Título original: Gengis Khan. L’homme qui amait le vent. Gengis Khan. Le Conquérant
Traducción: Rosa Alapont
1.ª edición: enero 2017
© Ediciones B, S. A., 2017
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-606-4
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
1. El burrito de madera
2. Ho-elun
3. La piedra filial4. El águila fulminada5. El astrágalo de Qabul Kan6. Borte y su gunbu7. La muerte de Yesugei8. La decadencia9. El primer crimen10. El Bosque Azul11. Prisionero de sus tíos12. El torrente embravecido13. Sorqan Shira14. Las hormigas rojas del Kimurga15. Boorchu, el criador de águilas16. El árbol chamánico
17. Manual de la Muchacha Oscura18. El rey Togril19. El viejo herrero y su hijo Jalma20. El rapto de Borte21. El cazador de zorros22. La liberación de Borte
23. El lobo de ojos amarillos24. La separación de las hordas25. El primer qurultay de Temujin26. El odio de Jamukha27. La batalla del Gran Pantano28. La deposición de Togril29. El emperador Sombra Sublime30. Los potros degollados
1. La metida en vereda de la estepa2. El encuentro en las Arenas de la Desolación3. La cita fallida en la llanura de los Sauces Rojos4. Las aguas estancadas del lago Baljuna5. La treta de Qasar6. Iqara, la bella princesa keraita7. El cráneo en su arqueta de plata8. La estepa en forma de lomos de camello
9. Emperador de los mongoles10. El semental de la estepa11. Las cañas de la taiga12. El fénix trabado13. Dobai el Terrible y «la Gorda»14. Las patas de visón y de marta cibelina15. El cieno naranja del río Amarillo16. En el lago de las Grullas y al pie de la muralla17. El acantilado de los Mil Budas18. La ciudad de tejados dorados19. Yeliu, tesoro viviente
20. Los escribas de su Sagrada Majestad21. El océano de corderos22. El jeque vestido de seda rosa y sentado en un trono tapizado de verde23. El río de los mil reflejos24. Las delicias de Samarcanda25. La pirámide de cadáveres26. La venganza bajo el Buda colosal27. ¡A veces hasta el mejor purasangre rechaza el obstáculo!
28. El país de las mujeres rubias29. El cuerpo extenuado del Emperador Oceánico30. El monje medicina taoísta31. Dos millones trescientos cincuenta y tres mil doscientos treinta y siete muertos
LIBRO UNO
El hombre que amaba el viento
El horizonte subraya el infinito.
VICTOR HUGO
LAS CONQUISTAS DE GENGIS KAN
PRÓLOGO
La estepa:
la mejor escuela de la vida
Al contrario de lo que ocurre con el tiempo, el hombre es capaz de dominar su espacio.
Es, pues, sirviéndose del espacio como le cabe esperar forjarse un destino.
En la época de que se va a tratar y a ocho mil kilómetros de la catedral de Chartres, que compañeros del deber temerosos de Dios estaban acabando, los nómadas de la estepa, por su parte, no tenían miedo a nada al montar sus yurtas.
Llevaban una existencia dura. Su cuerpo se hallaba perpetuamente expuesto a los elementos. Jamás estaban seguros de encontrar con qué comer tanto ellos como sus rebaños, que les proporcionaban carne y leche. Gracias a las dificultades con que se topaban —o precisamente a causa de ellas—, los nómadas siempre han sabido mejor que nadie que un ser humano es tanto más fuerte en la medida en que se lo espera todo. Y esa expectativa perpetua de la catástrofe por suceder moldeó su carácter de forma duradera.
Empezaron por desplazarse a pie y, en cuanto pudieron, domaron caballos salvajes para montarlos. Así pues, el noble bruto, antes de convertirse en la más bella conquista del hombre, lo fue del nómada. Sin los caballos, los nómadas jamás habrían podido disponer del espacio vital que anhelaban, un espacio cuyos límites extendió Gengis Kan casi hasta el infinito, en comparación con los horizontes que los hombres de su época se atribuían.
Cinco mil años atrás, al contrario que los Han, que, para asegurar la manutención de sus familias, se establecieron definitivamente en las tierras fértiles del gran meandro del río Amarillo, el pueblo de los mongoles no experimentó la necesidad de sedentarizarse.
Mientras que los chinos vivían en ciudades, los mongoles dormían en chozas de corteza de abedul o en cabañas de cañas, y más tarde en yurtas, que desplazaban sin cesar. Cambiaban constantemente de pastos y de terreno de caza. Eran a un tiempo recolectores, cazadores, pescadores y ganaderos. Como la estepa, los bosques y las montañas que recorrían podían resultar peligrosos, sabían defenderse, aprendían a luchar, incluso empezaron a tomarle el gusto y se les ocurrió ir a arrebatar a los otros, los sedentarios, lo que poseían.
Con bastante rapidez, aquellas poblaciones nómadas, al comprender que tenían intereses comunes que defender, en especial la libertad de ir y venir, empezaron a desarrollar en su seno un embrión de especialización. Los cazadores proporcionaban a los ganaderos los troncos de árbol que servían para construir sus carros, y estos suministraban a los cazadores los tejidos de lana de cabra y de oveja con los que fabricaban sus ropas y las paredes de sus yurtas.
Pese a sus modos de vida tan distintos, y aunque en ocasiones sus territorios se encontrasen muy alejados unos de otros, estas poblaciones no se ignoraban. Lo que más las diferenciaba era la religión: las divinidades de los cazadores adoptaban sobre todo formas de animales, mientras que las de los ganaderos tenían rostro humano. En ambos casos, eran los chamanes quienes hacían de intermediarios entre hombres y dioses, pero también con los espíritus, esas extrañas entidades que realmente no tienen nombre, se hacen desear y frecuentan los lugares sagrados: los árboles muy viejos, las fuentes, ciertas montañas, las rocas, cuando aparece una enorme mientras que todo en derredor no se divisa ninguna otra... En la época de Gengis Kan, la figura de Tengri, el dios único, ya había empezado a sobresalir entre la multitud de los demás dioses, en especial frente a los que se hallaban vinculados a un lugar concreto.
Al contrario que los pueblos sedentarios, en particular los Han, los nómadas de la estepa tenían una demografía deficiente. Muchos niños morían al nacer o a muy corta edad; en cuanto a los adultos, rara vez superaban los cincuenta años.
No conocían la moderación. Saqueaban, hacían trastadas, cazaban, se daban atracones cuando había con qué comer y bebían sin mesura siempre que tenían algo de alcohol a mano; vivían al día tomándose las cosas tal como venían.
Si bien no eran capaces de objetivar tales hechos, preferían ser poco numerosos pero felices a su manera. Tanto más cuanto que resulta más fácil desplazarse si el grupo es pequeño. Y para las gentes de la estepa, poder desplazarse no tenía precio, dado que ni el horizonte constituía una frontera ni el cielo una tapadera.
Los mongoles lo habían entendido. Sabían que los confines retrocedían a medida que uno se acercaba y que bastaba con avanzar, resistiendo y sin dejarse matar, para encontrar una llanura fértil más allá del macizo montañoso, así como un oasis en medio del desierto más inhóspito.
Amaban el sol, la lluvia, el viento —sobre todo su violencia—, la arena, los árboles, las rocas, las cascadas, los lagos, las cumbres y también las colinas. En invierno tomaban té con mantequilla de yak, servido hirviendo, leche de yak fermentada y alcohol de grano en los banquetes. En verano no les iba tan bien: el calor, los mosquitos, los rayos..., pero se las arreglaban. Sencillamente, cuando podían, al llegar la primavera se desplazaban hacia el norte, hasta la linde de Siberia, donde a principios de junio aún hace frío y donde las noches siguen siendo frescas incluso en pleno mes de agosto.
Los mongoles despreciaban el oro y la seda pero conocían perfectamente su valor. Preferían los caballos, las armas, los arreos, las espuelas de hierro forjadas por los bactrianos y los arcos, sobre todo cuando estaban fabricados con ramas de avellano.
El águila ocupaba un lugar muy importante en su vida, en especial la hembra, cuya envergadura y agresividad son superiores a las del macho. Criaban a sus propias rapaces, que consideraban tanto su bien más preciado como su emblema, con amor y obstinación, pues no es tarea baladí adiestrar a ese predador salvaje para que mate a su presa sin despedazarla en exceso, acostumbrarlo a que no la devore antes de que el cazador llegue al galope, con frecuencia desde muy lejos, dado que el águila no solo vuela muy rápido, sino que posee una vista tan penetrante que es capaz de detectar una presa a casi un kilómetro.
Después del águila, el animal que los mongoles situaban más arriba en su jerarquía era el caballo. Los nómadas lo atesoraban y tardaron siglos en domesticarlo. A la sazón aún había numerosas manadas salvajes en la estepa. Cuando localizaban entre ellos a un hermoso potro, lo capturaban para adiestrarlo. Sin caballo, un nómada no era sino un pobre desharrapado incapaz de desplazarse, de cazar y de hacer la guerra...
Después de los caballos venían los camellos —en el caso de las tribus mongolas que vivían en los confines de los desiertos—, los yaks y, a bastante distancia, los demás animales de cría, como ovejas y cabras. Con la leche de todas estas reses elaboraban mantequilla, que dejaban enranciar a fin de conservarla; la lana se utilizaba para fabricar telas. Algunas tribus mongolas criaban asimismo cerdos, imitando en ello a los chinos, que los utilizaban para reciclar los restos de alimentos.
Al contrario de lo que ocurría con la de cerdos y ovinos, solo comían carne de yak y de camello cuando los animales eran demasiado viejos o la caza no había sido lo bastante fructífera para alimentar al clan. En cuanto al caballo, el animal más preciado de todos, únicamente lo consumían si no les quedaba más remedio, en época de hambruna. Como solo podían conservar la carne secándola, lo que implicaba condiciones climáticas favorables, por lo general la ingerían justo después de la muerte de los animales, con ocasión de opíparos banquetes.
Uno de esos nómadas era más orgulloso, más duro, más brillante y ciertamente estaba mucho más loco que los demás. No tenía miedo a nada.
Sobre todo, abrigaba un sueño: unificar a su pueblo para auparlo al nivel del de la inmensa China, cuando su etnia apenas contaba con trescientas cincuenta mil almas, es decir, calculando por lo bajo, unas treinta o cuarenta veces menos que la de los Han.
Ese hombre engulló el espacio como un lobo jamás saciado. Mató a sus presas una tras otra y sin la menor indigestión, porque se contentaba con matarlas, no se las comía; no quería convertirse en un sedentario obeso.
Y logró reinar sobre un territorio que ningún océano limitaba y que se extendía desde China hasta Crimea, pasando por la India, Irán, Afganistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán, Mongolia, Rusia y Ucrania actuales.
Se llamaba Temujin.
Lo llamaron Gengis Kan.
PRIMERA PARTE
Hacia 1165-1178
Cómo nace un jefe
1
El burrito de madera
—¿Clavado sobre un juguete como este, Gulmur?
Con su manita sucia, el niño señalaba un burrito de madera tirado por el suelo y al que faltaban la mitad de las crines. Aunque aquel objeto, toscamente fabricado por un antepasado del niño, no era nada bonito, el pequeño lo amaba por encima de todo.
Tras precipitarse sobre el juguete, corrió a plantarse de nuevo ante la mujer que lo había mirado hacer con ternura y semblante protector.
—Sobre un burro de madera que tenía el tamaño de un borriquillo... ¡Creo que ya te lo he contado, cariño!
En efecto, no era la primera vez que se producía la misma escena entre aquella mujer, a la que la situación conmovía —se veía en sus ojos húmedos—, porque conocía la continuación, y aquel niño, que, tras erguirse sobre las puntas de los pies, como un gallito sobre sus espolones, le soltó con arrogancia y mirada iracunda:
—¿Un burro más grande que el mío?
—¡Por fuerza! De lo contrario tu antepasado Okin, con lo alto que era, jamás se habría mantenido sobre el lomo... —precisó, al tiempo que pasaba la mano por la cabellera del chiquillo.
—¿Por qué sobre un burro? —rugió el niño, antes de prorrumpir en sollozos.
El motivo de su llanto estaba muy claro: dado que el burro se consideraba un caballo inferior entre los quiyat borjigin, el clan cuyo jefe era el padre del pequeño, clavar a un prisionero sobre un burro de madera se vivía como la peor de las infamias. Ante la idea de que su antepasado hubiera sufrido un castigo tan salvaje, el chiquillo se arrojó en brazos de la mujer para ahogar en ellos sus lloros.
—¡Pero los clavos duelen demasiado! —añadió, pataleando entre dos desgarradores sollozos.
Aquel chiquillo se llamaba Temujin. Tenía siete años, la edad de la razón. Hasta podría decirse que la del razonamiento, porque era una criatura precoz, de capacidades intelectuales harto excepcionales, comparadas con las de los niños de su edad. Lo debía a sus neuronas, a la escuela de la naturaleza, pues tenía pasión por observarla, a las conversaciones de los adultos, dado que siempre aplicaba el oído, y, por último, a su padre, el cual había depositado grandes esperanzas en él y hacía todo lo posible por que su hijo tuviera la cabeza bien amueblada.
Temujin era asimismo muy colérico. De una violenta patada, mientras su rostro seguía hundido en el cálido y generoso pecho de la mujer, rechazó al perrazo amarillo que entre tanto había acudido con aire afligido a lamerle los pies para consolarlo. El monstruo soltó un minúsculo gañido, tan poco acorde con su corpulencia que resultaba casi ridículo, antes de alejarse con el rabo entre las patas para tenderse hecho un ovillo en su rincón habitual.
Aquel mastín era un cruce entre un dogo del Tíbet y un perro amarillo de Mongolia. Temujin, a quien se lo habían obsequiado dos años atrás por su cumpleaños, cuando apenas era un cachorro asustado, le puso de nombre Tímido. Al presente, el can había alcanzado el tamaño de un pequeño yak, y la impresión de dulzura que producía el aspecto vaporoso de su pelaje dorado no tardaba en desvanecerse cuando, al retraer los belfos, revelaba una dentadura impresionante, con cuatro inmensos colmillos tan puntiagudos como garras de águila, los dos superiores sobrepasando ampliamente la mandíbula. Los perros de dicha raza eran capaces de defender al rebaño contra los lobos, los leopardos de las nieves, los osos e incluso los tigres blancos, que en los inviernos demasiado crudos obligaban en ocasiones a abandonar la taiga siberiana para ir a cazar al sur, hacia comarcas menos gélidas.
—¡Vaya si duelen, y no poco! —murmuró pensativa la mujer cual si hablara consigo misma.
La mujer, que se llamaba Gulmur, era el aya de Temujin. Llevaba tres años ocupándose de él. Gulmur, cuya deslumbrante belleza permanecía intacta pese a haber rebasado ampliamente los cuarenta, no era mongola. La charla con Temujin le traía a la memoria un episodio doloroso. Cuando apenas empezaba a andar, se había clavado un clavo en el pie izquierdo jugando con otros niños..., y pese al dolor, cuyo recuerdo seguía grabado en su piel, su evocación la hacía rememorar un pasado dichoso desaparecido para siempre.
Gulmur había nacido en Tesalónica, en una acomodada familia bizantina. Era una superviviente. A los doce años se había visto obligada a huir de la región, donde los turcos perseguían a los cristianos, que no habían visto venir dicho peligro. Sus padres fueron masacrados. Raptada en la frontera de Hungría por el chambelán de un pequeño sultán, había pasado de brazo en brazo —o mejor dicho, de cama en cama— antes de ir a parar a un lupanar de Bagdad, donde volvía locos a los hombres y de donde milagrosamente había conseguido escapar, gracias a que el portero, una noche de ramadán, había olvidado cerrar con llave la puerta de su habitación. En razón del número de lenguas que hablaba, bajo latín, turco, árabe y persa, y tras numerosas peripecias que la llevaron a recorrer la casi totalidad de la Ruta de la Seda, fue vendida a Yesugei por un mercader persa de la secta de los asesinos. Le bastaron unos meses para aprender mongol. Y como suele ocurrir con todo superviviente, adoptó una conducta de adaptación —hoy diríamos «resiliencia»—, la única eficaz cuando uno se halla inmerso en un contexto de dureza contra el que nada puede hacer. Dicha postura explicaba la sonrisa que exhibía constantemente en presencia de Temujin, aunque fuese pura fachada. Su aparente jovialidad la había salvado en más de una ocasión de los golpes, algunos de los cuales habrían podido resultar fatales.
La yurta donde tenía lugar aquella escena era la única de su especie entre la veintena más o menos donde residía el clan, media docena de las cuales estaban montadas sobre carros. Las tiendas se disponían en corro, de ahí la denominación de «pueblo móvil en círculo» que los mongoles daban a su tipo de hábitat. La de Temujin, que atestiguaba el interés especial que Yesugei profesaba a su primogénito, tenía una techumbre redonda y plana sujeta por dos bagana —o pilares—, y estaba coronada por una pequeña cúpula de estuco dispuesta sobre pechinas en voladizo angular, las cuales descansaban en cuatro troncos de ciprés. Decorado con mochetas trilobuladas, este elegante edículo provenía de una mezquita iraní. Se lo había regalado al padre del niño un arquitecto selyúcida a quien el jefe del clan de los quiyat había salvado la vida cuando estaba a punto de morir de sed en el desierto junto a la carreta donde transportaba su cúpula.
Existía un sorprendente contraste entre aquel alegre interior, con sus colgaduras y alfombras abigarradas, y sobre todo entre tantos juguetes como allí se amontonaban en gozoso desorden, aunque en su mayoría se tratase de figuritas de guerreros o de armas en miniatura, y las lágrimas que seguían rodando por las violáceas mejillas del pequeño.
Con el dedo índice hundido en el antebrazo de Gulmur, este, poniendo cuidado en destacar bien las sílabas y girando el dedo cual si hundiera el cuchillo en una herida abierta, con la intención de hacerla sufrir horriblemente, le soltó:
—¿Real-men-te-due-len-mu-cho? ¿Co-mo-es-to?
—¡Sí! ¡Ay! ¡Oye, ten cuidado, Temujin! —exclamó la nodriza, apartando el brazo.
El niño no insistió. Lamentaba su gesto, y apreciaba demasiado a Gulmur para seguir haciéndole daño.
Entonces, ella le tendió una galleta de miel y almendras, una especialidad de Tesalónica que lo volvía loco. Acto seguido añadió:
—Tu papá te ha contado muchas veces esa historia: tu ilustre antepasado pasó por un suplicio... Afortunadamente, era un hombre muy valiente. Murió sin una queja, quemado por el sol, ¡con la piel curtida como el cuero de un arnés!
Aunque en efecto había oído en numerosas ocasiones ese relato, Temujin abría unos ojos como platos. No comprendía cómo el rey Okin, su valeroso ancestro, primogénito de Qabul, un gigante dotado de una fuerza prodigiosa y un apetito pantagruélico, había podido dejarse atrapar por unos simples bárbaros, él que volaba como el viento a lomos de su resplandeciente caballo, casi sin tocar el suelo, a tal punto que mereció el apodo de «el Jinete volador».
La historia de aquel soberano era espeluznante. Cuando se la contaban, no lograba conciliar el sueño en toda la noche: como el burro de madera al que habían clavado a Okin estaba montado sobre ruedecillas, sus verdugos lo habían arrastrado durante tres días por pleno desierto, sin darle de beber ni de comer; el torturado aún seguía con vida cuando desclavaron su cuerpo, antes de molerlo a bastonazos y arrojarlo a los pies de Malun, el emperador de los jurchen, los Jin1 en chino, cual si se tratase de los despojos de un animal dañino. Y por si fuera poco, años más tarde, siempre según Yesugei, la misma suerte había corrido Ambaqai, uno de los hermanos de este, mas en esta ocasión ante el emperador de China en persona y, por añadidura, en pleno Pekín, una inmensa prisión a cielo abierto formada por un conjunto de casas y palacios que no podían ser desmontados y de donde los habitantes no tenían derecho a salir.
Ahora bien, si Temujin evocaba a menudo el trágico fin de Okin, mientras que jamás hablaba del de Ambaqai, era porque Olun, la viuda de este último, una mujer malencarada a la que Yesugei había ofrecido hospitalidad a la muerte de su esposo, se mostraba especialmente malvada con él. En cuanto Gulmur volvía la espalda, lo regañaba. Cuando era pequeño, el juego favorito de aquella mujer de ojos extrañamente verdes, del color del jade —la piedra que los chinos consideraban más preciosa que el oro—, consistía en retorcerle la oreja o pellizcarle la piel del cuello. Encontraba, asimismo, un perverso placer en esconderle los juguetes. Por lo tanto, tenía excelentes motivos para detestarla.
Dio un mordisco al dulce y, en tono especialmente irrebatible para tratarse de un chiquillo de apenas siete años, declaró:
—Suerte que papá no se dejó atrapar...
—¡Tu papá es una persona con muchos recursos! ¡Tienes a quien salir, muchachito! —exclamó Gulmur, cubriéndolo de besos.
Acabada la galleta, recogió un extraño objeto de pelo de cabra abandonado sobre una de las alfombras de la yurta. Él mismo había pintarrajeado de tinta roja aquel peluche en el que apenas se reconocía la cabeza, de la que sobresalían dos minúsculos cuernos encima de los botones cosidos a modo de ojos, y las tres patas, ya que la cuarta la había arrancado un día en que se puso furioso contra aquel juguete, que llamaba su «chivito maléfico». Lo utilizaba para asustar a sus hermanos pequeños y sobre todo para jugar, como los mayores, al buzkashi, un juego de polo en que los jinetes luchan por apoderarse del cuerpo decapitado de un macho cabrío.
La visión de la sangre no asustaba a Temujin, cosa que a Yesugei lo llenaba de orgullo. Y por si fuera poco, el padre declaraba a quien quisiera escucharlo que su hijo había salido del vientre de su madre sujetando un pequeño corazón ensangrentado en la mano derecha, cosa que muchos creían, o al menos fingían hacerlo, dado que Yesugei detestaba que pusieran en duda su palabra.
Temujin, cuya mirada se había vuelto juguetona de repente, le arrojó riendo el juguete en plena cara.
—¡Cógelo!
La bizantina agarró in extremis la espantosa pelota de crin y prorrumpió en carcajadas a su vez.
—¡Cada vez eres más diestro! —dijo antes de tirarle de vuelta la bola.
Lo miraba jugar con admiración.
Cada día adquiría mayor habilidad. Al presente conseguía imprimir un nuevo bote a la pelota con el empeine sin que llegara a tocar el suelo.
La mujer suspiró.
Ya no era el niño enclenque que le habían confiado cuando entró al servicio de Yesugei, sino todo un hombrecito desbordante de energía.
Los hombros se le habían ensanchado, y como siempre se mantenía muy erguido, tal como su padre le exigía, parecía mayor de la edad que tenía. Su tez color ladrillo, debida a los rigores del clima pero también a la alimentación demasiado rica en carne de los pueblos de la estepa —aquellos hombres se alimentaban exclusivamente de carne y lácteos—, confería a su rostro un hieratismo que lo hacía aún más armonioso de lo que era, gracias a una frente alta, rematada por un casco de cabello espeso y brillante como el visón, unos hermosos ojos negros y almendrados, así como unos labios sorprendentemente carnosos y tan bien dibujados que recordaban los de las figuras grecobudistas de Gandhara.
La bizantina le tendió otra galleta tesalónica, que el pequeño rechazó de plano.
—¡Pero si no has comido nada! —protestó ella un tanto ofendida.
—Ya no tengo hambre...
Con un suspiro, la mujer fue en busca de un manuscrito medio deshilachado y que solo resultaba utilizable porque se trataba de un pergamino de cordero curtido según las reglas del arte.
—Tengo que hacerte recitar la lección...
Con el muñeco en la mano, el chiquillo se sentó en el regazo de Gulmur. La bizantina se puso a hojear el libro. Se trataba de una especie de léxico en diversas lenguas que usaban los mercaderes llegados de Occidente para hacerse entender. Posó el índice derecho del niño en el centro de la página en la que se había detenido.
—Vamos a ver cuáles son las palabras que designan «lobo» en parto, en persa y en latín...
—¿Otra vez?, ¡pero si ya lo estudiamos ayer!
Hizo un mohín: en su mente, Gulmur era más una proveedora de galletas de miel que una dispensadora del saber.
—¡Tu padre lo exige! —replicó con firmeza la bizantina.
Yesugei, sabedor de que pueblos procedentes de los cuatro confines de la tierra atravesaban la estepa cada vez con más frecuencia, insistía en que su hijo manejase el mayor número de idiomas posible. Distaba mucho de ser un capricho: eran tantas las razas que iban y venían por la Ruta de la Seda que los keraitas —una tribu mongola parte de cuyos miembros se habían convertido al nestorianismo cristiano y que acampaban en las laderas de la cordillera del Karakórum— denominaban a ese eje «la torre de Babel tumbada».
Sin embargo, Temujin, todavía muy pequeño, rabiaba por no poder seguir jugando con su pelota. No comprendía qué utilidad podía tener dominar esas lenguas de incontables expresiones y cuyas fórmulas alambicadas y complejas, así como los matices sintácticos, se le antojaban del todo inútiles en comparación con la eficacia de la lengua mongola, un habla ruda cuyas palabras iban directas al objetivo cual un proyectil bien arrojado. Bien mirado, encontraba más interesante dibujar ideogramas con Vieja Cumbre, el anciano mandarín a cuyo lado aprendía chino.
El hecho de empezar por la palabra «lobo» lo había calmado un tanto. Desde muy pequeño, estaba fascinado por los ojos amarillos de ese predador de temible mandíbula que lograba engañar a su entorno con su aspecto escuálido y sus aires de perro apaleado. El lobo había comprendido que el número hacía la fuerza, de ahí que cazase siempre en manada. Era el terror de los pastores y de sus rebaños. Para protegerse de los lobos, los mongoles apelaban a los chamanes, quienes, para la ocasión, oficiaban tocados con una cabeza de lobo.
Después de «lobo» pasaron a «luz», una bonita palabra que evocaba el sol, la luna y las velas, y luego a otras mucho menos evocadoras, como «lupanar», una «casa sin demasiado interés», explicó Gulmur, cuyas mejillas se habían sonrojado ligeramente mientras lo decía. Cuando llegaron a «atril», el pupitre que servía para leer con más comodidad los libros y que a él se le antojaba de una inutilidad total, como no aguantaba más, arrojó la bola de pelos contra uno de los pilares de cedro. Esta dio un rebote y fue a aterrizar a los pies de la bizantina.
Tras correr a recogerla, fue a plantarse ante Gulmur con expresión insolente.
—¿Por qué mi padre me puso Temujin?
Conocía la respuesta, pero no podía evitar encontrar extraña la costumbre que exigía que un padre pusiera a su primogénito el nombre de su peor enemigo, porque estaban convencidos de que dicha práctica inculcaba el espíritu de bravura en el susodicho retoño. Temujin Oka era el nombre del jefe militar tártaro al que Yesugei había conseguido capturar al final de un memorable cuerpo a cuerpo, antes de hacerlo desmembrar mediante los cuatro caballos atados a sus extremidades, hechos que habían acontecido varios meses antes de su nacimiento.
Aunque de origen mongol, los tártaros eran considerados por las otras grandes tribus de la estepa, los quiyat, los keraitas, los jajirat, los merkitas y los daichi’ut, como enemigos mortales. Su territorio se extendía desde la parte oriental de Mongolia al Kazajstán actual. Sus jefes eran especialmente astutos. Para lograr sus fines, que consistían en someter al conjunto de las tribus mongolas, habían conseguido establecer una alianza con los Jin, a quienes habían hecho creer que eran los «agentes de policía» de la estepa.
Tras arrodillarse ante Temujin para estar a su altura, Gulmur apoyó las manos en sus hombros.
—Decididamente, Temujin, ¡dominas el arte de hacer cien veces la misma pregunta!
Él aplastó el juguete con el talón e imitó el aullido del lobo. La mujer se tapó los oídos riendo.
Entre ellos se había convertido en un juego.
El pequeño dejó de gritar y clavó en la bizantina una mirada desafiante.
—¿No temes que acabe prisionero, como aquel cuyo nombre llevo?
Sonreía.
Gulmur le abrió los brazos, en los que él se arrojó al instante.
La bizantina lo estrechó con fuerza. Tenía los ojos cerrados. Habría querido aprisionar el tiempo, como si aquel niño pudiera no crecer jamás. Era de edad demasiado avanzada para ser madre.
Su querido pequeño Temujin... ¿Qué existencia llevaría? Y pensar que Yesugei apenas le permitía ya jugar... Gulmur opinaba que el padre del chiquillo se pasaba de rosca al querer convertirlo en un jefe a toda costa. Tiro con arco, caza, equitación, aprendizaje de lenguas, manejo de la espada y de la honda: el pequeño no tenía un momento de respiro. En Bizancio ni se les pasaba por la cabeza meter de ese modo en vereda a los jóvenes príncipes. No se les robaba la infancia. Dejaban a los niños soñar y divertirse.
Se enjugó una lágrima.
De nuevo la embargó la nostalgia de su país. De hecho, casi siempre era así, pues estaba agazapada en sus adentros y resurgía al menor pensamiento triste. Con el fin de tratar de superarla, hincó el diente a una galleta de miel, pero como la de la estepa era mucho menos delicada que la del Helesponto, donde se decía que las abejas descendían del Olimpo, el dulce no le hizo el menor efecto... La tristeza seguía allí, más enterrada que nunca en las profundidades de su alma.
No era ese el caso de Temujin, al que miraba mientras seguía mordisqueando la galleta, que, decididamente, no le entraba. El chiquillo reía a mandíbula batiente, jugando y bailando, agrediendo a sus juguetes y luego los besaba, interrumpiéndose de vez en cuando para lanzar sus aullidos de lobo.
Si aquel niño no hubiera existido, a todas luces Gulmur se habría ahogado en la nostalgia.
1. La dinastía de los Jin reinó en la China del Norte desde 1115 hasta 1234, fecha en que fue derrotada por los mongoles.
2
Ho-elun
—Temujin, no grites tanto... ¡No dejas dormir a los que intentan hacer la siesta! ¡Y además acabarás por dañarte la voz! —exclamó la mujer que acababa de entrar en la yurta con el pie derecho, pues traía mala suerte utilizar el izquierdo.
Temujin dejó de aullar al instante. La mujer que detestaba oírlo imitar al lobo era su madre. Se llamaba Ho-elun y pertenecía al clan de los qonggirat, pues la costumbre exigía que los mongoles de cierto rango no contrajeran matrimonio entre miembros de una misma tribu.
Ho era una auténtica belleza. Cuando uno veía su larga cabellera negra de reflejos incandescentes, sus ojos de un verde casi fosforescente y sobre todo su porte altivo de princesa, comprendía por qué Yesugei se había arriesgado a raptarla, cuando la joven acababa de casarse con Yaka, uno de los principales acólitos del jefe de la tribu de los merkitas.
Aquel rapto, que causó tanto revuelo que aún se hablaba de él en las yurtas, se había producido a la orilla del río Onon, adonde había acudido Yesugei para una partida de caza con gavilán.
Había sido un flechazo. Se había cruzado con Ho-elun por casualidad. Iba sentada en una carreta tirada por dos yaks, y su marido, un pánfilo al que ella no había elegido, cabalgaba delante. Subyugado por la belleza de aquella muchacha, Yesugei tomó la decisión de raptarla. Gracias a la ayuda de sus dos hermanos, que lo acompañaban, el asunto salió a pedir de boca: apenas el tal Yaka vio a los tres hombres arremeter contra él, puso pies en polvorosa abandonando a su joven esposa a su suerte...
Yesugei se casó con Ho-elun a la semana siguiente.
La fiesta duró tres días y dos noches... Se consumieron un camello, tres yaks y veinticinco corderos, todo ello regado con no menos de treinta y tres jarras de alcohol de palma. Yesugei había vaciado las reservas de la tribu.
El matrimonio fue fecundo, Ho-elun dio a Yesugei cinco hijos. Cuatro niños —Temujin, Qasar, Qachi’un y Tamuga, los dos últimos fallecidos a temprana edad— y una niña, Tamulun, asimismo, arrebatada por el sarampión a la edad de dos años.
Dado que la costumbre mongola, al igual que en China, Asia central y todo Oriente Medio, exigía que los hombres de cierto rango desposaran a diversas mujeres, Temujin tenía varios hermanastros. Y como los mongoles, por su parte, no establecían diferencias entre sus concubinas, a las que llamaban «esposas secundarias», y su esposa principal, Ho había tenido que luchar por mantener su rango.
Tímido fue a pegarse a las faldas de Ho-elun entre gemidos. Temujin ordenó entonces al moloso que se tumbara a los pies de su madre, y acto seguido se arrojó sobre el perrazo, con el que hacía lo que quería. Ho-elun miraba a su hijo con expresión preocupada. Era su favorito. No le gustaba verlo echarse sobre aquel perro, cuyas mandíbulas habrían podido dar cuenta de él de un solo bocado, aunque ahora el animal lo estuviera lamiendo con fruición. Tenía miedo por él. Lo protegía. Era un niño sensible. A menudo gemía en sueños, porque soñaba que unos lobos lo tenían rodeado o que unos buitres pretendían llevárselo por los aires. Cuando la llamaba, ella acudía a su lado. Cuántas veces se había visto obligada a acogerlo en su cama, cuando no lo había oído llamarla en su auxilio. El pequeño iba a su encuentro de puntillas a fin de no despertar a Yesugei, que dormía en una yurta próxima... Adoraba esos momentos en que veía despuntar el día mientras su hijo dormía hecho un ovillo contra ella...
Temujin la correspondía con holgura. Amaba a su madre de forma posesiva en extremo, con arrebatos de fogosidad que podían revelarse especialmente violentos, a tal punto que ello irritaba a Yesugei. En momentos así Temujin consideraba a su padre un intruso...
Temujin admiraba a Ho con toda la razón: era una mujer excepcional. Yesugei solía decir que, además de belleza, su esposa poseía cualidades masculinas. Su hijo no estaba de acuerdo. Si bien Ho tiraba con arco y montaba a caballo como una amazona, una de aquellas guerreras de orillas del mar Negro cuya leyenda le había relatado Gulmur, las cuales se pasaban la vida a caballo y se hacían cortar el pecho derecho a fin de que no les estorbara para tensar el arco, para él su madre tenía un comportamiento de loba. La loba es mucho más valiente que el lobo. Una loba jamás abandona a sus crías; es capaz de enfrentarse a un oso treinta veces más pesado que ella para defenderlas. Ho jamás cedía ante nada. Temujin encontraba, asimismo, que su madre montaba a caballo aún mejor que su padre, quien, sin embargo, era un jinete consumado. Al contrario que él, Ho no necesitaba ni látigo ni espuelas para hacerse obedecer por su montura; siempre montaba a pelo, y la dirigía con una simple presión de los muslos.
Gulmur tendió a Ho el barrilito de madera donde guardaba las galletas de miel. La madre de Temujin, que las apreciaba especialmente, aunque no llevase a la bizantina en el corazón por motivos que se explicarán más adelante, hundió en él la mano. Y eso a pesar de que comer golosinas no era práctica habitual entre los nómadas, dado el temor que sentían a desgastar prematuramente sus dientes y tener que contentarse con carne cocida en lugar de la carne asada que servían a cuartos enteros en los banquetes. En lo que a Ho respectaba, tenía una dentadura centelleante; cuando sonreía, le iluminaba el rostro.
Tímido empezó a gruñir. Temujin, que acababa de coger una galleta, miró en dirección a la puerta. El perro siempre reaccionaba así ante la llegada de un desconocido... para proteger a Temujin, o ante la de cualquiera a quien este no apreciase. Se trataba del segundo caso, puesto que Olun, su aborrecida tía, irrumpió en la yurta hecha una furia, antes de exclamar con su insoportable voz aguda, al tiempo que fulminaba a Ho con la mirada:
—¡No encuentro el tapiz del águila! ¿Dónde lo has metido?
Olun se refería al pequeño tapiz de seda en el que ambas mujeres trabajaban por turnos desde hacía un año y cuyo motivo debía ser un águila real volando en un cielo de un intenso azul. Ho quería regalárselo a Yesugei para su décimo aniversario de boda. Dado que, por sí sola, la realización de una trama requería un día entero, temía no concluir la labor a tiempo. Por eso había aceptado la ayuda de su cuñada, cosa que en ese momento lamentaba amargamente, pues Olun no se aplicaba en absoluto, lo que la obligaba a repasar después y retrasaba en mayor medida el progreso del bordado; la desdichada águila estaba aún al nivel de las patas, a las que por lo demás faltaban las garras, ya que Olun había pretextado que no disponía de hilo del color adecuado.
Ho había llegado a la conclusión de que Olun procedía adrede de forma chapucera porque estaba celosa de su felicidad, de sus cinco hijos y sobre todo del hecho de que su marido siguiera con vida, mientras que el suyo había muerto.
—¡En el sitio de costumbre: en el baúl de las telas! —respondió Ho con un mohín.
Olun, que sabía perfectamente dónde estaba guardada la labor, encontraba un perverso placer en sacar a Ho de sus casillas. Y mientras, satisfecha del efecto producido por su chorro de hiel, giraba sobre sus talones canturreando, Ho abrazó con ternura a su hijo.
—¿No es la hora en que se supone que el maestro Vieja Cumbre debe enseñarte los ideogramas?
Él le besó las manos y respondió afirmativamente antes de salir corriendo de la yurta.
La de Vieja Cumbre se hallaba situada al otro lado del círculo. Nada la distinguía de las demás, a no ser el yin y el yang grabados en un disco de madera que el anciano chino había clavado en la puerta.
Temujin entró sin llamar.
El interior del recinto de aquel mandarín era un mundo donde reinaba la calma y la serenidad, en contraste con el perpetuo guirigay del resto del campamento, donde vivían hacinados unos sobre otros, donde no había ningún libro pero sí numerosas armas, pieles colgando de las paredes, camas deshechas que olían a sudor y a cabra, perros tumbados en las alfombras, piojos y pulgas que se deleitaban con todo ello, así como ropas y carne secándose al sol.
Para el niño que Temujin era, la yurta de Vieja Cumbre, quien solía afirmar que el ruido impedía a las ideas surgir en absoluta quietud, con sus paredes de fieltro tapizadas de libros y su ancho agujero en la techumbre, el cual permitía al mandarín, cuya vista flaqueaba, trabajar sin velas a plena luz del día, constituía sobre todo un universo intimidatorio, un territorio aparte en el que, pese a su tierna edad, era consciente de que suponía un inmenso privilegio poder entrar.
Como de costumbre, el anciano chino estaba sentado a su escritorio consultando sus grimorios.
Temujin hizo una leve inclinación y dijo:
—Ni hao, Laoshi!
Lo que significaba «Buenos días, viejo maestro», pues su profesor exigía que lo llamara así, a la manera de los doctos aprendices del otro lado de la Gran Muralla.
Vieja Cumbre hacía honor a su nombre, ya que parecía haber sido esculpido en marfil antiguo, mientras planeaba por alturas estratosféricas... De hecho, lo que cabía entrever de su cuerpo, cuya curvatura recordaba la de un colmillo de elefante, producía una indiscutible impresión de ancianidad, desde la piel apergaminada de su rostro demacrado y lampiño, excepto por cuatro pelos que vagaban por su mentón puntiagudo, hasta sus manos increíblemente finas y diáfanas, que se prolongaban en unas uñas aún más largas y curvadas que las garras de un águila real, cosa que en los mandarines de su grado, uno de los más elevados, ponía de manifiesto que se consagraban con exclusividad a las tareas intelectuales. En cuanto a su mente, a Temujin se le antojaba de esencia superior e incluso de una elevación inaudita, tal como atestiguaban su inmensa cultura y la profundidad de su juicio.
Nunca se había atrevido a preguntar a su profesor de chino cómo había ido a parar tan lejos de Bianliang,2 su ciudad de origen, una urbe de quinientos mil habitantes donde algunos emperadores Tang habían residido antes de que se convirtiera en la capital de los Song, y que contaba con más de mil pagodas y cinco inmensos mercados, uno de ellos dedicado en su totalidad al comercio de la seda, fabulosos puentes por encima del Gran Canal, una vía de agua construida expresamente por el hombre, barcos dragón repletos de mercancías, bibliotecas mayores que el mayor de dichos barcos... Elementos todos ellos que Vieja Cumbre le describía con temblor en la voz pero que él no conseguía visualizar de otro modo que como una mera fantasía, pues cuando jamás se ha salido de la estepa, resulta de todo punto imposible imaginar lo que puede ser una inmensa ciudad.
Si bien a la sazón el budismo era la religión oficial de los emperadores chinos, el venerable erudito seguía siendo confuciano. En eso no se distinguía de sus congéneres, que solo juraban por el maestro Kong, el «erudito oficial» de China, el que había teorizado la unificación de los «Reinos Combatientes» para transformarlos en un «Gran Imperio», es decir, un inmenso territorio sin solución de continuidad donde todos se hallaban sometidos a las mismas leyes y debían hablar la misma lengua, donde los agricultores estaban anclados a sus campos, los mercaderes a sus puestos, los funcionarios y los eruditos a sus sillas y sus despachos, todo ello organizado de manera que permitiese al emperador aumentar los impuestos con el fin de constituir un poderoso ejército capaz de defender el conjunto contra las incursiones de los bárbaros, de los que Temujin, que empezaba a reflexionar seriamente sobre el asunto, se decía que los mongoles formaban parte...
En efecto, Vieja Cumbre no se contentaba con enseñar a Temujin los ideogramas. El mandarín, que era un hombre de orden y sentía pasión por el Estado, le había explicado cómo Qin Shi Huangdi, el primer emperador de China, apoyándose en los «tres pilares» de Confucio —la educación, los impuestos y el ejército—, había instaurado mil quinientos años atrás la «Gran China», un «Estado» que se extendía «desde la estepa hasta el mar».
Gracias a eso, Temujin empezaba a comprender en qué consistía el Estado, un concepto ajeno por completo al nomadismo, y que los nómadas que conocían su existencia no podían sino odiar. A fuerza de oír a Vieja Cumbre cantarle las alabanzas del Estado, se había hecho más o menos su propia idea sobre la cuestión.
Un Estado era una entidad colectiva de la que sus gentes acababan por no poder prescindir, aunque tendiese a cercenarles la libertad de actuar a su antojo..., es decir, lo opuesto a lo que preconizaba Yesugei, para quien la facultad del pueblo mongol de ir a donde le pluguiese constituía su bien más preciado.
En suma, Estado no era sinónimo de libertad, pero tal vez se tratase de un mal necesario si uno quería seguir siendo nómada... Lo que significaba que la expresión «Estado nómada» no era obligatoriamente un oxímoron.
Como buen confuciano, el anciano sabio no podía imaginar que su joven alumno tuviera espíritu crítico y que comparase sus palabras con las que por otro lado le dirigía su padre.
Temujin no se tomaba al pie de la letra todas las teorías de Vieja Cumbre. Sin embargo, era lo bastante inteligente para sentirse agradecido a su profesor por permitirle forjarse su propia opinión sobre las cosas y poder sacarla a la luz libremente gracias a una hábil mayéutica. Por ejemplo, mientras que Vieja Cumbre no dejaba de machacar sobre las virtudes de la Gran Muralla, que según él protegía a la civilización de la famosa barbarie, el chiquillo había constatado que aquella obra, aunque supuestamente construida para toda la eternidad, se agrietaba en numerosas zonas, por no hablar de la arena que recubría tramos enteros. Mientras atravesaba zonas desérticas, había tenido ocasión de verlo... Según Yesugei, los chinos, que creían haber construido un muro infranqueable para protegerse de los bárbaros, habían perdido el tiempo, pues al presente los aborrecidos bárbaros eran susceptibles de adentrarse en su territorio. Ese día, Temujin había recibido la confirmación de que, cuando Vieja Cumbre hablaba de los bárbaros, era a todas luces a los mongoles a quienes se refería.
Sobre otros puntos, en cambio, era el mandarín quien tenía razón, por ejemplo, cuando, tras aceptar el taoísmo y dejar de lado el credo confuciano, que prohíbe plantear la menor pregunta enojosa —porque había bebido demasiado alcohol de sorgo—, proclamaba, alzando el pincel cual si se tratase de su índice, que lo que los hombres construían estaba destinado sin remedio a ser destruido por otros y eventualmente reconstruido por terceros. En suma, el universo se hallaba en perpetua transformación y el ser humano no tenía otra opción que adaptarse a ello. De lo que Temujin deducía que tampoco los Estados eran inmutables, que sus fronteras eran cambiantes y que, al igual que las plantas, podían crecer o empequeñecerse, incluso algunos llegar a declinar.
El ejemplo de declive más flagrante, al que Vieja Cumbre aludía con frecuencia presa de furia, concernía a China. Por brillante que fuera, la «civilización» no había escapado al recorte. Así, los Jin, la dinastía de Oro,3 habían expulsado a los Song de su territorio. Desde entonces, los emperadores chinos debían contentarse con reinar sobre una zona muy estrecha.4 Otros imperios no habían tenido tanta suerte y se habían apagado como la llama de una vulgar vela.
Así pues, los imperios eran construcciones efímeras... como toda construcción humana. Ahora bien, siempre según Temujin, que llevaba a cabo la síntesis entre las afirmaciones de su padre y las de su profesor, los imperios eran fundados por conquistadores, hombres que no tenían miedo a nada y que se sentían atraídos por lo desconocido.
A un conquistador no lo asustaba llegar al último confín de la tierra, allí donde esta terminaba, por encima de ese abismo insondable del fin del mundo que llamaban el mar; un conquistador era, asimismo, capaz de detener en seco a su caballo para no caer de él. Un conquistador se jugaba la vida como en un juego de dados, pero poseía la destreza de tirarlos de un modo que le permitía obtener el resultado por el que había apostado. Ahora bien, un conquistador estaba condenado a ganar. El conquistador que empezaba a perder veía derrumbarse su imperio como una cabaña mal construida.
Uno de los más extraordinarios conquistadores que jamás hubieran existido era sin lugar a dudas Alejandro Magno. Como todo apasionado de la historia, Vieja Cumbre conocía la vida del macedonio, gracias a los relatos de sus soldados que, tras su muerte, habían hallado refugio en territorio chino para escapar de sus perseguidores. Tales hechos se remontaban a la época de los Reinos Combatientes, un poco antes del advenimiento del primer emperador, de ahí que algunos no dudaran en afirmar que Qin Shi Huangdi había tomado a Alejandro Magno como modelo.
Temujin estaba fascinado por aquel emperador griego, que había reinado mucho tiempo atrás5 sobre un territorio que unía los dos mares, el de Oriente y el de Occidente. Gulmur, quien también conocía, por motivos obvios, su epopeya, se la narraba por la noche antes de que se durmiera y con palabras aún más entusiastas que las de Vieja Cumbre. Le canturreaba también una canción según la cual aquel individuo era tan apuesto que todas las mujeres, al igual que todos los hombres con los que se cruzaba, sucumbían irremediablemente a sus encantos.
Se trataba de una epopeya fascinante, pese a su brevedad, dado que el griego había muerto cuando apenas pasaba de los treinta. La gesta convertía a Alejandro en un conquistador que, cual lobo jamás saciado, había sido capaz de engullir uno tras otro a miles de clanes y sus territorios, a tal punto que en el momento de su muerte, su imperio era tan extenso que sus estafetas necesitaban más de un año para cruzarlo.
No por ello Temujin sacaba la conclusión de que, por querer abarcar demasiado, finalmente el macedonio no había abrazado gran cosa. Por el contrario, a sus ojos de niño, Alejandro había logrado plenamente su propósito, y eso por tres razones: de entrada —punto menos importante—, Alejandro Magno sabía hablar a los caballos y estos le correspondían; en segundo lugar, era un jefe de guerra que sudaba la camisa combatiendo al lado de sus soldados; por último, aquel hombre había comprendido que para conquistar un territorio debía federar a sus tribus con el fin de formar un único pueblo. Y, prueba de su convicción de que, sin un pueblo, un emperador no podía existir, Alejandro Magno obligaba a sus soldados a contraer matrimonio con las jóvenes que habitaban en los territorios conquistados... Vieja Cumbre hablaba de ello con una mueca de repugnancia: más de diez mil muchachas habían sido casadas a la fuerza con soldados griegos...
En resumen, Alejandro Magno era una combinación de Yesugei y Vieja Cumbre, de acción y reflexión, de valor y virtud, una mezcla que Temujin tenía la certeza de encarnar a su vez. Y sobre todo, estaba convencido de que el conquistador griego había imaginado todo el proceso antes de emprenderlo, al igual que él mismo soñaba ya con federar al pueblo mongol, la ambiciosa idea de su padre. Un conquistador debía poner en acción su imaginación y su inteligencia en mayor medida todavía que sus brazos y piernas.
En consecuencia, la guerra era ante todo una cuestión de estrategia y de cerebro. Y en el de Temujin, tanto las conquistas de Alejandro, su inmenso imperio, todos aquellos pueblos sometidos, como su personalidad, su sorprendente encanto y el hecho de que todo aquel con quien se cruzaba quedase prendado de él, le suscitaban un montón de preguntas.
La que más lo obsesionaba concernía al declive del imperio de Alejandro Magno. ¿Por qué, tras su muerte, todo el edificio se había derrumbado? ¿Por qué cuanto había emprendido quedó reducido a polvo, a tal punto que en la estepa nadie había oído hablar jamás de sus conquistas?
Si bien por lo general un niño no está en disposición de aprehender el carácter efímero de cuanto lo rodea, Temujin había llegado al extremo de imaginar la debacle del imperio del macedonio: sus bienes robados, sus residencias saqueadas; los jefes de las tribus que le habían jurado fidelidad rebelándose contra sus generales, los cuales se disputaban la sucesión del jefe; la desbandada de las esposas de sus soldados, obligadas a regresar a su tierra junto con sus huérfanos, a los que tendrían que criar solas y en la vergüenza, marcadas para siempre por la infamia de haber contemporizado con el ocupante extranjero...
Gulmur, esta vez con lágrimas en los ojos, le había hablado de ello: las estatuas erigidas por doquier en honor de Alejandro habían sido reducidas a añicos por los mismos que en vida lo ensalzaban y le trenzaban coronas de laurel. «¡Ay de los vencidos!», añadía ahogando un sollozo, pues al decirlo era a todas luces en sí misma en quien pensaba la bizantina...
Así pues, la caída sucedía ineludiblemente al auge, al igual que lo frío sucede a lo caliente y lo yin sucede a lo yang... Tal era la lección que sacaba de la historia el conquistador en ciernes que era Temujin...
Existía, asimismo, gran similitud entre la epopeya de Alejandro y la evolución del universo tal como la describía la sucesión de hexagramas del I Ching,6 aquel extraño libro que a Vieja Cumbre tanto le costaba explicarle, según el cual todo lo que es producido está llamado a desaparecer para reaparecer mejorado, y que nos enseña que un universo desprovisto de aliento es un universo muerto, y lo mismo cabe decir del hombre. Ahora bien, eso no asustaba a Temujin, cuya ambición era hacerlo mejor que el famoso Alejandro Magno. Incluso pretendía que su vigor de ánimo superaba al del macedonio, y ansiaba conquistar territorios aún más vastos que los suyos.
Desde lo alto de sus siete años, soñaba ya con construir un imperio más extenso que el de Alejandro y, sobre todo, que lo sobreviviera.
Deseaba un imperio eterno. Un sueño de chiquillo que se había jurado materializar.
Una vez que su alumno lo hubo saludado al entrar en la yurta, Vieja Cumbre, que había interrumpido sus transcripciones, se levantó la cofia negra y le respondió en la lengua de los Han:
—Ni hao, Da Mu Qin!
Temujin se inclinó de nuevo con respeto ante el anciano y fue a sentarse al otro lado del escritorio. Sobre este había un grueso libro compuesto de un centenar de hojas cosidas entre sí, un tarro lleno de pinceles y un rollo de papel.
El libro era un ejemplar de las Conversaciones de Confucio, cuyo texto había sido impreso por medio de caracteres móviles de madera, y sobre el que Vieja Cumbre lo hacía trabajar desde diez días atrás. Le gustaba mucho aquella obra, pero por motivos distintos de los intelectuales: el papel de fibras de lino era tan agradable al tacto como las manos de Gulmur o incluso el pecho de su madre.
Levantó la vista. Antes de ponerse a la tarea, le gustaba contemplar una estatuilla, un mingqi —así llamaban los chinos a sus figuritas: caballos, jinetes, bailarinas, las cuales a su muerte eran dispuestas en su sepultura—, que representaba a una muchacha bailando. No obstante, más que las armoniosas curvas de su vestido de largas mangas acampanadas, lo que lo fascinaba era el rostro angelical de aquella estatuilla, sus mejillas levemente carnosas de un rosa nacarado, sus labios rojo carmín dibujados con un solo trazo de pincel y sus ojos cerrados, dos pequeños acentos negros. Mientras se imaginaba acariciando las mejillas de la que Vieja Cumbre llamaba, bromeando, «Rocío de Primavera», pues tal era el nombre que utilizaban muchos poetas chinos para dar a entender que la joven de la que hablaban era muy hermosa, el anciano mandarín, que había llegado a la página buscada tras haber hojeado el libro con delicadeza, lo sacó de su ensoñación diciendo:
—¡Hoy vas a copiar el pasaje donde el maestro Kong exalta la piedad filial!
Acto seguido el pequeño extendió con cuidado el rollo de papel sobre el escritorio. Después, tras haber elegido un pincel, inspiró y espiró hondo varias veces, pues, tal como su profesor le había enseñado, si uno quería aprehender el sentido profundo de un texto, antes de sumirse en él convenía «abrir los orificios y vaciar la mente de las diversas escorias que vagan por esta».
Pese a ello, su mente no cesaba de agitarse cuando se puso a copiar lo que Confucio había escrito mil setecientos cincuenta años atrás sobre la virtud y sobre la cortesía.
2. Se trata de la ciudad de Kaifeng, en la provincia de Henan.
3. Jin significa «oro» en chino.
4. Que se extendía desde Kaifeng (en Henan) hasta Hangzhou (en Zhejiang).
5. Alejandro Magno murió en 323 antes de Cristo.
6. El famoso «Libro de las mutaciones».
3
La piedad filial
Acababa de terminar de caligrafiar el pasaje de las Conversaciones relativo a la piedad filial y seguía sin comprender por qué razón un hijo debía obligatoriamente respetar a su padre, se sobreentendía que incluso cuando este cometía estupideces, al igual que, aunque eso no lo sorprendía tanto, siempre había que inclinarse ante alguien de mayor edad que uno. A su modo de ver, solo se debía respeto a aquellos a quienes se admiraba, y la edad no tenía nada que ver con un comportamiento digno de admiración.
No era la primera vez que estaba en desacuerdo con lo que el maestro Kong escribía: ya fuese sobre el hecho de que la virtud, que para un confuciano constituye la principal riqueza interior del hombre, podía adquirirse mediante el estudio, cuando él pensaba que la virtud consiste en la superación de uno mismo basada en la acción y la experiencia, o sobre la escasa consideración que la caza merecía al filósofo, cuando un individuo que no caza no puede comer carne, y un hombre hambriento se convierte en una bestia sedienta de sangre. Del mismo modo, mientras que Confucio consideraba superiores las actividades de naturaleza intelectual, Temujin estimaba más importante para el individuo el saber tirar con arco e incluso ser capaz de asestar una cuchillada en el corazón de su enemigo, antes que saber leer, escribir o recitar a tal o cual autor. Para él, el alimento del espíritu se dirigía únicamente a las personas ya saciadas, los eruditos necesitaban cazadores y soldados para existir, y el valor, así como la capacidad de aguante, eran virtudes superiores a la inteligencia y la agudeza de juicio. Desde hacía cierto tiempo, y aun cuando formulaba sus argumentos de forma un tanto ingenua, ya no dudaba en hacer partícipe de sus propias consideraciones a Vieja Cumbre.
De hecho, se disponía a hacerlo, cuando un hombre barbudo, de mediana estatura y que llevaba un saco a la espalda del que asomaba la cabeza de un niño pequeño, empujó la puerta. En cuanto lo vio, Temujin volvió a sumirse de forma ostensible en las Conversaciones.
—¿Qué buen viento te trae a estos lugares donde sopla el espíritu, mi estimado señor Monglik? —preguntó Vieja Cumbre al susodicho barbudo.
El aludido alzó los ojos al cielo. El humor no era su fuerte y no entendía nada de las ampulosas fórmulas a que solía entregarse el viejo chino. Las únicas actividades en que Monglik destacaba eran el tiro con arco y la caza.
Primos en segundo grado, a Yesugei y Monglik se los consideraba «hermanos de armas», pues así era como se designaba a dos muchachos que habían sido criados juntos y en el sentido del honor.
Temujin no sabía muy bien por qué, pero no le gustaba Monglik. Era un gran mujeriego que multiplicaba las conquistas y había tenido muchos hijos con numerosas mujeres, de los que no se ocupaba. La que había traído al mundo al pequeño de nombre Jamaq que llevaba a la espalda había muerto de parto.
En cuanto Jamaq vio a Temujin, empezó a agitar las piernecitas, que sobresalían del fondo del saco. El bebé adoraba la compañía del hijo de Yesugei.
—La clase está a punto de acabar —lo avisó Vieja Cumbre, mientras Temujin seguía haciendo como si no hubiera visto a Monglik.
—¡En buena hora! ¡Ahora podremos irnos! —exclamó este con una voz aguda que no se correspondía con su corpulencia.
Monglik era casi vez y media más alto que Yesugei, cosa que irritaba sobremanera a Temujin. Y como se trataba asimismo de un gran arquero, Yesugei le había pedido que enseñara tiro con arco a su hijo. Las sesiones tenían lugar dos veces por semana, en una pradera situada a pocos pasos de las yurtas.
Temujin estaba acabando de secar el pincel, cuando dos chiquillos irrumpieron ruidosamente en la tienda. El más bajito, su hermano Qasar, tenía dos años menos que él. El más alto, que había nacido tres semanas después que él, se llamaba Bekter. Era uno de sus hermanastros, hijo de la segunda esposa de Yesugei.
Bekter no había sido mimado por la naturaleza. El aspecto simiesco de su rostro, debido a sus greñas y a unas cejas negras como el carbón, hacía presagiar lo peor cuando, en la adolescencia, su sistema piloso lo diera todo de sí. Y por si fuera poco, a semejanza de aquellos que, gracias a su voluble carácter, subsisten en un mundo duro, Bekter era solapado y ladronzuelo. Y también el más pendenciero de sus hermanastros.
Entre estos, su preferido era Belgutei. Ambos niños habían nacido casi al mismo tiempo. Lamentablemente, a Temujin y Belgutei los habían separado al poco de nacer. Dos años atrás, la madre de Belgutei, que, al igual que Ho, pertenecía a otra tribu, había muerto de resultas de una mala caída cuando montaba un caballo salvaje. Yesugei la había llorado mucho. Tras aquella tragedia, confió a Belgutei a los cuidados de su abuelo materno, un experto domador de caballos, y a la muerte de este, Ho-elun, que no era rencorosa, aceptó hacerse cargo del niño y pasó a ocuparse de él como si fuera propio.
—¡De frente, marchen! —soltó Monglik a los tres chiquillos con el énfasis de un general dirigiéndose a sus soldados.
—¿Jamukha no viene con nosotros? —le preguntó Temujin, medio en serio, medio en broma.
El padre de Jamukha era el jefe de la tribu de los jajirat, un grupo de unos mil pastores-cazadores que ocupaban una zona situada al oeste del lago Baikal, y proveía a Yesugei y los suyos de ovejas y cabras. El padre de Temujin y el de Jamukha habían anudado lazos de amistad. Los dos hombres habían decidido que sus respectivos primogénitos se convirtieran en anda, es decir, «hermanos juramentados» —hoy diríamos «amigos para toda la vida»—. Ese día Yesugei había propuesto a Jamukha, cuyo padre había ido a entregarle ganado, que participase en la sesión de tiro con arco.
—¡Pretende que tiene dolor de vientre!
Temujin soltó un suspiro de alivio. La víspera, una discrepancia lo había enfrentado a Jamukha, porque este había hecho trampa a las tabas. El tono había subido entre ambos y Temujin le había propinado una buena paliza.
La pradera donde los niños aprendían a tirar con arco dominaba el río Onon. Cuando hacía muy buen tiempo, lo que era el caso, se veía la cinta plateada serpentear bajo el sol, antes de perderse en la br
