El círculo secreto 3 - Dulce y lejano

Libba Bray

Fragmento

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Índice

 

 

Dedicatoria

Citas

 

ACTO I

    PRÓLOGO

    1

    2

    3

    4

    5

    6

    7

    8

    9

    10

    11

    12

    13

    14

 

ACTO II

    15

    16

    17

    18

    19

    20

    21

    22

    23

    24

    25

 

ACTO III

    26

    27

    28

    29

    30

    31

    32

    33

    34

    35

    36

    37

    38

    39

 

ACTO IV

    40

    41

    42

    43

    44

    45

    46

    47

    48

    49

    50

    51

    52

    53

    54

    55

    56

    57

    58

    59

    60

    61

    62

    63

    64

    65

    66

    67

    68

    69

 

ACTO V

    70

    71

    72

    73

    74

    75

 

AGRADECIMIENTOS

Notas

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Para Barry y Josh, con amor.

 

Y para todos aquellos que creen que la paz

no es un ideal ni un castillo en el aire, sino una necesidad.

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La esencia de la no violencia es el amor.

Aparte del amor y de la voluntad

de actuar desinteresadamente,

las estrategias, tácticas y técnicas

para una lucha no violenta surgen espontáneamente.

La no violencia no es un dogma; es un proceso.

 

THICH NHAT HANH

 

 

La paz no sólo es mejor que la guerra,

también es infinitamente más ardua.

 

GEORGE BERNARD SHAW

 

 

 

Rosa de todas las rosas, ¡la rosa del mundo!

Llegaste donde se arrojan las mareas turbias

contra los muelles del dolor, y oíste sonar

la campana que nos llama; dulce y lejana.

La belleza entristecida por su eternidad

te hizo nuestra y de la túrbida cana mar.

Nuestras grandes naves esperan arriando velas,

pues Dios las insta a compartir igual estrella;

y cuando al fin, derrotadas en sus batallas,

se hundan bajo las mismas estelas blancas,

dejaremos de escuchar el débil lamento

de nuestro triste corazón, vivo si no muerto.

 

De «The Rose of Battle»

[«La rosa de la batalla»],

 

W. B. Yeats

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ACTO I

 

Antes del amanecer

 

 

 

Nada es más fácil que el autoengaño.

Pues lo que cada hombre desea,

eso mismo cree que es verdadero.

 

DEMÓSTENES

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PRÓLOGO

 

 

 

1893 LONDRES

 

LA NOCHE ERA FRÍA Y LÚGUBRE Y, A LAS ORILLAS DEL TÁmesis, los ribereños maldecían su suerte. Merodear entre las sombras del gran río de Londres para obtener alguna ganancia no era una ocupación muy gratificante, pero servía para pagarse una comida aquí y allá, a pesar de que, gustara o no, la humedad que anquilosaba los huesos y causaba dolor de espalda también estaba incluida en esa tarea.

—¿Qué has visto, Archie?

—Nada —contestó Archie a su amigo Rupert—. Es la peor noche de perros que he visto en mi vida.

Hacía una hora que estaban allí y lo único que habían conseguido era un trozo de tela del cadáver de un marinero. Quizás a la mañana siguiente pudieran vendérselo a un ropavejero, aunque si en ese momento hubieran tenido un puñado de monedas, esa misma noche habrían podido llenar sus estómagos con comida y una cerveza, puesto que para los ribereños como Archie y Rupert lo único que contaba era el aquí y el ahora; pretender ver más allá del día siguiente se consideraba de un optimismo estúpido, más propio de quienes no malgastaban la vida hurgando entre los muertos del Támesis.

El único candil del bote apenas servía de algo ante la niebla infernal. La penumbra se había adueñado de las orillas. A lo largo del río, las casas sin iluminar parecían calaveras oscuras. Los ribereños navegaban por las zonas poco profundas del Támesis, hundiendo sus largos arpones en las aguas mugrientas en busca de los cadáveres de quienes se habían topado esa noche con la mala suerte: marineros o estibadores demasiado borrachos para salvarse de morir ahogados, tristes víctimas de una pelea a cuchillo, o de un enfrentamiento con rateros y asesinos, y pilluelos arrastrados por la fuerte corriente con los mandiles llenos de un valioso y pesado carbón, el mismo carbón que los había llevado a la muerte.

El arpón de Archie topó con algo sólido.

—¡Eh! ¡Aquí abajo, Rupert! ¡Tengo algo!

Rupert sacó el candil de la percha que lo sostenía e iluminó el área donde flotaba un cadáver. Sacaron el cuerpo del agua, lo dejaron caer en la cubierta y le dieron la vuelta hasta dejarlo boca arriba.

—¡Caramba! —exclamó Rupert—. Es una señora.

—Era —matizó Archie—. Busca en los bolsillos.

Los ribereños dieron comienzo a su espeluznante tarea. La mujer parecía una dama acaudalada, pues vestía un traje de fina seda color lavanda que no parecía en modo alguno una bagatela. No era lo que solían encontrar en esas aguas.

Archie sonrió.

—¡Oh! ¡Hola, hola!

Sacó cuatro monedas de uno de los bolsillos del abrigo de la señora y las mordió una a una.

—¿Qué tienes, Archie? ¿Hay suficiente para una pinta de cerveza?

Archie miró de cerca las monedas. No eran libras. Eran chelines.

—Ajá, aunque no para más por lo que veo —rezongó—. Quítale el collar.

—Muy bien.

Rupert le quitó la gargantilla a la mujer. Se trataba de un objeto curioso, una pieza repujada de metal con la forma de un ojo de la que pendía una medialuna. No había más joyas de las que apropiarse; era incapaz de imaginar quién podría querer una cosa así.

—¿Qué es eso? —preguntó Archie.

Abrió los dedos rígidos de la mujer, que aún asía con fuerza un trozo de papel empapado.

Rupert le dio un codazo a su compinche.

—¿Qué pone?

Archie le devolvió el empujón.

—Yo qué sé. No sé leer ¿verdad?

—Pues yo fui a la escuela hasta los ocho —le dijo Rupert mientras cogía el trozo de papel—. «El Árbol de Todas las Almas existe.»

Archie le dio un codazo a Rupert.

—¿Y eso qué se supone que significa?

Rupert negó con la cabeza.

—Ni idea. ¿Qué hacemos con esto?

—Déjalo. No se saca provecho de las palabras, amigo Rupert. Quítale la ropa y tirémosla al agua.

Rupert se encogió de hombros e hizo lo que le habían ordenado. Archie tenía razón: no se obtiene dinero de un papel viejo. Sin embargo, era lamentable que las últimas palabras de una difunta se perdieran con su vida, aunque, pensó, si esa señora hubiera tenido a alguien que se hubiera hecho cargo de ella, no estaría ahora flotando boca abajo en el Támesis en una noche tan dura como ésa. Con un brusco empujón, los ribereños dejaron caer al agua el cadáver de la mujer, que apenas produjo un insignificante chapoteo.

Lentamente, se sumergió en el río y sus blancas manos abotargadas se demoraron en la superficie durante unos cuantos segundos, como si intentaran coger algo. Los ribereños hundieron sus arpones contra el fondo turbio del agua y partieron empujados por la corriente en busca de algún tesoro que justificara pasar una noche tan fría a la intemperie.

Archie propinó a la cabeza de la mujer una última estocada con su arpón, una violenta bendición, y ésta se deslizó bajo la mugre y la inmundicia del poderoso Támesis. El río la engulló, aceptando su carne, y se llevó consigo su advertencia final a una lóbrega sepultura.

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1

 

 

 

MARZO DE 1896

Academia Spence para señoritas

 

EN EL FAMOSO LIBRO DE DANTE HAY UN CÍRCULO DEL infierno que no aparece mencionado. Se denomina «comportamiento» y está presente en las escuelas para señoritas que se extienden a lo largo y ancho del imperio. Desconozco qué debe de sentirse al ser arrojado a una laguna de fuego, aunque estoy segura de que no tiene que ser muy agradable. Pero sí puedo afirmar con certeza que caminar por un salón de baile con un libro en la cabeza y una tabla atada a la espalda —mientras te hallas aprisionada por un corsé que te comprime, capas de enaguas y unos zapatos que aprietan— es una forma de tortura que hasta el mismísimo Dante hubiera considerado demasiado horrible para incluirla en su Infierno.

—Mantengamos la vista alzada hacia el cielo, chicas —implora nuestra directora, la señora Nightwing, mientras ensayamos nuestra lenta marcha por la estancia, con la cabeza erguida y los brazos extendidos como bailarinas.

Las cintas del espaldar me rozan la parte interior de los brazos. La tabla de madera es rígida y me obliga a mantenerme tan tiesa como la guardia de Buckingham. Me duele el cuello por el esfuerzo. En mayo haré mi presentación en sociedad, un año antes de lo previsto, puesto que todas las partes interesadas en ello han decidido que con casi diecisiete años ya estoy más que preparada y que empezar ahora la temporada social sería lo mejor para mí. Luciré hermosos vestidos, asistiré a espléndidas fiestas y bailaré con atractivos caballeros... si sobrevivo a mi aprendizaje. De momento, dudo mucho de que sea así.

La señora Nightwing recorre la sala de baile. Sus rígidas faldas se deslizan con premura por el suelo como si lo regañaran por permanecer ahí tendido. Ladra órdenes sin parar, como si fuera el almirante Nelson.

—¡Cabezas erguidas! ¡No sonría, señorita Hawthorne! ¡Expresiones serenas y sombrías! ¡Vacíen sus mentes!

Me obligo a mantener la expresión de mi rostro como un lienzo en blanco. Me duele la columna. El brazo izquierdo, extendido durante lo que me parecen horas, me tiembla por el esfuerzo.

—Y reverencia...

Como suflés desinflados, dejamos descender nuestros cuerpos, intentando desesperadamente no perder el equilibrio. La señora Nightwing no da la orden de levantarnos. Me tiemblan las piernas por el agotamiento. No puedo controlar el temblor. Doy un paso en falso hacia adelante. El libro se me cae de la cabeza y aterriza en el suelo con un estruendo ensordecedor. Hemos hecho ese ejercicio cuatro veces y las cuatro me he equivocado en lo mismo. Los botines de la señora Nightwing se detienen apenas a unos centímetros de mi vergonzante figura.

—Señorita Doyle, ¿acaso debo recordarle que esto es la corte, y que usted está haciendo una reverencia ante su soberana y no actuando en el Folies Bergère?

—Sí, señora Nightwing —respondo tímidamente.

Es desesperante. Nunca lograré hacer una reverencia sin equivocarme. Yaceré desparramada por los brillantes suelos del palacio de Buckingham, mi reputación ignominiosamente manchada, con la nariz apoyada en el botín de la reina. Seré la comidilla de la temporada social y criticada tras abanicos desplegados. Sin duda, todos los hombres me evitarán como al tifus.

—Señorita Temple, ¿querría ofrecernos una demostración de lo que es una reverencia?

Sin vacilar, Cecily Temple, La Que Nunca Hace Nada Mal, fluye hacia el suelo en un arco tan largo, lento y grácil que parece desafiar a la gravedad. Es hermoso. Me siento terriblemente celosa.

—Gracias, señorita Temple.

«Sí, gracias, bestiecilla demoníaca. Ojalá te cases con un hombre a quien le guste acompañar las comidas con ajo.»

—Y ahora...

La señora Nightwing se ve interrumpida por un sordo estruendo. Cierra los ojos con fuerza al escuchar el ruido.

—Señora Nightwing —gimotea Elizabeth—. ¿Cómo podemos concentrarnos en nuestros movimientos con ese terrible alboroto procedente del ala este?

La señora Nightwing no está de humor para escuchar nuestras quejas. Inspira profundamente y se lleva las manos al pecho, con la cabeza bien erguida.

—Proseguiremos, como la misma Inglaterra. Si pudo sobrevivir a Cromwell, a la guerra de las Dos Rosas y a los franceses, también ustedes podrán soportar unos cuantos martillazos. Piensen en lo hermosa que quedará el ala este cuando esté acabada. Lo intentaremos de nuevo... ¡con calma! ¡Todas las miradas están posadas en ustedes! No sería correcto que se alejaran corriendo de Su Majestad como tímidos ratoncillos.

A menudo imagino qué tipo de trabajo habría escogido Nightwing si no se hubiera dedicado a torturarnos como directora de la Academia Spence para señoritas. «Estimados señores —hubiera comenzado su carta de presentación—, les escribo respecto a su anuncio, en el que solicitan una Revienta Globos. Tengo un alfiler de sombrero que resolverá el problema limpiamente y propagará el llanto de los niños por doquier. Mis antiguas pupilas certificarán que apenas sonrío, que no río jamás y que puedo disipar la alegría de cualquier estancia con mi sola presencia y haciendo uso de mi absoluta tristeza y desesperanza. Mis referencias al respecto son intachables. Si al leer esta carta aún no han caído en un estado de profunda melancolía, por favor, diríjanse a la señora Nightwing (tengo nombre de pila, pero nadie tiene permiso para usarlo), a cargo de la Academia Spence para señoritas. Si no logran encontrar la dirección por sus propios medios, es que no se han esforzado bastante. Sinceramente suya, señora Nightwing.»

—¡Señorita Doyle! ¿Qué significa esa absurda sonrisa? ¿Acaso he dicho algo que le parezca divertido?

La admonición de la señora Nightwing hace que me sonroje. Las otras chicas se ríen por lo bajo.

Nos deslizamos por el suelo intentando ignorar, en la medida de lo posible, los martillazos y los gritos. No es el ruido lo que nos distrae. Lo que nos tiene nerviosas y enardecidas es saber que hay hombres por aquí, en la planta de arriba.

—¿Podríamos ver los avances que han hecho, señora Nightwing? Sería maravilloso —sugiere Felicity Worthington con una dulzura almibarada.

Sólo Felicity es tan intrépida como para sugerir algo semejante. Es demasiado osada. Y también es la única aliada que tengo en Spence.

—Los operarios no necesitan a una banda de chicas revoloteando a su alrededor ahora que van tan retrasados —responde la señora Nightwing—. ¡Cabezas en alto, por favor! Y...

Un ensordecedor golpetazo se escucha desde el piso superior. El repentino estruendo nos sobresalta. Incluso a la señora Nightwing se le escapa un «Dios misericordioso».

Elizabeth, un manojo de nervios disfrazado de debutante, profiere un aullido y se agarra a Cecily.

—¡Oh, señora Nightwing! —grita Elizabeth.

Miramos a nuestra directora, esperanzadas.

La señora Nightwing espira a través de unos labios desaprobadores.

—Muy bien. Aplazaremos la clase. Tomaremos un poco de aire para recobrar el color de nuestras mejillas.

—¿Podríamos llevar papel para hacer un dibujo de los progresos del ala este? —sugiero—. Sería un bonito recuerdo.

La señora Nightwing da su beneplácito con una extraña sonrisa.

—Una sugerencia excelente, señorita Doyle. Muy bien. Cojan papel y lápices. Diré a Brigid que las acompañe. Pónganse los abrigos. Y hagan el favor de caminar pausadamente.

Abandonamos nuestros espaldares junto a nuestro decoro y nos precipitamos por las escaleras ante la promesa de libertad, aunque sea temporal.

—¡Caminen! —grita la señora Nightwing.

Como parece que somos incapaces de prestar atención a su consejo, brama tras nosotras que somos unas salvajes ineptas para el matrimonio. Añade que seremos la vergüenza de la escuela y también algo más, pero nosotras ya estamos en el primer tramo de las escaleras y sus palabras no nos alcanzan.

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2

 

 

 

LA AMPLIA SUPERFICIE DEL ALA ESTE SE EXTIENDE COMO el esqueleto de un enorme pájaro de madera. El armazón está donde debe, pero los hombres emplean ahora todas sus fuerzas en restaurar la torreta desmantelada que une el ala este al resto de la escuela. Desde que se produjo el incendio que la destruyó hace veinticinco años, no ha sido más que una hermosa ruina. Sin embargo, ahora resucitará con piedras, ladrillos y argamasa; promete ser una torre magnífica —alta, amplia e imponente— en cuanto esté acabada.

Desde enero, son muchos los hombres que han acudido de las poblaciones vecinas para trabajar con frío y humedad, todos los días excepto el domingo, en la restauración de nuestra escuela. A las chicas no se nos permite acercarnos al ala este durante las tareas de reconstrucción. La explicación oficial a esa prohibición es que es demasiado peligroso: podríamos golpearnos con una viga o pisar un clavo oxidado. La señora Nightwing nos ha detallado de forma tan exhaustiva los distintos finales terribles que podríamos tener que cada vez que oímos un martillazo nos alteramos más que un saco lleno de gatos.

Pero la verdad es que no quiere que nos acerquemos a los hombres. Sus órdenes han sido claras al respecto: no debemos hablar con los obreros bajo ningún concepto y ellos no deben hablar con nosotras. Se nos mantiene a una distancia cautelosa. Los operarios han plantado sus tiendas a un kilómetro de la escuela y permanecen bajo la atenta mirada del señor Miller, su capataz, mientras nosotras siempre salimos con carabina. Se han tomado todas las medidas posibles para mantenernos alejadas.

Y eso es precisamente lo que nos empuja a ir en su busca.

Con los abrigos abotonados hasta arriba para combatir el todavía lacerante frío de marzo, caminamos deprisa por los bosques que se hallan tras la academia junto a nuestra ama de llaves, Brigid, que resopla y jadea mientras intenta seguirnos el paso. No es muy amable por nuestra parte andar más rápido de lo necesario, pero es la única forma de tener unos momentos de privacidad. Cuando echamos a correr colina arriba para obtener una vista imponente de la construcción, Brigid se queda atrás, lo que nos concede un tiempo valioso.

Felicity extiende una mano.

—Los anteojos, Martha, por favor.

Martha saca los binoculares del bolsillo de su abrigo y éstos pasan de chica en chica hasta llegar a las manos de Felicity, que se los lleva a los ojos.

—Realmente impresionante —ronronea Felicity.

Por alguna razón, creo que no se refiere al ala este. Desde donde nos hallamos sentadas puedo ver a seis hombres magníficamente dotados en mangas de camisa, alzando una viga para ponerla en su sitio. Estoy segura de que si tuviera los anteojos, podría ver el contorno de cada uno de sus músculos.

—¡Oh! Déjame ver, Fee —gimotea Cecily.

Intenta cogerle los anteojos pero Felicity se aparta.

—¡Espera tu turno!

Cecily hace pucheros.

—Brigid llegará en cualquier momento. ¡Perderé el turno!

De repente, Felicity deja caer los anteojos y coge precipitadamente su bloc de dibujo.

—No miréis ahora, pero creo que uno de los hombres nos está observando.

Elizabeth da un salto y estira el cuello a un lado y a otro.

—¿Quién? ¿Quién?

Felicity le da un pisotón a Elizabeth y ésta se cae de espaldas.

—¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?

—He dicho: «No miréis ahora» —sisea Felicity entre dientes—. La clave está en aparentar que no te has dado cuenta de que te prestan atención.

—Aaah —responde Elizabeth, quien parece haberlo comprendido.

—El de la punta, el de la camisa con un desafortunado remiendo rojo —informa Felicity mientras finge interesarse por su boceto.

Su frialdad es un talento que desearía poder adquirir. Sin embargo, todos los días observo el horizonte en busca de algún indicio de otro chico, de uno de quien no tengo noticias desde que me despedí de él en Londres, hace tres meses.

Elizabeth mira a hurtadillas a través de los anteojos.

—¡Dios mío! —exclama a la par que se le caen al suelo—. ¡Me ha guiñado un ojo! ¡Qué descaro! Tengo que informar de ello a la señora Nightwing de inmediato —protesta, aunque la excitación de su voz entrecortada la traiciona.

—¡Por todos los santos!

Finalmente, Brigid nos ha dado alcance. Sin demora, Felicity le da los anteojos a Martha, quien grita y los deja caer en la hierba antes de guardárselos en el bolsillo de su capa.

Brigid se sienta en una piedra para recuperar el aliento.

—Sois demasiado rápidas para la vieja Brigid. ¿No os da pena dejarme así?

Felicity sonríe con dulzura.

—¡Oh, cuánto lo lamentamos, Brigid! No sabíamos que te habías quedado tan rezagada —y por lo bajo, añade—: Vieja gruñona.

Brigid entrecierra los ojos ante nuestras risitas.

—¿Y ahora de qué os reís? Os burláis de la pobre Brigid, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

—Oh, no es justo —suspira Cecily—. ¿Cómo vamos a dibujar el ala este desde tan lejos? —pregunta, y le dedica a Brigid una mirada esperanzada.

—Harás tu dibujo desde aquí y ni un centímetro más cerca, señorita. Ya has oído lo que ha dicho la señora Nightwing al respecto.

Brigid observa el armazón de madera y a los albañiles picando piedra. Niega con la cabeza.

—No está bien volver a reconstruir ese maldito lugar. Sería mejor dejarlo como está.

—¡Oh, pero es tan emocionante! —replica Elizabeth.

—Y piensa en lo bonita que quedará la Academia Spence en cuanto el ala este sea restaurada —la secunda Martha—. ¿Cómo puedes decir que eso no está bien, Brigid?

—Porque tengo memoria —afirma Brigid mientras se da golpecitos en la sien—. Había algo malo en este lugar, en la torreta. Algo que podía sentirse. Podría contaros historias...

—Sí, estoy segura de que podrías, Brigid, y de que se trata de historias muy interesantes —dice Felicity, con tanta dulzura como una madre calmando a un hijo irritable—. Pero me preocupa que el frío te cause dolor de espalda.

—Tienes razón —contesta Brigid frotándose los costados—. Un verdadero engorro. Y además mis rodillas ya no son las de una jovencita.

Asentimos ansiosas.

—Sólo nos acercaremos un poquito —ronronea Felicity—. Lo suficiente para lograr un dibujo más exacto.

Nos esforzamos en parecer tan inocentes como un coro de ángeles.

Brigid asiente sin vacilar.

—Id pues. Pero ¡no os acerquéis demasiado! ¡Y no creáis que no os voy a estar vigilando!

—¡Gracias, Brigid! —gritamos alegremente.

Sin demora, bajamos por la colina antes de que cambie de opinión.

—¡Y daos prisa! ¡Va a llover!

Una repentina y fresca ráfaga de viento de finales de marzo sopla entre la hierba quebradiza. Sacude las ramas de los aburridos árboles como collares huesudos y levanta nuestras faldas hasta el punto de tener que empujarlas hacia abajo. Las chicas chillan sorprendidas —y encantadas— porque durante un momento indiscreto y vedado hemos atraído las miradas de los hombres. Esa ráfaga de viento es la última carga del ejército de invierno. Las hojas se han sacudido el sueño y han empezado a armarse. Pronto emprenderán su asalto verde y obligarán al viento a retirarse. Me pongo el chal alrededor del cuello. A pesar de que dentro de poco será primavera, no logro quitarme el frío de encima.

—¿Están mirando? —pregunta Elizabeth, excitada, lanzando miradas a los hombres.

—Seguro —responde Felicity por lo bajo.

Los tirabuzones de Martha descansan flácidamente en su cuello. Les propina un empujoncito esperanzador pero éstos se niegan a saltar hacia atrás y recuperar su forma.

—Contestadme con sinceridad, ¿la humedad ha arruinado mi peinado?

—No —miente Elizabeth en el preciso instante en que yo respondo «Sí».

Martha frunce los labios.

—Debería haber supuesto que serías poco considerada conmigo, Gemma Doyle.

Las otras chicas me dedican miradas reprobatorias. Parece ser que «Contestadme con sinceridad» es un mensaje cuidadosamente cifrado que significa «Mentidme a toda costa». Tomaré nota de ello. A menudo creo que existe un manual sobre cuanto se considera cortés y femenino, y que no dispongo de un buen índice de sus páginas. Quizá sea ése el motivo por el que Cecily, Martha y Elizabeth me detestan y sólo toleran mi presencia cuando Felicity anda cerca. Por mi parte, considero que sus mentes están tan encorsetadas como sus cinturas, y que sus conversaciones se limitan a fiestas, vestidos y a las desgracias o defectos de los otros. Haría mejor arriesgándome a compartir mi suerte con los leones del antiguo Coliseo romano que soportando otra conversación a la hora del té con chicas como ellas. Al fin y al cabo, los leones son honestos en cuanto a sus deseos de devorarte y no se esfuerzan por disimularlo.

Felicity echa un vistazo a los hombres.

—Allá vamos.

Nos acercamos hasta donde están trabajando.

Ahora son ellos quienes se sienten intimidados ante nuestra súbita presencia. Dejan de lado sus tareas y rápidamente se quitan las gorras. Su gesto es de una educación exquisita, pero sus sonrisas insinúan pensamientos menos corteses. Me sonrojo.

—¡Eh, muchachos! Seguid con lo que estabais haciendo —les advierte el capataz. El señor Miller es un hombre corpulento con unos brazos como jamones. Se muestra cortés con nosotras—. Buenos días, señoritas.

—Buenos días —murmuramos.

—Aquí hay unas cuantas chucherías de las que pueden hacer acopio, en caso de que quieran conservar algún recuerdo.

Hace un gesto en dirección a un montón de escombros donde los trastos viejos yacen junto a vidrios rotos de lámparas ahumadas desde hace décadas por el hollín. Ése es el tipo de cosas que la señora Nightwing incluiría en su lista «A Evitar por Miedo al Daño, la Muerte o la Desgracia».

—Cojan lo que más les guste.

—Gracias —masculla Cecily alejándose.

Elizabeth continúa sonrojada; sonríe y mira tímidamente al hombre con la camisa del remiendo rojo, quien la evalúa anhelante.

—Sí, gracias —responde Felicity haciéndose con las riendas de la situación, como siempre—. Lo haremos.

Empezamos a hurgar en los escombros, entre los restos de la antigua ala este. El pasado de la gran escuela se halla aquí presente, en la madera astillada y carbonizada y entre trozos de papel. Para algunos se trata de la historia de un trágico incendio que segó la vida de dos muchachas. Pero yo sé más. La verdadera historia de este lugar guarda relación con la magia y el misterio, la lealtad y la traición, la maldad y el sacrificio inenarrable. Para la mayoría, es la historia de dos jóvenes —las mejores amigas convertidas en enemigas encarnizadas— dadas por muertas en el incendio que tuvo lugar hace veinticinco años. La verdad fue mucho peor.

Una de las chicas, Sarah Rees-Toome, escogió la senda de la oscuridad bajo el nombre de Circe. Años después capturó a la otra muchacha, su antigua amiga Mary Dowd, quien adquiriría una nueva personalidad: Virginia Doyle, mi madre. Con un espíritu demoníaco a su disposición, Circe asesinó a mi madre e hizo que el rumbo de mi vida cambiara. La historia murmurada en esas paredes también es la mía.

A mi alrededor, las chicas se lanzan a la alborozada búsqueda del tesoro. Aquí no puedo sentirme feliz. Éste es un lugar de fantasmas y no creo que unas vigas nuevas y el agradable fuego de una chimenea de mármol puedan cambiarlo. No quiero recuerdos del pasado.

Una nueva ronda de martillazos hace que una familia de aves salga graznando en busca de la seguridad del cielo. Contemplo el montón de restos inservibles y pienso en mi madre. ¿Acaso tocó esa columna de allí? ¿Persiste su perfume en un fragmento de vidrio o en una astilla de madera? Un vacío terrible se asienta en mi pecho. Vaya a donde vaya, siempre hay pequeños recuerdos que reavivan la pérdida.

—¡Eh, eso sí que es bonito! —exclama el hombre del remiendo rojo en su camisa.

Señala una columna de madera mellada y podrida. No obstante, gran parte de la misma ha logrado sobrevivir a la ira del fuego y a los años de abandono. Grabado en ella se distingue todo un catálogo de nombres de chicas. Recorro con los dedos las muescas y rascaduras caprichosas. Tantos nombres... Alice. Louise. Theodora. Isabel. Mina. Mis dedos se mueven a lo largo de las irregularidades de la madera y me siento como si fuera ciega. Sé que su nombre tiene que estar aquí, y no me decepciona. Mary. Extiendo la palma de la mano sobre los grabados desgastados por los años, esperando sentir la presencia de mi madre bajo la piel. Pero sólo es madera muerta. Parpadeo para borrar las lágrimas que me escuecen en los ojos.

—¿Señorita?

El hombre me mira con curiosidad.

De inmediato, me enjugo las mejillas.

—Es culpa del viento. Me ha entrado ceniza en los ojos.

—Pues sí, está soplando fuerte. Se avecina más lluvia. Puede que una tormenta.

—¡Oh, aquí viene la señora Nightwing! —sisea Cecily—. ¡Por favor, vámonos! ¡No quiero tener problemas!

Rápidamente cogemos nuestros bocetos y nos sentamos lejos, a una distancia prudencial, en un banco de piedra del jardín de rosas que todavía hibernan con la cabeza gacha, en fingida concentración. La señora Nightwing no repara en nuestra presencia. Se dedica a observar el avance de las obras. El viento trae su voz hasta nosotras.

—Esperaba que todo estuviera mucho más adelantado, señor Miller.

—Trabajamos diez horas al día, señora. Y además tenemos que batallar con la lluvia. No se puede responsabilizar a los hombres de los actos de la naturaleza.

El señor Miller comete el grave error de sonreír a la señora Nightwing de forma encantadora. Ella no sucumbe al encanto y, además, ya es demasiado tarde para prevenirle. El fulgor helado de la mirada de la señora Nightwing hace que las cabezas de los hombres se inclinen sobre sus maderos. El sonido de los martillos y sierras trabajando duro es ensordecedor. La sonrisa del señor Miller se desvanece.

—Señor Miller, si es incapaz de acabar el trabajo a tiempo me veré obligada a buscar otros operarios.

—Se está edificando en todo Londres, señora. Los obreros no crecen de los árboles.

Según mis cuentas, al menos hay veinte hombres trabajando día tras día, y aun así la señora Nightwing no está satisfecha. Cloquea, molesta e importuna al señor Miller a todas horas. Es realmente curioso. Si el viejo edificio ha permanecido abandonado durante todo este tiempo, ¿qué importancia tiene que se demoren las obras unos cuantos meses más?

Intento trasladar al papel la apariencia de la nueva torreta. Cuando esté concluida, será la parte más elevada de Spence; puede que tenga cinco plantas más que el resto. Y también es mucho más ancha. Un hombre permanece de pie en lo alto, recortado contra un grupo de nubes que amenazan lluvia, como una veleta.

—¿No encuentras raras las prisas de Nightwing por terminar el ala este? —pregunto a Felicity.

Cecily me escucha de refilón y se considera obligada a contestar.

—Si quieres saber mi opinión, no creo que sea demasiado pronto. Es una desgracia que la hayan tenido abandonada durante tanto tiempo.

—He oído que hasta ahora no han podido recabar los fondos necesarios —informa Elizabeth.

—¡No, no, no! —La señora Nightwing camina a grandes zancadas y con resolución hacia los albañiles, como si éstos estuvieran a su cargo—. Les he dicho que esas piedras deben colocarse en orden, aquí y aquí.

Señala un boceto dibujado en tiza.

—Disculpe, señora, pero ¿qué importancia tiene eso? La construcción es firme y fuerte.

—Es una restauración. —Aspira por la nariz como si hablara con un papanatas—. Los planos deben seguirse con exactitud, sin desviarse de ellos.

—¡Se avecina lluvia, señor! —grita un operario desde la tercera planta de la torreta.

Una gota me golpea en la mejilla a modo de advertencia. Le siguen más gotas de lluvia que caen rítmicamente. Salpican mi hoja de papel y convierten el boceto del ala este en un riachuelo de carboncillo. Los hombres dirigen la vista hacia el cielo con las palmas de las manos boca arriba como si rogaran a Dios, mientras el cielo contesta: «No os daremos cuartel».

Rápidamente, los hombres se precipitan torreta abajo y se apresuran a cubrir sus herramientas y a ponerlas a salvo del óxido. Con los cuadernos de dibujo sobre nuestras cabezas, las chicas nos lanzamos a través de los árboles como ocas amenazadas, graznando y chillando ante la indignidad de tamaña mojadura. Brigid hace señales para que nos acerquemos; sus brazos son una promesa de seguridad y una cálida lumbre. Felicity me empuja tras un árbol.

—¡Fee! ¡La lluvia! —protesto.

—Ann regresa esta tarde. Podríamos intentar entrar en los reinos.

—¿Y si no puedo hacer que la puerta aparezca?

—Sólo necesitas concentrarte —insiste.

—¿Acaso crees que no me concentré la semana pasada o el mes pasado o la vez anterior a ésa? —Ahora llueve con más fuerza—. Quizás esté siendo castigada. Por lo que les hice a Nell y a la señorita Moore.

—¡La señorita Moore! —espeta Felicity—. Circe: ése es su nombre. Era una asesina. Gemma, mató a tu madre y a innumerables chicas para llegar hasta ti y obtener tu poder. Seguramente te habría destruido si no hubieras acabado antes con ella.

Quiero creer que eso es verdad, que hice bien al encerrar para siempre a la señorita Moore en los reinos. Que sólo podía salvar la magia si me apoderaba de ella. Quiero creer que Kartik está sano y salvo y que se encamina hacia aquí, hacia Spence, y que en cualquier momento lo veré aparecer en estos bosques y me sonreirá a mí sola. Aunque, últimamente, no estoy segura de nada.

—No sé si está muerta —mascullo.

—Está muerta, y en buena hora nos libramos de ella.

La vida es algo mucho más sencillo en el mundo de Fee. Y, por una vez, desearía gatear dentro de los sólidos límites de su mundo y vivir sin hacerme preguntas.

—Tengo que averiguar qué le sucedió a Pippa. Esta noche lo intentaremos de nuevo. Mírame. —Me gira el rostro hacia el suyo para que no pueda esquivar su mirada—. Prométemelo.

—Te lo prometo —le digo.

Espero que no haya visto cómo mi duda se transformaba en miedo.

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3

 

 

 

LA LLUVIA HA DESCARGADO TODA SU IRA. EMPAPA EL JARdín de rosas durmientes, el prado y los brotes amarillos de las hojas que pugnan por nacer. También se ha topado con mi amiga Ann Bradshaw, que permanece en el vestíbulo ataviada con un abrigo liso de lana marrón y un sombrero pardusco salpicado de gotitas. Una pequeña maleta descansa a sus pies. Ha pasado la semana con sus primos en Kent. En mayo, cuando Felicity y yo hagamos nuestra presentación en sociedad, Ann trabajará para ellos como institutriz de sus dos hijas. Nuestra única esperanza para poder cambiar sus perspectivas de futuro era entrar en los reinos e intentar repartirnos la magia. No obstante, a pesar de todos mis esfuerzos por lograrlo, no consigo entrar. Y sin los reinos, no puedo hacer que la magia recobre vida. Desde las pasadas navidades no he vuelto a ver ese mundo encantado, aunque en estos últimos meses he intentado docenas de veces volver a él. En algunas ocasiones he vislumbrado un destello, pero ha sido muy breve, sin más consecuencias que las que pueda tener una simple gota de agua frente a una sequía. Día a día, nuestras esperanzas se disipan y nuestros futuros parecen tan inamovibles como las estrellas.

—Bienvenida a casa —digo, y ayudo a Ann a quitarse el abrigo mojado.

—Gracias.

Le gotea la nariz, y su pelo, del color de la piel de un ratón de campo, se libera con lasitud de sus ataduras. Hebras de cabello largas y finas cuelgan sobre sus ojos azules y se adhieren a sus mejillas regordetas.

—¿Qué tal tu estancia con tus primos?

Ann no sonríe.

—Tolerable.

—¿Y las niñas? ¿Te has encariñado de ellas? —pregunto esperanzada.

—Lottie me encerró en un armario durante una hora y la pequeña Carrie me dio una patada en la pierna y me llamó pudin. —Se limpia la nariz—. Y eso no fue más que el primer día.

—¡Oh!

Permanecemos indefinidamente bajo el fulgor de la infame lámpara de araña de la que penden serpientes metálicas.

Ann baja la voz hasta hablar en un susurro.

—¿Habéis logrado volver a los reinos?

Niego con la cabeza y Ann me mira como si fuera a echarse a llorar.

—Pero lo intentaremos de nuevo esta noche —contesto rápidamente.

Un conato de sonrisa ilumina el rostro de Ann durante unos instantes.

—Aún hay esperanza —añado.

Sin hablar, Ann me sigue hasta el gran salón, donde más allá de la crepitante lumbre de las chimeneas y las columnas artísticamente labradas, las chicas juegan al whist. Brigid estremece a un pequeño círculo de niñas con historias de hadas y duendes, y jura que viven en los bosques que hay detrás de Spence.

—¡No viven ahí! —protesta una de ellas, pero leo en sus ojos que quiere que le demuestren que está equivocada.

—Pues sí, sí viven ahí. Además de otras muchas criaturas. Será mejor que no salgáis en cuanto oscurezca. Ésa es su hora. Quedaos a salvo en la cama si no queréis despertar y descubrir que os han llevado lejos de aquí y que estáis en compañía de los Otros —les advierte Brigid.

Las chicas se precipitan hacia las ventanas para echar un vistazo a la amplia extensión nocturna, esperando vislumbrar reinas salidas de un cuento de hadas y duendecillos. Podría decirles que no los verán allí. Tendrían que viajar con nosotras a través de la puerta de luz hasta el mundo más allá de éste para disfrutar de la compañía de semejantes criaturas fantásticas. Y puede que no les gustara todo lo que verían.

—Nuestra Ann ha regresado —anuncio, abriendo las cortinas de la tienda privada de Felicity.

Tan dramática como siempre, Felicity ha acotado una de las esquinas del enorme salón con unas cortinas de seda. Se asemeja al hogar de un bajá, y lo gobierna como si de su propio imperio se tratara.

Felicity dirige la mirada al dobladillo completamente embarrado de las faldas empapadas de Ann.

—Cuidado con las alfombras.

Ann se limpia las faldas sucias mientras deja caer pegotes de barro al suelo, ante lo cual Felicity suspira, irritada.

—¡Oh, Ann, por favor!

—Lo siento —murmura ésta.

Se recoge las faldas y se sienta en el suelo procurando no ensuciar nada más. Sin pedir permiso, se inclina hacia una caja abierta de chocolatinas y coge tres, lo que saca de quicio a Felicity.

—No hace falta que las cojas todas —rezonga.

Ann devuelve dos a su sitio. Llevan la huella impresa de su mano. Felicity suspira.

—Ya las has tocado, así que será mejor que te las comas.

Sintiéndose un tanto culpable, Ann se mete en la boca las tres a la vez, por lo que es muy probable que ni siquiera las llegue a saborear.

—¿Qué tienes ahí?

—¿Esto? —Felicity extiende una tarjeta blanca con una preciosa inscripción en negro—. He recibido una invitación para el té de lady Tatterhall en honor de una tal señorita Hurley. Será una reunión de temática egipcia.

—¡Oh! —exclama Ann tontamente. Sus manos titubean ante la caja de chocolatinas—. Supongo que también tú habrás recibido una, Gemma.

—Sí —digo sin poder evitar sentirme culpable.

No soporto que no incluyan a Ann —es abominablemente injusto—, aunque tampoco me gusta que me haga sentir tan mal al respecto.

—Y por supuesto también asistiré al baile de Yardsley Hall —prosigue Felicity—. Promete ser espectacular. ¿Os enterasteis de lo de la señorita Eaton?

Niego con la cabeza.

—¡Lució sus diamantes de día! —casi grita Felicity con placer—. Fue la comidilla de todo Londres. No volverá a cometer ese error nunca más. Oh, deberías ver los guantes que llevó mi madre al baile de los Collinsworth. ¡Eran exquisitos!

Ann se quita un hilo del dobladillo de su vestido. Ella no asistirá al baile de los Collinsworth ni a ningún otro, excepto como dama de compañía de Lottie o Carrie, algún día. No tendrá una temporada social ni bailará con atractivos pretendientes. Tampoco lucirá plumas de avestruz en el pelo ni hará una reverencia a Su Majestad. Está en Spence en calidad de estudiante becada, apadrinada por sus adinerados primos con la finalidad de llegar a ser una institutriz adecuada para sus hijas.

Me aclaro la garganta. Felicity atrae mi atención.

—Ann —dice en un tono demasiado alegre—. ¿Qué tal tu estancia en Kent? ¿Es tan encantador en primavera como dicen?

—La pequeña Carrie me llamó pudin.

Felicity se esfuerza por no echarse a reír.

—Ejem. Bueno, es sólo una niña. Dentro de poco la tendrás comiendo en la palma de tu mano.

—Tengo una pequeña habitación para mí sola en el último piso. Da a los establos.

—Una ventana. Sí, bien, es muy bonito tener vistas —contesta Felicity sin haber escuchado ni una palabra—. ¡Oh! ¿Qué tenemos aquí?

Ann nos muestra el programa de una representación de Macbeth en el teatro Drury Lane, protagonizada por la gran actriz norteamericana Lily Trimble. Ann observa con visible anhelo el retrato de la señorita Trimble caracterizada de lady Macbeth.

—¿Asististe? —le pregunto.

Ann niega con la cabeza.

—Fueron mis primos.

Sin ella. Quienquiera que conozca a Ann sabe cuánto le gusta el teatro.

—Pero te permitieron quedarte con el programa —dice Felicity—. Eso es un detalle muy bonito.

«Sí, igual de bonito que un gato deje que un ratón conserve su cola.»

En ocasiones, Felicity puede ser bastante abominable.

—¿Tuviste un buen cumpleaños? —pregunta Ann.

—Sí; realmente delicioso —ronronea Felicity—. Dieciocho. Qué edad tan gloriosa. Ahora ya podré recibir mi herencia. Bueno, no inmediatamente, por supuesto. Mi abuela insistió en que mi presentación en sociedad constase como cláusula en su testamento. En cuanto haga mi reverencia ante la reina, seré una mujer rica y podré hacer cuanto me plazca.

—En cuanto hagas tu presentación en sociedad —repite Ann tragándose el último resto de chocolate que le quedaba en la boca.

Felicity coge una chocolatina.

—Lady Markham ya ha anunciado su intención de ser mi madrina. Así que el asunto puede darse por zanjado. Felicity Worthington, heredera. —El buen humor de Felicity se desvanece—. Me gustaría que Pippa estuviera aquí para poder compartirlo con ella.

Ann y yo intercambiamos una mirada al escuchar el nombre de Pip. Una vez ella también fue una de las nuestras. Y ahora está en algún lugar de los reinos, con toda probabilidad perdida en las Tierras Invernales. ¿Quién sabe qué habrá sido de ella? Sin embargo, Fee aún se aferra a la esperanza de poder encontrarla, y salvarla incluso.

La tienda se abre. Cecily, Elizabeth y Martha se agolpan en su interior. Es demasiado pequeña para que quepamos todas dentro. Elizabeth se precipita sobre Felicity mientras que Martha y Cecily toman asiento junto a mí. Ann queda relegada al fondo de la tienda.

—Acabo de recibir una invitación al baile que organiza la duquesa de Crewesbury —anuncia Cecily mientras se acomoda en el suelo como un gato persa consentido.

—Yo también —añade Elizabeth.

Felicity se esfuerza por parecer aburrida.

—Mi madre recibió las nuestras hace siglos.

Yo no he recibido una invitación a ese baile y espero que nadie me pregunte si me la han enviado.

Martha se abanica haciendo una mueca.

—Oh, querida. Estamos tan apretadas aquí, ¿no es cierto? Lamento que no quepamos todas —dice mirando a Ann.

Cecily y sus amigas siempre han tratado a Ann como a una sirvienta; sin embargo, desde nuestra desafortunada tentativa de hacerla pasar por la hija de un duque de sangre rusa las pasadas navidades, ahora la tratan como a una paria. El rumor se ha difundido por carta y de viva voz, por lo que no hay una sola chica en Spence que no conozca la historia.

—Te vamos a echar mucho de menos, Cecily —le digo con una alegre sonrisa.

Me gustaría atizarle de lleno en los dientes.

Cecily deja totalmente claro que no va a ser ella la que se marche. Extiende sus faldas a su alrededor para ocupar aún más espacio. Martha susurra en el oído de Elizabeth y ambas se echan a reír entre dientes. Podría preguntarles de qué se ríen, pero no me lo dirán, así que hago caso omiso de sus risas.

—¿A qué huele? —pregunta Martha con una mueca.

Cecily olisquea el aire teatralmente.

—¿Caviar, tal vez? ¡Procedente de la misma Rusia! ¡Qué digo, del mismísimo zar! —corea la muy bribona.

A Ann le arden las mejillas y los labios le tiemblan. Se pone en pie con tanta celeridad que casi se cae al precipitarse hacia los faldones de la tienda.

—Si me disculpáis, tengo que acabar una labor de costura.

—Por favor, saluda a tu tío el duque de mi parte —le grita Cecily, y las otras se ríen por lo bajo.

—¿Por qué te burlas de ella de esa manera? —pregunto.

—No merece estar aquí —certifica Cecily.

—Eso no es verdad —replico.

—¿Ah, no? Éste no es sitio para algunas personas. —Cecily me taladra con una mirada altanera—. He oído no hace mucho que tu padre no se encuentra bien de salud y que está descansando en Oldham. Qué preocupada tienes que estar. Y dime, ¿qué enfermedad padece?

Lo único que le falta a Cecily es una lengua bífida: por lo demás, bajo esos maravillosos ropajes se esconde una auténtica serpiente.

—La gripe —contesto; la mentira me amarga la boca.

—La gripe —repite, mirando furtivamente a las otras.

—Pero está mucho mejor y mañana iré a visitarlo.

Cecily aún no se da por vencida.

—Me alegra saberlo, puesto que a veces se escuchan historias tan desagradables: caballeros hallados en antros de opio y obligados a ingresar en un sanatorio. Realmente escandaloso.

—Cecily Temple, no escucharé ni una calumnia más esta noche —advierte Felicity.

—Tiene la gripe —repito, pero me flaquea la voz.

Cecily sonríe triunfante.

—Claro, por supuesto que sí.

Me precipito tras Ann, llamándola a gritos, pero no se detiene. Al contrario, aprieta el paso, a punto de echarse a correr, desesperada por alejarse de nosotras y nuestra cháchara sobre fiestas y tés. Promesas brillantes; lo bastante cerca para tocarlas pero no para disfrutarlas.

—Ann, por favor —le digo mientras me detengo al pie de las escaleras. Ella está a mitad de los escalones—. Ann, no deberías prestarles atención. No son chicas de verdad. Son demonios horribles, ¡trogloditas con tirabuzones!

Si esperaba hacer reír a Ann, no lo he logrado.

—Pero son las que mandan —contesta sin levantar la vista—. Siempre lo han hecho y siempre lo harán.

—Ann, ellas no han visto las cosas que tú has visto en los reinos. No saben lo que has hecho. Has convertido piedras en mariposas y has navegado a través de una cortina de oro. Nos has salvado de las ninfas de agua con tu canción.

—Una sola vez —afirma con rotundidad—. ¿Y qué importa eso? No cambiará mi destino, ¿no es verdad? En mayo, Felicity y tú tendréis vuestra presentación en sociedad. Y yo trabajaré para mis primos. Esto se acabará y no volveremos a vernos jamás.

Durante un instante, me mira a los ojos con la obvia esperanza de obtener consuelo. «Dime que me equivoco; dime que tienes otra baza oculta en la manga, Gemma», suplican sus ojos. Pero no se equivoca, y no soy rápida mintiendo ni tengo la suficiente labia para ello. No esta noche.

—No les permitas que ganen, Ann. Volvamos a la tienda.

Aunque no me mira, puedo sentir su aversión.

—No lo entiendes, ¿verdad? Ya han ganado.

Y tras pronunciar estas palabras se refugia entre las sombras.

Podría regresar con Fee y las otras chicas, pero no estoy de humor. La melancolía se ha aposentado en mi corazón y no remitirá; deseo estar sola. Encuentro una silla de lectura adecuada en el gran salón, alejada de la charla del resto de chicas. Apenas llevo leídas unas cuantas páginas cuando me doy cuenta de que estoy a sólo un brazo de distancia de la infame columna. Es uno de los extraños detalles de Spence. Como la lámpara de araña de serpientes repujadas del vestíbulo. Las gárgolas lascivas que penden del tejado. Las ridículas plumas de avestruz del papel pintado que cubre las paredes. El retrato de la fundadora de la academia, Emilia Spence, amenazante en lo alto de las escaleras, con sus penetrantes ojos azules observándolo todo. También incluiría entre todas esas excentricidades las chimeneas gigantescas que se asemejan menos a los mantos de chimenea que a las fauces de unas bestias terribles. Y asimismo cuenta con esta columna en el centro del gran salón que hace ostentación de tallas de hadas, sátiros, duendes, ninfas y diablillos de todo tipo.

Y también está viva.

O lo estuvo una vez. Todas esas «tallas» son criaturas de los reinos encerradas aquí para toda la eternidad. En una ocasión, las devolvimos a la vida de forma insensata con ayuda de la magia y estuvieron a punto de destruirnos por ello. Algunas de esas criaturas maliciosas intentaron escapar, y otras intentaron poner en peligro nuestra integridad. Finalmente, pudimos obligarlas a regresar a su prisión.

Observo de cerca esos cuerpecillos congelados en la piedra. Las bocas de las criaturas están abiertas y profieren un grito iracundo. Sus ojos se clavan en mí. No me gustaría estar aquí si lograran escapar. Aunque me asusta, me siento obligada a tocar la columna. Mis dedos se deslizan por las alas rígidas de un hada, inmóvil en pleno vuelo. Me estremezco y poso la mano en otro lugar. Ahora yace en un mohín de la boca de un sátiro; el corazón me late desbocado al sentir una curiosa mezcla de fascinación y repulsión. Cierro los ojos y permito que mis dedos exploren los ásperos surcos y protuberancias de su boca amenazante: la lengua, los labios, los dientes.

Mis dedos acarician la piedra; un saliente cortante me lacera la piel. Emito un grito ahogado a causa del dolor. La sangre gotea por la fina grieta. No tengo pañuelo, así que me meto el dedo en la boca y saboreo el amargo sabor de la sangre. La columna permanece en silencio, pero siento su amenaza a través de mi herida pulsante. Acerco la silla a la reconfortante cháchara de Brigid, a sus sentencias maternales, lejos de la columna y de su peligrosa belleza.

 

 

A las diez nos pesan los ojos y nuestros cuerpos están deseosos de poder refugiarse bajo la calidez de las mantas y el olvido del sueño, así que subimos las escaleras que nos llevan a nuestras respectivas habitaciones.

Felicity se desliza junto a mí.

—A las doce y media. En el lugar de costumbre —susurra.

No espera a que le responda. Ha dado una orden y no necesita más.

La luz de los candiles aún alumbra suavemente mi habitación. Ann está dormida, pero ha dejado sus tijeras de costura donde yo pueda verlas. Las hojas están cerradas, pero sé que han hecho su trabajo excoriando la parte interior de sus brazos. Sé que está cubierta de laceraciones recientes que pronto se confundirán en el tapiz de viejas cicatrices entretejidas en su carne. Si hallara de nuevo el camino de entrada a los reinos, la senda hasta la magia, sería capaz de ayudarla. Sin embargo, y de momento, no puedo cambiar su destino. Lo único que puedo hacer es preguntarme si ella querrá.

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4

 

 

 

LA PRIMERA VEZ QUE LLEGUÉ A LA ACADEMIA SPENCE PARA señoritas no sabía nada de su pasado ni de la relación que guardaba con mi vida. Me presenté vestida de luto, pues mi madre había fallecido tan sólo unos meses antes. El cólera fue la explicación oficial que se dio como causa de su muerte. Pero yo sabía más. En una visión la había visto morir perseguida por un horrible espectro de otro mundo, un rastreador, que se habría adueñado de su alma si ella no hubiese acabado con su vida en legítima defensa.

Fue la primera de mis visiones pero no la última. Tuve muchas más. Había heredado un poder; un linaje que mi madre me transmitió; según como se mire, un regalo o una maldición. Fue aquí, en Spence, donde supe de mi vínculo con otro mundo más allá de éste, un mundo de poderes extraordinarios llamado los reinos.

Durante siglos, los reinos estuvieron regidos por una poderosa tribu de sacerdotisas llamada la Orden. Juntas, usaban la magia de los reinos para ayudar a los difuntos a completar las tareas que sus almas tenían encomendadas cuando así lo requerían, y a cruzar el río. Con el paso del tiempo, este poder se incrementó. Podían crear magníficas ilusiones, influir en la gente y en los acontecimientos del mundo mortal. Pero su deber principal era mantener el equilibrio entre el bien y el mal en los reinos. Por esa razón existen tantas tribus y algunas de ellas —las criaturas malévolas de las Tierras Invernales— harían cualquier cosa para obtener el control de la magia: para poder gobernar en los reinos y quizá también en nuestro mundo. Para salvaguardar la magia, la Orden la selló en un círculo de runas. Sólo ella podía hacer uso de su poder. Las otras tribus de los reinos se sintieron desencantadas y ofendidas. También ellas querían participar de la magia.

Con el transcurso del tiempo, incluso los aliados de la Orden se volvieron desconfiados. En una ocasión, la Orden se unió a los Rakshana para proteger los reinos. Esos hombres mantenían la ley y velaban por las sacerdotisas. Y asimismo fueron sus amantes. Pero también ellos se sintieron ofendidos por el control de la Orden respecto de los reinos y su gran magia.

Y así ha proseguido durante décadas: ambos bandos forcejeando para obtener la magia, hasta el incendio que se produjo hace veinticinco años. Esa noche, mi madre y su mejor amiga ofrecieron un sacrificio —una niña gitana— a las criaturas de las Tierras Invernales a cambio de su poder. No obstante, algo no funcionó. La pequeña murió de forma accidental, por lo que no pudo obtenerse su alma. Enfurecidas, las criaturas exigieron la vida de las dos jóvenes, puesto que, neciamente, habían aceptado ese trato y éste debía cumplirse de una manera u otra. Para salvar las vidas de mi madre y Sarah, Eugenia Spence, la gran maestra de la Orden y fundadora de la Academia Spence, se ofreció a las criaturas de las Tierras Invernales a cambio de la terrible acción cometida contra la pequeña gitana. Su último acto fue entregar el amuleto a mi madre. Eugenia clausuró los reinos, sellándolos para que nadie ni nada pudieran entrar o salir hasta que surgiera una sacerdotisa con poder, alguien capaz de abrir los reinos de nuevo y trazar una nueva senda para el mundo mágico.

Yo soy esa joven. Y nadie parece alegrarse demasiado de ello. La Orden me considera una testaruda y una imprudente. Los Rakshana creen que soy peligrosa. Ellos enviaron a uno de los suyos, un muchacho llamado Kartik, para mantenerme vigilada, para advertirme de que no entrara en los reinos y, como eso no funcionó, le ordenaron matarme. Sin embargo, traicionó a sus hermanos y me salvó la vida, poniendo precio a su propia cabeza.

Puede que no les guste, pero los hechos son éstos: yo soy la única capaz de abrir de nuevo los reinos y, hasta el momento, nadie puede entrar sin mi ayuda. Fui yo quien rompió el sello de la magia al destruir las runas. Y también fui yo quien encontró la fuente de la magia en un lugar protegido llamado el Templo. En ese lugar, en el Templo, luché contra Circe, la adversaria de mi madre y enemiga de la Orden, para mantener la magia a salvo. Para lograrlo, la asesiné y me apoderé de la magia para custodiarla. Prometí unirme a mis amigos, a Kartik y a las tribus de los reinos para establecer una alianza y compartir con ellos la magia.

Desde entonces, no he vuelto a tener visiones y no sé cómo entrar en los reinos. Desconozco el porqué. Lo único que sé es que cada vez que intento hacer surgir la puerta de luz que conduce al otro mundo, ésta no aparece. En su lugar, me atormenta una fugaz visión de Circe tal y como la dejé, atrapada en el pozo de la eternidad que se halla en el interior del Templo. Perdida para siempre en ese pozo mágico convertido en una sepultura de agua.

Soy la única que puede decidir el futuro de los reinos y su poder, y no tengo ni la menor idea de cómo regresar.

Así es.

No obstante, esta noche será diferente. Hallaremos la manera de entrar. Encontraré el valor para hacerlo. Volveré a sentir la magia chisporrotear por mis venas. Mis amigas y yo nos adentraremos en los jardines fragantes de los reinos, y dará comienzo un nuevo capítulo.

 

 

Cuando la escuela se cubre de oscuridad, y silencio y la alegre charla diurna de las alumnas no es ya más que el eco de un eco en los salones de Spence, Ann y yo nos dirigimos de puntillas hasta las escaleras, al encuentro de Felicity. El ala este duerme, los martillos no nos molestan. Sin embargo, posee una energía propia.

«Guarda silencio, ala este. Esta noche no escucharé tus susurros.»

Felicity lleva algo en la mano.

—¿Qué tienes ahí? —pregunto.

Abre la mano y nos muestra un pañuelo con un encaje exquisito.

—Es para Pippa, por si la vemos.

—Es muy bonito. Le encantará —contesto.

No seré yo quien le quite la ilusión a Felicity.

Bajamos la larga escalera en pos de ella. Nuestras sombras se alargan y se estrechan a medida que descendemos, como si pretendieran regresar a la seguridad de nuestras camas. Nos deslizamos en el interior del gran salón, hasta la tienda de Felicity, y nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, como hemos hecho tantas veces.

Ann se mordisquea el labio inferior y me observa.

—¿Preparada? —me pregunta Felicity.

No muy segura, tomo aire y lo expulso.

—Sí. Empecemos.

Nos agarramos de las manos e intento con todas mis fuerzas vaciar la mente, no pensar en nada excepto en los reinos. Veo la hierba del jardín, las Cuevas de los Suspiros elevándose por encima del río cantarín. Ese mundo encantado empieza a adquirir forma tras mis ojos.

—¿Ya la has visto? —me interrumpe Ann.

La visión del jardín se difumina como una voluta de humo.

—¡Ann!

—Lo siento —murmura.

—¡No la pongas nerviosa! —la regaña Felicity mientras me aprieta las manos—. Recuerda, Gemma, que nuestro futuro está en tus manos.

«Sí, gracias. Saber eso me tranquiliza mucho.»

—Por favor, necesito silencio absoluto.

Obedientemente, inclinan la cabeza y guardan silencio y, de inmediato, siento un atisbo de magia.

«Vamos, Gemma. No pienses que no puedes hacerlo. Imagínate la puerta. Aparecerá. Haz que aparezca. Tu deseo se cumplirá.»

La puerta no aparece. No veo ni noto nada. Me siento presa del pánico, que susurra a través de mi alma sus preguntas habituales: ¿y si el don sólo fuera un préstamo? ¿Y si lo he perdido para siempre? ¿Y si todo ha sido un error y sólo soy una persona normal y corriente?

Abro los ojos e intento controlar la respiración.

—Necesito un descanso.

—No deberíamos haber esperado tanto para intentarlo —se queja Felicity—. Tendríamos que haber entrado en los reinos mucho antes, en enero. ¿Por qué hemos esperado tanto?

—No estaba preparada para volver allí —contesto.

—Esperabas a que él regresara —dice Felicity—. Pues bien, no lo ha hecho.

—No esperaba a Kartik —espeto, cada vez más molesta.

Por supuesto, en parte tiene razón. Pero sólo en parte. La imagen de la señorita Moore vaga por mi mente. Veo su mandíbula poderosa, el reloj de bolsillo en su mano, el aspecto que tenía cuando era nuestra querida profesora, antes de que supiéramos que era Circe. Antes de que la asesinara.

—Yo... aún no estaba preparada. Eso es todo.

Felicity me obsequia con una mirada glacial.

—No hiciste nada de lo que tengas que arrepentirte. Merecía morir.

—Inténtalo de nuevo —insiste Ann.

Me ofrece sus manos y veo las numerosas laceraciones que se ha infligido esta noche con las tijeras.

—De acuerdo. A la tercera va la vencida —bromeo, aunque no me siento precisamente alegre.

Cierro los ojos y ralentizo la respiración, intentando vaciar la mente de cualquier pensamiento excepto los reinos y la forma de entrar en ellos. El calor se concentra en mi estómago, a modo de burla. Es como intentar encender repetidamente una cerilla apagada que se sabe a ciencia cierta que no arderá. «Vamos, vamos.» Durante un instante, un centelleo cobra vida, como un fuego que prendiera en la yesca de mis deseos. Veo balancearse con suavidad los olivos del jardín. El río cantarín. Y veo la puerta de luz. ¡Ah! ¡Oh, sí! ¡La había pasado por alto! Ahora lo único que tengo que hacer es mantener esa visión...

La imagen pierde intensidad y, en su lugar, aparece el espectral rostro de Circe bajo las frías aguas del pozo. Sus ojos se abren de repente.

—Gemma...

Jadeo e interrumpo la visión; el poder ha desaparecido. Noto que los reinos retroceden como una marea que soy incapaz de llevar hasta la orilla. No importa cuánto me esfuerce por retomarla, es imposible.

Ann es la primera en rendirse. Está acostumbrada a las decepciones y acepta la derrota con mayor rapidez.

—Me voy a la cama.

—Lo siento —murmuro. El peso de su infelicidad me obliga a respirar con dificultad—. No sé qué ha sucedido.

Felicity niega con la cabeza.

—No lo entiendo. Te quedaste la magia. Deberíamos ser capaces de alcanzar la puerta sin problemas.

Deberíamos pero no podemos. No puedo. Y con cada tentativa fallida disminuye la confianza en mí misma. ¿Y si no consigo volver?

Mucho después de que mis amigas se hayan ido a dormir, me siento en la cama, abrazándome las rodillas contra el pecho y con los ojos fuertemente cerrados. Suplico a la puerta de luz que aparezca repitiendo las mismas palabras: «Por favor, por favor, por favor...». Y suplico hasta que mi voz se quiebra por el llanto y la desesperación, hasta que el amanecer arroja sobre mí su despiadada luz, hasta que lo único que me queda por hacer es decirme a mí misma algo que no soporto: que he perdido mi magia y que no soy nada sin ella.

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5

 

 

 

EL SANATORIO OLDHAM, A UNA HORA DE TREN DESDE LONdres, es un gran edificio de color blanco rodeado por un amplio terreno de césped bien cuidado. Numerosas sillas yacen esparcidas por él para que los residentes puedan tomar el sol tanto como deseen.

Como prometimos, Tom y yo hemos ido a visitar a nuestro padre. No deseo verlo en este lugar. Prefiero recordarlo en su estudio, con un buen fuego, su pipa en la mano, los ojos brillantes y una fantástica historia a punto para entretenernos a todos. Pero supongo que incluso el sanatorio Oldham es un recuerdo mucho mejor que el que tengo de mi padre en el antro de opio de East London, tan drogado que hubiera sido capaz de canjear su alianza de boda por un poco más.

No, no debo pensar en eso. Hoy no.

—Recuerda, Gemma, que tienes que mostrarte alegre y contenta —me advierte Tom, mi hermano mayor, pero no por eso más sabio, mientras descendemos por la gran extensión de césped y dejamos atrás los setos primorosamente recortados, sin ramas que sobresalgan ni malas hierbas que desvirtúen su esmerada simetría.

Al pasar, le obsequio a una enfermera con una amplia sonrisa.

—Creo que recordaré cómo comportarme sin ayuda de tus buenos consejos, Thomas —contesto entre dientes.

—Eso espero.

Con sinceridad, ¿para qué sirven los hermanos excepto para atormentarte e irritarte a partes iguales?

—De verdad, Thomas, deberías tener más cuidado con el desayuno. Tienes una descomunal mancha de huevo en la camisa.

Presa del pánico, Tom se manosea la prenda de ropa.

—¡No la veo!

—A tu derecha —le doy un golpecito en la sien—, aquí.

—¿Qué?

—Feliz día de los Inocentes.

Su boca se tuerce en una sonrisa de suficiencia.

—Aún no estamos en abril.[1]

—Ya lo sé —contesto mientras camino a paso rápido—. Y aun así, sigues siendo un inocente.

Una enfermera ataviada con un uniforme blanco almidonado nos señala una pequeña zona de descanso próxima a un cenador. Un hombre reposa en una tumbona de mimbre reclinada con una manta de cuadros escoceses sobre las piernas. Me ha costado reconocer a mi padre. Está muy delgado.

Tom carraspea.

—Hola, padre. Tiene buen aspecto.

—Sí, cada día me encuentro mejor. Gemma, cielo, cada vez que te veo estás más guapa.

Apenas me echa un vistazo al hacer ese comentario. Ya no nos miramos el uno al otro como antes. Ya no. No desde que lo saqué de aquel fumadero de opio. Ahora, cuando lo miro, veo a un adicto. Y cuando él me mira a mí, ve lo que no le gustaría recordar. Desearía poder ser de nuevo su adorada niñita y sentarme junto a él.

—Es muy amable, padre.

«Alegre y contenta, Gemma.»

Sonrío compasivamente. Está tan delgado...

—Hace buen día, ¿verdad? —dice Padre.

—Así es. Un día excelente.

—Los jardines son maravillosos —comento.

—Sí, magníficos —me secunda Tom.

Padre asiente sin prestar atención:

—Ah.

Me siento en el borde de la silla, preparada para huir en cualquier momento. Le ofrezco una caja envuelta en papel de regalo dorado y adornada con un gran lazo rojo.

—Le he traído sus pastillas de menta preferidas.

—Ah —responde cogiendo la caja sin el menor entusiasmo—. Gracias, cielo. Thomas, ¿te has pensado ya lo de la Sociedad Hipocrática?

Tom frunce el ceño.

—¿Qué es la Sociedad Hipocrática? —pregunto.

—Un reputado club de caballeros, científicos y médicos, todos grandes pensadores. Han mostrado interés en nuestro Thomas.

Parece un buen maridaje para Tom, asistente clínico del Hospital Real de Bethlem, Bedlam, quien, a pesar de sus múltiples defectos, es un médico excelente. La medicina y la ciencia son sus dos grandes pasiones, por lo que no puedo entender el desprecio con que habla de la Sociedad Hipocrática.

—No me interesa —responde Tom con firmeza.

—¿Por qué no?

—La mayoría de sus socios tienen entre cuarenta y un pie en la tumba —contesta Tom desdeñosamente.

—Esos salones respiran sabiduría, Thomas. Deberías tener el buen juicio de respetarlos.

Tom coge una pastilla de menta.

—No es el club Ateneo.

—Tus aspiraciones apuntan alto, ¿no es verdad, muchacho? El Ateneo sólo acepta a los de su círculo y nosotros no pertenecemos a ese círculo —replica padre sin ambages.

—Puede que yo sí —sostiene Tom.

Tom anhela desesperadamente ser aceptado por la flor y nata de la sociedad londinense. Padre considera que ése es el deseo de un necio. Y yo no soporto que discutan ni tampoco quiero que Tom altere a padre precisamente ahora.

—Padre, he oído que va a volver pronto a casa —digo.

—Sí, eso me han dicho. Tu anciano padre está en perfecto estado —contesta entre toses.

—Eso es magnífico —comenta Tom sin entusiasmo.

—Lo es —asiente padre.

Y, tras ese comentario, guardamos silencio. Una bandada de gansos deambula por el césped como si también ellos hubieran perdido el rumbo. Un vigilante los ahuyenta hacia el estanque que hay a lo lejos. Sin embargo, no hay nadie que nos ayude a encontrar una nueva senda, así que seguimos sentados, hablando de nimiedades y evitando mencionar cualquier cosa que sea importante. Finalmente, una enfermera de cara redonda y cabello cobrizo sembrado de canas se aproxima a nosotros.

—Buenos días tenga usted, señor Doyle. Es la hora de tomar las aguas, señor.

Padre sonríe aliviado.

—Señorita Finster, un rayo de sol en una mañana gris; en cuanto llega usted todo va bien.

La señorita Finster esboza una sonrisa tan amplia que parece que se le vaya a romper la cara.

—Su padre es todo un galán.

—Bien, será mejor que os marchéis —nos dice padre—. No quisiera que perdierais el tren a Londres.

—Cierto, cierto. —Tom se apresura a ponerse en marcha. Hemos estado con él menos de una hora—. Le veremos en casa dentro de dos semanas, padre.

—Por supuesto —asegura la señorita Finster—, aunque nos apenará verlo marchar.

—Sí, ya —dice Tom.

Se retira un mechón de pelo de la frente pero éste vuelve a caer sobre sus ojos. No hay apretones de manos ni abrazos. Sonreímos y asentimos y nos despedimos con tanta rapidez como nos es posible, aliviados de liberarnos los unos de los otros y de los silencios embarazosos. No obstante, también me siento culpable por experimentar alivio. Me pregunto si en otras familias sucede lo mismo. Parecen contentas de estar juntas. Encajan como las piezas de un puzle terminado, cuya imagen es completamente nítida. Pero nosotros somos como esas extrañas piezas sobrantes, las que no pueden unirse con un satisfactorio: «Ah, va aquí».

Padre coge a la señorita Finster del brazo como lo haría un auténtico caballero.

—Señorita Finster, ¿me hace el honor?

La señorita Finster le obsequia con una risa propia de una colegiala, aunque seguramente es tan vieja como la señora Nightwing.

—¡Oh, señor Doyle, cómo es usted!

Se encaminan hacia el gran edificio blanco cogidos del brazo. Padre apenas vuelve la cabeza hacia nosotros para decir:

—Os veré en Pascua.

Sí, dentro de dos semanas estaremos juntos de nuevo.

Sin embargo, dudo que realmente me vea.

 

 

Reprendo a Tom en el vagón de tren de camino a Londres.

—Thomas, ¿por qué provocas a padre de esa manera?

—Eso es. Defiéndele como haces siempre. La preferida.

—Yo no soy su preferida. Él nos quiere a los dos igual.

De inmediato siento una extraña sensación en el estómago, como cuando digo una mentira.

—Eso es lo que suelen decir, ¿no es verdad? La compasión no es fidedigna —dice con amargura. De repente, su rostro se ilumina—. Pues da la casualidad de que estaba equivocado respecto al club Ateneo. Simon Middleton y lord Denby me han invitado a cenar allí con ellos.

Me quedo sin respiración al escuchar el nombre de Simon.

—¿Cómo está Simon? —pregunto.

—Atractivo. Encantador. Rico. En resumen, bastante bien.

Tom me obsequia con una sonrisita y no puedo evitar pensar que se está divirtiendo de lo lindo a mi costa.

Simon Middleton, uno de los solteros más codiciados de Inglaterra, es, por supuesto, todas esas cosas. Las pasadas navidades se dedicó a cortejarme de forma bastante fervorosa y hasta me pidió en matrimonio, aunque yo rechacé su oferta. De repente, he olvidado por qué.

—Aún es pronto para decirlo —continúa Tom—, pero creo que el viejo Denby me propondrá ser socio del club. A pesar de la mezquindad con que trataste a Simon, Gemma, sé que su padre aún me apoya. Incluso más que padre.

—¿Dijo Simon... que lo traté de forma mezquina?

—No. No te mencionó en ningún momento.

—Qué agradable sería ver a los Middleton de nuevo —digo, y finjo que sus palabras no me han herido lo más mínimo—. Estoy segura de que Simon debe de estar cortejando alegremente a todas las jóvenes damas de mundo.

Me río con la intención de sonar altanera.

—Mmmm —dice Tom—. No lo sé.

—Pero ellos están ahora en Londres, ¿no?

Me tiembla la sonrisa.

«Vamos, Thomas. Arrójame un hueso, miserable canalla.»

—Llegarán dentro de poco. Una prima lejana de Estados Unidos vendrá a visitarlos para la temporada social, la señorita Lucy Fairchild. Posee una gran fortuna, según tengo entendido. —Tom sonríe con prepotencia—. Quizá puedas arreglarlo para que me la presenten. O quizás, en cuanto sea un apreciado miembro del Ateneo, sea ella quien solicite que me la presenten.

No. Es imposible mantener la sonrisa en presencia de mi hermano. Ni siquiera los monjes tienen la clase de paciencia que se requiere para ello.

—No sé por qué le concedes tanta importancia al Ateneo —replico, irritada.

Tom se ríe entre dientes de forma tan condescendiente que no puedo evitar imaginármelo sumergido en una gran caldera, rodeado de caníbales hambrientos armados con antorchas.

—Tú no lo harías, ¿no es cierto, Gemma? A ti no te gustaría pertenecer a nadie ni a nada.

—Al menos los miembros de la Sociedad Hipocrática son hombres de ciencia y medicina —digo haciendo caso omiso de su desaire—. Ellos comparten tus intereses.

—Ellos carecen del respeto que confiere el club Ateneo, que es donde reside el auténtico poder. Además, he oído que los miembros de la Sociedad Hipocrática pueden votar para permitir el acceso a un reducido número de mujeres —resopla mi hermano—. ¡Mujeres! ¡En un club de caballeros!

—Pues a mí eso me gusta —respondo.

Sonríe con suficiencia.

—Era de esperar.

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6

 

 

 

LA ÚLTIMA VEZ QUE VI NUESTRA CASA DE BELGRAVIA, ÉSTA estaba sumida en el duro invierno. Mientras el carruaje serpentea por Hyde Park, nos saluda la imponente vista de los brotes de los árboles que se yerguen orgullosos cual guardia real. Los narcisos exhiben sus nuevos bonetes amarillos. Londres sonríe.

No así nuestra ama de llaves, la señora Jones. Me recibe a la puerta ataviada con un vestido negro y un delantal blanco, una cofia blanca de blonda en la cabeza y una expresión tan severa que considero la posibilidad de ponerle un vaso en la boca para comprobar si aún respira.

—¿Qué tal ha ido el viaje, señorita? —pregunta sin entusiasmo.

—Sin contratiempos, gracias.

—Me alegro, señorita. ¿Le llevo la maleta a su habitación?

—Sí, gracias.

Hacemos verdaderos esfuerzos por mostrarnos agradables los unos con los otros. Jamás decimos lo que sentimos. A decir verdad, podríamos saludarnos y hablar sólo de quesos: «¿Qué tal su gruyer, señorita?». «Salado como cabrales maduro, gracias.» «Ah, cuánto me cheddar, señorita. Llevaré su stilton a su camembert», y nadie se daría cuenta.

—Su abuela la espera en el salón, señorita.

—Gracias. —No puedo resistir la tentación—. No hace falta que me acompañe al brie.

—Como guste, señorita.

Y ya está, aunque es una pena que mi broma se haya desperdiciado sin que nadie, excepto yo, haya podido apreciarla.

—Llegas tarde —anuncia mi abuela mientras abro las puertas del salón. No sé por qué me riñe, pues no soy ni el cochero ni el caballo que me han traído hasta aquí. Me dedica una mirada reprobatoria de pies a cabeza—. Tenemos que asistir al té de la señora Sheridan. Querrás cambiarte de ropa, por supuesto. ¿Y qué le ha sucedido a tu cabello? ¿Es lo que se lleva ahora en Spence? Me parece intolerable. Estate quieta. —La abuela me tira del pelo con tanta fuerza que los ojos me lagrimean, y me clava tres horquillas que casi me horadan el cerebro—. Mucho mejor así. Una dama siempre debe estar perfecta.

Hace sonar una campanilla y, como un fantasma, nuestra ama de llaves aparece.

—¿Sí, señora?

—Señora Jones, la señorita Doyle necesitará ayuda para vestirse. Creo que lo más adecuado será que se ponga el vestido de lana gris. Y otro par de guantes que no parezcan los de una mujer de la limpieza —añade mientras frunce el ceño ante la visión de las puntas manchadas de mis guantes.

Llevo en casa menos de un minuto y ya me siento asediada. Observo el salón oscuro: las pesadas cortinas de terciopelo color burdeos, el papel pintado de las paredes verde oscuro, el escritorio y las estanterías de caoba, la alfombra oriental y el enorme helecho en su pesada maceta.

—A esta habitación no le iría mal un poco de luz.

«Ja.» Si es crítica lo que quiere, a ese juego pueden jugar dos.

El rostro de la abuela se contrae, preocupado.

—Es una habitación elegante. ¿Estás sugiriendo que no lo es?

—Yo no he dicho eso. Sólo he comentado que sería agradable dejar entrar la luz.

La abuela estudia las cortinas como si considerara la idea, aunque brevemente, y de nuevo me observa como si yo fuera la tonta del pueblo.

—El sol estropearía la tapicería del sofá. Y ahora, si ya hemos dado por finiquitado el tema de la decoración, sería conveniente que fueras a vestirte. Salimos dentro de media hora.

 

 

Una criada silenciosa nos conduce hasta la bien nutrida biblioteca de la señora Sheridan. La visión de tantos libros me reconforta, lo que es más de lo que puedo decir respecto a mi traje de lana gris. Me roza y me pica tanto que me pondría a gritar. La señora Jones me ha apretado tanto las cintas del corsé que si soy capaz de dar dos sorbos de té, vomitaré al menos uno de ellos. Otras cinco chicas han acudido con sus madres. Me horroriza descubrir que no conozco a ninguna, aunque parece que ellas sí se conocen entre sí. Y lo que es peor: a ninguna de ellas la han obligado a llevar un traje de lana gris desvaído. Parecen tan llenas de vida como la primavera, mientras yo me asemejo a una tía solterona a quien cualquier muchacha se negaría a llevar como dama de compañía. Me muerdo la lengua para no confesar a la chica que tengo junto a mí: «Si muriera durante el té, asfixiada por el corsé, no me enterréis con este horrendo vestido o saldré de mi tumba para daros caza».

No me hago ilusiones respecto a que se trate de un simple té; estamos en un mercado y las chicas somos la mercancía. Mientras las madres conversan, nosotras tomamos nuestro té en silencio, nuestras sonrisas un reflejo de las suyas, como si fuéramos intérpretes de una pantomima. Tengo que recordarme que sólo puedo hablar cuando me hablen y repetir las opiniones de las demás. Trabajamos al unísono para mantener limpia la prístina superficie de la vida, sin atrevernos a hacer una salpicadura.

Con cada pregunta, con cada mirada, se nos mide con las escalas precisas de sus mentes, dejando que la balanza oscile entre sus expectativas y sus decepciones. Ésta se ríe demasiado. Ésa tiene el cabello áspero y la tez rubicunda. Aquélla luce una expresión severa; y la de más allá sorbe el té mientras una desafortunada muchacha osa afirmar que la lluvia es algo «romántico», a lo que se le contesta con firmeza que la lluvia sólo es buena para las rosas y mala para el reumatismo. Sin duda alguna, su madre la reprenderá duramente en cuanto suban a su carruaje y, con toda justicia, culpará a la institutriz de tamaña fechoría.

Durante unos minutos, las señoras nos formulan preguntas: ¿estamos impacientes de que llegue el día de nuestra presentación en sociedad? ¿Nos gusta tal ópera o cual representación teatral? Si respondemos con brevedad, nos sonríen, aunque soy incapaz de leer qué se oculta tras sus expresiones. ¿Envidian nuestra juventud y belleza? ¿Se sienten alegres y excitadas ante el futuro que nos aguarda? ¿Acaso desearían tener una nueva oportunidad en sus vidas? ¿Un destino diferente?

Las madres se cansan enseguida de hacernos preguntas. Se embarcan en una conversación que no nos atañe. Durante un paseo por los jardines de la señora Sheridan —de los que se siente sumamente orgullosa, aunque es el jardinero quien se encarga de ellos—, se nos deja a nuestro aire, gracias a Dios. Las máscaras corteses desaparecen.

—¿Habéis visto la tiara de lady Markham?¿No es exquisita? Daría lo que fuera por llevar una tiara parecida, aunque fuera un instante.

—Hablando de lady Markham, supongo que habréis oído lo que se comenta de ella —dice una chica llamada Annabelle.

Las otras se sienten atraídas de inmediato.

—¿Qué se dice, Annabelle? ¿Qué ha pasado?

Annabelle suspira ruidosamente, pero hay cierta falsedad en el gesto, como si hubiera estado reprimiéndose hasta ahora, esperando la oportunidad de compartir sus novedades.

—Cargo con un gran secreto que sólo revelaré si me prometéis no explicarlo a nadie más.

—¡Oh, por supuesto! —prometen las chicas, quienes ya deben de estar pensando en quién va a ser la primera a quien cuenten el desafortunado chisme.

—He oído que lady Markham ha cambiado de opinión y no va a presentar a la señorita Worthington ante la corte.

Las chicas se llevan sus enguantadas manos a la boca, pero su regocijo es tan evidente como una enagua al caer. Están encantadas con el cotilleo y doblemente encantadas de no protagonizarlo. No sé qué decir. ¿Debería decirles que Felicity y yo somos amigas? ¿Lo saben ya?

El coro se pronuncia: «Oh, querida. Pobre Felicity». «Qué escándalo.» «Pero es tan descarada...» «Lo tiene bien merecido. Es culpa suya.» «La adoro, pero...» «Desde luego.»

Annabelle las interrumpe. Sin duda alguna, es quien lleva la batuta.

—Su independencia no gusta a las damas importantes, y luego está el asunto de su madre...

—¡Oh! ¿Y cuál es ese asunto? Odio a mi institutriz, ¡jamás me explica nada! —exclama una chica con las mejillas como manzanas y de boquita delicada.

Los ojos de Annabelle centellean.

—Hace tres años, la señora Worthington viajó al extranjero mientras su marido, el almirante, estaba en alta mar. Todo el mundo sabe... ¡que se escapó a París para estar con su amante! Si el almirante Worthington no fuera un héroe y uno de los favoritos de Su Majestad, la señorita Worthington no sería admitida en nuestra decente sociedad.

Conozco infinidad de detalles sobre los horrores que el almirante ha infligido a su hija, como que acude a su dormitorio cuando cae la noche, algo que un padre jamás haría. Pero juré a Fee guardarle el secreto y, además, ¿quién lo hubiera creído aunque la verdad hubiera salido a la luz? La gente tiene la costumbre de inventar historias que creerán a pies juntillas para eludir la verdad que son incapaces de aceptar.

—Pero aún hay más —dice Annabelle.

—¡Cuenta! ¡Cuenta!

—He oído a mi madre explicarle a la señora Twitt que si la señorita Worthington no hace su presentación en sociedad, perderá el derecho a heredar. El testamento de su abuela estipula que deberá hacer su debut «como una dama de elevada moral»; de lo contrario, el dinero irá a parar al hospital Foundling, y Felicity estará a merced del almirante, quien deberá tutelar su futuro.

Lo único que desea Felicity es obtener su carta de libertad. Sin embargo, puede que en estos momentos esté a punto de ver cómo su sueño se desvanece. No puedo evitar que la sangre se me agolpe en la cabeza. A ojos vista, debo de tener las mejillas encendidas. Si pudiera, embalaría las encantadoras orejas de Annabelle. Me aprieta tanto el corsé que apenas puedo respirar. Un hormigueo me recorre la piel; la cabeza me da vueltas y, durante unos instantes, siento como si mi cuerpo me abandonara.

—¡Ay! —grita Annabelle, dirigiéndose hacia la chica que tiene al lado—. ¡Constance Lloyd! ¡Cómo te atreves a pellizcarme!

La boca de Constance dibuja una O de sorpresa.

—¡Yo no he sido!

—Por supuesto que has sido tú. ¡Me está saliendo un morado en el brazo!

Las otras chicas intentan reprimir su regocijo ante la guerra sin cuartel en que están a punto de enzarzarse Constance y Annabelle. El mareo desaparece y me siento extrañamente bien, mejor de lo que me he sentido en años.

 

 

—Cuando comenté que podríamos organizar una fiesta en el jardín, la señora Sheridan me lanzó una extraña mirada. ¿Crees que considera que es demasiado ordinario? Pensé que sería una fiesta agradable. ¿Tú qué opinas?

La abuela me ha dado la lata con el mismo tema durante todo el viaje en carruaje hasta casa. Le inquieta cualquier posible desaire o juicio imaginado. Por una vez me gustaría que viviera su vida y que no se preocupara tanto de lo que piensen los demás.

Por supuesto, también yo tengo mis propias preocupaciones. ¿Cómo voy a contarle a Felicity lo que he escuchado sin preocuparla? ¿Cómo se puede hablar con sensatez con ella? Sería como intentar contener una fuerza de la naturaleza.

—Creo que una fiesta en un jardín es algo encantador y muy apropiado. No es un baile turco, lo admito, pero incluso Su Majestad considera indecorosas esta clase de manifestaciones. ¿Qué dijeron al respecto las otras muchachas? ¿Pusieron alguna pega?

—No, no hablaron de ello.

Suspiro y apoyo la cabeza contra el lateral del carruaje. La asfixiante niebla de gas londinense hace su aparición. Las calles están oscuras, las gentes parecen fantasmas. Veo a un joven de rizos oscuros cubiertos por una gorra de repartidor de prensa; el corazón me da un brinco. Asomo medio cuerpo por la ventanilla.

—¡Perdone! ¡Usted! ¡Señor! —grito.

—¡Gemma Doyle! —jadea la abuela.

El joven se gira. No es Kartik. Anuncia las noticias del día.

—¿La prensa, señora?

—No —contesto tragando saliva—. No, gracias.

Me reclino en el asiento, con la firme determinación de no volver a mirar y crearme falsas esperanzas de forma innecesaria. «¿Dónde estás, Kartik?»

—Eso ha sido una total falta de educación. —La abuela chasquea la lengua. Entrecierra los ojos ante un nuevo pensamiento—. Gemma, en el té, ¿te han sacado algún defecto? No habrás hablado demasiado abiertamente ni te habrás comportado de forma... extraña, ¿verdad?

«Me han salido garras y he aullado a la luna. Les he confesado que me como los corazones de los niños pequeños. Les he dicho que me gustan los franceses.» ¿Por qué he de tener siempre la culpa de todo?

—Hemos hablado de las flores de la señora Sheridan —contesto en tono neutro.

—Bueno, no hay nada malo en eso —dice la abuela para tranquilizarse a sí misma—. No, nada en absoluto.

 

 

A última hora de mi última noche en Londres, mi desdicha ha alcanzado proporciones épicas. La abuela se ha ido a la cama temprano, «exhausta» por los acontecimientos del día. Tom va a asistir a una cena del Ateneo a instancias de lord Denby.

—Cuando vuelva, lo haré convertido en un gran hombre —dice mientras se admira en el espejo de la repisa de la chimenea.

Lleva una chistera nueva que le hace parecerse a un espantapájaros con posibles.

—Practicaré mi genuflexión en tu ausencia —respondo.

Tom se vuelve hacia mí con una sonrisa sarcástica.

—Te enviaría a un convento, pero ni siquiera esas santas mujeres tienen bastante paciencia para soportar tu petulancia. Por favor, no me acompañes hasta la puerta —dice mientras se encamina briosamente hacia la salida—. No desearía interrumpir tu malhumor junto al fuego.

—No tienes de qué preocuparte —respondo girándome hacia la lumbre con un suspiro—. Tampoco lo harías.

Mi temporada social aún no ha comenzado y ya me siento una fracasada. Es como si hubiera heredado una piel a la que no puedo adaptarme, que me cuelga y que tironeo, sujeto y acorto, e intento con desespero rellenar, deseando que nadie me vea luchar con ella y diga: «Esa de ahí es un fraude. Mirad lo mal que le queda».

Si al menos pudiera entrar en los reinos. ¿Qué sucede? ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Qué ha sido de la magia? ¿Dónde están mis visiones? Y pensar que en una ocasión les tuve miedo. Y ahora el poder que tanto maldije es lo único que añoro. No, no es lo único. Pero tampoco ejerzo ningún poder sobre Kartik.

Contemplo el fuego y observo las llamas anaranjadas, que brincan reclamando mi atención. En el interior de cada una de ellas, una pálida alma azul arde pura y caliente, y devora cada fragmento de yesca para mantener vivo el fuego.

El reloj de la repisa de la chimenea marca los segundos; su monótono sonido me produce sopor. La somnolencia me vence y me pierdo en el sueño.

Me envuelve una neblina espesa. Ante mí hay un fresno enorme, cuyos retorcidos brazos se extienden hacia un sol inexistente. Una voz me llama.

«Ven a mí...»

Se me acelera el pulso; no veo a nadie.

«Eres la única que puede salvarnos, salvar a los reinos. Debes v

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