Las manos más hermosas de Delhi

Mikael Bergstrand

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

12 de enero de 2010

12 de enero de 2009

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

12 de enero de 2010

Sobre el autor

Notas de la conversión

Créditos

Grupo Santillana

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12 de enero de 2010

 

 

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—Bueno, ¿qué te parece? ¿No queda bien después del cambio de imagen?

Asiento y sonrío. El Salong Cissi tiene el aspecto de siempre. No conozco a nadie que tenga tanta necesidad de cambio y a la vez un gusto tan monumentalmente horrible como el de Cissi. El sofá blanco, que la última vez que estuve aquí estaba a la izquierda de una yuca, lo han tapizado de rojo y se encuentra ahora a la derecha de un ficus benjamín. No estoy del todo seguro, pero juraría que la morena con peinado de paje del póster enmarcado que hay detrás del mostrador antes era una rubia con un peinado igual de andrógino.

—Hay una luz completamente distinta con el nuevo color, ¿no?

Cissi me mira con ojos expectantes bajo un flequillo recto. Si no fuera porque la conozco, diría que cuando pone esa cara me recuerda a un niño inocente y curioso.

—Estoy de acuerdo —respondo, busco en la memoria sin conseguir encontrarlo el matiz anterior, que en la escala de colores no puede estar más de dos grados por encima del amarillo blanquinoso que cubre ahora las paredes.

—Has adelgazado —anota Cissi.

—Bueno, unos kilos.

—Estás guapo. Le da a tu rostro un aspecto más masculino.

—Gracias —respondo, por un segundo me pregunto si aquello significa que a sus ojos antes parecía un mariquita sobrealimentado.

Hace más de once años que entré por primera vez en el Salong Cissi en la calle Östergatan, en Malmö, con una orden imprecisa de mi mujer de entonces, Mia, para que me modernizara. Salí media hora más tarde y con una coleta menos. Me habían robado la identidad.

La coleta había sido mi seguro acompañante desde que dejara atrás la pubertad, el trapo que retorcía entre los dedos cuando estaba nervioso y que chupaba cuando no me veía nadie. Y una locuaz peluquera, de manera inexplicable, había conseguido convencerme para que me cortara aquel cordón umbilical. Interiormente lloré la pérdida durante una semana o algo así, aunque a Mia le gustó lo que vio, y cuando el shock y la tristeza se apaciguaron me reconcilié con el peinado pelo detrás-de-las-orejas. Aquello hizo que pareciera un cuarentón más, de esos que a su pesar se han dado cuenta de que no pueden continuar aparentando ser chicos jóvenes pero que sin embargo quieren poner de manifiesto que hay todavía un poco de rock and roll detrás de la incipiente barriga. Éramos los que teníamos profesiones llamadas «creativas» y cuando llevábamos americana solíamos elegir una de pana gastada y debajo un jersey negro de cuello alto. Nos parecíamos tanto unos a otros. Aun así, en aquel momento consideré que Cissi, con aquellas brutales tijeras en sus ágiles manos, era la peluquera más innovadora del mundo.

Hoy sé que aquello fue sólo una ilusión, que el capado de mi coleta en realidad fue un trabajo encargado por Mia. Cissi me lo dijo cuatro meses y diecisiete días después del divorcio (que tuvo lugar el 9 de octubre de 2000). Me dijo que se avergonzaba por no habérmelo dicho antes, pero noté que en el fondo sentía cierta alegría.

De todas formas, he continuado yendo a esa peluquería y todavía llevo el mismo peinado. El pelo ha encanecido un poco y lo tengo significativamente más ralo. Las puntas se mueven a conciencia hacia arriba y hacia dentro como un ejército de vanguardia que ataca al enemigo desde dos flancos. Si hay suerte, la defensa podrá resistir unos años más. A pesar de todo, un pelo peinado hacia atrás exige una raíz que aún no ha capitulado por completo.

—¿Lo dejamos así de largo? —pregunta Cissi señalando con la mano unos diez centímetros hasta el cuello—. Hay que ver, cómo te ha crecido.

En la voz hay esperanza, como si con su comentario yo fuera a abrirme un poco más.

—Sí, así quedará bien —respondo, me estiro para alcanzar las revistas que están en el pequeño estante debajo del espejo. Después de tres revistas femeninas, en el montón encuentro un ejemplar muy gastado de la revista masculina Slitz. Ya la había leído, descubro cuando llego a un artículo que trata de cómo conquistar a una feminista y convencerla para que se vaya a la cama contigo. El mensaje del escrito es que no se debe intentar hacerlo cuando la feminista está esgrimiendo sus teorías de género sobre las estructuras patriarcales de la sociedad, sino que por el contrario hay que ronronear y sonreír de manera que la desarme y se sienta a la vez superior. Por mucho que me esfuerce, no consigo imaginarme cómo sería una sonrisa así.

Sigo ojeando y me quedo cuatro segundos en las páginas centrales con la modelo. Es el tiempo suficiente para que no se me considere púdico y a la vez lo bastante corto como para no parecer un viejo verde.

—Pero, Göran Borg, ¡qué manos más bonitas tienes! ¿Te han hecho la manicura?

El grito de Cissi me sorprende. Siento el rubor extenderse como un incendio en las mejillas y mis orejas descubiertas arden como guindillas.

La lluvia repica en los cristales y en el salón huele a huevos podridos. Levemente, pero de forma evidente incluso bajo el velo de tónico capilar y perfume. Los productos químicos para el cabello huelen a huevos podridos. Mia olía a huevos podridos cuando un día llegó a casa con el pelo superoxigenado. Hace siete meses y seis días que nos divorciamos. Debería haber comprendido lo que estaba ocurriendo. Una mujer de más de cuarenta años no intenta de golpe parecerse a Marilyn Monroe si no tiene algún motivo importante para hacerlo.

 

Hasta ahora no he conocido a nadie que haya podido leer el mastodóntico trabajo En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Dudo incluso de que entre los amigos a los que les gusta bastante la literatura haya alguno que leyera más allá de la conocida escena del primer volumen cuando el narrador moja una magdalena en la infusión de tila y hace una regresión en el tiempo. Probablemente sea uno de los recursos narrativos más plagiados del último siglo, dejar que un aroma o sabor despierte los recuerdos que después forman una historia completa.

Pienso utilizarlo ahora. Regresaremos al tiempo en que todo empezó. Un lunes nublado y ventoso de enero de hace justamente un año.

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12 de enero de 2009

 

 

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1.

 

En el Salong Cissi olía a huevos podridos.

—¡Este peinado te queda divino! Tu piel tiene ahora un brillo completamente distinto y te resalta los ojos.

La mujer madura se sentía deslumbrante mientras se dirigía hacia la caja para pagar.

—Si quieres un champú que cuida el cabello y mantiene el teñido deberías elegir éste o éste —informó Cissi poniendo dos frascos sobre el mostrador.

La mujer los cogió y les dio la vuelta para leer qué ponía detrás mientras Cissi sacaba otros dos frascos que puso al lado.

«Típico de mujeres, mirarlo todo detenidamente», pensé.

—Y si además quieres un buen suavizante puedes elegir entre estos dos.

Aquello acabó con que la mujer madura compró los cuatro frascos y tres productos más para el cuidado del cabello, hasta que finalmente se puso la chaqueta, se miró satisfecha en el espejo, se subió la capucha y salió del local. Cissi la siguió con la mirada al mismo tiempo que barría con soltura el pelo que acababa de cortar, formando con él un montoncito en el suelo, y me hizo una señal con la cabeza para que me sentara en el sillón en el que trabajaba.

—Ahí tenemos a una premenopáusica que seguro que vuelve —dijo sonriéndole por la ventana a la mujer, que ahora ya estaba en la acera. A pesar del viento mordaz y la fuerte lluvia, tenía todavía una sonrisa en los labios.

—El color henna es contra las canas y el pelo de la nuca bien corto es contra los sudores. Nunca queda mal. Las premenopáusicas se ponen como locas con ese peinado. Mira lo feliz que se siente —continuó Cissi saludando alegre con la mano a la mujer.

Sonreí discretamente y dejé que Cissi me envolviera con la capa para el corte. Cerré los ojos unos segundos y me sentí como una crisálida en un capullo. Tras las regulares visitas a la peluquería se había desarrollado una suerte de confianza entre nosotros. Yo le explicaba anécdotas malvadas de mis desesperantes e inexpertos jóvenes compañeros de trabajo, y ella hacía bromas igual de malvadas sobre sus clientas más maduras. Sin embargo, nuestra relación distaba mucho de no tener complicaciones. El punto delicado era Mia, que, al igual que yo, seguía siendo clienta de Cissi.

—He oído que Mia y Max se van a Tailandia dentro de unas semanas —dijo.

Mia y Max parecían dos personajes de un cómic alemán de los años treinta. Vestidos con el uniforme de las juventudes hitlerianas.

—Sí, me dijo algo la última vez que hablamos.

—Es fantástico poder dejar este clima tan horrible. ¡Dios, cómo odio esta época del año!

—Sí, la verdad es que es bien triste.

—Los niños también van a ir, por lo que he oído.

—Bueno, niños, niños, ya no son. A estas alturas ya se les podría considerar adultos.

Cissi soltó una risita y dio unos tijeretazos en el aire antes de seguir con el pelo.

—He oído que van a hospedarse en un hotel de lo más lujoso.

«Si dice “he oído” otra vez, le quito las tijeras y le corto las orejas para que nunca más pueda oír nada», pensé casi sin darme cuenta.

Cissi cambió de tema. Otra de sus cualidades era el control que tenía, y que nunca perdía, al hablar del tema Mia justo hasta casi alcanzar el punto de ruptura. El resto del corte de pelo hablamos por orden de: Elisabet Höglund, George Bush y Linda Skugge. No me pregunten por qué, pero de alguna manera parecía natural. Mientras tanto, una chica de unos treinta años había entrado en el salón. Saludó brevemente a Cissi y se sentó en el sofá blanco. La miré de reojo un par de veces en el espejo. Era muy guapa, pelirroja con el cabello largo y ondulado. No de henna sino auténtico.

Después de cortarme el pelo, Cissi intentó venderme un bote de gel con efecto mojado que yo rechacé amable pero decididamente.

—¿Nos vemos dentro de dos meses? —preguntó.

—Claro que sí —le dije dándole una palmadita en el brazo.

Cuando salí a la calle miré hacia el salón a través de la ventana. La bella mujer se había sentado en el mismo sillón que yo. Cissi barría mi pelo cortado, levantó una mano y me saludó alegre. Sus labios se movieron. Estaba bien claro que le decía algo a su nueva clienta y me pareció que hablaban de mí. Naturalmente, no pude oír su hiriente voz a través del cristal, pero en mi interior se reprodujo así:

«Ahí va un cincuentón que cree que es cool. El peinado por detrás de las orejas nunca queda mal. Los viejales se ponen como locos con ese peinado. El peinado hacia atrás es para tapar la pequeña calvicie y la largura del pelo de la nuca les sirve para taparse los pelos que les suben de la espalda.»

Digo yo que fue una cosa por el estilo. Tenía la desagradable sensación de que algo se me escapaba de las manos, una sensación que se hacía más patente con aquel cruel viento que soplaba.

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2.

 

Conseguí coger un taxi y me acurruqué en el asiento de atrás. Cuando pasamos por la plaza de Gustav Adolfs torg alcancé a ver al hombre encorvado que, a pesar del chaparrón, estaba en su sitio de siempre al principio de la calle peatonal, aquel día igual que todos los demás, apoyado en su andador y vestido con una camiseta de manga corta con el texto «Hay que aplastar a la organización para la atención psiquiátrica». La letra enmarañada y hecha con rotulador hacía parecer a aquel hombre un símbolo del masoquismo más absoluto. Nadie más de los que se habían visto obligados a salir con aquel tiempo se daba cuenta de su mano extendida con el panfleto mojado y arrugado.

El taxi me llevó hasta el pequeño y sencillo restaurante italiano, Den Lille Italienaren, metido en un sótano para bicicletas en Lorensborg, a una distancia idónea de los restaurantes del centro, abarrotados al mediodía, donde el riesgo de encontrarse con alguien de la empresa era mayor. El dueño era pequeño pero no italiano, sino un serbio que hacía pizzas, se llamaba Ljubomir y había ampliado el menú con algunos platos italianos. La comida sabía bien, pero más balcánica que italiana. Casi todos los platos que servía conservaban un considerable sabor a pimiento rojo.

Pedí pasta con pesto y saltimbocca, dos cervezas pequeñas y dos expresos, para que la cuenta pareciera un gasto de representación con un cliente. Solía permitirme una comilona así a solas y de gratis una vez al mes, como una prebenda no oficial. Hasta la fecha no había habido nunca ningún problema con los justificantes y tampoco tenía remordimientos de conciencia por dicha costumbre.

Me justificaba alegando que los restaurantes que elegía eran relativamente baratos y que algún que otro regalo me merecía, después de tantos años en la misma empresa.

Sin embargo, aquella vez la comida no me brindó la satisfacción que esperaba. Por el contrario, tenía un nudo en el estómago que me acompañó cuando volví a coger un taxi para volver a la oficina, donde me esperaban unas cuantas horas más de trabajo. El chaparrón había amainado pero aún caía una lluvia ligera sobre Malmö.

 

Yo era el empleado más viejo de la empresa y el único que quedaba desde que se fundó, veinticinco años atrás. Entonces se llamaba Smart Publishing y se hacía desde copywriting hasta entrevistas y reportajes en revistas de negocios de categoría. Ahora nos llamamos Kommunikatörerna, los comunicadores, y nos dedicamos casi exclusivamente a la información externa e interna para diversas empresas y municipios. Páginas web y periódicos digitales para empresas, que es cualquier cosa menos sexy. Lo único realmente deslumbrante en Kommunikatörerna es la sede de nuestras oficinas en Västra hamnen, la antigua zona industrial junto al mar que se ha convertido en un escaparate y patio de recreo para arquitectos, con el retorcido rascacielos Turning Torso de Calatrava como centro de atención.

Nuestras oficinas estaban en la planta baja de una casa al lado del espectacular edificio, ocultas por cristales tintados para que la gente que pasara por allí sólo pudiera intuir nuestras siluetas inclinados sobre los teclados y los ordenadores portátiles.

Aquel trabajo estaba muy lejos del glamour, pero tenía algunas ventajas no carentes de importancia. Por ejemplo, yo muchas veces estaba fuera visitando clientes, lo que significaba que disponía de un horario flexible. E incluso cuando estaba en la oficina, como empleado más antiguo tenía ciertos privilegios no escritos, como unas pausas algo más largas para comer y una jornada laboral algo más corta.

Por lo menos eso era lo que yo creía cuando me senté en mi escritorio aquella tarde del mes de enero y me acaricié con la mano derecha mi peinado-detrás-de-las-orejas recién estrenado. Justo entonces empezó a sonar el móvil.

—Göran, ¿puedes subir?

Era Kent Hallgren, mi jefe. Era del noroeste de Escania, de las afueras de Ängelholm, y pronunciaba ciertas úes como úes alemanas. Más o menos como Anna Anka, la mujer de Paul Anka, nacida en Polonia y criada en Suecia. Soy consciente de que el dialecto de Malmö tiene ciertas manchas en su belleza, pero en comparación con la mala pronunciación de Kent, parece un idioma de lo más soportable. Pero no sólo el dialecto le perjudicaba. Además, Kent era un genuino hombre Excel que únicamente pensaba en tablas y columnas. Un duendecillo contable sin el menor talento para la comunicación verbal cuyo trabajo era dirigir. Además, también era una muestra viviente de que aquellos que carecen de cualquier tipo de formación elemental pueden ascender bastante alto en el sector de la comunicación y la información.

De todas formas, yo creía que me tenía cierto respeto, pero cuando oí su voz ganguear en el móvil noté que hablaba con bastante exigencia. Subí por la escalera de caracol hasta su despacho en el segundo piso.

—Siéntate, Göran.

Hice como me ordenó y él cerró la puerta. Ya entonces sospeché que algo andaba mal.

—¿Un bollo?

Kent me alargó una cestita con bollos de canela. Cogí uno, a pesar de que todavía me sentía lleno.

—Ha llegado una queja, Göran.

—¿Ah, sí?

Sentía el pulso en las sienes y con la mano izquierda apreté la cuenta del restaurante —gastos de representación— en el bolsillo de la americana de pana. Kent me estudiaba neutral antes de carraspear suavemente y continuar.

—El jefe del departamento de urbanismo no está satisfecho con la página web que has hecho. Hay demasiados fallos y problemas de conexión. Treinta y cuatro, para ser más exactos. Tiene que ser un nuevo récord.

Respiré hondo y lo miré a los ojos tan fijamente como pude.

—Pero sólo se trata de errores técnicos que Daniel o Gisela pueden ajustar. He trabajado duro con los textos y sobre eso no has recibido ninguna queja, que yo sepa.

Intentaba parecer indignado.

—El idioma, Kent, el idioma tiene que ser lo más importante en la comunicación, joder.

Kent primero se estuvo toqueteando el nudo de la corbata y después la montura de las gafas. Había un aire de nerviosismo en su cara infantil, pero su voz me asustó. Todavía parecía firme y exigente, sin el menor temblor en las cuerdas vocales.

—No podemos seguir así, Göran. No podemos dejar que Daniel o Gisela tengan que arreglar cada vez lo que haces mal. Tienen de sobra con su trabajo.

—Yo no he cometido tantos errores.

—Sí, sí que lo has hecho. A lo largo del último año nos han llamado la atención por cada una de las soluciones técnicas externas en las que tú has estado involucrado. Los servicios que ofrecemos a nuestros clientes hoy en día no tienen mucho que ver con lo que hacías hace veinte años.

Me sentía completamente aplastado, pulverizado en el plazo de dos minutos tras más de dos décadas en la empresa. Por un hombre sin talento y con dialecto del noroeste. Por un pequeño gilipollas de pantalones a rayas blancas y jersey de lana. Y aún no había acabado.

—Y hay algo más, Göran. No te has comportado de forma correcta con Gisela.

—¿Qué dices?

—Cree que te has aprovechado de ella. Y eso nos parece una cosa muy seria.

Una sensación kafkiana se apoderó de mí. Gisela era una de las tres chicas de la empresa, además de la más joven y la más guapa. Tenía los pechos bastante grandes, como si estuviera interesada en sacarlos hacia delante cuando hablabas con ella, y en alguna que otra ocasión quizá yo había fijado la vista en su busto durante más de un par de segundos. Puede que hubiera algún artículo en el plan de igualdad de la empresa que lo prohibiera.

—¿De qué manera me he aprovechado de Gisela? —pregunté sumiso.

—Le has pasado un montón de trabajo rutinario y a la vez te has quedado con sus trabajos de más prestigio. Te has quedado con las cerezas del pastel. Le has socavado las posibilidades de crearse su propia plataforma desde la que trabajar.

Hablaba como si leyera directamente de un guión, lo que posiblemente hacía, dado que de vez en cuando miraba de reojo la pantalla de su ordenador. Por lo menos era un alivio salir de aquello sin quejas por acoso sexual. Y si no hubiera sido porque estaba ante mi propia ejecución, me habría reído ante el discurso de Kent sobre trabajos de prestigio.

—Yo le he pedido ayuda para ciertos detalles técnicos y he salvado a la empresa de la vergüenza de dejar que un empleado con dislexia escribiera notas de prensa —dije con la esperanza final y desesperada de conseguir darle la vuelta al velero sin rumbo por medio del clásico el-ataque-es-la-mejor-defensa.

—Gisela no tiene dics... dicselepsia.

—¿Y tú eres el adecuado para decidirlo?

Kent no respondió, sino que cogió un papel que estudió con detenimiento durante unos treinta segundos que casi parecieron minutos.

—Hay algo más, Göran. Del tiempo que pasas aquí en la oficina, dedicas un cuarenta y siete por ciento a navegar por la red.

Al principio creí que estaba bromeando, pero en su careto no había ni un atisbo de sonrisa.

—¿Quieres decir que invertís tiempo y recursos en controlar los hábitos de conexión a la red de los empleados? ¿Para después demostrarlo en cifras y porcentajes?

—Sí, si es necesario.

—Inocente de mí, yo creía que nos dedicábamos a la comunicación. Que eso de Internet estaba incluido en nuestro trabajo. Que simplemente era una herramienta básica.

Kent se deslizó las gafas por el tabique de la nariz y me miró fijamente a los ojos. Tuve la viva sensación de que aquel gesto lo tenía ensayado. Algo que había aprendido en un curso para jefes, quizá.

—Depende de a lo que uno se conecte.

—No me he metido nunca en una página porno. ¡Nunca!

Cuando de forma refleja alguien se defiende contra algo de lo que aún no ha sido acusado, suele significar que es culpable. Pero en aquella ocasión realmente yo no lo era. En la vida se me ocurriría ver páginas porno en el ordenador de una oficina que parece un paisaje abierto. No le podía ver ninguna ventaja.

—No te alteres, Göran. No digo que hayas navegado por páginas porno. Sin embargo, tienes un interés enfermizo por una web que se llama Himmelriket, el reino de los cielos. Cuando utilizas Internet te conectas a esa página el sesenta y uno por ciento del tiempo.

—Es de fútbol —gemí.

—Sí, ya lo sé. Del Malmö FF. Por lo que yo sé, no tenemos ningún contacto comercial con el Malmö FF. Sin embargo, este último medio año has dedicado una media de dos horas y treinta y tres minutos de tu jornada laboral aquí en el despacho al foro del Himmelriket. Lo que más me sorprende es que no participes en los debates. Por lo que parece, sólo lees lo que escriben otros. Es bastante extraño.

En ese preciso momento, cuando Kent dijo «extraño», me di cuenta de que aquello se había acabado. Aquel idiota tenía razón. Era extraño, casi perverso, que un cincuentón con estudios universitarios tanto en historia de la literatura como en ciencias políticas, con veinticinco años de experiencia como copywriter y redactor, con un pasado de buen batería y con jersey negro de cuello alto, dedicara una tercera parte de su jornada laboral a leer lo que escribían un puñado de frikis del fútbol en paro o que faltaban a su trabajo. Tres meses antes de que la liga sueca ni siquiera hubiera empezado.

—¿Es que eres del HIF? —pregunté con una voz hueca.

Por primera vez desde que empezó nuestra conversación, Kent me miró sorprendido. Después, lo cierto es que sonrió un poco.

—No, no, el fútbol no me interesa y Helsingborg no es mi ciudad. Soy de Ängelholm y allí lo que nos gusta es el hockey. El Rögle.

Yo debería haber sabido que Kent era de los que les gusta el hockey. Hay una diferencia decisiva entre la gente a la que le gusta el fútbol y a la que le gusta el hockey. Los del fútbol tienen una especie de enraizamiento con la tierra, con la cultura. Los del hockey resbalan por la superficie como si no tuvieran raíces, almas perdidas. Tontos en general. Era una verdad indiscutible, aunque en aquel momento yo no estuviera en disposición de defenderla.

En cuanto Kent me hubo sacado la última gota de sangre, empezó a mostrarse más amable. Seguro que también lo había aprendido en aquel curso para jefes. Me hizo una oferta que no podía rechazar. El despido con un año de sueldo. Sabias palabras. La promesa de dos trabajos al año como consultor durante dos años (sólo trabajo de redacción) y una carta de despido donde la empresa Kommunikatörerna lamentaba que su empleado Göran Borg, después de tantos años, desafortunadamente hubiera decidido dejarlos y empezar a trabajar como freelance.

Kent incluso quería montarme una fiesta de despedida, pero ahí mi orgullo dijo que no. Sólo la idea de estar con una bebida en la mano intentando evitar que mi vista bajara al escote de Gisela me revolvía las tripas como si fueran anguilas escocidas.

—Recogeré mis cosas esta tarde, cuando se hayan ido todos —dije.

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3.

 

Los tres primeros días de mi nueva vida —Después de Kommunikatörerna— me encontré en un estado casi vegetativo. Estaba con vida pero demostraba pocos signos de la inteligencia humana. A mi alrededor prosperaban las pelusillas del ombligo y las motas de polvo por el suelo. Sólo abandonaba mi piso de la plaza de Davidshallstorg diez minutos al día para ir a la tienda de la esquina a comprar comida.

La chica de la caja, siempre con un chicle en la boca, me miraba con una mezcla de compasión y asco cuando ponía de nuevo los mismos artículos que el día anterior sobre la cinta. Aparte de algún plato preparado congelado, un par de latas de Coca-Cola, pan y algo para los bocadillos, el resto era helado. Ben & Jerry’s de diferentes sabores, del Caramel Chew Chew al New York Super Fudge Chunk. La glándula del consuelo de mi cerebro reclamaba Ben & Jerry’s, el enemigo número uno de Entulínea, con el mismo ahínco con el que un gato llama a las hembras en el mes de marzo. Aquello no era bueno. Cuando están sufriendo una crisis, los hombres beben alcohol barato y fuman cigarrillos sin filtro, no se hartan de helado cargado de calorías.

En general, seguro que era una visión patética la de mí tirado en el sofá comiendo directamente del tarro de helado y mirando de reojo la pantalla de plasma. Como la escena de una película romántica chic lit, con la diferencia de que yo no era una mujer relativamente joven con un leve problema de sobrepeso que veía series malas por la tarde (y que se sabía que al final encontraría a su príncipe), sino un hombre maduro con un reconocido problema de sobrepeso que veía en diferido los partidos de la Bundesliga en Eurosport (y que, sin la menor duda, no acabaría encontrando a su princesa).

Pero en la liga alemana de fútbol había algo firme y constructivo y aquel cuarto día de Después de Kommunikatörerna empecé a reflexionar con cuidado sobre lo que había ocurrido. Kent me había sacado una airada tarjeta roja. No por culpa de mi tendencia a ir en taxi o por los gastos de representación, que no nombró ni una sola vez, sino porque «perdía el tiempo». Aquello fue como un susurro en el juicio final que no pude asumir del todo. Así que decidí hostigarme navegando entre los comentarios de Himmelriket.

No podía haber sido más embarazoso el que yo, por aburrimiento en el trabajo, hubiera desperdiciado el tiempo leyendo unas teorías mal formuladas acerca de a quién necesitaba fichar el Malmö FF de cara a la próxima temporada. ¿Cómo podía ser tan loser? Era el final más indigno posible para un hombre que había escrito un artículo de cultura en el Aftonbladet, uno de los periódicos vespertinos nacionales, sobre la similitud entre el tango argentino y el fútbol argentino, que había estado en el Gelsenkirchen cuando era adolescente viendo a Bosse Larsson meter aquel penalti en un caos de nieve en el partido de clasificación para el Mundial contra Austria en 1973, y que le había hecho una larga entrevista a Zlatan Ibrahimovic[1] para una ilustre revista holandesa cuando dio el salto de categoría y lo iba a fichar el Ajax de Ámsterdam.

De alguna manera hubiera sido mejor si me hubieran despedido por entrar en páginas porno. En ese caso podría haber solicitado asistencia para tratarme la adicción al sexo. Nunca había oído hablar de ningún tratamiento que aceptara a hombres maduros adictos a los blogs de fútbol.

 

El cuarto día de Después de Kommunikatörerna cayó en viernes. Sonó el móvil, y cuando vi de nuevo quién era decidí rendirme y cogerlo de una vez por todas.

—Hola, Erik.

—¡Göran! ¿Por qué no contestas?

—¿Acaso no lo he hecho?

—Vale, pero antes. Te he llamado varias veces seguidas.

Su voz, casi siempre normal y despreocupada, parecía acusadora.

—Sorry, he tenido cosas que hacer.

—¿Se puede saber qué cosas?

—Mejor lo dejamos para otro día.

—De acuerdo. En el Bullen esta tarde a las ocho. Viene todo el grupo, menos Sverre, claro. Dice que tiene migraña, pero me apuesto cien pavos a que es la tía que lo tiene atado a la pata de la cama.

—Oye, no sé si tendré ganas. Me siento un poco indispuesto.

—Eso lo arreglan unos vinos. ¡Venga, tío! Hace un montón de tiempo que no nos vemos todos. ¿Eres un hombre o un gallina?

Era tentador responder «gallina», pero al mismo tiempo intuí que antes o después estaría obligado a enfrentarme al mundo de mi alrededor. Así que daba lo mismo hacerlo en un bareto a tiro de piedra de mi casa que en cualquier otro sitio. Tampoco tendría que entrar en detalles.

—De acuerdo, en el Bullen a las ocho.

 

Erik Pettersson era mi mejor amigo, o por lo menos con quien más salía. Éramos amigos desde que íbamos al instituto, donde formamos un grupo de rock bastante ruidoso que se llamaba Twins. Lo cierto es que sacamos un single y vendimos más de setecientos ejemplares. Además, lo pusieron en la radio local un par de veces. Casi siempre actuábamos en directo y atraíamos a bastante gente joven a nuestros conciertos. Yo era el batería que marcaba el ritmo, el que se sentaba al fondo y aporreaba los trastos hasta ponerse rojo, mientras Erik era el carismático vocalista que se situaba delante en el escenario con la guitarra eléctrica colgada al cuello y que recibía los favores de las chicas.

Se puede decir que aquella relación se estrechó con los años. Los asuntos de mujeres de Erik eran cortos y comentados. Sólo se había casado una vez, con una super modelo turca, y el matrimonio duró apenas tres semanas. Sin embargo, las amigas fueron más: una conocida actriz sueca, una bailarina de ballet rusa, una poetisa satánica de Årjäng, una empresaria danesa, una médica de Lund con cuatro hijos, además de una incontable cantidad de mujeres guapas e interesantes. No había tenido hijos, pero sí había dejado unos cuantos corazones rotos. Uno de ellos pertenecía a Mia, mi ex mujer.

Mia Murén iba a una clase paralela a la nuestra y pronto me sentí interesado por ella. No es que fuera guapa según los patrones que suelen atraer a los chicos de instituto. Tenía una nariz prominente, casi grande, y se le iba un poco el ojo derecho. Aunque a mí aquellos pequeños defectos me parecían encantadores, ya que le daban carácter a su aspecto y se completaban perfectamente con su irresistible pelo largo, grueso y castaño que le caía libre sobre los hombros, su cuerpo delicado y curvado, y su suave y melancólica sonrisa. Cuando aparecía en nuestras actuaciones, yo hacía cualquier cosa por llamar su atención. Le dedicaba piruetas con las baquetas, le lanzaba expresivas miradas desde el escenario y le procuraba cerveza en las pausas. Un día la dejé pasar al backstage, como hacían las auténticas estrellas de rock. Aquella noche Mia se fue a casa con Erik.

En mi soledad lloré ríos de lágrimas. Al cabo de tres meses ya eran pareja. Hasta que él rompió, una semana antes de acabar el bachillerato.

Mia lloró ríos de lágrimas a la vista de todo el mundo.

Torpemente intenté consolarla a la vez que ocultaba mi alegría por que estuviera libre de nuevo, aunque aquella vez no surgió nada entre Mia Murén y yo. Después del verano, se fue a París a trabajar de canguro durante un año y luego se quedó en Estocolmo, donde con el tiempo estudió para fisioterapeuta.

Fue al cabo de seis años cuando nuestros caminos se cruzaron de nuevo, en la fiesta de los amigos de unos amigos en Malmö, donde casualmente Erik también estaba. En aquella ocasión tenía las manos ocupadas con una cantante de fado portuguesa. Aquella misma noche Mia y yo fuimos a mi pisito de soltero, que estaba a un paso de mi actual y considerablemente más grande piso, también ahora, de soltero. Seis meses después nos casamos y un año más tarde vivíamos en un chalet adosado en la zona residencial Djupadal, en las afueras de Malmö. Teníamos coche, perro y, al cabo de poco, también un niño. Erik, por cierto, fue el padrino de nuestra boda y aún hoy divulga la historia novelada de que fue él quien nos unió.

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4.

 

Pocos minutos después de las ocho salí de mi piso y de los partidos de la Bundesliga, recién duchado, recién afeitado y con un jersey de cuello alto, grueso, negro y de punto, y una americana de pana. Había dejado de llover y el viento había amainado, pero una humedad cruda se mantenía en el aire de la noche.

Respiré hondo por la nariz y constaté que las estrellas y los planetas, a pesar de todo, continuaban girando en el barrio alrededor de la plaza Davidshallstorg, mi pequeño universo.

Allí estaban todas las direcciones que mantenían con vida mis recuerdos más dulces y más amargos: la escuela Petri, al otro lado de la calle Fersen, donde por primera vez vi a Mia; el apartamento de un solo ambiente con la cocina en un rincón, encima de la aromática pizzería de la calle Erik Dahlberg, donde por primera vez me acosté con Mia, y el restaurante de sushi, Hai, donde por primera vez vi a Mia con Max. Estaban cogidos de la mano encima de la mesa, una noche clara y dolorosa de verano. Por cierto, eso ocurría a sólo un par de manzanas del local donde hubo un tiempo en que estuvo la tienda de vinos y licores delante de la cual Erik y yo, antes de tener la edad de comprar, solíamos vigilar a los borrachines que por una propina nos compraban vodka Explorer. Y, a la vez, no estaba lejos del bareto Zoltans, donde por casi nada te daban una botella abierta de un vino avinagrado llamado de Artistas, que se componía de los restos de las botellas de la noche anterior. Y, a la vez, estaba muy cerca del Bullen, unos de los bares del barrio que siempre me servía de segunda casa y que en realidad se llamaba Tre Krögare, los tres taberneros.

El Bullen era parecido al Salong Cissi. Aquello estaba igual que cuando yo empecé a ir allí en los años setenta. El papel de las paredes con oscuros medallones, las mesas rústicas de madera, el grifo majestuoso de la cerveza que reinaba en el bar y la diana agujereada con el Bull’s Eye en el centro de la tabla, que en algún momento le dio al bar su apodo.

Casi la mitad de la clientela también seguía siendo la misma, aunque poco más de treinta años mayor. Todos los de nuestro grupo menos Sverre estaban sentados en torno a nuestra mesa cuando entré por la puerta e intenté parecer lo más normal posible.

—¡Cuánto tiempo! —dijo Rogge Gudmundsson, el antiguo comunista y bajo de Twins, que desde su despedida de Marx había conseguido una fortuna como exitoso analista de Bolsa e inversor. Se le notaba. Hacía tiempo que se había quitado el pañuelo palestino. Actualmente iba vestido con camisas hechas a medida con monograma y un descomunal Rolex en la muñeca izquierda. Además, llevaba zapatos con unas pequeñas borlas de cuero.

—¿Qué hay, Rogge, todo bien?

Asintió con la cabeza y se echó a un lado para hacerme sitio. En la mesa había dos botellas de vino y Erik llenó un vaso hasta arriba y lo empujó hacia mí.

Di un trago largo y cambié unas palabras con Bror Landin, el antiguo amigo de la mili de Erik que empezó su carrera periodística sustituyendo en verano al redactor local del diario nacional Skånska Dagbladet, en la redacción de Svedala, pero que pronto fue trepando como crítico teatral freelance, un sector al que todavía se dedicaba.

Todavía no había leído ni una sola reseña suya que no contuviera una objeción. Especialmente para recordar fue uno de sus primeros trabajos sobre La noche es la madre del día, de Lars Norén, que se estrenó en el Intiman de Malmö a principios de los años ochenta.

Le dio tiempo a declararla la mejor obra sueca de la década antes de dedicar una tercera parte de la crítica a maldecir un par de faltas sin importancia en el papel del programa. Lo de no estar nunca completamente contento era algo que caracterizaba la existencia de Bror Landin en su totalidad.

—Este vino es bueno, Erik, pero tiene demasiados taninos —dijo.

—Y tú también eres un vejestorio amargado y áspero, así que te va de perilla —dijo Erik carcajeándose.

Todos excepto Bror Landin nos reímos de la broma. Casi siempre lo hacíamos. Richard Zetterström se reía a pleno pulmón. Con sus cuarenta y ocho años, era el miembro más joven de nuestro canoso club de caballeros, pero sin duda el más grande. Richard había sido en el pasado un defensa fuerte y prometedor. Jugábamos juntos en el Limhamns IF, un club deportivo local de las divisiones más bajas. Yo solía estar en el banquillo mientras Richard pronto fue un gigante de primera división gracias a su entrega. Los ojeadores de juveniles del Malmö FF lo seguían de forma intensiva y estaban a punto de ficharlo cuando a los veintiún años una grave lesión de rodilla puso fin a su carrera. Por eso, en mi corazón, enamorado del fútbol, tenía un lugar especial.

Dado que, después de la lesión, Richard siguió comiendo igual que antes, enseguida empezó a ganar peso. Y después se puso casi gordo. Es la única persona que conozco que haya hecho carrera de su obesidad. Richard escribía unos artículos muy

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