A primera hora de la mañana de un domingo de primavera de 1977 una llamada de teléfono me recordó que ese día debía acudir sin falta a una cita en la casa de la sierra. La voz del confidente guardaba todavía el resabio de la clandestinidad. Me habló con un tono muy medido, como si me pasara una contraseña: vas a ver algo grande, no te lo imaginas, me dijo, pero yo sabía muy bien de qué se trataba. La casa estaba situada en los altos de Cercedilla mirando a Siete Picos del Guadarrama, en la colonia del Ferrocarril que alguna gente de la Institución Libre de Enseñanza había levantado cerca de la fuente de Camorritos, en la época de entreguerras, y no era sino una mansión derruida en medio de un gran jardín de robles, pinos y abetos también arruinado. Puede que fuera un domingo de mayo puesto que las jaras ya estaban floridas y el calor extraía aromas violentos de las plantas silvestres, de toda esa botánica que Giner de los Ríos había unido a una espiritualidad laica cuando paseaba por ese mismo paraje con sus discípulos buscando poleo, lavanda y rabo de gato.
Mientras subía esa mañana a la sierra en la radio del coche tal vez sonaba la canción Oh mamy, mamy blue y yo lucía patillas largas, pantalones de campana, zapatos con alza y jersey blanco de cuello alto. Entonces yo era un progresista de molde. Mis mejores amigos estaban en el Partido Comunista y por mi parte me sentía un perfecto compañero de viaje pero no un rojo. Habían sucedido hechos de sangre recientemente en Madrid. Todos los días sobre el asfalto se libraban batallas contra la fuerza pública bajo unas nubes de gases lacrimógenos que sabían a almendra amarga. Iluminado sólo por las linternas de cobalto que giraban en el techo de los furgones policíacos había muerto de un tiro por la espalda el estudiante Arturo Ruiz en una bocacalle de la Gran Vía a manos de un sicario argentino y aún estaba caliente la carnicería que había acaecido en el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha con los cadáveres amontonados, las paredes y tresillos de eskay embadurnados con grumos de plasma, todo a cargo de pistoleros fascistas del sindicato vertical. En otra refriega con los guardias en la plaza de España había caído una chica con la cara destrozada por una pelota de goma. A través del cristal de una cafetería vi cómo se la llevaban. Recuerdo que en ese momento sonaba en el hilo musical una canción de Los Brincos que se perdía en medio de las carreras de los manifestantes y el aullido de las sirenas: Con un sorbito de champán / brindando por el nuevo amor / la suave luz de aquel rincón / hizo latir mi corazón… De pronto los cascos de un caballo de la policía chocaron con gran violencia contra el cristal de la cafetería donde se acababa de refugiar un grupo de estudiantes, y los pollos al ast que se asaban en un gran tostador rodaron por el suelo junto con una profusión de vidrios y bajo el fuego de un cóctel Mólotov que ardía cerca de allí en unas oficinas de Iberia, Los Brincos seguían cantando: Es tan fácil recordar / siempre que vuelvo a brindar / con un sorbito de champán… A la chica se la llevaron en una camilla con un ojo colgando, ya muerta.
Poco antes de esta cita en la mansión derruida de la sierra era sábado de gloria y yo estaba cenando en casa del fiscal Chamorro. A los postres sonó el teléfono. La viuda del mítico general republicano Modesto desde algún punto de la ciudad lanzó un grito que todos los comensales oímos perfectamente a través del auricular saltando sobre las torrijas: ¡¡nos han legalizado!! Ése fue el primer alarido de la victoria al filo de la medianoche de Resurrección. El gobierno acababa de legalizar el Partido Comunista en el preciso instante en que Jesucristo también abandonaba el sepulcro con gran volteo de campanas y sin saber por qué a la media hora me vi abrazando a Ignacio Gallego y a otros mandos, Tamames, López Salinas, en la sede del partido en la calle Peligros entre un remolino de flases, puños en alto y banderas rojas que desbordaba las escaleras del edificio hasta el portal. Algunos automovilistas atravesaron aterrados esta multitud nocturna y enardecida que había invadido la calzada cantando La Internacional y los que salían de los cines se encontraron con una extensión de banderas rojas que avanzaba entre vítores por la Gran Vía. Muchos creían que la revolución había llegado, de modo que corrieron a sus casas a enterrar las joyas y las escrituras de propiedad. De pronto me encontré en un coche conducido por un tipo al que le faltaba un ojo, un tuerto desconocido que me llevaba al barrio de Usera y allí, en un garaje adornado con hoces y martillos, con estampas de Lenin y gallardetes de verbena, unos camaradas repartían pinchos de tortilla y vino muy duro a un público aglomerado en torno a un bidón de gasoil en el cual se había encaramado con su melena de león el propio Ignacio Gallego para improvisar una soflama con la tonalidad de aquellos mítines revolucionarios que combinaban la espuma de la boca con los carbones incandescentes de las palabras. Gallego gritaba que la oligarquía no les había regalado nada. La legalización del Partido Comunista les había sido arrebatada a los burgueses después de una larga lucha en la clandestinidad y en seguida entre aplausos frenéticos comenzó a pasar lista a los héroes que habían dado su vida por la libertad contra el franquismo. Recordó a las figuras del exilio y al final elevó un cántico a Pasionaria, la gran madre ibérica. De ella dijo que pronto la veríamos paseando por las calles de Madrid. Eso sucedía durante un amanecer perfumado de Pascua.
Desde el inicio de esa primavera la llegada de Pasionaria se había convertido en materia de fe. Corrían diversas versiones de las formas en que se aparecía en distintos lugares de la ciudad pero realmente ninguno de sus devotos más íntimos la había visto todavía en carne mortal y ni mucho menos la había tocado. No obstante los rumores de su presencia no cesaban. En ese momento para un progresista de patillas largas y pantalón de campana no había signo de distinción comparable a este de besar al ídolo que estaba misteriosamente guardado. Sin duda en la radio del coche sonaba Oh mamy, mamy blue mientras subía a la mansión derruida de la sierra aquella mañana florida o tal vez era Adamo el que cantaba: Las manos en tu cintura / pero mírame con amor / porque tú serás la aventura / de ser tú mi mejor canción… y yo intuía que ése sería un día grande. La canción seguía sonando a la altura de Hoyo de Manzanares y entonces recordé los fusilamientos que hubo allí una madrugada de septiembre. Las descargas habían hecho enmudecer a los pájaros sólo un instante y en ese silencio las mismas descargas tuvieron varios ecos en las trochas del Guadarrama que tal vez llegaron a las estribaciones donde se levantaba la casa derruida, pero en seguida los pájaros volvieron a cantar mientras los tres revolucionarios ejecutados eran metidos en las cajas de pino que estaban abiertas a los pies del coronel que dio la orden de fuego.
Ahora había familias sentadas en sillas plegables junto a los coches en los prados que la primavera había reverdecido entre las breñas radiactivas de Hoyo de Manzanares y pese a la sombra de cuervo que la crueldad de Franco había dejado en este paraje la clase media establecía una suerte de felicidad dominical cerca de las cunetas. Cantaba Adamo las manos en tu cintura y desde la carretera se veían tarteras de carne con tomate, niños jugando a la pelota con un papá fondón, abuelos recostados en hamacas con las perneras levantadas mostrando al sol las blancas canillas. La naturaleza de aquel hermoso día de mayo se imponía a todos los crímenes que habían sucedido y al ascender hacia la parte alta de Cercedilla por la carretera paralela a la vía del tren eléctrico que va a la estación de Cotos pude contemplar la belleza del valle, que era la misma de otras muchas primaveras en que yo había hecho este camino bajo la represión de Franco. Las jaras estaban ya en flor, las zarzas tenían un verde encendido, los pastos eran tiernos, los mismos helechos se renovaban bajo las líneas de robles cobrizos que iban ascendiendo conmigo en medio de un aire que se hacía cada vez más agudo a medida que lo traspasaba la nieve cercana.
Antes de llegar a la fuente de Camorritos doblé a la derecha sobre los raíles del ferrocarril para entrar en la colonia de hoteles sombreada por grandes pinos que habían dejado en el amplio camino de tierra algunas piñas secas que crepitaban bajo las ruedas del coche. Al parar el motor escuché las risas que salían del jardín de la casa derruida. En un poyete de la cancela levantado con granito de Colmenar se leía el nombre esculpido: Villa Valeria, 1927. Entre las risas también percibí un subyugante aroma de sofrito que era transportado por la brisa de nieve y acrecentado por el sol espléndido de aquel mediodía. Al entrar en el jardín vi en seguida a la gran dama. Dolores Ibárruri, Pasionaria, estaba sentada en un sillón blanco de mimbre que tenía una pata rota atada con una cuerda y también la rejilla del respaldo destrozada. Estaba en el filo del bosquecillo de robles detrás de la casa derruida, en la antigua pista de tenis donde ahora crecían los matorrales. A los pies de Pasionaria ardía el fuego de una paella en el momento en que se estaban friendo unos ajos sobre un fondo de aceite de oliva. Ella permanecía callada y así se mantuvo cuando ladeó la mejilla suavemente para que yo le diera un beso mientras era presentado por el dueño de la casa derruida.
—Dolores, éste es Manuel, el escritor del que te he hablado —dijo Pedro.
— …
Iba vestida de negro con unas puntillas blancas que le aliviaban el luto civil y tenía el pelo recogido con un moño como en las estampas. Desde su sillón descalabrado aquella anciana irradiaba una gran majestad que aún se hacía más evidente gracias a su silencio. Cerca de ella había una mesa rudimentaria con recipientes de verduras, carne de pollo y conejo, tomate rallado y azafrán, algunos paquetes de arroz y una perola con agua.
Ejercía de cocinero el nuevo propietario de la casa derruida, el doctor Pedro Caba, que llevaba un mandilón decorado con un cómic erótico, dos marcianos copulando dentro de una despensa llena de frutas y embutidos obscenos. Parecía que estaba ofreciendo un sacrificio ritual cuando al echar los trozos de conejo y de pollo, de pronto, desde el fondo de la paella saltó una gran llamarada con el fragor del aceite hirviendo que iluminó el rostro de aquella diosa hermética. Ella no se inmutó. Entonces el cocinero dijo:
—Ahora es necesario que la carne se dore bien. Éste es el secreto de la paella, Dolores.
—El famoso sofrito… —murmuró Amaya, la hija de Pasionaria.
—Lo más importante de la paella es controlar bien el fuego —sentenció Quique, el profesor de Derecho Financiero.
Mientras se sofreía la carne otros invitados jugaban a la petanca en el campo de tenis abandonado y entre ellos estaba José Gros, el jefe de seguridad de aquella gran dama, un guerrillero de la Resistencia. El tipo hablaba una jerga difícil de entender, una mezcla de catalán, castellano, francés y ruso. Durante la guerra mundial había sido arrojado en paracaídas sin preparación alguna en la retaguardia del ejército alemán, en Ucrania. Quedó suspendido de un árbol toda una noche de terror y al amanecer se dio cuenta de que tenía los pies a unos centímetros del suelo. Ahora al agacharse para tirar la bola éste mostraba por debajo del jersey la culata de un revólver que le cubría el riñón derecho. Sentada en aquel sillón colonial desvencijado Dolores Ibárruri asistía en silencio a todas las maniobras del guiso que ardía en su homenaje. Se oían los gritos de unos niños destraumatizados que buscaban más leña en el bosquecillo de robles y, sobre la misma mesa de la improvisada cocina al aire libre donde estaban el arroz y los condimentos, una madre muy joven ponía polvos de talco y pañales a una hija de pocos meses llamada Lucía, que mostraba su sexo sonrosado y tiernísimo bajo el sol de primavera junto a los arenques con crema y pepinillos de Bulgaria para el aperitivo. Alguien los había traído de un viaje clandestino a los países del Este junto con unos manteles bordados que serían usados por primera vez en este festín.
Con una mano en la barbilla Pasionaria contemplaba cómo se doraba la carne durante un cuarto de hora, y después el cocinero echó las verduras, judías, bajocas, garrofón importado expresamente de Valencia, algo de pimiento morrón, algunas alcachofas y el tomate rallado que se iban rehogando en el aceite hasta ablandarse a medida que Santi, el pinche improvisado que era historiador medieval, le daba vueltas con una vara de pino. El nuevo propietario de la casa derruida, Pedro Caba, con la perola de agua en las manos dijo:
—Hoy va a venir el camión a llevarse el Oldsmobile. Hoy precisamente. Va a traer también los materiales.
—¿Qué se van a llevar? —preguntó Amaya, la hija de Pasionaria.
—El coche viejo —contestó alguien.
—Un cacharro que los antiguos dueños de esta finca dejaron abandonado en el garaje de la Casa de los Guardeses —explicó el nuevo propietario en el momento de echar el caldo—. Está ahí desde hace muchos años con las cuatro ruedas pinchadas.
El nuevo propietario de Villa Valeria llenó la paella con agua hasta el borde y siguió dando más doctrina a Pasionaria.
—Ahora, Dolores, hay que avivar el fuego hasta que el agua rompa a hervir. Después se mantiene sólo una llama lenta durante media hora para que el caldo vaya tomando toda la sustancia.
También yo me senté en una silla rota junto a Pasionaria para observar el guiso, y tenía delante de mí la casa derruida. Era una mansión de piedra gris que por fuera se mantenía intacta. Había permanecido cerrada desde que vine por primera vez a este lugar, hacía ya casi diez años. Nadie la había abierto. Los antiguos dueños, cuando se fueron al exilio, la dejaron abandonada y tal vez un rayo había creado un gran boquete en el techo de pizarra y por él comenzó a penetrar la lluvia y la nieve durante mucho tiempo. Los fundamentos y las recias paredes de granito habían resistido la crudeza del clima en esta parte alta del Guadarrama pero el interior se hallaba en ruinas hasta el punto de que los escombros acumulados en el recibidor habían impedido abrir la puerta que hubo de ser derribada con hacha para poder entrar cuando la propiedad se traspasó, hecho que había ocurrido un par de meses antes a este domingo de primavera de 1977, y ahora la casa tenía una tabla provisional engatillada a una de las jambas ya que las obras de restauración estaban a punto de empezar.
En sillas y poltronas desvencijadas que se habían sacado de la mansión derruida otros invitados se habían sentado formando un gran corro en torno a Pasionaria y a la paella que se estaba cocinando a sus pies mientras algunos jugaban a la petanca entre los matorrales del campo de tenis. Eran cuatro o cinco matrimonios con sus niños, gentes del partido, aunque no todos. Se trataba de los restos de una antigua comunidad de alegres chicos progresistas que solía pasar los domingos en este jardín desde el verano del 68 y que se fue disolviendo por causas muy extrañas. Ahora allí quedaba un profesor de Derecho Financiero, un historiador medieval, un psiquiatra, un economista, un montador de cine, un ejecutivo del Banco de España y ninguno se atrevía a romper el silencio de aquella gran madre. Tampoco hablaba nadie de los siniestros rumores que corrían acerca de un golpe militar. En cambio todos opinaban del momento en que había que echar el azafrán a la paella. Alguien dijo que el caldo estaba demasiado pálido, que había que pintarlo de rojo. Entonces el cocinero comenzó a espolvorear sobre el guiso varios sobres de pimentón.
—Esta paella saldrá negra por mucho colorante que le metas —dije yo invistiendo la voz de una autoridad valenciana.
—¿Por qué?
—Porque lleva alcachofas —sentencié de forma engolada—. Las alcachofas y las habas hacen la paella negra.
Fue la primera vez que Pasionaria me miró y yo le agradecí su media sonrisa que dibujó sin dejar de pellizcarse la barbilla. Al fondo del jardín, más abajo del bosquecillo de robles estaba el pequeño chalé que nosotros llamábamos la Casa de los Guardeses, y no era sino un gracioso hotelito también de piedra que la anciana propietaria de esta finca, la viuda Valeria Castedo, se había hecho construir para vivir aislada del bullicio de hijos, nueras, nietos e invitados. Durante los últimos diez años esa casa había servido de cobijo a la alegre comunidad de chicos progresistas que la había alquilado para cumplir cada domingo con el rito de una comida colectiva mientras se conspiraba contra la dictadura de Franco. En el garaje todavía se conservaba un viejo Oldsmobile, modelo 1952, con matrícula de La Habana. Cuando llegué por primera vez a esta finca de Camorritos en el otoño del 68 recuerdo que me impresionó mucho este automóvil viejo que tenía las cuatro llantas pinchadas, dos bocinas plateadas sobre un guardabarro, el salpicadero de limoncillo, el volante de ébano, los asientos de cuero y los parachoques con refuerzos dorados, todo en estado de abandono, cubierto de polvo que no acababa de ocultar del todo el color verdegris de la chapa. Los domingos de lluvia o de nieve los alegres jóvenes progresistas se guarecían en este garaje y celebraban la comida alrededor del automóvil desvencijado. Muchas veces los platos con tortilla de patatas y las ensaladas se depositaban en los estribos y en la tapa del motor que nadie había tenido la curiosidad de abrir. Sobre todo me había sugestionado desde el principio leer los caracteres de aquella matrícula amarilla de la República de Cuba y siempre imaginaba las fiestas, las excursiones, los días de esplendor que esta maravillosa máquina habría proporcionado a sus propietarios. ¿Quiénes habrían sido? ¿Qué bellísimas muchachas con pamelas y collares habrían sido llevadas en este espléndido cacharro a los lugares de moda, a los bailes donde cantaban los rumberos famosos?
—Voy a echar el arroz —dijo el cocinero.
—Éste es el momento supremo —exclamó el profesor de Historia Medieval.
—¿Cuántos somos?
—Somos diez y los niños. A ver… Santi, Genoveva, Darío, Patricia, Quique…
—Da igual —dijo el cocinero—. Para medir el arroz yo sigo el método del caballón. Se trata de echar una cantidad proporcionada con el caldo. Vais a ver. Se traza un diámetro…
—Eh, señores, oíd —gritó la hija de Pasionaria a los que estaban jugando a la petanca—. El cocinero va a echar el arroz. No se pierdan la ceremonia.
Primero el profesor de Historia Medieval con la vara de pino que le servía de paleta fue apartando los tropezones de carne para dejar un surco expedito en el caldo y entonces el nuevo propietario de la casa derruida que ejercía de cocinero abrió dos paquetes de arroz bomba La Cigala y lentamente los fue vaciando hasta formar un caballón que dividió la paella en dos mitades. Ésa era la medida exacta, de modo que la suerte estaba echada y a continuación comenzaron los aperitivos. A Pasionaria le fue servido un mosto. Había quisquillas de cocedero, Tom Jones en un transistor cantaba oh, dilaila, algunos tomaban cerveza, pepinillos de Bulgaria, cangrejo ruso, arenques del Báltico, vino de Rioja, pequeñas berenjenas en vinagre que habían llegado de Rumanía y también sonaba otra canción de Los Brincos: La otra noche bailando estaba con Lola / y me dijo que se encontraba muy sola… y después la radio dio las noticias de las dos mientras el arroz se hacía, las primeras elecciones libres que iban a celebrarse el próximo 15 de junio, la crisis abierta por el ministro de Marina que había dimitido en protesta por la legalización del Partido Comunista, la inminente renuncia por parte de don Juan a sus derechos dinásticos y, todo eso, junto con los rumores de un golpe militar, la brisa se lo llevaba hacia el fondo de aquel jardín arruinado. Pasionaria bebía lentamente el mosto con la mano temblorosa y aún estaba sumida en el silencio que no había roto desde que llegué a Villa Valeria. A su alrededor todos trataban de iniciar ciertos temas de conversación para dar pie a que la esfinge se explayara, pero a ella no parecía interesarle nada sino su propio sueño o meditación. Cuando los invitados ya habían desistido, de pronto Pasionaria dio señales de querer expresar algo. Todos atendieron con el vaso en la mano. Entonces ella rompió su hermetismo y se puso a cantar con una voz muy firme un fragmento de Los Gavilanes: Soy joven y enamoradooo / nadie más rico que yooo / pues no se paga con orooo / la juventud y el amooor… Tuve una sensación extraña. Esta misma canción, siendo yo todavía un adolescente, subía por el patio de luces del teatro Ruzafa de Valencia hasta el cuarto de la pensión La Nueva Torera, donde una tarde de otoño estaba yo en brazos de la primera mujer que me enseñó las artes del amor, una puta esotérica que se llamaba La China. A partir de ese momento Pasionaria ya no paró de entonar zortzicos, Maitetxu mía, El Monte Gorbea, y romanzas de zarzuelas con la admiración de todos mientras las chicas en el antiguo campo de tenis ahora lleno de jaras y arbustos bajo el sol de primavera preparaban la mesa con manteles bordados en los países del Este.
La paella sólo se salvó gracias a que el arroz es de por sí siempre benévolo y Pasionaria lo fue comiendo con cierto gusto en la presidencia de la mesa en silencio y lentamente. Durante aquel almuerzo campestre recordé algunas escenas de mi infancia: aquellas noches de invierno en la posguerra junto a la chimenea había oído contar muchas veces una historia de terror mientras el viento gemía en los cristales, el excitante caso del demonio en persona que había tomado la forma de una mujer vestida de negro, pálida y feroz como una loba. Se hacía llamar Dolores Ibárruri o Pasionaria y se alimentaba de soldados nacionales guapos, devorándolos crudos al pie de las trincheras. De niño yo escuchaba este relato con el corazón sobrecogido. Aquel demonio ahora estaba sentado en la cabecera de esta mesa comiendo una paella un poco ahumada y no parecía sino una noble anciana vestida con alivio de luto que sonreía con cierta tristeza no exenta de dulzura.
Sin duda, en aquellos años de amor y gasógeno, de imperio hacia Dios y fiscalía de tasas, otros niños habían oído la misma historia contada al revés en el silencio sepulcral de la España vencida, con la voz de Radio Pirenaica ahogada bajo tres almohadas, el caso de una heroína del pueblo que tenía la lengua de fuego, una madre ibérica vestida de luto que resistió hasta el final. Aquella heroína en este momento era adorada por todos los invitados que estaban sentados en sillas rotas alrededor de la mesa. Al parecer ella también había estado soñando en los tiempos pasados durante la comida porque al final de los postres, cuando la sombra de la casa derruida se proyectaba ya sobre los manteles llenos de copas, pasteles y botellas, Pasionaria rompió a hablar de su adolescencia reclinándose aún más en aquel sillón desvencijado.
—Me gustaba mucho bailar pasodobles en el pueblo, España Cañí o lo que fuera. En la plaza de Gallarta había un quiosco de música y a su alrededor se montaba un baile los domingos por la tarde. Allí danzaba yo con todos los muchachos. Tuve un primer novio que se llamaba Miguel Echevarría, lo recuerdo perfectamente, un chico de Matamoros, ajustador metalúrgico, muy tímido, que venía atravesando los montes, los domingos, a sacarme de paseo. Duró poco, porque no hablaba nada. Si yo me callaba, él no hablaba. Un día le dije: «Ya no vuelvas más». Yo entonces pertenecía al Apostolado de la Oración, llevaba un Corazón de Jesús aquí en el pecho y una cruz en la espalda, no, todos los días no, sólo en las fiestas, en las novenas, en las procesiones. Cada semana iba con la maestra a arreglar el altar del Corazón de Jesús y me confesaba todos los sábados; era lo bueno que eso tenía, podías hacer lo que quisieras, luego te confesabas y comulgabas, y quedabas limpia de delito. En seguida tuve otro novio, Julián Ruiz, con el que me casé a los veinte años. Y como él no sabía bailar, me quedé sin bailar. El viaje de boda lo hice a Santander, a casa de unos parientes de mi marido. ¿Cuántos años tengo? Ochenta, no, no, ochenta y uno. Ya son años, ya son años, pero pienso ll
