Obabakoak

Bernardo Atxaga

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Infancias

Esteban Werfell

Exposición de la carta del canónigo Lizardi

Post tenebras spero lucem

Saldría a pasear todas las noches

Saldría a pasear todas las noches

Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana

En busca de la última palabra

Jóvenes y verdes

El criado del rico mercader

Acerca de los cuentos

Dayoub, el criado del rico mercader

Mister Smith

De soltera, Laura Sligo

Finis coronat opus

Por la mañana

Hans Menscher

Para escribir un cuento en cinco minutos

Klaus Hanhn

Margarete y Heinrich, gemelos

Yo, Jean Baptiste Hargous

Método para plagiar

Una grieta en la nieve helada

Un vino del Rhin

Samuel Tellería Uribe

Wei Lie Deshang

X e Y

La antorcha

A modo de autobiografía

Créditos

parte1

Infancias

cap1

Esteban Werfell

Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía —un viejo mueble de roble— era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba.

Aquella muralla de papel, de páginas, de palabras, tenía sin embargo un resquicio; una ventana desde la que, mientras escribía, Esteban Werfell podía ver el cielo, y los sauces, y el estanque, y la caseta para los cisnes del parque principal de la ciudad. Sin romper su aislamiento, aquella ventana se abría paso entre la oscuridad de los libros, y mitigaba esa otra oscuridad que, muchas veces, crea fantasmas en el corazón de los hombres que no han aprendido a vivir solos.

Esteban Werfell contempló durante unos instantes el cielo nublado, entre blanco y gris, de aquel día de febrero. Después, apartando la vista, abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó de allí un cuaderno de tapas duras que tenía numerado como el duodécimo, y que era, en todos los detalles, exactamente igual a los otros once cuadernos, ya escritos, de su diario personal.

Eran bonitos los cuadernos de tapas duras. Le gustaban. A menudo solía pensar que los estropeaba, que las historias o las reflexiones que acostumbraba guardar en ellos frustraban el buen destino que a todo cuaderno —al cuaderno de tapas duras, sobre todo— le cabía tener.

Quizá fuera excesivo pensar así acerca de algo como los cuadernos. Probablemente. Pero no podía evitarlo, y menos cuando, como aquel día, se disponía a abrir uno nuevo. ¿Por qué pensaba siempre en lo que no deseaba pensar? Su padre le había dicho una vez: No me preocupa que tengas pájaros en la cabeza, lo que me preocupa es que siempre sean los mismos pájaros. Era verdad, pero nunca había sabido las razones que le impulsaban a ello.

El impulso que empujaba a sus pájaros de siempre era, de todos modos, muy fuerte, y Esteban Werfell no pudo resistirse a la tentación de levantar los ojos hacia la estantería donde guardaba los once cuadernos ya escritos. Allí estaban, medio escondidas entre los tratados de Geografía, las páginas que daban fe de su vida; las que retenían los momentos hermosos, los hechos más importantes. Pero no se trataba de un tesoro. Ya no había ningún brillo en ellas. Releerlas era como mirar papeles manchados de ceniza; era sentir vergüenza, era ver que crecían sus deseos de dormir y de olvidar.

—Cuadernos de letra muerta —susurró para sí. La expresión tampoco era nueva.

Pero no podía dejar que esa forma de pensar le apartara de la tarea para la que se había sentado ante la mesa, ni que, como tantas otras veces, lo llevara de un mal recuerdo a otro mal recuerdo, cada vez más abajo, hasta una tierra que, desde hacía mucho tiempo —desde su época de estudiante de Geografía—, él llamaba Cabo Desolación. Era ya un hombre maduro, sabía luchar contra sus propias fuerzas. Y lucharía, llenaría aquel nuevo cuaderno.

Esteban Werfell cogió su pluma —que era de madera, y que sólo utilizaba a la hora de redactar su diario— y la mojó en el tintero.

17 de febrero, de 1958, escribió. Su letra era bonita, era pulcra.

Al otro lado de la ventana el cielo se había vuelto completamente gris, y una lluvia fina, invisible, oscurecía la hiedra que cubría la caseta de los cisnes. Aquella visión le hizo suspirar. Hubiera preferido otra clase de tiempo. No le gustaba que el parque estuviera vacío.

Volvió a suspirar. Luego mojó la pluma y se inclinó ante el cuaderno.

He regresado de Hamburgo —comenzó— con el propósito de escribir un memorándum de mi vida. Pero no lo llevaré adelante de forma ordenada y exhaustiva, como podría hacerlo —quizá con toda la razón— aquel que a sí mismo se tiene por espejo de una época o una sociedad. Desde luego, no es ése mi caso, y no será así como lo haga. Yo me limitaré a contar lo que sucedió una tarde de hace mucho tiempo —de cuando yo tenía catorce años, para ser más exacto—, y las consecuencias que esa tarde trajo a mi vida, que fueron grandes. No es mucho, lo que cabe en unas cuantas horas, para un hombre que ya está en el otoño de su vida, pero es lo único que tengo para contar, lo único que merece la pena. Y es posible que no sea tan poco. Al fin y al cabo, soy un hombre que siempre se ha dedicado a la enseñanza, y ya se sabe que la tarima de las aulas propicia más el estreñimiento que la aventura.

Se enderezó en la silla a esperar a que se secara la tinta. El día seguía gris, pero la lluvia era mucho más intensa que minutos antes, y su sonido, el sordo murmullo que producía al chocar contra la hierba, llegaba hasta la sala con claridad. Y también había un cambio en los alrededores del estanque: los cisnes estaban ahora fuera de su caseta, y batían sus alas con inusual violencia. Nunca había visto así a los cisnes. ¿Les gustaría mojarse? ¿O era la falta de espectadores lo que les alegraba? No lo sabía, pero tampoco merecía la pena perder el tiempo con preguntas tontas. Era mejor que lo utilizara para repasar lo que acababa de escribir.

Jamás conseguía un buen comienzo. Las palabras se negaban a expresar fielmente lo que se les pedía, como si fueran perezosas, o como si no tuvieran fuerza suficiente para hacerlo. Su padre solía decir: Nuestro pensamiento es arena, y cuando intentamos recoger un puñado de ese pensamiento, la mayor parte de los granos se nos escurren entre los dedos. Y era verdad. Por ejemplo, él anunciaba un memorándum, y hubiera sido más exacto hablar de reflexión, porque eso era justamente lo que quería hacer: partir de lo sucedido en una tarde de su adolescencia y extraer de ello una buena reflexión. Y no era ése el único paso en falso, había más.

Podía tachar lo escrito y empezar de nuevo, pero no quería. Iba contra sus reglas. Le gustaba que las páginas estuvieran inmaculadas, lo mismo las suyas que las de los demás, y se sentía orgulloso de que, por su pulcritud, sus alumnos le apodaran con el nombre de un conocido jabón. Además, ¿para qué preocuparse en buscar un buen comienzo? También en el segundo intento cometería errores. Siempre habría errores. Valía más que continuara adelante, precisando, corrigiendo poco a poco su mal comienzo.

Volvió a mirar hacia el parque. Ya no había cisnes en el estanque, se habían refugiado todos en la caseta. No, tampoco a ellos les gustaba la lluvia de febrero.

De todas maneras —continuó—, la pretensión de entresacar los momentos especiales de nuestra vida puede ser un grave error. Es posible que la vida sólo pueda ser juzgada en su totalidad, in extenso, y no a trozos, no tomando un día y quitando otro, no separando los años como las piezas de un rompecabezas para acabar diciendo que tal fue muy bueno y tal muy malo. Y es que todo lo que vive, vive como un río. Sin cortes, sin paradas.

Pero, siendo eso verdad, también es innegable la tendencia de nuestra memoria, que es casi la contraria. Como a todo buen testigo, a la memoria le agrada lo concreto, le agrada seleccionar. Por compararla con algo, yo diría que actúa como un ojo. Nunca, en cambio, como lo haría un contable especializado en inventarios.

Por ejemplo, yo puedo ver ahora la caseta de los cisnes del parque, cubierta de hiedra desde el suelo hasta lo alto del tejado, oscura de por sí y más oscura aún en días de lluvia como el de hoy; puedo verla, pero, en rigor, nunca la veo. Cada vez que levanto la vista, mi mirada se desliza sobre el monótono color verde o negro de las hojas, y no se detiene hasta que encuentra la mancha rojiza que hay en una de las esquinas del tejado. Ni siquiera sé lo que es. Quizá sea un trozo de papel; o una prímula que ha querido brotar allí; o una teja que la hiedra ha dejado al descubierto. De cualquier manera, a mis ojos les da igual. Abandonando la oscuridad, buscan siempre ese punto de luz.

Esteban Werfell levantó la vista hacia la mancha rojiza. Pero tampoco aquella observación le sacó de dudas. Lo mismo podía ser una prímula que un trozo de papel o de teja. Pero, después de todo, el detalle no importaba. Más importaba lo que acababa de escribir acerca de la memoria. Decir que a la memoria le agradaba lo concreto resultaba impreciso. No era cuestión de gusto, sino de necesidad.

De esa manera actúa el ojo —siguió— y también, si mi idea es correcta, la memoria misma. Olvida los días corrientes; busca, en cambio, la luz, los días señalados, los momentos intensos; busca, como en mi caso, una remota tarde de mi vida.

Pero ya es suficiente. Es hora de que comience con el relato propiamente dicho.

Esteban Werfell se sintió aliviado después de rematar con un trazo aquella primera página de su cuaderno. Ya estaba, ya había perfilado la introducción de lo que quería contar. No sabía a ciencia cierta por qué actuaba de ese modo, con tantos rodeos y demoras, pero era algo muy propio de él, siempre había sido así. Nunca escribía o hablaba directamente, nunca se relacionaba francamente con la gente que le rodeaba. Después de tantos años, aceptaba aquella falla de su carácter, su timidez, su cobardía; pero aún le dolían las oportunidades que había perdido por ello. En su vida, todo había sido silencio, pasividad, retiro.

Pero volvía a desviarse. Ahora no se trataba de su forma de vivir, sino de su forma de redactar, y tan poca trascendencia tenía el que diera rodeos como el que no los diera. Nadie leería jamás su diario íntimo. Por mucho que a veces fantaseara imaginándose un lector —en aquella misma mesa, después de su muerte— examinando sus cuadernos, no lograba creérselo. No, no habría lector alguno. Era un poco ridículo preocuparse tanto por el estilo.

Miró hacia el parque a la vez que mojaba la pluma en el tintero. Sin los paseantes de costumbre, bajo la lluvia, los alrededores del estanque parecían más solitarios que nunca. Los arroyuelos surgidos entre la hierba se rizaban al pasar por encima de las piedrecillas.

Hic incipit —escribió—, aquí comienza la historia de la tarde en que, por primera vez en mi vida, fui llevado a la iglesia. Tenía entonces catorce años, y vivía con mi padre en un lugar llamado Obaba.

Era domingo, y yo había quedado en reunirme con varios compañeros de la escuela para ir al cine que, a unos cinco kilómetros de Obaba, habían construido junto al ferrocarril. Pero, rompiendo por primera vez las reglas que guiaban nuestra relación, mis compañeros decidieron presentarse en casa mucho antes de la hora convenida para, en cuanto les hube abierto la puerta, hacerme la petición que yo menos podía esperar.

—Por favor —me dijeron—, acompáñanos a la iglesia, ven con nosotros a cantar los salmos de esta tarde. Di al ingeniero Werfell que te deje, dile que para ir a cantar salmos no hace falta tener fe.

Era raro que actuaran así. Con tanto atrevimiento, quiero decir. Y la palabra atrevimiento está bien empleada en esta ocasión, ya que el hacer visitas —en tanto que suponía ver una casa ajena por dentro— tenía, en Obaba, la consideración de una mala costumbre; algo parecido al girarse hacia una persona que se está desnudando. Además, mi padre era extranjero, un extraño, un enemigo, y todo el mundo sabía lo mucho que odiaba la Iglesia y la religión.

Viéndolo desde ahora, no me cabe duda de que fue el canónigo de Obaba —un hombre de Loyola— quien alentó aquella propuesta. Desde su punto de vista, yo debía de ser un alma en peligro; un niño que, al faltarle la madre —ella había muerto al nacer yo—, se hallaba a la completa merced de un hombre odioso, de un hombre que no dudaría en arrastrar a su hijo hacia el abismo en que él mismo vivía. El canónigo debió de pensar que no había mejor manera de atraerme que la de valerse de la amistad que yo tenía con mis compañeros de escuela.

El odio entre el canónigo y mi padre no era, por decirlo así, exclusivamente intelectual. Tenía que ver con algo más que con la actitud iconoclasta que el ingeniero Werfell había adoptado nada más encargarse de la dirección de las minas de Obaba. Y ese algo más era mi existencia. Para decirlo con palabras que un día escuché al maestro de la escuela, yo no era el fruto legítimo de un matrimonio. Y no lo era por la sencilla razón de que mis padres se habían unido libremente, sin pasar por la iglesia; algo que, en aquella época y en aquel lugar, resultaba inadmisible. Pero ésta es otra historia, y no tiene cabida en este cuaderno.

El parque seguía tan solitario como antes, y los árboles, ajenos aún a la proximidad de la primavera, presentaban un aspecto cansino. Y tampoco los cisnes daban señales de vida.

Apartó los ojos de la ventana y releyó lo escrito. No, la historia de sus padres no tenía cabida en aquel cuaderno. Quizá en el siguiente, en el decimotercero. Sería, sobre todo, la historia de una mujer joven que decide vivir con un extranjero y que es, por ello, calumniada y condenada al ostracismo. Tu madre se acostaba con cualquiera. Tu madre no utilizaba ropa interior. Tu madre murió joven por todas las cosas malas que hizo.

Las frases oídas durante los recreos de la escuela de Obaba aún le hacían sufrir. Ignoraba si escribiría o no aquel decimotercer cuaderno; pero, si lo hacía, iba a resultarle muy doloroso. De cualquier modo, eso quedaba para después. Lo que ahora tenía entre manos era la historia que se había traído del viaje a Hamburgo.

Esteban Werfell se inclinó sobre la mesa. La inesperada visita de sus compañeros de escuela volvió a ocupar su imaginación.

Al ver lo mucho que me sorprendían sus palabras, mis compañeros —sin citar para nada al canónigo— argumentaron su propuesta de una forma bastante burda. Según ellos, no estaba bien que, llegando el domingo, anduviéramos por separado. Lo único que se conseguía de esa forma era perder tiempo, pues había veces en que ellos terminaban sus cantos diez o quince minutos antes de lo normal, minutos que eran preciosos cara a no llegar tarde al cine, pero que, al cabo, nunca se aprovechaban; por mi culpa, claro, porque yo era su amigo y no les quedaba otro remedio que esperarme.

—Siempre llegamos después de comenzada la película —resumió uno de ellos—, y a mí me parece que es una tontería hacer cinco kilómetros en bicicleta para luego no enterarnos de nada. Es mucho mejor que andemos todos juntos.

El argumento era, como ya he dicho, bastante burdo, ya que lo normal era que la ceremonia se alargara y no lo contrario. Sin embargo, no les contradije. En el fondo, yo deseaba entrar en la iglesia. Y no sólo por ser un lugar prohibido para mí —y por lo tanto deseable—, sino también por la necesidad que sentía de ser un joven normal, un joven más. Yo era, junto con mi padre, la única persona de Obaba que jamás había pisado aquel edificio, y claro, sólo tenía catorce años, no me gustaba que me señalaran con el dedo.

La propuesta era, pues, favorable a mis deseos, y no discutí lo que me decían. Me limité a señalarles la puerta de la biblioteca. Allí estaba mi padre. A él era a quien tenían que pedir el permiso. No, yo no me atrevía, mejor que se lo pidieran ellos. Sin embargo, yo no esperaba su consentimiento. Me parecía que mi padre les despediría con un grito, que no iba a actuar —precisamente aquel domingo— en contra de unos principios que había propugnado toda su vida.

—Si quiere ir que vaya —escuché entonces. Primero me sorprendí, y luego me asusté; fue como si todos los cristales de la ventana se hubiesen roto de golpe. ¿Por qué decía que sí? Ni siquiera conseguía imaginarlo.

Un cisne graznaba a la puerta de su caseta, desaforadamente, y parecía recriminar a la lluvia. No paraba de llover. Aplastaba la hierba y formaba charcos cada vez más profundos. Pronto, todo el parque se convertiría en una balsa.

Esteban Werfell juntó sus manos sobre el cuaderno. No, con catorce años no podía comprender a su padre, porque, por esa época, aún no lo veía con sus propios ojos, sino con los ojos de los demás; con los de aquellos que, como luego pudo darse cuenta, eran enemigos declarados del ingeniero Werfell. En Obaba decían que era un hombre orgulloso e intratable; y eso mismo pensaba él. Decían —se lo dijo una niña que jugaba con él en la plaza— que era tan cruel que trataba a latigazos a los obreros de la mina; y él sonreía, movía su cabeza afirmativamente. Y, en realidad, aceptaba aquella imagen porque carecía de cualquier otra. ¿Qué era su padre? Pues solamente eso, su padre. ¿Y además de eso? Pues además de eso, nada. Bueno, sí, un ingeniero de minas.

Pero aquella época había pasado. Ya no era un adolescente poco comprensivo, sino un hombre maduro. Creía comprender la razón por la que el ingeniero Werfell había aceptado la propuesta de sus compañeros.

—Cansancio —suspiró. Le empezaba a gustar la lluvia. Le ayudaba a recordar.

Efectivamente, el ingeniero Werfell estaba cansado, arrepentido de haber dejado su ciudad natal, Hamburgo, para trasladarse a un lugar donde sus ideas resultaban ridículas. Al principio, soñaba con volver. Volveremos, Esteban, y tú estudiarás en la misma universidad en que estudié yo. Era la frase que más veces le había oído de niño.

Pero pronto comenzarían las malas noticias. Un día era la mina, que cerraba; otro eran los valores adquiridos en la Bolsa, que quebraban dejándole casi sin fortuna; otro más era la carta de Theodor Steiner, su mejor amigo, quien le escribía para decirle que la asociación a la que ambos pertenecían —el Club Eichendorff— había sido prohibida en Alemania; que sus ideas también eran perseguidas en la tierra donde había nacido.

Para la época en que Esteban tenía catorce años, ya había desistido. Moriría en Obaba, nunca volvería a Alemania. Su hijo no estudiaría en una universidad alemana. Así pues, era lógico que en esa situación no tuviera fuerzas para seguir luchando por su formación. ¿Qué más daba? Si quiere ir que vaya. De cualquier manera, la batalla estaba perdida.

El cisne que estaba junto a la puerta de la caseta volvió a graznar, consiguiendo esta vez que todos los que permanecían dentro lo imitaran. La algarabía le distrajo de sus recuerdos.

—¡Cuándo callarán! —gritó.

¿Por qué era tan orgulloso?, se preguntó a continuación. No quería perder el hilo que en ese momento le unía a su padre.

De haber sido más humilde, el ingeniero Werfell hubiera aceptado mejor la vida de Obaba. Y de haber sido más inteligente, también. En definitiva, eso era la inteligencia, la capacidad de adaptarse a cualquier situación. El que aprendía a adaptarse jamás bajaba a los infiernos. Por el contrario, alcanzaba la felicidad. ¿De qué le habían servido a su padre los libros, las lecturas, las ideas? Sólo para acabar derrotado. Sólo los mezquinos se adaptan a la vida, solía decir su padre. Pero ya no estaba de acuerdo con él. Ni tampoco estaba de acuerdo con la vieja máxima que unía saber y sufrimiento, con aquello de que cuanto más sabe el hombre, más sufre. Tal como se lo decía a sus alumnos, esa mala consecuencia sólo podía darse en el primer peldaño del saber. En los siguientes, era obligado triunfar sobre el sufrimiento.

Los cisnes parecían calmados. Esteban Werfell mojó su pluma en el tintero y extendió su pulcra letra sobre la parte superior de una nueva página. Estaba decidido a incorporar sus reflexiones al cuaderno.

Incluso en las situaciones más difíciles hay un momento en el que dejar de luchar se convierte en algo deseable y placentero. Así por ejemplo, un náufrago siempre acaba reconciliándose con el mar; aun aquel que, después de haberse desangrado intentando salvar su barco, ha desafiado a las olas durante toda una noche, bajo las estrellas, rodeado de peces, en completa soledad. No importa lo que haya hecho, ni su apego a la vida: el final es siempre dulce. Ve que no puede más, que nadie llega, que no divisa ninguna costa; y entonces acepta, descansa, se entrega al mar como un niño que sólo quiere dormir.

Pero mi padre era demasiado orgulloso. Había naufragado, sí, y no le quedaba otro remedio que doblegarse; pero no lo aceptaba, no deseaba el placer último de la derrota. Respondió con brusquedad: «Si quiere ir que vaya», y se encerró en su biblioteca, el único sitio de Obaba que le gustaba. Cuando llamé para pedirle el dinero para el cine, no me respondió. Se limitó a deslizar una moneda por debajo de la puerta. No sé, ahora me arrepiento de la alegría que mostraba en aquel momento.

En cuanto conseguí el dinero salimos todos en tropel, empujándonos unos a otros igual que cuando el maestro nos daba permiso para el recreo. Después, a pie y con las bicicletas cogidas por el manillar, emprendimos la subida de la cuesta que en Obaba llamaban de los canónigos.

Era un día desapacible de primavera, con chubascos casi continuos y rachas de viento, y las cunetas del camino rebosaban de agua. En los trechos donde se habían desbordado, las flores de manzano arrastradas por la corriente cubrían casi todo el suelo. Nosotros las pisábamos al pasar, y era como si pisáramos alfombras blancas.

Caminábamos con energía, empujando las bicicletas que, como dijo uno de mis compañeros, Andrés, pesaban más cuesta arriba. Al final del camino, en lo más alto de la colina, se imponía la puntiaguda torre de la iglesia.

Había alegría en nuestro grupo. Reíamos por cualquier cosa, y jugábamos a comparar los diferentes sonidos que hacían los timbres de nuestras bicicletas. «¿Estás contento, Esteban?», y yo les decía que sí, que aquello era un acontecimiento para mí, que tenía mucha curiosidad. «¿Y nervioso? ¿No estás nervioso?», y yo les decía que no. Pero sí lo estaba, y cada vez más. El momento se aproximaba. Como hubiera dicho mi padre, pronto estaría en la Otra Parte.

Un instante después, entraba en la iglesia por primera vez.

La puerta era pesada y muy grande, y tuve que empujarla con todo el peso de mi cuerpo.

—Antes de entrar tienes que hacer la señal de la cruz —me dijo Andrés. Le respondí que no sabía. Entonces mojó mis dedos con los suyos y dirigió los movimientos de mi mano.

—¡Qué sitio más oscuro! —exclamé nada más entrar. El contraste entre la luminosidad de fuera y la penumbra del interior me cegaba. No distinguía nada, ni siquiera el pasillo central que tenía delante.

—No hables tan alto —me pidieron los compañeros al tiempo que me adelantaban.

Lejos de mí, donde yo me figuraba el final del pasillo, ardía una gran vela. Era el único punto de luz de todo el edificio. Di unos cuantos pasos en aquella dirección, pero volví a detenerme. No sabía hacia dónde tenía que ir, y mis compañeros parecían haber desaparecido.

Mis ojos seguían fijos en la llama del otro lado del pasillo pero, poco a poco, iba viendo más cosas. Reparé en las vidrieras, que eran azules, y en los reflejos dorados que salían de una columna cercana a la gran vela. Con todo, no me atrevía a moverme.

—No tengas miedo, Esteban. Soy yo —escuché entonces detrás de mí, y a pesar de la advertencia sufrí un sobresalto.

Antes de que tuviera tiempo de nada, un brazo largo y huesudo me rodeó por el cuello. Era el canónigo.

—Vamos, Esteban. No tengas miedo —repitió acercando su cara a la mía.

El olor de sus ropas me resultaba muy extraño.

—La llama de esa vela no se apaga nunca, Esteban —me susurró señalando hacia delante con la mano que le quedaba libre—. Cuando nos toca encender una nueva, siempre lo hacemos con el último fuego de la anterior. Piensa en lo que significa eso, Esteban. ¿Qué crees que significa?

Yo estaba demasiado asustado para poder pensar, y sentía vergüenza cada vez que el canónigo pronunciaba mi nombre. Me quedé callado.

—Significa —comenzó él— que esa luz que nosotros estamos viendo ahora es la misma que vieron nuestros abuelos, y también los abuelos de nuestros abuelos; que es la misma luz que contemplaron todos nuestros antepasados. Desde hace cientos de años, esta casa nos une a todos, a los que vivimos ahora y a los que vivieron antes. Eso es la Iglesia, Esteban, una comunidad por encima del tiempo.

Era claro que el argumento no se acomodaba a las circunstancias de mi vida. La Iglesia no sólo unía, también separaba; el que yo estuviera allí era un ejemplo de ello. Sin embargo, no contradije al canónigo. En realidad, me sentía humillado, como si mi exclusión de aquella comunidad hubiera sido un defecto o una mancha. Un sudor frío me cubrió toda la piel.

Sonriendo, el canónigo me indicó que faltaban bastantes minutos hasta el comienzo de la ceremonia, que los aprovechara para ver el altar y todas las demás partes del edificio. Y, dejándome solo, se alejó hacia una puerta lateral que conducía al coro. Escuché el frufrú de sus ropas incluso después de que hubiera desaparecido de mi vista.

A menudo creemos que las cosas son de por sí grandes o de por sí pequeñas, y no nos damos cuenta de que lo que llamamos tamaño no es sino una relación entre las cosas. Pero se trata justamente de eso, de una relación, y por eso puedo decir ahora que, propiamente hablando, jamás he vuelto a ver un lugar más grande que la iglesia de Obaba. Era cien veces mayor que la escuela, mil veces mayor que mi habitación. Además, la penumbra borraba los límites de los muros y de las columnas, y alejaba los medallones y los nervios del techo. Todo parecía más grande de lo que en realidad era.

En uno de los libros ilustrados que por entonces leía se contaban las aventuras de una expedición que había quedado atrapada dentro de una montaña hueca, y yo asocié las ilustraciones de aquel libro con el lugar que estaba viendo. Por su aspecto, desde luego, pero también por la asfixia que, tal como les sucedía a los personajes de la historia, yo comenzaba a sentir. Seguía recorriendo el pasillo, pero tenía la impresión de que me ahogaría antes de alcanzar la llama del altar. Vi entonces que una anciana vestida de negro llegaba hasta el fondo del altar y alzaba una palanca. Inmediatamente, toda la iglesia se iluminó.

El cambio me hizo bien, y comencé a respirar mejor. No es una montaña vacía por dentro, pensé aliviado. Es más bien un teatro como los que mi padre conoció en Hamburgo, un edificio de esos en los que se canta ópera.

La mayoría de los recuerdos que tenía mi padre giraban en torno al teatro, y yo me sabía de memoria los argumentos y coreografías de las obras que él había visto en la Ópera de Buschstrasse o en el Schauspielhaus, así como muchas anécdotas de actores o actrices de la época. La comparación entre lo que había imaginado hablando con mi padre y lo que veía me pareció ineludible. Sí, la iglesia era un teatro. Con un gran escenario central, con imágenes de hombres barbudos, con sillas y bancos para el público. Y todo era dorado, todo brillaba.

Una nota musical, grave, casi temblorosa, recorrió toda la iglesia, y al girar la cabeza hacia el coro vi a unas veinte mujeres arrodilladas en sus sillas. Movían sus labios y me miraban fijamente.

Bajo la presión de aquellas miradas, corrí hacia la puerta que había utilizado el canónigo. Un instante después, subía de dos en dos las escaleras que me llevarían donde mis compañeros.

Cansado, Esteban Werfell dejó la pluma sobre la mesa y levantó la vista hacia la ventana, pero sin ver nada concreto, sin siquiera darse cuenta de la algarabía de los cisnes del estanque. Uno de sus pájaros acababa de cruzar por su mente, interrumpiéndole, obligándole a pensar en el sentido de aquel duodécimo cuaderno. ¿De qué servía recordar?, ¿no era mejor dejar el pasado como estaba, sin removerlo?

«Sólo a los jóvenes les gusta recordar», pensó. Pero cuando ellos hablaban del pasado, hablaban en realidad del futuro, de los miedos y deseos que tenían respecto a ese futuro, de lo que le pedían a la vida. Además, nunca lo hacían en solitario, como él. No entendía bien su afán por recordar. Quizá fuera una mala señal. Señal de que todo había terminado por completo, de que ya no quería vivir más.

Sacudió su cabeza como para ahuyentar sus pensamientos, y reparó, por fin, en lo que sucedía al otro lado de la ventana. Alguien que, refugiándose de la lluvia, se había situado a un lado de la caseta, echaba migas de pan al estanque, y los cisnes nadaban de un lado a otro chillando como locos. «Hoy no ha habido paseantes, tendrán hambre», pensó. «Volvamos al coro», se dijo luego.

Nada más entrar yo en el coro, el canónigo se levantó de la banqueta del órgano donde estaba sentado y extendió los brazos hacia delante.

—El pequeño Werfell está al fin entre nosotros. Alegrémonos todos y demos gracias por ello —dijo con voz casi dulce.

Enlazando sus manos se puso a rezar en alto, y todos mis compañeros le siguieron.

—Bienvenido, Esteban. De ahora en adelante pertenecerás a nuestra comunidad, serás uno de los elegidos —me aseguró después. Mis compañeros me miraban como si nunca antes me hubieran visto.

Andrés era el encargado de repartir los libros de cánticos. A mí me entregó un ejemplar casi nuevo.

—No te preocupes, Esteban. Bastará que vengas un par de domingos para que te pongas a nuestra altura. Seguro que acabas siendo el mejor de todos —me susurró. Las páginas del libro eran muy finas y tenían los bordes dorados. Una cinta roja indicaba los salmos del día.

Cuando el canónigo me pidió que me sentara a su lado, la mirada de mis compañeros se volvió aún más fija. Yo vacilé un poco. Comprendía que aquello era un privilegio, pero temía la proximidad física del canónigo. Aún recordaba el desagradable olor de sus ropas.

—No tengas miedo, Esteban. Sube a sentarte aquí —me dijo el canónigo a la vez que empezaba a tocar. Las maderas del suelo del coro vibraban.

Me extrañó que el órgano tuviera dos teclados y que para tocarlo fuera necesario mover los pies. A veces, la melodía se volvía caprichosa, con altos y bajos muy acentuados, y el canónigo parecía bailar sentado, balanceándose sobre la banqueta y empujándome. Me costaba seguir el hilo de los salmos, no conseguía concentrarme.

Para el tercer cántico ya había cerrado el libro, y me limitaba a estar sentado y mirar lo que tenía delante. Allí estaban mis compañeros, abriendo y cerrando la boca; y allí abajo seguían las mujeres arrodilladas; un poco más lejos, la llama de la vela despedía reflejos anaranjados.

De pronto, la llama comenzó a elevarse. Al principio me pareció que se movía por sí misma, como si algo la impulsara desde la base. Pero luego, cuando ya volaba por encima de las escaleras del altar, vi que no, que la llama no viajaba sola, sino de la mano de una adolescente de pelo rubio. Ella era la que volaba, con suavidad, sin un aleteo.

«Viene hacia mí», pensé. La luz de la llama me cegaba.

La adolescente voló a través de toda la iglesia hasta situarse delante de mí. Se detuvo entonces sobre el aire, a unos dos metros del suelo del coro. El órgano había enmudecido.

—¿Sabes lo que es el amor, Esteban? —me preguntó con dulzura.

Le respondí afirmando con la cabeza, y quise levantarme de la banqueta para poder ver su cara. Pero la luz de la llama me impedía cualquier movimiento.

—¿Puedes quererme? —volvió a preguntar, y por un instante vi sus labios, ligeramente entreabiertos, y su nariz.

—Sí —le respondí. Me parecía la única respuesta posible.

—Pues ven a buscarme, Esteban. Ven a Hamburgo —dijo ella—. Maria Vockel, Johamesholf, 2, Hamburgo —añadió a continuación.

Dicho eso, giró y comenzó a alejarse hacia el altar. Yo grité que sí, que iría a Hamburgo y que la buscaría, pero que no se fuera tan pronto, que se quedara un poco más.

—No es nada, Esteban, no es nada. Estate tranquilo —escuché entonces. Estaba caído en el suelo del coro, y el canónigo se inclinaba sobre mí. Andrés me daba aire agitando una partitura.

—¡Maria Vockel! —exclamé.

—Tranquilo, Esteban. Sólo ha sido un mareo.

Había un matiz dulce en la voz del canónigo. Me ayudó a levantarme y pidió a Andrés que me acompañara a dar un paseo.

—Será mejor que no vayas al cine, Esteban. Más vale actuar con prudencia —me aconsejó al despedirnos—. ¿No irás, verdad? —insistió.

Pero la imagen de la adolescente de pelo rubio ocupaba por completo mi mente, y no me sentía con fuerzas para responder.

Fue Andrés el que lo hizo por mí:

—No irá, señor, y yo tampoco iré. Me quedaré con él, por si acaso —prometió.

El canónigo dijo que de acuerdo y volvió a la banqueta del órgano. La ceremonia tenía que continuar.

Nada más salir fuera me sentí mejor, y mi mente comenzó a aclararse. Muy pronto, la imagen de la adolescente de pelo rubio fue perdiendo consistencia y desapareciendo; tal como desaparecen los sueños, tal como se vuelven inconsistentes las motas de polvo en cuanto el rayo solar deja de iluminarlas directamente. Pero allí estaba mi compañero de escuela, Andrés, para impedir que la escena que yo había vivido en el coro se perdiera del todo. A él, que tenía dos o tres años más que yo, le preocupaban mucho las cuestiones sentimentales; era imposible que olvidara un nombre de mujer.

—¿Quién es Maria Vockel? —me preguntó al fin.

Fue en ese instante cuando recuperé la imagen, en cuanto oí su nombre. Volví a verla volando de una parte a otra de la iglesia, y recordé sus preguntas. Pausadamente, se lo conté todo a Andrés.

—Es una pena que no le hayas visto la cara —comentó después. Parecía muy interesado en aquel detalle que faltaba en el retrato de la chica.

—Sólo la nariz y los labios. Pero creo que es más bonita que todas las chicas de Obaba —se lo decía tal y como lo pensaba, con la vehemencia un poco disparatada de los catorce años.

—No creo que sea más bonita que la chica del bar —repuso muy serio.

—Perdona, no quería ofenderte —me excusé.

Acababa de recordar lo irritable que era Andrés cuando se trataba de la belleza femenina. Desde su punto de vista —que ya entonces, en plena época adolescente, me parecía un poco estúpido— ninguna mujer podía compararse con la camarera que él perseguía. Empleaba todas sus horas libres en buscar un dinero que luego, los sábados a la tarde, le permitiera pasarse las horas bebiendo en una de las esquinas del mostrador del bar. Bebiendo y sufriendo, claro, porque ella hablaba con todos menos con él. Aquella chica, la más bonita del mundo.

—¿No me perdonas? —insistí. No quería que se fuera, necesitaba un interlocutor.

—Sí —cedió.

—¿Damos un paseo? —propuse. No quería ir directamente a casa, necesitaba tiempo para ordenar las sensaciones que en aquel momento se agolpaban en mi cerebro.

—¿En bicicleta?

—Prefiero ir andando, la verdad. Tengo muchas cosas en que pensar.

Tomamos por un sendero que, partiendo de la iglesia, rodeaba el valle donde se juntaban los tres pequeños ríos de Obaba. Era estrecho, y no muy adecuado para dos caminantes como nosotros, obligados a tirar de nuestras bicicletas; pero el paisaje que podía verse desde él me atraía mucho. Era verde, ondulado, salpicado de casas blancas; la clase de paisaje que todo adolescente intenta describir en sus primeros poemas.

—Parece un valle de juguete —dije.

—Sí, es verdad —respondió Andrés, no muy convencido.

—Se parece a los belenes que vosotros ponéis en Navidad —añadí deteniéndome. Comenzaba a sentirme eufórico. La extraña visión que había tenido en el coro de la iglesia había emborrachado mi corazón.

Por fin había dejado de llover, y los cisnes aprovechaban la calma para buscar restos de comida en las orillas del estanque. El amistoso paseante que les había dado de comer avanzaba ahora por el camino principal del parque, hacia la ciudad, con su bolsa blanca del pan doblada bajo el brazo.

Atraído por el nuevo aspecto que iba tomando el día, Esteban Werfell dejó su cuaderno y se acercó a la ventana. «¡Qué joven era entonces!», suspiró, recordando la conversación que había mantenido con Andrés.

Era muy joven, sí, y además vivía atormentado por los comentarios que oía sobre el ingeniero Werfell y sobre su madre, atormentado y confundido, buscando en los libros ilustrados el afecto y la seguridad que no encontraba en la escuela o en las calles de Obaba. Su corazón era, por lo tanto, un pequeño Cabo Desolación, y un buen terreno para una fantasía como la de Maria Vockel. Quería creer en la realidad de aquella adolescente rubia, quería creer en sus palabras. Al fin y al cabo, ella no se había presentado de manera muy diferente a la que acostumbraba alguna de las heroínas de sus novelas.

Aun después de tantos años, a Esteban Werfell le parecía exacto considerar a Maria Vockel como su primer amor. Paseando por el sendero que rodeaba el pequeño valle, se había sentido melancólico, soñador, idéntico a Andrés. Por primera vez en su vida, creía comprender lo que su compañero sufría por la camarera del bar.

—Tú al menos la puedes ver. Yo no la veré nunca.

El recuerdo de sus palabras le hizo sonreír. Eran ridículas, igual que la mayoría de las que había escrito en el diario personal de aquella época. Pero negar el pasado era una tontería.

—¿Y por qué no vas a Hamburgo? ¿No es tu padre de allí? —razonó Andrés. A él le preocupaban los detalles, pero no la aparición en sí, no su posibilidad. Al contrario, le parecía algo razonable. Había oído hablar de enamorados que se comunicaban de forma mucho más rara. Convirtiéndose en lechuzas, por ejemplo. Alguna razón habría para que Maria Vockel decidiera hacerlo de aquella manera.

Abandonando por un momento sus recuerdos, Esteban Werfell abrió la ventana y se asomó al parque. El cielo era cada vez más azul, y los visitantes de última hora se entretenían en pasear a sus perros o en echar comida a los cisnes. Al otro lado del estanque, una veintena de niños jugaban al fútbol.

«De cualquier manera, Andrés no era una excepción —pensó, apoyándose en la barandilla y volviendo a sus recuerdos—. La gente de Obaba aceptaba cualquier hecho extraño con una facilidad asombrosa. Mi padre se reía de ellos».

Sus mentes son burdas, Esteban, solía repetirle su padre. Y nunca dejaba de ilustrar aquella opinión con una anécdota jocosa.

Pero a él no le gustaban aquellas anécdotas, y le parecía que su padre era injusto con la gente de Obaba, que hacía mal en despreciarla.

«Aun así, yo era un Werfell —continuó, cerrando la ventana y volviendo a la mesa—. Por mucho que quisiera creer en aquella aparición, mi mente se negaba a ello. Se trataba de la vida, no de una novela. Aceptar la posibilidad de que lo sucedido respondiera a una realidad parecía ridículo. No, Maria Vockel no podía ser real, no podía vivir en el número dos de la calle Johamesholf».

Esteban Werfell cerró los ojos y vio a aquel otro Esteban de catorce años, camino de casa, dudando, diciéndose a sí mismo que su cabeza estaba llena de historias de Hamburgo, llena de nombres de mujer, de cantantes, de actrices; y que de ese fondo era de donde habían surgido las palabras que había oído en el coro de la iglesia.

Antes de seguir escribiendo calculó las páginas del cuaderno que seguían en blanco. Eran bastantes, las suficientes como para que el deseo de resumir la última parte de la historia se apoderara de él. Si terminaba pronto, aún tendría

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