El tango de la Guardia Vieja

Arturo Pérez-Reverte

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Cita

Introducción

1. El bailarín mundano

2. Tangos para sufrir y tangos para matar

3. Los muchachos de antes

4. Guantes de mujer

5. Una partida aplazada

6. El Paseo de los Ingleses

7. Sobre ladrones y espías

8. La vie est brève

9. La variante Max

10. Sonido de marfil

11. Costumbres de lobo viejo

12. El Tren Azul

13. El guante y el collar

Agradecimientos

Sobre el autor

Arturo Pérez-Reverte en digital

Créditos

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«Y sin embargo, una mujer como usted y un hombre como yo no coinciden a menudo sobre la tierra.»

JOSEPH CONRAD. Entre mareas

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En noviembre de 1928, Armando de Troeye viajó a Buenos Aires para componer un tango. Podía permitírselo. A los cuarenta y tres años, el autor de Nocturnos y Pasodoble para don Quijote se encontraba en la cima de su carrera, y todas las revistas ilustradas españolas publicaron su fotografía, acodado junto a su bella esposa en la borda del transatlántico Cap Polonio, de la Hamburg-Südamerikanische. La mejor imagen apareció en las páginas de Gran Mundo de Blanco y Negro: los De Troeye en la cubierta de primera clase, él con trinchera inglesa sobre los hombros, una mano en un bolsillo de la chaqueta y un cigarrillo en la otra, sonriendo a quienes lo despedían desde tierra; y ella, Mecha Inzunza de Troeye, con abrigo de piel y elegante sombrero que enmarcaba sus ojos claros, que el entusiasmo del periodista que redactó el pie de foto calificaba como «deliciosamente profundos y dorados».

Aquella noche, con las luces de la costa visibles todavía en la distancia, Armando de Troeye se vistió para cenar. Lo hizo con retraso, retenido por una ligera jaqueca que tardó un poco en desaparecer. Insistió, mientras tanto, en que su esposa se adelantase al salón de baile y se entretuviera allí oyendo música. Como era hombre minucioso, empleó un buen rato en llenar con cigarrillos la pitillera de oro que guardó en el bolsillo interior de la chaqueta del smoking, y en distribuir por los otros bolsillos algunos objetos necesarios para la velada: un reloj de oro con leontina, un encendedor, dos pañuelos blancos bien doblados, un pastillero con píldoras digestivas, y una billetera de piel de cocodrilo con tarjetas de visita y billetes menudos para propinas. Después apagó la luz eléctrica, cerró a su espalda la puerta de la suite-camarote y caminó intentando ajustar sus movimientos al suave balanceo de la enorme nave, sobre la alfombra que amortiguaba la lejana trepidación de las máquinas que impulsaban el barco en la noche atlántica.

Antes de franquear la puerta del salón, mientras el maître de table acudía a su encuentro con la lista de reservas del restaurante en la mano, De Troeye contempló en el gran espejo del vestíbulo su pechera almidonada, los puños de la camisa y los zapatos negros bien lustrados. La ropa de etiqueta siempre acentuaba su aspecto elegante y frágil —la estatura era mediana y las facciones más regulares que atractivas, mejoradas por unos ojos inteligentes, un cuidado bigote y un cabello rizado y negro que salpicaban canas prematuras—. Por un instante, el oído adiestrado del compositor siguió los compases de la música que tocaba la orquesta: un vals melancólico y suave. De Troeye sonrió un poco, el aire tolerante. La ejecución sólo era correcta. Después metió la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y tras responder al saludo del maître lo siguió hasta la mesa que tenía reservada para todo el viaje en el mejor lugar de la sala. Algunas miradas se fijaban en él. Una mujer hermosa, con pendientes de esmeraldas, le dedicó un parpadeo de sorpresa admirada. Lo reconocían. La orquesta atacó otro vals lento cuando De Troeye tomaba asiento junto a la mesa donde había un combinado de champaña intacto, próximo a la falsa llama de una vela eléctrica en tulipa de cristal. Desde la pista, entre las parejas que se movían al compás de la música, le sonrió su joven esposa. Mercedes Inzunza, que había llegado al salón veinte minutos antes que él, danzaba en brazos de un joven delgado y apuesto, vestido de etiqueta: el bailarín profesional del barco, encargado de entretener a las señoras de primera clase que viajaban sin pareja o cuyos acompañantes no bailaban. Tras devolverle la sonrisa, De Troeye cruzó las piernas, eligió con cierta afectación un cigarrillo de la pitillera y se puso a fumar.

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1. El bailarín mundano

En otro tiempo, cada uno de sus iguales tenía una sombra. Y él fue el mejor de todos. Mantuvo siempre el compás impecable en una pista, las manos serenas y ágiles fuera de ella, y en los labios la frase apropiada, la réplica oportuna, brillante. Eso lo hacía simpático a los hombres y admirado por las mujeres. En aquel entonces, además de los bailes de salón que le servían para ganarse la vida —tango, foxtrot, boston—, dominaba como nadie el arte de crear fuegos artificiales con las palabras y dibujar melancólicos paisajes con los silencios. Durante largos y fructíferos años, rara vez erró el tiro: resultaba difícil que una mujer de posición acomodada, de cualquier edad, se le resistiera en el té danzante de un Palace, un Ritz o un Excelsior, en una terraza de la Riviera o en el salón de primera clase de un transatlántico. Había pertenecido a la clase de hombre al que podía encontrarse por la mañana, en una chocolatería y vestido de frac, invitando a desayunar a los criados de la casa donde la noche anterior había asistido a un baile o una cena. Tenía ese don, o esa inteligencia. También, al menos una vez en su vida, fue capaz de poner cuanto tenía sobre el tapete de un casino y regresar en la plataforma de un tranvía, arruinado, silbando El hombre que desbancó Montecarlo con aparente indiferencia. Y era tal la elegancia con que sabía encender un cigarrillo, anudarse la corbata o lucir los puños bien planchados de una camisa, que la policía nunca se atrevió a detenerlo si no era con las manos en la masa.

—Max.

—¿Señor?

—Puede meter la maleta en el coche.

El sol de la bahía de Nápoles hiere los ojos al reflejarse en los cromados del Jaguar Mark X, como en los automóviles de antaño cuando eran conducidos por él mismo o por otros. Pero hasta eso ha cambiado desde entonces, y ni siquiera la vieja sombra aparece por ninguna parte. Max Costa echa un vistazo bajo sus pies; incluso se mueve ligeramente, sin resultado. Ignora el momento exacto en que ocurrió, pero eso es lo de menos. La sombra hizo mutis, quedándose atrás como tantas otras cosas.

Hace una mueca resignada, o quizá sólo se trate del sol que le molesta en los ojos, mientras procura pensar en algo concreto, inmediato —la presión de los neumáticos a media carga y a carga completa, la suavidad del cambio de marchas sincronizado, el nivel de aceite—, para alejar esa punzada agridulce que siempre aparece cuando la nostalgia o la soledad logran materializarse en exceso. Después respira hondo, suavemente, y tras frotar con una gamuza la estatuilla plateada del felino que corona el radiador, se pone la chaqueta del uniforme gris, que estaba doblada en el respaldo del asiento delantero. Sólo después de abotonarla cuidadosamente y ajustarse el nudo de la corbata sube despacio los peldaños que, flanqueados por mármoles decapitados y jarrones de piedra, conducen a la puerta principal.

—No olvide el maletín pequeño.

—Descuide, señor.

Al doctor Hugentobler no le gusta que en Italia sus empleados lo llamen doctor. Este país, suele decir, está infestado de dottori, cavalieri y commendatori. Y yo soy un médico suizo. Serio. No quiero que me tomen por uno de ellos, sobrino de un cardenal, industrial milanés o algo así. En cuanto a Max Costa, todos en la villa situada en las afueras de Sorrento se dirigen a él llamándolo Max a secas. Eso no deja de ser una paradoja, pues utilizó varios nombres y títulos a lo largo de su vida, aristocráticos o plebeyos según las circunstancias y las necesidades del momento. Pero hace ya algún tiempo, desde que su sombra agitó por última vez el pañuelo y dijo adiós —como una mujer que desaparece para siempre entre una nube de vapor, enmarcada en la ventanilla de un coche cama, y uno nunca sabe si se ha ido en ese momento o empezó a irse mucho antes—, que recobró el suyo, el auténtico. Una sombra a cambio del nombre que, hasta un retiro forzoso, reciente y en cierto modo natural, incluida una temporada en prisión, figuró con grueso expediente en los departamentos policiales de media Europa y América. De todas formas, piensa mientras coge el maletín de piel y la maleta Samsonite y los coloca en el portaequipajes del coche, nunca, ni siquiera en los peores momentos, imaginó que terminaría sus días respondiendo «¿señor?» al ser interpelado por su nombre de pila.

—Vámonos, Max. ¿Trajo los periódicos?

—Aquí detrás los tiene, señor.

Dos golpes de portezuela. Se ha puesto, quitado y vuelto a poner la gorra de chófer para acomodar al pasajero. Al sentarse al volante la deja en el asiento contiguo, y con ademán de antigua coquetería echa un vistazo por el retrovisor antes de alisarse el cabello gris, aún abundante. Nada como el detalle de la gorra, piensa, para resaltar lo irónico de la situación; la playa absurda donde la resaca de la vida lo arrojó tras el naufragio final. Y sin embargo, cuando está en su cuarto de la villa afeitándose ante el espejo y se cuenta las arrugas como quien cuenta cicatrices de amores y batallas, cada una con nombre propio —mujeres, ruletas de casino, mañanas inciertas, atardeceres de gloria o de fracaso—, siempre acaba por dirigirse a sí mismo un guiño de absolución; como si en aquel anciano alto, ya no tan flaco, de ojos oscuros y cansados, reconociera la imagen de un viejo cómplice con el que sobran explicaciones. Después de todo, insinúa el reflejo en tono familiar, suavemente cínico e incluso algo canalla, es forzoso reconocer que, a los sesenta y cuatro años y con los pésimos naipes que la vida le ha servido en los últimos tiempos, aún puede considerarse afortunado. En circunstancias parecidas, otros —Enrico Fossataro, el viejo Sándor Esterházy— tuvieron que elegir entre la beneficencia pública o un minuto de incómodas contorsiones colgados de la corbata, en el baño de una triste casa de huéspedes.

—¿Hay noticias de importancia? —inquiere Hugentobler.

Suena ruido de diarios en el asiento trasero del automóvil: pasar de páginas con desgana. Ha sido más un comentario que una pregunta. Por el retrovisor, Max ve los ojos de su patrón inclinados, con las gafas de lectura caídas al extremo de la nariz.

—¿Los rusos han tirado la bomba atómica, o algo así?

Hugentobler bromea, naturalmente. Humor suizo. Cuando está de buen talante suele dárselas de bromista con el servicio, quizá porque es soltero, sin familia que le ría las gracias. Max esboza una sonrisa profesional. Discreta y desde la distancia adecuada.

—Nada en especial, señor: Cassius Clay ganó otro combate y los astronautas de la Gemini XI han vuelto sanos y salvos... También se calienta la guerra de Indochina.

—Vietnam, querrá decir.

—Eso es. Vietnam... Y como noticia local, en Sorrento empieza a jugarse el Premio Campanella de ajedrez: Keller contra Sokolov.

—Cielo santo —dice Hugentobler, distraído y sarcástico—. Lo que voy a lamentar perdérmelo... La verdad es que hay gente para todo, Max.

—Y que lo diga, señor.

—¿Imagina? Toda la vida delante de un tablero. Así terminan esos jugadores. Alienados, como el tal Bobby Fischer.

—Desde luego.

—Vaya por la carretera de abajo. Tenemos tiempo.

La gravilla deja de crujir bajo los neumáticos cuando, tras cruzar la verja de hierro, el Jaguar empieza a rodar lentamente sobre la carretera asfaltada entre olivos, lentiscos e higueras. Max cambia de marcha con suavidad ante una pronunciada curva, a cuyo término el mar tranquilo y luminoso recorta en contraluz, como cristal esmerilado, las siluetas de los pinos y las casas escalonadas en la montaña, con el Vesubio al otro lado de la bahía. Por un instante olvida la presencia de su pasajero y acaricia el volante, concentrándose en el placer de conducir; el movimiento entre dos lugares cuya ubicación en tiempo y espacio lo tiene sin cuidado. El aire que entra por la ventanilla abierta huele a miel y resina, con los últimos aromas del verano, que, en estos parajes, siempre se resiste a morir y libra una ingenua y dulce batalla con las hojas del calendario.

—Magnífico día, Max.

Parpadea, tornando a la realidad, y alza de nuevo los ojos al espejo retrovisor. El doctor Hugentobler ha puesto a un lado los periódicos y tiene un cigarro habano en la boca.

—En efecto, señor.

—Cuando vuelva, me temo que el tiempo habrá cambiado.

—Confiemos en que no. Sólo son tres semanas.

Hugentobler emite un gruñido acompañado de una bocanada de humo. Es un hombre de aspecto apacible y tez rojiza, propietario de un sanatorio de reposo situado en las cercanías del lago de Garda. Hizo fortuna en los años siguientes a la guerra dispensando tratamiento psiquiátrico a judíos ricos traumatizados por los horrores nazis; de ésos que despertaban en plena noche y creían hallarse todavía en un barracón de Auschwitz, con los dóberman ladrando afuera y los SS indicando el camino de las duchas. Hugentobler y su socio italiano, un tal doctor Bacchelli, los ayudaban a combatir esos fantasmas, recomendando como final de tratamiento un viaje a Israel organizado por la dirección del sanatorio, y rematando el asunto con estremecedoras facturas que hoy permiten a Hugentobler mantener una casa en Milán, un apartamento en Zúrich y la villa de Sorrento con cinco automóviles en el garaje. Desde hace tres años, Max se encarga de tener a punto y conducir éstos, así como de supervisar los trabajos de mantenimiento en la villa, cuyos otros empleados son un matrimonio de Salerno, sirvienta y jardinero: los Lanza.

—No vaya directamente al puerto. Tome por el centro.

—Sí, señor.

Echa una breve ojeada al reloj correcto pero barato —un Festina chapado en oro falso— que lleva en la muñeca izquierda, y conduce entre el escaso tráfico que a esa hora discurre por el corso Italia. Hay tiempo de sobra para abordar la canoa automóvil que transportará al doctor desde Sorrento al otro lado de la bahía, ahorrándole las vueltas y revueltas de la carretera que lleva al aeropuerto de Nápoles.

—Max.

—¿Señor?

—Pare en Rufolo y compre una caja de Montecristo del número dos.

La relación laboral de Max Costa con su patrón empezó como flechazo a primera vista: apenas le puso la vista encima, el psiquiatra se desentendió de los impecables antecedentes —rigurosamente falsos, por otra parte— contenidos en las cartas de referencia. Hombre práctico, convencido de que su intuición y experiencia profesional jamás engañan sobre la condición humana, Hugentobler decidió que aquel individuo vestido con cierto aire de trasnochada elegancia, su expresión franca, respetuosa y tranquila, y sobre todo la educada prudencia de sus ademanes y palabras, eran estampa viva de la honradez y el decoro. Personaje idóneo, por tanto, para conferir la dignidad apropiada al deslumbrante parque móvil —el Jaguar, un Rolls-Royce Silver Cloud II y tres coches antiguos, entre ellos un Bugatti 50T coupé— de que tan orgulloso se siente el doctor en Sorrento. Por supuesto, éste se encuentra lejos de suponer que su chófer pudo disfrutar, en otro tiempo, de automóviles propios y ajenos tan lujosos como los que ahora conduce a título de empleado. De poseer la información completa, Hugentobler habría tenido que revisar algunos de sus puntos de vista sobre la condición humana, y buscado un auriga con aspecto menos elegante pero de currículum más convencional. En todo caso, sería un error. Cualquiera que conozca el lado oscuro de las cosas entiende que quienes perdieron su sombra son como las mujeres con un pasado que contraen matrimonio: nadie más fiel que ellas, pues saben lo que arriesgan. Pero no será Max Costa quien, a estas alturas, ilustre al doctor Hugentobler sobre la fugacidad de las sombras, la honestidad de las putas o la honradez forzosa de los viejos bailarines de salón, más tarde ladrones de guante blanco. Aunque no siempre el guante fuera blanco del todo.

Cuando la canoa automóvil Riva se aleja del pantalán de Marina Piccola, Max Costa permanece un rato apoyado en el rompeolas que protege el muelle, observando adentrarse la estela en la lámina azul de la bahía. Después se quita la corbata y la chaqueta de uniforme, y con ésta al brazo camina de vuelta al coche aparcado cerca del edificio de la Guardia di Finanza, al pie del acantilado que se eleva sosteniendo arriba Sorrento. Da cincuenta liras al muchacho que vigila el Jaguar, lo pone en marcha y conduce despacio por la carretera que, describiendo una cerrada curva, asciende hasta la población. Al desembocar en la plaza Tasso se detiene ante tres peatones que salen del hotel Vittoria: son dos mujeres y un hombre, y los sigue con la vista, distraído, mientras cruzan a escasa distancia del radiador. Tienen aspecto de turistas acomodados; de los que llegan fuera de temporada para disfrutar con más tranquilidad, sin los agobios del verano y sus multitudes, del sol, el mar y el clima agradable que allí se mantiene hasta muy avanzado el otoño. El hombre tendrá menos de treinta años, lleva gafas oscuras y viste chaqueta con coderas de ante. La más joven de las mujeres es una morena de aspecto agradable y falda corta, que lleva el pelo recogido en una larga trenza a la espalda. La otra, de más edad, madura, viste una rebeca de punto beige con falda oscura y se cubre con un arrugado sombrero masculino de tweed bajo el que destaca un cabello gris muy corto, con tonos de plata. Es una señora distinguida, aprecia Max. Con esa elegancia que no consiste en la ropa, sino en la manera de llevarla. Por encima de la media de lo que puede verse en las villas y buenos hoteles de Sorrento, Amalfi y Capri, incluso en esta época del año.

Hay algo en la segunda mujer que incita a seguirla con la vista mientras cruza la plaza Tasso. Tal vez cómo se conduce: despacio, segura, la mano derecha metida con indolencia en un bolsillo de la rebeca; con esa manera de moverse de quienes, durante buena parte de su vida, caminaron seguros pisando las alfombras de un mundo que les pertenecía. O quizá lo que llama la atención de Max es el modo en que inclina el rostro hacia sus acompañantes para reír de lo que hablan entre ellos, o para pronunciar palabras cuyo sonido enmudecen los cristales silenciosos del automóvil. Lo cierto es que por un momento, con la rapidez de quien evoca el fragmento inconexo de un sueño olvidado, Max se enfrenta al eco de un recuerdo. A la imagen pasada, remota, de un gesto, una voz y una risa. Eso lo asombra tanto que es necesario el bocinazo de otro coche a su espalda para que ponga la primera marcha y avance un poco sin dejar de observar al trío, que ha llegado al otro lado de la plaza y toma asiento al sol, en torno a una de las mesas de la terraza del bar Fauno.

Está a punto de embocar el corso Italia cuando la sensación familiar acude otra vez a su memoria; pero se trata ahora de un recuerdo concreto: un rostro, una voz. Una escena, o varias de ellas. De pronto el asombro se torna estupefacción, y Max pisa el pedal del freno con una brusquedad que le vale un segundo bocinazo del coche que viene detrás, secundado por iracundos ademanes de su conductor cuando el Jaguar se desvía bruscamente a la derecha y, tras frenar de nuevo, se detiene junto al bordillo de la acera.

Retira la llave de contacto y reflexiona mientras permanece inmóvil, mirándose las manos apoyadas en el volante. Al fin sale del automóvil, se pone la chaqueta y camina bajo las palmeras de la plaza en dirección a la terraza del bar. Va desasosegado. Temeroso, quizá, de confirmar lo que le ronda la cabeza. El trío sigue allí, en animada conversación. Procurando pasar inadvertido, Max se detiene junto a los arbustos de la zona ajardinada. La mesa está a diez metros, y la mujer del sombrero de tweed se encuentra sentada de perfil, charlando con los otros, ajena al escrutinio riguroso a que Max la somete. Es probable, confirma éste, que en otro tiempo haya sido muy atractiva, pues su rostro conserva la evidencia de una antigua belleza. Podría ser la mujer que sospecha, concluye inseguro; aunque resulta difícil afirmarlo. Hay demasiados rostros femeninos interpuestos, y eso incluye un antes y un largo después. Emboscado tras las jardineras, mientras acecha cuantos detalles puedan encajar en su memoria, Max no llega a una conclusión satisfactoria. Por último, consciente de que parado allí acabará llamando la atención, rodea la terraza y va a sentarse a una de las mesas del fondo. Pide un negroni al camarero, y durante los veinte minutos siguientes observa el perfil de la mujer, analizando cada uno de sus gestos y ademanes para compararlos con los que recuerda. Cuando los tres dejan la mesa y cruzan de nuevo la plaza en dirección a la esquina de la via San Cesareo, la ha reconocido, por fin. O así lo cree. Entonces se levanta y va tras ellos, manteniéndose lejos. Hace siglos que su viejo corazón no latía tan rápido.

La mujer bailaba bien, comprobó Max Costa. Suelta y con cierta audacia. Incluso se atrevió a seguirlo en un paso lateral más complicado, de fantasía, que él improvisó para tantear su pericia, y del que una mujer menos ágil habría salido poco airosa. Debía de acercarse a los veinticinco años, calculó. Alta y esbelta, brazos largos, muñecas finas y piernas que se adivinaban interminables bajo la seda ligera y oscura, de reflejos color violeta, que descubría sus hombros y espalda hasta la cintura. Merced a los tacones altos que realzaban el vestido de noche, su rostro quedaba a la misma altura que el de Max: sereno, bien dibujado. Trigueña de pelo, lo llevaba un poco ondulado según la moda exacta de esa temporada, con un corte a ras descubriendo la nuca. Al bailar mantenía la mirada inmóvil más allá del hombro de la chaqueta de frac de su pareja, donde apoyaba la mano en la que relucía un anillo de casada. Ni una sola vez, después de que él se acercase con una reverencia cortés ofreciéndose para un vals lento de los que llamaban boston, habían vuelto a mirarse a los ojos. Ella los tenía de un color miel transparente, casi líquido; realzados por la cantidad de rimmel justo —ni un toque más de lo necesario, lo mismo que el carmín de la boca— bajo el arco de unas cejas depiladas en trazo muy fino. Nada tenía que ver con las otras mujeres que Max había escoltado aquella noche en el salón de baile: señoras maduras con perfumes fuertes de lila y pachulí, y torpes jovencitas de vestido claro y falda corta que se mordían los labios esforzándose en no perder el compás, se ruborizaban cuando les ponía una mano en la cintura o batían palmas al sonar un hupa-hupa. Así que, por primera vez aquella noche, el bailarín mundano del Cap Polonio empezó a divertirse con su trabajo.

No volvieron a mirarse hasta que terminó el boston —era What I’ll Do— y la orquesta atacó el tango A media luz. Se habían quedado un momento inmóviles en la pista semivacía, uno frente al otro; y al ver que ella no regresaba a su mesa —un hombre vestido de smoking, seguramente el marido, acababa de sentarse allí—, con los primeros compases él abrió los brazos y la mujer se adaptó de inmediato, impasible como antes. Apoyó la mano izquierda en su hombro, alargó con languidez el otro brazo y empezaron a moverse por la pista —deslizarse, pensó Max que era la palabra— de nuevo con los iris de color miel fijos más allá del bailarín, sin mirarlo aunque enlazada a él con una precisión asombrosa; al ritmo seguro y lento del hombre que, por su parte, procuraba mantener la distancia respetuosa y justa, el roce de cuerpos imprescindible para componer las figuras.

—¿Le parece bien así? —preguntó tras una evolución compleja, seguida por la mujer con absoluta naturalidad.

Ella le dedicó una mirada fugaz, al fin. También, quizás, un suave apunte de sonrisa desvanecido en el acto.

—Perfecto.

En los últimos años, puesto de moda en París por los bailes apaches, el tango, originalmente argentino, hacía furor a ambos lados del Atlántico. De modo que la pista no tardó en animarse de parejas que evolucionaban con mayor o menor garbo, trazando pasos, encuentros y desencuentros que, según los casos y la pericia de los protagonistas, podían ir de lo correcto a lo grotesco. La pareja de Max, sin embargo, correspondía con plena soltura a los pasos más complicados, adaptándose tanto a los movimientos clásicos, previsibles, como a los que él, cada vez más seguro de su acompañante, emprendía a veces, siempre sobrio y lento según su particular estilo, pero introduciendo cortes y simpáticos pasos de lado que ella seguía con naturalidad, sin perder el compás. Divirtiéndose también con el movimiento y la música, como era patente por la sonrisa que ahora gratificaba a Max con más frecuencia tras alguna evolución complicada y exitosa, y por la mirada dorada que de vez en cuando regresaba de su lejanía para posarse unos segundos, complacida, en el bailarín mundano.

Mientras se movían por la pista, él estudió al marido con ojos profesionales, de cazador tranquilo. Estaba acostumbrado a hacerlo: esposos, padres, hermanos, hijos, amantes de las mujeres con las que bailaba. Hombres, en fin, que solían acompañarlas con orgullo, arrogancia, tedio, resignación u otros sentimientos igualmente masculinos. Había mucha información útil en alfileres de corbata, cadenas de reloj, pitilleras y sortijas, en el grosor de las carteras entreabiertas mientras acudían los camareros, en la calidad y corte de una chaqueta, la raya de un pantalón o el brillo de unos zapatos. Incluso en la forma de anudarse la corbata. Todo era material que permitía a Max Costa establecer métodos y objetivos al compás de la música; o, dicho de modo más prosaico, pasar de bailes de salón a posibilidades más lucrativas. El transcurso del tiempo y la experiencia habían acabado asentándolo en la opinión que siete años atrás, en Melilla, obtuvo del conde Boris Dolgoruki-Bragation —cabo segundo legionario en la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros—, que acababa de vomitar, minuto y medio antes, una botella entera de pésimo coñac en el patio trasero del burdel de la Fátima:

—Una mujer nunca es sólo una mujer, querido Max. Es también, y sobre todo, los hombres que tuvo, que tiene y que podría tener. Ninguna se explica sin ellos... Y quien accede a ese registro posee la clave de la caja fuerte. El resorte de sus secretos.

Dirigió un último vistazo al marido desde más cerca, cuando al concluir esa pieza acompañó a su pareja de vuelta a la mesa: elegante, seguro, pasados los cuarenta. No era un hombre guapo, pero sí de aspecto agradable con su fino y distinguido bigote, el pelo rizado un punto canoso, los ojos vivos e inteligentes que no perdieron detalle, comprobó Max, de cuanto ocurría en la pista de baile. Había buscado su nombre en la lista de reservas antes de acercarse a la mujer, cuando aún estaba sola, y el maître confirmó que se trataba del compositor español Armando de Troeye y señora: cabina especial de primera clase con suite y mesa reservada en el comedor principal, junto a la del capitán; lo que a bordo del Cap Polonio significaba mucho dinero, excelente posición social, y casi siempre ambas cosas a la vez.

—Ha sido un placer, señora. Baila maravillosamente.

—Gracias.

Hizo una inclinación de cabeza casi militar —solía agradar a las mujeres esa manera de saludar, y también la naturalidad con que tomaba sus dedos para llevarlos cerca de los labios—, a la que ella correspondió con un asentimiento leve y frío antes de sentarse en la silla que su marido, puesto en pie, le ofrecía. Max volvió la espalda, se alisó en las sienes el reluciente pelo negro peinado hacia atrás con gomina, primero con la mano derecha y luego con la izquierda, y se alejó orillando la gente que bailaba en la pista. Caminaba con una sonrisa cortés en los labios, sin mirar a nadie pero advirtiendo en su metro setenta y nueve centímetros de estatura, vestido de impecable etiqueta —en eso había agotado sus últimos ahorros antes de embarcar con contrato de ida para el viaje a Buenos Aires—, la curiosidad femenina procedente de las mesas que algunos pasajeros ya empezaban a abandonar para dirigirse al comedor. Medio salón me detesta en este momento, concluyó entre resignado y divertido. El otro medio son mujeres.

El trío se detiene ante una tienda de souvenirs, postales y libros. Aunque parte de los comercios y restaurantes de Sorrento cierra al acabar la temporada alta, incluidas algunas tiendas elegantes del corso Italia, el barrio viejo con la via San Cesareo sigue siendo lugar frecuentado todo el año por los turistas. La calle no es ancha, de modo que Max Costa se detiene a distancia prudente, junto a una salumería cuya pizarra, escrita con tiza sobre un caballete en la puerta, ofrece discreto resguardo. La muchacha de la trenza ha entrado en la tienda mientras la mujer del sombrero se queda conversando con el joven. Éste se ha quitado las gafas de sol y sonríe. Es moreno, bien parecido. Ella debe de tenerle afecto, pues en una ocasión le acaricia la cara. Después él dice algo y la mujer ríe fuerte, con sonido que llega nítido hasta el hombre que espía: una risa clara y franca, que la rejuvenece mucho y sacude a Max con recuerdos puntuales del pasado. Es ella, concluye. Han pasado veintinueve años desde la última vez que la vio. Lloviznaba entonces sobre un paisaje costero, otoñal: un perro correteaba por los guijarros húmedos de la playa, bajo la balaustrada del Paseo de los Ingleses de Niza; y la ciudad, más allá de la fachada blanca del hotel Negresco, se difuminaba en el paisaje brumoso y gris. Todo aquel tiempo transcurrido, interpuesto entre una y otra escena, podría equivocar los recuerdos. Sin embargo, al antiguo bailarín mundano, actual empleado y chófer del doctor Hugentobler, ya no le cabe duda. Se trata de la misma mujer. Idéntica forma de reír, el modo en que inclina la cabeza a un lado, los ademanes serenos. La forma elegante, natural, de mantener una mano en el bolsillo de la rebeca. Quisiera acercarse para confirmarlo en su rostro visto de cerca, pero no se atreve. Mientras se debate en tal indecisión, la muchacha de la trenza sale de la tienda y los tres desandan camino, pasando de nuevo frente a la salumería donde Max acaba de refugiarse a toda prisa. Ve desde allí pasar a la mujer del sombrero, observa su perfil y cree estar seguro del todo. Ojos color de miel, confirma estremeciéndose. Casi líquida. Y de ese modo, cauto, manteniéndose a una distancia prudente, los sigue de regreso hasta la plaza Tasso y la verja del hotel Vittoria.

Volvió a verla al día siguiente, en la cubierta de botes. Y fue por casualidad, pues a ninguno de los dos correspondía estar allí. Como el resto de los empleados del Cap Polonio que no formaban parte de la tripulación de mar, Max Costa debía mantenerse apartado del sector y las cubiertas de paseo de primera clase. Para evitar esta última, donde los pasajeros tomaban en tumbonas de teca y mimbre el sol que incidía por la banda de estribor —la cubierta de babor estaba ocupada por quienes jugaban a los bolos y al shuffleboard o practicaban el tiro al plato—, Max optó por subir la escalerilla que conducía a otra cubierta donde se encontraban, trincados en sus perchas y calzos, ocho de los dieciséis botes alineados a uno y otro lado de las tres grandes chimeneas blancas y rojas del transatlántico. Era aquél un sitio tranquilo; espacio neutral que los pasajeros no solían frecuentar, pues la presencia de los grandes botes de salvamento afeaba el lugar y entorpecía la vista. La única concesión a quienes decidían utilizarlo eran unos bancos de madera; y en uno de ellos, cuando pasaba entre una lumbrera pintada de blanco y la boca de uno de los grandes ventiladores que llevaban aire fresco a las entrañas del buque, el bailarín mundano reconoció a la mujer con la que había danzado la noche anterior.

El día era luminoso, sin viento, y la temperatura agradable para esa época del año. Max no llevaba sombrero, guantes ni bastón —vestía un traje gris con chaleco, camisa de cuello blando y corbata de punto—, de manera que al pasar junto a la mujer se limitó a una cortés inclinación de cabeza. Ella llevaba un elegante conjunto de kashá: chaqueta tres cuartos y falda recta plisada. Leía un libro apoyado en el regazo; y al pasar el hombre frente a ella, tapándole el sol por un instante, alzó el rostro ovalado por un sombrero de fieltro y ala corta, para fijar en él la mirada. Fue, tal vez, el breve destello de reconocimiento que creyó advertir en ella lo que hizo a Max detenerse un instante, con el tacto adecuado a las circunstancias y a la posición a bordo de cada cual.

—Buenos días —dijo.

La mujer, que ya bajaba de nuevo los ojos al libro, respondió con otra mirada silenciosa y un breve asentimiento de cabeza.

—Soy... —empezó a decir él, sintiéndose súbitamente torpe. Inseguro del terreno que pisaba y arrepentido ya de haberle dirigido la palabra.

—Sí —respondió ella, serena—. El caballero de anoche.

Dijo caballero y no bailarín, y él lo agradeció en su interior.

—No sé si le dije —apuntó— que baila usted maravillosamente.

—Lo dijo.

Ya volvía al libro. Una novela, advirtió él con un vistazo a la cubierta, que ella había entornado en el regazo: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez.

—Buenos días. Que tenga una feliz lectura.

—Gracias.

Se alejó, ignorando si ella seguía con los ojos puestos en la novela o lo miraba irse. Procuró caminar desenvuelto, indiferente, una mano en el bolsillo del pantalón. Al llegar junto al último bote se detuvo, y al socaire de éste sacó la pitillera de plata —las iniciales grabadas no eran suyas— y encendió un cigarrillo. Aprovechó el movimiento para dirigir con disimulo una mirada hacia proa, al banco donde la mujer seguía leyendo, inclinado el rostro. Indiferente.

Grand Albergo Vittoria. Abotonándose la chaqueta, Max Costa cruza bajo el rótulo dorado que campea sobre el arco de hierro de la entrada, saluda al vigilante de la puerta y camina por la avenida bordeada de pinos centenarios y toda clase de árboles y plantas. Los jardines son extensos: van desde la plaza Tasso hasta el borde mismo del acantilado, sobre la Marina Piccola y el mar, donde se alzan los tres edificios que forman el cuerpo del hotel. En el del centro, al término de una pequeña escalinata descendente, Max se encuentra en el vestíbulo, frente a la vidriera que da al jardín de invierno y las terrazas, que están —insólitamente para esta época del año— llenas de gente que toma el aperitivo. A la izquierda, tras el mostrador de recepción, se encuentra un viejo conocido: Tiziano Spadaro. Su relación data de los tiempos pretéritos en que el actual chófer del doctor Hugentobler se alojaba, en calidad de cliente, en lugares como el Vittoria. Muchas propinas generosas, cambiadas de mano con la discreción adecuada a códigos nunca escritos, abonaron el terreno para una simpatía que el tiempo convirtió en sincera, o cómplice. Con un amistoso tuteo —inimaginable veinte años atrás— incluido en ella.

—Vaya, Max. Dichosos los ojos... Cuánto tiempo.

—Cuatro meses, casi.

—Celebro verte.

—Y yo a ti. ¿Cómo va la vida?

Encogiéndose de hombros, Spadaro —tiene el pelo escaso y una barriga prominente tensa el chaleco negro de su chaqué— recita los lugares comunes de la profesión en temporada baja: menos propinas, clientes de fin de semana con amiguitas aspirantes a actriz o maniquí, grupos de norteamericanos vocingleros en tour Nápoles-Ischia-Capri-Sorrento-Amalfi, un día por sitio con desayuno incluido, que pasan el tiempo pidiendo agua embotellada porque no se fían de la del grifo. Por suerte —Spadaro señala hacia la vidriera del animado jardín de invierno— el Premio Campanella salva la situación: el duelo Keller-Sokolov llena el hotel con jugadores, periodistas y aficionados al ajedrez.

—Quiero una información. Discreta.

Spadaro no comenta «como en los viejos tiempos»; aunque en su mirada, primero sorprendida y luego irónica, un punto inquieta ante lo inesperado, se reaviva la añeja complicidad. A poco de jubilarse, con cinco décadas de oficio tras empezar de botones en el hotel Excelsior de Nápoles, ha visto de todo. Y ese todo incluye a Max Costa en su mejor época. O todavía en ella.

—Te creía retirado.

—Lo estoy. Nada tiene que ver.

—Ah.

El viejo recepcionista parece aliviado. Entonces Max plantea la cuestión: señora de edad, elegante, acompañada por muchacha y hombre joven de buen aspecto. Acaban de entrar hace diez minutos. Quizá sean clientes del hotel.

—Lo son, naturalmente... El joven es Keller, nada menos.

Parpadea Max, distraído. El joven y la muchacha son los que menos le importan.

—¿Quién?

—Jorge Keller, el gran maestro chileno. Aspirante a campeón mundial de ajedrez.

Max hace memoria por fin, y Spadaro completa los detalles. El Premio Luciano Campanella, que este año se celebra en Sorrento, está patrocinado por el multimillonario turinés, uno de los mayores accionistas de la Olivetti y la Fiat. Gran aficionado al ajedrez, Campanella organiza citas anuales en lugares emblemáticos de Italia, siempre en el mejor establecimiento hotelero local, trayendo a los más grandes maestros, a los que paga espléndidamente. El encuentro se celebra durante cuatro semanas, pocos meses antes del duelo por el título de campeón del mundo; y ha llegado a considerarse como mundial oficioso entre los dos mejores ajedrecistas del momento: el campeón y el más destacado aspirante. Además del premio —cincuenta mil dólares para el vencedor y diez mil para el finalista—, el prestigio del Premio Campanella estriba en que, hasta ahora, el ganador de cada edición acabó alzándose después con el título mundial, o reteniéndolo. En la actualidad, Sokolov es el campeón; y Keller, que ha superado a todos los otros candidatos, el aspirante.

—¿Ese joven es Keller? —pregunta Max, sorprendido.

—Sí. Un muchacho amable, de pocos caprichos; cosa rara en su oficio... El ruso es más seco. Siempre rodeado de guardaespaldas y discreto como un topo.

—¿Y ella?

Spadaro hace un ademán vago: el que reserva para clientes de escasa categoría. Con poca historia.

—Es la novia. Y también forma parte de su equipo —el recepcionista hojea el registro para refrescarse la memoria—. Irina, se llama... Irina Jasenovic. El nombre es yugoslavo; pero el pasaporte, canadiense.

—Me refería a la mujer mayor. La del pelo corto gris.

—Ah, ésa es la madre.

—¿De la muchacha?

—No. De Keller.

La encontró de nuevo dos días más tarde, en el salón de baile del Cap Polonio. La cena era de etiqueta; la ofrecía el capitán en honor de algún invitado distinguido, y unos cuantos pasajeros varones habían cambiado el traje oscuro o el smoking por la chaqueta ajustada y estrecha con faldones, la pechera almidonada y la corbata blanca del frac. Los comensales se reunían en el salón y bebían combinados escuchando música antes de pasar al comedor; de donde los más jóvenes o juerguistas regresaban acabada la cena para quedarse hasta muy tarde. La orquesta empezó con valses lentos y melodías suaves, como de costumbre, y Max Costa bailó media docena de piezas, casi todas con jóvenes señoritas y señoras que viajaban en familia. Un slow-fox lo dedicó a una inglesa algo mayor pero de aspecto agradable que estaba en compañía de una amiga. Las había visto cuchichear y darse con el codo cada vez que pasaba bailando junto a ellas. La inglesa era rubia, regordeta, algo seca de modales. Quizá un punto ordinaria —creyó identificar un exceso de My Sin en su piel— y recargada de joyas, aunque no bailaba mal. También tenía bonitos ojos azules y dinero suficiente para hacerla atractiva: el bolso de mano que estaba sobre la mesa era de malla de oro, comprobó de un rápido vistazo cuando se detuvo ante ella para invitarla a la pista; y las joyas parecían buenas, en especial una pulsera de zafiros con pendientes a juego cuyas piedras, una vez desmontadas, valdrían quinientas libras esterlinas. Su nombre era miss Honeybee, según había comprobado en la lista del jefe de sala: viuda o divorciada, aventuró éste, que se llamaba Schmöcker —casi todos los oficiales, marineros y personal fijo del barco eran alemanes—, con el aplomo del medio centenar de travesías atlánticas que tenía en el currículum. Así que, tras varios pasos de baile y un cuidadoso estudio de las reacciones de la señora ante sus maneras y proximidad, ni un gesto fuera de lugar por parte de Max, distancias perfectas e indiferencia profesional, con el remate de una espléndida sonrisa masculina al devolverla a su mesa —correspondida por la inglesa con un rendido so nice—, el bailarín mundano situó a miss Honeybee en la lista de posibilidades. Cinco mil millas de mar y tres semanas de viaje daban mucho de sí.

Esa vez los De Troeye llegaron juntos. Max había hecho una pausa retirándose junto a los maceteros que flanqueaban la tarima de la orquesta, a fin de darse un respiro, beber un vaso de agua y fumar un poco. Desde allí vio entrar al matrimonio, precedido por el obsequioso Schmöcker: uno junto al otro pero ligeramente adelantada ella, el marido con clavel blanco en la solapa de raso negro, una mano en el bolsillo del pantalón alzando ligeramente el faldón derecho de la chaqueta de frac y un cigarrillo encendido en la otra. Armando de Troeye se mostraba indiferente al interés que suscitaba entre los pasajeros. En cuanto a su esposa, parecía salir de las páginas selectas de una revista ilustrada: lucía collar largo de perlas y pendientes a juego. Esbelta, tranquila, caminando firme sobre tacones altos en el suave balanceo de la nave, su cuerpo imprimía líneas rectas y prolongadas, casi interminables, a un vestido verde jade largo y ligero —al menos cinco mil francos en París, rue de la Paix, calculó Max con ojo experto— que desnudaba sus brazos, hombros y espalda hasta la cintura, con un solo tirante sutil bajo la nuca que el cabello corto descubría de modo encantador. Admirado, Max llegó a una doble conclusión. Aquélla era una de esas mujeres que se veían elegantes a la primera mirada y hermosas en la segunda. También pertenecía a cierta clase de señoras nacidas para llevar, como si formasen parte de su piel, vestidos como ése.

No bailó con ella en aquel momento. La orquesta encadenó un camel-trot y un shimmy —el absurdamente titulado Tutankamón aún estaba de moda—, y Max tuvo que dedicarse a complacer, una tras otra, la vivacidad de dos jovencitas que, vigiladas de lejos por sus familiares —dos matrimonios brasileños de aspecto simpático—, se animaron para practicar, no sin soltura, los pasos del baile, hombro derecho y luego izquierdo hacia adelante y hacia atrás, hasta quedar agotadas y casi agotarlo a él. Luego, al sonar los primeros compases de un black-bottom —el título era Amor y palomitas de maíz—, Max fue reclamado por una norteamericana todavía joven, poco agraciada pero muy correcta de vestido y aderezos, que resultó divertida pareja de baile y que luego, al acompañarla hasta su mesa, le deslizó en la mano, con mucha discreción, un billete doblado de cinco dólares. Varias veces, en el transcurso de ese último baile, Max estuvo cerca de la mesa que ocupaban los De Troeye; pero cada vez que dirigió los ojos allí, la mujer parecía mirar hacia otra parte. Ahora la mesa estaba desocupada y un camarero retiraba dos copas vacías. Distraído en atender a su pareja eventual, Max no los había visto levantarse y pasar al salón comedor.

Aprovechó la pausa de la cena, que era a las siete, para tomar un tazón de consomé. Nunca comía nada sólido cuando tenía que bailar: otra costumbre adquirida en el Tercio años atrás; aunque entonces se trataba de una clase de baile distinto, y comer ligero era una precaución saludable ante la posibilidad de un balazo en el vientre. Después del caldo se puso la gabardina y salió a fumar otro cigarrillo a la cubierta de paseo de estribor, para despejar la cabeza mirando la luna ascendente que cabrilleaba en el mar. A las ocho y cuarto regresó al salón y se instaló en una de las mesas vacías, cerca de la orquesta, donde estuvo charlando con los músicos hasta que los primeros pasajeros empezaron a salir del comedor: los hombres camino de la sala de juego, la biblioteca y el salón de fumar, y las mujeres, la gente joven y las parejas más animadas ocupando mesas en torno a la pista. La orquesta empezó a probar los instrumentos, el jefe Schmöcker movilizó a sus camareros y sonaron risas y taponazos de champaña. Max se puso en pie, y tras asegurarse de que el nudo de su pajarita seguía siendo correcto, comprobar que el cuello y los puños de la camisa estaban en su sitio y estirarse el chaleco de piqué, paseó la mirada por las mesas en busca de alguien que reclamara sus servicios. Entonces la vio entrar, esta vez del brazo del marido.

Ocuparon la misma mesa. La orquesta empezó un bolero y las primeras parejas se animaron de inmediato. La señora Honeybee y su amiga no habían regresado del comedor, y Max ignoraba si volverían esa noche. En realidad se alegraba de ello. Con ese vago pretexto en la cabeza cruzó la pista, sorteando a la gente que se movía al compás de la fluida música. Los De Troeye permanecían sentados en silencio, mirando a los que bailaban. Cuando Max se detuvo ante la mesa, un camarero acababa de poner en ella dos copas de tulipa ancha y una cubeta con hielo de la que asomaba una botella de Clicquot. Dedicó una inclinación de cabeza al marido, que estaba ligeramente recostado en la silla, un codo sobre la mesa, cruzadas las piernas y con otro de sus continuos cigarrillos en la mano izquierda; donde, en el mismo dedo que la alianza matrimonial, relucía un grueso anillo de oro con sello azul. Después, el bailarín mundano miró a la mujer, que lo estudiaba con curiosidad. Las únicas joyas que lucía —ni brazaletes ni sortijas, excepto la alianza de casada— eran el espléndido collar de perlas y los pendientes a juego. Max no despegó los labios para ofrecerse como pareja de baile; sólo hizo otra inclinación, algo más breve que la anterior, mientras juntaba los talones en taconazo casi marcial; y permaneció inmóvil, aguardando hasta que ella, con una sonrisa lenta y en apariencia agradecida, negó con la cabeza. Iba a excusarse el bailarín mundano, retirándose, cuando el marido apartó el codo de la mesa, se alineó cuidadosamente las rayas del pantalón y miró a su esposa entre el humo del cigarrillo.

—Estoy cansado —dijo en tono ligero—. Cené demasiado, creo. Me gustará verte bailar.

La mujer no se levantó en seguida. Miró un instante a su marido, y éste dio otra chupada al cigarrillo mientras entornaba los párpados en mudo asentimiento.

—Diviértete —añadió tras un instante—. Este joven es un magnífico bailarín.

Abrió los brazos Max, circunspecto, apenas ella se levantó. Luego sostuvo con suavidad su mano derecha y le pasó la suya por la cintura. El tacto de la piel cálida lo sorprendió, por lo inesperado. Había visto el prolongado escote con que el vestido de noche descubría la espalda de la mujer; pero sin considerar, pese a su experiencia en abrazar señoras, que bailando colocaría una mano sobre la carne desnuda. El desconcierto sólo duró un instante, disimulado bajo la máscara impasible de bailarín profesional; pero su pareja lo advirtió, o él creyó que así ocurría. Una mirada directa a sus ojos fue el indicio; duró apenas un instante, y después la mirada se perdió en las distancias del salón. Inició Max el movimiento inclinándose hacia un lado, respondió la mujer con perfecta naturalidad y empezaron sus evoluciones entre las parejas que se movían por la pista. En dos ocasiones miró él, brevemente, el collar que ella llevaba al cuello.

—¿Se atreve a girar aquí? —susurró Max un momento después, previendo unos acordes que facilitarían el movimiento.

La mirada de ella, silenciosa, duró un par de segundos.

—Claro.

Retiró él su mano de la espalda, parándose en la pista, y giró su pareja dos veces en torno, en direcciones opuestas, adornando la inmovilidad del hombre con mucha gracia. Volvieron a encontrarse en sincronización perfecta, la mano de él otra vez en la curva suave de la cintura, como si hubieran ensayado aquello media docena de veces. Ella tenía una sonrisa en los labios y Max asintió, satisfecho. Algunas parejas se apartaban un poco para mirarlos con admiración o envidia, y la mujer oprimió suavemente la mano donde apoyaba la suya, alertándolo.

—No llamemos la atención.

Se excusó Max, obteniendo a cambio otra sonrisa indulgente. Le gustaba bailar con aquella mujer. La estatura se adecuaba muy bien a la suya: era agradable sentir la curva de su cintura esbelta bajo la mano derecha, el modo en que ella apoyaba los dedos en la otra, la soltura con que evolucionaba al compás de la música sin descomponer la figura, elegante y segura de sí. Un punto desafiante, tal vez, aunque sin estridencias; como cuando había aceptado girar alrededor de él, haciéndolo con toda la serena gracia del mundo. Seguía bailando con la mirada distante, casi todo el tiempo dirigida a lo lejos; y eso permitió a Max estudiar su rostro bien delineado, el dibujo de la boca pintada de carmín no demasiado intenso, la nariz discretamente empolvada, el arco depilado de las cejas en la frente tersa, sobre largas pestañas. Olía suave, a un perfume que él no pudo identificar del todo, pues parecía formar parte de su piel joven: Arpège, tal vez. Y era una mujer deseable, sin duda. Observó al marido, que los miraba desde la mesa con aire ausente, sin prestar demasiada atención, mientras se llevaba a los labios una copa de champaña, y después dirigió otro vistazo rápido al collar que reflejaba, ligeramente mate, la luz de las arañas eléctricas. Allí había, calculó, un par de cientos de perlas de extraordinaria calidad. A sus veintiséis años, gracias a la experiencia propia y a ciertas amistades heterodoxas, Max sabía de perlas lo suficiente para distinguir entre planas, redondas, de pera y barrocas, incluido su valor oficial o clandestino. Aquéllas eran redondas y de las mejores; seguramente indias o persas. Y valían al menos cinco mil libras esterlinas: más de medio millón de francos. Eso equivalía a varias semanas con una mujer de lujo en el mejor hotel de París o la Riviera. Pero, administrado con prudencia, también daba para vivir más de un año con razonable holgura.

—Baila muy bien, señora —insistió.

Casi con desgana, la mirada de ella regresó de la distancia.

—¿A pesar de mi edad? —dijo.

No parecía una pregunta. Era obvio que lo había estado observando antes de la cena, cuando danzaba con las jovencitas brasileñas. Oyendo aquello, Max se mostró adecuadamente escandalizado.

—¿Edad?... Por Dios. ¿Cómo puede decir eso?

Seguía estudiándolo, curiosa. Quizá divertida.

—¿Cómo se llama?

—Max.

—Pues atrévase, Max. Diga mis años.

—Nunca se me ocurriría.

—Por favor.

Él ya se había repuesto, pues nunca era aplomo lo que le faltaba ante una mujer. La suya era una sonrisa ancha, blanca, que su pareja parecía analizar con detenimiento casi científico.

—¿Quince?

Ella soltó una carcajada viva y fuerte. Una risa sana.

—Exacto —asentía, siguiéndole la corriente con buen humor—. ¿Cómo pudo adivinarlo?

—Soy bueno para esa clase de cosas.

La mujer lo aprobó con un gesto entre socarrón y complacido; o tal vez se mostraba satisfecha por el modo en que seguía conduciéndola por la pista, entre las parejas, sin que la conversación lo distrajera de la música y los pasos de baile.

—No sólo para eso —dijo, un punto enigmática.

Max buscó en sus ojos algún sentido adicional a esas palabras, pero volvían a dirigirse más allá de su hombro derecho, de nuevo inexpresivos. En ese momento acabó el bolero. Se desenlazaron, quedando uno frente al otro mientras la orquesta disponía instrumentos para la siguiente pieza. El bailarín mundano volvió a dirigir un vistazo al soberbio collar de perlas. Por un instante le pareció que la mujer sorprendía su mirada.

—Es suficiente —dijo ella de pronto—. Gracias.

La hemeroteca está en el piso superior de un viejo edificio, al término de una escalera de mármol que asciende bajo una bóveda con pinturas deterioradas. Cruje el suelo de tarima cuando, con tres volúmenes encuadernados de la revista Scacco Matto, Max Costa va a sentarse en un lugar con buena luz, junto a una ventana por la que alcanza a ver media docena de palmeras y la fachada blanca y gris de la iglesia de San Antonino. Sobre el pupitre hay también una funda con gafas para leer de cerca, un bloc, un bolígrafo y varios diarios comprados en un puesto de periódicos de la via di Maio.

Hora y media más tarde, Max deja de tomar notas, se quita los lentes, frota sus ojos fatigados y mira hacia la plaza, donde el sol de la tarde alarga las sombras de las palmeras. En ese momento, el chófer del doctor Hugentobler conoce la mayor parte de lo que en letra impresa puede averiguar respecto a Jorge Keller: el ajedrecista que durante las próximas cuatro semanas se enfrentará en Sorrento al campeón mundial, el soviético Mijaíl Sokolov. En las revistas hay fotografías de Keller; en casi todas está sentado ante un tablero y en algunas aparece muy joven: un adolescente enfrentado a jugadores que lo superan en edad. La foto más reciente se ha publicado hoy en un diario local: Keller posando en el vestíbulo del hotel Vittoria con la misma chaqueta que llevaba esta mañana, cuando Max lo vio pasear por Sorrento en compañía de las dos mujeres.

«Nacido en Londres en 1938, hijo de un diplomático chileno, Keller asombró al mundo del ajedrez al poner en apuros al norteamericano Reshevsky durante unas simultáneas en la plaza de Armas de Santiago: tenía entonces catorce años, y en los diez siguientes acabó convirtiéndose en uno de los más prodigiosos jugadores de todos los tiempos...»

Pese a la singular trayectoria de Jorge Keller, a Max le interesa menos su biografía profesional que otros aspectos familiares del personaje; y algo de eso ha encontrado, al fin. Tanto Scacco Matto como los diarios que se ocupan del Premio Campanella coinciden en la influencia que, tras su divorcio del diplomático chileno, la madre del joven ajedrecista tuvo en la carrera de su hijo:

«Los Keller se separaron cuando el niño tenía siete años. Con fortuna propia, viuda durante la Guerra Civil española de un primer matrimonio, Mercedes Keller se encontraba en situación idónea para ofrecer al hijo la mejor preparación. Al descubrir su talento para el ajedrez buscó los mejores profesores, llevó al chico a toda clase de torneos dentro y fuera de Chile, y convenció al gran maestro chileno-armenio Emil Karapetian para que se ocupase del adiestramiento. No defraudó el joven Keller esas esperanzas. Venció sin dificultad a sus iguales, y bajo supervisión de la madre y del maestro Karapetian, que siguen acompañándolo en la actualidad y se ocupan de su preparación y logística, el progreso fue rápido...»

Saliendo de la hemeroteca, Max vuelve al coche, lo pone en marcha y baja hasta la Marina Grande, donde aparca cerca de la iglesia. Luego se dirige a la trattoria Stefano, que a esa hora todavía no ha abierto al público. Camina en mangas de camisa, remangados los antebrazos con dos vueltas a los puños, la chaqueta al hombro, respirando complacido la brisa de levante que trae olor de salitre y orillas de mar calmo. En la terraza del pequeño restaurante, bajo un tejadillo de cañas, un camarero dispone manteles y cubiertos en cuatro mesas situadas casi al borde del agua, junto a las barcas de pescadores varadas entre montones de redes apiladas, corchos y banderines de palangres.

Lambertucci, el dueño, responde a su saludo con un gruñido, sin alzar la vista del tablero de ajedrez. Con desenvoltura de habitual de la casa, Max pasa detrás de la pequeña barra donde está la caja registradora, deja la chaqueta sobre el mostrador, se sirve un vaso de vino, y con él en la mano se acerca a la mesa donde el dueño del establecimiento está atento a una de las dos partidas diarias que, a esta hora y desde hace veinte años, suelen ocuparlo con el capitano Tedesco. Antonio Lambertucci es un cincuentón flaco y desgarbado; su camiseta poco limpia deja al descubierto un tatuaje militar, recuerdo de cuando fue soldado en Abisinia antes de pasar por un campo de prisioneros en Sudáfrica y casarse con la hija de Stéfano, el dueño de la trattoria. A su adversario, un parche negro donde estuvo el ojo izquierdo, perdido en Bengasi, le da cierto aire truculento. El tratamiento de capitán nada tiene de insólito: sorrentino como Lambertucci, Tedesco tuvo esa graduación durante la guerra, aunque el cautiverio borró distancias jerárquicas en los tres años que ambos pasaron en Durban sin otra distracción que el ajedrez. Aparte de mover básicamente las piezas, Max sabe poco de ese juego —hoy aprendió más en la hemeroteca que en toda su vida anterior—; pero aquellos dos tienen vitola de buenos aficionados. Frecuentan el casinillo local y están al día sobre campeonatos mundiales, grandes maestros y cosas así.

—¿Qué hay del tal Jorge Keller?

Gruñe de nuevo Lambertucci sin responder otra cosa, mientras estudia una jugada de apariencia comprometedora que acaba de hacer su adversario. Se decide al fin, sigue un rápido intercambio, y el otro, impasible, pronuncia la palabra jaque. Diez segundos después, el capitano Tedesco está metiendo las piezas en la caja mientras Lambertucci se hurga la nariz.

—¿Keller? —comenta al fin—. Un gran futuro. Próximo campeón del mundo, si tumba al soviético... Es brillante y menos excéntrico que ese otro joven, Fischer.

—¿Es verdad que juega desde muy niño?

—Eso cuentan. Que yo sepa, cuatro torneos lo descubrieron como fenómeno entre los quince y los dieciocho años —Lambertucci mira al capitano buscando confirmación, y luego cuenta con los dedos—: el internacional de Portoroz, Mar del Plata, el internacional de Chile y el de candidatos

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