Sígueme hasta desaparecer

Brenna Yovanoff

Fragmento

cap-1

WAVERLY

Hay algo de horrible en el sol.

Se eleva desde el horizonte como si se tratara de un globo aerostático. Un momento, su resplandor te parece brillante y tímido, y al siguiente centellea amenazadoramente desde lo alto, como si reflejase la ira de Dios.

A veces, cuando pasas demasiadas noches con la mirada fija en el reloj, cuesta distinguir si algo es real o si simplemente lo estás antropomorfizando.

Todos los días sigo una secuencia de acontecimientos; las horas me indican qué camino seguir. Si un momento sigue al anterior de forma lógica, quiere decir que está sucediendo de verdad.

Son las 13:23. Estoy en mi pupitre en la clase de Francés de la señora Denning, detrás de Caitie Price y delante de CJ Borsen, porque es ahí donde me siento.

Estoy en clase de Francés porque ya he superado oficialmente el máximo de créditos de español que ofrece el Henry Morgan, y me estoy quedando sin asignaturas optativas entre las que elegir. Era o francés o decoración de interiores. A veces, cuando muestras demasiada iniciativa, nadie sabe muy bien dónde ponerte.

Estamos desmitificando deportes y otras actividades a base de balbucear inarticuladamente frases sobre nuestras aficiones. De momento, contamos con cinco aspirantes a músicos, tres jugadores de fútbol y un puñado de chicos descarriados que se divierten desmontando coches y volviéndolos a montar.

Tengo el libro abierto por la unidad de «Sport et loisir», y sé que no estoy soñando porque las letras no se deslizan por el papel. Sé las respuestas a todas las preguntas de repaso, y, cuando la señora Denning dice mi nombre, ya he decidido que no contaré la verdad sobre mis actividades de ocio.

La profesora está delante de todos y se retuerce las manos, seguramente intentando descubrir por qué su vida ha sido un fracaso.

—Emily —dice, con aspecto desesperanzado—. ¿Y tú? ¿Cuáles son tus aficiones?

La fantasía era la siguiente: durante la clase, la señora Denning solo se dirigiría a nosotros en francés. No había por dónde cogerlo. Como todos los planes elaborados con mimo, se desmoronó enseguida, hecho trizas bajo el peso de su propia ambición.

J’aime danser —contesta Emily Orlowsky, y entonces vuelve a la tarea que tenía entre manos, que consiste en pintarle las uñas con típex a Olivia Tantum.

Yo, diligentemente, las imagino bailando en un motín salvaje de escotes y lápices de ojos.

—Muy bien —repone la señora Denning, con una voz que da a entender que no está bien en absoluto, es más, que incluso le resulta horripilante.

La profesora usa su escritorio como si fuese una barricada, y dirige su atención a la última fila.

—¿Marshall? ¿Te gustaría hablarnos sobre tu actividad de ocio preferida?

Marshall Holt levanta la vista. Entonces vuelve a bajarla hacia su mesa con la misma rapidez, y con un acento impecable y monótono, dice:

J’aime jeter un pétard avec mes amis.

La señora Denning se inclina hacia delante, sinceramente convencida de que no le está tomando el pelo.

Très bien. Et où est-ce-que vous allez jeter le pétard?

Au parc.

Me gusta tirar un petardo con mis amigos en el parque. Brillante. Marshall Holt, eres un genio. Y qué maduro.

A nuestro alrededor, todo el mundo se esconde detrás de los libros de texto para reírse. La señora Denning sigue mirando a Marshall con la misma expresión triste y esperanzada, como si estuviese a punto de entender el chiste.

Durante un segundo, él parece casi arrepentido, pero el daño ya está hecho. Cuando recuerda cuál es la acepción coloquial de «petardo», la profesora languidece y juguetea con el vaso de plástico que usa como lapicero, escudriñando el aula en busca de alguien que no la traicione.

—Waverly, ¿puedes decirnos alguna otra actividad de ocio?

El mío es el rostro inteligente y luminoso en el que fija la mirada para no sentir que se está ahogando. Tan prometedor, tan lleno de esperanza. Waverly puede decirte la raíz cuadrada de cualquier número perfecto y explicarte cómo conjugar el verbo brûler. Sí, Waverly lo sabe todo sobre la inmolación. ¿Qué se celebra el día de la Bastilla? ¿Quién puede nombrar tres de los temas sobre los que versa La metamorfosis?

Waverly jamás te diría que su principal afición es fumar porros en los columpios del Basset Park en las noches de entre semana.

Waverly es una muy buena chica.

Waverly es tan virtuosa que hace que te entren ganas de morirte.

Mantengo las manos plegadas sobre la mesa. La gente me está mirando, miran mi expresión solícita, mi pelo pulcramente peinado, mientras piensan: «Qué buena, qué maja que es Waverly. Es perfecta, joder». Mientras piensan: «¿Quién se ha creído que es?».

Cuando respondo, sueno vacilante y lo hago con un hilo de voz.

J’aime courir.

«Mal», dice la chica que habita en mi mente. «Incorrecto. Tristemente inexacto.» Corro, pero no porque me guste. Lo que me gusta no tiene nada que ver con eso. Corro porque las noches son muy largas, y porque no puedo no correr.

Cuando la luz se va y la luna se apaga, me escapo por la puerta del jardín. Bajo por Breaker Street y corro por la mediana. Giro por Buehler y doy rienda suelta a mi energía en forma de zancadas. Desde allí, me dirijo hacia ese punto inalcanzable situado en el horizonte. A veces corro kilómetros y kilómetros.

La señora Denning sonríe desde detrás del escritorio.

Merci, Waverly —dice.

Se me ocurre un pequeño postulado y lo anoto. El teorema de la perfección. La efectividad de tu persona es inversamente proporcional a lo que la gente sabe de ti. Yo soy un ejemplo ilustrativo: dos trayectorias divergentes que en el gráfico se alejan radicalmente la una de la otra.

Hay dos Waverlys. Una va muy bien arreglada, académicamente no tiene parangón, es bastante atractiva y termina el recorrido del entrenamiento de campo a través en el Basset en menos de dieciocho minutos. En dieciséis y medio cuando tiene un buen día.

La otra es un secreto.

La Waverly secreta es la que no duerme nunca.

Maribeth Whitman es mi mejor amiga en el mundo entero, por siempre jamás, si crees en ese tipo de cosas. Somos como Watson y Crick, como Donner y Blitzen. Siempre hemos ido a las mismas clases de nivel avanzado, nos hemos apuntado a los mismos clubes, hemos aprendido los mismos corolarios, estudiado las mismas ecuaciones y nos hemos enterado de los mismos escándalos. Hemos estado tejiendo pulseritas con hilos de colores desde la guardería.

Mientras me abro camino por el pasillo de las aulas de lengua hacia la zona de las taquillas, se me tira encima con los brazos abiertos, y aunque nos rodee más o menos la mitad de la clase de los de penúltimo curso y yo odie ser tan pegajosa delante de la gente, le devuelvo el abrazo.

Maribeth sabe cómo sacar el máximo partido de todos sus rasgos. Tiene un rostro tan dulce que, si la miras demasiado rato, te da la sensación de que el tiempo se sucede a cámara rápida y de que te van apareciendo manchas negras y esponjosas en los dientes. Tiene el pelo de un color tan rubio que hace que te imagines halos de luz llenos de gatitos.

—Dios —dice mientras me coloca el flequillo detrás de la oreja—. Tienes esa sonrisa tan rara otra vez. Es como defectuosa. ¿Duermes algo por las noches?

Reajusto mi boca para que el gesto vuelva a resultar agradable y hago girar la rueda del candado de mi taquilla.

—Un poco —contesto. Y esa es la verdad, literalmente. Estoy durmiendo una media de tres horas por noche.

Saca un lápiz de su mochila y empieza a pasar hojas de la libreta, buscando una página en blanco.

—Pues es mejor que le pongas remedio, a no ser que quieras parecer una muerta viviente el día del baile. Esta noche vienes a eso, ¿no?

—Sí, a no ser que alguien de campo a través le prenda fuego al entrenamiento. No, espera. Eso lo hacían los hunos. Sí, allí estaré.

Arruga la frente mientras añade mi nombre a su lista, deslizando el lápiz sobre el papel con diligencia, y me parece asombroso lo bien que la conozco. Sé que si siempre toma sus apuntes con lápiz no es porque alguna vez tenga que borrar nada, sino por lo mucho que puede afilar la punta, y también sé que con «eso» se refiere a la reunión para organizar el baile. Del mismo modo que ella sabe que no siempre puedo dormir, y que me hacen gracia los chistes de guerras, aunque a nadie más le parezcan divertidos. Y que mi hábitat natural se encuentra en un lugar tan enterrado dentro de mi propia mente que no siempre recuerdo qué expresión debería llevar puesta.

Con una sonrisa cómplice, se inclina hacia mí hasta que su mejilla casi toca la mía, y susurra:

—Creo que estoy haciendo muchos progresos en el comité del baile; esta vez de verdad. Vas a estar orgullosísima de mí.

Este es el territorio fascinante en el que las fortalezas de Maribeth y las mías se superponen. Mi mejor baza es mi capacidad para comprender el funcionamiento de patrones y jerarquías. La suya es un compromiso incansable por ganar.

Da unos golpecitos en la libreta.

—He conseguido convencer a los secuaces de Loring para que la reunión sea en mi casa en lugar de en la suya, y ya se sabe que si controlas el territorio tienes ganado un noventa por ciento. Soy invencible.

Hay dos Maribeths, pero, al contrario de lo que sucede con la segunda Waverly, la segunda Maribeth se desenmascara ante ciertos individuos en ciertos momentos clave. Pero conocer su identidad encubierta y secreta no te convierte en alguien especial, ni significa que tengas suerte. La segunda Maribeth es una mala puta.

Me tiene cogida del codo, y huele a rotulador permanente y a vainilla. Loring ha estado al mando de todos los eventos extracurriculares no deportivos de nuestra clase desde que empezamos el instituto, y se le han dado terriblemente mal durante todo ese tiempo. Eso, unido a su evidente falta de astucia, la convierten en un sujeto susceptible de ser suplantado.

—No sé si te has dado cuenta —dice Maribeth mientras me estrecha el brazo de forma cómplice—, pero estamos a punto de adueñarnos de todos los eventos sociales que faltan hasta que nos graduemos.

En mis labios se están formando dos perfectas sílabas de forma espontánea. «¿Por qué?» ¿Por qué nos centramos en esto? ¿Por qué deseamos algo así? ¿Por qué estás tan obsesionada con organizar cosas?

Pero, en realidad, no tengo que preguntarle por qué. Ya sé la respuesta.

El comité de organización del baile es algo a lo que entregarse en cuerpo y alma. La recompensa es una actividad extraescolar más que añadir a tus solicitudes para las universidades de la Ivy League.

Tu nota media no es suficiente. Tu inteligencia y tu constancia no son suficientes. Correr campo a través significa que tienes empuje y disciplina. El comité formal de organización del baile significa que no eres socialmente defectuosa.

Maribeth está redactando la orden del día para la reunión, pontificando sobre temas como cuándo debemos empezar a hacer los carteles, pero yo no la escucho.

Pienso en la ancha y sincera sonrisa de Loring. En su forma de concentrarse, prestando toda su atención y fracasando de todos modos, por mucha devoción con que lo intente. Pienso en el triste destino de las Lorings que hubo antes que ella, en cómo Maribeth las hace pedacitos.

—¡Vamos! —me apremia, cogiéndome del brazo—. Tengo que retocarme el maquillaje antes de clase de Química para que Hunter me invite a ir con él al cine este fin de semana.

Maquiavelo se quedó prendado de César Borgia porque le fascinaba lo despiadado que era.

Maribeth Whitman es la chica más despiadada que conozco.

Unos cuantos estudiantes de los primeros cursos están arremolinados alrededor de las pilas del cuarto de baño del ala oeste, pero se apartan diligentemente de nuestro camino en cuanto empezamos a abrirnos paso entre ellos. Ya han entendido cómo funciona la jerarquía, y eso que todavía estamos en octubre.

Observo cómo Maribeth se aplica el brillo de labios, de un alegre color rosa, y después busca un cepillo del pelo en su mochila.

Ella fue quien me dijo, cuando estábamos en la escuela primaria, que la gente pensaba que yo era rara. Demasiado callada y demasiado seria.

—Deberías sonreír más —me aconsejó un día cuando teníamos diez años, mientras esperábamos nuestro turno para darle a la pelota. Estábamos jugando al tetherball, que consiste en irse pasando una pelota atada a un poste con una cuerda, sin que la cuerda acabe enredándose en él.

—¿Por qué? —pregunté yo—. No quiere decir que me pase algo, es solo que no me apetece.

Entonces, Maribeth me miró como si perteneciese a una especie no identificada e inclinó la cabeza.

—Bueno, no tiene que apetecerte —repuso—. Se sonríe por fuera. Cuando sonríes, es para que lo vean los demás.

Aquello fue toda una revelación. Allí mismo, en el patio, mientras observaba cómo Caitie Price perdía su ronda de tetherball contra Cynthia Lopez, que le sacaba una cabeza, llegué a la conclusión de que tal vez esa era la ventaja de los extrovertidos: saben cómo funciona el mundo que los rodea.

Maribeth se acerca más al espejo y se peina con los dedos. Se mira con ojos perspicaces y el cepillo preparado, pero lo cierto es que no hay nada en su imagen que necesite algún retoque. De todos modos, sigue trabajando en su aspecto mientras yo la espero junto a los dispensadores de papel, estudiando la colección de confesiones en forma de grafiti que cubren la pared del suelo al techo. Aquí es donde la gente viene a confesar sus secretos. No hay nombres ni nada que los identifique, excepto una amplia variedad de bolígrafos diferentes.

No todos los secretos son secretos («El señor Cordrey tiene pelo en la nariz»). Otros son demasiado tristes como para tomarlos en consideración, y, por lo tanto, nadie los menciona ni da muestras de haberlos leído.

La mayoría no son más que las cosas horribles y duras que la gente siente, pero no dice. Cosas como estas:

 

Solo me gustan los chicos a los que no les intereso en absoluto. En cuanto yo empiezo a gustarles, me cuelgo de otra persona. ¿Y si me quedo sola para siempre?

 

Me gustaría ser delgada. Pero, si lo fuera, estoy segura de que sería una guarra.

 

Creo que perdí mi virginidad el sábado, pero no me acuerdo del todo y no me atrevo a preguntárselo a él.

Suena la campana que indica que empieza la clase siguiente y Maribeth se da la vuelta y se apoya en la pila.

—Estoy guapa, ¿verdad? Quiero que Hunter caiga rendido a mis pies.

Su pelo es una cortina resplandeciente de genes nórdicos y ambición. En la pared, junto al dispensador de jabón, alguien ha escrito en forma de estrofa:

Burlada

Insegura

Emocional

Neurótıca

La primera letra de cada palabra está escrita con letras mayúsculas, de forma que verticalmente se lee BIEN.

A mi lado, Maribeth está mirando su reflejo con los ojos entornados otra vez, como si hubiera algo en él que no le gusta, aunque su maquillaje y su peinado están bien. Todo está bien.

—Estás guapísima —la tranquilizo. A la «i» de «Neurótica» le falta el punto. Siento una necesidad compulsiva de sacar mi bolígrafo y añadirlo, pero me parece excesivo. Presiono con el dedo sobre el lugar en el que debería estar—. Hunter no será capaz de resistirse.

Maribeth sonríe, mira hacia la pared y pone los ojos en blanco.

—Por Dios, no me puedo creer que la gente escriba ahí sus miserias. ¿Es que no se han enterado de que estamos en la era de la información? En fin, es obvio que alguien se dará cuenta de quiénes son. Es como si lo hicieran solo para que los demás sintamos pena por ellas.

—Hay dos mil quinientos alumnos en este instituto —le recuerdo mientras me dirijo hacia la puerta—. Supongo que creen que la cantidad equivale al anonimato.

Ella asiente, pero me doy cuenta de que no le ha hecho mucho caso a lo que acabo de decir. No le importa la empatía, ni la necesidad de confesarse, ni nada a lo que no le encuentre una utilidad inmediata.

—Bueno... —dice—. Si eso es lo que necesitan... Pero a mí me parece penoso. Y, ahora que lo pienso, después te toca lidiar con tragedias ajenas, ¿no? Mejor que tengas cuidado con todas esas emociones intempestivas.

Con ese desganado tono de burla tan típico de mí, contesto lo que se espera que conteste:

—¿Qué puedo decir? El contingente de lloricas siempre necesita desesperadamente a alguien que los guíe.

Pero no siento lo que digo.

Paso la última hora de la jornada detrás del mostrador de recepción de la oficina de orientación. Es un puesto reservado para chicas con buen comportamiento que ya tienen suficientes créditos, pero no están tan desmotivadas como para querer una hora entera libre.

Durante los próximos setenta y cinco minutos me pondré la máscara de persona servicial. Fingiré que he dormido una cantidad de tiempo suficiente, aunque siento que mi cara está rígida y fría, como si estuviese hecha de mármol.

A medianoche tendré tanto voltaje como una bobina de Tesla, pero ahora mismo me pesan las piernas, están rígidas y entumecidas. Me duelen partes del cuerpo que nunca antes me habían dolido. Cierro los ojos y aprieto las manos contra la cara. La oficina de orientación está vacía, todo está tan silencioso que se puede oír el zumbido del cableado del techo. Observo mi reflejo en la pantalla del ordenador; estoy pálida, mi cara se difumina por los lados como si fuese la de un fantasma. Por mucho que odie admitirlo, Maribeth tiene razón. Parezco casi transparente. Tengo un aspecto terrible.

Entro en el ordenador con la cuenta de administración y busco técnicas de relajación por internet.

Hay muchísimas. Algunas incluyen la toma de medicamentos de marcas conocidas para los que hace falta receta, pero que pueden comprarse tirados de precio en Canadá. Otras tienen un carácter más holístico: grabaciones de ruido blanco, incienso, velas votivas. Contar hacia atrás a partir de un número concreto, una vez, y otra, y otra.

Hago una lista de posibles soluciones limpia y ordenada, con sus asteriscos y anotaciones sobre la facilidad y la conveniencia de cada una de ellas. Luego la rompo y la tiro a la basura.

Bonita manera de admitir que tengo un problema.

Borro el historial de navegación y abro la mochila. Hay quien aprovecharía su turno en la oficina de orientación para adelantar los deberes, pero los míos ya están terminados y ha sido así durante semanas. El insomnio te da todo el tiempo del mundo.

Así que, en lugar de los deberes, saco un crucigrama. Está a medias, en ese punto tan aborrecible en el que ya has rellenado todas las palabras fáciles de adivinar y el resto sigue ahí, en blanco, riéndose de ti.

Cuarenta y cinco, horizontal. Nombre. Envenenadora de la época del Renacimiento. Catorce letras, empieza por ele.

Me quedo mirando los recuadros y los cuento una y otra vez, y entonces la puerta de recepción se abre de golpe y alguien desliza un permiso de color lavanda sobre el escritorio. Alguien con manos grandes, dedos largos y nudillos huesudos. Manos de chico. Huele a una mezcla entre detergente y algo complejo que me recuerda a la pimienta. No dice nada.

Cuando el silencio se ha alargado tanto que deja de ser solo molesto para hacerse incómodo, levanto la vista. Marshall Holt está de pie delante de mí. Mira al suelo y balbucea algo incoherente.

Me inclino hacia atrás en el asiento.

—¿Cómo dices? —pregunto.

No es que sea muy imponente, pero, cuando se cruza de brazos, su pecho y sus hombros se ven más anchos.

—Tengo cita con Trunch —repite, con algo más de ímpetu, pero no demasiado.

La Trunchbull es una de los tres orientadores encargados del bienestar académico y emocional de todos los estudiantes del Henry Morgan. Es la más corpulenta, la más escandalosa y la más mala de los tres, y probablemente trabaja en el instituto desde el día de su inauguración, que es más o menos el mismo tiempo que la gente debe de llevar llamándola Trunchbull.

Arrastro el libro de registro de la oficina por la mesa y escribo con lápiz la hora de llegada de Marshall. Su expresión es indescifrable.

—Ya puedes entrar —le indico al ver que sigue inmóvil. De repente, y sin ninguna razón lógica, el corazón empieza a latirme demasiado rápido. Mantengo los ojos fijos en él hasta que se da la vuelta.

En cuanto entra en el despacho, el área de la recepción vuelve a parecerme bajo control. Doy vueltas con la silla y escucho los murmullos que se oyen al otro lado de la puerta. Normalmente, Trunch se muestra como mínimo un poco contrariada cuando van a verla, pero hoy su tono de voz es extraño, no suena ni impaciente ni irritado, es más, suena casi tierno, y eso sí que es interesante.

Hay un lugar, justo debajo del respiradero del techo, donde todo lo que sucede dentro de la oficina de orientación es perfectamente audible. Es apenas un metro cuadrado, pero es suficiente. Ruedo con la silla a tiempo de oír cómo Trunch suspira y organiza un montón de papeles.

—Hablemos de tus planes para la universidad —dice con su voz rasposa de fumadora.

Se hace el silencio durante un segundo, y entonces Marshall tiene una reacción de lo más extraña. Se echa a reír.

—Sí, claro. Como si eso fuese a pasar.

Estoy segura de que Trunch se lo va a discutir o de que al menos intentará convencerlo para que se apunte a algún curso de formación profesional, pero no insiste. Espera unos diez segundos antes de decir:

—Sea como sea, tienes que hacer algo con tus notas.

—¿Como qué? —contesta, y creo que puedo oírlo sonreír pese a lo aburrida que suena su voz.

Me deja con la boca abierta que alguien pueda acumular tantas desgracias académicas solo un mes y medio después del inicio del semestre.

—Bueno, podrías empezar poniendo en práctica algunos trucos muy simples —dice Trunch con sequedad—, como, por ejemplo, aparecer por clase de vez en cuando. Quizá podrías atreverte con la mítica participación en clase o entregar los deberes y trabajos alguna vez.

Marshall responde en voz más baja, pero igual de clara:

—Igual es que no soy muy inteligente.

—Tengo dos años de exámenes estandarizados que dicen lo contrario.

—Pensaba que esos exámenes no eran objetivos, que eran parciales o algo así.

Eso la hace reír, y sus carcajadas son como un graznido grave y ronco.

—En general, la parcialidad no es un problema cuando analizas los resultados por materias. Tus notas de lengua son fenomenales.

—Sí, bueno, sé hablar.

Ella se vuelve a reír, pero esta vez las carcajadas son más cortas y amargas.

—¿Te has pasado por alguna clase de refuerzo últimamente? No me refiero a los demás, Marshall. Estoy hablando de ti. ¿Y las matemáticas?

—También sé contar. Vaya cosa.

Su conversación se convierte en un catálogo de profesores y números de asignaturas. Le pide que se lleve a casa al menos algunos formularios de solicitud de la universidad, que a lo sumo se informe un poco sobre las ayudas económicas a las que podría acceder. Yo me quedo mirando el crucigrama, pero no se me ocurre ninguna respuesta. Me siento pesada, como si no pudiera ni siquiera levantar las manos.

Cuando Marshall sale por fin del despacho, no me mira.

En las escasas reservas de chicos atractivos que alberga el instituto Henry Morgan, pueden distinguirse dos tipos: los que no se pueden ni tocar y los que tal vez considerarías tocar si estuvieses aburrida en una fiesta, no hubiese nada en la tele y quisieras ver si realmente había para tanto. De todos modos, tampoco querrías llegar a nada serio porque ninguno de ellos sabe quién es George A. Romero y más de cinco minutos de torpe sobeteo desembocarían fácilmente en un homicidio.

Marshall pertenece al primer grupo.

Está de pie delante de mí, con los brazos cruzados, evitando mirarme mientras espera a que yo cumpla mi función y anote su hora de salida. Aunque a mí me apetece más anotar otra cosa:

Pros:

Su boca.

Su irónica forma de menospreciarse a sí mismo.

Cómo su camiseta se adapta perfectamente a la forma de su cuerpo.

Su olor, que es limpio y desaliñado al mismo tiempo.

Contras:

Es muy vago.

Su irónica forma de menospreciarse a sí mismo.

Siempre se queda frito en clase.

La manera como me mira casi sin verme, por encima de mi cabeza, como si fuese demasiado irrelevante para sus ojos.

Cuando le pongo el sello al permiso y se lo doy, sus ojos se encuentran con los míos por primera vez. Tiene los iris oscuros, de un color marrón difícil de analizar. De repente, estoy convencida de que va a decir algo y ese algo va a ser mordaz. Pero se limita a darse la vuelta y marcharse, dejando que la puerta se cierre sola detrás de él.

Recoloco los permisos de forma que queden todos al mismo nivel y perfectamente paralelos al teclado y el monitor. Pongo los bolígrafos en fila, como si el orden fuese equivalente a la tranquilidad. Mi mente ya está en el entrenamiento. Correr es la siguiente actividad predeterminada, la siguiente unidad del día. Todo perfecto, todo en su lugar.

Entre todo esto, tiene que haber alguna beca al mérito.

cap-2

Voy a casa a ducharme después de correr campo a través y antes de la reunión del Más Sagrado y Venerable Comité de Organización del Baile, que se celebra dos veces por semana. Y voy andando hasta casa de Maribeth.

La crème de la crème del instituto está reunida en su salón. Comparten comida para llevar y se cuentan los últimos cotilleos. Maribeth está en el centro de sus órbitas, es su sol más radiante. Todo el mundo está apiñado a su alrededor, disfrutando de su resplandor radiactivo, absorbiendo los años de luz hasta la muerte de la estrella.

Cuando entro en la sala, que está dividida en dos niveles, mi amiga sonríe y me tiende un rotulador.

—Toma, puedes ayudar con las plantillas.

Maribeth hace muchas cosas que requieren rotuladores. A veces sospecho que es su propia manera de consumir drogas socialmente aceptables. No hacen falta ni alcohol ni sustancias ilícitas. Los vapores petroquímicos se te suben directamente al cerebro.

Está hojeando un catálogo de vestidos de fiesta mientras supervisa el diseño de los carteles con amable desinterés. Loring está apoyada en un lado de una otomana de terciopelo con una sonrisa esperanzada, como si Maribeth no estuviese usurpando su autoridad, bebiéndosela con avidez, trago a trago.

Me siento junto a ellas con las piernas cruzadas, preparada para pasar dos o tres horas muda y diligentemente productiva. El interior de mi cráneo reverbera, como si hubiese olvidado mis habilidades conversacionales en otro sitio. Mi cuerpo entero parece vacuo.

—Sonríe de verdad —me susurra Maribeth por lo bajo, y yo ajusto mi expresión de forma automática. Una sonrisa es para los demás—. Odio el pelo corto en las chicas —comenta, mientras dobla una esquina de la página, primero hacia abajo y luego hacia arriba.

La revista está abierta en una foto de una modelo andrógina que no tiene caderas y luce una cresta puntiaguda, decolorada y afeitada por los lados. Lo primero que pienso es que el modo en el que está artísticamente desplomada sobre el pequeño sofá chaise long estilo Luis XVI hace que parezca que está desmontada. Lo segundo es que el color exagerado de sus mejillas me recuerda que Edgar Allan Poe estaba obsesionado con las chicas enfermas de tuberculosis y que todavía no he encontrado otra fuente secundaria para mi trabajo de literatura.

Termino de decorar una estrella brillante con la plantilla, y me doy cuenta de lo mucho que empieza a afectarme el insomnio porque tardo tres o cuatro segundos en enterarme de que Maribeth está a mi lado y me observa, esperando a que diga algo.

Cuando finalmente levanto la vista, reacciona como si le estuviese reprochando algo.

—¡Venga ya, Waverly! No me refería a ti. Tu pelo está bien.

Una vez, Maribeth le dijo a Kendry Epstein que odiaba que las chicas que están gordas por encima de la cintura se pusieran camisetas ajustadas, porque acentúa la forma en que se les clavan los tirantes del sujetador. Kendry no ha vuelto a ponerse su blusa de Carl Carringer, aunque se la compró con sus ahorros y sé de buena tinta que le costó la mitad del sueldo.

Maribeth es capaz de destrozar a alguien con una simple mirada o una simple frase, es casi mágico. Sabe, con una agudeza certera, cómo hacerte añicos sin ni siquiera despeinarse. Antes, esa habilidad me impresionaba, pero últimamente hay veces que pienso que ni siquiera se da cuenta de que lo hace.

Mi melena es suave y discreta, fácil de cuidar. Tiene el aspecto que siempre ha tenido. Dibujo un círculo e intento no pensar en qué otra cosa podría haber insinuado mi amiga.

Uno de los principales objetivos del comité de organización del baile es simplemente la oportunidad de socializar con los chicos adecuados. Los miembros de los equipos que representan al instituto, los que son puro músculo, carne de universidad.

Maribeth está enseñando fotografías de vestidos de fiesta a su futuro novio, Hunter Pennington, y le pregunta qué piensa de las faldas voluminosas. Yo podría resolver el misterio en este preciso instante: Hunter no piensa absolutamente nada sobre las faldas voluminosas.

Paso casi toda la tarde intentando evitar las atenciones de CJ Borsen, que está en el equipo de fútbol con Hunter y es, a su manera, un potencial novio tan válido y tan desprovisto de gracia como Hunter: es lo suficientemente alto como para llevar tacones cuando estás con él, lo suficientemente educado como para no mencionar que has dejado de escucharlo y lo suficientemente atractivo como para que, si me presento con él en algún sitio, todo el mundo nos mire y asienta con aprobación.

CJ aprovecha una interrupción en la conversación para inclinarse sobre la mesa de centro y decirme:

—Oye, no sé si Maribeth te lo ha dicho, pero el Consejo de Estudiantes está pensando en adelantar la campaña de recolección de comida enlatada.

Odio al Consejo de Estudiantes.

Cuando me tomo unos momentos para pensar en la situación y en las circunstancias, no me resulta tan difícil entender lo que está sucediendo en este preciso instante.

Esto lo planeamos nosotras, Maribeth y yo. Lo diseñamos, lo orquestamos de principio a fin. Yo, la astuta estratega, y ella, la princesa radiante y sonriente.

Cuando teníamos unos trece años, Taylor Cassidy era la chica más popular del instituto. Era la responsable del anuario, la capitana el equipo de voleibol. Era la más guay sin que pareciera costarle ningún esfuerzo, la chica de oro.

Y nosotras... Nosotras, no.

Cuando Taylor se enteró de que su familia se mudaba a Tennessee a final de curso, Maribeth detectó la oportunidad que yo ni siquiera sabía que estábamos esperando.

Estábamos sentadas en el suelo de su vestidor, jugando al Othello. En aquel entonces todavía le gustaban ese tipo de entretenimientos.

De repente, dijo:

—Cuando Taylor se vaya, quiero ser la responsable del anuario. Quiero ser ella.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque cuando eres la más guapa y la más popular puedes mandar en todo. Puedes hacer lo que tú quieras.

Y quizá yo nunca había sido muy ducha en cuestiones sociales, pero aquello tenía sentido.

Maribeth quería dedicar el verano a transformarse convenientemente. Tenía una visión del día de su retorno al instituto totalmente cambiada, y de todo el mundo cayendo rendido a sus pies y admirándola. Había visto demasiadas películas.

—No —repuse, y solo estaba siendo pragmática, pero ella frunció el ceño de todos modos.

No me importó. Yo ya lo estaba planeando mentalmente, ordenando las fichas del Othello para formar un mapa de guerra de los tres grupitos más relevantes del colegio y pensando en las tácticas que Enrique V conocía tan bien. A veces no importa si te superan en número, aunque sea en una proporción de diez contra uno. Con la estrategia adecuada, los hombres adecuados y las condiciones climáticas adecuadas, puedes conquistar Francia de todos modos.

—Hazlo ahora —le aconsejé—. Hazlo antes de que Taylor se vaya, y así no será algo transitorio. —Acababa de empezar en clase de Lengua avanzada, y estaba muy orgullosa de incluir la palabra «transitorio» en una conversación—. Si lo haces ahora, nadie te lo podrá quitar.

Yo la ayudé a convertirse en la persona que es, paso a paso, pieza a pieza. La mitad de los truquitos que sabe los inventé yo. O, como mínimo, los robé de las páginas de Maquiavelo y Sun Tzu y de la película Escuela de jóvenes asesinos.

Lo conseguimos, como yo sabía que lo conseguiríamos, avanzando por entre el delicado ecosistema de las organizaciones de estudiantes como si fuésemos una especie invasiva, adueñándonos del territorio reunión a reunión: el Consejo de Estudiantes, el club de debate, el de liderazgo. El comité formal de organización del baile asomaba por el horizonte, y nosotras estábamos al acecho. Era inminente.

Y ahora, el mundo de Maribeth es también el mío, y cada vez que las horas pasan demasiado despacio o la conversación hace que me entren ganas de aporrear un conejito bebé, me recuerdo que yo misma me lo busqué.

Cuando me levanto para ir a buscar algo de beber, CJ me sigue hasta la cocina. Tengo una sombría premonición.

El rostro de CJ es tan simétrico que se me antoja ligeramente contra natura. Tiene unas proporciones perfectas, como si se tratase del sujeto de un cartel de propaganda patriótica, con el cabello rojizo y grueso, un hoyuelo en la barbilla y un Volvo de gama media del año pasado.

La forma en que me mira solo puede significar una cosa, y sé exactamente qué va a pasar a continuación.

Una vez, cuando teníamos catorce años, Maribeth llegó a la conclusión totalmente errónea de que me gustaba un chico que se llamaba Jarett Fitz. Y se lo contó a todo el mundo. El mismo día que empezó aquel fiasco tan particular, me la llevé al baño e intenté explicarle que estaba equivocada, pero ella se echó a reír y me contestó que si le daba tanta importancia era porque debía de gustarme mucho.

Así pues, dejé de darle importancia, pero ya era demasiado tarde. El asunto estaba en boca de todo el mundo y, tras unas cuarenta y ocho horas, me pareció que decidir que sí que quería salir con Jarett era una solución más fácil.

Excepto porque, y aquí está el quid de la cuestión..., no quería. En aquel entonces, el único chico con el que me había apetecido salir, aunque fuese solo un poquito, era un niño rubio y delgaducho de mi clase de Matemáticas avanzadas al que le encantaba el conjunto de Mandelbrot y que se situaba sobre la delgada línea que separa un genio de un prodigio. Ganó las Olimpiadas de ciencias y al año siguiente lo mandaron a uno de esos colegios privados donde todos los alumnos tienen su propia calculadora gráfica. Nunca más lo volví a ver. Pero esto no es lo más importante de esta historia.

Lo más importante es que el pobre Jarett me pidió salir, algo que, a los catorce años, básicamente significa encontrarse en algún lado, darse la mano y besarse con demasiada lengua. Después, él les cuenta a todos sus amigos que se la has chupado, aunque tú ni siquiera hayas mostrado intención de hacerlo, y nadie se lo cree del todo, pero van contándolo por ahí igualmente, porque el chisme es demasiado jugoso como para no hacerlo.

Así que le dije que no.

Entonces Maribeth se enfadó conmigo porque la había dejado en evidencia como alguien en quien no se puede confiar, socavando así nuestro empeño por escalar socialmente. Me dijo que yo no era razonable, algo que soy sin duda alguna, y que no estaba siendo fiel a nuestros planes.

Me mantuve en mis trece durante una semana. Después le pedí disculpas y ella me perdonó.

Ahora CJ se me está acercando irremediablemente mientras me mira con una expresión cargada de esperanzas.

—Hoy has estado muy bien en clase de Francés —comenta.

—Gracias —contesto, con la mirada fija en los ocho botes idénticos que hay en la encimera de Maribeth. El de café está lleno hasta los bordes, pero el de té y el de azúcar están bastante diezmados.

—Waverly... —dice. Está muy cerca de mí y huele a Cheetos picantes y a algo dulce que me está dando ganas de estornudar—. Me preguntaba si querrías ir al baile conmigo.

Tiene los ojos del verde de las copas de los árboles en primavera o de los caramelos de menta, y tener una cita para el baile equivale a tener algo de lo que presumir.

Lo observo tanto rato que empieza a sentirse avergonzado.

—Sí —contesto, porque es más fácil que contestar otra cosa.

cap-3

Cuando llego a casa, mi desasosiego nocturno se me está empezando a extender por el cuerpo. Estoy preparada para quitarme el jersey y sacudirme el día de encima. O la vida. Por la noche es cuando más me importa que todo me resulte tan falso.

Mi madre está de pie en la cocina con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja. Dibuja filas de pequeñas flores dicotómicas alrededor del logo de una libreta de publicidad de Zoloft.

—Stephanie, no puedes pretender que una persona que ya ha establecido un punto de referencia como ese cambie de la noche a la mañana —afirma con una autoridad absoluta—. Y, por mucho que tú estés deseando ver una mejoría, lo que pasa es que depende solo de ella.

Stephanie es la otra psicóloga clínica del centro de salud mental en el que trabaja. Mi madre no tiene amigos, tiene compañeros de trabajo.

—¿Waverly? —dice, mientras me saluda con la mano—. No, está bien. Es que acaba de entrar.

La palabra «bien» florece en mi memoria, aparece de la nada por segunda vez en el día de hoy, pero eso no me sorprende. La gente la usa tanto que ya casi ha perdido su significado. La usan tanto que bien podrían no decir nada en absoluto.

A mi madre no parece preocuparle el vacío de las convenciones sociales. Levanta el dedo índice, con la mirada perdida en algún lugar por encima de mi cabeza.

—Stephanie... Stephanie, tengo que colgar.

En cuanto cuelga el teléfono, el aire de la habitación me parece insuficiente. El esfuerzo de prestarme toda su atención requiere cantidades ingentes de oxígeno. Arranco la primera hoja de su libreta de notas y la tiro a la basura.

Mi madre suspira y saca una sartén del armario.

—La hija de Stephanie tiene problemas en el colegio otra vez —dice, mirando al abrelatas—. Y ella ha pensado que, tal vez, si pudiera darle un empujoncito, quizá cambiándola a un centro público... Pero, seamos honestos, eso no va a arreglar el problema. En fin, qué decepción.

No me molesto en contestar. La hija de Stephanie es idiota.

—Qué tarde has llegado. ¿Quieres comer algo? Voy a calentar una lata de caldo de pollo, y a saltear un poco de hígado.

Mi madre se cree que soy ella, pero en forma de crisálida. Que un día emergeré, tan brillante y disfuncional como ella, y empezaré a psicoanalizar anuncios de la Ford.

—Ya hemos cenado en casa de Maribeth. La reunión del comité de organización del baile se ha alargado un poco. ¿Tenemos velas? Quiero hacer un experimento.

Tampoco le hago notar que seguramente ella sea la única persona a la que le reconfortan sus platos reconfortantes. Sería demasiado chocante.

Asiente y empieza a dar golpecitos en el fregadero con las uñas

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