LIBERTAD
La libertad no se compra, se roba. Laura era un espíritu libre. No obstante, cada día salía de trabajar a las ocho y media de la tarde. Cada día caminaba hasta su casa recorriendo la calle Preciados hasta la Puerta del Sol, subiendo luego por Carretas, deteniéndose en los cines Ideal para mirar la cartelera, y siguiendo hasta Tirso de Molina para desembocar en Lavapiés. Cada día, lloviera copiosamente, cayera calabobos, hiciera un frío de tundra o un calor seco y arenoso, ella repetía el mismo recorrido, tardando exactamente el mismo tiempo. Nunca lo había cronometrado, pero si lo hubiera hecho el resultado habría sido igual, segundo más segundo menos. Seguía siempre ese idéntico ritual, era un animal de costumbres, como la mayoría de la especie humana, pero ese día todo fue diferente.
Eran apenas las cuatro de la tarde y se dirigía apresuradamente por los pasillos de unos grandes almacenes hacia la salida. Vestía una llamativa chaqueta de cuero y unos vaqueros ajustados que le marcaban una figura espectacular. Más que guapa, era una mujer con personalidad, con carácter. De niña habría preferido pertenecer al género masculino, pero ahora, a sus veintidós años, estaba muy feliz en su papel de joven independiente y poco femenina, de mujer capaz de tomar la iniciativa en cualquier momento y resolver las cosas con mayor acierto que cualquier hombre.
La libertad no se compra, se roba. El secreto está en que nadie se percate de ello. Ser libre significa también carecer de responsabilidades que te aten y coarten esas ansiadas ganas de volar. Ser libre es huir de relaciones que aprisionan, que ahogan los sueños hasta convertirlos en pesadillas. Laura era todo lo libre que puede llegar a ser una joven de hoy.
Caminaba presurosa. Al llegar a la salida y atravesar el dispositivo de seguridad, se disparó una alarma, lo que activó el protocolo de control y vigilancia del centro comercial. Un guardia de seguridad la localizó al instante y la chica, al verse sorprendida, echó a correr como alma que lleva el diablo. La adrenalina le recorría todo el cuerpo, era consciente del riesgo, pero no le importó. El placer de ir contra lo establecido era superior al bochorno de ser sorprendida in fraganti; además, aquel hurto menor, por lo menos en su cabeza, estaba más que justificado esta vez.
Corrió por Preciados intentando no chocar con los numerosos transeúntes que deambulaban por la calle peatonal. El guardia, veloz, casi le pisaba los talones, pero ella logró sacar fuerzas y aumentar su velocidad hasta llegar a la calle Mayor, cruzar zigzagueante entre los taxis, meterse por las callejuelas peatonales del centro y camuflarse entre los turistas. Dobló una esquina y se detuvo para ver si había logrado escapar de aquel perro de caza. Viéndose fuera de peligro, recobró el aliento y caminó tranquilamente hasta detenerse tras uno de los arcos de la plaza Mayor. Se quitó la chaqueta y la revisó. Efectivamente, un pequeño dispositivo antirrobo escondido en un bolsillo le había pasado desapercibido. Decidida, sacó de su bolso un aparatito especial para desprender etiquetas de seguridad de las prendas. La quitó y guardó el chisme, ya tendría ocasión de volverlo a utilizar. La libertad no se compra, se roba, aunque a veces el corazón te lata tan desbocado que conseguir acompasarlo tenga su precio.
No deseaba ver a nadie. Subió directamente a su casa, fue a la cocina, abrió el grifo y se llenó un vaso de agua que se bebió de un trago; la carrera la había dejado sedienta. Sentía rabia, aunque, para ella, quedarse sin empleo en ese momento no era más que un contratiempo; hasta ahora nunca había pasado más de una semana entre un trabajo y otro y, en el peor de los casos, siempre podría ayudar a su padre en la librería, cosa que prefería no hacer. Bastante tenía con seguir viviendo con él a pesar de sus más de veinte años y su mismo mal humor; menos mal que la casa era grande. Miró el aparador y vio una foto descolorida de una mujer montada en una bicicleta. Sin dudarlo, la guardó en un cajón.
El hombre ha nacido libre, la mujer tiene que luchar por su libertad cada día de su vida. Así pensaba Hiba. Ella, hija de padre árabe, Karim, y madre española, había logrado sobrevivir heroicamente a los conflictos que puede producir esa mezcla cultural. No le importaba definirse como feminista, pero lo cierto es que odiaba cualquier etiqueta, sobre todo si esta surgía desde la burla o se usaba como discriminación.
Feminista o no, Hiba opinaba que era necesario desmontar la idea que se tenía del género masculino y el femenino, no porque fueran iguales sino porque, tal como estaban definidos tradicionalmente, chocaban con la realidad provocando un desencuentro entre ambos y limitando la libertad.
Odiaba la mera idea de ser controlada por alguien, la sumisión a la que como mujer debía someterse, según su padre musulmán, o la obediencia que tendría que acatar sin rechistar, según su abuela católica. Soledad, que así se llamaba la madre de su madre, era quien la había cuidado desde que esta murió siendo ella una criatura. Muy a pesar de lo que dijera o pensara, la abuela siempre había hecho lo que le había dado la gana sin tener que dar explicaciones a nadie. Bueno, a nadie menos a Dios, a quien le confesaba, a través de un sacerdote, todos sus pecados por muy nimios que fueran. Como buena cristiana, el simple hecho de desprenderse de ellos la libraba de esa gran culpa que acarrea el cometerlos. Hiba la admiraba. Para ella era una feminista encubierta, aunque su educación la hubiera llevado a pensar equivocadamente que la diferencia de roles entre hombres y mujeres era, más que biológica, cultural.
Hiba había aprendido a mantener el equilibrio en la cuerda floja de ese circo donde le había tocado vivir gracias a la lectura y a sus amigas Laura y Lisa. Juntas tenían la sensación de ser más fuertes.
El hombre ha nacido libre, Hiba tenía que luchar por su libertad cada día mientras servía en el café árabe de su padre.
Había empezado el buen tiempo. La primavera se había adelantado ese año más que ningún otro, y Karim decidió que ya era el momento de montar la terraza exterior. En la acera en cuesta, unas cuantas mesas y sillas de aluminio plateadas servían para reunir a los clientes habituales, en su mayoría árabes. A algunos los conocía desde pequeña, a otros los había visto incorporarse a la comunidad más tarde, llegados de Marruecos, Ceuta o Melilla.
—¡Tú, niña! ¡Ven a tomarte algo! ¿Por qué no te vienes conmigo detrás del café? Aprovecha, tu padre está dentro y no se va a enterar —le propuso Quentin, un joven árabe con acento francés.
Tenía que soportar ese trato cada día. A Quentin lo conocía de sobra y sabía la evidente atracción que el muchacho siempre había sentido por ella. Alto, delgado, de rostro anguloso y tez bronceada, con unos impenetrables ojos verdes, casi del mismo color que los de Hiba, era consciente de su atractivo y lo explotaba de forma equivocada. A ella le resultaba torpe y vulgar.
«No hay nada menos excitante que una actitud machista», pensó. Cuando Quentin u otro joven se dirigía a ella de esa forma, por su cabeza pasaban los rostros de infinidad de mujeres maltratadas. Confundir el amor con la posesión, el deseo con la violencia, la seducción con el insulto, estaba muy lejos de su idea de lo que debería ser una relación.
—Sé que estás deseando que te bese —le repetía Quentin en voz baja.
—¿Qué?
—Vamos, no te vas a arrepentir.
—¿Perdona? No te he oído —le contestaba ella, acercándose a él para desafiarlo.
—Desde hace una hora vas y vienes moviendo el culo para mí. ¿Qué crees? ¿Que no me doy cuenta?
Hiba acercó su boca a la oreja del muchacho, casi rozándola con sus labios, lo que provocó en él un escalofrío que intentó disimular.
—Cierra la boca, pedazo de capullo —le siseó—. ¿Dónde te crees que estás? ¿En el zoco de tu pueblo?
—A mí no me hables así —respondió él mientras por su frente resbalaba una gotita de sudor.
—Hablo como quiero. Este es un país libre. Estamos en el 2017. Las mujeres votamos, vivimos solas, follamos con quien queremos y como queremos... Si tu novia no te deja que le metas mano, no es mi problema.
Lejos de sentirse satisfecha, esa clase de conversación le dejaba una sensación de malestar y desasosiego. El haber nacido con el sexo femenino no significaba tener que comportarse obligatoriamente como se le exigía a su género. Ver, oír y callar era algo que le resultaba del siglo pasado. Si bien era cierto que las mujeres en la actualidad seguían ganando menos que los hombres por un mismo trabajo, y que la llamada igualdad era aún una entelequia, ella había conseguido estar muy por encima de la mayoría de sus compañeros de estudios en sus resultados académicos. Manejaba cinco idiomas a la perfección, escritos y hablados, además del lenguaje de signos, y, aun así, allí estaba, sirviendo mesas a un bello espécimen del sexo masculino que se comportaba tal como se espera de los de su género.
Soledad, que estaba asomada a la puerta del café y había observado todo, se reía para sus adentros. Había educado a sus dos nietas para que supieran defenderse ante cualquier situación. Estaba orgullosa de ello. Ver a su nieta mayor controlando la batalla, dominando al enemigo, resolviendo dialécticamente un claro caso de acoso, la tenía más que satisfecha.
Hiba no había sido una niña fácil. Tenía un carácter rebelde que Soledad justificaba por la temprana pérdida de su madre, la figura femenina que la abuela había tenido que sustituir. «Misión cumplida», pensó. Su otra nieta, Samia, que aún no había cumplido los diecisiete, era todo lo contrario. Esta apenas hablaba y se escabullía silenciosamente cada vez que podía. Era como un gato capaz de trasladarse de un lado al otro sigilosamente, observándolo todo con sus enormes ojos negros.
Soledad estaba tan absorta en el duelo verbal de Hiba que se dio un susto al volver la cara y encontrarse con Samia a su lado.
—¡Qué susto me has dado! Hija mía, haz un poco de ruido de vez en cuando, aunque sea por educación.
Samia le dio un beso rutinario y, sin decir nada y apenas hacer ruido, pasó al interior del café.
—Y date prisa con los deberes, que luego necesito que me ayudes —añadió Soledad.
Fuera, Hiba continuaba con su discurso sobre la obsoleta presencia de machos alfa, la libertad del género femenino ganada con años de lucha feminista, y el fastidio que suponían esos comportamientos tan desubicados. Quentin había logrado encender una mecha de pólvora que, de no ser por la interrupción de Soledad, habría podido llegar a los cartuchos de dinamita y estallar.
—¡Hiba! —llamó Soledad, paralizando repentinamente la lid.
La joven se apartó del cliente. Un solo toque de atención de la mujer que la había cuidado desde niña bastaba para dejar todo lo que estuviera haciendo y acatar sus órdenes sin rechistar. Fue hacia ella hasta verse acorralada entre dos puertas.
—¿Qué pretendías? —le reprochó Soledad en voz baja—. ¿Eres tonta o qué?
No serviría de nada explicarle que aquel idiota la había ofendido con sus palabras. Ni cómo se había sentido ante aquella mirada lujuriosa que la desnudaba, ni la violencia que rezumaba su comportamiento machista. Prefirió permanecer callada.
No era la primera vez que le tocaba enfrentarse a los comentarios de los jóvenes marroquíes del barrio. Las hermanas de estos ni siquiera tenían la opción de contestar como ella lo había hecho. Carecían de la libertad que ella tenía, de su preparación y educación. Había tenido suerte. Consideraba que debía aprovecharla en algo útil, algo que sirviera para ayudar a mujeres no tan afortunadas. Cada enfrentamiento era tomado por Hiba como parte de una misión cuyo objetivo era acabar con la desigualdad, aunque fuera a muy largo plazo.
—A mí también me dan asco, pero es mejor que ni les hables. Les sirves y no tienes por qué darles cuerda. Estás por encima de ellos —le dijo Soledad.
—Nadie está por encima de nadie, no es eso —contestó Hiba.
Aunque no la sorprendió el comentario de su abuela, sí chocaba precisamente con su discurso, que pretendía ir contra el odio. Quedaba mucho trabajo por hacer, demasiado, y pensando esto cruzó entre las mesas para entrar en el café. Al pasar por delante de Quentin, este le arreó un manotazo en las nalgas. Los demás clientes sentados en la terraza rieron socarronamente. Al ver esto, Soledad se acercó al joven con la tetera en la mano.
—¿Un poco más de té? ¿Alguien quiere más?
Sirvió al del manotazo y, simulando que se despistaba, le echó un chorro de agua caliente sobre el pantalón, lo que provocó un grito de dolor a Quentin y una carcajada a la clac.
—¡Más cuidado, señora! —protestó el joven, apartándose.
—Ay, perdón. ¿Le he quemado sus partes? —respondió Soledad, disimulando su satisfacción. «Ande yo caliente y ríase la gente» —añadió para sí.
Se retiró mientras los clientes continuaban riendo. Samia, la hermana pequeña de Hiba, había sido testigo de toda la escena a través de la ventana. Tenía la capacidad de observar todo sin ser vista. Los tejemanejes de la abuela siempre le causaban gracia. Era capaz de conseguir sus propósitos manipulando a todos sin que se dieran cuenta, y cuando algo no era de su agrado reaccionaba improvisando, siempre acompañando sus actos con refranes y dichos populares ya casi en desuso.
—Échale los tejos a la abuela, la nieta no te hace ni caso —le dijo otro cliente a Quentin, muerto de risa.
Esta burla enfadó más al joven. Él era el líder del cotarro y no podía permitir que nadie les cuestionara. Sintió ganas de abalanzarse sobre el que había hecho el comentario, pero se contuvo y dijo:
—Si no se ha venido conmigo es porque es les-bi-a-na.
Silabeó la palabra para que todos comprendieran que se trataba de una fuerza mayor que él no podía controlar, ya que su innegable atractivo como hombre quedaba anulado por esa simple circunstancia, y que, aunque pensara que por supuesto podría convencer a la chica de cuánto disfrutaría íntimamente con él, eso requería mayor trabajo, esfuerzo, tiempo y dedicación de lo habitual. Ninguna conquista se le había resistido hasta el momento. Todos volvieron a reír ante la extensa justificación, todos menos el padre de la chica, que desgraciadamente lo había escuchado todo cuando llegaba a la terraza. Enfadado, se dirigió directamente a Quentin, lo levantó con sus fuertes brazos y le espetó con cara de pocos amigos:
—Cuidado con lo que dices de mi hija. Venga, lárgate de aquí antes de que se me hinchen los cojones.
Karim era un hombre de pocas palabras, pero cuando las soltaba siempre resultaban ser las adecuadas. Se había ganado el respeto de sus vecinos gracias a su imparcialidad y, sobre todo, a lo que suponían que ocultaba.
Muchos eran los rumores que corrían acerca de él y su oscuro pasado. Se decía que antes de llegar a España había sido sicario y que gracias al dinero ganado con sus ejecuciones había montado el café en pleno barrio de Lavapiés. Fuera verdad o no, su sola presencia hacía temblar al más pintado. Todos tenemos cosas que ocultar, decían los vecinos, justificando la posible relación de Karim con el mundo del crimen organizado. Y así era, ya que para la mayoría de ellos su nueva vida le había servido para volver a empezar, olvidando su pasado. Una oportunidad de renacer. Varios habían luchado en alguna guerra y habían llegado como refugiados, otros se habían visto obligados a robar para dar de comer a sus familias, y los que no habían sido inmigrantes ilegales eran hijos de estos. Todos tenían mucho que olvidar.
El silencio es solo una anestesia para la memoria.
«Eres libre de hacer lo que quieras, puedes marcharte o quedarte con nosotros», fueron las palabras del padre de Lisa justo antes de que ella cogiera su maleta y no volviera a verlo jamás.
La vida en aquel pueblo del levante español se le hacía una pesada losa y decidió probar suerte en Madrid. De eso hacía tres años. Ahora estaba cada día tras una mesa revisando dosieres y entrevistando a gente con problemas y sin trabajo.
—Si quiere que intentemos conseguirle un empleo, necesita tener los papeles en regla —dijo Lisa, estudiando el rostro del hombre que tenía sentado frente a ella—. La cosa está muy difícil hasta para los de aquí.
—Pero yo soy cubano —indicó el joven con marcado acento—. Por supuesto que no tengo papeles en este momento.
—Pues ya sabe lo que tiene que hacer —respondió Lisa, seca y rotunda.
El hombre negó con la cabeza. Lisa pasaba horas y horas frente a todo tipo de gente. Sus estudios de psicología le habían servido no solo para conseguir ese puesto en una organización no gubernamental, sino también para estudiar a las personas, o al menos eso pensaba ella. Lo cierto es que, después de un año, el cansancio había vencido a las ilusiones iniciales y su decepción era cada vez mayor: mucha burocracia y poca eficiencia.
—Tiene que regularizar su situación —le insistió muy seria.
—¿No podrías tú hacer algo por mí, mi amor? Estoy seguro de que puedes conseguir algo para mí —rogó el muchacho mirándola fijamente y de forma seductora—. Mi amor —repitió.
Ese comentario no le hizo mucha gracia.
—Yo no soy su amor. Es más, creo que es la primera vez que nos vemos. Supongo que en su país será normal tener esas confianzas, pero aquí debería tratarme con más respeto si de verdad desea que yo también le trate como se merece y me lo tome en serio.
—Disculpe, señorita, no pretendía ofenderla. Yo solo quiero trabajar.
—Pues sin papeles no hay trabajo —zanjó Lisa, cerrando la carpeta.
—Seguro que sabe cómo darle una vuelta a esto, señorita —insistió el cubano mirándola con ojos suplicantes.
—¿Darle una vuelta? ¿Qué quiere que haga? ¡Esto es una oficina de empleo temporal, no Eurodisney! —replicó ella, enfadada.
Se detuvo y observó el rostro del hombre, que reflejaba una gran preocupación. Al fondo, un grupo de personas esperaban turno para ser atendidas. Miró el reloj. Cada día la jornada se le hacía más larga.
—Vuelva cuando su situación esté arreglada —concluyó, levantándose.
«Eres libre de hacer lo que quieras.» Lisa recordaba las palabras de su padre mientras tomaba un café cortado. ¿Libre? Le gustaba sentarse en aquella cafetería frente a la gran cristalera y ver pasar la gente. Allí jugaba a adivinar a qué se dedicaba cada uno: aquel, estudiante de medicina; esa otra, peluquera; ese, abogado, estudiante de arte dramático, músico, arquitecto; aquella, dependienta de un gran almacén...
Se mentía a sí misma pensando que algún día estaría al otro lado del cristal, que sería libre para decidir su destino. En ese momento no sabía que todo iba a cambiar para ella y sus amigas. Hiba y Laura se habían convertido en lo más importante de su día a día, las únicas capaces de comprenderla, aceptarla y quererla tal como era. Estando juntas todo era posible.
La soledad de los días se hacía más llevadera sabiendo que el viernes volverían a reunirse para comerse la noche y a todo el que se cruzara con ellas. Tres mujeres con superpoderes capaces de superar cualquier obstáculo. Los hombres caían a sus pies y ellas eran quienes decidían si utilizarlos o no. Eran muy distintas entre sí, es cierto, pero eso era lo que las hacía verdaderamente fuertes. Se habían conocido apenas tres años atrás, pero el vínculo creado entre ellas era aparentemente tan sólido que estaba segura de que nada ni nadie podría destruirlo jamás.
Lisa había sido una niña solitaria. En el colegio nunca tuvo una verdadera amiga. Siempre se había llevado mejor con los chicos, que le parecían más sinceros, menos retorcidos, más de verdad. Las chicas siempre hablaban de tonterías, tenían muchísima competencia entre ellas y la miraban mal, sobre todo, porque había tardado mucho en desarrollarse. Esta circunstancia influyó para que Lisa se aislara, acomplejada por su figura larguirucha y escasa de tetas. Pero, como en el cuento del patito feo, las demás acabaron bajitas, de cadera ancha y rechonchas como ocas preparadas para convertirse en un buen fuagrás, y en cambio ella, la despreciada desgarbada, la pecho plano, se convirtió en un bello cisne de aspecto aniñado y cuerpo de modelo. Muchas de sus conocidas se habían quedado embarazadas a causa de la estupidez y el aburrimiento. Pero Lisa, que nunca se sintió parte de ese ambiente pueblerino, había decidido poner tierra de por medio y marcharse lo más lejos posible. Ahora estaba allí, sentada, con todo un futuro por delante que ya era presente.
En el patio del colegio, los jóvenes entre quince y diecisiete años se dividían en pequeños grupos, unos de chicos y otros de chicas. Curiosamente, cada islote albergaba una singular mezcla de razas, colores y nacionalidades, pero nunca, en ningún caso, de géneros. La mayoría estaban absortos con sus teléfonos móviles, que eran utilizados para una interrelación entre miembros de los diferentes grupos a través de mensajes escritos o de voz que convertían esa comunicación en algo íntimo y a veces clandestino. Usaban su propia jerga de signos y abreviaciones, como códigos casi secretos e ininteligibles para alguien ajeno a esa excitante cotidianidad que solo existe en la posadolescencia. Lolitas en proceso cruzaban sus datos con rebeldes, muchos de ellos encausados por pequeños delitos, desde hurto hasta tráfico de drogas, que era más bien trapicheo entre colegas. Los estrógenos, la progesterona y la testosterona flotaban en el aire de un Madrid contaminado y caluroso.
En el patio se disputaba un partido de fútbol de camisetas contra descamisados. Con fiereza, los dos equipos luchaban como cada día por mantener el control del balón, pero tras un torpe chute, este fue a parar a una de las islas de las chicas, interrumpiendo de golpe la divertida sesión de pintura de uñas.
—¡Vete a tomar por culo, gilipollas! —dijo una delicada princesa urbana, cuyo peso y complexión permitían intuir una probable anorexia.
—¡Hija de puta, devuélveme el balón! —ladró un muchacho con acné y moratones en la cara.
—¡Anda, lárgate! —respondió la princesa, lanzándole el balón.
—¿Qué se habrá creído ese? Me parece que le molas —le comentó una joven pelirroja transparente como papel de fumar.
Una chica asiática se acercó al grupo, parecía apurada.
—¿No habíamos quedado para ensayar el baile? —dijo.
—Yo paso —respondió la pelirroja, sin dejar de escribir velozmente en el móvil con los dos pulgares.
—Tú haz lo que quieras, pero yo el ridículo no lo hago. ¿Dónde está Samia? ¿Alguien la ha visto? —preguntó la asiática, preocupada.
Samia se encontraba a unos metros del patio. Había logrado encerrarse junto a Pap, hijo de senegaleses, con el que desde hacía meses mantenía una secreta relación. Cuando estaban con el resto de los compañeros ni siquiera se hablaban, tan tímidos eran ambos. La atracción mutua que sentían era proporcional al celo con que la escondían. Ninguno de sus compañeros era cómplice de ese amor que había ido creciendo día a día desde que se vieran por primera vez con seis años de edad. Ahora, con dieciséis, habían sustituido las notas de papel por mensajes de móvil, las miradas furtivas por besos a escondidas, y los intercambios de chuches por relaciones sexuales. Dos meses atrás habían decidido dar ese paso y desde entonces su atracción era cada vez mayor. Sentían haber nacido el uno para el otro, se buscaban continuamente y cada vez que podían se escapaban a su jardín secreto: el pequeño cubículo de un baño de servicio que nadie utilizaba.
Entre ellos no hacían falta palabras, se comunicaban con la mirada o mínimos gestos que entendían como pequeños y particulares emoticonos. Así, «quedamos en el baño» era un casi imperceptible enarcarcamiento de cejas; «te llamo luego», un toque en la oreja con el pulgar; «te he echado de menos», una mirada fija tras una leve caída de ojos; u «hoy tengo que marcharme pronto», un rascarse la muñeca. Vivían sus momentos de intimidad tan intensamente que el mundo se desvanecía a su alrededor y el tiempo se detenía, para luego acelerarse brutalmente al volver a la realidad.
Oyeron el timbre de llamada a clase y al punto se separaron, recomponiendo su ropa. Pap miró a Samia y, sin pronunciar palabra, le dijo con la mirada que saliera ella primero. Debían tener más cuidado, ya que el otro día un profesor casi los había pillado al abandonar juntos su escondrijo. Eran conscientes de que, si los descubrían, uno de los dos se ganaría la expulsión inmediata, lo que ocasionaría una forzosa y dolorosa separación. Samia salió y recorrió a paso rápido los pasillos. Los alumnos fueron entrando en sus aulas y las puertas se cerraron, ahogando el jaleo.
El día transcurrió sin novedad. Ella se limitaba a observar y escuchar, no solo al profesor de turno, sino también al resto de compañeros, con los que apenas hablaba. Eso sí, por lo que le transmitían sus miradas, su comportamiento y sus reacciones, era consciente de cuál era el estado de ánimo de cada uno de ellos. Así, fue capaz de ver lo mal que lo había pasado X con la separación de sus padres, cuánto sufría Y con la dura relación que mantenían los suyos, y el acoso al que estaba siendo sometida Z por sus propios hermanos. Eran pieles duras, jóvenes pero curtidas a base de realidad. También por simples detalles en el vestuario, o pequeños cambios en la forma de peinarse, captaba señales de deseo, rechazo, alegría, desasosiego o apatía hacia uno u otro, o al mundo en general. Fue la única en advertir el primer intento de suicidio de Abdul antes de que sucediera, pero fue incapaz de acercarse a él para intentar detenerlo. A partir de ese día, las mangas largas cubrieron las marcas de los cortes que el chico tenía en ambas muñecas, y él se volvió menos comunicativo, más distante, como encerrado en su propio mundo, a años luz de este, seguramente por los antidepresivos que le estarían suministrando, imaginó Samia. Apenas habían intercambiado unas palabras desde que ocupaban la misma aula. Lo había visto dibujar y lo hacía realmente bien, siempre en tinta negra, siempre escenas bélicas, soldados, armas, cosas de chicos, pensaba ella. Tenían en común sus orígenes árabes, aunque de él se comentaba que había perdido a sus padres en Siria y vivía aquí con unos parientes. Alguna vez su tío había estado en el café, pero no solía ir muy a menudo; Samia recordaba haber visto a su padre hablar brevemente con él en cierta ocasión. Abdul quería pasar desapercibido, hacía lo posible por ser invisible, y por eso ella, respetando sus deseos, no se acercó a él. Pero, después de que pasara lo que pasó, su relación cambió.
Samia volvió a casa directamente. Al llegar al café árabe se encontró a su hermana, Hiba, en plena disputa con los habituales clientes. Quentin siempre le había parecido un chico atractivo, aunque torpe y anticuado. Sabía que no había tenido una infancia lo que se dice feliz, pero eso no era una disculpa para que tratara de esa forma a ninguna mujer. Se acercó a su abuela, que estaba absorta observando la escena. Soledad solía asustarse, era tan distraída que no era capaz de advertir su presencia, o quizá se estaba quedando un poco sorda por la edad, por eso pegaba un respingo cada vez que, al salir de sus pensamientos, la encontraba a su lado.
—¡Qué susto me has dado! —dijo Soledad, descubriendo a su nieta junto a ella—. Hija mía haz un poco de ruido de vez en cuando, aunque sea por educación.
Siempre le decía lo mismo y a ella le hacía mucha gracia. Hay personas ruidosas y otras silenciosas, y eso no tiene que ver con las maneras o el civismo, sino con el carácter de cada uno. Sabía que su abuela se refería más a utilizar el ruido como advertencia de la presencia para no incomodar, como el que tose al entrar en una habitación, o el que llama con los nudillos a una puerta aunque esté abierta. Su abuela era como un elefante en una cacharrería y hacía todo el ruido del mundo, aun a su pesar. Era extrovertida, dicharachera y conservaba esas cosas de pueblo, como los dichos y refranes, que el barniz de la capital no había logrado cubrir, mucho menos ocultar. También la obligaba a ser cariñosa y a darle un beso cada vez que llegaba o se marchaba. Demasiados besos, pensaba Samia, poco amiga de tantas muestras afectuosas. Pero hacía el esfuerzo y se los daba, rápidos como si el acercamiento al rostro de Soledad pudiera quemarle los labios.
Su hermana continuaba en la terraza con su alegato acerca de los derechos de las mujeres. Le encantaba escucharla, admiraba su facilidad de palabra, su discurso inteligente y su rapidez mental. Era capaz de darle la vuelta a cualquier razonamiento y discutirlo, terminando por convencer al adversario, haciendo que este se comiera sus propias palabras. La abuela le pidió que entrara en el café y ella obedeció. Tenía deberes y debía hacerlos rápido, ya que necesitaban su ayuda para el servicio.
Se encerró en su cuarto. Siempre había sido buena en los estudios y, como su hermana, hablaba varios idiomas a la perfección, entre ellos el francés y el árabe. Su cabeza pasaba directamente de uno a otro sin siquiera proponérselo.
Se dio prisa en terminar los ejercicios, leyó en diagonal el texto y lo repasó mentalmente. Luego hizo un recorrido fugaz por sus redes sociales. La misma mierda de siempre, pensó. En el fondo las odiaba.
Salió de la habitación, cruzó el pasillo y abrió la puerta del baño.
—Entra y cierra —le susurró Hiba, que estaba allí fumando.
Samia obedeció y rápidamente puso el pestillo. Sabía que su padre tenía terminantemente prohibido a sus hijas fumar, aunque él lo hiciera a todas horas.
—Guárdamelo —añadió Hiba, dándole el paquete de tabaco—. ¿Te puedes creer que el otro día pillé a papá registrando mis cajones?
A la pequeña no le extrañó. Entre la vigilancia de la abuela y las normas de su padre tenía la sensación de vivir en estado de excepción. No obstante, las dos sabían cómo zafarse del cerco.
—Tienes que hacerme un favor. Esta noche te vienes conmigo —le dijo la mayor mientras enviaba un WhatsApp—. Me vas a servir de coartada.
VEINTE AÑOS
Todos tenemos secretos, cosas que guardamos celosamente y no queremos que nadie sepa. Tenemos veinte años y estamos esperando el metro para ir a un concierto clandestino de música indie. Hoy, Hiba se ha traído a su hermana pequeña; no suele venir con nosotras, pero sin ella no podía ni salir de casa. Lisa saca de su mochila una botella mediana de Jagger, bebe y me la pasa. Hiba y Lisa discuten sobre si es más guapa Blanca Suárez o Ana de Armas. Samia las escucha pero no interviene. Me parece que la conversación le parece una estupidez, y que a pesar de tener solo dieciséis años es más madura que cualquiera de nosotras. Interrumpen la conversación para beber y luego hablan de corrupción y de rebajas. El metro tarda más de lo normal, desde que hubo restricciones pasan cada siete o diez minutos.
—¿Hasta cuándo vas a aguantar? —pregunta inesperadamente Lisa a Hiba.
—Pero si estoy bien —miente la aludida.
—Sí, claro, de putísima madre. ¿Y por eso tienes que mentir para salir a tomar una copa? ¿Dónde has dicho que ibas? Ya tienes edad suficiente para largarte, dejar ese café, apartarte un poco de tu padre y ser tú misma —replica Lisa y da otro trago.
—¿Y dónde vivo? ¿Y de qué? Como es tan fácil encontrar curro...
—Te puedes venir a casa, mi compañera de piso está fuera y no vuelve hasta dentro de un mes.
Lisa siempre tiene respuesta para todo. Es mi mejor amiga. A pesar de que come como una lima está delgadísima, lo cual despierta envidias. Casi no se pinta, pero esta noche la he obligado a hacerlo. De pronto mira mi nueva chaqueta de cuero y me interroga sobre ella. Por supuesto, me hago la misteriosa y no le cuento de dónde la he sacado, es mi secreto.
Llega el metro. Subimos las cuatro. El vagón va lleno pero logramos hacernos sitio. Nos miran. Siempre llamamos la atención y hoy, además, actuamos para Samia.
—¡Va a ser una noche de puta madre! —pronostica Lisa—. Nos lo vamos a pasar que te cagas.
Chocamos las palmas. Me da la sensación de que Samia se encuentra fuera de lugar. Es muy dulce y tiene una mirada intensa, pero llena de inocencia.
Lisa enseña su sujetador. La provocación es su juego favorito.
—Lo tengo comprobado, con esto los tíos caen a mis pies. Diez euros.
—Siempre caen a tus pies —observa Hiba.
Estaba deseando que llegara el fin de semana, harta de la rutina diaria donde lo más excitante pasa en Netflix.
—Laura, ¿te han mandado ya la ubicación? —me pregunta Lisa mirando su iPhone.
—No, todavía no —respondo, revisando mi cutre smartphone absolutamente demodé.
—Yo fui a uno que moló mucho —dice Lisa.
Hiba, deseando llamar la atención, alza la voz para que todo el vagón la oiga.
—¿Has vuelto a ver a ese? ¿Cómo se llamaba? El que la tenía como un caballo.
Samia finge buscar algo en su bolso para no dar a entender que ese comentario de su hermana no le ha gustado. La gente nos mira. Que miren.
—No había forma de que entrara en ningún sitio —aclara Lisa—. La polla.
Suelto una carcajada. La palabra polla me hace reír, como chichi, conejo o rabo.
—Nada, que no me llega la ubicación. Ahora se ha ido la cobertura —digo para cambiar de tema, cosa que solo consigo por unos segundos.
—Yo tengo —indica Hiba.
—Yo también —confirma Lisa.
—Oye, ¿y ese otro? ¿El que se parece al gnomo de Juego de tronos?
—Muy peludo... Yo únicamente me lo hago con los que se depilan los... —La última palabra pronunciada por Lisa no se puede escuchar por el ruido del tren, que entra en un túnel.
—¿Los qué? —pregunta Samia, que por primera vez abre la boca.
—Que se depilan los cojones. CO-JO-NES —remarca Lisa.
Las tres reímos a carcajada limpia. Algunos pasajeros cambian de asiento, otros apartan su mirada.
—Tienes suerte, hermanita, esta noche deberías estar en casa enganchada a cualquier serie, así que disfruta. Vas a ver lo que es Madrid.
—¡Si se depilan parece más grande! —afirma Lisa.
—¡Ya tengo la dirección!
Veo a la gente disimular, incómoda. Rostros cansados, arrugados, secos. Distingo alguna risita cómplice.
El metro llega a la última estación, bajamos y caminamos hacia la salida. La noche ha caído sobre Madrid. Nos terminamos el Jagger; t
