La soledad de los perdidos

Luis Mateo Díez

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

I. Pasos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

II. Pisadas

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Capítulo 116

Capítulo 117

Capítulo 118

Capítulo 119

Capítulo 120

Capítulo 121

Capítulo 122

Capítulo 123

Capítulo 124

Capítulo 125

Capítulo 126

Capítulo 127

Capítulo 128

Capítulo 129

Capítulo 130

Capítulo 131

III. Pasadizos

Capítulo 132

Capítulo 133

Capítulo 134

Capítulo 135

Capítulo 136

Capítulo 137

Capítulo 138

Capítulo 139

Capítulo 140

Capítulo 141

Capítulo 142

Capítulo 143

Capítulo 144

Capítulo 145

Capítulo 146

Capítulo 147

Capítulo 148

Capítulo 149

Capítulo 150

Capítulo 151

Capítulo 152

Capítulo 153

Capítulo 154

Capítulo 155

Capítulo 156

Capítulo 157

Capítulo 158

Capítulo 159

Capítulo 160

Capítulo 161

Capítulo 162

Capítulo 163

Capítulo 164

Capítulo 165

Capítulo 166

Capítulo 167

Capítulo 168

Capítulo 169

Capítulo 170

Capítulo 171

Capítulo 172

Capítulo 173

Capítulo 174

Capítulo 175

Capítulo 176

Capítulo 177

Capítulo 178

Capítulo 179

Capítulo 180

Capítulo 181

Capítulo 182

Capítulo 183

Capítulo 184

Capítulo 185

Capítulo 186

Sobre el autor

Créditos

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A Agustín Delgado, in memoriam

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I. Pasos

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1.

 

La noche viene con la niebla y lo que Ambrosio Leda no acaba de decidir, cuando desde el Alto de Listán ve los grumos en la distancia, que se parece más a la profundidad que a la lejanía, es el sentido de sus primeros pasos. Una dirección acorde a lo que en Balma, la Ciudad de Sombra donde vino a esconderse hace ya quince años, llaman la orientación de la voluntad urbana.

Dar sentido a esos primeros pasos, ahora que la noche llega con la niebla y en la humedad del precipitado oscurecer la lengua lame los desmontes, puede ser la garantía de un mínimo orden en la cabeza de Ambrosio Leda.

Del desorden de los sentimientos y del altercado de las emociones es mejor precaverse sin dar rienda suelta a la imaginación o posponiendo lo que la memoria en cualquier momento reclama. El orden en la cabeza es necesario en la vida de Ambrosio Leda para que el desorden del mundo no le afecte tan imperiosamente. Siempre tuvo Ambrosio, ya mucho antes de venir a esconderse en Balma, la reclamación de una existencia contraída entre las deudas pendientes, como si vivir precisase de un esfuerzo lleno de débitos o el mero acto de abrir los ojos cada mañana supusiera un déficit.

 

Los grumos no tienen una atracción especial en el paisaje, casi hay que adivinarlos en la sustancia de la niebla, pero existe una palpitación en las indecisas coagulaciones y los ojos de Ambrosio, que suman a la opacidad de sus cataratas una curiosidad visual en la que no puede interponerse el humor vítreo, detectan la palpitación y retienen la resonancia de un agobio respiratorio, como si la noche vecina mostrara el desgaste de los pulmones.

 

Los primeros pasos de Ambrosio Leda, cuando cierra la puerta del chamizo y, al fin, camina por el sendero de la derecha en la línea menos arriesgada del cercano desmonte, corroboran ese orden incipiente en su cabeza, ajustan la voluntad urbana de una decisión orientadora.

 

Balma tiene una puerta de tierra por donde Ambrosio asoma al Norte de la Ciudad de Sombra. La puerta horadada en el extremo del último desmonte, tras cruzar la carretera y demorarse en la Vaguada de Letio, es el resultado de una incisión que perdura como la cicatriz de la herida, el único indicio de que Balma estuvo sitiada y llegó a desangrarse en la escorredura del barro y la ceniza.

Hay un susurro en la cavidad que contiene la niebla y apura el viento.

La cabeza de Ambrosio late requerida por lo que el susurro musita en la puerta de tierra, y antes de pasar por ella al interior de lo que en la Ciudad de Sombra es un Norte devastado, la cabeza descifra las palabras que tienen igual desgaste que las de cualquiera de los sueños con que Ambrosio se va desprendiendo del pasado en el que los quince años de su huida son los quince tramos de su desaparición.

 

La línea más oscura, o acaso más sucia y mugrienta, de la Ciudad de Sombra, que en la mirada de Ambrosio Leda, cuando la puerta de tierra queda atrás sin que su murmuración se prolongue en otro eco que el de las palabras que perdieron el pensamiento y el deseo, cimenta la opacidad que favorecen las cataratas, como si el cristalino se complaciera en la niebla, y la noche fuese el acicate de una ceguera a la que sólo le falta el tiempo de su maduración.

Un Norte sin otra visible ruina en su corona que la de los paredones demolidos del Cedal, donde ya son pocas las piedras sillares que mantienen la ordenación originaria sin que apenas se distinga en alguna de ellas el labrado paralelepípedo rectángulo, donde la señal de la esquirla no se sabe si proviene del cincel o del disparo.

 

Ambrosio siempre rehúye esas piedras y jamás se le ocurre sentarse en ellas, aunque en algunas mañanas, cuando regresa más exhausto de lo previsible tras el recorrido de la noche y el Norte no tiene otra meta que la cuesta arriba que le hace retroceder cada dos pasos para recuperar uno y llegar a su guarida, el cansancio lo doblega y la tentación de sentarse es casi insuperable.

Las rodea inquieto, y tampoco escucha lo que habitualmente dicen quienes en ellas permanecen: los hombres que en la mañana fuman despacio el que parece un cigarrillo que no tuvo fin, o que en la demora de consumirlo invierten los minutos finales de la existencia, el humo de su expectativa y de su fatalidad.

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2.

 

Es una corona de espinas.

Lo dijo el Diario Vespertino en alguno de los artículos que en su día fueron evaluando los daños urbanos de la Contienda, al atestiguar que en el paraje devastado apenas pervivían las ruinas del Cedal. El resto del Norte en la corona mugrienta delimitaba la línea de una destrucción reiterada, con el brote arrasado en el muñón de las viejas edificaciones y la quemadura en las huertas y las camperas.

Las espinas forjaban la corona en la cabeza de la Ciudad de Sombra, si, como entendía Ambrosio Leda, la Ciudad no era otra cosa que un cuerpo derribado y con los brazos abiertos.

La cabeza reposada en el Norte con la inclinación y el peso de la nuca, sin que el rostro contuviera ninguna señal, ya que no existía gesto que diera la mínima identidad.

La Ciudad de Sombra tenía borrada la mirada, lo que equivale a decir que los ojos se habían extinguido en la antigüedad de su destino.

De los brazos extendidos, la mano izquierda indicaba el Este, donde podía rozarse el distrito más extremo de la Condonación, y la mano derecha orientaba las avenidas y las vicisitudes urbanas del Oeste, con los distritos del Temblor y la Simiente. Hacia el Sur, las piernas juntas de la Ciudad de Sombra se estiraban como dos carreteras paralelas o una misma avenida escindida en dos direcciones. Los pies desnudos rezumaban un sudor frío en las Colominas o la fiebre del Ejido y la Manchuria.

 

Por el cuerpo derribado, que en el pensamiento de Ambrosio Leda tenía mucho más que ver con el cansancio que con la enfermedad o las heridas de los combates, resultaba costoso andar.

La encarnadura urbana no propiciaba el sosiego en ninguna dirección y, a pesar de la delimitación estricta de los puntos cardinales, el extravío era la opción más benigna entre los huesos y la piel agostada, el pergamino y la piedra, un tegumento que parecía más arañado que escrito.

En muchas ocasiones, cuando los pasos de Ambrosio eran más inciertos o la cabeza se le iba sin que lograra sujetar el vestigio de la imaginación más dolorosa, aquella que reincidía en el pasado como si los quince años de animal escondido de nada sirviesen, la intuición del cuerpo tendido se revelaba con un estremecimiento.

El cuerpo de la Ciudad de Sombra crepitaba con la respiración alterada, y Ambrosio era el único habitante que podía correr para guarecerse en un solar o un descampado mientras el cuerpo buscaba una postura más cómoda, en el vano intento de reposar de costado o de aliviar aquella inmovilidad que adormecía los músculos, la carne yerta.

 

Ambrosio era el único habitante de la Ciudad de Sombra que percibía las alertas. La respiración, el ahogo, un estallido muscular, el vacío del estómago o la conmoción que en el sueño le estiraba el cuerpo como si el alma del durmiente quisiese huir sin que la carne lo permitiera.

Era una sensación paralela a la de los sueños de Ambrosio, fatalmente reconducidos, tras el vacío y la desolación de sus tramas, a esa tensión del alma prisionera de la carne, imposibilitada para un vuelo liberador que le permitiera escindirse de la materia.

Los sueños que atenazaban el espíritu de Ambrosio Leda, y que en el fértil río de sus emociones más turbias suponían la mayor contribución a su desgracia...

 

Siempre hay un susurro que contiene la niebla y apura el viento, en esos primeros pasos que suscitan la orientación de la voluntad urbana.

La cabeza de Ambrosio late requerida por lo que el susurro musita desde la puerta de tierra hasta vislumbrar el interior de la Ciudad de Sombra en el Norte devastado.

La cabeza descifra las palabras que tienen igual desgaste que las que se pronuncian en cualquiera de los sueños con que Ambrosio se va desprendiendo del pasado en el que los quince años de su huida son los quince tramos de su desaparición.

Ese primer latido en la cabeza de Ambrosio se parece al del eco milenario que resuena en la memoria de la Ciudad de Sombra.

Siempre son voces anónimas que se esparcen con el requerimiento de los desaparecidos.

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3.

 

—No es el porvenir, no cabe y, sin embargo, hubo un uso cotidiano en el que el pensamiento se acogía al futuro como la reserva de los mejores deseos.

—Nunca fui el recipiendario que acude a una llamada o a un recibimiento. Nadie me retuvo jamás con intención de no soltarme. Lo que queda por el camino es la huella de un extravío o de una persecución. No me parezco a quienes te habitaron, apenas a quienes ahora sobreviven como yo en las fronteras de los extrarradios o emboscados con mejor fortuna.

—Es que el porvenir se agotó, ya no cabe. Las ciudades que gastaron la raigambre, heridas y expoliadas, venidas a menos sin solución de continuidad, también perdieron la decadencia y se sumaron sin más al desperdicio y la ruina. Eran antiguas y se hicieron viejas. No hubo decadencia, sólo deterioro y desperdicio. Pero es verdad, no lo dudes, entre los mejores y últimos pensamientos subsistieron los buenos deseos. Ya no había porvenir y, sin embargo, el futuro era un deseo. Aquello que todavía se quiere.

—Un rastro que es un gesto. Esos pensamientos pueden atormentar un sueño, poco más. Lo que todavía se quiere no tiene alternativa, nada que rascar, ninguna encomienda. No cabe.

—Quedaban los vestigios. Cuando todavía existía un uso cotidiano en el que el pensamiento no se resignaba a darse definitivamente por vencido y el deseo pertenecía precisamente al pensamiento. La señal, el resto, lo que ahora ya contabilizamos como ruina. Los vestigios, mientras quedaron, mientras aliviaron la vejez que tanto ensucia la antigüedad y siembra los escombros, fueron indicios para averiguar alguna verdad, el propio pensamiento encaminado al futuro.

—En la condición del huido no hay vestigio que valga. Conviene esconderse sin dejar el mínimo indicio que suscite una averiguación.

—El porvenir se agotó, la raigambre quedó desgastada. Las mismas raíces trabadas entre sí, saciadas en la madurez de los frutos, llegaron a pudrirse. Lo que une a los habitantes, hábitos y afectos, también los intereses y todo lo que les antecedió, dejó de ser estable y ya ni siquiera el pavimento fue firme bajo sus pies...

—En esa incertidumbre viven, y lo más curioso sería comprobar cómo el pasado legó una buena parte de las angustias y los desastres, de tal modo que los monumentos y las ruinas no sólo atañen a la imaginación y la gloria sino también a los sentimientos oscuros que anidan debajo de las piedras, y expanden el veneno de la codicia y la envidia y el aborrecimiento.

—Nada se acaba y todo se consuma. Es un modo de creer que en el tiempo, sea como sea la historia, y se encadenen los hechos con parecida impiedad, hay fines y finales, una herencia del orden y del desorden, un término, un acabamiento que mantiene su continuidad en el pensamiento y el deseo, una consumación que fortalece el tránsito de las cosas y las ideas. Lo que acaba y no termina. Del tiempo es de lo que menos conciencia guardan los habitantes que tanto se cuidan de medir y sentir el suyo.

—El porvenir se agotó. Hubo demasiadas Contiendas y en la arquitectura urbana el modelo de los monolitos y los arcos conmemorativos quiso imponer la memoria de lo que nadie deseaba recordar, como si el mármol y el bronce de las palabras inscritas para la preservación fuesen huellas impías, datos de la maldad y el descrédito.

—No cabe, no le demos más vueltas. Una memoria sucia, reventada, los guiñapos y las tripas y el hervor mental de las desolaciones. El mismo desafuero de los tribunos y los sacerdotes. Las castas y las razas, y las cabezas picudas y las serpientes que se guarecen en las cunas de los recién nacidos. Convengamos que casi siempre el olvido es más piadoso que la memoria, aunque haya muchos jueces que no lo avalan con su autoridad, temerosos de que el olvido ciegue sus ojos y sus bienes.

—Las dudas abundan como los pasos del que huye. Yo no tengo otro patrimonio que el de haberme escondido, y hay una voluntad urbana muy superior a la mía, ya veis qué desdicha.

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4.

 

Quince años atrás, un dieciséis de enero, llegó un hombre a la Estación de Balma, en el correo del Noroeste. Eran dos los convoyes que en Balma confluían desde el centro peninsular y allí diversificaban el tramo final, uno hacia el Castro Astur y el otro hacia el Galaico.

El Astur se detuvo esa mañana con dos horas de retraso, y el hombre bajó del último vagón cuando el amanecer no acababa de romper la pesadumbre de un cristal morado en el horizonte.

El hombre aguardó a que el convoy iniciara la marcha y saltó al andén en ese momento, midiendo con precisión los pasos para cruzarlo y colarse en la Sala de Espera.

Apenas habían bajado cuatro o cinco viajeros que se fueron presurosos, y no hubo ferroviarios revisando las ruedas y los enganches, sólo la calma de un factor que cruzaba las vías, y la bandera del jefe de estación alzada cuando el Astur dio tres pitidos y, entre el vapor y el humo, se estremecieron los vagones, rechinaron los topes y estallaron algunos cristalillos helados en los hierros y las junturas.

 

El convoy retomaba el esfuerzo de su dirección y, hasta alcanzar la pasarela donde quedaba el término de la Estación de Balma, resopló aturdido, como si el humo le atascara los pulmones y el enfermo no lograse equilibrar la respiración.

En la Sala vacía, el hombre tuvo también que esforzarse para equilibrar la respiración. Lo hizo apoyado en la puerta, sin que todavía el relumbre morado del horizonte dejase de remover aquella pesadumbre que había hecho de su viaje un camino tan largo como peligroso.

No tenía conciencia de que el tren se hubiese detenido en otras estaciones, aunque sabía que lo había hecho en algunos tramos de la Estepa.

La noche lo cercaba entre el viento que podía haberlo sacado del curso de las vías, como si el convoy pudiera rodar por la tierra pelada, dando tumbos sin otra orientación que la que el viento marcase con el riesgo del descarrilamiento. La noche lo tragaba y esa misma boca era la que se abría para que el hombre asomara a un abismo que reproducía muy bien el que resonaba en su interior: el tajo que el miedo incitaba en las emociones de su desvalimiento, cuando el riesgo de que le descubrieran parecía inminente.

Lo que el hombre soñaba, dormido al pie de la ventanilla que cubría la noche como una cortina de carbón, antes de llegar a Balma, era que en el tren vacío, descarrilado, sin viajeros en ninguno de los vagones y con los servidores ferroviarios ensimismados en sus puestos y ajenos a lo que pudiera suceder, resultaba más fácil que lo identificaran. El sueño no era una garantía de su desapercibimiento, antes al contrario, lo dejaba indefenso, fácil de descubrir, como el saco de patatas que alguien abandonó ante la sospecha del estraperlo.

Subieron dos hombres. El único contraste entre ellos era la altura y la delgadez de uno y el corte achaparrado y obeso del otro. Las trincheras y los sombreros además del mismo color sufrían igual desgaste y a los cinturones se les saltaban las hebillas.

Lo que pudieran tardar en recorrer los vagones vacíos no equivalía a la desazón de presentirlos con la amenaza de su inspección. El tiempo no era el mismo en el convoy detenido en la Estepa, como si alguien lo hubiera sacado de las vías, que en el traqueteo del viaje, cuando las traviesas marcaban el ritmo del minutero.

En el sueño del hombre la idea del retraso horario se amoldaba a la sensación del mayor peligro, ya que la distancia corría a favor de la huida y el tren simulaba en la noche el escondrijo de la velocidad, lo que cualquier bicho podría considerar el aliciente de la guarida si lograba llegar a ella cuando más la necesitase.

 

El hombre abrió los ojos y, al tiempo, hizo el gesto de llevar la mano al bolsillo interior de la chaqueta, como si buscara el billete que le requería el revisor, pero las dos figuras que llegaban, una detrás de otra, no se habían detenido y le rebasaban sin advertir su presencia.

—Es el sueño quien me defiende —pensó el hombre—, lo ideal sería dormir hasta estar salvado.

Los hombres se quedaron quietos unos asientos más adelante, siempre a su espalda, y fue la primera vez que escuchó las voces que compartían igual ronroneo.

Hablaban como ratones o elegían las palabras con la suspicacia de quien no quiere ser escuchado, escarbando en el suelo de las mismas o arañando lo que significan, sin que en ningún caso pudieran interesarles demasiado.

Lo que ellos se trajeran entre manos, como en tantas ocasiones llegaría a pensar, acaso ni ellos mismos lo supieran del todo, ya que en el cumplimiento de algunas órdenes, o de algunas encomiendas, es mejor no enterarse por completo de la pretensión de las mismas.

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5.

 

Lo que Balma semejaba en la mañana incierta, cuando el hombre abandonó la Estación en la lejanía de aquellos quince años, era lo que la Ciudad de Sombra supuraba según el testimonio del cronista Decelio: la pestilencia que de la noche llega al día.

El relumbre morado contenía una suciedad de carmín y azul; la raya tiznada en el horizonte maloliente, que el hombre percibió con mayor disgusto cuando su respiración se hizo más profunda.

Respiraba con temor y desaliento, con la necesidad de quien quiere pasar inadvertido sin que los pulmones le ayuden. Evitar la tos era igual que hacerlo con el tropiezo de los pies entumecidos o las botas que perdieron los cordones en alguna carrera. La previsión del sobresalto aceleraba el pulso y llenaba de impaciencia el corazón.

 

La disciplina del hombre en la huida, los días sesgados desde que dejó el hogar tras los últimos trámites de la Depuración y el requerimiento que al tiempo notificaba la insuficiencia de los avales, se aferraba a la orden de no mirar atrás, no volverse en ningún caso. Lo que pudiera quedar era lo mismo que lo que debiera dejarse, y en ese orden de valoraciones todo tenía idéntico sentido.

La Depuración suponía el sometimiento a un expediente destinado a sancionar las posibles responsabilidades políticas, sin que hubiese otra opción rehabilitadora que la de quienes con sus avales pudieran responder de su conducta.

Lo que el hombre había sobrellevado en el recuento de sus actos, a lo largo de aquellos meses en los que el expediente acumuló las actuaciones enjuiciadoras sin ninguna expectativa favorable, ahondaba el desánimo y reconducía el temor a la amargura y a la perdición.

 

Los cordones que se desprendieron de las botas, sin duda por el descuido de no anudarlos debidamente, no merecían el esfuerzo de recobrarlos; nada justificaba el gesto de recoger lo que caía o de volver a mirar, cuando el tiempo de salir de casa resultó tan acuciante, la alcoba donde la mujer dormitaba con el niño apretado contra el pecho. La alcoba ofrecía el requerimiento más radical del cobijo, la atracción de lo que el sentimiento más hondo recababa en la disolución de sus pasos, lo más duro de dejar.

Pero la disciplina del hombre en la huida respondía a la decisión y al recelo, cualquier incumplimiento en la nimiedad de esas responsabilidades sería suficiente para minar el largo aprendizaje que iba a suponerle la desaparición.

El hombre sabía que en los términos de la huida, ya que no iba a tratarse de un largo viaje, de una distancia que auspiciara la coartada de una notable lejanía, sería imprescindible que nadie se percatara de su presencia, al menos en la variación sospechosa y que, al fin, acomodado a la costumbre de la nueva vida, se produjese la metamorfosis que lo transformara en otra persona.

 

Lo que hizo el hombre en la incipiente mañana de su llegada fue iniciar un consciente merodeo con el que poder ir delimitando la geografía urbana de la Ciudad de Sombra.

La elección de su destino no por precipitada era menos decidida. De la Ciudad de Sombra tenía la advertencia de un lugar acomodado al pensamiento del abandono.

El enclave de la misma en el vértice de la Estepa y la estribación de los Montes Murales orientaba la lejanía de un reducto ajeno, entre la escolta de los ríos paralelos que en nada contribuían a ampararla, como si entre el Nega y el Margo no existiese ninguna contribución común ni la mínima confianza.

Dos ríos paralelos, con sus fuentes matrices en los bosques de Alcidia, el manadero cercano de uno y otro y la dispersión inmediata hacia las contrapuestas laderas de los Valles del Venero y los Murales.

Los ríos que bajaban por las vegas aledañas, a uno y otro lado de la Ciudad de Sombra, al pie de parecidas choperas y con igual frescor en las tabladas primerizas donde saltaban las mismas truchas o, al menos, las que tenían en los lomos las pintas tatuadas con iguales colores.

Esa circunstancia de los ríos desavenidos no era inocua en el propio destino de la Ciudad de Sombra.

Los ríos no apretaban la consistencia urbana al delimitarla en sus cauces, la dejaban suelta, desarticulada, esquivándola en los meandros, como si no existiera una condición fluvial para que el destino urbano tuviese un sentido o como si, en el desentendimiento que los ríos sufragaban, la Ciudad de Sombra encontrara el ideal de su extravío: los cauces enemigos, las aguas irreconciliables, un musgo quemado en las orillas, y el cuerpo intermitente, verano tras verano, del ahogado que dejó hijos que jamás se hablaron al otro lado de las corrientes.

 

En el camino del hombre, aquella mañana de un dieciséis de enero, la bruma morada tenía el perfil de la piedra en la atmósfera de Balma.

La pestilencia que la noche dejaba al llegar el día flotaba sobre la humedad en el pavimento y en las fachadas del Barrio de la Estación, pero cuando el hombre sintió la necesidad de subir a la pasarela que se alzaba sobre las vías y se detuvo en medio de ella pudo percibir el poder de la piedra, el perfil morado de las moles monumentales, cuyas torres asomaban en la neblina que deshacía la nieve más menuda, un mar de cristal empañado y roto y la fiebre de la congelación que apuraba el mal olor, ya que la Ciudad de Sombra enfermaba en el invierno, y una razón crucial de su desolación y abandono era precisamente la de la leyenda que mantenía la idea de que se trataba de una enfermedad infecciosa.

El hombre se hizo desde la pasarela, que a lo largo de los quince años que ahora llevaba en Balma siempre fue una especie de mirador al que pocas noches no acudió, la imagen más o menos desconcertante de aquella urbe que había elegido como refugio y escondite.

La imagen con que el merodeador empezaba a delimitarla con pasos decididos, pero no por ello menos cuidadosos, propicios para abastecer su posesión, como si al pensarla delineara las formas de un dibujo que poco a poco se convertiría en el mapa de la Ciudad de Sombra que, como bien pudo llegar a comprobar, tanto difería del que otros en condiciones no muy distintas a las suyas habían realizado.

El anónimo rumor de los desaparecidos ya resonó en su cabeza aquella mañana.

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6.

 

—A lo que sabe la vida cuando acaba. La nicotina ofrece este aliciente, y yo le saqué gusto al alcaloide. Me conformaba con poco.

—La dichosa muela picada. Ya es el colmo que me siga doliendo. Fumaba para entumecerla, igual que hacía con la copa de coñac u orujo. Me dolió la muela más que la bala.

—La muela, el alma, un pie torcido al correr. También la cabeza con las ideas revueltas, que enturbian el pensamiento y además de doler pesan como plomo. El alma duele con la aspereza de los remordimientos, es preferible que se te hinche el tobillo.

—Hay que reconocer que al final ya no son muchos los intereses que quedan, hayas vivido lo que hayas vivido. Lo que duele, lo que gusta...

—Ni el mínimo recuerdo. Voy a seros sincero. Nada me vino a la cabeza que no fuera esa hormiga viciosa que subía por la piedra como si la llamaran. Tuve la intención de aplastarla con la yema del dedo y sonó el disparo.

—La mente se me quedó en blanco. Cerraba los ojos para recuperar un poco de oscuridad. En el pensamiento no había otra cosa que una luz de cal y dinamita. Era el resultado de la explosión. No hubo restos de nada, ni de las emociones ni de los sentimientos, ni de la razón y la conciencia. La luz lo borraba todo.

—Yo tenía el presentimiento de que iba a sonar la campana de San Tilde. Un presentimiento o una obsesión. A esa iglesia va todas las mañanas la pequeña de mis hijas. Se santigua y no reza, le da por llorar. En San Tilde huele a cera y, en este caso, a pólvora. Salitre, azufre y carbón. El tiro me quemó el cuello. Esa chica va y viene como si estuviera descontrolada desde que el padre le dijo adiós, sin que ella imaginara lo que suponía la despedida. Van a cuidarte con el mismo mimo que a tus hermanas, no pongas esa cara, no me echarás de menos, no eres distinta a las otras. No reza, llora. Las lágrimas le están quitando la salud.

—Lo que no quiere decir que en algún caso no haya un sueño que parece un recuerdo. Estaba quieto, igual que tú, aquí sentado en las piedras del Cedal del mismo modo, como ahora lo estamos, aunque es más lógico que sean los muertos los que no se muevan. Soñaba que me había puesto de pie, luego volvía a sentarme. Pudieran ser los nervios...

—Los nervios, la inquietud, la sensación de que en la misma inmovilidad hay un viento que abate lo que se siente, como si de nada pudiera ocuparse uno con la mínima tranquilidad. ¿Un viento en las vísceras, o en el último recoveco de la cabeza?... No son los nervios, es el temblor de un bosque arrebatado, y la pesadumbre que asedia a las víctimas.

—El afán de no estarse quietos, o un vicio parecido al de la hormiga, que creía que la llamaban de alguna parte.

—La campana de San Tilde que no sonó.

—La hija pequeña.

—Es curiosa esta suerte de eternidad que no tiene paredes. Los cuatro sillares y basta.

—No sé si lo que fumamos es el mismo cigarrillo que nos dieron u otro cualquiera, el último que quedaba en el paquete.

—Tampoco lo sé. La cerilla estaba húmeda, no hubo medio de rascarla, se le deshizo la cabeza en vez de encenderse.

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7.

 

Ambrosio Leda recuerda al hombre en la simetría de aquel camino que le llevó, tras el largo merodeo, al Norte, que tenía el monte nevado y, entre la retama, con más dificultades de las previsibles, donde el declive indicaba la cota de una cartografía militar que pudo confundirse en los meses de asedio o en el desánimo con que las tropas entraron finalmente en Balma, logró distinguir lo que podía haber sido una casamata y que tiempo después, con el aprovechamiento de lo que quedaba de la bóveda, se había convertido en un chamizo.

La cartografía militar la conservaba en la memoria el amigo que había ayudado a Ambrosio en su huida y que, en parecida circunstancia, con los avales denunciados y la inminente notificación sancionadora de la Depuración, también intentaba desaparecer.

Era una hoja en la que el Norte urbano se incrustaba en las estribaciones de los Montes Murales, con alguna determinación comarcal en las sucesivas cotas y la referencia a los límites del Margo y el Nega, como si el papel satinado que el amigo de Ambrosio reproducía tan fielmente en la memoria contuviese la calidad de los relieves, los tajos de las escorrentías y la línea de los sucesivos desmontes que llegaban a la carretera y se abrían a la Vaguada de Letio, indicada con su propio nombre como la línea más honda.

—Podría dibujártelo paso por paso... —dijo el amigo—. Pero no va a ser lo más oportuno que lleves un plano, sería sospechoso. Letio te servirá de referencia. La casamata es un chamizo, y lo que puedo asegurarte es que a ese Norte nadie sube. El último conejo murió fusilado. Lo más importante es que al pie del chamizo tienes un manantial.

 

Ambrosio también memorizó todas las indicaciones. No se trataba de huir más allá de lo posible, con el riesgo de que en el largo viaje le descubrieran. La decisión no era otra que la de desaparecer, y en la Ciudad de Sombra la condición del escondido tenía alguna referencia aprovechable.

La sombra indicaba un remedio en el pensamiento de Ambrosio, también en las palabras de su amigo que, como él, había sido maestro y, años atrás, habían impartido lecciones en las mismas Escuelas Graduadas. No era la luz lo que precisaban, la claridad delatora que ilumina el cuerpo sin que nada ensucie su constitución, el brillo espiritual de su materia.

—Es el doble negativo de esa claridad... —decía el amigo, que tenía en la mirada una inquietud de desvarío y quimera—. El negativo del cuerpo, acaso la imagen de su parte inferior y maligna. La sombra que es un álter ego, pero también un alma.

El pensamiento de Ambrosio se acomodaba mal a lo que escuchaba. El desvarío de la mirada del amigo transmitía la inquietud con excesiva desazón. Y sin embargo la propia imagen de la Ciudad de Sombra, la Balma que indicaba el mapa de su huida entre las cotas de la cartografía militar, el Alto que podía semejarse a un mirador encendido en el sueño irradiaban la atracción del acogimiento, como si también en las palabras del amigo hubiese un sentido beneficioso y consolador.

—La sombra es lo que podemos ver en el agua o en el espejo como el alma o, al menos, como una parte vital de lo que somos. No será errado que vayas allí. Yo no lo hago porque lo que me queda de Balma, desde el sufrimiento de las trincheras donde hice guardia, es el remordimiento de la conciencia. Los muertos que maté y los que me mataron. Ya sabes que hace años que no existo.

El amigo alzó la mano, se la pasó por la frente.

Ambrosio pensó en el vano intento de curar los pensamientos, los malos pensamientos o los malos deseos a que el ser humano se acostumbra mientras vive.

—No es ninguna desgracia, tómalo como un duelo curativo, la luz, la sombra. Puede que no sea otra cosa que la personificación de la parte primitiva o instintiva de lo que somos. Una ciudad con el alma oscura y los espectros que mueven la ausencia en el aire de su imagen vecinal. La que más le conviene a quien huye, no lo dudes.

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8.

 

El hombre llegó al chamizo, las indicaciones del amigo eran precisas. Una puerta descompuesta dificultaba la entrada, y en el vacío del interior se escuchaba zumbar el viento con la resonancia de una chimenea.

La bóveda daba consistencia al recinto, que parecía fortificado por la leña entretejida en los laterales, como si alguien hubiese reconstruido las paredes con el entramado de las antiguas techumbres. La humedad de la nieve espesaba la atmósfera vegetal, un aroma de hierba silvestre, de gramíneas medicinales.

La luz se filtraba en el mediodía de aquel dieciséis de enero como el humo deshilachado de la locomotora, y el hombre tuvo la sensación de que en el término del viaje todavía podía percibir la velocidad de la separación y el amparo helado del monte; el contraste entre la procedencia y el destino, como si el humo de la luz invernal inscribiera la línea definitiva de la huida y el escondite.

Tardó un tiempo en acomodarse. El tiempo real en que su cuerpo asimiló la respiración de la intemperie y el tiempo mental en el que el presente sostendría todo el peso de la supervivencia para que el pasado desapareciese. Nada que no derivara de la necesidad debiera considerarse; ninguna cosa, ninguna emoción, ningún pensamiento. La necesidad sería el único atributo de la subsistencia, en su cualidad de impulso irresistible, lo que se precisa para obrar sin otra alternativa y condición.

 

La idea de desaparecer se sumaba en la mente del hombre a la de vivir sin otro horizonte que el que iguala la precariedad de la materia y el espíritu, nada que encumbre una decisión voluntariosa o un ensueño desmedido que debilite la transformación.

Lo primero que le vino a la mente, cuando dejó en el suelo los escuetos bártulos y se sentó en el centro del chamizo, fue que la existencia, como había comentado con su amigo antes de la partida, podía tener en el refugio un efecto de hibernación.

—El sopor de la despedida. El adiós que nos anestesia.

—Algo parecido a lo que algunos bichos del monte buscan en su retiro. Como si también pudiésemos ser capaces de disminuir las funciones vegetativas y quedarnos en vilo.

—La cueva lo facilita, pero no te hagas ilusiones.

—Es un modo de hablar. Se suspende el tiempo, toda una estación o, todavía mejor, unos años de la vida.

—El sopor convertido en la rutina de un trance.

—Un adormecimiento morboso, persistente.

—La vuelta a la consciencia, tras ese lapsus, puede ayudar a entender la vida de otro modo. El que vuelve ya no es el que hibernó.

—Poco menos que un alivio, no me parece otra cosa. Lo que necesitamos al desaparecer es transformarnos. La coartada para seguir viviendo sin el peligro de que nos descubran sólo podemos encontrarla en la metamorfosis...

 

Ambrosio Leda recordó los días que antecedieron a la huida del hombre. La notificación que rechazaba los avales y determinaba la sanción en el expediente de Depuración, citándole con la advertencia de los cargos.

El hombre venía considerando la estrategia de la huida. Nadie sabía nada en el entorno familiar, tampoco en el vecinal. Las suspicacias relegaban lo que las sospechas hubiesen esparcido en el rumor de quien debía tener un cuidado extremo. Y de eso se trataba ante todo: del cuidado para que nada transcendiese más allá de los requerimientos, alguna impertinencia policial, o el documento que llegaba en el sobre que contenía la citación y que él intentaba por todos los medios controlar.

Las tres personas a las que recurrió como avalistas, después de pensar mucho la decisión, mostraron los mismos intereses que dudas. Lo apreciaban, sabían que podían responder de su conducta, pero no tenían la certeza de que su testimonio fuese el más fiable. Esa falta de fiabilidad se correspondía con la carencia de convicción, y al menos a uno de ellos el compromiso le pareció engorroso, aunque no se atreviera a confesarlo.

Las declaraciones que llegaron a hacer los tres en el expediente apenas certificaban la buena voluntad y un comportamiento en el que no podía apreciarse nada reprochable.

Los cargos de la investigación y de otras declaraciones y denuncias no resultaban tan contenidos, repasaban lo que el hombre parecía haber hecho o dicho en circunstancias diversas: algún viejo carné de filiación sospechosa, la actitud extraña en alguna requisa o no haberse presentado al recibir la citación, cuando en la Comisaría del Distrito se evaluaba el censo de las adhesiones.

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9.

 

Ella dormía con el niño prendido al pecho.

Estaba a punto de amanecer y lo último que el hombre se concedió fue abrir ligeramente la puerta de la alcoba para observarlos.

Logró reconstruir las figuras dormidas a través de las respiraciones que se acompasaban en el rumor de un mismo sueño. La de ella más honda y más indolente, como desligada de la voluntad y el cansancio, y la del niño más precisa, como si en el cuerpecillo el aire tomara del sueño el aliento necesario.

Escuchó el rumor, sorbió el aroma de la lana de las mantas y del cabello que reposaba en la almohada, también el de la leche que el niño había mamado y que en todo momento, hasta después de bañarlo y echarle colonia, exhalaba su piel.

A lo que olía el niño, a lo que olía la alcoba, a lo que la madre acariciaba en el perfume de la carne tan tierna, como si desde el poder de sus pechos toda la casa rezumara el alimento que aseguraba la salud del hijo.

 

Las figuras parecieron estremecerse un instante en la oscuridad, cuando el hombre cerró los ojos y apretó el puño. El gesto no contenía otro reclamo que el del desánimo, nada alteraba la condición de un sentimiento ya sometido a la decisión de lo que estaba haciendo.

Cerró la puerta de la alcoba, caminó por el pasillo, cedió a la tentación de beber un vaso de agua en la cocina. Lo hizo sin encender la luz, cuando todavía el amanecer seguía siendo apenas una amenaza que no rozaba el frío esmaltado de los azulejos.

Llegó a la puerta, había dejado los escuetos bártulos en el descansillo y, casi en el momento de cerrarla, vio a su hija que venía hacia él como una aparición.

—¿Adónde vas?... —quiso saber la niña, que tenía en la mirada una resolución muy distinta al sopor que imprime el sueño.

—¿Qué haces levantada? Vas a despertar a mamá...

La niña llegó a su lado. Los ojos persistían en la pregunta y en la extrañeza.

—Voy a hacer unas cosas, vuelvo pronto —dijo el hombre manteniendo la puerta entornada.

—Nos dejas... —musitó la niña, humedeciendo las palabras.

—No digas tonterías, vuelvo en seguida.

Acercó la mano a su cara, le acarició la mejilla.

—Acuéstate, no hagas ruido.

—Es que no puedo dormir.

—Es muy temprano, tienes que hacerlo. Para mediodía ya he vuelto. Vamos, Lila, que podemos despertarlos.

La niña alzó los hombros indecisa.

—Soñaba.

—Vamos, vamos, tengo que irme, me están esperando. Llego tarde.

—Soñaba que te marchabas muy lejos.

—No voy a ningún sitio. Acuéstate y duerme.

—¿Y si lo vuelvo a soñar, y si no estás cuando despierte?...

—Está tu madre, está el niño.

—¿Y tú?

—Yo no voy a ningún sitio, no seas boba.

 

Ambrosio Leda sabe el costo que tiene cerrar la puerta sin esperar siquiera a que la niña regrese a la habitación.

El desánimo concierne a un desaliento que se llena de culpabilidades, como si ese imprevisto suceso echara por tierra todos los planes o supusiera el mayor vuelco en la estrategia doméstica de la huida.

Esa imagen de Lila, descalza, insomne, con el camisón demasiado grande cubriendo su cuerpo enjuto, está en el límite de un recuerdo que no puede permitirse y, sin embargo, en aquel amanecer de enero el recuerdo no es otra cosa que una advertencia inmediata, el aviso de que lo que está haciendo tiene un precio que podrá contabilizarse en una cantidad de sufrimiento difícil de medir.

 

Lila se acuesta y el hombre, como en tantas ocasiones a lo largo de los siete años de vida de la hija, está sentado en la cama, velando en silencio el sueño que no tarda en llegar, sin que la niña le requiera para que le cuente un cuento o le diga cualquier cosa, sólo que esté con ella, como el testigo silencioso que ofrece el acompañamiento sin más testimonio que su presencia.

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10.

 

—No volvería a verte. Cuando estabas en el pasillo eras como el fantasma diminuto que se te mete debajo de la almohada.

—Perdí una zapatilla. Iba descalza del pie derecho. Sentía el calor de la tarima, el frío de la baldosa. En ese pie persiste el temblor cuando me acuerdo.

—La verdad es que me iba. Me descubriste cuando ya me disponía a cerrar la puerta. Lo que quedaba detrás era lo que definitivamente olvidaría. Vosotras, el niño. No había otra alternativa, lo que me habían comunicado suponía el mayor riesgo para todos. Tenía que desaparecer.

—Cerrar la puerta y que todo desaparezca, no puedo entenderlo. Perdí la otra zapatilla, también el pie izquierdo quedó desnudo. Me daba mucho miedo volver al pasillo y, sin embargo, lo hice. Escuché tus pasos bajando las escaleras.

—Esos tramos son los más dolorosos. Cada peldaño cuenta como una herida que se abre y rechina. Una herida que agranda el esfuerzo de bajar. El pasamanos también produce un escozor en la piel, la irrita. No hago otra cosa que contar los peldaños que me llevan y me retienen, las heridas abiertas.

—Eso queda, nada más. Los pasos en el eco de las escaleras. Las zapatillas no las encontré hasta la mañana siguiente, una en cada sitio, como si también hubiesen huido. Siempre que la puerta se cierra me estremezco. Cuando suena el timbre siento un sobresalto. Los que vienen a casa siempre lo hacen para preguntar por ti.

—En la calle no había nadie. Me asomé desde el portal, lo que quedaba de la noche era un relente sucio. Lo que quedaba de la noche y lo que quedaba en el ánimo de cualquiera que se fuera de casa con la resolución de no volver jamás. Hay que entender que una niña descalza es el reclamo más urgente y poderoso. La niña que tiembla. Los pies desnudos. En la suciedad de ese relente se contagia la conciencia de quien la engañó diciéndole que iba a volver en seguida.

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11.

 

Aspira el hedor de la niebla contaminada.

La noche que viene expande el aroma de su amargura, y en las paredes del Callejón del Cuenco, en el Norte que se abre al dédalo de los pasadizos y las correderas, la humedad tiene el espesor del aceite.

 

Ambrosio Leda ajusta los pasos en el Callejón a lo que la voluntad urbana incita en el camino de cada noche. No existe otra orientación en tantos años que la que establece la costumbre, para que el sentido de los mismos contribuya al orden de algún pensamiento.

 

La Ciudad se abre al sueño, y en las esferas de su encarnadura existe un ritmo de especies y sucesos que se representan mientras duerme, como si en ese abatimiento fluctuase una vida secreta que nadie controla y en la que el tiempo y la memoria apenas se corresponden con los parajes de la representación. El tiempo desleído como una sustancia que se corrompe entre las piedras y los pergaminos polvorientos, y la memoria como el charco que pisan los que van y vienen sin enterarse de la distancia que media entre las calles y las avenidas.

En el sueño de la Ciudad de Sombra nadie tiene cobijo y, sin embargo, la trama urbana proporciona un aliciente a la dispersión y, de ese modo, posibilita los escondrijos y hace que las coartadas resuelvan algunas situaciones arriesgadas, cuando no existe otra alternativa de exculpación que la de poder confesar el lugar más lejano o la situación menos previsible.

 

La mano de Ambrosio Leda roza en la pared aceitosa unos dedos que se mueven como orugas. En sus ojos vibra el cristalino y se mece la telilla de la catarata.

El Callejón es más hondo hacia el interior, la niebla no lo barre en la totalidad y el cieno de la noche todavía no desborda sus paredes. La mano se detiene, los dedos la evitan.

—No soy un ciego para reconocer al que palpa la misma piedra... —dice Ambrosio, intentando distinguir al hombre que se sujeta de espaldas contra la pared.

—No hace falta que sea ciego, yo mismo puedo decirle mi nombre. Me llamo Carpo. Si tiene la amabilidad de no preguntar por los apellidos se lo agradeceré.

—En la Cartilla de identidad los míos tampoco son muy visibles, de suyo el segundo apellido está prácticamente borrado, no se preocupe.

—Es que apellidarse Expósito no es la mejor vitola.

—Lo que importa, más que el nombre y el apellido, es la dirección que se lleva. Me parece que la suya va al revés de la mía. Yo voy y usted viene.

—Tampoco esté tan seguro... —dice el hombre, que se separa de la pared y acaba de toser.

—En el Callejón hay espacio suficiente para unos y otros, y eso que a veces hay muchedumbres. Esta vía de Balma es la que más se parece a una vena en la sien.

El hombre da dos pasos y Ambrosio distingue un rostro mucho más joven de lo previsible.

—Si me deja, lo acompaño...

—No tengo inconveniente —asiente Ambrosio.

—Es que no conozco Balma. La estuve mirando desde la ventana del corredor un día y otro, pero no la conozco. Cuando hablaban de ella en el Castro decían que tenía dos ríos que la ahogaban.

 

No es un hombre, comprueba Ambrosio, es un muchacho espigado y torpe. La cabeza parece prendida sobre los hombros como la de un espantapájaros, y al caminar se traba. No logra andar recto, lo llevan las enormes botas que ni siquiera tienen cordones.

—¿Conoce usted la Vela del Descarriado? Sube el Crucero, llega al Pavía, otra revuelta si le sudan los pies. Es la Balma que tuve a mano.

—¿El Reformatorio o el Correccional?...

—El mismo establecimiento. No le busque distinciones. La Vela gasta igual palo para reformar que para restringir. La conducta viciosa, ya sabe usted, y la mano dura en cualquier caso. El que sale corregido o el que sale reformado es el mismo, quiero decir que no es otro que el que entró, más curtido y peor persona.

Ambrosio se detiene. El muchacho da dos pasos. La chaqueta le vuela como una manta. Vuelve a toser, se encoge. Cuando alza la cabeza se le desploman los hombros. Una bota acaba de salírsele.

—¿Es que estabas en la Vela?...

—Siete meses y tres días, al cuarto ya no pude más. El cuarto es exactamente el día de hoy, la misma hora en el Meridiano de Greenwich.

—Los malos pasos se acomodan frecuentemente a las malas compañías.

—Tampoco esté seguro, yo no necesité quien me animara, la vida misma fue suficiente.

 

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