Las pruebas de Apolo 4 - La tumba del tirano

Rick Riordan

Fragmento

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1

Aquí no hay comida.

Meg se ha zampado todas las gominolas.

Baja de mi coche fúnebre, porfa

Soy partidario de devolver los cadáveres.

Es un simple acto de cortesía, ¿no? Cuando un guerrero muere, debes hacer todo lo que esté en tu mano para que su cuerpo vuelva con su familia y puedan hacerle los ritos funerarios. A lo mejor estoy chapado a la antigua. Tengo más de cuatro mil años. Pero me parece de mala educación no deshacerse de los cadáveres como es debido.

Por ejemplo, Aquiles durante la guerra de Troya. Menudo cerdo. Arrastró el cuerpo del héroe troyano Héctor atado a su carro alrededor de la muralla de la ciudad durante días. Al final convencí a Zeus para que obligase a ese pedazo de matón a devolver el cuerpo de Héctor a sus padres y que recibiese un funeral en condiciones. Venga ya. Un poco de respeto por la gente que matas.

Luego está el cadáver de Oliver Cromwell. No era un gran admirador de ese hombre, pero, por favor... Primero, los ingleses lo entierran con honores. Luego deciden que lo odian, de modo que lo desentierran y «ejecutan» su cadáver. Luego su cabeza se cae de la pica en la que llevaba décadas empalado y pasa casi tres siglos de coleccionista en coleccionista como una asquerosa bola de nieve de recuerdo. Al final, en 1960, susurré al oído a algunas personas influyentes: «Ya basta. Soy el dios Apolo y os ordeno que enterréis esa cosa. Me estáis dando bastante asquito».

Cuando le llegó la hora a Jason Grace, mi amigo y medio hermano caído, no pensaba dejar nada al azar. Yo acompañaría personalmente su ataúd al Campamento Júpiter y lo despediría con todos los honores.

Resultó una decisión acertada, entre los demonios que nos atacaron y todo lo demás.

La puesta de sol convertía la bahía de San Francisco en un caldero de cobre fundido cuando nuestro avión privado aterrizó en el Aeropuerto de Oakland. He dicho «nuestro». El vuelo chárter era en realidad un regalo de despedida de nuestra amiga Piper McLean y de su padre, la estrella de cine. (Todo el mundo debería tener como mínimo un amigo cuyo padre fuese estrella de cine.)

Junto a la pista de aterrizaje nos esperaba otra sorpresa que debían de haber preparado los McLean: un reluciente coche fúnebre negro.

Meg McCaffrey y yo estiramos las piernas en la pista mientras el personal de tierra sacaba seriamente el ataúd de Jason de la bodega. Parecía que la caja de caoba pulida brillase a la luz del crepúsculo. Sus detalles de latón emitían destellos rojos. Detestaba lo bonito que era. La muerte no debería ser bonita.

El personal lo cargó en el coche fúnebre y luego trasladó nuestro equipaje a los asientos traseros. No teníamos gran cosa: la mochila de Meg y la mía (cortesía del Desmadre Militar de Marco), mi arco, mi carcaj y mi ukelele, y un par de cuadernos de bocetos y una maqueta de cartulina que habíamos heredado de Jason.

Firmé unos papeles, acepté el pésame de la tripulación de vuelo y estreché la mano a un amable empleado de la funeraria que me dio las llaves del coche fúnebre y se marchó.

Me quedé mirando las llaves y luego miré a Meg McCaffrey, que estaba arrancando la cabeza de un mordisco a un pez de gominola. Habían surtido el avión de media docena de envases de esos caramelos rojos y blandos. Ya no quedaba ni uno. Meg había llevado ella solita el ecosistema de peces de gominola al borde de la ruina.

—¿Tengo que conducir yo? —me pregunté—. ¿Es un coche fúnebre de alquiler?

Meg se encogió de hombros. Durante el vuelo, había insistido en tumbarse en el sofá del Cessna, de modo que el pelo moreno cortado a lo paje se le había aplastado en un lado de la cabeza. La patilla con diamantes de imitación de sus gafas asomaba entre su pelo como la aleta de un tiburón discotequero.

El resto de su atuendo era igual de lamentable: unas enormes zapatillas de caña alta rojas, unas mallas amarillas raídas y el adorado vestido verde que le había regalado la madre de Percy Jackson. Con «adorado» quiero decir que el vestido había vivido tantas batallas, se había lavado y remendado tantas veces, que más que una prenda de ropa parecía un globo de aire caliente desinflado. Alrededor de la cintura llevaba su complemento principal: su cinturón de jardinería con múltiples bolsillos, pues los hijos de Deméter no salían de casa sin él.

—Yo no tengo carné de conducir —dijo, como si necesitase que me recordasen que mi vida estaba controlada por una niña de doce años—. Yo voy de copi.

«Ir de copi» no parecía muy adecuado para un coche fúnebre. En cualquier caso, Meg saltó al lado del pasajero, y yo subí al lado del conductor. Me puse al volante. Pronto habíamos salido del aeropuerto y nos dirigíamos al norte por la I-880 en nuestro lutomóvil negro de alquiler.

Ah, el Área de la Bahía de San Francisco... Qué felices momentos había vivido allí. La vasta y deforme cuenca geográfica estaba atestada de gente y sitios interesantes. Me encantaban las colinas verdes y doradas, el litoral cubierto de niebla, el resplandeciente encaje de puentes y el extravagante zigzag de barrios apretujados unos contra otros como pasajeros de metro en hora punta.

En los años cincuenta del siglo XX, toqué con Dizzie Gillespie en el club de jazz Bop City del barrio de Fillmore. Durante el Verano del Amor, hice una jam session improvisada en Golden Gate Park con los Grateful Dead. (Unos tíos majísimos, pero ¿de verdad eran necesarios los solos de quince minutos?) En los ochenta, anduve por Oakland con Stan Burrell —también conocido como MC Hammer— cuando él inauguraba el pop rap. No puedo atribuirme el mérito de la música de Stan, pero sí que le asesoré en materia de moda. ¿Los bombachos de lamé dorados? Idea mía. De nada, frikis de la alta costura.

Casi toda el Área de la Bahía me traía buenos recuerdos. Pero mientras conducía, no pude evitar mirar hacia el noroeste: al condado de Marin y el oscuro pico del monte Tamalpais. Los dioses conocíamos ese sitio como monte Otris, hogar de los Titanes. Aunque nuestros antiguos enemigos habían sido expulsados y su palacio destruido, todavía sentía la perversa atracción del lugar, como un imán que intentase extraer el hierro de mi sangre ahora mortal.

Hice todo lo posible por librarme de esa sensación. Teníamos otros problemas de los que ocuparnos. Además, íbamos al Campamento Júpiter: un territorio amistoso a este lado de la bahía. Contaba con Meg de refuerzo. Conducía un coche fúnebre. ¿Qué podía salir mal?

La autopista Nimitz serpenteaba a través de las llanuras del Este de la Bahía y dejaba atrás zonas portuarias, centros comerciales e hileras de bungalós ruinosos. A nuestra derecha se alzaba el centro de Oakland, cuyo pequeño grupo de rascacielos plantaba cara a San Francisco, su sofisticado vecino al otro lado de la bahía, como proclamando: «¡Somos Oakland! ¡Nosotros también existimos!».

Meg se reclinó en su asiento, apoyó las zapatillas rojas en el salpicadero y entreabrió la ventanilla.

—Me gusta este sitio —decidió.

—Acabamos de llegar —dije—. ¿Qué te gusta? ¿Los almacenes abandonados? ¿Ese letrero de El Pollo con Gofres de Bo?

—La naturaleza.

—¿El hormigón cuenta como naturaleza?

—También hay árboles. Plantas en flor. Hay humedad en el aire. Los eucaliptos huelen bien. No es como...

No hizo falta que terminase la frase. Nuestra estancia en el sur de California había estado marcada por las temperaturas elevadísimas, la sequía extrema y los incendios descontrolados; todo gracias al Laberinto Ardiente mágico controlado por Calígula y su amiguita la hechicera llena de odio Medea. El Área de la Bahía no padecía ninguno de esos problemas. Al menos, de momento.

Habíamos matado a Medea. Habíamos apagado el Laberinto Ardiente. Habíamos liberado a la sibila eritrea y habíamos socorrido a los mortales y los ajados espíritus de la naturaleza del sur de California.

Pero Calígula todavía estaba vivito y coleando. Él y sus coemperadores del triunvirato seguían empeñados en controlar todo medio profético, conquistar el mundo y escribir el futuro a su sádica imagen. En ese preciso instante, la flota de yates de lujo maléficos de Calígula se dirigía a San Francisco para atacar el Campamento Júpiter. No quería ni imaginarme la destrucción infernal que el emperador desataría en Oakland y El Pollo con Gofres de Bo.

Y aunque lográsemos vencer al triunvirato, el Oráculo más importante, el de Delfos, seguía controlado por mi vieja enemiga, Pitón. No tenía ni idea de cómo podía derrotarla con mi forma actual de adolescente enclenque de dieciséis años.

Pero, eh, por lo demás, todo iba bien. Los eucaliptos olían de maravilla.

El tráfico redujo la marcha en el paso elevado de la I-580. Al parecer, los conductores de California no tenían por costumbre ceder el paso a los coches fúnebres en señal de respeto. Quizá pensaban que, como uno de nosotros ya estaba muerto, no teníamos prisa.

Meg jugaba con los mandos de su ventanilla, subiéndola y bajándola. Riii. Riii. Riii.

—¿Sabes llegar al Campamento Júpiter? —preguntó.

—Claro.

—Lo mismo dijiste del Campamento Mestizo.

—¡Y llegamos! Al final.

—Congelados y medio muertos.

—Mira, la entrada del campamento está por allí. —Señalé vagamente las colinas de Oakland—. Hay un pasadizo secreto en el túnel de Caldecott o algo así.

—¿O algo así?

—Bueno, en realidad nunca he ido en coche al Campamento Júpiter —reconocí—. Normalmente desciendo del cielo en mi glorioso carro solar. Pero sé que el túnel de Caldecott es la entrada principal. Habrá un letrero. Tal vez un «carril semidiós».

Meg me miró entornando los ojos por encima de sus gafas.

—Eres el dios más tonto de la historia. —Levantó la ventanilla con un último riii. ¡CHUM!; un sonido que me recordó inquietantemente el de la cuchilla de una guillotina.

Torcimos hacia el oeste por la autopista 24. La congestión disminuyó a medida que se acercaban las colinas. Los carriles elevados pasaban por barrios de calles serpenteantes, altas coníferas y casas de estuco blancas pegadas a los lados de desfiladeros cubiertos de hierba.

Una señal de tráfico anunciaba entrada del túnel de caldecott, 3 km. Eso debería haberme tranquilizado. Pronto cruzaríamos los límites del Campamento Júpiter y entraríamos en un valle muy bien vigilado y camuflado con magia donde una legión romana entera me protegería de mis preocupaciones, al menos por un tiempo.

¿Por qué, entonces, me temblaba el vello de la nuca como gusanos de mar?

Algo no iba bien. Comprendí que el desasosiego que había sentido desde que habíamos aterrizado podía no responder a la lejana amenaza de Calígula, ni a la antigua base de los titanes en el monte Tamalpais, sino a algo más inmediato..., algo malévolo, y cada vez más próximo.

Miré por el espejo retrovisor. A través de las cortinas vaporosas de la ventanilla trasera, no veía más que tráfico. Pero entonces, en la superficie pulida de la tapa del ataúd de Jason, vi el reflejo de una figura oscura situada en el exterior, como si un objeto de tamaño humano acabase de pasar volando al lado del coche fúnebre.

—Oye, Meg. —Procuré no alterar la voz—. ¿Ves algo raro detrás de nosotros?

—¿Raro como qué?

«PAM.»

El coche fúnebre empezó a dar sacudidas como si nos hubiesen enganchado a un remolque lleno chatarra. Por encima de mi cabeza, dos marcas con forma de pie aparecieron en el techo tapizado.

—Algo acaba de caer en el techo —dedujo Meg.

—¡Gracias, Sherlock McCaffrey! ¿Puedes quitarlo?

—¿Yo? ¿Cómo?

Era una pregunta de lo más razonable. Meg podía hacer girar los anillos de sus dedos corazón y transformarlos en letales espadas de oro, pero si las invocaba en un espacio reducido, como el interior de un coche fúnebre, a) no tendría sitio para blandirlas, y b) podría acabar empalándome y/o empalándose a sí misma.

CRIC. CRIC. Las marcas de pisadas se volvieron más hondas a medida que la cosa ajustaba su peso como un surfista en una tabla. Debía de ser enormemente pesada para hundirse en el techo de metal.

Un quejido borboteó en mi garganta. Me empezaron a temblar las manos en el volante. Añoraba mi arco y mi carcaj, que estaban en el asiento trasero, pero no podría haberlos usado. CMDAA, conducir mientras disparas armas arrojadizas; eso no se hace, chicos.

—Puedes abrir la ventanilla —le dije a Meg—. Asómate y dile que se vaya.

—Ejem, no. —Dioses, qué cabezota era—. ¿Y si tú intentas sacudírnoslo de encima?

Antes de que pudiese explicarle que era una idea terrible yendo a ochenta kilómetros por hora por una autopista, oí un sonido como el de la anilla de una lata al abrirse: el nítido susurro neumático de aire a través de metal. Una garra perforó el techo; una sucia zarpa blanca del tamaño de una barrena. Luego otra. Y otra. Y otra, hasta que la tapicería estuvo atravesada por diez puntiagudos pinchos blancos, el número exacto de dos manazas.

—¿Meg? —grité—. ¿Podrías...?

No sé cómo habría terminado la frase. «¿Protegerme?» «¿Matar a esa cosa?» «¿Mirar en la parte de atrás para ver si tengo calzoncillos de repuesto?»

La criatura me interrumpió groseramente rasgando el techo como si fuésemos un regalo de cumpleaños.

A través del agujero irregular me miraba un macabro humanoide reseco, con el pellejo negro azulado como la piel de una mosca, dos esferas blancas lechosas por ojos y los dientes goteando saliva. Alrededor de su torso se agitaba un taparrabos de plumas negras grasientas. Desprendía un olor más pestilente que cualquier contenedor de basura, y créeme, había caído en unos cuantos.

—¡COMIDA! —gritó.

—¡Mátalo! —chillé a Meg.

—¡Da un volantazo! —replicó ella.

Uno de los muchos inconvenientes de estar encarcelado en mi enclenque cuerpo de mortal era ser el criado de Meg McCaffrey. Estaba obligado a obedecer sus órdenes directas. De modo que, cuando gritó: «Da un volantazo», giré el volante hacia la derecha con fuerza. El coche fúnebre respondió de maravilla. Cruzó a toda velocidad tres carriles de tráfico, atravesó disparado el quitamiedos y cayó en picado al cañón.

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2

No mola, colega.

El colega quería comerse a mi colega.

Ese es mi colega muerto, colega

Me gustan los coches voladores. Sin embargo, me gusta más cuando el coche es realmente capaz de volar.

Cuando el vehículo fúnebre alcanzó la gravedad cero, dispuse de unos microsegundos para apreciar el paisaje de abajo: un precioso laguito bordeado de eucaliptos y senderos, y una pequeña playa en la otra orilla donde se relajaba un grupo de domingueros vespertinos tumbados en mantas.

«Bien», pensó una parte de mi cerebro. «Con suerte, por lo menos caeremos en el agua.»

Entonces descendimos... no hacia el lago, sino hacia los árboles.

Un sonido como el do alto de Luciano Pavarotti en Don Giovanni brotó de mi garganta. Mis manos se quedaron pegadas al volante.

A medida que nos precipitábamos entre los árboles, el demonio desapareció del techo, como si las ramas de los árboles lo hubiesen aplastado a propósito. Otras ramas parecían doblarse alrededor del coche fúnebre y reducir la velocidad de descenso, dejándonos caer de una rama frondosa con aroma a pastillas para la tos a la siguiente, hasta que caímos al suelo sobre las cuatro ruedas con un molesto ruido sordo. Los airbags se activaron demasiado tarde y me impulsaron la cabeza contra el respaldo.

Amebas amarillas bailaban en mis ojos. El sabor a sangre me picaba en la garganta. Busqué a tientas el tirador de la puerta, salí con dificultad entre el airbag y el asiento y me desplomé sobre un lecho de hierba fresca y blanda.

—Puaj —dije.

Oí las arcadas de Meg no muy lejos. Al menos eso significaba que seguía viva. A unos tres metros a mi izquierda, el agua lamía la orilla del lago. Justo encima de mí, cerca de la copa del eucalipto más alto, nuestro diabólico amigo negro azulado gruñía y se retorcía, atrapado en una jaula de ramas.

Me incorporé con dificultad. Notaba un dolor punzante en la nariz. Parecía que tuviese los senos llenos de ungüento de mentol.

—¿Meg?

La niña apareció haciendo eses alrededor de la parte delantera del coche fúnebre. Se le estaban formando unos morados con forma de círculo alrededor de los ojos; cortesía, sin duda, del airbag del lado del pasajero. Sus gafas estaban intactas, pero torcidas.

—Qué birria de volantazo.

—¡Oh, dioses míos! —protesté—. Me has ordenado que... —Mi cerebro vaciló—. Un momento. ¿Cómo seguimos con vida? ¿Has sido tú la que ha doblado las ramas de los árboles?

—¿Quién si no? —Agitó las manos, y sus dos sicas doradas aparecieron. Meg las usó como bastones de esquí para mantenerse en equilibrio—. No retendrán mucho a ese monstruo. Prepárate.

—¿Qué? —grité—. Espera. No. ¡No estoy listo!

Me puse de pie agarrándome a la puerta del lado del conductor.

Al otro lado del lago, los domingueros se habían levantado de sus mantas. Supongo que un coche fúnebre caído del cielo les había llamado la atención. Veía borroso, pero había algo raro en el grupo... ¿Llevaba uno armadura? ¿Tenía otro patas de cabra?

Aunque fuesen amistosos, estaban demasiado lejos para ayudarnos.

Me acerqué cojeando al coche fúnebre y abrí de un tirón la puerta del asiento trasero. El ataúd de Jason parecía a salvo y seguro en el compartimento trasero. Agarré el arco y el carcaj. Mi ukelele había desaparecido en algún lugar debajo de los airbags hinchados. Tendría que arreglármelas sin él.

Encima, la criatura aullaba y se revolvía en su jaula de ramas.

Meg tropezó. Tenía la frente salpicada de gotas de sudor. Entonces el demonio se liberó, se lanzó hacia abajo y cayó a escasos metros de distancia. Confié en que se le hubiesen partido las piernas del impacto, pero no tuve esa suerte. La criatura dio unos cuantos pasos, abriendo con las patas cráteres húmedos en la hierba, antes de enderezarse y gruñir, con sus puntiagudos dientes blancos como vallas diminutas.

—¡MATAR Y COMER! —gritó.

Qué bonita voz para cantar. El demonio podría haber sido el líder de gran cantidad de grupos de death metal noruegos.

—¡Un momento! —Me salió una voz chillona—. Yo... yo te conozco. —Agité el dedo como si eso fuese a refrescarme la memoria. El arco, que sujetaba en la otra mano, se agitó. Las flechas hicieron ruido en el carcaj—. ¡Espera, lo tengo en la punta de la lengua!

El demonio titubeó. Siempre he pensado que a la mayoría de las criaturas sensibles les gusta que las reconozcan. Ya seamos dioses, personas o demonios babeantes con taparrabos hechos de plumas de buitre, nos agrada que los demás sepan quiénes somos, que pronuncien nuestros nombres, que se den cuenta de que existimos.

Intentaba ganar tiempo, claro. Esperaba que Meg recobrase el aliento, atacase a la criatura y la redujese a parppadelle de demonio putrefactos. Pero en ese momento no parecía que ella pudiese usar sus espadas para otra cosa que no fuese de muletas. Me imaginaba que controlar árboles gigantescos podía ser agotador, pero, sinceramente, ¿no podía haber esperado a matar a Pañal de Buitre para quedarse sin fuerzas?

Un momento. Pañal de Buitre... Eché otro vistazo al demonio: su extraño pellejo azul y blanco moteado, sus ojos blanquecinos, su boca descomunal y sus diminutos orificios nasales. Olía a carne rancia. Llevaba las plumas de un carroñero...

—Sí que te conozco —comprendí—. Eres un eurinomo.

Te reto a que intentes decir «Eres un eurinomo» cuando se te traba la lengua, te tiembla el cuerpo de pavor y el airbag de un coche fúnebre acaba de darte un puñetazo.

Los labios del demonio se curvaron. Hilos plateados de saliva le goteaban de la barbilla.

—¡SÍ! ¡LA COMIDA HA DICHO MI NOMBRE!

—¡Pe-pero eres un devorador de cadáveres! —protesté—. ¡Deberías estar en el inframundo, trabajando para Hades!

El demonio ladeó la cabeza como si tratase de recordar las palabras «inframundo» y «Hades». No parecían gustarle tanto como «matar» y «comer».

—¡HADES ME DABA MUERTOS VIEJOS! ¡EL AMO ME LOS DA RECIENTES!

—¿El amo?

—¡EL AMO!

Deseé que Pañal de Buitre no gritase. No se le veían orejas, de modo que tal vez no controlaba bien el volumen. O puede que solo quisiese rociar de saliva el radio más grande posible.

—Si te refieres a Calígula —aventuré—, seguro que te ha hecho montones de promesas, pero te lo aseguro, Calígula no es...

—¡JA! ¡COMIDA TONTA! ¡CALÍGULA NO ES EL AMO!

—¿No es el amo?

—¡NO ES EL AMO!

—¡MEG! —grité. Uf, Ahora era yo el que chillaba.

—¿Sí? —dijo ella casi sin voz. Tenía un aspecto feroz y belicoso andando como una abuela hacia mí con sus espadas por muletas—. Dame. Momento.

Era evidente que ella no tomaría la delantera en ese combate. Si dejaba que Pañal de Buitre se acercase a ella, la mataría, y esa idea me resultaba inaceptable en un 95 por ciento.

—¡Bueno, eurinomo —dije—, sea quien sea tu amo, hoy no vas a matar ni a comerte a nadie!

Saqué rápidamente una flecha del carcaj. La coloqué en el arco y apunté, como había hecho literalmente millones de veces antes, pero el gesto no resultó tan imponente con las manos temblorosas y las piernas flaqueando.

¿Por qué los mortales tiemblan cuando tienen miedo, por cierto? Me parece contraproductivo. Si yo hubiese creado a los humanos, les habría dado una determinación férrea y una fuerza sobrehumana en momentos de terror.

El demonio siseó escupiendo saliva.

—¡PRONTO LOS EJÉRCITOS DEL AMO VOLVERÁN A ALZARSE! —rugió—. ¡REMATAREMOS LA FAENA! ¡DEVORARÉ LA COMIDA HASTA LOS HUESOS, Y LA COMIDA SE UNIRÁ A NOSOTROS!

«¿La comida se unirá a nosotros?» Mi estómago experimentó una repentina pérdida de presión en cabina. Me acordé de por qué a Hades le gustaban tanto aquellos eurinomos. El mínimo corte de sus garras provocaba una enfermedad debilitante a los mortales. Y cuando esos mortales morían, resucitaban convertidos en lo que los griegos llamaban vrykolakas, o, en el lenguaje de la tele, zombis.

Y eso no era lo peor. Si un eurinomo lograba devorar la carne de un cadáver y reducirla hasta los huesos, ese esqueleto revivía transformado en un guerrero no muerto de lo más fiero y fuerte. Muchos servían como guardias de élite en el palacio de Hades, y ese era un puesto que no me interesaba.

—¿Meg? —Seguí apuntando al pecho del demonio con la flecha—. Atrás. no dejes que esa cosa te arañe...

—Pero...

—Por favor —le rogué—. Confía en mí por una vez.

Pañal de Buitre gruñó.

—¡LA COMIDA HABLA MUCHO! ¡HAMBRE!

La criatura arremetió contra mí.

Disparé.

La flecha dio en el blanco —el centro del pecho del demonio—, pero rebotó como un mazo de goma contra metal. Por lo menos la punta de bronce celestial debió de hacerle daño. El demonio chilló y se paró en seco, con una herida arrugada que humeaba en su esternón. Pero el monstruo seguía vivito y coleando. Tal vez si lograse dispararle veinte o treinta veces en ese punto exacto, podría hacerle daño de verdad.

Coloqué otra flecha en el arco con las manos temblorosas.

—¡E-eso era solo una advertencia! —dije, tirándome un farol—. ¡La siguiente te matará!

Pañal de Buitre emitió un ruido borboteante desde el fondo de la garganta. Esperaba que fuesen los estertores de la muerte retardados. Entonces me di cuenta de que estaba riendo.

—¿QUIERES QUE ELIJA OTRA COMIDA PRIMERO? ¿TE DEJO PARA EL POSTRE?

Estiró las garras señalando hacia el coche fúnebre.

No lo entendía. Me negaba a entenderlo. ¿Quería comerse los airbags? ¿La tapicería?

Meg lo comprendió antes que yo. Gritó de rabia.

La criatura era un devorador de muertos. Nosotros conducíamos un coche fúnebre.

—¡NO! —gritó Meg—. ¡Déjalo en paz!

Avanzó pesadamente levantando las espadas, pero no estaba en condiciones de enfrentarse al demonio. La aparté a un lado de un empujón, me interpuse entre ella y la criatura, y empecé a disparar flechas una y otra vez.

Los proyectiles echaron chispas contra el pellejo negro azulado de la criatura y le causaron heridas humeantes, pero no letales. Pañal de Buitre se dirigía a mí tambaleándose, gruñendo de dolor, mientras su cuerpo se retorcía sacudido por el impacto de cada flechazo.

Se encontraba a un metro y medio de distancia.

Sesenta centímetros de distancia, con las garras abiertas para hacerme trizas la cara.

Detrás de mí una voz femenina gritó:

—¡EH!

El sonido distrajo a Pañal de Buitre lo suficiente para permitirme caer valientemente de culo. Me aparté gateando de las garras del demonio.

Pañal de Buitre parpadeó, confundido ante el nuevo público. A unos tres metros de distancia, una mezcolanza de faunos y dríades, una docena aproximada en total, intentaba esconderse detrás de una joven desgarbada de pelo rosa con una armadura de legionario romano.

La chica manipulaba un arma de proyectiles. Vaya por los dioses. Una manubalista. Una pesada ballesta romana. Esos trastos eran terribles. Lentos. Potentes. Famosos por su poca fiabilidad. La flecha estaba colocada. La joven le dio a la manivela; le temblaban tanto las manos como a mí.

Mientras tanto, a mi izquierda, Meg gemía en la hierba tratando de ponerse en pie.

—Me has empujado —se quejó, que seguro que quería decir: «Gracias por salvarme la vida, Apolo».

La chica del pelo rosa levantó la manubalista. Con sus piernas largas y temblorosas, me recordaba a una cría de jirafa.

—¡A-apártate de ellos! —ordenó al demonio.

Pañal de Buitre la obsequió con sus característicos siseos y escupitajos.

—¡MÁS COMIDA! ¡TODOS OS UNIRÉIS A LOS MUERTOS DEL REY!

—Colega. —Uno de los faunos se rascó nervioso la barriga por debajo de su camiseta, en la que se leía república popular de berkeley—. No mola.

—No mola —repitieron varios de sus amigos.

—¡NO PODÉIS LUCHAR CONTRA MÍ, ROMANOS! —gruñó el demonio—. ¡YA HE PROBADO LA SANGRE DE VUESTROS COMPAÑEROS! CUANDO SALGA LA LUNA DE SANGRE, OS UNIRÉIS A ELLOS...

ZAS.

Una flecha de oro imperial apareció en el centro del pecho de Pañal de Buitre. Los ojos lechosos del demonio se abrieron mucho por la sorpresa. La legionaria romana parecía igual de asombrada.

—Le has dado, colega —dijo uno de los faunos, como si eso atentase contra su sensibilidad.

El demonio se deshizo en polvo y plumas de buitre. La flecha cayó al suelo con un ruido sordo.

Meg acudió a mi lado cojeando.

—¿Lo ves? Así es como se mata.

—Cállate —mascullé.

Nos volvimos hacia nuestra insólita salvadora.

La chica del pelo rosa miraba el montón de polvo con el ceño fruncido; le temblaba la barbilla como si fuese a llorar.

—Odio esas cosas —murmuró.

—¿Ha-habías habías luchado con estos demonios antes? —pregunté.

Ella me miró como si hubiese hecho una pregunta tan estúpida que resultase insultante.

Un fauno le dio un codazo.

—Lavinia, colega, pregunta a estos tíos quiénes son.

—Ejem, claro. —Lavinia se aclaró la garganta—. ¿Quiénes sois?

Logré ponerme en pie tratando de recobrar cierta compostura.

—Yo soy Apolo. Esta es Meg. Gracias por salvarnos.

Lavinia me miró fijamente.

—Apolo, el de...

—Es una larga historia. Transportamos el cuerpo de nuestro amigo Jason Grace al Campamento Júpiter para enterrarlo. ¿Podéis ayudarnos?

Lavinia se quedó boquiabierta.

—Jason Grace... ¿ha muerto?

Antes de que pudiese contestarle, sonó un lamento de ira y angustia procedente del otro lado de la autopista 24.

—Oye —dijo uno de los faunos—, ¿esos demonios no suelen cazar en parejas?

Lavinia tragó saliva.

—Sí. Os llevaremos al campamento. Luego hablaremos de —señaló con inquietud el coche fúnebre— quién ha muerto y por qué.

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3

No puedo mascar chicle y correr

con un ataúd al mismo tiempo.

Se siente

¿Cuántos espíritus de la naturaleza hacen falta para llevar a cuestas un ataúd?

La respuesta es imposible de saber, porque todas las dríades y los faunos, menos uno, huyeron entre los árboles cuando se percataron de que había que trabajar. El último fauno también nos habría abandonado, pero Lavinia lo agarró por la muñeca.

—Oh, no, tú no, Don.

Detrás de sus gafas polarizadas multicolores de montura redonda, Don el fauno tenía una mirada de pánico. Le temblaba la barba de chivo; un tic facial que me hizo añorar a Grover el sátiro. (Por si te lo estás preguntando, los faunos y los sátiros son prácticamente iguales. Los faunos simplemente son la versión romana, y no se les da tan bien... Bueno, en realidad, no se les da bien nada.)

—Mira, me encantaría ayudar —dijo Don—. Pero acabo de acordarme de que tenía una cita...

—Los faunos no tienen citas —replicó Lavinia.

—He aparcado el coche en doble fila...

—No tienes coche.

—Tengo que dar de comer al perro...

—¡Don! —le espetó Lavinia—. Me la debes.

—Está bien, está bien. —Don se soltó de un tirón y se frotó la muñeca con expresión agraviada—. Oye, que dijese que Roble Venenoso podía venir a la merienda no quiere decir que te prometiese que vendría.

La cara de Lavinia se tiñó de color rojo terracota.

—¡No me refería a eso! Te he cubierto miles de veces. Ahora te toca a ti ayudarme con esto.

Señaló vagamente hacia mí, el coche fúnebre, el mundo en general. Me preguntaba si Lavinia era nueva en el Campamento Júpiter. Parecía incómoda con la armadura de la legión. No paraba de encoger los hombros, doblar las rodillas y tirarse del colgante de la Estrella de David que pendía de su cuello largo y esbelto. Sus ojos marrón claro y su mechón de pelo rosa no hacían más que acentuar mi primera impresión de ella: una cría de jirafa que se había separado de su madre por primera vez e inspeccionaba la sabana como pensando: «¿Qué hago aquí?».

Meg se me acercó tambaleándose. Se agarró a mi carcaj para mantenerse en equilibrio, y al hacerlo me estrujó el cuello con la correa.

—¿Quién es Roble Venenoso?

—Meg —la reprendí—, no es asunto nuestro. Pero yo diría que Roble Venenoso es una dríade que le interesa a Lavinia, como a ti te interesaba Josué en Palm Springs.

—A mí no me interesaba... —escupió Meg.

—A mí no me interesa... —repitió Lavinia.

Las dos chicas se quedaron calladas mirándose con el entrecejo fruncido.

—Además —dijo Meg—, ¿Roble Venenoso no es... venenosa?

Lavinia abrió los dedos hacia el cielo como si estuviese pensando: «Otra vez esa pregunta, no».

—¡Roble Venenoso es preciosa! Lo que no quiere decir que yo saldría con ella...

Don resopló.

—Lo que tú digas, colega.

Lavinia lanzó flechas de ballesta por los ojos al fauno.

—Pero me lo pensaría... si hubiese química o algo por el estilo. Por eso quise escaquearme de la patrulla para ir a la merienda, donde Don me había asegurado...

—¡Basta! —Don rio con nerviosismo—. ¿No deberíamos llevar a estos chicos al campamento? ¿Qué tal en ese coche fúnebre? ¿Todavía funciona?

Retiro lo que dije de que a los faunos no se les da bien nada. Don era todo un experto en cambiar de tema.

Tras un examen más detenido, vi lo deteriorado que estaba el coche fúnebre. Aparte de numerosas abolladuras y arañazos con aroma a eucalipto, la parte delantera se había deformado al atravesar el quitamiedos. Ahora parecía el acordeón de Flaco Jiménez cuando le di con un bate de béisbol. (Lo siento, Flaco, pero tocaste tan bien que me dio envidia, y el acordeón acabó pagando los platos rotos.)

—Podemos cargar con el ataúd —propuso Lavinia—. Entre los cuatro.

Otro chillido airado hendió el aire vespertino. Esta vez parecía más cerca; un poco más al norte de la autopista.

—No lo conseguiremos —dije— si tenemos que subir al túnel de Caldecott.

—Hay otro camino —anunció Lavinia—. Una entrada secreta al campamento. Mucho más cerca.

—Eso me gusta —dijo Meg.

—El caso —continuó Lavinia— es que ahora mismo yo debería estar de guardia. Mi turno está a punto de terminar. No sé cuánto tiempo podrá cubrirme mi compañera. Así que, cuando lleguemos al campamento, dejad que yo explique dónde y cómo nos hemos encontrado.

Don se estremeció.

—Si alguien se entera de que Lavinia se ha saltado otra vez la guardia...

—¿Otra vez? —pregunté.

—Cállate, Don —le espetó ella.

Por una parte, los problemas de Lavinia parecían triviales comparados, por ejemplo, con morir y ser devorado por un demonio. Por otra parte, sabía que los castigos de la legión romana podían ser muy severos. A menudo intervenían látigos, cadenas y animales vivos rabiosos, como en un concierto de Ozzy Osbourne de alrededor de 1980.

—Te debe de gustar mucho Roble Venenoso —decidí.

Lavinia gruñó. Recogió la flecha de su manubalista y me amenazó con ella.

—Yo os ayudo, y vosotros me ayudáis a mí. Ese es el trato.

Meg habló por mí:

—Trato hecho. ¿Cómo de rápido podemos correr con un ataúd?

Resultó que no muy rápido.

Después de recoger el resto de nuestras cosas del coche fúnebre, Meg y yo agarramos la parte trasera del ataúd de Jason. Lavinia y Don agarraron la delantera. Portamos el féretro trotando torpemente por el litoral; yo miraba nervioso las copas de los árboles esperando que no cayesen del cielo más demonios.

Lavinia nos prometió que la entrada secreta estaba justo al otro lado del lago. El problema era precisamente que estaba al otro lado del lago, y eso implicó que, al no poder portar el féretro de Jason por el agua, tuvimos que cargar con él aproximadamente medio kilómetro alrededor de la orilla.

—Venga ya —dijo Lavinia cuando me quejé—. Hemos venido corriendo de la playa para ayudaros. Lo mínimo que podéis hacer es volver corriendo con nosotros.

—Sí —asentí—, pero el ataúd pesa.

—Yo estoy con él —convino Don.

Lavinia resopló.

—Deberíais intentar marchar treinta kilómetros con el uniforme entero de la legión, chicos.

—No, gracias —murmuré.

Meg no dijo nada. Pese a tener la tez pálida y respirar pesadamente, cargaba con su lado del ataúd sin quejarse, seguramente para hacerme sentir mal.

Finalmente, llegamos a la playa de la merienda. Un letrero situado al comienzo del sendero rezaba:

LAGO TEMESCAL

NADE POR SU CUENTA Y RIESGO.

Típico de los mortales: te avisan de que te puedes ahogar, pero no de los demonios devoradores de carne.

Lavinia nos llevó hasta un pequeño edificio de piedra que tenía servicios y un gran vestuario. En el muro trasero exterior, medio oculta detrás de unas zarzas, había una puerta metálica sin nada de particular que Lavinia abrió de una patada. Dentro, un pasadizo de hormigón descendía en pendiente a la oscuridad.

—Supongo que los mortales no saben de la existencia de esto —deduje.

Don rio entre dientes.

—No, colega, creen que es un cuarto de generadores o algo por el estilo. Ni siquiera la mayoría de los legionarios saben que existe. Solo los guais como Lavinia.

—No te vas a librar de ayudarme, Don —dijo ella—. Dejemos el ataúd un momento.

Pronuncié una oración silenciosa de agradecimiento. Me dolían los hombros. Tenía la espalda empapada en sudor. Me acordé de la vez que Hera me hizo cargar con un trono de oro macizo por su sala de estar en el Olimpo hasta que encontró el punto exacto para él. Uf, esa diosa.

Lavinia sacó un paquete de chicles del bolsillo de sus vaqueros. Se metió tres en la boca y luego nos ofreció a Meg y a mí.

—No, gracias —decliné.

—Claro —dijo Meg.

—¡Claro! —repitió Don.

Lavinia puso el paquete fuera de su alcance.

—Don, sabes que el chicle no te sienta bien. La última vez estuviste días abrazado al váter.

El fauno hizo un mohín.

—Pero sabe bien.

Lavinia miró por el túnel entornando los ojos mientras masticaba frenéticamente el chicle.

—Es demasiado estrecho para llevar el ataúd entre los cuatro. Yo iré delante. Don, tú y Apolo —frunció el ceño como si todavía le costase creer que me llamase así— poneos cada uno en un extremo.

—¿Solo nosotros dos? —protesté.

—¡Eso mismo! —convino Don.

—Llevadlo como si fuese un sofá —dijo Lavinia, como si eso me sirviese de algo—. Y tú... ¿cómo te llamas? ¿Peg?

—Meg —respondió Meg.

—¿Hay algo que no necesites llevar? —preguntó Lavinia—. Como... ¿Esa cosa de cartulina que llevas debajo del brazo es un trabajo escolar?

Meg debía de estar increíblemente cansada, porque no frunció el ceño ni pegó a Lavinia ni hizo que le saliesen geranios de las orejas. Se limitó a ponerse de lado para proteger la maqueta de Jason con el cuerpo.

—No. Es importante.

—De acuerdo. —Lavinia se rascó la ceja, que, como su pelo, estaba teñida de rosa—. Tú quédate detrás. Vigila nuestra retirada. Esta puerta no puede estar cerrada, y eso significa...

Justo en ese momento sonó el grito más fuerte que habíamos oído hasta entonces procedente del otro lado del lago. Era un grito lleno de rabia, como si el demonio hubiese descubierto el polvo y el pañal de buitre de su compañero abatido.

—¡Vamos! —dijo Lavinia.

Empecé a cambiar de impresión sobre nuestra amiga de pelo rosa. Para ser una cría de jirafa asustadiza, podía ser muy mandona.

Descendimos en fila india al pasadizo, yo con la parte trasera del ataúd y Don con la delantera.

El chicle de Lavinia perfumó el aire viciado, de modo que el túnel olía a algodón de azúcar mohoso. Cada vez que ella o Meg reventaban un globo, me sobresaltaba. Rápidamente me empezaron a doler las manos por el peso el féretro.

—¿Cuánto falta? —pregunté.

—Apenas hemos entrado en el túnel —respondió Lavinia.

—Entonces..., ¿no estamos lejos?

—Unos quinientos metros más o menos.

Intenté proferir un gruñido de aguante viril. Me salió más bien un puchero.

—Chicos —dijo Meg detrás de mí—, tenemos que ir más rápido.

—¿Ves algo? —inquirió Don.

—Todavía no —contestó ella—. Es solo una sensación.

Sensaciones. Las detestaba.

Nuestras armas eran nuestra única fuente de luz. Los detalles de oro de la manubalista colgada a la espalda de Lavinia emitían un aura fantasmal alrededor de su cabello rosa. El brillo de las espadas de Meg proyectaba nuestras sombras alargadas en cada una de las dos paredes, de modo que parecía que anduviésemos en medio de una multitud espectral. Cada vez que Don miraba por encima del hombro, parecía que sus gafas polarizadas multicolores flotasen en la oscuridad como manchas de aceite en el agua.

Me ardían las manos y los antebrazos del esfuerzo, pero a Don no parecía que le costase nada. Estaba decidido a no suplicar piedad antes que el fauno.

El sendero se ensanchó y se niveló. Lo interpreté como una buena señal, aunque ni Meg ni Lavinia se ofrecieron a llevar el féretro.

Finalmente, mis manos no pudieron aguantar más.

—Alto.

Don y yo logramos dejar el ataúd de Jason un momento antes de que se me cayese. Mis dedos lucían unas profundas marcas rojas. Se me estaban empezando a formar ampollas en las palmas de las manos. Sentía como si me hubiese enfrentado a Pat Metheny en un duelo de guitarras de jazz durante nueve horas, usando una Fender Stratocaster de hierro que pesase trescientos kilos.

—Ay —murmuré, pues antes era el dios de la poesía y cuento con grandes poderes descriptivos.

—No podemos descansar mucho —advirtió Lavinia—. Mi turno ya debe de haber terminado. Mi compañera estará preguntándose dónde estoy.

Casi me dieron ganas de reír. Me había olvidado de que, aparte de todos nuestros problemas, debíamos preocuparnos de los novillos de Lavinia.

—¿Te denunciará tu compañera?

Lavinia miró a la oscuridad.

—No, a menos que no le quede más remedio. Es mi centuriona, pero es legal.

—¿Tu centuriona te da permiso para que te escaquees? —dije.

—No exactamente. —Lavinia tiró de su colgante de la Estrella de David—. Solo hace la vista gorda. Ella lo entiende.

Don rio entre dientes.

—¿Te refieres a lo de estar colada por alguien?

—¡No! —repuso ella—. Tener que hacer guardia cinco horas seguidas... Uf. ¡No puedo hacerlo! Sobre todo después de lo que ha pasado últimamente.

Consideré la forma en que Lavinia jugueteaba con su collar, masticaba desenfrenadamente chicle y andaba sin parar tambaleándose con sus piernas larguiruchas. La mayoría de los semidioses padecen un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Están mentalmente programados para estar en continuo movimiento, saltando de batalla en batalla. Pero estaba claro que Lavinia tenía un alto grado de hiperactividad.

—Cuando dices «lo que ha pasado últimamente...» —apunté, pero antes de que pudiese terminar la frase, la postura de Don se volvió rígida. Le temblaron la nariz y la barba de chivo. Había pasado suficiente tiempo en el Laberinto con Grover Underwood para saber lo que eso significaba.

—¿Qué hueles? —pregunté.

—No estoy seguro... —Olfateó—. Está cerca. Y apesta.

—Ah. —Me ruboricé—. Me he duchado por la mañana, pero cuando hago esfuerzos, este cuerpo mortal suda...

—No es eso. ¡Escuchad!

Meg miró en la dirección por la que habíamos venido. Levantó sus espadas y aguardó. Lavinia se descolgó la manubalista y escudriñó las sombras delante de nosotros.

Finalmente, por encima de los fuertes latidos de mi corazón, oí un tintineo metálico y un eco de pisadas sobre piedra. Alguien corría hacia nosotros.

—Ya vienen —anunció Meg.

—No, espera —dijo Lavinia—. ¡Es ella!

Me dio la impresión de que Meg y Lavinia hablaban de dos cosas distintas, y no estaba seguro de que me gustase ninguna de las dos.

—¿Ella, quién? —pregunté.

—¿Ellos, dónde? —chilló Don.

Lavinia alzó la mano y gritó:

—¡Estoy aquí!

—¡Chisss! —dijo Meg, que seguía mirando en la dirección por la que habíamos venido—. ¿Qué haces, Lavinia?

Entonces una chica entró trotando en nuestro c

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