1
La protagonista es idiota
(aunque no lo sepa)
He releído dieciséis veces mi libro favorito. Esta noche tormentosa estoy a punto de alcanzar mi récord personal y llegar a diecisiete.
Y eso teniendo en cuenta que no soporto a la protagonista.
Catherine Remmington es, simple y llanamente, idiota. Kitty es uno de esos personajes principales sosos, sensibles y blandos sin una gota de personalidad a los que de forma mágica todo les sale bien gracias al poder del amor y la bondad.
Puaj.
Entonces, Laura, ¿por qué lees hasta la obsesión El diamante de la temporada, el sexto y último libro de la saga Temporada de Magia, donde todo gira en torno a ella? ¿Es porque tú también eres idiota? No, ni mucho menos. Soy lista. Bastante, de hecho. «Una sabionda insoportable», o eso me llaman con cariño mis amigas (y con odio los imbéciles de mi instituto).
En realidad, la razón principal por la que El diamante de la temporada es mi libro favorito es porque, dejando a un lado a la sosa de Kitty, todo lo demás en él es PERFECTO. Con mayúsculas.
Cada secundario merece su propio spin-off (cruzo los dedos por que algún día la misteriosa A. S. Garden oiga nuestras plegarias), la trama no te da respiro y la ambientación es maravillosa. La saga de Garden está ambientada en la Regencia británica, sí, pero con magia. Es una historia como las de Jane Austen, solo que en ella se incluyen dragones, brujas y fantasmas. ¿A quién no le va a gustar?
Y eso sin mencionar al coprotagonista masculino.
El duque de Albans, George Keating, es… indescriptible. Tan valiente como inconsciente, un buenazo que de día incomoda a los aristócratas en los salones de baile y de noche no deja de meterse en peleas de espadas en los barrios bajos de Londres. Además de ser rubio y estar buenísimo, por supuesto.
¿A quién pretendo engañar? Si estoy desvelada a las tres de la madrugada es por culpa suya. George está en el East End londinense de 1813. Faltan un par de páginas para que trastoque por casualidad los planes del villano de la historia, el conde Ervin Seddon, quien pretende contratar los servicios del hechicero Lir para que atente contra la reina Charlotte.
Es un capitulazo lleno de acción. Los diálogos internos de George medio borracho también son muy graciosos. Lo adoro.
Mientras tanto, Kitty Remmington está en su mansión de Mayfair… durmiendo.
Apasionante.
Mientras leo, la lluvia tras el cristal de mi habitación se recrudece. Las gotas impactan con tanta fuerza contra la ventana que parece que alguien está llamando desde fuera con insistencia.
Por suerte, mi vela aromática favorita sigue iluminando cada rincón tenebroso de mi cuarto. Es una edición especial llamada «El león de la reina», como el título del segundo libro de la saga (huele a madera e incienso, igual que la historia). Además, tengo la lamparita de mi mesilla encendida a toda potencia.
Soy lista, precisamente por eso tengo miedo a la oscuridad. En ella puede esconderse cualquier cosa. Los que no la temen son los verdaderos ignorantes. Eso trato de explicarle a mi padre cada vez que me regaña porque, a punto de cumplir dieciocho años, debería superar ese tipo de «miedos infantiles». Sin embargo, cuando se le estropea el ordenador y necesita mi inestimable ayuda, no se pone tan gallito.
De pronto, el destello veloz de un relámpago ilumina la pared de mi cuarto.
El trueno que le sigue retumba más cerca que el anterior.
Lo hace con tanta fuerza que doy un respingo del susto. Me tapo hasta arriba con las sábanas, creando un refugio improvisado de tela blanca, y me concentro en el de papel que tengo entre las manos.
Para mí, eso es El diamante de la temporada: un refugio donde me siento a salvo. A decir verdad, lo es la saga en general. El mundo que ha creado Garden es mi vía de escape. El lugar donde me siento acompañada.
Conozco a cada personaje igual que si fuera mi amigo y cada giro de trama como si lo hubiera escrito yo. Podría hablar durante horas (lo he hecho) de cada elemento del mundo histórico-mágico, uno en el que se entremezclan estrictas normas de etiqueta con la existencia de criaturas como los dragones de chispa (son monísimos y se encargan de encender las chimeneas).
De entre todas mis amigas (número total: dos), soy la mayor fan de Temporada de Magia, y eso que ellas también son unas fanáticas de manual.
Discutir sobre la historia es uno de mis pasatiempos favoritos, porque dominar cada detalle me hace sentir segura. En el conservatorio insistí hasta que mi profesora me dejó incluir en el repertorio de clase las melodías para piano que suenan en los bailes mientras el duque y Kitty se enamoran.
Por eso, esta noche me sumerjo de lleno en la historia una vez más. Por eso, apenas presto atención al siguiente trueno que rompe la quietud de la noche. Por eso, me río en voz alta incluso cuando la lluvia se convierte en un auténtico diluvio que parece dispuesto a sumergir la ciudad.
Aunque la novela no me atrapa tanto como para que no grite cuando, de repente, la luz de mi cuarto desaparece con un chasquido.
Vale, Laura, relájate. Lo de la lámpara tiene una explicación: la tormenta es tan violenta que ha debido de fundir los plomos. Y la vela… Que se haya apagado puede deberse a una corriente de aire.
Aunque, por otro lado, tengo la ventana y la puerta cerradas a cal y canto.
Debería salir de entre las sábanas para comprobar que es así y volver a encenderla, pero no me atrevo. Lo peor de todo es que, sin luz, no puedo seguir leyendo. Y es una pena, porque la escena era buenísima: el dragón de tiro del hechicero Lir estaba a punto de chamuscar la capa de George.
Aprieto el libro contra mi pecho con el siguiente trueno, tan brutal o más que el anterior.
Cojo aire. Lo suelto despacio. Cierro los ojos con la misma fuerza con la que mis dedos rodean los cantos de la novela.
—Tranquila, tranquila, tranquila —susurro como suele hacer mi madre—. Todo irá bien. Piensa en vestidos de época bonitos. Piensa en piedras preciosas. En George Keating pidiéndote un baile. En la reina Charlotte nombrándote diamante de la temporada en lugar de a Kitty. —No puedo evitar sonreír—. Qué tonterías estoy diciendo.
No es la primera vez que me monto un fanfic en la cabeza. Lo de crear historias paralelas donde me cuelo en la saga como un personaje principal me resulta inevitable.
Sé bien que no estoy sola y que muchísimos lectores lo hacen, y aun así me cuesta reconocerlo en público.
—Si estuviera aquí dentro —murmuro, la novela bien pegada contra el pecho—, cambiaría unas cuantas cosas. Empezando por…
El siguiente trueno parece estallar dentro de mi cuarto.
Ni siquiera oigo mi propio grito, aunque estoy segura de que he chillado.
Hundo el rostro en la almohada y me hago un ovillo contra el colchón, sudando de miedo, con la única compañía de una novela manoseada llena de pósits y frases subrayadas.
—No hay nada ahí fuera —mascullo—. Solo tu casa. Solo tus cosas. Tranquila, tranquila, tranquila.
Nadie me contesta, claro. Ni siquiera la tormenta. Porque, tras unos segundos, me doy cuenta de que ha parado.
En mi cuarto se ha instalado un silencio sepulcral. La lluvia, los truenos, el viento, todo se ha detenido.
Porque sé que no es un huracán, si no, creería que mi casa está justo en su centro, disfrutando de esa calma que precede a una tempestad todavía más temible.
Pasan los minutos. Solo se oye mi respiración agitada. La quietud se mantiene y yo me estremezco, ignoro si por el alivio o por la expectación.
Una extraña sensación se ha instalado bajo mis costillas. La impresión de que algo en mí ha cambiado. No ser consciente de qué es me pone nerviosa. Mi intuición nunca falla. Y en esta ocasión me está susurrando al oído que me prepare.
¿Para qué? No tengo ni la menor idea. Pero, tal como me late el corazón, me va a resultar imposible dormir. Me conozco.
Bueno, puedo aprovechar y reunir el coraje para salir de la cama y encender de nuevo la vela. Al menos así podré seguir leyendo. No sería la primera noche que la luz de la mañana me sorprende terminando un libro (que he leído dieciséis veces antes).
Me incorporo, apartando las sábanas, y la luz es tan fuerte que me deslumbra. Tengo que parpadear casi medio minuto para acostumbrarme a ella.
Dios mío, ¿ya es de día? ¿Ha pasado tanto tiempo desde la tormenta? Quizá me he dormido sin darme cuenta, aunque… no recuerdo haberlo hecho ni un segundo.
Al abrir los ojos del todo, observo mi cuarto para que su familiaridad me calme. Ah, sí, ahí está: sobre mí, el gigantesco dosel granate de la cama de matrimonio. El papel de flores estilo Regencia que cubre las paredes. Ajá. La chaise longue tapizada de satén azul junto a la chimenea y, cómo no, sobre esta, el enorme espejo de marco dorado del que sale un fantasma…
Espera.
Esperaesperaespera.
¡¿Dónde estoy?!
¡¿Qué ha pasado con mi cuarto lleno de pósters de Taylor Swift, torres de libros pendientes y partituras de piano garabateadas?!
Ante mi evidente desesperación, el fantasma esboza una sonrisa arrogante.
Es una persona, porque desde luego tiene esa forma, pero, en lugar de ser opaco y tangible, su cuerpo es translúcido y gris. Viste una casaca abotonada y tricornio, igual que un soldado de regimiento, y bajo el sombrero lleva una peluca con bucles. Tiene enfundado un cinto y me hace el saludo militar con el único brazo que le queda.
No puede ser.
Pero lo es. Lo reconozco. Por las ilustraciones de los fans, solo puede ser él.
—¿Coronel…? —Trago saliva—. ¿Coronel Remmington?
—Al fin se ha dignado a despertar, señorita. —Se ríe—. Mi nieta lleva horas esperándola.
Parpadeo. El sudor frío me baña la espalda y provoca que el camisón blanco de encaje se me pegue a la piel.
Un momento, ¡¿adónde ha ido a parar mi pijama de «No me hables durante las primeras 24 horas del día»?! (Fue un regalo de mis amigas porque son muy graciosas).
—¿Tu… nieta?
Juro que normalmente no hago preguntas tan estúpidas.
—Así es: la dulce Kitty —aclara el fantasma—. Señorita Lavinia Labbey, no se enfade. Ya sabe que a usted también la considero de la familia, aunque venga del otro lado. —Hace un mohín—. Siento la mala suerte que la ha arrastrado hasta aquí: los Labbey siempre han cargado con ella. ¡Es su maldición personal!
«Señorita Lavinia Labbey».
No me lo puedo creer.
De todos los personajes de mi libro favorito, ¡¿tengo que ser esa?!
—¿No va a ver a Kitty? —insiste el fantasma—. Al fin y al cabo, usted es su dama de compañía.
2
A veces no se puede ser la protagonista
(lo siento mucho, querida)
Le tiraría un candelabro a la cabeza a este fantasma si supiera que voy a hacerle daño.
Pero sé que no será así. Los fantasmas no son tangibles. Y, por si me había olvidado de ese hecho, el fallecido coronel Remmington se encarga de recordármelo atravesando las columnas de la cama que sostienen el dosel, hasta sentarse en la mesilla del otro lado.
Estoy soñando, está claro. Y no es un sueño cualquiera, sino uno vívido.
Nunca he tenido uno, pero mi amiga Jillian sí. La he oído parlotear sobre la conciencia que se mantiene mientras lo vives, la sensación de que todo es real y de que tienes capacidad de decisión. Dejando a un lado mi confusión inicial, es tal como me siento yo.
Tiene que ser eso. Mi cerebro ha implosionado por la cantidad de veces que he leído esta novela (no me extraña, pobrecito mío) y esta no es otra cosa que una llamada de socorro por su parte.
O bien un regalo.
Me encuentro dentro de mi libro favorito, ¿por qué estoy muerta de miedo? Tengo la oportunidad de hacer lo que me dé la real gana. Ya despertaré para ir al instituto (mejor no pensar en eso o acabaré deprimida) sin sentirme culpable por nada de lo que haga dentro de este mundo onírico.
—¿Señorita Lavinia?
Me giro hacia el (pesadísimo) abuelo de Kitty.
—¿Sí?
—La señorita Remmington la está esperando —me recuerda—. Hoy es el gran día. —Al ver que no contesto, añade—: La presentación ante la reina.
Oh. Vaya. Mi mente es tan precisa como la novela de Garden. Este es su principio.
Así arranca todo: con el día en que las debutantes se presentan ante la reina Charlotte para pedir su beneplácito. Kitty no llamará su atención, aparentemente, pero en realidad la monarca apreciará en secreto su humildad.
Uf. No quiero ni pensar en esa subtrama tan tonta.
Pero, si es cierto que estoy en el principio, eso quiere decir…
Salto de la cama. El camisón que llevo es tan largo que me resulta incómodo al caminar deprisa. Que el fantasma de un anciano siga con atención todos mis movimientos tampoco me hace mucha gracia. Por suerte, hay un biombo de madera nacarada tras el que me escondo.
Ignoro si la ropa sobre el aparador la ha dejado la Lavinia Labbey del pasado o alguna criada, pero me la pongo a toda prisa. El vestido lila es de corte imperio; se ajusta bajo mi pecho y cae hasta los pies sin acentuar nada más de mi figura. La cual es… extraña. Estoy en un sueño, así que esa debe de ser la razón por la que me parece que mi cuerpo no es mi cuerpo.
Como es evidente, he ido a todos los encuentros de fans de Temporada de Magia muy bien disfrazada, así que me pongo las enaguas, las medias y el corsé corto y me ato tanto la chaquetilla como la capa de paseo sin dudar un segundo.
Ninguna mujer «de bien» de esta época llevaría el pelo suelto, pero, como estoy viviendo un sueño y no veo ningún sombrero, salgo del biombo con él sin recoger. He visto unos botines junto a la chimenea.
En cuanto me ve, el fantasma clava la mirada en mi cabello y chista con indignación.
Dios, tengo que largarme de aquí.
—Señorita Lavinia —le oigo decir—, ¿ya se ha acostumbrado a Londres?
—Cállate —le ordeno, sentándome sobre la alfombra, junto a las botas—. No me dejas pensar. ¡Y no entres en mi cuarto sin permiso! —Empiezo a hacerme la lazada de un zapato a toda prisa—. ¿Es que querías espiarme desnuda? ¡Viejo asqueroso! ¿No decías que éramos familia?
—¡Tamaña grosería! —se ofende el coronel (pero tampoco hace amago de marcharse)—. Y antes pretendía ser cortés, porque no, usted no es realmente de la familia, ¡niña insolente! Por mi parte, desde luego que no. Lleva la sangre de mi mujer. E incluso así, los Remmington acogieron a los Labbey solo porque…
—Soy prima de Kitty —lo interrumpo sin alzar la cabeza, atándome la otra bota—. Que ella sea rica y yo una pobre familiar sin dote no les da derecho a los Remmington a tratarme como a una doncella.
—¿Como a una doncella? ¿Acaso no ha visto sus ropas o su cuarto? —pregunta el militar, señalándolo todo con la espada desenvainada—. ¡Lady Remmington y su hija Kitty la han tratado con toda la cortesía del mundo!
—Duermo entre algodones, pero solo sirvo para llevarle la cola a Catherine —mascullo, poniéndome en pie—. Lavinia acepta su caridad para huir de la casa de campo donde está encerrada, pero lo de ser una mera acompañante se acabó.
El coronel Remmington sonríe de lado, como si acabase de verme tropezar.
—¿Por qué habla en tercera persona, señorita Labbey?
Giro la cabeza para evitar su mirada implacable y me cruzo con la mía en el espejo sobre la chimenea.
En la novela, no describen demasiado a Lavinia. Garden está tan ocupada detallando los encantos de Kitty que eclipsa a la joven que siempre la acompaña.
El reflejo me muestra un rostro distinto al mío. He ocupado la identidad de un personaje de libro, así que, por muy insignificante que sea el papel de Lavinia, soy más guapa que en mi realidad.
En lugar de rubio apagado, mi pelo es negro, espeso y larguísimo, con un flequillo desfilado que mi madre detestaría. Soy más alta y curvilínea, y no plana como una tabla e igual de enana que un hobbit. Al menos he salido ganando en algo.
Solo mis ojos son iguales y, al darme cuenta, respiro tranquila. Habría sido rarísimo que la mirada que me devolviese el espejo no fuera color arena.
Me gustan mis ojos. Mamá los llama «de ámbar» (la pobre no puede aceptar que son marrón claro, como los suyos). Aunque no sean azules, son bonitos, y las manchas más oscuras alrededor de la pupila me recuerdan a diminutas gotas de tinta.
En fin. Podría ser peor. Podría ser la madre de Kitty (la cotilla y metomentodo de lady Remmington) o bien su abuela (la baronesa Richmond es un personaje genial, pero tiene setenta y cinco años y principio de gota).
Es cierto que hay fans que han escrito fanfics sobre Lavinia Labbey, básicamente porque un personaje del que solo se proporciona un par de trazos puede ser lo que tú quieres que sea. Sin embargo, a mí nunca me ha interesado. Es solo la cheerleader de Catherine. Siempre ahí, siendo su sombra, procurando que su prima no se haga un rasguño y que luzca lo más espectacular posible.
Paso de ocupar ese papel. Soy la protagonista de mi propia historia y en este sueño no va a ser diferente.
—¿Adónde va, señorita Labbey? —oigo al fantasma mientras me dirijo a la puerta—. ¡Señorita! ¡Si se ofusca así y se sale de lo que se espera de usted…!
—¡Me divertiré! —exclamo sin volverme—. ¡Oh, no, qué terrible pecado para una chica!
—¡Vuelva aquí, insensata! ¡¿Adónde va?!
A por lo mejor de este mundo.
Bueno, eso sería el duque, George Keating. Me corrijo: voy a por lo segundo mejor.
Voy a por un poco de magia.
3
Si mientes a quien no debes, las cosas pueden salir mal
(salen mal)
La casa es espectacular. Me contengo para no lanzarle un silbido de reconocimiento a mi mente por haber recreado con tanto detalle la mansión de los Remmington.
El pasillo que recorro tiene paneles de palisandro, molduras doradas, techos decorados con ángeles y una larguísima alfombra mullida que me acompaña hasta las escaleras.
Todas las superficies están pulidas y limpias, y relucen con la luz de la mañana. En mi recorrido hasta la planta baja solo me cruzo con una criada de mi edad. Lleva un uniforme tan perfecto y completo que provoca que, tras adelantarla, gire la cabeza sobre el hombro para admirarlo. No me siento culpable, porque la chica hace lo mismo conmigo.
Ya, debería recogerme el pelo, pero en estos momentos lo más importante es salir de este lugar. Tengo que ir a los bajos fondos londinenses a por mi ansiada magia. A pesar de ser aristócratas, los Remmington no tienen ni una pizca de magia propia.
Lady Remmington está desesperada por que su hija se case bien (como todas las madres de esta época), pero por encima de todo quiere que la reina Charlotte nombre a su pequeño diamante de la temporada.
La razón es bien sencilla: la reina le entrega literalmente un diamante a esa debutante que, por los motivos que sean, ha llamado su atención. Y esa joya no es común, contiene la Magia del Despertar. Esta logrará que los talentos dormidos de un humano normal y corriente se liberen.
Según la reina, es su manera de equilibrar la pérdida de poder que esa joven prometedora sufrirá cuando se case con un hombre. La idea es buenísima, pero en este libro Charlotte no puede tener peor ojo.
¿Se lo da a Kitty, en serio, que es un pan sin sal? Hay otras muchas debutantes increíbles. Por ejemplo, Ethel Seddon, la hija del conde Seddon, el villano (habría sido un plot twist maravilloso que lo consiguiera ella). O bien Pattie McDonald, porque su historia es tristísima y la pobre se merecía un regalo (todos los fans rezamos por que algún día tenga libro propio).
Cuando llego a la planta baja, me doy cuenta de que he llegado al vestíbulo. Perfecto. Si no me equivoco, las cuadras de dragones se encuentran nada más salir de la mansión, justo a la derecha…
—¡Lavinia! —El grito es tan agudo que me hace dar un respingo, igual que los truenos de mi cuarto—. ¡¿Qué haces con el cabello así?! ¡Oh, Dios mío, entre la baronesa y tú vais a llevarme a la tumba!
Me giro. Una mujer con el pelo empolvado y un espectacular vestido dorado corre hacia mí y me agarra del antebrazo. Lo aprieta con tanta fuerza que suelto un «ay» patético. Por suerte, me recompongo rápido y me zafo de su agarre con un movimiento brusco.
—No tengo tiempo para sus ataques de histeria, lady Remmington. Tengo que irme.
—¡Irte, JA! ¡Te he traído aquí por una buena razón! ¿No intentarás escaparte, niña ingrata? —Aunque pretende atraparme de nuevo, la esquivo y corro hacia las puertas flanqueadas por dos criados estupefactos—. ¡Vuelve aquí! ¡No parecías tan escurridiza cuando te recogí en esa casucha de campo!
Abro la puerta principal y salgo disparada como una bala. El fuerte viento no me frena en mi carrera hacia la edificación a la derecha. El portón de los establos está abierto de par en par y un mozo aburrido recoge con una pala lo que, creo, son excrementos de dragón.
Al pobre solo le da tiempo a alzar la cabeza y balbucear algo. Al segundo siguiente, he entrado y cerrado a mi paso el portón con candado.
Apoyo ambas manos sobre la madera y me permito coger un par de bocanadas de aire antes de darme la vuelta.
Ay, madre. ¿Ahora es el momento en que me pellizco?
Vislumbro dos dragones asomados a las puertas de los boxes, imagino que curiosos por el ruido que he hecho. A pesar de no ver ninguna otra criatura, deduzco que las hay, porque oigo más gruñidos salir del resto de los compartimentos.
He soñado mil veces con criaturas mágicas, pero nunca de esta manera. Estos dragones son tan reales y sobrecogedores que me dejan sin respiración.
Y menos mal, porque huele fatal. A una mezcla de excrementos, sudor y carne quemada. Es asqueroso. Aun así, ignoro tanto el mal olor como la sensación de peligro y me acerco con cuidado a uno de ellos.
Tiene el tamaño de un caballo enorme. Sus escamas son de color tierra. Carece de alas, mientras que su cuello y sus patas son robustos, las últimas rematadas por unas garras limadas.
Es, tal como lo describió Garden, un bellísimo ejemplar de dragón de tiro.
Los aristócratas sustituyen los caballos convencionales que tiran de los carruajes con ellos porque son muchísimo más épicos (es evidente) y porque con sus llamaradas protegen a los ocupantes de posibles ladrones.
Este no parece querer chamuscarme, lo cual es un alivio. Es la criatura que mejor me ha tratado desde que he caído en este sueño. Al aproximarme, se limita a ladear la cabeza y a dejarse acariciar por mí. Sus escamas mate resultan suaves y cálidas bajo mis dedos.
—Necesito ir al East End —lo informo en voz baja—. ¿Me llevas?
Entrecierra los ojos marrones de pupila vertical, pero no saca humo por los orificios de la nariz.
Genial. Ya tengo un aliado.
Abro su portezuela al mismo tiempo que golpean la del establo. El coro de voces al otro lado se eleva. Y, de entre todas, la de lady Remmington es la que mejor se oye (y la que más me taladra los oídos).
—¡Sal de ahí, Lavinia! ¡¿Te has vuelto loca?! ¿Te acogemos y pretendes robarnos los dragones? ¡Te voy a devolver al campo de una patada!
—¡Solo voy a coger prestado uno! —exclamo, conteniendo una carcajada maligna.
Luego me subo el vestido hasta las caderas para poder encaramarme en el dragón.
Tiene las bridas ya colocadas, así que, a pesar de carecer de sillín, tengo donde agarrarme. Aunque solo he montado a caballo en un par de ocasiones (mi amiga Alice es una amazona buenísima), sé lo básico. Acaricio de nuevo al dragón antes de darles un tirón firme a las riendas.
La velocidad con la que se pone a cabalgar me coge por sorpresa. Me echo hacia atrás con brusquedad y, al instante siguiente, la fuerza de arranque me empuja hacia delante. Me abrazo a su cuello con ambos brazos y cierro los ojos cuando echa una llamarada y luego carga contra una de las paredes de madera del establo, la destroza y cruza al galope por ella.
Dejamos atrás los chillidos de asombro de los criados y los graznidos encolerizados de lady Remmington. Casi no puedo ni reír mientras el dragón de tiro atraviesa como un cohete el jardín delantero de la mansión y sale a la calle.
A la fuerza, nos abrimos paso por las callejuelas de Londres entre los gritos de los transeúntes y los insultos de los cocheros.
No es la ciudad que conozco y en la que vivo. Las calles asfaltadas, los rascacielos y los coches han sido sustituidos por avenidas empedradas, casas bajas de piedra y carromatos tirados por caballos asustados a nuestro paso o por dragones que echan humo.
Mi dragón no reduce su velocidad durante todo el viaje. Apenas sé por dónde vamos. Hemos salido de Mayfair y solo conozco el recorrido desde el barrio hasta el este de la ciudad en un metro que, por supuesto, no existe ni en la novela de Garden ni en mi sueño.
Ignoro cuánto tiempo se tarda en recorrer esa distancia en dragón, pero en cualquier caso se me hace muy muy corta.
Al final, el dragón se detiene en una calle que apenas reconozco, salvo por una iglesia: la de San Mateo. Alrededor tiene casitas bajas, pero en esencia sigue siendo la misma que en mis tiempos se encuentra en el barrio de Bethnal Green.
La criatura, detenida en la acera, resopla varias veces. Aunque es muda, sé que es su manera de decirme que está cansada y que ya ha hecho su trabajo. Es hora de bajar.
Lo hago con las piernas temblando y una sensación de libertad en el pecho. ¡Ha sido impresionante! Entiendo por qué Jillian es tan insoportablemente positiva, teniendo en cuenta que disfruta de sueños vívidos y raros como estos casi todas las noches.
—¿Me acompañas? —La criatura mueve la cabeza a ambos lados—. ¿No? Entonces espérame aquí.
Aunque parece reticente, acaba por acercarse a los parterres que rodean la iglesia y tumbarse en el césped al sol. Cierra un ojo, el otro me sigue mientras me alejo y me interno entre las casas.
El establo de dragones olía fatal, pero el barrio no supone una mejora. Debo tener cuidado con los charcos hediondos que cubren el suelo, los mendigos y borrachos que me agarran de las faldas, y las mujeres que arrojan cubos de sustancias desconocidas por las ventanas.
Esta zona se encuentra lejos del barrio urbanita y lleno de vida que es el East End hoy en día. Y, nunca lo admitiré, me da un poco de miedo. Sobre todo cuando una chica de mi edad y sin dientes me agarra del codo e intenta internarme en un callejón.
—¡Vamos, hermana, ven aquí! ¡Charlemos un poco!
—No te molestes, no tengo nada que puedas robar —le advierto, intentando a tirones que me suelte.
—¿Ah, no? ¿Y qué me dices de esas ropas tan elegantes?
—¿A esto llamas elegante? —Suelto un bufido divertido—. Tendrías que ver de dónde vengo. Lo que llevo es lo que les sobra, ¿sabes?
La muchacha se detiene y pestañea, confundida.
—¿Lo que les sobra?
—¿Quieres venir conmigo y lo compruebas por ti misma? Puedo decirles que eres mi hermana gemela perdida. Igual cuela.
Aprovechando su confusión, me libro de ella con un fuerte tirón y echo a correr. ¿Qué más da? Estoy en un sueño, no va a perseguirme con una navaja ni a hacerme ningún daño. Y, si es así, imagino que despertaré.
En mi carrera, me fijo en los carteles de las tiendas, hasta que uno llama mi atención: The Bloody Witch. Si sigo, veré el de The Red Dragon, la taberna a la que George Keating suele ir en sus aventuras nocturnas. Ajá, ahí está. Y muy cerca, en una pequeña callejuela escondida…
No tiene cartel ni logo ni puerta. La línea de ladrillos que dibujan una apertura es clara como el agua solo para quien sabe que está ahí. Hay una anilla de metal oxidado a un metro de altura del suelo. En principio, parece servir para amarrar dragones o caballos, como todas las demás. Excepto que yo sé que no es esa su función. Es un pomo.
Lo agarro y tiro de él hacia fuera. Con un chasquido, la puerta camuflada en la pared de ladrillos se abre.
Me cuelo dentro y la cierro a mi paso. Oigo a alguien chistar, molesto, pero no le doy a la bruja ni una oportunidad para que me eche de allí o me lance un encantamiento.
—Buenos días, lady Olwen, vengo de parte del conde Seddon —miento—. Necesito unas cuantas reliquias para mi señor.
—¿El conde? —No veo a la bruja, solo oigo su voz aterciopelada reverberando entre las paredes—. Ya veo. ¿Y qué necesita?
Antes de contestar, me doy una vuelta por la estancia.
No tardo más de dos minutos. La habitación es cuadrada y pequeña, del tamaño del baño de mi casa, solo que parece todavía más diminuta repleta de estanterías con libros, cristales, minerales y ramitas con formas de animales. Hay una mesa enorme justo en medio, con muescas de runas por toda su superficie. La que se ve. Hay plantas y botes de cristal ocupando la mayoría del tablero.
No puedo creer que esté aquí. Todo es increíble, ¡hasta el polvo que cubre la madera!
—Necesita un collar de ónice, un puñal de jaspe y una esfera de cornalina —contesto en tono neutro, tratando de disimular la emoción.
En este mundo, la magia procede de los minerales, las rocas y los metales. La contienen el pelo, las escamas o el veneno de las criaturas mágicas. Proviene de su sangre.
Solo unos pocos humanos ven despertar bajo la piel una magia propia y auténtica, y esta siempre suele tener su origen en la naturaleza o en un objeto encantado que poseen los reyes y reinas.
—Oh, así que el conde Seddon quiere ágatas —murmura la bruja—. ¿Por qué desea la protección de los cuarzos?
—Porque necesita protegerse —contesto, firme. Luego decido que la bruja Olwen bien vale que la trate de usted—. Ya sabe cuál es el objetivo de mi señor: que la reina Charlotte no acapare la magia entera para sí, los miembros de la corte y aquellos a los que estima, sino que pueda dispensarse a todo aquel que quiera utilizarla.
—Es decir: que la desea para sí mismo —dice la bruja con un deje burlón—. Pero coincido en que la naturaleza nos da la magia como un regalo azaroso. Una persona no debería tener tal control sobre ella.
—Exacto —contesto, aunque, como la bruja ha adivinado, no es ese ideal inocente lo que pretende el conde. Ese hombre simplemente quiere que, en lugar de la monarquía, sean él y el resto de los miembros de la Cámara de los Lores los que decidan a dedo quiénes despiertan su magia.
Y si para ello tiene que poner en peligro o matar a quien sea, lo hará.
—También necesitaría el Espejo de la Verdad —añado—. Y una poción de amor.
—Qué de peticiones —se ríe la bruja—. Imagino que su señor me pagará como es debido.
—Igual que hace siempre, le hará entrega de todo el pago esta misma noche, en la taberna del dragón rojo. Se lo entregará en mano Lir, el hechicero, a las d
