La paradoja de un antes y un después

Celia Añó

Fragmento

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TIC

Esa mañana no amaneció.

Solo hubo un indeciso atardecer que se retrasó lo indecible. Aunque el tiempo avanzaba en el reloj de madera de su mesilla de noche, el cielo seguía congelado en un azul negro como la tinta. Abel parpadeó, confuso, sin llegar a acostumbrarse a aquellas contradicciones, sin recordar cuántos días llevaban así. Si los conceptos de día y noche todavía tenían sentido. «Qué fastidio», pensó.

Se escondió bajo una manta de retales e intentó cerrar los ojos y convencerse de que todavía podía dormir un poco más. Pero empezaba a despejarse y un pensamiento se abrió paso entre retazos de sueño.

Abel no usaba despertador. Ni siquiera cuando el tiempo había empezado a fallar lo necesitaba. El segundero de su reloj se deslizaba perezosamente hacia las ocho cuando él saltó de la cama y buscó las zapatillas.

Antes los días eran iguales, ahora un caos de contradicciones, pero aquel iba a ser demasiado especial para olvidarlo. Y él nunca llegaba tarde.

TIC

Llegó a la hora acordada, ni siquiera había permitido que la impaciencia controlase la velocidad de sus pasos. Abel escondió todas sus emociones (desde la impaciencia hasta el aguijón del miedo), se vistió con el uniforme blanco de los relojeros de la Academia y volvió a revisar su cinturón de herramientas. Y aunque sabía que no faltaba ninguna, solo se tranquilizó tras repasarlo veintiocho veces. Su peso en la cadera, ligeramente ceñido, lo reconfortaba. Si no fuera porque se dirigía a la Torre del Reloj, podría haber sido otra mañana cualquiera. El camino era casi el mismo: para ir a la Academia había que tomar el tranvía; para la torre, seguir unos raíles abandonados, que cruzaban estaciones abandonadas y se perdían en direcciones prohibidas.

Aunque no había nadie más, la gigantesca Torre del Reloj, ligeramente inclinada a la izquierda, con muros cubiertos por hiedra y amapolas, le indicaron que no se había equivocado. Recordaba a una aguja torcida y rojiza; sus paredes eran de piedra que se deshacía, levantando un polvillo neblinoso que la envolvía igual que una aureola. A su sombra, diminuta en comparación, hacía frío, a su derecha, una humedad pegajosa, a su izquierda un calor seco y, entre medias, viento. Aunque la torre se mantuviera fija, daba la impresión de balancearse, igual que un péndulo, pero sin armonía.

Y como buen aprendiz de relojero, Abel supo reconocer el error.

Pudo contar siete averías, aunque de tres no estaba tan seguro y una quizás fuera inherente a la propia naturaleza de la torre. Incómodo por esas dudas, que se le atascaban en la cabeza igual que una máquina averiada, probó a distraerse. Buscó la puerta sin acercarse ni decidirse entre el frío o el calor. Desde aquella distancia apenas se distinguía el relieve de las paredes y mucho menos si había una puerta grabada en ellas. Pero tenía que haberla. La torre era muy fina, casi como un hueso, y gracias a su movimiento pudo rodearla con la mirada sin necesidad de moverse. «Pero hay una puerta», repitió. Lo habían dado en clase y hasta se decía en una canción popular. Había una puerta que se abría solo entre el paso de horas, en el espacio que dejaban dos minutos y en ese intervalo en el que un día se convertía en otro. El joven se mordió el labio y se contuvo para no consultar su cuaderno de notas. Estaba enrollado entre destornilladores, casi oculto, pues le avergonzaba llevarlo encima. Pero había sido incapaz de dejarlo en la mesa y no se imaginaba adentrándose en la Torre del Reloj sin su apoyo silencioso.

Nervioso, cambió el peso de un pie a otro. «¿Dónde está Jinx?», pensó. Durante un instante fantaseó con que el otro joven hubiera cambiado de opinión y no apareciese. Pero le conocía, no mucho ni bien, solo lo suficiente para saber con absoluta certeza que llegaría tarde y sin dejar de sonreír, aunque su alrededor estuviera tan cargado como una tormenta eléctrica. Abel suspiró y siguió buscando la puerta. Aquellos minutos de ventaja que había ganado se evaporarían si no lograba organizar sus próximos movimientos. Sería como una función de teatro, solo que esta vez el guion estaba sin escribir y a él le tocaría improvisar.

Se le empezaban a dormir las piernas cuando escuchó un silbido. Y lo reconoció sin necesidad de girarse. Tomó aire hasta que le dolieron los pulmones y dio media vuelta.

Jinx caminaba por los raíles oxidados con las manos en los bolsillos y solo una riñonera pequeña en vez del cinturón de herramientas. Vestía con un mono negro de tirantes con las rodillas remendadas y había vuelto a recogerse el cabello rubio en una coleta que se deshacía y de la que asomaban un lápiz y un destornillador tan fino como una horquilla y que aparentaba hacer esa misma función. A diferencia de su piel, pálida como las páginas de los libros y poco acostumbrada a estar bajo el sol, la de Jinx era tostada y destacaban rastros de cicatrices pálidas.

Sonreía, por supuesto.

Abel bufó, pero intentó controlarse para no perder los papeles.

—Llegas tarde —le increpó.

A Abel le hubiera gustado soltarle un «¡Llevo esperándote horas!», pero no acostumbraba a exagerar, así que se mordió la lengua y en su lugar le dedicó una mirada incendiara. El otro joven se llevó una mano a la nuca en un gesto despreocupado.

—Por un minuto.

Quizás era cierto, estuvo tentado a sacar un reloj y comprobarlo, pero daba lo mismo: alrededor de aquella torre las averías eran aún peores y más auspiciantes. Los dos tenían razón al mismo tiempo, en una molesta contradicción en la que Abel prefería no pensar.

—Vamos.

Le dio la espalda y se acercó a la torre como si esa no fuera su primera vez y supiera dónde se escondía aquella puerta caprichosa. El otro chico rio entre dientes y le siguió sin rechistar. «Parece que por fin se ha puesto serio», observó. Jinx era de un irritante despreocupado, que no respetaba ni reglas, ni horarios, ni protocolos. Había sufrido muchísimas pesadillas desde que anunciaron que sería su compañero. Pero parecía que, ante una avería capaz de desbarajustar el tiempo de Íleon, el alumno más problemático de la Academia también sabía comportarse tal y como exigía la situación.

Aunque los envolvía un silencio extraño e inesperado, molesto como una araña en la punta de la lengua, sospechoso como una sombra en un pasadizo vacío. Abel tuvo la impresión de andar acompañado por un maniquí o uno de esos autómatas vestidos con piel humana. Se le escapó una mirada de reojo solo para asegurarse de que no estaba solo. Jinx no parecía el de siempre, pero era indudablemente una persona de verdad, con las mejillas coloreadas por los cambios de temperaturas y ese brillo inconfundible en los ojos verdes.

Se decía mucho sobre lo que se escondía dentro de la Torre del Reloj. Sus vástagos de acero, manecillas y engranajes correteaban por Íleon igual que vientos traviesos, pero muy pocas personas entraban en la torre. Era peligroso, pues encerraba un equilibrio tan delicado que cualquier desliz repercutiría en la tierra y en el cielo, en los ríos y hasta en los árboles. El joven volvió a preguntarse en qué pensaba Amatista cuando le encargó aquella misión.

Tardaron varios minutos en recorrer un par de pasos y en unos segu

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