La Pirámide Roja (Las crónicas de los Kane 1)

Rick Riordan

Fragmento

2. Una explosión por Navidad

Ya había estado antes en el Museo Británico. En realidad, he estado en más museos de lo que me gusta admitir, porque me hace quedar como un bicho raro total.

[Eso que se oye de fondo es Sadie, gritando que es porque soy un bicho raro total. Gracias, hermanita.]

En fin, que el museo estaba cerrado y completamente a oscuras, pero en la escalinata frontal nos esperaban el conservador y dos vigilantes de seguridad.

—¡Doctor Kane!

El conservador era un tipo bajito y gordo que llevaba un traje barato. Yo había visto momias con más pelo y mejores dientes que él. Dio a mi padre un apretón de manos tan entusiasta como si le acabaran de presentar a una estrella de rock.

—El último artículo que publicó sobre Imhotep fue… ¡brillante! ¡No sé cómo logró traducir aquellos hechizos!

—¿Imo… qué? —me preguntó Sadie en voz baja. —Imhotep —dije—. Sumo sacerdote y arquitecto. Algunos dicen que fue un mago. Diseñó la primera pirámide escalonada, ya sabes…

—No lo sé —dijo Sadie—. Ni me importa, pero gracias.

C A R

T E R

Mi padre agradeció al conservador que nos abriera las puertas en día festivo. Entonces me puso una mano en el hombro.

—Doctor Martin, quiero presentarle a Carter y a Sadie. —¡Ah! Él es hijo suyo, salta a la vista, y… —El conservador miró a Sadie, dubitativo—. ¿Y la señorita?

—Mi hija —dijo papá.

Al doctor Martin se le quedó la mirada perdida durante un momento. Da igual lo abierta y educada que crea ser la gente, siempre se les nota en la cara el mismo instante de confusión cuando comprenden que Sadie es familia nuestra. A mí me sienta como una patada en el estómago, pero con los años me he acostumbrado a darlo por hecho.

El conservador recuperó la sonrisa.
—Sí, sí, por supuesto. Vengan por aquí, doctor Kane. ¡Para nosotros es un honor!

Los vigilantes cerraron las puertas con llave a nuestras espaldas. Nos cogieron el equipaje y entonces uno de los dos alargó el brazo hacia la bolsa de trabajo de papá.

—Hummm, no —dijo mi padre con una sonrisa tensa—. Esta me la quedo.

Dejamos a los guardias en el vestíbulo y seguimos al conservador hacia el Gran Atrio. Por la noche, era un lugar siniestro. Las láminas de cristal que formaban la cúpula dejaban pasar una luz tenue que proyectaba sombras entrecruzadas en las paredes, como una telaraña gigante. Nuestros pasos daban chasquidos contra el suelo blanco de mármol.

—Bueno —dijo mi padre—, veamos la piedra.
—¡Eso! —exclamó el conservador—. Aunque no se me ocurre qué información nueva podría usted sacarle. La han estudiado hasta la saciedad; es nuestra pieza más famosa, por supuesto.

—Por supuesto —dijo mi padre—. Pero tal vez se lleve una sorpresa.

—¿Y ahora de qué habla? —me preguntó Sadie con un susurro. No le contesté. Sospechaba de qué piedra estaban hablando, pero no se me ocurría ningún motivo para que mi padre nos llevara a verla en Nochebuena.

Me pregunté qué había estado a punto de decirnos en la Aguja de Cleopatra… algo sobre nuestra madre y la noche de su muerte. Además, ¿por qué no paraba de mirar hacia todas partes? ¿Temía que aparecieran otra vez aquellos tíos raros de la Aguja? Estábamos encerrados en un museo protegido por vigilantes y medidas de seguridad de alta tecnología. Allí dentro no teníamos nada de que preocuparnos… o eso esperaba.

Giramos a la izquierda para entrar en el ala egipcia del museo. En las paredes había hileras de estatuas enormes que representaban a faraones y dioses, pero mi padre pasó sin mirarlas hasta llegar a la atracción principal, que estaba en el centro de la sala.

—Preciosa —murmuró mi padre—. ¿Seguro que no es una réplica?

—No, no —le aseguró el conservador—. No siempre tenemos expuesta la piedra original, pero tratándose de usted… esta es la de verdad.

Mirábamos una tabla de piedra que mediría algo más de un metro de alto y unos setenta centímetros de ancho. Estaba expuesta sobre un pedestal, en el interior de una vitrina transparente. La superficie plana de la piedra estaba dividida en tres franjas donde se veían cincelados tres tipos distintos de escritura. La parte de arriba contenía palabras hechas con dibujos del antiguo Egipto: jeroglíficos. La sección central… tuve que estrujarme el cerebro para recordar cómo lo había llamado mi padre: «demótico», un tipo de escritura procedente de cuando los griegos controlaban Egipto y se colaron un montón de palabras griegas en el idioma. Las líneas de abajo estaban en griego.

—La Piedra de Rosetta —dije.
—¿Eso no era un programa de ordenador? —preguntó Sadie. Quise decirle lo boba que era, pero el conservador me interrumpió con una risita nerviosa.

—¡Señorita, la Piedra de Rosetta fue la clave para descifrar los jeroglíficos! La descubrió en 1799 el ejército de Napoleón y…

—Ah, es verdad —dijo Sadie—. Ya me acuerdo.

Yo sabía que solo lo decía para hacer callar al doctor Martin, pero mi padre insistió en el tema:

—Sadie, hasta que descubrieron esta piedra, los mortales normales… hum, quiero decir, nadie había podido leer los jeroglíficos durante siglos. La antigua escritura egipcia había quedado olvidada por completo. Entonces un inglés llamado Thomas Young demostró que las tres lenguas de la Piedra de Rosetta transmitían el mismo mensaje. Un francés llamado Champollion recogió el testigo y descifró el código de los jeroglíficos.

Sadie siguió mascando chicle, poco impresionada.
—¿Y qué dice?

Mi padre se encogió de hombros.
—Nada importante. Básicamente, es una carta de agradecimiento que escribieron unos sacerdotes al rey Ptolomeo V. Cuando la tallaron, la piedra no era gran cosa. Pero con el paso de los siglos… con el paso de los siglos, se ha convertido en un símbolo de gran poder. Quizá sea la conexión más importante entre el antiguo Egipto y el mundo moderno. Fui un tonto al no comprender antes el potencial que tiene.

Yo no entendía de qué hablaba, y por lo visto el conservador tampoco.

—Doctor Kane —dijo—, ¿se encuentra bien?

Papá respiró profundamente.
—Discúlpeme, doctor Martin. Estaba… pensando en voz alta, nada más. ¿Podríamos retirar el cristal? Y si pudiera traerme los papeles de sus archivos que le pedí…

El doctor Martin asintió. Tecleó un código en un pequeño mando a distancia, y la parte frontal de la vitrina de cristal se abrió con un chasquido.

—Tardaré unos minutos en reunir las notas —dijo el conservador—. Si se tratase de otra persona, me resistiría a permitirle acceder a la piedra sin supervisión, como usted solicitó. Confío en que tenga cuidado.

Nos miró a Sadie y a mí como si fuéramos unos gamberros. —Iremos con cuidado —le prometió mi padre.

Cuando los pasos del doctor Martin se perdieron en la distancia, papá se volvió hacia nosotros con una expresión frenética.

—Niños, esto es muy importante. Tenéis que quedaros fuera de esta sala.

Se quitó la bolsa de trabajo del hombro y abrió la cremallera lo justo para sacar una cadena y un candado.

—Seguid al doctor Martin. Su despacho está al final del Gran Atrio, a la izquierda. Solo tiene una puerta. Cuando esté dentro, pasad esto alrededor de las manecillas y cerradlo bien fuerte. Tenemos que retrasarlo.

—¿Quieres que lo dejemos encerrado? —preguntó Sadie, interesada de repente—. ¡Genial!

—Papá —dije yo—, ¿qué está pasando?
—No hay tiempo para explicaciones —replicó él—. Esta será vuestra única oportunidad. Ya vienen.

—¿Quiénes vienen? —preguntó Sadie.
Él la agarró por los hombros.
—Cariño, te quiero. Y lo lamento… Lamento muchas cosas, pero ahora no tenemos tiempo. Si esto funciona, te prometo que las cosas mejorarán para todos nosotros. Carter, tú eres mi hombre valiente. Debes confiar en mí. Recordad, tenéis que encerrar al doctor Martin. ¡Y luego no volváis a esta sala!

Encadenar la puerta del conservador resultó fácil. Pero, al terminar, volvimos la mirada hacia el lugar del que veníamos y vimos una luz azul que emanaba de la galería egipcia, como si nuestro padre hubiera instalado un acuario luminoso gigante.

Sadie me miró a los ojos.
—Ahora en serio, ¿tienes la menor idea de lo que está tramando? —Ni la más mínima —contesté—. Pero últimamente ha estado bastante raro. Piensa mucho en mamá. Tiene una foto suya…

No quería decir más. Por suerte, Sadie asintió como si lo comprendiera.

—¿Qué lleva en la bolsa de trabajo?
—No lo sé. Me dijo que no debía mirar dentro nunca. Sadie enarcó una ceja.

—¿Y no lo hiciste? Dios, qué típico de ti, Carter. No tienes arreglo.

Quise defenderme, pero junto entonces el suelo se agitó como en un terremoto.

Sadie se sobresaltó y me agarró un brazo.
—Nos ha dicho que nos quedásemos aquí. No me digas que también vas a obedecer esa orden.

En realidad, a mí la orden me sonaba de maravilla, pero Sadie echó a correr por el salón y, tras dudarlo un momento, la seguí.

Cuando llegamos a la entrada de la galería egipcia, nos quedamos clavados en el suelo. Nuestro padre estaba de pie ante la Piedra de Rosetta, de espaldas a nosotros, con un círculo azul que brillaba en el suelo a su alrededor como si alguien hubiera encendido unos tubos de neón ocultos.

Se había quitado el abrigo. Tenía la bolsa de trabajo abierta a sus pies, y dentro se veía una caja de madera de unos setenta centímetros de longitud, pintada con imágenes egipcias.

—¿Qué tiene en la mano? —me preguntó Sadie en voz baja—. ¿Eso no es un bumerán?

En efecto, cuando papá levantó el brazo, enarbolaba un palo blanco curvado que tenía bastante pinta de bumerán. Pero, en lugar de lanzarlo, tocó con él la Piedra de Rosetta. Sadie se quedó sin aliento. Papá estaba «escribiendo» en la piedra. Allí donde el bumerán hacía contacto, aparecían unas líneas relucientes sobre el granito. Jeroglíficos.

No tenía ningún sentido. ¿Cómo podía escribir palabras relucientes con un palo? Aun así, la imagen era brillante y nítida: unos cuernos de carnero por encima de un cuadrado y una equis.

—«Ábrete» —murmuró Sadie.

La miré extrañado, porque parecía que había traducido la palabra y eso era imposible. Yo llevaba años yendo por ahí con papá, y aun así solo sabía leer unos pocos jeroglíficos. Son difíciles de verdad.

Mi padre levantó los brazos y entonó:
Wo-siir, i-ei.

Grabó otros dos símbolos con llamas azules en la superficie de la Piedra de Rosetta.

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Por pasmado que me hubiera quedado, reconocí el primer símbolo. Era el nombre del dios egipcio de los muertos.

—Wo-siir —susurré. Nunca lo había oído pronunciar así, pero sabía lo que significaba—: Osiris.

—«Osiris, ven» —dijo Sadie, como en trance. Entonces abrió mucho los ojos—. ¡No! —exclamó—. ¡Papá, no!

Nuestro padre se dio la vuelta, sorprendido. Empezó a decir «Niños…», pero ya era demasiado tarde. El suelo retumbó. La luz azulada se volvió de un blanco abrasador y la Piedra de Rosetta estalló en mil pedazos.

Cuando recobré la conciencia, lo primero que oí fue una risa, una risa horrible y jubilosa, mezclada con el ruido atronador de las alarmas del museo. Me sentí igual que si me acabara de atropellar un tractor. Aturdido, me incorporé y escupí un trocito de Piedra de Rosetta. La galería estaba llena de cascotes. Por todo el suelo se veían unos charcos encendidos en llamas. Había grandes estatuas derribadas, sarcófagos caídos de sus pedestales. Algunos fragmentos de la Piedra de Rosetta habían salido disparados con tanta fuerza que estaban incrustados en las columnas, las paredes y las otras piezas de la exposición.

Sadie estaba inconsciente a mi lado, aunque parecía ilesa. Le sacudí un hombro y ella gruñó:

—Uj.

Delante de nosotros, en el lugar que había ocupado la Piedra de Rosetta, había un pedestal humeante y partido. El suelo estaba todo ennegrecido con un patrón de estrellas, excepto en el círculo azul brillante que rodeaba a nuestro padre.

Él estaba encarado hacia nosotros, pero no parecía mirarnos. Tenía un corte ensangrentado en la cabeza y agarraba su bumerán con fuerza.

No sabía qué miraba mi padre. Entonces la horrible risa volvió a llenar de ecos la sala, y comprendí que brotaba del aire que había ante nosotros.

Tenía algo delante. Al principio, apenas pude distinguirlo: era solo una neblina provocada por el calor. Pero, al concentrarme, tomó una forma difusa: la silueta en llamas de un hombre.

Era más alto que mi padre, y su carcajada me atravesó como si fuera una motosierra.

—Bien hecho —dijo la figura a mi padre—. Muy bien hecho, Julius.

—¡Tú no has sido convocado! —exclamó mi padre con voz temblorosa.

Levantó el bumerán, pero el hombre en llamas extendió un dedo y el palo salió disparado de la mano de papá y se hizo astillas contra la pared.

—A mí nunca se me convoca, Julius —dijo el hombre con tono meloso—, pero, cuando abres una puerta, debes prepararte para que aparezcan invitados.

—¡Regresa a la Duat! —rugió mi padre—. ¡Yo ostento el poder del G

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