Leonor de Aquitania

Pamela Kaufman

Fragmento

Partimos de Londres por el Camino Real de Winchester cabalgando de diez en fondo, la Guardia Real elegantemente vestida de escarlata, cascos y espadas relucientes bajo el sol invernal que se ponía, y de repente sentí un estallido de alegría. Por algo me llaman «Gracia», ¿no? Me agradó sobremanera volver a estar al aire libre; me encantaba el cascabeleo de los arneses y el repiqueteo de los cascos, incluso el brillante estandarte escarlata con los tres leones cabeceando delante de mí; pero sobre todo me alegraba el hecho de tener que ser trasladada. Debíamos de ir ganando, de lo contrario ¿por qué me hacían salir de la Torre Blanca sin las demás mujeres? ¿Por qué me enviaban al gran palacio de Winchester? Porque ¿a qué otro lugar conducía aquel camino?

Nos detuvimos a una hora de distancia de Winchester, en el vado del río.

—Tal vez estén preocupados por el hielo —le dije a mi criada.

Amaria dirigió sus ojos verdes hacia la madera.

—O por esos hombres.

Al principio las ramas parecían peladas, pero poco a poco fui divisando hombres que, cual champiñones, estaban en cuclillas; hombres con la coronilla y las piernas rasuradas, túnicas blancas con fajines verdes, los dedos de los pies hundidos en la corteza helada.

—¡Galeses! Santo Dios, ¿qué están haciendo aquí?

Espoleé el corcel para situarme en la parte delantera de la comitiva, donde Ranulfo de Glanvill estaba hablando con un adusto galés de mediana edad vestido con una capa escarlata sobre la túnica blanca.

—¿Por qué nos hemos detenido, mi señor? —inquirí.

Los ojos negros de Glanvill eludieron rápidamente mi mirada.

—Reina Leonor, permitidme que os presente a lord Ciarron ap Dwyddyn. —Alzó el brazo con brusquedad y gritó—: ¡Dad marcha atrás!

Las hileras de diez en fondo se giraron a paso ligero y empezaron a trotar de vuelta a Londres con los arneses cascabeleantes y el estandarte. Al instante espoleé mi caballo para que se uniera a los demás, pero Glanvill y Ciarron rodearon mi montura y me obligaron a entrar en una zanja poco profunda que conducía al bosque, en compañía de Amaria. Estaba demasiado impresionada como para tener miedo, pero sin duda advertí el peligro.

—¡Deteneos de inmediato! —Sacudí las riendas—. ¡No dejaré el camino!

Ciarron me agarró la brida.

—¡Lord Glanvill! —exclamé.

Tenía la mirada perdida y entonces supe cuál era mi destino. ¿Quién no ha oído hablar de las ejecuciones de prisioneros políticos en el bosque? Cabalgamos adentrándonos por entre los árboles desnudos en compañía del fantasmagórico galés, hasta que la maraña se tornó tan espesa que nos vimos obligados a introducirnos en el río, a cabalgar con el agua helada hasta las caderas, y el carro flotando detrás de nosotros. Amaria me tomó la mano enguantada.

Acto seguido, el sonido de un hacha. De nuevo miré el perfil de Glanvill. Quizá fuera una persona malévola, pero no acababa de creerme que un caballero de su categoría fuera a perpetrar un acto tan sangriento, pues tratábase de un hecho más propio de un bruto anónimo. El sonido de los hachazos se oyó más cerca.

De repente irrumpimos en un pequeño claro donde unos leñadores talaban árboles; algunos cortaban las ramas de los troncos a fin de hacer empalizadas para un muro de casi cinco metros de altura, que se alzaba ante nosotros. Por encima de nosotros, en la plataforma de los guardas, se sentaban unos galeses que balanceaban sus mugrientos pies. Se abrió la puerta.

Entramos en un recinto amplio cubierto con un ligero manto de nieve. Las ovejas cubiertas de hielo dibujaban sombras alargadas en el patio. Los trabajadores se apoyaron en sus enseres para contemplar la escena con una curiosidad que los dejó boquiabiertos. A lo lejos, sobre las cimas de los árboles pardos, distinguí Clarendon Lodge. Había divisado aquel claro muchas veces desde una posición elevada, así que sabía exactamente dónde me encontraba: Old Sarum, una antigua torre sajona, una plaza, una torre del homenaje achaparrada construida con una muralla seca en proceso de desmoronamiento sobre una mota empinada rodeada de un ancho foso invadido por la maleza. Había permanecido deshabitada durante siglos, pero ahora las chozas y vallas hablaban por sí solas.

Estaba tan enojada que apenas podía articular palabra.

—Lord Glanvill, ¿se trata de una broma?

—Son órdenes del rey. Os ruego que desmontéis.

—No dejaré nunca que el corazón me lata más de diez veces en esta ruina asolada por el viento. ¡Tenedlo por seguro!

Dejó de fulminarme con la mirada.

—¿Debo obligaros?

Encabrité el caballo y lo hice caer sobre los guardas más cercanos.

Cien hombres se abalanzaron sobre mí. Desde el suelo helado, mordí todos los tobillos sucios que pude, hice esfuerzos para ponerme en pie, arañé las cabezas rasuradas, pisoteé pies galeses con mis botas doradas. Un patán me tapó la boca con la mano y le mordí el pulgar. La sangre brotó por todas partes. Me aferré al cuello de mi caballo.

—¡Socorro! —grité—. ¡Que alguien me ayude! ¡Os recompensaré!

Más de veinte hombres me arrastraron al puente del foso. Levanté el pie y le puse la zancadilla a un guarda, que cayó hacia atrás y atravesó la fina capa de hielo. Me quedé sin fuerzas e hice que me subieran por la mota, cruzamos la puerta de la torre y nos internamos en aquel lugar oscuro como boca de lobo, subimos por una escalera en tinieblas, donde me golpeé la cabeza con las vigas bajas. Luego de nuevo hacia arriba hasta llegar a una sala intermedia y, acto seguido, otra vez por las escaleras hacia el nivel más alto de esa aguilera llena de murciélagos.

Glanvill jadeaba de pie en el último escalón.

—Pongo al demonio por testigo de lo que estoy disfrutando.

—¡Ni siquiera el infiel goza matando mujeres!

Dejó los dientes al descubierto.

—Nadie os ha matado.

—¡No, ni tampoco he sido juzgada! ¡Cómo osáis, vos, un hombre de leyes, tratarme como a una vulgar criminal! ¿Acaso pensáis que ignoro la utilidad de Old Sarum? Primero los sajones y luego los normandos encarcelaron aquí a los rufianes para que tuvieran una muerte cruel, pero nadie ha torturado de esta manera a una mujer. ¡Y mucho menos a una reina!

—Tendréis un juicio.

—¿Me tomáis por imbécil? ¿Dentro de un año? Apresadme, escondedme y quizá colabore expirando «de forma natural» porque vuestro rey perdió los papeles después del escándalo de Becket. ¡Sí, y llorará sobre mi tumba al igual que hizo sobre la de Tomás! ¡Hipócrita!

—El rey quiere ser indulgente.

—¡Ja!

—Os ofrece una buena posición: podéis ser abadesa de Fontevrault, con todas las ventajas de vuestra condición. Un final digno para vuestra vida.

—¿A cambio de qué?

Se acercó a mí.

—Retractaos de las órdenes dadas a vuestros hijos.

—¿Para que así él pueda castigarlos?

—El rey está dispuesto a ser indulgente también con ellos. Ama a sus príncipes. —Se acercó todavía más. El aliento le olía a agrio—. Retractaos, reina Leonor.

—Me tienta... —Tanteé como si buscara el pañuelo y encontré el herrón.

Rápidamente le golpeé en los ojos. ¡Y una vez! ¡Y otra! Tropezó hacia atrás y rodó por las escaleras. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Corrí tras él y le golpeé la cara, las orejas, el cuello.

—¿Estáis muerto, lord Glanvill?

Emitió un gruñido.

—¿Todavía vivo? Qué lástima. —Le di una patada en las costillas.

Se agarró el estómago y luego las rodillas. Lo seguí mientras caía a trompicones hasta el fondo de la torre y luego salía por la puerta.

—¡Lord Glanvill!

Dejó de rodar.

—Convertiré en Papa a vuestro rey... ¡un final digno para su vida!

Regresé a la planta superior, donde Amaria se agazapaba junto a una letrina de piedra excavada en la pared.

—Quiere que muramos, Am.

—Lo sé. —Le castañeteaban los dientes.

—Quedaos aquí mientras examino la sala principal.

La torre estaba construida con piedras grandes e irregulares sin mortero, y se habría desmoronado tiempo atrás de no ser por una parra resistente y leñosa que serpenteaba por ella y le servía de sostén. Entre piedra y piedra había espacio suficiente para que pasara mi puño; el viento entraba silbando por las rendijas con una extraña armonía, y la nieve se amontonaba rápidamente en los rincones. En otra época el tejado y el revestimiento del suelo habían sido de madera; dado que el tejado hacía tiempo que había desaparecido, conjeturé que habían cambiado los suelos, aunque no resultaran seguros ni mucho menos. Uno de los espacios entre las piedras era mayor que los demás, posiblemente se tratara de una abertura para las flechas. Bajé la mirada hacia el foso que acabábamos de cruzar y vi un montículo sospechoso más allá, que podía ser una fosa común. Luego, cuando me volví, un cráneo rodó a mis pies.

Fui en busca de Amaria.

—Seguidme.

La guié escaleras abajo, donde bisecaban la planta intermedia, hasta el fondo oscuro. Allí nos acurrucamos sobre el suelo desnudo, bajo las escaleras, pues era el lugar más cálido de la torre. Me dispuse a palpar rápidamente la zona por si había más recuerdos truculentos del pasado, sobre todo para evitarle el susto a mi criada, y a continuación la envolví con mis pieles de marta. Nuestras túnicas empapadas se estaban helando rápidamente.

Oímos la fanfarria y los caballos de Glanvill.

—Estamos solas con esos salvajes —gimoteó Amaria—. ¿Qué vamos a hacer?

—Sobreviviremos. —La voz me temblaba de rabia—. Mis hijos nos rescatarán. —La estreché entre mis brazos.

Se abrió la puerta. Una ráfaga de aire helado sopló hacia el interior.

—¡Reina Leonor!

—¡Aquí!

Lord Ciarron llevaba un farol en una mano y un cazo humeante en la otra.

—Os he traído algo de comer.

Por lo menos el patán hablaba francés, si bien es cierto que tenía un lascivo acento galés.

No sin cierta rigidez, Amaria y yo recuperamos nuestra condición humana. Lord Ciarron dejó el farol en un escalón mientras desenvolvía el paquete. En vez de pan, tomamos unas tortas finas para mojar en unas gachas calientes y un vino que también habían calentado. Engullimos con avidez. No identifiqué los ingredientes de las gachas, pero sin duda contenían un pequeño cartílago de cordero. Daba igual: era comida caliente.

Ciarron nos observaba inexpresivo, con su rostro enjuto y lobuno, aunque incluso los perros callejeros responden al agradecimiento, ¿no?

—Está delicioso —mentí—. ¿Es un plato galés?

Lagana —dijo, al tiempo que señalaba las tortas.

Amaria fue más directa.

—¿Pretendéis que nos congelemos esta noche, mi señor?

Ciarron cambió de postura.

—Tenéis pieles.

—Pero no hay techo ni paredes. —Amaria señaló la nieve que caía por el espacio abierto, los pequeños ventisqueros que se apilaban a lo largo de las paredes—. No somos osos, mi señor.

—No sobreviviremos hasta mañana —declaré con rotundidad.

—¡Ayudadnos! —suplicó Amaria—. He oído decir que el galés es el pueblo más hospitalario del mundo.

Sin mediar palabra, Ciarron tomó el farol para marcharse y de repente el haz de luz iluminó el rostro de Amaria. Mi criada nunca ha sido guapa, ni siquiera de joven, con su pelo rojizo y las pecas, pero rodeada por aquel brillo pálido sus delicados rasgos y sus ojos verdes adquirieron un atractivo conmovedor, lo suficiente como para hacer dudar al galés. Contuve al aliento, pero él se volvió y quedamos sumidas en la oscuridad.

—Ya sabéis, Am, que los galeses son los últimos en lo que a hospitalidad respecta, no los primeros.

—Parecía un poco más civilizado que los demás.

Nos envolvimos bien con la ropa para protegernos de la nieve.

—¡Escuchad! —Amaria estaba conmocionada.

Pasos, luego dos faroles.

Ciarron y otro galés portaban ocho pieles de borrego que olían a podrido y estaban plagadas de gusanos, pero fueron tan bien recibidas como si se tratara de lujosos plumones. Apuntalando dos pieles con unas piedras, formaron paredes contra los escalones y apilaron las demás en el interior.

El farol iluminó de nuevo el rostro de Amaria... ¿a propósito?

—Gracias, lord Ciarron —dije.

Cuando se hubieron marchado, nos introdujimos en nuestra tosca guarida, calentitas como los gusanos de la carcoma.

Nunca había pasado tanto frío. Un viento helado ululaba sin trabas por la llanura de Salisbury, atravesaba las pieles de borrego, agitándolas, y nos llegaba hasta la médula. La oscuridad era una presencia salvaje que intensificaba el frío. La mandíbula me dolía por el esfuerzo de controlar el castañeteo de los dientes; intenté calentarme las manos con el aliento; no me sentía los pies. ¡Eeeeoooo! ¡Eeeeoooo!

—¿Un lobo? —preguntó Am.

—El viento, querida.

—¡No quiero que me coman!

Yo tampoco quería.

—Acercaos. Debemos calentarnos mutuamente. —Recolocamos la marta cibelina para poder pasar las manos bajo la túnica de la otra.

Volvió a oírse el tono bajo y lastimero. Elegíaco. «El mañana nunca llega», una voz procedente de mi pasado. ¿Era aquélla mi última noche en la tierra? ¿Nos encontraría Ciarron fundidas a Amaria y a mí en un abrazo mortal? Cuando llegara el deshielo primaveral nos arrojaría a la fosa común, tal vez con víctimas de la peste negra. «Mantente despierta —me ordené—, no te rindas.»

Me desperté sobresaltada. Desorientada. ¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel brillo extraño de la viga que tenía sobre mi cabeza? Con el corazón en un puño, me quité las pieles de encima. El brillo tenía una forma... ¡la forma de un hombre desnudo! Pelo largo y claro, ojos como lanzas azules, una aparición, sin duda, pero una aparición que me resultaba familiar. La sangre se me heló de otro modo.

—Abuelo, ¿sois vos?

Se burló con delicadeza.

—Gracia, ¿sois vos?

Me humedecí los labios fríos.

—No voy a ir con vos, abuelo. ¡No voy a morir!

—¡Por supuesto que sí! Todos morimos, ¿eh? —Dio una voltereta en el aire para alcanzar una viga más baja—. Oc, los mismos ojos zarcos, labios de fresa, mejillas redondas como melocotones, cabello dorado... el viento invernal no hace sino aumentar los méritos. Venid mientras seáis joven, los cinco es una edad exquisita.

—Tenía cinco años cuando moristeis; ahora tengo cincuenta y dos.

—¡Y seguís siendo encantadora! Os parecéis a mí. ¿Sabéis que me llamaban «Junior»? ¿Alguien os ha explicado alguna vez por qué?

¿De veras había sido tan vanidoso?

—Junior de «juvenil», ¿no?

Volvió a dar un salto y sentí un roce en la mejilla.

—¡Y «Gracia» por la pasión! ¿Acaso no formamos buena pareja?

—No, abuelo, no. ¡No voy a morir!

Él tendió su delicada mano.

—No tenéis elección, mi señora.

—No pudisteis llevarme antes, ¿recordáis?

In laudes Innocentium! Sallat chorus infantium! —salmodió.

—Por favor, abuelo, estoy resuelta a vivir. ¡La supervivencia será mi venganza por esta lenta ejecución! Decidme cómo. ¡Sois el hombre más sabio que he conocido!

—¿De veras? —El pelo se le levantó, formando como una nube—. Bueno, quizá lo sea, aunque la verdad es que no tenía demasiada competencia. —Se tapó los ojos y rió en silencio. Luego se puso serio—. La vida es amor, querida, mi canción y mi sabiduría. Vos sois quien mejor ha aprendido la lección.

—Pero el mundo ha prevalecido sobre nosotros, ¿eh? —Una oleada de desesperación se apoderó de lo más profundo de mi ser—. Si la vida es amor, abuelo, entonces verdaderamente estoy muerta.

—Todavía no conocéis el significado de la muerte, mi señora. Respiráis, sentís el paso del tiempo y, por tanto, todavía tenéis la esperanza del amor.

—¿Esperanza en este lugar ventoso? ¿Esperanza de amor?

—Estáis dormida en vuestro caballo, que todavía no duerme. Carpe diem! ¡Concertad una cita, querida!

—¿Queréis que seduzca a un cordero en su redil?

—¡Muchos son los hombres que llevan una piel de cordero por disfraz! —Guiñó el ojo—. Utilizad vuestra flor peluda... ¡ya conocéis los trucos!

—¡Abuelo! ¡Soy una vieja dama!

—¡Lo suficientemente joven para tramar ardides! Sin embargo, reconozco que vuestras oportunidades son limitadas. —El pelo en forma de nube empezó a caer y luego se levantó de nuevo—. Pero no vuestros recuerdos, ¿eh? Si insistís en vivir, ¡dejad que vuestras flores chillonas florezcan en vuestra vitela! ¿Recordáis cómo garabateaba mis versos hasta bien entrado en años? El amor reside en vuestro corazón, ¡transformadlo ahora en vuestro arte!

Con una risa fantasmagórica salió disparado hacia arriba y desapareció.

Levis insurgit, Guillermo —susurré.

Me coloqué bajo las pieles de nuevo, más helada que antes debido a la conversación mesclatz mantenida con un fantasma. Cerré los ojos; ¡algo me cayó sobre la nariz! ¿Era el abuelo que seguía con sus travesuras? Recibí otro golpe, esta vez en la frente. Frío, húmedo. ¡Hielo! Me senté muy erguida. Por amor de Dios, la nieve se había transformado en bolitas duras. ¿Granizo? No, aquel hielo cortaba, ¡era aguanieve! Trozos enormes como cristales que tintineaban y golpeaban ruidosamente. Cubrí la cabeza de Amaria con la piel y me quedé destapada.

Sin duda el repiqueteo y el estrépito la despertarían. La cacofonía se intensificó hasta convertirse en un ruido agradable: ¡tic!, ¡tac!, ¡hic!, ¡hac!, ¡toc!, ¡tac!, ¡tic! Las bolitas caían por los escalones de piedra, como caballos danzando sobre adoquines, mientras en las vigas medio podridas el tic, tic, tic recordaba el ritmo de los badajos y los tambores. Y se oyó una voz lozana:

El tiempo llega, gira y se marcha

a través de años y días, sol y escarcha

[tic, tac, ti, ti, ton]

mientras enmudezco

de deseo, siempre renovado;

entumecidos mis sentidos.

¡Cuánto os quiero!

[tic, tac, tic, tic, tic]

Aun así, la estación transcurre rápida.

¡Nada detendrá la frenética carrera de mi corazón!

¡Aquitania! Hugo y Guido y Aimar y Aquiles cabalgando a medio galope por los caminos estivales, dispuestos para la guerra y el amor, Cercamón rasgueando su laúd, ¡Marcabrú!

—¿Habéis notado eso, Gracia?

—No es más que aguanieve. Intentad dormir.

—¡Dormid vos! Os voy a cubrir la cabeza con la piel.

—Me había adormecido, pero ahora ya estoy despierta.

Y extrañamente emocionada, también. Quizá yaciéramos en una tumba, el aguanieve podría ser nuestra última mortaja, pero el abuelo se había salido con la suya porque me sentía viva. Mi temperamento vital se reavivó ante los cálidos ritmos de Aquitania. Y el abuelo estaba en lo cierto... ¡me acordaba!

—Escuchad, Am. ¿Habéis traído vitela en el carro?

—Por supuesto. ¿Creéis que éste es momento de escribir una trova? —preguntó con voz preocupada.

—Eso lo tenéis que decidir vos, querida. Yo tengo mis planes. ¿Puedo disponer de unas pocas páginas?

—Por supuesto, si consigo llegar al carro. —La preocupación que transmitía su voz iba en aumento—. ¿Para escribir canciones trovadorescas?

Como si el talento corriera por las venas. ¡Como si aquel entorno fuera capaz de inspirar versos licenciosos!

—Oh, no, algo más mundano. Tengo que enviar cartas al extranjero.

—Sin duda. —El tono de su voz era lastimero.

Mi cerebro enfebreció todavía más; el corazón me latía al ritmo del tamborileo que me rodeaba. Mientras respire, mientras la memoria siga estando viva, permitidme relataros mi historia. Oc, que los vientos hostiguen, el aguanieve corte, pero no permitáis que me deslice enmudecida a la fosa común. Que mis palabras pervivan; que la historia relate que me adoraba hasta tal punto que quería verme muerta. Sin duda él también tomará un estilo para escribir, o contratará los servicios de algún prelado adulador que se haga eco de sus mentiras, pero en algún lugar de las grietas de esta tumba antigua reposará otra historia: la de la hipocresía, duplicidad y crueldad mortífera de un rey. Conseguirá mi muerte, sin duda, pero nunca evitará su sentimiento de culpa, testa me ipso. Reí en voz alta... y noté que Amaria daba un respingo.

—¿Qué os divierte, Gracia? —Me creyó enferma de temor.

—Intentaba recordar aquel versículo de Esdras, el que dice algo sobre la victoria.

—Esdras 1, 3:10: «La verdad vence a la victoria.»

—Ése es, gracias.

Tic, tac, ti, ti...

Y mi breve tratado también debe dejar constancia del corazón que late bajo mis vestiduras reales. ¿Qué importa un escándalo tras mi muerte? Los escribas reales menoscabarán mis logros mundanos, sin duda, pero nadie puede cuestionar mis sentimientos más íntimos. No en vano nací nieta del primer y más famoso trovador de todos los tiempos, el duque Guillermo IX, infame por su vida de escándalo. No es que mi pasión no se convirtiera en tema de los chismorreos populares, mas los rumores inventados jamás se acercaron a la verdad.

Divertido.

Sí, contaré mi historia por partida doble, tanto la pública como la privada, con un doble objetivo, como sugirió el abuelo. «Aquel que escribe sobre su vida de pasión vive dos vidas.» Ahora me he hecho sonreír a mí misma, pues la máxima verdadera reza: «Aquel que escribe sobre su vida de virtud vive dos vidas.»

Mi vida de virtud compondría un libro corto.

¿Empiezo por mi nacimiento en Aquitania? ¿Por el misterio de mis padres? ¿La guerra intestina entre mis tías y mi madre? ¿El amargo destino de mi padre? Tanto por contar, tanto por contar. Todo me resulta conmovedor, la tierra fértil de la que me alimenté, pero se trata de su historia, no de la mía. Mi infancia fue paradisíaca, tal como la recuerdo, ¿acaso los adultos me protegieron de su desgracia y resentimiento? Lo dudo. Más bien creo que todos me querían, independientemente de sus otras lealtades y los resentimientos de los unos contra los otros, porque el amor es lo que hace feliz a un niño, ¿no? Espero que mis hijos lo recuerden. No, mi historia empieza cuando contaba quince años, la noche que ocupé el centro del escenario en el teatro del mundo.

El viento del norte sopló de nuevo y entonces emitió un sonido agradable, como el viento del sur en autun que soplaba cuando me convertí en duquesa. Uuuu, uuuu, el susurro me transportó y me deslicé bajo la piel de la joven Leonor.

FRANCIA. 1137

FRANCIA

1137

Capítulo 1

1

—¡Leonor, corred a la torre!

¿Quién? ¿Qué? Chacoloteo de los cascos en el puente del foso, gritos de hombres que aporrean la poterna.

—¡Rápido! —gritó tía Mahaut.

Avancé a tientas en la oscuridad entre cuerpos que roncaban.

—¡Mirad por dónde pisáis! —Petra, enfadada, me apartó la pierna.

Avancé rápidamente sobre los adoquines irregulares hacia la torre de los Ballesteros.

—¿Quiénes son? —Petra sollozaba tras de mí.

—Alguien intenta raptarme... ¡Oh! —Me di en el dedo del pie.

Por encima y por debajo de la escalera serpenteante, hasta la plataforma con el muro almenado, el viento de autun me azotaba las trenzas y la túnica. La luna, gibosa y velada por el polvo, estaba suspendida a media altura.

—¡Echad abajo la poterna!

—¡Aguardad a vuestras tías! —exclamó Amaria.

Mis tías y mi abuela se apiñaron en lo alto.

—¡Empujad, todos!

Estábamos en suspenso, hasta que poco a poco las púas afiladas crujieron hasta tocar la piedra. Corrí hacia el muro externo para mirar hacia abajo.

—¡Regresad! ¡Os caeréis! —advirtió tía Audiart.

Tía Mahaut me tiró de las trenzas.

—Por favor, Leonor, por favor. ¡Pedid ayuda a Dios!

—Oh, mi pobre corazón, soy demasiado vieja para tamaña emoción. No puedo respirar. —Mi abuela Dangereuse se apretó el pecho.

—¡Padre ha vuelto! ¡Veo a sir Lucain! —grité—. ¡Padre ha vuelto de Compostela!

Era más difícil levantar la poterna que derribarla.

—¡Padre! —Bajé corriendo las peligrosas escaleras—. ¡Padre, estoy aquí!

Gracias a dos antorchas sibilantes se veían varios caballeros en distintas posturas de desmoronamiento. Un paje ofrecía jarras de vino.

—¿Padre? ¿Dónde está padre?

Sir Lucain dejó la bebida en el suelo.

—Os saludo, doña Leonor.

—Sir Lucain, ¿cómo habéis regresado tan rápido de Compostela? No os esperaba hasta... ¿dónde está padre? ¡Y pensar que creíamos que erais caballeros y que veníais a raptarnos!

Bajó la cabeza. Costaba oír su voz, ronca debido al viento y el polvo.

—Doña Leonor, llamad al arzobispo Godofredo, si sois tan amable.

—Iré a buscarle. —Amaria se escabulló al palacio.

—¿Dónde está el duque Guillermo? —preguntó tía Mahaut—. ¿Por qué cabalgáis en plena noche?

—Sí, ¿por qué? —Se me heló la sangre—. ¿Ocurre algo?

Sir Lucain, con los ojos como dos agujeros negros bajo la luz naranja parpadeante, no respondió.

El arzobispo Godofredo hizo su aparición en el patio, enfundándose la sotana no sin dificultad.

—Buenas, sir Lucain. Nos habéis dado un buen susto.

Sir Lucain hincó una rodilla en el suelo.

—Su Excelencia, el duque de Aquitania falleció hace tres días. Sus últimas palabras fueron que protegierais a Leonor, su hija y heredera; dijo que teníais instrucciones.

Amaria me rodeó rápidamente con el brazo; mis tías atrajeron a Petra a su círculo.

—Dios misericordioso —murmuró el arzobispo—. ¿Muerto habéis dicho? Estoy completamente... ¿Cómo fue?

—Por culpa de un arroyo contaminado, en el interior de España.

—¡No! —Salí de mi trance y me puse a aporrear a sir Lucain—. ¡No! ¡No puede ser! ¡No es posible! ¡No me lo creo!

Entonces me callé. Por supuesto que lo creía, me había acostumbrado a la idea desde el otoño anterior en Parthenay, donde le había atacado un templario. El abad Bernardo de Claraval se había reunido con padre para tratar el nombramiento de un obispo e, incluso antes de que padre pudiera presentar su alegato, un delincuente común lo había atacado. Lo habían llevado inconsciente al santuario, donde se debatió entre la vida y la muerte durante tres días. Aunque cuidé de él durante el invierno, nunca acabó de recuperarse del golpe; la peregrinación había sido un esfuerzo fútil por recuperar la vida.

Mientras mis tías daban gritos ahogados y lloraban, alcé la mirada hacia las estrellas enormes y borrosas, blancas como las manchas de la cola de un pavo real, la luna roja latente y, entre Cástor y Pólux, contemplé una ancha franja plateada: era en esa vía celestial donde mi padre trotaba lentamente sobre su corcel blanco. Durante un momento conmovedor, me dirigió una sonrisa.

—El duque deseaba que su muerte se mantuviera en secreto hasta que doña Leonor fuera investida duquesa —explicó sir Lucain.

—Sí, por supuesto. De lo contrario... —convino el arzobispo, horrorizado.

—¡La raptarán y violarán para conseguir sus tierras y título! —exclamó Dangereuse.

—Aquí no corre peligro —la tranquilizó el arzobispo—. El duque Guillermo en persona se encargó de que los muros del palacio de Ombrière tuvieran casi dos metros de grosor.

—El rapto y la violación son los métodos del hombre ambicioso para hacerse con el poder —dije, haciéndome eco de las advertencias de mi padre—. Él quería que me casara a su regreso de Compostela. Lo hablamos antes de su partida.

—¿Había pensado en alguien? —inquirió el arzobispo Godofredo.

Por supuesto que sí, y yo también, aunque sólo se había formalizado el propósito.

—Sí, sólo que... —Se me formó un nudo en la garganta—. Entiendo que debo contraer matrimonio... con uno de los nuestros, con un barón de Aquitania. Alguien que...

—Pero antes la investidura —advirtió el arzobispo—, de inmediato, antes de que los barones sepan de la muerte. Tenemos que hacerla llegar a Poitiers como sea para la ceremonia.

—Necesitaréis una buena guardia. —Sir Lucain se pasó la mano por la cabeza—. El duque Guillermo dijo que pidiéramos a vuestro señor supremo, el rey de Francia, que la protegiera hasta que su esposo pudiera hacerlo. Por supuesto, debe aprobar al elegido.

—Mera formalidad —añadió el arzobispo con frialdad—. Como tutor suyo, considero que también tengo voz en este asunto.

Sus voces me resonaban en la cabeza como si estuvieran en un pozo hueco, resonaban y se repetían.

—De todos modos, esta noche cabalgaremos hacia París. —Sir Lucain rechazó nuestra hospitalidad—. Regresaré en cuanto tenga las nuevas del rey. Doña Leonor... —Me dedicó una reverencia.

La poterna volvió a abrirse, de nuevo chacolotearon los cascos sobre el estrecho puente y nos quedamos a solas.

En un período de pocas horas, observé que todos se mostraban sospechosamente deferentes. ¿A causa de mi pesar? Petra incluso me dejó ganar al parchís.

—¿Seguiré viviendo con vos? —preguntó con naturalidad.

—Por supuesto —respondí sonriendo ante su rostro compungido—. Seguís siendo mi hermana.

—Vuestro padre se mostró muy generoso con mi convento en Maillezais —intervino tía Agnes fríamente a mi espalda.

—Seguiré ayudando a Maillezais, tía, siempre y cuando dejéis de azotar a las novicias con cadenas.

Se sonrojó.

—Se flagelan cuando lo desean; yo no les planteo tales exigencias, ni mucho menos.

—Por supuesto, Maillezais es poco más que un molino de grano —observó tía Mahaut—, mientras que mi abadía de Fontevrault atrae a las grandes damas de Europa.

Lo que quería decir era que les ofrecía refugio cuando sus esposos las rechazaban. Tía Mahaut era la abadesa de aquella abadía tan bien provista de fondos.

—Supongo que seguiré viviendo en la torre de Maubergeonne, ¿no? —preguntó Dangereuse.

—¿Dónde si no ibais a vivir?

Sin duda no podía regresar con su verdadero esposo después de todos aquellos años. Había sido la concubina de mi abuelo.

Entonces lo comprendí de repente: yo era la única cuidadora de aquellas damas, todas ellas solteras, a diferencia de mis otras cinco tías; incluso mi amiga Amaria me preguntó esa misma mañana si podía ser mi doncella.

Ni siquiera la había entendido.

—¿Os referís a que deseáis formar parte de mi dote matrimonial?

El padre de Amaria era pobre y tenía seis hijas mayores. Gustosa le concedería una dote.

—¡No! —había exclamado tajante—. Quiero quedarme siempre con vos; así podré escribir versos.

—¿Qué tipo de versos? ¿Canciones trovadorescas? ¿Romances como Tristán?

Las dos nos habíamos emocionado cuando el verano anterior en Poitiers Béroul cantó su famosa historia sobre la tragedia de los amantes.

Se había sonrojado todavía más.

—Eso me gustaría, claro está, pero primero he pensado en romances más cortos, esos que denominan trovas.

Le había acariciado la trenza.

—Yo seré vuestra mecenas. Sería un honor para mí aceptaros como doncella, Amaria.

Mi séquito femenino enmudeció, protegido bajo el ala de su nueva señora suprema. Juntas nos apiñamos para vencer al viento virulento, juntas vimos cómo menguaba la luna, las estrellas fueron cambiando ligeramente de posición en su campo polvoriento, y al quinto día sir Lucain regresó.

Esta vez llegó al mediodía, más muerto que vivo. El caballo iba dando traspiés por el foso medio vacío, donde se veía el esqueleto de una mula. De nuevo se desplomó en el patio y de nuevo le ofrecimos vino.

Alzó sus ojos inyectados de sangre.

—Vais a casaros.

—Pero primero la investidura —puntualizó el arzobispo Godofredo—. Hemos estado preparando la ceremonia.

Sir Lucain levantó la copa para que le sirvieran más vino.

—Boda inmediata. Luego la investidura.

El arzobispo arqueó las cejas.

—¿Mando llamar al barón Hugo de Lusignan? Es un administrador competente y el matrimonio podría enfriar su rebelión.

—¡Está gordo! —se mofó Petra.

—No —respondió sir Lucain—, vais a contraer matrimonio con el príncipe de Francia, doña Leonor. Luis, el príncipe de Francia.

Estaba demasiado atónita para responder.

—En estos momentos está de camino —prosiguió sir Lucain— acompañado de un gran ejército. Francia tomará Aquitania bajo su protección. Es lo que ha decidido el rey Luis el Gordo.

—¡No! —grité—. ¡Sólo me casaré con un barón de Aquitania! ¡Es lo que quería mi padre!

Y entonces me desmayé y me hice un corte profundo en la cabeza. Nadie me sujetó; nunca me había desvanecido antes y no era dada a la hipocondría. Además, tal vez no fuera un verdadero vahído pues seguí escuchando sus voces.

—Es una reacción tardía a la muerte de su padre.

Oc, debe de tratarse de eso. Estaban tan unidos, se querían tanto... Después de que Anor y la joven Aigret murieran... ¡oh, cielos!

—¡Que traigan agua!

Sus voces se fueron atenuando y luego se perdieron por completo. El cielo gris y apagado se iluminó y empezó a dar vueltas. Unas mariposas blancas de alas redondas llenaban los cielos enfrascadas en una búsqueda nerviosa y, poco a poco, fueron desapareciendo para dejar al descubierto un valle de color verde intenso y aterciopelado. Se me cortó la respiración. Sabía dónde estaba: en la última chevauchée con padre, cuando visitamos el castillo de Taillebourg.

—¡Oh, mirad! —había exclamado yo—. En aquella escarpadura... ¿será un castillo?

—Taillebourg, la fortaleza más segura de toda Aquitania, propiedad de mi capitán, el barón Ricardo de Rancon. Nos espera.

En el valle resonaba el choque de los cuernos de los ciervos, el chacoloteo de los cascos en el agua verde oliva, y el aroma de la lavanda llenaba el aire. El barón Ricardo de Rancon se había adelantado a caballo para recibirnos, alto y enérgico en su túnica corta color marrón blasonada con el león tachonado de Taillebourg. Su cabello rebelde le caía sobre los ojos, que le relucían como diamantes negros.

—Saludos. —Me tomó de la mano y se me detuvo el corazón.

Lo seguimos en fila india por un camino tortuoso, oscuro de repente como boca de lobo, y luego de un dorado cegador gracias a la puesta de sol. Más tarde, elevados en la pequeña sala principal cuyas ventanas se abrían al cielo color guinda y a la curva azul del Atlántico a lo lejos, tomó el laúd. Yo ya no podía seguir mirando aquellos ojos llameantes; bajé la vista hacia sus dedos romos y encallecidos, luego a las botas, acordonadas hasta las rodillas.

¡Gracia me arroja puñales al corazón,

desde todas las cavidades la sangre brota...

Mientras respiro utilizo mi arte

y para reclamarla arrojo mi canción!

«¡Me dedica la canción!» El corazón me retumbaba en los oídos.

Aquellos dedos encallecidos me volvieron a tomar de la mano; él había querido ofrecerme un regalo especial y, con el permiso de mi padre, me llevó todavía más arriba, a una pequeña caballeriza con sólo tres compartimientos.

—He criado esta potra sólo para vos —me susurró.

—¿Una andaluza?

—Cruzada con un caballo árabe. La he llamado Isolda, ¿recordáis?

¿Cómo iba a olvidar aquella noche mágica cuando escuchamos a Béroul interpretar su famoso romance?

—Qué hermosa —murmuré—. Aunque merece un nombre más auténtico.

—¿No creéis que el amor sea auténtico?

Era incapaz de mirarlo a los ojos.

Oc, en el romance, Isolda debe beber la poción mágica antes de saber que ama a Tristán, mientras que...

—El amor verdadero no precisa de pociones —convino él con vehemencia.

Y me besó, una y otra vez, me marcó con las tachuelas de león para siempre.

—No me miréis —gimió—. Vuestros ojos me atraviesan.

Luego la penumbra nos rodeó; no conservé nada salvo la imagen de nuestros labios ardientes y nuestros susurros de amor sin fin, de eterna unión, de amantes predestinados.

Cuando cabalgó para acompañarnos en nuestra partida, me tomó de la mano con descaro. Cuando se hubo marchado, padre sonrió.

—¿Será Rancon, Gracia?

—¡Sí! —Le miré atemorizada—. ¡Espero que estéis de acuerdo! Desde que vino a instruirse con vos, desde que éramos niños...

Me acarició la mejilla.

—Me alegro, es mi mejor caballero. Es lo que siempre deseé.

Sentí que me caía agua en la cara. Una mano me acarició la frente.

—Gracia, querida, ¿os encontráis bien?

Tía Mahaut me secó la sangre de la herida.

Hice un esfuerzo por levantarme.

—Estoy bien, gracias, sólo que...

La voz de sir Lucain retomó su alegato.

—Olvidaos de Hugo de Lusignan o de cualquier otro. No se puede contradecir a un ejército de quinientos hombres. Llegarán aquí dentro de varios días.

El arzobispo Godofredo arguyó con firmeza que el príncipe francés provocaría un desastre político en Aquitania.

—Los franceses son papistas hasta la médula y, por consiguiente, están en contra del gobierno femenino, lo cual significa que doña Leonor podría verse privada de su soberanía.

Sir Lucain permaneció en silencio.

—Luis el Gordo impidió que la heredera legítima de Inglaterra ascendiera el trono —nos recordó el arzobispo.

—Matilda de Normandía —añadí convencida—. Los franceses, el duque de Champaña, todos los norteños estaban en su contra.

—Tal vez el príncipe sea más tolerante —murmuró finalmente sir Lucain.

—¡Tal vez no! En todo caso, el gobierno está en manos del abad Suger de Saint-Denis. No cabe duda de que el rey y el príncipe son sus títeres —advirtió el arzobispo Godofredo.

Me estremecí. Otro abad.

—Suger, como su nombre, ¡cubierto de azúcar! ¡Bajo la superficie es un turrón de puro veneno! No permitáis que os embelese, señora mía.

Siguió hablando en los términos más espantosos sobre cómo ese pequeño abad ambicioso había ascendido desde un estercolero hasta la posición más elevada de Francia, y cómo había codiciado Aquitania, el ducado más rico bajo dominio francés.

Los argumentos eran en vano; el ejército estaba de camino.

—¡Tal como nos ven, tal estima nos tienen! —La abuela Dangereuse sostenía una diáfana túnica verde junto a su rostro—. ¿Resaltaba el color de mis ojos?

Como si fuera la que iba al árbol de la horca.

—De ningún modo. Tenéis los ojos azules, abuela.

—Igual que vos, pero no tan intensos. Sin embargo, colocáosla junto a la cara y miraos en el espejo de Junior.

Tomé el espejo con dorso de plata de mi abuela, traído de las cruzadas.

—El reflejo se ve borroso.

—La plata está gastada, de acuerdo. Inclinadlo hasta que veáis el extremo superior derecho.

Un único ojo, que mi padre había descrito como tan profundo y azul como el Atlántico en agosto y que Petra había relacionado con la forma de un escarabajo. Sostuve el espejo más abajo: una mejilla redondeada y brillante, rosada como una manzana. Sin embargo, el verde otorgaba una apariencia cetrina a mi piel, aunque eso no me importaba. ¡Mal rayo parta a la «estima»! En cualquier caso, la abuela sabía aconsejarme mejor en cuanto a mi apariencia que un espejo gastado, puesto que todo el mundo decía que éramos idénticas. Eso esperaba yo. Había sido la mujer más bella del ducado, quizá del mundo, con una tez viva, los pómulos marcados, unos labios rojos fruncidos que siempre esbozaban una leve sonrisa que a unos parecía tentadora y a otros lasciva.

—Probad otra, abuela, y yo miraré. Tenemos la misma altura y color de tez.

Escogió una túnica de cendal color crema con un fajín de orofois en el escote de pico e incrustaciones de brocado rosa hasta la cintura.

—¡No es de extrañar que el abuelo os robara a vuestro esposo! ¡Yo habría hecho lo mismo! —exclamé.

Ella se echó a reír.

—Él también os robó, os consideraba una hija. ¡Cuánto os adoraba! —Sostuvo un collar de perlas de tres vueltas junto a la túnica—. Lástima que muriera antes de que tuvierais voz.

—¿Qué vo

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