Una salus victis nullam sperare salutem.
(La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.)
VIRGILIO, Eneida, II, 354
Virgilio era un hombre sabio, y tal vez por eso su cita ha llegado hasta nosotros. Y nos viene de perlas, porque no somos más que vencidos. Derrotados por una sociedad que aplasta nuestra cultura y la condena al olvido. Un admirador de Virgilio, Silo Itálico, nos advirtió que abandonar toda esperanza de salvación resulta un estímulo formidable. Al escribir esta novela, doy por perdidas mis esperanzas, pero no así el propósito de honrar cuanto pueda a mis antepasados. Gracias, pues, a ellos, a los que vencieron y a los que fueron derrotados. Gracias a celtas, iberos, romanos, visigodos, andalusíes, cristianos... Gracias a quienes se alzaron contra la injusticia y a quienes se mantuvieron fieles a sus juramentos. Gracias a Homero, por presentarme a Héctor y Andrómaca, y a quienes escribieron durante milenios para preservar mi pasado. Gracias a Ambrosio Huici Miranda, el arabista que empeñó años de su vida para traernos, a mí y a millones como yo, el conocimiento de los siglos pretéritos. Gracias a quienes me acompañan en la derrota constante de la vida. Gracias a mi familia, por supuesto. Sobre todo a Ana y Yaiza, mis banderas de batalla más allá de patrias y leyes. Gracias a mis compañeros del grupo literario del Cuaderno Rojo, que me leen, aconsejan y animan, y especialmente a Marina López, de la Universidad Jaime I de Castellón, por las horas de sueño perdido con el manuscrito de esta novela y por contagiarme su entusiasmo. Gracias a los impagables consejos del wanax Josep Asensi. Gracias a las mesnadas que me ayudaron a aguantar los embates enemigos en la Biblioteca Pública de Valencia, en la Biblioteca Valenciana de San Miguel de los Reyes, en el Archivo del Reino de Valencia, la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Valencia, el Instituto de Estudios Turolenses y el Archivo Histórico Provincial de Teruel. Gracias a los recreacionistas de Fidelis Regi, Feudorum Domini, A. C. H. A., Aliger Ferrum y Arcomedievo, que me mostraron otras formas de usar mis armas. Gracias a mis compañeros de trabajo, los que se baten en vanguardia día a día y que disculpan mis ausencias medievales. No espero salvación alguna para ninguno de ellos, y por eso he escrito esta novela.
Aclaración previa sobre las expresiones y citas
A lo largo de la escritura de esta novela me he topado con el problema de la transcripción del árabe al castellano. Hay métodos académicos para solventarlo, pero están diseñados para especialistas y artículos científicos más que para autores y lectores de novela histórica. A este problema se ha unido otro: el de los nombres propios árabes, con todos sus componentes; o el de los topónimos y sus gentilicios, a veces fácilmente reconocibles para el profano, otras no tanto. He intentado hallar una solución que nos acerque a la pronunciación real y que al mismo tiempo contribuya a ambientar históricamente la novela. Así pues, he transcrito para buscar el punto medio entre lo atractivo y lo comprensible, he simplificado los nombres para no confundir al lector, he traducido cuando lo he considerado más práctico y me he abandonado al encanto árabe cuando este me ha parecido irresistible. En todo caso, me he dejado guiar por el instinto y por el sentido común, con el objetivo de que primen siempre la ambientación histórica y la agilidad narrativa. Espero que los académicos en cuyas manos caiga esta obra y se dignen leerla no sean severos con esta licencia.
De cualquier forma, y para aligerar este problema y el de otros términos poco usuales, se incluye un glosario al final. En él se recogen esas expresiones árabes libremente adaptadas y también tecnicismos y locuciones medievales referentes a la guerra, la política, la toponimia, la sociedad...
Por otro lado, aparte de los epígrafes, he tomado prestadas diversas citas y les he dado vida dentro de la trama, a veces sometiéndolas a ligerísimas modificaciones. Se trata de fragmentos de los libros sagrados, de poemas árabes y andalusíes, de trovas y de otras obras medievales que el lector detectará al verlos escritos en cursiva. Tras el glosario se halla una lista con referencias a dichas citas, a sus autores o procedencias y a los capítulos de esta novela en los que están integradas.
PREFACIO
El sexto reino
Deja que te muestre, a ti, que ahora abres este libro, una época de muerte y desolación. Pero también de pasión y poder. De ambición, de lealtad y de traición. De amistad, de odio y de amor. Y de muchas otras cosas, salvo paz. No es paz lo que hallarás si sigues leyendo. Así pues, ¿deseas seguir?
Bien. Permite, entonces, que te cuente adónde te quiero llevar.
Nos acercamos a la mitad del siglo XII y la Península Ibérica está dividida en dos partes marcadas por su distinta religión. Al norte se agrupan los reinos cristianos... Pero luego te hablaré de ellos. Vayamos ahora al sur, donde perviven los territorios musulmanes: lo que otrora fue el califato de Córdoba, descompuesto después en los primeros reinos de taifas, más tarde unidos de nuevo bajo el cetro almorávide.
Ah, ¿te cuento de los almorávides? Unos fanáticos vomitados por el desierto africano. Los enemigos del legendario Cid Campeador. Llegan a un al-Ándalus enfermo y fragmentado, y unen a todos los musulmanes peninsulares bajo su mando. Pero los almorávides, que vienen de sojuzgar a gran parte del Magreb, no están dispuestos a soportar la relajación de costumbres de los andalusíes. Por eso arrasan con todo y hacen gala de su exaltación religiosa. Se alzan con el poder absoluto y relegan a los hispanomusulmanes a los puestos más bajos de su sociedad.
Sin embargo, es difícil resistirse a la buena vida en el vergel de al-Ándalus. Mujeres bellísimas, jardines lujuriosos, música que subyuga, vino que enloquece, poesía que enamora... Los almorávides se ablandan, se dejan llevar y empiezan a transigir. Se vuelven débiles. Aunque eso no es suficiente para los hispanomusulmanes oprimidos: la población andalusí no se siente a gusto gobernada por los almorávides. Por eso empiezan las revueltas, muchas veces apoyadas por los cristianos del norte. Es la vida: todo imperio nace, crece, llega a su apogeo y decae. Los almorávides no son distintos, pero su caída se va a ver precipitada por algo que no sale de la libertina tierra de al-Ándalus ni de los molestos reinos cristianos. Al sur, en África, ha surgido un nuevo movimiento rígidamente musulmán. Su fundamentalismo es mucho mayor que el de los almorávides, y además está consiguiendo reunir un potente ejército entre las tribus nómadas del desierto y las montañas. Son los almohades, los unitarios, los creyentes. Están dirigidos por un visionario llamado Ibn Tumart, que se cree el Mahdi: el Mesías que ha de salvar al islam de su decadencia. A la muerte del Mahdi, toma el relevo del poder almohade un hombre cruel y decidido, el primer califa del nuevo orden, Abd al-Mumín. Abd al-Mumín se hace llamar príncipe de los creyentes y gobierna con mano dura. Dictamina la superioridad racial almohade sobre las demás tribus africanas, así como sobre los andalusíes y los árabes y, por supuesto, el resto de los seres humanos. El ejército de Abd al-Mumín recorre todo el norte de África y se hace con las antiguas posesiones almorávides. Aplasta, incendia, decapita y crucifica. Y ahora mira al norte, a esa península al otro lado del Estrecho. A al-Ándalus.
Cuando los almohades cruzan a la orilla europea, se encuentran con los desvencijados restos del imperio almorávide. En poco tiempo se hacen con importantes ciudades del sur, como Córdoba, Jaén y, sobre todo, Sevilla, que pasa a ser su capital a este lado del Estrecho. Pocos son los reductos almorávides que sobreviven. No hay tiempo para más. Las tribus sometidas del Magreb se rebelan una y otra vez, y los almohades deben regresar para apaciguar sus posesiones africanas. Se van. Dejan para más tarde lo que queda de la Península Ibérica. Volverán, te lo aseguro...
Tal vez quieras saber qué hay más allá de Córdoba, Jaén y Sevilla. ¿Has oído hablar de la época de los cinco reinos? En muchos libros de historia llaman así a este momento. Se refieren a los cinco estados en los que se dividía la parte de la Península que aún no estaba bajo el poder almohade: los reinos de Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón —entendido ya este último como la unión del reino de Aragón y el condado de Barcelona—. Pero cuidado. Tal vez a estas alturas no te salgan las cuentas. Falta algo. Un sexto reino. Uno que, por cierto, supera en tamaño y riqueza a alguno que otro de los que he enumerado en el quinteto de estados cristianos. Este sexto reino, casi hundido en las tinieblas del olvido histórico, representa el momento brillantísimo de una civilización única e irrepetible. Una auténtica utopía llena de contradicciones. Al frente de ella, un rey andalusí al que un papa se refirió como «el rey Lope, de gloriosa memoria», mientras que sus correligionarios musulmanes de África lo tildaban de demonio cruel y sanguinario. Este rey no llegó al trono por herencia, sino por sus propios méritos. Descendiente de tagríes, militares de frontera curtidos en mil batallas, de origen muladí y admirador del arrojo cristiano, consiguió hacerse con un reino que comprendía las actuales provincias de Castellón, Valencia, Alicante y Murcia, además de parte de las de Tarragona, Teruel, Cuenca, Albacete, Jaén y Almería. Sus conquistas lo llevarían mucho más lejos, y el esplendor que llevó a su reino hizo que durante siglos se continuara usando la moneda que acuñó en sus cecas. Lo que se sabe de este reino está manchado por la propaganda almohade o por el desprecio cristiano, y quizá lo único seguro es el sobrenombre por el que su monarca pasó a la historia: el rey Lobo.
Pero basta de cháchara. Es hora de que conozcas el sexto reino.
PRIMERA PARTE
(1151-1158)
Reyes, sed bien avisados,
que partir e disminuir
es menguar e dividir
los reynos e principados.
¿Quién falló grandes venados
en pequeño monte e breña?
En agua baxa e pequeña,
non mueven grandes pescados.
FERNÁN PÉREZ DE GUZMÁN,
Amonestación al emperador don Alfonso

1
La sangre de su sangre
Verano de 1151. Tierras de Segura, señorío de Hamusk
Zobeyda siempre había sentido fascinación por los augurios, y ahora iba a conocer uno, quizás el más importante de su vida.
Alargó el puño derecho e, incapaz de detener su temblor, extendió el dedo índice hacia delante. Frente a ella, la vieja, armada con una aguja, sonrió antes de punzar con tino la yema de la joven. Zobeyda dejó escapar un gritito inconsciente, pero el goterón de sangre le produjo un imprevisto placer. Aquella lágrima roja se alargó hasta caer en el centro de la olla humeante y despertó las burbujas que dormitaban en su interior. Una segunda gota siguió a la primera, y luego llegó una tercera. La vieja hizo desaparecer la aguja entre sus ropajes negros y bastos, acercó la cara al pote y dejó que la humareda acariciase su ajada piel. Se pasó la lengua por los labios agrietados y entornó los ojos. Luego, sin separar la vista del fondo del perol, asintió con lentitud.
—La sangre de tu sangre... Sí, la sangre de tu sangre.
—¿Qué significa...?
—Shhh —se quejó la vieja sin apartar la mirada del puchero—. La sangre de tu sangre. Eso es lo que unirá este lado con el otro.
—No sé qué quiere decir eso.
—Yo tampoco. Solo leo lo que el destino me deja ver.
Maricasca, la bruja, levantó por fin la vista del perol. Su mirada despertó una náusea en Zobeyda.
—Te pago con largueza, vieja. Esperaba algo más.
—¡Pues no hay más, morita!
La joven apretó los labios.
—Muestra respeto, bruja. Estás ante una reina.
—Aaay, tú, una reina... No hay reinas moras. No desde el tiempo de tu profeta. Hasta una vieja ignorante como yo sabe eso. Además, ya te lo he dicho: es la sangre de tu sangre la que unirá este lado con el otro. Tal vez vea coronas también. Tronos y palacios. Pero ¿a ti? A ti no te he visto aquí dentro.
Maricasca dijo aquello con voz firme, pero los ojos entornados y la nariz arrugada añadían un punto de burla a sus palabras. Zobeyda se asomó al interior del perol e intentó interpretar aquellos pétalos blancos que flotaban destrozados en el agua. La yema del huevo de cárabo que Maricasca había vertido se deshacía lentamente en jirones ambarinos y dibujaba grumos, revueltas y tirabuzones que bajaban hasta el fondo del pote y volvían a subir con reventar de burbujas. La joven buscó con la mirada en aquel caos humeante.
—¿Dónde está la sangre?
Maricasca apuntó con su dedo sarmentoso.
—Pues ahí, agarrada a la yema del huevo.
—No veo nada. No hay coronas, ni tronos. No veo lados que deban unirse.
La bruja frunció el ceño y añadió a su piel una miríada más de arrugas. Se inclinó de nuevo sobre el perol.
—Creo que ya lo tengo. Sí, sí... Ya lo entiendo. Yo veo cosas porque soy la bruja. Y tú no. Tú solo eres una morita con ínfulas. ¿Me vas a pagar o no?
Zobeyda suspiró. Aquella vieja bruja era insoportable. Si no fuera por la fama que tenía... Devolvió la vista al potingue espumoso. Intentó de nuevo hallar algún significado en aquel batiburrillo de trozos de pétalo de lirio, cáscaras de huevo y hojas de enebro, cantueso y alhucema. Y sobre todo trató de interpretar aquello de la sangre de su sangre. Unir este lado y el otro. ¿Qué significaba toda esa palabrería? Retiró la cara del vaho al notar un leve vértigo. El humo subía en lentas volutas, se estrellaba mansamente contra el techo rocoso de la gruta y resbalaba por entre las rendijas como si tuviera vida propia. Las dos mujeres, una vieja y arqueada y la otra joven y esbelta, se hallaban en lo más profundo de la cueva, iluminadas por las llamas vacilantes de dos hachones a medio quemar. La luna nueva había dejado la vega del río a oscuras, pero los campesinos de la aldea cercana, que jamás visitaban a la bruja Maricasca en su arreñal, habían hecho una enorme hoguera al otro lado del cauce para celebrar la llegada del verano. El resplandor del fuego llegaba atenuado a la gruta, abierta a media ladera y renegrida por años y años de puchero, lumbre y candela.
—¿Cómo puedo saber el significado de tu vaticinio? —preguntó Zobeyda—. ¿Por qué no puedes decirme más?
—Ayyy, que Judas me confunda... Ya te lo he dicho. Yo veo las hierbas y te las leo —respondió la vieja sin levantar su vista nublada del cazo humeante—. Las hierbas escriben el porvenir, y aquí solo pone eso: la sangre de tu sangre unirá este lado y el otro.
Zobeyda se levantó con un movimiento rápido y anduvo hacia la salida de la cueva. Estaba mareada, sin duda por aquella maldita pócima y por el humo de los hachones que iluminaban la gruta. Miró afuera, hacia la cercana aldea. En el lado opuesto del arreñal, donde el río, brillaba con fuerza la hoguera encendida por los campesinos. Hasta Zobeyda llegaron apagados los cánticos y las risas. Pero ella no escuchaba las obscenas letras de las canciones. Solo pensaba en el extraño augurio de Maricasca. Repasó una vez más las instrucciones que la bruja le había dado unas semanas atrás: las hierbas necesarias, dónde cortarlas, qué noche y con qué mano debían recogerse; el día entero en ayunas que Zobeyda tenía que pasar; el mucho cuidado en que el huevo fuera de cárabo, o de carabo, así, sin esdrujulear, como Maricasca decía; ah, y las cruces: que por muy morita que fuera, Zobeyda debía hacerse tres cruces antes de entrar en la cueva. Y las tres cruces se las había hecho, por supuesto. Pensó que tal vez eso de ser mahometana había podido torcer el sortilegio, por mucho que dijera saber la bruja. Sangre de su sangre. Aquello podía interpretarlo. Pero lo de unir un lado y el otro... ¿Eso era un augurio? ¿Y qué auguraba?
—Soy musulmana, vieja —le dijo a Maricasca sin volverse—. ¿No será por eso todo tan confuso? He venido aquí para conocer el destino, no para llevarme preguntas sin respuesta.
Se oyó una risita apagada y cavernosa, y Zobeyda sintió un escalofrío.
—Todas las preguntas tienen respuesta. Cosa tuya será encontrarla. O no. Y la sangre no sabe de moros ni de cristianos —contestó Maricasca con voz pastosa—. Además, que tú ya eras infiel de niña, y mira si erré entonces. ¿A que no? ¿A que no erré?
—No —reconoció Zobeyda.
—Y que oye, que si por eso fuera, tú eres morita lo mismo que yo cristiana: de aquí —se tocó los labios con un dedo—. Y el huevo este no era de carabo, era de dragón. O parecido.
La joven sonrió por el comentario de la bruja. De más la conocía.
—Pero es que no lo entiendo. Algo hemos hecho mal...
—Ya, ya. Lo mismo me dijiste de niña. Y mírate ahora.
Zobeyda se volvió en ese momento. La hoguera de la vega dejó de reflejarse en sus ojos grandes y negros, y su mirada se hundió en la penumbra ahumada de la caverna.
—¿Por qué ves cosas que yo no veo? —preguntó a la vieja, que se encorvaba sobre el perol espumante—. ¿Por qué lo viste entonces?
La anciana se irguió con dificultad y agarró su garrota, apoyada en una de las ennegrecidas rocas de la cueva. Caminó venciéndose a la izquierda y llegó hasta el borde de la gruta. Se detuvo junto a Zobeyda y extendió la mano arrugada y sarmentosa hacia la hoguera que los lugareños habían encendido.
—Por la misma razón por la que ellos me rehúyen —respondió—. Porque soy Maricasca, la bruja del arreñal, y sé leer en las hojas y en los troncos de los árboles, en las piedras del río y en los lamentos de los gatos.
La vieja empalmó la última palabra con un remedo de maullido y este con una carcajada que resonó bajando la ladera pedregosa, cruzó el arreñal y se metió por entre las cabañas de la aldea. Por un momento, las risas y grititos de los campesinos se acallaron y solo se oyó la brisa, que agitaba las hojas de los chopos cercanos. Un par de figuras se acercaron con premura y pisando fuerte sobre el terreno áspero.
—Mi señora, ¿va todo bien? —preguntó una voz masculina.
—Todo bien, capitán —se apresuró a contestar Zobeyda.
Las dos siluetas volvieron a ser tragadas por la oscuridad y la mujer miró a la anciana, tan encorvada sobre sí misma que su tamaño apenas alcanzaba el de una niña. La joven reflexionó unos instantes y un brillo de triunfo iluminó sus ojos negros.
—Ahora yo también comprendo. Creo. Mi hijo Hilal. Sangre de mi sangre. Cuando crezca, él conquistará ciudades. Ceñirá corona y ocupará su trono. Unirá reinos enteros. Eso quiere decir, ¿verdad?
La vieja encogió sus huesudos hombros.
—Piensa lo que quieras. El tiempo dirá si te equivocas. O a lo mejor mueres antes de que el vaticinio se cumpla, que también puede ser.
—Es suficiente, vieja bruja —sonó la voz de quien había contestado como capitán de la guardia. La vieja intentó taladrar la oscuridad, pero solo pudo ver una figura que se confundía con la noche—. Mi señora vivirá largos años. Verá nacer a muchos más hijos. E incluso a sus nietos. Guarda tus malos presagios para los porqueros de esa aldea.
—Ah, no. Que la morita me ha prometido buenos dineros. —Maricasca señaló a Zobeyda con el cayado—. Y si hay dineros, Maricasca lee las hierbas.
—Dinero tirado. —El capitán de la guardia habló de nuevo sin dejarse ver—. Tus augurios son tan oscuros que podrían significar cualquier cosa. Además, para cuando sepamos algo con certeza, tus huesos estarán mondos. —La voz había ido cobrando un tono sarcástico—. Si por mí fuera, no te pagaría ni un dinar.
—¡Basta! —interrumpió tajante Maricasca, y extendió la palma de la mano hacia Zobeyda—. No me gusta lo que dice ese hombre. Quiero mis dineros ya. Morabetinos de tu rey, morita.
La joven hizo un gesto de rabia, rebuscó entre sus sayas y sacó una bolsita tintineante que la bruja se apresuró a agarrar. Luego, con una agilidad mucho mayor que la que había demostrado hasta ese momento, Maricasca desapareció en el interior de la gruta.
—Eres una loca o realmente estás borracha de tanto aspirar hierbajos, vieja bruja. —El capitán se acercó hasta la boca de la cueva. Al salir de la sombra descubrió sus ropas oscuras, pero la bruja ya no podía verlo—. Mi señora te hará despellejar viva. ¡Sal aquí y revela tus acertijos!
—No, déjala. —Zobeyda alzaba una mano ante el hombre—. Es así como funciona esto. También fue así cuando yo era niña.
El capitán extendió el brazo cuando su señora hizo ademán de descender la ladera, y esta lo cogió y se apoyó en él para alejarse de la gruta.
—La sangre de mi sangre —repitió el augurio en un susurro— unirá este lado y el otro.
Día siguiente. Camino de Segura
—La sangre de mi sangre...
Zobeyda repitió la frase una vez más. Había perdido la cuenta de qué número hacía aquella ocasión. Paseaba la mirada por la orilla del río sembrada de olmos, y su mente vagaba acunada por el suave sonido del agua que se deslizaba valle abajo. Era pronto aún; el sol apenas había rebasado las copas de los álamos y fresnos más altos. Abú Amir adelantó su caballo y lo hizo andar al paso junto al carro a medio cubrir de Zobeyda. Ella miró a su amigo, aunque no lo vio, y una vez más movió sus labios lentamente pero sin emitir sonidos, repitiendo en silencio la enigmática profecía de la vieja Maricasca.
Zobeyda, veinte años de tentación andalusí, era, a poco que se cavilase, la mujer más hermosa que aquella tierra había dado en generaciones. Ya de niña, sin necesidad de criada ni esclava que la aderezase, era capaz de sacar partido de su tremenda belleza hasta convertirse en algo que a la fuerza debía de ser pecaminoso, fuérase del credo que se fuera; ahora, con la veintena cumplida y un parto doble en sus caderas, sabía hacerse aplicar la justa cantidad de alheña, de hojas de añil, de polvo de antimonio o aceite de narciso. Nada era casual o distraído en ella: cada mirada de reojo, cada gesto que apartaba una trenza a un lado, cada lento parpadeo. Tenía la tez clara de su estirpe, de ascendencia cristiana y norteña, pero su pelo era negro como el de sus súbditas de raza bereber. Sus ojos oscuros y almendrados llenaban su cara, atraían las miradas y traspasaban los corazones. No había varón, fiel o infiel, que pudiera resistir el encanto de Zobeyda si ella se decidía a asaetearlo con su vista. Bajo el suave óvalo de su rostro, el cuello daba paso a un busto bien cumplido, al gusto musulmán, y a la par desafiante, al gusto cristiano. Zobeyda era insolente, cosa sabida por más que todos lo callaran ante ella, y no gustaba de cubrir sus encantos con velos o ropas anchas.
Aquella mañana, libre ya de las toscas sayas del día anterior —necesarias por otra parte para ocultar su condición a los campesinos—, Zobeyda vestía un sedoso brial, a la costumbre cristiana que su esposo había llevado a palacio; y aunque sus trenzas oscilaban libres, se coronaba con una pequeña diadema de gladiolos, sus flores preferidas. Recostada sobre los mullidos almohadones que recubrían el carruaje, mostraba con descuido una pierna hasta la rodilla, dejaba colgar el pie descalzo a un lado y lo mecía al ritmo con el que traqueteaban las ruedas por la senda rumbo a Segura. El tobillo, rodeado de argollitas que tintineaban con cada bache y guijarro que tomaban, era delgado y mostraba una piel firme, sin rastro de imperfección a lo largo del empeine.
—No sé por qué crees en esas patrañas, niña —le reprochó Abú Amir—. Además, no te queda bien caer en supercherías.
Zobeyda escapó de sus divagaciones y dedicó una sonrisa luminosa a quien se había hecho pasar la noche anterior por capitán de su guardia.
—Ahora me saldrás con el sermón de siempre, ¿verdad?
—Hace tiempo que sé que eres tan piadosa como yo, niña. Es decir: nada. —Abú Amir miró hacia delante y se aseguró de que no eran escuchados por la auténtica guardia de la reina. Tan solo el criado que tiraba de las mulas podía oírlos, pero su fidelidad, como la del resto de los sirvientes personales de la mujer, estaba fuera de duda—. Y también sé desde hace mucho que eres demasiado lista para creer en supersticiones. Nunca he entendido ese defecto tuyo. Fiar en augurios y en buenaventuras. ¿No te da vergüenza?
Zobeyda fingió ofenderse y se llevó la mano a la boca, irreverentemente descubierta por el velo que caía a un lado de su cuello.
—Te haré despellejar vivo —imitó la voz de Abú Amir al amenazar a Maricasca. Ambos rieron con discreción.
—Es bueno que te diviertas, ya lo sabes —continuó él con sus reproches—, pero te repito que no es propio de una reina emplear tanto tiempo y esfuerzo en los delirios de una vieja cristiana loca. Y esos talismanes que llevas. Y los amuletos. Ah, por favor.
Zobeyda tocó por instinto la bolsita parda que colgaba entre sus pechos, rellena de dientes de zorro para esquivar el mal de ojo.
—Entonces, ¿no debo creer en la bruja? ¿Y cómo explicas que su vaticinio de hace años se cumpliera al pie de la letra?
Abú Amir miraba hacia el camino mientras mantenía su corcel al paso, avanzando junto al carro tirado por mulas en el que viajaba la reina Zobeyda. Hizo un gesto con la mano para quitar importancia al comentario de su señora.
—No sé nada de ese vaticinio de hace años. Jamás me lo has contado. Pero sin duda, si acertó entonces, fue también por casualidad. Quizá buen tino y conocimiento de la gente. Además, sé que tú misma no acabas de creerte estas engañifas. Y si no, ¿por qué me has hecho acompañarte a ver a esa loca del demonio?
—Pues precisamente para lo que no estás haciendo. —Zobeyda siguió con la vista la corriente del río—: Aclararme lo que yo no entienda.
—Ah, era eso... Pues bien, te lo explicaré de inmediato: una vieja chiflada quiso cocer un huevo con beleño y cuatro hierbajos más. Al momento, y como suele ocurrir con el beleño, la bruja aspiró el humo venenoso y se sumió en el trance, o cayó en una pesadilla, o se dejó llevar por la ilusión de la borrachera..., como tú prefieras, niña. Todo lo demás es delirio puro, y los he visto mejores en alguna que otra fiesta de las que da tu esposo en palacio.
—Ah, como quieras. Así pues, la bruja estaba borracha. Y sin embargo, desde la Sierra Morena a las montañas de la Idúbeda, Maricasca tiene fama de acertar siempre.
—No andamos faltos de gente ignorante en al-Ándalus, es verdad. Al menos Maricasca es tan lista como para aprovecharse de ello. Una virtud admirable.
Zobeyda hizo un gesto de fastidio, tiró de la tela que cubría el carro y se ocultó de la vista de Abú Amir. Habló desde dentro una vez más.
—Maricasca estaría ya muerta, despeñada o degollada por los campesinos cristianos de esa aldea si no fuera porque siempre acierta y vienen a verla de todo al-Ándalus tanto fieles como infieles. Cuando yo era niña, mi padre me llevó hasta ella y pagó una fortuna a la bruja para que me hiciera un vaticinio. Y no se equivocó.
La comitiva se había detenido para la oración del mediodía. Tras limpiarse en las frescas aguas del río, soldados y criados llevaban a cabo el rito girados hacia levante mientras las mulas, desenganchadas del carro, abrevaban con tranquilidad y espantaban las moscas a coletazos. Zobeyda se había recostado a la sombra de un chopo sobre un ancho paño bordado. A través de los sauces podían verse ya las tierras rojizas plagadas de olivos que precedían al cerro en el que se elevaba Segura. Abú Amir, por su parte, estaba sentado sobre una piedra al borde del río y jugueteaba con una rama de majuelo que sumergía en la corriente.
Muhammad ibn Áhmed ibn Amir at-Turtusí, al que todos conocían como Abú Amir, era un hombre de gran atractivo físico y en la plenitud de su vida. Había nacido en Tortosa treinta y un años antes, y ejercía la ciencia de la curación; los varones de su familia hasta lo que podía recordarse habían sido médicos de renombre, y además no les había faltado ocasión de ejercitarse en la medicina de guerra gracias a los choques casi constantes que se vivían con los infieles del norte. De hecho, la proximidad de la frontera y los roces con los cristianos habían llevado a Abú Amir, hombre dado a la buena vida y las pocas complicaciones, a abandonar Tortosa y trasladarse a Murcia. Allí, por su incuestionable inteligencia, se había convertido en uno de los médicos más solicitados y exitosos de la ciudad. Además frecuentaba los círculos intelectuales y muy pronto adquirió un fuerte crédito entre la clase dominante, merced no solo a sus dotes como galeno sino también a su fama como filósofo, a su maña para componer versos y a su memoria para recitar poemas ajenos. Así había sido como, apenas cinco años antes, Abú Amir había conocido a Ibrahim ibn Hamusk, el padre de Zobeyda. Por aquel entonces, Hamusk se había rebelado contra el poder almorávide en Socovos, donde prestaba sus servicios como jefe militar, y estaba a punto de hacerse con el gobierno del lugar mediante un rápido y certero golpe de mano que lo convirtió en señor de Segura y de todo el territorio circundante, rico en bosques, rico en leña, rico en corrientes de agua. Todo su señorío dependía de la madera que, a través de los ríos que nacían en la sierra de Segura, era transportada hasta las grandes ciudades.
Pero antes incluso de la rebelión de Hamusk, conocedor este de la fama de Abú Amir en Murcia, le invitó a trabajar a su servicio y encargarse de la enseñanza de su única hija, Zobeyda, a cambio de un estipendio tan generoso que al médico no le quedó más remedio que aceptar. Y a Abú Amir no le había disgustado su nueva ocupación. Hamusk era un líder firme, a veces incluso demasiado, y aunque era tan dado a las supersticiones como su hija, comulgaba con muchas de las ideas poco ortodoxas que tenía el médico. Ambos coincidían en su no poco desprecio por la beatitud y en un gran amor por los placeres de la vida. Aquellos «defectos» eran fruto de los años de dominación almorávide, excesivamente dura, restrictiva y aburrida: eso era algo que tanto Hamusk como Abú Amir asumían, y no solo no se avergonzaban de ello: como muchos andalusíes de aquella época feliz, se enorgullecían de buscar el placer y de renegar de las ataduras de antaño.
En cuanto a Zobeyda, la niña había destacado pronto como una doncellita muy astuta que absorbía las enseñanzas del médico a gran velocidad y se interesaba por materias que la ley almorávide vetaba a la mujer. Así, poco a poco, Abú Amir se había ido convirtiendo en el mejor confidente de la joven Zobeyda bint Hamusk y, con el tiempo, ella dejó de ser aquella niña ávida de enseñanzas y curiosa por la vida para convertirse en una espléndida belleza andalusí. Aun con todo, el médico jamás había dejado de verla con el cariño que el buen maestro tiene por la alumna aventajada.
Además, no eran lances amorosos lo que le faltaban a Abú Amir. El médico poeta era un imán para las mujeres por su tez morena enmarcada por una fina barba negra, su gran altura y hombros anchos, pero sobre todo por su apariencia sosegada y amable, que no abandonaba siquiera en los momentos de mayor disipación. De todos, eso sí, era conocida su fama de libertino. Gustaba de rondar, escribir versos a las doncellas y de beber vino en público. Actitud muy criticada por los imanes y alfaquíes; pero esos mismos detractores eran incapaces de derrotarle en los duelos de ingenio y argumentación que llevaban a cabo en las plazas y mezquitas, y que Abú Amir remataba con algún verso sardónico e hiriente para los guardianes de las viejas costumbres, pues
No des crédito a las palabras de los profetas.
Son falsedades que ellos mismos compusieron.
La gente vivía tranquila hasta que vinieron
y con su sinrazón los atormentaron.
Este descaro no hacía sino engrandecer su fama para con los hombres y su atractivo para con las mujeres; un atractivo, por cierto, que no menguaba a pesar de la incipiente barriga que Abú Amir se miraba con cierta preocupación divertida.
—Nunca te he contado esto, Abú Amir, porque sé que deploras la forma en que me dejo llevar por la superstición —empezó a explicar Zobeyda tras un largo silencio cuando calculó que los soldados y sirvientes habían concluido su oración—. Sabes que no cedo al dogma, como tú me enseñaste, y que adoro solo aquello que puedo ver y tocar. También me has enseñado que los niños graban a fuego en sus corazones las lecciones más intensas que reciben en su tierna edad.
—Todo esto me está sonando a disculpa, niña —objetó él, aunque se dispuso a escuchar con atención a su alumna y amiga.
—Maricasca llevaba años siendo vieja cuando fui a visitarla de niña, y ya entonces estaba encorvada como una parra. Mi padre me trajo a verla antes de que tú entraras a nuestro servicio, y lo hizo tanto para consultarle acerca de mi futuro como para saber del suyo propio. En ese momento ya estaba tramando lo de su rebelión contra los almorávides.
»Maricasca gozaba de fama en la región. Se decía que era una cristiana que había vivido hacía tiempo en Granada, y que junto a muchos otros mozárabes había sido recogida por la expedición del viejo rey de Aragón al que llamaban Batallador. Desde Granada, y con miles de huidos, empezó la peregrinación de vuelta al norte, pues el rey Batallador quería repoblar con ellos las villas tomadas a los almorávides.
»Maricasca ya ejercía la brujería en Granada, aunque como vivía entre cristianos y lo disimulaba bien, no padeció molestias por los almorávides a cuenta de sus sacrilegios. Eso sí, mientras viajaba con la caravana del rey Batallador hacia el norte, le dejaron claro que de brujerías, en Aragón, nada. No sé qué tormentos o malquerencias le llegaron a prometer si se atrevía a vivir de ensalmos y sortilegios en tierra de cristianos, pero el caso es que al final se separó de sus paisanos mozárabes y fue dando tumbos hasta el arreñal de esa aldeúcha en la que la visitamos ayer. Ya viste que allí viven tan solo cuatro porquerizos cristianos y sus familias; eso venía de perlas a los quehaceres de la vieja Maricasca, que rápidamente crio fama de buena adivinadora en el terreno. Fama, por cierto, que llegó hasta oídos de mi padre.
»Como sabes, los cristianos tienen mucha inclinación hacia ensalmos y buenaventuras: se ve que todo lo que no consiguen rezando a los cientos de santos que esculpen quieren ganarlo a base de hechizos y encantamientos.
—Lo sé —asintió Abú Amir con una sonrisa irónica, y señaló con la rama de majuelo a Zobeyda—. No solo los cristianos.
—Mi padre, como también sabes —ella ignoró la insinuación—, es descendiente de muladíes.
—Ya. Yo también nací en la frontera. Casi todos los tagríes de las marcas son de origen muladí.
—Tagríes, sí. Guerreros de frontera... Y mi esposo y mi padre, como tagríes que fueron, conservan muchas de las supersticiones que les legaron sus antepasados cristianos. Al igual que es difícil deshacerse de los conocimientos grabados a fuego en la niñez, cuesta librarse de las creencias desleídas en la sangre.
»Y creer en supercherías es distinto según quien seas. Las decisiones que toman un campesino o un pastor pueden arruinar una cosecha o malograr un rebaño, pero lo que dispone un jefe militar tagrí salvará vidas o acarreará muertes al día siguiente. Por eso mi padre, al igual que otros muchos guerreros de las marcas, acostumbraba a someter sus decisiones a todo tipo de consejos, reflexiones, agüeros y amuletos.
»Cuando, en tiempos de la rebelión contra los almorávides, mi padre tomó la decisión de hacerse con Socovos, sacó antes a su familia de allí y nos llevó a un lugar seguro: una aldea cristiana sin nombre, olvidada de casi todos, en cuyo arreñal vivía una tal bruja Maricasca a la que, de paso, quería consultar el porvenir. Aquel día acompañé al tagrí Hamusk a la cueva de la vieja mientras mi madre, recelosa, permanecía con los cristianos. No recuerdo si lo que Maricasca usó fue huevo de cárabo u hojas de beleño, pero al término de su sortilegio aconsejó a mi padre derrocar a sus amos almorávides. Después, aquella vieja clavó en mis ojos los suyos, blanquecinos y hundidos, y me lo dijo: “Niña, tú reinarás sobre moros, hebreos y cristianos”.
»Al día siguiente, sin más esperar, mi padre cabalgó hacia Socovos, repartió las órdenes a los oficiales de su confianza y quebró el estandarte almorávide del castillo. Después recorrió todas las fortalezas de la comarca para recoger la adhesión de los demás guerreros andalusíes y encabezó la resistencia. Durante tres años mantuvo en jaque a la guarnición almorávide de Segura, hasta que Mardánish llegó al poder en Murcia.
»Recuerdo muy bien aquellos días. Mi madre y nosotros habíamos regresado a Socovos y vivíamos en constante espera, temerosos de que los antiguos amos africanos vinieran a recobrar lo que consideraban suyo.
—Y esa fue la época en la que tu padre requirió mis servicios —apuntó Abú Amir.
—Así es. Tú no parecías temer que los almorávides regresaran. Y no regresaron: el que llegó fue Mardánish, precedido de un séquito espectacular. Mi padre le agasajó con banquetes y regalos, y nos hizo conocer a aquel hombre que se hacía llamar rey de Murcia y Valencia. Yo tenía dieciséis años entonces. Mi padre, que se negaba a seguir muchas de las tradiciones solo por no imitar a los almorávides, se negaba a recluirnos a mi madre y a mí en nuestras habitaciones, pero desde luego no dejaba que nos prodigáramos mucho fuera del castillo. Sin embargo, el día en el que Mardánish vino desde Murcia, mi padre se preocupó de que las sirvientas me peinaran y adornaran mi rostro y mi pelo. Me hizo lucir las mejores sedas de que disponíamos y me presentó orgulloso como «su princesa Zobeyda». Mardánish llegó vestido al modo cristiano. Ah, cómo me impresionó. Tan imponente. Tan alto y tan fuerte, muy atractivo... Su mirada de halcón se volvió mansa cuando se encontró con la de mi padre, y ambos se saludaron con efusión, como si fueran hermanos. Luego Mardánish se fijó en mí... ¿Era acaso una casualidad?
—En aquella época, Mardánish acababa de llegar al poder en Murcia y Valencia —habló Abú Amir al notar que Zobeyda se había quedado en silencio, embelesada por su propio recuerdo—. No es de extrañar que te causara honda impresión. Los nobles andalusíes de Denia, Orihuela, Játiva... Los de la misma Murcia y los de Valencia. Todos querían emparentar con él, tanto por propio interés como por el entusiasmo de sus hijas: nada menos que un rey andalusí, dueño de un reino que nada tenía que envidiar a los que los soberanos cristianos poseen en el norte. Además, la fama militar de su familia era inmensa. Todo lo que me estás contando ahora ya lo sabía yo, pero desconocía que así se cumplía el oráculo de la vieja Maricasca.
—Pues eso es lo que ocurrió —contestó Zobeyda—. Mardánish aceptó de sumo grado el ofrecimiento de mi padre y nos casamos. De ese modo pasé a reinar sobre moros, hebreos y cristianos.
—Y ese mismo año, fortalecido Hamusk con la nueva alianza con Mardánish, se hizo con Segura. Así el vaticinio de la bruja se verificó en su totalidad.
—Me educaste bien y me has enseñado muchas cosas útiles, tanto en Socovos como después, cuando, ya desposada con Mardánish, me acompañaste a Murcia. He seguido tus consejos y me abstengo de entregar mi vida a un destino escrito por Dios. Pero reconoce que la sabiduría mágica de Maricasca es algo inexplicable para ti —desafió Zobeyda a Abú Amir—. Nadie diría de la hija de un líder musulmán que podría llegar a gobernar sobre sus súbditos. Como mujer de un líder mahometano, mi sitio está en el harén, con el resto de las mujeres, tejiendo y dando a luz hijos que engrandezcan el nombre de mi marido. Pero Mardánish ha demostrado ser aún más irreverente con los viejos tabúes que mi propio padre. No hay casi diferencias entre una reina cristiana del norte y yo. Entre mis súbditos hay musulmanes, hebreos y cristianos, todos los que moran en Valencia, Denia, Murcia, Cuenca, Lorca, Alcira, Orihuela...
—Está bien, niña, está bien —reconoció su derrota Abú Amir con una amplia sonrisa, y arrojó la rama de majuelo a la corriente—. Puede que entre el vaticinio de esa vieja y la realidad haya una cierta... correspondencia. Pero eso no me hará cambiar de opinión respecto al resto de supercherías. Sobre todo esta última por la que tanto has pagado. Sangre de tu sangre y lados que se unen. Qué sarta de tonterías.
Zobeyda se levantó y alisó con las manos su suave túnica mientras fingía un gesto de enojo. A poca distancia, la comitiva preparaba una mesa colocando tableros sobre caballetes de madera y los sirvientes empezaban a sacar las provisiones para comer junto al río.
—Mi padre es un descreído y un insolente en todo cuanto no entiende; mi esposo lo es aún más y todavía parece que se jacta de ello; pero ninguno de ellos te alcanza, Abú Amir.
Segura se alzaba en lo más elevado de un risco, enseñoreada de cerca tan solo por las águilas que sobrevolaban los dominios de Ibrahim ibn Hamusk. A sus pies, el frondoso valle custodiaba un tesoro de encinas y pinos, motivo de la riqueza que desbordaba el señorío del padre de Zobeyda. Las huertas se alternaban con los olivos ya desde lo más profundo, trepaban por el monte y rodeaban la ciudad que había crecido en torno a la inexpugnable alcazaba. En la distancia, la impresionante mole de una montaña argentina se erguía al sur y reflejaba destellantes los rayos del sol.
La comitiva subía penosamente el sendero a pesar de que Zobeyda, para no retrasar la marcha, se había puesto a caminar junto a Abú Amir, que tiraba de las riendas de su montura. Varios grupos de hortelanos adelantaban al séquito con miradas de curiosidad, reconocían a la hija de su señor Hamusk y saludaban respetuosamente.
—¿Has tenido algo que ver tú en esta entrevista?
La pregunta llegó de sopetón; Zobeyda se la soltó a Abú Amir mirándole de repente a los ojos, como si quisiera cogerle por sorpresa. Él sonrió.
Abú Amir había llegado a Segura procedente de Murcia una semana antes acompañando al séquito de Mardánish. Este llevaba consigo también a su favorita, Zobeyda, con sus sirvientes y doncellas de compañía, al más puro estilo de las comitivas reales cristianas. Mardánish se reunió con su suegro y aliado, Hamusk, y juntos partieron hacia poniente para encontrarse con el poderoso emperador Alfonso, rey de León y Castilla, en el asedio que los cristianos llevaban a cabo en Jaén. Zobeyda, que había pedido expresamente ir con Mardánish hasta Segura, se había quedado allí con sus criados, con su corte de doncellas y con Abú Amir, con el secreto deseo de consultar a Maricasca acerca de su descendencia, para después regresar a Segura y esperar que Mardánish y Hamusk volvieran de Jaén.
—El emperador Alfonso ha tenido como aliados a los señores andalusíes durante toda su vida —respondió de inmediato el médico—. Mardánish y tu padre ya se entrevistaron con el emperador en Zurita hace dos años. Yo no estuve allí, pero tu esposo me pidió consejo antes de acudir. ¿Qué ocurre? ¿No te gusta que tratemos con los reyes del norte?
Zobeyda, que miraba al suelo del camino para no pisar ninguna piedra, hizo un mohín.
—Me gustan más que los almorávides, desde luego, y también me gusta lo que he oído acerca del emperador. Pero no me agrada que mi esposo se someta a otros señores.
—A nadie le gusta someterse. Ni siquiera pensar que puede haber quien se crea superior a nosotros, ¿no es eso?
Zobeyda asintió.
—Mi esposo no me hace partícipe de sus asuntos de política con los cristianos, desde luego, y tú tampoco te desvives por contarme cuáles son sus planes; pero no estoy sorda ni tonta, y veo en qué pilares quiere apoyar Mardánish su reinado.
—Y ahora que podemos hablar sin la... molesta presencia de tu esposo, pretendes que yo confirme tus sospechas, ¿eh, niña?
Zobeyda sonrió con cara de jovencita traviesa. Aquel único gesto servía para desmontar toda defensa, aunque Abú Amir no tuviera ningún inconveniente en hablar con ella de temas reservados a los varones de la corte.
—Sé que es necesario contar con el emperador. —Ella jadeaba levemente por el esfuerzo de la subida—. Él puede ser nuestro principal valedor. También sé que no ha pedido nada a cambio de la amistad de Mardánish. Quien me molesta es el príncipe de Aragón. No comprendo por qué hemos de pagarle parias. ¿A cambio de qué? ¿De qué nos vale su amistad?
—No es esa la pregunta que debes hacerte. Pregúntate más bien: ¿qué nos depararía su enemistad?
Zobeyda se volvió súbitamente y detuvo la marcha. De forma automática todos los sirvientes y los soldados de la guardia, pendientes del más mínimo movimiento de la favorita, pararon también y refrenaron a las mulas que tiraban de los carruajes. Todos quedaron expectantes, lo suficientemente retirados para no resultar indiscretos pero atentos para reanudar la marcha o cumplir cualquier mandato de su señora.
—Abú Amir, hombre al que admiro —dijo Zobeyda como si se dispusiera a soltar una reprimenda—. Tú eres de Tortosa, ciudad que Ramón Berenguer, príncipe de Aragón, conquistó por las armas hace tres años. Tortosa era propiedad de Mardánish. Luego ese cristiano se apoderó de Lérida y de Fraga, también villas de mi esposo. ¿Cómo eres capaz de no odiar profundamente al príncipe de Aragón, que ha violado la paz de tu tierra? Y en cuanto al propio Mardánish, ¿por qué no acudió con sus tropas a proteger a los súbditos de la Marca Superior? ¿Qué ocurrirá si Ramón Berenguer gusta de seguir conquistando el reino de mi esposo?
Abú Amir, que aprovechaba la pausa en la subida para tomar aire a pulmones llenos, inspiró con fuerza y miró a su alrededor, al precioso laberinto de valles y paredes rocosas que salpicaban la sierra de Segura, ahora extendida a sus pies como una alfombra de plata y verde.
—Niña, la política es complicada. El ascendiente que el emperador tiene sobre el príncipe de Aragón no es muy vigoroso, pero sí lo suficiente para que las ambiciones de este se mantengan dentro de límites tolerables. Para la conquista de Tortosa, Ramón Berenguer consiguió bula de su papa católico. Enfrentarse a eso es ganarse la enemistad de toda la cristiandad. Y aun hoy, si tu esposo se opusiera con las armas a Ramón Berenguer, el emperador Alfonso no tendría otro remedio que valer al príncipe. Ambos son líderes cristianos, unidos por su fe. Y si de alguna manera los súbditos de León y Castilla pudieran mantenerse atados por la voluntad del emperador y mirar hacia otro lado, dime: ¿de verdad crees que tu esposo podría resistir el empuje de Ramón Berenguer, que ahora ha unido bajo su égida su condado de Barcelona con el poderoso reino de Aragón?
»No, tu esposo sabe perfectamente cuáles son las ambiciones de Ramón Berenguer: las mismas que han tenido todos los reyes de Aragón y todos los condes de Barcelona. Si realmente estás tan interesada en la política, aprende a ver en qué aguas debes pescar y en cuáles has de abstenerte de hacerlo. El reino de tu esposo ha de mantenerse y crecer mirando al mediodía, a las plazas abandonadas por los almorávides. Eso conservará la amistad de Mardánish con el emperador Alfonso y también contendrá al príncipe de Aragón en la Marca Superior. Eso y el dinero que tu esposo paga en parias a Ramón Berenguer.
Zobeyda arrugó la nariz antes de echar a andar lentamente. Todo el séquito la imitó de inmediato.
—No me gusta comprar mi libertad con dinero, Abú Amir.

2
Juramentos de lealtad
Día siguiente. Sitio de Jaén
La alcazaba de Jaén ocupaba un cerro alargado y estrecho, y dominaba todo cuanto estaba al alcance de la vista. De sus mismas piedras nacía la muralla que bajaba de la colina y circundaba la ciudad. A trechos que eran más o menos largos en función de las irregularidades del terreno, se alzaban torreones de maciza presencia, algunos de los cuales mostraban todavía los signos de recientes obras. La ciudad estaba acostumbrada a los asedios desde años atrás, y los recién llegados almohades acababan de añadirle un toque de solidez. La medina lucía esplendorosa, aun encerrada a cal y canto tras las murallas. Los alminares que sobresalían dejaban resbalar sobre sus azulejos el sol de la mañana y lanzaban matices dorados hacia el campamento cristiano que sitiaba la ciudad. En tiempos mejores debió de haber un bonito arrabal, pero los sucesivos asedios habían terminado por hacer imposible la vida extramuros. Ahora solo quedaban restos ennegrecidos que servían de parapetos y puestos de guardia para las tropas norteñas.
Mardánish observaba las murallas de Jaén desde la entrada de su pabellón. Miraba con los ojos entornados para defenderse del sol que ya empezaba a dibujar su arco tras aquella alcazaba repleta de estandartes blancos con leyendas coránicas. Mardánish era alto, lo suficiente como para sobresalir de entre quienes le rodeaban. Veintisiete años, anchas espaldas y gesto firme, como correspondía a un guerrero tagrí. Estaba muy orgulloso de su origen y de su linaje, todo él repleto de soldados andalusíes de frontera, pero no tenía reparo alguno en vestir como un cristiano. De hecho, salvo por el estandarte que presidía su tienda, negro y regido por una estrella plateada de ocho puntas, nadie habría dicho que era mahometano. Se equipaba como un caballero del norte: loriga y almófar, espada ceñida al cinto y crespina en la cabeza. A su derecha, un escudero sostenía la lanza, adornada por un estandarte negro, y el yelmo cónico con un alargado nasal; a su izquierda, otro soportaba el escudo, alargado y en forma de lágrima y con la misma estrella de ocho puntas pintada en plata sobre el campo negro.
Pero sin duda lo que más llamaba la atención de semejante guerrero mahometano era su tez, clara como podría ser la de un leonés, y su pelo castaño, casi rubio, al igual que su barba perfectamente recortada. Mardánish no tenía inconveniente en alardear de que su prosapia estaba emparentada con las mejores familias yemeníes y tampoco en afirmar que su origen era muladí; y que su último ancestro cristiano había sido un tal Martín, cuyo nombre aplicado a sus descendientes había sido caprichosamente arabizado como Mardánish. Ninguna otra memoria quedaba de sus ascendientes politeístas, salvo que uno de ellos, en algún momento pretérito, había entrado al servicio de los Banú Hud de Zaragoza cuando la ciudad era todavía la cuna de esplendor que había asombrado a gentes de todas las religiones. Antes, mucho antes de que fuera conquistada por el rey Batallador, Alfonso de Aragón.
—¿Por qué te preparas para combatir?
Mardánish se volvió y saludó a su suegro, Ibrahim ibn Hamusk. El señor de Segura llegaba desde su propio pabellón, alzado junto al de su aliado y yerno. Venía vestido con una ligera túnica de seda de Susa, apropiada para los calores de la temporada pero demasiado lujosa para un campamento militar; calzaba babuchas de piel y cubría su cabeza con un estrafalario bonete adornado con plumas de faisán. Hamusk contaba ya cuarenta y un años, pero se le veía tan fogoso como si tuviera diez menos. Su barba era larga y tornaba ligeramente ya al gris, al igual que su cabello, largo y abundante. No era tan alto como Mardánish, aunque su porte era sin duda el de un combatiente acostumbrado a los rigores de la guerra, y ello a pesar de la redondez que ya adquiría su abdomen y los muchos anillos de oro que adornaban sus dedos. Aun así había preferido no aderezarse como guerrero, sino como noble andalusí. Consideraba que su valor como soldado estaba más que demostrado, pues no en vano había pasado la mayor parte de su vida luchando a sueldo para unos y otros, tanto cristianos como almorávides. Incluso al lado de estos últimos en cierta época había pasado el Estrecho y, siendo aún muy joven, los había ayudado a reprimir los primeros focos de insurrección almohade.
—Estamos en un campamento militar —explicó Mardánish a su suegro para contestar a su pregunta—. No quiero que estos cristianos nos tomen por lo que no somos. Ellos están acostumbrados a vernos como un pueblo ocioso, dado a los placeres mundanos, gustosos solo de la poesía, del vino, de las mujeres... Es lo que piensan de nosotros.
—¿Y acaso no es así? —le interrumpió Hamusk, y prorrumpió en una sonora carcajada que hizo volverse a todos los que andaban por allí, a las afueras del campamento cristiano.
Mardánish sonrió como cortesía. Lo que más le molestaba de su suegro era el modo tan estruendoso que tenía de reír y hacerse notar.
—Sabes, amigo mío, que me doy al placer como el que más —admitió Mardánish—. Pero disfruto mejor del vino y las mujeres cuando estoy en palacio si antes he cumplido en el campo de batalla. No vengo aquí como cortesano del emperador, sino como guerrero del Sharq al-Ándalus. No quiero que esos —señaló a un grupo de peones cristianos que acarreaban bolaños— piensen que solo servimos para pagarles parias y cederles el paso por nuestros territorios. Me considero tan dueño de estas tierras como ellos y, a mi juicio, esos almohades son tan enemigos míos como suyos.
Hamusk dio una fuerte palmada en la espalda de Mardánish e hizo resonar la cota de malla.
—¡Bien dicho, yerno! Y ahora vayamos a ver a nuestro emperador, pues nos estará esperando.
Anduvieron por entre las tiendas cristianas, todas ellas adornadas por sobrios estandartes. Mardánish abría camino; tras él, Hamusk, y los seguían los dos sirvientes que portaban las armas del primero; jóvenes que, con ojos asustados, miraban a los fieros guerreros leoneses y castellanos que salían de sus pabellones a medio armar. Un tercer escudero se afanaba por esquivar las cuerdas y estacas clavadas en tierra mientras guiaba al destrero de Mardánish, un caballo de guerra precioso, totalmente negro, de cuya silla colgaba una aljaba repleta de flechas y un fardo alargado. Las conversaciones se acallaban en los corros cuando pasaban los dos nobles andalusíes, y eran foco de todas las miradas, algunas de curiosidad, otras de aceptación e incluso unas pocas de desprecio. Llegaron a la tienda del emperador, erigida en medio de un mar de pabellones. Alguien había acercado varios hermosos caballos hasta allí, y los sirvientes aguardaban junto a ellos con lanzas y escudos preparados. Un muchacho de no más de diecisiete años y porte distinguido permanecía en pie a la entrada del pabellón, con los brazos levantados, mientras un criado le ceñía el talabarte alrededor de la loriga. Miró embobado a Mardánish y, de repente, una luz de comprensión alumbró su cara.
—¡Tú debes de ser... —le señaló y mostró una generosa sonrisa— nuestro rey amigo, Mardánish!
El andalusí también sonrió. La forma de gesticular del joven le resultaba claramente familiar.
—Y tú debes de ser el joven Sancho. —Mardánish hizo una ligera inclinación de cabeza.
—¡Rey Sancho para ti, infiel! —escupió un enorme caballero que salía en ese instante del pabellón imperial.
Mardánish congeló su sonrisa en la cara y clavó sus claros ojos en aquel titán de cabeza afeitada. El solo peso de su loriga habría bastado para aplastar a un enemigo, y hasta tenía que agacharse para pasar bajo el dintel de la tienda del emperador Alfonso. El joven Sancho puso una mano en el pecho del gigante y este se frenó.
—Él también es rey, Álvar —explicó el muchacho.
Mardánish tensó sus mandíbulas y apretó con fuerza el pomo de su espada. Hamusk, al percibir que la ira subía desde el corazón de su yerno, se interpuso entre él y el gigante rapado y soltó una de sus sonoras carcajadas. Señaló a Mardánish y habló al tal Álvar, que mostraba una dentadura de mastín mientras sonreía con fiereza.
—Créeme, cristiano, tú serías aceptado en una mezquita antes que este «infiel».
Aquello distrajo lo suficiente al gigante, que no acababa de comprender las palabras de Hamusk, y entre tanto el emperador salió de su pabellón alarmado por los gritos. El rostro de Alfonso de León, cercado por una recia barba negra, se relajó al ver que Hamusk reía sonoramente, y su boca se alargó en una sonrisa sincera al reconocer a Mardánish. El emperador, que iba armado, se apresuró a estrechar la mano del rey del Sharq.
—Amigo mío Mardánish, sé bienvenido a mi real.
El andalusí inclinó la cabeza aunque sostuvo la franca mirada de Alfonso.
—Disculpad que no viniera a veros anoche, mi señor. Llegamos tarde y preferí no molestaros.
—Mi mayordomo me informó cumplidamente, no temas. Pero esta noche cenarás conmigo... Oh, amigo Hamusk. —El emperador soltó la mano de Mardánish y apretó con fuerza la de su suegro. El joven Sancho, que no había abandonado su gesto alegre, se adelantó medio paso.
—Padre...
—Ah, sí. —El emperador retrocedió un paso y señaló al joven—. Mis queridos amigos: mi primogénito Sancho, al que ha poco he distinguido como rey de Nájera. Le pedí que se quedase con su recién estrenada esposa, la princesa Blanca de Navarra, pero no consintió en dejarme solo en esta campaña.
El joven acentuó aún más su sonrisa, que enseguida contagió a Mardánish. Tras Sancho, el gigante seguía plantado sin apartar la vista del rey del Sharq. El emperador se apercibió rápidamente de la tensión que se había creado entre los dos guerreros.
—Amigos míos, permitid que os presente a mi fiel Álvar Rodríguez, señor de Meira e hijo del difunto conde de Sarria. —Ni el titán ni el rey andalusí se inmutaron, aunque ambos mantuvieron el hilo tenso y metálico que unía sus miradas. El emperador decidió romper de inmediato el momento—. Pero no nos demoremos más... —Apuntó con el dedo al hermoso caballo de guerra de Mardánish—. Me disponía a recorrer nuestras posiciones con Sancho y Álvar. Mardánish, ¿me harías el honor de acompañarnos?
—Por supuesto, mi señor.
—Amigo Hamusk, dispón de mi tienda, puesto que no te veo con ánimo de montar ahora. —El emperador gritó hacia el interior de su pabellón, donde se afanaban sus sirvientes—. ¡Agasajad al señor de Segura con largueza! ¡Dadle de comer y beber!
Hamusk agradeció el gesto con una sonrisa forzada, pues no tenía pensado que la reunión fuera a celebrarse a caballo y recorriendo el cinturón de asedio. No le agradaba perderse lo que hubiera que hablar, pero asintió respetuosamente y entró en el pabellón imperial. Todos los demás montaron y embrazaron sus escudos. Alfonso abrió la marcha e invitó a Mardánish a cabalgar a su lado. Dejaron atrás las tiendas, los establos de campaña y los olivares. Tras ellos, a poca distancia, desfilaban Álvar Rodríguez y el joven Sancho. Una no muy nutrida escolta seguía a los cuatro en columna junto con los escuderos. Nadie se había cubierto con yelmo ni empuñaba lanza. Pronto llegaron a la línea de asedio.
El sitio de Jaén era completo. Soldados gallegos, leoneses y castellanos estaban divididos por su origen, dirigidos por sus propios líderes y responsabilizados de sus albergadas, los parapetos y empalizadas que defendían cada posición. El emperador señaló a Mardánish los lugares asignados a la milicia de Ávila, a la que tenía en gran estima, dijo, por el valor de sus hombres. Se oían martillazos y los abulenses iban y venían con cordajes y listones de madera.
—He puesto en juego un manto con pedrería para quienes consigan adelantarse montando un almajaneque —explicaba Alfonso—. Hay algunos ingenieros genoveses en el ejército, y la mejor forma de que los guerreros los ayuden es una recompensa. Yo pensaba que los de Ávila ganarían el premio, pero anoche don Álvar me dijo que la milicia de Toledo ya lo había terminado. Están un poco más adelante.
—Ese Álvar... —Mardánish se giró a medias sobre la montura—. Creo que no le agrada mi presencia.
—Ah, no prestes atención a sus impulsos. Es un gran guerrero, no un político. Hace cuatro años me asistió en la toma de Almería y se distinguió por delante de todos. Tiene mucho valor, te lo aseguro. Yo mismo le vi quebrar las filas de enemigos con su maza y sembrar el terror entre los almerienses; pero algunos de sus mejores hombres cayeron a manos de los sarracenos. Por eso los odia, y aún no se ha dado cuenta de que tú no eres como esos bereberes fanáticos.
—Desde luego es enorme. Todo un titán. —Mardánish se fijó con disimulo en los anchos hombros del gigante, en los trazos rectos y bruscos de su mandíbula y en el grosor de sus brazos y piernas. Álvar Rodríguez llevaba el yelmo colgado del arzón, y almófar y crespina echados hacia atrás. La cabeza totalmente afeitada confería a su gesto una ferocidad que recordó al andalusí la de un toro bravo a punto de embestir.
—Todos lo conocen como el Calvo. Es nieto de Álvar Fáñez. Ya sabes, el compañero del Cid. Yo creo que se siente abrumado por la fama guerrera de su abuelo hasta tal punto que le irrita que la gente lo nombre ante él. Eso le obsesiona. No hace más que escuchar a los juglares y memorizar esas canciones de amores y duelos que nos traen desde el norte... Le gustaría ser el protagonista de uno de esos poemas, lo sé. Quiere ganarse un sitio en las crónicas a golpe de maza, y precisamente por eso confío en don Álvar. No he de andar detrás rogándole que me asista como me pasa con otros barones. No bien huele a contienda, Álvar el Calvo se presenta ante mí armado y dispuesto.
—En cuanto al joven Sancho, parece un digno heredero de su padre.
El emperador sonrió.
—Gracias, amigo Mardánish. Será un buen caballero. Ojalá sea también un buen rey.
—Un buen emperador —corrigió con suavidad el andalusí.
—No, no. Digo bien. Aún no lo hemos formalizado, pero tengo casi decidido que Sancho será rey de Castilla. —El emperador gesticuló discretamente para pedir a Mardánish que lo siguiera y arreó un poco a su montura; consiguió aumentar de forma discreta la distancia que los separaba del resto de los jinetes. Bajó la voz para seguir confiándose—. El sueño del imperio hispánico no puede pasar aún de ahí, amigo Mardánish. No ahora. Tal vez en el futuro, cuando este mundo haya cambiado... Mucho después de que tú y yo lo hayamos abandonado. Por eso dividiré mis dominios entre Sancho y mi hijo segundo, Fernando.
—Mi señor Alfonso, no quisiera en absoluto contrariaros, pero ¿acaso no debilitará eso la fuerza de vuestros hijos?
El emperador calló durante un largo rato. Miró a Mardánish mientras seguían avanzando hasta las posiciones toledanas. Estaba seguro de que todos los príncipes y reyes hispanos se alegrarían de que León y Castilla continuaran su camino por sendas distintas. Cada uno intentaría por su cuenta, no le cabía duda, sacar partido de esa temida debilidad. Pero aquel extraño rey sarraceno, Mardánish... Él no se alegraba de que el frustrado sueño hispánico se dividiera. Al contrario, lamentaba que una fuerza tan poderosa como el imperio de Alfonso detuviera su camino.
—A veces, mis barones y obispos me reprenden con cariño por contar con tu amistad, amigo Mardánish, y sin embargo tengo que reconocer que eres a mi corazón más caro que muchos de mis hermanos de fe —admitió el emperador con un extraño brillo en los ojos—. Esta noche, mientras cenemos, te haré una confesión, te pediré una disculpa y te prometeré una esperanza.
Mardánish enarcó las cejas ante las confusas palabras del emperador Alfonso. Abrió la boca para suplicarle una explicación, pero en ese instante un sonido grave retumbó como si un trueno conmoviera la tierra en una noche de tormenta. Todos los jinetes miraron hacia el origen de aquel ruido y sus vistas fueron atraídas por una blanquecina nube de polvo que se elevaba desde las murallas de Jaén. Al mismo tiempo llegó hasta sus oídos un estruendo cocinado a base de vítores, aplausos y chillidos de triunfo.
—Ahí están, tal como os dije, mi señor —habló con su potente vozarrón Álvar Rodríguez, el Calvo—. Las milicias de Toledo han puesto a funcionar su esfuerzo y ya martillean los muros infieles. Es cuestión de tiempo que los africanos almohades pidan clemencia.
El griterío se extendía por las posiciones de sitio. El emperador Alfonso colocó su mano sobre los ojos para detener la herida de los rayos del sol y también se dejó contagiar por la felicidad. Allá, sobrepasadas las albergadas y en tierra de nadie, algunos infantes tiraban de un almajaneque al que habían adosado unas pequeñas y macizas ruedas. Varios más, provistos de enormes planchones de madera que usaban a guisa de escudos, protegían a los conductores de la máquina de asedio. Un par de arrapiezos, sirvientes de mesnada de no más de quince años, corrían cómicamente mientras transportaban en una parihuela un bolaño mayor que sus dos cabezas juntas.
—Amigo Álvar, ve y felicita a esos bravos toledanos, pero ordénales que lleven su máquina tras los manteletes. Y que esperen a que el resto haya levantado las suyas. No quiero que todos los malditos demonios arqueros de Jaén suban a la muralla y acribillen a esos valientes.
—Sí, mi señor —respondió al punto el Calvo, y picó espuelas para salir despedido hacia el almajaneque toledano. Tras las albergadas, los guerreros animaban a sus compañeros a quebrar la muralla y lanzaban maldiciones e insultos destinados a los almohades cercados. Como anuncio de que los temores del emperador eran más que fundados, una solitaria flecha salió disparada desde la muralla y voló con muy poco tino hasta clavarse a buena distancia de la máquina. Ello no sirvió sino para que los toledanos redoblaran sus burlas. El caballo del emperador Alfonso piafó, percibiendo por sus tablas en algaradas y sitios que aquello pintaba cuando menos regular.
—Están muy cerca de las murallas —murmuró Sancho con preocupación.
—No temas —intentó calmarle Mardánish—. Hace falta mucho tiempo para concentrar un número suficiente de arqueros. Podrán salir de la franja de peligro.
Sancho asintió con alivio y vio que Álvar el Calvo hacía aspavientos para mandar que los toledanos se retiraran tras las defensas de madera. Luego entornó los ojos para fijarse en el lugar en el que al parecer había impactado el primer y único bolaño disparado por la máquina de guerra. Todavía flotaba sobre él una débil nube albina, pero era evidente que provenía del mampuesto añadido. Aquel sector de muralla estaba junto a una de las puertas de Jaén, la que daba al camino de Granada. El camino, arañado ante ella por años y años de pisadas y rodadas, bordeaba por unas varas la alta pared y giraba abruptamente hacia el sur. En ese punto, los muros volvían a trepar por el risco para llegar a confundirse con la recia mole de la alcazaba.
De repente, la puerta empezó a abrirse.
—Increíble —reconoció Sancho—. Estos nuevos enemigos son unos inconscientes. Van a salir para comprobar los daños, ¿no?
El caballo azabache de Mardánish resopló cuando este, tenso, tiró de las riendas.
—Cuidado, mi señor —advirtió.
—¡Don Álvar, fuera de ahí! —El emperador se aupó sobre los estribos.
El Calvo no lo oyó. Al griterío de burla y triunfo que salía de cientos de bocas en las líneas de asedio se sumaban ahora los desafíos por la apertura de la Puerta de Granada.
Las dos hojas terminaron de desplazarse y varios jinetes ataviados de blanco salieron bajo el arco de herradura. Montaban caballos oscuros y esbeltos, con jaeces también negruzcos, sin adorno alguno, y los arrearon de inmediato y a todo galope hacia el almajaneque toledano. Los infantes que portaban los planchones de madera, y que por fortuna estaban retrocediendo sin perder la cara a Jaén, avisaron a gritos a sus compañeros.
Sin una sola voz de concierto, el emperador Alfonso, su hijo Sancho y Mardánish se lanzaron a socorrer a los toledanos. Desprovistos de yelmos y lanzas, puesto que no habían tenido tiempo de pedírselos a sus escuderos, se inclinaron sobre los cuellos de sus monturas. Vieron cómo Álvar se apercibía enseguida del peligro. El gigante, que llevaba su escudo indolentemente colgado del tiracol, lo embrazó y se protegió con él, se subió el almófar y a continuación tomó una horrenda maza de guerra que llevaba colgada del arzón.
Los almohades habían terminado de salir de Jaén y cargaban directos hacia el almajaneque. Eran cinco y parecían volar, con la liviana tela de sus vestiduras flotando tras ellos. Embrazaban escudos redondeados y empuñaban ligeras jabalinas. Como si aquello fuera un plan preconcebido, algunos cedieron velocidad hasta que formaron línea con los demás. Frente a ellos, Mardánish observó con una pizca de angustia que no conseguirían llegar hasta los toledanos antes que los almohades. En cuanto al resto del ejército, algunos valientes salieron corriendo y abandonaron las tiendas, pero sus posibilidades eran aún menores. Álvar Rodríguez gesticuló, ahogada su voz por el griterío y el ruido de las cabalgaduras. A sus órdenes, los toledanos que portaban los planchones clavaron la rodilla en tierra y formaron una improvisada muralla de madera. Los demás se resguardaron tras ellos y empezó el rosario de persignaciones y manos unidas, encomiendas a Dios y promesas a todos los santos.
Álvar el Calvo, campeón de los ejércitos cristianos. Depositario de uno de los más bravos linajes que vio nacer el mundo, caballero probado, seguidor del código:
En Dios cree, a Dios ama, a Dios adora,
honra a los nobles y a las damas,
y ante los presbíteros ponte en pie.
¿Y qué mejor forma de honrar a Dios que enviando a unos cuantos infieles al infierno?
Por eso el Calvo rodea ahora al grupo de atemorizados infantes y carga en solitario contra los enemigos. Encajado entre los arzones, los pies afirmados en los estribos. Fija la mirada, férrea la voluntad. La visión de Álvar Rodríguez, que parece uno de los jinetes del Apocalipsis, levanta un aullido general en las filas del asedio. Mardánish, mientras tanto, ha colgado su escudo del arzón y pugna por desatar los lazos que mantienen cubierto el fardo alargado que lleva en la silla. Se da cuenta en este momento, con inusitada claridad, de que aquellos almohades están haciendo una salida suicida. ¿Qué pueden conseguir? ¿Acabar con unos pocos cristianos imprudentes? Ni siquiera tienen oportunidad de destruir el almajaneque, y mucho menos de arrastrarlo hacia sus murallas. Un escalofrío recorre la espina dorsal del rey andalusí al vislumbrar que aquella maniobra es poco menos que una inmolación pública. Pero el relámpago de reflexión se hunde pronto en la tiniebla roja, la que precede al combate. Álvar el Calvo está a punto de cerrar con el enemigo. Su cuerpo se encoge, aunque sigue pareciendo un gigante recubierto de hierro. Mardánish arroja al vuelo el trapo con el que lleva cubierto su arco. Sin dejar de espolear a su caballo, extrae una flecha del carcaj, colgado a su derecha, la cala en la cuerda y empieza a tensar. El caballo se porta con nobleza. Aguanta el galope a pesar de que su dueño deja que las riendas pendan atadas a su muñeca.
Más allá, el choque es el de una ola salvaje que rompe contra un saliente rocoso. Álvar Rodríguez ha cargado recto contra el centro de la línea montada almohade, con su enorme escudo pintado de verde ante él, usando su propio peso y el de su formidable destrero como un proyectil viviente. Un guerrero sarraceno se quiebra contra aquella mole acorazada y sale despedido hacia atrás, totalmente desmadejado. En la lejanía, a Mardánish le parece que el Calvo es un dardo que atraviesa una plancha de mimbre. Al refrenar a su montura, el caballero cristiano eleva una cortina de polvo y guijarros, y su caballo se queja del tirón con un bufido. Pero el noble bruto patalea, recobra pie y da la vuelta para encarar de nuevo a los almohades, que bien se diría que han ignorado la feroz y solitaria carga de ese guerrero loco y gigante. Ahora Álvar debe cobrar de nuevo velocidad y lanzarse hacia sus enemigos, que siguen aproximándose a los del almajaneque.
Los toledanos se agachan al ver venir a los cuatro jinetes africanos; se encogen hasta casi hacerse invisibles; desaparecen tras los planchones de madera. A unas varas queda el almajaneque, olvidados ya los vítores y las burlas. Los almohades elevan sobre sus cabezas las jabalinas que portan y frenan con envidiable coordinación a un par de cuerpos de los infantes. Las armas salen despedidas a un tiempo, rasgan el aire, ávidas de carne, y se clavan en las maderas. Un aullido de dolor se alza y sobrevuela la llanura cuando uno de los infantes siente que horadan su brazo y ve aparecer una punta de hierro ensangrentada ante su cara. Con la carne y el hueso aún cosidos al planchón, se deja caer hacia atrás y siembra el pánico entre sus compañeros. La desbandada es ya un hecho cuando los almohades desenfundan sus espadas. Ahora, más de cerca, puede verse que llevan la frente cubierta por la tela de su turbante. Bajo él relucen los ojos, rodeados de una piel oscura cuyo tono se acentúa aún más por la blancura de sus ropas; y miran desencajados, fieros, diríase que nublados por la locura.
Mardánish, que ha seguido al galope, considera que está ya a una distancia adecuada. En ese momento, los almohades vuelven a arrancar, aplastando con los talones los ijares de sus monturas. El andalusí refrena a la suya y termina de tensar, inspira con rapidez y suelta a medias el aire. Justo en ese instante, el emperador y Sancho lo sobrepasan a todo galope, y a lo lejos, Álvar Rodríguez eleva su maza sobre la cabeza para chocar por segunda vez con sus enemigos.
La primera flecha deja atrás un chasquido seco y vuela libre. Cruza entre dos caballeros raudos —un emperador y un rey— y traspasa el aire. Silba como debe de silbar la parca cuando teje la última pulgada de mortaja. Su punta de hierro atraviesa la cota entrelazada que un almohade viste bajo la ropa, horada la piel y se clava en el cuello. Cercena su vida de golpe.
Al mismo tiempo, el mazazo de Álvar el Calvo destroza la madera de un escudo almohade, y su dueño grita de dolor al sentir que se rompen los huesos del brazo. El chillido también se quiebra unos instantes después, cuando la maza aplasta el yelmo anudado de blanco, se hunde en su cráneo y nubla los ojos del guerrero. El joven Sancho, más fogoso que su padre, llega hasta el penúltimo almohade y se enlaza con él en un intercambio de espadazos. Los caballos giran nerviosos y ambos jinetes se manejan con valor, se defienden y atacan por turnos. Una segunda flecha corta el aire y el quinto almohade, indeciso entre encajar el embate de Álvar Rodríguez o el del emperador Alfonso, cae como un fardo con el cuello igualmente atravesado.
Mardánish baja el arco, con la tercera flecha ya calada, y aguanta la respiración mientras observa el duelo entre Sancho y el almohade superviviente. El mismo emperador Alfonso hace un gesto a don Álvar para que no se inmiscuya en el combate; la quietud se traslada desde aquel lugar, sembrado ya de cadáveres sarracenos, y llega hasta las líneas cristianas. Varios guerreros chistan y piden silencio, y los que venían a la carrera se detienen entre murmullos. Solo se oye ahora el resonar del hierro contra la madera: un golpe, otro; un choque de espadas, un giro y un nuevo revés; un caballo piafa y un jinete aprieta sus rodillas en torno a los costillares de su montura. Todos pueden ver el rostro del emperador congestionado, a la espera del desenlace. Sin duda se encomienda en silencio al Criador y hace votos para donar un sinfín de posesiones a este o aquel monasterio. Pero no parece ser Dios quien decide la contienda: al retroceder tras una de las acometidas, el almohade se da cuenta de que alrededor yacen sus compañeros, alfombrado el suelo de blanco y rojo, mientras un pavoroso círculo de cristianos ávidos de sangre musulmana se arremolina poco a poco y circunda el escenario. Sancho jadea; respeta la pausa del bereber pero aprieta los dientes, enrabietado por la lucha, deseoso de hundir su espada en el corazón del enemigo.
Por fin, el almohade deja caer su arma y el escudo redondo, pasa un pie sobre la silla y se deja resbalar hasta caer a tierra. Hinca las rodillas, mira al cielo y empieza a implorar en una lengua desconocida hasta para Mardánish.
A buen seguro el resto del ejército cristiano tuvo que conformarse con galletas y, con algo de suerte, carne en salazón y vino aguado. En el pabellón del emperador Alfonso, sin embargo, se había preparado un excelente banquete para agasajar a los invitados de honor. Tanto Mardánish como su suegro, Hamusk, compartirían mesa con el soberano más poderoso de la Península, y otro tanto haría el enorme Álvar Rodríguez. Fuera, durante buena parte del día, los toledanos habían celebrado el episodio de la Puerta de Granada y el almajaneque. Se habían alzado vítores y brindis hasta que muchos de los peones, totalmente borrachos, se habían trasladado al lugar en el que permanecía prisionero el almohade capturado por el joven Sancho.
Durante la cena, todos se abstuvieron de hablar de otra cosa que no fueran las proezas de Álvar el Calvo y de cómo había desmontado a dos sarracenos tal que si fueran peleles; y de Mardánish y su espantosa precisión con el arco; y, cómo no, del valor demostrado por Sancho al medirse cara a cara con un guerrero que, según se contaba ahora, era mucho más fuerte, alto y diestro que él, y al que había rendido al tercer tajo de través con su espada.
—Lo mío no ha sido nada. —El primogénito del emperador se sentía abrumado al ver cómo aquel combate a caballo crecía y crecía con cada rumor, alimentándose a sí mismo hasta convertirse en algo digno de cantarse en un poema—. Ese infiel se ha rendido porque estaba rodeado y no tenía escapatoria, fuera o no el vencedor en la lid.
Para Mardánish, la acción de Sancho no carecía de mérito. El joven noble era risueño y sus ojos transmitían sinceridad e hidalguía, pero su cuerpo no era el de un gran guerrero, e incluso su tez parecía algo demacrada. El rey del Sharq sospechó que quizá padeciese alguna enfermedad, aunque en aquellos momentos no se manifestara.
—La salida almohade ha sido suicida. —Mardánish sostenía una copa argentina repleta de vino castellano—. Pese a ello, esos jinetes no eran voluntarios fanáticos, sino guerreros experimentados de una de esas tribus masmudas. Lo más granado de los almohades. Como prueba, recordadlo todos, han maniobrado con precisión para formar la línea al galope, e incluso han atacado coordinados. Cierto es que no tenían oportunidad alguna, pero ese valor desesperado y esa pericia en la lucha hacen que tu victoria no sea una nadería. Sancho —miró a los ojos al joven—, has luchado como un héroe antiguo..., uno de esos cuyas gestas se narran en las epopeyas. Bravo. Alzo mi copa por ti.
El joven se emocionó visiblemente y no supo qué responder. El emperador, que presidía la mesa montada con una larga plancha de madera sobre caballetes, se puso en pie y rubricó el brindis del andalusí.
—Qué buenas palabras, amigo Mardánish. Yo también brindo por Sancho. ¡Gloria para él!
Los demás comensales se alzaron y repitieron el grito del emperador. Álvar se impuso a todos con su vozarrón y acabó con el contenido de su copa de un solo trago. Frente a él se hallaba el segundo hijo del emperador Alfonso, Fernando, que apenas contaba catorce años. Y a pesar de su corta edad lucía una mirada madura con la que examinaba a cada comensal. El jovencísimo Fernando repitió el brindis, pero sus labios apenas rozaron el metal plateado ni se mojaron con el caldo castellano, frío para aliviar los calores estivales de la noche jienense. Sobre la mesa de campaña quedaban los restos de faisán andalusí cocinado con setas, canela y dátiles, los pasteles de ganso y pavo a medio comer y un pichón del que todavía se disponía a dar cuenta Álvar el Calvo. Un par de escanciadores corrían alrededor de los invitados y rellenaban las copas de vino. Todos aceptaron su parte excepto Fernando, que puso la mano sobre el recipiente mientras volvía a sentarse.
—Sancho no ha sido el único héroe hoy. —El emperador aguantó su copa a un lado y esperó a que uno de los servidores acabara de rellenársela—. Mis dos buenos camaradas, Mardánish y Álvar Rodríguez: bravo también por vosotros. Me enorgullezco de contar con ambos no solo como amigos, sino también como fieles aliados.
El vino volvió a inundar los gaznates para consagrar el nuevo brindis. Únicamente el joven Fernando permaneció quieto, absteniéndose de beber y sentado mientras los demás seguían de pie, en un gesto que podría haberse considerado de mal gusto de no ser por su mocedad. Tenía la vista fija en su hermano Sancho; entornaba los párpados y ladeaba la cabeza. Parecía que calculara cómo había sido posible que el joven rey de Nájera hubiera aguantado más de dos acometidas del infiel ahora cautivo. De aquel..., ¿cómo lo había llamado Mardánish?, masmuda. Un masmuda fanático y suicida.
—¡Yo quiero decir algo, mi señor! —Álvar reclamó con un gesto que le llenaran la copa una vez más—. No hemos hecho sino cumplir con nuestro deber, pues además de amigos y aliados vuestros, buen emperador Alfonso, somos vuestros servidores. ¡Y quiero dirigirme a ese hombre!
El último grito, atronador, lo había soltado el Calvo mientras señalaba a Mardánish, que aguantó la fiera mirada del gigantón de cabeza rapada.
—Dime pues —le retó a continuar el rey andalusí.
—Tú —dijo el Calvo al tiempo que un sirviente se ponía de puntillas para verter el vino desde una jarra en la copa del titán—, a quien hoy he ofendido gravemente al considerarte poco digno de estar aquí: me has demostrado cuán equivocado estaba. Te pido perdón y te suplico que me cuentes entre tus amigos a partir de hoy, y te advierto que al igual que tú me has socorrido en un peligroso trance, yo también iré a valerte cuando lo necesites y empeñaré mi vida en ello. Y eso lo juro delante de todos estos nobles señores y de Dios todopoderoso.
Álvar el Calvo apuró la copa mientras Hamusk dejaba la suya sobre la mesa y aplaudía con entusiasmo. Mardánish aceptó el brindis con una ancha sonrisa, bebió aquel vino consagrado con el juramento del imponente guerrero e hizo una respetuosa inclinación de cabeza.
—No he hecho sino tratar de emular el valor que he visto en ti, Álvar Rodríguez, al enfrentarte en solitario a seis enemigos carniceros. —El rey del Sharq miró a los francos ojos de aquel coloso cristiano, de un frío color gris, gélido como las brumas norteñas—. Reconozco tu juramento y te ofrezco otro tanto. Que este lazo no se rompa hasta que uno de los dos caiga muerto.
El Calvo, al que los vapores del vino empezaban a enturbiar el juicio, abandonó su sitio en la mesa y la rodeó para abrazar con fuerza a Mardánish. El rey del Sharq abarcó como pudo la espalda del gigante y resopló al sentir la titánica fuerza de Álvar Rodríguez. El emperador rio distendidamente mientras Hamusk soltaba una de sus estridentes carcajadas. Las risas fueron imitadas por los demás salvo Fernando, e incluso los escanciadores sonrieron a pesar del tremendo trabajo que les estaba dando aquel paladín de cabeza afeitada. El Calvo regresó a su silla y todos tomaron asiento.
—Como nos estamos sincerando, amigo Mardánish —habló ahora el emperador—, tengo yo también algo que decirte.
—Pues lo cierto es que esta mañana me habéis intrigado, mi señor —contestó Mardánish—. Me habéis prometido una confesión, una disculpa y una esperanza. Pero no me habéis ofendido, así que no veo por qué...
Alfonso alzó su mano para que el rey del Sharq le dejara hablar. El resto de los comensales, incluido Fernando, prestó atención.
—Una confesión, amigo Mardánish: a principios de año tuve vistas en el castillo de Tudilén, cerca de Tudela, con el príncipe de Aragón, don Ramón Berenguer. En esa reunión hablamos de nuestros proyectos, y claramente me expuso algo que, por otra parte, ya sabía: su intención de tomar para sí todas las tierras en las que ahora reinas, y que él considera como suyas por futuro derecho de conquista.
Mardánish chascó la lengua y recorrió con el dedo índice el borde plateado de su copa, recogió una gota de líquido rojo y la sacudió descuidadamente.
—Permitidme corregiros, mi señor: eso no es una intención. Es un hecho. El príncipe de Aragón ya ha sustraído de mis dominios Lérida, Tortosa, Fraga y Mequinenza. Sus barones mueven algaras por las tierras de mi Marca Superior y, a pesar de todo, ese violento Ramón Berenguer admite como bien ganadas las parias que debo abonarle anualmente por lo que él llama su tutela y protección. Hace dos años, antes de que Lérida cayera en su poder, la ciudad despachó emisarios que se presentaron en mi corte y exigieron el cumplimiento de mi deber de señor. Reclamaron mi defensa contra las artes de Ramón Berenguer. Yo solo pude apartar la vista de sus ojos, que me quemaban. Los despedí con regalos y parabienes, y con la promesa de que podrían instalarse en el lugar que escogieran de mi reino: en cualquiera excepto en alguno de los que el príncipe de Aragón ya había profanado con su presencia.
El emperador Alfonso, apesadumbrado, frunció el ceño.
—Entonces te será más duro aceptar mi disculpa ahora, amigo Mardánish, pues en esas mismas vistas acordamos el reparto de las tierras que ambos conquistaremos a los ismaelitas, y no pude sino bendecir sus intenciones al estirar hacia el mediodía, hacia tu reino, los dominios que un día han de pertenecer a sus herederos: los del reino de Aragón y el condado de Barcelona.
El joven Sancho se llevó una mano a la boca y puso cara de no poder entender cómo su padre, que honraba a Mardánish como a un buen súbdito, podía al mismo tiempo repartirse sus tierras como quien reparte lo saqueado en una cabalgada. Su hermano Fernando, que se dio cuenta enseguida del estupor de Sancho, rio quedamente y habló como si él fuera el primogénito, y no un segundón que todavía no había superado la adolescencia.
—Mucho te queda por aprender de política, hermano.
Mardánish asintió en silencio.
—¿Y qué otra cosa podíais hacer, mi señor? —intervino ahora Hamusk—. ¿O acaso el príncipe de Aragón habría renunciado a sus ambiciones si ese acuerdo no hubiera existido? Bien habéis hecho en decidirlo así, pues bajo vuestra sombra habrá de actuar Ramón Berenguer, y de corazón sabemos que jamás permitiréis que lleve sus conquistas demasiado lejos.
—Así será mientras nuestro emperador viva, sin duda —dijo Álvar Rodríguez, que a pesar de su voz ya algo densa y sus ojos brillantes parecía seguir la conversación con solicitud, y miró a Alfonso de León—. Rezo a Nuestro Señor porque vuestra vida, mi emperador, sea larga. Muy, muy larga. Pero un día tocará a su fin, pues el Criador os llamará a su lado para recompensaros como merecéis. ¿Qué ocurrirá entonces con él? —El Calvo señaló al rey del Sharq al-Ándalus con dedo seguro.
—Esa es la promesa que había de venir tras la confesión y la disculpa, amigo Mardánish —respondió el emperador—. Pues prometo y hago prometer a mis hijos, aquí presentes, que en mi ausencia harán cumplir esta garantía: jamás León ni Castilla actuarán contra mi amigo, rey legítimo de Murcia y de Valencia, y le valdrán cuando se halle en peligro. Y jamás le reclamarán precio alguno ni le impondrán tributo por su amistad. —Alfonso se puso en pie y alzó su copa una vez más. Miró alternativamente a sus hijos Sancho y Fernando—. Prometedlo por vuestro honor.
Sancho se levantó enseguida. Fernando tardó un poco más a pesar de que su gesto había cambiado. Aunque ambos gozaban ya del tratamiento de reyes, las palabras de su padre indicaban que él era considerado como un futuro heredero, pues le hacía prometer junto con su hermano por León y por Castilla. Aquello era como una confirmación del rumor que se paseaba por toda Galicia, por las dos Asturias, por las Extremaduras, por la Trasierra... El rumor de que el segundón, Fernando, heredaría una parte de aquel imperio.
—¡Prometemos! —gritaron los dos al unísono.
Mañana siguiente
Mardánish se desperezó con lentitud y reclamó agua a uno de los criados. La mañana vivía ya, ajetreada y monótona a la vez, fuera del pabellón andalusí. Soldados que venían o iban al cambio de guardia en cada posición de las albergadas, forrajeadores que llegaban cargados de grano para las monturas y caza para los hombres, sirvientes que acarreaban pucheros, y algún que otro mercachifle de los que siempre acompañan a los ejércitos en campaña y buscan su particular negocio vendiendo cacharros. La noche había durado mucho y el vino había corrido en el pabellón del emperador Alfonso hasta que el alba clareó por levante. Mardánish había sido el último en retirarse, junto con el propio emperador y Álvar Rodríguez, el Calvo, mientras que Sancho y Alfonso se habían excusado hacia medianoche. Hamusk se había ido poco después, alegando que tenía asuntos que tratar con el cautivo almohade.
Mardánish elevó la vasija servida por uno de sus sirvientes y dejó que el agua llenara su boca y la desbordara, que resbalara por su piel y mojara su cuello. Tenía una sed espantosa con trazas de no ir a calmarse nunca, y un persistente dolor agujereaba su cabeza y le irritaba. Despidió al sirviente cuando vio acercarse a su suegro, que parecía no padecer resaca alguna.
—Buenos días, mi querido yerno. ¿O debería decir buenas tardes?
Mardánish respondió con un gruñido. Como siempre, Ibrahim ibn Hamusk iba perfectamente ataviado para reforzar la imagen de gran señor que quería dar ante los cristianos.
—¿Qué tal anoche con el prisionero? —preguntó Mardánish mientras aceptaba un albaricoque de la bandeja que ahora le alargaba un criado.
—Pues ahí viene el joven Sancho, que estuvo presente durante mi interrogatorio. Él te contará qué suculentos testimonios arrancamos al cautivo.
Sancho sonreía con media boca. Saludó afablemente a Mardánish pero su cara se contrajo al dar los buenos días a Hamusk. Aquello no pasó desapercibido para el rey del Sharq, que conocía los métodos de su suegro para con los cautivos.
—Sancho, amigo, pareces descompuesto. Demasiada carne anoche, sin duda —bromeó el señor de Segura.
—Y demasiada sangre, sí.
Mardánish tampoco pasó por alto el cruce de miradas de reproche. Se imaginó enseguida la escena: el cautivo masmuda torturado con saña por su suegro mientras Sancho, demasiado joven y hecho a la vida cómoda de la corte castellana, se aterrorizaba ante las mil diabluras que era capaz de imaginar Hamusk para sacar información a un prisionero.
—¿Recuerdas a Dardush, el renegado de Carmona? —preguntó el señor de Segura a Mardánish.
—Creo que sí, ¿no es ese tipo al que conocimos el año pasado, el que vino a refugiarse al Sharq después de la revuelta contra los almohades?
—Ese. Salvó la cabeza por muy poco. Su testimonio no se diferencia mucho del de otros huidos del yugo masmuda —Hamusk se dirigía ahora a Sancho sin abandonar su sonrisa sardónica—, pero Dardush nos enseñó algo: que los almohades mueren por su doctrina. La llaman Tawhid. Tiene que ver con su fastidiosa obsesión de que Dios es único, algo que repiten una y otra vez, y fue lo que los motivó a masacrar a los almorávides en África. Sin miramientos. Es algo nuevo aquí. Pues bien: algunos de los seguidores del Tawhid hacen auténtica profesión de fe como mártires. El cautivo nos confesó antes de morir que él también se había juramentado junto con los otros cinco jinetes que salieron ayer por la Puerta de Granada.
—De modo que lo mataste —apuntó Mardánish.
—Ah, no me eches a mí toda la culpa. Los toledanos estuvieron la tarde entera martirizándole. El hombre al que los almohades hirieron en la salida ha perdido el brazo y ya no podrá cultivar la tierra en Toledo, así que los cristianos se tomaron su revancha con el cautivo. Cuando yo me ocupé anoche de él, ya estaba bastante destrozado, yerno. De hecho tuve que emplearme a fondo, porque el pobre era casi ya ajeno al dolor.
—También nos habló de los talaba —intervino Sancho, a quien todos aquellos términos le sonaban extraños—. Por lo que dijo el cautivo, podrían ser el origen del problema.
—Los talaba... —repitió Mardánish mientras arrojaba el hueso del albaricoque y cogía otro. Con un gesto invitó a sus dos interlocutores a servirse de la bandeja que sostenía el lacayo—. Sí. Dardush nos habló de ellos cuando vino desde Carmona. Pero los talaba son solo una parte del problema. Una especie de fisgones sagrados que recorren las ciudades y buscan a pecadores que contradigan el dogma del Tawhid. Inspeccionan todos los escritos, las obras de arte, los comentarios en las calles, los rezos en las mezquitas... Incluso forman los tribunales. Aun con todo, son solo un escalón más en la escalera de esos fanáticos. Acabando con unos cuantos no matas el problema.
—Cierto —corroboró Hamusk—. El cautivo nos explicó ayer, entre llantos y ruegos para que acabara con su vida, que los talaba se educan en una madrasa especial de Marrakech, y que son miles. El califa de los almohades, Abd al-Mumín, los envía a todos los rincones del imperio que ha formado en África, y también ha mandado algunos aquí, a al-Ándalus.
—¿Debemos temerlos? —preguntó con cierto candor Sancho.
Hamusk soltó una de sus estentóreas risotadas.
—Yo no temo a nadie por muy santo que sea. El Tawhid no libró al cautivo de ayer de sangrar como un cordero en el sacrificio.
—Su rigidez representa un problema para ellos mismos —intervino Mardánish de forma más templada que su suegro—. Se dice que los almohades cuentan con un poderoso ejército salido de los cientos de tribus que habitan los montes y los desiertos de África. Pero también se dice que sufren continuas rebeliones entre los pueblos a los que han sojuzgado. El Tawhid es duro. La gente no admite de grado su dominio, y al parecer los talaba se ven obligados a purgar en cada ocasión a los levantiscos. Saltar el Estrecho y plantarse en al-Ándalus puede ser fácil cuando te invitan a casa, como pasó con los almorávides, pero ahora la historia es diferente: estos almohades nos encontrarán dispuestos a defender nuestra tierra.
»En primavera, Abd al-Mumín mandó llamar mediante escritos a todos los andalusíes que gobernaban las ciudades alzadas contra los almorávides, y les exigió que se presentaran ante él y le reconocieran como único califa. A mí también me escribió. Naturalmente, no fui. No reconozco a ese zarrapastroso como califa. Es más, nuestras monedas siguen acuñándose con mención a la soberanía del califa de Bagdad, y todos los viernes se le invoca en las oraciones de las mezquitas. Yo no me doblegaré ante estos fanáticos, y si se les ocurre acercarse a mis dominios, los aplastaré. Sé que contaré con ayuda para ello. ¿Estás de acuerdo con eso, Sancho?
—Por supuesto —respondió al punto el joven hijo del emperador—. Tal como prometimos anoche, lucharemos juntos contra el enemigo común.
Mardánish sonrió y mordisqueó el segundo albaricoque, y entonces se oyeron unas voces a cierta distancia. Un soldado castellano llegó a la carrera y se dirigió a Sancho.
—Mi señor, una delegación de infieles que dice venir de Valencia. Piden ver a su rey.
Mardánish, Hamusk y Sancho se miraron entre sí.
—Ese eres tú, amigo Mardánish —señaló el hijo del emperador.
Los tres anduvieron hacia el lugar del que procedía el tumulto. Varios infantes retenían a punta de lanza a dos andalusíes desprovistos de armas, uno de los cuales discutía acaloradamente con quien mandaba a los centinelas cristianos. Al ver acercarse a Mardánish, ambos emisarios clavaron la rodilla en tierra e inclinaron la cabeza.
—Mi señor, que Dios sea contigo —saludó el que llevaba la voz cantante mientras los cristianos acallaban sus bravatas y observaban intrigados al rey del Sharq—. Perdónanos por traerte noticias funestas, pero obedece este ruego y acompáñanos de vuelta a Valencia, pues el ingrato y cruel Ibn Silbán se ha amotinado en el alcázar. Ha proclamado su sumisión a Abd al-Mumín y dice haber mandado emisarios para que los almohades vengan a posesionarse de la plaza.
—¿Cómo? —Mardánish enrojecía por momentos—. ¿Quién es ese tipo? ¿Y mi ejército de Valencia? ¿Y mi hermano?
—Mi señor, tu hermano pudo huir del alcázar, aunque varios de sus más allegados fueron degollados por los rebeldes como muestra de adhesión al credo almohade. Ibn Silbán es uno de los capitanes de la guardia, pero no sabemos su origen. Dicen que procede del mediodía, que luchó en África como mercenario. Mi señor, parte del ejército le ha rendido pleitesía, pero otros te siguen siendo fieles en Valencia. Ven a liberarla antes de que los almohades pretendan ganar por la fuerza la más hermosa joya de al-Ándalus.
Mardánish apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Luego miró a Sancho.
—Debo partir de inmediato.
—Por supuesto —asintió el hijo del emperador—. Iré a avisar a mi padre. ¿Precisas algo, buen amigo?
Mardánish negó con la cabeza mientras tomaba ya el camino de vuelta a su tienda.
Un sirviente preparaba el corcel de viaje mientras otros ultimaban los preparativos para llevar en carros la impedimenta. Ni Mardánish ni Hamusk habían acudido al campamento en calidad de comandantes militares, por ello no llevaban tropas consigo. Su única intención era reunirse con el emperador y empezar a tratar la estrategia común en el valle del Guadalquivir. Ahora esos planes deberían aguardar.
—Iré directamente hacia Valencia —informaba Mardánish a Hamusk mientras comprobaba por sí mismo su silla de montar—. Te ruego que viajes a tu castillo de Segura y mantengas allí a mi favorita Zobeyda. Pero mándame a Abú Amir de inmediato: necesitaré de su consejo. Él suele tener buen ojo para estas cosas.
—Descuida. Y recuerda: mano dura. Si castigas esta traición como se debe, mantendrás la lealtad de tus súbditos. Sé blando y caerás del trono enseguida.
—¡Amigo Mardánish! —se oyó la voz del emperador, que llegaba a rápidos pasos acompañado de sus escuderos y de Sancho—. Ya conozco la noticia. Es espantoso.
—No os preocupéis, mi señor —trató de tranquilizarle Mardánish—. Los almohades son lentos y torpes. Tardarían años en movilizar un ejército para posesionarse de Valencia. Además, no creo que quisieran dejar a su espalda plazas como Murcia, Denia o Almería. Solo temo por la ciudad y su gente. Espero acabar con esta aventura sin que la sangre corra por las calles y se vierta en el Turia.
—¡Si ha de correr sangre, que sea la de ese traidor amotinado!
El vozarrón de Álvar Rodríguez sobresaltó tanto a Alfonso como a Mardánish. El Calvo llegaba a caballo y tras él venían dos sirvientes tirando de las riendas de un segundo corcel y de un destrero. Era evidente que el cristiano se disponía a emprender también el viaje.
—Veo lo que pretendes, Álvar, pero pienso que nuestro señor Alfonso te necesita aquí —advirtió Mardánish.
Álvar Rodríguez miró con gesto interrogante al emperador. Este se pellizcó la barbilla y reflexionó durante un instante.
—El asedio de Jaén durará meses... Dada la solidez de esas murallas, no pienso que ni una docena de almajaneques sirva para derribarlas ni hoy ni mañana. No: tener Valencia asegurada es ahora más importante que conquistar Jaén. Ve pues, amigo Álvar: cumple con los juramentos y auxilia a nuestro aliado, el rey del Sharq.
»Amigo Mardánish, era mi intención que habláramos con calma de nuestros pasos para el próximo año, pero las circunstancias mandan.
—Permitid que me ocupe ahora de Valencia y fijad una cita a vuestro gusto a finales del verano, mi señor —ofreció Mardánish.
—Eres generoso hasta en la adversidad... ¿Te parece bien Lorca?
Mardánish asintió.
—Enviadme a vuestros emisarios a Valencia para concretar la fecha y acudiré a Lorca. En cuanto a Álvar, acepto agradecido cuanta ayuda pueda darme, pero a condición de que su hueste quede aquí, en Jaén, para valer al emperador.
—De acuerdo —respondió el Calvo, que transmitió la orden a uno de sus escuderos. Este desapareció a la carrera. El emperador Alfonso hizo una inclinación de cabeza para despedirse de Mardánish y sonrió a Álvar Rodríguez.
Después, ambos partieron a caballo seguidos de sus escuderos y sirvientes y de los dos emisarios valencianos, tan impacientes estos que ni a limpiar sus cuerpos del polvo del camino ni a refrescarse accedieron. Los dos nobles cabalgaron hasta perder Jaén de vista y solo entonces acomodaron la marcha para que la comitiva pudiera darles alcance. Mardánish tensaba los músculos de la mandíbula y sus ojos destellaban de cólera. El Calvo vio la necesidad de apaciguar el ánimo del rey del Sharq.
—He oído hablar de Valencia —habló con voz más modulada Álvar Rodríguez—. En mi familia siempre se la ha tenido en gran estima desde tiempos de mi abuelo. ¿Es tan hermosa como dicen?
Mardánish inspiró con profundidad y sonrió un poco forzadamente. Luchó contra sí mismo para abstraerse de los negros pensamientos y contestó al Calvo.
—Solo cuando hayas visto con tus propios ojos la Joya del Turia comprobarás por qué tus ancestros admiraban Valencia. Es como una mujer. Una hermosa y altanera. La naturaleza la viste como una suave túnica vestiría a una hurí. Sus campos gozan de fertilidad por los trabajos de siglos. Almendros y frutales, inmensos cultivos de arroz y azafrán, olivos, vides... Jamás hace demasiado frío ni demasiado calor, y siempre puedes aprovechar las tardes para refrescarte con jarabe de limón o agua de horchata mientras paseas a la sombra de los naranjos o gozas del aroma a jazmín.
—Un vestido para una mujer hermosa... Buen símil —reconoció Álvar.
—Y por encima de esas ricas vestiduras, los arrabales adornan Valencia como un collar de perlas ornaría la garganta suave y delgada de una virgen. Las barcas recorren la orilla del mar y suben hasta la ciudad por el río, generoso e implacable a la vez. En la musalá nos deleitamos con juegos y justas, y gozamos de las alamedas para buscar el solaz con nuestros amigos y un buen vino, o encontramos la intimidad para el amor, al que anima mucho la noche valenciana.
»Después de arrebatar a esa dulce virgen su túnica y de despojarla de su collar, disfrutarás de su entrega en las calles abarrotadas de tiendas, mezquitas, posadas, puestos y baños, y llegarás hasta mi alcázar, en el que guardo tesoros de todo el orbe.
»Amo a Valencia doblemente, porque además de ser para mí esa virgen de piel suave y olor a azahar, es la ciudad más querida para el corazón de mi esposa favorita, Zobeyda. Mi mujer gusta de pasar el día en nuestro palacio, no muy lejos del alcázar, pero por las noches pide siempre salir de las murallas. Se ha hecho construir una pequeña munya en el arrabal de Marchalenes y acude allí para librarse de las noches de calor. Con el tiempo edificaré en su lugar un palacio digno de su belleza.
Álvar Rodríguez, amante de trovas y cantares, escuchaba embelesado las palabras de Mardánish. Aparte de algún que otro juglar extranjero, no estaba acostumbrado a que los caballeros del norte se expresaran en tales términos. Aquella forma de hablar le habría resultado cómica de no ser porque había presenciado la habilidad del rey del Sharq en combate.
—Tu esposa Zobeyda es la hija del Mochico, ¿no es así?
Mardánish logró sonreír a pesar de la pena que le embargaba por lo sucedido en Valencia. Se decía que Ibrahim ibn Hamusk debía su apellido, con el que se conocía a todo su linaje, al apodo de un antepasado suyo, cristiano a sueldo de los Beni Hud, al que le faltaba media oreja por un espadazo enemigo. La gente solía llamarle Mocho o Mochico, y aunque a Hamusk le irritaba profundamente que le recordaran el episodio, corría de boca en boca entre sus sirvientes y conocidos.
—Zobeyda no se parece nada a él —pareció justificarse Mardánish.
—Ya, perdona. Sé que vosotros no soléis hablar de vuestras mujeres. Con los cristianos no ocurre eso.
Mardánish pareció ofenderse un poco por el comentario.
—Olvida lo que crees saber acerca de nosotros. Hemos vivido demasiado tiempo bajo el yugo de los almorávides. Ahora que nos hemos librado de ellos deseamos disfrutar de la vida. Tal es nuestro carácter que solamente con él estuvimos a punto de librarnos de los camelleros africanos. Me gusta hablar de mis esposas y, sobre todo, me enorgullezco de Zobeyda. Es la criatura más bella que existe sobre la tierra. Si realmente Dios decide nuestro destino, sin duda fue Él quien quiso que la hija de Hamusk, con la que me casé para sellar un pacto de alianza, fuera una mujer hermosa e indómita. La conocerás un día, sin duda, porque, al contrario que mis otras esposas, se niega a permanecer en sus habitaciones, oculta del mundo tras una celosía. Ya su padre, irreverente hasta la saciedad, la educó como a una cristiana. Es descreída y jamás me obedece, lo que la hace más atractiva a mis ojos y, por cierto, a los ojos de los demás. No sería la primera garganta que cortara porque un hombre posase sus lujuriosos ojos sobre Zobeyda.
»Ya la verás. Mi amada tiene un cabello negro e interminable que sus doncellas cepillan varias veces al día. Gusta, como yo, de vestir al modo cristiano, y aunque cumple con el deber de la limosna de modo harto generoso, jamás se la ha visto acudir a una mezquita. Sí frecuenta los baños, todos los que puede y con mucha insistencia, pues dice que allí encuentra la calma que necesita y los afeites precisos para mantenerse joven y bella para mí. Jamás dirías que me ha dado dos hijos: Hilal y Zayda. Tiene una mirada que subyuga y el sabor de sus labios es mejor que cualquier vino. Es esbelta como una pantera y sus caderas volverían loco a cualquier hombre. Su nuca es dócil y su piel, fina, y su busto parece cincelado sobre mármol, pero cuidado: su fragilidad es falsa.
Álvar Rodríguez estaba asombrado. Lo que creía saber era totalmente contrario a lo que le estaba contando Mardánish. Pero, sobre todo, el rey del Sharq había conseguido despertar la curiosidad del Calvo acerca de semejante beldad, Zobeyda bint Hamusk.

3
La Joya del Turia
Unas semanas después. Afueras de Valencia
El verano se consumía irremediablemente. El momento de la cita señalada con el emperador Alfonso se acercaba, pero nada o poco más se había avanzado en el problema de Valencia. Mardánish había establecido su real en la pequeña munya de Marchalenes, el lugar al que Zobeyda gustaba de ir en las noches calurosas. Había ordenado a las tropas valencianas leales que completaran un círculo alrededor de la ciudad para ejercer un cerco en regla. Sin embargo, se trataba de un asedio extraño: el objeto era capturar e interrogar a todo el que consiguiera salir de Valencia y, sobre todo, evitar emisarios destinados a poner la ciudad a disposición de cualquier señor afín o no a los almohades.
La situación en el interior de las murallas no debía de ser apacible. En cuanto Mardánish ordenó colocar estandartes con la estrella de ocho puntas en lugares bien visibles desde la muralla, los valencianos atrapados en la ciudad empezaron a ingeniárselas para abandonar la trampa. La mayor parte de ellos, asustados, llegaban prometiendo que no habían servido al usurpador. Otros, los menos, pretendían ganar gloria proponiendo planes para entrar y recobrar la ciudad. Pero había un problema: en los momentos siguientes al alzamiento de Ibn Silbán, este había ejecutado a varios funcionarios del gobierno de Mardánish, y había jurado hacer lo mismo con quien no le prestara obediencia inmediata. Naturalmente, todos se habían adherido sin fisuras evidentes. Los huidos coincidían en señalar que un clima de terror recorría la ciudad; que cada vez era más difícil abandonar Valencia. Ibn Silbán contaba con adeptos sinceros, andalusíes convencidos por algunos ulemas radicales que, escandalizados por el estilo de vida que había puesto de moda Mardánish, deseaban volver al islam primordial, a las costumbres pías que, según se decía, preconizaban esos bereberes lejanos que se hacían llamar almohades.
Mardánish, por su parte, dejaba pasar el tiempo sin saber qué hacer. Pretendía solucionar la crisis con el menor número de perjudicados, porque no quería dar una razón al pueblo de Valencia para odiarle. Pero ¿cómo tomar la ciudad al asalto si una vez dentro no iba a saber quién estaba con Ibn Silbán y quién contra él?
Aparte de las soluciones peregrinas y ávidas de gloria efímera de algunos alunados, el rey del Sharq recibió otras propuestas que acabó desdeñando o que no sirvieron de nada. Un capitán de su ejército pensó en entrar en plena noche y, aprovechando su amplio conocimiento de la ciudad, buscar a Ibn Silbán y cortarle el cuello. Al despertar del día siguiente todo se presentaría como algo consumado y la normalidad volvería de inmediato. Sin embargo, Mardánish sabía que el usurpador no podía estar solo en su conspiración y temía que sus partidarios desencadenaran un baño de sangre. Otro valenciano propuso ofrecer dinero en grandes cantidades a parte de la guarnición rebelada y exigir que se volvieran contra el usurpador y sus hombres. En este caso no podía haber error, puesto que los sobornados debían de conocer de primera mano a sus compañeros de rebelión. Mardánish lo consideró y decidió probar suerte: hizo traer desde Alcira una buena cantidad de oro y consiguió entrar en contacto con algunos soldados levantiscos de los que guardaban las murallas. Establecido el pago, los presuntos sobornados se quedaron con el oro y las puertas de Valencia permanecieron cerradas. El rey del Sharq no montó en cólera solo porque sabía que el dinero gastado no saldría de Valencia, pero el que le había propuesto el plan acabó haciendo de aguador para la tropa mientras durase el asedio.
En cuanto al hermano de Mardánish, Abú-l-Hachach, encargado por aquel del gobierno de Valencia, se había limitado a ponerse a buen resguardo y observar cómo el traidor Ibn Silbán se erigía en nuevo amo de la ciudad. A nadie había sorprendido, pues todo el mundo sabía de la incapacidad de Abú-l-Hachach para hacer frente a las crisis reales. Muchos se maravillaban de que aquel inepto pudiera ser hermano de un hombre tan decidido, igual en la guerra que en la corte, como Mardánish. Álvar Rodríguez, por su parte, pasaba el día recorriendo la huerta, los arrabales, la Albufera, las playas y las alquerías. Admirando los jardines, las fuentes, los paseos y a las preciosas valencianas de ojos oscuros. Gozaba de los alrededores de la ciudad como solo podía hacerlo alguien acostumbrado a los fríos y oscuros bosques del norte y a las mujeres de tez blanquecina. En los contornos de Valencia, el Calvo cayó en una languidez que le hizo comprender en cierto modo qué había impulsado a generaciones de cristianos a codiciar aquella parte de al-Ándalus, y qué llevaba a sus dueños a defenderla con uñas y dientes.
Un día, cuando el calor ya no provocaba que los ropajes se pegaran a la piel y se podía dormir sin padecer cientos de picotazos de los mosquitos, se presentaron los emisarios del emperador Alfonso y citaron a Mardánish en la alcazaba de Lorca para dos semanas después. El rey del Sharq mandó de vuelta a los mensajeros con la confirmación de su asistencia, pero la proximidad de la cita le puso nervioso, de forma que decidió acabar cuanto antes con el engorroso problema de Valencia. Sus socios genoveses y pisanos empezaban a impacientarse: necesitaban sus oficinas de negocio dentro de la ciudad, precisaban de la actividad de los mercados y, sobre todo, temían que Valencia fuera a caer realmente en manos almohades. Con el solo hecho de que la rica ciudad saliera de la posesión de Mardánish, esos comerciantes italianos, al igual que muchos de sus colegas castellanos, mallorquines y barceloneses, perderían una gran cantidad de dinero.
Mardánish estaba a punto de ordenar el asalto y encomendarse a la suerte, pero entonces apareció por el camino de Murcia una comitiva bellamente engalanada. A su cabeza venían los guardias destinados al servicio de Zobeyda, la favorita del rey del Sharq. Cuando avisaron a este, las carretas se habían detenido a las puertas de la munya de Marchalenes. Cuatro doncellas, de escandalosa hermosura y bien ataviadas, habían creado un pasillo para la favorita, quien saludaba con cariño a los servidores del lugar. Llegaba vestida al modo cristiano, con brial encordado de color pálido, ceñidor de orifrés que remarcaba la curva de sus caderas, y un fino velo enganchado a su nuca y que colgaba hasta la cintura como simple complemento a su cabello, insolente y suelto, perfumado con aceite de algalia, salpicado de sus acostumbrados gladiolos y mecido por la brisa que soplaba desde el Mediterráneo. Un sano color cobrizo se había posado en su piel, prueba de que los días en Segura no habían transcurrido en encierro.
—Pero ¿qué haces tú aquí? —fue el destemplado saludo de bienvenida del esposo a la esposa.
—Para mí es también un placer verte de nuevo, mi señor y rey. —Zobeyda se adelantó teatralmente y cogió la mano de Mardánish, la atrajo hasta sus labios y depositó en ella un largo beso.
—Di instrucciones para que permanecieras en Segura. No solo eso: le dije a tu padre que me mandara a Abú Amir, y ni siquiera se ha acercado por aquí —se quejó Mardánish—. ¡Estoy rodeado de estúpidos y lo necesito!
—Fui yo quien retuvo a Abú Amir —confesó Zobeyda—. Sabía que si él partía sin mí, yo me quedaría en Segura hasta tu vuelta. Me ha costado mucho convencer a mi padre para que me permitiera marchar, pero no puedo dejar que Valencia sufra. Por eso he venido personalmente. Abú Amir viene conmigo.
—No quieres que Valencia sufra y por eso vienes. No te entiendo.
—¿Cómo es que todavía no has reducido la ciudad? —preguntó ella.
—No sé cómo hacerlo sin desatar una matanza. Entre los que resisten dentro los hay que me han traicionado, pero también hay muchos, la mayoría, que siguen allí por miedo. No puedo saber quiénes son unos y otros. Al principio desertaron soldados y escapó gente por los postigos, pero ese desgraciado de Ibn Silbán debió de darse cuenta y aumentó la vigilancia. Los últimos en salir dijeron que varios valencianos habían sido prendidos al intentar huir; el traidor Ibn Silbán los decapitó y colgó sus cabezas sobre cada puerta y portón de la ciudad. Ha arriado mis estandartes y declara que ha abrazado el Tawhid. Sé que en las oraciones de las mezquitas se proclama el nombre de Abd al-Mumín. Ese perro ha empezado su propia purga, reduciendo a prisión y ejecutando a quienes otros traidores como él han denunciado por su tibieza religiosa o malas costumbres. Cuando entre en Valencia, ¿qué veré? ¿Cómo sabré quién es un alevoso y quién está muerto de miedo?
Abú Amir, que se había acercado mientras Mardánish desgranaba sus penas, escuchó con atención y tiró de su barba al tiempo que se mordía el labio inferior.
—Está claro que la solución ha de llegar desde dentro —opinó.
Todos guardaron silencio. En ese instante apareció Álvar Rodríguez y, aunque ignoraba lo que sucedía, supo de inmediato que aquella mujer que discutía con Mardánish no podía ser otra que la famosa Zobeyda bint Hamusk. El Calvo vaciló un instante, pues estaba convencido de que las esposas musulmanas no podían dejarse ver ante extraños; pero cayó de inmediato bajo el hechizo natural de la mujer y se adelantó, clavó la rodilla en tierra e inclinó la cara hacia el suelo. En sus retinas grises se habían grabado las negras pupilas de Zobeyda y un extraño cosquilleo le corría ahora por la espina dorsal. Aquella mujer era como las que cantaban las trovas llegadas de más allá de los Pirineos. Las damas por las que los guerreros se sometían y partían en busca de reliquias imposibles. Era como si cada poema recitado por los juglares en Toledo, en Burgos o en León cobrara sentido.
—Mi señora Zobeyda, permite que rinda aquí y ahora la pleitesía que se te debe. Soy Álvar Rodríguez, hijo del conde de Sarria, señor de Meira, vasallo de Alfonso de León y desde ahora tu siervo. Dispón de mí como gustes.
Zobeyda sonrió encantada ante la presentación de aquel titánico caballero. Sus ojos brillaron de admiración al descubrir el rostro enmarcado por la mandíbula cuadrada, los ojos fieros y aquel gesto cuya fuerza despedía un atractivo animal. Su cabeza no tenía un solo pelo, lo que en lugar de desmerecer su apostura la incrementaba, y sus hombros eran tan anchos que no habría podido esconderse tras un caballo. En cuanto a Mardánish, después de lo que el emperador Alfonso le había contado, no le extrañó semejante presentación por parte del guerrero cristiano. Cuando el Calvo se puso en pie, Zobeyda miró hacia arriba asombrada.
—El caballero Álvar Rodríguez está aquí como amigo y aliado mío —explicó el rey del Sharq—. Es un luchador excelente, pero de poco me sirve su habilidad si no hay forma de hallar quién es el enemigo real dentro de Valencia.
Ella asintió, pero se abstuvo de dirigirse directamente a Álvar. Un súbito vahído de vergüenza la asaltó y pidió permiso para retirarse al interior de la munya, lo que hizo seguida de inmediato por su corte de doncellas, casi tan hermosas como la propia Zobeyda. Una de las jóvenes era una eslava de piel muy blanca y cabellos rubios; la segunda, una persa de voluptuosos encantos; la tercera, una bellísima negra de mirada felina, y la última parecía una cristiana pelirroja. El Calvo, entusiasmado por el desfile de preciosidades, estrechó la mano que le ofrecía Abú Amir. El andalusí habló admirado:
—El señor de Segura nos habló de tus hazañas ante las murallas de Jaén, pero no podíamos imaginar que estuviera hablando de un gigante auténtico...
—Abú Amir —Mardánish recuperó su gesto hastiado—, has desobedecido mis órdenes y, por añadidura, traes contigo a Zobeyda. Mi generosidad tiene un límite y tú te empeñas en traspasarlo.
—Te pido perdón, mi señor, pero ya sabes que es imposible negar nada a tu favorita. Recibí tus órdenes de boca de Ibrahim ibn Hamusk, que viva largos años, pero tu amada me prohibió abandonar Segura sin ella. La bella Zobeyda ha pasado medio verano tejiendo sus redes, como tú sabes que acostumbra, para convencer a su padre de que la dejara marchar. Intenté hacerle ver que era imprudente, que conseguiría enojarte. Incluso le propuse viajar a Murcia para ver a los pequeños Hilal y Zayda, que llevan ya meses sin sentir el calor de su madre. Al final, y en mi afán de cumplir cuanto antes, yo mismo colaboré con ella para que Hamusk se convenciera y pudiera venir a reunirme contigo. Castígame como merezco, mi señor, pero sé comprensivo.
—Ah, basta de palabrería. Debo salir de inmediato para Lorca porque he de reunirme con el emperador. —Mardánish palmeó en el hombro al Calvo—. Quédate si lo deseas, amigo mío, y cuida de que todo se haga como corresponde. Informa a mi hermano Abú-l-Hachach de cualquier pormenor, pero no esperes que él te saque de apuros. En cuanto a ti —señaló a Abú Amir—, te encomiendo de nuevo el cuidado de mi esposa: que no haga ninguna otra tontería. Mejor aún: que no abandone esta munya hasta mi regreso. Y piensa cómo expugnar Valencia sin que el Turia se desborde de sangre. Cuando vuelva de Lorca, tengas o no la solución, forzaré las puertas de la ciudad y la tomaré. Está decidido.
Otoño de 1151
Zobeyda dejó pasar poco tiempo. El justo para que el frescor que volaba desde los montes entrara en Valencia y las hojas empezaran a caer para alfombrar las alamedas de rojo y ocre. Aunque al principio se guardó de buscar complicaciones a Abú Amir, pronto dejó de resistirse a su impulso natural: abandonó en solitario la munya de Marchalenes para pasear descalza por la orilla del Turia, ligeramente recrecida con las aguas que caían sobre las sierras del interior.
—¡Oh, habitantes de al-Ándalus, qué suerte tenéis: agua, sombra, ríos y árboles!
Zobeyda sonrió al reconocer la voz de Abú Amir. Se mordió el labio inferior hasta que recordó la continuación del verso.
—El paraíso eterno solo está en vuestro país; si yo pudiese escoger, con este me quedaría...
—No temáis entrar en el infierno, pues ello no es posible después de haber estado en el paraíso —completó el erudito maestro.
—Es uno de mis poemas favoritos —reconoció ella.
—Por supuesto. Casa muy bien con tu temperamento. Desobedeces a tu marido como solías hacer con tu padre, ignoras toda norma y buscas el abrazo de la vereda arbolada y el arrullo del Turia. —Abú Amir señaló las murallas de Valencia, al otro lado del río—. Ahí está tu paraíso.
Zobeyda aspiró con avidez el aroma de las violetas de Persia que una brisa repentina le llevó, posiblemente desde alguno de los jardines cercanos al arrabal de Marchalenes.
—No entiendo cómo ese Ibn Silbán y sus seguidores son capaces de ignorarlo. ¿Y cómo pueden desconocerlo los propios almohades? ¿Qué pretenden? ¿Que renunciemos a todo esto por sus absurdas normas? ¿Habría querido Dios, sea quien sea, que pusiésemos un velo ante nuestros ojos para no ver toda esta maravilla? ¿Para qué crear tanto placer si no se puede disfrutar de él?
—Que no te oigan hablar así o tendrás problemas —advirtió el consejero—. Y yo también los tendré, puesto que...
—... puesto que no hago sino repetir tus enseñanzas y tu propia filosofía.
—No todos ven el mundo como tú y yo, niña.
Ella volvió a inspirar y cerró los ojos para concentrarse en sus otros sentidos y atrapar cada pequeña brizna de esencia traída por el viento. Las hojas levantaron un murmullo al arrastrarse; creaban el contrapunto perfecto para el correr del agua en el Turia, y la brisa resbalaba sobre la piel tersa y cuidada de la joven hasta arrancarle un estremecimiento.
—¿Qué crees que pasará? —Zobeyda volvió a contemplar las murallas de la ciudad.
—Si perdemos Valencia, todo se vendrá abajo. —Abú Amir recorrió también con la mirada la línea pétrea de las defensas al otro lado del río—. No precisamente por los almohades, que son lentos hasta la exasperación. Tu esposo debe conseguir pronto la sumisión de la ciudad o el príncipe de Aragón tendrá la excusa perfecta para descender desde sus dominios y conquistar Valencia. Es un deseo que ha latido en la sangre de los aragoneses desde hace generaciones. Si cae Valencia, todo lo que queda de la Marca Superior se vendrá abajo a continuación. Mardánish no podrá resistir semejante pérdida aunque la resplandeciente Murcia siga en su poder.
—Eso no responde a mi pregunta. Quiero saber qué pasará según tú.
—Tu esposo piensa como yo, así que luchará por todos los medios para recuperar Valencia. Cuando regrese de Lorca entrará a sangre y fuego en la ciudad. Ese loco de Ibn Silbán no se someterá, a juzgar por cómo se ha comportado hasta ahora, luego la pérdida de vidas será espantosa. Después, a Mardánish no le quedará otro remedio que limpiar la ciudad para expulsar todo foco de rebelión, tal como se dice que hacen los almohades en África. Las pérdidas sumirán a Valencia en la tristeza... Pero siempre es mejor eso que pecar de pasividad y dejar que Ramón Berenguer se enseñoree de la Joya del Turia.
Zobeyda bajó la mirada y removió con sus delicados y desnudos pies algunas de las hojas que alfombraban la ribera. Su piel, tostada por el sol mediterráneo y adornada con motivos de alheña, se entremezcló con el ocre amarillento del lecho otoñal.
—No es posible que los rebeldes ignoren todo eso. Su motín no puede prosperar. Por eso no consigo explicarme qué los mueve a empecinarse.
—Es el miedo, niña —explicó Abú Amir con su siempre cadenciosa y grave voz, perfectamente modulada—. Si se es lo bastante persuasivo, cualquiera puede convencer a cualquiera de que todas estas maravillas son en realidad tan efímeras como el brillo de una chispa en medio de un incendio, y entonces habrá sembrado el temor. Los crédulos temen los tormentos a que serán sometidos por Dios, que les exige una corta vida de sacrificio, de martirio, a cambio del eterno premio del paraíso. Los placeres mundanos que tanto aprecias son para ellos la perdición, un breve instante de felicidad que no puede compararse con la eternidad en el vergel divino. Esos —Abú Amir señaló a las siluetas de los centinelas de Ibn Silbán, recortadas en lo alto de los adarves valencianos— están coaccionados por ese miedo. Algunos de ellos, seguro, lamentan no disfrutar de los placeres terrenales, pero otros admitirán de grado su abstinencia, pues dice el Libro que los verdaderos creyentes son aquellos cuyos corazones están penetrados de terror cuando se pronuncia el nombre de Dios. Unos y otros, sin embargo, ignoran que en realidad sus amos ansían el poder, que no sucumben de terror al articular el nombre de Dios y que no solo no renunciarán a los gozos del mundo, sino que se revolcarán en ellos como el cerdo se revuelca en la inmundicia.
—¿Y no se dan cuenta los crédulos de la ambición que mueve a quienes los guían?
—Ah, tanto los almohades como Ibn Silbán y el resto de los fanáticos y parásitos saben alentar a sus tropas: para ellos nosotros somos infieles y pecadores. Poned pues en pie a todas las fuerzas de que dispongáis y escuadrones fuertes para intimidar a los enemigos de Dios y a los vuestros. Todo lo que hayáis gastado en la senda de Dios os será pagado. Está escrito. Y es fácil y rentable saber usar el miedo, niña.
Zobeyda apretó los puños sin dejar de mirar a Valencia por sobre la senda líquida que separaba el arrabal de la ciudad.
—Mi esposo te ha encomendado que idees una forma de salvar Valencia de la destrucción. ¿Qué propones?
Abú Amir negó con la cabeza, apesadumbrado por la dificultad de aquella misión.
—Es muy difícil, niña. Me he informado: ese tal Ibn Silbán es un tipo con carisma. Hacerse con Valencia le resultó tan fácil como encaramarse a un puesto en el mercado y empezar a dar voces prometiendo las llamas del infierno a quien no se sometiera a las leyes inmutables de Dios. Sus hombres, varios soldados de confianza llegados desde la Marca Superior tras el desastre de Tortosa y Lérida, prendieron y masacraron a los funcionarios de confianza de Mardánish y se encomendaron al califa almohade. Mucho es lo que se cuenta de Abd al-Mumín, de cómo extermina tribus enteras en África y de cómo extiende el Tawhid, degollando a quien no se reduce. Arreglar esto precisa de usar esas mismas armas. Alguien con tanto carisma o más que ese usurpador debe convencer a los indecisos de que la muerte no les llegará desde la ira de Abd al-Mumín, sino que será el propio Mardánish quien se verá obligado a entrar a punta de espada en Valencia, y que el rebelde Ibn Silbán opondrá un escudo humano inmenso a la furia de tu esposo. Si no es así, Ramón Berenguer será quien entre en la ciudad, y a él poco le importará que los valencianos sean más o menos creyentes.
»Pero no conozco a nadie que pueda convencer de tal modo. Tu esposo ha perdido influencia desde que se dejó arrebatar las ciudades del norte por el príncipe de Aragón. Muchos de los que hoy viven en Valencia son vencidos de esas batallas, emigrados de Lérida, Fraga, Mequinenza y Tortosa.
—¿Y tú? —Zobeyda le apuntó con la barbilla—. Eres célebre por todo el Sharq gracias a tu habilidad con la palabra. Has vencido a ulemas y alfaquíes y les has hecho tragar sus argumentos; por si fuera poco, eres de Tortosa: uno más de los huidos de la Marca Superior.
Abú Amir hizo un gesto de desdén.
—Mi fama de orador es superada por la de libertino. Todo el mundo sabe que me doy al placer del vino sin mesura; que no considero una indignidad permanecer soltero a mis años, sino que alardeo de ello; que a pesar de todo disfruto de infinidad de tálamos; y hasta se dice, no sin razón, que no acudo a las mezquitas, sinagogas e iglesias a rezar, sino a reírme de los candorosos que malgastan sus vidas implorando la muerte. No. Quien deshaga lo hecho por Ibn Silbán ha de ser alguien que inspire confianza, incluso amor, y que sepa lanzar contra el rebelde sus propios argumentos. ¿Tú conoces a alguien así?
La mujer reflexionó unos instantes.
—Hay que hacerlo —concluyó al fin—. Veremos si encontramos a ese alguien. Por de pronto necesitaremos información. Hemos de saber dónde están los fieles a Ibn Silbán.
—Hay gente que escapó de Valencia después de que él se hiciera con el poder. No creo que sientan muchas ganas de volver después de las ejecuciones, pero si se les ofreciera una recompensa...
Zobeyda asintió con firmeza.
—Quiero ver hoy mismo a los más avispados de quienes escaparon de Valencia. Necesito a gente que sepa reconocer a Ibn Silbán y a sus partidarios, y también a quienes se adhirieron a él tras las ejecuciones. Debo saber quién le sigue por convicción y quién por miedo. También preciso de gente que conozca las poternas más discretas, que sean capaces de moverse con discreción... Y es necesario que me cuentes todo lo que sepas acerca de esos fanáticos almohades, de sus métodos, de su forma de vida. De su doctrina... Ese Tawhid.
—Pero ¿qué dices, niña? No te obedeceré, por supuesto —atajó Abú Amir con media sonrisa—. No quiero que tu esposo me mande despellejar cuando regrese de Lorca. Sus órdenes no incluían que tú urdieras un plan para recuperar Valencia. Además, está su hermano Abú-l-Hachach...
—Olvida a mi cuñado Abú-l-Hachach, tan medroso que ni siquiera he visto su cara desde que llegué. Y en cuanto a ti, claro que obedecerás, Abú Amir. Imagina asistir al regreso de Mardánish y tener que decirle que te desentendiste y dejaste que su favorita, en solitario, idease un plan para recuperar Valencia. —Zobeyda imitó el gesto irónico de su maestro—. Nada puede salir mal. Tú mismo lo has dicho: la pérdida de la ciudad acarrearía tarde o temprano la caída de todo el reino. Además, no debemos tener miedo. Si nuestro reino fuera a hundirse, la bruja Maricasca estaría en un error. Y ella nunca falla.
Unos días después. Ciudad de Valencia
La media luna lucía en todo su esplendor dominando un cielo estrellado, y una tenue cortina de humedad hacía temblar cada lucero sobre la ciudad dormida. Varias sombras oscuras se deslizaban sigilosas por las callejas prietas y apagadas de Valencia. Guiadas con seguridad, se alargaban en una fila serpenteante que evitaba todos aquellos angostillos a medio iluminar por el astro de la noche. La callada comitiva había atravesado el cementerio cercano a la Puerta de la Culebra y, tanteando la muralla en la media negrura de la noche, había dado con una poterna cubierta de hiedra que los amantes furtivos solían usar para citarse a escondidas junto a las tumbas. Aquel lugar, desconocido para los rebeldes procedentes de la Marca Superior, había visto salir a no pocos evadidos de Valencia, huidos para no quedar bajo el cetro del traidor Ibn Silbán y la insoportable doctrina del Tawhid.
En cualquier otro momento del año, en una Valencia libre y despreocupada, el olor a pan recién cocido inundaría cada rincón, y los más madrugadores recorrerían ya las callejas para acudir a las huertas próximas o abrir sus puestos. Ahora, en cambio, solo se podía oler el miedo. Así, con la tensión agarrada a cada fibra, la fila de furtivos dio un rodeo para evitar la mezquita aljama y se plantó a una calle del alcázar. El que parecía hacer de guía se dejó relevar y otra figura, enlutada como el resto, se aproximó a una esquina y se asomó con cuidado, observando a los guardias armados que protegían la entrada principal del palacio, frente a la amplia plaza que separaba el alcázar de la gran mezquita. Zobeyda bint Hamusk retiró suavemente la capucha negra que cubría su cabeza y se fijó en los estandartes blancos repletos de leyendas coránicas que adornaban las torres del alcázar. Ibn Silbán había sustituido las banderas negras con estrellas de ocho puntas para gritar a los cuatro vientos su adhesión a los almohades. La favorita se volvió con la rabia titilando en sus ojos negros.
—¿Cuándo es el maldito cambio de guardia? —preguntó a una de las figuras embozadas.
—Enseguida. Justo antes de la oración del alba —respondió una voz masculina.
Otra de las siluetas, la más voluminosa de todas, abandonó su lugar a la cola de la comitiva y se acercó hasta la esquina que ocupaba Zobeyda.
—¿Cómo podemos estar seguros de que todos los guardias del exterior nos prestarán oídos? —La voz de Álvar Rodríguez, aun en susurros, se impuso hasta hacer temer a todos los visitantes furtivos que alguien los oyera—. ¿Y si han cambiado sus costumbres desde que los evadidos salieron de Valencia?
—¿Por qué iban a cambiarlas? —opuso Zobeyda sin dejar de mirar a la puerta del alcázar, asomando apenas la cabeza—. Conforme pase el tiempo, Ibn Silbán se sentirá más temeroso de ser traicionado. Sé lo que se sufre en su posición porque vivo con un rey. Ha procurado que dentro del alcázar permanezcan sus fieles y se asegura de que aquellos en quienes no confía plenamente monten guardia en el exterior. Es lo lógico. Al mismo tiempo, esos guardias de la puerta tienen que estar percibiendo cómo el traidor erige una muralla de miedo para unirla a esa otra de piedra. La usa para separarse a sí mismo y a los suyos del resto de Valencia. Que te lo explique Abú Amir, pues por lo visto es lo que hacen siempre los almohades.
El Calvo se dio la vuelta e interrogó con la mirada a otro de los furtivos agazapados y vestidos de negro. Abú Amir gruñó por lo bajo antes de empezar a hablar, demostrando que le contrariaba sobremanera que él, que distaba mucho de ser un hombre de acción, hubiera sido arrastrado por Zobeyda a aquella aventura que no podía salir bien por mucho que la bruja Maricasca profetizase y hechizase. Empezó a recitar todo lo que había aprendido en los días previos sobre aquellos fanáticos africanos.
—Los almohades se reúnen en las ciudades a las que someten y viven separados por muros. Procuran hacerse con las alcazabas o las partes mejor defendidas y allí instalan a todos sus funcionarios, a los gobernadores, a los temibles talaba, a los hijos de estos y a los demás: alfaquíes, jeques, ulemas... Dibujan un círculo dentro del cual están ellos, y dejan a todos los demás fuera. Imitan ese círculo en todo lo que hacen. El califa se rodea de lo que llaman el Consejo de los Diez, y creen que todos los hombres del mundo deben servir como esclavos a esos elegidos. Zobeyda no deja de tener razón: el propio Abd al-Mumín se encargó de eliminar a quienes podían representar un obstáculo para la consolidación de su poder en África. Sin inmutarse. Y eso que algunos de ellos incluso eran familiares suyos. La situación de Ibn Silbán es aún más angustiosa, pues está rodeado de enemigos y el auxilio que espera es poco menos que la sombra de una ilusión.
—Atención. —La favorita alzó una mano para detener la charla y exigir que el grupo se preparase—. Llega el relevo de la guardia.
Álvar el Calvo movió su brazo bajo el manto negro y agarró la empuñadura de su espada, especialmente forjada para él y adecuada a su gran tamaño y fuerza. La hoja se desnudó apenas unas pulgadas y el bravo guerrero murmuró una queda oración cuyas palabras habían perdido el sentido a fuerza de ser repetidas.
Un capitán de la guardia apareció a la cabeza de una columna doble de lanceros, doce guerreros equipados con cotas de malla y grandes escudos rectangulares. El paño blanco que envolvía sus yelmos cónicos se extendía también y velaba sus rostros en el frío de la madrugada, lo que les daba un aspecto fiero. Venían desde el sur de la ciudad. Tal vez desde uno de los cuarteles improvisados fuera del alcázar. Marcaban el paso impecablemente, y los centinelas cambiaron sus gestos de agrio aburrimiento por la alegría del guardián que se dispone a ser relevado. En unos instantes, apareció el capitán de servicio saliente y se encaró con el entrante, cambiaron las consignas y comentaron la ausencia de novedades durante la noche. En poco tiempo, ambos capitanes recorrerían los puestos cambiando a cada centinela, y todo el grupo saliente abandonaría el perímetro del alcázar con paso rápido a pesar del agotamiento de la trasnochada. Era el momento señalado. Zobeyda, audaz como un leopardo, echó con ambas manos hacia atrás su manto negro para hacerlo caer a su espalda y dobló la esquina. En la quietud de los instantes previos a la amanecida, su movimiento alertó a todos los guardianes, entrantes y salientes, que se quedaron pasmados ante aquella aparición.
Zobeyda disimuló su respiración entrecortada por el miedo; clavó sus negros ojos alternativamente en ambos capitanes, con los párpados teñidos con kohl para dar mayor profundidad a una mirada que ya de por sí era un abismo imposible de evitar. Caminaba decidida, con un cadencioso tintineo al hacer vibrar los brazaletes que ornaban sus muñecas y tobillos. Había recogido su pelo negro en dos largas trenzas y cubierto estas con un velo que, no obstante, volaba tras ella incapaz de alcanzar la ligereza de su dueña. Dejaba tras de sí un perfume que se mezcló de inmediato con el frescor de la madrugada. Sus ropajes ocultaban toda su piel excepto la cara y las manos, pero no podía evitarse que el tejido se adhiriera a su cintura. Álvar Rodríguez admiró extasiado cómo Zobeyda contoneaba las caderas con cada uno de sus firmes pasos. Aspiró con fuerza el aroma de la mujer y su mano se relajó sin querer sobre la empuñadura de su espada. Abú Amir sonrió, aun muerto de miedo, al ver la reacción del cristiano. Los guardias permanecían paralizados. Incluso los dos centinelas salientes del portón, cansados por toda aquella noche en vela a sus espaldas, creyeron ser testigos de la aparición de un ángel. Durante aquellos días de motín, la famosa censura almohade de las costumbres había llegado con fuerza y todas y cada una de las mujeres atrapadas en Valencia debían velar su rostro, enclaustrarse y salir de casa solo en caso estrictamente necesario. Fuera había quedado la moda mardanisí, con todas aquellas doncellas destocadas y provocativas paseando por el mercado o acudiendo despreocupadas a los baños, con los ulemas escandalizados y las tabernas repletas de buen vino.
El capitán del relevo acertó a dar un par de pasos y entornó los ojos cuando Zobeyda abandonó por fin las penumbras al aproximarse a los hachones que iluminaban la entrada del alcázar. El hombre reconoció en los rasgos de la mujer la belleza por todos tan admirada. En cualquier otro tiempo, en cualquier otro lugar, un simple soldado jamás habría podido reconocer a una esposa del rey, guardada en el harén como el más preciado tesoro. Pero en el Sharq al-Ándalus de Mardánish se había roto con los viejos tabúes.
—Mi... Mi señora Zobeyda —balbuceó—. ¿Qué...?
Ella se plantó ante el capitán y sonrió como si acabara de hallar a su hermano tras una larga ausencia.
—Esforzado soldado valenciano, veo que me has reconocido. Sí, soy Zobeyda, esposa de tu señor Mardánish, y vengo a reclamar tu servicio como súbdito y como fiel guerrero del Sharq. Estoy desvalida, amigo mío, y me acojo a tu protección. Dime: ¿oirás mis súplicas o me entregarás al traidor Ibn Silbán?
El capitán, visiblemente nervioso, miró al resto de los presentes y, al encontrar en sus rostros la misma estupefacción, se dejó atrapar de nuevo por el hechizo negro de los ojos de Zobeyda.
—¿Qué... suplicas, mi señora?
—¿Cómo te llamas, amigo mío? —preguntó ella sin dejar escapar al hombre de su influjo—. Dime tu nombre para que sepa quién va a ser mi campeón.
—Abú Marwán... Me llaman Abú...
—Bien. —Zobeyda sentía que el sudor mojaba las palmas de sus manos y oía el tamborileo de su corazón, que quería abandonar el pecho—. Noble Abú Marwán, suplico tu amparo para que la sangre no inunde Valencia y yo misma no sufra la muerte hoy mismo.
»Escúchame. Escuchadme todos, soldados de Valencia: el traidor Ibn Silbán ha arrebatado la ciudad a su legítimo dueño, mi esposo, para entregársela al cabrero africano Abd al-Mumín. Yo, que soy una de vosotros por la voluntad de Dios, he visto prosperar Valencia bajo la dirección de Mardánish, he oído las risas de vuestros hijos cuando juegan en sus calles, he olido el aroma del pan recién horneado en sus mañanas y el de la flor del jazmín en sus noches. Cuando Mardánish fue elevado al gobierno del Sharq, cesaron años de guerras y rebeliones, concluyeron las muertes y todos pudimos al fin tener nuestra porción de felicidad. Los cristianos no nos molestan ya, pues aquellos que no nos temen por nuestro poder nos aprecian por nuestra amistad. Un solo peligro amarga nuestros sueños: los almohades.
»Los almohades, a quienes ninguno de vosotros ni yo misma hemos visto aún, llegan de lo más abrupto de las montañas africanas, de sus más profundos desiertos, donde han forjado a fuego un gobierno miserable que dominan a golpe de látigo y tajo de espada. Los hombres de Marrakech o Tinmal no son libres: son los esclavos de Abd al-Mumín, criados en tan insufrible miseria que anhelan el martirio en la creencia de que así, muertos, hallarán mayor placer que en vida. Y yo os digo que en poco se equivocan, pues ¿no es mejor estar muerto que ser un esclavo sin otro fin que dar gloria al cabrero africano Abd al-Mumín? Y también os digo, sin embargo, que si esos esclavos de piel oscura supieran en qué paraíso vivimos nosotros, afortunados, abandonarían a ese tirano y correrían a abrazarnos y a prometernos amistad. En lugar de eso, atenazados por el miedo y la ignorancia, ¿sabéis lo que hacen? Acarrean consigo permanentemente una bolsita con arena de su desierto pedregoso para que, cuando llegue el cercano momento de su muerte, los sepulten bajo su propia tierra. Dime, amigo Abú Marwán, ¿cambiarías tú el tacto de la piel de una valenciana por el de una roca en lo más profundo del desierto africano? ¿Opinas que será mejor esperar con ansia la muerte para poder gozar del paraíso, o alargar cada momento de vida en Valencia para disfrutar de sus innumerables placeres? ¿Entregarás la Joya del Turia a un cabrero ignorante para que arrase cada jardín, cada palacio, cada huerto... y erija en su lugar un cementerio lleno de tierra africana?
El capitán se removió incómodo en su loriga.
—Pero, mi señora..., Ibn Silbán asegura que Abd al-Mumín, el príncipe de los creyentes, llegará de todas formas; su poder será incontenible, mucho mayor que el de todos los reyes cristianos juntos. El filo de su espada caerá sobre todos aquellos que no se hayan sometido a él, pues el mismo Dios, alabado sea, es quien ha determinado que el príncipe de los creyentes...
—¡Hablas como uno de esos fanáticos, amigo Abú Marwán! —Zobeyda puso una mano sobre el hombro del capitán, lo que tuvo el efecto esperado de doblegar un poco más su resistencia. Ella era consciente no solo del influjo de su belleza, sino también del aura que su persona transmitía como esposa favorita de Mardánish—. El poder de ese príncipe cabrero es el miedo. Si cada uno de sus esclavos pudiera despojarse de la costra de espanto, nada le impediría volar libre. ¿Cuál sería entonces el poder incontenible de Abd al-Mumín? ¿El respaldo de los pocos cobardes que hubieran sido incapaces de curarse de su terror? Pero, óyeme, frente a él tendría a todo un ejército de hombres valientes dispuestos a defender su tierra. Más te digo, y lo hago con la fuerza de la razón que el Tawhid desprecia: si todos los muertos por la espada de Abd al-Mumín de entre sus propios seguidores pudieran levantarse, formarían un ejército mucho mayor del que jamás reunirá con sus acólitos vivos y dispuestos al martirio.
—No hace falta que los almohades lleguen hasta aquí —intervino el otro capitán, cuyo sopor se había despejado de repente, aunque dos bolsas violáceas colgaban bajo sus ojos—. Ibn Silbán amenaza con decapitar a quienes le traicionen y reducir a la miseria a sus mujeres e hijos. La vida de los míos está en sus manos y no la cambiaré por esas bonitas palabras.
Zobeyda se encaró con el inconformista, a todas luces mucho más correoso que el tal Abú Marwán. Su mirada no estaba subyugada por la belleza femenina, sino por el miedo al Tawhid. Miedo. Tal vez contra aquel escudo fuera mejor usar esa misma arma.
—Y dime, prudente capitán, ¿quién se tomará la venganza sobre tu familia una vez que el tirano Ibn Silbán y sus compinches hayan desaparecido?
El guerrero bajó la cabeza, guardó silencio y calibró la respuesta que debía dar a Zobeyda. Los demás guardianes, por su parte, murmuraron entre ellos. Una tenue claridad empezaba a teñir de turquesa el cielo por levante, la brisa fría se levantó y arrastró algunas de las hojas muertas que tapizaban los jardines de Valencia.
—Los fieles a Ibn Silbán están dentro. —Abú Marwán señaló al alcázar—. Pero algunos de sus hombres viven entre nosotros, por toda Valencia. Vigilan día y noche.
—¿Sabéis quiénes son? —Zobeyda no disimuló el tono rabioso.
—Sí, claro. Sus fortunas han aumentado desde que Ibn Silbán se hizo con el gobierno mientras que los demás nos empobrecemos. Además, gustan de alardear de su nueva posición y atemorizan a todos con la amenaza de una denuncia.
—¿Y acaso no gustarán también de mostrarse como fieles creyentes en el Tawhid, dignos de ser llamados ellos mismos almohades?
—Por supuesto. Y algunos andan por ahí con varas y azotan a quienes ven incumpliendo alguna de las leyes de Dios. Mi propia esposa fue fustigada en el mercado el otro día por andar medio develada —aseguró uno de los soldados, animado por la seguridad que mostraba Zobeyda.
—Muy bien —continuó ella—. ¿Acaso no es hoy viernes?
Todos asintieron. El capitán inconformista fue el último en hacerlo, pero señaló a la cercana aljama. Comprendía lo que insinuaba la favorita del rey.
—Hoy, cuando el sol luzca bien alto, estarán todos vestidos con sus mejores galas en la mezquita.
—Entonces tenemos tiempo. —Zobeyda alzó la barbilla y paseó su mirada por la de cada uno de los soldados—. Haced el cambio de guardia, como de costumbre, y todos aquellos que os disponíais a dormir en vuestros hogares, manteneos despiertos para recobrar la libertad y curar a vuestras familias de la amenaza que pende sobre ellas. Buscad a vuestros compañeros y amigos, armaos y acudid aquí para la jutbá, cuando todos los traidores estén reunidos en la mezquita aljama para mostrar su adhesión a Ibn Silbán. El resto de vosotros, de guardia en el alcázar, procurad que nadie entre ni salga cuando el imán esté dando sus alaridos en el mimbar.
Uno de los soldados, que lucía una barba incompleta y canosa, salió de entre las filas y se adelantó escandalizado.
—¿Deseas, mi señora, que entremos armados a la mezquita un viernes en plena jutbá? Dios no tendrá piedad del que cometa semejante sacrilegio. Y además, ¿cómo es que tú, una mujer, viene hasta nosotros para ordenarnos irrumpir en un lugar sagrado y ofender a personas principales? Más aún: ¿para qué levantarnos contra Ibn Silbán si después tu esposo nos prenderá por haber prestado obediencia al rebelde?
Los propios capitanes miraron al soldado y reprobaron sin palabras su intromisión y, sobre todo, el tono con el que acababa de dirigirse a Zobeyda.
—Es el momento de decidir, guerrero —le intimidó ella con su mirada—. Si la espada de los traidores es el miedo y su defensa es la fe, aplastemos su defensa y arranquemos esa espada de sus manos muertas. Hoy, a mediodía, Valencia será libre y nada tendrán que temer vuestras familias.
»Yo, una mujer, te lo mando, sí. Pero recuerda que esta mujer se ha atrevido a entrar en Valencia arriesgando su cuello mientras que tú, un hombre, no has sido capaz por ti mismo de liberar a los tuyos y salvar tu piel. En cuanto a Dios, ensalzado sea, Él, perfecto y misericordioso, fue quien colmó Valencia de dones que acarician el espíritu y los puso en nuestras manos, mientras que tu amada mezquita es obra de hombres como tú, imperfectos y temerosos. Ocultar el jazmín y el azahar de Valencia con tierra del desierto para alojar el cadáver corrupto de un cabrero es el mayor sacrilegio: es manchar los dones de Dios para erigir los vergonzosos tributos humanos a su propio orgullo. Por lo demás, te garantizo que nada te sucederá si muestras ahora fidelidad a Mardánish. Necesito saber, pues, si cumpliréis mi ruego.
Abú Marwán asintió mientras apretaba los puños. Poco a poco fue imitado por todos los demás. El último en hacerlo fue el de la barba canosa. Zobeyda se acercó a él y le obligó a mirarla a los ojos. Abú Marwán habló a su espalda:
—Mientras el imán dirija su discurso a los fieles, entraremos y prenderemos a Ibn Silbán y sus acólitos.
—Y yo, una mujer, irrumpiré en plena jutbá con vosotros para demostraros, sobre todo a ti, amigo mío —se dirigió Zobeyda al receloso soldado de barba entrecana—, que la señora de Valencia no esquiva el peligro y que se enfrentará tanto a la fe como al miedo de esos fanáticos.
Unos días después. Lorca
La alcazaba de Lorca, al igual que la de Jaén, dominaba un cerro a cuyos pies se extendía la medina, amurallada y perfectamente pertrechada. La ladera rocosa obligaba a extender los muros a su capricho, pero al mismo tiempo convertía el otero en un lugar casi inexpugnable. Era imposible no enamorarse de aquella filigrana de piedra y dejar de admirar su recia hermosura, enriscada y orgullosa, que dominaba tanto las serpientes escarpadas que corrían hacia norte y sur como la fértil llanura de al-Fundún, plagada de higueras, olivos y manzanos, bien regada por el Guadalentín y cruzada por un laberinto de acequias. Lorca era, como otras muchas ciudades del Sharq al-Ándalus, un inexpugnable tesoro. El Egipto de occidente, regado por su propio Nilo. El guardián meridional del reino de Mardánish.
Dos días llevaba ya allí el de León, reunido con el rey del Sharq para tratar el asunto de Guadix, que tanto interés despertaba en el emperador. Alfonso, sabedor de que la mente de su aliado estaba lejos, en la levantada ciudad de Valencia, no quería apabullar a Mardánish con odiosas y largas sesiones oyendo propuestas de la curia o planes de batalla de los señores castellanos. Sin embargo, al tercer día, fue el mismo rey del Sharq quien consideró que ya había terminado el plazo de la charla amigable y trivial, obligatoria antes del tratamiento de los negocios de interés. Apenas probaba bocado en los banquetes que se ofrecían a los cristianos, pues no dejaba de pensar en los trastornos que le ocasionaría la pérdida definitiva de Valencia. De modo que aquella mañana, tras presentarse ante el emperador para desayunar con él, abordó sus preocupaciones con firme determinación.
—Mi señor, está de más que tenga secretos con vos. Temo al príncipe de Aragón y no dudo de que caerá sobre Valencia si no consigo devolverla a mi sumisión. Es la oportunidad que esperaba Ramón Berenguer, y lo imagino mirando al sur con las fauces entreabiertas, saboreando ya la captura de la Joya del Turia.
Ambos mandatarios compartían vino caliente, leche, queso y fruta sentados a ambos lados de una mesa bien surtida mientras los sirvientes, discretamente apartados, los observaban atentos a cualquier requerimiento. Tenían previsto reunirse con los barones cristianos que habían acompañado al emperador a Lorca, así como con el caíd de la ciudad, Ibn Isa, de absoluta confianza para el rey del Sharq.
—Amigo Mardánish, si es necesario, contarás con mis huestes para expugnar Valencia. Las pondré a tus órdenes y podrás hacer que extiendan sus pabellones en torno a la ciudad. Estoy seguro de que a la vista de nuestros dos ejércitos, ese traidor de Ibn Silbán se rendirá y suplicará tu perdón.
Mardánish inclinó la cabeza en gesto de agradecimiento, pero no disimuló que aquello no remediaba sus temores.
—El tal Ibn Silbán se comporta como uno de esos almohades. ¿Recordáis el modo en que aquellos jinetes suicidas salieron de Jaén y cabalgaron hacia la muerte? Sí, por supuesto que lo recordáis. Bien, pues tal vez Ibn Silbán no se arredre a la vista de los ejércitos de León y Castilla y los míos propios, y pretenda convertir Valencia en un erial de muerte antes que devolvérmela.
—Hallaremos una solución, no temas. Ese tipo pactará, ya lo verás. Y yo negociaré de nuevo con el príncipe de Aragón si es preciso. Necesito en ti a un aliado fuerte, Mardánish. Debemos apoyarnos el uno en el otro. Por eso he decidido prestarte a mis mejores guerreros para que el año que viene ganes Guadix. Con Almería en mi poder y la presencia de tu suegro Hamusk en Segura, habremos construido una muralla que atemorizará a esos africanos. Tal vez Jaén sea más dura de lo que pensaba, y empiezo a temer que no caerá tampoco en esta ocasión, pero cerca de allí cuento con Úbeda y Baeza, y los caminos de Sierra Morena están también cubiertos por la fortaleza de Calatrava. Como sabes, se la cedí a esos caballeros templarios que me auxiliaron en la conquista de Almería.
Mardánish asintió de mala gana. No le gustaban aquellos hombres que se decían frailes y guerreros. Milicia de Cristo. Demasiado parecidos a los almohades por muy extremas que fueran sus diferencias. De todas formas, el plan del emperador no le disgustaba.
—Me haré con Guadix, y no se trata de una pobre ciudad, por cierto. Me gustaría contar para ello con vuestro vasallo Álvar Rodríguez si os parece bien, mi señor.
—Cuenta con él si es su deseo y el tuyo. Sabía que apreciarías su valía. Además te haré llegar las mesnadas de otros súbditos míos. Nada te exijo a cambio, salvo que los mantengas a tu costa. El botín de Guadix te resarcirá de todo gasto, estoy seguro, y ambos habremos ganado.
Mardánish sintió el pequeño goce de saber que mandaría una poderosa hueste cristiana, lo que le ayudó a apartar por un momento la tristeza que le embargaba por el asunto de Valencia. Pese a todo, le extrañó el empeño que mostraba el emperador. Inspiró despacio antes de sincerarse.
—Decidme, mi señor: ¿por qué ese interés en que tapone la ruta al Sharq? El camino que pasa por Guadix lleva directamente a mis tierras, no a las vuestras.
Alfonso se levantó y anduvo por la estancia, situada en lo más alto de la torre de la alcazaba de Lorca. Su mirada se coló por un estrecho ventanal orientado al mediodía.
—Como te acabo de decir, amigo Mardánish, debemos apoyarnos el uno en el otro. Confío en el ardor de mis hombres, en su valentía en la batalla... Pero mis barones son veleidosos. Con el tiempo, y cuando yo falte, mis hijos se encontrarán con poderosos clanes que dominan territorios inmensos; condes y señores codiciosos, dispuestos a valer al rey solo a cambio de honores y tenencias, es decir, de acrecentar su propio poder. Y cuanto más poder tengan, más querrán. Más difíciles serán de contentar. Más tentados a escapar de la lealtad real. Más inclinados a rechazar los repartos. Más cercanos a arrebatar al vecino lo que le sea dado. Mucho me temo que no pocos dejarán de mirar al enemigo común y, guiados por su ambición, atenderán a sus propias rivalidades, cristianos contra cristianos. No es eso lo que interesa a nuestro negocio ni al negocio de Dios. Necesito guerreros cuya vista esté fija, como la de un halcón cazador, en el adversario auténtico. No di Calatrava al Temple por casualidad. Sé que el futuro de nuestra lucha está en esos frailes guerreros. En ellos y en las otras Órdenes. Son leales a Dios ante todo, y esa es la herramienta perfecta. Con tales soldados en nuestro bando, podemos asegurar la defensa de las fortalezas de frontera y formar un ejército capaz de derrotar a nuestros enemigos. Aun así, estamos lejos de contar con un número suficiente de esos guerreros. Las órdenes creadas en Tierra Santa empiezan a asentarse también aquí, pero no es suficiente; sin duda deberemos recurrir a otras nuevas que iremos formando con el tiempo. Estoy seguro de que esos hombres llegarán a ser la punta de nuestra lanza...
—Pero hasta que ese momento llegue —completó Mardánish—, yo deberé interponerme ante nuestros enemigos.
El emperador, que había hablado sin apartar la vista del ventanuco, se volvió a su aliado y se encogió de hombros.
—Por ahora no será preciso que des muchas dentelladas. Esto será más bien como cuando el león ruge y mueve iracundo su melena para amedrentar a los enemigos. Mis agentes me informan de que Abd al-Mumín gobierna un imperio inestable. —Alfonso caminó de nuevo hacia Mardánish. Se sentó de lado, apoyó un codo en la mesa y se pasó la mano despacio por la poblada barba negra—. Ese... príncipe de los creyentes, como se hace llamar, aún no ha sofocado una revuelta a levante del Magreb cuando otra tribu díscola se le alza a poniente. Además me dicen que se mueve con una lentitud exasperante. Rebaños inmensos de secretarios, escribanos y correos rodean la corte del califa; cada paso es meditado y consultado hasta la saciedad. El camino que uno de nuestros ejércitos recorre en una semana lo hace una hueste almohade en un mes. No lo veo como una amenaza cercana, amigo Mardánish, pero no quiero engañarte: algún día ese cabrero loco arreglará sus asuntos en África y querrá ocuparse de los nuestros aquí. Cuando ese momento llegue, quiero que ante él se extienda un muro de fortalezas y ejércitos que no le permita respirar.
»Imagina las lanzas empuñadas de occidente a oriente: portugueses, leoneses, castellanos y andalusíes unidos bajo un mismo estandarte y dispuestos a derrotar a esos almohades. Y al amparo de esas lanzas, a millas de distancia, nuestras mujeres e hijos disfrutarán tranquilos de la paz y la prosperidad. ¿No es lo deseable, amigo Mardánish?
Ahora fue Mardánish quien se levantó. Meditó las palabras del emperador. Él tenía sus propios agentes, y también le llegaban las nuevas de las ciudades de al-Ándalus que ya estaban en poder de los almohades. Las noticias de Arcos, Jerez, Niebla, Sevilla o Córdoba coincidían, al igual que las que llegaban del otro lado del Estrecho: el califa Abd al-Mumín tenía la inequívoca intención de seguir los dictados de su fe y extenderla por todo el orbe, empezando por unificar los territorios de la Península. No había diferencia para el califa almohade entre los infieles cristianos, los rescoldos almorávides y los orgullosos e independientes andalusíes. Eso significaba que para él todo el territorio al sur de Yábal al-Burtat era un gran campo de batalla en el que estaba obligado a luchar. Pero no era menos cierto que hasta ese momento solo pequeños contingentes de almohades habían llegado a al-Ándalus. Los problemas de Abd al-Mumín en África retenían allí a sus ejércitos, compuestos por una amalgama de cabilas bereberes, tribus árabes, esclavos negros y blancos, mercenarios reclutados más allá de las fronteras orientales, y almorávides y andalusíes renegados, además de los siempre numerosos y vociferantes voluntarios ghuzat, hordas de fanáticos que buscaban el martirio y que luchaban siempre en primera fila, agotando al enemigo a fuerza tan solo de recibir puñaladas y tajos. Aquellas cavilaciones le hicieron volar hasta Valencia, que en ese momento también estaba bajo la amenaza de un fanático.
Mardánish espantó los pensamientos que le devolvían a la Joya del Turia como quien ahuyentara a un insecto molesto, y regresó al plan del emperador. A las posibilidades de que fructificara. En la carrera para hacerse con al-Ándalus, los almohades llevaban cierta ventaja en el mediodía. Málaga estaba demasiado lejos del alcance del gran líder cristiano y también del de Mardánish. Era cuestión de tiempo que cayera en poder almohade. Granada también era una fruta jugosa y apetecible, pero era imposible acceder a ella sin poseer antes Guadix y Baza. Ambas ciudades estaban bajo el gobierno de un reyezuelo andalusí, Ibn Milhán, al que sus agentes llamaban el Jardinero por las estupendas obras con las que había embellecido su pequeño reino. Ibn Milhán no reconocía por el momento a los almohades y tampoco había querido negociar con Mardánish ni con Castilla. Guadix se había convertido en la espina de una rosa que se clavaba con profundidad en el corazón del Sharq hasta casi alcanzar aquellos campos que ahora se veían desde el ventanuco de la torre de Lorca.
—Guadix y Baza deben caer —aseguró Mardánish—, y nos colocaremos a las puertas de Granada. Yo aguardaré allí vuestro próximo paso, mi señor.
—Hemos de movernos poco a poco. Que Abd al-Mumín no nos preste demasiada atención. Con Guadix en tu poder, habremos cerrado la trampa y será cuestión de tiempo. Yo me aproximaré también a Jaén y Córdoba. Despacio. Hasta que sea demasiado tarde para que puedan reaccionar. Entonces se verán cercados. No podrán salir de sus ciudades sin temer nuestra cólera.
—Me habéis prometido mesnadas, mi señor, pero no me vale cualquiera. Necesito a los mejores. —La voz de Mardánish, aunque amable, sonaba firme entre las duras paredes de la torre de Lorca—. Y quiero la garantía total de que el príncipe de Aragón no hostigará mis territorios de la Marca Superior.
—Tendrás lo mejor —prometió el emperador con entusiasmo creciente—. Ya cuentas con el Calvo, pero además convenceré al caballero Pedro de Azagra para que se ponga a tu servicio. Es un esforzado navarro, y su padre, Rodrigo, me mostró gran lealtad en Almería. Su mesnada es impresionante... También te enviaré a la gente del conde de Urgel, que me profesa sincera amistad. Si puede ser, su hijo primogénito servirá a tus órdenes.
Mardánish sonrió. Rodrigo de Azagra y Armengol de Urgel eran probados paladines que, a pesar de no ser castellanos ni leoneses, habían servido con lealtad y honor al emperador. Había oído hablar de sus mesnadas, nutridas y veteranas. Unidas a sus fuerzas y a las de su suegro, Hamusk, Mardánish mandaría sobre un ejército invencible.
—En cuanto al príncipe de Aragón...
Las palabras se ahogaron en la garganta de Mardánish. Voces airadas resonaban por las escaleras de la torre, y eran respondidas por otra que enseguida le resultó familiar al rey del Sharq. La puerta de la estancia se abrió, y un acalorado soldado lorquino se asomó y miró con timidez a ambos soberanos.
—Mis señores, un hombre dice tener nuevas urgentes para el rey Mardánish... Se identifica como el consejero Abú Amir...
—¡Que pase de inmediato! —tronó el rey del Sharq. Aquella interrupción y la noticia de que Abú Amir se hallaba en Lorca devolvieron a Mardánish a la amargura que constreñía su corazón por el alzamiento de Valencia. ¿Qué hacía allí su principal consejero, en lugar de aguardar su regreso y cuidar de Zobeyda? Esta vez sería inflexible con él, tan dado a desobedecerle que empezaba a pensar que si quería que cumpliera algo, debería ordenarle lo contrario.
Abú Amir entró en la sala jadeante por el esfuerzo de subir el empinado y estrecho tramo de escaleras, a lo que debía añadirse la previa trepada desde la medina a la alcazaba de Lorca. Sin saludar siquiera, el médico se abalanzó sobre una jarra de vino que reposaba en la mesa y bebió. El líquido rojizo resbaló por las comisuras de sus labios, mojó su barba recortada y salpicó los ropajes llenos de polvo del camino. El emperador Alfonso observaba divertido la escena mientras Mardánish enrojecía de ira por momentos.
—Mi señor... —acertó a mascullar por fin Abú Amir—, vengo reventando monturas solo para darte la noticia: Valencia es tuya de nuevo.
Abú Amir estaba acostumbrado a alimentarse de manjares, escogidos siempre entre las primicias y cocinados a su gusto exclusivo; a dormir en mullidos lechos en los que siempre lo acompañaban las bellezas más envidiadas de Murcia, Valencia, Játiva o Denia; a beber los vinos más dulces y los más aclamados, servidos siempre en copas de plata cordobesa... Mardánish lo sabía y, por eso, valoraba en su justa medida el hecho de que el médico hubiera abandonado sus placeres para recorrer a uña de caballo la distancia que separaba Valencia de Lorca. Y Abú Amir sabía que Mardánish, que lo conocía mejor que nadie aparte de la propia Zobeyda, valoraría su hazaña lo suficiente como para no descargar su ira sobre él cuando se enterase de la serie de tropelías que su favorita había cometido, desobedeciendo los mandatos del rey del Sharq y haciendo, de paso, que el propio Abú Amir incumpliera también las órdenes recibidas.
El emperador Alfonso, recostado en su asiento, escuchaba con atención el relato del médico, desgranado mientras recuperaba fuerzas en la mesa.
—Tu esposa es audaz como un águila, mi señor. Indomable como una potra salvaje. Cuando empezó a repartir órdenes, nadie pudo resistirse. El cristiano Álvar Rodríguez se plegó a sus mandatos enseguida, rendido como está a sus pies. A mí me amenazó con aventurarse en solitario dentro de Valencia, de modo que no me quedó más remedio que desobedecerte y acompañarla. Prefiero mil veces que tus propias manos acaben con mi vida a permitir que tu amada Zobeyda sufra algún daño. Ella está sana y salva ahora, de modo que recibiré con gusto tu castigo.
Mardánish sonrió. Aquellas tretas de su médico y consejero eran insalvables.
—¿No convenció también a mi hermano Abú-l-Hachach? —preguntó el rey del Sharq, cuyo alivio rivalizaba con el entusiasmo por saber cómo había resuelto la situación Zobeyda.
—Tu esposa ni siquiera informó al gobernador Abú-l-Hachach de lo que pretendía hacer. Perdóname y perdónala a ella, pero no lo considera capaz.
Mardánish asintió. El ojo político de su favorita empezaba a mostrar visos de infalibilidad.
—Continúa.
—Zobeyda me obligó a aleccionarla. Tuve que investigar acerca del Tawhid y, después, explicárselo todo sobre los almohades y sus métodos. Luego ella tejió su estrategia como haría uno de esos oradores griegos de la Antigüedad. Al mismo tiempo, vio con ojo de rapaz cuál era el punto débil de Ibn Silbán y adivinó de inmediato cuándo y dónde debía atacarle. Escogidos lugar y tiempo, tu favorita ordenó al Calvo que aprestara a tus jeques, y las tropas se prepararon y se mantuvieron a la espera para entrar en Valencia. Después Zobeyda encabezó un pequeño grupo en el que me incluyó, para mi horror. Uno de los evadidos nos guio por una poterna discreta y llegamos hasta el alcázar, justo en el cambio de guardia del amanecer del viernes. Zobeyda se había hecho adornar como si fuera una diosa pagana. Tú ya la conoces, y si lo desea, puede hacer que su belleza confunda los sentidos.
Mardánish asintió sonriente, aun dentro del pasmo de saber que su favorita se arriesgaba hasta tal punto. Zobeyda usaba todos los recursos a su alcance, empezando por su aguda inteligencia y siguiendo por su sin par hermosura. Sabía de sus dotes de persuasión, pero no había llegado a pensar que pudieran emplearse para menesteres tan delicados. Abú Amir siguió contando cómo la favorita se adelantó en solitario y desplegó las alas para obnubilar a sus presas; relató la conversación que Zobeyda había mantenido con los soldados de la guardia del alcázar. Luego se aclaró la garganta con un largo trago de vino y siguió hablando:
—Permanecimos ocultos, confundidos con la gente, hasta mediodía. Durante ese tiempo mi corazón estuvo a punto de romperse. La alegría que otrora reinaba en Valencia se había desvanecido. Los hombres se apresuraban silenciosos y con la mirada baja por las calles, y las mujeres, veladas y encogidas, apenas salían de sus casas. Solo los fieles a Ibn Silbán, vara en mano, recorrían la ciudad con mirada desafiante. Pero las palabras de tu amada no habían caído en saco roto. La chispa de Zobeyda quemaba Valencia. Se extendía por todas partes como las ondas en un estanque: de forma callada, en susurros al oído del vecino, en billetes deslizados bajo las puertas. A lo largo de la mañana, los acólitos del traidor fueron desapareciendo. Luego supimos que, a la sombra de las callejas y en los rincones más oscuros, habían sido capturados por la chusma, reducidos y llevados a la fuerza a patios y casas particulares, y linchados hasta morir.
»A mediodía nos acercamos a la mezquita. Ibn Silbán y los suyos por fin abandonaron la seguridad del alcázar y ocuparon los primeros lugares en la aljama. Poco a poco fueron llegando todos los que habían prestado su apoyo al traidor. Tras ellos, agazapados en las esquinas, se reunían los valencianos hartos d
