Hermandad (Brujas y nigromantes 1)

Raquel Brune

Fragmento

brujas_y_nigromantes-2

prologo

Caos detestaba a los humanos y todo su mundo.

Odiaba a sus falsos ídolos, su hipocresía continua, su anhelo de eternidad y el temor ante su propia fragilidad. Pero había algo que detestaba aún más: a las brujas.

Los primeros le adoraron como a un dios gracias a sus contradicciones, y las segundas le desterraron a aquel mundo hostil.

En el Valle de Lágrimas no crecía la vida, y tampoco había lugar para la muerte. Puede que lo que más le irritara de la humanidad fuera el mundo en el que les había tocado vivir y que no sabían valorar. El trascurso del tiempo era imposible de calcular; sin embargo, Caos sentía el peso de varios milenios sobre su espíritu. Miles de años para tramar su venganza, para asegurarse de que, si no estaban dispuestos a compartir su mundo, lo destruiría por completo.

Lo único que tuvo que hacer fue seguir esperando, paciente. Esperar y esperar hasta que llegase el momento oportuno.

Y entonces, un día, el aire fresco y vital de la tierra se abrió paso en el inamovible páramo. Lo reconoció en cuanto rozó su cuerpo inmaterial. La esencia de los bosques, las selvas, los desiertos y las tundras, los ríos y los mares era inconfundible.

Si hubiese tenido un rostro, habría sonreído.

Alguien había abierto una grieta entre los dos mundos.

1. Sabele

Sabele era la clase de persona a la que todo el mundo adora, incluso aquellos que desearían odiarla: inteligente, guapa, trabajadora, amable y, por si no fuera suficiente, bruja. Una con mucho talento, además. Aunque lo lógico sería que alguien tan insoportablemente perfecto dejase una larga estela de envidiosos cruzando los dedos para que algo le fuese mal por una vez, su lista de enemigos personales era casi tan escueta como la de sus defectos. Por eso cosechaba cientos de miles de seguidores en las redes sociales sin apenas esfuerzo. Su vida no solo parecía idílica, sino que realmente lo era.

Compartía un coqueto pisito con sus dos mejores amigas en Malasaña, un céntrico barrio de Madrid frecuentado por todo tipo de artistas y gente bohemia y, en los últimos tiempos, también por muchos turistas y aquellos estudiantes internacionales que podían permitirse pagar los alquileres al alza. Tenía un fondo de armario digno de una aristócrata; la mayor parte de su ropa eran regalos de las marcas que se peleaban por vestirla, aunque sus prendas favoritas eran las joyas de segunda mano que encontraba por las tiendas del barrio y que le daban un aire de cantante de los noventa. Su piel era tan tersa e impoluta como la de una estatua griega; su risa, contagiosa, y su rostro, tan geométrico que alguno de los fotógrafos con los que había trabajado sufrieron el síndrome de Stendhal por mirarla durante demasiado tiempo.

Aunque se formaba como hechicera, no le había hecho falta estudiar una carrera tediosa ni matarse como becaria por un salario de chiste para ganarse la vida holgadamente a sus veintiún años. Todo gracias a su blog (que últimamente tenía algo abandonado), su canal de YouTube y su cuenta en Instagram. Por fortuna para Sabele y su estilo de vida, en pleno siglo XXI una podía exhibir sus talentos mágicos ante millones de internautas sin correr el riesgo de ser quemada en la hoguera; incluso podía ganarse un sueldo haciéndolo.

Sí, Sabele era afortunada y muy consciente de ello. Por eso evitaba quejarse mucho si se sentía mal, en lugar de eso, se concentraba en responder a los comentarios de los seguidores que le pedían consejo durante horas y horas. En los últimos meses había pasado mucho tiempo haciéndolo para no pensar en «La ruptura más triste del 2017» según su web sobre actualidad y sociedad mágica preferida. Y planeaba seguir así, concentrada en su trabajo y en prepararse para la prueba de aprendiz de la Dama. Lástima que sus compañeras de piso no pensasen dejar el tema tan fácilmente.

Sabele redactaba tranquilamente el guion de su próximo vídeo, «Conjuros y piedras para aprobar los exámenes». Agitaba los pies en el aire de manera relajada, con el vientre sobre la cama y su larga melena rubia recogida en el típico moño desenfadado que solo favorece a unas pocas elegidas. Las estanterías y paredes de su cuarto eran blancas, pero la colección de cristales y piedras mágicas, los estandartes con runas y sus libros sobre el oficio brujeril se encargaban de llenar la estancia de color. A su lado, su amiga Rosita intentaba inútilmente sumergirse en la lectura de su nuevo libro: Pociones del Pacífico americano.

Ni siquiera sabían por qué se molestaban en disimular. Cuando las tres estaban en la misma habitación, concentrarse resultaba una tarea imposible. Fue Ame la que rompió el silencio desde la alfombra rosa de su habitación.

—¿De verdad vas a hacerte Tinder?

Sabele fingió hacer anotaciones en su cuaderno mientras respondía.

—¿Por qué no?

—Es que hacíais tan buena pareja… ¡Y solo han pasado tres días! ¡Tres!

—Deja que la chica se divierta un poco —dijo Rosita sin alzar la vista de las páginas amarillentas del pesado volumen negro—. Además, no es asunto nuestro.

—Tres días —insistió Ame, quien se consideraba personalmente responsable de que la vida amorosa de todos a su alrededor fuese digna de un cuento de hadas.

—Solo es por curiosidad, nunca he usado una. —Aunque eso no era todo. Las pruebas de aprendiz de la Dama eran dentro de un par de semanas, pero quería dejar claro que había pasado página de forma irrevocable. Ya había dedicado demasiado tiempo y energía a tomar una decisión que no fue nada fácil. Les había preguntado a las cartas mil veces y siempre le decían lo mismo: era el momento de acabar una etapa y empezar otra. Pese a las advertencias de su mazo preferido, se había demorado más de la cuenta en dar el paso.

Su respuesta no satisfizo a Ame.

—¿Para qué tanta prisa? ¡Por la Diosa, Sabele! Todos dábamos por hecho que Cal y tú estaríais juntos para siempre, ¡sois la pareja perfecta!

—Lo éramos —corrigió Sabele.

—¿Y por qué habéis roto entonces?

—No nos quedaba ningún sitio al que ir juntos. Se acabó el recorrido de la relación. Ya está.

Desde el flechazo a la ruptura, pasando por casi cuatro años de noviazgo, Sabele y Cal habían reunido todos los requisitos de un amor de película. Se conocieron en un festival de música en pleno verano cuando él se ofreció a auparla para que pudiese ver algo después de que un tipo de casi dos metros se colase a codazos justo delante de ella. Al principio dudó al notar la energía de la magia de muerte que emanaba del nigromante, pero después del concierto cenaron algo juntos, pasearon por la playa y acabaron viendo el amanecer a la orilla del mar tras pasarse horas hablando sin parar.

Desde entonces, no se habían separado.

Vista desde fuera, la relación no tenía fisuras. No habían permitido que la rutina acabase con la pasión de los primeros días; los celos, las mentiras y el control no tenían cabida entre ellos, y jamás se reprochaban nada que

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