Máscara de sombras

Linsey Miller

Fragmento

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El olor denso y salobre del cuero empapado en sudor se filtraba a través de mi máscara de tela. Por el camino, a contraviento, se me acercaba un carruaje acompañado por guardias. Desde mi árbol, me incliné un poco para asomarme y vislumbré una luz que parpadeaba: la lámpara de un pescante. La pintura azul del carruaje, salpicada de barro, relucía con brillos dorados.

Dejé escapar un gemido.

—Nobles.

Las ramas que me sostenían crujieron con el peso de alguien que trepaba por el tronco. Al instante saqué un cuchillo. La condena por robar a un noble era la horca.

Pero solo si lograban capturarte.

—¡Por Dios, Sal! ¿Dónde te has metido?

Entre el follaje apareció de improviso el rostro de Rath, y se acomodó en mi rama.

—El objetivo de esconderse es que no puedan verte. —Lo empujé hacia atrás y, de un tirón, le bajé la máscara que le cubría la cara—. ¿Qué es lo que quieres?

Rath me dio un golpecito en la nariz con su bastón.

—¿Estás pensando en robar a los Erlend?

Los Erlend eran tan duros y fríos como las tierras que gobernaban, y tan despiadados como la muerte. Les divertiría mucho presenciar mi ahorcamiento.

Apreté los nudos que sujetaban mi máscara en la nuca.

—¿Vas a guardar silencio?

Rath se tapó la boca con la mano y señaló con la cabeza el carruaje, que en aquel momento ya casi estaba pasando por debajo de nosotros. Avancé todo lo que pude hasta el extremo de la rama, y observé con atención la ventana del vehículo. Si no tuviera hombros, podría colarme por ella con facilidad.

—Esto va a ser divertido —comenté meneando la cabeza.

Esto iba a doler.

—¿Divertido de divertirse? —Rath se frotó el muñón en el que antes estuvo su dedo meñique—. ¿O divertido de «como falles nos ahorcan a los dos»?

—Divertido.

Rath soltó un resoplido y se bajó de mi árbol. Se oyeron sus pisadas en la hojarasca, y a continuación surgió entre la espesura un silbido suave y prolongado. Un silbido, un carruaje y una oportunidad para satisfacer nuestra cuota.

Los caballos pisoteaban el barro acercando a los soldados cada vez más hacia nuestros escondites. Diez guardias montados y con corazas rodeaban el carruaje. Miraban a derecha e izquierda, pero nunca hacia arriba. Respiré hondo y me así con más fuerza a la rama. El convoy estaba pasando justo por debajo de mí.

Dejamos caer las redes. Los soldados, con las lanzas y los brazos enredados en la malla, empezaron a lanzar aullidos, y el cochero se detuvo de golpe. Rath emitió otro silbido.

En aquel momento salté de la rama. Mis botas rasgaron el cortinaje que cubría la ventanilla y dejaron fuera de combate a un pasajero con un fuerte golpe en la cabeza. Al deslizarme en el interior me rocé los hombros con los dos marcos de la ventana. Saqué mi cuchillo.

—¿La bolsa o la vida? —pregunté girándome hacia el noble.

—La bolsa.

El noble —una dama— era apenas mayor que yo y medía media cabeza menos, pero cuadró sus delgados hombros y me miró por encima de unas gafas de montura metálica. Señaló con un gesto de cabeza la criada que yo había dejado inconsciente de una patada.

—Ella también.

Me abstuve de dar la habitual orden de «callad y soltad los puñales» e hice un gesto afirmativo.

—Trato hecho. Las joyas, el dinero y todos los artilugios que llevéis encima.

Por fin, alguien lo bastante inteligente para comprender que esta batalla la tenía perdida.

La dama se quitó los anillos que llevaba en los dedos. Yo le quité la bolsa a la criada con una mano sin dejar de apuntar con mi cuchillo a la dama con la otra. Por más que pareciera una persona inteligente, no me fiaba de que un noble no fuera a clavarme un alfiler de sombrero por la espalda.

Emitió un carraspeo.

—¿Algún problema, Erlend? —le pregunté volviéndome hacia ella.

—No. —Miraba fijamente mi cuchillo—. Y cuando os dirijáis a mí llamadme «milady», o de lo contrario absteneos de hablarme.

Dibujé una ancha sonrisa e hice una pequeña reverencia. Muy propio de un Erlend, pero mejor eso que ponerse a chillar y forcejear.

—Naturalmente, milady.

La dama se removió en su asiento. Sus joyas le formaban un puñado de plata en el regazo, y su bolsa permanecía entreabierta encima de unos papeles arrugados. Había entrelazado las manos para disimular que le temblaban.

—Os habéis olvidado de una cosa. —Tomé un pequeño medallón que llevaba al cuello, con sumo cuidado para no asustarla. No era que disfrutase de asustar a la gente, sobre todo a las personas que actuaban de modo inteligente mientras yo les robaba. Pero siendo eficiente se obtenían los mismos resultados que siendo malo—. Y no voy a apuñalaros, a no ser que vos me apuñaléis primero a mí.

—Me estáis robando a punta de cuchillo —dijo al tiempo que me apartaba la mano. Una sonrisa burlona transformó su expresión tranquila en el gesto Erlend que yo conocía tan bien—. No vale nada.

—Lleva rubíes auténticos. —Le di la vuelta. La cara frontal del medallón estaba adornada con pétalos de rosa hechos con láminas de cobre e incrustados de rubíes. Busqué el cierre y lo abrí. Dentro había dos retratos: uno de un niño de mejillas sonrosadas y otro de una mujer tocada con un velo azul que tenía la misma nariz alargada que la dama del carruaje. Me guardé el cuchillo en la funda que llevaba al cinto y solté el colgante—. Quitáoslo.

Ella se llevó las manos al cuello.

—No vale nada.

—Silencio. No voy a llevármelo, pero es necesario que lo ocultéis.

No quería que llegase Rath de improviso y viera a aquella dama llevando todavía una joya al cuello; se pasaría varios días riéndose de mí y se quedaría con el medallón.

Ella empezó a desabrochárselo, y maldijo en voz baja cuando se le enredó la cadena en el pelo.

—¡Silencio! No habléis. —Había quedado un mechón de cabello castaño enrollado en torno a la delgada cadena. Lo liberé, y al hacerlo inhalé el perfume de agua de rosas que llevaba la dama, y que me hizo farfullar—. Si mi jefe se entera de que os he permitido conservar esto, me cortará la mano.

—Procuraré que en la orden de búsqueda no figure que habéis sido piadoso conmigo. —Sonrió. Levemente—. Pero... gracias.

Era la primera vez que alguien me daba las gracias por robarle. Además, poseía una belleza inquietante, con aquel cabello oscuro y rizado y aquel mentón que transmitía seguridad en sí misma, y me hacía frente sin pelear. Se necesitaba inteligencia y temple para hablar con altanería.

Por fin, se apartó, y con ella el perfume de agua de rosas.

—Escondedlo. Lamento haberos estropeado el peinado. —Indiqué con un gesto los mechones que tenía detrás de las orejas. Desear a una Erlend no me traería más que desgracias.

—Bueno, me están robando. —Se guardó el medallón en la manga, en un bolsillo oculto, y se alisó el cabello—. Sois muy joven para ser un salteador de caminos, y más amable de cómo los describen.

—Y vos sois muy joven para ser un miembro de la corte de la reina. Apuesto a que eso ha enfadado a todas vuestras amigas Erlend. —Levanté en alto su anillo de plata grabado con los dos rayos enlazados que identificaban a Nuestra Soberana. No podía tener más que uno o dos años más que yo—. Es posible que los tengáis tan enfadados que por eso os han hecho viajar acompañada de tan pocos guardias, y que se nieguen a pagar vuestro rescate.

No me extrañaría que esos señores de la guerra se volvieran contra sí mismos para obtener beneficio.

De repente se oyó un alarido fuera del carruaje, seguido de un revuelo de voces airadas y entrechocar de espadas, y la dama se apresuró a apartarse de mí.

—Lo siento, no tengo intención de secuestraros. Solo estaba bromeando. —Me guardé el anillo y le hice una reverencia—. Os pido perdón por haberos asustado, milady. —Lancé un corto silbido. Habíamos terminado, era hora de marcharse. Toqué a la criada con la punta de la bota—. Y por haberle dado una patada a vuestra sirvienta. Decidle que me perdone.

—¿Y el robo? —Ni siquiera se inmutó, tan solo levantó la barbilla.

—Por Dios, señora. Y el robo. ¿Os da por acosar a todo el mundo? —Me volví hacia ella para grabar en mi memoria el perfil de su rostro, la forma en que le caía el cabello por las mejillas de color tostado y el salpicado de pecas que tenía en la nariz. Al menos así tendría una luz que iluminaría mi colección de recuerdos duros y desagradables.

—Solo a quienes me están robando —replicó sonriendo con los labios cerrados y los ojos entornados—. Vos no sois uno de los que han estado raptando personas últimamente, ¿verdad?

—No, esos son peligrosos como serpientes, y transitan los caminos del sur. No os conviene acercaros por allí. —Le hice un gesto, mientras esperaba el silbido de respuesta de Rath—. Pero decidles que fui despiadado. Para que figure en mi orden de búsqueda.

Si aquellos necios que secuestraban nobles pensaban que nosotros éramos más despiadados que ellos, no se acercarían a nuestro territorio.

—Aterrador —contestó la dama con un jadeo fingido—. Diré que me asaltó una bestia gigantesca y monstruosa, armada con un cuchillo y cubierta por una máscara tan horrible como sus modales. Eso salvará la autoestima de mis guardias.

Abrí la boca para obligarla a retractarse de lo referente a mis modales, pero de pronto se abrió la portezuela del carruaje. Rath acababa de arrancarla limpiamente de sus goznes.

—Más guardias —bramó al tiempo que sacudía la cabeza en un gesto de negación y lo salpicaba todo de sangre.

Con la misma rapidez con que había aparecido, desapareció de nuevo entre los árboles. En el exterior, soldados y ladrones forcejeaban en la oscuridad en una maraña de brazos y piernas. Me volví hacia la dama.

—Si queréis figurar en esa orden, tendréis que escapar —me dijo a la vez que me empujaba por la puerta—. Huid.

Salté del carruaje y, con su imagen grabada a fuego en mi memoria, me perdí en la noche.

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—Las patrullas de caminos han cambiado la ruta. —Rath corría como una flecha entre la espesura, cargando al hombro con las lanzas que había robado y que iban rebotando contra su espalda—. Les he cortado las riendas, pero, aun así, podrían seguirnos. Son los guardias más leales que he visto jamás.

—¿Has podido sacarles mucho? —Hice un alto para escuchar el bosque que nos rodeaba. No se oía nada cerca.

Aunque los guardias se hubieran lanzado a perseguirnos, habrían caído desmayados a causa del calor. Yo apenas lograba mantenerme en pie en medio de aquella humedad, vestido con pantalones y camisa. Y el sudor que me provocaba la coraza era una tortura.

—No lo suficiente. —Al alcanzar la orilla de un lago, frenó en seco en el barro y se subió a una piedra dejando una estela que fue extendiéndose por la superficie del agua. Luego fue saltando de piedra en piedra por la ribera—. ¿Acaso crees que resulta aceptable disponer solo de ocho dedos?

Grell da Sousa, el cabecilla de nuestra banda, organizador de todas las reyertas, robos y casas de juego que había en el distrito de Kursk, le cortó el dedo meñique a Rath cuando ambos teníamos nueve años. Rath solo robaba lo suficiente para comprarse comida y alojamiento, pero aquel día no habíamos llegado al cupo necesario. Desde entonces no volvió a suceder.

—¿Quién necesita dedos? —Me quité la máscara y procuré acompasar mi respiración con cada zancada. Respirar a través de una tela era como boquear bajo el agua—. He cogido unas pocas perlas y gemas. Bastará para cubrirnos. Vámonos.

Acto seguido, Rath volvió a tierra firme.

Yo fui detrás de él. No tenía otro remedio. Grell me había metido en este oficio a la edad de ocho años. Me ofreció la opción de pagarle un tributo o de perder un dedo por cada moneda que le sisara en su distrito. A mis ocho años, me gustaba conservar todos los dedos. Rath y yo trabajábamos juntos, ahorrando juiciosamente y amañando apuestas a mansalva, pero no confiaba en que él me guardara las espaldas mejor que Grell. Al menos Grell era muy claro en lo de la amputación de dedos.

El propio Grell había perdido un dedo en una pelea; aprendió la lección, y no veía nada malo en enseñarnos a nosotros a vivir desmembrándonos poco a poco.

Introduje una mano en la bolsa de la dama y extraje el anillo de plata. Me costó un poco hacerlo pasar por mis hinchados nudillos, pero era más bonito que ningún otro que hubiera tenido nunca.

—Te estás entreteniendo —me dijo Rath volviéndose hacia mí sin dejar de avanzar, corriendo de espaldas. Tenía detrás un árbol—. ¿Estás tan viejo que empiezas a no ver bien?

—Veo mejor que tú, y soy más joven. —Observé detenidamente el blasón grabado en el anillo. Huir a la carrera y robar iban de la mano, y yo era capaz de correr más que Rath con los ojos cerrados—. Tú preocúpate de mirar por dónde vas.

—Siempre lo hago.

Se estampó contra el árbol.

Rath era un ladrón malísimo. Quería establecer un negocio de verdad, con licencia y clientes, y operar con el mínimo de objetos robados que le fuera posible, pero estando bajo el dominio de Grell nunca iba a poder acumular el dinero suficiente para entrar a formar parte de la clase de los comerciantes. Tampoco ganaría lo suficiente sin contar conmigo, y por lo tanto no podía traicionarme. Grell nos permitía quedarnos con lo justo para ir tirando, y se llevaba la cantidad adecuada para que nos viéramos obligados a volver a él a gatas. Yo tenía puesta la mira en otro sueño más barato.

Convertirme en soldado.

Me quité la bolsa que llevaba colgada del cinto, saqué a Rath de la maraña de ramas y, a continuación, adoptamos un paso más lento. Rath observó disimuladamente el contenido de mi bolsa.

Las nuevas y relucientes monedas de plata de Igna y el inservible oro viejo de Erlend tintineaban unas con otras al lado de un papel doblado. Cuando Nuestra Soberana Ignasi puso fin a la guerra civil entre Erlend y Alona, juntó ambas naciones para formar Igna y creó un conjunto de monedas nuevas. La finalidad era unirnos, o alguna tontería parecida, pero en los bolsillos de Erlend yo continuaba encontrando oro de Erlend. No se atrevían a desprenderse del pasado.

—¿Ahora te quedas con lo mejor? —me dijo Rath propinándome un codazo—. Eso no es propio de ti.

—Yo no soy un temerario. —Sostuve el papel en alto y escondí los dedos detrás de él al tiempo que levantaba el anillo y lo apretaba en torno a un nudillo roto tiempo atrás—. Y me gusta conservar los dedos intactos.

—Oh, discúlpame. —Rath se llevó a los labios los tres últimos dedos de su mano intacta, con el pulgar y el índice doblados hacia dentro—. Yo soy temerariamente ambicioso, ¿y quién necesita dedos?

—Un culo ambicioso. —Desplegué el papel y dibujé una ancha sonrisa—. Rezo para que la Tríada no vuelva a hacer crecer ese dedo.

Rath frunció el ceño y repitió el movimiento, exagerando.

—¿Qué es eso?

—Un panfleto. —En la parte superior del papel figuraba un grabado que representaba unos rayos incidiendo en el verde árbol de Erlend y sobre las azules olas de Alona. El texto escrito en aloniano aparecía repetido en erleniano, y ambos me resultaban inútiles—. ¿Qué dice?

Yo sabía leer un puñado de palabras, mayormente nombres y números, pero Grell prefería tenernos totalmente a su merced.

—Habla de unas pruebas. —Rath recorrió el texto con la mirada y entrecerró los ojos. Él era de la costa meridional de Alona, y así lo delataban la tonalidad bronce de su piel oscura y las motas de color gris que salpicaban sus ojos negros, unos ojos sal y pimienta, los denominaba él—. Nuestra Soberana de los Pináculos del Este y Señora del Rayo requiere un nuevo Ópalo para su Mano Izquierda. A las pruebas podrá presentarse todo aquel que reciba una invitación o que demuestre poseer la determinación y las habilidades adecuadas.

De modo que Ópalo había muerto. Aceleré el paso. La Mano Izquierda de Nuestra Soberana era su colección de asesinos y guardias personales, que recibían su nombre según la piedra del anillo que llevaban: Rubí, Esmeralda, Ópalo y Amatista. Eran propiedad de ella y hacían lo que ella les ordenaba, como dar muerte a quienes amenazasen la autoridad de su señora. Como, por ejemplo, a los Erlend rebeldes, los que se escondieron en el norte e iniciaron la guerra civil con Alona. Utilizaron su territorio, Nacea, como una distracción para salvarse cuando la guerra empezó a recrudecerse. En la actualidad, Nacea —mi país y mi pueblo— estaba muerta y desaparecida. Iba a llevarme años entrar en las milicias para tener la posibilidad de dar caza a los Erlend responsables, pero si me presentaba a aquellas pruebas se me abriría una puerta para entrar. Serían míos ya.

No tenían derecho a vivir mientras Nacea estuviera arrasada y vacía. Rodolfo d’Abreu, el mago que había hecho realidad lo que habíamos soñado todos y había asesinado a los Erlend que crearon las sombras, tuvo la idea acertada: matarlos y asegurarse de que no pudieran causar más problemas.

Naturalmente, acabó muerto, pero lo mismo les sucedió a los magos Erlend que instigaron la guerra. Yo podría terminar lo que él empezó, y vengar a Nacea con un último golpe.

Faltaban seis días para las pruebas. Di a Rath una palmada en el hombro.

—Vuelve a leérmelo, la parte de la invitación.

—«A las pruebas podrá presentarse todo aquel que reciba una invitación o que demuestre poseer la determinación y las habilidades adecuadas.» —Rath me guardó el panfleto en el bolsillo—. ¿Quién crees tú que habrá recibido una invitación?

—Nobles jóvenes y sus amigos —respondí sin dudarlo—. Lo cual es lógico, ya que piensan que uno de ellos forma parte de la Mano Izquierda y seguirá formando parte durante muchos años.

Yo nunca había matado a nadie, pero si Nuestra Soberana lo ordenara, ¿cómo iba a discrepar? Ella puso fin a la guerra y acorraló a los nobles. Ella era la única persona que nos mantenía a salvo de la avaricia de los nobles, que se arriesgaron a ser asesinados cuando la traicionaron, de igual modo que Rath y yo sabíamos que por robar podíamos acabar en la horca.

Pero yo iba a tener que superar la prueba para poder estar cerca de los nobles, y nunca había luchado contra adversarios entrenados en un enfrentamiento de igual a igual.

Claro que los asesinos no peleaban limpio.

—Tiene que haber algún requisito más —razoné. Las pruebas eran un evento cerrado, y yo nunca había sabido en qué consistían—. Si no lo hubiera, podría presentarse cualquiera que deseara un título. Deben de exigir matar a alguien.

—La delicadeza con que lo dices me llega al corazón.

Le arreé un empujón con el hombro.

—Si sientes algo en el corazón, es que necesitas un médico.

—Y tú también. —Rath se abrió paso por entre un nudo de ramas y salió al camino que conducía de regreso al pueblo. Habría sido el luchador perfecto, con sus anchos hombros y sus grandes músculos, pero le desagradaba la sangre y le gustaban más los números que los puñetazos, incluso después de llevar tantos años asaltando carruajes—. ¿Qué harías tú? ¿Robarles de camino a las pruebas?

—Eso demuestra determinación, ¿no te parece?

—Determinación por morir. —Rath se estremeció—. Tú nunca has matado a nadie, ¿cierto? A ninguno de esos soldados que están ahí pudriéndose.

Guardé silencio. Aquel era un botín que no me hacía ninguna falta. Yo había soñado con matar nobles, con matar a caballeros Erlend sin rostro hasta que tuvieran bien claro el motivo por el que fui a por ellos, hasta que se les quedaran grabados en el alma los gritos de agonía de Nacea. Pero eran solo sueños.

—Si hubiera matado a alguien, ¿qué más daría? —pregunté arañando el anillo de plata con la uña. Eran muchos los Erlend que habían hecho fortuna con la caída de Nacea. Como Horatio del Seve, cuyo nombre se me había grabado a fuego en la memoria en cuanto supe que se proponía vender las tierras de mi país—. Los soldados nos matarían igual de rápido.

—Pero no sería una pelea justa. Nosotros somos ladrones. Para ellos es su trabajo.

Arrugué el entrecejo.

—No hay nada de justo en pelear contra soldados que llevan coraza.

—Tú eres el tipo adecuado para esas pruebas. —Rath iba caminando detrás de mí, hablador, jadeando, soltando opiniones que no servían de nada. Eran muchas las veces que había hablado de personas con las que le gustaría poder enfrentarse—. Aplastarle la cara a la gente por dinero.

—Ya me pagan por pelear. —Me volví hacia él, lo agarré por el cuello de la camisa y lo empujé contra un árbol—. Ellos saben en lo que se están metiendo. Firman para pelear, igual que yo. No hagas como si no dependieras de que yo gane.

—Yo no mato gente. —Las lanzas que llevaba a la espalda se agitaron con estrépito.

—Yo tampoco. Tú amañas las apuestas mientras yo gano las peleas.

—Bien. —Me dio un manotazo en las costillas y se escabulló—. Nos está esperando, Grell. Vamos.

Un rato más tarde, sudorosos y temblorosos, llegamos a Tulen. Los guardias pagados por Grell nos dejaron entrar en la ciudad. Yo iba dando vueltas al anillo de la dama en mi dedo, pero al echar un vistazo a la callejuela decidí quitármelo. La única persona que me acompañaba en medio de aquella oscuridad era Rath, y ahora estaba doblado por la cintura, intentando recuperar el resuello. Aquel anillo había sido tocado por Nuestra Soberana, la cual lo había estampado con su sello. Yo solo la había visto desde lejos. Haría un trato con la Señora. Si lograba conservar el anillo después de ver a Grell, ello significaría que era lo bastante inteligente para presentarme a las pruebas y servir a Nuestra Soberana; si no lo lograba, no me recuperaría a tiempo para presentarme.

Saqué mi cuchillo de la funda, me retiré la camisa del hombro y me hice un corte en el brazo. Dejé que manara sangre sobre la hoja, aguantando el dolor que me subía por el hombro, y a continuación limpié el cuchillo con la manga. Después apreté el anillo contra el brazo, por encima del corte, y vendé la herida con un pañuelo robado. El anillo permaneció en el sitio.

Un poco de dolor, pero la recompensa mereció la pena.

Un poco de mi sangre para sellar la plegaria que elevé a la Señora.

Di unas vueltas más al vendaje, las suficientes para disimular el bulto pero al mismo tiempo permitir que rezumase un poco de sangre y por lo tanto se viese que era una herida real. No se veía en absoluto el anillo, había gran cantidad de sangre, y Rath todavía estaba recuperando el aliento. Perfecto.

De repente se abrió la puerta del Sombrerero Hambriento y apareció Grell gritando:

—¡Registrad dos veces a Rath!

Rath dejó escapar un gemido y se incorporó con dificultad. Al momento salió a la luz Lorne, uno de los guardias más charlatanes de Grell. Yo me apoyé contra la puerta.

Mejor todavía: las personas se fían de ti si te acuerdas de cómo se llaman y de los problemas que tienen.

—Veo que trabajas hasta muy tarde. —Bebí un trago de mi odre mientras Lorne palpaba las piernas de Rath—. Pensé que a lo mejor estabas teniendo otra mala noche con tu hijo.

—Cayet ha hecho el turno de día —respondió Lorne al tiempo que desataba las botas de Rath y le subía las perneras del pantalón para dedicar unos momentos a examinarle las pantorrillas y las caderas antes de pasar al pecho y al interior de la camisa—. Pero da lo mismo, ese crío nunca quiere dormir cuando dormimos nosotros.

Me froté el brazo. Sentía un hormigueo que se me estaba extendiendo por el hombro, pero continué haciendo gestos de afirmación, como si entendiera su problema. No era capaz de imaginar que una criatura de dos años se mostrase razonable respecto de lo de dormir.

—¿Qué te ha pasado? —me preguntó Lorne tras dar una palmada a Rath en el hombro y quitarlo de en medio de un empujón.

—Me han apuñalado. —Le tendí mi brazo sangrante y separé las piernas, pero mantuve una expresión neutra. Rath giró la cabeza hacia mí, pero no le hice caso. Él no sabía mentir para salvar la vida. La sangre impidió que los guardias se me acercaran demasiado, y yo sabía que Grell estaba escuchando. Llamar la atención hacia un escondite no era lo más inteligente, pero si yo lo nombraba directamente, él en absoluto pensaría que tenía algo que ocultar—. Al asaltar el carruaje me clavé un alfiler de sombrero.

—¿Lo has traído? —me preguntó Lorne palpándome los bolsillos y las botas.

—No. Era de madera.

Lorne soltó un bufido.

—Abre la boca.

Saqué la lengua y giré la cabeza a un lado y al otro. Lorne cogió nuestras bolsas y regresó con el Sombrerero después de dar otra palmadita en el hombro a Rath y de palmearme a mí el brazo bueno. Rath y yo nos miramos el uno al otro. Él me pasó un brazo por los hombros.

—Así que un alfiler de sombrero.

Yo apreté los dientes. Rath era tan sarcástico hablando como la dama del carruaje.

—Cállate.

Genial. Ahora, para equilibrar las cosas, yo iba a tener que sacarle a él los trapos sucios.

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—Levántate. —Rath, con un aliento que olía a té rancio, me zarandeó para despertarme—. Hora de desayunar.

Enterré la cara entre los brazos. De improviso me subió por el brazo un dolor agudo, breve pero intenso, que me hizo abrir los ojos de golpe. Rath, a contraluz y con una taza en la mano, me dio un codazo para que me bajase de la cama. Había estado soñando con tormentas.

Soñar con tormentas era mejor que las pesadillas que sufría habitualmente, llenas de oscuridad y de dientes que goteaban sangre, pero aun así me desperté encogido a causa del miedo, igual que cualquiera de aquellas terribles noches.

Recogí mi camisa del suelo, palpé el borde de la tela y acaricié el anillo con el dedo pulgar. Estaba a salvo, fuera de mi improvisado vendaje y fuera de miradas inquisitivas. Rath me había limpiado la herida mientras yo cosía el anillo al interior del bolsillo oculto que tenía mi camisa, sin dejar de reír durante todo el rato.

—¿Todavía piensas presentarte a las pruebas para ocupar el puesto de Ópalo?

—Sí, y ya sé cómo voy a demostrar mis habilidades. —Las recompensas eran muy cuantiosas, y yo tenía la recompensa perfecta que podría hacer las veces de invitación. Al fin y al cabo, los asesinos negociaban con la muerte—. Necesito que distraigas a los guardias de Grell.

—No. Sal, por Dios. —Se dejó caer sobre la cama de al lado y se pasó la mano por el pelo—. Grell mata a cualquiera que le mire mal. Sea lo que sea lo que estás planeando hacer, te matará por ello.

Si antes lo mataba yo, no.

—Si le apetece, podría matarnos a todos —repliqué.

Grell era responsable de una fila de cadáveres más larga de lo que medía yo, y que crecía tan deprisa como los niños abandonados. Mataba por sisar objetos robados, por escaquearse, por mentir, o por cualquier cosa que se le antojara. Él fue quien empezó a secuestrar a nobles; yo lo descubrí de forma accidental, y si se enterase de que yo estaba al tanto, me mataría. Con el tiempo, Grell y sus socios acabarían arrastrándonos a todos a la horca.

—Ha estado organizando secuestros de gente adinerada.

Rath se puso en tensión.

—Eso no es nuevo.

—Hizo un trato con unos socios del sur, pero están matando a los secuestrados. —Si se hubiera enterado antes, Rath habría huido. Una cosa era que a uno lo ahorcasen por robar, pero ningún hombre decente quería que lo relacionasen con asesinos avarientos—. Desde el momento en que muera quien no debe, Grell ya no podrá seguir sobornando a los guardias. Irán a por él, y él hará recaer la culpa sobre nosotros para salvarse.

Lo mismo que habían hecho los antiguos nobles Erlend. Los Erlend extendieron las sombras por toda Nacea para enlentecerla, y permitieron que el ejército Erlend escapara mientras Nacea era pasada a cuchillo. De mi pueblo no quedaron más que manchas de sangre en la tierra en la que sus habitantes fueron despellejados por garras afiladas. Grell se serviría de nosotros para entretener a los soldados, con lo cual él podría escapar. Todos acabaríamos muertos y desaparecidos, igual que Nacea.

La única manera de impedir una carnicería era frenar a los que la iniciaron, los que volverían a iniciarla ahora, como hizo Nuestra Soberana con las sombras, como hizo Rodolfo d’Abreu con sus creadores, y como haría yo con Grell y con los nobles Erlend que habían orquestado la ruina de Nacea para salvar su pellejo.

Rath se tumbó y me agarró la mano con fuerza.

—Nos matará a todos.

—No, nada de eso. Pienso entregarlo. —Al menos pensaba entregar una mano suya, pero Rath no tenía por qué saber ese detalle. Tampoco podía permitir que me delatara a mí—. Tú gobierna este lugar con rectitud, sin matar a nadie y sin pedir rescates, y yo probaré a obtener el puesto de Ópalo. Aquí te quiere todo el mundo. Cuando tenías diez años, le dabas cien vueltas a Grell.

—Tú nunca has querido ser sino quien ya eres. —Rath meneó la cabeza, negando—. Ópalo tiene que matar a gente sin otro motivo que porque así se lo ordene Nuestra Soberana.

—Con eso me basta. —Oculté el rostro para que no viera que me había sonrojado. Nuestra Soberana era mi heroína, y con razón, porque había eliminado toda la magia del territorio. Sin dicha magia, las sombras no eran nada. La magia las vinculaba a la tierra, continuó atrapándolas mucho tiempo después de que hubieran desaparecido los cadáveres y se hubieran quebrado las voluntades. En el momento en que Nuestra Soberana liberó esta tierra de la magia, las sombras se dispersaron. Yo le debía miles de vidas. Mi propia vida también—. Ella me salvó. Haré lo que me ordene, siempre que ello la mantenga en el trono.

Y, además, disfrutaría matando a unos cuantos, siempre que fueran los que efectivamente debían morir.

Rath se había criado demasiado al sur para ver las sombras, pero se ponía nervioso cada vez que hablábamos de aquel tema. Hasta los rumores que se contaban de ellas generaban un pánico capaz de durar una vida entera: monstruos rápidos como el viento y dotados de garras afiladas como cuchillos, desesperados por reconstruir los cuerpos que les habían robado. Sus víctimas despellejadas aún me atormentaban en sueños.

—Se hará justicia —dije en voz baja. Aquellos que habían matado a tantos y eran capaces de vivir con ello, pensando que reunían las cualidades necesarias para gobernar a las personas a las que con tanta presteza habían sacrificado, no tenían sitio en este mundo—. Lo cual no quiere decir que vaya a torturarlos. Simplemente los mataré.

—Simplemente los matarás. —Rath soltó una carcajada e hizo la señal de la Tríada, con una mano posada sobre el corazón—. ¿Al menos has logrado dormir esta noche?

—Un poco.

Rath lanzó un suspiro.

—¿Así que lo único que necesitas es que distraiga a los guardias?

—El tiempo suficiente para que se vayan. —Grell siempre se parapetaba en su habitación, y enviaba a sus efectivos cuando llegaba un alijo. Nunca permitía que sus guardias penetrasen en el interior, pero de todas formas los tenía apostados en la puerta. Pasaba el día entero solo—. El tiempo suficiente para que yo pueda entrar.

—De acuerdo, pero me debes una. —Me sacó de la cama a rastras y me dio un apretón en el hombro—. Adelante. Para cuando llegues allí, ya los habré distraído.

Bendito fuera.

El pasillo al que daba la habitación de Grell se hallaba vacío y silencioso cuando llegué yo. Llamé a la puerta. Respiré hondo para calmarme, aunque sentía un dolor en el pecho con cada inspiración, y me notaba inquieto. Lo que estaba a punto de hacer me causaba una opresión en el pecho y me formaba un nudo en la garganta. Por Grell se ofrecía una fuerte recompensa, vivo o muerto. Era lo que merecía.

—Adelante —se oyó retumbar la voz de Grell a través de la grieta de la puerta.

Grell estaba encorvado sobre su mesa, envuelto en una nube de humo. Cerré la puerta con suavidad y eché la llave. Grell no se percató de mi gesto, absorto como estaba en examinar una sortija de jaspe a través de una lupa de joyero. Di unos pasos hacia él con la cabeza agachada, hasta que por fin levantó la vista y me miró. Al moverse, agitó la bolsa de huesecillos que descansaba sobre su mesa.

No había nada malo en esperar. Nosotros éramos molestias, y él era lo bastante amable como para aceptar recibirnos. A Grell le encantaban las luchas de poder. Que yo le siguiera el juego quería decir que no había acudido allí a sorprenderlo.

Empezaba a pensar si no debería haberme servido del factor sorpresa, pero ya era demasiado tarde.

—¿Qué es esto? —Tosió contra un pañuelo. En otra época fue como yo: menudo, desnutrido, sobreexplotado. Pero había aprovechado muy bien los años de robos y el dinero obtenido.

Su gigantesco corpachón era todo músculo y exhibicionismo. Las reyertas callejeras habían dado forma a su imperio y a su carácter, pero le habían destrozado el hombro izquierdo, la rodilla derecha y varias costillas. No me costaría mucho partírselas de un buen puñetazo, si fallaba el método fácil.

—Rath te ha traicionado. —Me pellizqué para no desviarme de mi mentira—. Va a intentar salirse de esto vendiéndote su parte.

Grell se incorporó con dificultad y se apoyó sobre su mesa, erguido sobre mí con todas sus cicatrices y todos sus músculos.

—¿Y qué es lo que quieres tú a cambio de haberlo delatado? —me preguntó extendiendo los brazos en el gesto menos afectuoso que había visto jamás—. Mantenerte a ti en el negocio no me inspira confianza, precisamente.

—Ya no quiero continuar con él. —Me moví con nerviosismo, fingiendo miedo, y me acerqué tímidamente señalando el mapa de Kursk que colgaba de la pared. Grell vino conmigo—. Si está planeando separarse de nosotros, nos delatará. No pienso dejarme ahorcar porque él esté pensando en dejar el negocio.

—Un último trabajo —me dijo Grell inclinado por encima de mi hombro. Exhaló una bocanada de humo azul y dulzón y dio unos golpecitos en el mapa con un dedo encorvado—. Y después tú podrás regresar a lo tuyo y yo buscaré quien sustituya a Rath.

—Gracias.

Arranqué de la pared el alfiler que llevaba mi nombre. Era pesado y grueso, y lo bastante puntiagudo para traspasar una tabla de madera que fuera delgada.

—Los delatores no reciben recompensas. —Arrancó el alfiler de Rath y lo arrojó a un lado—. Fuera.

Sin avisar, le clavé mi alfiler en el cuello. Él forcejeó y se llevó las manos a la garganta. Rápidamente me giré y aplasté la espalda contra la pared. Grell, con el rostro contraído en una sonrisa burlona y desencajada, retrocedió e intentó lanzarme un puñetazo a la cara. Yo lo intercepté agarrándolo del antebrazo, y el impacto me repercutió en todo el cuerpo. De repente sus dedos se cerraron en torno a mi brazo.

Mierda.

Me lanzó por los aires. Aterricé sobre su escritorio haciendo caer al suelo papeles y joyas, y me golpeé la cabeza contra el bloque de papel secante. Parpadeé para aclararme la vista y levanté las rodillas hacia el pecho. Grell emitió un gorgoteo.

Dios, el desastre que había creado. Grell tenía un alfiler clavado en el cuello, no había muerto, y estaba hecho una furia. Entonces me saqué el cuchillo que llevaba en la bota.

Grell arremetió contra mí. Yo me afiancé apoyándome en el escritorio.

Se le partieron las costillas.

Fue a estrellarse de espaldas contra la pared, rezumando sangre por debajo de la mano con que se aferraba el cuello. Me separé del escritorio con la horrible sensación de que el suelo se ondulaba bajo mis pies y con un agudo dolor en la nuca. Me agarré a la mesa y tragué la bilis que me ascendía a la garganta. Notaba un fuerte pitido en los oídos.

—Mi intención era haber acabado rápido —articulé con la voz gangosa y la mente más lenta de lo normal—. Lo siento.

De pronto, los ojos de Grell, inyectados en sangre, se abrieron de golpe y se posaron en mí. La pared estaba manchada de salpicaduras de sangre. Grell tenía la respiración agitada, frenética, el pecho demasiado tenso, y me arrodillé junto a él. Se apretó el cuello con más fuerza.

—No es nada personal —le dije. Tomé su brazo libre, lo sujeté contra el suelo y le apliqué el cuchillo—. Pero es que necesito una mano.

Grell, con movimientos débiles, intentó asir los cordones de mis botas, y yo lo retuve apoyando una mano en su pecho. Sentí bajo mi palma cómo le retumbaba el corazón en el afán de compensar el boquete del cuello. Entonces le hundí el cuchillo entre las costillas, rápido y limpio. Grell dejó escapar una exclamación ahogada.

Su corazón se detuvo.

Su mano se desplomó.

Me aparté de él con un sabor amargo en el fondo de la garganta. Mi cuchillo cayó al suelo. Me abrí paso por entre las joyas de oro y los huesecillos de dedos esparcidos por el suelo para retirar la vieja espada que tenía Grell en la pared, detrás de su escritorio. Sentí que mi corazón intentaba salirse del pecho.

Poseía las habilidades apropiadas.

Respiré hondo de nuevo, y mis dedos se acompasaron con mi mente cuando agarré la espada con las dos manos. Deslicé el filo por la muñeca de Grell. Sus huesos se rompieron con la misma facilidad que los de Rath, y el roce del metal contra él me provocó un escalofrío en la columna vertebral. Me temblaban las manos, y la espada se me resbaló.

No era más que Grell.

Grell no era bueno, ni siquiera un poquito. Le había cortado el dedo meñique a Rath cuando este tenía nueve años, con una risotada y un cuchillo afilado.

Ópalo no se molestaría. Grell tenía que morir, y yo tenía que hacerlo, igual que haría Ópalo con una de las víctimas señaladas por Nuestra Soberana. No había nada d

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