Índice
Portadilla
Índice
Citas
Parte I
1. ¿Quién se negaría a visitar un lugar como éste?
2. Sólo un idiota confía en los demás
3. Algo ven que los sorprende
4. El curso de las cosas aciagas
Parte II
5. Nadie a quien un hombre deba temer
6. Ni siquiera sabe Quién es
7. ¿De qué muertos está hablando?
8. Los hombres no lloran
Parte III
9. Nada será perdonado
10. El gran secreto del mundo
11. Recordaremos lo que pudo ser y no fue
12. Los grandes herbívoros
Parte IV
13. ¿Quién me ha traído hasta aquí?
14. El más leal de sus vasallos
15. Un rostro empolvado
16. La otra mejilla
Epílogo. No sólo sucederán tales cosas
Citas del Corán
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
«La calumnia se transmite por herencia, y se hospeda allí donde penetra.»
W. SHAKESPEARE
«Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que antes fueron contadas como hechos.»
E. HEMINGWAY
«No permitáis que os odien por vuestras ideas.»
V. B.
I
A pesar del tiempo que ha pasado desde aquellos agitados días de noviembre, todavía me avergüenza recordar que mi trabajo no sirvió de gran cosa. Ni las graves secuelas de todo aquello ni la declaración de los testigos importaron al que de todos modos nada quería saber.
Quizá los informes acabaron en manos de un analista paralizado por la rareza de nuestra desdicha. Quién sabe si el responsable de examinarlos fue un viejo oficial acostumbrado a archivar partes y telegramas. O un novato el que se sonrojara leyendo la historia de unos hombres asustados.
Del informe redactado al regresar de Irak
1. ¿Quién se negaría a visitar un lugar como éste?
Oscuras encinas y esbeltos cipreses crecen en la tupida floresta que un poco más allá clarea sobre un manto de arbustos y matojos. Al pie de la montaña nace un bosque azulado que asciende por la escarpada, se eriza en la delgada cresta del monte y trepa por la cumbre hasta una cornisa de roca plateada por la escarcha. Un grupo de leonas dormita sobre la hierba mientras las gacelas olisquean con curiosidad sus excrementos. El reflejo de la luna inmóvil se desliza sobre un océano en calma y las doradas hebras del sol se rizan en la cabeza de un mono pensativo. A la sombra de las altas arboledas, una criatura absorta en sus pensamientos se pasea por el borde de la espesura.
Aunque por el momento conserva su buen aspecto, lo cierto es que el coronel Alejandro de Merola no se encuentra muy bien. Siente agudas punzadas en la boca del estómago y una pavorosa corriente eléctrica le recorre la espina dorsal hasta clavarse como una flecha en su cabeza.
La desagradable sensación de náusea le obliga a perseguir con infructuosas zancadas los huidizos recuerdos de la felicidad perdida. Pero el esfuerzo sólo hace más caótico el desvarío de su mente espantada.
No sabe adónde dirigirse y deambula por el vacío como si deslizara sus pies descalzos por el limo de un charco. La penumbra lo envuelve y el eco de su voz tiembla en la oscuridad. Finalmente, después de perder la noción del tiempo, descubre a su alrededor un paisaje extrañamente familiar.
La frondosa copa de los árboles se mece con el viento, las aves de colores revolotean sobre el prado y la luz centellea en la crin de los caballos. El coronel Merola admira la exuberancia vegetal que le rodea y confirma cuánto se parece este lugar al Paraíso que durante siglos han imaginado los artistas.
La dichosa sensación —que parecía sepultada por siglos de ingratitud— le devuelve emociones olvidadas y pronto siente la necesidad de compartirlas con quien pueda echarlas en falta. Entonces, contrariado, chasquea los dedos y recuerda el cuerpo desnudo que un momento antes se escabullía entre los árboles.
Aparta las ramas de los arbustos y la descubre en el claro del bosque. Le ofrece una amable sonrisa y se pregunta si acaso al hablar usarán la misma lengua. Si podrá interrogarla y entender lo que vaya a decir del mundo adonde ha ido a parar.
Parece que vive a la intemperie, pero su piel es una membrana tan quebradiza como el pétalo de una flor marchita. No está curtida por el aire que a cada paso inhala con veneración. Balancea suavemente los brazos y deja sobre la hierba húmeda la delicada huella de sus pequeños pies. Se acerca al inesperado forastero, frunce el ceño y lo observa con disgusto.
En la fragilidad de su cuerpo desnudo, en sus incipientes pechos de doncella, en sus labios encarnados, el coronel reconoce la marca de una extraña castidad. Le perturba la visión de su belleza, pero sólo cuando se atreve a mirar su pubis de tupido vello blanco descubre que entre sus muslos cuelga un pene de gran tamaño.
Le sonroja la monstruosa naturaleza de la criatura silvestre, pero cuando alarga la mano en señal de compasión, sólo recibe a cambio una mueca de desprecio.
—¡Basta! —le grita, abriendo su boca crispada—. ¡Vete! ¡Lárgate de aquí! Ten por seguro que te arrepentirás de haberme importunado.
La criatura, después de amenazar al coronel Merola con su puño tembloroso, se sienta en el suelo. Apoya la cabeza en las rodillas y se pregunta:
—¿Por qué me has hecho esto otra vez?
2. Sólo un idiota confía en los demás
Sin dejar de parpadear, el capellán se enreda en una confusa meditación. Tan pronto como consigue acabar un párrafo, de inmediato regresa al anterior. Por si algo esencial se le hubiera escapado. Deletrea las frases en voz alta, intenta comprender cómo se vinculan entre sí las enrevesadas proposiciones del texto, y no encuentra la razón que le permita seguir el hilo de un argumento que a veces le parece tortuoso y otras, inaprensible.
Con la vista cansada, pellizcándose con fuerza el entrecejo, abandona la lectura que tantos quebraderos de cabeza le ocasiona y busca en sus compañeros de viaje un consuelo ajeno a su melancólica resignación. Examina el amasijo de docilidad y fuerza que distingue a los buenos soldados y observa al que parece estar dormido. Un coronel de aspecto arrogante que suda copiosamente, pronuncia palabras incomprensibles y mueve la cabeza como si quisiera salir de un agujero.
Con un escalofrío, sin perder un segundo, el capellán se dispone a cumplir el precepto de ayudar a los demás. Cierra con suavidad el libro que está leyendo, se sienta a su lado y sonríe al colocar la mano en su rodilla. Le preocupa que el coronel descubra de golpe dónde está y quiere evitarle una desagradable decepción.
Como aún no ha llegado el momento de interesarse por sus problemas personales, el capellán, con un susurro que nadie puede oír, le adula por haber tenido tanta suerte. Al fin y al cabo, dice, no todos podrán visitar el lugar elegido por Dios para crear al hombre. Y sonríe otra vez.
Le anima a ponderar la proeza del Creador, la obra que el gran patrón de los alfareros consumó en un abrir y cerrar de ojos. Glosa la virtuosa destreza de sus manos y el más deslumbrante de los atributos divinos: ¡la inteligencia de su piedad!
—Esa fuerza —dice bajando de nuevo la voz— que mientras sostiene el aspecto del mundo te ayuda a soportar sus males.
El sermón es caritativo y presuntuoso. Se ve que el sacerdote —un hombre atento, feo y delgado— sabe aliviar a los afligidos. El viaje le ha pillado por sorpresa, pero estar tan familiarizado con las penas que le confían en el confesionario le permite afrontar las turbias angustias del hombre.
El cura ofrece afecto y comprensión. Pero el desaliento es mejor que la misericordia. Más terco. Y el oficial, aunque es un soldado con el correaje ceñido y con un sincero juramento de lealtad en los labios, quiere encontrar ahí abajo, en la planicie de un país arrasado por la guerra, la señal que desmienta sus temores.
Y éstos no son una nadería.
Si algo puede ser peor que los tormentos del infierno y más aterrador que la agonía de morir viendo cómo te arrancan los dedos con unas tenazas de acero al rojo vivo, se parece mucho a lo que siente nuestro hombre cuando dice «Me duele la cabeza».
Sin ofrecerle el gesto de agradecimiento que el capellán cree merecer, el coronel Merola se reclina en el asiento y lanza por la ventanilla del avión, a través de las nubes, una mirada suspicaz.
¿Qué habrá sido de aquella criatura? ¿Andará sola y enferma, maldiciendo la desdicha de haber nacido?
El cura se encoge de hombros, regresa a su asiento y, antes de concentrarse de nuevo en su hermético tratado, comprende que el coronel Merola prefiere estar solo.
Y es cierto. Al coronel le ronda la sospecha de haber cometido algo espantoso y no sabe cómo podría pedir perdón por un pecado olvidado. Tampoco logra encontrar entre sus confusos recuerdos el motivo que antes lo mantenía tan seguro de sí mismo. Ni siquiera sabe en qué momento perdió de vista al hombre que había conseguido ser.
Sin duda fue un brillante alumno en la Academia, un infalible campeón en los concursos de tiro, el mejor jinete español en las Olimpiadas, el más preparado en las comisiones gubernamentales de la OTAN.
¿Qué puede quedar en mí de todo aquello?, se pregunta con desaliento.
A veces se deja llevar por el impulso de dar una orden al cielo que está sobre su cabeza. Como si pudiera interpelar al vacío que se extiende más allá de su comprensión y exigirle que todo vuelva a ser como antes.
Teme desfallecer, derrumbarse, quedar en evidencia a causa del daño que sufre con sigilo. Pero está obligado a ser alguien digno de admiración. El mundo no deja de girar sobre sí mismo y todo le fuerza a comportarse como si fuese otro el que padece en su lugar. Así que no le queda más remedio. Debe proteger el prestigio que tanto le ha costado conseguir.
No lo considera una victoria personal, pero los años le han enseñado a perfeccionar el arte de engañar a los demás. Una destreza que le causa asombro y, a veces, vergüenza. Sin embargo, cuando se pregunta ¿Acaso es posible decir la verdad?, se siente aliviado. Le consta que es tarde para hacerlo. Además, ¿quién querría darle consuelo? Decirle: «No temas, todo pasará. Has hecho más de lo que un hombre puede hacer. Has ido más lejos que cualquiera de nosotros. No sabes cuánto te respetamos».
Efectivamente. Sólo un idiota confía en los demás.
Una fuerte sacudida hace temblar la cabina del avión. Al dar un vistazo a los soldados que permanecen en sus asientos, se pregunta cuánto faltará para llegar.
Con un maquinal estruendo, balanceando sus pesadas alas, el avión atraviesa la bruma matutina, desliza su robusto fuselaje entre las corrientes de aire y desciende hasta aterrizar en una polvorienta pista de grava. La nave, pintada con manchas de camuflaje verde y marrón, gira a un lado y a otro, recorre un centenar de metros, avanza y finalmente se detiene.
Cuando el coronel Merola se asoma por la puerta, evitando con la mano el destello del sol, el aire que entra de una bocanada en sus pulmones le produce un nuevo entumecimiento. Se le secan los labios y su ánimo se encoge como el corazón de un conejo acorralado.
A ver si todo acaba de una vez. Es una solicitud que no quiere hacer en voz alta.
Los soldados descienden con tiento los empinados peldaños de la escalerilla y, alineándose uno junto a otro, forman en escuadrón. Quizá sea el aire viciado por las oscuras humaredas de los pozos que arden cerca del aeropuerto, o el repentino vértigo del que acaba de llegar, el caso es que tres de ellos caen al suelo. La sombra de la bandera izada en un poste de electricidad ondea sobre sus cuerpos desmayados. Ningún camarada abandona la fila para darles un sorbo de agua.
En el viejo aeropuerto no hay nadie ajeno al trasiego de la tropa: ni tras los cristales astillados de la torre de control, ni junto a las puertas desgajadas que se amontonan en el suelo. Los boquetes abiertos por la metralla en la fachada evocan el tiroteo del combate. El edificio es una ruina en medio de una nada yerma y polvorienta.
Cuando suenan los primeros compases del himno nacional, la cabeza mareada del coronel deja de dar vueltas. Mientras va encontrándose mejor l
