Prólogo
SENDERO DE TINTA CHINA
«Cobrabas el cheque de Selecciones Ilustradas por haber estado dibujando historietas todo el mes. Te tomabas un cubata de ginebra Giró. Te vestías con una de aquellas camisas moderadamente estampadas traídas del corazón de Londres por Toutain, encendías un Lucky, ponías en tu tocadiscos el Hound Dog de Elvis y, cuando la melodía corría desbocada por tu sangre, te sentías tan endiabladamente poderoso que a tu lado todos los dioses del universo, todos juntos, acababan convertidos en un lamentable equipo de tercera regional. ¿Qué diablos pasaba con todo eso de Jailhouse Rock o Blue Suede Shoes, que sin entender su significado evocaba la existencia de paraísos ocultos, provocaba estallidos interiores de lava recién nacida, pateaba el armario de las jodidas emociones y reducía de tamaño a tus padres (los veías muy pequeños, estupefactos, cual minúsculas figuras de cera de un museo perdido en el tiempo)? ¿Puede explicarme alguien por qué aquel niñato de diecisiete años se sentía en aquellos instantes poseedor de la fuerza necesaria para poder cortar la Tierra en dos mitades como si de una naranja se tratara? Fácil respuesta: porque sabía que era un DIBUJANTE DE CÓMIC PROFESIONAL.»
(Un recuerdo)
A mis siete años de edad, descubrí que el Capitán Marvel —el mortal más poderoso de la Tierra— vivía en los bajos de una finca situada en el cruce de las calles Párroco Triadó y Consejo de Ciento, de Barcelona.
No me resultó muy difícil dar con el domicilio particular del superhéroe del rayo pectoral. Después de varias semanas observando sigilosamente a un sospechoso, que entraba y salía del citado lugar con un voluminoso retal de tejido rojo bajo el brazo, llegué a la simple —pero cabal— conclusión de que aquel esquivo sujeto no podía ser otro que el sastre del Capitán Marvel. Tal sospecha me fue confirmada el día en que un amigo me advirtió de la presencia en el barrio de un forastero vestido con bata blanca, pelón y miope, y con una sonrisa de hiena en época de celo. Era fácil deducir quién era el merodeador: el villano Doctor Sivana, acérrimo enemigo de mi héroe volador.
Y es que el ambiente escolar y la vida en general (gracias al nacional catolicismo y demás aberraciones de la dictadura franquista) estaban capturados por el ABURRIMIENTO más recalcitrante.
Por consiguiente, inventar realidades paralelas utilizando a personajes de los tebeos me resultaba muy fácil y sumamente terapéutico.
¿Qué hubiera sido de mí sin aquel quiosco de venta de periódicos, revistas y (sobre todo) tebeos que estaba a diez metros de la puerta de mi casa? Aquel tenderete me tenía cautivado: era una tabla de salvación, un estallido de color en medio de un mundo de tonos tan tristes como los de una radiografía (¡qué cosa tan triste es una radiografía aunque indique benignidad!). Allí, en aquellas paredes de cartón y hojalata donde colgaban los tebeos, se gestaban las ensoñaciones que, afortunadamente, no me abandonaban ni de noche ni de día. Corsarios, agentes secretos, héroes siderales, detectives, soldados, espadachines, exploradores y una delirante
retahíla de entes maravillosos me tendían la mano, me arrancaban de la estulticia cotidiana de la que era presidiario y en ningún caso, óiganme bien por favor, EN NINGÚN CASO, me sometían a la cruel tarea colegial de tener que reconocer en un texto los adjetivos posesivos y demostrativos, indicando su género y número.
A la par, yo llevaba dibujando monigotes desde que había nacido (eso decían de mí) y no había manera humana de frenar mi propósito de gastar lápices. Al cumplir los cuatro años, esta afición adquirió tintes obsesivos: no existía papel en blanco que pudiera librarse de mi agresión. Llegó un momento en que el deseo y la acción de dibujar eran simultáneos. Mi mano funcionaba como una máquina, sin detenerse, autónoma, prácticamente desvinculada de mis pensamientos conscientes. Podía estar andando, comiendo, sin que por ello tuviera que dejar de dibujar, incluso haciendo pipí dibujaba en la pared.
Y una noche lo confesé en familia: «De mayor quiero ser dibujante de tebeos».
Mi padre inicialmente se ilusionó al descubrir en su hijo a un potencial artista: «Gozará de la fama, del éxito mundano. El niño escalará las más altas cimas de la gloria ¡Y llevará mi APELLIDO!»; pero, a la vez, albergaba el temor a que yo me perdiera por vericuetos de poca monta. Una cosa era la pintura, el ARTE en mayúsculas, que procuraba consideración social y podía convertirme en pintor de reyes. Sin embargo, este desmesurado afán por querer dedicarme al extraño mundo de los tebeos no le dejaba conciliar el sueño.
Diálogo rescatado de mi memoria entre mi padre y yo:
PADRE: El mes pasado solicité ayuda a un conocido para que investigara sobre ESO a que te quieres dedicar y hoy he obtenido respuesta.
YO: Y ¿qué te ha dicho?
PADRE: Me ha informado de que esta profesión no aparece en el mapa de la vida humana. Como mucho hay atisbos de un extraño oficio que está relacionado directamente con la miseria más absoluta.
Qué equivocado estaba mi padre. Yo hablaba con conocimiento de causa ya que obraba en mi poder un folleto publicitario de la prestigiosa escuela de cómic americana Continental School. ¡Qué opulencia! Allí se mostraba a un historietista vestido con una camisa hawaiana y pantalones blancos, fumando en pipa, trabajando en una mesa de superlujo, tan grande y resistente como para poder celebrar un concurso de baile sobre ella. Estaba en el interior de un chalet de paredes con enormes cristaleras, tras las cuales se veía un inmenso jardín de césped con una piscina en forma de riñón donde se bañaban unos niños: los hijos del dibujante. La esposa, elegantemente vestida, preparaba la comida en una barbacoa mientras tomaba un Martini. En la calle, ante la puerta del jardín, estaba aparcado un Cadillac tan largo como diez bicicletas de nuestro barrio puestas una detrás de otra.
Eso es lo que yo creía y, por lo visto, había otros por allí que compartían mis creencias.
Allí estábamos. Éramos unos cuantos (no más de una docena y no nos conocíamos entre nosotros) los que vagábamos como
zombis deseando dibujar tebeos y, por supuesto, verlos publicados.
Allí estábamos y se produjo la LLAMADA.
Fue como una onda de ficción científica emitida desde la recién nacida agencia Selecciones Ilustradas, dirigida por Josep Toutain, que barrió Barcelona. Aquella transmisión paranormal sólo fue sintonizada por nosotros, sólo fue registrada por aquella docena de sujetos con la conducta alterada por la pasión del cómic, es decir, por un trastorno de caracter maníaco compulsivo digno de estudio médico.
A continuación ocurrió un nuevo episodio de naturaleza paranormal: cuando en casa mencioné el apellido «Toutain», resultó que mi padre y el del agente se conocían, pero nunca habían hablado entre ellos de sus respectivos hijos. Y ahora, hablaron largo y tendido, con lo cual, desaparecieron muchos de los temores que albergaba mi progenitor sobre la exótica profesión de dibujante de cómics.
A tres meses de cumplir mis quince años, mi padre me acompañó a Seleciones Ilustradas.
Nos abrió la puerta un tipo desaliñado, en camiseta, y, a través de un pasillo atestado de pilas de libros y fotolitos (de cristal estos últimos, ojo al dato jurásico), nos llevó hasta el despacho de Josep Toutain. Éste se levantó de su asiento para saludarnos. Era muy delgado, medía casi dos metros y su mirada, que era penetrante, pavorosa, me recordaba a un personaje a caballo entre los cómics de terror de la EC de Gaines y… ¡el villano Doctor Sivana!
Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que le perdiera el miedo.
Toutain gesticulaba muy seguro, hablaba con el aplomo insolente que da el éxito prematuro: era un triunfador arrogante, muy joven. (No hay que olvidar que, con veinte años recién cumplidos y con un panorama editorial sin futuro —corría el año 1953—, decidió coger varias páginas de historietas dibujadas por él mismo, cruzar con ellas los Pirineos y plantarlas sobre la mesa del primer editor de cómics que se dignara a recibirlo. Esta decisión hoy en día puede parecer de lo más trivial, pero en la época del aislamiento internacional del régimen de Franco, semejante viaje tenía algo de aventura épica. Volvió entusiasmado y con un montón de encargos en la maleta, tantos, que se vio obligado a buscarse ayudantes. Así nació la que fue, durante muchos años, la más importante agencia europea de producción y distribución de cómics.) El triunfador examinó un montón de dibujos que yo había sacado de mi carpeta y a los pocos días ya tenía mi mesa de trabajo en aquel lugar.
La felicidad definía mi estado de ánimo cuando cruzaba la puerta de Selecciones Ilustradas. El colectivo de empleados de la joven empresa estaba formado en su inicio por unos quince individuos de edad inferior a los veinte años, que amaban los tebeos (no importaba otra cosa) casi al límite del babeo.
El lugar parecía un auténtico manicomio, apenas había mesas de trabajo (estoy hablando de la prehistoria de S.I.) y algunos dibujaban sobre un tablero de ping-pong, incluso a veces había quien, por falta de espacio, lo hacía en el suelo.
No había un lugar seguro donde poder dejar los efectos personales sin riesgo de que se fundieran en el llamado MAGMA ABSORBENTE: un revoltillo vivo formado por quilos de material de deshecho y mil utensilios de difícil catalogación, todo ello circundado por el tren de colillas que serpeaba por los suelos, cuyo itinerario debía respetarse cautelosamente hasta las diez de la noche.
Todo el mundo fumaba Celtas, Peninsulares, Bisonte y otras marcas más canallas (Ideales, por ejemplo) sin parar, un cigarrillo tras otro. En invierno, con las ventanas bien cerradas, una nube de humo, densa, amarillenta, ocultaba permanentemente el techo. A decir verdad, aquella masa letal flotando sobre nuestras cabezas se había convertido en un elemento familiar al que se le llegaron a atribuir, sin saber por qué, cualidades de índole creativo.
Aunque intrascendente, no puedo obviar lo que sigue.
Entre otros, había un lugar insólito en Selecciones Ilustradas que me tenía cautivado (seguro que también habría cautivado a Poe): la sala de calcar. Se trataba de una pequeña habitación, de paredes agrietadas, sin ventanas, ocupada por varias mesas con una rudimentaria calcadora encima de cada una de ellas. Siempre estaban ocupadas por tíos que plagiaban desaforadamente, y cada uno de esos tíos se cubría con un pedazo de sábana mugrienta, cual fantasma, para evitar la luz de un fluorescente parpadeante que colgaba peligrosamente del techo. Y cada uno de esos tíos fumaba mientras trabajaba. Era fascinante entrar allí y vislumbrar, entre el humo, la presencia de todos aquellos seres espectrales que subían y bajaban las cabezas en movimientos lentos, cadenciosos, sumergidos en la intimidad del proceso creativo. Otros, esperaban o
dormitaban sentados en el suelo, en la penumbra, a la espera de que alguna calcadora quedara desocupada. Diría el Replicante: «…He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tannhäuser, pero muero sin haber podido estar en la sala de calcar de Selecciones Ilustradas».
Y ¿qué se dibujaba en aquel lugar? Pues no exactamente lo que la mayoría de nosotros habría querido dibujar. Había un excedente de oferta, pero casi nunca era de nuestro agrado.
Los primeros meses resultaban muy emocionantes. Uno tenía que aprender de los veteranos (que como mucho les sacaban un par de años a los novatos) a familiarizarse con los útiles de trabajo, es decir, romper minas, despuntar plumillas y tiralíneas, desmochar pinceles (¡bendito palo con pelos!) y volcar tinteros, entre otras lindezas semejantes. Paralelamente, el futuro artista iba organizando un archivo documental para acudir a él cuando un guión lo requiriera. Todo aprendiz ávido de llegar a confeccionar «El Gran Archivo de Todas Las Cosas» se convertía en un sujeto con ribetes paranoicos que, tijera en mano, recortaba y recortaba sin parar. Cualquier imagen impresa era susceptible de ser un elemento archivable. Si alguien encontraba un recordatorio funerario con el dibujo de una corona de espinas, lo recortaba e inauguraba una carpeta con el nombre A-32 «Coronas de Espinas». Así pues, de manera progresiva, aquella primera carpeta con la etiqueta indicando «TIGRES», derivaba en una locura de aberrantes subdivisiones: C-44(a) «Tigres normales», C-44(b) «Tigres muy rayados», C-44(c) «Tigres extremadamente rayados», C-44(d) «Tigres negros (sirven como panteras)». Esa extenuante labor de recopilar
imágenes de TODO cuanto pulula por estas galaxias nuestras generó anécdotas tan surrealistas que, referidas hoy en día, revelan el grado de estupor colectivo que gravitaba en el ámbito de Selecciones Ilustradas.
En cierta ocasión, uno de los nuestros, que estaba dibujando una historieta bélica, gritó muy preocupado desde su mesa : «¡¿Alguien tiene arrugas de sargento?!». Puede que alguien las tuviera de brigada, pero de sargento, no.
Y con el tiempo (no mucho), aparecía sobre la mesa el primer guión, un texto escrito por un guionista desconocido, alguien de la misteriosa Europa al que nunca llegaríamos a conocer personalmente. Se trataba de la prueba de fuego, el primer trabajo profesional.
Lo explico.
La editorial francesa Artima-Tourcoing, con un montón de revistas en el mercado (Vengueur, Mystic, Fulgor, Eclair, Cosmos, Spoutnik, Olimpic, Meteor, Vigor, Red Canyon, Panda, Hardy, etc.), ofrecía semanalmente centenares de páginas destinadas a satisfacer las ansias de un público muy poco exigente. En Selecciones Ilustradas, Artima encontró la agencia de sus sueños, la que le proveía de todo el material que necesitaba y a un precio de almacenes en época de rebajas.
Para dicha tarea, Toutain se autoproclamó descubridor de una fórmula de solución técnica («el estilo S.I.») que funcionaba a las mil maravillas y ofrecía un resultado que era aceptado sin trabas ni cortapisas por cualquier editorial europea interesada en la compra (no cesión de derechos) de originales de cómics de bajo rango.
Consistía en el plagio puro y duro (eclecticismo pragmático, dirían más tarde los sabios) de los personajes más comerciales del cómic mundial, cuya hegemonía era ostentada sin lugar a dudas por la historieta norteamericana.
Segundo diálogo rescatado de mi memoria entre Toutain y tres dibujantes de su agencia:
DIBUJANTE 1: ¿Por qué no puedo dibujar con mi estilo?
TOUTAIN: Te respondo. Para empezar, TÚ no tienes estilo, ¿de acuerdo? Así pues, sigue estas reglas: para dibujar historias actuales, de gánsters por ejemplo, copia a Rip Kirby. Para dibujar cualquier tía, copia a la Juliet Jones y a su hermana la rubia; lo mismo debes hacer con Cisco Kid si se trata de un tío del Oeste. El asunto de la ciencia ficción, los temas de la selva y el rollo medieval, hay que copiarlos a saco del Dan Barry, del Hogarth y del Foster respectivamente. Y no te olvides nunca de una cosa: todos sabemos que el Caniff y el Robbins son de puta madre, gloriosos, puede que sean los mejores del mundo, eso está muy claro... ¡pero no son comerciales! ¡En Francia no venden! ¿Llegas a comprender lo que significa eso? Pues que sólo sirven para ser mirados, no para ser copiados. Y ¿por qué?, te preguntarás. Pues porque la gente de la calle es muy burra y no entiende de estilos raros. Esos estilos sólo nos gustan a nosotros, porque somos muy MODERNOS, pero la gente de la calle es más bien corta y con boina, y le gustan las cosas bonitas y sin complicaciones.
DIBUJANTE 2: Entonces todos vamos a dibujar igual…
TOUTAIN: Y ¿os parece poco dibujar como Raymond y Foster?
DIBUJANTE 3: Y ¿por qué no puedo firmar con mi nombre?
TOUTAIN: Porque en Francia existen los sindicatos que defienden los intereses de sus dibujantes y nosotros no somos franceses ¿Lo entiendes?
DIBUJANTE 1: ¿Qué quiere decir eso de «copyright» que aparece antes del nombre del dibujante? Por ejemplo, Copyright Frank Robbins.
TOUTAIN: Esto del copyright es una MANÍA. Los dibujantes americanos tienen esta manía. Una manía más de un pueblo sometido a la tiranía de una burocracia implacable. No le des más vueltas al asunto y sigue con tu trabajo si quieres cobrar a fin de mes.
Así estaba el patio.
Con la objetividad que proporciona el tiempo, puedo afirmar que el nivel de calidad de la cuantiosa producción que se realizaba en aquel momento era deprimente, de ínfima calificación.
El éxito de Selecciones Ilustradas era imparable. Toutain decidió aterrizar en Londres y descubrió una mina: la poderosa editorial Fleetway I.P.C. (¿o fue ésta quien encontró en Toutain un magnifico filón listo para explotar?), cuya división de revistas juveniles corría a cargo de Michael Buterwood: un tipo con pinta de galán de cine que, ataviado con sombrero de ala ancha y fulard al cuello, presumía por las calles a bordo de un escandaloso Aston Martin descapotable.
Las páginas de tres revistas (Valentine, Roxy y Mirabelle) que causaban furor entre el colectivo de adolescentes británicas, por su oferta de ramplonas historias de corte romántico, fueron ofrecidas en bandeja de plata a Toutain para que sus pupilos las llenaran de
dibujos a un precio insignificante para el editor, pero desorbitado para un agente venido de un país recién salido de un bloqueo internacional. El cuerno de la abundancia había comenzado a gotear sobre Selecciones Ilustradas y no pararía de hacerlo en los años venideros.
Y allí estábamos nosotros, dibujando como locos (pensando en la recompensa en libras esterlinas, que era mucha) guiones reaccionarios, retrógrados, ultraconservadores (enfermera guapa, pobre, conoce a médico guapo, rico, y boda final) dirigidas al colectivo británico de chicas adolescentes prehippies.
Aprendimos el oficio. En el trayecto hubo llanto y alegría, así como momentos de gloria entre compañeros, pero en general, la experiencia de la profesionalización resultó harto agotadora por culpa de la imposición de unas directrices que yugularon nuestra identidad como dibujantes. Algunos abandonamos la sede para descontaminarnos de vicios estilísticos y empezar de nuevo. Con los años regresamos a ella, ya que, a decir verdad, no ha habido otra agencia más competente.
Si existe algo notable a destacar de aquellos años, lo establece el escenario de los hechos: el estudio de Selecciones Ilustradas. Un ámbito inconexo de la realidad, donde cualquier aficionado al cómic podía encontrar personas de ideas afines con las que entablar profundos lazos de amistad e iniciar escarceos en el oficio soñado.
Lo antedicho sólo son retazos de memoria comprimida; lo que sigue es lo que importa: Los Profesionales, esa interpretación magistral en imágenes realizada por Carlos Giménez de unos hechos
lejanos y sumidos en la bruma del pasado, gracias a la cual queda inmortalizado gráficamente uno de los eslabones más peculiares e influyentes en la historia del cómic de nuestro país.
Josep M.ª Beà
