Los treinta apellidos (Los casos de Juan Urbano 4)

Benjamín Prado

Fragmento

libro-3

Capítulo uno
(Diciembre de 1862)

Uno de los barcos se aproximó a la isla bajo la lluvia, lentamente, con ese modo de llegar que tiene lo que parece no venir de ninguna parte. Acababa de dejar atrás la punta de los Frailes y la ensenada de la Cruz, y la tripulación ya buscaba un lugar donde echar el ancla, mientras observaba desde cubierta los volcanes de Luba, el collado de Belebú y las ruinas de la cárcel que habían construido los ingleses en el cañaveral que crecía al pie de los montes, cuando aquel territorio aún formaba parte de sus colonias.

Había sido un largo viaje, bordeando la costa de Senegal, Cabo Verde, Gambia y Sierra Leona, hasta llegar al golfo de Guinea y a esas playas de Fernando Poo donde iban a recoger su mercancía para llevarla a Santiago de Cuba; pero ahí estaban al fin, deseando cerrar el negocio que les había llevado a aquel lugar, establecer su campamento y después sentarse en la arena a comer atún con salsa de mandioca y ñame frito en aceite de palma. A cambio del banquete y, sobre todo, de la mercancía que iban a entregarles al amanecer, les darían a los caciques de la zona una caja de botellas de aguardiente, un barril de pólvora y un par de fusiles, algunas telas de algodón y un baúl lleno de abalorios. Y en cuarenta y ocho horas, cuando su bodega estuviese llena, tras hacer varias escalas para conseguir un cargamento adicional de madera de ébano, que también les pagarían bien a su vuelta, en Cádiz y en La Coruña, y algunas provisiones en los puertos del río Gabón y en el estuario del Wouri, en Camerún, seguirían su larga ruta hacia las Indias Occidentales.

Aquél era un oficio duro y peligroso en el que desde hacía mucho soplaban vientos desfavorables, la única forma de avanzar era nadando a contracorriente y se vivía de continuo en el alambre; pero las ganancias que iban a lograr a su regreso hacían que mereciese la pena. La ruta que llevaba de África al mar de las Antillas siempre había sido muy fértil y aún lo era, aunque las amenazas de toda clase se hubiesen multiplicado desde los tiempos en que se podía ir desde la desembocadura del río Volta a La Habana y Mozambique sin correr prácticamente ningún riesgo. Ahora era muy distinto y se encontraban a menudo entre la espada y la pared, sobre todo desde que la reina Isabel I de Inglaterra había otorgado patente de corso a sus súbditos, la hipócrita letter of marque que bajo pretexto de actuar como salvaguarda de la Royal Navy, o hasta ser algo parecido a una cruzada religiosa, no era más que una licencia para agredir y desvalijar a los portugueses y a los españoles, como hicieron o trataron de hacer en Cartagena de Indias, en Valparaíso, en Lisboa o en el puerto de Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, para luego entregarle a la Corona su parte de la rapiña. El premio, cuando los bandidos regresaban a casa, era nombrarlos caballeros, y así ocurrió con muchos de ellos, empezando por el enemigo público número uno de Felipe II, el almirante sir Francis Drake.

Los indígenas se acercaron a la nave en sus canoas, llevando frutas, agua de coco y noticias frescas que ofrecían a los recién llegados, a base de gestos y alguna palabra suelta aprendida de otros capitanes y otros marineros: el resumen era que los dos últimos buques en atracar allí habían sido portugueses y que sus puertos de entrega eran en un caso Jamaica y en el otro Panamá y Brasil; pero también que algo debió de suceder en el primero de ellos el día de la partida, una pelea o tal vez un motín, porque se oyeron unas descargas y tres hombres malheridos fueron arrojados por la borda a las aguas del Atlántico. Los tiburones habían acudido en segundos a la llamada de la sangre. Mientras oían ese relato, muchos se dijeron que, entre una cosa y otra, aquel caladero de Biafra estaba a punto de agotarse y muy pronto ellos también se verían obligados a cambiar de aires y dirigirse más al sur, hacia Angola y el Congo, o hacia el noroeste, a Senegal.

Una vez en tierra firme, algunos de los españoles se dedicaron a construir barracas donde poner el género a buen recaudo y bajo llave, a encender hogueras y apostar su artillería de forma que estuviese a cubierto pero a la vez fuera visible bajo las ceibas, los egombe-gombe y los árboles del cacao, porque se trataba de un aviso para navegantes situado en los dos extremos del fondeadero, con sus seis piezas de ocho y de cuatro libras dispuestas para el fuego cruzado y con el punto de mira en la costa, por si los atacaban los piratas o, en el peor de los casos, uno de los galeones de la flota de Gran Bretaña que patrullaban sin descanso por aquel litoral. La arena se llenó de espeques, llaves de fuego, cabos para el oído de los cañones y esponjas para el ánima, balas rasas de hierro colado y un par de braseros de carbón, por si fuese necesario usar proyectiles al rojo vivo. Las baterías pesadas, las de treinta y seis libras, también estaban dispuestas en el alcázar del buque; el condestable y sus hombres, acuartelados hasta nuevo aviso en la santabárbara y el vigía, subido al palo mayor, controlando el horizonte desde la cofa, con su catalejo. El resto, armados con escopetas, pistolas, dagas y látigos de estómago de vaca, se repartieron en una docena de botes y pronto se los vio remar acompasadamente, río Mbini arriba. Para entonces, en el interior de la selva las manadas de antílopes huían como alma que lleva el diablo hacia la espesura y los búhos y las palomas verdes levantaban el vuelo al paso de los guerreros ndòwĕ, porque la cacería ya había empezado.

A unas ocho mil millas de ese punto y más allá del cabo de Hornos, otros barcos doblaban el escollo de Punta Rosalía y llegaban a su destino en el tercer vértice del triángulo de la Polinesia, un lugar que según sus mapas era la isla de San Carlos. El que comandaba la escuadra era una corbeta llamada Rosa y Carmen y en su pabellón ondeaba la bandera española. Los lobos de mar, que habían zarpado cuarenta días antes del puerto de El Callao, divisaron desde la cubierta de proa tres volcanes, con el inmenso Rano Kau al suroeste, las montañas Poike, las tres cruces que había mandado clavar en ellas el virrey de Perú y la colina del Ma’unga Terevaka; pero lo cierto es que no le prestaron la más mínima atención a nada de eso, porque sus ojos estaban clavados en las misteriosas estatuas que se alineaban como un ejército de piedra frente a ellos. Tenían un aire sobrenatural, sin duda, pero no les iban a hacer dar la vuelta y marcharse de vacío, porque después de veinte años en el oficio sabían por experiencia que para detener lo inevitable hacen falta algo más que unos cuantos ídolos y un hechicero. En mitad de la calma que imperaba en aquellas latitudes remotas del océano Pacífico, las órdenes de plegar velas y fondear frente a las playas de Vaihu y Anakena, que llegaban desde los puentes de mando, dieron la impresión de romper el aire como si fuese de cristal.

Cuando los primeros esquifes ya se acercaban a remo hacia la ensenada, algunos nativos empezaron a dejarse ver: los hombres tenían la piel cubierta de pintura amarilla y se adornaban con brazaletes y collares de caracolas; las mujeres usaban pendientes hechos de caña de azúcar y llevaban bandejas de plátanos, yuca y un plato hecho de carne de gallina y verduras cocinadas al vapor. No parecían temer a los forasteros, porque ya habían visto a muchos fondear en la bahía de la Tortuga a lo largo del tiempo, llegados de Holanda, Rusia, Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Chile: el bajel Afrikaansche Galei, el Neva, la goleta Foster, el bergantín Adventure, las fragatas La Boussole y L’Astrolabe del conde de La Pérouse, el Colo Colo y la Bella Margarita… Y aquellos recién llegados, además, estaban dejando en el suelo cofres llenos de tesoros: espejos, pulseras y, sobre todo, ropa de colores vivos, que era lo que más les interesaba. Y también un par de barriles de aguardiente. Algunos de ellos empezaron a repartir flores a cambio de esos obsequios y el que parecía ser su líder se puso a leer algo escrito sobre unas tablas y que sonaba a discurso de bienvenida: a los conquistadores se les ofrece resistencia; a los visitantes, hospitalidad.

Pero aquello no era un regalo, era un señuelo, una maniobra de distracción; y mientras los rapanui, sin poder siquiera imaginar lo que se les venía encima, peleaban unos con otros, entre risas y forcejeos pacíficos, por hacerse con su parte del botín, no se dieron cuenta de que los extranjeros también desembarcaban, sobre una enorme balsa de madera, caballos de guerra protegidos con armaduras de escamas, toneles llenos de cadenas y grilletes, sogas para cazarlos a lazo igual que si fueran animales salvajes y media docena de perros de aspecto feroz con los que pronto los acorralaron. Los dos primeros en dar un paso al frente cayeron fulminados por los tiros de arcabuz de los invasores. A otros los derribaron con sus hachas y a los que intentaban escapar les daban alcance con sus monturas y los atrapaban echándoles redes por la cabeza. Ese día asesinaron, para dar ejemplo, a más de ciento cincuenta e hicieron cautivos a mil cuatrocientos, aunque al final no les sirvieron de mucho porque la mayor parte iba a morir en las mazmorras de los negreros, durante su traslado a Perú, donde planeaban venderlos como esclavos para trabajar en plantaciones de algodón o tabaco por todo el continente, haciendas, minas de cobre y, en algunos casos, recogiendo salitre en los yacimientos de la región de Tarapacá o guano en las islas Chincha. Entre las víctimas del exterminio estaban todos los miembros de la casta sacerdotal y su muerte significó la pérdida de la escritura rongo-rongo y, con ella, de gran parte de su historia, que tuvo que ser sustituida por leyendas e invenciones de toda clase. Mientras se alejaban, el último de los rehenes que los contrabandistas arrojaron por una trampilla a su cárcel en el fondo del barco aún pudo contemplar por última vez los moáis, las estatuas sagradas de la isla de Pascua, que parecían mirarlo, sin poder creer lo que veían, con sus ojos hechos de coral.

Sólo media docena de las personas secuestradas aquel día por los tratantes pudieron regresar allí, mucho tiempo después y tras sufrir mil y una calamidades, pero lo hicieron enfermas de viruela y tuberculosis, y contagiaron al resto esas enfermedades que les habían sido transmitidas en Tahití y otros países de América mientras los explotaban de sol a sol y malvivían hacinados en sótanos, desvanes, establos o cobertizos, padeciendo torturas de los sanguinarios capataces que gobernaban con mano de hierro los latifundios y alimentados con inmundicias. El resultado fue que aquella población, que en su época dorada llegó a superar los diez mil habitantes, se redujo a ciento once y nunca se pudo recuperar de esa y otras expediciones aniquiladoras. Los traficantes que los raptaron y los terratenientes a quienes les fueron vendidos por unas monedas de oro acumularon grandes fortunas gracias a esa mano de obra ilegítima, y con la autoridad que da y las voluntades que compra el dinero iban a transfigurarse no sólo en empresarios ricos, sino también en personalidades influyentes cuyos apellidos muy pronto constituirían la aristocracia financiera de España y, en algunos casos, a manejar los hilos de la política desde la sombra.

El capitán de aquel barco, que había sido construido dos décadas antes en los astilleros de El Masnou, el pueblo situado a pocos kilómetros de Barcelona del que era originario, fue perseguido por los abolicionistas de la Royal Navy y se puso precio a su cabeza, pero la Armada española, que no había olvidado la batalla de Trafalgar ni que el Santísima Trinidad, el Escorial de los Mares, estaba hundido en el fondo de la bahía de Cádiz; y que, por añadidura, también se llevaba su tanto por ciento de las ganancias de los corsarios, gracias a los célebres asientos de negros, que eran el tributo que les exigía la Corona por permitir que los colocaran en sus colonias, supo adelantarse a los soldados de la reina Victoria, le dio protección y lo puso a salvo. Murió en 1914, con cerca de noventa años y en su localidad natal, donde vivía tranquilamente desde hacía tiempo con su numerosa familia, convertido en un respetable y destacado miembro de su comunidad. La hija que había tenido con su mujer de Cuba seguía en La Habana.

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Primera parte
(El Masnou)

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Capítulo dos

Me miré en el espejo hasta que no fui yo. Aquella mañana me había decidido por las gafas de sol redondas de vidrios azules, el sombrero Panamá y la peluca rubia, un anillo de plata con el signo de la paz en el dedo corazón y una camisa de flores con las mangas subidas para hacer visible el tatuaje falso de una sirena que me acababa de pintar en el brazo izquierdo con una plantilla y un aerosol. Escondido tras ese disfraz y con uno de los pasaportes falsos que me habían dado por si tuviera que identificarme en algún momento, ya podía dejar mi guarida más o menos tranquilo y salir a la calle. Mientras estuviese fuera, llevaría en la mano un mapa de la ciudad y un pequeño diccionario de español, para dar a entender que sólo era otro turista extranjero de vacaciones en el país; y si por el motivo que fuese me veía obligado a cruzar unas palabras con alguien, hablaría exclusivamente en inglés. Me recordé lo importante que era tener presente cómo me llamaba de verdad, para no contestar si alguien decía mi nombre.

Antes de abandonar mi refugio, y siguiendo el protocolo de seguridad que me habían impuesto, me pegué a la pared como una salamandra a un muro caliente, descorrí un par de centímetros las cortinas de terciopelo azul, que siempre estaban echadas para no ofrecer un blanco fácil a los eventuales francotiradores, capaces de acertarle a una lata de conservas desde quinientos metros con sus fusiles Dragunov de mira telescópica, y miré cautelosamente por la ventana, con el fin de comprobar que no hubiera personas o automóviles sospechosos frente a la casa. No vi nada fuera de lugar, sólo a dos chicas jóvenes que tal vez volvían de una excursión en bicicleta a la playa de Montgat y a un hombre que paseaba a su perro delante del jardín y hablaba por el móvil. Iba vestido con una camisa vaquera, unos pantalones de hipermercado y unas zapatillas de deporte baratas; y no tenía la forma de caminar de un pistolero a sueldo, más bien todo lo contrario: en lugar de peligro irradiaba mansedumbre; no parecía alerta sino distraído, miraba las cosas como si tratara de imaginárselas y se movía con lentitud, igual que si cada paso que daba le costase dios y ayuda. Parecía que su vida fuese algo que hubiera tomado prestado y, en general, todo él te hacía pensar en la palabra resignación. Y, desde luego, no llevaba ningún revólver en el bolsillo, porque era, a todas luces, uno de los empleados domésticos que prestaban sus servicios en las mansiones de aquella zona residencial. Era mucho más fácil imaginarlo viendo un concurso frente al televisor de su casa que atándome el de la mía a los tobillos, antes de tirarme al mar desde una lancha. Lo descarté como posible amenaza y cinco minutos más tarde, y al volante de la furgoneta de alquiler que me habían entregado en el aeropuerto la noche en que llegué, dejaba atrás mi escondite y aquella parte de la ciudad, con sus palacetes modernistas, sus torres neoclásicas, sus masías góticas y sus jardines de árboles majestuosos, y conducía carretera abajo hasta el puerto, donde proliferaban los restaurantes con vistas al muelle y las tiendas de artículos playeros, con su extraño surtido de gafas de bucear, aletas, bronceadores, hamacas de lona, periódicos en cinco lenguas, sombrillas y postales. Todo lo necesario para que los veraneantes consigan hacer borrón y cuenta nueva, tomarse un respiro y no cambiar lo que ven sino de mirada. Relajarse es descansar de uno mismo. Lo sé porque yo no lo he logrado jamás.

Estaba pensando en eso para no tener que pensar en mí, mientras bebía un café que yo mismo había llevado en un termo y con el que había sustituido al que acababan de servirme después de echarlo con disimulo en una maceta, sentado en la terraza de un bar junto al embarcadero, con la mirada puesta en «el agua encanecida por la espuma», como dice Góngora; y me entretenía en observar las idas y venidas de las gaviotas y el acompasado vaivén de los mástiles, preguntándome si en alguno de ellos habría ardido el fuego de san Telmo una noche de tormenta, cuando mi teléfono móvil sonó y de algún modo supe que aquella historia, por fin, había terminado. No sé por qué tenemos esa clase de intuiciones o de dónde vienen, pero el caso es que existen. La voz al otro lado de la línea me dijo que no me equivocaba: era libre, nadie andaba ya tras mi rastro y podía regresar a mi vida, si es que aún recordaba dónde estaba. Así de rápido y así de fácil.

Llevaba oculto tres meses en ese antiguo pueblo de pescadores al borde del Mediterráneo, por orden judicial y como testigo protegido de la policía, después de haber investigado y hecho públicos en algunos artículos de prensa los crímenes de un antiguo banquero y empresario que tras cumplir una condena por estafa, delito fiscal y malversación había salido de su encierro con ganas de vengarse de sus enemigos y usaba como brazo armado a sus guardaespaldas rusos, unos veteranos de la KGB que ya se habían llevado por delante, al menos, a dos personas. Estaba claro que, después de lo que le había hecho, yo tenía todas las papeletas para ser el siguiente. En ese tipo de procesos, sin embargo, nuestra ley te ampara sólo mientras dure la causa y además tu identidad debe permanecer oculta a lo largo de la instrucción, de forma que en todo momento se refieren a ti con un simple número, en mi caso TP 9/13. Pero hay excepciones y la mía era una de ellas, porque me pusieron escolta a pesar de que había actuado por libre y, en vez de hacer una denuncia en comisaría, di a conocer los hechos por mi cuenta, para asegurarme de que no se echase tierra sobre el asunto: soy desconfiado, pero tengo disculpa, porque aquí sabemos de sobra que si las mafias existen es porque en demasiadas ocasiones lo que no tiene precio también está en venta y el que lo paga compra su impunidad.

El caso es que mientras el presunto delincuente y su ejército de abogados aún litigaban en los tribunales, yo era la principal prueba de cargo contra él y existía riesgo de que sus pistoleros vinieran a cerrarme la boca, de modo que seguí teniendo un par de agentes a mi servicio durante algún tiempo; y cuando el juicio quedó visto para sentencia, con una petición de cuarenta y seis años de reclusión por parte del fiscal, se me aconsejó que aún me quitase de en medio una temporada, porque esa gente tiene mal perder, yo me había enfrentado a ellos sin hacer caso de sus advertencias y todo el mundo sabe que en ese tipo de organizaciones no se acepta la insumisión: «Un desobediente ya es medio muerto», dicen los capos de la Cosa Nostra en Sicilia.

Por todo eso, aunque me retiraron la custodia y también la asignación económica que me habían concedido, se prorrogó seis meses mi derecho a usar documentación ficticia, dos agentes de élite de la Guardia Civil me dieron de manera oficiosa un curso de krav magá, el sistema de defensa personal que utilizan las fuerzas y cuerpos de seguridad de Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña, y me ofrecieron aquella madriguera de lujo en El Masnou que nunca supe a quién pertenecía, si se trataba de un edificio secreto del Gobierno, una propiedad incautada a un narcotraficante o qué era. Eso sí, mi plan de aprovechar las circunstancias para escribir una novela o, al menos, para ocuparme de un negocio consistente en escribir biografías a la carta, que había montado en la red con un seudónimo, se vino abajo en diez minutos: es difícil empezar nada mientras tratas de impedir que otros acaben contigo. ¿Acaso no se ha dicho siempre que la KGB depuró a Albert Camus por condenar la ocupación de Hungría?, me preguntaba, y veía mentalmente la foto del coche accidentado, un Facel Vega oscuro, le plus belle voiture française d’après guerre, le coupé à quatre places le plus rapide du monde, hecho trizas al pie del árbol contra el que se estrelló, la rueda cuyo eje se cree que había sido cercenado, los cristales rotos, la puerta arrancada del maletero donde estaba el manuscrito de su novela El primer hombre… Lo de siempre, sólo que esta vez el que estaba dentro de ese automóvil era yo.

Ahora, al parecer la pesadilla había llegado a su fin. El jefe de la banda estaba entre rejas también por dos delitos de inducción al asesinato, blanqueo de capitales, evasión de impuestos y falsedad documental, con las cuentas bloqueadas y sin margen de maniobra. Y sus mercenarios, a quienes quiso cargar el muerto declarando que siempre actuaron sin su conocimiento, habían salido del país, la Interpol los había puesto en busca y captura y tras una huida de tres mil kilómetros a través de Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Serbia, acababan de detenerlos en la frontera entre Bulgaria y Turquía, un lugar donde se reúne el hampa internacional, las aduanas queman y los camiones de la droga no dejan de pasar su veneno desde Asia a Europa. La clase de sitio donde nueve de cada diez personas en lugar de despensa tienen arsenal.

Miré a mi alrededor lo mismo que si despertara de un mal sueño y de repente todo lo que me resultaba sospechoso se volvió inofensivo como por arte de magia. En un visto y no visto, la clientela fue lo que parecía y nada más: ni esbirros, ni detectives, ni matones a sueldo. Se terminaron la ansiedad y los sobresaltos, el krav magá —«liberación y contraataque, desvía, golpea y aléjate, los dedos a los ojos, la rodilla a la ingle, el codo a la sien, la patada a la rodilla de la pierna de apoyo…»—, el temer que cualquiera que se llevase la mano al bolsillo quizá sacara un revólver y al día siguiente los informativos hablarían de disparos a quemarropa, balas de calibre nueve milímetros Parabellum, gente que no vio nada…; o la inquietud de notar que alguien me miraba por encima de su diario y preguntarme si me espiaba y cuando escribía algo en él no era porque resolviese un crucigrama sino que tomaba notas acerca de mis itinerarios y mis costumbres, para tenderme una emboscada llegado el momento. En diez segundos, todo eso se esfumó y nadie que llevara encima un cuchillo de combate NR-40 o una pistola GSh-18 me andaba pisando los talones, ni tenía el más mínimo interés en mí. Ya no estaba con un pie en la sepultura. Ya podía olvidar la fenya, el argot de los clanes del Este que había estudiado por si oía alguna de sus expresiones a alguien que pensaba que no le entendía: un vor v zakone es el líder de los bandidos, un blatnoy es un ejecutor, los suki son los traidores… Para celebrarlo, me quité aquella sortija empalagosa, el jipijapa y la peluca, llamé al camarero y le pedí un vodka, seguro de que el hombre que había sido hasta diez minutos antes se lo merecía. Y yo también: na zdorovie!

Ahora regresaría a Madrid y a mis asuntos. Trataría de empezar otra novela y en unos meses, cuando al fin acabara la larga excedencia que había pedido en el instituto donde tengo plaza como profesor de Lengua y Literatura, volvería a ser el de siempre y a ganarme el pan del mismo modo que lo había hecho desde los veintinueve años. Es cierto que iba a estar muy solo, tras la muerte de mi madre hacía ya casi un año; y para hacer aún más ostensible el dolor pensaba instalarme en su casa, la nuestra, que era la única que tenía porque la crisis económica que había asolado el país me había obligado a malvender mi piso, y de la que ni mis hermanas ni yo queríamos deshacernos, porque eso sería igual que cavarle una segunda tumba a nuestra madre. «No seas melodramático», me dijo al oído, desde el más allá, «y disfruta lo que es tuyo, porque yo lo guardé para ti, no vas a estar mejor en ninguna otra parte y además tienes razón: lo último que yo quisiera es ver nuestro hogar en manos de un extraño, convertido en un bloque de apartamentos o, peor aún, vacío, que ya sabes que casa sin moradores, nido de ratones…». Bebí un profundo trago de alcohol a modo de exorcismo y traté de pensar en cualquier otra cosa que no fuera la única que me importaba, pero no fue necesario: un desconocido vino a interponerse entre mis fantasmas y yo. Era un hombre de estatura mediana y cuerpo atlético sin cultivar, de los que no salen de un gimnasio sino de la propia naturaleza, y que ya empezaba a echarse a perder; su edad me pareció indeterminada, aunque calculé que estaría en la última curva de la juventud. Con sus ojos azules, su mirada altiva y su forma de moverse en equilibrio entre el desdén y el engreimiento, irradiaba un cierto aire de aristócrata a regañadientes. Iba vestido con un traje blanco de algodón o tal vez de lino, una camiseta verde de todos los colores y unas sandalias de fumador de marihuana: la clase de ropa que se ponen de vez en cuando los ricos que juegan a no parecerlo. Llevaba un vaso en cada mano y, sin duda, uno de ellos era para mí.

—¿Me dejas que te invite al segundo? Antes de nada, te pido disculpas por la intromisión, pero no he podido evitar fijarme en lo que has hecho y me preguntaba qué he visto: ¿un actor que al salir del teatro se va de juerga con el vestuario de la función puesto y entra aquí a tomar la del estribo? ¿Un atracador de bancos quitándose el disfraz para darle esquinazo a la pasma? Vaya, casi puedo oír a mi madre, porque si estuviese aquí, me llamaría la atención: fill meu, no arribis a conclusions de les que no sàpigues com tornar. Perdona, no me he presentado, mi nombre es Lluís Espriu i Quiroga —dijo, mientras apoyaba los vasos en la mesa y me tendía la mano.

Llegaba en mal momento, pero daba la impresión de no admitir un no por respuesta y también la de ser alguien difícil de esquivar: se trataba de una de esas personas que vienen hacia ti en todas direcciones. Por supuesto, se daba cuenta de que era inoportuno, pero hay gente a la cual resulta muy complicado hacerle comprender lo que ya sabe. En lo que a mí se refiere, no tenía nada que hablar con él y eso lo convirtió en la compañía perfecta. Llevaba demasiado tiempo aislado, sin fiarme de nadie, al borde de la paranoia. «A quien de otro se fía válganle Dios y Santa María», me dijo mi madre, pero los dos sabíamos perfectamente que esta vez no iba a hacerle caso. Así que tras dudar si darle una mala contestación o un puñetazo, elegí la tercera posibilidad.

—Adelante, siéntete como en casa —dije ofreciéndole la silla vacía frente a mí, con un gesto desganado que enriquecí con una mirada al reloj que había al otro lado de la barra: no lo iba a atender más que unos minutos, y eso por simple cortesía. Pero, en el fondo, no me importaba que se hubiera acercado, en primer lugar porque la mención a su madre logró conmoverme y luego porque, a fin de cuentas, era la primera vez en meses que podía comunicarme con otro ser humano sin temer que fuera a sacar el encendedor, como llaman ellos a sus pistolas, y mandarme al otro mundo con el cuerpo lleno de plomo.

—¡Salud! —dijo levantando su vodka con naranja.

Volví a repetírmelo: aquel sujeto era un simple metomentodo, un buscavidas, uno de esos profesionales de la compasión que usan tu vacío existencial como trastero y quieren saber dónde te duele para clavar ahí su bandera… Pero también es cierto que, a simple vista, le encontré una gran virtud: no llevaba una calavera tatuada en los dedos por cada asesinato que hubiese cometido, tal y como suelen hacer los sicarios llegados del Este; y tampoco le oí ningún acento eslavo, sino catalán, lo cual reducía las posibilidades de que fuera un antiguo torturador de la URSS con la misión de inyectarme cianuro en las venas. No quise saber nada más. Era probable que tuviera que arrepentirme de la imprudencia, que la suerte me diese la espalda y que terminase lamentando haber elegido aquella cafetería y a aquel individuo para celebrar mi libertad. Pero esas cosas es imposible saberlas antes de que sea demasiado tarde. Lo peor del sitio equivocado es que cambia de lugar continuamente.

—«A otro perro con ese hueso, no estoy de humor para hacer nuevas amistades» —decidí no contestar, mientras alzaba mi vaso.

Mucho tiempo después, fue otro día.

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Capítulo tres

Si el mejor sitio para acabar una juerga es cualquiera al que no sepas cómo has llegado, yo me encontraba en el lugar perfecto. Es verdad que me ardía la garganta, el latido de la sangre me golpeaba contra las sienes como si fuera un animal encerrado en una caja de embalar y me dolían todos los huesos, del esfenoides al metatarso; pero no había un muerto en la otra mitad de la cama, ni dos policías intentando echar abajo la puerta, ni un anillo de casado en mi dedo, así que en realidad no era para tanto. Aunque habría sido mejor si dentro de mi cabeza no hubiesen estado golpeando incansablemente sus tam-tams los bakongo, los hutus, los zulúes y el resto de las tribus bantúes de África.

La habitación en la que desperté daba vueltas, pero era amplia y poseía una suerte de elegancia rural que se notaba mirases donde mirases; tenía dos muros de piedra que le daban un aroma de castillo o ermita y otros dos pintados de diferentes azules, ópalo y turquesa; el techo era alto, con vigas de madera en las que distinguí un escudo heráldico cincelado en relieve y compuesto por un ancla, unas llaves cruzadas y una corona con cinco puntas visibles, tres en forma de flor y dos decoradas con ramos de perlas, que si no me equivocaba era el símbolo de los marqueses. El suelo era un mosaico de baldosas hidráulicas con un dibujo de flores de lis teñidas de rosa pálido y encerradas en rombos, la clase de pavimento que usó Gaudí en el paseo de Gracia y que en el siglo XIX se puso de moda entre la burguesía del Ensanche. Había una cómoda de nogal y sobre ella un jarrón con un ramo de ginestas. Y una amatista natural en la mesilla de noche de la que pensé tres cosas: que los aficionados al esoterismo sostienen que ese tipo de cuarzo morado evita el insomnio, que en la antigua Grecia lo consideraban un antídoto contra la embriaguez y que en mi caso había sido más cierta la primera teoría que la segunda.

Al acabar el inventario, me incorporé a duras penas. La claridad, que me hirió los ojos igual que si fuera zumo de limón, entraba a la alcoba por una ventana geminada de onda conventual, con sus dos arcos divididos por un parteluz, y a través de una puerta acristalada que al levantarme vi que daba a un balcón en el que había una mecedora y una mesa auxiliar blancas. Tras los vidrios, una enorme buganvilla lo llenaba todo con su fulgor violeta y a lo lejos, más allá de unas tierras cultivadas y un bosque de pinos, se divisaba el mar.

Imaginé por un momento que esa casa me perteneciera y lo tranquilo que estaría en ella, al margen de casi todo, lejos de mí y fuera del alcance de mis fantasmas, trabajando al aire libre cada mañana, desde muy temprano y sin nadie que me molestase, incluido yo. El teléfono y el correo electrónico los atendería exclusivamente una hora y sólo por las tardes, de siete a ocho, mientras tomaba un café ardiendo y un vodka helado con vistas al Mediterráneo. Tendría asegurada la inspiración para mis novelas, que me proporcionarían una multitud de seguidores y gracias a eso desaparecerían de mi vida, de una vez por todas, los papeles en blanco y los números rojos, porque la mejor forma de convertirse en un escritor profesional es haciéndote pasar por uno de ellos. «¿Y por qué no ibas a conseguirlo?», pensé. «Los propietarios de esta mansión y de todas las demás que hay por aquí tienen dos manos, dos pies y veinte dedos, igual que tú.» Lo bueno de estar despierto es que puedes soñar lo que te dé la gana.

Intenté reconstruir lo que había ocurrido la noche anterior y sólo me vinieron a la cabeza algunas frases sobre agronegocios, biocarburantes, campos de soja, Adís Abeba, el Mato Grosso y Dar es-Salaam. Pero lo que no era fácil de recordar tampoco era difícil imaginarlo: aquel hombre con andares de profesor de danza y yo habíamos hecho un largo viaje alrededor de la noche, dejando un rastro de botellas y conversaciones vacías a nuestro paso. Y lo cierto era que me encontraba mal, pero me había sentado bien, porque en mi estado era mejor hacerse daño que mortificarse. Con esa coartada por bandera, me puse en movimiento. Y aún guardaba un as en la manga: echarle la culpa al empedrado, como sin duda habría dicho mi madre. Si no me hubiera visto obligado a ello, un hombre como yo jamás habría actuado del modo en que lo hice.

El cuarto donde había amanecido estaba en una segunda planta, así que bajé una escalera en la que vi, entre otras cosas, algunos cuadros de personajes de diversa catadura, quizá los antepasados de la familia —la mayor parte de ellos con los mismos ojos celestes de mi anfitrión—, un reloj de péndulo y una vitrina con incrustaciones de marfil en la que estaban expuestas algunas herramientas de navegación, por ejemplo un compás, una brújula, una rosa de los vientos o un sextante de los que había visto tantas veces en las novelas de Conrad, Stevenson y Jack London. Fui a dar a un salón donde me fijé, antes de nada, en la chimenea que ocupaba el centro, en la maqueta de un bajel que había sobre su repisa y en un par de sillones de cuero verde, separados por un velador cuyas patas eran tres colmillos de elefante en forma de aspa y en el que se apilaban algunos libros. Fui a ver de quiénes eran: Emilio Salgari, Walter Scott, Joseph Conrad, Alejandro Dumas, Nathaniel Hawthorne, Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson, John Steinbeck, Daniel Defoe… Todos ellos tenían dos cosas en común: estaban firmados por primeras espadas de la literatura y eran historias de piratas. Es decir, que le iban como anillo al dedo al ambiente naval que imperaba en aquella habitación. Nueve o diez boyas de cristal de color esmeralda y caramelo, que colgaban aquí y allá metidas en redes de pescador, y un ojo de buey que permitía contemplar el jardín desde el pequeño recibidor completaban el efecto.

No había decidido aún qué hacer, ni esa mañana ni todas las demás, de manera que me puse en marcha: cuando no sabes dónde ir, moverte no te va a llevar a ningún lado, pero quedarte quieto tampoco. Para empezar, buscaría la salida y un taxi que me llevara al sitio donde había aparcado la furgoneta; y lo siguiente sería empacar mis cosas, ir al aeropuerto y volver a Madrid, donde confiaba en que mi vida estuviese de algún modo esperándome.

Abrí la puerta, en la que estaba grabado el mismo escudo que en las vigas del dormitorio, y me armé de valor para echarme a la calle. ¿Se hacen una idea de la forma en que cae el cuchillo de un carnicero sobre un costillar de vaca? Pues así es como cayó aquel sol de mediodía encima de mí. Andaba laboriosamente, llevándome a cuestas, igual que si subiese una carretera de montaña en un tándem y el tipo de atrás hubiese dejado de pedalear. «Tú te lo has buscado», me dije, y me respondí: «Déjame en paz». Si te remuerde la conciencia, devuélvele el mordisco: ésa es mi norma. Una pradera de césped se extendió frente a mí, interrumpida por un sendero de losas de pizarra. Olía a humedad y me dieron ganas de caminar descalzo. Lo hice y me sentó bien. El frescor parecía trepar por mí como una enredadera.

Me giré para observar la fachada, sus muros de roca, uno de ellos cubierto de hiedra, la vidriera que había en un lateral y la espadaña que se alzaba en el extremo del tejado, con su hermosa campana de bronce y su cruz, que definitivamente le daban a aquella construcción un perfume eclesiástico. Me pregunté por qué, si era por simple estética o habría otras razones. Luego me dije que no era asunto mío.

Al lado izquierdo de la entrada había una piscina que la evidente falta de uso había transformado en un estanque decorativo: de hecho, en su fondo nadaban algunos peces y en la superficie flotaba media docena de nenúfares. Seguí adelante y según andaba por la propiedad se sucedían aquí y allá los álamos, los sauces, las mimosas y también otras especies que para mí eran desconocidas pero que cualquier entendido en botánica hubiera identificado como araucarias, ceibas, baobabs, árboles del caucho o ébanos, que en conjunto formaban una hermosa antología de las junglas de África y las selvas de América que, sin duda, sólo era posible mantener con el cuidado de los jardineros más competentes.

La propiedad era enorme, tanto que me pareció desproporcionada con respecto a la vivienda en la que había amanecido, y pronto descubrí por qué: lo que a mí me había parecido el no va más del lujo era sólo un inmueble secundario, una dependencia auxiliar donde me pregunté si mi compañero de farra estaría alojado porque trabajaba de guardés para los dueños, era un pariente que tenían ahí hospedado o tal vez un amigo que pasaba con ellos una temporada. ¿Me habría hablado de eso mientras cavábamos nuestra tumba de bar en bar, haciendo tiempo hasta que fuese demasiado tarde? Puede que sí, pero en el fondo qué más daba. Dos desconocidos que beben juntos no suelen entrar en profundidades, no se interesan uno al otro ni, en la mayoría de los casos, esperan volver a verse; pasan el rato y poco más; no tiran a dar, sólo pretenden quedarse sin balas.

A unos cientos de metros, frente a un lago artificial en el que nadaban plácidamente unas dos docenas de patos con la cabeza verde esmeralda, y dominando una gran extensión cubierta de hierba y palmas reales, estaba la edificación principal, que era un auténtico palacio modernista de tres pisos, con una torre central rematada por una cubierta en forma de pirámide y otra redonda a su izquierda, que con su cúpula de aguja parecía sacada de un castillo de Baviera o, sin ir tan lejos, estar emparentada con la famosa Casa de les Punxes de la avenida Diagonal. Al lado contrario vi una galería almenada y tras ella otra ala rectangular, con miradores hexagonales, buhardillas y mansardas. Y, por supuesto, era imposible no reparar en su escalinata monumental y en su barandilla de forja decorada con sirenas verdes, en la que me pareció que el hierro se curvaba para simular el oleaje. El remate del pasamanos eran dos gárgolas en equilibrio entre lo infernal y lo grotesco, como tantas otras de las que hay en Barcelona y que siempre me han fascinado: miras hacia arriba y ahí están esos diablos, en el castillo de los Tres Dragones, en la casa de los Paraguas, en el hospital de Sant Pau, en la catedral de Santa Eulalia, en las azoteas de la calle del Bisbe o de la plaza del Pi… Un ejército de monstruos llegados de la Edad Media para advertir a los pecadores de lo que les espera en el más allá. La puerta de entrada tenía uno de esos llamadores de bronce que te hacen pensar que si lo tocas irá a abrirte alguien de otra época y, ante todo, una apabullante vidriera de cristales esmaltados en la que se representaba a san Jorge matando a su dragón.

—Sant patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat! —oí que decía alguien a mi espalda.

Era Espriu i Quiroga, quién si no. Me observaba irónicamente para realzar el tono paródico con que había entonado ese famoso emblema nacionalista escrito en un plafón de la casa Terrades, justo en la que yo acababa de pensar a causa de sus tejados cónicos, y se había quedado a unos pasos de mí, como si por alguna razón pensase que le convenía guardar las distancias o que yo podría saltar en cualquier momento sobre él, aunque a decir verdad, no recordaba tener ninguna razón para hacerlo. ¿La había?

Estaba de brazos cruzados y su sonrisa ladeada, un poco teatral, pretendía ser la viva imagen del sarcasmo. Esta vez iba con unos pantalones vaqueros cortados a la altura de la rodilla, una camisa blanca, sus sandalias de jipi y lo que me pareció el sombrero Panamá que yo había usado mi último día de furtivo. Tuve la tentación de buscar un espejo y mirarme, a ver si yo también llevaba puesto algo suyo: si al abrir los ojos descubres que te metiste en la cama vestido, es que la fiesta fue divertida; si la ropa es de otro, entonces hay que seguir investigando.

—Te lo puedes quedar, si te gusta —dije señalando su cabeza—. Si te soy sincero, nunca ha sido mi estilo. Aunque para moverte por aquí sin desentonar, a lo mejor resultaría más útil una chistera…

Se encogió de hombros y me enseñó las palmas de las manos, que es lo que hace alguien que quiere parecer honesto, según había aprendido de una periodista con la que viví una vez y que era una estudiosa del lenguaje no verbal.

—Espero que, dentro de lo que cabe, hayas dormido bien —dijo.

—En la gloria… No sé ni dónde estoy ni cómo he llegado aquí, pero gracias por tu hospitalidad, de cualquier modo —respondí, un poco a la defensiva.

—No hay de qué. ¿Acaso iba a negarte descansar en mi humilde morada y que Dios me castigase a vagar sin rumbo por toda la eternidad, como al judío errante?

—Así que humilde morada…

—Supongo que tienes razón, la casa de mi madre intimida un poco. Yo no vivo aquí, sin embargo: para mi uso personal tengo la otra, donde tú has pasado la noche.

De manera que el aún joven crápula no era parte del servicio ni tampoco una visita, sino el heredero de una gran fortuna que, como tantos otros de su especie, mientras llegaba la hora de tomar las riendas de su imperio se distraía jugando a ser el gran Gatsby, aquel millonario de Scott Fitzgerald que se había hecho de oro con el contrabando de alcohol y los garitos de apuestas clandestinas pero que a veces, cuando la melancolía le impulsaba a olvidar su falta de escrúpulos, «abría un cofre lleno de rubíes para aliviar con sus inagotables destellos escarlatas el dolor lacerante de su corazón devastado».

—Bueno, imagino que vivir en un sitio como éste debe ofrecer también algunas pequeñas ventajas —respondí, tratando de darle un golpe bajo.

—Tiene de todo —dijo Espriu, de repente muy serio—, pero especialmente una larga, oscura y apasionante historia que nadie ha contado y que estoy seguro de que cualquier buen novelista daría algo por hacer suya. ¿No cree, señor Urbano?

Estaba claro que no iba a marcharme de allí sin comprobar hasta qué punto eso era cierto o exageraba. No soy curioso, pero me gusta saber; no soy de los que escuchan detrás de las puertas, pero tampoco de los que renuncian a abrirlas.

libro-7

Capítulo cuatro

Nos sentamos junto al lago, a resguardo

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