Filiaciones
CLAN DEL TRUENO
• Líder
– ESTRELLA AZUL: gata gris azulado con tonos
plateados alrededor del hocico.
• Lugarteniente
– GARRA DE TIGRE: enorme gato atigrado marrón oscuro,
con garras delanteras inusualmente largas.
• Curandera
– FAUCES AMARILLAS: vieja gata gris oscuro, de cara ancha
y chata; antiguo miembro del Clan de la Sombra.
– Aprendiza: CARBONILLA: gata gris oscuro.
• Guerreros (gatos y gatas sin crías)
– TORMENTA BLANCA: gran gato blanco.
– Aprendiza: CENTELLINA
– CEBRADO: lustroso gato atigrado negro y gris.
– RABO LARGO: gato atigrado de color claro
con rayas muy oscuras.
– Aprendiz: ZARPA RAUDA
– VIENTO VELOZ: gato atigrado muy veloz.
– SAUCE: gata gris muy claro de singulares ojos azules.
– MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.
– Aprendiz: ESPINO
– CORAZÓN DE FUEGO: hermoso gato rojizo.
– Aprendiz: NIMBO
– LÁTIGO GRIS: gato de pelaje largo y color gris uniforme.
– Aprendiz: FRONDE
– MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.
– TORMENTA DE ARENA: gata melado claro.
• Aprendices (de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)
– ZARPA RAUDA: gato blanco y negro.
– FRONDE: atigrado marrón dorado.
– NIMBO: gato blanco de pelo largo.
– CENTELLINA: gata blanca con manchas canela.
– ESPINO: atigrado marrón dorado.
• Reinas (gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)
– ESCARCHA: dotada de un bello pelaje blanco y ojos azules.
– PECAS: bastante atigrada.
– FLOR DORADA: de pelaje rojizo claro.
– COLA PINTADA: bastante atigrada, la mayor de las reinas con crías.
• Veteranos (antiguos guerreros y reinas, ya retirados)
– MEDIO RABO: gran gato atigrado marrón oscuro, de cola rabona.
– OREJITAS: gato gris de orejas muy pequeñas; el macho más viejo del Clan del Trueno.
– CENTÓN: pequeño gato blanco y negro.
– TUERTA: gata gris claro; es el miembro más viejo del Clan del Trueno; prácticamente ciega y sorda.
– COLA MOTEADA: en sus tiempos, bonita gata leonada con un precioso manto moteado.
– COLA ROTA: gato atigrado marrón oscuro, de pelaje largo; ciego. Antiguo líder del Clan de la Sombra.
CLAN DE LA SOMBRA
• Líder
– ESTRELLA NOCTURNA: viejo gato negro.
• Lugarteniente
– RESCOLDO: gato delgado y gris.
• Curandero
– NARIZ INQUIETA: pequeño gato blanco y gris.
• Guerreros
– RABÓN: gato atigrado marrón.
– Aprendiz: MANTO PARDO
– PATAS MOJADAS: gato atigrado gris.
– Aprendiz: ZARPA DE ROBLE
– CIRRO: atigrado muy pequeño.
• Reinas
– NUBE DEL ALBA: atigrada y pequeña.
– FLOR OSCURA: gata negra.
– AMAPOLA: atigrada marrón claro de patas muy largas.
CLAN DEL VIENTO
• Líder
– ESTRELLA ALTA: gato blanco y negro de cola muy larga.
• Lugarteniente
– RENGO: gato negro con una pata torcida.
• Curandero
– CASCARÓN: gato marrón de cola corta.
• Guerreros
– ENLODADO: gato marrón oscuro con manchas.
– Aprendiz: TRENZADO
– OREJA PARTIDA: macho atigrado.
– Aprendiz: ZARPA VELOZ
– BIGOTES: joven atigrado marrón.
– Aprendiz: ZARPA BLANCA
• Reinas
– PERLADA: gata gris.
– FLOR MATINAL: reina de color carey.
CLAN DEL RÍO
• Líder
– ESTRELLA DOBLADA: enorme gato atigrado de color claro, con la mandíbula torcida.
• Lugarteniente
– LEOPARDINA: gata atigrada con insólitas manchas doradas.
• Curandero
– ARCILLOSO: gato marrón claro de pelo largo.
• Guerreros
– PRIETO: macho negro grisáceo.
– Aprendiz: ZARPA POTENTE
– PEDRIZO: gato gris con las orejas marcadas con cicatrices de peleas.
– Aprendiz: ZARPA OSCURA
– TRIPÓN: gato marrón oscuro.
– Aprendiz: ZARPA ARGÉNTEA
– CORRIENTE PLATEADA: esbelta y bonita atigrada gris.
• Reinas
– VAHARINA: gata gris oscuro.
• Veteranos
– TABORA: gata gris, delgada, con el pelaje parcheado y el hocico lleno de cicatrices.
GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES
– CENTENO: gato blanco y negro; vive en una granja cercana al bosque.
– PATAS NEGRAS: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache; antiguo lugarteniente del Clan de la Sombra.
– GUIJARRO: gato atigrado plateado; antiguo miembro del Clan de la Sombra.
– PRINCESA: atigrada marrón claro, con el pecho y las patas blancas; es una gata doméstica.
– CUERVO: gato negro y lustroso, con la punta de la cola blanca; vive en la granja con Centeno.
– TIZNADO: rollizo y afable gato blanco y negro; adora vivir en una casa junto al bosque.


Prólogo
El frío atenazaba el bosque, los campos y los páramos semejaban una garra de hielo. La nieve lo cubría todo, reluciendo débilmente bajo la luna. Nada quebraba el silencio del bosque, excepto el suave susurro de la nieve que ocasionalmente caía de las ramas y el quedo roce de los juncos secos agitados por el viento. Incluso el murmullo del río quedaba silenciado por el hielo que se extendía de orilla a orilla.
Hubo un leve movimiento en el margen del río. Un gran gato marrón rojizo, con el pelaje ahuecado para protegerse del frío, apareció entre los juncos. Se iba hundiendo en la blanda nieve con cada paso que daba, tras lo cual sacudía las patas con impaciencia.
Delante de él, dos cachorritos se afanaban por avanzar con leves quejidos de angustia. Trastabillaban en la nieve y tenían el pelo de la barriga y las patas apelmazado en mechones helados. Cada vez que intentaban detenerse, el macho los obligaba a continuar con suaves empujones.
Los tres caminaron a duras penas a lo largo de la ribera hasta que el río se ensanchó. Aguardaron frente a una pequeña isla, no muy alejada de la orilla y rodeada por densos cañaverales. Los tallos secos de los juncos asomaban a través del hielo. Sauces achaparrados y desnudos ocultaban el centro de la isla, detrás de sus ramas cubiertas de nieve.
—Ya casi hemos llegado —anunció el macho con tono alentador—. Seguidme.
Se deslizó por el margen del río hasta un paso congelado a través de los juncos, y al final saltó a la tierra seca y crujiente de la isla. El mayor de los cachorros lo siguió dando traspiés, pero el más pequeño se desplomó sobre el hielo y se quedó allí, maullando lastimeramente. El macho se le acercó e intentó ponerlo en pie, pero el gatito estaba demasiado exhausto para moverse. Le dio un lametón en las orejas, consolando rudamente a aquella criaturita desvalida, y luego lo agarró por el pescuezo para llevarlo a la isla.
Más allá de los sauces había un campo abierto salpicado de arbustos. La nieve cubría la tierra, surcada de huellas de numerosos gatos. El claro parecía desierto, pero desde los refugios relucían ojos brillantes, observando cómo el macho se encaminaba a la zona de arbustos y cruzaba el muro exterior de zarzas enmarañadas.
El aire gélido del ambiente dio paso a la calidez de la maternidad y el olor a leche. En un mullido nido de musgo y brezo, una gata gris estaba amamantando a un cachorro atigrado. La gata levantó la cabeza cuando el macho se acercó para dejar a la cría en el suelo delicadamente. El segundo gatito entró en la maternidad tambaleándose e intentó abrirse paso hasta el nido.
—¿Corazón de Roble? —maulló la gata—. ¿Qué traes?
—Cachorros, Tabora —respondió el macho—. ¿Te ocuparás de ellos? Necesitan una madre que los cuide.
—Pero... —Los ojos ámbar de Tabora reflejaron su conmoción—. ¿De quién son? No pertenecen al Clan del Río. ¿De dónde los has sacado?
—Los he encontrado en el bosque. —Habló sin mirarla a los ojos—. Tienen suerte de que no los haya encontrado primero un zorro.
—¿En el bosque? —repitió Tabora, con voz ronca de incredulidad—. Corazón de Roble, no me hables como si tuviera el cerebro de un ratón. ¿Qué gata abandonaría a sus crías en el bosque, sobre todo con un tiempo como éste?
El gran felino se encogió de hombros.
—Tal vez lo hayan hecho gatos solitarios, o Dos Patas. ¿Cómo voy a saberlo? No podía dejarlos allí, ¿no crees? —Olfateó al cachorro más pequeño, que yacía inmóvil excepto por el ritmo de su respiración—. Tabora, por favor... Tus demás hijos han muerto, y éstos morirán también si no los ayudas.
Los ojos de la gata se empañaron de dolor. Miró a las dos crías. Sus boquitas sonrosadas se abrían en penosos maullidos.
—Tengo mucha leche —murmuró al fin, en parte para sí misma—. Me ocuparé de ellos.
Corazón de Roble soltó un suspiro de alivio. Agarró primero a un cachorro y luego al otro para depositarlos junto a Tabora. Ella los atrajo dulcemente a la curva de su vientre, junto a su propio hijo, donde empezaron a mamar ansiosamente.
—Sigo sin entenderlo —maulló la gata cuando los pequeños estuvieron bien acomodados—. ¿Por qué dejarían a dos cachorros solos en el bosque en medio de la estación sin hojas? Su madre debe de estar loca de inquietud.
El gato marrón rojizo toqueteó un trozo de musgo con una de sus enormes zarpas delanteras.
—No los he robado, si es lo que estás pensando.
Tabora lo miró entornando los ojos.
—No, no creo que lo hayas hecho —repuso al fin—. Pero no me estás contando toda la verdad, ¿me equivoco?
—Te he contado todo lo que necesitas saber.
—¡No es cierto! —Los ojos de Tabora llamearon—. ¿Qué pasa con su madre? Yo sé lo que es perder hijos. No le desearía esa clase de dolor a ninguna gata.
Corazón de Roble levantó la cabeza y la fulminó con la mirada, con un quedo gruñido desde lo más profundo de la garganta.
—Probablemente su madre sea una gata desarraigada. No es cuestión de salir a buscarla con este tiempo.
—Pero, Corazón de Roble...
—¡Tú ocúpate de los pequeños, por favor! —Se puso en pie y dio media vuelta bruscamente para salir de la maternidad—. Te traeré algo de carne fresca —dijo por encima del hombro antes de marcharse.
Una vez a solas, Tabora se inclinó sobre los cachorros y empezó a lamerlos para que entraran en calor. La nieve derretida se había llevado casi todo su olor, pero aun así todavía pudo distinguir los aromas del bosque, de hojas secas y tierra congelada. Y debajo de todo aquello había algo todavía más tenue...
Tabora dejó de lamer. ¿De verdad había percibido eso o se estaba imaginando cosas? Volvió a bajar la cabeza y abrió la boca para aspirar los olores de los cachorros.
Se le dilataron los ojos y se quedó mirando sin ver las oscuras sombras que bordeaban la maternidad. No se había equivocado. El pelo de aquellos dos gatitos sin madre —cuyo origen Corazón de Roble se negaba a explicar— ¡tenía el inconfundible olor de un clan enemigo
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1
El viento helado empujaba la nieve contra la cara de Corazón de Fuego mientras éste se afanaba en descender la quebrada que conducía al campamento del Clan del Trueno, con el ratón que había cazado bien sujeto entre los dientes. Los copos caían tan densamente que apenas podía ver por dónde iba.
La boca se le estaba haciendo agua con el olor de la presa. No había comido nada desde la noche anterior, una cruda señal de lo escasa que era la caza durante la estación sin hojas. El estómago le dolía de hambre, pero no pensaba quebrantar el código guerrero: primero había que alimentar al clan.
Una punzada de orgullo lo distrajo brevemente de la fría nieve que salpicaba su manto anaranjado: recordó la batalla en la que había participado tan sólo tres días antes. Se había unido a los demás guerreros del Clan del Trueno para ayudar a los del Clan del Viento, que vivían en los páramos y habían sido atacados por los otros clanes del bosque. Muchos gatos habían resultado heridos en el enfrentamiento, de modo que todavía era más importante que los que pudiesen cazar llevaran comida a casa.
Al avanzar por el túnel de aulagas que conducía al campamento, parte de la nieve que cubría las espinosas ramas le cayó en la cabeza y el joven guerrero sacudió las orejas. Los espinos que rodeaban el campamento ofrecían cierta protección contra el viento, pero el claro que se abría en el centro estaba desierto. Los gatos preferían quedarse en sus guaridas cuando la nieve era tan espesa. Por el manto helado asomaban tocones y las ramas de un árbol caído. Una línea de huellas iba desde el dormitorio de los aprendices hasta el zarzal donde se cuidaba de los cachorros. Al ver el rastro, Corazón de Fuego no pudo evitar recordar que en esos momentos él no tenía ningún aprendiz, ya que Carbonilla había resultado herida junto al Sendero Atronador.
Atravesó la capa de nieve hasta el centro del campamento y dejó el ratón en el montón de carne fresca, junto al arbusto en que dormían los guerreros. El montón era penosamente pequeño. Las presas que conseguían eran escasas y escuálidas, apenas suponían un bocado para un guerrero hambriento. No habría más ratones rollizos hasta la estación de la hoja nueva, para la que aún faltaban muchas lunas.
Corazón de Fuego se disponía a seguir cazando cuando un fuerte maullido sonó tras él. Se volvió al instante.
Garra de Tigre, el lugarteniente del Clan del Trueno, estaba saliendo de la guarida de los guerreros.
—¡Corazón de Fuego!
El joven guerrero se acercó a su superior, bajando respetuosamente la cabeza, pero consciente de cómo lo abrasaban los ojos ámbar del enorme atigrado. Volvió a recordar todas sus sospechas sobre Garra de Tigre. El lugarteniente era fuerte, respetado y un guerrero excepcional, pero tenía el alma negra.
—Hoy no tienes que salir otra vez de caza —gruñó Garra de Tigre—. Estrella Azul os ha elegido a ti y a Látigo Gris para que asistáis a la Asamblea.
Corazón de Fuego sacudió las orejas de emoción. Era un honor acompañar a la líder del clan a la Asamblea, donde los cuatro clanes se reunían en paz cada luna llena.
—Será mejor que ahora comas algo —añadió el lugarteniente—. Partiremos cuando salga la luna. —Y empezó a cruzar el claro en dirección a la Peña Alta, donde tenía su guarida Estrella Azul, la líder del clan, pero se detuvo y giró su gran cabeza hacia Corazón de Fuego—. En la Asamblea, asegúrate de recordar a qué clan perteneces —siseó.
El joven notó que se le erizaba el pelaje.
—¿Qué te hace decir eso? —preguntó con atrevimiento—. ¿Acaso crees que sería desleal a mi propio clan?
Garra de Tigre se volvió para mirarlo de frente, y Corazón de Fuego procuró no arredrarse ante la amenaza que irradiaban los tensos omóplatos del atigrado.
—Te vi en la última batalla. —Hablaba con un gruñido bajo y tenía las orejas pegadas al cráneo—. Vi cómo dejabas escapar a esa guerrera del Clan del Río —bufó.
El joven guerrero se estremeció, recordando la batalla del campamento del Clan del Viento. Lo que decía Garra de Tigre era verdad. Había permitido que aquella guerrera huyese sin un solo rasguño, pero no por cobardía ni deslealtad. La gata en cuestión era Corriente Plateada. Sin que lo supiera el resto del clan, Látigo Gris, el mejor amigo de Corazón de Fuego, se había enamorado de ella, y había sido incapaz de herirla.
Él había hecho lo imposible por convencer a Látigo Gris de que dejara de ver a Corriente Plateada, pues su relación iba contra el código guerrero y los ponía a ambos en un grave peligro. Pero, aun así, jamás traicionaría a su amigo.
Por otro lado, Garra de Tigre no tenía derecho a acusar a ningún gato de deslealtad. Durante la batalla se había mantenido al margen, presenciando cómo Corazón de Fuego luchaba a muerte contra un guerrero enemigo, y se había alejado en vez de ir a ayudarlo. Y ésa no era la peor acusación que podía hacer contra el lugarteniente. Sospechaba que Garra de Tigre había asesinado a Cola Roja, antiguo lugarteniente del Clan del Trueno, y que incluso había planeado deshacerse de la mismísima líder.
—Si crees que soy desleal, díselo a Estrella Azul —le espetó desafiante antes de enseñarle los colmillos gruñendo y empezar a agazaparse, desenvainando las uñas.
—No hay por qué molestar a Estrella Azul —siseó Garra de Tigre—. Puedo encargarme de un minino casero como tú.
Lo miró sin parpadear un largo instante. Con un sobresalto, Corazón de Fuego advirtió que, además de desconfianza, en los ardientes ojos ámbar había un rastro de temor. «Se está preguntando cuántas cosas sé de él», pensó de repente.
Cuervo, amigo de Corazón de Fuego y antiguo aprendiz del propio Garra de Tigre, había presenciado el asesinato de Cola Roja. Garra de Tigre trató de matarlo para impedir que hablara, de modo que Corazón de Fuego se lo llevó a vivir con Centeno, un gato solitario que vivía junto a una granja de Dos Patas en el otro extremo del territorio del Clan del Viento. Corazón de Fuego también había intentado contarle a Estrella Azul la historia de Cuervo, pero la líder se negaba a creer que su valeroso lugarteniente fuera culpable de algo semejante.
Mientras le devolvía a Garra de Tigre una mirada iracunda, se sintió frustrado de nuevo: como si un árbol le hubiera caído encima y estuviera clavado al suelo.
Sin una palabra más, Garra de Tigre dio media vuelta y se alejó con paso airado. Corazón de Fuego lo observó marcharse, y entonces oyó un susurro en la guarida de los guerreros: Látigo Gris asomó la cabeza entre las ramas.
—¿Qué demonios estás haciendo? —maulló—. ¡Mira que buscar pelea con Garra de Tigre! ¡Acabará haciéndote picadillo!
—Ningún gato tiene derecho a llamarme desleal —protestó Corazón de Fuego.
Látigo Gris inclinó la cabeza y se dio un par de lametones en el pecho.
—Lo lamento —masculló—. Sé que todo esto es porque Corriente Plateada y yo...
—No, no lo es; y lo sabes de sobra. El problema no eres tú, sino Garra de Tigre. —Se sacudió, esparciendo la nieve que le cubría el pelaje—. Vamos, es hora de comer.
Látigo Gris salió del refugio y fue hacia el montón de carne fresca dando saltos. Corazón de Fuego lo siguió, escogió un ratón de agua y se lo llevó a la guarida de los guerreros. Látigo Gris se sentó junto a él, cerca de la cortina de ramas exterior.
Tormenta Blanca y otro par de guerreros dormían enroscados en el centro del arbusto; aparte de ellos, la guarida estaba vacía. Los cuerpos dormidos caldeaban el ambiente; la nieve prácticamente no había atravesado el denso dosel de ramas.
Corazón de Fuego dio un buen mordisco al ratón. La carne estaba dura y correosa, pero tenía tanta hambre que le supo deliciosa. Se acabó demasiado rápido, pero era mejor que nada, y le daría la fuerza que necesitaba para ir a la Asamblea.
Cuando Látigo Gris terminó su comida en apenas unos bocados voraces, los dos guerreros se tumbaron juntos, acicalándose mutuamente el frío pelaje. Para Corazón de Fuego era un alivio volver a compartir lenguas con su amigo, después de los penosos momentos en que parecía que el amor de éste por Corriente Plateada iba a destruir su amistad. Aunque seguía preocupado por el romance prohibido de Látigo Gris, desde la batalla su amistad había renacido y volvía a ser tan estrecha como antes. Necesitaban confiar el uno en el otro para sobrevivir en la larga estación sin hojas, y Corazón de Fuego sabía que necesitaba el apoyo de Látigo Gris ante la creciente hostilidad de Garra de Tigre.
—Me pregunto qué novedades conoceremos esta noche —murmuró—. Espero que los clanes del Río y de la Sombra hayan aprendido la lección. El Clan del Viento no volverá a ser expulsado de su territorio.
Látigo Gris cambió de postura, incómodo.
—La batalla no fue sólo por ambición territorial —señaló—. Las presas son aún más escasas de lo habitual... El Clan del Río está pasando hambre desde que los Dos Patas se instalaron en sus tierras.
—Lo sé. —Corazón de Fuego sacudió las orejas, comprensivo a su pesar, pues entendía que su amigo quisiera defender al clan de Corriente Plateada—. Pero obligar a otro clan a abandonar su territorio no es la solución.
Látigo Gris le dio la razón entre dientes, y los dos guardaron silencio. Corazón de Fuego imaginaba cómo debía de sentirse su amigo. Sólo habían transcurrido unas pocas lunas desde que atravesaron el Sendero Atronador para buscar al Clan del Viento y llevarlo de vuelta a su hogar. Por otro lado, Látigo Gris se ponía en el lugar del Clan del Río por su amor hacia Corriente Plateada. No había respuestas fáciles. La escasez de presas sería un problema tremendo para los cuatro clanes, al menos hasta que la estación sin hojas relajara su cruel presión sobre el bosque.
Medio amodorrado bajo los lametones de Látigo Gris, Corazón de Fuego dio un salto al oír un crujido de ramas fuera de la guarida. Entró Garra de Tigre, seguido por Cebrado y Rabo Largo. Los tres lo miraron ceñudos mientras se acomodaban muy juntos en el centro del arbusto. El joven los observó con los ojos entornados, deseando poder captar su conversación. Era fácil suponer que estaban conspirando contra él. Tensó los músculos al comprender que jamás estaría seguro en su propio clan mientras la traición de Garra de Tigre siguiera siendo un secreto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Látigo Gris levantando la cabeza.
Corazón de Fuego se estiró, procurando relajarse de nuevo.
—No me fío de ellos —murmuró, moviendo las orejas en dirección al lugarteniente y sus compañeros.
—No te culpo. Si Garra de Tigre llegara a enterarse de lo de Corriente Plateada... —Látigo Gris se estremeció.
Corazón de Fuego se pegó a su costado, reconfortándolo, mientras seguía aguzando el oído para captar qué decía el lugarteniente. Le pareció oír su nombre, y estuvo tentado de acercarse disimuladamente un poco más, pero entonces su mirada se cruzó con la de Rabo Largo.
—¿Qué estás mirando, minino casero? —siseó el guerrero atigrado—. El Clan del Trueno sólo quiere gatos leales. —Y le dio la espalda deliberadamente.
El joven se puso en pie.
—¿Quién te ha dado el derecho de cuestionar mi lealtad? —bufó.
Rabo Largo no le hizo caso.
—¡Ahí lo tienes! —masculló Corazón de Fuego a su amigo—. Es obvio que Garra de Tigre está propagando rumores sobre mí.
—Pero ¿qué puedes hacer? —Látigo Gris parecía resignado a la hostilidad del lugarteniente.
—Quiero hablar de nuevo con Cuervo. Quizá recuerde algo más sobre la batalla, algo que yo luego pueda usar para convencer a Estrella Azul.
—Pero ahora Cuervo vive en una granja de Dos Patas. Tendrías que atravesar todo el territorio del Clan del Viento. ¿Cómo explicarías en el campamento una ausencia tan larga? Sólo serviría para que las mentiras de Garra de Tigre parecieran la verdad.
Corazón de Fuego estaba deseando correr ese riesgo. Jamás le había pedido a Cuervo detalles sobre cómo murió Cola Roja en la batalla contra el Clan del Río, ya muchas lunas atrás. Entonces le pareció más importante apartar al aprendiz del camino de Garra de Tigre.
Ahora sabía que necesitaba averiguar qué había visto Cuervo exactamente. La razón: cada vez estaba más convencido de que su viejo amigo debía de saber algo que demostrara lo peligroso que era Garra de Tigre para el clan.
—Iré esta noche —maulló quedamente—. Después de la Asamblea me escabulliré. Si regreso con carne fresca, podré decir que estaba cazando.
—Te estás arriesgando mucho —replicó Látigo Gris, dándole un rápido y afectuoso lametón en la oreja—. Pero Garra de Tigre también es mi problema. Si estás decidido a ir, entonces te acompañaré.
La nieve había dejado de caer y las nubes habían desaparecido cuando los gatos del Clan del Trueno —Corazón de Fuego y Látigo Gris entre ellos— salieron del campamento y se internaron en el bosque en dirección a los Cuatro Árboles. El suelo nevado parecía resplandecer a la blanca luz de la luna llena, y la escarcha centelleaba en todas las ramas y piedras.
Una brisa soplaba en su dirección, ondulando la superficie de la nieve y arrastrando el olor de muchos gatos. Corazón de Fuego se estremeció emocionado. Los territorios de los cuatro clanes felinos se tocaban en la hondonada sagrada, donde cada luna llena se declaraba una tregua para que los distintos clanes se reunieran bajo los cuatro grandes robles que se alzaban en el centro del claro, rodeado de laderas empinadas.
Corazón de Fuego se detuvo detrás de Estrella Azul. La gata se había agazapado para recorrer sigilosamente los últimos pasos hasta lo alto de la pendiente y desde allí atisbar hacia abajo. En medio del claro, entre los robles, se erguía una roca, cuya silueta negra y desigual se recortaba contra la nieve. Mientras esperaba la señal de su líder para seguir adelante, Corazón de Fuego observó a los gatos que se saludaban a sus pies. No pudo evitar advertir las miradas de odio y el pelo erizado cuando el Clan del Viento se encontró con gatos de los clanes de la Sombra y del Río. Era obvio que ninguno de ellos había olvidado la reciente batalla; si no fuera por la tregua, estarían clavándose las garras.
Reconoció a Estrella Alta, el líder del Clan del Viento, sentado cerca de la Gran Roca con Rengo, su lugarteniente. No muy lejos de ellos estaban Nariz Inquieta y Arcilloso, los curanderos de los clanes de la Sombra y del Río, observando a los otros gatos.
Al lado de Corazón de Fuego, Látigo Gris tenía los músculos tensos y los ojos brillantes de ilusión mientras escrutaba el claro. Siguiendo su mirada, Corazón de Fuego vio cómo Corriente Plateada surgía de entre las sombras, con su hermoso pelaje negro y plateado
