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Título original: Gemma BoveryEdición en formato digital: septiembre de 2021© 1999, Posy Simmonds© 2021, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2021, Regina López Muñoz, por la traducciónMaquetación: Sergi PuyolPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyrightestimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autoresy permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores.Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org)si necesita reproduciralgún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-18621-02-4Composición digital: Newcomlab S.L.L.
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En la actualidad
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Me llamo Raymond Joubert. He hecho de todo en esta vida, pero los últimos siete años he regentado con satisfacción la panadería familiar en Bailleville. Soy normando, hijo de panadero. A pesar de las temporadas que he pasado en el extranjero, de mis textos, de mi interés por la histo-ria de las comunicaciones, me tengo por un hombre sencillo.Lo que ahora siento necesidad de escribir —la tragedia acaecida en nuestro pequeño pueblo— no es sino un intento de comprender lo que sucedió. Un intento de dilucidar los hechos y, con ellos, el alcance (o los límites) de mi culpa. Porque —y esto es complicado— no sé hasta qué punto soy responsable de este suceso lamentable. La cabeza me dice que no se me puede reprochar nada, pero el corazón me condena. Sufro una barbaridad... Y las molestias de colon no son solo à cause d’une colite. Me siento horrorosamente culpable.Sin embargo, no voy a analizar los hechos para aliviar mi aparato digestivo. Lo voy a hacer por mi conciencia, por mantener la cordura.Naturalmente, ahora creo que algo malo le va a pasar a Charlie Bovery. Ya hemos visto de todo. ¿Por qué no su muerte? De desconsuelo diría que no será. Al fin y al cabo,es inglés. Pero lo conseguirá, con alcohol, con gas. O se estrellará con la furgoneta.Me da pavor ir a verlo, pero es mi deber. No puedo telefonearlo, porque le han cortado la línea. Pauvresalaud. Siempre medio borracho. Farfullando. Gemma Bovery lleva tres semanas bajo tierra. La gente ha empeza-do a olvidarla... O, al menos, en la tienda ya no oigo comentarios. Pero yo... no me la saco de la cabeza. Lo peor es por las noches. Si duermo, sueño con sus ojos muertos del azul de una vidriera.Gemma aaayMierda... ¡Ay, Gemma! aaayPero a veces habla en francés, y me resulta insoportable:Oh, Raymond... vous êtes mon seul ami... vous êtes un vrai ami...Seré sincero: cuando Charlie Bovery me llama “amigo”, siento un alivio vergonzoso. Significa que no sabe... ciertas cosas sobre su mujer y sobre mí. No sabe que fui yo, yo, quien tentó la suerte. Yo quien prendió la larga mecha que condujo a la muerte de la joven.La sangre de Gemma Bovery mancha mis manos. Hasta cierto punto.8
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Hoy me paso a ver al pobre Bovery y lo encuentro en la cocina, que está hecha un asco desde que Gemma murió. La casa está en venta, pero nadie la compraría, apestando como apesta.Como de costumbre, Charlie está haciendo los crucigramas de los periódicos que le guarda el otro inglés del pueblo. Se le dan fatal, pero se enorgullece como un niño cuando resuelve los anagramas.RATONESRATONES, Raymond... ... ¡Impresionante!Des souris? Sí. Tienes gatones.¡No! Es un anagramaanagrama... ... ¿Ves?... De SANTEROSANTERO.Y fíjate... APOSENTOSAPOSENTOS... se convierte en OSESPANTOOSESPANTO...¡Dios mío, Raymond!Es por ESTOESTO, Raymond... He encontrado...Son suyos. De Gemma... Son sus diarios...Merde. Debí imaginar que habría diarios. Se me olvida que las muchachas escriben diarios. ¡Hay muchos! Delgados cuadernos escolares. Casi siento náuseas, porque ahí debe de estar todo contado, todo sobre nosotros. No me atrevo a mirar a Charlie a los ojos para saber si los ha leído, pero enton-ces él dice: “No puedo leerlos, Raymond, no puedo. Aún no”.Siento el impulso de ordenarle que los queme inmediatamente, pero la curiosidad se retuerce en mi interior como serpientes en un pozo. ¡Necesito saber qué escribió! Necesito saber muchísimas cosas.Me tomo tres o cuatro copas por pura cortesía. Y hago algo despreciable. Antes de irme, mientras Charlie trata de abrir la puerta, escondo bajo el abrigo el diario que está en lo alto de la pila. Ruego a Dios que sea el más reciente, el más incriminador.Pienso: “Claro, APOSENTOS/OS ESPANTO, perfecto para el mojigato anglais”. Luego veo que Charlie levanta la vista hacia donde Gemma y él dormían. Es un momento tenso, porque uno se imagina que en esos “aposentos” se produjo cierto “espanto”... dado lo que pasó. Pero lo peor es que se le llenan los ojos de lágrimas.Allez, Charlie... Ça va mieux mainte-nant, n’est ce pas ? Bon, repose-toi... On se voit demain... Au revoir !AAAYAAAY9
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Regreso corriendo a casa con el diario de Gemma ardiéndome bajo el brazo. Me digo que no soy un ladrón. Lo he tomado prestado para conocer los hechos... aunque no sé por qué espero encontrar hechos en su diario. Los escritos de los muertos adquieren una autoridad extraña. Si Gemma estuviera viva, yo leería su versión de los hechos con suspicacias.Encuentro un diccionario de inglés en el caos de la habitación de mi hijo y me encierro en mi estudio.*Preso del nerviosismo, abro el diario de Gemma y sufro dos decepciones: solo hay seis páginas escritas; ¡no es el que yo quería! Es muy anterior, de cuando solo llevaba unos meses en Normandía. Pero, entre las últimas páginas, encuentro algo importantísimo: una página doblada de una revista inglesa de ese mismo año.* Sí, tengo un estudio.Aunque ahora la panadería ocupa todo mi tiempo, aún soy editor de la revista de crítica trimestral Conjonctures, y colaboro ocasionalmente con algún artículo.Merde alors ! C’est lui... ... Patrick Large !Patrick Large !¡Patrick Large! Su amante. Conque ya lo conocía enton- ces... O quizá incluso antes, antes de que yo la conociera a ella. Es un dato muy revela- dor. Significa que tuvieron algo. Significa que él no surgió de la nada...Con ayuda del diccionario escolar, traduzco el artículo, una saloperie sobre el aparta-mento de Patrick en Londres. Con un par de datos que yo desconocía.¡Tiene mujer (Pandora)! ¡Y un hijo! ¡Ja! ¡Otro adúltero!Sobre una de las fotos hay una palabra garabateada a lápiz, quizá por la mano de Gemma: GILIPOLLAS...... Gigante... Gigote... Gimnasia... Merde, ce n’est pas là...Traduzco frase a frase las seis páginas del diario, sintiéndome un vulgar voyeur. Es complicado. No paro ni cuando oigo que mi mujer vuelve de la panadería... Es normal que me encuentre en el estudio a esta hora, y sabe que no debe molestarme. Además, seguro que Martine no sospecha nada de mi relación con Gemma ni de mi reciente desazón. Cree que paso las noches en vela por culpa de la irritación intestinal.10
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La primera entrada del diario confirma algo que ya sospechaba. A los pocos meses de vivir en Francia, ya la odia. Odia Normandía. Odia Bailleville. Odia la lluvia. Y, por encima de todo, está profundamente decepcionada con la casa. Los ingleses tienen un gran talento para decorar casas de campo, y Gemma no era la excepción. Intentó recrear el ambiente de hace un siglo, como si aún la habitasen campesinos. (Campesinos muy burgueses, añado, rodea-dos de alfombras persas, mesitas auxiliares y butacas inglesas.) Pero me hago una idea de su abatimiento... Esas habitacioncitas oscuras, más oscuras y pequeñas cuando su marido las ocupa.Allí donde está, Charlie tapa la luz. Llueve, la muselina cuelga a ambos lados de las ventanas. Sus posesiones parecen retirarse a las sombras para mo-rir. Las vigas son patíbulos de los que cuelgan cuerpos inertes y estrangulados.Y la calma letal. La desquicia. Escribe:¡Dios, qué mierda de sitio! ¡Es una morgue, nunca pasa NADA! Qué asco de vida.De noche, oye a Charlie roncar junto a ella. Y empieza a odiarlo a él también.11
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En el diario, Gemma alude varias veces a su insomnio.La imagino tumbada, repa- sando sus errores. Que son tres: marido equivocado, casa equivocada, lugar equivocado.Por supuesto, ya no desea tener hijos con Charlie. La imagen que en Londres la encandilaba —el aire perfu- mado por las flores y la ropita de un bebé secándose en el huerto— ahora la horroriza. Se moriría de aburrimiento aislada en Normandía, y el niño también, cuando creciese. Lo sabe por las visitas de sus hijastros, los hijos de Charlie. Sus vacaciones le dan pavor.Escribe mucho sobre Charlie. Es un dejado. Torpe, desconsi-derado, distante. No puede hablar con él. La aburre.Estoy de acuerdo con la primera acusación. Charlie no es nada soigné. Apesta a tabaco y al pegamento y los barnices con los que trabaja. Sus depor-tivas viejas violan cualquier norma de higiene.Pero ¿torpe? Lo he visto en su taller, barnizando. Y resulta casi grácil cuando con la mano frota las superficies describien-do círculos. Aunque quizá solo sea que adora la madera. Quizá nunca acariciara así a Gemma. Quizá nunca la abrazara con la ternura con que sostiene una bergère Luis XVI.Paso la página del diario y me topo con el nombre de Patrick Large por todas partes. Está bastante claro: fueron amantes antes de que Gemma viniera a Francia. Y aún lo ama. O, más bien, dos años después del affaire, su recuerdo sigue carcomién-dola noche tras noche, lo que viene a ser lo mismo.Grrr... Patrick... ... ¡Cabrón!...¡Pobre Charlie! Gemma escribió cosas horribles sobre él. Cosas que él no debería leer. Ya entonces planeaba abando-narlo.¡Ojalá lo hubiera hecho!Se habría ahorrado, nos habría ahorrado a todos, un espantoso sinvivir.12
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Leo en diagonal las dos últimas páginas del diario. No aparece mi nombre. Me siento aliviado y, necio de mí, un poco insultado. Luego, empiezo a traducir.Es repugnante; y, si a mí me lo parece, que Dios se apiade de Charlie Bovery si llega a leerlo. Aunque quizá ya lo sepa, quizá siempre fue un esposo transigente. Quizá sabía que su esposa yacía a su lado fantaseando con su examante. La imagen me parece bastante erótica... Mucho más que su fantasía: meras banalidades sobre regresar a Londres, citarse con Patrick y que él vuelva a enamorarse de ella porque está extraordinariamente delgada y hermosa. ¡Puaj! Un telefilm de tercera.¿Qué te pasa, Patrick? No comes... ¿No está rico?¡Uf!¡Uf! Es por TITI, Gemma... ¡Estás tantan guapa!¿Pedimos ya la cuenta?Ohhh ¡Estoy locolocopor ti, Gemma!¿No tenías una entrega, Patrick?¡Que le follenfollen!¡Af! Gemma... ¡Dios!¡Te QUIEROQUIERO!Ufffufff¡Gemma! ¡Ah, Gemma!Ohhh ¡Estoy OhOhhhHa sido el pâté, ¿no? Era pesadísimo... Yo también tengo la tripa revuelta.¿Gemma?¿Eh? ¿Qué tepasa?13
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Muchos días como en casa con Martine. Después, ella vuelve a la tienda y yo me echo una siesta en el sofá. Siempre estoy agotado... Me levanto a las cinco para preparar el pan con Jean y André y me paso la mañana en el obrador.Ya no hago el turno de tarde. La edad me pesa. Hoy me siento Matusalén.Pero no duermo. Pienso en el diario de Gemma, en el cajón de mi escritorio, y en si tengo el derecho moral de destruirlo. Bovery no debería leerlo. Luego recuerdo los otros cuadernos que había en la cocina y decido que nos haría un favor a ambos si también me los llevara y censurase —arrancase— los pasajes dolorosos.Desde el sofá, veo la casa de los Bovery al otro lado del prado. Ya no puedo mirar hacia allí sin pen- sar en Charlie el día que murió Gemma. Les habían cortado el teléfono y vino corriendo para usar el nuestro. Nunca olvidaré su cara, su nariz ensangrentada. Me intriga lo de la nariz ensangrentada. Ni entonces ni después explicó por qué le sangraba. Nunca ha hablado de ello. Cuando llegaron los pompiers, ya se había limpiado. Más tarde caí en que Martine y yo fuimos los únicos que lo vimos. Y tenía las gafas rotas. ¿Se pelearon? ¿Gemma le pegó, o qué? Me da muy mala espina.Charlie me da mala espina, en general.Es un disparate, pero creo que su vida sigue bajo el influjo de una fuerza maligna. Aunque no soy supersticioso, cada día temo recibir la noticia de que ha muerto de repente. Tengo un mal presenti-miento en las entrañas (quizá sean las rillettes de porc, o puede que Dutronc tenga razón y debería quitarme del vino). Pero me reafirmo, hay indicios racionales sólidos para especulaciones morbo-sas. Charlie Bovery tiene motivos de sobra para suicidarse: la muerte de su mujer, los problemas económicos, las deudas de Gemma... y las suyas propias. Algo he oído al respecto. La Hacienda inglesa va detrás de él.Huele a quemado.Al otro lado del prado, un humo negro envuel- ve la casa de Bovery. Obviamente, pienso que le ha prendido fuego con él dentro. Ya está. Pauvre crétin. Está poniendo el punto final.Luego, me asalta una idea peor: ha leído los diarios de Gemma. Los está quemando y jamás sabré lo que dicen.¡Joubert!¡Joubert! ¡Está muertamuerta! ¡MUERTA!¡MUERTA!¡Dios mío! ¡Dios míomío! Dios mío...14
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Encuentro a Charlie quemando algunas pertenencias de su mujer, que arden y chisporrotean hasta consumirse.La ropa interior de Gemma. Primero, un montón de prendas castas y sueltas, un poco raídas. Viejas, supongo, de los tiempos en que estaba gorda.Y luego más cosas: todos esos infames envoltorios femeninos que llevaba no por amor propio, sino plegándose a los dictados del mercado del sexo. Reconozco el soutien-gorge rojo de aros crueles y el corsé que le hacía un escote tan profundo que la asfixiaba.Merecen algo peor que el fuego. Siento una rabia enorme: rabia hacia Gemma, por recurrir a armazones perniciosos; rabia por el modo tan ridículo en que desperdició su vida; rabia hacia Charlie, el cornudo consentidor, y rabia por el nudo que tengo en la gar-ganta. (Culpa. ¡Remordimiento!) “¡Tú lo permitiste, Charlie!”, pienso mientras miro al pobre viudo doliente que alimenta la hoguera. “Tú también eres culpable. Admítelo. ¡Confiesa!”En la cocina me siento mejor. El whisky ayuda. Y también que los diarios de Gemma sigan ahí y no hayan ardido, como me temía. (Antes de irme, me esconderé un par debajo de la camisa.) Además, como respon-diendo a mi silenciosa súplica, es evidente que Charlie se dispone a desahogarse.Uh... Joubert... ¡Raymond! Dios, el humo... ¿Estás bienbien?¡Perdona! Excusez-moi... ¿Estás bien? Me pareció buena idea quemar esto... No quería que los basureros... ¿Estás bienbien?c’est rien.Pasa... te invito a un trago... YoYo necesito uno.Ggasias.Aaay Nunca superaré lo de Gemma... Nunca... Aaay ... Son muchas cosas malas... Cosas muy malas... Aaay ... Me superan...Chaglie... ¿Quiegues contagme algo sobge la muegte de tu esposa?AaayAaayAaay ... Me superan...AaayAaay ... Me superan...Aaay superaré lo de AaayAaaymuchas cosas malas... Cosas muy Gemma... Nunca... 15
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Debí esperar. Fue una estupidez preguntarle por la muerte de Gemma. Como si le clavase una pistola en la espalda. Dio un respingo y derramó la bebida. Pero, cuando se volvió, lucía una de esas irritantes sonrisas inglesas.Vale que yo oculto algo, pero Charlie también. Lo sé. Cada vez estoy más seguro de que la muerte de su mujer no fue tan accidental. Repaso los hechos y no tienen sentido. Cela ne rime à rien. Según Charlie, ya estaba muerta cuando la encontró, pero, entonces, ¿por qué a él le sangraba la nariz? ¿Por qué sus gafas estaban rotas? El análisis clínico fue muy claro: en el cuerpo de Gemma no había signos de violencia.En cualquier caso, la visita no fue en balde. Logré llevarme un buen montón de diarios. Antes de eso, para mi sorpresa, Charlie sacó unas fotografías. Sobre la muerte de Gemma no soltaba prenda, pero estaba sorprendentemente ansioso por hablar de su vida.¡¿Perdona?!¡¿Perdona?! Perdona, Joubert, no te he oído... Estaba ausente...Tiens... C’est le jour de tes noces ?Sí. Las hizo el funcionario... Fue mi segundosegundo matrimonio, ¿sabes?La celebración: una mujer con un tailleur rojo cereza. La madrastra de Gemma, dice Charlie. “Lynn. Insufrible.” Un hombre con corbata de rayas. Michael Tate. Dentista, masón, golfista con hándicap 8. Murió hace tres o cuatro años. Dos jóvenes amodorrados. “Fumados”, me dice Charlie. Hermanastros de Gemma. Dos personas desenfocadas. Los padres de Charlie.¿Y la madre biológica de ella? “Murió”, dice Charlie. Cáncer. Gemma tenía siete años. Cuando enfermó, Lynn consoló al señor Tate en la consulta. Era su recepcionista. Embarazada de tres meses en el funeral de la señora Tate.Más fotos. Tristes. Gemma de bebé, de niña. La casa donde vivió hasta que se marchó a Londres a estudiar Bellas Artes. También era la clínica odontológica de su padre. En un pueblo llamado Redding. Cuando Charlie lo deletrea, siento un escalofrío de reconocimiento. ¡READING! Oscar Wilde. Une ville célèbre, une prison infâme.A partir de cada detalle que me proporciona Charlie, reconstru-yo la infancia de Gemma. El olor a higiene; el chirrido del torno; las bocas dormidas de los pacientes babeando por las comisuras. Una casa de angustias, urgencias y cancelaciones de última hora. Veo la sala de espera, con la pecera, en la que permitían entrar a Gemma a última hora del día para leer las revistas, buscar bolitas de mercurio, moldear ratoncillos con la resina rosa para dentaduras postizas. Mientras, al fondo del pasillo, en la penum-bra de la consulta, en un entorno altamente aséptico, su padre hacía el amor con su briosa recepcionista.Oh là, là.¿Otro traguito?16
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