1994/Nura
Alzó la vista al cielo. Entre la gruesa capa de nubes, distinguió un círculo de doloroso brillo. Tuvo la sensación de que a través del blanco cegador podría ver su ardiente esqueleto si miraba fijamente durante suficiente tiempo, si aguantaba hasta que se le prendiera fuego la retina. Pero apartó la vista, en cuestión de segundos el cielo se había cubierto, y las nubes empujaban la niebla hacia la barranca.
De nuevo hubo miradas desdeñosas cuando entró en la plaza del mercado, seguida por susurros. También sintió arder en la piel las miradas de lagarto, amarillas y pegajosas, de las comadres. Seguro que hablarían pestes de ella porque iba por el pueblo con la cabeza descubierta.
La niebla se cerró sobre la barranca a la velocidad del viento. Pesada y sigilosa, se había colado en los pueblos y lo había engullido todo y a todos con su infinita boca. Se necesitaba el mayor esfuerzo para distinguir lo que había más cerca.
La niebla y el frío húmedo volvían a la gente más tensa, más susceptible, el ambiente del pueblo, de por sí gélido, era casi insoportable. Las mujeres caminaban en silencio, atendían en silencio sus ocupaciones cotidianas, mientras los hombres, en pequeños grupos, se retiraban pensativos y misteriosos al cuarto de atrás.
El invierno pronto caería sobre la barranca, con el carácter implacable acostumbrado en la región. Sus habitantes se armaban para hacerle frente y se preparaban para las noches heladas y estrelladas y los gélidos vientos matinales. Pero también había otra cosa en el aire, no, más bien acechaba desde él, y ella no podía recogerla en palabras, no conocía aquella sensación, solamente sabía que no significaba nada bueno. Sin embargo, al contrario de todos los demás, no quería dejarse paralizar por miedos y preocupaciones. Quería alegrarse al ver las primeras nieves, como todos los años. Quería organizar batallas de bolas y salir en trineo con la pequeña Asma…, pese a que su madre protestara porque ese comportamiento ya no era adecuado para una joven de su edad. Quería sentir el crujir de la nieve bajo los pies, sacudir el manto blanco de las finas ramas de los abetos de color verde musgo y reír, sin motivo, simplemente como siempre había hecho y deseaba seguir haciendo.
Al fin y al cabo, no era nada nuevo que las viejas cuchichearan a sus espaldas, que la condenaran con sus miradas; lo sabía, estaba acostumbrada, e incluso ahora, a pesar del gélido ambiente, a pesar de la esquiva amenaza que pendía en el aire, no iba a dejarse asustar, no iba a dar ningún rodeo para llegar al molino y recoger la harina que había encargado. No iba a bajar la cabeza. Tan solo tenía que cerrar un momento los ojos e imaginar la tenue voz de Natalia Ivánovna, que como en un soplo le susurraba en su refinado ruso: «¿Qué clase de postura es esa? ¿Es así como camina una orgullosa caucasiana? ¡Estírate! ¡Una mujer que va con la espalda encorvada, con actitud sometida, jamás podrá abrirse camino! ¡Mejor así, como una bailarina del Bolshói, muy bien! ¡Vete! ¡Bien hecho, madame! ¡Y ahora, vamos a trabajar en tu osanka!». A Nura siempre le había gustado cómo pronunciaba esa palabra, acentuando cada sílaba, y aunque no se tratara de otra cosa que de la posición del cuerpo, eso le daba un sentido más profundo. Era fácil traer a la memoria la voz de Natalia Ivánovna, al fin y al cabo le había enseñado la fórmula mágica que hacía más soportable cada adversidad, cada circunstancia desagradable. Su voz seguía viva, como si se hubieran separado ayer, y algo le decía que continuaría así durante toda su vida. Con sus palabras en los oídos, Nura abrazó su orgullo con mayor fuerza y cruzó la plaza del mercado con la cabeza erguida y con la osanka recta como una vela.
—¡Tienes que concentrarte! La fantasía no tolera arbitrariedades, y menos negligencias. ¡Tienes que ser muy precisa en lo que imagines!
Ahora la niebla la envolvía como una estola de piel, y por un momento creyó que era obra de Natalia Ivánovna: su hechizo para protegerla de las miradas desfavorables y de los cuchicheos, que sin duda serían hirientes para sus oídos.
La barranca dormitaba, se dejaba mecer por la niebla, y las montañas parecían contener la respiración. Una y otra vez, se imaginaba que un día se marcharía del pueblo, quizá incluso para siempre; era algo inevitable para ella, aquella certeza parecía haberse grabado en su cuerpo y en sus pensamientos, no cabía pensar otra cosa, y sin embargo, cuando se imaginaba con precisión la escena, algo se contraía en su interior. Y no por las personas, no, más bien por aquellas montañas, por su proximidad al cielo. Allí, se diría que bastaba con estirar la mano para rozar las nubes, un simple movimiento del brazo y podía tocar el cielo o, si no tocarlo, al menos respirarlo.
La primera y hasta ahora única vez que había estado en una ciudad —en una verdadera ciudad, y no en uno de esos poblachones provincianos de los alrededores—, había quedado abrumada por la constatación de que allí no se veían ni las estrellas ni el cielo, o más bien el cielo le había parecido de pega, como si un mal pintor hubiera tratado de imitarlo y hubiera fracasado miserablemente en el intento. Por aquel entonces tenía diez años y, de la mano de su padre, había caminado por calles anchas y oído pasar a toda prisa coches a su alrededor, y aunque se había sentido curiosamente extraña y ajena, había sido una sensación excitante, maravillosa, había podido saborear en la lengua algo hasta entonces jamás probado y que, entretanto, ya tenía un nombre para ella: libertad. Pero quizá aquel sabor era también más intenso por el hecho de que estuvo allí con su padre, ella sola, sin madre, sus reglas y sus prohibiciones, y de que padre parecía otro, tan relajado y de tan buen humor, tan juguetón y ligero, como si se hubiera quitado un peso inmenso de los hombros. Hacía mucho de eso… A estas alturas, su recuerdo como un hombre alegre y satisfecho le parecía casi irreal.
El propietario del molino, Avlan, se secó las manos en el delantal y sonrió de oreja a oreja. Luego le preguntó por la salud de su madre y por sus hermanas. En realidad, solo estaba interesado en Malika, la mayor de las tres. Pero no había nada que hacer. Hacía mucho que Malika era la mujer de otro hombre, e incluso él sabía que su aspiración era desesperada, aunque no quería renunciar del todo ni podía conformarse con su destino. Nura siempre había sentido compasión por él. Desde el principio se había tratado de un deseo estúpido, Malika jamás lo habría tomado por esposo y, sobre todo, la familia Gelayev nunca habría emparentado con la de él. Pasaba por ser demasiado blando y demasiado femenino para la montaña, una especie de daño colateral para el taip, inevitable y de mínima utilidad, no había ni un soplo guerrero en su sangre, y por tanto tampoco era un auténtico nochtscho. Malika, en cambio, que amaba que le dijeran lo que tenía que hacer, sentía un placer casi erótico al someterse. Ya solo por esa razón, aquel vínculo con Avlan habría estado condenado al fracaso.
—Harina muy buena, muy fina, como la pidió tu madre, perfecta para el chepalgash. Ella es una auténtica maestra en eso. Probé su chepalgash una vez, en el cumpleaños de tu abuelo, y aún puedo saborearlo, ¡celestial!
Se preguntó si exageraba porque quería ganarse su simpatía o si estaba realmente convencido. Madre cocinaba muy bien, pero la mayoría de las mujeres del pueblo lo hacían. Le sonrió y echó una mirada al exterior. La niebla se había vuelto aún más espesa, había levantado muros grises en las calles del aul.
—Realmente mala, esta niebla, ¿eh?
Avlan simuló una especie de escalofrío y sonrió estúpidamente. A ella le habría gustado darle un abrazo, pero sabía que los dos hombres que charlaban frente a la entrada no le quitaban ojo y, como no quería atraer sobre sí más problemas, se abstuvo de hacerlo y, en el mismo instante, se enfadó con su propia contención.
—Y a la buena de Malika, ¿le va bien? ¿Va de vez en cuando a visitaros?
Avlan sabía contenerse mucho menos.
—A más tardar vendrá para la celebración del sacrificio, de eso estoy segura. Por lo demás…, bueno, espero que le vaya bien.
De verdad lo esperaba. Malika se había casado hacía casi un año y se había mudado a Urús-Martán. No sabía si era feliz; en cualquier caso a madre la había hecho muy feliz con su boda. Era un clan fuerte, el padre del novio era dueño de una fábrica de jabón en Urús-Martán, sin duda pasaban por asimilados, pero no tanto como lameculos, así que había sido la realización de un sueño y al mismo tiempo un aumento de rango para Malika y toda la familia; después de la vergüenza que su padre les había traído, se trataba de una indemnización en toda regla, de un tratado de paz. Madre siempre había apostado a la carta de Malika. En primer lugar era la más obediente, en segundo lugar era una chica «correcta» con sueños de chica «correctos», girando todos ellos alrededor de un hombre poderoso y fuerte, y en tercer lugar era la más guapa. Asma aún era demasiado pequeña, y no se sabía las huellas de quién iba a seguir. Y ella misma, la segundogénita, bueno, era mejor no hablar de eso. Así que quedaba la carta de Malika, y resultó un triunfo. El plan salió bien, y por un momento había permitido que madre se reconciliara. Consigo misma, con el mundo y sobre todo con el pasado, pero ese momento no duraría mucho.
Una casamentera del pueblo vecino había arreglado la boda, y madre repetía una y otra vez la suerte que había sido que Malika tuviera una cara tan guapa y además Urús-Martán estuviera demasiado lejos como para que la noticia de la vergonzosa desaparición de su marido causara un serio impacto. Malika aceptó antes de haber visto siquiera a su novio, porque iba a trasladarse a la ciudad y a tener un marido con un coche alemán. Se casó. Se fue. Desde entonces Nura solo había visto una vez a su hermana, en verano, cuando Malika y sus suegros hicieron una excursión al aul de camino a las cataratas de Nihaloyskie, que se suponía que eran buenas para la fertilidad. Ahora llevaba un pañuelo en la cabeza, como correspondía a una mujer casada, y un vestido largo hasta los tobillos.
Pero Nura se preguntaba si su hermana era feliz. Y cómo podía ser la felicidad de Malika. ¿Se le notaría? ¿Se le vería? ¿O sería la dicha de Malika incolora, inodora, silenciosa y poco llamativa, borrosa, como aquella niebla? En aquella ocasión había estado muy callada, más que de costumbre, y parecía un poco asustada, insegura, como si ya no supiera estar allí, cerca de su madre y sus hermanas, en el pueblo y no en la ciudad, como si ya no supiera ser ella misma o, más bien, como si se hubiera construido una fachada y temiera que alguien pudiera mirar detrás.
—Su familia se entiende bien con los rusos, ¿no?
Aquella pregunta la sorprendió. Avlan nunca parecía especialmente interesado por los asuntos del mundo. Jamás saldría de ese lugar, de ese pueblo, salvo que lo echaran, de eso estaba segura.
—No sé. ¿Por qué me lo preguntas?
—Bueno, ¿es que no vais a ver la televisión a casa de los Gasuyev?
—A veces.
—Ha habido un golpe de Estado, los rusos querían poner al mando a sus vasallos. Pero hemos derribado sus helicópteros.
—¿Nosotros?
—Sí, los nuestros.
Su elección de los términos le resultó sorprendente. Sin duda pasaba mucho tiempo en el antiguo club del Komsomol, donde en los últimos tiempos cada vez se reunían más hombres jóvenes, que discutían sin parar cualesquiera «cuestiones importantes», como las llamaba madre, lo que significaba discusiones sobre política. Probablemente Avlan también había estado allí y había adoptado las palabras ajenas para impresionar.
—Sí, y han detenido a muchos de los lameculos.
Resultaba inevitable observar cierto orgullo en su voz, su celoso patriotismo la sorprendió, y el ardor en sus ojos al decirlo le hizo bajar de golpe varios peldaños en su escala de simpatías.
—Ahora tengo que irme, madre y Asma esperan…
Por primera vez, se había sentido incómoda con él, y quería marcharse deprisa. Como si despertara de un semisueño, él movió la cabeza, volvió a reír a su agradable manera y le tendió el saquito de la harina. Ella se despidió con una cabezada y salió. La niebla la envolvió al instante como un cálido manto.
Unos pasos más allá, estuvo a punto de chocar con la gorda Gülnaz y su amorfo hijo. La Gülnaz era una auténtica matrona de pueblo, y como su esposo tenía unas cuantas vacas e igual número de esposas —lo que a ella le gustaba un poco menos, aunque no lo dejara notar—, creía que podía decidir en muchas cuestiones de la comunidad e inmiscuirse en todo. Si el cotilleo engordara, hace mucho que pesaría una tonelada, le había dicho Nura una vez a Asma, y ella misma se había reído de su gráfica idea.
El niño, que ya no lo era tanto pero seguía sin crecer, agarraba con fuerza la mano de la Gülnaz y caminaba tras ella con pasos lentos y pesados.
—¡Ah, Nura, eres tú! ¡Qué susto me has dado! —gritó, y ni siquiera la espesa niebla pudo ocultar el brillo del mucho oro que llevaba en la boca.
—Sí, soy yo, tía Gülnaz, perdone. Es que hoy la niebla es tan espesa…
—Mi hermano ha dicho que son los rusos. Sí, sí, no me mires así, se dice que ahora van a emplear no sé qué gases para vengarse de nosotros, para envenenarnos lentamente sin que nos demos cuenta…
—¡Eso no me lo creo, tía Gülnaz!
Dio un pasito hacia delante, en un intento de hacerle ver que quería seguir su camino, pero Gülnaz se lo impidió. Aún tenía cosas que decir, y sobre todo quería asegurarse de que no se le había escapado nada.
—¿Qué está haciendo tu madre?
—¿A qué se refiere, tía Gülnaz?
No tenía ni idea de adónde quería ir a parar aquella víbora.
—Bueno, tan sola con dos chicas en casa, en estos tiempos tan revueltos…
Todo en ella se contrajo. Le hubiera gustado gritar, le habría escupido en la cara y hubiera salido corriendo. Tanta alegría por el mal ajeno, tanta codicia del dolor del otro, resultaba casi insoportable. Cómo se podía vivir con tanta frustración, se preguntó, y se forzó a sonreír.
—Todo en orden, tía Gülnaz. No se preocupe por nosotras.
—No le des problemas a tu madre, ¿me oyes? —dijo la Gülnaz, con un tono casi amenazante, y se inclinó tanto hacia ella que Nura pudo oler su desagradable aliento, una peste a huevos duros y a algo grasiento—. Ya ha pasado bastante.
Con qué gusto le habría dado Nura una bofetada. Y en ese momento sintió dolorosamente la ausencia de Natalia Ivánovna. En otras circunstancias, después de un incidente como ese habría corrido a verla y se habría descargado con ella como un trueno, se habría puesto furiosa y lo habría mandado todo al diablo, hasta volver a tranquilizarse y recuperar la confianza en sí misma. Pero ahora, sí, ahora tenía que tragarse la amargura, la rabia, obligarse incluso a una sonrisa.
—¡Adiós! —se limitó a murmurar, y ya seguía su camino por entre la niebla cuando el chico, que antes se había quedado apático junto a su madre, de pronto le sacó la lengua y profirió algo como un escupitajo.
Al principio Nura no entendió lo que era, pero después de haberse alejado un poco pudo interpretar mejor el sonido. «Puta», le había gritado. Probablemente Gülnaz le había tapado la boca, porque había enmudecido de golpe, y volvía a reinar el silencio que lo abarcaba todo.
No podía perder el control. No podía dar a aquellos paletos un motivo más para cotillear sobre ella y los suyos. «Solo sigue respirando, respira hondo y con regularidad», volvió a notar el susurro de Natalia Ivánovna en su oído. ¡Cuán terriblemente la echaba de menos! «¡Respirar y luego cambiar el filtro!»
Lo hacía cuando el mundo se volvía demasiado sólido a su alrededor, demasiado duro, demasiado incómodo: simplemente desconectaba la realidad, la cambiaba como un filtro de color. No era difícil, solo tenía que cerrar los ojos y sumirse en otra realidad, con cada uno de sus sentidos, con la mayor concentración, y enseguida todo era distinto, se convertía en otra persona, intercambiable, justo en aquello que quería imaginar, lo que su imaginación estaba dispuesta a permitirle. Y cada día, cada mes, cada año se volvía más osada y audaz en eso. Antes, en su imaginación se permitía como mucho un escenario en el que era médica, en algún sitio de una gran ciudad llena de hermosos parques y atracciones. Una ciudad que era igual que una feria, colorida y ruidosa y llena de música, llena de placer, y ella en medio, viniendo a toda prisa del trabajo, que era sensato e importante, a ser posible en el campo de la cirugía, algún tipo de trabajo a vida o muerte; iría ataviada con un precioso vestido y el pelo suelto, triunfante porque con su ayuda la vida habría vuelto a vencer a la muerte, y pasaría por delante de las casetas de algodón de azúcar y del hermoso tiovivo y reiría y comería helados. Descubrió que podía entrenar su imaginación, adiestrarla como a un caballo obediente. De ese modo aprendió a inventar historias cada vez más osadas y llamativas, cada vez más extravagantes. Cuando, por ejemplo, no quería esforzarse demasiado, era sencillamente una princesa, eso no le costaba ningún esfuerzo. Pero no cualquier princesa, sino una japonesa. (En una ocasión, en la vieja biblioteca del pueblo, había descubierto una revista deshilachada, una antigua revista de modas toda ella escrita en caracteres latinos, en una lengua extranjera y en apariencia hermosa, y en la que salían fotos de mujeres bellas y bien vestidas. Y allí había una joven atildada que resultó ser una princesa japonesa, que llevaba el exótico nombre de Michiko, un nombre que despertaba el deseo de viajar…, hasta ahí había podido descifrar.) Lucía elegantes vestidos y saludaba al pueblo desde un palacio imperial completamente dorado.
Pero, en los últimos tiempos, solía ser María. La bellísima María de la telenovela mexicana Simplemente María, que veía todas las noches con las otras mujeres del pueblo en la televisión de casa de los Gasuyev… Se aglomeraba allí tal cantidad de gente, que habían puesto el televisor en el patio con ayuda de una alargadera pegada con cinta adhesiva, para que todo el mundo tuviera sitio. La serie trataba de una sencilla muchacha campesina, la María que le daba título, que a pesar de todas las adversidades y obstáculos lograba convertirse en una famosa diseñadora de moda y superaba todas las trabas sociales, aunque no conseguía vivir su amor por el adinerado Juan Carlos del Villar Montenegro. Era hermoso ser María. Y también era fácil tomar prestada para una la realidad de María, porque la colorida realidad mexicana, doblada al ruso, era espléndida y rica en detalles. Ella tenía ideas muy precisas de cómo eran las estancias que recorría María, los vestidos que llevaba, los objetos que tocaba, y todo lo demás, bueno, todo lo demás lo completaba en su cabeza. Por ejemplo, el sabor de los labios de Juan Carlos del Villar Montenegro. Aunque su amor era desdichado, aunque no conseguían encontrarse (pese a que aún no podía afirmar con certeza tal cosa, al fin y al cabo tenía por delante ciento veintidós capítulos), era maravilloso, misterioso, emocionante, tal como imaginaba que debía de ser, y no como la realidad le imponía. Había sabido que la actriz que encarnaba a María se llamaba María Victoria Eugenia Guadalupe Martínez del Río Moreno-Ruffo, y había memorizado el apellido como uno de los muchos poemas patrióticos que le habían enseñado en el colegio. ¡Qué mágico y atractivo sonaba! María Victoria Eugenia Guadalupe Martínez del Río Moreno-Ruffo, aquel nombre se fundía en la lengua como algodón de azúcar, y dejaba un regusto que despertaba el deseo de más. El mundo de María Victoria Eugenia Guadalupe Martínez del Río Moreno-Ruffo era como una se imaginaba que tenía que ser el mundo cuando se tenía la suerte de vivir, y en ese caso la vida y el entorno tenían que ayudar. No era pedir tanto. ¿O sí? ¿Estaba tan mal desear más? ¿Más de lo que correspondía a una mujer, como su madre pensaba? Lo que pensaban esas viejas que se sentaban en la plaza del mercado y la devoraban con sus amarillos ojos de lagarto, criticándola, difamándola; ya les parecía bastante desvergonzado que fuera tan joven; joven y llena de secretas promesas que su cuerpo hacía sin ser consciente de ello. ¿Tenía que disculparse por ser tan flexible y atractiva como un animal en libertad? ¿Tenía que disculparse por soñar con salir de allí? ¿Porque el pueblo no fuera suficiente para ella? ¡Y sus habitantes todavía menos! Detrás de esas montañas, de la enorme barranca, del furioso río, había un mundo que contenía tanto, que era tan variado, tan colorido. Allí quería ir. Tenía que ir. Tenía que conseguirlo. La idea de que un día podría perder su magia y ya no sería capaz de trasladarse a otra realidad, porque la presente, la real, se abriría paso como un ácido corrosivo a través de todas las capas de fantasía, la petrificaba. Lo más terrible que podría pasar sería la pérdida de su capacidad mágica. Aquella capacidad la mantenía viva, le daba confianza, le hacía soportar todo aquello que era lo contrario de la felicidad y aun así no era desgracia, pero para lo que hasta ahora no había encontrado un nombre.
—¿No es infinitamente triste, Nura, que la mayoría de la gente no desee nada más que la mediocridad? ¿La mediocridad en la vida, la mediocridad en todo, y que no haya nada que yo tema tanto como precisamente eso?
De pronto vio a Natalia Ivánovna ante sí, junto a la ventana, de espaldas a ella, con un cigarrillo en la mano izquierda. Era zurda, y siempre había dicho que era porque la mano izquierda estaba más cerca del corazón, y ella no podía hacer nada que no estuviera en contacto directo con su corazón. Era invierno…, casi siempre que pensaba en Natalia Ivánovna era invierno, como si el tiempo que habían pasado juntas hubiera sido un invierno interminable, blanco, cubierto de nieve, como si en el tiempo que había pasado con ella no hubiera habido verano… y en las estufas de chapa ardía la leña, su crepitar tenía algo de adormecedor, el sonido invitaba a soñar. Fuera hacía frío, y por la ventana el mundo parecía tan inmisericorde, tan poco amistoso, mientras en aquel cuartito se estaba tan caliente y tan confortable. Nura no podía ver su rostro cuando dijo aquella frase, pero de pronto se le puso la carne de gallina. No podía establecer si aquella frase le resultaba familiar, si le repelía o le daba miedo…, pero la cautivaba, y se quedó petrificada.
—Siempre hemos luchado en contra de eso, mi marido y yo, no hemos hecho otra cosa. Y ahora, después de tantos años, me pregunto si no fue un error, si no hemos fracasado de forma miserable. Si me lo preguntas, la mediocridad es la maldición del ser humano; no fue la serpiente la que llevó el pecado al jardín del Edén, fue la mediocridad…
Natalia Ivánovna dio una calada a su cigarrillo (en el mundo en el que Nura vivía, una acción inaudita y prohibida para una mujer) y Nura se preguntó si debía acercarse y abrazarla, consolarla, decirle que era la persona más extraordinaria que había conocido nunca.
—Pero algunas personas, muy pocas, lo consiguen… Logran romper esa maldición —volvió a enmudecer de manera abrupta, esperó algo, tenía que dictarse alguna sentencia, y ella lo hizo, después de apagar el cigarrillo en un platito de café reconvertido en cenicero—: Quizá, sí, quizá… tú podrías conseguirlo, Nura…
En toda su vida Nura nunca había escuchado un «sí» tan grande. Pero había que luchar por ese «sí», tenía que luchar como una leona, eso también lo había aprendido de Natalia Ivánovna. De lo contrario, algún día iba a terminar como aquellas viejas de la plaza del mercado, con un paño de algodón alrededor de la cabeza, con las manos plegadas en el regazo, los ojos amarillos y pegajosos y palabras biliosas que volvían venenosa la boca…, si no se iba, si no escapaba de aquellas montañas y ese río, de esa naturaleza tan engañosamente bella. O, peor aún, acabaría como madre, babeando de autocompasión, pidiendo con cada fibra de su cuerpo la protección del aul, esforzándose por justificar cada acción, cada decisión… Desde que padre se había ido, ella flotaba en la galaxia como un ser desvalido, temerosa e insegura, intimidada hasta la médula, y se perdía en una eficacia ciega.
No, jamás uniría el sentido de su vida a un hombre, ni siquiera a uno como Juan Carlos del Villar Montenegro. Sería el sol de su propio sistema planetario. No ocultaría nada, llevaría los vestidos más hermosos y más coloridos, y enseñaría los tobillos y la línea que hacía ya dos años que se dibujaba entre los pechos, tan redondos y firmes. ¡Y qué bonita iba a decorar la casa que compraría un día! Con manteles de flores y jarrones de porcelana, con alfombras tejidas a mano y blandos sofás. Parecida a las haciendas de la telenovela. Pero quizá —y aquel sueño era el más emocionante, audaz, loco, y por tanto quizá el más íntimo de todos sus sueños— se convirtiera en actriz, una a la que mirasen, de la que todos se enamorasen uno tras otro, que ganara premios y se paseara con ricas vestimentas y repartiera besos con los ojos húmedos desde el escenario. ¡Una como María Victoria Eugenia Guadalupe Martínez del Río Moreno-Ruffo!
Pero no se atrevía a pensar en ese sueño hasta sus últimas consecuencias. La idea de que no solo toda la familia, sino también Asma, podría despreciarla y apartarse de ella era demasiado dolorosa. Pero quizá lo conseguiría, y ese lugar no atraería a Asma a su hechizo ni la infectaría con sus reglas y doctrinas, duras como el acero; quizá conseguiría ser para su hermana lo que Natalia Ivánovna había sido antaño para ella: un ancla. Sí, quizá si lo lograra, ir primero a Grozni, luego a Moscú, luego a… ¿Adónde, en realidad? Sí, quizá México estaría bien, por qué no a México, al fin y al cabo allí se rodaban series fabulosas como Simplemente María, y ella actuaría en una de esas series, y cuando por fin hubiera llegado allí y habitara una hacienda con papagayos y cactus gigantescos en el jardín, se llevaría a Asma y practicaría la libertad con ella, todos los días, con férrea disciplina, como antaño había hecho con ella Natalia Ivánovna, y Asma comprendería que su mundo no era más que una de las infinitas variantes del gran mundo y de ninguna manera la absoluta y la única correcta, y entonces quizá incluso el corazón de su madre se ablandase, porque a fin de cuentas estaban solas, y la madre iría a visitarlas y se asombraría al ver en qué colores de tecnicolor se desarrollaba la vida mexicana de su hija. Con lo terca que era, de todos modos nunca querría abandonar del todo su país, su aul, pero quizá cruzara el océano un par de veces al año e hiciera con sus hijas excursiones a los parajes más hermosos de México.
Natalia Ivánovna había venido al pueblo hacía alrededor de cuatro años, una rusa casada con un checheno que se había mudado a Grozni. Ambos habían sido maestros, y por alguna razón incomprensible para Nura habían convertido en tarea suya recorrer los pueblos más apartados del norte del Cáucaso e instruir allí a los niños. No iban a las escuelas de los pueblos, ofrecían clases totalmente privadas, en improvisadas aulas instaladas en sus domicilios. Vivían de los regalos y limosnas que los padres les daban en agradecimiento por el entusiasmo de sus hijos, y consideraban que su misión era transmitir «impulsos intelectuales que fueran más allá de las normas imperantes». Traían todo un maletero repleto de libros y algo igual de maravilloso: un televisor con vídeo integrado y multitud de videocasetes, rotulados a mano. En ellos se ponía de manifiesto un mundo mágico que atraía en bandadas a los niños. Desde viejas películas de Chaplin pirateadas, de mala calidad, hasta películas de acción de Hollywood, pasando por Visconti… Todo estaba ahí, incluso películas de Bollywood. Antes de cada pase, daban una charla sobre la cinta correspondiente, y al final discutían sobre ella. Durante la hora anterior al pase, contaban a los niños algo acerca de cómo se había hecho la película y acerca de los actores, de la época en la que transcurría y de los acontecimientos mundiales del momento. Después, los niños tenían que contar sus impresiones. Y no bastaba con decir que la película les había gustado o que no, debían argumentar y debatir entre ellos. No había criterios, no había una doctrina del buen gusto, se podía pensar y decir todo. Muchos de los presentes se sentían desbordados por aquel ejercicio. Nunca antes les habían permitido dar su propia opinión. Siempre eran las leyes del adat las que regían su vida, siempre eran los padres y abuelos, los ancianos del pueblo, el Partido y los imanes los que les decían lo que tenían que hacer y dejar de hacer. Y ahora, de pronto, aparecían dos magos que los arrastraban a una realidad mágica, en la que tantas cosas parecían posibles. No todos se las arreglaban bien con ese margen de libertad, muchos se iban después de un par de sesiones, o los padres aireaban la desgracia y prohibían a sus hijos ir a visitar a aquella rara pareja. Pero otros estaban contentos de ver el entusiasmo en la cara de sus vástagos, y no se preocupaban de los contenidos que la pareja les transmitía. De un modo u otro, esos dos se irían, y sus hijos volverían sin decir palabra a su parca y reglamentada cotidianeidad, porque esa era la ley de las montañas, la ley de los antepasados, allí imperaba la centenaria ley de los vainacos.
Sin embargo en su caso todo era distinto. La semilla caía en un suelo más que fértil. Para ella, una desgracia iba a convertirse en pura dicha. El marido de Natalia Ivánovna murió de pronto de un infarto, cuando llevaban unas semanas en la barranca de Argun. Habían alquilado una choza de madera al borde del camino principal, y una noche aquel hombre barbudo y bondadoso cayó redondo antes de que Nura pudiera siquiera recordar su nombre. Natalia Ivánovna guardó luto durante mucho tiempo. Lo guardó de manera distinta a la de las mujeres del aul. Guardó luto en silencio y sin ritos fijos. Para sí misma. Los habitantes del pueblo hablaban, pero ninguno se inmiscuyó, no era una nochtscho, era una extranjera, una impía socialista del norte, ¿cómo iba a conocer la manera en que se guardaba un auténtico luto, en que se lloraba a un marido como era debido? Sí, sí, los de la ciudad eran unos degenerados, se habían alejado del camino recto, los comunistas los habían corrompido, ¡pero había esperanza!, susurraban los viejos, ¡desde hacía poco volvía a haberla, esa torturadora esperanza, desde que el Gigante se había derrumbado como un elefante enfermo, desde que se había fundado el Partido Democrático Vainaco, desde que se había proclamado la independencia! ¡Había esperanza de que Alá volviera a repartir sus bendiciones sobre el país!
Solo poco a poco la mujer forastera se fue atreviendo a volver a salir, con la cabeza descubierta, a las polvorientas calles del pueblo; vagaba sin rumbo como un pajarillo apartado del resto de la bandada, compraba algunos alimentos. Nura la veía pasar desde la ventana de su granja y sentía que el corazón se le desgarraba. Entonces sabía muy poco de aquella forastera que había venido de otro mundo, y sin embargo había algo tan familiar en ella, en su manera de caminar, en su manera de mirar hacia una lejanía incierta; algo en su aire perdido le recordaba a ella misma, como si se hubiera pasado la vida buscando raíces, raíces muy distintas, no aquellas que entraban en la tierra, firme y dura, no, sino de las que buscaban pensamientos y sentimientos.
En una ocasión la siguió a escondidas a través de la nieve alta, provocativamente blanca, que engullía todos los sonidos; le fascinaba lo que aquella mujer irradiaba, algo para lo que ella misma no encontraba palabras, algo que más tarde habría de calificar de autosuficiencia. Aquella mujer no parecía necesitar nada ni a nadie, estaba llena de algo, un Algo que no se podía ver, pero sí sentir, solo que estaba triste porque había perdido a una persona amada, y a Nura le hubiera gustado saber cómo había sido su amor, si su marido también era alguien que tenía todo lo que necesitaba y no veía en ella una necesidad, sino un enriquecimiento. A lo largo de todos aquellos meses al lado de Natalia Ivánovna, no logró desvelar su misterio, no le fue dado entender cómo podía vivir así, sin necesidad alguna. Cómo podía basar todo lo que hacía, todo lo que era, en la voluntariedad. Pero, en algún momento, eso dejó de tener importancia.
Natalia Ivánovna se quedó largo tiempo en la barranca, más de lo que había permanecido en ningún otro sitio, y precisamente eso fue para Nura un golpe de suerte, la salvación. La muerte de su esposo precipitó a una crisis a Natalia Ivánovna. Como si todo le diera igual, como si solo con él hubiera encontrado sentido a lo que hacía. No había hijos, ni tampoco ataduras. Habían llevado una vida nómada, complementándose, sin necesitar a nadie más que a sus alumnos. Ella habría podido irse a Grozni o a Majachkalá, quizá a Tiflis o Ereván, de alguna manera parecía encadenada al Cáucaso como Prometeo, del que le había hablado a Nura un día, tomando un té con miel y una fina rodaja de limón. Ya no tenía ninguna relación con Leningrado, que entretanto volvía a llamarse San Petersburgo, donde había nacido y crecido, nada de lo que había allí la atraía como para regresar. Las montañas se habían convertido en su hogar. Con un Lada Niva azul claro habían recorrido el Cáucaso, siguiendo una vaga nostalgia; habían transitado por la carretera militar, en pos de un sentimiento o quizá de una esperanza. Y ahora no había para Natalia Ivánovna lugar alguno, nostalgia alguna, lo bastante fuerte como para ponerse nuevamente en camino por aquellas extensiones infinitas, porque la meta parecía turbia, poco clara.
Y aún había algo más que le hacía buscar el retiro y aventurarse cada vez menos por las montañas: el nacionalismo que había sobrevenido con la proclamación de la República Chechena de Ichkeria. Desde que Ingusetia se había adherido a la Federación Rusa, y Chechenia se había negado a dar ese paso, estaba empezando a faltarle aire. En el Cáucaso se alzaban por doquier voces que dividían el mundo en dos campos, el de los amigos y el de los enemigos, y en enemigos se convertían todos los que no querían y exigían lo mismo que los otros; por doquier no querían más que estar solos, los indeseados huéspedes ya habían estado allí demasiado tiempo, y ahora que la Unión Soviética se desintegraba y la gigantesca Rusia caminaba ciega y confusa en la oscuridad, querían aprovechar el momento y despedir de una vez a aquellos huéspedes indeseados.
Natalia Ivánovna no había pertenecido a ningún sitio a lo largo de toda su vida, y ahora esa circunstancia podía serle fatal. En el sur ya había corrido la sangre: primero en Georgia, luego en Armenia y Azerbaiyán, y ahora su olor metálico se percibía también aquí, en el norte. Se retiró a su granero y empezó a hacer magia. Solo que ahora ya no hacía magia para los otros, los niños y los jóvenes, sino para sí misma. Fantaseaba, viajaba por la antigua Grecia y se deslizaba con pomposos vestidos y pelucas altísimas por Versalles y Fontainebleau. Era dueña de mundos enteros que creaba en su imaginación. Dado que no quería llamar innecesariamente la atención, solo de vez en cuando enseñaba a los niños en ruso, porque a lo largo del último año el ruso había sido eliminado del plan de estudios de los colegios, pero algunos padres seguían insistiendo en que sus hijos dominaran esa lengua. Desde ese momento renunció a sus «impulsos intelectuales» y conferencias. Hasta que se encontraron, y Natalia Ivánovna despertó de su letargo invernal, como si hubiera recibido el beso de la vida.
El primer encuentro fue de pocas palabras, dichas en voz baja, como correspondía a la nieve hasta las rodillas y al mismo tiempo a una iniciación, a la consagración en una magia. Nura había vuelto a deslizarse hasta el granero y había dado la vuelta a la casa como un gato vagabundo, con la esperanza de ser rastreada, de ser descubierta. Y fue descubierta.
—¡Entra, mi pobre casa parece atraerte mucho!
Fue lo único que le dijo al abrir la puerta. Natalia Ivánovna estaba sentada, junto a una taza de té humeante, a una mesita baja que utilizaba como mesa de comedor, y miraba con sus ojos celestes y gesto de concentración suprema, a través de las gafas asentadas en la punta de la nariz, un cubo de colores que Nura nunca había visto. Parecía un juguete para adultos.
—¿Qué es eso?
—Es un cubo de Rubik, una especie de cubo mágico; en pocas palabras: un rompecabezas. ¿No lo conoces?
—No.
—Bueno, tal vez sea mejor así, yo me paso el día rompiéndome los sesos con esta idiotez.
—¿Por qué?
—Simplemente no lo consigo, da igual lo que haga, no me sale. Mi marido solía reírse de mí por eso, decía que parecía que iba a resolver el misterio de la vida, pero de algún modo me he obsesionado, y no me sale. Quizá tú lo consigas —dijo, y le tendió el cubo de colores.
Era como llegar al hogar. Resultaba familiar, aunque de un modo ilógico, incomprensible. La magia la rodeaba. Y todas las noches, cuando llegaba a casa y las miradas iracundas de su prima y las acusaciones de su madre se vertían sobre ella como un alud, se preguntaba cómo había podido vivir hasta entonces sin todo ese conocimiento, sin todo ese saber. Era dicha, pura dicha, lo que encontraba en aquel sencillo granero. Y lo más emocionante era que también había aprendido a entender, e incluso apreciar, lo familiar y en parte odiado, a través de los ojos de Natalia Ivánovna. Gracias a ella se enamoró de la barranca y del río indomable. Adoptó una actitud conciliadora con el pasado y se ejercitó en el perdón.
Sí, tenía que perdonarle a él, a padre, una palabra que desde su marcha no había tomado en sus labios, como si la lengua se le fuera a quemar con las letras. Habían borrado esa palabra de sus vidas, del presente, como si nunca hubiera habido un padre, aun cuando madre no hiciera otra cosa que guardar luto por él, y durante meses el pueblo entero no hubiera hecho otra cosa que gastar saliva cotilleando al respecto.
Y a veces odiaba su nostalgia, porque tenía miedo de que pudiera ser la herencia de él corriendo por sus venas. Y de que un día, quizá, se revelara no solo como nostalgia, sino como maldición. ¿Estaría también ella condenada a estar siempre buscando, agitada y jamás satisfecha, incapacitada para la felicidad? Él no había podido evitarlo, ella lo intuía y se odiaba por seguir intentando hallar cómo disculparlo. Con su acción había asumido que convertiría a su familia en apestados. ¿Cómo de fuerte tenía que ser la maldición para que él no pudiera hacer sino lo que había hecho? Sí, había traído la vergüenza a los suyos y seguía desaparecido, se había sustraído a toda responsabilidad.
Los años anteriores habían sido una continua sucesión de penalidades. ¡Y aquel desastre con las ovejas! Cuando madre comprobó que sus «locuras» habían vuelto, decidió cargarlo de infinidad de tareas, para que no le quedara tiempo para «extravagancias». Nunca habían tenido ovejas. Caballos sí, pollos también, pero jamás ovejas. Así que decidió que él cuidara un rebaño de ovejas y las llevara a la meseta, donde había pocas distracciones, poco que pudiera estropear. Al principio él no replicó, lo que ella se apuntó como un éxito, pero menos de dos semanas después la mayoría de las ovejas se habían extraviado en la meseta, y algunas incluso se habían caído por barrancos. Ante la general indignación, él se había limitado a responder que había sido la libre voluntad de los animales. Había sido el principio del fin. Hasta su desaparición, madre soportó una penalidad inaudita detrás de otra. Y entretanto llegó incluso a pensar en buscarle una mujer más joven, una compañera de su felicidad oficiosa pero tolerada, aunque ya no llegaría a ocurrir. Se fue y la dejó sola con sus recuerdos y con su pena. Y aquellos recuerdos no eran tan fáciles de borrar, no podía hacer que los años que había pasado a su lado, y las tres hijas que había tenido de él, desapareciesen como si no hubieran existido. Además, se veía obligada a vivir bajo la preocupación de que sus hijas hubieran heredado algo de él, que también ellas se volvieran «locas», se quedaran calladas durante días o durmieran semanas enteras en una cueva de la montaña. Ella siempre había sido una mujer que vivía conforme a las leyes del adat, que había ido a rezar incluso durante el socialismo y la era de los koljoses. Era una mujer que por encima de todo temía aquello que su segunda hija más anhelaba: ser diferente, y que eso implicara caer en desgracia entre la comunidad.
El primer escándalo, según contaban, se había producido ya durante los primeros meses de su matrimonio, cuando su madre estaba embarazada de Malika, un día en que él había ido a bañarse al río totalmente desnudo y se había topado con la milicia local. La historia de cómo el tío de su mujer lo había molido a palos el día del cumpleaños de su suegro seguía corriendo por ahí como una divertida anécdota. Se había entablado una acalorada discusión con el obstinado tío —cada uno de los dos tenía una versión distinta, fuera cual fuera el tema del que se tratara, desde las migraciones hasta Brézhnev, incluso en una ocasión habían discutido a cuenta de una determinada forma de criar ovejas—, y de pronto él había empezado a tirarle comida al tío, pan y queso, todo fue a parar a la cabeza del anciano. Lo peor para la madre era el hecho de haber soportado todo eso y más, solo para acabar siendo la apestada del aul y estar allí con las manos vacías, y no poder decir que su sacrificio, su paciencia de ángel, su casi inhumana resistencia habían merecido la pena. Aquella injusticia le robaba el sueño desde su marcha repentina y sin decir palabra, y canalizaba su ira, tan dispersa y desvalida a lo largo de los años.
La niebla descendió más aún. Como una serpiente, se retorcía por entre las rocas de la barranca. Ojalá lograra llegar a casa antes de la oscuridad total. La noche iba a ser gélida. La helada vendría detrás de la niebla, pero vendría, y sería implacable. Se detuvo delante de la casa de los Osmayev, oyó un susurro a su espalda y se volvió, asustada.
—Tú, que siempre eres tan valiente, ahora te estás cagando encima, ¿eh?
Era Musa, el entrometido. Respiró aliviada y al mismo tiempo todo su cuerpo se puso en tensión. Se le acercó más de lo que permitía la distancia establecida por los antepasados, la niebla le hacía envalentonarse. Habían ido juntos a la escuela. Y, de alguna manera, él se había fijado en ella. Cada pelota que lanzaba era para ella, cada tirón tenía que ser de su trenza, cada chiste sobre chicas era pronunciado en su presencia; cada travesura, hecha delante de sus ojos. Desde que eran muy pequeños y jugaban juntos en el patio, en las fiestas familiares, Musa no era capaz de apartarse de ella. Era ágil y locuaz, sin duda pasaba por ser un novio prometedor, sobre todo porque su padre tenía la mayor vaquería de toda la barranca y había acumulado mucho dinero desde la privatización. Musa había crecido, le sacaba casi una cabeza, fuerte y lleno de energía, con un temblor inquieto en los miembros, como si le fuera imposible estarse quieto, como si el movimiento constante fuera su estado natural, mecía el torso adelante y atrás y cambiaba el peso de un pie al otro, poniéndola completamente nerviosa y confusa.
—Seguro que por ti no me voy a cagar. ¿Qué haces por aquí? ¿No tienes nada mejor que hacer que acechar a las chicas?
—Yo no acecho a nadie. Estás delante de mi casa, aquí puedo hacer lo que quiera, es mi territorio.
Sacó del bolsillo un paquete de cigarrillos y cogió dos de una vez. Solo se atrevía a hacer tal cosa porque no había adultos cerca y la niebla le sustraía a las miradas. Se puso uno detrás de la oreja y el otro entre los labios. La llama del mechero produjo una breve ilusión de calor y refugio, que a ella le gustó.
—Debo irme a casa —dijo, más para sí misma que para Musa. Aún tenía un largo trecho por delante, y la niebla ya había engullido el cielo.
—Si tienes tanto miedo te acompaño, ¿no? No vaya a ser que te robe alguien —respondió él, y rio con una risa escandalosa y sucia, como hacía siempre. Una risa como si tuviera algo prohibido en la cabeza.
—No, no es necesario, gracias.
—Vamos, no son buenos tiempos para que una chica ande tan tarde por ahí.
—¿Y eso por qué?
Por una parte, ella encontraba agradable la idea de no tener que abrirse camino sola en la oscuridad; por otra, la proximidad de Musa no le resultaba del todo tranquilizadora. Solo con el ascua del cigarrillo distinguió que se estaba dejando crecer una barba que aún no acababa de ser tan espesa como él deseaba. No pudo evitar sonreír.
—Bueno, en los últimos tiempos anda toda clase de chusma por nuestra región. Incrédulos y blasfemos.
Aquellas palabras sonaban algo extrañas en sus labios; recordó que madre y sus primas habían contado que Musa se empleaba a fondo en el centro comunitario a favor de la construcción de la nueva mezquita, y que su padre iba a financiar la mayor parte de la obra. No podía conjugar al frívolo, bobo y nervioso Musa con la idea de un musulmán devoto y temeroso de Dios. Se puso en movimiento, irritada por no haber hecho caso a su madre y no llevar consigo una linterna. No había estrellas para alumbrarle el camino, todo parecía haber desaparecido, tragado por la espesa niebla y la oscuridad, que había sobrevenido sin previo aviso. En algún lugar a lo lejos ladró un perro. Había una inusual tensión en el aire, y Nura solo podía achacarla al tiempo. Musa la siguió en silencio.
—De verdad, muchas gracias, pero prefiero ir sola…
—Tengo que llevarte a casa, se lo debo a tu madre.
—¿Por qué ahora?
—¡Ya ha tenido bastante desgracia!
La frase tenía un regusto amargo y gélido. Ella fue a responder algo, pero no le quedaban fuerzas. Ya no quería justificar nada, explicar nada, proteger a nadie. Le daba igual lo que hubiera ocurrido en el pasado, le daba igual qué clase de problemas tuviera su padre, le daba igual adónde se hubiera ido, le daba igual lo vergonzoso que todo aquello fuera para su madre; ya no quería tener que mirar atrás, quería mirar hacia delante, quería dirigir la mirada más allá de los bordes de este mundo. En silencio, pasaron frente al centro comunitario y el antiguo supermercado Gastronom. Reinaba un silencio fantasmal, aquella maldita niebla parecía engullir los ruidos, los sonidos, incluso el aliento, como si no fuera a saciarse hasta haber devorado el mundo entero.
—Deberías ir poniéndote un pañuelo —dijo, siempre unos cuantos pasos por detrás, y ella se sintió curiosamente sorprendida, como si hubiera visto algo que no iba dirigido a sus ojos. Tiró nerviosa de su abrigo—. ¿Qué es lo que te pasa?
Ya no pudo contenerse más; el reproche, que sonó más fuerte de lo que quería, sencillamente le salió de los labios:
—Qué significa eso, que qué me pasa… Yo… yo…
De pronto empezó a balbucear, como si se hubiera atragantado con sus propios pensamientos. Se volvió hacia él y le miró a la cara. Adivinó más que vio, y aun así pudo sentir su miedo, ¿o era algo distinto eso que casi se podía oler, era vergüenza? Y él inclinó la cabeza, de pronto acercó tanto su rostro al suyo que ella se quedó petrificada de terror; hasta ahora ningún chico, ningún hombre se le había acercado tanto, también eso lo prohibían los antepasados, y ella no sabía lo que él pretendía y se veía zarandeada entre la curiosidad y la aversión. ¿Se atrevería? ¿Pondría su húmeda boca, sus labios rellenos sobre los de ella, y sabría exactamente igual que los de Juan Carlos del Villar Montenegro? ¿Quería eso ella? ¿Quería recibir su primer beso de labios de Musa Osmayev? ¿No había soñado siempre con algo emocionante? De alguna manera había que empezar, también María había empezado de alguna manera. Se quedó así, expectante, con el estómago revuelto, como si fuera montada en un carrusel. Y entonces, en ese mismo instante oyó las pesadas alas de un gran pájaro cortar el aire y se estremeció. Musa había levantado la cabeza, y ella supo que él había doblado la rodilla y había amansado su más anhelado deseo, ahora continuarían el camino sin decir palabra.
Quizá había sido un buitre leonado. O quizá un desconocido pájaro negro que anunciaba la desgracia, como en las historias que a veces contaban los viejos. En ellas siempre había un pájaro negro que venía volando cuando iba a ocurrir alguna desdicha, una especie de señal de alarma que nadie oía y que nadie veía, salvo el narrador, condenado a la inacción.
—Musa… —pronunció su nombre, y de pronto tenía un sonido distinto, amenazador. Las cuatro letras ya no le salían con tanta facilidad.
—Bueno… —empezó él, y de repente se alejó de ella, como si de ahora en adelante hubiera que mantener una determinada distancia entre sus cuerpos—. Bueno, cuando la mezquita esté terminada, empezaré a construir la casa.
—¿Qué casa?
Nura volvió a ponerse en movimiento, era más fácil así; él caminó tras ella.
—La mía.
—¿Ah, sí?
—Sí, abajo en el río, justo en la ladera, donde la tierra es más fértil. Donde vivía el viejo Pankov.
—¿Adónde se ha ido?
—Eso da igual.
—No, me gustaría saberlo; ahora que mencionas su nombre me doy cuenta de que hacía mucho que no me acordaba de él. Cuántas veces trepamos a su huerto y le robamos las peras, ¿te acuerdas?
—Sí, claro.
—Qué cosa tan idiota…, quiero decir, nosotros también teníamos peras en el huerto, pero las suyas estaban especialmente ricas, o al menos eso nos parecía, ¿verdad?
—Sí. De alguna manera, sí.
De pronto, la ligereza de aquellos días volvía a estar allí, podía sentirla en el cuerpo, cuánto le habría gustado compartir un poco con Musa, sacarle la lengua, empujarle, echar carreras con él. Pero en los últimos años había aprendido a mirar el mundo con desconfianza. Ya no podía actuar por impulso, sin duda era el precio de hacerse adulta.
—Y qué buena mano tenía con los animales. Sabía curar todas sus enfermedades.
—Bueno…
—No, en serio, era el mejor veterinario de la región. ¿Y te acuerdas de cómo le gustaba bailar la lesginka, y nunca lo conseguía de veras?
—Los rusos no saben bailar la lesginka, no lo llevan en la sangre.
—¿Por qué dices eso?
—¿El qué?
—Quiero decir, él era muy bueno con nosotros, ¿por qué lo haces malo?
—Da igual. Yo quería…
—¡No, no da igual! No debes tratarlo como si fuera malo.
—No lo hago. Es un buen tipo.
—No, sí que lo haces. Y justamente por esa razón se fue Natalia Ivánovna. Porque todos la miraban como si tuviera la peste.
—¿Te refieres a esa rusa loca del granero?
—¡No era ninguna rusa loca, era mi amiga!
—Era ridícula.
—Tú no la conocías en absoluto.
—Está bien, cálmate.
—No quiero calmarme, lo siento… ¿Qué sabrás tú? ¿Cómo pretendes saber siempre lo que es correcto y lo que no, lo que está bien y lo que está mal? ¿Nunca piensas que a lo mejor te equivocas?
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque no eres más que una persona.
—¿Tú eres consciente de lo que los rusos hicieron con nosotros? ¿Tú eres consciente de que tu abuela y mi abuelo fueron deportados en 1944 con medio millón de naschtschi a Kazajistán, y que no pudieron volver hasta después de la muerte de Stalin? ¡Me refiero a todos, quiso llevárselos a todos, imagínatelo! Hace siglos que querrían exterminarnos, nos han hecho abandonar a nuestro Dios, ellos…
—Musa, eso no lo hicieron ni Pankov ni Natalia Ivánovna.
—Eso no importa. Vinieron aquí, se quedaron con lo que era nuestro, se instalaron, nos hablaban como si fuéramos gente de segunda clase, pero ahora nos toca el turno a nosotros. No vamos a dejarnos someter más. Somos un pueblo guerrero, debemos tener conciencia de eso, debemos acordarnos de quiénes somos y de dónde venimos, y entonces…
—¿Y entonces?
—Entonces será nuestro turno.
Abriéndose camino como dos ciegos en la oscuridad, llegaron a la carnicería y doblaron a la izquierda, en dirección a la parada del autobús, que hacía años que no se utilizaba, pasaron de largo las ruinas de la torre de defensa, desde allí llegarían a la calle mayor, donde había unas cuantas farolas, que probablemente funcionarían, y después ella esperaba poder seguir sola. De manera abrupta, él había vuelto a dejar de hablar, como si hubiera perdido el hilo, pero a ella le parecía bien, no le entendía, no quería entenderle, no quería volver a saber nada de taips ni adats.
—Construiré allí mi casa. Y entonces…
Nura necesitó un momento para entender de qué hablaba, hasta que se acordó de que había dicho algo de un terreno fértil. Presionó contra el pecho el saco de tela con la harina y aceleró el paso.
—¿Por qué quieres mudarte? Quiero decir que vuestra casa es bastante grande —preguntó, más bien por cortesía, no porque realmente le interesara.
—Porque voy a casarme y mis hermanos van a quedarse en casa.
—¿Casarte? ¿Tú?
De algún modo aquella idea le parecía absurda, seguía viendo en Musa a ese muchacho siempre inquieto, nervioso, que casualmente había ido a parar al cuerpo de un hombre, que seguía teniendo la cabeza llena de pájaros, instigaba a todos los muchachos del pueblo a distintas locuras e irritaba a todas las chicas. ¿Precisamente él pretendía fundar una familia? Le parecía completamente inadecuado, y se echó a reír. Él se detuvo. Le había ofendido.
—Está bien, no te enfades. No lo decía en ese sentido. ¿Y quién va a ser la afortunada?
—Tú.
Primero se le escapó otra carcajada pero, antes de que pudiera reírse del todo, enmudeció y puso la misma cara que un pez fuera del agua, con la boca abierta, buscando aire. Por suerte estaba oscuro, por suerte él se había adelantado un paso.
—Mi padre va a hablar con tu madre la semana que viene.
Hablaba en voz baja pero clara, circunspecta, como si ya hubiera ensayado a menudo todas esas palabras.
—Eso es completamente innecesario —le interrumpió ella, y se adelantó, lo sobrepasó y aceleró cada vez más el paso, casi hasta correr.
—Eh, espera… ¿Qué quiere decir innecesario?
—No voy a casarme contigo. No voy a casarme en absoluto. Me voy.
—¿Cómo? ¿Adónde?
—Primero quizá a Grozni. Solo tengo que esperar unas semanas, hasta cumplir los dieciocho, y entonces…
—Pero, pero… —balbuceó él—. Eso no puede ser.
—¿Por qué no puede ser?
—Eso no está bien. Además, tu familia…
—Eso no tiene ninguna importancia.
Seguía corriendo, y de pronto la oscuridad ya no parecía tan amenazadora, al contrario, le ofrecía protección y la tomaba bajo su tutela. Corrió y corrió en dirección a la calle mayor y oyó a Musa correr resoplando tras ella.
—¡Nura, espera, Nura!
Antes él era más rápido que ella; que ahora le costara trabajo alcanzarla le hizo aflorar una sonrisa que él no pudo ver. O se había ralentizado, o ella había aprendido a seguirle el paso al viento.
—¡Pero yo te quiero! —le oyó casi gritar de pronto, y las palabras resonaron en el aire durante largo rato.
Se detuvo. Algo dentro de ella se contrajo. Algo se rompió. Lo sintió, y al mismo tiempo se alegró del regalo que le hacía, aunque no pudiera ni quisiera aceptarlo. Se alegró de que él dijera algo que venía de él y no había aprendido, que no estaba predeterminado y dictado por los antepasados. Sentía algo parecido a la gratitud, y estuvo a punto de darle un beso en la mejilla, pero no, podía ser malinterpretado. Lo más difícil de vivir, le había dicho Natalia Ivánovna en una ocasión, es el gran esfuerzo que hay que hacer para no ser una misma en la vida diaria.
—Gracias.
No supo por qué daba las gracias, y entendía que aquella palabra no pegaba en esa situación y que Musa se iba a enfadar, pero no se le había ocurrido nada mejor.
—¿Me has oído?
Ahora había furia mezclada en su voz.
—Sí, te he oído, y es hermoso, pero aun así no voy a casarme contigo. De verdad, tengo que irme a casa, mi madre se va a preocupar, y no quiero que mande al idiota de mi primo a buscarme.
—No deberías hablar así…
—¿Cómo que así?
—Con esa arrogancia.
—No es arrogancia. Es sinceridad.
La calle mayor estaba más iluminada, y aunque la luz de las farolas alcanzaba apenas unos metros, al menos volvía a ver dónde estaba, reconocía el entorno, el suelo bajo sus pies. También se intuían los contornos de las ruinas de la torre fortificada. Al acercarse a ellos, pudo oír la voz de pito de la maestra: «En las regiones montañosas del norte del Cáucaso, las torres fortificadas caucasianas servían como torres vigía y para defender a las agrupaciones familiares, así como de refugio en caso de ataque. Minaev, sácate ahora mismo el dedo de la nariz…».
La niebla empezaba a levantar.
—Eso no está bien —dijo él, y su voz temblaba; se dominó, su furia había brotado de la decepción.
—Lo sé. Nada que haga feliz está bien. Pero yo, Musa, quiero… Ah, da igual.
No quería decir nada más, daba igual, no iba a entender nada. Era un buen chico, un pequeño fanfarrón, alguien que no dudaba, alguien que no se hacía preguntas, uno que se daba por satisfecho con todo lo que se encontraba en la vida, excepto… excepto quizá con los rusos y la impiedad que habían traído al país, como predicaba siempre su padre.
Pero no había nada que aclarar, que decir, entre ellos. Ella le deseaba lo mejor, le deseaba lo mejor incluso a su iracundo padre, que tenía la intención de hablar con su madre para arreglar el matrimonio de su hijo, y probablemente su madre incluso se alegraría; al fin y al cabo, los Osmayev pasaban por acomodados, y Musa, por un buen partido, pero… Sí, no había nada más que añadir.
—Por favor, vuelve a casa. La mía ya no está lejos. Quiero hacer el resto del camino sola.
De pronto, como un niño ofendido, Musa dejó de resistirse, ni siquiera le llevó la contraria, tan solo se detuvo en la calle mayor, a la luz somnolienta de las farolas. Con su chaqueta de piel de cordero, por la que sin duda había pagado un dineral, en Grozni o en Majachkalá, acompañando a su padre, porque al fin y al cabo en los últimos tiempos aquellas chaquetas se habían convertido en símbolo de bienestar y de prestigio.
Ella continuó su camino, siempre adelante, siguiendo el susurro del río, apartando los guijarros con los pies.
—Que te vaya bien, Musa, ¡y no te enfades conmigo! —gritó a la oscuridad, sin siquiera darse la vuelta, y, cuando ya casi tenía que haber desaparecido de su campo de visión, le oyó gritar algo. No pudo oír el comienzo, pero las últimas palabras eran «mi mujer».
Quizá era verdad, quizá Natalia Ivánovna tenía razón al buscar un motivo para la desaparición de padre y desarrollar una teoría. La única vez en que no la había escuchado hasta el final, sino que había salido corriendo del granero sin decirle adiós, había sido el día en que padre había desaparecido y ella había ido a verla bañada en lágrimas:
—Yo… yo… Simplemente ha desaparecido. Se ha ido. No volverá, lo sé, se ha ido… Se ha llevado todas sus cosas, lo hemos registrado todo y…
Balbuceaba y sollozaba.
—¿Quién? ¿Qué ha pasado? Tranquilízate, por favor, siéntate, te haré un té.
Siempre aquel té, como si aquella bebida caliente tuviera la mágica fuerza de poder soportarlo todo.
—Mi padre… nos ha abandonado.
—¿Qué ha pasado?
—Se supone que iba a ir a Gudermés, tenía una muela infectada e iba a ver a un especialista… pero no ha vuelto. Y luego hemos mirado y faltaban todas sus cosas. Y mi tío y mis primos han ido a buscarlo, y no había ido a Gudermés… Nunca llegó allí…
Después de haber llorado a mares y de tomar tres tazas de té, después de haber contado dos y tres veces todo lo que había que decir, y de haber reconstruido como una detective, al detalle, todo lo relativo a la mañana de su desaparición, Natalia Ivánovna tomó la palabra y empezó a buscar motivos para su marcha. En aquel momento, a Nura le pareció un escarnio, no quería saber nada de uno o varios motivos, sencillamente no podía haber, pensaba ella, ningún motivo que justificara su comportamiento. No había disculpa. No debía haberla. Así que tampoco quiso saber nada de las crudas teorías de Natalia Ivánovna. La indulgencia, la aceptación del lugar vacío que dejaba el padre, solo vino después, en las semanas y meses que siguieron, pero aquel día ella solamente quería odiar. Y le resultaba imperdonable que Natalia Ivánovna no quisiera darse cuenta.
—Quizá a algunas personas solo se les conceda ser felices en medio de la resistencia —decía Natalia, y había intentado explicarle muchas otras cosas, muchas, los motivos por los que su padre no era capaz de ser parte de su entorno y de la comunidad en la que había nacido. Pero entonces Nura no había querido saber nada de todo aquello.
Ahora, en cambio, mientras ralentizaba sus pasos y seguía la invitación del río, entregándose al susurro del agua, se dejaba caer, se sacudía los pensamientos, se preguntaba si su legado era oponer resistencia, siempre y en todas partes. Algo en aquella idea la entristecía, pero no iba a ceder, no iba a dejar espacio a la tristeza, con cada paso que daba en el camino de vuelta a casa iba a sacudirse todos los pensamientos molestos e inútiles y a llegar allí vacía y ligera.
En ese mismo instante oyó la bocina de un coche, seguida de un grito a lo lejos, una voz de hombre. Se volvió, a tiempo de ver que desde el aul venía un vehículo, no, eran dos, de pronto los bocinazos se convirtieron en un ruido ininterrumpido y enervante, luego hubo más gritos. Nura se detuvo y trató de distinguir algo en la distancia para adivinar el porqué de la desagradable perturbación, pero por desgracia no le fue posible, el tumulto y el ruido no tenían ninguna relación, ningún sentido. Trató de seguir caminando, pero también desde el otro lado se aproximaba un coche a exagerada velocidad, un sucio todoterreno pasó como un bólido junto a ella. Por las ventanillas sobresalían banderas de la República Chechena de Ichkeria, y jóvenes con guerreras militares rugían algo desde los asientos traseros. Otros dos coches, esta vez viejos Ladas, los seguían, también ellos tocaban sin cesar la bocina, y sus ocupantes gritaban algún tipo de consignas y eslóganes patrióticos. En pocos segundos, la calma habitual de la barranca había quedado rota por un ruido extraño, impenetrable, y una febril agitación.
Trató de reconocer los rostros, en vano. Estaba demasiado oscuro y los faros la deslumbraban. Se echó a un lado y esperó que la irritante caravana pasara pronto. Pero ocurrió lo contrario: como un ejército de hormigas, cada vez más coches salían de todos lados y recorrían la barranca a gran velocidad. Se preguntó si en alguna parte habría una fiesta, una boda opulenta en el pueblo vecino quizá, pero las banderas, los gritos y la superabundancia de jóvenes…, todo era sospechoso, nada hacía pensar en una fiesta. Aun así el ambiente tenía algo de electrizante, embriagador, y por un momento dejó vagar la mirada: el juego de los faros, el aparecer y desaparecer de las luces, había en todo ello algo de irreal, acompañado por el constante susurro del río.
De pronto oyó que alguien gritaba su nombre, se sobresaltó y empezó a buscar a quien la estaba llamando, pero ahora había demasiados coches, se había formado casi una columna, una columna de vehículos que competían por adelantarse unos a otros. Casi cerró los ojos y volvió la cabeza de un lado a otro, apretando cada vez más fuerte el saco de harina.
—¡Nura, Nura! —oyó que gritaban entre el mar de motores y el chirriar de neumáticos, entre las bocinas, el griterío e incluso los cánticos.
Primero pensó en Musa, en que había vuelto con el coche de su padre para acompañarla a casa, pero luego reconoció la voz rasposa de Rustam, su primo mayor, y no supo si sentir alivio o decepción. Conducía el tambaleante 06 amarillo de su padre y llevaba bajadas las ventanillas. Sorprendentemente, iba sin su estúpido séquito de hermanos y amigos cargados de testosterona.
—¡Sube, sube rápido! —gritó por la ventanilla abierta, y se detuvo al borde de la carretera dando un frenazo.
Ella saltó deprisa al asiento del copiloto y, antes de que hubiera cerrado la puerta, él arrancó.
—¡Llevo más de media hora buscándote! ¿Estás loca, cómo vienes por la calle mayor?
Parecía agitado, encendió un cigarrillo aunque nunca fumaba delante de su padre, y aquel era el coche de su padre. Típico de Rustam no pensar, se le pasó a ella por la cabeza, y se alegró del calor que reinaba dentro del vehículo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me buscas? Nana sabía dónde estaba…
—¿No te has enterado de nada?
Ella negó con la cabeza, y al instante él encendió la radio del coche. Primero se oyó el familiar susurro, allí en la barranca no era tan fácil dar con una frecuencia limpia, no pocas veces se veían antenas
