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Curdy y la cámara de los Lores (Curdy 1)

Artur Balder

Fragmento

demasiado tarde

¡Oíd! Yo conozco la fama gloriosa
que antaño lograron los reyes daneses, hechos heroicos con que dieron muerte nobles lores al monstruo de Grendel…

Después de recitar aquellos versos, el bardo retrocedió unos pasos dejando que algunos de sus juglares hiciesen cabriolas en medio de la sala, imitando burlescamente a guerreros armados con palos. Esa clase de escenificaciones eran una costumbre habitual al comenzar el relato de un bardo o de un Cuentacuentos (al menos en la Edad Media, y corría el año 1099), pues con ello atraía la atención y dejaba que su público se acomodase. La taberna estaba llena de campesinos, leñadores, monjes aburridos, vagabundos de dudosa reputación y algunas mujeres del mercado, así como comerciantes normandos. Uno de los espectadores de las últimas filas, un joven sospechosamente pelirrojo y con el rostro lleno de pecas, se echó la capucha sobre la cabeza al sentir la mirada penetrante de dos viajeros vestidos de negro, con las manos enguantadas, que asistían al relato del bardo, quien tomó de nuevo la palabra y recitó:

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Desde tiempos remotos llamábale Grendel
la gente del reino y los hombres del norte: nada ninguno del padre sabía, si fue niño o no, tampoco si a otros la vida les dio.

Harto y violento, el feroz solitario,
tallado en la tierra habitaba hondo pozo donde landas y ciénagas vertían su lodo.

El monstruo maligno, con rabia demente,
allá envidiaba en las torvas tinieblas,
día tras día oyendo a los pájaros
cantar la memoria de altas hazañas,
el gozoso alboroto, los sones del arpa
y la palabra del bardo, que bien recitaba
de todos los héroes la gesta primera,
del más grande y fuerte enemigo de Grendel por hombres del norte llamado Beowulf…

Pero el pelirrojo ya se conocía el cuento de Beowulf y del sanguinario Grendel, y prefirió abandonar la concurrida reunión. No obstante y sin saber por qué, no le gustó sentirse observado por aquellos dos hombres que tenían todo el aspecto de ser comerciantes normandos precisamente cuando el bardo empezaba a recitar los versos que describían a Grendel, puel él sabía más que el simple pueblo sajón, y Grendel era el nombre de un espantoso y perverso proscrito mágico que había morado en el norte tres o cuatro siglos atrás. Últimamente los inquisidores normandos habían decidido acabar con todos los alquimistas sajones. Y él, Idruk Maiflower, como aprendiz de alquimista, también era un proscrito. Conocía ese tipo de historias mucho mejor que los lugareños, y lo peor de todo es que ni siquiera los grandes alquimistas sabían el verdadero destino de Grendel. Se alejó del fuego, salió a la calle y desapareció entre la gente, en busca de las murallas de Wilton. Pues su gran hora se acercaba.

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Todos los miembros de la familia Maiflower, además de proceder del continente, tenían la característica común de ser extraordinariamente pelirrojos, y habían tenido fama de impacientes entre los muchos alquimistas que habitaban la comarca de Wiltshire; pero, de todos ellos, Idruk, el hijo de Gotwif Maiflower, el descendiente más joven de la comarca, había destacado desde pequeño como un auténtico alborotador. Sin embargo, aquella noche su larga espera de catorce años y todas sus horas de impaciencia llegarían a su fin.

Era el día 13 de abril del año 1099. Cumplía catorce años. Finalizaba el largo período durante el cual los alquimistas de casa innoble, a instancias de las leyes de los inquisidores de las Casas Nobles, estaban condenados a la ignorancia, y poco después de ponerse el sol sería el momento de convertirse en un verdadero Iniciado. Al fin podría aprender lo que realmente le interesaba.

El joven Maiflower deambulaba ahora por las afueras de Wilton, observando con desinterés los quehaceres de los campesinos, las entradas y salidas de bueyes tirando de carros cargados de sacos, los frailes rezagados que volvían a la caída de la tarde a sus celdas en la abadía de Amesbury, después de haber hecho acopio de víveres en el mercado. La ciudad medieval se extendía como un laberinto de casas en cuyas fachadas se veían sus armazones de madera coronados por pesados tejados, por encima de los cuales se destacaban las almenas y las torres de vigía de la muralla normanda. Desde que William el Conquistador había levantado sus fortificaciones de piedra, a nadie le cabía ninguna duda de que los normandos eran grandes constructores. Idruk admiraba sus edificios, y se había dado cuenta de que cada sillar y cada arco estaba marcado por algún símbolo que sólo sus picapedreros eran capaces de descifrar. Se había percatado de que los normandos importaban desde el continente un arte misterioso que se reflejaba en sus piedras, y se preguntaba durante cuánto tiempo más tendría que esperar para poder acceder a aquel mundo de secretos, historia, magia y poder. Si algo atraía su atención eran los acertijos, y esto no porque fuera especialmente aplicado, sino porque era consciente de que los enigmas y los sím

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bolos le conducían al verdadero conocimiento del alquimista y, así, sin que la gente normal y ajena a los quehaceres de las sociedades secretas pudiera saberlo, se aproximaba al verdadero poder del que las casas y familias inferiores habían sido privados desde hacía dos siglos: al conocimiento alquímico y a su ejercicio.

Idruk Maiflower no era tan alto como cabría esperar en un muchacho de su edad; aunque de anchas espaldas, no era gordo ni flaco, y en su cara lechosa y llena de pecas aparecía un gesto alegre y a la vez inteligente, siempre y cuando se apartara los mechones que, como hebras de cobre mal bruñido, le daban el aspecto de un vagabundo embrujado. Tenía ojos vivaces de un azul muy oscuro y, con magia o sin ella, lo cierto es que no había manos más hábiles que las suyas a la hora de robar baratijas en el mercado de la ciudad. Pero la razón por la que el joven Maiflower destacaba entre muchos otros era su capacidad para hacerse con los secretos ajenos, pasando por encima de las prohibiciones que habían imperado en los últimos doscientos años. Conocía las marcas secretas de todas las hermandades de la ciudad; las de los albañiles, las de los orfebres, las de los canteros, las de los judíos, y todas sus contraseñas. No sabía de dónde procedía aquella curiosidad, que no parecía tener demasiados antecedentes familiares. Si Idruk había desarrollado una capacidad innata, ésa había sido la de escrutar en los mensajes que pasaban desapercibidos; así, lo que era habitual en los alquimistas, en él era doblemente cierto. Ésa era la razón por la que había logrado pasar desapercibido para la mayoría de los habitantes de los alrededores, pero no para un alquimista al que los lugareños más ignorantes llamaban simplemente Luitpirc.

Como su propio nombre indicaba, Luitpirc era un franco y procedía del continente. Fue el maestro de la Hermandad de Alquimistas de Wiltshire hasta que resultó proscrita por los decretos inquisitoriales pronunciados en Londres al amparo del obispo de Durham, Ranulf de Flambard, la mano derecha del nuevo rey normando, William Rufus. No eran pocas las horas que Idruk Maiflower y algunos de sus amigos habían pasado en el destartalado laboratorio de Luitpirc, a las afueras de Wilton y no muy lejos del bosque de Clarendon. El famoso alquimista y Cuentacuentos apa

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recía y desaparecía tras largos viajes, y al menos entre los alquimistas innobles de Wilton gozaba de un respeto incondicional. Traía noticias del continente, donde acontecían grandes cambios, que eran divulgadas en El Puerco Degollado, la taberna de peor reputación entre los alquimistas y brujas de todo el condado.

Idruk se recostó contra la muralla y se echó la capucha parda. ¿Por qué el tiempo transcurría tan lentamente cuando uno esperaba? Y su impaciencia volvió a traicionarle, así que se entretuvo mirando el camino que procedía del norte, por el que iban y venían tantos viajeros.

Hasta que no se pusiese el sol no llegaría la Hora del Iniciado, y en eso todos los alquimistas estaban de acuerdo: el primer momento debía estar bien escogido. Y mientras el sol se hundía en las colinas del oeste, detrás de una vasta llanura moteada por manchas boscosas, Idruk recordó las terribles noticias que corrían de boca en boca. Rumores de grandes inquisidores en Londres; hogueras que empezaban a arder en las plazas fuertes del reino de los francos y que prometían extenderse por el reino de Inglaterra; juicios y persecuciones de toda índole. Órdenes de caballeros que viajaban por la tierra en busca de extraordinarios secretos. Ataques demoníacos y dragones que se adueñaban de montañas y valles, después de devorar aldeas enteras. Había oído hablar de un enorme libro que William Rufus mandaba abrir a cuatro cancilleres para que allí los escribanos anotasen todas sus pertenencias. Fuera o no cuento, el Libro del Gran Registro de la Inquisición de Inglaterra tenía el tamaño de un hombre y miles y miles de páginas, y parecía ser uno de los libros más malditos escritos jamás…

Entonces el vuelo de unos cuervos se alzó en el crepúsculo y atrajo la atención del joven. Graznaban con inusitada fuerza sobrevolando el perfil negro de la muralla. Por fin era demasiado tarde para visitar a su amiga Ylke y demasiado pronto para ir en busca de alguna cena a la casa de los Plumbeus, y la hora se acercaba. El pelirrojo se levantó, se ajustó la capucha y caminó hacia el crepúsculo junto a unos olmos deshojados, hasta que su silueta desapareció en los campos como una sombra.

maese luitpirc

La hoguera del crepúsculo ya se consumía en sus propias cenizas, y las lúgubres sombras de la noche trepaban por el cielo. El sendero zigzagueó hasta los restos de un viejo castillo desmoronado que ningún señor de Pembroke o de Radnor había reclamado, y en cuya torre se empotraba una vieja puerta de roble. La hiedra tapizaba los desgastados sillares y un destartalado y podrido puentecito sin varandas pasaba por encima de un foso seco, anegado por bancos de hojas caídas en incontables otoños. Un cinturón de hayas y castaños ocultaba en parte la presencia de aquel vestigio del antiguo reino de Wessex.

Idruk golpeó la aldaba con fuerza y decisión. Cinco veces, como siempre.

La puerta gruñó levemente y cedió unas pulgadas. Idruk dio un empellón a la pesada madera y se deslizó en la oscuridad. Siempre tenía la impresión de que alguien la abría, y sin embargo no había nadie más allí dentro. Apenas había descendido unos peldaños cuando la puerta se cerró. Unas antorchas iluminaban el paso de la torre a un gran laboratorio aledaño.

El fuego ardía en el interior de la gran chimenea. A pesar de haberla visto muchas veces, siempre lograba intimidarle: porque la chimenea tenía la forma de una boca de león. Disponía de largos

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colmillos y trébedes de hierro. El fuego ardía en lo que había sido construido como una garganta de piedra, y el resplandor rojo de las llamas iluminaba los ojos de la cabeza de león, que eran unas grietas abiertas por las que se veía el interior del tiro de la chimenea. La egregia melena de piedra se derramaba en pliegues y filigranas a ambos lados, donde reposaban docenas de extraños utensilios que el alquimista usaba en sus operaciones. A su alrededor había toda clase de potes, matraces, retortas y cacharros de plata, cobre, hierro, hierbas resecas, y unas portezuelas que, al cerrarse sobre la boca de león, convertían la chimenea en un enorme horno de cocción.

Pero el aprendiz encontró a su maestro en una actitud que le sorprendió: Luitpirc no leía pacientemente gruesos grimorios ni molía huesos de aves, ni miraba el fuego ni estaba en absoluto tranquilo. Al contrario, parecía muy atareado en llenar un saco con raros objetos. Vestía unos pantalones de piel curtida llenos de remiendos y altas botas negras, llevaba una bufanda y una librea de botones dorados y su revuelta y gris cabellera parecía más encrespada que el mar del Norte.

–¡Idruk Maiflower! En buena hora has llegado…

El vigoroso anciano se volvió y saludó al joven cogiéndolo por los hombros. Luitpirc tenía el aspecto cordial de un excéntrico noble de edad mediana. Aunque su rostro estaba muy arrugado, por alguna razón que nadie entendía parecía extraordinariamente joven.

–Me alegro de que lleves ese manto y el jubón rojo que te hizo tu madre… ¡porque nos vamos de viaje! ¿No es una gran noticia?

–Pero, maese Luitpirc, sabéis que…
–No hay tiempo para «peros» y antes de que digas «apero» ya nos habremos marchado –replicó el maestro con un gesto fulminante de su mano derecha–. A Londres, por supuesto. Un extraordinario acontecimiento reclama nuestra presencia allí y deberías estar más contento que un cuervo en el mercado: ¡serás admitido en una de las reuniones más importantes que hayan tenido lugar en el reino de Inglaterra desde que Eduardo el Confesor fuera vencido! El destino ha querido que esto suceda justamente el día de tu cere

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monia de iniciación, lo que he considerado parte indispensable y nada casual de la fórmula alquímica. Ya he avisado a Plumbeus, a Lewander y a otros alquimistas de la Hermandad de que debo ausentarme por causas ajenas a mi voluntad, y entienden que tu ceremonia se ha pospuesto. Pero, en verdad y aunque nadie lo sepa, este viaje será tu ritual de iniciación.

Algo en el rostro de Luitpirc hizo suponer a Idruk que ocultaba muchos secretos, como siempre, y más de una preocupación.

–No deberías intentar leerme el pensamiento… A fin de cuentas se supone que no has estudiado nada de eso, ¡por las barbas de Ebroin! Sabes que está prohibido.

Luitpirc se movía con agilidad, no era demasiado grueso y las innumerables arrugas de su rostro lampiño y su larga nariz le daban la capacidad de expresar casi cualquier sentimiento de un momento a otro, lo que le convertía en un perfecto actor, razón por la cual su aprendiz había aprendido a desconfiar de la mayoría de sus agudas respuestas. Se cubrió con un manto escarlata y se echó la capucha sobre la revuelta cabellera.

–Vámonos, un misterio nos espera. –Se volvió y de pronto su rostro mostró una expresión severa y enigmática, y dijo–: ¿Crees que bromeo? La muerte de varios miembros de la orden del León Rojo reclama mi presencia en la abadía de Westminster.

Luitpirc caminó a grandes trancos por un pasillo ante el estupefacto muchacho, que, como aprendiz que era, debía cargar con el saco. Las antorchas se consumían a su paso y el castillo se sumía en las tinieblas, hasta que una puerta les condujo a la ruinosa caballeriza. Entraron en un extraño carro y dos altos hombres encapuchados cubiertos con capas, sombreros de ala ancha y altas botas, se encaramaron al pescante. Ya se ha dicho que Luitpirc era un noble venido del continente, aunque bastante arruinado, y cierto o no, la verdad es que siempre contaba con extraños ayudantes que iban y venían por la noche desde su apartada mansión. Idruk se introdujo en el carruaje y oyó a los caballos encabritarse. Luitpirc cerró la compuerta y dio unos golpes a su derecha, recostándose en el banco de madera del habitáculo.

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–¡A

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