El enviado del Rey (Las aventuras del hombre de la Ensenada I)

Manuel Lozano Leyva

Fragmento

Capítulo 1
1

Con la mirada perdida por la ventana del carruaje, don Álvaro de Soler se sintió viejo en aquella segunda jornada de su viaje a Sevilla. Hacía mucho tiempo, más de veinte años, que no seguía aquel largo itinerario, y las cosas no habían cambiado nada. La agreste lejanía era tan ocre como recordaba. Ya habían segado y el rastrojo de Castilla era lo único que llenaba el campo; las casas de los poblados eran tan térreas como el llano, sólo que más oscuras. Al menos, el cielo era azul. Los ejes del coche debían de estar bien engrasados, pues don Álvaro sólo oía los crujidos leves y continuos de sus maderas más débiles o peor acopladas, el retumbar sordo de los cascos de los caballos en la tierra compactada del camino y la charla acompasada, distante y suave de los cocheros.

Antonio, su ayudante, si tal cargo era de otorgar, hubiese querido viajar con él, pero por varias razones don Álvaro se negó a ello. En aquel momento lo lamentaba, porque sus compañeros de viaje, que excepcionalmente hacía rato que estaban en silencio, le habían empezado a fastidiar. La atención exigida por los asuntos rutinarios que había dejado pendiente en la Corte y los peligros de Sierra Morena lo decidieron a privarse de la compañía de su joven y entrañable colaborador. Con decepción evidente y un punto de rencor, Antonio le organizó el viaje a su jefe en los dos sentidos necesarios: el transporte y la documentación. En el mesón de la Ursola, en la calle de Toledo, había encontrado plaza en uno de los dos servicios semanales de las postas de correo de Madrid a Sevilla.

Durante el primer tramo del trayecto, desde la Puerta de Toledo hasta la venta de Puerto Lapiche, don Álvaro no abrió la gruesa carpeta de cuero que su secretario le había preparado, con todos los papeles que había considerado de interés, para que se ilustrase sobre las circunstancias que envolvían el objetivo de su viaje. No le había dado apenas indicaciones sobre lo que podría serle útil pues le gustaba dejar cada vez más libertad a la iniciativa de su aprendiz. Sonrió desganadamente pensando en él.

El segundo día lo llevaría desde las afueras de Ocaña hasta la Venta del Judío, cerca de El Viso del Marqués. Antes, en la travesía de la Mancha, dejarían atrás Manzanares, Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela. Allí cambiarían de caballerías: las necesitaban frescas para atravesar Sierra Morena por el Puerto del Rey. Don Álvaro sonrió de nuevo, a pesar de la bruma de amargura en que lo estaba envolviendo la reconstrucción mental del trayecto de su viaje, al recordar las precauciones que Antonio quiso que tomara para afrontar el paso de Sierra Morena. Éstas se materializaban en dos pistolas, pistolete, espada, cuchillo, navaja, pólvora, fulminantes, pistones, tacos, balas, grasas y aceites; amén de escondrijos para el dinero y los documentos. Apartó la mirada del paisaje y la paseó brevemente por el interior del coche. Fue consciente de que su melancolía y su actitud taciturna comenzaban a influir en sus tres compañeros de viaje. El día anterior había notado cómo paulatinamente iban decreciendo los intentos de éstos de hacer que participara en alguna conversación común. Él se limitó a cumplir estrictamente las reglas de cortesía. Eran ya casi las ocho de la mañana y parecía que todos habían desistido de dirigirle la palabra. Le molestó un tanto ese pensamiento y decidió abrir la carpeta. Mientras desataba los cordeles que la cerraban, aún pensó en el fastidio adicional que significaba tener que hacer un viaje a Andalucía en verano. Los calores podían ser terribles y a él lo agobiaban sobremanera. Ni él ni sus compañeros tenían ropas suficientemente livianas y frescas, y aunque en el pequeño cubículo en que viajaban el olor a sudor aún no se percibía ajado ni hacía rememorar el requesón, la cretona de la tapicería de los asientos, roja, rosa y gastada, tenía tal rancidez acumulada que hacía presagiar que al cuarto día de viaje el aire sería irrespirable. Suspiró, sacó un papel al azar y su mirada se detuvo en un párrafo:

Hará cuatro años poco más o menos que en la dicha fábrica estaba un capataz que se llamaba Luis Sánchez, el cual metía a los forzados en los tornos del agua que es el trabajo mayor que hay en la dicha fábrica y les hacía tirar trescientas zacas de agua entre cuatro forzados sin cesar y al que de ellos se cansaba antes de acabar de cumplir su tarea y sacar las dichas trescientas zacas de agua lo sacaba del dicho torno a las fuerzas y le hacía azotar cruelmente poniéndolos a la ley de Bayona, desnudos y atados de pies y manos y metido un palo por las corbas de los pies y sangraduras de los brazos y les hacía dar hasta que les saltaba la sangre...

Don Álvaro miró el encabezamiento del documento que contenía tan dura descripción: Informe Secreto de Mateo Alemán sobre el trabajo forzoso en las Minas de Almadén, y se sorprendió por varias razones. La más llamativa le pareció el hecho de que un maestro de la literatura picaresca hubiese hecho un informe, además secreto, de unas lejanas minas. El trabajo que él mismo tenía que hacer estaba relacionado, de alguna forma, con ese tipo de actividad. La orden que le había dado el propio ministro era tratar de encontrar el informe, si existía en parte o en su totalidad, que la Corona había encargado hacer un año antes a don Miguel de Iriarte sobre las minas de mercurio y que éste no había podido entregar por haber sido asesinado. Las circunstancias y causas del crimen estaban aclaradas y el asesino detenido, confeso y en prisión. Por su cargo y especialidad, don Álvaro creyó que el ministro le encargaría hacer pesquisas comprobatorias sobre el asesinato del comisionado real, pero aquél lo disuadió suave y firmemente: sólo debía interesarse por el hipotético informe que hubiese podido elaborar antes de su muerte. La razón se la expuso el ministro de manera simple: era lo único que le importaba, y mucho, al gobierno de la nación. Sin embargo, la sonrisa enigmática del marqués de la Ensenada y el brillo de su mirada tras explicarle su deseo, hizo pensar a don Álvaro que la misión completa presentaría aspectos más sutiles.

Don Álvaro tenía una vaga idea de la importancia de las minas de Almadén y de la utilidad del mercurio. Sabía que esa importancia era estratégica debido a la aplicación de ese extraño metal en la extracción del oro y, sobre todo, de la plata de las minas de América, en particular las de Potosí y Nueva España. Por ello la propiedad era del rey. Pero sabía poco más. Se regocijó al pensar que quizá su ayudante había hecho una buena selección de documentos que lo ilustraran sobre el objeto de su misión, recordó el pasaje que había leído y miró la fecha en que se había escrito: 1593. Supuso, sin mucho convencimiento y con algo de amargura, que en más de siglo y medio los trabajos en las minas se habrían modernizado y su rigor se habría suavizado.

El camino era llano y firme y apenas presentaba curvas. Los otros tres hombres que

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