No más miedo

Erica Jong

Fragmento

libro-6

 

Me encantaba el poder que tenía sobre los hombres. Cuando iba por la calle, mi culo en forma de mandolina oscilaba y se balanceaba y ellos volvían la cabeza para mirarlo. Es extraño que no entendiera del todo este poder hasta que lo perdí o se lo transferí a mi hija; todas las miradas masculinas sobre su núbil cuerpo de veinteañera, como una gran promesa de bebés. Echaba de menos ese poder. Me parecía que las cosas que habían venido a sustituirlo —el matrimonio, la maternidad, la sabiduría de la mujer mayor (puf, detesto esa frase)— no valían la pena. ¡Ah, la pena! La pena es lo que permanece, lo que no deja de arder. Meras palabras que no significan nada. Sé que debería hacerme a un lado como una niña buena y vieja y evitarle a mi hija la vergüenza de revelar mis pasiones, pero no puedo, del mismo modo que no puedo morir como corresponde. La vida es pasión. Pero ahora conozco el precio de la pasión, así que es difícil seguir siendo tan despreocupada.

Pero ¿acaso alguna vez fui despreocupada? ¿Acaso alguien lo es? ¿Acaso el amor no es siempre un cigarro de broma que te explota en la cara? ¿No dijo Gypsy Rose Lee: «Dios es amor, pero que te lo ponga por escrito»? ¿Y no dijo Fanny Brice: «El amor es como un truco de cartas: cuando sabes cómo funciona, ya no te hace gracia»? Esas tipas sabían muy bien de lo que hablaban, y ¿se rindieron alguna vez? ¡Jamás!

No pienso contaros —todavía— cuántos años tengo ni cuántas veces me he casado (he decidido que nunca voy a pasar de los cincuenta). Mi marido y yo leemos las necrológicas juntos más veces de las que tenemos relaciones sexuales. Solo voy a decir que, cuando todos los problemas de mi familia de origen se me vinieron encima y me di cuenta de que mi matrimonio no podía salvarme, llegué a un punto en que estaba tan trastornada que puse el siguiente anuncio en zipless.com[1], una página web para encontrar sexo fácil:

Mujer felizmente casada con energía erótica de sobra busca hombre felizmente casado para compartirla. Celebremos a Eros una tarde por semana. Discreción garantizada. Juguetona, bonita, imaginativa, ingeniosa. Envía e-mail y foto reciente. Nueva York y alrededores.

¡Esta mujer sí que estuvo al borde de un ataque de nervios! Era otoño en Nueva York, una época de ligeras neblinas, fiestas judías y cenas benéficas de cinco mil dólares el cubierto para ayudar a quienes padecen enfermedades chic. Una época para nuevos principios (Yom Kipur), para comenzar de nuevo (Rosh Hashaná) y para sembrar de cara a un invierno estéril (Sucot). Cuando puse el anuncio, me imaginaba entrevistando tranquilamente a distintos candidatos a amante, como una sofisticada sibarita. Pero, de repente, fui presa del pánico. Empecé a fantasear con todos los pervertidos, perdedores, carrozas, extorsionadores y maníacos homicidas que atraería un anuncio como ese, y entonces empecé a recibir tantas llamadas de mis padres enfermos y de mi hija embarazada que me olvidé por completo del asunto.

Pasaron unos minutos. Entonces, de pronto, las respuestas empezaron a llegar de la red. Fue como cuando una máquina tragaperras se pone a escupir monedas. Casi me daba miedo mirar, pero, al cabo de un momento, ya no pude resistirlo. Sentí una esperanza parecida a la de que te toque la lotería. En la primera respuesta había una instantánea escaneada de un pene erecto, un espécimen moreno sin circuncidar y con una gotita de rocío guiñando el ojo en la punta. Debajo de la foto, en el borde blanco, decía: «Sin Viagra». El mensaje que acompañaba era bastante conciso:

Me gusta tu estilo. Siempre me han ido las mujeres resueltas. Manda foto desnuda y medidas.

El siguiente comenzaba así:

Querida Buscadora:

A veces pensamos que lo que queremos es carnalidad cuando, en realidad, estamos buscando a Cristo. Descubrimos que, si abrimos nuestros corazones para que Él pueda entrar, podemos obtener toda clase de satisfacciones que nunca habíamos soñado. A lo mejor crees que estás buscando a Eros, pero, en realidad, buscas a Tánatos. En Cristo está la vida eterna. Él es el amante que nunca decepciona, el amigo que es fiel para siempre. Sería un honor conocerte y aconsejarte…

Incluía también un número de teléfono: 1-800-CRISTO-Y-TU.

Tiré todas las respuestas a la papelera virtual, las borré y apagué el ordenador. Debí de volverme loca en el momento en que di mi verdadera dirección. Me engañé pensando que ahí acababa todo. Otra mala idea abortada. Volví a mi vida de casada como una autómata. Siempre he sido impulsiva, y la gente impulsiva sabe cómo evitar sus impulsos. El sexo era un lío, eso a cualquier edad, pero, a los sesenta —vaya, se me ha escapado—, ya era una broma. A las mujeres no se les permite sentir pasión a los sesenta. Se supone que tenemos que convertirnos en abuelas y retirarnos, que nuestra condición es la de una serena ausencia de sexo. El sexo es para las de veinte, treinta, cuarenta, incluso cincuenta. El sexo a los sesenta es una vergüenza. Incluso si tienes buen aspecto, ya sabes demasiado. Ya conoces todas las cosas que pueden salir mal, todos los inconvenientes a los que te arriesgas, todos los peligros que supone jugar con desconocidos. Sabes que la discreción no es más que una fantasía imposible. ¡Y ahora había dejado mi e-mail en manos de toda la gentuza que hay en internet!

Además, adoro a mi marido y lo último que quisiera es hacerle daño. Siempre he pensado que, al casarme con alguien veinte años mayor que yo, me arriesgaba a pasar mis últimos años sin sexo. Pero él me había dado tantas otras cosas… Me había casado con él cuando tenía cuarenta y cinco años y él sesenta y cinco, y había sido estupendo. Me había curado todas las heridas que tenía de los matrimonios anteriores. Había sido un padrastro buenísimo para mi hija. ¿Cómo me atrevía a quejarme porque en mi vida faltaba algo? ¿Cómo me atrevía a poner un anuncio en busca de Eros?

Mis padres se estaban muriendo y yo empezaba a volverme inimaginablemente mayor; pero ¿era eso un motivo para buscar lo que mi vieja amiga Isadora Wing[2] había llamado polvo súbito? Seguro que sí. Era eso o el éxtasis espiritual. Por lo visto, los creadores de zipless.com se habían apropiado de la expresión de Isadora sin pagarle ni un céntimo. La compañía que compró los derechos cinematográficos fue vendida a una compañía que tenía derechos editoriales, que a su vez fue vendida a una compañía que explotaba derechos digitales, que fue vendida a una compañía que explotaba expresiones conocidas. Así es la vida de los escritores, tan salvaje como la de los actores.

Isadora y yo somos amigas para siempre. Nos conocimos por una película que no llegó a hacerse. Incluso pasamos todas las resacas juntas. Y puedo llamarla para que me dé apoyo moral cada vez que la necesito. Ella es mi mejor amiga para siempre, mi alter ego. Ahora realmente la necesitaba.

Voy a ir a visitar a mis padres a su apartamento y me da miedo. Se han deteriorado muchísimo durante los últimos meses. Los dos se pasan el día en la cama, atendidos por sus cuidadores. Los dos llevan pañales (si hay suerte). Su apartamento huele a orina, a caca y a medicinas. El olor a caca es el peor. No es caca saludable, como la de los bebés. Es una cosa enferma. Su aroma fétido lo penetra todo: las alfombras orientales, los cuadros, los biombos japoneses. Es imposible escapar de él. Llega hasta el salón.

Cuando entro, me doy cuenta, con gran alivio, de que mi madre tiene un buen día. Es la luchadora de siempre. Está tumbada en la cama y lleva un negligé de raso lila. Moviendo los dedos de los pies, con las uñas pintadas de amarillo, me espeta:

—¿Quién va a ser el próximo con el que te cases?

—Estoy casada con Asher —le digo—. Llevamos casados quince años. Ya lo sabes.

—¿Eres feliz? —me pregunta mi madre, mirándome fijamente a los ojos.

Considero durante un tiempo esa pregunta incontestable.

—Sí —le digo—. Soy feliz.

Mi madre me mira los anillos. El disco de oro art nouveau, el sello de cornalina traído de Grecia, la aguamarina perforada de estilo victoriano traída de Italia.

—Si te casaras otra vez, podrías conseguir más anillos —dice ella, y suelta una carcajada.

Mi madre ya hace tiempo que cumplió los noventa y su alegre demencia está tachonada de percepciones muy perspicaces. También es mucho más agradable de lo que era cuando yo era joven. Junto con las arrugas del cuello y la piel que le cuelga de los brazos y los juanetes en los pies, ha adquirido una dulzura salpicada de una sinceridad feroz. A veces piensa que soy su hermana o su madre. Los muertos y los vivos se confunden en su cabeza. Pero me mira con un amor infinito con el que ojalá yo hubiera podido contar cuando era joven. Toda mi vida habría sido distinta. Al menos eso es lo que creo. La verdad es que, cuando era joven, mi madre me aterrorizaba con frecuencia.

La gente no debería llegar a esas edades. A veces pienso que la senectud de mi madre me está quitando años de vida. Tengo que hacer un esfuerzo para mirarla. Tiene las mejillas cetrinas y llenas de millones de arrugas que se entrecruzan. Tiene los ojos acuosos y manchados de coágulos amorfos y grasientos. Tiene los pies nudosos y retorcidos y las uñas gruesas, a capas, de un color mostaza irregular. El camisón se le abre todo el tiempo y se le ven unos pechos aplastados.

Pienso en todas las veces en que he estado en habitaciones de hospital con mi madre durante los últimos años. Rezo vehementemente para que no se muera. Pero ¿no estaré, en realidad, rezando por mí? ¿No estaré, en realidad, rezando para no ser la que queda delante del precipicio? ¿No estaré, en realidad, rezando para no tener que cavar su tumba y caerme dentro?

Cuando te haces mayor, es muy impactante que la gente cercana se muera. La edad de la gente que aparece en las necrológicas es cada vez más parecida a la tuya. Los amigos y los parientes más mayores se mueren, haciéndote sentir pasmada. Tus rivales se mueren, haciéndote sentir victoriosa. Los amantes y los profesores se mueren, haciéndote sentir perdida. Cada vez te es más difícil negar tu propia muerte. ¿Nos aferramos a nuestros padres o a nuestro estatus de niños inmunes a la muerte? Creo que tratamos de agarrarnos, con una desesperación creciente, a nuestro estatus de niños. En el hospital ves otros niños —niños de cincuenta años, de sesenta, de setenta— aferrándose a sus padres de ochenta, de noventa, de cien. ¿Acaso todo este aferrarse es amor? ¿O no es más que la necesidad de sentirnos tranquilos con respecto a la propia inmunidad ante las decisiones risueñas de Moloc, el temido Ángel de la Muerte? Porque todos creemos en secreto en nuestra propia inmortalidad. Como no podemos imaginarnos la pérdida de la conciencia individual, no somos capaces de imaginarnos la muerte. Yo pensaba que estaba buscando amor, pero lo que en realidad buscaba era la reencarnación. Quería revertir el tiempo y volver a ser joven (pero sabiendo todo lo que sé ahora).

—¿En qué estás pensando? —me pregunta mi madre.

—En nada —le digo.

—Estás pensando en que no quieres llegar a ser tan vieja como yo —dice—. Te conozco.

Mientras tanto, mi padre duerme. Es muy llamativo el poco espacio que ocupa su cuerpo agotado debajo de las mantas. Con el audífono apagado, no puede seguir nuestra conversación y tampoco quiere hacerlo. Prefiere pasarse el día durmiendo. Hace apenas seis meses, antes de que lo operaran de un cáncer, era un hombre distinto. Mis hermanas y yo solíamos comenzar el día con sus amenazantes misivas, a menudo escritas en verso.

¿Qué haces cuando tus días empiezan con tochos así, escritos de cualquier manera por tu padre de noventa y tres años?

Tengo, como el rey Lear,

tres hijas, está a la vista.

Las tres guapas y queridas,

son a cada cual más lista.

Ya está en marcha la pendencia:

¿quién recibe más herencia?

Su afán es tan mercantil

que estresan la decadencia

de este rey Lear senil.

Pero basta ya de poesía. En la parte inferior de la página ha garabateado con mano temblorosa: «Leedlo una y otra vez. ¡No quiero pendencias!».

¿Cómo pasó nuestro padre de Brownsville a la tragedia shakespeariana?

He aquí su versión:

—Lo único que me dijo mi padre en toda su vida fue: «Búscate un empleo». Yo quería ir a Juilliard. Mi padre me dijo: «Ya estás ganando dinero tocando la batería. No te hace falta ir ahí». Tiró a la basura la carta de admisión. Por eso yo estaba tan convencido de que era importante que las tres hicierais una carrera.

Mi padre dijo eso en el estudio de mi madre, que daba al Hudson. Ella estaba en la cama como la reina Lear, asintiendo con la cabeza. (Por cierto, ¿hubo una reina Lear?)

Las hermanas Lear estaban sentadas en torno a la cama de su madre. Su madre acababa de sufrir una operación de estómago y estaba aprovechándola al máximo. De vez en cuando, gemía.

—Vuestra madre tiene la enfermedad de Crohn, un problema en la arteria coronaria, una vértebra fracturada en la base de la columna, dos prótesis en las caderas y dos en las rodillas. Yo no puedo seguir trabajando de «enfermero masculino» —la expresión patética que empleaba para referirse a su papel en la familia—. Si las tres no os presentáis aquí todos los días, en mi testamento va a haber algunos cambios.

—No te atrevas a amenazarme —dijo mi hermana mayor, Antonia—. Cuando vivíamos en Belfast, en la época más conflictiva —por supuesto, Antonia no pudo evitar casarse poéticamente con un irlandés—, y teníamos que poner el piano delante de la puerta para que no entraran los paramilitares, y salir a comprar el pan a primera hora de la mañana, antes de que empezaran los tiroteos, y tapar las ventanas con muebles para que tus nietos no resultaran heridos por la metralla, ¿tú dónde estabas? Eso era un auténtico holocausto y nadie salió en nuestra ayuda. ¡Nunca os lo perdonaré, a ninguno de vosotros!

La reina Lear revivió de repente.

—Pero ¿qué dices? ¡Te mandamos dinero!

—¡Nos mandasteis unos miserables veinticinco mil dólares! ¿Qué haces con veinticinco mil dólares si tienes cuatro niños y estás en medio de una guerra?

—Pues a mí nadie me ha mandado nunca veinticinco mil dólares —dijo Emilia, mi hermana menor.

—No, tu marido se quedó con todo el negocio. ¡Por eso no necesitabas veinticinco mil dólares! —chilló Toni.

—¡Es que tu marido no quería saber nada del negocio! ¡No lo quería nadie! ¡Nos lo encasquetaron a nosotros! ¡Vosotras dos estabais fuera, mariposeando por el mundo, y nosotros nos quedamos aquí, ocupándonos de toda la familia! Y de Bibliomanía, de la tienda también. ¡Cuando murió la abuela, yo estaba sola con ella! Papá y mamá se habían largado a Europa. ¿Dónde estabais vosotras dos? Yo nunca pude ir a ningún sitio.

—Eso no es del todo cierto —dije yo.

—Chicas, chicas, chicas —dijo mi madre.

—¡Nadie me entiende! —aulló Emmy—. Me parecía que tenía que ser una buena hija y quedarme en casa. ¡Sacrifiqué al pobre idiota de mi marido en el altar de la librería de la familia!

—¡Ese pobre idiota se quedó con todo! ¡Y tú también! ¡Y a los demás no nos tocó nada! —gimió Toni—. ¡Menudo sacrificio! Yo habría hecho ese sacrificio encantada.

—¡Anda ya! No lo habrías hecho ni loca. ¡Tu marido no lo habría hecho ni loco! —gritó Emmy con fuerza.

—¿No podéis intentar entender el punto de vista de la otra? —pregunté.

—¡No! ¡Es una mentirosa y una falsa! —bramó Toni.

—¡Me está subiendo la tensión! ¡Tengo que irme de aquí!

Emmy se dirigió a toda prisa hacia la puerta. Yo corrí hasta ella y traté de convencerla de que no se fuera.

—¿Cómo no me voy a ir? ¡Esto me va a matar! ¡Me va a estallar el corazón!

Para entonces, mi padre, el viejo rey Lear, se había sentado al piano y estaba tocando y cantando Begin the Beguine de Cole Porter, para acallar el estruendo que había en la habitación de al lado.

Yo estaba donde había estado siempre, era el relleno del sándwich, la mediadora oficial, la diplomática, la payasa, la hermana mediana.

Mis hermanas se metieron en la cocina para continuar su altercado sin mediación alguna. Yo fui al cuarto de mi madre, y allí la encontré recostada sobre sus almohadas y diciendo entre sollozos:

—¿Por qué se pelean?

—Lo sabes perfectamente —le dije yo—. Papá lo ha organizado de este modo.

—Tu padre jamás haría nada así —dijo mi madre.

—Entonces haz que lo arregle.

—Yo no puedo hacer que haga nada —dijo ella, y se apoyó la mano en el pecho—. Me siento muy débil —añadió, dejando caer la cabeza hacia un lado. Entonces soltó un fuerte gemido.

Mis hermanas entraron corriendo.

—¡Llama a una ambulancia! —me ordenó Emmy.

—No necesito una ambulancia —dijo mi madre sin dejar de sollozar.

Mis hermanas se miraron. ¿Quién iba a ser la irresponsable que no llamara a una ambulancia el día final? Nadie quería cargar con esa responsabilidad.

—La verdad es que no creo que sea necesario —dije yo, pero el pánico de mis hermanas empezaba a despertar mi antigua ansiedad. ¿Y si esta vez no se trataba de una falsa alarma?

Antes de que pasara mucho tiempo, abajo había una ambulancia y nos metimos en ella, con la reina Lear tumbada en una camilla en la parte de atrás. Nuestro padre iba en el asiento delantero con el conductor, preparado para mostrar su tarjeta de donante muy generoso cuando llegáramos al hospital. Parecía que íbamos a volcar al tomar las curvas a toda velocidad y chirriando rumbo al hospital Mount Sinai. En una de esas curvas tan cerradas, el colchón de la camilla se escurrió y chocó contra el enfermero que iba sentado detrás del conductor.

—Huy —dijo este.

—¡Tenga cuidado! ¡Es la única madre que tengo! —le dije yo.

—¡También es mi madre! —dijo Emmy, dispuesta a cabrearse en cualquier ocasión.

Nuestro padre estuvo sentado al lado de nuestra madre todo el tiempo que ella pasó hospitalizada, y, cuando volvieron a casa, empezó a amenazarnos con que nos desheredaría si no íbamos a visitarla todos los días.

Ahora, solo unos meses más tarde, está demasiado cansado para amenazarnos y yo añoro su beligerancia. Desde que lo operaron de una oclusión de colon no es más que una sombra de lo que fue. Me siento al borde de su cama, lo miro mientras duerme y recuerdo la conversación que tuvimos en el hospital la noche antes de la operación que le salvó la vida, pero que también acabó con ella.

—¿Sabes español? —me preguntó mi padre aquella noche.

—Un poco —le contesté, asintiendo con la cabeza.

—La vida es un sueño[3] —dijo—. Tengo muchas ganas de dormir profundamente.

Después de eso, se hundió para no regresar nunca del todo. Tres días después de la operación solo balbuceaba tonterías incomprensibles mientras daba zarpazos al aire. Seis días después de la operación, estaba en la uci con un tubo metido en la garganta. Cuando le diagnosticaron neumonía, yo me encontraba a su lado en la uci y empecé a cantar I gave my love a cherry mientras él parpadeaba. Nunca pensamos que superaría esa hospitalización, pero lo hizo. Y ahora mi madre y él se pasan el día dormidos uno al lado del otro en su apartamento, pero sin tocarse ni hablar nunca. Hay enfermeras e hijas atendiéndolos durante las veinticuatro horas. Cada día duermen más y pasan menos tiempo despiertos.

Los antiguos griegos creían que los sueños podían curarte. Si te dormías en el templo de Asclepio, podías recuperarte gracias a un sueño. Pero mis padres no se están recuperando. Están metidos hasta el fondo en el proceso de la muerte. Al mirar cómo se van muriendo, me doy cuenta de lo poco preparada que estoy para la muerte.

No importa lo mayores que sean. Uno nunca está preparado para perder a sus padres.

Incluso mis hermanas han intentado en vano hacer las paces ahora que hemos entrado en esta etapa final. Rara vez vamos a algún evento sin que algún conocido mayor tenga que salir en camilla.

No es extraño que pusiera un anuncio buscando a Eros. Estaba buscando la vida.

libro-7

2. Mi padre («Se necesita chico»)

Hay una dignidad en la muerte que los médicos no deberían atreverse a negar.

ANÓNIMO

libro-8

 

Nada puede sustituir al tacto. Estar vivo es desear disfrutarlo. Al día siguiente, cuando acudo a visitar a mis padres, decido que ni siquiera voy a tratar de hablar con mi padre, solo lo acariciaré, le daré un masaje en la espalda e intentaré comunicarme con él de este modo.

Llamo al timbre y me abre Veronica, la principal cuidadora de día. Es una mujer jamaicana de sesenta y tantos años que tiene una voz de lo más cantarina y una historia familiar desgarradora. Su hijo murió. Su hija tiene esclerosis múltiple. Sin embargo, ella sigue al pie del cañón, atendiendo a los moribundos.

—¿Cómo está mi padre?

—Hoy está bastante bien —me dice.

—¿Duerme?

—No está ni dormido ni despierto, sino como de camino hacia alguna parte…

Me acerco a su cama y empiezo a masajearle la parte posterior del cuello.

—¿Quién hay ahí? —dice mi madre—. ¿Antonia? ¿Emilia?

—Soy yo, Vanessa —digo. Y le masajeo el cuello a mi padre hasta que empieza a moverse.

—Noto que me quieres por la forma en que me tocas —murmura. Eso me anima a seguir hasta que se me cansan los brazos. Mientras le doy el masaje, me acuerdo de la vez en que se sentó en mi cama, cuando yo tenía seis años, y me dijo que él nunca abandonaría a mi madre debido a mí. Mis padres habían tenido una pelea terrible y yo estaba asustada. Me daba mucho miedo que se divorciaran, y mi padre me tranquilizó.

—Yo nunca te abandonaría —me dijo.

Mis hermanas siempre me han acusado de ser la predilecta de mi padre. Pero ¿qué he sacado yo de eso? Una historia conyugal que ha consistido en buscarlo infructuosamente en las parejas equivocadas hasta que me casé con alguien que me pareció que podría ser su sustituto. Y ahora todos somos viejos y también lo es nuestra historia.

Hace como un año, cuando mi padre todavía estaba lo bastante fuerte como para amenazarnos con dejarnos sin herencia, llegué un día y me lo encontré de muy buen humor.

—¿Te he hablado alguna vez de mi primer trabajo? —me preguntó.

—No.

—Bueno, estuve dando unas vueltas por el barrio y mirando los escaparates en busca de algún cartel que dijera «Se necesita chico». Cuando encontré uno, entré de inmediato y dije: «Yo soy el chico que necesita». Ya entonces sabía que todo dependía del propio entusiasmo. Y me pasó lo mismo en el mundo del espectáculo. El motivo por el que me dieron el trabajo en Jubilee cuando me presenté al casting de Cole Porter fue que tenía muchísimo entusiasmo. No era el mejor de todos esos músicos, pero sí el más entusiasta.

—A lo mejor le pareciste mono —dijo mi madre—. Él también tenía un cartel que decía «Se necesita chico». Eso lo sabía todo el mundo.

—No sabes lo que dices —replicó él. Y entonces tuvo un ataque de vanidad y se puso a hacer saltos de tijera ahí mismo, en el dormitorio. Hizo como treinta seguidos.

—Mira a tu padre —dijo mi madre—. Se cree que si sigue haciendo ejercicio no se va a morir nunca.

Y era cierto. Mi padre hacía ejercicio como si le fuera la vida en ello. Ya octogenario, seguía yendo a pie hasta la librería todos los días, y después volvía a casa y caminaba otros ocho kilómetros en la cinta. Despreciaba a nuestra madre por su vida sedentaria. Comía poquísimo para cuidar su peso, y parecía un esqueleto.

—Aprende a irte a la cama con hambre —me dijo—. Cuanto más delgado sea uno, más años vive. Está demostrado.

Comía muy frugalmente, pero se atiborraba de vitaminas. La mesa del comedor siempre estaba llena de extracto de algas y pastillas para estimular la hormona del crecimiento y todos los suplementos que estuvieran de moda. Pero llegó un día en que ya apenas podía tomárselos debido al dolor.

Mis hermanas y yo lo acompañamos a hacerse el tac, las ecografías, los rayos X. Entramos y se sentó en una pequeña sala de espera que había en la consulta del radiólogo, temblando, con sus pantalones cortos y su camiseta. Parecía muy pequeño, muy asustado. Era como si hubiera menguado. Las imágenes no mostraron nada. Al final, lo llevaron al hospital y le hicieron una colonoscopia, y entonces encontraron la oclusión.

Estaba ansioso por que lo operaran.

—Cortadlo. Sacad a ese cabrón —decía. Creía que, si le extirpaban el cáncer, quedaría como nuevo.

¿Cuántas veces he visto esa ansiedad por el bisturí?

—Cortadlo —decía, como si la mortalidad no fuera más que un tumor. Pero si la muerte no puede entrar por la puerta principal, se cuela por la de atrás. Le sacaron el cáncer del intestino, pero la anestesia le invadió el cerebro.

El primer día después de la operación estaba un poco confuso, pero bien. Como en los viejos tiempos, cuando nos íbamos de viaje en coche toda la familia, cantamos canciones que empezaban por todas las letras del abecedario, desde All Through the Night hasta Zip-a-Dee-Doo-Dah. Pero a la mañana siguiente cogió el New York Times al revés y empezó a inventarse historias para explicar los titulares. Un rato después, dos fornidos guardias se presentaron en su habitación porque había mordido a la enfermera. Lo tranquilicé un poco y le acaricié la mano y se quedó dormido. Pero al día siguiente se encontraba todavía más agitado. Primero pensaron que era por los medicamentos, el Klonopin o el Haldol o la anestesia, pero después los médicos celebraron un consejo y decidieron que era «algo físico» lo que lo hacía temblar, vociferar, estremecerse y tratar de coger el aire con las manos. Lo entubaron, le pusieron un catéter y se lo llevaron a la unidad de cuidados intermedios, y después a la uci. Allí estuve rezando para que se recuperara, y, en cierto modo, lo hizo. Ahora me pregunto si es sensato rezar en tales circunstancias. La vida, ahora lo sé, es la unidad de cuidados intermedios de todas las unidades de cuidados intermedios. El único remedio para la agitación que supone la vida es la muerte. Y, como suele decirse, es peor el remedio que la enfermedad.

—Para —me dice ahora—. Me haces daño.

¿Acaso oye mis pensamientos? Yo diría que sí.

—¡Veronica! —grita—. Quiero ir al baño.

Y Veronica viene y se lo lleva. Cuando regresa, parece agotado y vuelve a acurrucarse en posición fetal.

—¿Se pasa el día durmiendo? —le pregunto a Veronica más tarde. Ella se lo toma como si estuviera poniendo en duda su profesionalidad.

—Ya se lo he dicho antes y se lo repetiré de nuevo. No quiere despertarse porque está deprimido y no quiere dormirse porque tiene miedo a morirse mientras duerme. Por eso, cada vez que siente que se está quedando frito, piensa que tiene que ir al baño. Solo ocurre cincuenta veces al día. No puede quedarse y no puede irse. A sus hermanas también se lo he explicado. ¿Por qué siguen preguntando?

—Porque lo queremos —digo.

—Ya lo sé —dice Veronica—. Entonces, déjenlo en paz.

—Pero queremos ayudarlo.

—¿Cómo van a ayudarlo a morir?

Es cierto. ¿Cómo vamos a hacer eso? Si pudiera darle un trago de un veneno indoloro, lo haría. ¿O quizá no? Cuando mi abuelo pidió unas pastillas para dormir a los noventa y seis años, no tuve valor suficiente para dárselas. Y me he arrepentido de mi cobardía hasta el día de hoy.

¿Cómo se ayuda a una persona a morir? Leo con asombro las historias de gente que, al llegar a cierto punto debido a una enfermedad, o a la edad, decide que ya es hora de morir. Me parece el colmo de la valentía y la crueldad. De la valentía porque cualquier cosa tan contraria al sentido común requiere valor. Y de la crueldad porque deja a tus hijos preguntándose si no habrán hecho algo mal. No hay ningún acto que no implique a otras personas. Todos estamos vinculados. Incluso el más racional de los suicidios puede suponerle un duro golpe a alguien.

—¡Vanessa! —grita mi madre—. ¿Dónde estás?

Entro a ver a mi madre. Mi padre permanece acurrucado a su lado, casi inmóvil.

—Ya nunca me habla —dice ella, señalando a mi padre con su mano huesuda—. Durante muchísimos años ha sido la persona más cercana del mundo y ahora ni siquiera me habla. ¿Qué se puede hacer?

Hasta que lo operaron, mi padre siempre se quejaba de que mi madre estaba senil, pero, ahora, a pesar de sus momentáneas pérdidas de memoria, ella parece mucho más cuerda que él. Se pasa todo el día acostada a su lado, soportando el más terrible de los recha

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