Venganza de sangre

Sebastián Roa

Fragmento

 

1.ª edición: mayo 2012

 

© Sebastián Roa, 2010

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.19300-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-118-7

 

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Para Chiri y Nina

 

 

 

 

 

 

La venganza de sangre no fue solamente un derecho de tiempos más oscuros: fue un deber de caballero. Y de caballero es el deber de expresar mi agradecimiento a varias personas. A mi esposa Ana y a mi hija Yaiza, porque siempre son la razón de todo, también de esto. A quienes actuaron con generosidad en uno u otro momento de la vengaza: Francho Nagore, José Ángel Sánchez, José Luis Corral, Santiago Posteguillo, Josep Asensi. A los recreacionistas medievales de Fidelis Regi, Feudorum Domini, A. C. H. A., Arcomedievo y Aliger Ferrum. Y a mis compañeros de viaje literario, los miembros del Cuaderno Rojo.

 

 

 

 

 

 

Perros, no esperabais que volviera del pueblo troyano cuando devastabais mi casa, forzabais a mis esclavas y, estando yo vivo, tratabais de seducir a mi esposa sin temer a los dioses que habitan el ancho cielo ni venganza alguna de los hombres. Ahora pende sobre vosotros todos el extremo de la muerte.

 

Homero, Odisea

 

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Cita

 

Exordio

PRIMERA PARTE

La hermana Teresa

El don de Dios

La tabernera de Cáller

El placer del olvido

El tributo debido

La Compañía Negra

La última carga del Temple

SEGUNDA PARTE

El otoño del rey

Río de furia

Vencer o morir

La isla de la muerte

La conjura de la sangre

La venganza del león

Epílogo

Glosario

Sobre el autor

Otros títulos de la colección

Seis aciertos y un cadáver

El papiro de sept

 

Exordio

 

Isla de Malta. Verano de 1283

 

—¡Desgraciado! Tu valor te perderá, dejarás huérfano a nuestro pequeño y yo, infortunada, quedaré viuda. ¿Acaso pretendes derrotar tú solo a todo el ejército aragonés?

El caballero sonrió bajo el yelmo ante los reproches de su esposa. Mientras ella seguía lamentándose, él hizo una seña a Guido, su escudero, que aguardaba para ayudarle a despojarse de su atavío. El muchacho, todavía con el semblante pálido por los momentos recién vividos junto a la muralla, hizo un gesto de asentimiento a su señor, se deslizó silenciosamente hacia fuera y cerró la puerta del aposento tras de sí.

—Sería preferible —continuó ella con su reprimenda— que al perderte me tragara la tierra, porque si mueres, Alain d’Avesnes, no habrá consuelo para mí. Demasiado bien sabes que no tengo más familia que tú en este mundo...

El caballero salvó la distancia que le separaba de su mujer y abrazó a la dama con fuerza, apretándola contra la veste aún manchada de polvo y sangre. Estaba deseoso de despojarse de su loriga y refrescar su cuerpo, pero los pesares de la esposa requerían toda su atención. A espaldas de la dama quejumbrosa, una joven aya daba la mano al hijo de la pareja, un niño de pelo negro y ojos claros que asistía a la escena con la tez demudada, sobrecogido por la imponente estampa del caballero, con aquel orgulloso león rampante negro que presidía su veste y el brillante yelmo ocultando todo el rostro. La voz del padre sonó lejana y grave tras la pantalla de metal, y el niño se sobresaltó cuando Alain d’Avesnes empezó a hablar.

—Mi querida Alice, todo esto me preocupa, pero más alarmante sería aún que rehuyera el combate ante todas estas nobles gentes. Ahora, en la adversidad, es cuando más voluntariosos hemos de mostrarnos. Nuestro señor Carlos necesita nuestra ayuda y...

La dama deshizo el abrazo y empujó al caballero con ambas manos. Este se dejó llevar hacia atrás. Su sonrisa desapareció bajo el yelmo. Ahora ella lloraba.

—¿Acaso merecen tu atención estos villanos más aún que nosotros dos? —Ella se pasó una mano por la mejilla y se giró. Señaló al pequeño. Este todavía observaba al caballero con los ojos muy abiertos. La joven aya bajó la cabeza, un tanto avergonzada por las lágrimas de su señora—. Mira a tu hijo... ¿Es que ocupa nuestro rey un mejor lugar que él en tu corazón? ¿Qué crees que dirán esos villanos cuando tu cadáver se pudra al pie de estas malditas murallas? ¿Qué piensas que dirá el rey? Entonces nadie se acordará de ti, y mucho menos de nosotros...

Alain d’Avesnes alzó una mano para pedir silencio a su esposa.

—Alice, gracias a nuestro rey he sido honrado con la defensa de esta plaza. Él jamás nos abandonaría, ni te desampararía a ti o a nuestro hijo ¿Crees que yo marcharía al combate si temiera por vuestro futuro?

El caballero se acercó a su hijo y extendió los brazos. El niño, que apenas contaba cuatro años, dio un paso atrás, frunció el ceño y recostó la cabeza en la estrecha cintura del aya. Miró tembloroso el hierro refulgente del yelmo y su vista volvió de nuevo al león negro que, cruzado por una barra, imperaba sobre el color dorado de la veste. Alain d’Avesnes liberó las ataduras del yelmo, se lo quitó y lo dejó en el suelo. El gesto del pequeño cambió al instante, abandonó la protección del aya al reconocer a su padre, se abrazó al caballero. Este ensanchó su sonrisa.

—Dios mío, concédeme que este hijo mío sea ilustre entre los hombres y muy esforzado. Que digan de él cuando vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente que su padre!»; y que, cargado de riquezas despojadas del enemigo a quien haya muerto, regocije el alma de su madre.

Se incorporó con el niño en brazos y lo entregó a Alice de Vannes, su muy amada esposa. Ella, con el rostro aún bañado en lágrimas, sonreía ahora al mirar al niño con ternura. El temor no había abandonado sus ojos todavía.

—Te he visto desde lo alto de los muros, Alain —dijo ella con voz suave mientras apretaba contra su generoso pecho al niño—. He sido testigo de tu temeridad cuando te has adelantado a todos. He visto que cabalgabas hacia las líneas aragonesas para embestir a esos salvajes cubiertos con pieles. De no ser por la compasión de Nuestra Santa Madre, te habrían dado muerte, pues al punto te han rodeado y todos ellos te acosaban con sus lanzas. ¿Por qué has hecho tal cosa? ¿Qué te obligaba a separarte de tus hombres y arriesgar así tu vida?

Alain suspiró. Liberó su cabeza del herraje del almófar, se despojó de la crespina y se pasó una mano por el pelo rubio, aún sudoroso. Después tomó asiento en un escabel y se dirigió al aya.

—Clara, por favor, tráeme vino para aclarar mi garganta del polvo de esta pedregosa isla.

—Al momento, mi señor. —La joven salió a paso vivo de la estancia.

—Me ha podido la euforia, Alice —se disculpó por la imprudencia—. Cuando dirigía la construcción de unos parapetos sobre las almenas, me ha llegado la noticia de que nuestra flota entraba en la bahía. Un ballestero venía gritando con alegría. Decía que al menos veinte galeras de nuestro señor Carlos se disponían a varar bajo los muros. Los aragoneses han debido de enterarse al mismo tiempo, porque juraría que he podido ver desde la muralla cómo sus rostros palidecían.

—Ese griterío también lo he oído yo —explicó Alice de Vannes—. Por eso me he aprestado a abandonar nuestros aposentos y a llegarme hasta las almenas. Pero mi alegría por la llegada de las galeras se ha visto pronto truncada.

La dama tenía la voz tan suave como sus rasgos provenzales. Se sentó junto al caballero y, con ayuda de un pañuelo de seda, terminó de limpiar de su cara los restos del llanto. El niño, al que su madre había vuelto a depositar en el suelo, se entretenía tocando con aprensión el yelmo polvoriento del caballero. Alain d’Avesnes extendió el brazo sobre el tablero que, sostenido por caballetes, hacía las veces de mesa. Cogió con la suya la mano de su esposa y la miró con cariño. Ella le devolvió el gesto. Era morena de piel y de pelo oscuro, y su brial adornado con cintas y bordados apenas disimulaba el llamativo busto. Por un momento, Alain sintió un pellizco de miedo al pensar qué podrían hacer los salvajes con los que acababa de combatir si tuvieran al alcance a su bella esposa.

Ella, tal vez adivinando la desazón de su marido, se subió ligeramente la tela del escote y sonrió.

—Nuestros hombres estaban desmoralizados y necesitaban un acicate —volvió Alain al relato—. Saben qué fue lo que ocurrió en Sicilia y temen que la gente de la isla haga lo mismo con nosotros. La visión de esos guerreros salvajes de Aragón no ayuda a paliar ese sentimiento, y por eso he decidido salir. Demostrar que no son tan terribles.

—¿Y ha servido de algo? —inquirió ella con escepticismo.

—Por supuesto. He acabado al menos con dos o tres de ellos antes de ser asistido por nuestra gente. No es mucho, pero al volver al castillo ya no eran lamentos lo que se oía, sino vítores y albricias. Ahora ríen felices y, gracias a la llegada de nuestra flota, también están tranquilos.

Clara, el aya, entró en ese momento con una jarra y un vaso, depositó ambos objetos ante el caballero, cogió de la mano al niño y pidió permiso para retirarse. Alice se lo concedió con un gesto amable. Se dirigió de nuevo a su esposo:

—No trates de engañarme ni me ocultes nada. Yo he visto cómo luchabas entre esos salvajes, pero también he podido ver a ese caballero aragonés que se ha abierto paso entre sus propias huestes y te ha hecho frente con ímpetu.

Alain d’Avesnes asintió y acarició la mano de su mujer.

—Cierto. No era uno de esos desarrapados malolientes. Se ha batido bien, pero la llegada de los nuestros ha puesto fin a la contienda.

—¿Sabes quién es?

El caballero negó con un gesto y se sirvió vino en el vaso. Lo apuró de un solo trago.

—No. En su blasón rojo he podido ver un castillo plateado. De poco más he tenido tiempo, pues me acometía con saña. Y por cierto que no ha permitido que esos salvajes me atacaran mientras me batía con él.

—Un digno caballero.

Alain asintió antes de apurar un segundo vaso. Después soltó la mano de su esposa y se incorporó.

—Y ahora permíteme despojarme de esta ropa sucia y asearme un poco... —Un par de golpes en la puerta le interrumpieron. La voz de su escudero se oyó al otro lado. Solicitaba permiso para entrar. Alain le ordenó pasar y el muchacho se inclinó.

—¿Qué pasa, Guido?

—Mi señor, el caballero Guillaume Cornut, que ha llegado con la flota, solicita ser recibido por vos.

Alain suspiró y ahogó un gesto de fastidio. Alice sonrió y habló al escudero.

—Haz pasar al caballero don Guillaume. Y tú, esposo, ve a asearte y vuelve cuando lo hayas hecho, que te lo has ganado. Yo cumplimentaré a nuestro huésped mientras tanto. Ve ya.

 

 

El pequeño Duran d’Avesnes trataba de calarse el pesado yelmo de su padre mientras los mayores hablaban a unas varas de distancia. El aya del niño se había quedado dormida a su lado, recostada contra uno de los pilares del aposento. El crío se detuvo un momento, entretenido por la voz que su madre modulaba con suavidad, pero al momento siguió tratando de levantar el yelmo del suelo.

—Si veis el problema resuelto —decía Alice de Vannes—, no entiendo qué falta puede hacer mi esposo.

El marsellés Guillaume Cornut, que compartía el mando de la flota angevina, resopló y miró de reojo a Alain d’Avesnes. Este soltó una carcajada queda.

—Disculpad a mi mujer, señor Cornut. Es de la Provenza, y ya sabéis que las damas de aquellos lugares no suelen quedarse calladas.

Cornut carraspeó, incómodo por el comentario. De todas formas le perturbaba que aquella mujer quisiera meter baza en asuntos de guerra; pero no podía ser descortés, y menos con su anfitriona.

—Debéis entender, mi señora, que nuestro principal objetivo es derrotar a la flota aragonesa —explicó—. Si no acabamos con ella ahora, nos importunará por todo el Mediterráneo el resto del verano y, Dios no lo quiera, también el año que viene.

Alice se levantó, de nuevo enojada. Su esposo había arriesgado la vida aquel mismo día, y ahora, mientras ella todavía se esforzaba en recuperarse del susto, venían a reclamarlo para participar en un nuevo enfrentamiento.

—No hay nada que temer, Alice —intentó tranquilizarla Alain—. Los aragoneses han tomado parte en algún encontronazo con naves del rey de Marruecos pero nunca se las han visto con la Casa de Anjou. Nuestra flota es más poderosa, te lo ase-guro.

—Ciertamente —convino el marsellés—. Además, ni siquiera es seguro que hallemos a la escuadra enemiga. Lo más probable es que regresemos sin noticias de ella y podamos dedicarnos a poner en fuga a esa hueste que os asedia.

—Mi esposo ya ha trabajado duramente por levantar el asedio —advirtió ella—. Quisiera que ese trabajo recayera ahora sobre otros.

Cornut asintió sonriente y se llevó la mano al pecho.

—Mi señora, vuestro marido es hombre de gran fama y su sola presencia es garantía de arrojo entre nuestros soldados. En el quimérico caso de que nos enfrentemos al enemigo, quisiera tener a mi lado al señor d’Avesnes. Os doy mi palabra de que a nuestro regreso, una vez estemos seguros de que la flota aragonesa no navega por estas aguas, serán mis hombres quienes limpien Malta de enemigos del rey Carlos.

—Pero este castillo también necesita a mi esposo, señor —protestó Alice—, y os recuerdo que estamos sitiados por esos bárbaros y nuestra guarnición es exigua. Al igual que vos, me sentiría más segura con el señor d’Avesnes en la fortaleza.

Cornut suspiró mientras Alain sonreía divertido.

—El Castillo del Mar es prácticamente inexpugnable, mi señora —adujo el marino marsellés—. Esa fuerza que os asedia no tiene nada que hacer, pues solo pueden ocupar la lengua de tierra que os une con el resto de la isla. Antes bien, su única esperanza reside en que la flota aragonesa complete el sitio por mar, y por eso es imprescindible alejar esa posibilidad.

Alice bajó la mirada. No había más remedio que aceptar la lógica de tal reflexión y resignarse a que su esposo partiera a la mañana siguiente.

—¿Qué ocurrirá si el regreso de nuestra flota se demora en demasía?

—No os veréis desamparada, mi señora —aseguró Cornut—. Voy a dejar aquí a dos hombres de mi confianza con grandes recursos para afrontar los problemas: el italiano Vittorio y el gascón Bertrand.

Alain d’Avesnes miró extrañado al marino.

—¿Gascón? —repitió—. ¿Vais a dejar a un gascón encargado de cuidar de mi esposa y de esta fortaleza?

Cornut quitó importancia al asunto con un gesto.

—Bertrand Arzac es de Bayona. Por muy vasallo inglés que jure ser, defenderá el estandarte de Anjou —se inclinó un poco hacia Alain y bajó la voz—, pues su mayor preocupación es siempre la bolsa. Afortunadamente está bien pagado, así que no debemos temer por su lealtad.

—No me gustan los mercenarios, Cornut. —Alain d’Avesnes fruncía el ceño.

—Este es muy bueno, mi señor. Pero no es él el que importa, sino Vittorio, a quien Bertrand sirve de guardaespaldas.

—Espero que sea leal al Santo Padre ese Vittorio —dijo Alain—. Mis viajes por Italia me han enseñado a desconfiar de los malditos gibelinos. ¿Es florentino quizás?

—Oh, no —Cornut volvió a bajar la voz—, es pisano.

D’Avesnes respingó.

—¿Un gascón y un pisano defendiendo el Castillo del Mar? ¡Buena protección procuráis a mi esposa, señor Cornut!

El marino alzó ambas manos para pedir cuartel.

—Vittorio no sabe de asuntos de gibelinos y, si he de ser sincero, tampoco de güelfos. Aunque no me cabe duda de que sería muy capaz de hacer negocios con ambos y acabar ganando en todo caso. Y eso es lo mejor que tiene. Sabe salir con bien de todo trance, y de ahí mi confianza en él.

—¿Y de qué servirá si la fortaleza corre peligro? ¿Sabe luchar ese Vittorio?

—Mi señor d’Avesnes —continuó Cornut—, no tendría sentido despojar al Castillo del Mar de un gran guerrero como vos para dejar a otro. Vittorio se ocupará de buscar una salida airosa a vuestra esposa si nuestro viaje se alarga y, Dios no lo quiera, las tornas cambian y favorecen a esos aragoneses que os asedian. Os lo juro, mi señor, Vittorio sería capaz de persuadir a esos desarrapados de pasarse a nuestro bando, tan convincente es. Sobre todo por la buena bolsa que voy a dejar a su recaudo para imprevistos indeseables.

D’Avesnes suspiró para demostrar que no alcanzaba la conformidad. Pero se debía al servicio del rey, y Guillaume Cornut no era sino el emisario del monarca. Alice, por su parte, había asistido al resto de la conversación en silencio. Fuera como fuese, comprendía que la clave del triunfo estaba en la flota angevina.

—Sea —admitió al fin Alain—. Aunque no estaré tranquilo hasta que vuelva y, con ayuda de esos soldados que habéis traído en vuestras galeras, arrasemos a los aragoneses de ahí fuera.

Cornut ensanchó la sonrisa.

—En un día, dos a lo sumo, ambos mancharemos de sangre aragonesa nuestros aceros, y de nuevo el rey os deberá un gran servicio.

Alain d’Avesnes alzó su copa para rubricar con un brindis lo dicho, y Cornut hizo lo mismo. Alice inclinó ligeramente la cabeza en señal de asentimiento y los dos hombres bebieron.

—Y ahora, mi señora, si me disculpáis, debo regresar y comunicar al señor de Bonvin que todo se sucederá según lo previsto. —Guillaume Cornut se levantó, alisó la veste e hizo una inclinación—. Pasad buena noche, señor d’Avesnes.

Alain se puso en pie y respondió al saludo del marino. Unos instantes después, Clara despertaba ante los suaves zarandeos de Alice de Vannes.

—Clara, muchacha, lleva a Duran a dormir y acuéstate tú también, que pareces rendida.

La joven se frotó los ojos. Se levantó y cogió al pequeño Duran de la mano.

—Perdonadme, mi señora —se disculpó el aya, que apenas llegaría a los dieciséis años—. Han sido las emociones del día. Ver batirse al señor me ha dado mucho miedo...

Alice sonrió y besó a su hijo en la frente. Después Clara condujo al pequeño hasta Alain. Le arremolinó el pelo negro.

—Descansa, hijo mío. Y tú también, Clara.

La muchacha salió del aposento a pesar de las protestas de Duran, que quería seguir jugando con el yelmo de su padre. Una vez solos Alain y Alice, esta levantó su copa, en la que aún quedaba vino.

—Brindo por ti, esposo —lo miró a los ojos, deseosa de alejar las nubes de preocupación que cubrían su semblante—, porque eres tú a quien todos piden ayuda y consejo, porque te has labrado reputación de hombre juicioso y porque ya nadie se fija en la barra que cruza ese león.

Alain se sirvió un chorro de vino e hizo chocar la copa con la de su mujer. Él también miró a su escudo, apoyado contra uno de los arcones del aposento. En él, sobre campo dorado, el león negro rampante asomaba su orgullosa melena tras una barra oblicua, como correspondía a un bastardo del conde de Hainaut. Su padre Juan lo había tenido fuera del matrimonio con una sirvienta de su casa. El hecho de que el mismo conde de Hainaut tuviera origen ilegítimo, aunque legitimado después por el propio emperador Federico II, le había servido para no despreciar a su hijo natural, Alain. No obstante, este no había recibido título alguno, y se vio obligado a demostrar por las armas su verdadera nobleza. Alain no se avergonzaba de aquella barra. Para él era símbolo de orgullo el haber conseguido ganarse el respeto del propio Carlos de Anjou, a quien había servido con valor en Surcola y en la ocupación de Durazzo y Albania, tras la proclamación de Carlos como rey de Sicilia.

Ambos bebieron lentamente y Alain observó a su dulce esposa. El origen bastardo del caballero le había permitido unirse a ella sin tener en cuenta intereses familiares y, en cuanto a Alice, era demasiado obstinada y firme como para haberse sometido a nadie no deseado. Habían recorrido Italia tras al rey Carlos, él guerreando para labrarse una posición, y ella rezando de continuo por la llegada de la paz. Y paradójicamente, mientras la Casa de Anjou preparaba una cruzada contra Bizancio, fue cuando hallaron esa paz. El único hijo de ambos, Duran, vino al mundo en Malta, en aquella fortaleza junto al mar que les servía de morada. El rey había encomendado a Alain la defensa del castillo en previsión de los movimientos de la Corona de Aragón, siempre acechante, y de los rebeldes sicilianos, que no habían aceptado de grado la marcha de los Hohenstaufen. Aquellas paredes de piedra eran desde entonces testigos del amor que Alice y Alain se profesaban. Mientras los ejércitos de Anjou eran derrotados por Bizancio, los dos esposos se amaban ajenos a todo.

Después, hacía un año cumplido, ocurrió el horrible desastre de Sicilia: el pueblo se alzó en armas alentado por el rey de Aragón, Pedro, que reclamaba la corona por su matrimonio con Constanza de Hohenstaufen. Habían llamado a aquello «Las Vísperas Sicilianas». La matanza de franceses en Sicilia atemorizó a Alice, que vio peligrar la paz de los últimos años. Y no se equivocaba, pues finalmente los aragoneses, con ayuda de algunos isleños, habían puesto sitio al Castillo del Mar.

—Sé lo que piensas. —Alain se levantó, dejó la copa sobre la mesa y se acercó a su esposa, cuya cintura rodeó con ambas manos—. Tienes miedo de que tu certidumbre termine, de que nuestro hijo tenga que vivir en guerra perpetua, de que no podamos amarnos como hasta ahora, libres y tranquilos. Alice cerró los ojos al sentir los labios de Alain resbalando por su cuello.

—Quiero que Duran crezca en paz, ajeno a la batalla.

Alain aflojó los cordones del brial mientras la besaba una y otra vez.

—No digas eso —protestó con suavidad él—. Duran podría ser un gran guerrero, igual que su padre.

Alice dio un pequeño respingo, pero cedió de inmediato ante las atenciones de su esposo, que doblegaba su brío al tiempo que sus manos recorrían la piel bajo la ropa.

—Déjame disfrutar de nuestro hijo mientras sea un niño —pidió ella con voz entrecortada.

El brial resbaló desde los hombros de Alice, y ella se sentó sobre la mesa; atrajo a su marido y rodeó su cintura con las piernas.

—Mañana —aseguró él al tiempo que liberaba a su amada del resto de vestiduras— recorreré el mar y disfrutaré de la brisa salada, y después los hombres del rey nos liberarán del cerco. Luego, tú y yo nos amaremos con ardor día tras día, y nuestro hijo crecerá sereno y protegido.

—¿Me lo juras? —preguntó ella al tiempo que dejaba caer la cabeza hacia atrás.

—Te lo juro.

 

 

Alice de Vannes se acercó a las almenas y se asomó mientras se arrebujaba en el manto que se había puesto sobre el camisón. La débil luz del alba empezaba a asomar a su espalda pero la luz llegaba aún tímida, por lo que tuvo que forzar la vista para tratar de distinguir el blasón dorado de su esposo entre las antorchas de los marinos.

—Ahí está, mi señora. —Clara, el aya del pequeño Duran, señaló con el dedo sobre la almena próxima—. Su escudero le precede con un fardo. En la nave situada a vuestra diestra... ¿Lo veis?

Alice miró hacia donde señalaba la muchacha, que tenía cogida la mano de Duran. El niño se restregaba un ojo para luchar contra la modorra.

—Ven aquí, Duran, y mira a tu padre. —La dama cogió en brazos a su hijo, lo elevó y señaló a una de las galeras. Al hacerlo, su manto resbaló de los hombros y cayó sobre el camino de ronda—. ¡Fíjate! ¡Alzan su estandarte!

Duran, ajeno a todo aquello, rodeó con los brazos el cuello de su madre y balbuceó algunas palabras de protesta. El niño estaba harto de ver a las embarcaciones entrar y salir de la Gran Bahía de Malta, y lo único que quería era volver a dormirse. Alice observaba orgullosa el tremolar del estandarte dorado que acababan de izar sobre la galera. Al momento, un griterío subió desde la nave hasta las almenas.

—Mi señora —la voz de la joven Clara se llenó de emoción—, los marinos aclaman al señor.

Alice asintió sin poder evitar una oleada de orgullo. Miró al aya, que realmente estaba encantada con la celebridad que alcanzaba su señor. La joven Clara, romana de nacimiento, había sido acogida por Alain d’Avesnes y su esposa tras quedar huérfana por las guerras del rey. La muchacha guardaba gran agradecimiento y cariño por el matrimonio, y también por el joven Duran. Un par de sombras se dibujaron tras Clara, cuyo pelo castaño ondulaba a la brisa de levante que barría las almenas. Alice entornó los ojos para horadar la oscuridad y observó dos siluetas.

—Mi señora —habló una de las sombras, que se adelantó unos pasos y se hizo visible a la tenue luz previa al alba—, soy Vittorio, a vuestro servicio.

El hombre, que a pesar de no ser muy mayor lucía una oronda panza, se inclinó ceremoniosamente. Alice lo observó con detenimiento. El tal Vittorio no estaba vestido para la batalla, desde luego. Más parecía un comerciante o un prestamista. Enseguida le llamó la atención la larga pluma roja que, desde el sombrero, se curvaba hacia atrás.

—Sed bienvenido, don Vittorio. —Alice miró a la otra sombra, que se mantenía detrás del recién llegado. Lo señaló con la barbilla—. El señor Arzac, supongo.

—Disculpad a mi bárbaro compañero, mi señora —sonrió el italiano—. Es un hombre de acción y no tiene modales.

Alice asintió, incómoda porque el gascón no era más que una silueta recortada ante la media luz del amanecer. Intercambió una rápida mirada con Clara, y se dio cuenta de que tampoco a la muchacha le gustaban aquellos dos extraños.

—Nos disponíamos a ver cómo parte la flota. —Alice señaló al grupo de galeras angevinas dispuestas en perfecto orden al pie de los muros.

El italiano volvió a mostrar todos los dientes al sonreír.

—Doy gracias al Altísimo por haberme permitido desembarcar y poder pasar una temporada en tierra firme tras el viaje por mar. No me gusta navegar, y menos en naves de guerra. —Vittorio puso los brazos en jarras y miró a su alrededor con afectación—. Si me disculpáis, mi señora, a mí me aburren todas estas parafernalias militares. ¿Os importa que recorra las almenas? Así me iré haciendo una idea de las defensas del Castillo del Mar.

Alice sintió una pizca de alivio por poder verse libre de la presencia de los dos recién llegados.

—Id, don Vittorio.

El italiano dijo unas palabras en voz baja a su acompañante y ambos desaparecieron por el adarve.

—No me gustan, mi señora. —la voz de Clara temblaba. El frescor del amanecer comenzaba a extenderse por la bahía.

—Tampoco son de mi agrado. No te apures, muchacha. Son las cosas de la guerra.

Las dos mujeres volvieron a posar sus vistas en las naves, en las pasarelas tendidas hacia la playa, en el ir y venir de marinos acarreando provisiones, en los estandartes ondulados por el viento.

 

 

Alain d’Avesnes se irguió en el castillete de popa y contempló el flamear de su estandarte dorado. Nadie se fijaba en la barra que cruzaba el blasón, sino en el fiero y oscuro león, símbolo de bravura y de prudencia. Él, el bastardo, noble por sí mismo y no por nacimiento, era quien comandaría a la gente de guerra de aquella hermosa galera angevina que los marinos llamaban Santa Fara.

—¡Mi señor! —La voz de Guido, el escudero de Alain, le lla-mó desde la pasarela. El joven señalaba a lo alto de la muralla—. ¡Vuestra esposa os saluda, mi señor!

Alain se volvió y miró hacia arriba. Una débil claridad tornaba gris la negrura de la noche, y entre las piedras se adivinaba la figura blanca de Alice de Vannes, agitando la mano mientras su cabello negro se mecía a la brisa. El caballero devolvió el saludo a su esposa, cuando un nuevo griterío se extendió por cubierta. Al momento, un eco agudo se oyó desde la lejanía.

Todo se tornó confusión. Los marinos comenzaron a correr de aquí para allá. El patrón de la galera se aproximó a Alain con gesto de alarma.

—¡Un grupo de naves acaba de entrar en la bahía, mi señor! —anunció mientras señalaba a la oscuridad—. ¡Se nos requiere por el señor de Bonvin para que nos aprestemos a la lucha!

Alain forzó la vista hacia el norte. Le pareció ver algunas luces que titilaban sobre el agua, pero bien podían ser las aldeas que flanqueaban la larga bahía maltesa. El soniquete agudo volvió a oírse, amortiguado por las voces de los angevinos.

—¿Son trompetas? —inquirió al patrón.

Este se encogió de hombros y se dedicó a recorrer la borda, atento a las órdenes de la galera capitana de su flanco diestro, que comandaba el caballero Bartolomé Bonvin.

—¡Guido! —llamó Alain a su escudero, a quien había perdido de vista—. ¡Guido!

El joven, que se había ido hacia proa para tratar de ver qué ocurría al norte, se abrió camino entre los marinos y se plantó ante su señor.

—Decidme.

—Mis armas —pidió lacónico Alain.

El escudero asintió y se afanó en desenvolver uno de los fardeles que había subido a bordo. Alain, mientras tanto, se despojó del jubón y lo dejó caer sobre cubierta. A su alrededor, los marinos se afanaban en terminar de traer fardos de comida y las órdenes volaban entre las naves. El caballero elevó de nuevo la vista hacia las almenas mientras ataba los lazos de su gambesón, y quiso atravesar la penumbra y la distancia para clavar su mirada en la de su esposa, pero otra sombra diferente se interpuso entre ellos. Guido, subido en la borda, acababa de elevar la loriga sobre la cabeza de Alain y la dejaba caer con la pericia de la costumbre, recubriendo de férreas anillas el cuerpo de su señor. A continuación le ayudó a ceñirla a la cintura.

—Mirad, mi señor. —Guido señaló a septentrión—. Una barquichuela se aproxima.

Los angevinos se apelotonaron en las proas cuando se extendió la noticia. Un esquife con bandera de parlamento llegaba a la playa. Dos de sus ocupantes remaban y un tercero se erguía con los brazos en jarras.

—¿Qué buscáis aquí? —tronó la voz de Bartolomé Bonvin desde su galera.

Los del esquife, apercibidos de dónde estaba aquella voz de mando, cayeron un tanto a babor y remaron hasta distancia segura.

—¡Mi señor! —gritó con pompa el tipo del esquife—, ¡vengo por orden de don Roger de Lauria, almirante de Aragón!

Alain se acercó a la borda y pidió silencio a sus hombres para poder oírlo todo.

—¡Soy Bartolomé Bonvin y sirvo al rey Carlos, soberano de Sicilia y también de esta isla!

El aragonés asintió y dio orden a sus remeros para detenerse. Luego hizo su proclama.

—¡Mi señor Bonvin, os traigo súplica del almirante don Roger para rendir vuestras armas, pues sin razón y en nombre de un usurpador, defendéis una plaza que por derecho pertenece a Sicilia y, por tanto, a Aragón!

—¿Y si no accedemos? —preguntó a su vez desafiante el marsellés.

—¡Entonces don Roger os conmina a abandonar la costa y combatir con equidad en la mar! ¡Os ofrece el tiempo que necesitéis para armar las naves y llenarlas con vuestra gente, mas os ruega que no os demoréis, pues tiene otros negocios que atender! ¿Qué contestáis?

Bartolomé Bonvin dejó caer la mandíbula, sorprendido por la soberbia de aquellos tipos venidos del otro lado del mar. Su rostro se enrojeció poco a poco mientras toda la flota angevina aguardaba en silencio la respuesta.

—¡Decid a vuestro almirante don Roger que no le haré esperar! —aulló—. ¡Volved a todo remo y refugiaos donde podáis, pues hoy los peces de esta bahía se saciarán de carne aragonesa!

El del esquife alargó una inclinación de cabeza y dio orden a los remeros para virar y regresar a la formación propia. Alain d’Avesnes observó a Bonvin, aún medio cubierto por la penumbra. Se había echado las manos a la espalda y recorría el castillo de proa de su nave a largas zancadas. Dos escuderos lo seguían a tropezones mientras intentaban armarle. Tras un rato de reflexión, se apoyó en la borda de estribor y llamó a Alain.

—¡Decidme, don Bartolomé! —respondió el caballero d’Avesnes.

—¡No pienso sufrir la insolencia de esos aragoneses! —aseguró el marino marsellés—. ¡Atacaremos de inmediato y les daremos una lección! ¡Haced la merced de transmitir mi decisión a las demás galeras, pues partiremos en cuanto el señor Cornut esté presto!

Alain asintió y pasó la orden a la nave de babor. Después volvió junto a su estandarte.

—Prosigue, Guido.

El escudero asintió y le enfundó el almófar. La orden de partida llegó en el tiempo de un padrenuestro.

—¡A la mar! —El grito vino por babor, atravesó la hilera de galeras varadas en la playa con la proa hacia la bahía—. ¡Nos hacemos a la mar!

El patrón se desgañitó para hacerse oír, y de inmediato consiguió que la Santa Fara temblara y sus tablas chirriaran. De forma casi imperceptible, la nave empezó a deslizarse por la arena. Guido separó los pies para asentarse con seguridad mientras ataba sendas piezas metálicas a los codos de Alain. A lo largo de la cubierta, los demás caballeros de la expedición se armaban de igual manera, aunque algunos se mostraban notoriamente alterados y de mala manera acertaban a colocarse el talabarte o amarrarse el yelmo, echando de inmediato la culpa a sus sirvientes para luego abo-fetearlos sin piedad. La Santa Fara sufrió un pequeño vaivén cuando, libre de la arena de la playa, su casco quedó a merced del agua.

Guido entregó la lanza a Alain, ya totalmente armado, y lo revisó de arriba abajo, como hacía en cada ocasión antes de la batalla para asegurarse de que todo estuviera en orden. Y como antes de cada batalla también, Alain miró al joven muchacho a los ojos.

—Quédate tras de mí, Guido. Ten coraje para batirte en este lado y piedad para reunirnos en el otro.

El muchacho asintió mientras aseguraba su propio gambesón, y aferró con fuerza un par de lanzas.

—Que Dios nos guarde, mi señor.

 

 

—¿Pero qué ocurre, mi señora?

Alice sentía el corazón saltar dentro de su pecho. Desde las almenas, a altura suficiente como para no confundirse, se apercibía claramente de que aquellas luces que relumbraban al norte no eran las de las casuchas de los pescadores malteses, sino los fanales de un grupo de naves. Además, ella oía con más nitidez el soniquete agudo de las trompetas, cuyo eco apagado recorría la costa abrupta de la bahía y llegaba hasta el Castillo del Mar.

—Creo que son los aragoneses, Clara —contestó Alice de Vannes. Duran movió levemente la cabeza sin despertarse. Seguramente soñaba.

—Mi señora, tengo miedo —confesó la joven romana con un hilo de voz.

Alice cambió a Duran de mano con cuidado y abrazó a Clara.

—Ven, hija mía.

Las dos mujeres se unieron y ambas vieron cómo las galeras angevinas resbalaban desde la playa para zarpar.

Un repiqueteo creció a sus espaldas hasta que se convirtió en un redoble de pasos que llegaba hacia ellas. Un olor acre se extendió por el adarve, y Alice reconoció la voz de Vittorio, el enviado de Guillaume Cornut.

—Santa Madonna —susurró el pisano.

—Vuestra presencia en el Castillo del Mar se acorta, don Vittorio —dijo Alice sin dejar de mirar abajo, a la hilera de galeras angevinas que ya empezaba a surcar la bahía hacia el norte—, para bien o para mal.

El pisano apoyó ambas manos sobre la piedra de la muralla y forzó la vista, mascullando algo en su lengua. Después siseó como una serpiente.

—Siempre para bien, mi señora —escupió antes de guardar silencio y observar atento la batalla que se aproximaba—. Siempre para bien.

Clara empezó a rezar en voz baja. Duran se estremeció de nuevo y clavó sus deditos en la piel de Alice a través del camisón. Más que un sueño, aquello debía ser una pesadilla.

—No tengáis miedo, hijos míos —trató de consolarlos a ambos. El aire alrededor se calentaba con lentitud y la media luz ahuyentaba a la oscuridad. Ya se podía ver claramente la línea de barcos que al norte bloqueaba la boca de la bahía. Era pronto aún para distinguir colores, pero Alice sabía que las barras grana y oro de Aragón ondeaban en los estandartes de aquellas galeras.

 

 

Con las armadas separadas por tres tiros de ballesta, la claridad alcanzó a los aragoneses.

Sus naves seguían detenidas, y a toque de trompeta se les veía afanarse sobre las cubiertas. Corrían por sobre ellas, apartaban los aparejos y resguardaban las bordas. Tendieron cables entre las naves y, animándose unos a otros, aprestaron los mangoneles anclados a los castillos de proa. Por el contrario, los angevinos cobraban velocidad al surcar la bahía. Los patrones lanzaban toda suerte de improperios a sus remeros, de modo que las galeras del rey Carlos rompían las aguas de la bahía y se adelantaban unas a otras. Sobre sus cubiertas, los pendones y escudos de los hombres de armas comenzaban a recibir la luz suficiente para resplandecer.

Alain d’Avesnes se irguió con los ojos entornados, apreció el fulgor de las antorchas sobre las cubiertas aragonesas y miró después hacia la proa de su propia nave. Nadie operaba la máquina aferrada con cuerdas a las bordas.

—¡Patrón! —gritó. Ahuecaba las manos enguantadas en torno a la boca en un gesto instintivo, olvidando que el metal del yelmo amortiguaba su voz—. ¡Patrón, buscad a vuestro senescal o hacedlo por vos mismo, pero quiero proyectiles para las máquinas! ¡Y los quiero ya!

Un primer fogonazo anunció que los mangoneles aragoneses sí estaban listos. La bola ardiente ascendió hacia el cielo gris dejando una estela de pavesas y se cernió sobre la nave capitana de Guillaume Cornut, que ocupaba una posición adelantada en medio de la línea. Las tripulaciones angevinas acallaron sus gritos por un instante, y el tiempo pareció detenerse mientras aquella esfera del infierno cumplía su parábola. Voló sobre la galera de Cornut, pasó a escasas cuatro varas de su estandarte y se sumergió en el agua con un fuerte chapuzón y un siseo que heló la sangre en las venas de los marineros. A pesar del viento contrario, hasta la galera de Alain pareció llegar el penetrante olor de la brea.

—¡Mi señor! —el patrón de la Santa Fara, aunque no había escuchado el requerimiento de Alain, se dio cuenta del peligro y se dirigió a él angustiado—, ¡no hemos tenido tiempo de embarcar proyectiles, y resulta difícil maniobrar en este lugar!

Alain d’Avesnes apretó los dientes y miró a los hombres a sus órdenes. No se oían gritos ya, salvo los que, amortiguados por la distancia y por el chapoteo de los remos angevinos, llegaban desde la línea aragonesa.

—¡Aprestaos al combate! —ordenó, consciente de que debían llegar al choque lo antes posible—. ¡Ballesteros a proa! —Luego habló de nuevo al patrón—. ¡Animad a vuestros remeros, por Dios, y llevadnos hasta el enemigo con presteza!

El patrón respondió con una firme inclinación de cabeza y se dispuso a cumplir la orden. En ese momento, mientras los ballesteros se repartían por los huecos de la proa, la línea aragonesa escupió un enjambre de muerte ardiente.

—Malditos... —susurró Alain con una pizca de admiración.

La primera vasija de brea había servido al almirante aragonés para calcular la distancia, y de seguro había dado órdenes a todas las galeras para disparar a un tiempo. Alain rezó rápidamente: rogaba a Dios que la aún débil velocidad de la Santa Fara les librara de ser alcanzados por uno de aquellos globos de fuego.

Los proyectiles aragoneses cruzaron el cielo. Dibujaron una marea de barras, como si el destino se burlara de la flota angevina al presentarles el estandarte enemigo.

—¡Ballesteros! —Alain d’Avesnes se sobrepuso al silencioso desasosiego que de nuevo atenazaba a los angevinos—. ¡Disparad!

Un zumbido siniestro se extendió por la cubierta cuando las cuerdas despidieron sus cuadrillos. Los ballesteros de Alain se encogieron sin preocuparse de ver si sus disparos eran certeros, y entonces se desató el infierno. Un proyectil aragonés acababa de caer en medio de la cubierta de una de las galeras capitanas, la de Bartolomé Bonvin. Estalló y el fuego se extendió por la tablazón. Algunos angevinos se vieron envueltos en llamas; lanzaron gritos desgarradores al tiempo que saltaban sobre las bordas y se sumergían en las aguas de la bahía. Alain maldijo en voz baja; observó cómo algunos de los remos de la nave alcanzada se detenían, quedaban inertes y eran arrastrados por el empuje de la galera. Las demás vasijas ardientes se repartieron por la línea angevina; unas quedaron cortas y otras se pasaron, pero dos de ellas impactaron sobre sendas galeras en el flanco izquierdo y comenzó a alzarse una negra humareda.

—¡Volved a disparar! —ordenó a sus turbados ballesteros—. ¡Guido, conmigo a proa!

El joven escudero obedeció a su señor y lo siguió por entre los hombres de armas repartidos por la cubierta. El viento, que soplaba de levante, trajo hasta ellos una densa cortina oscura y dulzona proveniente de la nave de Cornut. Un suave zumbido cortó el aire junto al yelmo de Alain, y al punto sintió un repiqueteo en las tablas de la Santa Fara.

—Mi señor —inquirió Guido tras él con un punto de inseguridad—, ¿qué es eso?

Alain d’Avesnes alzó su escudo y dobló ligeramente las piernas.

—¡Pégate a mí, Guido! —mandó con voz firme.

El tamborileo se repitió y un gemido de dolor se oyó junto a ellos. Uno de los hombres de armas, con dos virotes de ballesta clavados en la loriga, se dejó caer sobre las tablas con gran estruendo.

—¡Cubrios! —se oyó una voz desde la proa, y un nuevo chillido atravesó la galera.

La nave de Bonvin se quedaba atrás, impulsada por unos pocos valientes que se habían decidido a permanecer junto a sus remos mientras la azorada tripulación trataba de apagar el incendio de la cubierta. Por eso, al ganar ventaja sobre la nave ardiente, la Santa Fara salió de la nube negra. Mientras los últimos jirones de aquella malsana bruma se abrían, Alain d’Avesnes sintió la angustiosa tentación de mirar atrás, a las murallas del Castillo del Mar. En su mente se hizo un lugar, por encima de los gritos de dolor y de miedo de los angevinos, la figura esbelta y lejana de Alice de Vannes, que se despedía con un gesto desde lo alto de la fortaleza. Atrás quedaba ahora su esposa y, junto a ella, su pequeño Duran.

 

 

Alice de Vannes sentía una fuerte opresión en el pecho. Sus dedos se aferraban a los cuerpos de Clara y Duran y, mientras el niño lloraba, la joven romana apenas era consciente de que su señora le clavaba las uñas. Sus ojos estaban puestos en la bahía, iluminada ya por la claridad diurna. El pisano Vittorio, por su parte, mascullaba en su lengua palabras ininteligibles y entornaba sus ojos.

Dos de las galeras angevinas ardían por los cuatro costados y la más alejada, dejándose llevar, había encallado ya en la costa de poniente de la bahía. Una tercera, la que lucía el estandarte de Bartolomé Bonvin, navegaba con lentitud mientras trataba de rodear la línea aragonesa. Humeaba todavía, pero su tripulación había logrado apagar el incendio provocado por uno de los certeros disparos enemigos. A todas luces rehuía el combate. En cuanto al resto de la flota angevina, al menos la mitad de ella se dirigía al encuentro de los aragoneses, pero siete u ocho naves se retrasaban y viraban con lentitud, intentando no abordar a las de su propio bando.

—Mi señora —balbuceó entre hipidos Clara—, la galera del señor va a chocar contra el enemigo.

Alice de Vannes cerró los ojos y recordó los reproches que apenas un día antes había lanzado a su esposo. Sabía que Alain jamás volvería la cara a los aragoneses. Ahora su nave lucía el estandarte dorado con su león negro, y por eso se adelantaba al resto de la línea de Anjou y embestía como ariete contra una de las naves enemigas. Casi podía ver cómo los ballesteros aragoneses, perfectamente concordados, lanzaban andanadas de virotes que barrían las cubiertas angevinas.

—Esto está perdido —vaticinó con su voz aguda Vittorio.

Alice le dirigió una mirada de resentimiento. Sus labios temblaban y sus ojos oscuros se resistían a anegarse.

—Mi esposo vive aún, estoy segura. No os rindáis tan pronto.

Una media sonrisa irónica asomó al rostro del pisano, que señaló con un dedo gordezuelo hacia la bahía.

—Ved aquella niebla blanca que se levanta ahora de nuestras galeras, mi señora.

Alice hizo lo que le decía Vittorio. Era cierto. La nave de Alain había embestido a una de las naves enemigas, y ambos espolones se clavaban en los cascos contrarios y se trababan entre ellos. Otros barcos angevinos habían logrado meterse entre las galeras aragonesas, pero igualmente quedaban encallados o se veían incapaces de hacer funcionar sus remos. Ahora, desde los castilletes de proa, los enemigos se cubrían tras los escudos de sus caballeros y vaciaban sacos de polvo blanco sobre las cubiertas de las galeras de Anjou.

—Es cal viva, mi señora. —Vittorio había despojado su voz de emoción—. Deja ciegos a quienes tienen la desgracia de ser cubiertos por ella. Dicen que provoca quemaduras horribles.

Clara lanzó un grito de angustia al oír las palabras del pisano y hundió la cabeza en el pecho de Alice, incapaz de seguir asistiendo a aquel espectáculo. La niebla blanca ocultó por un momento el cierre de las naves, y Alice pudo ver que varias de las demás galeras angevinas, entre ellas la de Bartolomé Bonvin, conseguían flanquear a los enemigos. Por un momento tuvo la esperanza de que aún se podía derrotar a aquellos odiosos aragoneses.

—Tened fe, don Vittorio —pidió—, pues nuestros hombres rodean al enemigo para atacarle por la retaguardia.

El pisano volvió a torcer su boca en una mueca sardónica.

—Solo tengo fe en mí mismo, mi señora —respondió—. Si yo estuviera al mando de una de esas naves, huiría a toda boga de la bahía.

—Eso no ocurrirá, y vos tendréis que responder de esas palabras —aseguró Alice de Vannes—, más propias de un cobarde que de un soldado del rey Carlos.

 

 

Alice se equivocaba.

Alain d’Avesnes no podía verlo, pues se mantenía encogido para no padecer la ceguera de la cal, pero casi la mitad de la flota angevina se daba a la fuga tras rodear la línea aragonesa. Las naves de Anjou pasaban a duras penas entre los enemigos y la costa de la bahía; recibían una lluvia de dardos y de insultos, pero los aragoneses, unidas sus naves entre sí por cabos y enzarzados en la lucha contra los más valientes de los angevinos, no podían perseguirlos.

—¡Mi señor, nos abordan! —avisó Guido con la voz quebrada.

Alain abrió los ojos al fin. Ante él, varios marineros y hombres de armas se retorcían sobre cubierta, chillando por el dolor de las quemaduras y clamando al cielo para recobrar la vista. A trechos, las tablas rezumaban sangre y empapaban los cadáveres acribillados por los ballesteros aragoneses. Los primeros en invadir la Santa Fara fueron aquellos salvajes cubiertos de pieles que blandían sus jabalinas. Venían gritando, como siempre, y a su paso remataban a los heridos. Los degollaban o los clavaban a la tablazón. Alain miró a su alrededor y localizó a nueve o diez compañeros que aprestaban las armas.

—¡Conmigo! —les gritó —. ¡Formemos línea!

Los hombres de armas obedecieron, acobardados por la consabida fiereza de los almogávares aragoneses. Sabían que aquellos bárbaros no hacían prisioneros. Guido se colocó también a la izquierda de su señor blandiendo una lanza, y Alain trató de cubrirle como pudo con su propio escudo. Los enemigos, al ver que los angevinos les aguardaban en el sitio, se detuvieron y sonrieron. Sus dientes negruzcos asomaban entre las barbas enmarañadas y la piel tostada.

—¡Ballesteros! —Uno de ellos miró atrás—. ¡Ballesteros aquí y la nave es nuestra!

Alain comprendió perfectamente las palabras de aquel almocadén. Trató de localizar a algún compañero más para cargar contra los almogávares antes de que sus ballesteros les asistiesen. Buscó a ambos lados, pero la Santa Fara estaba aislada y las demás naves amigas tenían los mismos problemas que ellos. Los adversarios se batían en superioridad en todas las cubiertas angevinas, pero al igual que Alain y los suyos, los demás caballeros angevinos, cubiertos con pesadas lorigas y defendidos por sus escudos, habían formado líneas que semejaban murallas. Alain observó al almocadén enemigo. Era un tipo grande, con barba y cejas hirsutas, que repartía órdenes y escupía amenazas a sus propios hombres para que no se lanzaran sobre los angevinos.

—¡Primero los ablandaremos —aseguró—, y después los haremos picadillo...!

—¡Nuestro almirante se bate! —llegó un grito en francés por la izquierda—. ¡Abrid paso!

Tanto los hombres de Alain como los almogávares que ocupaban la Santa Fara oyeron aquellas palabras y pusieron su atención en el lugar del que habían salido. En la galera trabada a babor, a veinte varas escasas de distancia, el marsellés Guillaume Cornut se había adelantado a los suyos con un hacha de combate. Frente a él, la línea de almogávares hizo un rápido movimiento y lanzó una lluvia de azconas. Cornut se encogió tras el escudo y las jabalinas pasaron a su alrededor. Algunas de ellas se clavaron en las defensas de sus hombres.

—¡No he venido aquí a luchar con desarrapados! —vociferó indignado el marsellés—. ¡Decid a vuestro almirante que se bata con valor!

Alain observó el estandarte del navío trabado con el de Cornut. Era el del almirante aragonés, Roger de Lauria, con sus barras azules tremolando en campo plateado. Había oído hablar de aquel marinero, a quien el rey de Aragón había puesto al mando de su flota en detrimento de Jaime Pérez, el hijo bastardo que el monarca aragonés había tenido con una jovencita llamada María. El silencio se había hecho en las embarcaciones, mientras todos esperaban que Roger de Lauria se aviniese a aquel duelo singular. Guillaume Cornut, que hacía gala de un arrojo sin límites, corrió hacia la línea de enemigos que ocupaba su nave y comenzó a abrirse paso a hachazos. Los almogávares, carentes de escudos y lorigas, se hicieron a los lados sorprendidos por el valor del marsellés, y un par de ellos cayeron heridos y bramando como toros.

—¡Vuestro almirante! —seguía reclamando Cornut mientras repartía hachazos a su alrededor—. ¡Que venga vuestro almirante!

Un vítor unánime se elevó desde las filas angevinas, y los caballeros se animaron unos a otros, dispuestos a emular a su líder. Algunos de los hombres de armas avanzaron unos pasos para auxiliar a Cornut, pero volvieron a detenerse cuando un recio desafío salió de la nave capitana enemiga.

—¡No toquéis a ese hombre! —ordenó una voz aragonesa con fuerte acento italiano.

Los almogávares abrieron un pasillo por el que apareció Roger de Lauria armado de maza y escudo. Se plantó ante Cornut, separó las piernas, las asentó sobre la cubierta húmeda de sangre. Como atados por un pacto tácito, los guerreros de uno y otro bando aguardaron inmóviles el resultado del duelo.

—Aún hay esperanza, Guido —susurró Alain a su escudero mientras los dos almirantes se clavaban las miradas. Luego alzó un poco la voz para que todos sus hombres pudieran oírle—. Si el aragonés cae, los suyos se desesperarán siquiera unos instantes. Entonces es cuando hemos de cargar. Sin cuartel.

Se oyeron varios gruñidos de asentimiento. Guillaume Cornut volteó el hacha y atacó con fiereza a Lauria mientras lanzaba un grito desgarrador. El corazón se encogió en el pecho de todos los combatientes. El almirante aragonés alzó su escudo y desvió el ataque del marsellés, que rechinó con fuerza al resbalar sobre el cuero y la madera, y lanzó a su vez un recio mazazo que pasó silbando ante el yelmo de Cornut. Ambos contendientes se desplazaron de lado con la vista fija en el contrario. Los almogávares, obedientes a la orden de su almirante, se mantenían quietos, con las armas prestas pero respetando la espalda del angevino.

Mas uno de los hombres de este, temeroso de que Roger de Lauria saliera victorioso y la derrota se cerniera sobre ellos, arrancó de su escudo la azcona que un aragonés le había lanzado unos momentos antes. Meditó unos instantes la felonía y, finalmente, echó el brazo atrás.

—¡No! —gritó Alain d’Avesnes al ver que aquel angevino se disponía a atacar a traición a Roger de Lauria.

Este pareció adivinar lo que iba a ocurrir. Cargó con el escudo contra Cornut y lo empujó hacia la proa de la nave angevina. Luego se volvió súbitamente para encarar al felón. La azcona salió despedida con tino, pero el caballero angevino, fatigado por el esfuerzo y el miedo y estorbado por el hierro, se quedó corto. La punta de la jabalina horadó el calzado de Roger de Lauria, atravesó su pie y se clavó en la madera de la cubierta. El almirante aragonés lanzó un grito de dolor, soltó la maza y aferró la azcona alevosa.

—¡Traición! —se oyó el grito unánime de los aragoneses, y se repitió por toda la línea de naves trabadas—. ¡¡Traición!!

Guillaume Cornut, rodeado de enemigos, alzó su hacha y corrió hacia Roger de Lauria, convencido de que aquella era la última oportunidad de vencer la batalla. El tiempo pareció detenerse mientras el marsellés atravesaba el tumulto de almogávares, y el almirante de Aragón giró su cuerpo a la vez que, con un bramido de rabia y dolor, se arrancaba la jabalina del pie. La arrojó con firmeza, dejando un reguero de su propia sangre en el aire, y la azcona rasgó el espacio y se precipitó contra el pecho de Guillau-me Cornut, penetró las anillas entrelazadas de su cota y mordió su corazón. Una negra sombra cubrió el ánimo de los angevinos, y Alain d’Avesnes, desde la Santa Fara, supo entonces que jamás volvería a ver a su amada Alice de Vannes y a su querido hijo, Duran.

 

 

Duran d’Avesnes despertó de repente, asustado por una pesadilla cuyo recuerdo perdería, y comenzó a llorar desconsolado. Su madre ni siquiera se dio cuenta, pues hacía tiempo que sus propias lágrimas la tenían sumida en el mismo desconsuelo. La joven Clara, por su parte, se había dejado caer en el adarve y apoyaba su espalda en las almenas. El sol lucía alto, y hasta el mediodía habían sido testigos en lo alto de la muralla del duelo que enfrentaba a las diezmadas tripulaciones angevinas con las encorajinadas fuerzas aragonesas.

Desde tal lejanía les había resultado imposible distinguir a aquellos dos caballeros que se habían batido singularmente sobre la cubierta de la nave de Cornut. Tampoco eran capaces de saber cómo había terminado aquel enfrentamiento que acalló los gritos de guerra de todos los combatientes. Luego, mientras Bartolomé Bonvin lograba darse a la fuga con otras siete u ocho galeras y alcanzaba la salida de la Gran Bahía, la batalla había continuado. Primero fueron los ballesteros aragoneses, a los que vieron acribillar las líneas angevinas sin descanso. Con un lento goteo, los caballeros cayeron. Incapaces de contraatacar, pues su número era muy inferior, y las fuerzas y el valor les habían abandonado. Después, cuando las galeras enemigas se vaciaron de munición, los almogávares cargaron contra los fatigados hombres del rey Carlos. Pagaron caro precio, por cierto, por hacerse con las banderas de Anjou, y muchos de aquellos sujetos cubiertos de pieles alfombraban ahora las cubiertas de las galeras angevinas. La última y desgarrada visión de Alice de Vannes fue la de aquella horda rodeando a un solitario caballero vestido de oro y negro que repartía mandobles a su alrededor. Como sepultado por la arena, su esposo cedió bajo los ataques de aquellos carniceros. Uno de ellos arrancó su estandarte del castillete de popa.

—Mi señora —susurró Clara desde el suelo—, ¿ha terminado todo?

Alice de Vannes ignoró la pregunta de la muchacha y dejó a Duran en el suelo. Lo puso frente a sí mientras se arrodillaba. Miró al niño a los ojos claros y enrojecidos, le pasó la mano por la cara para limpiarle las lágrimas.

—Ahora tenemos que ser muy valientes, Duran —le dijo a media voz, como si el pequeño pudiera comprender la gravedad de lo que acababa de ocurrir.

Tras el niño, la joven aya rompió a llorar de nuevo.

—¿Qué será ahora de nosotras, mi señora? —tartamudeó Clara.

Alice ni siquiera oyó a la romana. Seguía limpiando la cara de Duran y le hablaba con la mirada perdida.

—Nuestro rey nos amparará, Durán —susurró—. No nos abandonará a nuestra suerte.

El pisano Vittorio puso una mano sobre el hombro de Alice.

—Mi señora, preciso saber dónde guardáis vuestro tesoro.

Alice también lo ignoró.

—Hemos de resistir aquí —ahora la dama sonreía con gesto bobalicón—, y nuestro rey nos premiará, Duran.

El pisano aferró a Alice con ambas manos y la zarandeó.

—¡Mi señora! —gritó—, ¡preciso saber dónde guardáis vuestro tesoro! ¡Lo necesitaré para negociar con nuestros enemigos!

Clara, asustada, se arrastró por el adarve para alejarse de Vittorio. Alice seguía ida, acariciaba la cara de Duran y le susurraba consejos ya infecundos.

—Nobles inútiles —apostilló el pisano con desprecio. Se dio la vuelta y comenzó a andar, pero volvió a pararse y miró de nuevo a la enloquecida Alice, a su gimoteante pequeño y a la asustada aya adolescente. Esta contempló aterrada el gesto del pisano.

—Mi señora... —murmuró la romana.

Vittorio sonreía con los ojos entornados.

—Tal vez no seáis tan inútiles, después de todo.

 

 

El caballero Artal de Exea alzó la mano para dar el alto al jinete que volvía de la costa. El muchacho tiró de las riendas y los cascos del caballo se clavaron en la tierra, arrancando algunas piedras y un largo bufido del animal. Era un escudero de don Artal y venía montado en uno de sus corceles de marcha. Saltó a tierra con gran agilidad y estiró los labios en una sonrisa.

—Don Artal, mi señor, traigo nuevas felices —anunció en lengua aragonesa.

El caballero, que lucía en la roja veste un castillo plateado, alargó al escudero un odre con agua.

—Bebe.

El muchacho cogió el odre pero no obedeció la orden de su señor. Estaba ansioso por comunicar las noticias que traía.

—Don Artal, nuestra escuadra ha derrotado al enemigo —dijo con euforia—. Todas las naves de Anjou han sido incendiadas o capturadas, salvo algunas que se dieron a la fuga apenas comenzada la batalla.

Artal de Exea sonrió y lanzó un suspiro de alivio. Había enviado a su escudero de buena mañana a vigilar las aguas, no bien supo que la armada aragonesa entraba en la bahía con gran anuncio de trompetas para desafiar a las galeras angevinas. De la victoria de las naves del rey Pedro dependía el triunfo de aquel asedio. Ahora que las galeras de Aragón bloqueaban la Gran Bahía de Malta, el Castillo del Mar caería como fruta madura.

—Corre al aposento del señor de Lancia y transmítele la noticia.

El escudero asintió, se largó un generoso trago de agua y, tras devolver el odre a su señor, volvió a montar el corcel. Artal de Exea se giró a poniente y observó la regia mole de la fortaleza. Había temido que el asedio se quedara en nada al saber de la llegada de la flota angevina, pero ahora, con la armada propia enseñoreada de la bahía, el sitio sería completo y la guarnición de la fortaleza no tardaría en claudicar.

Caminó de regreso a la albarrada que había mandado construir para detener las salidas de los sitiados. Precisamente una de esas salidas había conseguido poner en aprietos a sus almogávares por culpa de un bravo caballero con el que tuvo que medirse en persona. Aquel tipo del león negro no se batía mal. Don Artal llegó a la empalizada sin dejar de vigilar las almenas del Castillo del Mar. Pero no vio ni atisbo de movimiento allá arriba. Se acercó a dos de los almogávares que se hallaban de guardia frente a las murallas. Los hombres llegados de Aragón, que no pasaban del centenar, habían sido puestos bajo su mando y destinados a la primera línea del asedio. El resto del contingente siciliano que completaba el sitio se hallaba en el campamento situado en las casas de la aldea, a un tiro largo de ballesta. Todos estaban bajo las órdenes del caballero Manfredo Lancia, vicealmirante de Roger de Lauria. Después de la febril actividad de rellenar el foso, las fuerzas aragonesas se habían tomado un descanso que pronto se iba a truncar.

—¿El jefe de la guardia? —inquirió a los dos hombres. Ellos, que charlaban descuidados junto a uno de los parapetos de madera, no le oyeron llegar y se sobresaltaron.

—Ah... Don Artal... —respondió al fin uno—. El almocadén Zintero fue a charrar con uno de los del castillo.

El caballero aragonés mostró su sorpresa con un gesto.

—¿Cómo decís? ¿Vuestro almocadén en tratos con el enemigo?

Los dos almogávares se miraron inquietos.

—El de la fortaleza salió con bandera de parlamento, mi señor —excusó el otro tipo a su jefe—. Un tipo solo y desarmado.

Artal de Exea apretó los puños sin molestarse en disimular su enojo. No le gustaba aquel tipo, Ferrer Zintero. No le agradaba la forma en que le miraba. Sus palabras rendían sumisión aunque sus ojos denotaban que no sentía aprecio por don Artal ni por ningún otro caballero aragonés o siciliano de la expedición. Pero él no podía hacer nada. Los almogávares elegían a sus almocadenes por mayoría de la tropa, y lo cierto era que Zintero se desenvolvía bien en la batalla. Mandaba con firmeza, se hacía respetar y sobre todo se colocaba siempre al frente de la línea para batirse el primero. Además, sus hombres parecían apreciar la forma en que se ensañaba con los enemigos vencidos. En los momentos de victoria, Ferrer Zintero parecía disfrutar alargando la agonía de los caídos, algo que don Artal no podía soportar. Ya había tenido más de un enfrentamiento con aquel almocadén, pero esta vez había sobrepasado los límites de lo aceptable.

—¿Dónde está ese borrico? —tronó.

Los dos almogávares de servicio se encogieron de hombros. Artal de Exea miró a uno de ellos a los ojos hasta que el soldado tuvo que apartar la mirada. Finalmente el tipo alzó con lentitud una de sus manos y señaló a la orilla, allá donde la tierra descendía para encontrarse con el mar. Don Artal anduvo hacía allí, dispuesto a pedir explicaciones a Zintero por aquel comportamiento. Él, don Artal de Exea, era el responsable de las defensas aragonesas, y solo a él, por tanto, le estaba encomendada la tarea de entrevistarse con cualquier heraldo enemigo.

Junto al campamento, las noticias del triunfo en el mar acababan de alzar revuelo. Artal pensó, mientras llegaba a la playa, que la euforia estaría a punto de estallar entre las casuchas de la aldea. En ese momento apareció Ferrer Zintero. Subía por la pendiente pedregosa. Sonriente, aunque jadeaba por las prisas. Artal de Exea se plantó con los brazos en jarras y esperó a que llegara el almogávar.

Zintero era de buena altura, aunque cargaba un poco la espalda y eso le hacía parecer más pequeño. Sus miembros eran fuertes, pero don Artal sabía que no era en la fuerza en lo que aquel tipo desgarbado fiaba su vida, sino en la astucia. El almocadén fijó sus ojos pequeños y oscuros en el caballero.

—Mi señor don Artal —dijo a modo de saludo con voz aflautada—. Qué gusto veros por aquí...

—¡Ferrer Zintero! —atajó el de Exea—. ¿Es cierto que has estado de parlamento con uno del castillo?

El almogávar separó las manos con las palmas hacia arriba, arqueó las cejas y sonrió. Sus ojos, que seguían clavados en los del caballero, despedían un odio que sus palabras se cuidaban de encubrir.

—Mi señor, tengo buenísimas noticias. Tan buenas que pronto me felicitaréis.

Artal de Exea ignoró la cháchara del almocadén y miró a lo largo de la orilla. Un par de tablas de madera medio ennegrecidas flotaban algo más allá. Eran parte del resultado de la batalla de aquella mañana, algo que con toda seguridad trataría de explotar aquel desagradable almocadén.

—¿Con quién te has entrevistado, Zintero? —El caballero paseó la vista a lo largo de la orilla—. ¿Qué negocios sucios has cerrado?

El almocadén pareció ofenderse y habló con afectación.

—Mi señor, me ofendéis —dijo, y se descubrió la cabeza tiñosa. Artal de Exea sintió un asomo de repugnancia. Ferrer Zintero, a pesar de contar apenas diecisiete años, parecía mucho mayor, y desde luego su astucia superaba con mucho a la de cualquier zagal de su edad. Artal de Exea comenzó a impacientarse ante los vaivenes de Zintero.

—Muchacho, más te vale que hables claro ya.

El almocadén torció la boca en un gesto fugaz de desprecio y se volvió a ceñir sobre el pelo parcheado su cofia de tiras de cuero.

—Lo que tengo que decir debe oírlo también el señor de Lancia, don Artal. Servíos perdonar este atrevimiento.

El caballero resopló y cerró los ojos. Empezaba a sentir auténtica curiosidad por el acuerdo al que podía haber llegado aquel rufián.

—Está bien, vamos pues.

Zintero asintió y terminó de subir el terraplén. Desde allí dio un fuerte silbido hacia sus compañeros de servicio en la albarrada. Artal de Exea, que había comenzado a andar hacia el campamento aragonés, se volvió con impaciencia. El almocadén sonrió nuevamente mientras uno de los almogávares se acercaba a la carrera.

—Enseguida estoy con vos, don Artal.

El caballero tensó los músculos de la cara al apretar los dientes. Cada vez sentía más animadversión por aquel tipo desgarbado y de ojos penetrantes. Zintero acercó la boca al oído del almogávar recién llegado y le susurró algunas palabras mientras señalaba al Castillo del Mar y a su foso cubierto a trechos por piedras, tierra y ramaje. El almocadén volvió a caminar en cuanto su compañero inició el regreso a los parapetos, y don Artal abrió la marcha sin cruzar una palabra con Zintero.

 

 

Don Artal de Exea miraba de reojo al almogávar mientras esperaban para ser recibidos por Manfredo Lancia. Ante la casa que el vicealmirante había escogido como aposento, dos soldados sicilianos montaban guardia con sus lanzas terciadas. Ambos lucían librea de Aragón. Alrededor, el bullicio se extendía por todas partes y de los callejones y casas salía gente armada, eufórica por la derrota de la flota angevina en la bahía y por la sensación de la inminente caída del Castillo del Mar, el último foco de resistencia enemiga en la isla de Malta. Zintero miraba constantemente hacia atrás, a los parapetos. Iba armado con su gran cuchillo al cinto, pero había dejado el resto de sus armas en la línea de asedio. El caballero de Exea trató de desviar su atención a las obras que los ingenieros llevaban a cabo a unos codos de distancia. Habían montado un par de mangoneles para llevarlos hasta los parapetos, e incluso amontonaban vigas de madera para construir algo más grande. Ahora, cerrado ya el bloqueo a la fortaleza, nada de eso sería necesario.

Zintero se sobresaltó al mismo tiempo que un agudo grito de alarma llegaba desde la albarrada. El almocadén se volvió ligero y empezó a correr hacia el Castillo del Mar.

—¡Por san Jorge bendito, andrajoso! —le increpó don Artal—. ¡Vuelve aquí!

Ferrer Zintero hizo caso omiso de la orden del caballero, pero se volvió para sonreírle mientras le clavaba aquella mirada rastrera.

—¡Estas son mis noticias, mi señor...! —Su voz tembló a causa de la carrera por el llano pedregoso—. ¡Nos franquean el paso al castillo!

Artal de Exea abrió la boca sorprendido y se cubrió del sol con una mano para tratar de ver qué ocurría en la puerta del Castillo del Mar. En el campamento, la voz de alarma se extendía, y como eran muchos los soldados ya armados, varios salieron a la carrera en pos del almocadén Zintero.

—Maldito descamisado —masculló don Artal.

—¿Qué pasa? —preguntó una voz a su espalda. El caballero reconoció de inmediato el timbre grave e italiano de Manfredo Lancia—. Don Artal, ¿otra salida del enemigo?

—Dicen que nos abren las puertas, don Manfredo —informó el de Exea sin dejar de mirar al castillo—. Al parecer uno de los almogávares de guardia ha llegado a un trato con los de allá.

El lugarteniente de Lauria, que acababa de enterarse del fracaso angevino en el mar, pareció no sorprenderse demasiado.

—Bien —dijo con parsimonia—. Voy a vestirme para la ocasión. Vos, don Artal, sed tan amable de acudir al Castillo del Mar y, si es cierto eso que dicen, procurad que vuestros almogávares no saqueen más de lo conveniente.

Artal de Exea asintió y buscó con la mirada a alguno de sus escuderos, pero el lugar era un caos. Caballeros, hombres de armas, infantes sicilianos y almogávares corrían hacia el foso, algunos de ellos en calzas y camisa. Recordó la prisa que le había entrado a Zintero con la voz de alarma y la reserva que le había mostrado en la playa.

No le parecieron buenas señales.

 

 

Ferrer Zintero había sido muy claro con sus órdenes al compañero del parapeto: nadie debía entrar antes que él en el Castillo del Mar.

—Bien hecho, Dos Dedos —felicitó a su compañero al pasar junto al foso. Caminó sobre uno de los puentes improvisados a base de rellenar con piedras y arena la zanja inundada.

El almogávar Dos Dedos, llamado así por un infortunado accidente de su mano izquierda con su propio cuchillo en una noche de borrachera, sonrió a Zintero y cruzó el foso en pos de él. Uno tras otro torcieron a la izquierda y siguieron junto a la muralla del Castillo del Mar. A medio tiro de ballesta tierra adentro, el ejército aragonés se acercaba en completo caos.

Zintero divisó a Vittorio, que asomaba su cabeza tocada con aquel ridículo

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