PRÓLOGO
«Welcome to Egypt, welcome to Egypt», nos decían los taxistas y los vendedores ambulantes con cara de curiosidad. Saliendo del aeropuerto nos recibió el Coloso de Ramsés y, al lado, el de Menfis. La ciudad era un caos. Tenías que hacer slalom para ir esquivando personas, animales y coches sin chocarte con ellos. A ambos lados de las calles había orfebres y artesanos trabajando como hace cientos de años; tiendecitas de productos atávicos o especies coloreadas, mostradores de mil esencias, palacios, mezquitas, cafetines y mercados como el de Jan el-Jalili, donde podía comprarse oro, shishas —pipas de agua— y otros recuerdos.
Nos alojamos en el hotel Mena House, en una habitación con grandes ventanales desde donde podía divisarse el recinto arqueológico de Giza. Las pirámides, medio difuminadas por la polución y el polvo del desierto, parecían un espejismo en medio del océano de arena.
Era un espectáculo maravilloso.
Portentoso. Casi místico.
Nos dimos una ducha de agua fría y tras coger algunas provisiones salimos del hotel. Vendedores ambulantes y taxistas nos asaltaron como buitres hambrientos. Los esquivamos como pudimos y nos internamos por el largo paseo arbolado lleno de turistas hasta el complejo arqueológico. Unos policías egipcios nos miraron de arriba abajo analizándonos con descaro. Nos pusimos alerta y nos mezclamos entre la gente como unos excursionistas más para no llamar la atención.
La entrada al recinto estaba precedida por una larga cola de gente introduciéndose como hormigas en un hormiguero. Había turistas de todas las partes del mundo: podían verse chinos con su característica sonrisita esculpida en su rostro, japoneses con sus inseparables cámaras, latinoamericanos que escuchaban música en el móvil, americanos de aspecto hollywoodiense y negros centroafricanos que resaltaban como códigos de barras junto a un grupo de europeos caucásicos. Tras pasar algunas tiendas de recuerdos y «museos del papiro», accedimos al interior del recinto.
Una marea humana se congregaba frente a la pirámide de Keops. La mayoría de los turistas iban en grupos de diez o quince personas, mientras un guía-intérprete les daba datos técnicos sobre sus características o les hablaba de su historia.
Al ver la pirámide tan de cerca, sentí escalofríos. Evocaba la imagen de un pasado remoto abrasado por el sol ardiente y erosionado por los vientos incesantes. Las pirámides de Kefrén y Micerinos, de 140 y 65 metros respectivamente, aparecían eclipsadas bajo los más de 150 metros de la pirámide de Keops, la «última» superviviente de las siete maravillas del mundo antiguo; y durante miles de años la construcción más alta: 150 metros de alto, 230 metros de longitud, 2 300 000 bloques de piedra, un bloque de piedra cada 5 minutos, durante 20 años, sin parar, las 24 horas del día... Un milagro en términos de logística. ¿Cómo la hicieron? ¿Qué herramientas utilizaron? Se me encrespó el vello del cogote solo de pensarlo; toda explicación era poca para describir lo que sentía estando a tan pocos metros de esa monstruosidad.
De pronto, todo se nubló.
El murmullo de la gente desapareció.
Y el silencio se adueñó del lugar.
Regresé a una época remota. Me encontraba en medio de sacerdotes egipcios que llevaban el cuerpo sin vida de Tutankamon: delante, un séquito de músicos tocaban algo que no podía entender; detrás, el sarcófago con el faraón momificado y preparado para emprender su viaje al más allá; en una caravana, los enseres que acompañarían al faraón, sus ropajes, su cama, su carro de guerra, con todo preparado para el momento en el que lo necesitase; y, por último, las plañideras lloraban por la muerte del que fuese el intermediario entre el pueblo y los dioses…
—¿¡Estás bien!? —me preguntó Juan zarandeándome.
—Sí... gracias... acabo de ver a Tutankamón.
Aunque el arqueólogo estaba al tanto de mis trances y visiones espontáneas, me miró como si fuese un trastornado. Sacó una lata de Coca-Cola de la mochila y me la ofreció:
—Toma —dijo tirando de la anilla—, te despejará.
La cogí y bebí un trago. El sabor picante del refresco en mi lengua me hizo espabilarme y despejó mi cabeza. Juan señaló las aberturas de la pirámide, y me explicó que las dos puertas de acceso, tanto la entrada original superior como la entrada inferior excavada con posterioridad, estaban cerradas y vigiladas por policías. ¿Cómo vamos a hacer para entrar en la pirámide sin que nos vieran?, pensé.
Nos acercamos a la entrada inferior de la pirámide, donde Juan me mostró unos agujeros trepanados de 5 centímetros de diámetro. Estaban horadados con suma perfección y en el interior se veían las vueltas de la broca, la sierra o lo que sea que utilizaron para hacerlos.
—Es increíble... —le comenté al arqueólogo—. Es como si hubiesen sido realizados con un taladro gigante.
—Sí, si te fijas, en el interior se aprecia un surco en espiral de cinco vueltas, con una diferencia de una a otra de 2,3 milímetros, lo que viene a significar casi un metro de avance en un solo intento de perforación. En cada vuelta, el trépano se introducía 2,5 milímetros en la roca de granito, un dato inexplicable si tenemos en cuenta que con nuestra más moderna tecnología, los trépanos de diamante sintético solo logran un avance de 0,05 milímetros por vuelta, ¡cincuenta veces menos que los primitivos y rudimentarios trépanos egipcios!
—Flipante —expresé—, pero —bajé el tono de voz— ¿cómo vamos a hacer para entrar en la pirámide? ¡Está vigilada las veinticuatro horas del día!
—Tranqui, colega, quiero enseñarte algo, ven.
Cruzamos el recinto hacia el este, hasta llegar a la Esfinge con cabeza humana y garras de león. La mole de piedra, de 73 metros de longitud y 20 de altura, tenía una mirada enigmática que parecía desafiar al hombre moderno. Entre sus patas, había una estela con un panel informativo:
ESTELA DEL SUEÑO
En el panel había representadas dos esfinges duplicadas, mirándose de frente, y también el faraón Tutmosis IV que realizaba una serie de ofrendas ante ellas. Las esfinges estaban simbolizadas con todos los aditamentos decorativos que debieron de tener en la antigüedad, muchísimo más grandes de lo que son ahora, y, lo que resultaba aún más curioso, parecían reposar sobre una construcción arquitectónica.
—Fíjate —dijo señalando la Esfinge de la estela con el puntero laser—, debajo de la estatua del león hay un templo. La interpretación que se le ha dado es que la estela no es más que el templo que tiene ante sí la esfinge, pero eso es del todo improbable si nos atenemos a las reglas de perspectiva tan precisas que empleaban los artistas egipcios. Los egipcios habrían colocado el templo, el palacete o lo que sea, debajo de la esfinge, y no delante de ella, hecho que todavía nadie ha podido confirmar, aunque los indicios sobre su existencia son cada vez más evidentes.
El arqueólogo sacó el portátil y me mostró una serie de imágenes de pasadizos y túneles que recorrían la estructura por dentro y por debajo de ella. Uno de los corredores subía desde uno de los muslos traseros de la Esfinge hasta una especie de pozo que había en el centro del cuerpo; el otro pasadizo descendía a una cámara subterránea oculta bajo la pata derecha del león de piedra, justo debajo donde nos encontrábamos.
—Tradicionalmente —continuó hablando—, el león era considerado como el jefe de las necrópolis. El nombre «esfinge» deriva de la expresión seshepanj, que quiere decir «imagen viviente», uno de los calificativos atribuidos al dios Atum, creador y señor del universo, y de quien recibió el aspecto humano de la cabeza. En 1979 realizaron unas obras para mejorar el estado de conservación de la Esfinge y uno de los trabajadores descubrió un extraño agujero en la parte trasera del león que parecía ahondar en las entrañas de la tierra. Los arqueólogos se introdujeron por dicha portezuela y descubrieron dos galerías; una de ellas conducía a una especie de pozo que había en el centro del cuerpo y la otra descendía a una cámara subterránea oculta bajo la pata derecha del león. En 1991 las pruebas de radar revelaron una cavidad rectangular justo debajo de la pata derecha que medía unos 5 metros de profundidad, 12 de longitud y 9 de anchura. Según las leyendas, los pasadizos secretos de la Esfinge, podrían conducir por un entramado de galerías que conducirían a la pirámide de Keops y a una fantástica biblioteca, la mítica «sala de los archivos», donde se custodiarían los grandes secretos del antiguo Egipto y de la humanidad. Esto ha sido ocultado y silenciado por el gobierno egipcio que niega la existencia de dicha cámara, como han hecho ya en otras ocasiones con ciertos hallazgos, para acto seguido demostrarse que efectivamente eran reales.
El arqueólogo cerró el portátil, se acarició la punta del bigote mirando la Esfinge pensativo, y dijo:
—Los egipcios llaman a la esfinge hu, o ju, que significa el guardián o vigilante. ¿El vigilante de qué? ¿Qué vigila? Pues ahí está la solución del misterio: la puerta a la entrada secreta de la Gran Pirámide de Keops. Eso era y eso es. El guardián de la pirámide.

LIBRO I
El despertar del guerrero
1
México (D.F.)
La negrura de la noche comenzó a cuartearse con los destellos de la inmensa ciudad de México (D.F.). Minutos después, una claridad rojiza apareció por el este y, las sombras, que se limitaban a copiar formas ajenas, empezaron a adquirir texturas sólidas con las primeras luces del alba. Me quedé asombrado al contemplar la ciudad desde el aire. Era colosal: miles y miles de luces de edificios y avenidas formaban interminables líneas luminosas que se extendían más allá de donde alcanzaba la vista. Era una sensación extraña, como si fuese un explorador que llegaba en su nave espacial a un planeta desconocido.
Apenas había dormido durante las doce horas que duraba el vuelo y me encontraba amodorrado; en ese estado en el que no sabes muy bien si estás despierto o dormido. Pero cuando el avión tocó tierra y las ruedas chirriaron contra el asfalto, un familiar hormigueo en el estómago me recordó que mi aventura había comenzado.
Me llamo Marcos, aunque mis amigos me llaman «Mark», tengo veintisiete años y llevo más de un año sin poder dormir. Los médicos me diagnosticaron «narcolepsia», una rara enfermedad del sueño que me produce sorpresivos ataques de sueño y me impide dormir por las noches con normalidad. A veces, percibo cosas que no sé lo que son, tengo sensaciones extrañas, alucinaciones, visiones en las que veo a la gente envuelta en luces de colores, flashes de vidas pasadas, sueños recurrentes, precogniciones, telepatía; aunque empiezo a pensar que son simples paranoias mías. He probado todo tipo de medicamentos, productos naturales, homeopatía, incluso acupuntura, pero nada, sigo sin poder apartar de mi cabeza todas estas molestias. La mayor parte del tiempo lo paso adormilado, cuando me siento me duermo, pero al momento vuelvo a despertarme. He perdido la noción del tiempo. Ya no distingo el día de la noche. Mi vida es un tormento. No puedo más. Necesito descansar, si no, voy a volverme loco, o peor aún, voy a cometer una locura… he tenido pensamientos suicidas. Por eso he venido a México, para ver a una persona que puede ayudarme.
Eran las siete y cuarto de la mañana cuando entré en el aeropuerto internacional de Benito Juárez. Y ahí estaba yo, con mi inseparable mochila y muerto de sueño. Me deslicé entre la gente como un fantasma y salí de la terminal. Una bocanada de aire caliente golpeó mi rostro. La ciudad era un caos de gente, ruido y coches que lanzaban chorros de humo. El rumor del tráfico era insoportable y los viejos Mercedes y Chevrolet rugían como fieras salvajes en una selva de asfalto y hormigón. Comencé a experimentar un ligero mareo debido al efecto del jet lag y de la altitud —la urbe se encuentra a 2240 metros sobre el nivel del mar—. Lo único que quería era salir de ese hormiguero humano y buscar un lugar para intentar descansar, recuperar fuerzas y encontrar al curandero.
Justo cuando me disponía a cruzar un paso de cebra, apareció un camión destartalado expulsando una humareda impresionante que hizo desaparecer a las personas y los vehículos como si los SWAT hubiesen tirado una granada de humo. Luego, de entre la niebla, detrás del vehículo, apareció un burro tirando de un carro y un campesino gritando algo incomprensible. Así era esta ciudad; nunca sabías lo que podía pasarte a continuación.
Cogí el metro y fui al Zócalo, una plaza monumental en el centro de la ciudad con una gigantesca bandera de México. Me llamó la atención la fuerte presencia policial que había: agentes apostados en las esquinas armados con escopetas, policías que caminaban por las calles y coches del ejército que patrullaban por las avenidas principales. En la plaza había todo tipo de nativos vendiendo regalos, música, imitaciones, piratería, jugos naturales, bebidas, hierbas, tacos..., una sinfonía de colores, olores y sensaciones. Pero el condimento estrella era el chile, mirara donde mirara lo encontraba en todas partes; incluso me sorprendió que lo utilizasen también para hacer caramelos, chicles, golosinas, ¡y helados de chile! Una auténtica bomba nuclear para estómagos no acostumbrados a tanto picante.
Me alojé en un hotel situado al lado de la catedral metropolitana. Pagué la estancia y me tiré encima de la cama de la habitación para intentar dormir, pero no pude. Tras unos minutos mirando al techo con los ojos abiertos como platos y viendo que no podía conciliar el sueño, salí a inspeccionar la zona.
Lo poco que sabía de la persona que podía ayudarme es que se llamaba Wess, que era un chamán y curandero, y que había trabajado un tiempo como arqueólogo, nada más. Pensé en visitar algún museo o galería para preguntar por él, y me acerqué a un puesto de información que había en el Zócalo. La chica que me atendió se llevó un susto al ver mi aspecto ojeroso y cadavérico. Me dio algunos detalles de las cosas más representativas que podía ver y un plano de la ciudad. Tras barajar varias opciones, decidí visitar uno de los lugares más emblemáticos de la urbe: el Templo Mayor de la antigua Tenochtitlán. Así que me fui para allá. No me costó llegar al complejo arqueológico ya que se hallaba muy cerca del hotel donde me encontraba.
Saqué la entrada y vagué como un zombi por el recinto sin enterarme muy bien de lo que había a mi alrededor. Mi estado era lamentable. Necesitaba una solución para mi problema. ¡¡Ya!! Había leído que una persona no podía pasarse más de 264 horas sin dormir, es decir, 11 días sin dormir, y yo llevaba más de un mes sin pegar ojo; solo había conseguido echar pequeñas cabezaditas, leves microsueños que duraban escasos segundos, pero imaginaros lo mal que me tendría que encontrar para venir a México en busca de un curandero.
Me tomé una pastilla de Modafinil para intentar aliviar el sopor. El problema de no poder dormir es que luego te duermes haciendo cualquier actividad, y eso a veces podía ser algo muy peligroso, sobre todo, si vas conduciendo. Algunos turistas me miraron con desagrado y se alejaron de mí como si hubieran visto un espectro. Pasé por el Recinto de las Águilas, los Templos Rojos y los Muros de los Cráneos, y también visité el Museo del sitio donde vi cosas muy interesantes como las tu
