Los días de Alejandría

Fragmento

Primera parte

… Educados como invitados.

LAO-T

—La guerra y el comercio son los dos pilares de nuestra civilización. A veces me pregunto cuántos de nosotros estaríamos aquí sin esos pilares —observó Elias Juri, por decir algo, mientras esperaban al consejero especial del alto comisionado.

La reflexión sacó a Andonis Járamis de su letargo. Minutos antes se preguntaba cómo se las había arreglado Juri para estar presente en una reunión como aquella. Ni la guerra ni el comercio tenían una relación directa con las actividades de aquel hombre enigmático. No obstante, al reflexionar sobre ello cayó en la cuenta de que ninguno de los grandes tratos cerrados en los dos o tres últimos años se había llevado a cabo sin la mediación del Libanés, como habían dado en llamarlo. Casi todos los días, en las inmediaciones de Sherif Pashá, se veía su piel clara nimbando su alta y delgada silueta yendo de una boutique a otra, elegantemente vestido con trajes y sombreros carísimos, como si estuviera olfateando el torbellino del comercio incesante de la ciudad.

Había propuesto la brasserie Daniele (en la que según él se bebía auténtica cerveza alemana y no aguachirle) para la entrevista entre el dignatario británico y Andonis, que ya no solía ir a ese tipo de locales; Járamis posó la mirada en el pesado revestimiento de madera, los amplios espejos y apliques voluminosos que decoraban las paredes. Desde su asiento apenas distinguía al maître, que, detrás de un mostrador de madera al fondo de la sala, coordinaba el servicio. Veía únicamente cómo rebotaba su vientre abultado cuando frotaba la barra con una servilleta blanca y le divertía la manera en que, con su acento italiano cantarín, mezclaba indistintamente cuatro idiomas.

—Daniele constituye la atracción del lugar. Es il protagonista, una especie de comediante que ejecuta su representación cotidiana tras el mostrador —dijo Juri.

Y, en efecto, la iluminación discreta y el cielo de cristal que formaban las jarras de cerveza gigantes colgadas en ganchos invisibles recordaban unas candilejas.

—¿Para quién? —le preguntó Andonis.

—En cuanto cierra la Bolsa llegan los jobbers. Una cerveza fría es un bálsamo para esos pobres diablos. ¿Los has visto desgañitarse a lo largo de toda la mañana, recorrer a zancadas la gradería de madera, correr tras los precios del algodón escritos en la pizarra? Para la Bolsa hay que tener los riñones bien cubiertos, amigo mío, un point, c’est tout. Acaban con las camisas de seda mojadas. Después viene el turno de los abogados y los banqueros. Y a du monde, je vous assure.

Andonis pensó que Elias se preparaba para su propia representación ante aquella gente de la buena sociedad. De hecho, habría preferido que toda aquella historia se desarrollara sin bombo y platillos, en la tranquilidad de un despacho, lejos de la multitud, y la insistencia de Elias en organizar la reunión en un lugar tan concurrido había acabado por incomodarlo, como, por otra parte, el retraso del dignatario británico. El Libanés percibía ese malestar y sus esfuerzos por disculpar la descortesía del personaje lo exasperaban aún más cuando formulaba frases como: «En tout cas, es al consejero del alto comisionado en persona a quien estamos esperando, no a un cualquiera».

—Al consejero en persona, pues no —masculló Andonis fuera de sí—. Estamos esperando a un guía que no ha aprendido a ser puntual. Y, por favor, deja de toquetear ese reloj que tienes en el bolsillo, me pone nervioso.

Elias, sorprendido, se apresuró a ocultar el reloj que llevaba en el bolsillo del chaleco.

Andonis se estiró las solapas de la chaqueta con gesto decidido y cruzó los brazos.

El verdadero motivo de su enfado era otro. Elias lo había utilizado para dejar pasmada a la galería, esa era su intuición. Cuando habían entrado juntos, Elias le había hecho una señal a Daniele, que se había inclinado como un auténtico protagonista ataviado con camisa blanca, tirantes y pajarita. Estaba seguro de que el gigante italiano divulgaría la reunión del industrial del tabaco Andonis Járamis y el consejero del alto comisionado en su establecimiento.

El encuentro lo designaría definitivamente como proveedor oficial de cigarrillos del ejército británico —y lo convertiría al mismo tiempo en uno de los griegos más ricos de Egipto—; los detalles quedarían resueltos por medio de sus abogados. No es que Andonis no se contara ya entre los cresos de Alejandría. Desde principios de siglo, las famosas cajetillas JÁRAMIS CIGARRILLOS EGIPCIOS, decoradas con el emblema de Alejandría —las agujas de Cleopatra— se encontraban ya en Gran Bretaña, Alemania, Holanda y hasta en Suecia y Noruega. El señor consejero se habría informado sin duda y no podía ignorar que, entre otras cosas, Járamis había sido el proveedor de Su Alteza el sultán de Egipto y de Constantino, el príncipe de Grecia. Por eso, Andonis solo había llevado la fotografía dedicada de Sarah Bernhardt, que cinco años antes había visitado su nueva fábrica en Moharram Bey y se había manifestado muy impressionnée por el lugar y la infraestructura. La anécdota era muy conocida en los ambientes de fumadores inveterados. Y de eso habló en primer lugar el Libanés cuando se vieron.

Et la photo, tu l’as apportée?

Elias Juri era un ciudadano francés de origen libanés, nacido en Beirut y de confesión maronita. Eso explicaba lo cuidado de su atuendo. «Siempre de punta en blanco» era la primera apreciación que corría sobre él en la ciudad. Andonis lo encontraba tan simpático como antipático, y por las mismas razones. Cómo no experimentar simpatía por un individuo con una risa tan sana y comunicativa; su juventud, sin embargo, constituía un serio motivo de antipatía para Andonis, quien, lo quisiera o no, navegaba ya por las aguas de los cincuenta. Por otro lado, Elias no le inspiraba una confianza completa. Cada vez que sentía ganas de lanzarle a la cara un insulto, como era el caso en ese momento, se daba cuenta de que lo necesitaba demasiado para permitírselo y, además, ¿cómo escupir a la cara a un muchacho de aspecto tan suave e inocente? No por eso dejaba de tener la impresión de que el Libanés hacía de él lo que quería, cuando era él quien lo utilizaba para promover sus intereses.

¡Y esa obsesión tan irritante por el detalle! No obstante, su sentido de la observación reveló dos ínfimas negligencias que le dieron una pequeña victoria. Elias, por supuesto, había dominado la masa espesa de su cabello a golpe de brillantina y la pequeña cadena de plata colgaba de su chaleco. Sin embargo, en el bigote, unos cuantos pelillos rebeldes se curvaban sobre su azulado labio superior y obligaba al labio inferior a rechazarlos; y, elemento inexcusable para un libanés comme il faut, el pañuelo del bolsillo superior que debía servir para enjugar el sudor de su frente estaba deplorablemente ausente. Se veía obligado a utilizar su blanca servilleta, Quelle chaleur! Hacía un calor inhabitual para el mes de mayo. La semana anterior había llovido sin interrupción, fenómeno bastante frecuente en Alejandría.

Andonis se había despertado más temprano que de costumbre; a diferencia de Elias, había recurrido a Kikinos, el barbero cefalonio, que antes de abrir la peluquería situada en Soter, detrás de los jardines de Shallalat, había subido muy de mañana al Barrio Griego equipado con sus accesorios. Por último, esperando que eso le traería suerte, Andonis había confiado el brillo de sus zapatos a un limpiabotas armenio de la plaza Mohamed Ali.

Sentado enfrente de Juri, se miró en uno de los espejos de la brasserie y comprobó con satisfacción que el barbero, además del bigote, no había olvidado las patillas. Sonó la campanilla de la puerta, pero no era quien ellos esperaban. Aturdido por un perfume embriagador, se volvió. Una mujer impresionante, con una capelina, entraba en ese momento. Un bolero le cubría los hombros y el vestido plisado le llegaba apenas más abajo de la rodilla, dejando al descubierto unas piernas sublimes. Se detuvo un instante para que el sisbis, el muchachito negro que bizqueaba, le cogiera el sombrero mientras Fauzi, el camarero, con gesto teatral le indicaba la mesa contigua. Ligera, bailando sobre los tacones, se sentó. Se quitó los guantes despacio, deslizándolos, los dobló y los guardó en el bolso. Después abrió el abanico y balanceó con un movimiento impecablemente estudiado el cabello ondulado. Andonis creyó que le sonreía y se apresuró a responder levantando el vaso en dirección a ella. Impresionado por el aspecto europeo de la joven, solo tenía un pensamiento: Quelle jolie femme!

—Yvette Santon —dejó caer Elias, que había notado su interés—. Franco-suiza. Quién de ellos, el padre o la madre, era francés y quién suizo, no sabría decirlo. —Y añadió en un susurro—: Al parecer fue Philippe Jacquot quien la trajo aquí. Ella se hace pasar por su mujer legítima, pero es público y notorio que Jacquot tiene mujer e hijos. Un viejo crápula, mon ami.

Járamis conocía bien a Jacquot, otro Juri que, en los cinco últimos años que llevaba en Egipto, se había metido en negocios turbios. Ni peor ni mejor que el Libanés. En cuanto a la supuesta compañera, se proponía conocerla, pero en otra ocasión. Por el momento le bastaba con imaginar que la tenía entre sus brazos a orillas del lago Mareotis o en una suite del Shepheard, en El Cairo, lejos de las miradas indiscretas de los alejandrinos.

La llegada del dignatario británico lo devolvió a la realidad. No estaba solo. Le acompañaba un hombre un poco más alto que él, pelirrojo y con la piel salpicada de pecas. Se presentó como consejero especial del ministro para Oriente ante el alto comisionado. Su presencia molestó al Libanés, que renegó entre dientes. Andonis, en cambio, encontró del todo natural que el hombre estuviera acompañado, aunque tan solo fuera en razón de su rango. Ignoraba si debía dirigirse a él utilizando algún título, de modo que se atuvo a «míster Koshner». Era una combinación de la cortesía del gentleman inglés y la compunción del imperialismo británico. En cuanto se sentó se puso a tronar contra Alejandría y sus tormentas primaverales, encantado como estaba del excelente invierno que acababa de pasar en El Cairo. Había llegado hacía dos días de la capital y lo único que encontraba agradable eran las magníficas vistas que se divisaban desde lo alto de la colina del palacio de gobierno. Por lo demás, Alejandría le parecía una ciudad de provincias que reflejaba aburrimiento, disponía de muy pocas distracciones y ofrecía un interés arqueológico muy escaso en comparación con El Cairo. Indiscutiblemente, ignoraba por completo la historia de la ciudad y más aún su evolución contemporánea. Una reflexión referente al primer ministro copto, Butros Ghali Pashá, dio lugar a que Andonis comprendiera que Koshner no sabía ni la fecha ni las circunstancias exactas de su asesinato. En cuanto al pelirrojo, no estaba seguro de que hubiera pronunciado una sola palabra en toda la comida. En fin, era muy posible que ya desde el principio, cuando, Dios sabe por qué, Koshner había pedido que la conversación se desarrollara en francés, el consejero del ministro para Oriente no hubiera comprendido ni una palabra de lo que se decía.

Pero eso apenas tenía importancia. Lo que importaba era sellar los acuerdos que, en opinión del industrial griego, en el fondo estaban aprobados. El almuerzo en la brasserie de Sherif Pashá no era sino un working lunch puramente formal, con el objeto de garantizar la comisión de Elias Juri. El señor Koshner pidió simplemente fumar unos cigarrillos Járamis en lugar de su pipa preferida. Cuando Andonis comprendió de qué se trataba, ni siquiera se molestó en sacar la fotografía del bolsillo interior de la chaqueta. Se permitió relajarse, se instaló confortablemente en su asiento y apreció sin reservas los platos que les servía Fauzi. Observó la decoración muy contorneada de la brasserie. La monotonía de la madera oscura era felizmente interrumpida por la camisa blanca de Daniele, el bigote claro cortado al cepillo de Koshner, como habría dicho Kikinos, la cerveza rubia y la presencia refinada de la señorita Santon —a quien había visto durante un instante retocarse el maquillaje con el espejito de mano—. Según decía Juri, dentro de poco la brasserie estaría atestada. Así que, esperando a los especuladores de Bolsa, abogados y banqueros, se dijo in petto. De pronto encontró muy divertida la idea de una reunión como aquella en un ambiente tan agradable. En el futuro, los negocios y los flirteos se tratarían en ese tipo de lugares. Tal vez con la única diferencia de que los clientes irían vestidos con menos rigor. Habría siempre un Juri muy inteligente y una espléndida Yvette para hacer burbujear la imaginación. Este pensamiento le llevó a levantar su copa a modo de saludo en dirección a la amante de Jacquot, que le respondió de inmediato. Un minuto antes había murmurado al oído de Fauzi algo fácil de adivinar y el camarero de gandura verde con bordados dorados informó diligentemente a la señorita de que el señor de aspecto esmerado, de cabellos grises y espléndido bigote, consideraría un placer invitarla. Con toda probabilidad, el resultado de su cortejo iba a coronar muy pronto el mejor acuerdo comercial que hubiera concluido nunca y, por si fuera poco, con gran facilidad.

La cerveza rubia destellaba en los bocks cuando brindaban. Fuera se desplegaba la actividad febril de la ciudad, que se encaminaba hacia su renovación económica. Los coches tirados por un caballo competían con los escasos automóviles, mientras que a su alrededor se apretujaba un enjambre de todas las edades y todas las razas ofreciendo su piadoso sacrificio al dios Dinero. En la parte trasera de la brasserie se abría una puerta a una callejuela en la que Egipto y su pueblo hacían un malicioso guiño al visitante. La entrada principal, en cambio, llevaba directamente a Europa —allí se exhibía la elegancia del traje occidental y predominaban los idiomas inglés y francés—. Andonis vio a uno de sus empleados griegos que volvía a grandes pasos por la calle Sherif Pashá, con un fajo de papeles bajo el brazo. Parecía dirigirse con buen ánimo al trabajo, lo cual llenó al empresario de confianza y tranquilidad.

De hecho, a Andonis le gustaba vivir en esa ciudad en la que las razas, las lenguas y los dogmas campanilleaban en concierto, como en un festival. Sin duda no debía existir ningún otro rincón del mundo en el que aventureros como él, Elias Juri o Yvette Santon pudieran florecer mejor. El gran reloj de pared señalaba la una y media.

No son solo la guerra y el comercio lo que nos ha traído aquí, pensaba Andonis mientras descubría el cuerpo de Yvette. Cuando la penetró se olvidó de dónde estaba, el lujoso piso de Elias Juri, en Ruchdi, al igual que olvidó el gran lecho de metal en el que estrechaba a la mujer que había encendido su imaginación. Los pequeños gritos ahogados que lanzó su compañera intensificados con un Encore!, encore! lo llevaron a una percepción más clara de la voluptuosa realidad: los senos, firmes como limones, el cabello, con largos mechones ondulados que se entrelazaban con los barrotes de la cama y el triángulo del pubis que le hacía cosquillas en el vientre. Llegó el orgasmo, poderoso, irresistible, que acompañó vigorosamente con la voz, casi un rugido, mientras su amante abría los ojos de asombro.

No había duda, la feliz conclusión de su flirteo con Yvette llevaba también la marca de Juri. El Libanés había hecho todo lo posible para que su idilio culminara, tal vez con el deseo de dar el golpe de gracia a su concurrent, como había calificado en una ocasión a Philippe Jacquot. Poner su piso a disposición de los nuevos amantes era lo mínimo que podía hacer en consideración a la bonita suma que le había entregado Járamis.

Andonis estaba impresionado por la elegancia de la vivienda, a pesar de que él mismo vivía en un verdadero palacio y conocía las más hermosas residencias de Alejandría. Un apartamento convencional en Ruchdi no le impresionaba. Pero en este había muchos elementos de valor que a un experto en arte le habría gustado tasar. Obras de arte árabe junto a cuadros impresionistas y muebles franceses que se integraban con los mosaicos orientales; por obra y gracia de un gusto delicado, el arte de Oriente y de Occidente armonizaban en un equilibrio perfecto. No obstante, el dormitorio era decepcionante; además del mobiliario pesado y voluminoso, todas las paredes, y hasta el techo, estaban cubiertos de espejos. Sin duda Elias aumentaba su placer haciéndose también voyeur. 

Andonis no se sintió a gusto, al menos al principio. Tenía la impresión de que lo vigilaban. Con torpeza se esforzaba por desabrochar los botones del vestido de Yvette y su confusión aumentó mientras buscaba en su espalda dos corchetes invisibles, como un amante turbado por los más sencillos ademanes. Maldijo para sí las prendas femeninas y la moda a la que obedecían. Por último, cuando cedieron las últimas corazas, la juventud de su amante resplandeció en los numerosos espejos y toda la estancia quedó inundada con los múltiples reflejos de su piel blanca que envolvía unas formas cinceladas de manera exquisita. El cuerpo soberbio se entregaba para que gozara de él y explorara sus misterios. Si la experiencia amorosa se midiera por la rapidez con que se despoja de sus ropas al amante, la señorita Santon habría recibido el premio extraordinario; en un santiamén, sin darse cuenta, Andonis se encontró en cueros vivos a su lado. Y un cuerpo menos joven y suave vino a enturbiar los espejos.

Arrastrándose del valle de los senos a la llanura del vientre, llegó allí donde todo hombre supone que se concentra el deseo de la mujer. Apoyó la nariz en el pubis. La vulva le pareció asombrosamente frondosa, oscura y casi sintió espanto. Pensó en Bir Massud, el «pozo del Diablo», en la costa de Sidi Bishr, una abertura en la roca en la que se precipitaban las aguas del mar. Quien se bañaba en ellas debía sumergirse profundamente al pie de la roca y nadar bajo el agua para salir a la superficie lejos de la costa. En más de una ocasión, las olas continuas habían atrapado a submarinistas ambiciosos y algunos habían desaparecido en el cementerio marino de Sidi Bishr.

Por un instante, Andonis tuvo miedo de dar un salto tan temerario. Retrasó el momento de la unión, esperó a que Yvette lo guiara. Cuando sus largas piernas lo estrecharon, ya no fueron sino uno solo y él trató de permanecer dentro de ella el mayor tiempo posible. No era fácil. Su deseo había ido en aumento con el correr de los días. Para retrasar el temido orgasmo, empezó a frotar con las rodillas las sábanas, una técnica que le irritaba los músculos y la piel, y que le causaría molestias durante varios días, pero era el único modo de reprimir el avance del gozo. Trató de pensar en otra cosa. En esas situaciones, rememoraba la historia de Zanasis tal como se la había contado su mujer. Recordaba su evasión de Mitilene con todo detalle, seguía sus peregrinaciones hasta Egipto y así retrasaba la eyaculación durante dos horas. Una noche, en El Cairo, hasta lo había dejado plantado una joven prostituta. Después pensó que al desmenuzar de este modo la epopeya del primo Zanasis había torturado a la pobre muchacha cerca de dos horas. No obstante la aventura de Zanasis no era del todo ajena al tema. Era, ante todo, una historia de amor.

El 4 de agosto de 1914, día en que Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, Andonis se encontraba en El Cairo a fin de firmar el «contrato» para proveer de cigarrillos al ejército británico. Esa misma mañana había adquirido un billete de primera clase en el expreso de Alejandría a El Cairo. Su preocupación por los rumores que corrían a propósito de la sustitución del alto comisionado le había inspirado la valiente decisión de viajar en compañía de su abogado, Stratís Mijelís, pariente lejano de su mujer que llevaba sus asuntos desde hacía dos años. Mijelís, conocido como «el zorro de los tribunales mixtos», tenía fama de ser un excelente jurista, al mismo tiempo que un fanático monárquico que no perdía ocasión de cantar las alabanzas de Su Majestad el rey de Grecia, la reina y toda la sangre azul; tal vez consideraba que Járamis compartía sus opiniones, en la medida en que era el proveedor de cigarrillos oficial de la familia real. Andonis no tenía ningunas ganas de oírlo vilipendiar a Veniselos y la entente. Cuando su compañero de viaje se pasaba de la raya, se volvía hacia él y decía: «Stratís, c’est bien assez!». El abogado enrojecía y se hundía en su asiento hasta que, como si de pronto se acordara de algo importante, volvía a su eterna cantinela:

—Están calumniando al rey y llevan al país al desastre. Ese fantoche de Veniselos está dispuesto incluso a hundir la nación con tal de alcanzar sus fines —se indignó. Como Andonis no reaccionaba, farfulló—: Entre nosotros, no creo una palabra de lo que dicen los periódicos. Ahora los británicos van a imponer una censura total. Usted sabe que no llega de Atenas ni un solo periódico, ni ninguna otra información procedente de fuentes que se opongan a la entente. Oui, c’est vrai!

Tomó la mirada inexpresiva de Járamis por una señal de asentimiento y prosiguió con el mismo furor:

—¿Es justo que nuestra comunidad y el consulado estén divididos y se ataquen mutuamente hasta ese punto? Insultan al cónsul y lo tratan de germanófilo. Van a exigir a las autoridades británicas que envíen a Malta a todos los empleados del consulado.

Que los envíen y que al fin nos dejen tranquilos, pensó Andonis. Pero no dijo una palabra. Stratís había trabajado con notable acierto durante los dos años que llevaba encargándose de sus asuntos y le había facilitado ahorros sustanciales. Las pretensiones en materia de honorarios de los abogados de derecho mercantil eran excesivas en los últimos tiempos, y Mijelís brindaba una solución fiable y a buen precio. Conocía el tema a la perfección y, al pertenecer a la familia, trataba de manera inmejorable todo lo que se presentaba, sin pedir la luna. Por otro lado, no hace falta ser adivino para comprender hasta qué punto utilizaba el título favorecedor de «abogado de Járamis». Los dos hombres habían llegado a una especie de acuerdo tácito según el cual la compensación económica era menor que el beneficio moral. En el caso de Mijelís, se traducía en reconocimiento profesional y social. Evidentemente, este era el punto de vista del hombre de negocios, ya que a cada momento el abogado se prodigaba en insinuaciones sobre su tacañería proverbial, lo cual el industrial ignoraba o fingía ignorar. Andonis sentía que se atenía a un grado bastante alto de tolerancia con respecto a la molesta palabrería de Mijelís, que alcanzaba lo intolerable cuando trataba de política. Y todo tiene un límite, hasta la tolerancia.

Durante un momento, Andonis volvió la espalda a su compañero de asiento y observó la inmensidad monótona del paisaje agrícola, que, en combinación con el continuo balanceo del tren, lo amodorraba. Los campesinos inclinados sobre la tierra, las resplandecientes flores amarillas de los campos de algodón que sucedían a las largas extensiones de maizales, caña de azúcar y árboles frutales parecían surgir de un sueño. Las palmeras que salpicaban el paisaje cargadas de frutos aún verdes les añadían una pincelada onírica. En todas direcciones atravesaban la llanura canales que llevaban agua lodosa y las carretas de madera de los campesinos, tiradas por búfalos, bueyes, camellos o caballos, labraban una tierra negruzca. Por una parte, nunca había comprendido por qué la explotación del tabaco no había prosperado en la tierra bendita de Egipto y, por otra, daba gracias a quienes, en 1883, habían prohibido su cultivo. Esta ley había favorecido el comercio y permitido a los mercaderes griegos apoderarse de él.

Una mula con los ojos vendados daba vueltas alrededor de un pozo con la precisión de un juguete mecánico. Mujeres campesinas se balanceaban como haciendo cola, con sus cántaros en la cabeza. 

—¿Por qué le vendan los ojos al animal? —le preguntó a Mijelís.

—Para que no se maree.

La explicación le pareció improbable. Ignoraba que también las mulas podían tener vértigo. Cuanto más se penetraba en tierra africana, más se notaba el aliento ardiente del desierto que en Alejandría atenuaba la brisa del Mediterráneo.

Cuando al fin el tren llegó a la estación de El Cairo notó que el calor lo asfixiaba, le picaban los ojos, se le secaba la nariz. ¡La capital os la regalo!, dijo para sus adentros, sintiendo al mismo tiempo un alivio real ante la idea de separarse, aunque fuera momentáneamente, de Mijelís. El vestíbulo inmenso anunciaba la inmensidad de la ciudad.

La llegada del tren puso en movimiento a una multitud de mozos de cuerda y gente humilde que se precipitó hacia las puertas dispuesta a recibir y asediar a los pobres viajeros. Hombres con traje esgrimiendo rutilantes maletas y portafolios se abrían paso en medio de chilabas y pollos aterrorizados que batían las alas apretujados en cestos. En esta marea humana surgían a veces uniformes de soldados británicos y policías egipcios, mientras que chiquillos intrépidos recorrían el andén a grandes zancadas voceando la palabra «¡guerra!» en todas las lenguas y enarbolando las últimas ediciones de los periódicos en árabe, inglés y francés. Durante unos segundos Andonis tuvo miedo y se detuvo para localizar al Libanés entre la multitud. Lo distinguió junto al director de su filial de El Cairo, Andreas Sistanis, que había engordado mucho desde la última vez que habían coincidido. En cuanto vio a su jefe, el buen hombre juzgó conveniente enviar en su dirección a dos mozos de cuerda egipcios vestidos con gandura blanca y tarbush. Espantado, Andonis, levantó el maletín de cuero en señal de rechazo y Sistanis reaccionó con extraordinaria rapidez; con sus enormes manos atrapó por la chilaba a los mozos —que aún siguieron corriendo en volandas unos segundos—, les dio una propina y los despidió sin más explicación. Era originario de Epiro y uno de los griegos más competentes de El Cairo. Andonis le hizo un guiño señalando discretamente a Mijelís y Sistanis comprendió que, por el momento, debía liberarlo de su compañía. Se apoderó de la maleta del abogado y le invitó a seguirlo.

Sorprendido, Stratís se volvió hacia Andonis, que se apresuró a tranquilizarlo:

—Nos vemos dentro de media hora.

Cuando les vio alejarse suspiró de alivio y se volvió hacia Elias:

—Ahora podemos irnos también.

Señalando a los chicos que vendían periódicos, el Libanés respondió:

—La suerte está echada, amigo mío.

—Entonces tenías razón en todo —añadió Járamis sin ocultar su admiración.

Juri lo había previsto todo. Desde la primavera, hablaba de asesinato político en Europa. Sabía que los alemanes estaban presionando a los austríacos y, cuando fue cosa hecha, anunció que a finales de verano Gran Bretaña entraría en el baile también.

A la salida de la estación les esperaban una limusina negra y un soldado inglés que fumaba con indolencia acodado en el cristal. En cuanto los vio arrojó el cigarrillo y se apresuró a abrirles la portezuela. No tenía vello en las piernas; menos mal, observó Andonis, el cabello ralo y rojizo que rodeaba su cráneo como una tonsura habría producido un efecto de lo más repugnante de haberse extendido a las piernas.

Su próxima etapa era la calle Nubar Pashá, donde les esperaba el apoderado del ejército británico, el teniente coronel Macvel. A pesar del calor asfixiante, el tráfico era intenso. Simones, carretas, automóviles, vehículos de toda clase circulaban entre la masa de gente a pie —europeos, egipcios y militares británicos—. El recorrido era agradable y Elias hacía mal al intentar que fueran más deprisa, con el riesgo de atropellar a los peatones. A las alamedas con árboles sin fin les sucedían plazas floridas, jardines públicos, más alamedas con árboles que se transformaban en vergeles. La ropa multicolor de los egipcios añadía una nota alegre al espectáculo de la calle y Andonis pensaba a menudo que los europeos se privaban de un placer al obstinarse en ir vestidos exclusivamente de negro, beis o gris.

Elias sacó del bolsillo el paquete de Járamis, le ofreció un cigarrillo a Andonis y bromeó:

—Pruébalo, por favor, y dime qué te parece.

Le ofreció otro al conductor. Los tres los encendieron con el mechero de plata maciza de Juri, grabado con sus iniciales.

Andonis se sintió halagado y el Libanés se sorprendió:

Qu’est-ce qui se passe? ¿Es la primera vez que me ves fumar tus cigarrillos?

—Tenía la impresión de que fumabas lo que te caía en las manos.

—Cambiar de marca de cigarrillos es un puro placer. Además, en Egipto hay muchos fabricantes de buenos cigarrillos. Pero la cuestión sigue siendo: ¿quién hace los mejores?

—Así que por eso tratas conmigo.

—Me gusta trabajar con los que triunfan.

—No me considero un triunfador, Elias; estoy en plena cincuentena y sigo trabajando duro, como una mula. Tu vois le genre? Preferiría estar gozando de los frutos de mi trabajo del pasado. Esta obligación de venir a El Cairo para la entrega de la partida es una prueba para mí. Vivo y trabajo dentro de una comunidad cerrada, en una ciudad egipcia de provincias que no tiene nada que ofrecerme más que sus cotilleos. Les ragots m’énervent, le sais-tu? Sus chismorreos incluyen hasta a mi hijo. Un niño… Con quién sale, con quién no… C’est dégoûtant!

Más tarde circulaban por el «largo», la espaciosa avenida a orillas del Nilo que, sin duda alguna, llevaba a uno de sus mayores logros comerciales. Las aguas del río se volvían rojizas en esa época del año. En el centro, la isla verdeante de Guesira evocaba a un enorme mamífero dándose un chapuzón, que las aguas del río no conseguían mover ni una pulgada. A lo largo de los muelles poblados de árboles se apiñaban cantidades de caicos y de dahabiehs, las casas flotantes del Nilo. Muchos richards preferían vivir allí en verano, ya que el río llevaba brisas frescas procedentes del mar. Pero él había preferido el Shepheard.

—Y a Yvette, ¿qué le ha parecido el Shepheard? —preguntó, seguro de que Elias iba a transmitirle su entusiasmo.

Pero el Libanés le salió al paso.

—No es momento de pensar en Yvette. El trabajo ante todo. Business first.

El tono contrarió a Andonis. No aceptaba la menor reprimenda de ese joven bandido, y así se lo hizo saber.

—Yo pienso en quien quiero. Supongo que no vas a decirme lo que tengo que hacer.

El Libanés se apresuró a presentar sus disculpas, añadiendo que no era en absoluto su intención.

—Estás perdonado. Vamos, dime, imagino que a Yvette la habrá vuelto loca, ¿no?

Tu sais? He pensado que, en lugar del Shepheard, donde siempre existe el peligro de miradas indiscretas, era mejor instalarla en casa de un amigo en Heliópolis. No te preocupes, es un compatriota. No lo conoces y él tampoco te conoce a ti. Es mejor así, je t’assure.

—¿Qué más? Une surprise? Has de saber que no me gustan las sorpresas.

—Admite que tienes una fijación con el Shepheard. Con todos los hoteles suntuosos que existen en El Cairo… Si quieres mi parecer, la próxima vez deberías probar la nueva joya de la ciudad, el Heliopolis Palace, un verdadero diamante en pleno desierto. Lujo y grandeza. Uno no sabe qué admirar en primer lugar. ¿El peristilo de mármol? ¿Los corredores sin fin? Por las tardes sirven el té en salas inmensas en las que grandes orquestas de música clásica divierten a una clientela muy escogida. Es extraordinario, te lo digo.

—A mí me gusta el Shepheard. ¿Hay algún problema?

Pas de problème, pas de problème, mon ami —reconoció Juri.

Se cruzaron con una gran caravana de camellos —un destacamento de caballería británica—. Encima de cada camello, colocados en horizontal, había dos pequeños depósitos cilíndricos que contenían agua. Algunas bestias rezagadas trataban de alcanzar a las otras. Separaban mucho las patas para dar pasos largos. Resultaba cómico.

—¿Crees que debo dejar de ver a Yvette? —prosiguió Andonis tras una vacilación.

—¿Quieres saber lo que pienso?

—Sí, así es, dime…

It’s up to you.

—Eso no es una opinión y, si no voy con cuidado, los comentarios pronto llegarán a buen paso a Alejandría.

—De todas maneras, siempre se están contando historias en Alejandría; así, al menos, estarán justificadas.

—Sin ti, Elias, creo que esta relación no tenía la menor posibilidad. Quiero decir, sin tu ayuda. Lo sabes, n’est-ce pas? Aunque…

Su automóvil pasaba en ese preciso instante delante del primer camello del destacamento y el soldado a caballo saludó al chófer, que le respondió sacando la cabeza por la ventanilla. Andonis observó en su nuca rojiza una profunda cicatriz oculta por el cuello de la camisa.

—¿Aunque?

—Pues que no me habías dicho que Philippe Jacquot había abandonado ya la ciudad cuando conocí a Yvette.

—Sí, es verdad que nuestro amigo había exagerado un poco. Ahora, no creo que vuelva a poner los pies en Egipto tan pronto.

—Y la esposa legítima había aparecido ya con los dos niños.

C’est bien probable.

—Lo cual significa que Yvette se encontraba sola y sin sostén alguno, como una caña al viento.

Ah, mon ami!, ¿no sabes que nunca hay que confiar en nosotros, los samlis, los libaneses cristianos? —replicó riendo Juri—. ¿No has oído decir nunca a los egipcios que los libaneses son como el fahm, el carbón? Y el carbón no hay que tocarlo: si no está encendido deja los dedos negros, y si lo está, quema.

Andonis sonrió y dos surcos profundos rodearon su boca. En el fondo, sabía que el samlis tenía razón. Con respecto a su historia de amor con Yvette, reconocía que, aunque había pagado caros los servicios del Libanés, no había sido en vano, ya que ahora disfrutaba de ellos plenamente.

Se encontraba en la capital de Egipto —bajo dominio británico—, en un vehículo conducido por un soldado británico y hablaba con un libanés expresándose ahora en griego, ahora en francés, ahora en árabe, a propósito de una franco-suiza. Recordó que, según Juri, el comercio y la guerra eran las únicas actividades humanas que podían explicar ese milagro multirracial. Decidió empezar por lo segundo.

—¿Qué piensas de la guerra?

—O πóλεµoς…, the war…, la guerre, la guerra. Llámala como quieras. ¿Acaso cambia algo? La guerra es un camino, una feria como Jan Jalil. Unos comercian con vidas, otros con dinero, como tú. Creo que no hay que preocuparse, amigo mío. Son fuegos artificiales que van a estallar a lo lejos. Obviamente, no te negaré que para nosotros, los árabes de fuera de Egipto, es la oportunidad de liberarnos al fin del yugo otomano. 

—La idea de sacar partido de la catástrofe para enriquecerme no me seduce. Ça m’ennuie un peu, tu sais.

—No sabía que fueras pacifista.

—Soy simplemente un industrial del tabaco al que le gustaría vivir tranquilo.

—Aquí en la tierra, mal que bien, la felicidad se compra. Con las desgracias de otra gente.

¿Debía tomar este aforismo como la expresión de un cinismo absoluto o la del alma tierna de un humanista?

—Basta ya de filosofía barata. Dímelo todo a propósito de Kitchener. Se rumorea que se va a marchar.

C’est bien probable. Parece que lo destinan al Ministerio del Ejército. Él, por supuesto, preferiría seguir en Egipto como alto comisionado. Pero ya sabes cómo son las cosas…

—¿Y el nuestro…, Koshner?

—El nuestro… se podría imaginar que va a ser su sucesor, pero no. En buena lógica, no se puede nombrar para el puesto de alto comisionado a alguien que no consigue controlar siquiera un poco su pasión por los muchachos. ¿Te acuerdas del pelirrojo de nuestra anterior entrevista, en la calle Sherif Pashá? En El Cairo lo conocen como la señorita Koshner. En política, analfabeto. Pero si te quedas dormido y te despiertas en los brazos de un Koshner, todo se vuelve posible.

—Eso me preocupa. ¿No habremos elegido a la persona inadecuada?

—Mi querido Andonis, los acuerdos son los acuerdos. Las personas se van, los acuerdos quedan. Además, los británicos no han elegido al azar a Andonis Járamis como colaborador, en un país en el que hay multitud de fábricas de tabaco que elaboran cigarrillos de excelente calidad. Tú no solo garantizas la calidad; ante todo, garantizas la cantidad.

À propos, traigo conmigo los planos de la ampliación de fábrica de Moharram Bey.

Wonderful! Quizá no necesitemos la fotografía de Sarah Bernhardt, pero querrán ver los planos, j’en suis sûr.

Habían dejado atrás el Nilo para internarse por una calle estrecha, a la izquierda. Sintieron una fuerte sacudida y el claxon emitió un aullido histérico. Una carreta había derrapado y su cargamento de higos chumbos estaba aplastado en el adoquinado. El británico sacó la cabeza por la ventanilla e injurió groseramente al carretero, el hombre curtido y desdentado que hacía unos instantes había tratado de cruzar cortándoles el paso. El otro escupió en el suelo y la tomó con el caballo. Su mujer, sentada a su lado, chillaba y se golpeaba con violencia las mejillas. La calle se llenó de inmediato de chilabas y tarbushes. Un policía egipcio prometió restablecer el orden, pero su vehículo estaba inesperadamente atrapado.

Cuando al fin llegaron a la calle Nubar Pashá, se detuvieron ante un edificio de tres plantas en el que ondeaba la bandera británica. Un suboficial inglés se encargó de conducirlos ante el teniente coronel Macvel, apoderado del ejército británico, y los pasos de los tres hombres resonaron por la gran escalera de madera como un irregular redoble de tambor. Los sombreros de Sistanis y Mijelís estaban ya colgados en el vestíbulo. Un oficial gigante se encontraba junto a Mijelís y ambos sostenían una animada conversación. Cerca de ellos, Koshner los escuchaba, dejando escapar volutas de una pipa que sostenía entre los labios. En el techo un ventilador removía el aire caliente y el humo espeso. Los dedos de Macvel exhibían el número tres, al mismo tiempo que subrayaba: Three days at the most, mientras el índice de Mijelís le oponía una respuesta negativa y precisaba: One week, sir, one week at the least.

—¿Qué sucede, Andreas? —le susurró Járamis a Sistanis.

—Un problema con las cláusulas, señor Járamis; Mijelís está tratando de aclararlo —le respondió Sistanis en el mismo tono.

En ese mismo instante, el abogado se volvió hacia él y lo llevó un poco aparte.

—Nos dejan tres días de margen; después, cada día de retraso, nos costará una fortuna. Pas question! No firme, señor Járamis. Sería un suicidio.

El rostro de Mijelís se había vuelto rojo. No había duda de que se tomaba muy en serio su misión. Járamis, que sabía mejor que nadie desacreditar a sus colaboradores en cualquier situación, decidió ocuparse personalmente del problema. Apartó ligeramente a Mijelís, se acercó al oficial y declaró en un inglés impecable:

—Le ruego que perdone a mi abogado, señor, he acted on his own accord… Calculamos que es necesario un plazo mínimo de quince días. Dos semanas de retraso me parece razonable en tiempos de guerra. Pasado ese plazo, pueden aplicarnos la penalización que consideren oportuna, pero solo por la mitad de la suma. Si nuestra propuesta les conviene, estamos dispuestos a firmar; de lo contrario, le rogaré que se dirija a otro proveedor. Desearía que el asunto quedara zanjado antes del atardecer. Quizá deba pedir el parecer de sus superiores y ya volveremos a hablar de ello. 

Le pareció ver cómo el aglomerado de músculos y grasa se derrumbaba cual castillo de naipes. En el rostro de Macvel permanecía una sonrisa incómoda, mientras que Koshner, desconcertado, mordisqueaba su pipa y Juri cambiaba diez veces de color. Sistanis y Mijelís intercambiaron sonrisas de triunfo.

Su jefe había dado mate en un solo movimiento sobre el tablero de las negociaciones y se disponía a abandonar el lugar cogido del brazo del Libanés, literalmente fulminado.

Antes, dio instrucciones a Andreas Sistanis.

—Te confío a Stratís. No quiero que tenga queja de tu acogida. Nos volvemos a reunir los cuatro aquí esta tarde.

El soldado británico condujo la limusina hasta el hotel Shepheard. Andonis y Elias se instalaron en el salón del restaurante, donde los camareros se afanaban al acecho de sus menores deseos. Debajo de arañas suntuosas que recordaban racimos de uvas, les sirvieron el plato principal en una vajilla de plata que dos camareros, cual ilusionistas, descubrieron a la vez para mostrar los manjares. A los postres, Elias sacó dos puros entre los más prestigiosos de su colección; se deleitaron con ellos mientras hablaban de las probables consecuencias de la declaración de guerra. El tiempo transcurría deprisa y Juri tuvo que recordar a Andonis que tenían un negocio en suspenso en la calle Nubar Pashá. Cuando volvían, el Libanés, deseando anticipar la evolución de la situación, le dijo a quemarropa:

Bien joué, Andonis, you are a real businessman after all.

El griego había comprendido que el apoderado británico, al poner condiciones tan drásticas actuaba por propia iniciativa. También sabía lo que debía esperar de la reunión de la tarde. Por eso, cuando Macvel anunció las nuevas condiciones —diez días de gracia y disminución de la cláusula penal—, comprendió que no debía poner a prueba la paciencia del británico. Era un acuerdo entre gentlemen y la buena fe de Macvel se había consolidado con los «medios colaterales» de Koshner, obviamente al precio de una bonita suma en libras esterlinas under the table, según la oferta que le hizo Andreas Sistanis siguiendo instrucciones de su patrón —pero esto era un pequeño detalle que ni Juri ni Koshner tenían necesidad de saber—. La señorita Grace, la joven secretaria del teniente coronel Macvel, de piernas un poco rechonchas, estaba ya ante su máquina y empezaba a escribir el acuerdo adicional. Todos parecían contentos del desenlace. Macvel, porque pensaba con espanto en las complicaciones que habría podido acarrear su iniciativa de la mañana, Koshner porque había llevado al consejero pelirrojo del ministro para Oriente, Mijelís por haberse opuesto con firmeza a las condiciones iniciales, Sistanis por haber liberado a su patrón durante todo el día de la presencia del abogado y Juri porque había conseguido una comisión colosal, pero era Járamis quien más merecía estar satisfecho de sí mismo. Mientras tomaba el té que le habían ofrecido, escuchaba casi con placer el tecleo enfebrecido de la máquina de escribir. Lo único que lo separaba de su amante era un paso rápido por la expendeduría de tabaco de la calle Abd el-Aziz, una tienda larga y estrecha que iba de una calle a otra, en la que, durante la visita relámpago que había hecho, creyó haber entrado por un lado y salido inmediatamente por el otro. En el momento en que mojaba la pluma en el tintero y estampaba su amplia firma en el documento, era como si acabara de depositar un primer beso en el cuerpo de alabastro de Yvette. 

Sin embargo, cuando salieron para Heliópolis ya era de noche y las luces de El Cairo, que se iban encendiendo progresivamente, se reflejaban en las aguas tranquilas del río formando largas colas temblorosas. El vehículo avanzaba deprisa por la amplia vía asfaltada y Andonis, que siempre se dejaba impresionar por la trama rebosante de actividades y la profusión de mercancías que ofrecían la capital y sus alrededores, no podía evitar pensar en el violento contraste que mostraba esa opulencia comparada con la condición miserable de los campesinos. Si había un barrio que simbolizaba ostensiblemente el arte de vivir de los cairotas, era Heliópolis, esa ciudad nueva que los acogía con sus construcciones de estilo árabe bizantino erigidas sobre dunas, en el lindero del desierto. 

Con una voz ronca y fatigada por el día intenso y el sinnúmero de cigarrillos, Elias comentó el espectáculo impresionante de la ciudad iluminada:

—Hay que admitir que este milagro se lo debemos a los británicos. Su espíritu organizativo permite grandes obras. Digan lo que digan, ellos son los mejores gendarmes del mundo.

Andonis, que no quería oír hablar más de los británicos, lo interrumpió de forma abrupta.

—Dime, la casa adonde me llevas, ¿es bonita, al menos, o…?

Fais-moi confiance, Andonis. ¿Acaso te he decepcionado alguna vez?

—E Yvette, ¿me decías que me espera en algún sitio por aquí? —prosiguió fingiendo desconfianza.

—Más hermosa que nunca.

Yvette lo recibió vestida con un salto de cama de seda color crema y un cigarrillo plantado al final de una larga boquilla, en un piso curiosamente parecido al de Elias en Ruchdi; Andonis habría jurado que su misterioso propietario era Juri en persona. El mismo equilibrio entre arte oriental y occidental, con la única diferencia de que las paredes de la habitación no estaban cubiertas de espejos sino de escenas eróticas procedentes del antiguo Egipto, como las que había visto hacía unos años en una casa de tolerancia de Alejandría, y un majestuoso falo erecto de metal pulido coronaba los barrotes del lecho.

Cenaron a la luz de las velas, desnudos, indiferentes a las miradas indiscretas de la criada egipcia que se encargaba del servicio, y bebieron vino hasta la saciedad.

Apreciaron un buen narguile a modo de postre. Yvette sacó su álbum de «encartes» —como los llamaban—, de aquellos que se insertaban en las cajetillas de cigarrillos para excitar ligeramente la imaginación del fumador. 

—Como ves, soy una collectionneuse escrupulosa, una consumidora inveterada de tus cigarrillos. Ya he completado un álbum y me pregunto qué voy a ganar.

Lo hojearon juntos; Yvette pensaba que él se sentiría excitado por esas imágenes licenciosas de lolitas desnudas, cuyas poses y aire de entendidas manifestaban un completo desprecio por las costumbres de la época. Señaló una con el dedo y le preguntó con voz temblorosa si la conocía.

—¿Cómo iba a conocerla? Estas fotos nos llegan del extranjero, modelos de desnudos, bailarinas, supuestas actrices…, vete a saber.

La sentía muy excitada. Tenía los pómulos sonrosados, el vello sobre el labio superior estaba húmedo y lo provocaba haciendo vibrar la lengua dentro de su boca, señal irrefutable de que él debía hacer avanzar la situación.

Desde la primera vez habían aprendido a conocerse, y Andonis se sentía ahora tan bien con ella que le confesó la historia de Zanasis de Mitilene y el papel que desempeñaba durante sus juegos amorosos. A Yvette le resultó tan divertida que le obligó a contarla en francés, en voz alta, mientras hacían el amor. Al cabo de dos meses la magia seguía actuando entre ellos. Ella lo recibía, suavemente perfumada, con un deseo intacto y sus ligeros gemidos: Encore!, encore!; en él no decaía el ardor, y ella se sorprendía cada vez: Cinquante ans? Tu as vraiment plus de cinquante ans? Je n’y crois pas!

Entonces, en ese nirvana aparentemente ideal, con ella dormida a su lado, ¿qué es lo que lo mantenía despierto con un cigarrillo en los labios? Era al alba del miércoles 5 de agosto de 1914. La voz del muecín resonaba desde el minarete, lúgubre y cargada de malos augurios. La humanidad acababa de entrar en el torbellino de una guerra mundial; él se sentía lejos de todo aquello, más rico y más feliz que nunca, y, sin embargo, Andonis Járamis experimentaba un vago desasosiego.

Como una broma, Yvette calificó su regreso a Alejandría de «regreso al cautiverio». En apariencia, no se sentía verdaderamente a gusto en su jaula de oro, el piso que Járamis le había puesto en la calle Sultán Hussein. Los muebles lujosos, las compras en las boutiques más caras de la ciudad y su carísimo guardarropa no bastaban para disipar su malestar.

Por su parte, Andonis deseaba compensarla por el tiempo que pasaba esperándolo y, para eso, contaba con la discreción de un joyero armenio de la calle de Francia; Kevorghian quizá no estaba establecido en la calle más cotizada de Sherif, pero sabía hacerse digno de la confianza que le manifestaban sus clientes adinerados. Realizaba piezas únicas de rara belleza y les garantizaba un silencio no menos digno de aprecio. Yvette aceptaba esos regalos inesperados fingiendo sorpresa con cloqueos parecidos a los que amenizaban sus momentos de intimidad, lo cual dejaba a Andonis con una ligera duda sobre la sinceridad de los sentimientos de su amante. Evidentemente, nunca dejaba de repetir que ninguna de esos bijoux tenía valor alguno comparado con su bien más preciado, su tierno e insustituible amante. Volvía a sus recriminaciones por las innumerables horas que pasaba lejos de ella, sin ninguna razón válida. Él reconocía que sus reproches eran justos, pero no era más que un ser humano y a veces se sentía agobiado por su doble vida. De modo que se concedía una tregua evadiéndose de la oposición magnética esposa-amante. Además estaba seguro de que Yvette comprendía lo incómodo de la situación para él. Se sorprendió desagradablemente el día que, tras una breve interrupción de su relación, fue a la calle Sultán Hussein y no la encontró. Por suerte, gran parte de su guardarropa seguía en el armario de madera. Al menos, tenía la intención de volver. Se había llevado las dos maletas de cuero grandes que habían comprado en El Cairo llenas con algunos de los vestidos y zapatos más bonitos, una colección de ropa interior, productos de cosmética, joyas y adornos que constituyen los complementos clásicos de una mujer de buen gusto. Indudablemente, la señorita Yvette había emprendido el vuelo desde su jaula y el único medio de saber algo más consistía en interrogar a Ramzi, el portero, el bauab a quien Andonis gratificaba con generosas propinas para vigilar sus idas y venidas. El hombre declaró que él mismo la había acompañado a la estación de El Cairo y había cargado su equipaje en el tren de Suez. Si sabía su destino era porque en el camino la señorita Yvette le había preguntado: «Dime, bauab, ¿has estado alguna vez en Suez?». Al parecer una de sus viejas amigas, casada con un empleado de la compañía del Canal, vivía allí. La joven sabía perfectamente que a Ramzi le pagaban para espiarla, de modo que Andonis analizó la conversación como un mensaje destinado a tenerlo informado, lo cual lo tranquilizó durante un tiempo.

La ausencia simultánea de Juri fue lo que le puso la mosca detrás de la oreja. No lo encontró ni en las tiendas de la zona de Sherif Pashá, ni en el club Mohamed Ali, ni en la playa de Stanley Bay, ni en el Sporting club ni en su piso de Ruchdi y ni siquiera en casa del judío Samuel Agiman, donde tenían por costumbre jugar a las cartas à jour fixe los miércoles. El Libanés había desaparecido por completo de aquella Alejandría que en los primeros días de guerra reaccionaba sin vigor, condenada a la expectativa. Los había más preocupados por su veraneo que por las consecuencias inminentes del conflicto, pese a que, al ser Egipto un protectorado británico, bastaba con analizar el siniestro presagio que suponía la presencia de la imponente flota de guerra británica anclada en el puerto Oeste para darse cuenta de la gravedad de la situación. En lugar de ocuparme de Juri y de Yvette, más me valdría reflexionar sobre la manera de procurarme papel de fumar para mis cigarrillos durante la penuria que con toda seguridad llegará, así como en las condiciones de transporte del tabaco, pensó Andonis.

Habían transcurrido veinte días de malestar, dudas y humor cambiante, que ni él mismo ni sus allegados lograban explicarse, cuando recibió esta nota de Juri:

«Rendez-vous chez Daniele demain matin à onze heures. Tengo muchas cosas que decirte».

Al día siguiente a las once el Libanés le esperaba en su mesa habitual en la brasserie Daniele. Al entrar, Andonis comprobó sorprendido que los turistas no se decidían a hacerse a la mar. El dueño le dirigió una señal de disculpa, una manera de decir que él nada tenía que ver en aquel desorden. Las costas del Mediterráneo no solo estaban invadidas por los empleados y hombres de negocios de El Cairo, sino también por aquellos a quienes la declaración de guerra había disuadido de una escapada a Europa. Esa multitud bulliciosa le convenía a Andonis, que en la medida de lo posible deseaba pasar desapercibido.

No le entregó el sombrero, como de costumbre, al pequeño sisbis, sino a una joven de cabellos claros peinados en un moño, que llevaba un traje egipcio y se parecía mucho a Fauzi. Elias le informó de que era su hermana. Sus rasgos manifestaban la huella europea que habían dejado las tropas napoleónicas entre la población autóctona de la región de Rosetta. Una encantadora vienesa con perfume de flores le sirvió la cerveza que había pedido. Renato, el vivaracho retoño de Daniele, se ponía en acción en la otra ala de la brasserie; cada vez que se acercaba a la barra le gritaba a su padre frases en italiano. Elias sacó un gran rosario de ámbar y oro, destinado a adaptarse con exactitud a las dimensiones del escritorio de Andonis, e intentó convencerlo de que se lo había traído de Constantinopla.

—Pero ¿por qué no me crees? —exclamó el Libanés con voz de niño.

—Dime, Elias, ¿cómo has ido a Constantinopla? ¿Volando? ¿No han prohibido zarpar a los barcos? ¿Me tomas por un rigolo? —replicó Andonis, pronunciando la última palabra al estilo de Juri. 

—Conseguí marcharme un día antes —insistió Elias, y llamó a Daniele.

Tras unos comentarios sobre la clientela che infastidice —la clientela molesta—, el mesonero examinó cuidadosamente el rosario: Che bello, che enorme, fantastico! No había visto nada igual en Alejandría; según él, no había duda sobre su procedencia. Con toda seguridad, el señor Juri lo había traído de Estambul.

—Tenía que ir, Andonis, antes de que Turquía entrara a su vez en la danza. Je perdrais au change. Tu vois le genre?

Járamis deseaba creerlo más que ninguna otra cosa. Cuando Juri le mostró los billetes sin que nadie se los pidiera, tuvo la impresión de abrir un compás sobre un mapa imaginario. Calculó la distancia de Suez a Constantinopla y experimentó un inexplicable alivio.

—No tenías necesidad de mostrarnos los billetes. Te creo. D’ailleurs, no tienes por qué justificar todos tus movimientos.

En su mente surgió la imagen de Yvette, pero prefirió no mencionar su desaparición, ya que el Libanés no parecía estar enterado.

—¿Y dices que ibas a perder mucho dinero? 

—Mucho, Andonis, de verdad. Ç’aurait été une catastrophe! No hay que invertir en la Ciudad en los tiempos que corren. A no ser que se tenga dinero para perder.

—¿Es seguro que los turcos van a entrar en la guerra? 

—Malditos sean Enver Pashá y los neoturcos. Fils de pute!

Desde la barra les llegó la voz estentórea de Renato que bromeaba con Daniele. Los diálogos de comediantes de padre e hijo los convertían en solistas en medio de la polifonía anárquica de la clientela matinal.

Yvette había soñado con un primer verano en Alejandría totalmente distinto. Al principio, su descenso al país del Nilo evocó para ella una quimera de juventud. Ella misma no sabía si había llegado allí siguiendo a Philippe Jacquot o la voluntad de Elias Juri y de los servicios secretos británicos. Normalmente, la ruptura con Jacquot debería haber anunciado su regreso a Europa. En cualquier caso, nunca habría pensado en sustituirlo por un Járamis ni, menos aún, vivir encerrada entre cuatro paredes. Como en otras ocasiones, los planes del Libanés fueron los que decidieron; ahora, cada vez que pasaba la puerta en ojiva de su casa, sabía que abandonaba tras ella el sueño de regresar, la perspectiva de instalarse de verdad en París o en cualquier otro lugar de Europa y reemprender su vida allí donde la había dejado. Esta perspectiva estaba condicionada por una independencia que había perdido en contacto con hombres ricos como Jacquot y ahora Járamis. Apenas se consideraba diferente de los objets d’art que decoraban las horas de soledad interminables que pasaba en el piso de la calle Sultán Hussein esperando las visitas de Andonis —o Antoine, como le gustaba llamarlo—. Sus expediciones intempestivas a las boutiques más lujosas —de los grandes almacenes Hanneaux y Stein’s, al Bazar Lyonnais o al Salon Vert, según los casos— le servían de venganza, y volvía a casa cargada de una cantidad inverosímil de paquetes amontonados en dos tílburis que se seguían el uno al otro. Este frenesí de compras se traducía en un montón de facturas tan impresionantes por su cantidad como por su importe, que ella colocaba a la vista en el velador del vestíbulo para que Antoine tomara nota de su existencia, y él —tenía que reconocerle esa virtud— las observaba siempre divertido. El bauab, sin aliento, llevaba los paquetes, mientras Yvette se frotaba las manos, contenta. Pero la satisfacción duraba poco, ya que muy pronto se encerraba de nuevo en la espera solitaria, presa de pensamientos absurdos y de acritud.

Con Philippe era distinto. Sabía que también estaba casado y cargado de hijos, pero su familia se encontraba lejos, no sabía muy bien dónde, y cuando vivieron juntos Yvette se comportaba como su compañera habitual. Él la llevaba a todas partes, juntos hacían las locuras más inimaginables, no tenían que rendir cuentas a nadie y vivían a su antojo. Pero en el momento en que el señor Járamis entró en su vida, sintió el ojo ciclópeo de la ciudad apuntando hacia ella permanentemente y prefirió permanecer encerrada antes que suscitar cotilleos y comprometer así a su generoso amante. Se podían contar con los dedos de una mano las ocasiones en que había ido a bañarse a San Stefano, a Stanley Bay o a Glimenópulo. Habría podido alquilar una habitación en el hotel casino San Stefano o, mejor aún, un chalet de madera en cualquier playa de Alejandría, que, en espera de la nueva Corniche, parecía un pintoresco pueblo de pescadores. De hecho, se había quedado enclaustrada durante todo el verano. No era vida. Estaba harta de la enorme cabeza cuadrada del bauab, de los ojos astutos y los enormes pendientes de su mujer regordeta. Para ver a personas conocidas, llamaba con cierta frecuencia a Veronica —quien cosía vestidos que encontraba colgados en su guardarropa, en espera de que algún día se los pusiera—, y eso para estar segura de tener compañía durante dos o tres días seguidos, pese a que la maltesa se afanaba de la mañana al anochecer para terminar lo antes posible con la ayuda de su aprendiz. No era la solución. Ella quería que se admirara su belleza, exhibirla por las calles y las tiendas, impresionar a los hombres y a las mujeres, recibir halagos, provocar la admiración de los machos que tenía hechizados y verlos dedicados a tratarla con mil delicadezas. Ahora solo cosechaba los halagos de su modista. No podía soportar mucho tiempo más ese cautiverio y así se lo había advertido a Elias.

—¿Te molesta que Antoine sea mayor de lo que habrías deseado? —preguntó.

Yvette pudo discernir en esa pregunta una complacencia que le disgustó y se encargó de deslizar una firme alusión al vigor del quincuagenario:

—Antoine no aparenta su edad en absoluto. Da muestras de un temperamento imponente y mucho más, si es eso lo que quieres decir.

—No quería dar a entender nada semejante —protestó enérgicamente. De hecho, quería estar seguro de seguir controlando su vida, lo cual la sacó de sus casillas.

Como si todos los problemas con los que la había agobiado no bastaran, además tenía que alimentar su egoísmo de macho. Dos veces estuvo a punto de dejarlo en la estacada y volver a Europa, dos veces. Elias la retuvo en el último momento, apelando a la guerra que se anunciaba. Y cuando estalló el conflicto, el Libanés decidió de pronto que tenían que hacer un viaje a Constantinopla.

—¿No puede esperar ese viaje?

—¿Bromeas? Pueden prohibir que los barcos zarpen de la noche a la mañana. Dudo que tengamos mucho tiempo.

—¿Y Antoine? Eso es ridículo.

—Le dejas una nota diciéndole que vas a pasar unos días en Suez, en casa de tu amiga, c’est tout.

—¿Y él se lo va a tragar?

—Te lo aseguro.

La brecha que había tenido el cuidado de conservar para evadirse de su relación con Járamis le iba a servir para algo al fin. Su vieja amiga que vivía en Suez la habría recibido encantada si un grave accidente que había sufrido su marido no les hubiera obligado a volver a Francia. Pero nadie tenía por qué conocer ese detalle, ni siquiera Juri.

—¿Y para qué es ese viaje, Elias, sería una luna de miel? —bromeó ella.

—Tomémoslo así, si eso te ayuda a sentirte mejor.

Si ese viaje no era más que una agradable escapada, Juri había tomado una decisión más bien maliciosa al llevarla con él, aunque su presencia en la Ciudad no pareciera imprescindible en ningún caso.

Todo había sucedido tan deprisa que Yvette, entre sábanas de lino y sobre almohadones de pluma en una de las habitaciones de techos altos del Pera Palace, tuvo la sensación de quedarse dormida en Alejandría y despertar en Constantinopla. Al incorporarse en el lecho majestuoso de caoba vio su reflejo en el espejo del armario de una sola puerta y descubrió, casi sorprendida, la presencia de Elias a su lado, beatíficamente dormido. Entre sueño y realidad rememoró las etapas del viaje, comenzando por el jadeo característico de Ramzi, el bauab, en el momento en que cargaba sus maletas en el tren de Suez. Segundos más tarde, un mozo que estaba en el secreto las descargaba mientras ella entraba por una portezuela y salía por la del lado opuesto. Allí la esperaba un coche de punto que la llevó sin demora a la aduana. El encuentro con Juri y el embarque en el navío de la línea de Constantinopla se produjeron en condiciones tan secretas que alejó de la mente hasta la idea misma del viaje. Una oportuna llamada a la oficina del puerto había cuando menos acelerado las formalidades sanitarias. El aislamiento en un camarote de primera clase y el mareo —al prolongarse los temporales de verano en el mar de Libia y el mar Egeo— le dieron la impresión de no haber salido de la tierra hospitalaria de Egipto y que había avanzado con lentitud a lo largo de la costa hasta Suez. Desde el ojo de buey no percibía más que las oleadas de agua burbujeante de espuma y solo el cabeceo del barco le recordaba del modo más desagradable que navegaban en alta mar. A veces el mareo la removía por completo, como una cerveza agria en una jarra, y sentía que la espuma se dilataba hasta casi desbordarse. Se sentaba con las piernas cruzadas y las rodillas separadas, cerraba los ojos y parecía que rezaba. Elias le ponía delante una bolsa de papel y le acariciaba el cabello, impasible a pesar del oleaje. Una pesadilla que duró tres días. En la escala, se negó a oír hablar del Pireo.

Tras muchas peripecias, cuando el barco pasó los Dardanelos y echó el ancla a la entrada del golfo de Keratios, la vista mágica de la Ciudad, en la que surgían el palacio de Topkapi, Santa Sofía y las mezquitas musulmanas a un lado y la torre Gálata al otro, fue para ella como las imágenes de los libros infantiles. Después, al arrullo del golpeteo de los cascos de los caballos en el empedrado de las callejuelas de Pera, estuvo a punto de dormirse apoyada en el hombro de su compañero. Hipnotizada, cruzó la entrada imponente del Pera Palace sin prestar atención a la fachada de la época barroca turca, de amplias ventanas y adornos de estuco; ignoró las arañas de cristal de Murano y las escaleras de mármol y se deslizó en uno de los canapés de la entrada. Desde allí veía a Juri, erguido, imperturbable, con la palma apoyada en el mostrador de la recepción, ocuparse de los detalles de su estancia. Hablaba con un hombre vestido a la europea pero con un tarbush en la cabeza. Al observar la escena no tuvo realmente la impresión de haber salido de Egipto. Además, durante el trayecto había oído los cantos quejumbrosos de los muecines que surgían de los minaretes.

Se acordó del ligero balanceo del ascensor art déco trepando por los pisos del hotel y del instante bendito en que al fin se había tumbado en la cama y se había abandonado encantada en los brazos de Morfeo, fingiendo ignorar los reclamos lánguidos de Juri, que, al cabo de un rato, decepcionado, se volvió hacia el otro lado y se quedó dormido.

La vuelta a la realidad fue dolorosa también. Por un instante, tuvo la impresión de que la puerta cristalera y las vistas del golfo Keratios eran un ojo de buey, y el Pera Palace, un lujoso paquebote que iniciaba su periplo hacia tierras lejanas. De pronto, la idea de que se encontraba a cientos de leguas de la calle Sultán Hussein la asustó y la sumió en una doble sensación de inseguridad y de culpabilidad inexplicable para con Antoine, algo que nunca había sentido en Alejandría. Y tal vez fuera esa la razón —aparte de las consecuencias de las náuseas— que le impidió ceder a los deseos de Juri, que acababa de despertarse. Él se incorporó y encendió un cigarrillo; tuvo la suficiente delicadeza para evitar que fueran Járamis. Le ofreció uno, pero ella no soportaba el olor del tabaco. El rechazo de esta segunda proposición no pareció molestarle.

Prépare-toi vite, Yvette, il y a des choses à faire —dijo sencillamente.

En efecto, les esperaba una semana difícil en la capital del Imperio otomano.

Juri había declarado un día: «A los aristócratas y a los espías se los reconoce fácilmente por su propensión a susurrar». Yvette lo recordó al cruzar la sala del restaurante del Pera Palace, en la que el grosor de las alfombras silenciaba por completo el ruido de los pasos. El camarero que la condujo a la mesa llevaba redingote y pajarita, no obstante, su fez le indicaba que se encontraba en Turquía.

Esperaba encontrar a Elias en compañía de otro hombre, pero lo descubrió hablando en voz baja con un muchacho muy joven. Las presentaciones acentuaron su sorpresa.

—¿De verdad es usted Panayotis Arapidis?

Yvette había bajado el tono al mínimo y sin embargo tuvo la impresión de que todo el mundo la había oído. Se equivocaba; ningún comensal se volvió.

—Sí, señorita Yvette.

—Le ruego que me disculpe, pero esperaba a alguien…, ¿cómo decirlo?

—De más edad, quizá.

—En cierto modo, sí.

Seguían aún de pie.

—Sentémonos —propuso Elias.

La ausencia de ruido en un espacio tan grande se volvía molesta. Los camareros, silenciosos, correteaban en todas direcciones. En las mesas, hombres y mujeres de mundo comían sin dejar que se filtrara nada de lo que decían, ni siquiera del manejo de los cubiertos, cuando cortaban los manjares con precisión quirúrgica. Ella llegó a la conclusión de que debía redoblar la atención, moverse con parsimonia y tener cuidado de hablar en voz muy baja.

—Sabe, ya tengo veintiún años —dijo Arapidis en una tentativa de impresionarla.

—Verdaderamente, no los aparenta. De todos modos, es muy joven. No quiero decepcionarlo pero, habida cuenta de sus responsabilidades, esperaba encontrar a alguien al menos veinte años mayor que usted.

—Pero ¿por qué los años cuentan tanto? ¿Qué dice usted, Elias? ¿Acaso tiene la edad tanta importancia? —prosiguió Arapidis, visiblemente decepcionado y con la esperanza de que Juri acudiera en su ayuda.

—Un hombre adquiere experiencia, lo que constituye un precioso instrumento en esta clase de empleo, se lo aseguro —insistió Yvette.

—No hemos empezado con buen pie —intervino Elias, cuya voz amplia y profunda casaba perfectamente con el tono sigiloso de la conversación—. No estamos aquí para hablar de quién ni por qué ha nombrado a Panayotis para este puesto.

Desde su llegada, Yvette se había puesto a hacer comparaciones entre Constantinopla y Alejandría. No veía más que tapetes: sobre las columnas, las mesas, los respaldos de los asientos. Los únicos detalles que rompían esa geometría glacial de ángulos rectos eran las bombillas de las grandes arañas con motivos vegetales, así como los pomos de las puertas y los pilones de plantas lujuriosas que, diseminados por la sala, hacían de biombos.

Arapidis se fijó en su ojeada circular.

—Seguramente habrá algo aquí que le recuerde Alejandría, mademoiselle. 

Pas du tout. Au contraire. C’est tout à fait différent.

—Qué decepción. Y yo que creía que Alejandría era la hermanita gemela de la ciudad. Por decirlo todo, pensaba que podría constituir el marco ideal de una nueva vida, si me decidiera a ir a vivir bajo otros cielos…

Parecía realmente decepcionado y Elias trató de salvar la situación:

—Exageras un poco, ma chérie, no son tan diferentes las dos ciudades. 

Los dos hombres parecían conversar en serio sobre una posible expatriación de Arapidis a Alejandría. En un breve instante Yvette tuvo una fuerte sensación de peligro ante la idea de que alguien, además de Elias, pudiera un día dar testimonio de su viaje a la ciudad.

—¿Tiene acaso l’intention d’abandonner Constantinople? —preguntó sin rodeos.

Debió de elevar la voz de forma involuntaria, ya que él le asió de manera instintiva la mano y le rogó encarecidamente:

—Hable más bajo, señorita Santon. En estos tiempos Turquía no es un lugar propicio para este tipo de conversaciones. Ha de saber que en este mismo instante estamos siendo vigilados.

—Creo que ahora eres tú quien exagera, Panayotis.

Panayotis esperó a que se alejara el camarero y tomándolos a ambos de la mano, dejó caer en tono confidencial:

—Amigos, les confieso que estoy entre la espada y la pared. Como si no bastara con que los soplones aumentaran últimamente como la espuma, hay que añadir, en este contexto tan inestable, un problema rigurosamente personal. Mi vida está gravemente amenazada.

—¿Qué ocurre?

—¡Ah! Elias, tú que eres un hombre me comprenderás mejor —suspiró Arapidis, tuteándolo de pronto con su voz delicada, que parecía transformarse en la de un chiquillo de diez años—. He cometido el error de tener relaciones amorosas con la hija de una familia turca muy conocida.

—¿Y eso está mal? —se sorprendió Yvette.

—¡Qué dice usted, señorita Yvette! Es un crimen. Y si eso fuera todo… Esa mujer… —No completó la frase.

—¿Sí? —respondió Elias para animarlo a seguir.

—Ya sé, van a decirme que es una tontería enamorarse de una turca, y más aún… si está casada.

La última palabra se le escapó en un suspiro tan débil que ni él mismo debió de oírlo.

—¡Ah, vaya! —balbuceó Yvette, sorprendida.

Observó con atención al joven de ojos de un color verde muy suave y rostro redondo. ¿Qué puede hacer una mujer con semejante caramelo? No pudo disimular la ironía de su sonrisa, lo cual le valió un abierto fruncimiento de entrecejo de Elias. 

Sin embargo, Arapidis no le prestó atención y continuó:

—Crecimos juntos, nos conocemos desde muy niños. Ya saben cómo suceden estas cosas. Pero dejemos a un lado mis asuntos personales y volvamos a los temas que nos interesan. Dentro de poco, el individuo que lleva monóculo y tiene una raya en medio de la frente, el que ocupa la tercera mesa a la izquierda, pues bien, ese señor provocará un incidente. No pasarán más de diez minutos hasta que se ponga fin al malentendido. Entonces, escúchenme bien y, por favor, no me interrumpan.

El incidente anunciado no se produjo en medio de gritos y furor. El personaje, irritado, con toda evidencia, golpeó simplemente tres veces el plato con su tenedor y monopolizó la atención del personal y los clientes. Acudieron los camareros y la manera en que se desarrolló la situación parecía más una conspiración que un malentendido.

Arapidis aprovechó para soltar una avalancha de frases en francés.

—Primero hay que coordinar sus movimientos en la ciudad —dijo abriendo su flamante servilleta—. Elias, esta es tu acreditación para el club helénico, el Círculo de Oriente. Allí conocerás a muchos dignatarios, desde el visir hasta el último de los diplomáticos, pero también a banqueros, grandes comerciantes, la flor y nata de Pera. Bajo la capa de club social, es un círculo de juego y un lugar de intercambio de información. Estarás en tu elemento. —Juri sonrió complacido—. Te doy también una invitación para el baile de la embajada de Francia, pasado mañana. Las delegaciones diplomáticas europeas se han entregado a una competición de velocidad para asegurarse el apoyo de Turquía en el conflicto. En la gran sala tendrán la oportunidad de admirar los adornos de pan de oro reflejándose en innumerables espejos. ¡Ah! Antes de que me olvide, la pequeña Roxana y su hermana bailarán en honor de los invitados. Son antiguas alumnas de Zappio, zapidas, como se las llama aquí, en la Ciudad, artistas, desde ahora. A la muerte del padre, su madre se convirtió al islam (como ven, a fin de cuentas, yo no soy una rara excepción) y esa es su manera de vengarse. Hacen furor en los cafés concierto. Tenemos bonitas muchachas en la Ciudad. Lo comprenderán en cuanto las vean. Roxana trabaja para nosotros. La recepción es una excelente ocasión para que se conozcan, Yvette. Ella le confiará lo que no haya aprendido por mediación mía. Entretanto, no estaría mal que paseara su belleza por las calles de la ciudad. Una vuelta por la calle principal de Pera la transportará a algún lugar entre París, Londres y Viena. Le he traído una lista de los sitios más chic. Merece la pena visitarlos. Me traerá noticias de los five o’clock tea en Lebon. En una semana estoy seguro de que tendrá una opinión bien distinta de nuestra ciudad. En los tiempos que corren todo el mundo recluta espías, de modo que no se sorprenda si no la abordan solo para hacerle la corte. Una si belle femme, sola por añadidura, seguro que atraerá muchas miradas.

Belle femme sonó a hueco en su boca: como si hubiera estado hablando de Yvette Santon sin tenerla frente a él en carne y hueso.

—No nos has dicho lo más importante, Panayotis. ¿Turquía entra en guerra, oui ou non? —le interrumpió Elias.

—Es una pregunta que nos hacemos todos. En este momento, en la ciudad, todas las miradas se vuelven hacia «el palacio de los pájaros». Cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania todo el mundo estaba aterrado. Pero al cruzar los Dardanelos seguro que han visto los dos buques de guerra, el Goeben y el Breslau. Los alemanes piensan vendérselos a los turcos a precio de amigo. Una especie de regalo para una futura alianza. Hay que destacar que británicos y franceses están haciendo esfuerzos desesperados para hacer fracasar el plan que, sin duda alguna, nos arrastraría a aventuras interminables.

Arapidis había conseguido decírselo todo antes de que el montaje quedara zanjado. Se lanzó sobre el plato con un apetito feroz; probablemente su prolijidad le había exacerbado el apetito. 

Yvette pensó una vez más: «No es más que un niño». Pero tal vez era solo una tapadera para que nadie sospechara de él.

Más tarde, cuando ya estuvieron solos, Elias comentó:

—¿Qué te había dicho? Un Philippe Jacquot al estilo de Constantinopla.

Ella no estaba de acuerdo. Si Philippe Jacquot distaba de ser perfecto cuando se conocieron, al menos era un hombre y no un niñato. Pero prefirió guardarse esta opinión para sí misma, ya que Juri no la habría apreciado demasiado.

Se limitó a responder:

—Sí, pero ¿no es demasiado joven para nuestro asunto?

Ma chérie, en asuntos como este más vale ser un jovenzuelo que da la impresión de no valer gran cosa. Así no se es consciente del peligro. ¿Te imaginas a nuestro amigo con veinte años más?

—¿Y qué es exactamente el «palacio de los pájaros» que está monopolizando todas las miradas en estos últimos tiempos?

—La embajada de Alemania.

La primera vez que Yvette paseó su gracia inimitable por la Grand Rue de Pera fue todo un acontecimiento. Envuelta en un vestido de seda viva, con la cabeza cubierta con una capelina que le daba un aspecto soberano, a los hombres se les salía el corazón del pecho al ritmo del taconeo de sus escarpines de combadura perfecta. La ondulación de sus caderas suscitó un eco que se prolongó desde el pasaje de Europa hasta la joyería Pagonis, pasando por la sombrerería de madame Trophe y la zapatería de Muriadis, prosiguió por el pasaje Romylie, en la entrada del Cité de Pera, en las inmediaciones de las embajadas, los grandes almacenes Karlman y las perfumerías, y alcanzó su apoteosis en los salones de té de moda. Actuó de modo que los embajadores, ministros plenipotenciarios y banqueros buscaran información sobre ella, que jóvenes lechuguinos intentaran atraer su atención, que aguerridos seductores siguieran sus huellas, que austeros monóculos abandonaran su órbita, bigotes alisados temblaran descomedidos y hasta que labios inmóviles se fruncieran con aire entendido y que imaginaciones enfebrecidas caracolearan sin pudor por su intimidad. Su resplandor, e incluso su sombra, alteraron las costumbres de la Ciudad, que se parecían tanto a las de una subprefectura como a las de una metrópoli. En Lebon, donde tomó el té sola, sentada a una mesa, cuellos duros, chalecos asedados, bastones de empuñadura dorada y sombreros con su cinta convergieron en dirección a ella. Su presencia eclipsó la angustia de una guerra inminente, mientras que las damas de la buena sociedad destilaban con envidia acerbas alusiones: «¿Cuándo se ha visto a una modelo en Lebon?».

Incómoda por estas reacciones excesivas, se esforzaba por ignorarlas en la medida de lo posible, ya que sospechaba que le sería sumamente difícil volver a su celda de lujo en la calle Sultán Hussein.

El día en que Yvette y Elias cruzaron el umbral de arcos con molduras de la embajada de Francia, donde resplandecía la decoración art nouveau, estuvieron en el centro de todas las conversaciones de la buena sociedad de Pera.

Si Yvette, la sublime, atraía como un imán a los invitados, Elias, esbelto, de ojos oscuros, era el hombre de modales exquisitos, tanto en sociedad como en el Círculo de Oriente; el alejandrino cosmopolita capaz de captar el más mínimo fragmento de información que se expresara en alguno de los seis idiomas que dirigían el mundo. Había llegado a la Ciudad para atender asuntos de su negocio de algodón en relación con Panayotis Arapidis —el hijo de Pandelís Arapidis, el comerciante de aceites griego—, un joven mimado, con prisa por crecer y ocupar el puesto de su padre al mando de la empresa familiar. Pero, de momento, sus calaveradas escandalizaban a la sociedad conservadora de Pera. La presencia de la pareja en la recepción avivó el interés y disipó el fastidio de las interminables presentaciones y frases convencionales vacías de sentido. Comentaron el porte impecable y la soltura con que Elias llevaba el frac y su facilidad para pasar de un idioma a otro prácticamente cada dos frases. Yvette, con igual soltura, sabía recibir las galanterías de los hombres sin herirlos ni alentarlos. La suave seda que le caía desde los hombros moldeaba sus formas, brillaba en cada uno de sus movimientos que discretamente daban pie a intuir sus proporciones divinas. En medio de tanta conversación ruidosa recuperaba el gracejo mundano, los chorros de luz, el destello de las copas de cristal al entrechocarse, la alegre pequeña melodía alejandrina recuperada y trasladada por la música almibarada de la orquesta. Los músicos, vestidos con frac y tocados con un fez, de pie sobre un podio, se movían despacio y parecían personajes inanimados de una caja de música. A Yvette la invitaron a bailar sin cesar y, como no habría quedado muy chic defraudar a sus admiradores, no se acordaba ya de cuántos brazos la habían hecho girar en la pista. Un intermedio en mi cautiverio alejandrino, se decía una y otra vez, y es seguro que habría sido la atracción de la velada si la pequeña Roxane, la danseuse de los cafés concierto, llegado el momento, no le hubiera arrebatado el papel protagonista al bailar en la sala de los cien espejos y desencadenar aplausos entusiastas. Pero Yvette no estaba celosa. Observó con mucha atención los movimientos de la danza oriental y quedó encantada. Dejándose llevar por los reflejos difractados en múltiples ídolos, como si cada movimiento se imprimiera en un espejo distinto, fue transportada a la habitación de Elias en Ruchdi y por primera vez fue consciente del dolor que experimentaba cuando Elias o Andonis la penetraban. Se dejó llevar y siguió la huella de la carne rosada de Roxane, que en absoluto le parecía amenazadora en los espejos de marcos dorados. La invadió un deseo indolente, que no intentó comprender ni combatir, hasta que la joven bailarina se detuvo en medio de la sala y saludó al público delirante. Al levantar los párpados, Yvette, muy turbada, reconoció a la pequeña Roxane, que por otra parte no era tan pequeña; se trataba de la joven que posaba para los encartes que había en las cajetillas de cigarrillos Járamis. Cuando la bailarina, inmóvil en medio de la sala, saludaba al público, Yvette tuvo la sensación de que la sala daba vueltas a su alrededor. Pero enseguida se dijo que era muy improbable que algún mecanismo pudiera imprimir una rotación de esa amplitud a un espacio semejante y en ese preciso instante se encontró en el barco que la había traído de Alejandría. Sintió náuseas casi imposibles de controlar y estuvo a punto de gritar: Arrêtez! ¡Dejad de hacer girar la sala!

Corrió a refugiarse a la salida. Nunca supo cómo se encontró en el patio y en el coche que la llevó al Pera Palace. Sin duda ella misma había dado la dirección al cochero, pero cuando se lo preguntaba no era capaz de responder.

Durante toda la noche trató de esconderse de un bosque de espejos. Por la mañana, al levantarse, no vio más que los del armario y el lavabo. Elias estaba inclinado sobre ella y le acariciaba el cabello.

—¿Te

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