La ley de los varones (Los Reyes Malditos 4)

Maurice Druon

Fragmento

Creditos

Título original: La Loi des Mâles

Traducción: M.ª Guadalupe Orozco Bravo

1.ª edición: febrero, 2014

© 2014 Maurice Druon, Librairie Plon et Editions Mondiales

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 5.785-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-752-3

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Quiero expresar de nuevo mi más sincero agrade­ci­mien­to a mis colaboradores, Pierre de Lacretelle, Geor­ges Kessel, Christiane Grémillon, Madeleine Marignac y Edmonde Charles-Roux, por la inestimable ayuda que me han prestado durante la redacción de este volumen. Asimismo quiero dar las gracias a los servicios de la Bi­blioteca Nacional, de los Archivos Nacionales, de la bi­blio­teca Méjanes de Aix-en-Provence y de la biblioteca de Florencia, que tanto nos han ayudado en nuestras investigaciones.

M. D.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

PRIMERA PARTE: FELIPE PUERTAS CERRADAS

1. LA REINA BLANCA

2. UN CARDENAL QUE NO CREÍA EN EL INFIERNO

3. LAS PUERTAS DE LYON

4. ENJUGUEMOS NUESTRAS LÁGRIMAS

5. LAS PUERTAS DEL CÓNCLAVE

6. DE NEAUPHLE A SAINT-MARCEL

7. LAS PUERTAS DEL PALACIO

8. LAS VISITAS DEL CONDE DE POITIERS

9. EL HIJO DEL VIERNES

10. LA ASAMBLEA DE LAS TRES DINASTÍAS

11. LOS PROMETIDOS JUEGAN AL GATO Y EL RATÓN

SEGUNDA PARTE: ARTOIS Y EL CÓNCLAVE

1. LA LLEGADA DEL CONDE ROBERTO

2. EL LOMBARDO DEL PAPA

3. LAS DEUDAS DEL CRIMEN

4. "PUESTO QUE ES NECESARIO DECIDIRNOS POR LA GUERRA…"

5. EL EJERCITO DEL REGENTE HACE UN PRISIONERO

TERCERA PARTE: DEL LUTO A LA CONSAGRACIÓN

1. UNA NODRIZA PARA EL REY

2. "DEJEMOS HACER A DIOS..."

3. LA ASTUCIA DE BOUVILLE

4. "MIS SEÑORES, VED AL REY"

5. UN LOMBRADO EN SAINT-DENIS

6. FRANCIA EN MANOS FIRMES

7. ¡CUÁNTAS ILUSIONES PERDIDAS!

8. PARTIDAS

9. LA VÍSPERA DE LA CONSAGRACIÓN

10. LAS CAMPANAS DE REIMS

REPERTORIO BIOGRÁFICO

Árbol genealógico

Lista biográfica

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Prólogo

Durante los tres siglos y cuarto transcurridos desde la elección de Hugo Capeto hasta la muerte de Felipe el Hermoso, solamente once reyes ciñeron la corona de Francia, y todos ellos dejaron un heredero a quien legarla.

¡Prodigiosa dinastía, esta de los Capetos! Parecía que el destino la había marcado con el signo de la perpetuación. De los once reinados, solamente dos habían durado menos de quince años.

A pesar de la mediocridad de algunos reyes, esta extraordinaria continuidad en el ejercicio del poder había contribuido a la formación de la unidad nacional.

El vínculo feudal, puramente personal, de vasallo a señor, de más débil a más fuerte, iba siendo sustituido progresivamente por este otro vínculo, este otro contrato que une a los miembros de una amplia comunidad humana sometida durante largo tiempo a las mismas vicisitudes y a la misma ley.

Aunque la idea de nación no se había plasmado todavía, su esencia y su encarnación existían ya en la persona del rey, fuente permanente de autoridad. Quien pensaba en «el rey» pensaba también en «Francia».

Retomando los objetivos y métodos de Luis VI y de Felipe Augusto, sus más notables antepasados, Felipe el Hermoso se había dedicado durante casi treinta años a construir esta naciente unidad. Pero los cimientos todavía no estaban consolidados.

A la muerte del Rey de Hierro siguió, muy poco tiempo después, la de su hijo Luis X. El pueblo veía en estas muertes tan próximas un signo de fatalidad.

El duodécimo rey había reinado dieciocho meses, seis días y diez horas, tiempo suficiente para que aquel mezquino monarca destruyera gran parte de la obra de su padre.

Durante su paso por el trono, Luis X destacó principalmente por haber ordenado el asesinato de su primera esposa, Margarita de Borgoña, por enviar a la horca al ministro de Felipe el Hermoso, Enguerrando de Marigny, y por hundir a todo un ejército en los barrizales de Flandes. Mientras el pueblo era diezmado por el hambre, se sublevaron dos provincias por instigación de los barones. La alta nobleza ganaba terreno a la monarquía de manera imparable y el Tesoro estaba vacío.

Luis X había subido al trono en un mundo sin Papa que dejaba sin que existiera acuerdo sobre su elección.

Y ahora Francia se quedaba sin rey. De su primer matrimonio, Luis X sólo dejaba una hija de cinco años, Juana de Navarra, a la que muchos consideraban bastarda. En cuanto al fruto de su segundo matrimonio, no era por entonces más que una débil esperanza: la reina Clemencia estaba encinta, pero tardaría aún cinco meses en dar a luz. Además se decía que Luis el Obstinado había sido envenenado.

En tal situación, ¿quién sería el próximo rey? Nada estaba previsto sobre la regencia. En París, el conde de Valois intentaba hacerse proclamar regente. En Dijon, el duque de Borgoña, hermano de la reina estrangulada y jefe de una poderosa liga de barones, no dudaría en defender los derechos de su sobrina, Juana de Navarra. En Lyon, el conde de Poitiers, primer hermano de Luis X, estaba ocupado en desentrañar las intrigas de los cardenales y se esforzaba vanamente en obtener una decisión del cónclave. Los flamencos sólo esperaban la ocasión para tomar de nuevo las armas, y los señores del Artois continuaban su guerra civil.

¿Se necesitaba algo más para recordar al pueblo la maldición lanzada dos años antes por el gran maestre de los templarios desde la hoguera? En una época tendente a la credulidad, aquella primera semana de junio de 1316, el pueblo de Francia se preguntaba si el linaje de los Capetos no estaría marcado para siempre por la maldición.

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PRIMERA PARTE

FELIPE PUERTAS CERRADAS

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1

La Reina Blanca

Las reinas guardaban luto vistiéndose de blanco. Blanca era la toca de fina tela que rodeaba el cuello, cubría la barbilla hasta el labio y dejaba asomar sólo el centro del rostro; blanco el gran velo que cubría la frente y las cejas; blanco el vestido cerrado en las muñecas y que caía hasta los pies. Tal era el aspecto, casi monacal, que acababa de adoptar a los veintitrés años, y sin duda para el resto de su vida, Clemencia de Hungría, viuda de Luis X.

De ahora en adelante nadie volvería a ver su admirable cabellera dorada, ni el óvalo perfecto de sus mejillas, ni aquel brillo, aquel tranquilo esplendor que había impresionado a cuantos la conocieron y celebraron su belleza. La reina Clemencia había adquirido ya el aspecto que tendría en la tumba.

Sin embargo, bajo los pliegues de su vestido se estaba formando una nueva vida, y Clemencia estaba obsesionada por la idea de que su marido no conocería jamás al hijo que esperaba.

«¡Si al menos Luis hubiera vivido lo bastante para verlo nacer! —se decía—. ¡Cinco meses, sólo cinco meses más! ¡Qué alegría habría tenido, sobre todo si es un niño! ¡Si hubiera quedado embarazada la misma noche de bodas!»

La reina volvió la cabeza con desmayo hacia el conde de Valois, que, con paso de gallo cebado, deambulaba por la habitación.

—Pero ¿por qué, tío, por qué habían de envenenarlo tan vilmente? —preguntó—. ¿No hacía todo el bien que podía? ¿Por qué buscáis siempre la perfidia de los hombres donde sin duda sólo se manifiesta la voluntad de Dios?

—Sois la única en atribuir a Dios lo que más bien parece deberse a los manejos del diablo —respondió Carlos de Valois.

Con su gorro empenachado cuyas plumas le caían hasta los hombros, la gran nariz, las mejillas anchas y coloradas, el vientre prominente y vestido con el mismo traje de terciopelo negro adornado con colas de armiño y broches de plata que había lucido dieciocho meses antes, en el entierro de su hermano Felipe el Hermoso, Carlos de Valois llegaba de Saint-Denis, donde acababa de asistir a la inhumación de Luis. La ceremonia le había planteado ciertos problemas, ya que por primera vez desde que fue instaurado el ritual de las exequias reales, los oficiales de la Casa Real, después de gritar «¡El rey ha muerto!», no habían podido agregar «¡Viva el rey!». Y no habían sabido ante quién rendir el homenaje debido al nuevo soberano.

—¡Bien! Romperéis vuestro bastón ante mí —había dicho Carlos de Valois al gran chambelán Mateo de Trye—. Yo soy el más viejo de la familia.

Pero su hermanastro, el conde de Evreux, protestó contra esta extraña pretensión.

—Si de ser el mayor se trata —dijo el conde de Evreux—, no lo sois vos, Carlos, sino nuestro tío Roberto de Clermont, hijo de san Luis. ¿Olvidáis que vive todavía?

—Sabéis bien que el pobre Roberto está loco y que no se puede confiar en aquella mente perdida —replicó el conde de Valois, encogiéndose de hombros.

Finalmente, a la salida del banquete fúnebre, servido en la abadía, el gran chambelán había roto el emblema de sus funciones ante una silla vacía.

Clemencia continuó:

—¿No daba Luis limosna a los pobres? ¿No conmutaba la pena a muchos encarcelados? Yo puedo dar fe de la generosidad de su alma y de su piedad. Si antes había pecado, estaba arrepentido.

Evidentemente, era mal momento para discutir las virtudes con que la reina adornaba la memoria, viva aún, de su esposo. Sin embargo, Carlos de Valois no pudo contener un gesto de impaciencia.

—Sobrina —respondió—, sé que habéis ejercido sobre él una influencia muy piadosa, y que él se mostró muy generoso... con vos. Pero no se gobierna solamente con oraciones, ni llenando de favores a quienes se ama. Y el arrepentimiento no basta para desarmar los más enconados odios que se han sembrado.

Clemencia pensó: «He aquí... a quien se atribuía todos los méritos del poder cuando vivía Luis y que ya reniega de él. En cuanto a mí, pronto me reprocharán todos los regalos que Luis me ha hecho. Me he convertido en la extranjera...»

Demasiado débil y demasiado cansada por las noches de insomnio y los días de lágrimas como para encontrar fuerzas para discutir, Clemencia añadió solamente:

—No puedo creer que hayan odiado a Luis hasta el punto de querer matarlo.

—¡Pues bien, no lo creáis sobrina, pero ésa es la verdad! —exclamó Carlos de Valois—. La prueba la tenemos en ese perro que lamió uno de los paños empleados para extraer las entrañas durante el embalsamamiento y que reventó acto seguido.

Clemencia se aferró con fuerza a los brazos de su asiento para no desfallecer oyendo aquella descripción. Su rostro, chupado y patético, con los ojos cerrados, se puso tan pálido como la toca y el velo que lo encuadraban. El cadáver, el embalsamamiento, el perro errante que lamía los paños ensangrentados... ¿Podía tratarse todo aquello de Luis, del hombre que había dormido a su lado durante diez meses?

El conde de Valois continuaba exponiendo sus macabras conclusiones. ¿Cuándo se callaría aquel hombre gordo, agitado, autoritario y vanidoso que, vestido de azul, de rojo o de negro, aparecía en cada momento importante o trágico, desde que ella había llegado a Francia, para sermonearla, aturdirla con palabras y hacerla actuar contra su voluntad? Desde la mañana de la boda... y Clemencia se acordó del día de su matrimonio, en Saint-Lye, volvió a ver la ruta de Troyes, la iglesia del pueblo, la habitación del pequeño castillo acondicionada apresuradamente como cámara nupcial... «¿He sabido disfrutar bastante de mi felicidad? No, no quiero llorar delante de él», se dijo.

—Todavía no sabemos quién es el autor de este horrible acto —continuó Valois— pero lo descubriremos, sobrina; os lo prometo solemnemente... Si se me dan los medios necesarios, claro está. Nosotros, los reyes... —Valois no perdía nunca la ocasión de recordar que había llevado dos coronas, de forma puramente nominal, pero que no obstante, lo colocaban en pie de igualdad con los príncipes soberanos—. Nosotros los reyes tenemos enemigos que no lo son tanto de nuestra persona como de las decisiones de nuestro cargo, y no falta gente que podía tener interés en haceros enviudar. En primer lugar, los templarios, cuya orden fue una gran equivocación destruir, y los cuales se juramentaron secretamente para causar la perdición de nuestro linaje. ¡Mi hermano ha muerto y ahora le sigue su primogénito! Después, los cardenales romanos. Recordad que el cardenal Caetani trató de hechizar a Luis y a vuestro cuñado Felipe con la declarada intención de sacar a los dos con los pies por delante. Caetani bien pudo pretender dar el golpe por otro medio. ¡Qué le vamos a hacer! No se echa al Papa del trono de san Pedro, como hizo mi hermano, sin sembrar inextinguibles resentimientos. Lo cierto es que Luis está muerto... Tampoco podemos dejar de sospechar de nuestros parientes de Borgoña, que no vieron con buenos ojos la reclusión de Margarita... y menos todavía que vos la hayáis reemplazado. Sobre este particular, sospechan mil villanías...

Clemencia le miró fijamente a los ojos, y Carlos de Valois se ruborizó ligeramente. Comprendió que ella sabía algo. Pero Clemencia nada dijo; siempre evitaría ese tema. Se sentía involuntariamente culpable. Porque aquel esposo cuya virtuosa alma enaltecía, había hecho estrangular a su primera mujer, con la complicidad de los condes de Valois y de Artois, para contraer matrimonio con ella, la sobrina del rey de Nápoles.

—Y luego está también la condesa Mahaut, vuestra vecina —se apresuró a añadir Valois—, que no es mujer que retroceda ante el crimen.

«¿En qué se diferencia ella de vos? —pensó Clemencia, sin osar responderle—. Parece que en esta corte nadie vacila en matar.»

—Y Luis, un mes antes, acababa de confiscarle su condado del Artois para obligarla a someterse.

Por un instante, Clemencia se preguntó si, al proponer tantos posibles culpables, no intentaba despistar, y si no era él mismo el autor del asesinato. Este pensamiento, que no podía basar en nada concreto, la horrorizó. No quería sospechar de nadie; quería que Luis hubiera fallecido de muerte natural... No obstante, la mirada de Clemencia se dirigió inconscientemente, por la ventana abierta sobre la fronda del bosque de Vincennes, hacia el sur, en dirección al castillo de Conflans, residencia de la condesa Mahaut... Días antes de la muerte de Luis, Mahaut, en compañía de su hija, había hecho una visita a Clemencia; una visita muy amable. Habían estado admirando los tapices de la habitación... «Nada envilece tanto como imaginarse rodeada de traidores —pensaba Clemencia— y buscar la traición en cada rostro...»

—Por esto, mi querida sobrina —prosiguió el conde de Valois—, es preciso que volváis a París en cuanto yo os lo pida. Vos sabéis en cuánta estima os tengo. Vuestro padre era mi cuñado. Escuchadme como lo escucharíais a él, si Dios nos lo hubiera conservado. La mano que ha abatido a Luis puede querer proseguir su venganza con vos y el fruto que lleváis. No podría dejaros aquí, en medio del bosque, expuesta a las asechanzas de los malvados, y no estaré tranquilo hasta que estéis instalada cerca de mí.

Desde hacía una hora, Carlos de Valois se esforzaba en que Clemencia volviera al palacio de la Cité, ya que él mismo había decidido trasladarse allí. Esto formaba parte de su plan para imponerse como regente. Quien dominaba en palacio adquiría porte real. Pero si se instalaba allí solo, se arriesgaba a que sus enemigos lo acusaran de golpe de Estado y de usurpación. Si, por el contrario, entraba en la Cité detrás de su sobrina, como su protector y pariente más próximo, nadie podía oponerse, y el Consejo de los Pares se encontraría ante un hecho consumado.

En aquel momento, el vientre de la reina era la mejor garantía y el más eficaz instrumento de gobierno.

Clemencia levantó los ojos, como para pedir ayuda, hacia un tercer personaje, un hombre ventrudo y canoso que se mantenía en pie junto a ella y que seguía la conversación con las manos cruzadas sobre la guarnición de su espada, inmóvil.

—Señor de Bouville, ¿qué debo hacer? —murmuró.

Hugo de Bouville, antiguo gran chambelán de Felipe el Hermoso, nombrado curador del vientre inmediatamente después de la muerte de Luis el Obstinado, se había tomado su nueva misión mucho más que en serio, de forma trágica. Aquel valeroso señor, servidor ejemplar de palacio, había formado una guardia de veinticuatro hidalgos cuidadosamente elegidos, que se relevaban por grupos de seis ante la puerta de la reina. Él mismo iba vestido de batalla y, debido al calor de junio, sudaba a mares bajo su cota de malla. Murallas, patios y accesos de Vincennes estaban llenos de arqueros. Cada criado de la cocina iba escoltado permanentemente por un sargento. Incluso las damas de compañía eran registradas antes de entrar en las habitaciones. Nunca ninguna vida humana había sido protegida tan estrechamente como la que dormitaba en el seno de la reina de Francia. Hugo de Bouville compartía su carga con el viejo señor de Joinville. Pero el senescal hereditario de Champaña, compañero de san Luis, tenía noventa y dos años, lo cual lo hacía probablemente el decano de la más alta nobleza francesa. Estaba medio ciego y, como cada verano, aspiraba a volver a su castillo de Wassy, junto al Marne, donde vivía suntuosamente de las asignaciones que le habían concedido tres reyes. En realidad pasaba la mayor parte del tiempo dormitando y todo recaía sobre Hugo de Bouville.

Para la reina de Francia, éste encarnaba sus recuerdos felices. Primero, había sido el embajador que solicitó su mano; luego la escoltó a Francia desde Nápoles. Era su confidente y, probablemente, el único amigo verdadero que tenía en la corte.

El señor de Bouville comprendió perfectamente que Clemencia no quería moverse de Vincennes.

—Mi señor —dijo a Carlos de Valois—, puedo garantizar mejor la seguridad de la reina en esta mansión estrechamente cercada de murallas que en el gran palacio de la Cité, abierto a todo el que llega. Y si lo que teméis es la proximidad de la condesa Mahaut, puedo deciros, porque se me tiene informado de todos los movimientos de los aledaños, que en este momento la señora Mahaut hace cargar sus carretas para marchar a París.

Valois estaba bastante molesto por la importancia adquirida por Hugo de Bouville desde que era curador, así como por su insistencia en permanecer allí plantado, con su espada, al lado de la reina.

—Señor Hugo —dijo con altanería—, habéis sido encargado de velar por el vientre de la reina y no de decidir la residencia de la familia real, ni de defender vos solo el reino.

Sin turbarse, Hugo de Bouville respondió:

—Mi señor, ¿también debo recordaros que la reina no puede mostrarse antes de que hayan pasado los cuarenta días de duelo?

—¡Conozco tan bien como vos las costumbres, amigo mío! ¿Quién os dice que la reina haya de mostrarse? La haremos viajar en carruaje cerrado... En fin, sobrina —exclamó Valois volviéndose hacia Clemencia—, no os quiero enviar más allá de los mares, ni Vincennes está a mil leguas de París.

—Comprended, tío —respondió débilmente Clemencia—, que Vincennes es el último regalo que recibí de Luis. Me donó esta casa antes de su muerte... Me parece que todavía no se ha ido de verdad. Comprended... es aquí donde hemos tenido...

Pero el conde de Valois no comprendía las exigencias del recuerdo ni las exigencias del dolor.

—Vuestro esposo, por quien todos rogamos, mi querida sobrina, pertenece desde ahora al pasado del reino. Pero vos lleváis su porvenir... Exponiendo vuestra vida, exponéis la de vuestro hijo. Luis, que os ve desde lo alto, no os lo perdonaría.

La había tocado en lo más vivo, y Clemencia, sin decir ni una palabra, se hundió un poco más en su asiento.

Pero Hugo de Bouville declaró que no podía decidir nada sino de acuerdo con el señor de Joinville, a quien mandó a buscar inmediatamente. Transcurrieron unos minutos; luego se abrió la puerta y esperaron un poco más; al fin, vestido con un traje de seda como en tiempo de las Cruzadas, con las piernas temblorosas, la piel manchada y semejante a corteza de árbol, los párpados húmedos y las pupilas pálidas, apareció el último compañero de san Luis, arrastrando los pies y sostenido por un escudero casi tan viejo como él. Lo sentaron con todo el cuidado debido, y el conde de Valois se encargó de explicarle sus planes con respecto a la reina. El anciano escuchaba, meneando compungido la cabeza y visiblemente satisfecho de tener todavía un papel que desempeñar. Cuando Carlos concluyó, el senescal se sumió en una meditación que todos se guardaron de turbar. Esperaban el oráculo que iba a salir de su boca. Y, de repente, preguntó:

—Entonces, ¿dónde está el rey?

Carlos de Valois adquirió una expresión desolada. ¡Tanto esfuerzo en vano con la prisa que tenía! ¿Comprendería el senescal lo que se le iba a decir?

—Veamos, el rey ha muerto, señor de Joinville —dijo Carlos de Valois—, y lo hemos enterrado esta mañana. Vos sabéis que se os ha nombrado curador...

El senescal frunció el entrecejo y pareció reflexionar con gran esfuerzo. Perdía cada vez más el recuerdo de lo inmediato. Hacía mucho que eso le sucedía. Cuando dictaba su famosa Historia, cerca de los ochenta años, no se había dado cuenta de que repetía casi textualmente hacia el fin de la segunda parte el contenido de la primera...

—Sí, nuestro joven Luis —dijo al fin— ha muerto... Fue a él a quien le presenté mi gran libro.1 ¿Sabéis que éste es el cuarto rey que veo morir? —Manifestó esto como si se tratara de una verdadera hazaña—. Entonces, si el rey ha muerto, la reina es regente —declaró.

El conde de Valois enrojeció. Conociendo la decrepitud de uno y la naturaleza servicial del otro, había creído que manejaría a su antojo a los dos curadores; sus cálculos se volvían contra él. La extrema vejez y la extrema escrupulosidad parecían sumarse para crearle dificultades.

—La reina no es regente, señor senescal; ¡está embarazada! —exclamó—. Fijaos en su estado y ved si está en condiciones de cumplir con los deberes del reino.

—Ya sabéis que no veo nada —respondió el anciano.

Con la mano en la frente, Clemencia sólo pensaba: «¿Pero cuándo acabarán? ¿Cuándo me dejarán en paz?» Joinville empezó a explicar en qué condiciones, a la muerte del rey Luis VIII, la reina Blanca de Castilla había asumido la regencia, para gran satisfacción de todos.

—La señora Blanca de Castilla..., y esto se decía en voz baja..., no era toda pureza como han querido pintarla. Y parece que el conde Thibaud de Champaña, de quien mi padre era compañero, la sirvió hasta en el lecho... —No hubo más remedio que dejarlo hablar. El senescal, que olvidaba fácilmente los sucesos de la víspera, conservaba una gran memoria para las maledicencias que corrían en su primera juventud. Había encontrado un auditorio y lo aprovechaba. Sus manos, agitadas por el temblor senil, raspaban sin descanso la seda de su vestido en las rodillas—. E incluso cuando nuestro santo rey partió para la Cruzada, en la que lo acompañé...

—La reina residía en París durante ese tiempo, ¿no es verdad? —la interrumpió Carlos de Valois.

—Sí... sí... —repuso el senescal.

—¡Pues bien, sea, tío! —intervino Clemencia—. Voy a hacer vuestra voluntad: volveré a la Cité.

—¡Ah! He aquí por fin una sabia decisión, que seguramente aprueba el señor de Joinville.

—Sí..., sí... —dijo el senescal.

—Voy a tomar todas las medidas necesarias. Al mando de vuestra escolta irán mi hijo Felipe y nuestro primo Roberto de Artois...

—Muchas gracias, tío, muchas gracias —dijo Clemencia—; pero ahora os suplico que me dejéis rezar.

Una hora más tarde, en cumplimiento de las órdenes del conde de Valois, en el castillo de Vincennes reinaba la confusión. Sacaban los carros de las cocheras, restallaban los látigos sobre la grupa de los corpulentos caballos percherones, pasaban corriendo los servidores y los arqueros habían dejado sus armas para echar una mano a los caballerizos. Desde el duelo todo el mundo se había impuesto hablar en voz baja y ahora encontraba la ocasión de gritar.

En el interior de la mansión los tapiceros descolgaban los tapices, desmontaban los muebles, transportaban los aparadores, estantes y cofres. Los oficiales de la casa de la reina y las damas de compañía se afanaban también en hacer su equipaje. Se contaba con una primera caravana de veinte carros y, sin duda, serían precisos otros dos viajes para llevarlo todo.

Clemencia de Hungría, con su largo vestido blanco al que todavía no estaba acostumbrada, vagaba de pieza en pieza, escoltada siempre por Hugo de Bouville. Por todas partes reinaban el polvo, el sudor, la agitación y la sensación de saqueo que acompañan siempre las mudanzas. El tesorero, inventario en mano, vigilaba la expedición de la vajilla y de los objetos preciosos, que estaban agrupados y cubrían todo el enlosado de una sala; las fuentes, los jarros, los doce vasos de plata sobredorada que Luis había encargado para Clemencia, el gran relicario de oro que contenía un fragmento de la Vera-Cruz, tan pesado que el hombre que lo llevaba jadeaba penosamente...

En la habitación de la reina, la primera lencera, Eudelina, que había sido la amante de Luis X cuando éste aún no se había casado con Margarita, dirigía el embalaje de los vestidos.

—¡Para qué... llevar todos esos vestidos, si ya no me han de servir de nada! —dijo Clemencia.

También las joyas cuyos estuches se amontonaban en pesadas cajas de hierro, todos los broches, los anillos y las piedras preciosas con los que la había cubierto Luis durante su breve matrimonio, le parecerían en adelante objetos inútiles. Incluso las tres coronas, recargadas de esmeraldas, rubíes y perlas, eran demasiado ostentosas para una viuda. Un sencillo aro de oro de pequeñas flores de lis, colocado por encima del velo, sería la única joya a la que tendría derecho a partir de entonces.

«Me he convertido en una reina blanca, como mi abuela María de Hungría, y debo adaptarme a ello —pensaba—. Pero mi abuela tenía entonces sesenta años y había dado a luz a trece hijos... Mi esposo ni siquiera verá al suyo...»

—Señora —preguntó Eudelina—, ¿debo ir con vos a palacio? Nadie me ha dado órdenes...

Clemencia miró a aquella mujer rubia que, olvidando los celos, le había prestado tan solícita ayuda los últimos meses y sobre todo durante la agonía de Luis. «Tuvo una hija de ella, que le arrancó y confinó en un claustro...» Se sentía heredera de todas las faltas cometidas por Luis antes de conocerla. Dedicaría su vida entera a pagar a Dios, con lágrimas, plegarias y limosnas, el gran precio del alma de Luis.

—No —murmuró—, Eudelina, no me acompañes. Es preciso que alguien que lo haya amado se quede aquí.

Y luego, alejándose incluso de Hugo de Bouville, fue a refugiarse en la única pieza tranquila, la única que habían respetado: la habitación en que Luis había muerto.

Las cortinas envolvían la pieza en sombras. Clemencia se arrodilló junto al lecho y puso los labios sobre la colcha de brocado.

De repente oyó que una uña arañaba tela. Experimentó una sensación de angustia que le recordó su deseo de seguir viva. Permaneció un momento inmóvil, conteniendo la respiración. Tras de ella continuaba el arañar. Lentamente volvió la cabeza. Era el senescal de Joinville, que dormitaba en una silla de alto respaldo esperando el momento de partir.

NOTAS

1 El senescal de Joinville contaba alrededor de los setenta y cinco años cuando inició la redacción de su Historia de san Luis a petición de la reina Juana de Navarra, mujer de Felipe el Hermoso, que quería tener un libro de «las santas palabras y de las buenas acciones» del rey cruzado.

La obra ocupó a Joinville una decena de años. Muerta entretanto la reina Juana, fue a su hijo, Luis de Navarra, futuro Luis X el Obstinado, a quien el autor dedicó su obra («A mi buen señor Luis, hijo del rey de Francia») y se la presentó como una miniatura de la época.

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2

Un cardenal que no creía en el infierno

La noche de junio terminaba. Clareaba ya y, por el este, una tenue franja gris en el horizonte anunciaba la aurora que pronto iluminaría la ciudad de Lyon.

Era la hora en que los carros se ponían en marcha en los campos vecinos para llevar a la ciudad las legumbres y la fruta; la hora en que enmudecían los mochuelos y los pájaros todavía no cantaban. Era también la hora en que, tras las estrechas ventanas de uno de los aposentos de honor de la abadía de Ainay, el cardenal Jacobo Duèze meditaba sobre la muerte.

El cardenal nunca había tenido gran necesidad de dormir, y con la edad tal necesidad no dejaba de amenguar. Con tres horas de sueño tenía más que suficiente. Poco después de medianoche se levantaba y se instalaba ante su escritorio. Hombre de inteligencia viva y de saber prodigioso, versado en todas las disciplinas del pensamiento, había compuesto tratados de teología, de derecho, de medicina y de alquimia que sentaban cátedra entre los entendidos y doctores de su tiempo.

En aquella época en que la gran esperanza tanto del pobre como del príncipe era la obtención de oro, se hacía constante referencia a las doctrinas de Duèze sobre los elixires destinados a la transmutación de los metales. En su obra El elixir de los filósofos podían leerse algunas definiciones que daban que pensar:

Las cosas de las que se puede obtener un elixir son tres: los siete metales, los siete espíritus y las otras cosas... Los siete metales son el sol, la luna, el cobre, el estaño, el plomo, el hierro y el azogue; los siete espíritus son el mercurio, el azufre, el amoniaco, el oropimente, el óxido de cinc, la magnesia y la marcasita, y las otras cosas son el mercurio, la sangre de hom-bre, la sangre de cabellos y de orina, y la orina es del hombre...

Y también curiosas recetas, como ésta para «depurar» la orina del niño:

Tómese y póngase en una vasija y déjese reposar durante tres o cuatro días; luego cuélese ligeramente. Vuélvase a dejar reposar hasta que las impurezas se posen en el fondo. Póngase a cocer y espúmese hasta que se reduzca a su tercera parte; luego fíltrese y guárdese en una vasija bien tapada para evitar su corrupción por el aire.

A los sesenta y dos años, el cardenal descubría todavía materias religiosas y profanas que no había tratado, y completaba su obra mientras sus semejantes dormían. Gastaba él solo tantos cirios como una comunidad entera de monjes.

De noche trabajaba también en la abultada correspondencia que mantenía con gran número de prelados, abades, juristas, sabios, cancilleres y príncipes de toda Europa. Su secretario y sus copistas hallaban por la mañana labor preparada para la jornada entera.

Se dedicaba asimismo a estudiar la carta astral de sus rivales, las comparaba con la suya y consultaba los planetas para saber si llegaría a Papa. Según los astros, su mejor oportunidad se situaba entre principios de agosto y de septiembre del año en curso. Pero era ya 10 de junio y nada indicaba tal cosa...

Luego llegaba el momento penoso de antes del alba. Como si tuviera la certeza de que dejaría el mundo precisamente a aquella hora, el cardenal experimentaba una angustia difusa, un vago malestar físico espiritual. Influido por la fatiga, se interrogaba sobre su pasado. Sus recuerdos le mostraban el desarrollo de un extraordinario destino... Nacido de una familia burguesa de Cahors, siguió la carrera eclesiástica y fue

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