Las respuestas

Catherine Lacey

Fragmento

libro-4

Uno

Me había quedado sin opciones. Así es como suelen ocurrir estas cosas, así, una persona acaba depositando sus últimas esperanzas en un desconocido esperando que, le haga lo que le haga ese desconocido, sea exactamente lo que ella necesitaba.

Durante mucho tiempo había sido alguien que necesitaba que los demás me hicieran cosas, y durante mucho tiempo nadie me había hecho lo que me convenía, pero ya me estoy adelantando. Ese es uno de mis problemas, me dicen, que siempre me adelanto, así que he intentado encontrar una manera de quedarme atrás, de tomarme las cosas con calma, como solía hacer Ed. Pero, por supuesto, no acabo de conseguir que la cosa funcione, no puedo ser exactamente lo que Ed era para mí.

Hay cosas que solo los demás pueden hacerte.

La Cinestesia Adaptativa del Pneuma, CAPing —lo que Ed le hace a la gente— exige que una persona sepa y otra persona (yo, en este caso) permanezca echada, sin-saber. De hecho, sigo sin saber qué es en realidad la Cinestesia Adaptativa del Pneuma, solo que me hizo sentir bien (o eso pareció) otra vez. Durante nuestras sesiones, las manos de Ed a veces revoloteaban por encima de mi cuerpo, mientras él salmodiaba, tarareaba o se mantenía en silencio al tiempo que supuestamente movía o reordenaba o curaba partes invisibles de mí. Me ponía piedras y cristales en la cara, las piernas, a veces apretaba o retorcía alguna parte de mi cuerpo de una manera dolorosamente agradable, y aunque yo no comprendía cómo todo eso podía eliminar las diferentes enfermedades de mi cuerpo, no podía negar que me aliviaba.

Pasé un año sufriendo enfermedades indiagnosticables en casi todas las partes de mi cuerpo, pero después de una sola sesión con Ed, después de noventa minutos en los que apenas me tocó, casi conseguí olvidarme de que tenía cuerpo. Era todo un lujo no verse abrumada por esa sensación de declive.

Fue Chandra quien me sugirió el CAPing. Lo llamaba feng shui para el cuerpo energético, guerra de guerrillas contra las vibraciones negativas, y aunque yo a veces me mostraba escéptica cuando Chandra hablaba de vibraciones, en esa ocasión tuve que creerla. Llevaba tanto tiempo enferma que casi había perdido la fe en que alguna vez volvería a estar bien, y me asustaba pensar qué acabaría reemplazando esa fe cuando desapareciera por completo.

Técnicamente, explicó Chandra, el CAPing es una forma de ejercicio corporal neuro-fisio-chi, una técnica relativamente desconocida en la periferia de la vanguardia o en la periferia de la periferia, según a quién preguntes.

El problema era, como siempre, invisible. El problema era el dinero.

Necesitaba un mínimo de treinta y cinco sesiones de CAPing, a doscientos veinticinco dólares cada una, lo que significaba que un tratamiento completo me costaría lo mismo que medio año de alquiler en ese piso de una sola habitación, mal iluminado y de forma irregular, en el que habitaba desde hacía muchos años (no porque fuera el más apropiado para mí —lo detestaba—, sino porque todo el mundo decía que era una ganga, demasiado bueno para dejarlo). Y aunque en la agencia de viajes donde trabajaba me pagaban un sueldo decente, cada mes los mínimos mensuales de las tarjetas de crédito, los pagos del préstamo estudiantil y la avalancha de facturas médicas del año anterior reducían mi cuenta bancaria a centavos o a números rojos, mientras que parecía que mis deudas siempre iban en aumento.

Una funesta mañana, muerta de hambre y sin efectivo, agoté lo que me quedaba en la despensa para desayunar (unas anchoas no demasiado caducadas mezcladas con una diminuta lata de pasta de tomate), y a menudo había harekrishnizado para cenar: dejaba los zapatos y la dignidad en la puerta para adorar a Krishna (el dios, por lo que podía ver, del menú vegetariano calidad cafetería y los cánticos obsesivos). A la cuarta o quinta Fiesta del Amor a la que asistí, mientras el tilaka blanco me chorreaba por la frente y la pasta serpenteaba por el plato de metal como si tuviera vida propia, comprendí que el infinito amor de Krishna nunca sería suficiente para mí, por hambrienta, arruinada o confusa que estuviera. Fue unos días después de que contestar a ese anuncio que ofrecía una experiencia generadora de ingresos, clavado en el tablón de una tienda de comida sana, pareciera mi única alternativa real; quizá renunciar a los restos de mi vida era la mejor manera de recuperar una vida de verdad.

Llevaba un año sin tener vida, solo síntomas. Vulgares al principio —persistentes jaquecas, dolor de espalda, el estómago siempre revuelto—, pero a lo largo de los meses se fueron volviendo cada vez más extraños. La boca siempre seca y la lengua entumecida. Una erupción por todo el cuerpo. Constantemente se me dormían las piernas, ya estuviera en la oficina, en el cuarto de baño o en la parada del autobús mientras el M5 iba y venía, iba y venía. En algún momento me partí una costilla mientras dormía. Comenzaron a salirme unos extraños bultos en la piel que se iban solos, como cabezas de tortuga que asomaran y volvieran a sumergirse en un estanque. Solo podía dormir tres o cuatro horas cada noche, así que intentaba echarme una siesta durante la pausa para el almuerzo, con la frente contra el escritorio, los días que no tenía cita con el médico. Evitaba los espejos y el contacto visual. Dejé de hacer planes con más de una semana de antelación.

Me hicieron análisis de sangre y más análisis, TAC y biopsias. Había siete especialistas, tres ginecólogos, cinco médicos de cabecera, un psiquiatra y un quiropráctico con la mano un poco larga. Chandra me llevó a un célebre acupuntor, a un cirujano espiritual y a un tipo que vendía unos polvos apestosos en la trastienda de una pescadería en Chinatown. Hubo chequeos, seguimientos, vómitos y demás.

No es más que estrés, dijo uno de los médicos, pero tampoco podían descartar el cáncer o alguna rara enfermedad autoinmune o un ataque psíquico o pura neurosis, todo estaba en mi cabeza. No se preocupe demasiado, procure no pensar en ello.

Un médico dijo: Así es como funciona su cuerpo, suspiró, y me dio una palmadita en el hombro, como si todos supiéramos el chiste.

Pero yo no quería pillarle la gracia. Quería una explicación. Me quedaba delante de los escaparates de quirománticos y videntes con ganas de entrar. Dejé que Chandra me leyera el tarot varias veces, pero las noticias siempre eran malas: espadas y dagas, demonios y la muerte. Soy nueva en esto, me dijo, aunque yo sabía que no era verdad. Apreté mis espasmódicas piernas contra el pecho, la barbilla contra las rodillas y me sentí como una niña, disminuida por todo lo que no sabía.

Unas cuantas veces estuve a punto de rezar, pero me había topado ya con tantos silencios que no quería dar pie a otro.

Podía racionalizar que se trataba de algo en los genes o una consecuencia de malas elecciones, pero también podía ser un contundente golpe de mala suerte —una bofetada kármica o absurda—, algo que tenía merecido. Mis padres habrían dicho que eso formaba parte del plan de Dios, pero para ellos, claro, todo formaba parte de ese plan. Cómo alguien elige explicar la catástrofe no es importante…, eso lo sé ahora. Cuando la mierda te cae encima, tanto da de qué agujero salga.

libro-5

Dos

Durante cinco años, tuve una vida.

Mi infancia no fue mi vida; puede que fuera la vida de Merle, pero no la mía. Y la época en que viví con la tía Clara realmente no fue vida, sino más bien una rehabilitación. Y la universidad tampoco fue vida, solo un periodo gestacional, cuatro años de advertencias y preparación para esa vida que venía, esa cosa futura.

Mi vida comenzó en un avión, en el momento en que despegamos. Despegamos y me eché a llorar contra el hombro de Chandra tan en silencio como pude, y cuando se acercó la azafata, Chandra le pidió una taza de agua caliente, introdujo su propia bolsita de té, la mantuvo estable en medio de la turbulencia hasta que alcanzó la temperatura adecuada para beber y me la entregó. Chandra sabía mucho, conocía la mejor manera de hacer las cosas. Desplegó su enorme bufanda, nos envolvió y me quedé dormida contra su hombro. Nos despertamos al aterrizar en Londres, tras haber dormido cogidas de la mano, y minutos después me guio por Heathrow, un lugar que ella ya conocía. No es que conmigo se sintiera como una madre, pero, de algún modo, yo todavía era su hija.

Debía de ser su viaje número cien, aunque el primero para mí, un regalo de graduación de sus padres, Vivian y Oliver. Viv y Olly, los llamaba ella. Durante mi época universitaria pasaba casi todas mis vacaciones y algún fin de semana en su casa de Montauk, pues no tenía ningún otro lugar adonde ir. La casa estaba llena de cosas caras que en realidad no les importaban —antigüedades desportilladas, artilugios olvidados, pilas de cedés rayados—, y no era raro encontrar billetes de veinte dólares entre los cojines del sofá o desperdigados por la cocina, entre caramelos de países extranjeros. Durante la cena su familia hablaba en voz bien alta y con la boca llena, y Chandra, siempre con afecto, discutía con sus padres sobre libros y arte. Todo el mundo hacía y se reía de chistes que yo no entendía, aunque al final aprendí a reírme igualmente. Todos bebíamos vino, aun cuando yo tenía diecinueve años y una cucharada me bastaba para ponerme alegre y dormirme.

Fue ese billete válido para dos meses y para todo el mundo, regalo de Viv y Olly, lo que inició mis años de viajes compulsivos. Vi los pájaros de las Galápagos, los cerezos en flor de Japón, las pirámides y las catacumbas de Egipto, las pagodas de las serpientes de Birmania, y ese inquietante lago neón turquesa de Nueva Zelanda. Me encantaba partir, aunque fuera en vuelos a las cinco de la mañana, viajando en silenciosos vagones de metros que atravesaban desoladas mañanas desiertas color púrpura, los aeropuertos llenos de gente adormilada poco antes del amanecer. Leí en alguna parte que lo primero que aprendes cuando viajas es que no existes: no quería parar de no existir.

En casa las deudas no hacían más que crecer. Llamaban desconocidos a todas horas y con el odio en la voz me hablaban de lo que les debía. Recibía severas cartas con números grandes y en negrita, cada uno más elevado que el anterior. Llegaban otros sobres con nuevas tarjetas de crédito, nuevas salidas, nuevos viajes. Dejé de preguntarme adónde podría ir después, sino qué ocurriría si nunca regresaba. Pero siempre regresaba. Y cada vez que el avión tocaba la pista de aterrizaje tenía la espantosa sensación de que el viaje del que acababa de volver nunca había ocurrido, que había gastado cientos de dólares en un recuerdo que apenas podía evocar.

El dolor de espalda fue lo primero, y pareció bastante inofensivo (¿acaso no lo sufre todo el mundo?), aunque en esa época solo tenía veinticinco o veintiséis años. Le eché la culpa a las camas llenas de bultos de los albergues y seguí haciendo viajes que no me podía permitir, aunque de un modo menos aventurero después de haber sufrido una racha de espasmos musculares tan fuertes que me dejaron tirada en una senda del parque de Abel Tasman durante una hora, hasta que un grupo de senderistas japoneses me recogió.

Unos meses más tarde, mientras combatía la primera plaga de parásitos estomacales, comenzaron las jaquecas, y con estas los dolores por todo el cuerpo, palpitantes y enormes, unos dolores que parecían estirarme por dentro. Estaba preñada de ese dolor, un parto que no acababa nunca, solo remitía. Tuve que dejar de viajar, y dedicaba todo mi tiempo y mi dinero a intentar sentirme viva de nuevo: me derivaban a un especialista, concertaba citas, los resultados no eran concluyentes, más especialistas, más facturas. Recibía severas llamadas de recepcionistas que antes habían parecido muy simpáticas: ¿cuándo pagaría?, ¿cómo? ¿Estaba al tanto de que el hecho de no pagar a tiempo acarreaba una multa? Y más llamadas aún de cobradores de morosos, tres o cuatro. Me preguntaban si sabía cuánto les debía o me lo decían; más, a menudo mucho más, de lo que pensaba. Me decían que, contrariamente a lo que algunos creían, podías ir a la cárcel por deudas. Yo contestaba que lo encontraba sorprendente, y me decían que no me sorprendiera tanto. Es un robo, una forma de robo, me dijo uno de ellos, a lo que no respondí. ¿Acaso no me preocupaba mi calificación crediticia?, añadían. ¿No hacía planes para el futuro, comprarme una casa, jubilarme, mantener a mi familia? A lo que yo contestaba, cortante y en un tono nada amable: No, no pienso en eso, nunca he pensado en ello.

Bueno, pues quizá debería, me dijo aquel tipo.

A veces me preguntaba por qué me molestaba en contestar el teléfono, pero supongo que siempre albergaba la esperanza de que fuera otra persona, alguien que se dedicara a otra cosa. Uno de los cobradores hablaba tan deprisa que mientras lo escuchaba parecía que me emanara calor de la nuca, a través del pelo, y otro me habló tan despacio y con una voz tan suave que tuve la impresión de hundirme o ahogarme, de que el aire se había vuelto más denso y me arrastraría hacia abajo si seguía respirando.

Parecía posible —aunque sé que es absurdo— que el uso de mi propio cuerpo, lo único que de verdad era mío, hubiera pasado a manos de mis acreedores.

Durante un tiempo, puede que la constante atención de Chandra fuera todo lo que se interponía entre mí misma y la pérdida total de mi mente o mi vida, y al evocar ese año —cuando casi todas las noches me despertaba siendo apenas capaz de respirar y me quedaba echada durante horas, con la boca abierta como una gárgola—, bueno, no quiero pensar en cómo habría acabado de no ser por ella, que impidió que me abandonara del todo. (No me refiero a matarme —nunca he tenido valor para ello—, sino que a veces el dolor era tan insondable y enorme que me preguntaba si sería posible matarme sin querer.)

Cuando Chandra me sugirió el CAPing para todos los dolores, y cuando para pagar el CAPing necesitaba un segundo empleo, me sentí desesperada, dispuesta a todo para aliviarme, por caro y ridículo que pareciera. Chandra se había vuelto una experta en el malestar y el bienestar, en recorrer la distancia entre esos dos lugares. Dos años antes, mientras estaba en la calle, en una esquina, un autobús urbano le había dado un violento golpe, y desde entonces ha estado viviendo en comunidad, dedicando todo su tiempo a curarse, del todo y de todo: de la pierna rota, la torcedura de muñeca, el impacto en la cara, el miedo a las aceras —unido a los que ya arrastraba—, la ansiedad, la dependencia de la cafeína, la alergia al polen, la cándida crónica autodiagnosticada, la desilusión, la intuición frustrada, la dificultad para comprometerse, la desconfianza, y todos los traumas y hábitos que todo ello había creado. Chandra tenía un herborista, un maestro de Reiki, su terapeuta de Rolfing, un logopeda, un terapeuta del movimiento, un terapeuta artístico y un terapeuta a secas.

Durante una época los retiros y las peregrinaciones la tuvieron mucho tiempo fuera de la ciudad, pero siempre me enviaba una postal. Yo las guardaba en el bolso y me quedaba contemplando las imágenes de océanos y templos con la esperanza de obtener cierta calma residual mientras permanecía sentada en otra sala de espera, apretando con la mano la parte del cuerpo que en ese momento me estaba matando. Primero fue una entusiasta de la ayahuasca, luego de las cámaras de privación sensorial o el MDMA, el pasto de trigo, la alcalinización corporal o cierto gurú. Decía que cada día eliminaba una capa de algo entre ella y su yo. Decía que se sentía realizada por primera vez en su vida, y aunque yo la envidiaba, la parte más cínica de mí no podía evitar preguntarse: ¿Realizada, en qué?

Cuando andaba por la ciudad, cada semana se presentaba con un arsenal de curas: hierbas, polvos, aceites, tinturas amargas tan fuertes que tenía que tomarlas gota a gota. Quemaba salvia, salmodiaba, meditaba, y a veces —aunque eso siempre me avergonzaba— hacía sonar un pequeño gong o tocaba su flauta de madera. Yo nunca sabía hacia dónde mirar ni si reprimir o liberar las ganas de reír —incluso mi vergüenza me avergonzaba—, ¿y por qué no podía ponerme a salmodiar con ella, sentirme en paz con su estúpida flauta o ese pequeño gong? Tenía suerte de que ella siempre estuviera ahí, de saber que existía al menos una persona que quería ayudarme no porque fuera su trabajo, sino porque simplemente quería verme curada.

El día que volvió de Bali se presentó en mi puerta sin avisar, sana y bronceada, vestida de lino blanco.

Adivino que sufres, me dijo.

En boca de cualquier otro me habría molestado escuchar una afirmación que debería ser una pregunta, pero conmigo siempre acertaba. Recorrió mi apartamento con una calma seductora, casi sobrenatural, como si ya no le interesara otra cosa que la lenta purificación de su cuerpo, de otros cuerpos, de todo el mundo. Colocó pañuelos sobre mi horno tostador, mi despertador y el teléfono, susurró mantras hacia cada punto cardinal, desplegó una tela circular sobre el parqué agrietado de mi sala y acto seguido se colocó en una elegante postura de meditación. Intenté imitarla, pero tenía las rodillas demasiado rígidas, y como también me temblaba el pie, me costaba mantenerme inmóvil, con lo que renuncié y me tumbé en el suelo abriendo brazos y piernas.

Para poder pagar el alquiler había vendido casi todos mis muebles poniendo un puesto de venta en la puerta de casa, por lo que tumbarme en el suelo sin nada especial que hacer era una costumbre con la que estaba bastante familiarizada. Cuando ella estaba en casa, lo llamaba meditación, pero siempre me quedaba medio dormida, con el cuerpo agotado de por sí. Aquella vez, cuando me desperté, Chandra se hallaba de pie delante de mí. Cuando nuestras miradas se encontraron, vi que su cara cambiaba un poco, de un modo que no sabría explicar exactamente, pero que pude sentir. Nuestros doce años de amistad implicaban que no nos costaba permanecer en un plácido silencio, aunque no era solo el paso del tiempo lo que había creado esa intimidad. De alguna manera, esa misteriosa intimidad había surgido enseguida, tan innata como un órgano corporal. En aquel momento, echada en el suelo, el auténtico peso de nuestro amor se volvió palpable, me quitó las ganas de llorar. Ella era todo lo que tenía.

¿Sigues tomando esos aceites de pescado medicinales?

Asentí. Ella se acuclilló y me secó las lágrimas, me alisó el pelo.

¿Y los polvos de cáñamo y geranio?

En gachas, como me dijiste.

Bueno, vamos a ver si conseguimos que aumentes de peso. Apartó la mirada de ese jirón en que me había convertido. Hacía mucho que había perdido el apetito, y con él todas las partes blandas de mi cuerpo.

Al principio todos mis compañeros de trabajo supusieron que había empezado a hacer yoga y me felicitaron por ello. Decían que tenía buen aspecto, que estaba en forma, me pedían consejos para motivarse, recetas saludables. Pero pronto comenzaron a decirme que no debía perder más peso, que así estaba bien, que a lo mejor hacía demasiado ejercicio, que necesitaba ganar músculo y algo de peso, empezar a comer más carne roja o mantequilla de cacahuete o leche entera de vaca alimentada con pastos. Alguien, en tono muy serio, me recomendó a su especialista en tiroides, y Meg sugirió que visitara a un hipnotista para que curara mi trastorno alimenticio, pero cuando le dije que no padecía ningún trastorno, que simplemente estaba enferma, Meg se limitó a decir: Lo sé.

Cuando se corrió la voz de que casi todos los mediodías tenía cita con un médico, todos comenzaron a hablarme como si ya no tuviera cuerpo, todos excepto Joe Nevins, que una vez interrumpió nuestra discusión acerca de una factura extraviada para decirme que tenía la cara diferente, y cuando le pregunté qué quería decir con eso, no me lo quiso explicar.

Solo diferente, dijo, y siguió hablando de la factura.

Me acostumbré a ello, en cierto modo, pues no era más que un saco de piel lleno de problemas, porque tener un cuerpo no te da derecho a que funcione correctamente. Tener un cuerpo no parece darte ningún derecho.

Lo superarás, dijo Chandra mientras desempaquetaba las nuevas hierbas y raíces que me había traído. Para ti este dolor no es más que un maestro.

Así era como ella veía el mundo: todo iba según un plan; creábamos nuestros propios problemas de manera subconsciente; todo cáncer llegaba porque lo invitábamos; cualquier herida nos la ganábamos. Yo no estaba segura de tener el valor para creérmelo, y si me lo creía, si de verdad aceptaba que todo lo que me había ocurrido me lo había buscado yo, no estaba segura de llegar a perdonármelo nunca. Pero pensar así parecía calmarla. Si ella merecía su dolor, entonces también merecía todo lo bueno de su vida.

Me habría ido bien aceptar las cosas de ese modo. Odiaba los dolores de mi cuerpo, luchaba contra ellos y los maldecía hasta tal punto que había llegado a temer las buenas sensaciones: un estómago asentado, una espalda relajada, dormir toda la noche de un tirón, o estar todo un día sin llorar. Incluso las atenciones de Chandra llegaron a aterrarme. ¿Y si desaparecían? ¿Y si me dejaba por imposible y ya no venía más?

Su amabilidad, como si compartiéramos la misma sangre o la misma historia, siempre me había resultado difícil de aceptar. Yo solo era alguien que había aparecido en su vida por azar, la compañera de cuarto que le habían asignado en la universidad, una semihuérfana procedente de un estado apenas alfabetizado a la que habían educado en casa, pero ella seguía dedicando muchas horas a un papeleo destinado a pedir ayuda económica y préstamos estudiantiles que yo no entendía. Perdía horas de sueño escuchándome debatir los méritos y deméritos de las asignaturas principales que debía escoger —religión, filosofía, historia o lengua inglesa—, aunque ella ya se había decidido desde el principio: la principal sería teatro, la secundaria, marketing. Y lo más importante, Chandra me descodificaba el mundo, me explicaba toda la cultura pop de la que nunca había oído hablar, y me permitía eludir la respuesta a cómo había conseguido llegar a los dieciocho años sin oír hablar de Michael Jackson. Yo lo achacaba a no haber ido nunca a la escuela o decía: Éramos pobres. (Esa palabra parecía aterrarla: pobres.) En una ocasión mencioné que durante una época me había criado mi tía, un detalle que frenó sus preguntas. A la gente como ella no la educaba una tía.

Cuando Chandra y yo acabamos de meditar, o, mejor dicho, ella acabó de meditar y yo de hacer lo que hiciera en el suelo, me sirvió mate en una calabaza y crudités con una pasta de pepitas germinadas casera, vegana y libre de alérgenos que ella había preparado, dijo, mientras enviaba vibraciones nutritivas a mi cuerpo astral. Sabía a hierba y se me formó un grumo en la garganta.

Las pepitas absorben las toxinas, dijo mirándome comer como si viera a alguien aparcar en paralelo. Yo me quedé allí sentada atiborrándome de pepitas, mientras las pepitas, imaginaba, se atiborraban de mis toxinas. Chandra me tomó el pulso en cada mano y me examinó la lengua. Cerró los ojos unos momentos y luego me dijo que sus guías espirituales acababan de sugerirle que me aconsejara que completara toda una serie del CAP lo antes posible, con Ed, su CAPero. Tenía algo que ver con las vidas pasadas o las futuras, o quizá incluso con las vidas presentes que Ed y yo de alguna manera vivíamos en otra dimensión. Habló sin inmutarse, como si sus guías espirituales fueran un grupo de gente real, un comité de carne y hueso.

El CAPing ha cambiado mi vida, dijo. No es solo una puerta que se abre…, sino… ¿toda una casa de puertas que se abren? En ti tendrá el mismo efecto. Mis guías espirituales nunca lo han visto tan claro. Es tu futuro. Tienes que aceptarlo.

Siempre que Chandra me hablaba de sus guías espirituales yo me mostraba escéptica, pues al parecer tenían unos planes para ella que todavía no podía explicarme. En una ocasión me dijo que le tenían preparado un futuro de incalculable fama y riqueza, que su accidente había formado parte de un régimen con el fin de fortalecerla para su futura grandeza, y que con el tiempo tendría su propio programa de entrevistas.

No sabía que querías hacer un programa de entrevistas, le dije, pero ella tan solo sonrió.

No es cuestión de lo que yo quiera. Los hados están por encima de nuestros deseos.

Yo quería creer que quizá ella comprendía el destino o que en realidad sabía algo del futuro, porque parecía creerlo y también creía en mí. Pero tampoco quería perderla porque acabara creyendo que la vida poseía un código que había que descifrar, y que existía algún ideal de vida.

A pesar de todo, confiaba en ella. Tal vez alguien podría decir que no me quedaba otra que confiar en ella, y quizá era cierto, pero también, y eso lo comprendo ahora, la amaba, y la amaba de esa manera extraña, de esa manera no posesiva, aceptándola, que es como la gente siempre intenta amar a alguien y fracasa, así que apuré el mate a través de la pajita metálica, miré los ojos profundamente curados y espiritualmente realizados de Chandra y le pedí el número de Ed.

libro-6

Tres

Me desperté como si me hubieran arreado una bofetada. Me habían quitado el collarín. Estaba tumbada de espaldas. Ed se hallaba a mi lado en la mesa de masajes, observándome.

¿Cuánto tiempo llevo dormida?

Se apartó uno de sus crespos mechones de los ojos, que de inmediato volvió a su lugar anterior.

Solo unos cuantos días.

Durante unos momentos me pregunté si dormir unos cuantos días figuraba en la letra pequeña del CAPing que no había leído. Apenas recordaba haber entrado en la consulta, firmar nada, ni siquiera comenzar la sesión: únicamente la sala de espera vacía y blanca de arriba abajo, sin música ni recepcionista, dos sillas blancas juntas en un rincón, como dos niños gemelos encogidos de miedo.

Estaba bromeando, dijo Ed, hace unos minutos que te has dormido. Ocurre mucho durante la primera valoración. Espero que Chandra te advirtiera de que mis lecturas son muy potentes.

Dije que me lo había advertido, aunque yo seguía sin saber casi nada del CAPing, de lo que era ni de cómo funcionaba. Me preocupaba, quizá, que el CAPing no fuera más que una excusa para que ese tipo hiciese que las mujeres se quedaran dormidas en ropa interior en su consulta. Puesto que me había quedado absurdamente delgada, había observado que despertaba ciertas miradas en un cierto tipo de hombre, una mezcla de pedófilo y vampiro. (Yo sería fácil de conquistar, cualquier hombre se sentiría grande a mi lado.) Ed no parecía esa clase de hombre, aunque cuando consideraba las legiones de mujeres semiconscientes y desesperadas que probablemente me habían precedido, no resultaba difícil imaginar que a lo mejor les acariciaba los pies mientras fingía leerles el aura, o a lo mejor tan solo se quedaba mirando sus cuerpos en ropa interior, enviando en vano pensamientos positivos en dirección a ellas, o peor aún, se la cascaba con la mano desnuda, o peor aún…, todo tipo de cosas. Pero yo necesitaba sentirme bien de nuevo más de lo que necesitaba protegerme de cualquier posible perversión. ¿Y si mi escepticismo respecto a Ed ya estaba actuando en mi contra, impidiéndome obtener aquello que legítimamente él pudiera hacer o curar en alguna dimensión que yo no podía ver?

¿Cómo está, por cierto?

¿Quién?

Chandra…, ¿cómo le va?

Oh. Está bien, supongo.

Claro que está bien, dijo Ed, asintiendo y sonriendo de una manera que sugería que sabía mucho más de Chandra que yo.

Me toqué el cuello y noté que el palpitante dolor que sentía se había visto reemplazado por un cálido cosquilleo.

Ya no volverás a necesitar el collarín. Eso ha sido fácil, pero la valoración ha descubierto varias contracturas que tardarán mucho más en solucionarse, así que… debo preguntártelo, Mary, ¿de verdad estás dispuesta a empezar esta tarea?

Creo que…

No necesitas verbalizarlo, me interrumpió. Estoy hablando con tu aura… ¿Entendido?

Nos quedamos un rato callados, pero con los ojos abiertos. Yo todavía estaba echada. Él seguía de pie a mi lado. Me dije que si le iba a hablar a mi aura, sería mejor que pareciera concentrarse, no que se quedara allí mirando como quien espera el autobús.

¿Entendido?, volvió a preguntar. ¿Te parece bien?

Me observaba las rodillas. Levantó una mano como si quisiera hacer una pregunta y movió la otra en círculos por encima de mi cabeza.

¿Te parece bien?

Me pregunté si debía contestar, me dije que no, pero por algún motivo no pude evitarlo.

¿Es lo que…?

Shhh…

La mano que tenía sobre mi cara temblaba ligeramente.

Esperaré, dijo, y eso hicimos durante un rato, un minuto o cinco, hasta que por fin bajó las dos manos.

Veo que esto costará un esfuerzo extra.

Se pellizcó el puente de la nariz de una manera funcional, como si encendiera o apagara algo en su cuerpo. El pie me había dejado de temblar por primera vez en una semana, y el racimo de dolorosos bultos que me habían aparecido en el brazo derecho aquella mañana se había disuelto. Ed se sentó sobre algo que estaba al otro lado de la habitación que parecía una hamaca. No sabía si se me permitía moverme o no, no sabía ni si debía mirarlo o hablarle. Cerré los ojos.

Así que, Mary… Esto es algo serio. Sin duda Chandra te ha hablado de la seriedad de esta tarea, ¿no? ¿De que necesitaré que aportes tanta concentración como atención plena a todo esto para que podamos avanzar?

No dije nada durante un rato, pues no estaba segura de si le hablaba a mi aura.

Ahora puedes verbalizarlo, Mary. ¿Entiendes que esta tarea es muy seria?

Lo entiendo, dije, pero ahora sé que en ese momento no lo entendí, y quizá nunca lo entendería. (Serio, ¿en oposición a qué?) Lo que sí comprendía era que lo que Ed me había hecho hasta ese instante ya me había aliviado un dolor que se había mostrado contumaz contra miles de dólares de tratamientos, aunque no podía estar segura de si Ed era responsable de la misma manera en que lo es la penicilina o puede serlo una píldora de azúcar. No había ninguna explicación a lo que me había hecho: me sentía casi normal. Me preparé para la llegada de algún nuevo síntoma o para el regreso de alguno viejo, pero no pasó nada.

Escucha, y no lo digo para asustarte, pero el CAPing transformará profundamente tu manera de vivir, tus relaciones con los demás, el concepto que tienes de ti misma, todo. Si decides seguir una serie completa, tu vida y tu cuerpo nunca volverán a ser los mismos.

Por un segundo nos quedamos escuchando el ruido de fondo de las máquinas. Pensé en hasta qué punto quería que cambiara todo en mi vida.

¿Estás familiarizada con el concepto de pneuma?

La verdad es que no.

La verdad es que no ¿qué?

Con Ed nunca tuve la sensación de que estaba tratando de ganarse mi confianza, lo que me hizo confiar aún más en él. Su voz era brusca y despistada a la vez. Cada día llevaba los mismos pantalones holgados y túnicas de cáñamo. A veces tenía manchas color ceniza en la cara que parecían solo medio accidentales.

Lo que quiero decir es que no estoy muy familiarizada con el pneuma. Es algo que tiene que ver con el alma, creo…

La traducción literal del griego es «aliento», pero como concepto en mi práctica curativa tiene que ver con la fuerza vital creativa que todos tenemos dentro. La cinestesia también es de origen griego, y significa más o menos «conciencia del movimiento». O sea, que te voy a plantear una pregunta, Mary. ¿Ahora te estás moviendo?

Yo seguía tendida sobre la mesa acolchada, así que dije: No, aunque sabía que solo me lo preguntaba para poder corregirme.

Error. En este momento tu cuerpo se está moviendo muchísimo, mucho más de lo que necesita. Esto es lo que te ha pasado: tu pneuma se halla en un estado de caos y estrés que lo mantiene en constante movimiento, pero el miedo ha suprimido la conciencia de ese caos. Esta agitación pneumática lleva tanto tiempo sin control que se ha trasladado al lenguaje físico de tu cuerpo, y de ahí todos tus síntomas. Tu pneuma pretende que lo ignoren y lo traten al mismo tiempo. Pide ayuda e intenta evitar esa ayuda de manera simultánea.

Era un alivio que alguien me explicara cuál era mi problema, lo que había ocurrido. Nadie más, ninguno de esos médicos de chaqueta o bata blanca —o de cómica bata estampada, si trataban de llevar cierto sentido del humor a un lugar de huesos astillados y corazones muertos—, ninguna de esas personas había intentado explicarme nada. Todo cuanto eran capaces de decir era que no podían decir nada con certeza, que el cuerpo es un misterio, que incluso los análisis de sangre, los ultrasonidos, los rayos X, las resonancias magnéticas no eran más que pequeñas conjeturas. Hospitales enteros se encogían de hombros.

Pero ahora Ed me daba una respuesta: el pneuma. Tanto daba que yo creyera en el pneuma como que no. Tanto daba que él acertara como que no. Era una explicación. Un relato.

La raíz de tus síntomas está profundamente arraigada y ligada a tu yo no físico, y eso explica por qué la medicina occidental no ha conseguido ayudarte.

El pelo crespo de Ed se movió impulsado por una corriente de aire. Tuve la extraña sensación de que, de algún modo, el tiempo se había curvado, de que me llegaba en diagonal. El cráneo se me cubrió de sudor.

Tu cuerpo energético me dice que deseas que te curen hasta tal punto que tú misma estás impidiendo que te curen. ¿Eres consciente de ello?

¿No es raro que una persona pueda querer una cosa hasta tal punto que haga todo lo posible para no conseguirla? Es tan raro.

Creo que tiene sentido, dije.

Asintió lenta y profundamente a la moraleja de su propia historia. Todos tus problemas y todas las respuestas a esos problemas existen en los límites de tu cuerpo.

Me entraron ganas de echarme a llorar, aunque no supe por qué. Oí un zumbido detrás de mis ojos, pero no pasó nada. Ed cogió una piedra color gris claro, regresó a la mesa y la mantuvo a unos cuantos centímetros del puente de mi nariz.

He creado un campo

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos