El sueño de Cartago

Juan Carlos Mato

Fragmento

Creditos

1.ª edición: octubre, 2017

© 2017, Juan Carlos Mato

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-885-3

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A Ascen, como siempre

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

Epílogo

Agradecimientos

Promoción

el_sueno_de_cartago-4

I

Año 237 a.C.

El cielo azul lucía sobre Cartago coronado por un generoso sol que regaba con su calor las calles atestadas de comerciantes. Aceitunas, aceite de oliva, higos, dátiles, miel y cera de abejas, vino de Iberia, telas de Persia y especias de la Hélade. Productos todos ellos que podían encontrarse en abundancia entre los puestos de los barrios que desembocaban en el puerto, auténtico núcleo comercial cartaginés. El puerto circular militar estaba separado del mercantil por un pequeño islote que lo dividía. Desde este, el navarca controlaba la entrada y salida de las naves hacia alta mar a través de un paso de setenta pies de ancho, cerrado por unas cadenas de hierro.

Amílcar Barca contemplaba satisfecho la ruidosa actividad de los barcos pesqueros, de las embarcaciones extranjeras, algunas de ellas de origen griego, o bien romanos que se hacían pasar por estos. Pese a que no fuese grato reconocer por la República de Roma, multitud de pueblos y razas deseaban entablar alianzas comerciales con Cartago, incluso los descendientes de Rómulo y Remo. Todos ansiaban comerciar sus mercancías en los barrios de la capital. Las calles, estrechas al principio y cortadas en ángulo recto, penetraban hacia el centro de la ciudad norteafricana a medida que se ensanchaban bulliciosas y desembocaban en enormes plazas bajo la égida de edificios compuestos por varios pisos de pequeñas dimensiones que compartían un patio interior en cuyo centro estaban instaladas cisternas para almacenar el agua de la lluvia.

En uno de esos edificios, Amílcar había vivido en sus años de extrema juventud, antes de casarse y emprender una fructuosa carrera militar. Pertenecía a una familia con raíces en la aristocracia púnica, pero sin mucha influencia dentro de la Balanza1, y, desde muy temprana edad, dio síntomas de una enorme ambición, avidez que con el tiempo se vio saciada al asumir el mando de un importante contingente de tropas y viandas con destino a Sicilia.

En el año en que nació Aníbal, su primer hijo varón, cartagineses y romanos llevaban más de dieciocho años en guerra por el control de la isla de Sicilia, y el joven general del clan Bárcida se había convertido en el portador de la última esperanza de victoria para Cartago.

Durante el tiempo en que Amílcar estuvo en Sicilia, no solo mantuvo a raya a las legiones del cónsul Junio Pulo, sino que tomó algunas ciudades de influencia romana en la isla, como Eryx2, desde donde pudo dominar los accesos por el noreste a la fortaleza púnica de Drepanum3. Solamente un decreto del Senado de Roma, por el que se recurrió a los capitales privados de los aristócratas campanienses —que, por otro lado, habían sido los que lanzaran a Roma a la guerra— para sufragar los gastos del rearme de la flota romana —totalmente destruida desde el desastre, cinco años atrás, de los cónsules Claudio Pulcher, en Drepanum, y de Junio Pulo, en el cabo Paquino—, hizo que Roma contase con una flota de doscientos quinquerremes para el intento final de acabar con la hegemonía marítima de los cartagineses. El mando recayó en el cónsul Lutacio Cátulo.

El nuevo cónsul responsable de las fuerzas marítimas romanas se limitó a fondear la nueva flota frente a Drepanum y Lilibeo4, esperando la oportunidad para asestar el golpe a los cartagineses. Lutacio Cátulo sabía que en sus manos estaba la última baza que Roma jugaba para dominar los accesos por mar a las colonias púnicas. Esta actitud contemporizadora del cónsul no fue muy bien digerida por algunos miembros del Senado de Roma, que acusaban a Lutacio Cátulo de falta de audacia por no atreverse a atacar los asentamientos cartagineses.

Lutacio Cátulo hizo caso omiso a las exigencias de algunos senadores y de los consejos de sus legados mayores sobre un posible ataque a Drepanum. Simplemente esperó. Por las tardes, el cónsul, acodando el brazo en su rodilla, miraba hacia mar abierto y se pasaba horas observando el horizonte acuoso. Esperó hasta que nadie creyó que su táctica fuese la más acertada. Roma necesitaba una victoria rápida, y Lutacio Cátulo se limitaba a esperar. Sin embargo, meses más tarde, el cónsul sería recibido en Roma como el gran triunfador de la guerra de Sicilia. Bajo su mando fueron derrotadas las naves cartaginesas que formaban un convoy de abastecimiento rumbo a Lilibeo. La victoria fue aplastante: cincuenta naves púnicas hundidas y más de setenta capturadas con toda su tripulación. Roma dominaba al fin las rutas marítimas hacia los asentamientos cartagineses en la isla, y estos comenzaron a sufrir un duro bloqueo. El joven general Amílcar Barca no tuvo más remedio que acatar la orden de Cartago de negociar la paz con el cónsul romano.

Amílcar renunció a su mando sobre las tropas cartaginesas en Sicilia, lo traspasó al comandante de Lilibeo, Giscón, y, amargado, regresó a Cartago. Una vez en la metrópolis púnica, utilizó el prestigio adquirido en los años de guerra y comenzó a estrechar lazos con personajes de cierta influencia, hostiles a la facción de Hannón en la Balanza. Hannón, líder de los latifundistas, era favorable a la capitulación durante la guerra de Sicilia y, más tarde, al entendimiento con los romanos y a la explotación de los territorios africanos. Amílcar, enfrentado claramente a la clase latifundista, defendía los intereses comerciales tradicionales de Cartago y jamás perdonó a la facción de Hannón su defensa a ultranza de la rendición ante Roma.

Casó a su hija mayor con el navarca Bomílcar y permaneció en la sombra durante tres años, esperando el momento idóneo para resurgir con fuerza de las cenizas provocadas por la derrota en la isla de Sicilia y liderar al pueblo cartaginés. Amílcar pronto fue reclamado por el Consejo de Ancianos5 para sofocar la revuelta de los mercenarios de la guerra de Sicilia, a los que se les adeudaban soldadas atrasadas. Tras las desastrosas campañas de algunos generales cartagineses —entre ellos, Hannón, jefe de la facción antibárcida— Amílcar resultó ser, de nuevo, la última esperanza para acabar con una rebelión que amenazaba incluso a la metrópolis norteafricana. Todo esto acentuó la antipatía de Hannón por el Barca, más aún cuando fue destituido por su propia tropa en favor de Amílcar, quien demostró ser un estratega excepcional. La Asamblea del Pueblo6 eligió un lugarteniente para ayudar al nuevo general en las tareas de mando; no obstante, la Balanza sabía que no resultaba conveniente para la paz interna del Estado púnico menospreciar de forma tan abierta a la facción que lideraba el incombustible Hannón, por lo cual una comisión del Consejo de Ancianos, formada por treinta miembros, forzó la reconciliación de los líderes de las dos facciones opuestas con el fin de actuar en pro de los intereses de la unión nacional cartaginesa. De este modo, y tras la muerte del lugarteniente elegido por la asamblea del pueblo a manos del mercenario rebelde Matos en la plaza de Túnez, el mando del ejército quedó compartido entre Hannón y Amílcar. La sublevación quedó sofocada gracias, de nuevo, al ingenio militar de Amílcar, que logró vencer a Matos en las cercanías de Leptis Minus.

La rebelión de los mercenarios no solo se produjo en África, sino que aquellos que servían en la isla de Cerdeña también se amotinaron contra las autoridades cartaginesas. Cuando los rebeldes tuvieron el control de la isla, el Senado romano, incumpliendo el tratado de paz firmado cuatro años antes entre Amílcar Barca y el cónsul Lutacio Cátulo, envió una expedición a Cerdeña. Roma justificó la invasión argumentando que era la respuesta a los apresamientos de mercaderes itálicos que se habían producido durante la revuelta de los mercenarios. Entonces, Cartago mandó una embajada a Roma con la intención de exigir la devolución de Cerdeña, empero, regresaron pronto, asustados como corderos por las amenazas de guerra que el Senado romano había impuesto sobre los deseos cartagineses de negociar un acuerdo satisfactorio para ambas naciones. Los rostros de los embajadores, desencajados por el miedo ante el griterío de esa masa de senadores, casi histérica, volvían a turbarse mientras narraban a los sufetas7 el odio intrínseco que los patricios romanos sentían hacia toda cosa de naturaleza púnica. Por ello, los sufetas convocaron a los miembros del Consejo de Ancianos a una sesión de urgencia en la Balanza.

—Hace casi un lustro perdimos la isla de Sicilia ante los romanos —recordó Amílcar, ataviado con una túnica dorada sobre la cual había echado una fina capa de seda brocada. Peinado a la moda griega, con rizos en el flequillo que casi tapaban la frente, escudriñaba a los allí reunidos con una mirada de rabia contenida. Las pobladas cejas y la nariz aguileña componían un rostro rudo en el que sobresalía una cuidada barba que utilizaba para esconder alguna que otra cicatriz—. Y ahora nos han arrebatado Cerdeña impunemente. Cierto es que nuestra situación actual no nos permite entablar ninguna acción militar contra esta invasión de Roma en las colonias; sin embargo, la cuestión no es si Roma ha incumplido el tratado de paz que yo mismo firmé por orden de este noble Consejo. El desgraciado hecho es que, dentro de nuestro pueblo, hay personas que susurran en las esquinas y maquinan, protegidos por la oscuridad y la inmunidad de sus cargos en la Balanza, venganzas personales y políticas beneficiosas para ellos, pero que perjudican seriamente los intereses de Cartago.

Esta aseveración de Amílcar en la reunión del Consejo de Ancianos hizo que, durante las semanas siguientes, los barrios de la capital se llenasen de rumores sobre la lealtad de algunos senadores de la Balanza, en especial de Hannón y sus más estrechos colaboradores de la facción antibárcida. El Barca había logrado sembrar la duda en el pueblo, donde su discurso, más popular que el de Hannón, fue muy bien acogido. Al fin y al cabo, ni los sufetas ni el Consejo de Ancianos podían hacer oídos sordos a las voces de toda una clase social tan influyente como era la de los comerciantes, muchos de ellos enriquecidos de manera extraordinaria por los intercambios con las colonias ultramarinas, que se levantaban en apoyo a la cabeza visible del clan Bárcida. A pesar de que Amílcar no nombró a Hannón, todo el mundo conocía la identidad de a quién iban dirigidas las palabras envenenadas vertidas en la Balanza por el Barca.

Hannón, por su parte, acusó a Amílcar de haber hecho demasiadas promesas a la soldadesca durante la guerra de Sicilia, alimentando así la revuelta de los mercenarios desde los últimos años de la contienda con Roma. El tribunal de los Ciento Cuatro8, en el que había miembros hostiles a la facción Bárcida, tomó muy en serio las acusaciones de Hannón y comenzó a investigar al Barca. Amílcar, ayudado por personas influyentes en la opinión pública cartaginesa y sobornando a algunos jueces, consiguió que el tribunal no encontrase pruebas determinantes con las que realizar una acusación lo suficientemente sólida. Amílcar se había ganado ya las simpatías de la Asamblea del Pueblo, de sentimientos desfavorables hacia Hannón y sus seguidores, proporcionándole inmunidad judicial y el mando militar supremo sobre Libia por un periodo de tiempo indeterminado.

Durante su mandato sobre tierras libias, hizo casar a su segunda hija con una de aquellas personas que más le habían prestado ayuda ante la presión del tribunal de los Ciento Cuatro. Se trataba de Asdrúbal el Janto. Y, de nuevo, Hannón hizo correr habladurías entre el populacho, afirmando que Asdrúbal y Amílcar eran algo más que yerno y suegro, que el matrimonio con la hija de este último había sido una farsa y que la belleza turbadora del Janto había hecho enloquecer de amor al gran general, a quien el Consejo de Ancianos había confiado por tiempo indefinido el mando de tropas en Libia. Chismes que nadie creyó en Cartago y que solo consiguieron que la figura de Hannón se viera más desprestigiada de lo que ya estaba en la Asamblea del Pueblo.

La guerra de Sicilia había resultado muy costosa; además, las indemnizaciones que Roma exigía eran muy altas. Cartago estaba en una situación económica muy difícil, e Iberia era una tierra rica. Su madera y esparto eran elementos idóneos para la construcción de una nueva flota, y la plata de las minas llenaría las vacías arcas del Estado; además, este nuevo horizonte que colonizar estaba habitado por pueblos que basaban el epicentro de su desarrollo en la guerra, cuyos miembros terminarían engrosando las filas del ejército cartaginés para hacerlo aún más invencible. En aquella tierra al otro lado del mar, Cartago renacería con fuerza para la venganza contra Roma. Ese era el gran sueño de Amílcar: la conquista de Iberia.

Los cartagineses no sentían ninguna simpatía por los griegos. Amílcar, que poseía una excelente memoria bélica, no olvidaba el apoyo logístico que las colonias griegas en Iberia prestaron a los romanos durante la guerra de Sicilia, en especial, Hemeroscopio9, Alonis10 y Emporion11. Y ahora, tras la derrota, Cartago se veía obligada a aceptar el comercio con los griegos por su propia supervivencia.

Amílcar desvió a la izquierda su mirada orgullosa, hacia algunas penteras, una de ellas con la insignia de los Bárcidas grabada, y una decena de trirremes ancladas en la parte sur del gran puerto de la metrópolis. Tras la autorización por parte del Consejo de Ancianos de la expedición planeada por él mismo, la flota se encontraba a punto para emprender el viaje a Iberia en las jornadas siguientes.

—Observad, hijos. Esas trirremes algún día serán comandadas por vosotros para destruir a Roma y a sus bastardos hijos.

Aníbal, de nueve años, y su hermano Asdrúbal, de seis, escucharon las palabras de su padre en un segundo plano. En sus mentes estaba, y perviviría por muchos años, la estampa de una Cartago viva, latente.

—Padre —preguntó Asdrúbal—. ¿Por qué debemos destruir a los romanos?

—Porque un buen cartaginés así debe hacerlo, estúpido —respondió Aníbal, adelantándose al patriarca de los Barca, como si no saber la respuesta fuera equivalente a no saber distinguir el día de la noche.

—Un buen cartaginés también debe aprender a tratar a su hermano con respeto, Aníbal —lo reprendió Amílcar en tono aleccionador mientras acariciaba con sus grandes manos el cabello negro y despeinado del niño—. Serás un buen general. Ambos lo seréis; pero recordad que la sangre que os une es lo primero.

—¿Incluso antes que Cartago? —Quiso saber Asdrúbal.

—Cartago es nuestra madre. Tenemos obligación de defenderla ante cualquier humillación; y al hacerlo, os defenderéis a vosotros mismos.

—Y Roma quiere humillarnos. ¿No es verdad, padre? —intentó reafirmar Aníbal algo que era más que una sospecha; la sospecha de un hecho que no escapaba a su entendimiento, pues sabía más detalles del desastre de Sicilia que muchos de los que allí habían combatido.

—Sí, hijo. Sicilia y Cerdeña son la remembranza de nuestra humillante derrota. —Un silencio grave, tenso, inundó la garganta de Amílcar—. Y Roma… —concluyó al fin en un susurro que contenía un odio inexpresivo.

Aníbal lo escuchó a la vez que percibía la rabia de su padre escondida tras el timbre de su voz, propio de quien es poseedor del alma de un guerrero. Asdrúbal no atendió a las últimas palabras de Amílcar, extasiado por la actividad que se llevaba a cabo en el puerto mientras todavía resonaba en sus oídos con gran estruendo la frase que, desde aquel día, quedaría grabada en su cerebro: «Cartago es nuestra madre».

Año 218 a.C.

Asdrúbal Barca se despertó alterado. En su mente aún resonaba el eco de la voz de su padre pronunciando la última frase. Se levantó del camastro, sudoroso y aturdido por el sueño que acababa de padecer. De repente había vuelto a revivir las mismas sensaciones de la niñez cuando, bajo la égida de Amílcar, observaba junto a su hermano Aníbal la actividad del puerto militar de la metrópolis. Incluso recordaba el momento en que su padre y el Janto partieron hacia tierras de Iberia llevando con ellos a su hermano Aníbal, cómo el navarca había interrumpido el tránsito de las embarcaciones comerciantes hasta que las trirremes y penteras se hubieron adentrado en alta mar, ese mismo mar que siempre quiso surcar en toda su inmensidad. Recordaba también que su madre no lloró, solo se quedó callada, con una tiesura en el rostro que le duró más de un mes desde la partida de Amílcar. Ya no era capaz de rememorar otra cosa que no fuera el silencio absoluto que se dedicó a campar a sus anchas entre la colorida vegetación de los jardines de su casa en la ladera sur de la capital. Solo silencio ante las ausencias.

Una enorme vela encendida se consumía con parsimonia sobre una mesa ovalada elaborada con madera de cedro, alumbrando con su tenue y oscilante luz los mapas y planos extendidos encima de ella, que indicaban accidentes en el terreno del territorio de los ilergavones12, aliados hasta entonces de los cartagineses, y los ilergetas13. Seguía reinando la penumbra en Qart Hadasht14; el alba se presentía cerca, mas tardaría aún en llegar. Asdrúbal se refrescó el rostro, cuyas facciones parecían querer esconderse tras una barba bien cuidada, con el agua depositada en una palangana de cerámica en el otro extremo de la amplia habitación.

—Cartago —susurró en un tono de voz tan bajo que parecía escapado de su propio pensamiento.

Echó un leve vistazo a los planos de la mesa y, con las manos apoyadas en el borde, persiguió con la mirada el recorrido del río Ebro hasta su desembocadura en un delta. Maldito territorio. Aníbal le había asegurado que sería en estos terrenos donde debería realizarse la ofensiva contra las legiones romanas cuando desembarcaran en la península. Debería él, Asdrúbal, llevar la iniciativa en las hostilidades. Esperaba con estoica paciencia las noticias de los emisarios de Hannón, lugarteniente que sobresalía por su fidelidad hacia Aníbal y de mismo nombre que el miserable líder de la facción antibárcida que intentaba, desde Cartago, poner al Consejo de Ancianos en contra de las acciones militares de su hermano, quien le había entregado un pequeño ejército para que controlase la región que iba desde el Ebro a los Pirineos. Sin duda, Aníbal intentaba mantener tropas cartaginesas cerca de la colonia de Emporion y así vigilar el avance de las legiones romanas, pues era obvio que desembarcarían en este asentamiento griego aliado de Roma. Era bastante improbable, en opinión de Aníbal, que los romanos se atreviesen a desembarcar las tropas en la colonia de Hemeroscopio, situada demasiado al sur y relativamente próxima a Qart Hadasht. El joven general Barca, hijo del gran Amílcar, también quiso asegurarse la lealtad de los pueblos montañeses, en principio hostiles a la ocupación cartaginesa, y de las tribus de los bargusios, ernesios y androsinos15. Aníbal confió en su instinto, como siempre solía hacer, y apostó por una posibilidad no del todo segura. «Por Emporion desembarcarán», aseveró Aníbal ante las vacilaciones del lugarteniente Hannón, quien no osó replicar la orden del joven Barca.

«Mejor allí que en nuestro territorio», pensó Asdrúbal.

Hacía calor. El verano peninsular estaba resultando duro e interminable y, pese a que el tiempo cálido tocaría pronto a su fin, se sufría un bochorno extenuante que, sumado a la inactividad de las tropas, recluidas en los cuarteles de invierno, afectaba seriamente a la soldadesca. Asdrúbal se sentó en una cómoda silla frente a un ventanal desde donde podía apreciarse la belleza del puerto arropado por dos torres que hacían de él una fortaleza inexpugnable para cualquier flota extranjera, incluida la romana. Las antorchas de los vigías iban apagándose a medida que la luz del nuevo día invadía el malecón portuario de la nueva Cartago, Qart Hadasht, la ciudad soñada por Amílcar.

Contaba con once mil ochocientos cincuenta infantes africanos, trescientos ligures, quinientos baleares, cuatrocientos jinetes libio-fenicios, unos mil ochocientos númidas y mauritanos y veintiún elefantes; además de una flota formada por cincuenta quinquerremes, dos cuadrirremes y cinco trirremes. ¿Para qué todo ese ejército? No podía atacar; debía esperar con los ojos vendados hasta la llegada de los emisarios de Hannón, situado con un fuerte destacamento en la falda de los Pirineos.

La puerta se abrió de forma inesperada e Himilcón accedió con cautela a su aposento. Himilcón, elegido almirante de la flota, era un buen amigo para Aníbal al igual que lo había sido para su padre, Amílcar. Asdrúbal, que entre las tropas era conocido popularmente con el apodo de el Joven, veía en él un consejero, un tutor que examinaba en silencio cada una de sus decisiones, que intercedía entre él y el grueso del ejército, pues su reputación era tan gloriosa para la tropa que se había convertido en una leyenda viva, descendiente de los grandes guerreros fenicios de Tiro, portador del gran honor de haber luchado al lado del recordado Amílcar Barca. Un silencio suyo significaba un pequeño éxito personal que no iba más allá de la satisfacción propia; una réplica, un error aprendido por su consejo. Asdrúbal el Joven lo respetaba, no más que a un padre y no menos que a un general.

Himilcón no pronunció palabra, solo alargó la mano para ofrecerle a su general en jefe la pequeña misiva que portaba. Este se levantó con una calma mal fingida y abrió con nerviosismo, a pesar de intentar disimular su ansia ante el almirante, el sello del pergamino que quizás encerrara la información que tanto esperaba recibir. Lo desenrolló y leyó despacio las escuetas líneas escritas en él y, al terminar su lectura, dejó que el pergamino se enrollase a la vez que se dejaba caer en su asiento, con la mirada clavada en las dos fortalezas que seguían abrazando el puerto; empero, parecía que este abrazo fuese más intenso en el instante en que la penumbra de la noche se difuminaba entre las claridades del nuevo día. Himilcón se alargaba en su mutismo; otra de sus virtudes: saber callar cuando el silencio tiene la palabra.

—Los romanos han desembarcado en Emporion —confirmó Asdrúbal con sequedad.

—Como tu hermano Aníbal presagió —puntualizó Himilcón.

—Sí. Él conoce bien la estrategia de los romanos.

La quietud en la estancia se tornó tan intensa que impedía cualquier acto dirigido a prorrumpir ese estado de inmovilidad. Asdrúbal parecía estar en un extraño trance, que Himilcón hubiera tachado de pusilánime si no conociese bien su estirpe.

—Según escribe Hannón, los romanos están conciliándose con los poblados del norte del Ebro. Ya tienen nuevas alianzas con los layetanos16 y con algunos pueblos montañeses —informó Asdrúbal.

—La fidelidad de los ilergetas es dudosa —apuntó Himilcón.

—Cierto. Sin embargo, tenemos en su caudillo, Indíbil, un aliado; mas temo que no dudará en firmar una alianza con los romanos si advierte que esta es más provechosa que la que ahora lo une a nosotros.

Los gritos de los marineros de las penteras de Atarbal, el mayor comerciante de Qart Hadasht, que salían del puerto para escoltar dos cargamentos de garón con destino hacia Ebussus17, irrumpían en el silencio del amanecer.

—Debemos actuar con rapidez. Hannón no esperará mucho tiempo más. Luchará antes de que todos los pueblos al norte del Ebro firmen alianzas con los romanos —advirtió Himilcón.

—Roma, en el fondo, teme nuestro poder militar, y no hay mejor manera de demostrarle la fuerza de nuestro ejército que atacándolo al norte del Ebro, en el territorio de sus aliados.

El temor de Roma. Era cierto. Sagunto cayó tras varios meses de asedio, sin que Roma la socorriera. Solo se limitó a enviar unos embajadores; primero, a Aníbal, y más tarde, al Consejo de Ancianos. Se presentaron ante los sufetas y exigieron explicaciones por la permisividad de la Balanza hacia los actos del joven Barca, los cuales iban contra el tratado del Ebro firmado por Roma y Asdrúbal el Janto, cuñado de Aníbal, pues Sagunto era aliada de los romanos; una alianza, firmada tres años atrás, por la que Roma estaba obligada a defender los intereses de la ciudad íbera.

—Distinguidos magistrados —comenzó a decir uno de los senadores cartagineses, de tez curtida por el paso de los años y de escasos cabellos que se resistían a blanquear refugiados en un tono grisáceo—. Al finalizar la guerra que enfrentó a nuestro pueblo con Roma por la posesión de la isla de Sicilia, convinimos, a través de un tratado de paz firmado por el cónsul Lutacio Cátulo y Amílcar Barca, el padre del joven general del que pedís la cabeza por la ofensa al pueblo de Roma —continuó a la vez que desviaba la mirada hacia los emisarios romanos—, la entrega por nuestra parte de los prisioneros romanos hechos en combate y una deuda de dos mil doscientos talentos a pagar en un plazo de veinte años. Fue un pacto justo que debía ser ratificado por el Senado de Roma, y este nos impuso otras condiciones más duras: mil talentos más a pagar en la mitad de tiempo. —Se produjo entonces un murmullo que recorrió toda la sala, producto de la deshonra que sobrevivía aún entre los habitantes de Cartago—. El ilustre Senado romano justificó esta modificación arguyendo que todos los tratados debían llevar el consentimiento del pueblo —prosiguió—. Y ahora pregunto a los romanos: ¿Cartago no tiene ese derecho? El tratado llamado del Ebro, firmado por Asdrúbal el Janto y Roma, está invalidado. Todos los pactos establecidos con el Janto son nulos, pues este los firmó con la autoridad que solo le confería su rango y condición, sin haber sido verificados por los ilustres miembros de la Balanza. De este modo, Roma basa sus quejas en el incumplimiento de unos tratados que nunca existieron para los cartagin

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