Prólogo
Besarabia es un fantasma geográfico, un territorio que la Historia se ha comido a dentelladas, que ha engullido sin compasión. No lo busquen en ningún atlas o mapamundi reciente, porque no encontrarán ni la sombra. Antigua región del sudeste de Europa Central, está sepultada bajo la pátina de la desmemoria, bajo las manchas de colores de estados y repúblicas vecinos de viejo y nuevo cuño que han ido superponiendo sus cambiantes perfiles en una especie de palimpsesto cartográfico y político.
Actualmente dividida entre Moldavia y Ucrania, subsumida en ellas, fue desde siempre, desde sus remotos origenes dacios, zona de tránsito entre Asia y Europa, encrucijada de etnias y culturas, escenario de continuas invasiones. Sus fértiles, ubérrimas tierras negras fueron conquistadas por romanos, godos, hunos, eslavos, búlgaros, magiares y tártaros, y objeto de un constante toma y daca de sucesivos imperios, el otomano, el ruso zarista, el soviético, aunque no tanto por sus riquezas naturales, a fin de cuentas circunscritas a su reducida extensión y al abastecimiento propio, como por su ubicación estratégica, permanentemente percibida en los planes militares de los países del entorno como una intersección fronteriza, como un patio de armas donde reagrupar las tropas con vistas a operaciones de mayor alcance. Esa percepción ajena fue lo que la condenó a un sinfín de ocupaciones y a un vaivén de troceamientos, reclamaciones externas de soberanía, cesiones, cambalaches y pactos entre terceros, que en el siglo XX llegó casi al paroxismo.
Al estallar la revolución soviética en 1917, Besarabia, territorio ruso desde la anexión resultante de la Paz de Bucarest (1812), que puso fin al largo dominio turco sobre la zona, proclamó la independencia, tan breve que culminó un año después con su incorporación a Rumania a través de un polémico sufragio que levantó airadas protestas entre diversas minorías étnicas. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética exigió la devolución del territorio, y llegó a tomarlo por la fuerza entre 1940 y 1941, año en que los rumanos, con ayuda de Alemania, expulsaron al Ejército Rojo, pese a que en los prolegómenos de la contienda, el Tercer Reich, mediante el tratado de no agresión mutua conocido como Pacto RibbentropMólotov, no había puesto ninguna objeción a las pretensiones soviéticas sobre el área en cuestión. Al final de la guerra, tras la derrota de Alemania y sus aliados rumanos, se produjo una nueva anexión en beneficio de la Unión Soviética, que asignó el grueso del territorio a la República Socialista Soviética de Moldavia, y sus extremos meridionales y septentrionales a la de Ucrania. Y así seguirían las cosas hasta el desmembramiento del imperio soviético. Hoy día, la mayor parte de la antigua Besarabia se inscribe dentro de los límites de la República Independiente moldava, mientras que una porción del sur se halla en la de Ucrania.
Las novelas que componen la trilogía integrada en este volumen corresponden a tres períodos distintos, tan significativos como convulsos, de la pasada centuria, y a tres escenarios bien diferenciados de este pequeño principado danubiano, cuyas benignas y hospitalarias condiciones naturales siempre ofrecieron acomodo a una variopinta población que, sin embargo, nunca fue dueña de su destino.
La acción de El testigo tiene lugar en el ámbito rural, en la pequeña localidad de Kotlovina, apenas una «mota en el mapa», y se desarrolla en los albores de la Segunda Guerra Mundial, o, más concretamente, en su preludio, cuando las tropas soviéticas invaden la región con el pretexto de liberarla de la férula rumana. El personaje narrador, Fiódor Petróvich, asistirá a este proceso desde la ventana de la barbería donde trabaja, verá pasar la historia tras los cristales hasta que esta se cebe cruelmente en su propia vida y la de los suyos. A la corrupta gestión de los nuevos opresores, personificada en la figura de Pavel Petróvich, el jefe de la guarnición local, vendrá a sumarse, cual inesperada plaga bíblica, una durísima sequía que desembocará en terrible hambruna y en una bestialización galopante de las relaciones humanas. El humilde e inculto barbero rememora esos estragos desde la dolorida conciencia del superviviente, en un tono de expiación personal por su pasividad o su indecisión a la hora de poner a salvo lo que más quería. En su voz, en su descripción de las costumbres y del absurdo que desbarata y evidencia su aparente, claudicante placidez, percibimos resonancias de un amargo humor negro que se va tiñendo gradualmente de bilis, de hiel y de sangre, y que sólo el paso del tiempo, el refugio de la inercia del trabajo diario, de la vaga cotidianidad restablecida, de los chismes y anécdotas banales de un presente fungible y llevadero, desentendido por piedad con uno mismo de la tortura del recuerdo y sin mayores anhelos de futuro que el siguiente cuarto de hora en la barbería, podrá mitigar a ratos.
La malaventura transcurre entre una ciudad media de provincias, Achilea, y un poblado zíngaro cercano, Karagmet, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando ya Besarabia es sólo un concepto sentimental o nostálgico subyacente en el alma de sus moradores, tras las particiones y adscripciones impuestas por el poder soviético. El arco temporal de la acción cubre la infancia y juventud de su protagonista y narradora, Sabina, huérfana de padre desconocido y madre ucrania, adoptada por el herrero gitano Tomá Buzhor. Tanto en esta novela como en la que la precede y en la que la sigue, Mitrofanov es extremadamente parco en el uso de las fechas; estas apenas aparecen en algún cálculo esporádico de tal o cual personaje, y en general los indicativos cronológicos deben inferirse por detalles contextuales como, por ejemplo, la moneda vigente en cada período. Así, en este relato, pasamos de los levs rumanos a los «stalins» o los «kruschevs», apelativos coloquiales del dinero soviético en ciclos sucesivos. La historia de Sabina es la de una rebelde sin casa y sin causa, un espíritu libre, forjado en los rigores de un desamparo asumido con un coraje irreductible. Pero también una historia de amour fou, de fascinación y entrega absoluta hacia una especie de Pigmalión autodestructivo, el pintor Bogdan Bogdanovich, apodado «Picasso» por los borrachuzos y sablistas de Achilea, y atormentado hasta extremos patológicos por la prostitución de su talento al servicio de las «chapuzas» propagandísticas. Un melodrama desaforado, sí, pero rabiosamente auténtico, tan desaforado y auténtico como solo puede serlo cuando se enfrenta a la vida y a una realidad todavía más desaforada y atroz en su insania sistemática alguien con el temple moral y la indomeñable determinación de esta heroína del arroyo, de esta brava e iletrada gitana de aliento tolstoiano.
El pasajero nos sumerge, y nunca mejor dicho, en los ambientes portuarios de la gran ciudad de Odesa, la «perla del Mar Negro», la más europea y cosmopolita de las urbes soviéticas. Y lo hace a través del relato de un buzo, Semén Stavraki, que, arrastrado por una fatídica concatenación de circunstancias, también habrá de descender a sus propias profundidades interiores, tocará fondo y deberá soportar una presión inhumana. La crónica oral de sus desventuras personales, concretadas en un turbio asunto familiar, proyecta su voz y su mirada sobre un trasfondo colectivo donde palpita toda Odesa, desde los ambientes que más conoce, las calles y barrios donde ha crecido, trabajado o vivido, y también las zonas más populosas, concurridas y turísticas o algunos lugares periféricos, donde se siente más extraño. Aunque aquí tampoco se especifican indicativos temporales, y pese a
