiada que apenas la reconocerías, decían todos. Por entonces Hugh iba camino de Madrid, con el propósito de averiguar si en esa ciudad la poesía era compatible con ganarse la vida. Había estado enamorado de Frederica, y en Madrid se enamoró de una sueca silenciosa. También la había apreciado, pero la había perdido, había perdido todo contacto, porque el amor siempre se impone sobre el aprecio y vuelve a éste confuso, cosa que es de lamentar. Sus recuerdos de Frederica se mezclan con recuerdos de su propia confusión y recuerdos de Sigrid, y con esta confusión.
Es verdad que ha cambiado. Lleva ropa de caza. Pero ya no parece una cazadora.
—Frederica —dice Hugh Pink.
—Éste es Leo —dice ella—. Mi hijo.
La mirada del niño, dentro de su capucha azul, no es risueña. Tiene el cabello rojo de Frederica, dos o tres tonos más oscuro, grandes ojos castaños y gruesas cejas oscuras.
—Éste es Hugh Pink. Un viejo amigo.
Leo sigue mirando fijamente a Hugh, al bosque. No dice palabra.
O podría comenzar en la cripta de la iglesia de Saint Simeon, no lejos de King’s Cross, a la misma hora del mismo día.
Daniel Orton está sentado en una silla negra que gira lentamente, trabada por un retorcido cable de teléfono. Rota hacia un lado y hacia el otro. La oreja le arde por las tensas palabras que le llegan a través del auricular negro que sostiene contra la cabeza. Escucha con el entrecejo fruncido.
—Oiga estoy completamente encerrada sabe oiga oiga ya no levanto el culo de la silla ni salgo de esta habitación tengo la impresión de no tener fuerzas debería intentarlo es estúpido pero para qué sirve oiga oiga si saliera todo el mundo me daría patadas y acabaría en el suelo en un santiamén no estaría segura en absoluto oiga oiga está ahí está escuchando le importa algo lo que digo hay alguien al otro lado de la línea oiga oiga.
—Sí, hay alguien. Dígame adónde quiere ir. Dígame adónde tiene miedo de ir.
—No necesito ir a ninguna parte nadie me necesita no hay ninguna necesidad así son las cosas oh ¿de qué sirve? ¿Sigue usted ahí?
—Aquí estoy.
La cripta es oscura y sólida. Instalados alrededor de una columna, hay tres teléfonos dentro de unos cubículos de madera contrachapada insonorizados por celdillas de cajas de huevos. En los otros dos teléfonos no hay nadie. En el cubículo de Daniel hay una jarrita azul y blanca con anémonas. Dos se han abierto, una blanca y una carmesí oscuro con un centro lleno de suaves espigas negras y polvo negro. Siguen sin abrirse una azul y una roja, con sus brillantes colores internos ocultos bajo la piel, azul acerado y gris rosado pálido, sobre el collarín de hojas. Encima de cada teléfono hay un texto escrito con la bonita caligrafía de un aficionado. El de Daniel dice:
Así también vosotros, si al hablar no pronunciáis palabras inteligibles, ¿cómo se entenderá lo que decís? Es como si hablarais al viento.
Hay en el mundo no sé cuántas variedades de lenguas, y ninguna de ellas carece de significado.
Mas, si yo desconozco el significado de las palabras, seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro para mí.
1 Corintios 14, 9-11
Suena el segundo teléfono. Daniel se ve obligado a desconectarse de la primera llamada. Debería estar presente otra persona, pero hasta los santos llegan tarde a veces.
—Ayúdeme.
—Si puedo.
—Ayúdeme.
—Espero poder hacerlo.
—He hecho algo malo.
—Dígame, la escucho.
Silencio.
—Estoy aquí para escuchar. Puede contarme todo. Para eso estoy.
—No puedo. Creo que no puedo. Me he equivocado, disculpe, voy a colgar.
—No cuelgue. Contármelo puede ayudarla.
Es un hombre que sostiene una criatura ensartada en las oscuras profundidades, en el otro extremo de una línea oscura. La presa jadea y se retuerce.
—Tenía que irme, ¿entiende? Tenía que irme. Yo pensaba: tengo que irme. Eso era lo que pensaba todos los días.
—Muchos pensamos lo mismo.
—Pero nadie hace... nadie hace... lo que yo hice.
—Cuénteme. Me limitaré a escucharla.
—No se lo he contado a nadie. No lo he hecho en todo un año, debe de haber pasado un año entero, he perdido la cuenta. Me moriría si se lo contara a alguien, podría convertirme... en nada. No soy nada.
—No, no es cierto que no sea nada. Cuénteme cómo se marchó.
—Estaba preparando la merienda de los niños. Eran unos niños encantadores, eran...
Lágrimas, sollozos espasmódicos.
—¿Sus hijos?
—Sí —en un susurro—. Les preparaba tostadas con mantequilla. Tenía ese enorme cuchillo. Ese cuchillo enorme y afilado.
Daniel se pone tenso. Ha aprendido a no asignar rostros ni sitios imaginarios a las voces, pues eso lo ha llevado a cometer errores; desecha la imagen de una cocina estrecha, una cara de labios contraídos.
—¿Y? —dice.
—No sé qué me pasó. Me quedé inmóvil y miré a mi alrededor, el pan, la mantequilla, la cocina, los platos sucios y ese cuchillo, y me convertí en otra persona.
—¿Y?
—Y dejé el cuchillo y no dije nada, simplemente fui a buscar el abrigo y el bolso, ni siquiera dije «Salgo unos minutos». Salí en silencio por la puerta y cerré detrás de mí. Y estuve andando durante mucho tiempo. Y... Y no volví. El pequeño estaba en su sillita alta. Se podría haber caído o podría haber ocurrido cualquier cosa. Pero no volví.
—¿Se puso en contacto después... con su marido? ¿Está casada?
—Sí, lo estaba. Supongo que lo estoy. No, no me puse en contacto. No podía. ¿Comprende que no podía?
—¿Quiere que la ayude a ponerse en contacto?
—No —rápidamente—. No, no, no, no, no. Me moriría, me moriría. He hecho algo malo. He hecho algo terrible.
—Sí —dice Daniel—. Pero eso no significa que no haya nada que hacer.
—Ya lo he contado. Gracias. Me parece que voy a colgar.
—Creo que puedo ayudarla, creo que necesita ayuda...
—No lo sé. Me he comportado mal. Voy a colgar.
Saint Simeon no se utiliza como iglesia parroquial. El edificio se alza en un patio mugriento y posee una maciza torre cuadrada, ahora rodeada por andamios que semejan una jaula. La antigua iglesia se agrandó en el siglo dieciocho y otra vez en el diecinueve, y quedó parcialmente demolida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La nave victoriana siempre fue demasiado austera y demasiado alta para su ancho, y este efecto se ha visto reforzado por el hecho de haber sido reconstruida en parte, en el interior de su viejo armazón. Antaño tuvo llamativos vitrales decimonónicos, desprovistos de todo valor especial, que representaban el arca de Noé y el Diluvio en un lado, y, en el otro, las historias de la resurrección de Lázaro, la aparición de Cristo en Emaús y las lenguas de fuego descendiendo en Pentecostés. Las explosiones de las bombas arrojaron hacia adentro todos los vitrales, y sembraron las naves laterales de ennegrecidos fragmentos brillantes. Acabada la guerra, un devoto vidriero de la parroquia asumió la tarea de rehacer las ventanas con los cristales rotos, pero no consiguió —o no quiso— reconstituir las historias tal como eran antes. Lo que hizo fue un colorido mosaico de constelaciones púrpura y oro, ríos verde hierba y rojo sanguíneo, montecillos de ámbar tostado, todos de un vidrio antes translúcido y ahora empañado, manchado por el humo. Era demasiado triste reconstruir las imágenes incompletas, con grandes huecos, le dijo al párroco. Quería que el resultado fuera brillante y alegre, y añadió vidrio moderno aquí y allá para hacer algo abstracto aunque sugestivo, con cabezas de jirafas, pavos reales y leopardos extrañamente inclinadas, que miran de reojo desde unas colgaduras rojas, alas blancas divididas por el azul del mar y el azul del cielo, ángeles con cigüeñas y palomas antediluvianas mezclados con las lenguas de fuego de Pentecostés. Las cimas del monte Ararat están suspendidas sobre un montón de escombros humeantes, entre los cuales hay tablas del arca dispuestas en todos los ángulos. La mandíbula vendada de Lázaro muerto se ha salvado, así como una de las manos, blanca y rígida; ambas conforman una especie de rueda junto con la mano que partió el pan en Emaús y la mano de un carpintero del arca que sostiene un martillo. Partes del arco iris original centellean entre las crestas azules y blancas de las olas.
Virginia Greenhill (Ginnie) baja la escalera haciendo repiquetear sus altos tacones. Da una explicación sobre autobuses retrasados y colas de gente malhumorada. No te preocupes, dice Daniel. Ella le ofrece un té, mantecadas, bienestar. Tiene un rostro dulce y redondo, con gafas redondas que descansan sobre sonrosadas mejillas redondas, y una boca que se curva hacia arriba. Se instala en su propio sillón —el de ella no gira— y extiende un complicado tejido de lana, color avena y esmeralda. Sus agujas se entrechocan. Daniel está soñoliento. Suena su teléfono.
—Recuerde que Dios no existe.
—Ya lo ha dicho antes.
—Y, puesto que Dios no existe, la única ley es hacer lo que a uno le plazca.
—Ya lo ha dicho antes.
—Si usted supiera lo que eso significa... Si lo supiera de verdad... No parecería tan pagado de sí mismo.
—Confío en no dar esa impresión.
—Parece impasible, parece estrecho de miras, parece superficial.
—Con lo poco que usted me deja decir, no puedo parecer gran cosa.
—Se supone que no tiene que preocuparse por eso. Se supone que tiene que escuchar lo que yo necesite decirle.
—Y eso hago.
—Yo lo insulto. Y usted no responde. Lo oigo cómo pone la otra mejilla. Es un pastor o una persona cristiana. Le hago perder el tiempo. Usted mismo lo pierde puesto que Dios no existe. Homo homini deus est, homo homini lupus est y usted es el perro de la fábula con el cuello pelado por el collar,[3] ¿no le parece?
—Quiere resultarme antipático —dice Daniel con circunspección.
—Le resulto antipático. Se lo noto en la voz. Lo he notado antes. Le digo que Dios no existe, y le resulto antipático.
—Lo escucho, con Dios o sin Dios.
—Y no me ha dicho ni una vez que debo de ser muy desgraciado, lo cual es muy inteligente por su parte, dado que no lo soy.
—Me reservo mi opinión —responde Daniel con aire grave.
—Tan justo, tan comedido, tan poco insensato.
—«Dice en su corazón el insensato: “¡No hay Dios!”.»[4]
—Entonces ¿soy un insensato?
—No. Sólo lo he dicho porque parecía apropiado. No he podido resistirme. Haga de cuenta que no lo he dicho, si prefiere.
—¿Lleva usted alzacuello?
—Debajo de un jersey grueso. Como muchos hoy en día.
—Bonhomía. Anomia. Le hago perder el tiempo. De hecho, soy una pérdida de tiempo. Ocupo su línea con Dios, mientras otros insensatos que se han llenado de barbitúricos o se están desangrando pueden estar intentando comunicarse.
—Así es.
—No son nada, si Dios no existe.
—Eso lo juzgaré yo.
—Mi misión es llamarlo y decirle que Dios no existe. Un día me oirá y entenderá lo que le digo.
—Usted no sabe qué es lo que yo entiendo. Se inventa una imagen de mí.
—Lo he irritado. Al fin comprenderá... despacio, porque no es demasiado listo... que insisto en irritarlo porque su trabajo, su misión, es no irritarse, pero al cabo lo consigo. ¿No va a preguntarme por qué tengo que hacer que se irrite?
—No. Puedo preguntármelo a mí mismo. Y estoy muy irritado. ¿Satisfecho?
—Cree que soy infantil. Pero no lo soy.
—No soy experto en infantilismo.
—¡Ah, sí que está irritado! Voy a colgar. Hasta la próxima.
—Como quiera —contesta Daniel, que está irritado de verdad.
—Cable de Acero —dice Ginnie Greenhill.
Le ha dado ese nombre al pregonero de la muerte de Dios a causa de su voz, con un timbre nasal típico de la BBC, una voz cuidada, plañidera y metálica.
—Cable de Acero —asiente Daniel—. Dice que quiere hacerme irritar, y lo consigue. No logro entender por qué sigue llamando.
—En general no quiere hablar conmigo. Le gustas tú. Sólo me dice que Dios no existe y cuelga. Yo le digo «Sí, querido amigo», o alguna tontería, y él cuelga. No tengo ni idea de si está trastornado, si es malicioso o qué. Supongo que aquí estamos predispuestos a reaccionar de manera exagerada, a sospechar que alguien está desesperado aunque no lo esté y sólo quiera irritarnos. Vemos la parte más degradada del mundo, supongo.
Sus agujas se entrechocan. Su voz es agradable, como una tostada con miel. Tiene cincuenta y tantos años y no está casada. No da pie a que le hagan preguntas sobre su vida privada. En otra época tuvo una tienda de lencería, según sabe Daniel, y ahora vive tal vez de una pequeña renta y de su jubilación. Es una cristiana devota y le resulta más difícil aceptar a Cable de Acero que a los masturbadores que llaman desde una cabina telefónica.
El canónigo Holly baja la escalera mientras Ginnie Greenhill atiende otra llamada.
—No, estamos aquí para ayudar, sea cual sea el problema, claro que podría escandalizarme, pero la verdad es que lo dudo...
El canónigo Holly toma asiento en la tercera silla y observa a Daniel, que escribe en el libro de registro:
16.15-16.45. Cable de Acero. Dios no existe, como de costumbre. Daniel.
—¿Alguna idea de lo que se propone?
El canónigo inserta un cigarrillo en una boquilla de ámbar rajada y echa el humo en dirección a Daniel. Va por ahí envuelto en una nube de humo, como un arenque ahumado.
—No —dice Daniel—. El mismo mensaje, el mismo estilo. Intentaba irritarme, y lo hizo. Es posible que esté realmente trastornado porque Dios no existe, o porque Dios ha muerto.
—La desesperación teológica como motivo de suicidio.
—Ha ocurrido antes —señala Daniel.
—Es cierto.
—Pero creo que tiene demasiada labia para ser un suicida. Me pregunto a qué se dedica durante el día y la noche. Llama a todas horas.
—El tiempo nos lo dirá —contesta el canónigo.
—No siempre lo hace —dice Daniel, que ha tenido una o dos experiencias desagradables, de voces desesperadas que se redujeron a un balbuceo ininteligible seguido del zumbido de un teléfono vacío, o que se hicieron más y más estridentes antes de la súbita interrupción de la conexión a través del aire.
O podría comenzar con el comienzo del libro que iba a causar tantos trastornos, pero que por entonces no era más que un montón de notas garrapateadas y un cúmulo de escenas, imaginadas y vueltas a imaginar.
Capítulo 1: De la fundación de la Torre del Blablablá[5]
Cuando el maravilloso despuntar de la Revolución se oscureció con el rojo resplandor del Terror, cuando los adoquines de la ciudad se volvieron resbalosos por la carne y empezaron a rezumar sangre por los intersticios, cuando la hoja chorreante subía y bajaba afanosamente durante todo el día y el espeso olor dulzón de la carnicería impregnaba la nariz de todos los hombres, un reducido grupo de espíritus libres abandonó la ciudad por separado, de noche, a toda prisa y en secreto. Llevaban diversos disfraces bien estudiados, y habían hecho sus preparativos con mucha antelación; habían enviado provisiones de forma clandestina y encomendado a personas de confianza que les tuvieran dispuestos caballos y coches en granjas apartadas (ya que la confianza existía, aun en esos tenebrosos días). Cuando se reunieron en el patio de una granja, semejaban una desastrada pandilla de cirujanos venidos a menos y mugrientos mendigos, apáticos campesinos y lecheras. Los que parecían ser los jefes, o al menos los encargados de trazar el plan de acción, describieron el viaje que les aguardaba a través de llanuras y bosques, eludiendo siempre las ciudades y pueblos grandes, hasta la misma frontera del país, que franquearían para entrar en la región montañosa vecina y llegar al valle oculto, más allá de las crestas nevadas de las montañas, donde uno de los suyos, Culvert, tenía una propiedad aislada, La Tour Bruyarde, a la que sólo podía accederse por un estrecho puente de madera tendido entre dos cadenas de picos, sobre un abismo oscuro y sin vida.
Debían viajar deprisa y con prudencia, sin fiarse de nadie con quien se cruzaran en el camino, salvo los pocos que les prestarían ayuda en los relevos de postas, y en ciertas posadas solitarias y aldeas, a los que reconocerían por ciertas señales secretas, una flor azul en determinado ángulo en la cinta del sombrero, una pluma de águila en un penacho de plumas de gallo. Si conseguían llegar sanos y salvos a su destino —y esperaban ardientemente que así fuera—, estarían en condiciones de establecer su propia y pequeña sociedad en total libertad, alejada de toda retórica, fanatismo y Terror.
Así que emprendieron la ruta, a través de múltiples peligros y amenazas que no se relatarán aquí, sino que se reservan a la imaginación, pues esta historia no se ocupa del turbulento mundo que dejaban atrás, sino del nuevo mundo que con tanta ansia deseaban edificar, ya que no para todos los hombres —visto que esta esperanza se había frustrado—, sí para ese selecto grupo.
No todos llegaron. Dos jóvenes cayeron en manos de los militares y fueron enrolados en el ejército, del que escaparon con penas y fatigas un año más tarde. Un viejo acabó acuchillado por una mujer más vieja aún mientras descansaba sudoroso en una zanja y cerró los ojos de puro agotamiento. Tres muchachas fueron atrapadas y violadas por una turba de campesinos, pese a su magnífico disfraz de brujas picadas de viruela. Cuando descubrieron su carne joven y suave bajo sus ingeniosos harapos, las violaron otra vez por su engaño, y otra vez por su suavidad y dulzura, e incluso otra vez, por compulsión, de modo que ya no les quedaron fuerzas para implorar piedad ni lágrimas que les resbalaran por las mejillas húmedas de llanto, y luego otra vez, de suerte que murieron por sofocación, miedo o desesperación, quién sabe, o quién sabe si acogieron la muerte como una bendición. Su destino nunca llegó a oídos de aquellos, más afortunados, que consiguieron llegar a la escondida torre, aunque por los caminos circulaban rumores al respecto. Pero, en esos días, eran tantos los que corrían una suerte funesta que estas muertes no tenían nada de extraordinario.
El grupo que se reunió en la cima del monte Clytie, antes de emprender el cruce por el puente de madera, sí que se podría haber considerado extraordinario con toda justicia. Estaban cubiertos de lodo y desaliñados, adelgazados por las privaciones del viaje, pero llenos de vigor, con la sangre fluyendo ardiente gracias a las renovadas esperanzas. Desde donde se encontraban no alcanzaban a distinguir La Tour Bruyarde (uno de los muchos nombres del lugar), pero su jefe les aseguró que, una vez atravesado el puente y franqueado el último bastión natural, contemplarían un paraje digno de albergar un paraíso terrenal, una llanura bañada por impetuosos arroyos y serpenteantes riachuelos, en la que se alzaba un monte o altozano boscoso donde se hallaba su nueva morada, en un sitio en el que, a lo largo de los siglos, su familia había poseído una fortaleza para refugiarse.
Este líder, aunque de origen noble, respondía al nombre de Culvert, ya que era requisito de su sociedad que se eligieran nuevos nombres como símbolo de la renuncia al viejo mundo y del nuevo comienzo en el mundo nuevo. La compañera del jefe era lady Roseace. Formaban una bella pareja, en la plenitud de la fuerza de la virilidad y la femineidad seguras de sí mismas. Culvert era más alto de lo normal, de anchas espaldas pero ágil; llevaba el pelo, negro y brillante, más largo de lo que dictaba la moda, caído en negligentes bucles sobre los hombros. Tenía una cara enérgica y sonriente, con una boca roja de gruesos labios, a la vez firme y sensual, y ojos oscuros bajo cejas resueltas. Roseace era esbelta pero de pechos generosos, y las nalgas que descansaban en la silla de montar eran firmes pero amplias. También llevaba el cabello suelto hasta los hombros, aunque sólo había considerado prudente liberarlo de la capucha cuando alcanzaron la cumbre del monte Clytie, y ahora sacudía levemente la cabeza de puro placer ante el límpido aire agitado por la brisa y el vasto espacio de rocas, nieve y vegetación verde que se extendía frente a ella. Su rostro era pensativo e imperioso, con labios bien dibujados y unas cejas como alas que solían alzarse en un gesto inquisitivo. En el curso de su joven vida había sido destinada por sus padres a un marido desagradable, y por las autoridades revolucionarias a una denuncia seguida de un juicio sumario y una rápida ejecución, pero había escapado tanto de sus padres como de los carceleros gracias a un ingenio que rivalizaba con un proceder despiadado. En el día en que da comienzo este relato, tenía el dorado cabello rizado y enmarañado, y la piel algo velada por una capa de polvo en la que relucían diamantinas gotas de sudor.
Otros miembros de la compañía reunida eran el joven Narcisse, pálido, delicado y apenas más que un muchachito, lleno de trémulas dudas sobre sí mismo y súbitos arranques de entusiasmo; el prudente Fabian, que había compartido la libre existencia de estudiante de Culvert y dejado oír la voz de la cautela en el curso de sus más descabelladas empresas; y un hombre de más edad que se hacía llamar Turdus Cantor y se envolvía en una gruesa capa, al parecer por encontrar helado el aire de la montaña, incluso a la luz del sol que despuntaba. La valerosa mujer de Fabian, Mavis, estaba allí, y con ellos iban sus tres hijos, rebautizados Florian, Florizel y Felicitas. Más niños habían emprendido el camino, dos familias con sus hijos y sobrinos huérfanos, pero no se esperaba que llegaran al puente hasta unos días más tarde, dado lo necesariamente lento de su avance. Tres mujeres jóvenes, que se mantenían juntas y hablaban en voz baja, eran Mariamne, de cabellos negros como ala de cuervo, y las gemelas Coelia y Cynthia, de pálido brillo. Se encontraban asimismo los sirvientes que se ocupaban de los carros y las bestias de carga; de éstos, que debían convertirse en compañeros como el resto una vez que alcanzaran su destino, hablaremos con detalle más adelante.
Culvert miró a su alrededor, rió y dijo:
—Hemos llegado hasta aquí tras superar peligros y espantos, y ahora tomaremos posesión de nuestra propia vida y nuestra propia manera de vivir. La Tour Bruyarde, donde seréis acogidos, había caído en desuso en tiempos de mi abuelo. Robaron las piedras para alzar granjas y capillas, las salas quedaron vacías y las enredaderas entraron por las ventanas rotas. Pero se ha hecho mucho trabajo, se han restaurado numerosas cámaras y aposentos, los lugares indispensables están en orden. No obstante, como veréis pronto, las obras de reconstrucción proseguirán sobre nuestras cabezas, para hacer todo más seguro y armonioso.
»Según creo, todos conocéis en parte mis planes de establecer aquí nuestro retiro. Deseo que nuestra nueva vida sea una experiencia de la libertad: libertad en las grandes cosas, en educación, en el gobierno de nuestra sociedad, en la labor compartida, en la vida de la mente y la vida de las pasiones. Se prestará atención a cosas que puedan parecer de menor importancia: el arte, la vestimenta, la decoración de nuestra vivienda, el cultivo de nuestras plantas y árboles. Debatiremos estos asuntos entre todos y, a medida que vivamos con buena voluntad nuestra vida apasionada y razonable, les iremos dando nuevas formas que ahora apenas podemos imaginar. Suprimiremos las restricciones triviales. Instituiremos nuevas combinaciones. Los que deseen algo con ansia satisfarán su deseo, al igual que quienes quieran revolotear de flor en flor como las mariposas.
»Cuando hayamos cruzado ese puente junto con nuestros compañeros peones, y cuando Damian y Samuel hayan permanecido aquí siete días más a la espera del carro con los niños, y de otros compañeros rezagados, cogeremos hachas y destruiremos los soportes del puente, lo que volverá imposible todo ataque desde esta dirección, de donde procede nuestro peligro.
—¿Nos impedirá también escapar de este valle? —preguntó Fabian.
—Confiamos en que nadie quiera escapar nunca. Pero, por supuesto, no se impedirá a nadie hacerlo, pues estamos proyectando una comunidad de entera libertad, y hacia el sur hay pasos estrechos a través de las montañas así como senderos por los que, con dificultades no mayores que las que venimos de afrontar, cualquiera podrá marcharse. Pero confío en que todos viviremos con tal placer, tanta dicha y tanto beneficio mutuo, que tales deseos estarán muy lejos de vuestros pensamientos.
—Muy lejos, sin duda —dijo Roseace sonriendo, y espoleó a su caballo para ser la primera en acceder al puente.
Entonces todos cruzaron sin incidentes, algunos apartando los ojos del vertiginoso abismo que se abría debajo, por donde un plomizo torrente rugía sobre aguzadas rocas de basalto negro, veladas por la corriente y la espuma, eternamente fuera del alcance del calor directo del sol. Fabian estrechó a su hijo menor contra el pecho para que no mirara hacia abajo, pero la hermana del niño paseaba la vista por doquier, riendo y sin miedo alguno. Y así, departiendo animadamente sobre el refugio en el que pronto entrarían, la compañía se internó en el rocoso desfiladero que desembocaba en el Valle de los Faisanes.
Frederica parece decidida a cruzar hacia el bosque, donde está Hugh, más que a invitarlo a él a pasar a su lado. Pone al niño en brazos de Hugh y trepa rápidamente, rechazando toda ayuda. Sigue tan delgada como siempre, con la afilada cara aún huesuda.
Pasean por los senderos bordeados de árboles. No saben cómo hablarse. Antaño se veían cada día e intercambiaban opiniones sobre todo: Platón, los tanques en Budapest, Mallarmé, el canal de Suez, el sistema métrico. Esto hace más difícil, no más fácil, pedir al otro un relato de los seis años transcurridos. Mencionan a los viejos amigos. Alan enseña Historia del Arte en la escuela de arte Samuel Palmer, dice Hugh. Cree que también escribe algunos artículos. Viaja a Italia. A Tony le va muy bien como periodista independiente. Incluso ha hecho algunos trabajos para la televisión. El propio Hugh sigue escribiendo, sí, sigue escribiendo, lo que importa es la poesía, le dice a Frederica, quien murmura que sí y sacude la cabeza tocada con el pañuelo, a la vez que baja la vista hacia los hayucos desperdigados por el suelo. Se gana la vida enseñando, continúa él, pero preferiría no tener que hacerlo. Un editor le ha ofrecido trabajo como lector, pero sería una paga mísera. Los poetas sólo pueden esperar pagas míseras, le confía Hugh Pink a Frederica, quien vuelve a murmurar un sí algo ahogado y no pregunta por Raphael Faber, a cuyas veladas de poesía asistían ambos en el pasado. Hugh le cuenta que el poema de Raphael, Campanas de Lübeck, se ha publicado. Dicen que ha despertado la admiración de aquellos que comprenden lo que es.
—Lo sé —dice Frederica.
—¿Sigues viendo a Raphael? —inquiere Hugh con inocencia.
Hugh estaba enamorado de Frederica y Frederica estaba enamorada de Raphael, pero eso había ocurrido en lo que, ahora en medio del bosque, a Hugh le parece otro país, otro tiempo, su juventud, que ya se ha ido.
—¡Oh, no! —responde Frederica—. Perdí de vista a toda la gente de esa época.
—Escribías para Vogue —dice Hugh, quien en su momento había encontrado ese hecho casi tan extraño como esta aparición en chaqueta y pantalones de montar.
Frederica era moderna intelectualmente, pero distaba de pertenecer al mundo del placer consumista y el cotilleo elegante.
—Lo hice durante un tiempo. Antes de casarme.
Hugh espera. Espera un relato del casamiento de Frederica. Ella añade:
—Mi hermana murió. No sé si lo sabías. Y me casé con Nigel poco después, y nació Leo, y estuve muy enferma por un tiempo. Uno no se da cuenta al principio de lo que una muerte le va a hacer, Hugh.
Hugh hace preguntas sobre la muerte. No conocía a la hermana de Frederica, que era mayor que ella y también había estudiado en Cambridge, según creía, pero vivía en Yorkshire, de donde provenía Frederica. No recuerda que ésta hablara mucho de su hermana. Siempre había dado la impresión de ser una criatura solitaria y aislada, temible y combativa.
Frederica le habla de la muerte de su hermana. Hugh advierte que es un relato ensayado, un modo de contarlo que ella ha encontrado apropiado, o posible. Su hermana, dice, estaba casada con un pastor y tenía dos niños pequeños. Y el gato llevó un pájaro a la casa, un gorrión, que buscó refugio bajo la nevera, y su hermana la separó de la pared y estiró la mano por debajo, y la nevera no tenía toma a tierra. Era muy joven, dice Frederica. Después de eso todos quedamos conmocionados, dice con sequedad. Sacudidos por las ondas de choque, añade con aire grave. Ondas y ondas de choque. Qué terrible, dice Hugh, incapaz de imaginárselo por el tono neutro de Frederica.
—Y Nigel me cuidó. Nunca antes había necesitado que me cuidaran, pero Nigel lo hizo.
—No conozco a Nigel.
—Estaba por ahí. No estudiaba en Cambridge, sólo iba de visita. Su apellido es Reiver. La familia tiene una casa solariega, una casa antigua, Bran House, justo más allá de estos campos. Estos campos del otro lado de la cerca son suyos.
Prosiguen el paseo. El niño aferra la mano de Frederica. Barre las hojas secas con rápidos puntapiés.
—Mira, Leo —dice Frederica—. Castañas. Allí.
Una o dos brillan, marrón rojizo lustroso, en el interior de bolas verdes hendidas y erizadas de púas, revestidas de un blanco cremoso. Yacen en un lecho de hojas de castaño, en un hueco.
—Ve a cogerlas —dice Frederica—. Siempre nos entusiasmábamos cuando encontrábamos alguna. No era muy frecuente, porque los chicos del pueblo siempre registraban el terreno antes. Arrojaban piedras a las ramas para hacerlas caer. Era un gran acontecimiento. Todos los años. Yo nunca las agujereaba para usarlas como proyectiles. Los chicos lo hacían, pero yo me limitaba a guardarlas hasta que se ponían blandas y marchitas, y entonces me deshacía de ellas. Todos los años.
El niño tira de la mano de Frederica. No quiere ir a buscar las castañas sin su madre. Tira, y ella lo sigue, las recoge de entre las hojas secas y se las ofrece, humildemente (es la palabra que le viene a la mente a Hugh Pink).
Hugh le dice a Leo:
—¿Te gusta ensartarlas en una cuerda?
El niño no responde.
—Es como su padre —dice Frederica—. No habla mucho.
—Eres tú la que no habla mucho —dice Leo.
—Cuando tu madre y yo éramos amigos —comenta Hugh Pink—, antes, cuando éramos más jóvenes, ella hablaba siempre sin parar.
Frederica se endereza con brusquedad y echa a andar otra vez, dejando a los otros dos entre las castañas. El pie de Hugh pone al descubierto un fruto monstruoso, un sólido globo reluciente que se abre con un chasquido. Se lo ofrece a Leo, quien le tiende las ofrendas de Frederica para que las examine.
—Tengo una bolsa donde llevaba emparedados —dice Hugh—. Podrías ponerlas dentro, si quieres.
—Sí, gracias —contesta Leo.
Deja caer las castañas en la bolsa con aire solemne, se la devuelve a Hugh y alza la mano para que se la coja. Hugh la aferra. No se le ocurre nada más que añadir. Leo dice:
—Ven a tomar el té a casa, ahora.
—Tu mamá no me ha invitado.
—Ven a casa.
Alcanzan a Frederica.
—Este hombre viene a tomar el té a casa —anuncia Leo.
—Me parece muy bien —contesta Frederica—. Ven a tomar el té, Hugh. No es lejos.
Una vez convenido esto, el niño parece entrar en confianza de pronto como para corretear por allí, y empieza a hacer pequeñas incursiones a los matorrales, donde se llena los bolsillos de plumas, conchas y un manojo de pelos.
—Has vivido mucho, Frederica —dice Hugh—. Te han pasado cosas reales.
—Que a uno le ocurran cosas y vivir... —replica Frederica; vuelve a comenzar—. No es lo mismo. Supongo que debería ser lo mismo. Antes estaba muy segura acerca de la vida. Quería.
La frase no tiene complemento ni fin, al parecer.
Suben los escalones para cruzar la cerca y atraviesan los campos al atardecer, donde pace un robusto caballo blanco, donde un pájaro canta en un espino, donde Hugh trastabilla al tropezar con una topinera y se endereza. Tiene un sentimiento para el que no encuentra palabras, aunque concierne a su poesía. Es un sentimiento que considera inglés por excelencia, pese a que podría tratarse de un simple sentimiento humano ante la muerte. Es un fugaz conocimiento de su propio cuerpo transitorio, con todos sus oscuros órganos, blandos y resbaladizos, todos los minúsculos huesos entrelazados, todas las serpenteantes venas y nervios, que burbujean y hormiguean. Es la conciencia de estar en el «interior» de esa piel, y el conocimiento resulta enormemente placentero porque va acompañado siempre de la sensación del enorme alcance, complejidad y antigüedad de lo que está en el «exterior» del pelo, la piel, los globos oculares, los orificios de la nariz, los labios y la hélice de la oreja. Es el placer irracional que experimenta una criatura por el hecho de que su entorno haya estado allí mucho antes de su propia aparición, y de que vaya a persistir aún mucho después. No habría podido sentir este placer antes de vivir cierto tiempo, piensa Hugh, antes de que el repetido recorrido del terreno circundante —en este caso, Inglaterra— hubiera pasado a ser parte de la forma adoptada por la suave masa pálida encerrada en su cráneo, parte del conocimiento activo de su vista, su olfato y su gusto. No se puede sentir este particular placer de vivir antes de empezar a saber que uno está muriendo, se dice Hugh. Piensa que este placer tiende a surgir en esa clase de paisaje —hierba al ras, piedras desnudas, arbustos, árboles, colinas, horizonte— porque generaciones de sus antepasados, millares y millones de años antes de que aparecieran los pueblos y ciudades, e incluso antes, habían experimentado ese mismo sentimiento en esa clase de lugar. Las células lo recuerdan, piensa Hugh. Cada centímetro de este césped ha absorbido articulaciones de huesos y fibras cardíacas —supone—, pelo y uñas, sangre y linfa. También las ciudades suscitan sentimientos profundos que pueden marear como un remolino, pero este sitio, que es sobre todo verde, azul y gris, no produce ese efecto. Lo que hace fulgurar en la mente el recuerdo de todo esto es la lectura repetida de palabras que, como «hierba» y «piedras», forman parte de la materia de la mente: la Oda a la inmortalidad, digamos, El ruiseñor, los sonetos de Shakespeare. También aquí, el placer que procura el sentimiento de la propia fugacidad efímera —en este punto Hugh tropieza— es parte del placer ante la perdurabilidad de las palabras.
A veces teme que este sentimiento ya no sea general, que muy pocos en este mundo lo experimenten y que quienes lo hagan se muestren suspicaces, lo consideren una respuesta típica, un bucolismo estúpido. Pero, aun así, el olor de la tierra, los belfos del caballo en la hierba, las negras ramas contra el cielo gris lo conmueven, a él que vive y muere.
No dice nada de todo esto. Se levanta y sigue andando. Observa al hijo de Frederica, que avanza con resolución por el prado, y trata de recordar lo que era ser tan pequeño, tener la sensación de que los años son casi infinitos, que las otras estaciones están inimaginablemente lejanas, como lo estarían para el habitante de un planeta que tardara media vida en dar una vuelta alrededor del Sol.
Más allá de la siguiente cerca, en un altozano de la pradera, está Bran House. Hugh Pink ve que tiene un foso real, no metafórico, detrás del cual se extiende un alto muro de circunvalación por el que asoma un techo de tejas y varios cañones de chimenea estilo Tudor. El muro es a la vez liso y hermoso, de viejos ladrillos rojos desmoronados aquí y allá, cubiertos de musgo y líquenes, uvas de gato y siemprevivas, palomillas de muro y dragones silvestres. Por encima se alzan ramas de árboles: frutales, un cedro en la distancia.
—¡Qué hermoso! —exclama Hugh.
—Sí que lo es —responde Frederica.
—¡Y qué lugar para que crezca Leo! —añade Hugh, aún pensando en su sentimiento «inglés».
—Sí, sé que es un lugar maravilloso.
—Vamos por el huerto —dice el niño, que se adelanta corriendo.
Tras un recodo del camino aparece un arqueado puente de madera que cruza el foso, y una puerta en el muro. Mientras pasan entre los árboles, Hugh comenta:
—Nunca te había imaginado como señora de una casa solariega.
—Yo tampoco —reconoce Frederica.
—«Simplemente conecta» —dice Hugh con aire distraído, recordando a Margaret Schlegel en la casa de Howards End.[6]
Por sí sola, la frase desencadena de nuevo una oleada o avalancha de sentimiento inglés.
—¡No digas eso! —replica Frederica, adoptando un aire mucho más semejante al de la mujer que él conoció en el pasado de lo que ha mostrado en toda la tarde.
Leo se está limpiando afanosamente las botas en un limpiabarros. Se abre una puerta y aparece una mujer de mediana edad, con medias de lana y gruesos zapatos abotinados, que lo hace entrar pasándole un brazo por los hombros y le anuncia que es la hora de la merienda.
—Ésta es Pippy Mammott —dice Frederica—. Pippy, éste es mi amigo Hugh Pink. Estudiábamos juntos en la universidad. Leo lo ha invitado a tomar el té.
—Pondré más tazas, entonces —dice Pippy Mammott, alejándose a grandes zancadas con Leo cogido de la mano.
Hugh y Frederica atraviesan un vestíbulo embaldosado, pasan ante una escalera de tramos rectos y entran en un salón con cómodos sofás y asientos en el hueco de las ventanas.
—Nos traerán té —dice Frederica—. Y traerán a Leo. Nigel no está. Supongo que estará trabajando. Trabaja en la compañía de navegación de su tío, se marcha durante varios días o semanas y luego vuelve.
—Y tú ¿qué haces? —pregunta Hugh.
—¿Qué te parece que hago?
—No lo sé, Frederica. Cuando te vi por última vez eras toda ardor y pasión. Ibas a ser la primera mujer de la junta de gobierno de King’s, tendrías tu propio programa de televisión y escribirías... de una forma nueva...
No se han sentado. Frederica mira por una de las ventanas. Entran dos mujeres en la sala, y son presentadas a Hugh como Olive y Rosalind Reiver, las hermanas de Nigel. Llevan el té en un carrito, y Pippy Mammott lo sirve. Olive y Rosalind se instalan lado a lado en un sofá recubierto con una funda estampada con un motivo de flores rosas y verde plateado. Son mujeres macizas y morenas de grandes huesos, con una sombra sobre el labio superior. Llevan un jersey holgado, uno color avena, otro color oliva, faldas de tweed y medias opacas sobre piernas fuertes y bien torneadas. Tienen los mismos ojos de Leo, grandes, oscuros y brillantes, bajo gruesas cejas negras. Le formulan a Hugh todas las preguntas que Frederica no le ha hecho. Qué hace, dónde vive, si está casado, si no le encanta su bonita región, cómo puede soportar vivir en una ciudad con el hedor, el gentío y los coches, si le gustaría ver los prados, la granja de la finca. Hugh dice que está de vacaciones, que hace excursiones a pie y que le queda un buen trecho hasta su próxima parada. Olive y Rosalind dicen que pueden llevarlo en un santiamén en el Land Rover, y Hugh responde que no, que ésa no es la finalidad de las excursiones, y que pronto tendrá que reemprender el camino, antes de que se vaya la luz. Ellas lo aceptan sin poner objeciones. Dicen que hace muy bien en atenerse a su proyecto, aprueban esa actitud, dicen, y no hay nada mejor que caminar para apreciar la verdadera campiña. Pippy Mammott ofrece bollos, porciones de pastel, té, más té. El niño va y viene entre su madre y sus tías, mostrando cosas primero a una, luego a la otra. Pippy Mammott lo coge de la mano y señala que es hora de irse. Leo dice «Quiero quedarme aquí», pero se lo llevan.
—Saluda al señor Pink —dice Pippy Mammott.
—Adiós —dice el niño, sin timidez alguna.
Hugh decide que tiene que marcharse. Es cierto lo que ha dicho sobre la luz, y estima que debe irse. Frederica lo acompaña hasta la puerta y luego recorre el largo camino hasta la entrada para indicarle la dirección correcta.
—¿Alguna vez vas a Londres? —inquiere Hugh.
—La verdad es que no. Antes lo hacía. No funcionó.
—Deberías ir a vernos a todos. A Alan y a Tony. A mí. Te echamos de menos.
—Podríais escribirme. Podríais escribirme sobre poesía.
—Intenta ir. Por lo que veo, aquí tienes mucha ayuda...
—No es ayuda.
Parece incómoda, desvalida. Hugh se pregunta si puede besarla. En realidad no es que lo desee. La antigua energía inagotable de Frederica la ha abandonado, y con ella se ha ido su intenso atractivo sexual. La coge en brazos con bastante brusquedad y le roza la cara con la suya. Ella se estremece y se pone tensa, y luego lo abraza con fuerza.
—Me alegro mucho de que estuvieras en el bosque. Tienes que mantenerte en contacto, Hugh...
—Por supuesto —dice Hugh.
El teléfono balbucea, grazna, ronronea. Ginnie Greenhill dice en él:
—El atractivo sexual depende en gran parte de lo que uno piensa de sí mismo. Sí, ya sé que se habla mucho de lo que es normalmente atractivo, de las proporciones normales, como usted dice, sí, claro que lo sé...
Balbuceo, graznido, ronroneo, una serie de sonidos explosivos dentro del auricular negro.
—No, no subestimo la repulsión, por supuesto que existe, sería estúpido subestimarla. Pero, por otra parte, hay una enorme variedad de personas en el mundo, muchísima curiosidad y buena voluntad...
El canónigo Holly examina el libro de registro de Daniel.
15.00-15.30. Una mujer que no se atreve a salir de su habitación. No da el nombre, acento de Londres, dice que volverá a llamar. Daniel.
15.30-16.05. Llamante anónima, dice que dejó al marido y los hijos hace un año, obedeciendo a un impulso. Acento del norte. «He hecho algo malo.» Reacciona con violencia ante la sugerencia de que podríamos ponernos en contacto con su familia. Daniel.
16.15-16.45. Cable de Acero. Dios no existe, como de costumbre. Daniel.
El canónigo enciende otro cigarrillo. Cercano a los sesenta años, es un hombre bien parecido de constitución delgada, con un rostro largo y arrugado, como un purasangre, de ojos hundidos y grandes dientes manchados de nicotina. Le interesa Cable de Acero, pero nunca ha atendido una de sus llamadas. Él mismo es un experto en Dios. Ha escrito un libro polémico y de mucho éxito titulado Dios dentro, Dios fuera y ha aparecido en televisión para manifestar su apoyo al obispo de Woolwich y su Palabra de honor. Dios dentro, Dios fuera sostiene de manera enigmática e ingeniosa que deshacerse del tranquilizador viejecito de lo alto, o del afable amigo de los niños que se pasea por los prados más allá de las estrellas, es descubrir una fuerza que convierte a todos los hombres en verbos encarnados, en almas encarnadas, como Jesucristo mostró. El Dios interior, escribió Holly, no nos ha hecho de forma tan terrible y maravillosa como podría hacerlo un artesano que apretara y estrujara una bola de arcilla inanimada. Nos ha hecho de forma más terrible y maravillosa porque era la inteligencia inherente en los primeros protozoos estrechamente unidos en el caldo primigenio, porque ha crecido con nosotros y aún lo sigue haciendo, crece y se divide en cada célula de nuestro cuerpo, el cual crece y se divide desde el óvulo hasta la fértil paternidad. Era y es, como tan bien lo expresó Dylan Thomas, «la fuerza que, mediante el detonador verde, dirige a la flor».
Daniel no sabe a ciencia cierta hasta qué punto la posición teológica del canónigo Holly difiere del ateísmo o el panteísmo. Él mismo, por temperamento, no es teólogo sino un hombre con instinto religioso, que ya no está seguro de lo que significa este término, «religioso». Sospecha también que su propia posición no difiere de la del canónigo Holly. Ve que el pensamiento del canónigo funciona en un marco cristiano de oraciones, referencias bíblicas, ritual y teología, y que estas cosas forman parte de la vivacidad del canónigo, de su historia personal, de su ser. Daniel es un hombre observador. Piensa que el canónigo se marchitaría si se viera obligado a seguir su propio razonamiento, sus propias metáforas, fuera de los muros de la Iglesia, por así decir, fuera de los cánticos, el ritual, los deberes impuestos. Daniel piensa asimismo que él, por su parte, no se marchitaría. Quizá, dada su precaria aceptación de casi todas las doctrinas de su Iglesia, debería marcharse para vivir y trabajar fuera de ella. Se queda, en parte, porque necesita la impersonalidad de la exigencia absoluta de virtud. Necesita, por ejemplo, que se le exija ser paciente con Cable de Acero. Sin una sanción impersonal, esta clase de trabajo pasaría a ser algo distinto, con menos moderación, algo antinatural y tal vez malsano.
Dentro de los muros de la Iglesia, el sentimiento de Dios del canónigo Holly, que actúa en todas sus células como un fermento, le proporciona una energía impetuosa, a la vez admirable e irritante. Es miembro fundador de un grupo denominado Psicoanalistas en Cristo y ha escrito un segundo libro, Nuestras pasiones, la pasión de Cristo, que trata sobre sexualidad y religión, en el que hace un uso considerable de Freud y Jung, de antropólogos e historiadores religiosos, de William Blake, William James, santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Este libro ha tenido un éxito aún mayor que Dios dentro, Dios fuera y ha suscitado dudas entre la jerarquía eclesiástica, que sabiamente ha destinado al canónigo —junto con Daniel, que estaba por entonces recuperándose de una suerte de colapso— al centro de asistencia de Saint Simeon, asociado con una rama de los Oyentes. El canónigo Holly ama su trabajo, ama a la gente que llama, ama a Daniel, a Ginnie y a todos los demás. Escucha las llamadas con una atención total, absorto, alerta, los ojos brillantes y todos los músculos en tensión para lanzarse al socorro, la participación, la comunión. Es la clase de entusiasmo de la que los Oyentes tienen que desconfiar con perspicacia. Pero funciona. Daniel lo ve en funcionamiento, oye la voz algo ronca del canónigo animando al vacilante:
—Siga, no tiene nada que temer. Dígamelo, dígamelo, no me chocará, se lo puedo asegurar...
Daniel ve cómo se da y se recibe ayuda. Pero él no le confiaría sus propios problemas al canónigo Holly. Más bien los expondría ante la afable sonrisa de Ginnie Greenhill y su confortante gesto de asentimiento. Por lo que él sabe, Ginnie Greenhill no necesita realmente que nadie le cuente sus problemas, y no obstante va allí a escuchar. Daniel no tiene ni idea de por qué lo hace. No lo ha preguntado. Cree que cierta distancia entre ellos facilita su trabajo.
Ginnie Greenhill cuelga el auricular con un leve suspiro.
—¿Otro masturbador? —pregunta el canónigo Holly.
—No exactamente. Éste no me gustó. Se ha puesto a seguir a una chica del trabajo a dondequiera que va. Dice que está obsesionado con ella, que arde en deseos de ella, que no duerme por pensar en ella. Quiere que ella se fije en él, pero sabe que él le repugna.
—¿Y es cierto que le repugna? —inquiere el canónigo.
—Podría co
