De cuerpo presente (1963)
«En lugar de escribir lo imaginado, imagina a partir de lo que ha escrito, de manera que no procede como si el tema y los personajes existieran fuera de él, ni siquiera en su imaginación, sino que los sitúa en su verdadero lugar: dentro o detrás de la ficción. Y tal vez sea esto el auténtico realismo.»
JOAQUÍN JORDÁ
Trece veces trece (1964)
«Estos cuentos tienen la magia de lo irracional tratado con la máxima racionalidad. Y son un ejemplo lúcido de imaginación e inteligencia tan apretadas en unidad que la fantasía cesa de serlo, no lo es realmente, se hace indagación de un objeto real traído para nosotros, para nuestro conocimiento y pasmo…»
VICENTE ALEIXANDRE
El roedor de Fortimbrás (1965)
«El humor de Gonzalo Suárez es la hormona fuerza de su alquimia literaria y cinematográfica. Pocas veces me he divertido tanto como leyendo este “Roedor de Fortimbrás”, una de las sátiras más corrosivas del militarismo y del régimen franquista.»
JULIO CORTÁZAR
Rocabruno bate a Ditirambo (1966)
«La forma se sustenta en el propio contenido. O incluso se disuelve en él. O mejor: forma y contenido resbalan como categorías obsoletas ante una única realidad o materia: la escritura.»
EUGENIO TRÍAS
Gorila en Hollywood (1980)
«Suárez es dueño de un sistema lógico capaz de poner al descubierto la maquinaria de la realidad. Quizá radique en su manera de enfrentarse a lo real como algo fantástico y a lo fantástico como algo real lo que produce efectos tan sorprendentes y desencadena esos relámpagos de inteligencia que recorren todos los relatos dándoles una rara unidad.»
JUAN JOSÉ MILLÁS
El asesino triste (1994)
«Resulta sorprendente la capacidad de Suárez para articular la acción en sus relatos a través de una escritura tan en libertad que de ella parecen surgir con la mayor naturalidad intrigas que crecen y se desarrollan, nacen y muere, se desparraman y vuelven a su cauce a partir de un escalofriante dominio del tempo narrativo.»
LUIS SUÑÉN
Preludio
Empecé buscando las fuentes del Nilo en la biblioteca de mi padre. También buscaba la ballena blanca en el pasillo de casa. Eran tiempos de posguerra. Pero la imaginación me abría las compuertas de un mundo alternativo que hacía posible afrontar la vida sin sentirme sometido. No encuentro proclama más altisonante para expresar mi deseo de escabullirme ante los primeros embates de la existencia. Como todos los niños, me creía capaz de inventar el entorno a la medida de mis sueños. Así empezó todo. Me hice explorador de recónditos territorios. Las palabras eran los pasos que precedían al recorrido a través de selvas y mares ficticios tan auténticos como los de verdad.
Tardé en saber que eso se llamaba literatura y que, si bien suplantaba momentáneamente el mísero contexto, no lo modificaba. La llamada realidad siempre tenía la última palabra. También tardé en comprender que la pincelada en un lienzo no conseguía detener el tiempo, aunque el arte de la pintura suscitara, en ocasiones, atisbos de eternidad. Tampoco el dolor fingido en un escenario evitaba el dolor real, ni la fama protegía de la adversidad. Me propuse entonces ver y vivir la vida cara a cara. En vano. Necesitaba reconvertirla en relato, conferirle estructura y, en mi fuero interno, ponerle música de fondo, como en las películas. Pero, paradójicamente, no quería falsificarla.
Opté por escribir libros que asumieran su condición real. Es decir, no serían verdades de mentira sino mentiras de verdad, cosas que ocurrían porque se me ocurrían y que, petulantemente, traté de homologar como género y di en llamar acción ficción. Opinaba que las obras maestras y sus sucedáneos nos amueblaban la casa, pero los llamados géneros menores nos abrían las ventanas. No voy a entrar en diatribas que requerirían un simposio al borde del mar. Pero, por ejemplo, la criatura de Frankenstein, aun reciclada con fracciones de muerto, permanece más viva que madame Bovary y, del brazo de Mister Hyde o del periclitado Tarzán de los Monos, deambula por nuestra memoria colectiva sin requerir que nos adentremos en las páginas de un libro.
Paradójicamente, el carácter visionario y premonitorio de Mary Shelley, como el del consabido Verne o tantos otros autores de ficción, requería cierta persuasiva retórica descriptiva que me distanciaba del acto de una escritura como acontecer en sí misma, como aventura donde imágenes y peripecias brotan de las palabras y proponen una lúdica andadura aparentemente liberada de contexto pero no exenta de la lógica del juego. Ni del peligro. Se corre, por supuesto, el riesgo de que el bosque no nos deje ver el árbol y de que, a la manera de un personaje de Conrad, o como Pulgarcito, al perder las referencias, perdamos la pista del regreso a casa. O la llamada identidad. Pero, ¿no es esa, precisamente, la premisa de toda auténtica aventura? Desembarazarse del entorno y de sí mismo para tratar de vislumbrar las fuentes de un Nilo que nadie ha encontrado. Ni encontrará. Estas páginas tatuadas con tinta conforman un mapa de letras que conducen, con perdón, al lugar de donde proceden las huellas que preceden al paso. Pero todo especialista en fugas o explorador extraviado debería recordar que no existe justificación teórica ni poética encubridora para un acto literario si carece del único sentido que, en última instancia, le puede dar algún sentido: el sentido del humor. No me refiero a provocar la risa, aunque sea un saludable proceder, tampoco a resultar ingenioso, aunque pueda accidentalmente darse el caso, sino a una visión global, de óptica gran angular, que abarca el entorno y a nosotros mismos, como le sucede al niño antes de descubrir el yo y limitar la perspectiva a un punto de vista personal. Al respecto, contaré un recuerdo de infancia.
A los cuatro años y en plena guerra, me enviaban a la escuela de un pueblo próximo a Cartagena porque daban un panecillo. La escuela era una sombría dependencia de la iglesia. Durante los bombardeos, el maestro nos sacaba del aula y, como medida protectora, nos mantenía alineados con la espalda pegada al muro, como si nos fueran a fusilar. Ajenos a las bombas que, a pocos kilómetros, caían sobre la ciudad, los alumnos aprovechaban para hacer pis al aire y comprobar quién llegaba más lejos. Yo lo veía todo desde fuera de mí: la iglesia, los niños, las bombas y a mí mismo, a distancia cenital. Y, al finalizar la clase, la visión persistía cuando los otros chicos, mayores que yo, me perseguían para comerme el panecillo y se burlaban porque, al correr, me daba con los talones en el culo. Conservo nítido el recuerdo a vista de pájaro en vuelo. Ese estupor primigenio es el aura del humor: un espacio en el que irónicamente uno se ve a sí mismo espoleándose las nalgas desde algún lugar en ninguna parte que te convierte, al tiempo, en observador y personaje. Me temo que estas elucubraciones metafóricas no son una aportación imprescindible para una sarta de relatos que no requieren sino la disponibilidad del lector y su desprejuiciada lectura. El primero de ellos, «De cuerpo presente», es un divertimento pop avant la lettre que, al parecer, supuso en su día un saludable contrapunto a la monotemática naturalista. Como significativa anécdota de su acogida comercial, la editorial (Luis de Caralt, Barcelona, 1963) envió ochenta ejemplares para su distribución en Madrid y devolvieron 81. Sólo me resta desear que el presente volumen, donde se reencuentra buena parte de mi obra literaria, corra mejor fortuna por selvas y librerías en su denodada búsqueda de las fuentes del Nilo.
GONZALO SUÁREZ
De cuerpo presente
A John James Nelson Braine
I. Aún no me habéis matado
Estoy perfectamente muerto.
No puedo mover ni un dedo, ni una ceja. Siento la lengua, fría e inmóvil, pegada al paladar.
Debo estar tendido, tieso, quizá con las manos beatíficamente unidas sobre el pecho. Ya no soy yo. No soy nada. Estoy muerto. Definitiva, irremisiblemente muerto.
Y sin embargo...
Sin embargo, no me resigno. Me resisto a creer que yo (¡precisamente YO!) haya podido morirme así, tan tontamente, para siempre.
No obstante, me guste o no, debo ir acostumbrándome a la idea de que ya no soy más que un vulgar cadáver. Y no tardarán en enterrarme, y colocarme encima una pesada lápida para que no pueda escapar:
«Aquí yace Nelson Braine. Fue un buen chico.»
Es evidente que la perspectiva no me entusiasma. Y por eso intento, aunque sea absurdo, emerger, volver a flote, a la superficie.
Todo en vano.
Estoy muerto, ya lo he dicho antes. Y los muertos ni siquiera deseamos volver a la vida. Porque no somos capaces de pensar. Esto es importante: «Los muertos no piensan». Ya lo dijo Descartes: «Pienso, luego existo». Es decir: «Pienso, luego no estoy muerto».
¡Pero yo pienso! ¡TODAVÍA pienso!
Acabo de hacer un maravilloso descubrimiento: si pienso es que no estoy tan muerto como yo creía. Si no estoy tan muerto como yo creía...
¿Qué me ocurre? ¿Sueño? ¡Maldita sea! Quiero moverme y... ¡no puedo! Quiero hablar y... ¡no consigo despegar los labios!
Pero pienso. No todo se ha perdido: PIENSO.
Veamos. Tratemos de recordar. Hagamos un esfuerzo. ¡Si al menos recordase el color del traje que tenía puesto cuando...!
Siento un ligero cosquilleo en la punta de los dedos de las manos y en la punta de los dedos de los pies. Es un cosquilleo apenas perceptible, una sensación sin importancia para los vivos, pero suficiente para mitigar la melancolía de cualquier muerto.
¿Qué traje tenía puesto cuando...? ¿Cuándo? Cuando... ¿Qué? ¡Ah! ¡Ya! ¡Cuando me liquidaron!
Porque no cabe duda de que me liquidaron.
El cosquilleo, como si una legión de hormigas desfilase por mi sistema circulatorio, se propaga por brazos y piernas y se acentúa en el pecho.
Ahora estoy convencido: si hago un esfuerzo más, volveré a vivir. ¡Hasta empiezo a sentir cómo me pesa la cabeza sobre la almohada! ¡Vamos Nelson! Un esfuerzo más y...
¿Pero quién diablos me ha sacado el billete para el otro mundo sin pedirme antes permiso? Conozco la agencia de viajes, se llama Barlow y Cía. Creo que empiezo a orientarme en las tinieblas de la muerte. Y ya me encuentro mucho mejor.
Y recuerdo. Y mi intuición de difunto me aconseja permanecer inmóvil a cualquier precio, quietecito, como conviene a un buen muerto... sobre todo si, como yo, quiere seguir estando vivo.
El oído es el primer sentido que se recupera antes de despertar. Con los muertos que resucitan, ya puedo asegurarlo, ocurre igual.
Yo, por ejemplo, acabo de oír algo. Primero, todo resulta muy confuso. Diríase que gran cantidad de agua hierve en mi cabeza. Después, la cosa cambia. Oigo con claridad. ¡Con excesiva claridad!
—¡Ya estoy harto de velar a este imbécil! —dice una voz que no me es desconocida.
—Paciencia, Joe. No pueden tardar en venir los del ataúd...
—Supongo que no debemos temer complicaciones.
—Ninguna. El doctor ha certificado la defunción. Se trata, ya lo sabéis, de muerte natural...
—Natural cuando alguien intenta traicionar a sus compañeros —precisa una voz de mujer. Es ella, Mairin.
—Éste será un entierro normal, como si el muchacho se hubiera atragantado con una espina de pescado.
—Era de naturaleza frágil —comenta Joe. Y Mairin suelta una de sus cristalinas carcajadas. Hay que reconocer que todo esto tiene mucha gracia. Y si yo no me río es sin duda porque el sentido del humor de los difuntos resulta menos amplio.
—¡Miradle! ¡Pobre idiota! ¡Se pasó de listo!
Y todos vuelven a reír. Yo no.
Si se me mueve un pelo, estoy perdido.
—Parece que nuestro fiambre tiene mejor color —observa Barlow.
Me estremezco.
—¡Cuánta imaginación! —exclama Mairin—. Sigue teniendo la misma cara de cirio. Con las píldoras que se ha tragado había dosis suficiente para hacer dormir a un camello doce sueños eternos sin pestañear.
Agradezco a Mairin sus palabras y difícilmente contengo un suspiro de alivio.
Oigo el tic-tac del reloj de pared.
Joe se rasca.
Mairin estornuda.
Un penetrante, dulzón e insoportable, olor a flores me cosquillea en la nariz.
Mairin vuelve a estornudar.
—Los muertos me dan alergia —dice. Y sale de la habitación.
Yo también voy a estornudar. Resisto. ¿Estornudo? ¿No estornudo?
Llaman a la puerta.
Es una llamada respetuosa, de alguien que sabe que hay un muerto en la casa. Después, un crujido y un golpe me anuncian la llegada del ataúd.
Uno de los de la funeraria dice:
—¿Vamos a enterrarlo así, en pijama?
—Fue su última voluntad —anuncia con énfasis Joe.
¡Ya recuerdo qué traje llevaba puesto! ¡El pijama, naturalmente! ¡Y estos sinvergüenzas ni siquiera se habían tomado la molestia de vestirme!
«Peor hubiera sido estar amortajado», pienso. Y me consuelo. Tendré que escapar en pijama y ello complicará la fuga, pero cosas más indecentes he hecho sin que me pongan ninguna multa por atentar contra el pudor.
—Manos a la obra —dice uno de los hombres. Y, al parecer, «la obra» soy yo.
Me cogen por los pies y por los hombros. Procuro mantenerme rígido como una tabla.
¡Clac! Ya me han depositado en el ataúd. Estrecho y poco mullido. La gente que habla de «eterno descanso» no sabe lo que dice. Los invitaba de buena gana a dormir todas las noches en un baúl.
—¡No cierren la tapa! —grita Mairin. Y entra en la habitación lloriqueando. Apuesto diez contra uno a que se ha vestido de luto.
—Perdone, señora. Creímos que...
—¡Quiero verle por última vez! ¡Me quedo tan sola! ¡Tan desgraciada!
«Desgraciada», pienso yo. Y, entre los párpados entornados, veo a Mairin que llora sin lágrimas sobre mí. Enternecedor.
—¡Amor mío! —dice ella—. ¡Siempre te seré fiel!
«¡Víbora!», pienso. Y también pienso otras cosas que no les digo.
—¡Oh, amor mío! ¡Ya te vas para no volver!
«Canalla», pienso. Pero me callo. Es preciso tener cautela y no echarlo todo a rodar.
—¡Mi cielo! ¡Mi estrella! ¡Mi hombre!
Y, de pronto, coge una de mis manos y la besa. No esperaba esto, la verdad. Después me zarandea, fingiendo un ataque de histeria.
—¡No! ¡No podréis separarme de él!
Pero sí, pueden.
La separan de mí, y mi cabeza cae pesadamente sobre las tablas: ¡Cloc!
Apenas me he repuesto del golpe, cuando tengo de nuevo a Mairin encima. Opino que sus esfuerzos son ya superfluos. Los encargados de la funeraria no ponen en duda la sinceridad de su dolor. ¿A qué viene prolongar la comedia?
De improviso, siento que tengo algo en la mano. Un objeto. Una llave. ¿De dónde he sacado esta llave?
Mairin solloza ruidosamente, y entre sollozo y sollozo, inclinándose sobre mi rostro, susurra:
—Avenida Rawlins, número veinticinco, octavo piso, letra C. Recuérdalo: letra C.
Abro los ojos. Me ve. La veo. También veo a Joe que se acerca. Cierro los ojos. Y trato de poner en orden mis ideas.
—Vamos, Mairin —dice Barlow, apartando a la mujer del ataúd—. ¡Déjalo ya! Son cosas de la vida, Mairin. ¡Todos hemos de morir! ¿Verdad, señores?
Los de la funeraria asienten.
—Cosas de la vida —dicen incluso, para dar a entender que se hacen cargo de la dolorosa circunstancia. Y, sin más ceremonias, cierran la tapa: ¡Clac!
Y después se oye: ¡Clic! ¡Clic!
¡Ya estoy cazado!
Me instalo lo más cómodamente que puedo. Imagino que soy un cosmonauta. Y esta idea me tranquiliza. Esperemos tan sólo que el viaje no se prolongue más de la cuenta y el aterrizaje sea feliz.
La caja se pone en movimiento. Estos tipos de la funeraria no tienen ninguna consideración con los difuntos. Se mueven con brusquedad, tienen prisa. Quieren despacharme pronto. Ya estamos en la calle. Afortunadamente, la caja fúnebre no es de las mejores. Conserva un saludable olor a pino y varias rendijas que permiten respirar sin agobio. El espíritu ahorrativo de Joe es para mí una bendición.
Me colocan en el coche: ¡Clac! ¡Cloc! ¡Rasss!
Los ruidos familiares de la ciudad resuenan en mis oídos como un maravilloso canto a la vida.
Algo cae sobre mi ataúd: ¡Plof! Debe de ser una hermosa corona de flores. Dentro de su habitual ruindad, Joe ha querido hacer las cosas bien. No falta ni un detalle. Tengo un buen entierro. Un entierro sencillo, barato, de hombre honrado. Puedo darme, en verdad, por satisfecho.
El coche fúnebre se pone en marcha. Imagino que Barlow, Joe y Mairin me seguirán en el más modesto de sus automóviles.
Empiezo a moverme en la caja. Me desentumezco. Compruebo que estoy bastante débil: me zumban los oídos, me duelen las piernas y experimento una asfixiante presión en el pecho. Por lo demás, bien.
El coche fúnebre toma una curva. Ha llegado el momento. A juzgar por el bullicio reinante, debemos encontrarnos en una céntrica avenida. No creo que Joe, pasados los primeros momentos de estupor, se atreva a utilizar la pistola. Barlow no es tan tonto como para ordenarle una cosa así. Sus sistemas son otros. «Hay que hacer las cosas de la manera más legal posible», suele decir. Mi entierro, por ejemplo, es una prueba de la impecable legalidad con que Barlow se desenvuelve en la vida.
He dicho que ha llegado el momento. Así es, en efecto. Doy el primer empujón a la tapa del ataúd. Cruje, pero no se abre.
Vuelvo a empujar. Nada.
No va a resultar fácil. Un sudor frío me invade y siento que estoy a punto de perder el conocimiento.
Descanso. ¿Y si esperase hasta el cementerio? Allí, Mairin me brindará sin duda una oportunidad.
Me veo corriendo en pijama sobre las tumbas seguido de cerca por Joe y por Barlow. Les resultaría muy fácil darme caza y convencerme de que el deber de un muerto es permanecer en el ataúd.
Si llegamos al cementerio antes de que yo haya logrado hacer saltar la tapa, puedo darme por perdido. Si salimos del bullicio de la ciudad, me resultará más difícil escapar.
Doy un golpe, dos, tres. Golpeo con el puño, con la cabeza. Me mareo. Lucho por sobreponerme. Vuelvo a la carga.
De vez en cuando, el coche se detiene por las exigencias del tránsito. Redoblo mis esfuerzos. La fortuna no me acompaña.
¿Será posible? ¿Será verdaderamente éste el final de Nelson Braine? ¡No! ¡No puedo creerlo!
He de vivir. Empujo con las rodillas. La tapa se abomba, pero no cede.
Vuelvo a empujar. Pego un puñetazo. Sigo empujando. Voy a reventar. ¡Reventaré! Empujo más. Más. Más...
¡¡Trass!! La caja se ha abierto y la corona sale despedida fuera del coche. Sin perder un solo instante, me pongo de pie.
No he podido elegir mejor sitio. Estoy en plena plaza Suzuki, cerca del mercado chino. Conozco el barrio. ¡Tanto mejor! Salto del coche en marcha.
Un automóvil está a punto de atropellarme, frena en seco. El chófer me ve correr como un endemoniado, en pijama. El asombro no le permite emitir una sola palabra.
La gente que ha presenciado la escena se aparta aterrorizada a mi paso.
—¡Un muerto! ¡Un muerto! —exclama una señora antes de desvanecerse. Y un guardia del tráfico toca el pito.
—¡Deténgase, Nelson! —oigo a mis espaldas. Es la voz de Joe. Corro más velozmente todavía. Tropiezo con un vendedor de globos y la mercancía, de bonitos colores, queda flotando sobre la plaza.
Nadie puede detenerme. Atravieso el mercado chino. Recorro, hasta perderme, una docena de pestilentes y solitarios callejones. Entro en un portal, y me desmayo.
Cuando recobro el conocimiento, estoy en los brazos de una voluminosa mujer que me abanica con una revista de modas.
—¿Quiere usted tomar una taza de café? Vivo aquí. En el primero. ¿Y usted? ¿Qué le ha ocurrido? Apuesto cualquier cosa a que ha tenido complicaciones con Eva.
Uno de mis lemas preferidos es: «Pregunta antes de contestar».
—¿Quién es Eva? —pregunto.
—¿Cómo? ¿No la conoce? ¡La vecina del tercero! Cuando le vi a usted aquí y en pijama, me dije: «Otra víctima de esa mujerzuela».
—Se ha portado muy mal conmigo —miento—. Figúrese que me ha sacado de la cama cuando todavía estaba dormido y me ha tirado por el hueco de la escalera.
—Tiene usted muy mala cara. Si me dijeran que acaba de salir de un ataúd, me lo creería.
Trato de sonreír. No lo consigo.
—Acepto el café —digo con dificultad. Y vuelvo a desmayarme.
II. Cuerda para uno, veneno para dos
Los pantalones me están demasiado anchos, las botas me aprietan, el cuello de la camisa tiende ligeramente a dejar al descubierto mi ombligo y la chaqueta me caería bien si consiguiese mantener debajo, pegado a la espalda, un ejemplar del Ulises, de James Joyce, con La Divina Comedia a modo de epílogo.
El difunto marido de la voluminosa señora no hubiera entrado ni con calzador en el ataúd que Joe, con su habitual cicatería, encargó para mí.
Pero con un beso y un pijama no habría podido obtener ni unos calzoncillos de algodón en las tiendas de la ciudad. Debo, por tanto, una vez más, felicitarme por mi buena fortuna.
Además, tengo dinero para tomar un autobús.
Avenida Rawlins, número veinticinco, octavo piso, letra C. ¡Vamos allá!
Llego. Llamo. La puerta se abre. Una joven sonríe: no es Mairin. No la he visto nunca hasta ahora. Pero como suele ocurrir en relatos similares, es guapa.
Me besa en los labios apasionadamente. La estrecho en mis brazos. Entramos abrazados. Cierro la puerta, impulsándola con el tacón.
—¡Oh, John! ¡Temí que no vinieras! —exclama manteniendo su nariz pegada a la mía.
¿John? ¿Me ha llamado John? Me llamo Nelson. No me llamo John. Prefiero que me llame James. Se lo sugiero.
—Me llamo James.
—¡Oh, sí! ¡Claro que sí, John!
Y vuelve a besarme. Es el tercer beso que recibo desde que resucité.
—Estoy terriblemente cansado —digo, y voy a desplomarme en un sillón.
—¡Oh, John, John, John! ¡Pobrecito John!
Creo que abusa.
—Me llamo James.
—Desde luego, John, querido.
Y vuelve a besarme en los labios. Abusa.
Trato de hacérselo comprender. Lo comprende.
—La cama está preparada —me dice.
Y en seguida añade:
—Vamos.
No lo comprende.
—¿Y Mairin? —pregunto.
—Olvídate de ella —me dice—. «Ahora» eres «mío».
Empiezo a echar de menos el ataúd.
¿Dónde estará Mairin? ¿Vendrá? ¿No vendrá?
Y, si viene, ¿llegará a tiempo de evitar lo inevitable?
Cuando lo inevitable ha sucedido, cuando lo inevitable precisamente acaba de suceder, llega Mairin. Tiene llave y entra. No se hace anunciar. La acompaña un hombre menudo y con lentes.
—¡Caramba! —dice Mairin. Y saca una pistola. Nos apunta. Primero, a mí. Después, a mi compañera.
—Debería mataros a los dos —dice Mairin. Me tranquiliza. Mairin no ha hecho jamás lo que debería hacer.
Guarda la pistola.
—¡Vístete! —ordena a mi compañera. Y yo, a mi vez, cumplo la orden como si me hubiera sido dirigida.
El hombrecillo se entretiene, púdicamente, en limpiarse los lentes con un papel de fumar.
—Nelson, te presento al doctor que certificó tu defunción.
Supongo que debo estarle agradecido. Un favor semejante no se hace todos los días.
—Se lo agradezco, doctor.
—No tiene importancia —me dice el hombrecillo—, me he tomado por usted un interés estrictamente científico. Págueme cuanto antes.
—Yo soy la que pago —dice Mairin.
Abre un cajón. Saca una llave. Abre una caja. Saca un sobre. Se lo entrega al hombrecillo.
—El dinero y los billetes, doctor. Y un buen consejo: vuele cuanto antes a un lugar del globo que no esté señalado en los mapas.
El doctor da media vuelta, y se dispone a salir. Ni en el atolón de Bikini podrá librarse de Barlow y Cía.
Mairin se vuelve hacia mi compañera y la invita a largarse. La otra se larga.
Ya estoy a solas con Mairin. La tengo cerca, muy cerca. Más cerca. Demasiado cerca. Me besa en los labios. Es el beso número cincuenta y cuatro desde que salí del ataúd.
Intento evitar que sobrevenga lo inevitable por segunda vez consecutiva. Lo inevitable sobreviene.
Apenas acaba de sobrevenir lo inevitable, cuando la puerta se abre y entran Joe y sus muchachos.
—Ha sido Edna, ha dado el soplo —murmura Mairin.
¡Si al menos los chicos de Barlow hubieran llegado a tiempo de evitar lo inevitable!
El coche nos espera a la puerta y el cañón de una pistola se obstina en introducirse entre mis costillas. Precisamente en el lugar donde debiera haber colocado el Ulises de James Joyce, con la absoluta garantía de que ni las balas pasan de la página tercera.
Barlow nos recibe. Verle sonreír aterra. Ignoro de dónde saca Mairin el valor para decirle:
—Cerdo inmundo.
Ni la verdad a bocajarro altera a Barlow. Sigue sonriendo.
—Joe, que pasen los señores al comedor —ordena.
Pasamos al comedor. El doctor que certificó mi defunción nos está esperando. Ni nos saluda. Lo comprendo. Hay que ponerse en su lugar. Y, para ponerse en su lugar, sería preciso tener la suela de los zapatos a siete palmos del suelo y la cabeza a tres palmos del techo, sin subirse a la mesita del recibidor.
Han descolgado la lámpara de bronce. Lo cual demuestra que en Barlow y Cía impera un espíritu previsor.
Mairin (¡deliciosa Mairin!) ríe.
—¡En buen lío os habéis metido! —dice—. ¿Cómo vais ahora a arreglaros para certificar la «muerte natural» del doctor?
Barlow se sienta. Saca un cigarrillo. Lo enciende. Está a gusto.
—Voy a ponerte en antecedentes de lo que «realmente» ha ocurrido. Te interesará. Este señor que ves aquí colgado no está aquí colgado sino en su domicilio, donde vivía con un gato llamado Raúl que ha sido el único testigo de los hechos. Este señor está en su domicilio, o por lo menos allá lo encontrará la policía cuando algún paciente le eche de menos. Cosa esta que tardará en producirse, considerando que son muy escasos los pacientes del doctor que han tenido la fortuna de sobrevivirle. Pero entonces, precisamente entonces...
Barlow da dos o tres chupadas al cigarrillo. En un escenario, sería un mal actor. Fuera es todavía peor.
—Entonces —sigue diciendo— la policía encontrará, prendido con un imperdible de la solapa del ahorcado, este papel...
Saca el papel, lo agita triunfal y lee:
—«Señor Juez. Estimado señor: por medio de la presente, me es grato comunicarle que el abajo firmante, o sea yo, se ha suicidado, colgándose de una cuerda sin ayuda de nadie. Y lo afirmo y reconozco así, y ruego que no le echen la culpa al gato ni a ninguna otra persona. Las causas de mi muerte, como ustedes comprobarán, han sido dos: el lazo corredizo en primer lugar, y la señorita Mairin en segundo. La mencionada señorita, paciente mía, ha suscitado en mí una pasión insensata que no se vio correspondida. Ignoro, señor Juez, si usted se ha visto alguna vez en circunstancias semejantes (es decir, enamorado) y ha sentido en lo más hondo la mordedura de los celos...»
Barlow se interrumpe:
—¿Qué les parece? ¡La mordedura de los celos! —dice orgulloso.
—Convincente —aprueba Mairin.
—Pues bien —prosigue Barlow—, «... yo, señor Juez, sorprendí a mi paciente y amada señorita Mairin en el número veinticinco de la avenida Rawlins, entregada a las caricias del señor Braine (Nelson), que también había sido, recientemente, paciente mío, lo cual me resultó, como usted supondrá, mucho más doloroso y humillante. Usted, señor Juez, comprenderá hasta qué extremo me sentí zaherido si le recuerdo que el señor Braine es precisamente el difunto que escapó enloquecido de su ataúd en la plaza Suzuki, sin que la policía haya encontrado hasta el presente su paradero. Verse suplantado en el corazón y etcéteras de una dama por un muerto mortifica. Por todo ello, planeé una rápida venganza...».
Barlow hace otra pausa. Nos contempla satisfecho de su obra. Le pido humildemente permiso para sentarme. Me lo niega.
—«Señor Juez —continúa leyendo Barlow, sin poder disimular su creciente entusiasmo—, imagino que usted, sin ser un científico, sabrá como yo que determinados ejercicios deshidratan los organismos y tampoco ignorará que el sistema económico de nuestra sociedad reposa en el hecho sintomático, por ejemplo, de que en vez de beber agua se nos ha convencido de que necesitamos beber Coca-Cola. Partiendo de estas dos premisas y considerando por una parte que yo tenía la llave del piso (¡para eso pagaba regularmente el alquiler!) y por otra parte que mi ex amante y mi ex difunto se hallaban lo suficientemente ocupados como para no oír ni ver lo que sucediera fuera de un espacio rectangular de dos por uno y medio metros, considerando todo esto, coloqué en la nevera dos botellas de Coca-Cola, que casualmente llevaba en mi cartera. Por descontado, el contenido de las botellas era puro veneno...»
Barlow ríe divertido. Joe ríe por servilismo. Los otros chicos, que son dos y fornidos, no ríen porque no saben, pero ponen muy buena voluntad y enseñan los dientes.
—Como podéis comprobar —nos dice Barlow— nada falla y pronto cada cosa estará en su sitio: el doctor en su casa y vosotros dos amorosamente abrazados en el apartamento de la avenida Rawlins. Dos botellas de Coca-Cola habrán sido colocadas en la mesilla de noche...
—¡Me negaré a beber ningún líquido! —dice Mairin.
—Joe, trae el embudo.
Joe trae el embudo.
—Ingenioso, ¿eh?
—Ingenioso —reconoce Mairin. Yo pido humildemente permiso para sentarme. El permiso me es denegado. Estoy deseando volver a encontrarme, esta vez definitivamente, en el ataúd.
Barlow mira a Mairin, diríase que con cierta ternura, después me mira a mí, diríase que con evidente desprecio.
—Acción, chicos.
Y la danza comienza.
III. Plomo para otro
Otra vez estamos en el piso de la avenida Rawlins. Y, a juzgar por lo que presiento, ni Mairin ni yo saldremos de aquí en posición vertical. Por lo pronto, ya estamos sentados. Algo es algo. Y atados a la silla. Un buen sistema para que el espectador permanezca en el teatro hasta el final de la obra.
—Poned las Coca-Colas en la nevera —ordena Barlow. Considero inútil advertirle que las bebidas heladas me sientan mal.
—Amor mío, volveremos a vernos en la Eternidad —me dice Mairin.
Lo dudo y, a decir verdad, tampoco lo deseo. Estoy harto. Que me maten de una vez y me dejen en paz. Habitualmente no pienso así. Y me gusta bastante vivir. Pero cuando le suceden a uno determinadas cosas inevitables a determinado ritmo se propaga bajo la epidermis un determinado estado de ánimo.
Tengan en cuenta que si «amar» es morir un poco, yo me he muerto ya tres veces en un solo día.
—¡Perro indecente! —me dice Barlow—. Primero trataste de dejarnos para pasar a mejor vida. Nosotros, incondicionalmente, pusimos de nuestra parte cuanto nos fue posible para que realizases tus propósitos. Y tú, desagradecido, en vez de comportarte con sentido de la responsabilidad, te escapaste del ataúd en plena plaza Suzuki, poniendo en peligro nuestra respetabilidad. No contento con ello, sedujiste a esta encantadora estrellita del firmamento (Mairin) que será pasto de los gusanos por tu culpa. Tú, Nelson, serás el primero en morir, pero antes vas a bailar un poco...
Y me tumba de un tortazo, con silla y todo.
—Recobra el equilibrio, renacuajo.
Intento en vano darle gusto.
—¡Preparadme el punching, muchachos! —ordena.
Me preparan. Me vuelve a tumbar.
—¡Detente! —exclama Mairin—. ¡La policía no debe encontrar un cadáver maltratado!
A mí me parece un buen razonamiento.
—Son señales «de amor» —replica Barlow. Y me pega una patada en la nariz. Sangro.
—¡Maldito! ¡Quiere comprometernos! ¡Limpiad esa sangre!
—Señales de amor —sugiere Mairin. Joe ríe. Pero a Barlow no le hace gracia.
—¿De qué te ríes, Joe? —pregunta.
—Oh, nada... recordaba un chiste...
—¿Ah, sí? ¡Te doy un minuto para que me lo cuentes! —dice Barlow.
Joe no es tímido, pero se siente turbado.
—Verá, jefe. Es un chiste muy antiguo... En realidad, no lo recuerdo bien... verá...
—Cronometro —dice Barlow. Y cronometra.
Joe no tiene alternativa:
—Es un tipo que va de luto —dice— y se encuentra a un amigo y...
—¿Encontráis el chiste gracioso, chicos? —pregunta Barlow a los otros secuaces—. No. ¿Verdad?
—¡Déjeme contarlo, jefe! ¡Lo más gracioso viene al final! —arguye Joe, desesperado. Y de un tortazo me lo envían encima.
Mairin habla una vez más. Y, como de costumbre, dice algo interesante:
—¡Qué fuerte eres, Barlow! ¡Así se pega! ¡Dios mío, qué mujer tan complicada soy! Imagínatelo, Barlow. ¿Sabes lo que me ha ocurrido? ¡Me acabo de enamorar de ti!
Enamorarse de Barlow en estos instantes me parece una medida genial. Si fuera preciso, yo mismo me enamoraría.
—Estrellita del firmamento —dice Barlow en un tono angelical—. Colgar entre mis trofeos tu amor póstumo me honra.
Y la besa en los labios. Pero no la desata. Mairin le muerde el bigote (olvidaba decirlo, Barlow tiene bigote).
—Suelta, estrellita, suelta —y Barlow ríe. Deliciosa escena.
Mairin le muerde el labio. Barlow lanza un alarido desgarrador y pega un salto. Sangra.
—¡Huellas de amor! —exclama regocijada Mairin. Y Joe, que empieza a recuperarse del golpe, no puede contener una risa nerviosa. Volvemos a encontrarnos, él y yo, tumbados en el suelo.
—¡Las Coca-Colas! ¡Las Coca-Colas! —reclama Barlow a gritos.
Pero la puerta se abre de golpe.
—¡Manos arriba todo el mundo! —ordena una voz femenina.
—¡Tú! —exclama Barlow.
—¡Otra vez tú! —exclama Mairin.
—¡Ella! —exclama Joe.
—¡Otra vez ella! —exclamo yo.
Es ella, en efecto. Edna, la amiga de Mairin que me recibió cuando yo regresaba de mi entierro. Edna, la primera mujer que abusó de un recién resucitado. Edna, la bella joven que nos había delatado a Barlow y Cía por despecho.
—¡Oh, John, John, John! —exclama Edna—. ¿Te han hecho daño?
—Sí —digo.
—¡Perro! ¡Esto no era lo convenido! —dice Edna a Barlow—. A ella podéis merendárosla, si lo deseáis, pero a John, mi pobre John, John es mío.
Ya lo han oído: soy suyo. Me pregunto si va a desatarme o a envolverme. Me desata.
—Y no hagáis ni un movimiento —advierte.
—¡Estúpida! —dice Mairin—. Te crees lista, ¿eh? Te crees irresistible, ¿eh?, te crees que has ganado la partida, ¿eh? ¿Eh?
—Tenme la pistola, John.
Cojo el arma. Edna se acerca a Mairin, y la abofetea.
—¿Vas a dejar que hagan esto conmigo en tu presencia, Nelson? —me dice Mairin.
Edna vuelve a abofetearla.
—¡Mátala, Nelson! ¡Mátala! Y huiremos tú y yo hacia la felicidad...
¡La felicidad! Imagino una cama, una cama recién hecha, mullida, una cama para un hombre solo, una cama para dormir. Me apetece. Pero no mato a Edna.
—¡Atadla! —ordeno, y encañono a los dos secuaces de Barlow y Joe. Me obedecen. Ya tengo a Mairin y a Edna inmovilizadas. Barlow y Cía me contemplan. Soy el amo de la situación. Retrocedo poco a poco hacia la puerta.
—Escúchame, Nelson —me dice Mairin suplicante—. Si me llevas contigo seré tu esclava, te seguiré como un perro fiel, besaré el lugar donde has pisado...
Nada de esto me conmueve. Y tampoco me seduce.
—Escúchame, John —me dice Edna—. Reflexiona antes de abandonarme. ¿Dónde puedes ir sin mí? En cuanto atravieses esa puerta, saldrán a darte caza y te cazarán. Yo, en cambio, lo tengo todo preparado...
Lo pienso dos veces. Imagino lo que me tiene preparado. Y decido no soltarla.
—Escúchame, Nelson —me dice Mairin—. Entre tú y yo podremos atar a estos tipos y largarnos tranquilamente, no sin antes abrir la llave del gas...
Hasta Barlow palidece. Me lo pienso cinco veces. Decido no soltar a Mairin. Sigo retrocediendo. Ya estoy en el umbral. ¿Bajaré corriendo las escaleras o esperaré el ascensor? Tiene que ocurrírseme algo. Y pronto.
No se me ocurre nada.
—Vayas donde vayas, estás perdido, Nelson —me dice Barlow—. En cuanto des media vuelta empezarás a correr hacia tu tumba.
—¡Llévame contigo! —suplica Edna.
—¡Vete al infierno! —me dice, a modo de despedida, Mairin.
Y entonces, precisamente entonces, empiezo a marearme. Veo dos Barlows, tres Barlows, cuatro Barlows. Y cinco Mairins. Y dieciséis Ednas. Y veinticuatro Joes. Y treinta secuaces. Todos ellos componen un maravilloso cuadro. ¡Ya lo recuerdo! ¡He visto uno igual en el techo de la capilla Sixtina!
«Vamos, Nelson», me digo. «Ánimo, chico. No es nada. Un mareo pasajero. Y, por tanto, pasará. ¡Viva Maurice Chevalier! ¿Dónde la he conocido antes a usted, estrellita del firmamento? No es nada. Pasajero. ¡El revisor! Óyeme, Mairin. Óyeme. Espérame en el andén. Antes de que la nostalgia consuma a los perros carniceros que rastrean las salchichas por los bajos fondos londinenses de Michigan, Ohio, en la batalla de Trafalgar...»
¡Qué grande es Miguel Ángel! Realmente, se necesita tener cierta talla para pintar los techos. Pero ya no veo el «Juicio Final». ¿O sí? ¡Un «Juicio Final» abstracto!
—¡Completamente abstracto! —grito. Compruebo que sigo teniendo la pistola en la mano. Y cada cual ha permanecido en su sitio. Joe, Edna, Mairin, los secuaces y... ¿Y Barlow? ¿Dónde está Barlow? ¡Caramba! ¡Qué bromista! ¡Se ha sentado! ¡Se ha sentado en el suelo! ¡Él! ¡Precisamente él, que no permitió que yo me sentara...!
—¡Vamos, Barlow! ¡En pie! —ordeno. Y río vengativo y sarcástico. No me hace caso.
—Estás cansado, ¿verdad? —vuelvo a reír—. Barlow está cansado, ¡el gran Barlow! Pues te mantendrás en pie hasta que a mí me venga en gana, ¿lo oyes? Obedece o disparo.
No le impresiono.
—No puede ponerse en pie —dice Edna.
Y Joe me lo explica:
—Lo acaba usted de matar, jefe.
La pistola está, en efecto, caliente y humeante. Posiblemente ya no quedan balas en el cargador.
—Lo has matado, amor mío —confirma Mairin.
—¡Oh, John! ¡Ha sido realmente emocionante! —exclama Edna.
Estoy emocionado, sí. Pero no orgulloso, no.
—¿Qué hacemos con el cadáver, jefe? —me pregunta sumiso Joe.
Me apoyo en la pared.
—Sacarlo de aquí —digo.
—Sí, pero ¿cómo? —interviene Mairin.
—En el armario —replico.
—¿Y qué hacemos con el armario, jefe? —pregunta Joe.
—Lleváoslo fuera de la ciudad —digo.
—Sí, pero ¿cómo? —interviene de nuevo Mairin.
—En un camión de mudanzas —replico.
—¿De dónde sacamos el camión, jefe? —pregunta Joe una vez más.
—¡Diablos! ¿No sois capaces de robar un camión?
—No —confiesa Joe.
—Alquiladlo, entonces.
—Sí, jefe.
—Y actuad con rapidez. ¡Pronto! ¡Antes de media hora quiero que estéis todos aquí!
Joe y los secuaces salen. Precipitadamente. En cuanto los pierdo de vista comprendo que no volverán. Mi situación es cada vez más delicada. Pero sólo aspiro a hacer una cosa: dormir.
—Buenas noches, queridas —digo. Y voy tambaleándome hacia la cama.
—Espera, John.
—Espera, Nelson.
Pero no espero.
—Hay que meter el cadáver en el armario —dice Mairin.
Tiene razón: debo meter a Barlow en el armario.
Trato, en vano, de arrastrarlo.
—Es inútil que te esfuerces —dice Mairin—. El armario está cerrado con llave...
Intento, en vano, abrir el armario.
—Yo podría proporcionarte la llave... —insinúa Mairin.
Finjo no oírla.
—Y podría ayudarte a arrastrar el cadáver...
Miro a la bombilla, como si jamás en mi vida hubiera visto una bombilla igual.
—Y podría sacarte de este lío...
Sigo sin oírla.
—Fácilmente —dice Mairin—. Sólo tienes que hacer una cosa...
—¿Qué cosa? —pregunto distraídamente.
—Desatarme.
La desato. Me abraza, me besa. Mientras, yo repito:
—El cadáver primero... el cadáver... primero el cadáver... el cadáver...
Pero el cadáver debo ser yo.
—¡Te has comportado como un hombre! —exclama Mairin. Desde luego tengo la convicción de no haberme comportado como un ángel.
—¡Suéltame a mí también, John! —suplica Edna.
—¡Nunca! —digo. Y Mairin me aprisiona en sus brazos. La pistola cae al suelo. Veo a Barlow que la contempla, desde el otro mundo, con cierta avidez en su mirada vidriosa.
Voy hacia la cama, hacia la codiciada cama, pero sin esperanza, sin la más mínima esperanza...
Tampoco esta vez podré descansar. Descansar en paz.
IV. Tampoco descanso en paz
Apenas acaba de suceder (¡una vez más!) lo inevitable, cuando Edna irrumpe en chillidos.
—¡Chillaré! ¡Chillaré! ¡Si no me soltáis, chillaré! —amenaza. Y chilla.
Mairin salta de la cama y amordaza a su amiga con una media. Después vuelve a la cama. A mi lado. Me mira prolongadamente. Vuelve a mirarme. Se apiada:
—Tienes muy mala cara, Nelson querido.
Le digo que sí. Bostezo. Me doy media vuelta. Voy a dormir.
—¡Nelson! —dice Mairin—. ¡Han llamado!
—¿Cómo? —veo pajaritos, flores y cepillos de dientes. Me acuerdo de una tía mía que no era modista, sino lo otro. Hago un esfuerzo y escucho: llaman a la puerta.
—¡La policía! —exclama Mairin—. ¡Escondamos el cadáver!
Ya estoy otra vez de pie. Y tirando de Barlow.
—¿En el armario? —pregunto.
—No, en la cama —contesta Mairin—. Me acostaré con él y no se atreverán a investigar.
—¿Y qué hacemos con Edna?
Edna me mira esperanzada.
—¡Métela en la ducha!
Vuelven a llamar a la puerta.
—Un momento, por favor —dice Mairin con su más encantadora voz.
Barlow ya está en la cama. Su cabeza reposa sobre la blanca almohada. Mirando al techo, tiene un aire angelical.
—¡Ayúdame, Nelson!
Encerramos a Edna en el cuarto de baño. Mairin se mete en la cama. Vuelven a llamar a la puerta.
—Abre —dice Mairin. Voy a abrir.
—Espera —dice Mairin. Espero.
—Ciérrale los ojos a Barlow —dice Mairin. Se los cierro.
—Ahora, ya puedes abrir —dice Mairin. Voy a abrir.
—Espera —dice Mairin. Espero. Vuelven a llamar a la puerta.
—Abre el grifo de la ducha —dice Mairin. Abro el grifo de la ducha. Tengo la sospecha de que la mordaza impide a Edna decir cosas desagradables. Porque se da la coincidencia de que Edna está debajo de la ducha.
Vuelven a llamar a la puerta.
—Ahora, ya puedes abrir —dice Mairin. Abro.
Joe sonríe:
—Somos nosotros, jefe. El coche espera abajo.
—Maldita sea —le digo.
—Sí, jefe —dice Joe.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Acción!
—Sí, jefe.
Sacan a Barlow de la cama, y lo encierran en el armario. Cogen el armario y se lo llevan.
—¡Al fin solos! —exclama Mairin.
—No por mucho tiempo —replico—. No tardarán en caer en manos de la policía si tú no los acompañas...
—¿Acompañarlos? ¿Adónde?
—Sencillo, a casa del doctor. El hallazgo de dos cadáveres juntos siempre incita a tomarse las cosas con calma. Lo más cómodo es pensar que un cadáver ha matado al otro, o viceversa.
La he convencido. Le digo que la espero aquí.
Se viste, y sale.
Compruebo desde la ventana que ella y los muchachos suben al camión. El camión arranca. El camión se aleja.
Ha llegado el momento de huir.
Abro la puerta, me dispongo a...
Pero oigo una especie de maullido, y el ruido ininterrumpido del agua de la ducha. Debo evitar la inundación.
Entro en el cuarto de baño, cierro el grifo. Edna me lanza, por encima de la mordaza, una mirada suplicante.
Pienso que Edna puede serme de utilidad. La desato. La desnudo. La seco. La envuelvo en una sábana.
—¿Dónde tienes el coche? —pregunto.
—Ahí, a la vuelta de la esquina.
—Vamos.
Vamos. Y ya rodamos a ciento cincuenta por hora, dejando atrás la ciudad.
Al día siguiente, mi fotografía aparece en todos los periódicos.
«Un hombre indocumentado y una mujer desnuda son hallados en estado de inconsciencia, después de haberse estrellado contra un árbol el coche que conducían.»
Ahora lo recuerdo. Debió de suceder cuando le dije a Edna:
—Conduce tú, yo tengo sueño.
—Sí, John —dijo ella. Y no recuerdo que dijera nada más.
Lo importante ahora es que estoy en un lecho y solo. En un paradisíaco lecho de hospital.
Entra una enfermera, empujando una camilla. Y tres ayudantes.
—Debemos llevarle a la sala de operaciones, señor Braine —me informan.
¿Operaciones? No tengo ganas de ser operado, pero me resigno. Al menos tengo la certeza de que después de una buena operación me dejarán descansar.
Luego pienso que la enfermera me ha llamado por mi nombre, y ello me deja bastante perplejo.
La camilla rueda por uno de los pasillos del hospital: techo blanco, blancas baldosas, blanca enfermera, hombres de blanco, enmascarados y...
¡Debí imaginarlo! ¡Son ellos! ¡Mairin! ¡Y Joe! ¡Y los demás! Es preciso actuar. Joe nunca hizo trabajos precisamente impecables con el bisturí. Una, dos, tres.
Antes de que puedan reaccionar, ya estoy corriendo escaleras abajo: en pijama, otra vez en pijama.
—¡Deténgase!
—¡Alto! ¡Alto!
—¿Dónde va?
Dónde voy, de dónde vengo. Me asombro de que los hombres tengan tiempo en sus breves existencias de plantearse preguntas tan superfluas. Lo que importa es correr. Y lo más de prisa posible. La razón de que esté corriendo calle abajo, en vez de correr calle arriba, es obvia: mis piernas funcionan solas, absurdamente independientes del cuerpo de que son portadoras.
Se deja oír una sirena. Veo un taxi aparcado junto a la acera. Me cuelo, de un salto, en el vehículo.
—¡De prisa! ¡El marido! —digo al conductor haciéndole un guiño de complicidad. Me devuelve el guiño. Y arranca. Tuerce a la derecha, a la izquierda, otra vez a la izquierda, a la derecha, a la derecha, a la derecha, a la izquierda, pasa un túnel, a la derecha. Para. Y sonríe.
—¿Y ahora?
—¿Usted cree que ya los hemos despistado? —pregunto.
Me dice que sí, con evidente orgullo.
—Verá —le digo—, comprenda mi situación. No me atrevo a volver a casa...
Sonríe.
—Y es el caso —sigo diciendo— que, como puede observar, no tengo la cartera y...
Deja de sonreír.
—¿Qué haría usted en mi caso? —pregunto.
—Pues ir a casa de algún amigo... y pedirle dinero para pagar al taxista —me contesta.
—Pero, verá —digo yo a mi vez—. No tengo ningún amigo.
Es triste, pero es verdad. Se apiada de mí. Y me deja abandonado a mi destino, en pijama, en uno de los callejones menos concurridos de la ciudad.
V. Mis primeras violaciones
Subo y llamo. Ésta es una puerta cualquiera, de una casa cualquiera. Quinto piso. Un quinto piso cualquiera.
No me he atrevido a llamar en el primero, ni en el segundo, ni en el tercero, ni en el cuarto. Pero ahora ya no me queda más remedio que intentar algo. Lo intento.
Ya imaginarán que me abre una joven. Imaginarán también que es muy guapa, por supuesto. Imaginarán, si son lectores dóciles, que la joven está sola en su casa. O sea, que el marido se halla en la oficina.
Imaginarán todo esto, y se anticiparán a lo que yo pueda decirles. Porque, en efecto, la joven es guapa. Abre. Emite un «oh», y retrocede. Pero no cierra. Entro.
—Deje que me explique —le digo.
En realidad, no se opone a que me explique. Se limita a mirarme con estupor. Los pijamas del hospital (de un verde papagayo) no deben en modo alguno poner de relieve mis atractivos personales.
—Necesito ayuda.
Creo que puedo ser más explícito con ella, y lo soy:
—Me persiguen.
Cierra la puerta. Me hace pasar. Le digo que necesitaría un poco de descanso, y un traje viejo.
—Para poder seguir huyendo.
—Pero ¿de quién?
Intento ser sincero:
—De unos amigos. Y de la policía, claro.
De la policía huye todo el mundo, ¿por qué no iba a huir yo también? Ella me comprende. Y me explica que me dará un traje, pero no una cama. Entramos en el dormitorio. Entonces, claro, llaman a la puerta.
—¡Mi marido! —exclama ella.
Y me encierra en el armario.
El pelaje de un abrigo de visón o de conejo me cosquillea en la nariz. Y una percha de alambre me oprime, como un yugo, el cogote.
La puerta del armario se entreabre y llega hasta mí una bocanada de oxígeno, una larga pincelada de luz y una voz de mujer que dice:
—Pronto, escape mientras él está en el cuarto de baño.
Salgo de mi escondite.
—Por la ventana —indica la mujer, y me empuja.
Me siento con las piernas hacia fuera, automáticamente se cierran las contras a mi espalda. Quedo cara al vacío. Y en pijama.
Un quinto piso es un quinto piso. Debajo tiene cuatro pisos. Y cuatro pisos son cuatro pisos.
Descarto la posibilidad de saltar.
Podría intentar llegar hasta el tejado, pero no lo intento. Porque encima del quinto piso hay dos pisos más, y la fachada está tan desprovista de salientes y entrantes como la losa de una tumba. Mi tumba.
Podría dar media vuelta y golpear los cristales, dispuesto a desafiar las iras del marido. Pero me es absolutamente imposible hacer el menor movimiento sin que mis nalgas se sientan curiosamente impulsadas a deslizarse por un imaginario tobogán.
Opto por esperar. Aunque me hubiera gustado que alguien me brindase la oportunidad de poder elegir otra cosa que no tenga nada que ver con la muerte instantánea.
Puesto que, ya lo he dicho, he optado por esperar. Espero.
Y empieza a caer dulcemente la tarde. «La tarde cae», me digo. Y el verbo «caer», incluso aplicado con licencia poética a la tarde, me produce escalofríos.
La tarde cae. Yo caigo. Tú caes. Yo caigo. Él cae. Nosotros caemos. Yo también. Vosotros caéis. Yo caigo. Y ellos, y yo, caen.
Mirar hacia arriba y ver desfilar las nubes por el cielo mortecino no es aconsejable. Mirar hacia abajo, menos. Pero miro. A ver qué pasa.
Y pasa que veo una multitud aglomerada allá abajo, y miran hacia arriba. Y me señalan con los brazos alzados.
Se deja oír una sirena, y hacen su aparición los bomberos.
—¡No se mueva, esté tranquilo! No haga locuras, la vida es bella —me dicen a través de un altavoz.
Como no tengo altavoz, me es imposible contestar que a mí también me parece la vida bastante bella. Al menos lo moderadamente bella como para intentar seguirla viviendo hasta el final. Y procurar que el final se presente lo más lejos posible del principio.
«Esté tranquilo, tranquilo», repiten los del altavoz. Y empiezan a ponerme nervioso.
Oigo una voz a mis espaldas, dentro del piso:
—¿Un hombre en la ventana? ¡Imposible!
Un segundo después, el marido comprueba que todo es posible. Todo. Y saca un revólver y mata a su mujer. Y dispara contra mí, pero se interpone el bombero y muere en acto de servicio.
Escaleras arriba, el marido me persigue a tiros. Al fin estoy en el tejado, sorteando chimeneas. Resbalo. Ruedo. Me agarro a un canalón de desagüe. Me balanceo como en un trapecio fijo. Me lanzo: y entro, los pies por delante, en un nuevo hogar.
Y caigo sobre el lecho conyugal. Entre el marido y la mujer.
Él se vuelve y pregunta medio dormido:
—¿Qué ha sido eso?
Ella se vuelve, me mira. Y contesta con precisión:
—Un hombre.
—¡Ah! —exclama él hastiado. Y vuelve a quedarse dormido.
—No me comprende —dice ella—. Nunca me ha comprendido. Somos diferentes, y sin embargo...
Suspira.
—Es mi marido —concluye.
—Ya —digo. Y nunca debiera haber abierto la boca.
Entonces, ella me cuenta su historia. Cuando se casó era apenas una niña, «totalmente» inocente. Creía en el amor.
—¿Usted cree en el amor? —me pregunta.
Digo que sí, para no decepcionarla.
—Demuéstremelo.
—Deme un traje —replico yo.
Está de acuerdo. Y media hora después elijo un traje del guardarropa.
—El que más le guste —dice ella.
Pero él, sin abrir los ojos, levanta de pronto un brazo y advierte:
—El gris, no.
Me llevo el azul. Y me siento, por primera vez desde que salí del ataúd, un auténtico mortal más.
Salgo a la calle y observo que reina gran excitación entre la gente.
—¿Qué ocurre? —pregunto a un policía.
No me contesta. Pero una vecina se encarga de informarme:
—Buscan a un sátiro. Le llaman «el sátiro del pijama verde»...
Robo una bicicleta y me alejo de aquel lugar.
Entro en un restaurante. Ceno. Y, llegado el momento de pagar, confieso que no tengo dinero.
—Denúncieme a la policía —sugiero.
Pero no me denuncian.
—No tiene importancia —dice el dueño—. Lavará usted los platos.
Los platos son discos blancos con comida adherida. La cocina no huele mal. Huele peor. Huele exactamente a cocina. Los platos, ¡ya saben ustedes lo que son los platos! Se lava un plato, después se lava otro plato, después se coge otro plato y se lava. Y así, cien, doscientos discos blancos con comida adherida. He dicho discos blancos con comida adherida no por un alarde de retórica sino porque hay discos terroríficos, discos que giran incesantes, siempre con la misma melodía, discos que vuelan, discos que ruedan. Y yo estoy de pie. Con un bonito delantal blanco. Y se habla de los platillos volantes. Pero yo no creo en nada. Apenas en Marilyn Monroe (que está en los cielos). Por lo demás, no hay tiempo para creer. Si un toro embiste, no hay tiempo para creer en el toro. Sólo correr, o girar, ininterrumpidamente, como los discos blancos con comida adherida...
Me pegan una patada en el hocico. Yo diría más bien que me han dado con la punta de un zapato italiano en la boca. Pero es preciso creer al encargado de la cocina, porque él estaba despierto y yo no.
Y el encargado dice:
—Le he arreado una patada en el hocico.
Desde mi punto de vista, ha sido más bien una coz en la boca. Pero respeto las opiniones ajenas.
—¡Lárguese! —me dice el dueño.
Y salgo. Me han robado la bicicleta. Continúo mi paseo a pie. No sé adónde voy. Pero todos los caminos conducen a Roma. O sea, a las ruinas. O sea, a la muerte. O sea, al cementerio.
Que es tanto como decir que al final acabaré encontrándome con Mairin, «la deliciosa estrellita del firmamento».
Creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre lo que debo hacer. Reflexiono. Y me desmayo.
Abro los ojos, y pregunto lo que suele preguntarse en circunstancias similares:
—¿Dónde estoy?
Nadie me contesta. Nadie puede contestarme.
La gente pasa, sin apenas dirigirme una mirada. Es natural. Tienen muchas cosas que hacer.
Pronto me encuentro en condiciones de responder yo mismo a mi pregunta: estoy exactamente en el mismo lugar en que me caí. Y decido permanecer aquí. Porque sé que no tengo otro sitio mejor donde ir.
Se acerca un guardia y me dice:
—Circule.
Había decidido quedarme aquí, pero circulo. Y me voy.
Y, al llegar al final de la calle, vuelvo a desmayarme. Lamento resultar un obstáculo en la vía pública, pero no he podido evitarlo. Ya estoy desmayado.
Y tengo la irrevocable determinación de no recobrar el conocimiento.
—¡Huya! ¡Huya! ¡Acaba de explotar!
—¿Explotar? ¿En dónde?
—En la isla Fidji.
—Es la prueba atómica número quinientos sesenta y tres...
—¿La última?
Corro por los túneles del metro, perseguido de cerca por un tren. Los viajeros me miran regocijados tras los cristales.
—¡Que te cogemos! ¡Que te alcanzamos!
Malditos. Saben que no soy como ellos. Saben que YO estoy en pijama. Soy una cebra entre burros.
No puedo más. Reventaré.
—En la próxima estación.
—Gracias.
Jadeo. Sudo, resoplo, escupo bilis.
—El nombre...
—¿El nombre?
Quiero conocer el nombre de la estación, pero no consigo pronunciar ni una palabra más.
—Circule.
Es un policía. El orden es la fuerza. La fuerza es el orden. Y el orden es el orden. Circule. Circulo.
Pero antes vuelvo la cabeza y veo con horror el nombre de la estación:
FIDJI. Debí suponerlo.
—¿Y ahora qué puedo hacer?
Me despierto.
—¿Se encuentra usted mejor?
¿Mejor que qué? ¿Mejor que cuándo? Es una mujer. Sí, sí. Endiabladamente bella, como suele suceder hasta la exasperación en estos relatos. Y me ofrece una taza de té.
—Me encuentro muerto —le digo. Pero en seguida pienso que encontrarse muerto es no encontrarse, o sea, encontrarse mejor que cuando se está vivo. Y yo me encuentro bastante peor que cuando estoy vivo. Por lo tanto, es evidente que todavía no estoy muerto.
—Le hemos acogido en casa como si fuera un hijo —me dice la mujer.
¿Un hijo de quién? ¿Suyo? ¿Del vecino? ¿De mi padre? O un hijo de perra, que es exactamente lo que soy.
—El médico dice que está usted muy agotado, pero que dentro de una semana podrá levantarse y andar...
¿Y para qué quiero yo levantarme y andar?
—Henry y yo estamos dispuestos a tenerlo en nuestra casa hasta que...
¿Hasta que qué? De todas formas, le estoy muy agradecido a Henry, y así se lo hago saber a ella:
—Dele las gracias a Henry.
—Henry detuvo el coche, cuando le vio tumbado en plena calle.
Empiezo a comprender que ella trata de hacerme admitir que Henry es un tipo honrado, a pesar de ser su marido: «Henry detuvo el coche». Muy amable. Podía haberme atropellado. Pero no. Detuvo el coche.
—Dele las gracias a Henry —repito.
—Henry detuvo el coche, porque usted se parece a su hermano...
Ahora ya no soy un hijo, sino un hermano. Hermano de Henry. Bien.
—Henry tiene un complejo, ¿sabe?
No me extraña. En la vida todos tienen complejos, varios. En las películas o en las novelas, los personajes sólo tienen un complejo, un único complejo que justifica todo lo que hacen y lo que dejan de hacer. Henry debe de ser un personaje de novela.
—El complejo de Henry es un complejo de culpabilidad —sigue diciendo ella—. De pequeño, estranguló a su hermanito y desde entonces vive atormentado por el recuerdo...
—Sí, claro. A veces, ocurre —digo, por decir algo.
—Por eso Henry detuvo el coche, cuando le vimos a usted tumbado panza arriba...
¿Panza arriba? Recuerdo haber caído panza abajo. Algún curioso me habrá dado la vuelta con la punta del pie.
—Y Henry me dijo: «Vamos a recogerlo, Virginia. Se parece a Rock». Y le recogimos.
—Dele las gracias a Rock, por parecerse a mí...
—Entonces le recogimos. Y Henry le ha tratado como a un hermano.
—Gracias a Henry.
—Incluso le ha prestado el pijama que tiene usted puesto.
—Gracias a Henry.
—Henry es un hombre generoso, capaz de darle su pijama a cualquier desconocido.
—Dele las gracias a Henry —repito.
—Se las daré cuando regrese.
—¿De dónde?
—De las islas Fidji. Salió esta mañana en viaje de negocios. No volverá hasta el año que viene. Por eso ha querido dejarme como con su propio hermano.
Entonces creo llegado el momento de decir que tengo sueño. Y, claro, no duermo.
—Soy muy desgraciada al pensar que Henry ha tenido que irse hasta las islas Fidji torturado por ese complejo, por esa terrible obsesión...
—Es lamentable.
Y trato de decir algo consolador:
—Pero olvidará, acabará olvidando...
—¡Jamás! ¡Jamás! ¡Jamás!
No hay duda, Henry no olvidará. Ni yo dormiré.
—Recordará siempre el contacto de sus manos salvajemente crispadas alrededor del cuello frágil de su hermanito...
—Sí, claro, sí.
—¿Y sabe por qué lo mató?
—No, claro, no.
—Pues por mirarme a mí. Ya entonces me quería. El nuestro es un amor eterno. No tuvo principio ni tendrá fin...
Entonces se calla, se acerca. Y me besa.
—Evitemos las interrupciones —sugiero.
Pero ella interpreta mal el sentido de mi frase. Y, naturalmente, Henry, que no se había ido a las islas Fidji, sino que espiaba detrás de la cortina, irrumpe en la habitación.
—¡Quería probarte! ¡Quería verlo con mis propios ojos! ¡La historia se repite!
En efecto, la historia se repite. Corro de nuevo calle abajo. Y en pijama. A franjas verticales y azules, esta vez.
VI. Yo, el sátiro
Corro. Estoy corriendo. Sigo corriendo. Nadie me persigue. Pero no puedo detenerme. Si me detengo, será peor.
La gente me ve pasar, e ignoro lo que piensan. Lo ignoro, y en realidad me importa poco.
Los guardias temen que yo les complique la existencia, y se hacen los distraídos.
Un hombre puede atravesar una ciudad en pijama sin que nadie se lo impida. Lo acabo de comprobar.
Y entro en un parque municipal. Y busco un banco apropiado para una pareja de enamorados, pero sin enamorados. Y lo encuentro.
Es de piedra, pero desde que salí del ataúd no he encontrado un lugar mejor para descansar.
Se acerca un viejecito y me dice:
—Hace un día excelente, joven.
En efecto, un día para pasear en pijama.
—La gente suele decir —me dice el viejecito— que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Pero el rayo cae en zig-zag. Voy a contarle una historia totalmente increíble, sin embargo es cierta en todos sus puntos. Totalmente cierta. Se lo digo yo. Es mi propia existencia...
—Cuente, cuente —le digo—. Pero hágalo dulcemente, sin brusquedades, susurrando las palabras a mi oído...
Y me tumbo, apoyando la cabeza en las rodillas del viejecito.
—Éranse una vez un millón de hombres honrados. Se levantaban a las ocho de la mañana. Recorrían una determinada distancia. Se sentaban en una determinada silla. Realizaban un determinado trabajo. Comían a una hora determinada. Volvían a sentarse en una determinada silla. Y permanecían sentados un número determinado de horas. Y volvían a sus hogares y cenaban, y se procreaban frecuentemente. Y así todos los días. Menos los domingos y fiestas de guardar. ¿No le parece a usted increíble?
—Absurdo. Usted me miente —le digo. Y me quedo completamente dormido.
Hasta que un guarda del parque me despierta.
—Señores, es la hora de cerrar.
¿De cerrar? ¿El qué? ¿El parque o la ciudad? Estoy helado.
—Hace frío —digo.
—Sí, señor. Es hora de irse a la cama.
—Bien, bien. Ya voy.
—Pero despierte a su amigo...
¿Mi amigo? Inútil. No podemos despertar al viejecito. Ha muerto. Seguramente de frío. Le faltó valor para retirar sus rodillas de debajo de mi cabeza. «Par délicatesse, j’ai perdu ma vie», dijo Rimbaud.
—Tendrá usted que acompañarme a la comisaría —me dice el guarda.
—Han quedado muchos crímenes impunes —replico yo—. Sin ir más lejos, en Elsinor. Seis muertes violentas en un castillo real.
A las autoridades siempre les impresionan los alardes de cultura.
—Adiós —le digo. Y él descuelga la escopeta. Yo empiezo a correr.
Media hora después, estoy en el foso de los osos blancos, con el agua hasta el cuello. Afortunadamente, no hay osos.
Salgo como puedo, y recibo un tiro de sal en las nalgas.
Cruzo a nado el estanque de los cisnes. Y, al llegar a la otra orilla, me encuentro relativamente mejor. Hace frío, pero la sal abrasa.
—Entréguese —me dice el guarda.
Mientras yo pasaba a nado, él ha cruzado el puente.
No me entrego. Después de recibir un tiro, no me importa ya recibir el segundo. Pero no lo recibo, porque al guarda ya no le queda sal.
—Se ha administrado usted mal —le digo.
—Sólo tenemos derecho a tirar una vez —se excusa.
No le oigo, porque ya estoy a la altura de la jaula de los gorilas. Tuerzo a la derecha, a la izquierda, salto una alambrada y, tiritando, sigo andando. Sin prisa.
Al fin encuentro el banco. El mismo banco. De piedra. Y el viejecito. El mismo viejecito. También de piedra. Éste es el lugar más seguro de todo el parque, pues el guarda no está obligado a pasar por aquí. Y preferirá que el compañero que le releve haga el descubrimiento.
Me tumbo, coloco la cabeza en las rodillas del viejecito. Y trato, sin conseguirlo, de dormir.
Al día siguiente, los periódicos publican en primera página titulares como éstos:
EL SÁTIRO ANDA SUELTO
PÁNICO EN LA CIUDAD, LA VIRTUD AMENAZADA
MÁS DE VEINTE HOGARES PROFANADOS
LA POLICÍA ASEGURA: NO TARDARÁ EN CAER EN NUESTRAS MANOS
EL SÁTIRO DEL PIJAMA HACE DE LAS SUYAS
Última hora:
Se calcula que ya ascienden a veintisiete las denuncias formuladas por maridos de mujeres ultrajadas.
Características del sádico delincuente:
Estatura media. Rasgos regulares. Pelo moreno. O rubio. Y además viste un llamativo pijama a rayas, verticales u horizontales, de diversos colores.
No hay duda, soy yo.
VII. A precio de amor
—¡Mirad! ¡Es el sátiro! ¡El sátiro!
—¡A por él!
—Pronto. Hay que llamar a la policía.
—¡Corramos! ¡Trata de huir!
—¡Eh! ¡Espere! ¡Fírmeme un autógrafo!
Corro calle abajo. Otra vez. Siempre. Y la multitud me persigue.
—¡A él! ¡A él!
Y, al final de la calle, aparece un nuevo grupo de perseguidores. Corren calle arriba. Vienen hacia mí.
Pego un salto, y me subo al andamio de un inmueble en construcción. Cojo una brocha y un bote de pintura, y empiezo a pintar la fachada.
De vez en cuando disimuladamente, doy un brochazo de pintura blanca a mi pijama.
El andamio empieza a elevarse. Primero, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto. Y un tipo, que al parecer se llama Charlie, me espera arriba, en el undécimo piso.
—¡Soy yo, Mickey! ¡Soy Charlie!
—¡Allá voy, Charlie! —le contesto.
—¡Te espero, Mickey! —me dice.
Séptimo, octavo, noveno...
—¡Diablos! ¡Tú no eres Mickey!
—No, Charlie. No soy Mickey —me veo obligado a reconocer.
—¿Y Mickey?
—Ha ido a comprar cigarrillos.
Noveno, décimo...
—¿Y qué haces tú aquí?
—Mickey me dijo que le sustituyera...
¡Y undécimo!
—¡Imposible! Mickey es un ratón. Mickey no existe. Has caído en la trampa —me dice Charlie, y me pega un empujón. Pero yo me aparto. Y Charlie cae sobre la multitud expectante, la que subía calle arriba y la que bajaba calle abajo.
Se mata. Y además lo linchan. Mientras, yo pinto cuidadosamente la fachada.
Cuando llega la policía, ya no queda nadie. Salvo el muerto despedazado en la acera y yo en el undécimo piso del edificio en construcción.
La policía me ve, y me ordena que baje.
Yo les digo que suban.
Me dicen que si no bajo, disparan.
Yo les digo que suban.
Me dicen que si no bajo, disparan.
Yo les digo que disparen.
Ellos me dicen que sólo quieren hacerme algunas preguntas.
Yo les digo que pregunten.
Disparan. No me dan. Se enfadan, y suben. Pero antes de que lleguen al undécimo piso, ya he desaparecido.
—¡Va por los tejados! —oigo que gritan. Y tienen razón.
Voy por los tejados, por las terrazas, por los balcones.
—¿Es usted el sátiro? —me pregunta una señora que tiende la ropa.
Le digo que sí, sin detenerme. Y sigo corriendo.
Al cabo de tres cuartos de hora, vuelvo a pasar por la misma terraza. La señora sigue colgando ropa.
—Han pasado por aquí —me informa—. Y yo les dije que usted se había ido por las escaleras.
—Muy amable.
—¿No le parece a usted todo esto poco serio? —me pregunta.
—Y sobre todo fatigoso —respondo.
—Si quiere descansar, le ofrezco mi casa —me dice.
Ustedes imaginarán que se trata de una hermosa mujer. Pero no. Es gorda. Saludable, eso sí. Apetitosa posiblemente para algún mozo de los muelles de Transinlandia, al Este del Perú.
—Sólo pongo una condición —advierte.
Me temo lo peor.
—Que me hable de amor —propone.
—¿Hablar? ¿Sólo hablar?
—No deseo ningún contacto físico, sino que usted se comporte como si estuviera enamorado de mí. Es un juego, una estupidez, ya lo sé. Pero ¿no le apetece a usted de vez en cuando jugar al dominó?
No tengo tiempo para jugar al dominó. Pero jugaremos al dominó.
—Vamos, amor mío —le digo.
Y me introduce en su piso. Y cierra con llave. Y desliza la llave por el escote, entre sus voluminosos pechos.
—Si quieres salir de aquí —me dice— tendrás que hacer méritos. Muchos méritos.
Se ha transfigurado. La comprendo. Pero no quiero comprenderla.
—¿Méritos?
—¿No eres un sátiro?
—¿Y las palabras de amor? ¿No querías jugar al dominó?
—No he conocido jamás un juego más estúpido. Todo el mundo hace trampa, y siempre acaba igual. Empecemos por el final.
Obedezco. Empiezo por el final: me quedo profundamente dormido.
Me despierta. Me duermo. Me despierta. Se duerme.
Y al día siguiente me trae el periódico y el desayuno a la cama.
Pero yo estoy más cansado que si hubiese pasado el día y la noche recorriendo a la pata coja la ciudad.
—¡Mira lo que dicen de ti!
Leo lo que dicen de mí.
«SÁTIRO: LA SILLA ELÉCTRICA TE ESPERA. TU CARRERA TOCA A SU FIN.»
Y luego hablan de los pequeños detalles. Los veinte o treinta asesinatos que se me atribuyen. Otros delitos propios de mi condición. Las declaraciones de las gentes que me han visto: taxista, guarda, etcétera.
Y, sobre todo, las declaraciones de la gente que jamás me ha visto.
«La silla eléctrica me espera.» A fin de cuentas, una silla es una silla. Moriré sentado.
—¿No estás orgulloso, amor mío? —me pregunta la mujer.
Digo que no.
—¡Toda la ciudad está pendiente de ti! ¡Te temen y te admiran!
La ciudad. Los periódicos. ¡El infierno! Soy un hombre sencillo. Sólo quiero descansar.
—En la televisión, en la primera página de todas las revistas, ya has salido corriendo en pijama...
Imagino que mi situación resultará envidiable a cualquier joven sediento de gloria.
—¡Oh, cuando cuente que te he tenido en mis brazos! —exclama ella.
—Dame la llave, y déjame que siga corriendo —suplico yo.
—El momento llegado, no me opondré a que sigas tu destino. Pero antes debes reponerte...
Recurro a una estratagema:
—¿No hueles a gas?
—No.
—Yo sí. Has debido dejar la llave abierta.
Va a la cocina. Me abalanzo sobre el teléfono. Llamo a la policía (recuerdo el número porque siempre lo marco inexorablemente dos o tres veces en el transcurso de mis pesadillas).
—¿Policía? Soy yo, el sátiro. Estoy en una casa de la calle...
Aparece ella, y cuelga. Me agarra por el pijama y me lanza contra la pared.
—¿Por qué has hecho eso? —me pregunta.
Y luego dice:
—Habrán localizado la llamada. No tardarán en presentarse aquí. Aprovecharemos los últimos instantes que nos quedan.
Los aprovecho: zarandeado, besuqueado y desarticulado, consigo dormir profundamente hasta el anochecer.
—Sabemos que está usted en la casa. Sabemos que viste un pijama a rayas. Lo sabemos todo. Es inútil que intente escapar. Entréguese.
El altavoz se deja oír, terrible, amenazador.
—Son «ellos» —me dice la mujer.
—Bien, adiós.
Me pongo en pie. Me asomo a la ventana. Innumerables coches de policía esperan abajo. La fachada del edificio está iluminada con reflectores.
Vuelven a hablar a través del altavoz:
—Entréguese. O de lo contrario utilizaremos los gases. La casa está sitiada. No tiene escapatoria.
Me gustaría explicarles que yo quiero entregarme, pero que no me dejan.
—La llave. Dame la llave —reclamo—. Es preciso que salga.
Se hace cargo. Me da la llave.
—Adiós y suerte, amor mío.
Vuelve a dejarse oír el altavoz:
—Contaremos hasta diez y...
Empiezan a contar:
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
Me asomo a la ventana para advertirles que ya voy. Y me quedo estupefacto. Se ha hecho el silencio, mientras salen del portal, cabizbajos, en fila india, uno, dos, tres, cuatro y hasta siete hombres uniformados con pijamas a rayas.
Y antes de que mi compañera pueda comprender lo ocurrido, vuelvo a escapar por la terraza, en plena noche.
Pero no tardo en volver.
—Hola.
...
—Necesito ayuda.
...
—Necesito un traje.
