Un rincón del mundo

Christina Baker Kline

Fragmento

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Título original: A Piece of the World

Traducción: María José Losada Rey

1.ª edición: octubre de 2017

© 2017 by Christina Baker Kline
Un rincón del mundo es una obra de ficción. Pese a que algunos de los
personajes que aquí se retratan son tomados de la vida real de Christina Olson,
las caracterizaciones y los incidentes relatados en esta novela son, en su totalidad,
producto de la imaginación de la autora y han sido utilizados de forma ficticia.
En consecuencia, Un rincón del mundo debe ser leída como una obra de ficción,
no como la biografía de Christina Olson. Las referencias a personas,
acontecimientos, empresas, organizaciones o lugares responden a la intención
de proveer un sentido de autenticidad, y son utilizados de forma ficcional. Todos
los demás personajes, acontecimientos y diálogos, son producto de la imaginación
de la autora y no deben ser considerados reales.

Se agradecen los permisos de reproducción de los siguientes textos:
The poems of Emily Dickinson: variorum edition, editado por
Ralph W. Franklin, Cambridge, Mass. The Belknap Press of
Harvard University Press, Copyright © 1998 by the President
and Fellows of Harvard College. Copyright © 1951, 1955 by the
President and Fellows of Harvard College. Copyright © renewed
1979, 1983 by the President and Fellows of Harvard College.
Copyright © 1914, 1918, 1919, 1924, 1929, 1930, 1932, 1935, 1937,
1942 by Martha Dickinson Bianchi. Copyright © 1952, 1957,
1958, 1963, 1965 by Mary L. Hampson.

El epígrafe y las citas en la Nota del Autor y atribuidas
a Andrew Wyeth se han tomado de la biografía del artista
de Richard Meryman, titulada Andrew Wyeth:
A Secret Life (Harper, 1996), utilizada con la autorización
de Andrew Wyeth Estate.

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-865-5

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Contenido

Prólogo

UN EXTRAÑO LLAMA A LA PUERTA

1939

1896-1900

MI CARTA AL MUNDO

1940

1900-1912

ESPERANDO SER ENCONTRADA

1942-1943

1913-1914

LA CONCHA TRITÓN

1944-1946

1914-1917

HAGO UNA PROMESA

1946

1917-1922

PARA VESTIR SANTOS

1946-1947

1922-1938

EL MUNDO DE CHRISTINA

1948

Nota de la autora

Agradecimientos

Créditos

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A mi padre, que me enseñó el mundo

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Había una conexión muy curiosa entre nosotros. Una de esas extrañas coincidencias que suceden a veces. Éramos un poco iguales; yo había sido un niño enfermizo que se quedaba en casa. Así que entre nosotros flotaba algo que nunca habíamos mencionado en voz alta, algo que resultaba maravilloso y nos hacía sentir cómodos. Permanecíamos sentados durante horas sin decir palabra, y de repente ella comentaba algo y yo le respondía. Un periodista le preguntó una vez de qué hablábamos. Ella dijo: «De nada, tonto.»

ANDREW WYETH

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Prólogo

Después me dijo que le había dado miedo mostrarme el cuadro. Que había pensado que no me gustaría la forma en que me retrataba: arrastrándome por el campo, con los dedos aferrados a la tierra y las piernas retorcidas detrás. Que odiaría el árido paisaje lunar de los campos de trigo y heno. La casa destartalada en la distancia, surgiendo como un secreto a punto de descubrirse. Las ventanas lejanas, opacas e inescrutables. Los surcos en la hierba que no llevaban a ninguna parte y parecían trazados por un vehículo invisible. El cielo sucio como el agua de fregar.

La gente piensa que ese cuadro es un retrato, pero no lo es. De verdad que no. Él ni siquiera estaba en el campo, sino que lo conjuró en una habitación de la casa, desde un ángulo completamente diferente. Hizo desaparecer las rocas, los árboles y las dependencias. La escala del establo también está mal. Y yo no soy esa muchacha joven y frágil, sino una solterona de mediana edad. No, no es mi cuerpo en realidad, ni siquiera mi cabeza.

Reflejó bien una cosa: a veces santuario, a veces prisión, la casa de la colina ha sido siempre mi hogar. He pasado toda mi vida sintiendo el intenso hechizo de ese edificio, he querido escapar de él pero siempre me detuvo el dominio que ejercía sobre mí (como he aprendido a lo largo de los años, hay muchas maneras de ser inválida, muchas formas de parálisis). Mis antepasados llegaron a Maine procedentes de Salem, pero, como todas las personas que tratan de huir de su pasado, finalmente lo trajeron con ellos. Algo que llevan inexorablemente consigo todas las semillas desde su lugar de origen. Nunca se puede escapar de los lazos de la historia familiar, no importa lo mucho que uno se aleje. Y el esqueleto de una casa puede llevar en sus huesos la médula de todo lo anterior.

«¿Quién eres tú, Christina Olson?», me preguntó él una vez.

Nadie me había preguntado nunca tal cosa y tuve que meditarlo un buen rato.

«Si realmente quieres conocerme —respondí—, vamos a tener que comenzar hablando de las brujas. Y luego de los chicos ahogados. De las conchas de tierras lejanas, hay toda una habitación llena de ellas. Y del marino sueco atrapado en el hielo.» Tendría que hablarle también sobre la sonrisa falsa del hombre de Harvard y las manos frías de los brillantes médicos de Boston, de la barca que hay en el pajar y de la silla de ruedas que reposa en el fondo del mar.

Y al final —aunque ninguno de los dos lo sabía entonces—, terminaremos aquí, en este lugar, dentro y fuera del mundo de la pintura.

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UN EXTRAÑO LLAMA A LA PUERTA

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1939

Estoy trabajando en una colcha de patchwork en la cocina una luminosa tarde de julio, junto a una mesa donde hay pequeños cuadrados de tela, tijeras y un alfiletero, cuando oigo el motor de un vehículo. Miro por la ventana que da a la cala y veo una camioneta que atraviesa los campos en dirección a la casa. Cuando se detiene, por el lado del copiloto baja Betsy James, que ríe y grita feliz. No la he visto desde el verano pasado. Lleva una camiseta sin mangas y pantalones cortos de denim blanco, así como un pañuelo rojo atado al cuello. Mientras la observo caminar hacia la casa, me llama la atención lo diferente que está. Su dulce cara redonda se ha afilado y alar­gado; la melena castaña cae espesa alrededor de sus hombros, y sus ojos oscuros brillan llenos de alegría. Lleva los labios pintados de rojo. La recuerdo con nueve años, cuando venía a visitarme y me trenzaba el cabello con sus pequeños y ágiles dedos, sentada detrás de mí, en el porche. Y aquí está, con diecisiete años, de repente toda una mujer.

—Hola, Christina —me saluda desde el otro lado de la mosquitera—. ¡Ha pasado mucho tiempo!

—Adelante, pasa —la invito desde mi mecedora—. ¿Te importa si no me levanto?

—Claro que no. —Entra y la habitación se llena con una fragancia de rosas. ¿Cuándo ha empezado Betsy a usar perfume? Se acerca a mi mecedora y me rodea los hombros con los brazos—. Llegamos hace unos días. Me alegro mucho de estar de vuelta.

—Eso parece, sin duda.

Sonríe, con las mejillas sonrojadas.

—¿Qué tal estáis Al y tú?

—Oh, ya sabes. Bien. Igual.

—Eso es bueno, ¿verdad?

Sonrío, por supuesto. Eso es bueno.

—¿Qué estás haciendo?

—Algo pequeño. Un edredón para bebé. Lora está embarazada de nuevo.

—Como buena tía generosa. —Se agacha para recoger uno de los cuadrados de tela, una pieza de percal, con flores rosa y hojas verdes sobre un fondo color caramelo—. Reconozco este tejido.

—Es de un vestido viejo que se me rompió.

—Me acuerdo de él. Con botones blancos y una falda con vuelo, ¿verdad?

Recuerdo el día que mi madre trajo a casa el patrón Butterick para hacerlo, con los botones irisados y el percal. Recuerdo cuando Walton me vio con el vestido por primera vez. «Estoy impresionado.»

—Fue hace mucho tiempo.

—Bueno, es maravilloso que un vestido viejo tenga una nueva vida. —Suavemente, vuelve a dejar la tela sobre la mesa y pasa los dedos por los demás cuadrados: muselina blanca, algodón azul marino, cambray con una débil mancha de tinta.

—Todas estas piezas... En realidad, estás componiendo un recuerdo familiar.

—Qué va... Son solo un montón de sobras.

—Las sobras de un hombre. —Se ríe y mira por la ventana—. ¡Oh, me he olvidado! Necesito un vaso de agua, si no te importa.

—Siéntate y te lo traeré.

—Oh, no es para mí. —Señala la camioneta—. Mi amigo quiere pintar un bosquejo de tu casa, pero necesita agua para hacerlo.

Miro el vehículo con los ojos entornados. Hay un chico sentado en el capó, mirando el cielo. Tiene un enorme bloc de papel blanco en una mano y lo que parece un lápiz en la otra.

—Es el hijo de N. C. Wyeth —susurra Betsy, como si alguien pudiera escucharla.

—¿Quién?

—¿No conoces a N. C. Wyeth, el famoso ilustrador? ¿El de La isla del tesoro?

Ah... La isla del tesoro.

—Al adora ese libro. Creo que lo tiene todavía en alguna parte.

—Todos los niños de Estados Unidos guardan un ejemplar en casa. Bueno, pues su hijo también es artista. Lo he conocido hoy.

—Lo has conocido hoy ¿y ya te has montado en coche con él?

—Sí. Él es... no sé. Parece digno de confianza.

—¿A tus padres no les importa?

—No lo saben. —Sonríe con timidez—. Se presentó en casa esta mañana en busca de mi padre. Pero mis padres han salido en la embarcación. Le abrí la puerta y aquí estamos.

—A veces ocurre —comento—. ¿De dónde es?

—De Pennsylvania. Su familia tiene una casa de veraneo en la zona, en Port Clyde.

—Parece que sabes mucho sobre él —digo, arqueando una ceja.

Ella imita mi gesto.

—Y tengo intención de saber todavía más.

Y acto seguido llena un vaso de agua y regresa a la camioneta. Por la forma de andar, con los hombros erguidos y la barbilla adelantada, sabe que ese chico la está mirando. Y le gusta que lo haga. Le tiende el vaso y se sube al capó, a su lado.

—¿Quién era? —Mi hermano Al aparece en la puerta de atrás, secándose las manos con un trapo. Nunca sé cuándo va a aparecer; es tan silencioso como un zorro.

—Betsy. Ha venido con un chico. Me ha dicho que él quiere pintar un bosquejo de la casa.

—¿Para qué?

Me encojo de hombros.

—A la gente le divierte pintar.

—Ya... —Al se acomoda en la mecedora y saca la pipa y el tabaco. Aplasta el tabaco y lo enciende mientras los dos observamos a Betsy y al chico por la ventana, tratando de actuar como si no los estuviéramos mirando.

Después de un rato, el chico se baja y apoya el bloc en el capó del coche. Le tiende los brazos a Betsy, que se deja abrazar. Incluso a distancia percibo la calidez que hay entre ellos. Están allí, hablando durante un minuto, y luego Betsy le agarra la mano, tirando de él hacia... ¡Oh, Dios! Lo va a traer a casa. Siento un pánico fugaz: el suelo está lleno de polvo, tengo el vestido sucio, estoy despeinada y el jersey de Al está lleno de salpicaduras de barro. Pero hace mucho tiempo que no me preocupo del aspecto que puedo ofrecer a un extraño. Mientras se acercan, noto que el muchacho solo tiene ojos para Betsy. Desde luego, no tengo de qué preocuparme. Solo la ve a ella.

Ahora están ante la mosquitera, en el umbral. Larguirucho, sonriente, lleno de energía, el joven ocupa toda la puerta.

—Es una casa maravillosa —murmura mientras abre la mosquitera, estirando el cuello para mirar hacia arriba y alrededor—. Aquí dentro hay una luz extraordinaria.

—Christina, Alvaro, os presento a Andrew —dice Betsy.

Él inclina la cabeza.

—Espero que no les importe que me presente aquí sin ser invitado. Betsy asegura que les da igual.

—No somos demasiado ceremoniosos —asegura mi hermano—. Soy Al.

—La gente que más me gusta. Y llámeme Andy, por favor.

—Yo soy Christina —intervengo.

—Yo la llamo Christie —precisa Al—, pero nadie más la llama así.

—Christina, pues —decide Andy, mirándome. No me parece que esté juzgándome, solo muestra una especie de curiosidad antropológica. Sin embargo, su atención hace que me sonroje.

Me vuelvo hacia mi hermano.

—¿Recuerdas ese libro, La isla del tesoro? —digo con rapidez—. Pues me ha dicho Betsy que el padre de Andy hizo las ilustraciones.

—¿De verdad? —El rostro de Al se ilumina—. Es imposible olvidar esos dibujos. Es probable que haya leído ese libro más de una docena de veces. Ahora que lo pienso, es posible que sea el único libro que he terminado. Quería ser pirata.

Andy esboza una sonrisa. Sus dientes son grandes y blancos como los de una estrella de cine.

—Yo también. De hecho, sigo queriendo serlo.

Betsy levanta el bloc y me lo muestra, orgullosa como una madre.

—Christina, mira lo que ha hecho Andy en este rato.

El papel todavía está húmedo. Andy ha reducido la casa a una caja blanca con dos fachadas al mar con unos simples trazos. Los campos son amarillos y verdes, con algunas briznas asomando aquí y allá. Cerca, los abetos negros. Una mancha púrpura de montañas y nubes difusas. Aunque la acuarela está hecha con rapidez, hay fluidez en las pinceladas, como si el viento soplara dentro de la pintura. Está claro que el muchacho sabe lo que se hace. Las ventanas son meras sugerencias, pero dan la peculiar sensación de que se puede ver el interior. La casa parece enraizada en la tierra.

—Es solo un boceto —se disculpa Andy, acercándose a mí—. Seguiré trabajándolo.

—Parece un lugar agradable para vivir —comento. La casa se ve cómoda y acogedora, como recién salida de un cuento de hadas, y es donde vivimos yo y Al; el único indicio de su decadencia son unas manchas azules y

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