LA PUERTA
QUE NO ESTABA ALLÍ
Había una vez un mercader rico que vivía en la linde del bosque, en una diminuta aldea de Interior. Aunque pasaba la mayor parte del tiempo viajando, estuvo en casa lo suficiente para darle dos hijas a su esposa, la mayor morena y la menor rubia, nacidas con un año de diferencia.
El padre era distante y la madre era extraña, y solía encerrarse en su habitación durante horas. Sus hijas la oían hablando con alguien cuando pegaban la oreja a la puerta, pero solo la mayor, Anya, llegó a escuchar la respuesta del otro interlocutor. La voz que oyó era tan débil y susurrante que casi creyó que se trataba de unas hojas contra la ventana.
Un día de invierno, cuando Anya tenía dieciséis años, su madre se encerró en el dormitorio y no volvió a abrir la puerta nunca más. Al cabo de tres días, los sirvientes la echaron abajo y encontraron… una habitación vacía. Las ventanas estaban cerradas, el invierno aullaba fuera y la mujer se había esfumado. Pero había dejado algo en prenda: en el suelo, en un charco de sangre, había un puñal de hueso.
Anya oyó los cuchicheos de los sirvientes y se coló en la habitación para verlo con sus propios ojos. La mancha que encontró en el suelo le provocó una aversión tan inmensa a la sangre que se acostumbró a lavar a oscuras los paños que usaba cuando tenía el periodo.
Los sirvientes hicieron llegar al padre ausente la noticia de que su esposa había muerto, o se había marchado, o algo peor, pero durante un tiempo no obtuvieron respuesta por su parte. Hasta el primer día cálido de primavera, cuando el hombre volvió al hogar en un carruaje que sus hijas no habían visto nunca.
Dentro iba la nueva madre de las muchachas. Con unos zapatos forrados de seda, colgada del brazo de su padre, se bajó del carruaje y apoyó los pies en el camino de adoquines. Era más menuda que Anya, con un moño de pelo claro y unos ojos azules que miraban a una y otra hijastra con total frialdad.
Su padre se quedó en casa seis meses, enamorado de su nueva esposa y tolerando a sus hijas. Estas corrían tan asalvajadas como siempre, acostumbradas a criarse solas, y no prestaban mucha atención a su nueva madrastra.
Sin embargo, al final el padre se cansó de la madrastra, igual que en otro tiempo se había cansado de su anterior mujer, e igual que siempre se había aburrido de sus hijas. Aquel día, le dio un beso de despedida a su nueva esposa, saludó con la cabeza a sus hijas y se marchó.
A partir de entonces, la madrastra se ocupó de la casa y de sus hijastras. Tanto si estaba aburrida como si la movía la crueldad, el resultado acababa siendo siempre el mismo. Primero, gritaba a las chicas y les exigía que se quedaran cerca de ella. Después, las rechazaba, les daba bofetones a la menor provocación, llevaba unas tijeras en el bolsillo para cortarles mechones de pelo cuando la irritaban. Cada vez que salía de casa, encerraba a las muchachas (según decía, para evitar que hicieran maldades). Las metía en la habitación de su madre, donde las ventanas estaban cerradas por el óxido y la mancha oscura del suelo atormentaba a Anya igual que un vil ojo negro. Tras su desaparición, habían cortado la cama de su madre para hacer leña y habían vendido o guardado bajo llave todos los objetos bonitos que atesoraba. Así pues, las chicas deambulaban como un par de semillas al viento por la habitación vacía y evitaban la venenosa mancha del suelo.
Al principio, su madrastra se ausentaba durante unas horas. Después pasó a estar fuera días enteros y, más tarde, también por las noches. La primera vez que las dejó encerradas del ocaso al amanecer, Anya aporreó la puerta y gritó hasta desgañitarse y hasta que se le pelaron los puños, pero nadie fue a buscarlas.
Cuando la madrastra abrió por fin la puerta, arrugó la nariz ante el olor y señaló el orinal.
—Vaciadlo —les ordenó.
El kohl y el colorete se entremezclaban como si fuesen un caramelo de rayas en sus mejillas; no se atrevió a mirar a los ojos a sus hijastras.
Llegó el día en que las encerró con un plato de manzanas y una jarra de agua para no regresar jamás. El sol salió y se puso, salió y se puso. El tercer día, Anya miró por la ventana y vio que los sirvientes se marchaban de la casa uno por uno, con sus bártulos a la espalda.
La casa se quedó vacía. Se comieron las manzanas, se les acabó el agua. Las ventanas seguían cerradas y era imposible romper el cristal, ni siquiera cuando Anya le arrojó una de sus botas.
Esa noche, las hermanas se tumbaron juntas en el centro del dormitorio, con la intención de calentarse mutuamente. Lisbet estaba sumida en un sueño ligero cuando Anya oyó un sonido que casi había olvidado. Era algo similar a las hojas meciéndose junto a una ventana abierta.
Procedía de la mancha de sangre del suelo. Poco a poco, se acercó sigilosa a la sangre seca y apoyó la oreja encima mientras contenía la respiración. Era ya casi de madrugada cuando el susurro de las hojas dio paso a una voz.
«Vais a morir», le dijo la voz.
Anya rodó por el suelo, enfadada. «Ya lo sé —contestó furiosa, mentalmente—. Ya estamos medio muertas».
«Vais a morir —repitió la voz—. Salvo que…».
Y le dijo cómo podía lograr que se salvaran su hermana y ella. De qué modo podía modificar el mundo lo suficiente para que ambas siguieran con vida.
Pero requería sangre.
Al amanecer, Anya le transmitió a Lisbet lo que le había contado la mancha. Su madre no estaba muerta, se había ido. Había utilizado la magia para fabricar una puerta que la había transportado muy muy lejos. La sangre de su madre había hablado a Anya y le había indicado cómo crear una puerta para ellas.
—Requerirá sangre —le advirtió a Lisbet—, pero no puede ser la mía.
Era mentira. No es que Anya fuese malvada, es que tenía miedo. Al pensar en abrirse sus propias venas, la embargaba un terror tan enfermizo que sentía que caía a un abismo interminable. Se tragó el sabor amargo de la mentira en la boca y cogió el puñal de hueso del lugar en el que la voz le había dicho que lo encontraría: detrás de un ladrillo suelto que había dentro de la chimenea.
—No puede ser mía —repitió—, porque yo soy la hechicera. Tengo que crear la puerta y tú debes aportar la sangre necesaria para hacerlo.
Lisbet asintió, aunque algo en sus ojos le transmitió a Anya que sabía que era mentira.
Anya se enfadó. Cuando pasó la hoja afilada por las muñecas de su hermana, la rabia hizo que no tuviese cuidado y hundió demasiado el puñal.
Lisbet no dijo nada cuando su hermana le tomó la muñeca y la utilizó para dibujar una puerta.
Pintó primero los laterales, con dos líneas continuas, arrastrando las muñecas de Lisbet por la piedra de la pared. Luego levantó a su hermana tanto como pudo para pintar un dintel sobre la puerta. Cuando Anya la bajó para que volviese a apoyar los pies, Lisbet estaba tan blanca como la pulpa de una manzana.
Anya apartó la mirada de la cara seca de su hermana y dijo las palabras que convertirían la sangre en una puerta de verdad. Las palabras que la voz le había dicho al oído, tres veces, para que no se olvidara.
De pronto, la piedra absorbió la sangre y el color rojo se convirtió en unas líneas de cálida luz blanca. La puerta recién formada se abrió hacia ellas y dejó salir una bocanada de aire cálido y un olor a algodón limpio. Se dieron la mano y observaron cómo se abría.
Entonces Lisbet gimió, se tambaleó y se desplomó en el suelo. Con el brazo extendido, las frías yemas de sus dedos casi tocaron la puerta.
La puerta que no estaba allí, y luego sí estaba. La puerta que había alimentado con su sangre vital.
En el instante en que exhaló su último aliento, la luz blanca tembló y se volvió de color verde. El verde de las heridas infectadas, de las pesadillas, del moho que se formaba en el pan de una semana. El aroma a algodón se volvió polvoriento y se le atascó a Anya en la garganta. Se abalanzó contra la puerta, pero ya era demasiado tarde. Esta se abrió, centímetro a centímetro, y como la boca de una bodega, exhaló aire rancio y maloliente.
Anya no creía que su madre estuviera detrás de esa puerta, pero no tenía ningún otro sitio al que ir. Así pues, levantó a Lisbet en volandas y la llevó consigo al otro lado.
Al cruzar el umbral entraron en una habitación igual que la que acababan de dejar atrás, pero al revés. Anya dirigió la mirada al suelo en busca de la mancha oscura. En su lugar había un charco de sangre roja recién derramada. Corrió por la habitación, todavía con el cuerpo de su hermana en brazos, y abrió de par en par la puerta del dormitorio.
El pasillo que había detrás se curvaba a la izquierda en lugar de a la derecha, y las lámparas de la pared habían desaparecido, sustituidas por cuadros de personas que Anya no reconocía. En lugar de ojos tenían agujeros abrasados y su boca estaba húmeda y roja. El pasillo presentaba una asfixiante luz verde.
Con Lisbet en brazos, Anya avanzó por la casa. Estaba fría y olía a polvo de carbón y a hierro. En todas las chimeneas de la casa se retorcían unas llamas que no desprendían calor. En todas las mesas había platos de carne podrida, o satinadas flores oscuras con polen seco asomando por los pistilos.
Cuando abrió la puerta principal, Anya vio que la enfermedad se extendía más allá de la casa. Las ramas de los árboles se habían convertido en huesos finos y el polvo de la carretera no era polvo, sino cenizas que crujían al pisarlas.
«Lo he provocado yo —se dijo la muchacha—. He matado a mi hermana… Su muerte ha hecho una puerta, ¡y esa puerta se ha abierto a la muerte!».
Tardó horas, pero logró cavar un hoyo lo bastante hondo en la tierra quemada para enterrar a su hermana. Después se dirigió a la aldea, para ver si lograba encontrar algún ser con vida.
El pueblo era una colección de extraños horrores. No se veía ni un solo ser, solo había un pesado cielo que bañaba el mundo por completo con una luz del color de la enfermedad, y puertas cerradas con llave en todas las casas, y ventanas pintadas de un negro ciego.
Anya lloró su pena y vagó sin rumbo, sin fatigarse jamás. No le hacía falta dormir ni comer ni beber, y cuando se pasó el puñal de hueso por la muñeca, no le hizo ni un rasguño en la piel. Trepó por las densas viñas negras que cubrían los muros de una granja y se subió a las tejas grises del tejado, medio desmoronadas. Desde ahí, saltó.
Aterrizó en el suelo igual que una hoja de otoño y cayó a la superficie totalmente ilesa. Allí se quedó, rezando por que llegara el fin, a pesar de que todos los ruegos le sabían igual de amargos que la mentira que había matado a su hermana.
Entonces fue cuando la voz volvió a hablarle.
Había transcurrido mucho tiempo desde que se había tumbado en el suelo de la habitación de su madre para que la mancha le susurrase secretos al oído. Más tiempo del que creía. En un lugar muy lejano, su madrastra había muerto, atacada por unas fiebres. Su padre se había casado con otra esposa, que le había dado un hijo.
«¿Puedes devolverme a casa?», suplicó Anya.
«Esa no es la pregunta que debes formularme», respondió la voz.
La voz la condujo por toda la aldea hasta llegar a la tumba que había cavado delante de la casa de su padre. Allí había crecido un nogal negro. Sus hojas, que se mecían, eran el único signo de vida y movimiento en aquella tierra yerma. «Lisbet», susurró Anya, y apoyó la mano en el tronco del árbol.
Con un siseo que parecía un suspiro, el árbol dejó caer tres nueces en sus manos. Anya las abrió una por una.
La primera contenía un vestido de satén verde, del mismo color que las alas de las polillas.
La segunda contenía unos zapatos negros que brillaban como el azabache.
La ter
