
Caos detestaba a los humanos y todo su mundo.
Odiaba a sus falsos ídolos, su hipocresía continua, su anhelo de eternidad y el temor ante su propia fragilidad. Pero había algo que detestaba aún más: a las brujas.
Los primeros le adoraron como a un dios gracias a sus contradicciones, y las segundas le desterraron a aquel mundo hostil.
En el Valle de Lágrimas no crecía la vida, y tampoco había lugar para la muerte. Puede que lo que más le irritara de la humanidad fuera el mundo en el que les había tocado vivir y que no sabían valorar. El trascurso del tiempo era imposible de calcular; sin embargo, Caos sentía el peso de varios milenios sobre su espíritu. Miles de años para tramar su venganza, para asegurarse de que, si no estaban dispuestos a compartir su mundo, lo destruiría por completo.
Lo único que tuvo que hacer fue seguir esperando, paciente. Esperar y esperar hasta que llegase el momento oportuno.
Y entonces, un día, el aire fresco y vital de la tierra se abrió paso en el inamovible páramo. Lo reconoció en cuanto rozó su cuerpo inmaterial. La esencia de los bosques, las selvas, los desiertos y las tundras, los ríos y los mares era inconfundible.
Si hubiese tenido un rostro, habría sonreído.
Alguien había abierto una grieta entre los dos mundos.

Sabele era la clase de persona a la que todo el mundo adora, incluso aquellos que desearían odiarla: inteligente, guapa, trabajadora, amable y, por si no fuera suficiente, bruja. Una con mucho talento, además. Aunque lo lógico sería que alguien tan insoportablemente perfecto dejase una larga estela de envidiosos cruzando los dedos para que algo le fuese mal por una vez, su lista de enemigos personales era casi tan escueta como la de sus defectos. Por eso cosechaba cientos de miles de seguidores en las redes sociales sin apenas esfuerzo. Su vida no solo parecía idílica, sino que realmente lo era.
Compartía un coqueto pisito con sus dos mejores amigas en Malasaña, un céntrico barrio de Madrid frecuentado por todo tipo de artistas y gente bohemia y, en los últimos tiempos, también por muchos turistas y aquellos estudiantes internacionales que podían permitirse pagar los alquileres al alza. Tenía un fondo de armario digno de una aristócrata; la mayor parte de su ropa eran regalos de las marcas que se peleaban por vestirla, aunque sus prendas favoritas eran las joyas de segunda mano que encontraba por las tiendas del barrio y que le daban un aire de cantante de los noventa. Su piel era tan tersa e impoluta como la de una estatua griega; su risa, contagiosa, y su rostro, tan geométrico que alguno de los fotógrafos con los que había trabajado sufrieron el síndrome de Stendhal por mirarla durante demasiado tiempo.
Aunque se formaba como hechicera, no le había hecho falta estudiar una carrera tediosa ni matarse como becaria por un salario de chiste para ganarse la vida holgadamente a sus veintiún años. Todo gracias a su blog (que últimamente tenía algo abandonado), su canal de YouTube y su cuenta en Instagram. Por fortuna para Sabele y su estilo de vida, en pleno siglo XXI una podía exhibir sus talentos mágicos ante millones de internautas sin correr el riesgo de ser quemada en la hoguera; incluso podía ganarse un sueldo haciéndolo.
Sí, Sabele era afortunada y muy consciente de ello. Por eso evitaba quejarse mucho si se sentía mal, en lugar de eso, se concentraba en responder a los comentarios de los seguidores que le pedían consejo durante horas y horas. En los últimos meses había pasado mucho tiempo haciéndolo para no pensar en «La ruptura más triste del 2017» según su web sobre actualidad y sociedad mágica preferida. Y planeaba seguir así, concentrada en su trabajo y en prepararse para la prueba de aprendiz de la Dama. Lástima que sus compañeras de piso no pensasen dejar el tema tan fácilmente.
Sabele redactaba tranquilamente el guion de su próximo vídeo, «Conjuros y piedras para aprobar los exámenes». Agitaba los pies en el aire de manera relajada, con el vientre sobre la cama y su larga melena rubia recogida en el típico moño desenfadado que solo favorece a unas pocas elegidas. Las estanterías y paredes de su cuarto eran blancas, pero la colección de cristales y piedras mágicas, los estandartes con runas y sus libros sobre el oficio brujeril se encargaban de llenar la estancia de color. A su lado, su amiga Rosita intentaba inútilmente sumergirse en la lectura de su nuevo libro: Pociones del Pacífico americano.
Ni siquiera sabían por qué se molestaban en disimular. Cuando las tres estaban en la misma habitación, concentrarse resultaba una tarea imposible. Fue Ame la que rompió el silencio desde la alfombra rosa de su habitación.
—¿De verdad vas a hacerte Tinder?
Sabele fingió hacer anotaciones en su cuaderno mientras respondía.
—¿Por qué no?
—Es que hacíais tan buena pareja… ¡Y solo han pasado tres días! ¡Tres!
—Deja que la chica se divierta un poco —dijo Rosita sin alzar la vista de las páginas amarillentas del pesado volumen negro—. Además, no es asunto nuestro.
—Tres días —insistió Ame, quien se consideraba personalmente responsable de que la vida amorosa de todos a su alrededor fuese digna de un cuento de hadas.
—Solo es por curiosidad, nunca he usado una. —Aunque eso no era todo. Las pruebas de aprendiz de la Dama eran dentro de un par de semanas, pero quería dejar claro que había pasado página de forma irrevocable. Ya había dedicado demasiado tiempo y energía a tomar una decisión que no fue nada fácil. Les había preguntado a las cartas mil veces y siempre le decían lo mismo: era el momento de acabar una etapa y empezar otra. Pese a las advertencias de su mazo preferido, se había demorado más de la cuenta en dar el paso.
Su respuesta no satisfizo a Ame.
—¿Para qué tanta prisa? ¡Por la Diosa, Sabele! Todos dábamos por hecho que Cal y tú estaríais juntos para siempre, ¡sois la pareja perfecta!
—Lo éramos —corrigió Sabele.
—¿Y por qué habéis roto entonces?
—No nos quedaba ningún sitio al que ir juntos. Se acabó el recorrido de la relación. Ya está.
Desde el flechazo a la ruptura, pasando por casi cuatro años de noviazgo, Sabele y Cal habían reunido todos los requisitos de un amor de película. Se conocieron en un festival de música en pleno verano cuando él se ofreció a auparla para que pudiese ver algo después de que un tipo de casi dos metros se colase a codazos justo delante de ella. Al principio dudó al notar la energía de la magia de muerte que emanaba del nigromante, pero después del concierto cenaron algo juntos, pasearon por la playa y acabaron viendo el amanecer a la orilla del mar tras pasarse horas hablando sin parar.
Desde entonces, no se habían separado.
Vista desde fuera, la relación no tenía fisuras. No habían permitido que la rutina acabase con la pasión de los primeros días; los celos, las mentiras y el control no tenían cabida entre ellos, y jamás se reprochaban nada que hubiesen acordado olvidar. Por no hablar de que los dos eran asquerosamente fotogénicos, juntos y por separado.
Sin embargo, como tantas otras cosas en las redes, lo que parecía tan perfecto gracias a los filtros y a los pies de foto filosóficos, no lo era tanto en la vida real. Sabele se había valido del clásico «no eres tú, soy yo» para explicarle que los dos se merecían algo más que un amor de postureo. Ella había cambiado mucho en aquellos cuatro años, él no tanto. No había mucho más que pudiesen hacer al respecto. La noticia de su ruptura se extendió por internet a una velocidad vertiginosa, y miles de corazones se rompieron al ver cómo su referente de «amor verdadero» se resquebrajaba. Entre todos esos corazones, se encontraba también el de su buena amiga Ame.
—Estoy intentando no meterme donde no me llaman, pero ¿en serio? —dijo Rosita, cerrando su libro de golpe y dejándolo a un lado. Para qué seguir engañándose. No iban a tener una tarde productiva—. Si me lo pides le seguiré por todas partes con una lira entonando versos sobre ser un cerdo infiel, lo sabes, ¿no?
Sabele suspiró al límite de su paciencia.
—¿Por qué todo el mundo siempre supone que hay una tercera persona implicada?
Los rumores y los intentos de explicar una ruptura que nadie vio venir se propagaron casi a la vez que la noticia. A pesar de las numerosas y variadas versiones, de los mensajes de ánimo y de la preocupación de centenares de desconocidos, nadie había logrado dar en el clavo. Sabele se sintió algo decepcionada, creyó que alguien la comprendería. ¿De verdad todavía había quien creía que el amor puede ser eterno, que la chispa nunca va a desaparecer? En las novelas románticas, la chica inocente y callada de dieciocho años siempre se enamora perdidamente del chico misterioso de pelo negro, mandíbula definida y ojos verdes, pero nunca te cuentan qué pasa cuando esa chica cumple veintiuno y está cansada de sentirse como una niña pequeña a su lado.
—No sé lo que piensa el resto del mundo, pero nosotras somos tus amigas. Nos puedes contar la verdad —insistió Rosita.
—Por última vez, no hay cuernos.
—¿Y por qué lo has hecho entonces? —replicó Ame, que casi se lo tomaba como una afrenta personal.
—No teníamos muchos motivos para seguir juntos más allá de la inercia. Una relación así no es muy sostenible. Prefiero mantenerlo como amigo antes de que acabemos odiándonos.
Ante aquello Ame no pudo seguir insistiendo.
A Sabele no le bastaban ni la perfección ni la comodidad, ella quería más. Quería el peso ineludible de la gravedad, de un amor del que no quisiese huir, de una persona que le diese espacio para crecer, para ser fuerte y valiente, pero que también estuviese dispuesta a ofrecerle su ayuda si se la pedía y a dejarse ayudar por ella si lo necesitaba. Porque, si lo que podía esperarse del amor verdadero era lo que ella había sentido en los últimos meses que pasó junto a Cal… Bueno, eso sería una gran decepción.
—¡De acuerdo! Bájate la dichosa app. Yo te ayudo a hacerte un perfil de pibón cañonazo —dijo Rosita, incapaz de soportar el silencio alicaído que se había interpuesto entre las tres amigas.
—Ahí no vas a encontrar al amor de tu vida —sentenció Ame a la vez que se cruzaba de brazos, casi ofendida por la traición de Rosita.
—¿El amor de su vida? ¡Por Morgana! —exclamó Rosita entre risas—. Qué antigua eres…
Sabele rio.
—No quiero encontrar al «amor de mi vida», Ame. Solo quiero saber cómo es eso de ser una veinteañera soltera, tener unas cuantas citas, ver cómo está la cosa ahí fuera… Nada más. Aunque… ¿cómo estás tan segura de que no se puede encontrar el amor verdadero en internet? Tal vez mi príncipe azul esté a un match de distancia.
—Eso ha sonado como el eslogan de la web de citas más cutre de la historia. Brujas y príncipes, lo que me faltaba por oír… —dijo Rosita, quien se puso en pie de un salto—. Voy a la cocina a por picoteo, ¿queréis algo?
—Los valores de nuestros antepasados se derrumban y tú te vas a comer… —dijo Ame en su peculiar guerra contra el mundo moderno.
—Habla por tus antepasados, las brujas del Caribe jamás han sido precisamente aficionadas al matrimonio y a la familia tradicional. —Le guiñó un ojo—. ¿Quieres papeo o no?
—Ya que vas… Trae marshmallows —dijo Ame, repentinamente convertida en una dulce niña que no había desobedecido a sus padres jamás.
—Hecho. ¿Y tú, Sabelita, quieres algo?
—Yo quiero que Ame me responda a una pregunta. Si nunca has usado una de esas apps… ¿cómo estás tan segura de que no se puede encontrar el amor en ellas?
Rosita puso los ojos en blanco ante la deriva de la conversación y se marchó a por provisiones.
—Porque estas cosas no funcionan así. El amor no se encuentra al final de una noche de borrachera o en una app de ligoteo. Eres bruja, deberías saberlo; el amor necesita magia para existir.
—Has visto demasiadas películas —dijo Rosita cuando entró de vuelta a la habitación cargada con todo tipo de bolsas de comida basura.
Lanzó un paquete de marshmallows a Ame, que lo atrapó en el aire, lo abrió y comenzó a masticar las nubes de azúcar con el mismo esmero con el que hacía todo.
—Soy bruja como la que más, pero el amor no es magia, es estadística —se defendió Sabele.
El gesto de exasperación con el que Ame recibió aquellas palabras fue suficiente para dejar clara su opinión al respecto.
—Piénsalo —continuó Sabele sin que nadie se lo pidiera, en un vano intento de persuadirla con sus argumentos. Para Ame, el amor tan solo podía sentirse, nunca razonarse o explicarse, y mucho menos pensarse—. Imagínate que somos compatibles con, qué sé yo, supongo que depende del nivel de exigencia… Vamos a decir que podemos serlo con una de cada mil personas, por ponernos exquisitas. Pues solo tienes que ver todos los perfiles y, tarde o temprano, encontrarás a alguien de quien enamorarte.
Rosita se echó a reír con la boca llena de patatas fritas de bolsa.
—Eso son muchas horas en Tinder, maja. Yo que tú diría uno de cada diez o vas a tardar más años en tener una cita que Ame en encontrar marido.
—¡Oye! —Ame suspiró—. Ni diez ni mil. Se supone que hay una persona especial para cada uno en este mundo, por eso se habla de almas gemelas, no de almas trillizas ni cuatrillizas.
—Gracias por la aclaración, Ame —dijo Rosita, y su amiga respondió sacándole la lengua. Se giró hacia Sabele para murmurar—: Verás cuando se entere de que a las personas bisexuales nos pueden atraer más de dos géneros y que los salarios ya no se pagan con sal.
—Bueno, vale, es verdad, puede haber excepciones. Pero lo que trato de decir es que todos estamos unidos a otras almas humanas por un…
—Hilo rojo del destino —recitaron Sabele y Rosita al unísono.
Habían escuchado la historia un millar de veces.
—¡Chispa! —exclamó Rosita, y Sabele cerró los labios a cal y canto.
Tal vez los menos supersticiosos o, en general, cualquiera con más de seis años, den por hecho que ignorar las normas de este, en apariencia, inofensivo juego (que consiste en que al decir lo mismo a la vez, una de las dos personas exclama ¡chispa!, y la otra debe guardar silencio hasta que alguien diga su nombre), carece de consecuencias. Una bruja, en cambio, conoce de sobra el poder de su maldición.
—Pues sí, un hilo rojo del destino cuyos extremos se atan a los dedos meñiques de quienes están destinados a conocerse. No importan las decisiones que tomen en sus vidas, dan igual las suertes y desdichas que se encuentren en el camino, porque tarde o temprano, acabaran por encontrarse. Es imposible luchar contra el destino. —Ame se cruzó de brazos, decidida.
De haber podido hablar, Sabele le habría recitado la lista de motivos por los que ese mito del folklore japonés era una paparrucha, así que quizá su mutismo temporal fuese lo mejor para todas. Lo último que necesitaba después de una ruptura amorosa era perder una amiga por bocazas. Aunque Rosita se encargó de resumir la idea principal sin reparos.
—Un cuento precioso.
—¡No es un cuento! —Ame apretó los puños y, por un instante, Sabele temió que fuese a lanzarle un maleficio, a pesar de que la magia de Ame era la más blanca y pura que jamás había conocido.
—Vale, vale. Tranquila. El hilo rojo es real, y el ratoncito Pérez, y los Reyes Magos… son todos reales. No es necesario que te alteres.
—Os lo demostraré, a ti y a Sabele, brujas de poca fe. —Al oír su nombre, Sabele sintió un calambre recorriendo su espalda, la inconfundible energía de la magia, y supo que estaba libre del hechizo que le impedía hablar—. Os voy a demostrar a las dos que el amor verdadero existe y que no está en una app de ligoteo.
Sus grandes y rasgados ojos negros se clavaron en Sabele, tan oscuros como buenas sus intenciones, cargados de una determinación que no admitía frenos, excusas ni retrasos. Sabele se ajustó las finas gafas metálicas sobre el puente de su naricilla de muñeca a modo de preparación para lo que fuera que estuviese a punto de ocurrir.
—Adelante.
¿Qué era lo peor que podía pasar?

Se decía que Madrid era una ciudad que nunca dormía, ni siquiera de noche. En eso la ciudad se parecía a Luc Fonseca. Aunque casi eran las doce de la noche, las calles más céntricas de la ciudad acogían un continuo ir y venir de gente en aquella primavera de 2017, pero en el garito de rock donde habían estado tocando apenas quedaban un par de personas. Tampoco se podía pedir una audiencia más numerosa para un antro húmedo con una ventilación cuestionable y que no pasaría una inspección de sanidad ni con el soborno más jugoso del mundo. Sus paredes se habían pintado décadas atrás de un negro que se había desvanecido hasta convertirse en un ambiguo marrón grisáceo; las mesas, sillas y estanterías eran de la misma madera desgastada que los estantes sobre los que se desplegaba una variada colección de botellas de alcohol que contenían en realidad un garrafón indigesto; la barra había estado pringosa durante los últimos tres años y el escenario al fondo del bar era, en realidad, una tarima mal ensamblada. Sobre él, cuatro jóvenes desmontaban sus equipos y recogían sus instrumentos, cables y altavoces.
Dentro de lo que cabía no fue una mala noche para The Finnegans. La pista había estado casi llena, aunque el local no era precisamente grande, y les iban a pagar nada menos que un diez por ciento de las consumiciones de la noche. Lo cual, teniendo en cuenta que habían sido casi todas de sus familiares y amigos, no suponía gran cosa, pero a ellos, jóvenes y llenos de sueños, les bastaba para satisfacer la voz interior que les decía «Es un comienzo». Sí, habría sido más fácil pedirles el dinero a sus padres sin intermediarios. Sin embargo, cualquiera que haya sido músico independiente en una ciudad española sabe que para conservar la cordura es preciso mantener la calma, sentirse agradecido por cada nueva oportunidad y, ante todo, tratar de ver siempre el lado positivo de las cosas.
—Estás de broma, ¿no? Es la mayor estupidez que he oído en mi vida. ¡No puedes estar hablando en serio! —exclamó el guitarrista de la banda, atrayendo las desganadas miradas de los pocos clientes que quedaban, demasiado preocupados por llegar al fondo de sus copas como para prestarles atención a un par de críos que jugaban a ser estrellas del rock.
—Hemos recibido una buena oferta —intentó explicar Jean, el cantante y bajista de ojos tiernos y voz angelical que lograba atraer al ochenta por ciento de sus contados fans a cada concierto. Mientras tanto, el batería de The Finnegans se limitaba a recoger, dispuesto a fingir que la cosa no iba con él tanto tiempo como le fuera posible. Luc tenía una bien merecida fama de dramático—. Y la hemos aceptado. No te lo tomes como algo personal.
—¿Que no me lo tome como algo personal? No puedo no tomármelo como algo personal. ¿Sabes cuánto tiempo y energía he invertido en The Finnegans? ¡Esta banda es mi vida!
—Ya… Igual deberías replantearte eso —dijo el batería, de rodillas junto al bombo.
Lo que pretendía ser un murmullo acabó oyéndose por toda la sala. El muchacho se sonrojó al ver como el ceño fruncido de Luc volcaba su frustración sobre él, sin embargo, no se arrepentía de lo que había dicho y lo demostró sosteniendo la mirada de rabia desbordante del que había sido su compañero hasta hacía cinco minutos.
Tras unos tensos segundos, fue Luc el que rompió el contacto visual.
—¿Es eso lo que pensáis? —Escrutó a Jean de pies a cabeza—. ¿Tú también? El silencio de su amigo bastó para confirmar sus peores sospechas.
Que los desconocidos dudasen de su valía le era indiferente, el escepticismo del batería resultaba un tanto irritante, aunque soportable, pero que el que había sido su mejor amigo desde el instituto, su confidente, el único que estuvo a su lado durante los terribles años de su adolescencia, su segundo de abordo, su amigo del alma, hubiese dejado de creer en él le rompió el corazón en mil pedazos; tanto que dudó que en algún momento pudiera volver a recomponerlo. Su pecho se acababa de convertir en un rompecabezas sin solución.
Si iba a traicionarle hubiera preferido una puñalada en el pecho antes que aquel silencio cargado de culpa. ¿Desde cuándo pensaba así?
—No te lo tomes a pecho, tío —dijo el teclista, quien nunca había acabado de caerle bien—. Pero estamos hartos de que te quejes por todo. Nunca lo hacemos lo bastante bien para ti, y dios nos libre de sugerir que hagamos una cover de Dua Lipa o algo así. No queremos ser los mejores músicos del mundo, ¿vale? Solo queremos divertirnos. Así se venden muchos más discos que yendo de divo, ¿sabes?
—¿Divertiros? —Volvió a mirar a Jean. Era imposible que él también creyese esa patraña—. ¡Pues marchaos! ¡Largaos con ese nuevo grupo tan maravilloso a vender discos de mierda! ¡No os necesito! —Sus gritos atrajeron de nuevo la atención de la clientela habitual del local, que vieron a un joven delgaducho que agitaba las manos en el aire instando a sus excompañeros a desaparecer de su vista—. ¡Largo! Paso de mediocres.
El batería acabó de guardar su equipo a la carrera, se puso en pie, se echó la mochila al hombro y aceleró hacia la salida, agarrando a Jean del brazo para llevárselo consigo antes de que la cosa se les fuese de las manos. El cantante le lanzó una última mirada cargada de remordimiento a su amigo, pero él ya no estaba mirando.
Luc se sentó al borde del escenario y enterró el rostro entre sus largos y huesudos dedos. Acababa de perderlo todo salvo su guitarra; había perdido a su amigo, su banda, el motivo por el que lograba salir de la cama cada día. Ya no era nadie. No, peor aún. Era un cantautor.
«No», se dijo. De ninguna manera. Jamás.
Había miles de músicos en la ciudad, ya encontraría a otros más razonables, otros que fuesen capaces de comprender su visión. Era una cuestión de estadística. «Ellos se lo pierden. Se arrepentirán. Un día volverán llorando, a pedirme que los eleve junto a mí a la fama, que comparta mi gloria con ellos. Entonces será tarde y me reiré en su cara».
La escena que había imaginado un millar de veces volvió a tomar forma en su mente, tan tangible que a veces olvidaba que era pura fantasía. Allí estaba él, vestido con un elegante traje nuevo que le habría regalado algún diseñador de alta costura (seguramente Gucci) y detenido frente a un micro, con un cigarrillo en la boca al que daba una larga calada antes de dejarlo caer (aunque en realidad el olor a tabaco le daba arcadas).
«Hoy vamos a tocar una nueva canción», susurraba al micrófono, y los millares de personas que desbordaban el estadio enloquecían en un clamor colectivo. Se sentían privilegiados solo por poder estar allí grabándole con sus móviles; en cambio, para él, era mera rutina. Había vivido aquel momento cientos de veces, pero en esta ocasión, el guion era algo distinto. «Quiero dedicar este tema a mis antiguos compañeros de The Finnegans. Sin vuestro rechazo, jamás habría encontrado la inspiración para componer mi primer disco y vender millones de copias en todo el mundo. Quién me iba a decir que sería el primer artista en llegar a los cien millones de oyentes mensuales en Spotify. ¡Gracias, chicos!».
—Chaval, ¿te encuentras bien? —dijo una voz ronca sacándole de su fantasía.
Luc alzó la vista y se chocó de bruces con los ojos saltones del dueño del bar, un heavy venido a menos que seguía viviendo a expensas de los viejos tiempos y que, seguramente, seguía pensando que estaban en el año 1986, porque parecía que no se hubiese cambiado de ropa desde entonces. «Por favor, Señor, no me dejes acabar así», suplicó a un dios en el que no creía del todo, a pesar de la fina cruz de oro que colgaba de su cuello, un regalo de su madre que llevaba más por costumbre que por otra cosa. Lo peor de todo era que, pasado de moda o no, el tipo parecía mucho más satisfecho con la vida que él.
Luc asintió y se acercó a la barra, arrastrando sus mocasines por el suelo pringoso. Se dejó caer sobre el taburete y estudió a sus nuevos colegas de barra. «No me dejes acabar así», insistió.
—¿Qué te pongo? —El dueño le señaló con el dedo y adoptó una pose severa—. Serás mayor de edad, espero.
Luc suspiró y asintió con desgana. Estaba a punto de cumplir los veinte años, ¿cuándo iban a dejar de tomarle por un adolescente? No era su culpa tener la masa muscular de un niño de diez años. Lo que más le irritó fue el tono condescendiente que utilizó el dueño, como si diese por hecho que le estaba mintiendo. Al menos no le había pedido el DNI.
—Jäger —contestó sin dudarlo, necesitaba algo que le subiese deprisa.
—Un mal día, ¿eh?
«Y que lo digas», pensó. El hombre le sirvió un chupito del oscuro líquido negro y lo dejó a solas con sus tormentos. No cabía duda de que, pese al declive de su negocio, era todo un profesional.
Luc se dispuso a embotar sus pensamientos y a hacer desaparecer los recuerdos de aquella noche gracias a cantidades ingentes de alcohol en sangre; sin embargo, un repentino bullicio le interrumpió justo antes de llevarse el vaso a la boca.
—¡Ya te he dicho que no sé nada! ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Olvídame! ¿Es que quieres meterme en problemas?
El joven músico miró a su alrededor en busca del origen de aquellos gritos sin éxito. Comprobó, en cambio, que ninguno de los presentes parecía reparar en el alboroto. «Pues sí que están cocidos», pensó. No se le había ocurrido pensar que, quizá, el motivo de su indiferencia fuese que el único que podía oírlos era él.
—Vamos, amigo. Échame un cable o mi jefe se va a cabrear conmigo —dijo una segunda persona.
Luc se puso alerta como un perro de caza ante el olor de la presa, aunque se sintiese más bien al revés. Era la voz de su hermana.
—Si alguien sabe de qué va todo esto, esa persona eres tú —insistió—. «Nada ocurre en este barrio sin que yo me entere», ¿recuerdas? Es lo que siempre dices. Pues en este barrio, en tu barrio, ha habido una brecha durante al menos tres horas.
A la vez que su hermana Leticia aparecía en lo alto de las escaleras que conducían al garito, agitando un extraño aparato en el aire, un fantasma de éter perlado y semitransparente atravesó el pringoso techo del local.
Luc tenía dos claros talentos que le distinguían de la gran mayoría de los mortales, y solo se sentía orgulloso de uno de ellos. La música había llenado su vida de sentido y de noches memorables, le había proporcionado consuelo en los momentos difíciles y había sido el marco de muchos de sus mejores recuerdos. En cuanto a la habilidad heredada de su familia paterna de percibir los estímulos sobrenaturales… Era una cuestión problemática que procuraba ignorar en la medida de lo posible. Por desgracia, su hermana tenía la mala costumbre de recordarle, siempre que podía, que los fantasmas, las brujas, las hadas, los demonios y toda clase de seres mágicos existían.
El fantasma tenía pinta de haber muerto durante los ochenta, probablemente de sobredosis o en una pelea nocturna en la salida de un bar, sospechó Luc. Sintió una punzada de admiración y reconocimiento. Tenía muchas ideas erróneas sobre lo que significaba ser un artista.
Acostumbrado a ser invisible, el fantasma continuó con la conversación, ajeno a la mirada de su nuevo admirador. Leticia bajó el tono a medida que se acercaba a la muchedumbre; no quería que la viesen y pensasen que estaba hablando sola.
—Sí, me entero de los chismorreos, pero eso sobre lo que me preguntas va más allá de unas simples habladurías.
—Precisamente por eso… —Su hermana enmudeció.
La joven, unos cuantos años mayor que él, igual de alta y con su mismo cabello de color miel oscuro, empalideció al verle casi tanto como lo hizo su hermano. Los dos habían sido sorprendidos haciendo algo que no debían.
—¿Leticia?
—¡Lucas! ¿Qué haces aquí a estas horas? —Su mirada se desvió hacia el chupito en la barra—. ¿Bebiendo otra vez? ¿Un domingo?
Luc puso los ojos en blanco, exasperado. Odiaba que le llamasen por su nombre completo. Llevaba años presentándose ante todo el mundo como Luc y, aun así, su familia seguía empeñada en ignorar sus deseos. Luc era un nombre sencillo de recordar, monosílabo, requería menos esfuerzo. Se lo había puesto fácil, ¿a qué venía ese empeño en complicarse la vida? Otra de las muchas cosas que odiaba era que le pidiesen explicaciones. Era mayorcito para hacer lo que le viniese en gana.
—¿Qué haces tú aquí? ¿Estás trabajando para la Guardia otra vez? ¿Un domingo?
—Yo me largo… —masculló el fantasma. La indiscreción de Luc solía tener ese efecto.
—Seguiremos hablando de esto —le advirtió Leticia mientras el fantasma se sumergía bajo el suelo como si le hubiese abandonado la fuerza de la gravedad.
Leticia lanzó una mirada asesina a su hermano pequeño.
—Como algún espectro salga del Valle de Lágrimas esta noche te haré personalmente responsable.
—No tengo ni idea de qué hablas y no quiero que me lo cuentes —dijo, pero ya era tarde. Su hermana se sentó en un taburete a su lado y llamó al camarero.

—¿Es todo esto realmente necesario? —preguntó Rosita desde el sofá mientras Ame prendía los inciensos que había distribuido en el centro del salón con una meticulosidad escalofriante.
—Sabes que mi magia es delicada, necesita un ambiente agradable. Los preparativos son fundamentales.
—No. Me refería a todo esto. —Dibujó un círculo en el aire con los brazos—. Este hechizo, experimento…, como quieras llamarlo.
Ame se había vestido con un kimono blanco, salpicado con algunas peonías rosas, que ataba con un lazo granate. Dio media vuelta hacia ella, sonrió y se encogió de hombros con su habitual aire de niña buena. Sabele se acordó de esas fotos que les había enseñado en una ocasión, en las que Ame aparecía presumiendo de su primer traje tradicional frente a un templo de su Nagoya natal. Con solo cinco años, Ame ya sentía debilidad por las telas hermosas. No era sorprendente que hubiese optado por estudiar diseño de moda.
—Es necesario para demostraros que tengo razón y que vosotras os equivocáis, ni más ni menos. ¿Qué hora es, Sabele?
—Quedan diez minutos para la medianoche —dijo la aludida mientras observaba a Ame con una mezcla de curiosidad y admiración. Siempre era un placer ver a su amiga trabajar con ese esmero y delicadeza típicos de las brujas niponas, pero no tenía demasiada fe en su experimento.
—Perfecto —dijo Ame antes de sentarse de rodillas frente al pequeño altar.
Sobre él había depositado una multitud de objetos dispares que incluían un peine de Sabele, dos velas rojas y un cuenco de agua colocado sobre un hornillo eléctrico que le restaba bastante romanticismo a la escena. El líquido, aromatizado con la esencia de alguna flor que Sabele no alcanzó a reconocer, desprendía un vapor ligeramente rosado.
—Vale… Creo que ya está todo —dijo Ame revisando por última vez la puesta en escena.
En Japón, las brujas solo empleaban sus dones en ocasiones especiales, así que se aseguraban de convertir el evento en algo digno de admiración. En realidad, el verdadero poder de una hechicera no provenía de los inciensos ni los altares, sino de la fuerza vital que canalizaban mediante las palabras y símbolos con la que rogaban a la magia por sus favores.
—Ven, siéntate frente a mí —le indicó.
—Esto es ridículo —masculló Rosita al comprobar que Sabele obedecía—. De Ame me lo podía esperar, pero de ti… De ti me esperaba más.
—¡Oye! ¿De mí no te esperabas más? —protestó Ame.
—Pues en este aspecto no. Antigua, que eres una antigua.
Ame le sacó la lengua y Sabele suspiró al verse, como siempre, en medio de otro rifirrafe entre sus dos amigas, que a veces parecían dos chiquillas en lugar de un par de veinteañeras.
—Nadie ha pedido tu opinión. Esto es entre mi mejor amiga y yo —dijo Ame, altiva.
—Mi mejor amiga y tú, querrás decir…
—Chicas, dejadlo estar. Vamos a hacer el hechizo y veremos qué pasa —dijo Sabele.
—¿Ver qué pasa? —Rosita volvió a la carga—. Con todos los conjuros creados y por crear que hay en el mundo y desperdiciáis vuestra magia para encontrar a… ¡¿un hombre?! ¿En serio? Adiós al test de Bechdel. El feminismo ha muerto.
—¡No seas tan exagerada! —la reprendió Ame.
—Cinco minutos para la medianoche —anunció Sabele, mientras consultaba el reloj analógico de la pared.
Cualquier bruja de más de tres años sabía que los momentos en los que el poder de la magia se magnificaba eran el mediodía, la medianoche y el instante exacto en el que el sol se ponía o se alzaba. Cuatro fugaces instantes en los que la naturaleza y el poder de la vida se mostraban más predispuestos a colaborar.
Rosita mostró su rendición sentándose en el sofá para observar y esperar el momento en el que pudiese decir «¿Veis? Os dije que esto era una estupidez».
—Creo que podemos comenzar —dijo Ame, mirándola fijamente. Sus manos temblaban de una forma casi inapreciable, como cada vez que se disponía a realizar un hechizo.
—Estás preciosa de blanco, Ame —dijo Sabele—. Te da muchísima luz y un aire de bruja sabia.
Ame se sonrojó y sonrió sin mostrar sus pequeños y perfectos dientecitos. Inspiró, cerró los ojos y, cuando terminó de exhalar, su semblante se había transformado por completo y el temblor de sus extremidades había desaparecido, convirtiéndose en pura firmeza.
—Extiende las manos sobre el cuenco —ordenó con absoluta rigurosidad. Empezó a pronunciar largas frases en japonés cuyo significado Sabele desconocía.
Tan menuda e inocente como era, Ame se volvía enorme y fuerte cuando invocaba el poder de la magia.
Ante el estupor de sus dos compañeras de piso, Ame desenfundó el tantō que portaba entre la tela granate y el kimono. Sostuvo la funda con una mano y la daga, similar a una catana corta, con la otra. En un movimiento certero, veloz y cargado de energía hizo un diminuto corte en la punta del dedo de Sabele, quien creyó que su corazón iba a salir despedido de su pecho y a dejarla con un agujero abierto en mitad del torso del susto. La incisión era lo suficientemente profunda como para que unas cuantas gotas de sangre rodasen por la base de su mano hasta caer en el cuenco.
—Lo que el destino ha unido no lo podrán separar sus siervos —murmuró con los ojos cerrados—. Y ahora… a esperar.
—¿Ya está? —dijo Rosita—. ¿Te vistes de gala y casi le cercenas un dedo para que ahora tengamos que «esperar»? Me imaginaba algo más…, no sé, impresionante.
—Chicas, ¿me podríais traer algo para limpiarme? —pidió Sabele. Era habitual emplear la sangre como fuente de vida en los hechizos serios, pero no pensó que estuviesen haciendo uno de esos, y no quería mancharse el pijama recién lavado.
—¿Debí avisarte? Pensé que si lo sabías, sufrirías más por la anticipación que por el corte. No es más que un arañacito de nada… —dijo Ame.
—Qué detalle por tu parte —respondió Rosita, que se levantó para ir al cuarto de baño y volver a la carrera con una toalla que le tendió su amiga—. Un arañacito de nada que le está haciendo sangrar como si fuera un cerdo. He visto rituales de magia negra menos sangrientos que este. Total, para que no pase nada.
—Tengo que admitir que ha sido un tanto anticlimático… —dijo Ame, pensativa—. Pero funcionará, ya lo veréis.
Sabele no quiso decepcionar a su amiga, pero tenía la sensación de que Rosita estaba en lo cierto. No habían hecho nada más que perder el tiempo y, en su caso, unas cuantas gotas de sangre. El amor de su vida no iba a llamar a la puerta por sorpresa aquella noche como si se tratase de una pizza a domicilio.
—Señoritas —dijo Rosita—. Ha sido un placer jugar con vosotras, pero yo me voy a la cama, que mañana madrugo para ir al trabajo, no como otras.
—Bruja de poca fe —replicó Ame—. Espera y verás. Llegará cuando menos lo esperemos.
—Entonces va a llegar ahora mismo.
Sobre la mesa del comedor, el móvil de Sabele vibró una única vez. Las tres jóvenes intercambiaron miradas inquisitivas. Incluso Rosita parecía alerta ante la posibilidad de que… No, no podía ser. Sus dos amigas aguardaban, expectantes.
—Seguro que solo es un correo de spam o algo así.
—O no… —dijo Ame con una sonrisa maquiavélica.
—Ve a comprobarlo —la animó Rosita, cuyo escepticismo comenzaba a flaquear.
Sabele se levantó con aquel nudo en el estómago que le repetía una y otra vez que no pasaba nada, mientras que una palpitación en su pecho se preguntaba, osada, «¿Y si?».
Desbloqueó la pantalla del móvil y un golpe de magia agitó su cuerpo de pies a cabeza, sacudiendo sus entrañas sin piedad. No podía ser.
—Es un match. Un match de Tinder.
—¡Oh, vaya! —dijo Rosita con una carcajada que le sirvió para liberar la tensión acumulada. Ya podía volver a adoptar esa actitud cínica tan suya—. Ya ves tú. Un match. Cuidado, Sabele, que a lo mejor es «el amor de tu vida». —Se echó a reír ante la expresión desconsolada de Ame—. ¡Oh, Ame! —La abrazó—. Hay cosas que ni siquiera nosotras podemos hacer. No te desanimes.
—No —la interrumpió Sabele, que apenas podía despegar la vista de la pantalla del teléfono—. No lo entiendes. Yo no le he dado ningún like a nadie. Solo he creado el perfil. No puedo tener un match sin haber usado la app. No tengo ni la menor idea de dónde ha salido este chico.
Observó la pantalla anonadada, preguntándose quién demonios era aquel chaval de facciones huesudas y gesto distante que evitaba mirar a cámara mientras le hacían las fotos.

Leticia caminó hacia él y se sentó en un taburete mugriento a su lado. Luc creyó que iba a interrogarle cuando la joven alzó la mano en dirección al dueño.
—¡Otro chupito aquí cuando puedas! —exclamó, elevando su voz por encima de la música y ante la estupefacción de su hermano menor.
—¿Desde cuándo bebes chupitos? —Luc arqueó la ceja, incrédulo.
—¿Acaso pensabas que tu predisposición al alcoholismo apareció de la nada? Procuro no abusar de los chupitos porque no quiero acabar como papá, que pretende hacernos creer que tomar un copazo de whisky todos los días antes de dormir es «lo normal».
El dueño se disponía a servirle cuando ella le interrumpió.
—Sabe qué, mejor deje la botella. Después de todo, no estoy de servicio, solo haciendo horas extras que nadie me ha pedido y que nadie me va a reconocer —suspiró. Parecía agotada.
Luc no daba crédito a lo que veían sus ojos. Los casi siete años de diferencia que le separaban de su hermana habían hecho que nunca compartiesen amistades, aficiones o gustos. Pero eso no significaba que no estuviesen unidos; nunca habían jugado a las cocinitas o a los coches de carreras juntos, pero su hermana le había acompañado al cine y a conciertos de sus grupos favoritos cuando era demasiado pequeño como para ir solo. Sin embargo, siempre parecían estar en fases distintas de sus vidas. Cuando Luc fue a su primer botellón, su hermana estaba terminando la carrera y adoptando la vida de «adulta responsable», así que esa era la primera vez que veía a Leticia beber algo que no fuese cerveza o vino, y sintió, aunque jamás lo reconocería en voz alta, un extraño orgullo al verla vaciar el chupito de un trago limpio sin siquiera pestañear.
Leticia volvió a llenar el vaso.
Ahí estaba su único modelo positivo de la infancia, precipitándose en el abismo. En el fondo, le complacía que Leticia no fuese tan perfecta como su padre parecía creer. Por primera vez, ambos se encontraban en el mismo punto: ninguno de los dos sabía a ciencia cierta qué estaba haciendo con su vida.
—Un mal día, ¿eh? —preguntó Luc, repitiendo lo que momentos antes le había dicho el barman.
—Horrible. Así que hazme un favor y no les cuentes nada de esto a papá y mamá.
—¿El qué, que sigues trabajando para la Guardia y no en un pequeño bufete de abogados como les has hecho creer?
Leticia le miró desafiante, sujetando la botella con una mano y el vaso con la otra.
—Exacto. Y si te portas bien, yo no les contaré que no estás trabajando en Starbucks por las noches, sino tocando en tugurios con tu banda… —contraatacó mientras señalaba la funda de la guitarra a sus pies— y bebiendo a solas.
—En realidad, mi banda acaba de disolverse, así que eso no va a ser un problema —dijo, sin ser capaz de alzar la vista del vaso mientras confesaba sus vergüenzas.
Su hermana apretó los labios con lástima y dudó antes de apoyar la mano sobre su hombro a modo de apoyo fraternal, ese que dice «quizá no siempre te entienda, ni sepa cómo ayudarte, a veces incluso te odio, pero, pase lo que pase, estoy aquí». Muy a su pesar, Luc lo agradeció.
—Lo siento.
Vaciaron sus vasos al unísono, de golpe y sin pensárselo. Luc sintió aquel regusto familiar a regaliz en el paladar y el ardor del tóxico líquido quemando su garganta al caer. Unos cuantos más de aquellos y sus preocupaciones serían vagos recuerdos de otra vida.
—Bah —dijo haciendo un aspaviento con la mano—. No te preocupes, ya se arrepentirán y volverán cuando sea tarde y yo una celebridad internacional. —Se encogió de hombros. Lo creía, realmente lo creía. Tenía que hacerlo. Fue a servirse otro chupito, pero su hermana le alejó la botella.
—¿Sabes? No hace falta que te pases el día bebiendo ni obsesionado con la fama para ser un buen músico y escribir buenas canciones. Eso son cosas de la tele y de Hollywood.
—Chorradas… Claro que hace falta —dijo. ¿Cómo y sobre qué iba a escribir si no? Pero no esperaba que su hermana, la señorita matrícula de honor, pudiese entenderlo—. ¿Y qué ha pasado contigo? ¿Desde cuándo le mientes a papá?
Leticia suspiró.
—De verdad que lo intenté, Luc. Intenté trabajar en ese estúpido bufete, pero… No puedo evitarlo —respondió mientras se servía el tercer chupito.
—Eh, a mí no me tienes que explicar nada.
—Si al menos mi jefe se acordase de mi nombre, tendría sentido estar mintiendo a papá y a mamá. Es un incompetente. El plano espiritual está patas arriba y le da igual. Esta semana el fantasma del palacio de Linares se ha dejado ver cuatro veces. ¡Cuatro! Y me toca ir a mí a calmar a todo el mundo, pero no me dan ningún recurso para que lo arregle. A nadie le importa mi trabajo.
Luc suspiró.
—Pues sí que estamos apañados…
Ninguno de los dos había cumplido con las expectativas que tenían sus padres en mente para ellos. Si al menos alguno de los hermanos hubiese encauzado su porvenir hacia un sendero que ellos considerasen respetable, podrían dejarlo estar, asumir que, a veces, el tremendo esfuerzo de un padre no es suficiente, y concentrarse así en el hijo «vencedor»; pero algún día saldrían de su engaño y se percatarían de que su prole era realmente un desastre incapaz de llevar la vida que ellos querrían. Ya les tocaría dar explicaciones. Mientras tanto, intentarían ser felices a su manera.
A modo de recompensa por haber sido un buen chico y no hacer preguntas inapropiadas, Leticia se giró para llenar también su vaso.
—Este es el último, ¿vale? Que si no acabarás llamando a tu ex.
—No tengo ex y lo sabes.
Leticia se echó a reír, consciente de que el Jäger comenzaba a surtir efecto. Luc también notaba como iba sintiéndose más ligero de lo habitual.
—Qué pena…, con lo guapo que tú eres… —dijo Leticia, apretándole las mejillas hasta sonrojárselas. ¿Guapo? Interesante quizá, pero ni siquiera él, con lo mucho que se esforzaba por adorarse, se hubiese definido como guapo—. ¿Seguro que no estás de morros porque tienes un crush con ese amigo tuyo?
Lo último que necesitaba era que le recordasen a Jean.
—Pues no —dijo, liberándose de los dedos de su hermana.
—Y entonces, ¿sobre qué habla en sus canciones un rockero torturado como tú si no es sobre amor, ¿eh? Necesitarás una vida amorosa si quieres que tus letras calen, hermanito.
—Estoy comprometido con mi música. Mi guitarra es la única amante que necesito.
—Vaya montón de porquería. ¿No tienes Tinder o alguna app de esas?
—Sí, pero no hay nada que valga la pena…
—Oye…, ¿y si me enseñas a usarla? Últimamente trabajo muchas horas, y ya sabes que no se me da muy bien la gente. Echo un poco de menos… Ya sabes.
—Agh. Calla… —No sentía ningún deseo de estar al tanto de lo que hacía, o tenía ganas de hacer, su hermana en sus horas libres. Al menos no en ese aspecto—. Agh.
—Enséñame, anda…
—Que no.
Leticia se aferró al brazo de su hermano y comenzó a tirar de él.
—¡Venga! Saca el móvil y queda con alguna chica atrevida. —Se echó a reír—. Así olvidarás a esos malvados músicos que no quieren tocar contigo. Y yo podré quedarme con uno o dos truquitos para utilizarla más tarde —dijo mientras le guiñaba un ojo.
—De acuerdo —contestó Luc, repentina e inexplicablemente emocionado con la idea.
Iba a quedar con una chica, no con una cualquiera, por supuesto, sino con una que pareciese una modelo de Victoria’s Secret y que escuchase Blur y Nirvana. Si algo había aprendido de sus ídolos era que un buen músico siempre salía con modelos. Puede que esa lista de exigencias fuese la ruta más rápida hacia la soltería perpetua, además de una forma de eludir el rechazo. Si su mujer ideal no existía, no podía dejarle plantado.
Sacó su viejo iPhone, resquebrajado en cuatro puntos distintos, y empezó a descartar a desconocidas con un solo movimiento de su dedo a la vez que intentaba explicarle a su hermana la dinámica del juego.
—Si deslizas hacia la izquierda es que no te gusta, hacia la derecha significa que sí. Si ambos deslizáis hacia la derecha, hacéis un match.
—Un match. Vale. Entendido.
—Y podéis hablar. Porque… os gustáis, ¿sabes? Hay… química.
—Un match. Hay química.
Vista desde fuera, la escena era bastante más lamentable de lo que ninguno de los dos podía figurarse dentro del estado de declive transitorio de sus facultades físicas y mentales en el que se hallaban sumidos. En otras palabras: estaban oficialmente borrachos. Todos los recursos mentales de Luc se volcaban en la aplicación, y la ilusión de poder que le confería era suficiente para acabar de embriagarle del todo.
—Muy alta. Muy baja. Le gusta el reguetón. Hay cinco tías en esta foto y no voy a perder el tiempo averiguando cuál es. Muy aburrida. Se esfuerza demasiado. Se esfuerza muy poco —decía mientras pasaba de un perfil a otro sin piedad—. Ha combinado tela vaquera con, oh, sorpresa, más tela vaquera. Los dientes de esta son demasiado blancos.
Ni siquiera dedicaba más de un segundo a cada perfil. Pronto, su determinación inicial se esfumó. No le apetecía quedar con ninguna de esas chicas con las que no tenía nada en común. Siendo realista, ¿quién encontraba al amor de su vida en internet?
—Vaya, hermanito… Qué exigente… —murmuró su hermana con una especie de falsa sonrisa—. Así no vas a encontrar novia. ¿Qué quieres, quedar con Cara Delevingne? Bueno, no, Cara me gusta más a mí. Lo que quiero decir es que tendrás que conocerlas primero. La belleza está en el interior… —dijo intentando imitar la melodía de La bella y la bestia—. ¡Mira esta! ¿Qué problema tiene esta?
Apareció en la pantalla una joven de aspecto angelical, grandes ojos azules y una frondosa y ondeante melena de un rubio claro y dorado, tan larga que le llegaba por la cintura. Cumplía sin duda todos los requisitos que en teoría buscaba Luc: podría haber sido modelo, vestía bien y tenía un gusto musical impecable. Su rostro era simétrico, su nariz recta y pequeña y su chaqueta vaquera estilo vintage estaba personalizada con la imagen de un gato gigante. Tenía además una sonrisa perfecta. A simple vista, no había ninguna pega que le pudiese poner. Salvo que ni de coña una tía así le iba a dar match. Aun así no pudo resistirse. Ante la sugerencia de su hermana, y reconociendo que tenía su parte de razón, le concedió el privilegio que no le había dado a ninguna otra: tomarse unos minutos para mirar su perfil. Pasó varias de sus fotos y analizó al detalle cada una de ellas en el proceso. La chica rubia («Sabele, 21», según la aplicación) en la playa con unos vaqueros cortos y un top de bikini que revelaba su tonificado y delgado cuerpo, la chica rubia en una calle muy transitada con un abrigo largo y unos pantalones negros, la chica rubia haciendo una imposible postura de yoga, la chica rubia curioseando vinilos en una tienda de segunda mano, la chica rubia leyendo en su casa con su melena recogida en un moño, una sudadera tres tallas más grande y unas finas gafas redondas que le quedaban tan bien como el bikini de hacía unas cuantas fotos.
Tragó saliva.
Era la chica de sus sueños.
—¡Uf! Esas gafas le hacen los ojos muy pequeños… ¡Siguiente! —exclamó Luc deslizando su dedo hacia la izquierda para descartarla.
Sabele, 21 volvió a aparecer en la pantalla. No debía de haberle dado bien. Volvió a intentarlo y, de nuevo, el perfil de la joven apareció en la pantalla. ¿Qué estaba pasando? «Estúpida tecnología. Odio la tecnología». Esta vez pulsó el aspa roja para asegurarse de que no había un malentendido entre él y su teléfono móvil, sin embargo, Sabele, 21 seguía ahí.
—¿Eso es normal? —preguntó su hermana, poniendo morritos—. Igual es una señal… del universo. ¡Acepta! ¡Dile que sí!
Luc suspiró. Con gafas o sin ellas, tenía que admitir que la chica era una belleza, y parecía llevar una vida mucho más interesante que la suya, a juzgar por sus fotos de viajes y su larga lista de aficiones. ¿Qué podía perder por intentarlo, su orgullo? Si no había match, ahí se quedaba la cosa, y si le hablaba y resultaba ser una sosa o prefería el pop comercial, siempre le quedaba la opción de ignorarla y punto. Había visto suficientes fantasmas en su vida como para saber marcarse un buen ghosting.
—Vaaale.
Pulsó el botón verde en la pantalla y una especie de descarga eléctrica le removió por dentro. Luc se sacudió en su asiento como si intentase quitarse una colmena de abejas de encima. «Ugh, ¿qué llevaba ese Jäger?».
Leticia aplaudió y él, sin saberlo, acababa de tomar la que parecía una insignificante decisión que, sin embargo, iba a cambiarle la vida para siempre.

Cal deslizó la hoja del cuchillo por la palma de su mano izquierda, cubierta por una colección de cicatrices que hacían imposible leer su destino bajo todas ellas. Sabele lo había intentado una vez, sin éxito, pese a ser una bruja talentosa. El metal abrió un nuevo surco y de él brotó un fino hilo de sangre. Apretó el puño para escurrir hasta la última gota y las dejó caer sobre un espejo de mano, con el marco de plata.
Nunca se había considerado un hombre celoso ni posesivo, pero estaba claro que no se conocía lo suficiente. Sabía cómo era ante el amor y el deseo, sin embargo, el rechazo suponía algo nuevo para él.
La sangre encharcó el espejo y Cal pronunció una invocación en la ancestral lengua de la muerte. La superficie absorbió el líquido rojizo y le pidió, a cambio de su sacrificio, que se la mostrase. La mayoría de las brujas alzaban barreras mágicas y se protegían mediante amuletos para evitar invasiones como aquella, pero Sabele nunca se había escondido de él. No le consideraba su enemigo, aunque quizá debería.
Cal no era el primer nigromante que había cometido el error de enamorarse de una bruja, ni sería el último. Cuando la vio por primera vez, tan radiante por la magia de vida que emanaba cada uno de sus poros, se preguntó qué sentido tenía aquella guerra fría, por qué los de su clase rechazaban con tanto ímpetu una brujería tan bella. Las hijas de la Diosa y los heraldos de la muerte convivían en una frágil paz bajo el amparo de un tratado de apenas unas décadas de antigüedad tras siglos de enemistad. A veces, Cal estaba convencido de que solo el miedo a una nueva guerra y la insistencia de la Guardia, la institución que se aseguraba de que el mundo mágico permaneciese en paz y armonía, evitaba que volviesen a las viejas andadas de destruirse mutuamente.
Se soportaban, pero no se mezclaban.
Por eso su febril amor de juventud por una bruja, nada menos que del clan Yeats, cuyas raíces se asentaban en la más antigua y poderosa magia celta, había sido recibido con recelo entre los suyos. Si su padre le hubiese considerado un digno heredero tal vez habría tratado de impedir el romance, pero hacía tiempo que tenía claro que su hijo ni anhelaba ni era capaz de seguir sus pasos. Le dejaron hacer, con alguna que otra advertencia, sin demasiadas preocupaciones. Pensaban que el idilio tenía el tiempo contado. Al parecer, Cal fue el único que no se lo esperaba.
El reflejo del techo del cuarto de Cal se desvaneció y en su lugar el espejo le mostró una escena de lo más cotidiana. Reconoció enseguida el salón de la casa de las tres amigas, que charlaban y reían animadamente.
Cal tenía el corazón hecho añicos y Sabele… Ella irradiaba el mismo resplandor del que se había enamorado. Le alivió comprobar que estuviese bien y, a la vez, su alegría lo hundió un poco más en la miseria.
No había visto venir la ruptura. Si le hubiesen preguntado tres horas antes de aquel paseo en el Retiro habría dicho que estaban perfectamente, tan felices como siempre, pero al detenerse junto al estanque del parque, Sabele le había dicho que necesitaba un tiempo para centrarse en ella, que ya no eran los mismos adolescentes que se habían enamorado y que necesitaban conocerse mejor como adultos, por separado.
Por el momento a Cal no le gustaba demasiado lo que descubría del hombre en que se estaba convirtiendo.
Hizo un aspaviento con la mano para desvanecer la imagen en el espejo y sintió cómo las sombras avanzaban por su cuerpo para tomar un pedacito más de sí mismo. Así funcionaba la magia de muerte, te acercaba ineludiblemente a tu propio final. Puede que por eso Cal hubiese creído que el amor de Sabele le pertenecería hasta sus últimos días. El «juntos para siempre» de un nigromante tendía a ser breve. A lo mejor si hubiese sido más valiente, si hubiese renunciado a su poder, habría podido ofrecerle algo mejor.
Se limpió la herida, aplicó desinfectante y la vendó con cuidado. Cualquier hechicero le diría que lo que acababa de hacer era un desperdicio de magia, pero él no se sentía listo para dejarla marchar. No aún. Sabele era perfecta para él, su alma gemela. Estaba dispuesto a luchar contra sus semejantes y contra el mundo entero si era necesario.
A pesar de su popularidad, Cal no tenía muchos amigos entre los suyos ni los había querido, le bastaba con tenerla a ella. Tampoco ansiaba poder ni dinero. Prefería al amor. Era un romántico empedernido, se dijo, y por eso no iba a rendirse mientras hubiese alguna opción de recuperarla.

Quedaron en una de las terrazas de la plaza de San Ildefonso, a los pies de una antigua iglesia y a solo unos metros de distancia de su piso. Casi podía intuir a Ame y a Rosita asomándose al balcón, que se distinguía de todos los demás por la ristra de amuletos que habían colgado de la barandilla para alejar de su hogar a los malos espíritus y a las energías negativas. Saber que sus amigas estaban cerca la tranquilizaba. A pesar de ser una bruja, la idea de quedar con un completo desconocido seguía despertando ciertos temores en ella. Aunque si resultaba ser un psicópata o un baboso que se pasaba de la raya, podía lanzarle un maleficio, uno que doliese.
Quedar a la vuelta de la esquina tenía otra ventaja: podía volver rápido a casa para seguir preparando su demostración ante la Dama. Había escogido una forma de magia poco frecuente en el clan Yeats, en lugar de lo que todos esperaban de ella: un truco de adivinación. El porvenir y la suerte eran las especialidades de su clan, pero esa noche les demostraría que su talento iba mucho más allá de su apellido. Había oído una vez que los buenos artistas buscan soluciones y los genios, problemas. Ella pensaba algo parecido sobre la brujería. Lo que significaba que aún tenía mucho que estudiar.
Por eso el retraso de su cita empezaba a molestarla de verdad. Llegaba media hora tarde. Fue él quien comenzó la conversación después del match (con un muy poco creativo «¿Ey, qué tal?» seguido de un gif. Un
