La Ciudad de los Hombres Santos (Los buscadores 3)

Luis Montero Manglano

Fragmento

cap-1

 

Si buscas respuestas, yo no soy la persona adecuada. A mí nunca me importaron, sólo quise buscar preguntas. Al final, encontré demasiadas.

¿Quieres saber cómo terminó todo? Podría contártelo, desde luego, pero conozco una historia mejor.

Los buenos relatos, los grandes relatos que se narran en libros que luego millones de personas utilizan como guía vital, comienzan en el caos y acaban en el caos. Ya sabes: «En el principio era tal o cual…». Y ese principio suele ser un lugar oscuro y poco apetecible.

Esta historia comienza en el caos: monarcas que mueren en batalla, reinos que colapsan, miedo y guerra. El nacimiento de algo nuevo, y los partos siempre son sucios, viscosos y sangrientos.

En el año 711, los bereberes del norte de África asaltaron el Reino visigodo de Toledo con alfanjes entre las manos y el nombre de Alá colgando de sus labios. Al frente de ellos iba un hombre llamado Tariq al que, según las leyendas, empujaba el deseo de encontrar un tesoro inmenso, capaz de otorgar un poder inigualable en el universo. Shem Shemaforash. El Altar del Nombre.

La Mesa de Salomón.

Cerca de la ciudad de Toledo, existía un monasterio habitado por una nutrida comunidad de monjes. Ellos conocían el secreto de la ubicación del Altar del Nombre; de hecho, se encontraba bajo sus propios pies, en el mismo lugar donde un santo obispo llamado Isidoro lo había ocultado de manos codiciosas, por encargo de los reyes visigodos. El Altar, que fue el regalo envenenado que una bruja llamada Lilith le hizo a Salomón, ocultaba la fórmula cabalística del verdadero nombre de Dios. Nadie debía usarlo jamás, pues su poder no estaba hecho para ningún mortal.

Una noche, siete peregrinos se presentaron en el monasterio y aporrearon sus puertas con tanta fuerza como si quisieran anunciar el Día del Juicio. Aquellos hombres habían viajado a pie desde las misteriosas montañas del norte, en la comarca del Bierzo, de un lugar conocido como el Valle del Silencio.

Los monjes de Toledo habían oído hablar de aquel paraje y de sus extraños habitantes. Se decía que, tiempo atrás, tétricos anacoretas de los desiertos africanos habían cruzado la Península hacia el Valle del Silencio, en pos de un santo ermitaño llamado Fructuoso capaz de llevar a cabo inenarrables milagros. Al llegar a aquellas montañas, los anacoretas se ovillaron en profundas cuevas, alimentándose solamente del agua de la lluvia, la carne de los insectos y de la palabra de Dios. Allí hilvanaban el día y la noche mediante responsos interminables. Su fama de hombres santos era tal que muchos sentían hacia ellos más temor que respeto, como si en vez de hombres de carne y hueso fueran criaturas de un mundo extraño.

Al frente de aquellos siete peregrinos que irrumpieron en el monasterio de Toledo en medio de la noche, había un hombre llamado Teobaldo. Al igual que sus compañeros de viaje, era un anacoreta de las celdas del Valle del Silencio.

Teobaldo exigió entrevistarse con el abad sin perder un solo instante. Ninguno de los desconcertados monjes toledanos se atrevió a llevar la contraria a aquel peregrino, cuyo rostro parecía estar cubierto de musgo y líquenes, como una roca añosa. Sacaron al abad de su cama y lo llevaron en presencia de Teobaldo y sus compañeros.

Lo que el abad encontró fue siete sombras envueltas en hábitos de color gris, deshilachados y cubiertos de mugre. De sus siete caras brotaban siete barbas hirsutas, como raíces que penden de siete peñascos, y sobre ellas, siete pares de ojos tan blancos y ciegos como catorce esquirlas de cuarzo.

El abad les preguntó el motivo por el que querían verle y Teobaldo respondió que habían venido a buscar el Altar del Nombre. Un escalofrío recorrió el espinazo del monje toledano. Nadie debía saber que la Mesa de Salomón se guardaba bajo los cimientos del monasterio, era un secreto que sólo los reyes de Toledo conocían, y revelarlo se castigaba con la muerte. Pero aquellos hombres, aquellos siete fantasmas grises, lo sabían. ¿Cómo era posible?

Teobaldo respondió. Lo habían visto en un sueño. Desde tiempo atrás, los anacoretas del Valle del Silencio tenían el don de recibir la palabra de Dios mediante sueños y visiones. Aquellos siete hombres habían tenido la misma varias veces.

En su visión, contó Teobaldo, un hombre les hablaba. Un hombre que se aparecía en medio de un vergel, a sus pies brotaban ríos y allá donde tocaban sus manos crecían árboles repletos de hojas. El Hombre Verde, lo llamó. Sólo eso: el Hombre Verde.

El Hombre Verde les había mostrado un ejército de soldados oscuros, con el rostro embozado y armados con espadas en forma de media luna. Les reveló la caída del reino de Toledo y cómo sus tesoros desaparecían en medio del pillaje.

«Vienen a por el Altar del Nombre», les dijo. «No deben encontrarlo.»

El Hombre Verde había encargado a aquellos siete ermitaños la tarea de sacar la reliquia de su escondite y llevarla lejos, muy lejos, allá donde la codicia de los hombres y su sed de poder no pudieran alcanzarla jamás. Había que hacerlo rápido, porque el ejército de hombres oscuros ya se encontraba a las puertas del reino. El fin estaba cerca.

Aterrado por aquella revelación, el abad del monasterio condujo a Teobaldo y sus eremitas hasta el corazón de las Cuevas de Hércules, donde el obispo Isidoro ocultó el Altar del Nombre. Al amparo de la noche y en el secreto más absoluto, Teobaldo y sus seis compañeros sacaron el Altar de las cuevas. Para engañar a los posibles saqueadores que pudieran llegar después, en el lugar de la Mesa de Salomón colocaron una burda imitación hecha por orfebres toledanos.

En definitiva, utilizaron un truco propio de un caballero buscador.

Hecho el cambio, Teobaldo y sus anacoretas se llevaron la verdadera Mesa, protegidos por la oscuridad de la madrugada. El abad del monasterio quiso conocer su destino, pero los eremitas no pudieron darle una respuesta.

«El Hombre Verde nos ha ordenado hacernos a la mar», dijeron, «y navegar hacia la puesta de sol. Cuándo podremos detenernos, eso es algo que sólo Dios sabe».

Los hermanos anacoretas llegaron mucho más lejos de lo que ellos mismos pudieron imaginar. Su viaje estuvo lleno de peligros pero finalmente lograron poner la Mesa a salvo. Podría contarte cómo lo hicieron, si quieres; es una buena historia.

Pero conozco una mejor, ya lo sabes.

Décadas después de que Teobaldo y sus anacoretas desaparecieran en la noche, el reino visigodo de Toledo era sólo un recuerdo, y sobre sus cenizas los musulmanes levantaron un emirato cuyas fronteras abarcaban casi toda la Península Ibérica.

El próspero monasterio que en su día custodió la Mesa de Salomón era ahora una ruina abandonada. Los monjes de la comunidad habían ido muriendo uno tras otro. Los nuevos emires musulmanes prohibían restaurar y mantener las viejas iglesias visigodas y los cristianos del emirato debían pagar un elevado impuesto para seguir profesando su fe. En aquel viejo monasterio ya sólo quedaba un monje. Era un niño cuando sus padres lo dejaron en el cenobio, que siempre fue su único hogar. Con más años encima de los que pudiera recordar, aquel monje había vivido lo suficiente como para enterrar a todos sus hermanos. Viejo y olvidado, moraba entre ruinas esperando su propio fin.

Una noche, mientras temblaba de frío acurrucado en una nave de la iglesia, recibió la visita de cuatro peregrinos. Aquello le recordó a cierta historia que había oído de sus hermanos y que tuvo lugar cuando él era muy pequeño.

El viejo monje les ofreció su techo para descansar, pero aquellos hombres no buscaban hospitalidad sino compartir su sorprendente historia.

Se identificaron como cuatro de los siete ermitaños que décadas antes se habían llevado el Altar del Nombre para ponerlo a salvo. El viejo monje no quiso creerlo. Con toda seguridad aquellos hombres debían llevar muertos mucho tiempo, pues ya eran ancianos cuando visitaron el monasterio por primera vez.

No obstante, los viajeros no modificaron su relato. Según ellos, habían llevado la Mesa a una tierra lejana y allí la habían ocultado, en una ciudad protegida por la mano de Dios. Teobaldo y otros dos anacoretas se quedaron allí para custodiar la reliquia, al resto se les encomendó la tarea de regresar a Toledo para informar de que su misión había sido llevada a cabo con éxito. El viejo monje comenzó a creer en la veracidad del relato cuando los cuatro viajeros le mostraron un relato manuscrito donde el propio Teobaldo relataba su viaje y otros muchos secretos.

Los eremitas pasaron un tiempo en compañía de aquel monje hasta que, finalmente, la muerte los consumió con asombrosa rapidez, como si la causa de su inusual longevidad ya no fuera eficaz ahora que estaban lejos del Altar del Nombre.

El viejo monje toledano se encargó de enterrarlos en lugar sagrado. A modo de reliquia, guardó las cabezas de aquellos hombres en unos tarros de miel, siguiendo un antiguo y rudimentario método de embalsamamiento. Depositó las cabezas de los eremitas en las Cuevas de Hércules, donde tiempo atrás estuvo la Mesa de Salomón. Junto a los restos guardó el relato manuscrito del viaje de Teobaldo.

Hecho esto, el monje decidió que aquel secreto fabuloso no debía morir con él, así que abandonó el monasterio por primera vez en su vida y se encaminó hacia el norte.

Allí se encontraban los pequeños señoríos cristianos que habían sobrevivido a la invasión musulmana. El más importante de ellos era el fiero reino de Asturias, cuyos monarcas aún mantenían viva la llama de la herencia visigoda y miraban hacia el sur con el anhelo del hogar perdido. El viejo monje pensó que sería buena idea poner en conocimiento de un rey cristiano el relato de la Ciudad de los Hombres Santos. Quizá le ayudara en su lucha contra el infiel.

Poco después de llegar a Asturias, el monje murió, pero antes pudo contar todos sus secretos al rey Alfonso II. A partir de ese instante, la nueva ubicación del Altar del Nombre sería un legado del linaje de los monarcas asturianos. No había peligro de que alguno de ellos cayera en la tentación de usar la Mesa para sus propios fines ya que, aunque supieran dónde estaba oculta, ese lugar no se encontraba al alcance de ningún hombre. La ciudad de Teobaldo y sus hombres santos era inexpugnable. En cualquier caso, aquel monje toledano tuvo la precaución de no revelar nunca al rey Alfonso la verdadera naturaleza del tesoro que Teobaldo y los suyos se habían llevado. Lo único que el rey y sus descendientes supieron fue la existencia de una ciudad llena de riquezas con gran poder, situada al otro lado del mar, en dirección al ocaso.

El secreto se mantuvo oculto, pero no así la leyenda, que pronto fue conocida hasta en los lugares más lejanos. La leyenda de una ciudad perdida, donde unos hombres santos custodiaban un tesoro que otorgaba un poder divino.

¿A quién no seduciría una búsqueda semejante? La Historia está cuajada de buscadores que dedicaron su vida a coleccionar tesoros. A encontrar respuestas.

Todo buscador aprende una lección: lo que se halla al final de una búsqueda no son respuestas, sino muchas más preguntas. Eso fue lo que ocurrió con la leyenda de la Ciudad de los Hombres Santos. Muchos fueron tras ella, y en su camino tan sólo dejaron un rastro de signos de interrogación.

Hubo osados viajeros de tierras lejanas que ya en tiempos remotos quisieron contemplar la ciudad de los siete ermitaños.

En el siglo XVI, el monje franciscano Marcos de Niza escuchó de labios de los nativos de América la descripción de una ciudad perdida, llena de riquezas y mágicas reliquias.

Marcos de Niza conocía la leyenda de los siete ermitaños. También sabía que, según el mito, éstos navegaron hacia un lugar más allá del ocaso. Sin duda ese lugar no era otro que las Indias, la tierra misteriosa de imperios hechos de oro y plata. Para el imaginativo franciscano estaba claro: aquella ciudad de la que hablaban los indígenas era la misma en la que los siete hombres santos ocultaron sus tesoros. Marcos de Niza la llamó «Cíbola». Su empeño por encontrarla era tan firme y persuasivo que el virrey Antonio de Mendoza le encargó la tarea de dar con dicha ciudad, pero la expedición fue un fracaso que costó muchas vidas.

En 1540, Francisco Vázquez de Coronado trató de completar la búsqueda, de nuevo con ayuda de fray Marcos de Niza. En su viaje escucharon una y otra vez el relato de una Ciudad Perdida y fabulosa, donde dioses y hombres moraban juntos en sabia armonía. Tras años deambulando por tierras extrañas, sólo lograron un nuevo fracaso. Marcos de Niza murió en México, aplastado por el descrédito. Hay quien dice que lo único que repetía en su lecho de muerte era la palabra «Cíbola». Una y otra vez. Hasta que aquel nombre se llevó el último aliento de su cuerpo.

Hubo más. Muchos más que fueron tras ella. Locos e inconscientes que buscaron la Ciudad de los Hombres Santos… Cíbola, Quivira, la Ciudad Perdida de Z… Tenía muchos nombres, pero era siempre la misma. Su leyenda crecía con el paso de los siglos, alimentándose del cuerpo y el alma de aquellos que fueron en su búsqueda y jamás regresaron.

Podría contarte sus historias si quieres, pero conozco una mejor.

Es el relato de mi propia búsqueda. De lo que encontré en ella… Y de lo que perdí.

He querido dejarlo para el final, pues no conozco ningún otro capaz de superarlo.

cap-2

Freeway (I)

Apenas había clientes en el bar. Ella lo achacó a lo temprano de la hora. En su reloj aún faltaban unos minutos para que dieran las siete.

La joven analizó el espacio de una mirada nada más flanquear la puerta. Era un bar corriente, similar a otros muchos que podían encontrarse en la zona de Malasaña, en el centro de Madrid, los cuales ella, por otro lado, nunca había visitado muy a menudo. Aquél en concreto atendía al nombre de Freeway. Se preguntaba por qué su cita habría escogido aquel preciso lugar para el encuentro.

De fondo sonaba una canción de Frankie Valli y los Four Seasons. Don’t You Worry About Me. Junto a la barra, decorada con retratos de estrellas clásicas del rock, había un grupo de tres o cuatro hombres jóvenes, con aspecto de parroquianos, que charlaban con el único camarero del establecimiento, un tipo moreno con los brazos tatuados. Por su conversación, parecían enfrascados en organizar aln tipo de viaje. Ella no quiso interrumpirles; después de todo, tampoco deseaba hacer ninguna consumición. Tenía el estómago cerrado.

En un rincón apartado, sentada frente a una mesa de aspecto pegajoso junto a una ventana, había una mujer. La joven se dirigió discretamente hacia ella. Se metió las manos en los bolsillos de la cazadora de cuero negro que llevaba puesta para disimular su temblor.

Al acercarse, la mujer la miró.

¿Daniela?

La joven asintió.

Ambas se observaron en silencio durante un instante, mientras el bueno de Frankie aseguraba que, aunque quizá se sintiera triste y llorase, sólo quería lo mejor para ella. Danny no se molestó en preguntarse si aquélla era la melodía más adecuada para aquel encuentro. En realidad, ni siquiera la escuchaba, estaba concentrada en estudiar a la mujer que tenía ante sí.

Trató de calcular su edad. Debía de rondar los sesenta o sesenta y cinco, pero no los aparentaba en absoluto. Tenía buen aspecto, cuidado y elegante. No podía asegurarse que sus rasgos fueran hermosos, pero destilaba un poderoso atractivo natural. Llevaba puesta una blusa sin mangas de color blanco crudo, dejando ver unos brazos largos y fibrosos. Tenía la piel bronceada.

Danny la miró a los ojos y vio que eran inmensos, de un fascinante color dorado con motas verdosas. En ellos detectó el borde apenas perceptible de un par de lentillas.

La mujer se encendió un cigarrillo electrónico y por entre sus labios expulsó una fina voluta de humo con aroma mentolado. Fumaba con la languidez de una estrella de cine en blanco y negro.

El silencio empezaba a prolongarse demasiado, pero a Danny no le importó. Ella siempre prefería un silencio útil a una frase sin sentido, y en aquel momento no era capaz de pensar en ninguna que lo tuviese. En realidad, toda aquella situación empezaba a parecerle un atentado contra la lógica más elemental.

La mujer esbozó una sonrisa.

—Bien, pues… Aquí estamos…

—Así es.

—¿No quieres… tomar algo? —Señaló el botellín de Coopers que tenía frente a ella—. Puedo pedirte otra de éstas.

—No me gusta esa cerveza.

La mujer asintió, como si analizase mentalmente aquella revelación.

—Seguro que tienen otras marcas…

—No quiero nada.

Un nuevo silencio. La mujer volvió a romperlo. Esta vez habló en un idioma diferente.

—¿Te importa si charlamos en inglés? Estoy un poco nerviosa, y quizá eso haga que mi español suene algo incomprensible. Hace tiempo que no lo uso de forma habitual.

—Como prefieras.

—Por tu último correo, me pareció que lo hablabas bastante bien. Me refiero al inglés.

—Trabajo mucho en el extranjero.

—¿De veras? ¿En qué?

—Mercado de antigüedades.

—Eso suena muy… bonito, —La mujer dio un par de golpecitos nerviosos con la uña sobre su botellín de cerveza—. Creo que a tu padre le interesaba mucho aquel tema…

—¿Crees?

—No estoy segura. Han pasado muchos años desde… —La mujer se aclaró la garganta, incómoda—. Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes exactamente? ¿Su muerte? ¿El no acordarte de sus gustos? ¿La cantidad de años que han pasado?

—Todo. Pero, sobre todo, eso último.

Aquella muestra de sinceridad cogió a Danny desprevenida.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó a la mujer.

—Más de la que quisiera, Daniela. Me he dado cuenta al verte cara a cara. El tiempo te ha transformado en una mujer adulta mientras que a mí me ha arrebatado tantas oportunidades…

—¿Oportunidades de qué?

—De hacer esto, por ejemplo. De encontrarnos, de hablar.

—No le cargues tus culpas al paso del tiempo.

—¿Eso crees? Sí, es lógico… Pero ojalá pudiera explicarte…

—Ahora puedes.

La mujer tomó aire, como si estuviera a punto de sumergirse en aguas muy profundas.

—Cometí un error —aseveró—. Un error estúpido y cobarde. Yo misma era así, Daniela: estúpida, cobarde y vanidosa. Conocí a un hombre que halagaba mi vanidad, y eso me gustaba. Tuvimos un hijo… Tu hermano. Empecé a darme cuenta de que no era eso lo que yo quería, pero me dejé llevar por estúpida y cobarde. Luego llegaste tú, y entonces decidí que no deseaba seguir aquel camino. Tuve la sensación, asfixiante y dolorosa, de que aquella vida no era para mí, que estaba malgastando un sinfín de posibilidades. Quise dejarlo todo atrás y empezar de nuevo. Eso fue lo que hice. Era como una niña a quien de pronto le aburre jugar con sus muñecos y decide empezar otro juego nuevo.

—Así que eso éramos nosotros para ti: muñecos.

La mujer sostuvo la mirada de Danny, sin mostrarse avergonzada.

—Sí, exacto. Accesorios de mi propia vida, eso es todo. Lo siento, pero es la verdad. Era inmadura y vanidosa. No puedo disimular de ningún modo cómo funcionaba mi mente por aquel entonces.

—Ya veo… —dijo Danny. Se arrepintió de no haber pedido aquella cerveza; sentía la boca seca—. Al menos has decidido ser sincera.

—Claro que sí, Daniela, ¿de qué otra forma esperabas que enfocase este encuentro? Asumo que lo que pueda decirte quizá te resulte doloroso, pero tienes derecho a saber toda la verdad. Quiero que sepas qué clase de persona era.

—¿Por qué?

—Para que puedas juzgarme. Necesito que lo hagas, Daniela. Nadie puede aspirar al perdón si antes no es juzgado.

—¿Eso es lo que quieres, que te perdone?

—Sí. Lo deseo con todas mis fuerzas.

Danny estudió a la mujer con intensidad. No detectó en su voz ni en su rostro asomo alguno de sentimentalismo; tampoco parecía alguien emocionalmente herido, sino una persona con un firme propósito en mente.

—Limpia tú misma tu propia conciencia. Ése no es mi problema.

—No me has entendido, ¿crees que hago esto sólo para poder dormir por las noches? No me siento culpable, Daniela. No actuaría de otra forma si pudiera volver atrás. He llevado la vida que he querido y estoy satisfecha, muy satisfecha.

—Entonces… ¿Qué diablos quieres de mí?

—Te quiero a ti.

Danny la miró, desconcertada. Se había preparado para un encuentro plañidero, sentimental, empapado en lágrimas de arrepentimiento. Creyó que iba a verse con una mujer patéticamente entregada a la autocompasión, casi lo había deseado, de esa forma habría podido despreciarla. Lo que no esperaba era verse con alguien que hacía gala de tanta frialdad.

Se descubrió sintiendo más curiosidad que resentimiento. En realidad, toda su vida había querido conocer a aquella mujer. Ahora que al fin lo había logrado, ella estaba actuando de una forma para la que Danny no estaba preparada.

—¿Y qué hay de Bruno? —preguntó.

La mujer negó con la cabeza.

—Demasiado tarde. Él aún recuerda cómo me marché. Me odia, es lógico, y nunca dejará de odiarme. Pero tú, Daniela, tú no eras más que un bebé. En realidad nunca fui nada para ti, no me guardas rencor a mí sino a lo que hice. No me conoces, y yo a ti tampoco. Podemos empezar de nuevo. Será nuestra historia, sólo nuestra.

—¿Por qué crees que deseo conocerte?

—Porque has venido, sin decirle nada a nadie, tal y como te pedí.

—Sólo quería ver la cara de la mujer que nos abandonó a mi hermano y a mí. Resulta incómodo guardar rencor a un fantasma.

—¿Te das cuenta? Tú misma me das la razón: ni siquiera sabías a quién debías odiar… Me aborreces porque es una costumbre que te ha sido impuesta, pero las rutinas pueden alterarse, sobre todo si son irracionales, y tú eres una mujer razonable, ¿verdad, Daniela? Sí… Lo eres. Lo sé.

—En absoluto. No tienes ni idea. No me conoces.

—Eres como yo, el corazón me lo dice. Por eso quiero recuperarte. Dame la oportunidad de demostrarte lo mucho que nos parecemos. Quizá así puedas entenderme… y perdonarme.

Danny dudó si debía marcharse en aquel momento. Quizá aceptar mantener aquella cita había sido un error, y más el hacerlo sin decirle nada a Bruno… ¿Por qué decidió dejarle al margen? También era su madre, después de todo. A ambos los hirió de igual forma.

Seguramente él no habría querido saber nada de ella. La mujer tenía razón en una cosa: Bruno la odiaba con toda su alma. Jamás habría aceptado el verla cara a cara, ni tampoco le habría permitido a Danny que lo hiciera.

Por eso ella mantuvo el secreto.

Intentaba aborrecerla tanto como lo hacía su hermano, pero no era capaz de alcanzar esa intensidad.

En realidad quería verla. Quería hablar con ella.

Quería saber.

—No puedes hacer esto —dijo Danny, evitando mirarla a los ojos—. No puedes presentarte aquí, de pronto, y, simplemente, contarme tu historia como si yo fuera una desconocida. No lo soy; tienes una deuda conmigo.

—Lo sé. Quiero saldarla. Dame esa oportunidad.

Danny negó con la cabeza.

—Esto es… demasiado para mí.

Se puso en pie, dispuesta a marcharse. La mujer no intentó detenerla.

—De acuerdo. Lo entiendo, necesitas tu tiempo.

Danny se alejó. Antes de abandonar el local miró de nuevo a la mujer.

—Lo siento.

De inmediato se arrepintió de haber dicho aquello. Ni siquiera sabía qué era exactamente lo que sentía.

La mujer asintió.

—Ahora sabes cómo encontrarme, Daniela. Puedo esperar tanto como haga falta.

Danny se marchó.

La mujer se quedó en el bar, con la única compañía de los hombres que charlaban con el encargado en la barra. Uno de ellos dijo algo y los demás rieron. Sin poder evitarlo, la mujer dejó que su boca se torciese en una amarga sonrisa a la mitad.

Había arriesgado mucho con aquel encuentro, pero tenía grandes esperanzas en que resultase fructífero. La sangre es más espesa que el agua, se suele decir.

Tras aquel pensamiento, la mujer le dio un trago a su botellín de cerveza y se quedó ensimismada en sus propias reflexiones.

cap-3

Imagen

cap-4

1

Londres

Mi cara estaba empapada en sudor, un sudor caliente y pegajoso que rezumaba de mi cuero cabelludo, goteaba de mis orejas, de la punta de la nariz y de mi cuello igual que si me hubieran derramado sobre la cabeza una olla de caldo.

El corazón me daba tumbos dentro del pecho y sentía pinchazos en los músculos de las piernas, pero no podía dejar de correr.

Algo en mi interior se rebeló. Ya estaba cansado de ser una masa sudorosa y agotada. Con un gesto brusco, apreté el botón que regulaba la velocidad de la cinta y mi carrera se transformó en un leve paseo. Luego se detuvo por completo. Agotado, me senté en el suelo y traté en enjugarme el sudor de la cara con el bajo de la camiseta.

Justo a mi lado, la agente Julianne Lacombe trotaba sobre la cinta de una máquina idéntica a la que yo acababa de desconectar. La mujer pausó su ejercicio y me miró. En sus ojos había una expresión de desprecio inmensamente francesa.

—¿Quince minutos? ¿Eso es todo, Alfaro?

—No puedo más…

Lacombe sacudió la cabeza.

—Qué lamentable.

Me pasó una botella de agua mineral. La vacié de un par de tragos.

A excepción de nosotros dos, el gimnasio estaba vacío, lo cual era una suerte; me habría resultado muy desagradable que anónimos testigos viesen cómo una simple agente de Interpol humillaba de aquella forma a todo un ex caballero buscador. El viejo Narváez no me lo habría perdonado jamás.

Quizá tampoco me hubiera perdonado que me dejara convencer tan fácilmente por parte de Julianne Lacombe para ponerme a sus órdenes en Interpol. Pero el viejo había perdido todo su derecho a opinar ahora que estaba muerto. Además, qué diablos, la cosa no era sencilla.

Lacombe se bajó de su máquina y me pasó una toalla limpia. Mientras me secaba el pelo y el cuello, no dejaba de mirarme con su ceño fruncido. Raras veces la había visto lucir una expresión más amable desde que trabajábamos juntos.

Era una lástima. Lacombe tenía una cara bonita. Nacida en la francesa isla Reunión, de padres nativos, entre su piel y sus pupilas se concentraban todos los tonos oscuros del mundo, pero casi nunca se molestaba en adornar el conjunto con una sonrisa.

—Esto es por el tabaco, lo sabes, ¿verdad? —me dijo—. Esa porquería ha convertido tus pulmones en dos inútiles bolsas de alquitrán.

Me abstuve de responder a ese comentario, tanto por falta de argumentos como de resuello.

Dirigí una mirada al panorama que mostraba la cristalera de la pared del gimnasio. Era una preciosa vista de la ciudad de Londres, con su estampa neovictoriana en la que la desmesurada bóveda de la catedral de San Pablo marcaba el eje de la composición. El cielo, por supuesto, estaba encapotado.

Mi compañera y yo llevábamos en Londres desde el día anterior. Interpol había colaborado con la Policía Metropolitana inglesa para recuperar dos pinturas de Damien Hirst que habían sido sustraídas de la Tate Gallery. Lacombe las localizó en Berna, justo antes de que fueran adquiridas por un empresario chino en el mercado negro. Modestamente, he de decir que yo contribuí un poco a su éxito, aunque no demasiado: Julianne Lacombe no era una agente que delegase funciones con facilidad.

Interpol decidió que Lacombe supervisara la devolución de las pinturas a los conservadores de la Tate Gallery, así que le encargaron viajar a Londres para, por decirlo de forma sencilla, arreglar todo el papeleo. La agente consideró que yo debía acompañarla ya que, por un lado, había ayudado en la misión y, por el otro, creyó que sería bueno para mi formación como agente de Interpol.

—De acuerdo, Alfaro, se acabó el descanso —me dijo Lacombe, mientras yo me incorporaba agarrándome patéticamente a las barras de la máquina de correr—. Es hora de hacer un poco de elíptica.

—No, nada de eso. Me rindo. Quiero irme al hotel, vestirme como una persona digna y pasar mi tiempo libre comprando porquerías en Harrods, como hacemos todos los españoles normales y corrientes cuando viajamos a Londres.

—No estamos de vacaciones. Esto es un viaje de trabajo.

—Para ti las dos cosas son lo mismo.

Los labios de la agente se fruncieron en algo que parecía una sonrisa detenida a tiempo.

—Sólo diez minutos, ¿de acuerdo? —insistió.

—¿Y después se acabó?

—Prometido. Luego te dejaré en paz.

Claudiqué y me subí a la máquina elíptica, sintiéndome como un hereje a punto de tumbarse en el potro de tortura.

Lacombe era como una enloquecida sacerdotisa del culto al cuerpo que había tomado la misión de evangelizarme en su fe. Durante el tiempo que llevaba formando parte de su equipo de agentes de Interpol, habíamos pasado bastantes horas en el gimnasio de la sede de la central, en Lyon. En un principio me pareció buena idea participar de aquellas sesiones en su compañía; ahora que no podía entrenarme con Burbuja en el Sótano del Cuerpo de Buscadores, no quería abandonar mi forma física a su suerte.

No contaba con que Lacombe era una monitora mucho más exigente que mi antiguo compañero. Admito que yo distaba mucho de ser el mejor de los atletas, pero en mis días de buscador había logrado forjarme un discreto aspecto fibroso del que me sentía muy satisfecho. Sin embargo, al parecer la meta de Lacombe consistía en transformarme en una versión moderna del Torso Belvedere. Yo pensé que durante el breve viaje a Londres se olvidaría de nuestras sesiones de entrenamiento. Gran error: nuestros colegas británicos también disponían de gimnasio en sus instalaciones.

Lacombe y yo nos subimos a sendas máquinas elípticas, dos trastos espantosos y feos. Ella se encajó unos auriculares en las orejas y comenzó a moverse al ritmo de la música que escuchaba a través de ellos. Probablemente algo clásico. Para ella, nada compuesto después de la muerte de Prokófiev merecía llamarse música.

Una vez escuché el rumor de que Lacombe había echado a uno de sus agentes a la calle porque creía que la Obertura 1812 de Tchaikovsky era la última de otras mil ochocientas once anteriores. Estoy seguro de que la historia es falsa, pero ni siquiera era el peor rumor que había escuchado referido a Lacombe: en Interpol la agente no tenía muchas simpatías. De hecho, muchos consideraban que yo era lo más parecido que Lacombe tenía a un amigo en el trabajo, dada la cantidad de tiempos que pasábamos juntos. No dejaba de ser triste. Para ambos.

Pasé los siguientes diez minutos caminando hacia la nada, envuelto en sudor. Fueron seiscientos largos segundos. Al finalizar, mi compañera se bajó de su máquina y me devolvió mi libertad.

—Suficiente por hoy —dijo, satisfecha—. Ahora una buena ducha y al hotel. Te esperaré para compartir un taxi, si quieres. Te has ganado tu tarde libre.

—Gracias a Dios… ¿Estás segura de que no me necesitarás para nada más? —La pregunta era pertinente. Lacombe tenía la costumbre de interrumpir mi tiempo libre para cualquier tema de trabajo. No lo hacía por maldad sino por pura inconsciencia: ella vivía tan entregada a su labor de agente de la ley, que a menudo olvidaba que el resto del mundo prefería emplear su ocio en cosas que no tuvieran que ver con el trabajo.

—No. Mañana a primera hora tenemos la reunión con el inspector de la Unidad de Arte y Antigüedades de la Policía Metropolitana y los conservadores de la Tate. Me gustaría repasar todos nuestros informes, pero puedo hacerlo sola.

—De eso no me cabe duda… Recordaré tu palabra, luego no protestes si me llamas y no te respondo al teléfono. —Me eché la toalla sobre el hombro y me dirigí hacia las duchas. De pronto tuve un pequeño arranque de camaradería—. ¿Quieres que cenemos juntos? Cerca del hotel hay un pub que parece decente.

Ella me miró, como si le hubiera hecho una pregunta muy extraña.

—No —respondió—. No podemos cargar una cena particular a la cuenta de gastos, ¿es que te has vuelto loco?

—Nadie ha dicho nada de cargar ninguna cena a la agencia. Sólo… cenamos, cada uno se paga lo suyo y punto.

—Qué dispendio más absurdo, ¿sabes lo que cuesta un restaurante en Londres? Compraré un sándwich y me lo comeré en mi habitación, y te sugiero que hagas lo mismo si no quieres malgastar tu dinero.

Por un momento me vi tentado a emplear parte de mi tiempo en explicarle algunos conceptos sobre compañeros de trabajo que cenan juntos, toman un par de pintas de sidra y charlan de banalidades en vez de pasar una solitaria velada en una deprimente habitación de hotel, masticando cualquier alimento con sabor a plástico.

Pero me di cuenta de que sería un gasto de saliva inútil, ella jamás lo iba a entender.

Después de una ducha rápida, salí de las instalaciones para reunirme con la agente de Interpol. Habíamos quedado en la calle.

El gimnasio se encontraba en la sede de la Policía Metropolitana de Londres, en el conjunto Norman Shaw Buildings del 10 de Broadway Street. La primera vez que entré en aquel edificio con mi flamante acreditación de Interpol, sentí un cosquilleo en el estómago. Pensaba en las muchas y trepidantes horas de mi juventud que pasé bebiéndome a sorbos todos los relatos de Sherlock Holmes sin sospechar que, en un futuro, yo mismo acabaría traspasando las puertas del New Scotland Yard.

No encontré inspectores vestidos de tweed ni detectives fumando en torcidas pipas; de hecho, la actual sede de la policía londinense ni siquiera es la misma que aparece en los relatos de Conan Doyle (ésa fue abandonada en 1967 y actualmente es un anexo del edificio del Parlamento). A pesar de ello, me sentí igual que un seminarista que visita por primera vez el Vaticano.

Salí del edificio con mi bolsa de deporte al hombro. Al pasar bajo la enorme señal giratoria con las palabras NEW SCOTLAND YARD escritas en letras plateadas sobre fondo negro no pude evitar mirarlas de nuevo con devota reverencia.

Lacombe estaba sentada en un banco, hablando por su teléfono móvil. Terminó la conversación cuando llegué a su lado.

—Ya has terminado. Estupendo —dijo nada más verme, guardándose el teléfono en un bolsillo—. Tengo noticias, ¿recuerdas que dije que podías tomarte la tarde libre? Mentí.

Dejé escapar un suspiro de fastidio.

—Por favor, no me obligues a encerrarme en una habitación de hotel a repasar informes.

—Cambio de planes. Habrá que dejar lo de los informes para más adelante. Una amiga me ha pedido que le eche una mano con un asunto y quiero que vengas conmigo.

—Espera un momento… Tú… ¿tienes amigos? —pregunté. Después me apresuré a matizar—: Quiero decir, ¿tienes amigos en Londres?

Lacombe no respondió. Estaba ocupada parando un taxi.

Lacombe y yo llevábamos seis meses trabajando juntos y, en realidad, no puedo decir que nos uniese una relación de amistad.

Las circunstancias en las que nos conocimos tampoco fueron las más propicias. Durante semanas fui el objetivo número uno de su lista de fugitivos, y su afán por verme entre rejas la llevó a perseguirme hasta el corazón de África, aunque creo que ella tiene más motivos que yo para lamentar esa decisión.

Para ser justos con ella, debo decir que no la impulsaba ningún odio personal hacia mí, sólo un admirable celo por su trabajo. De hecho, cuando todo aquel asunto de Malí llegó a su fin, la implacable agente de Interpol desarrolló (puede que a su pesar) un incipiente respeto por mi humilde persona. Para ello sólo tuve que salvarle de una tribu de pigmeos deformes y someter a un cocodrilo gigante albino que amenazaba con devorarnos.

Oh, sí. Aquél fue un viaje memorable…

Lacombe y yo apenas hablábamos de lo ocurrido en Malí. En mi caso, aquello formaba parte de un pasado que me esforzaba por dejar atrás, intentando mitigar la añoranza que me causaba el haber dejado de ser un caballero buscador. Por parte de Lacombe, creo que ella todavía se preguntaba si lo que había vivido en África era real o sólo una pesadilla. A las personas carentes de imaginación les cuesta mucho encajar lo extraño en sus vidas. Tardan en asumirlo y, aun cuando lo hacen, intentan encontrar cualquier excusa para negar lo que sus propios ojos han visto.

Cuando los peligros de África quedaron atrás, Lacombe me sugirió la posibilidad de convertirme en un agente de Interpol, en la división de delitos contra el patrimonio artístico. Pensó que tenía maña para recuperar antigüedades robadas y el suficiente apego a la vida como para salir de atolladeros con imaginación. Supongo que no le faltaba razón.

Lacombe tuvo suerte y me formuló su oferta en el único momento en el que me habría sido posible aceptarla: justo después de ser despedido del Cuerpo Nacional de Buscadores.

Abel Alzaga, el director del Cuerpo que sustituyó a Narváez y cuyo nombre yo aún maldecía a veces entre dientes, consideró que era demasiado incontrolable para ser un caballero buscador, de modo que me puso de patitas en la calle. Pensé que la mejor manera de superar la pérdida de un trabajo para el que creía haber nacido sería un radical cambio en mi existencia. Lacombe me ofrecía la posibilidad de ejecutarlo.

Antes de convertirme en agente de Interpol, había que llevar a cabo un pequeño trámite. Para entrar en la agencia internacional de policía es necesario contar con la recomendación de algún cuerpo de seguridad de un país miembro. Dado que el Cuerpo de Buscadores era, y sigue siendo, una institución protegida por el secreto, ninguno de mis superiores podía recomendarme.

Por suerte para mí, en la historia del Cuerpo de Buscadores existe la norma no escrita de facilitar en lo posible la salida a todo buscador que deja de serlo. Estoy seguro de que Alzaga no habría hecho el más mínimo esfuerzo por ayudarme, pero mis antiguos compañeros presionaron para que la tradición del Cuerpo se aplicara conmigo de igual manera que se había hecho con mis predecesores. Ignoro si Alzaga finalmente se ablandó o no, en cualquier caso, no fue necesario: me bastó la ayuda de Daniel Urquijo, el abogado para todo del Cuerpo Nacional de Buscadores.

Urquijo movió hilos ocultos para fabricarme un completo historial como agente del CNI español, y fue una recomendación del Centro de Inteligencia (tan falsa como mi currículum) lo que finalmente me abrió las puertas de Interpol. El proceso no llevó más de un par de semanas.

Transcurrido ese tiempo, metí mis cuatro trastos dentro de una maleta, saqué un billete sólo de ida en un vuelo a Lyon y me dispuse a comenzar una nueva vida.

No quise ceremonias del adiós ni abrazos de compañeros. Quise dejar el Sótano como quien despierta de un sueño, que todo fuese rápido para que no tuviera tiempo de pararme a pensar en lo que estaba ocurriendo. Aun así, recuerdo el momento en que mi avión aterrizó en Lyon como uno de los más angustiosos que he vivido. Me sentía preso de una terrible crisis de identidad que no estaba seguro de poder superar. Había llegado a creer que sería un caballero buscador durante el resto de mi vida, al igual que lo fue mi padre. No quería ni sabía hacer otra cosa diferente.

En la sede de Interpol estuve un par de meses asistiendo a cursos de formación y aprendizaje. En realidad ninguna de mis nuevas tareas me pareció demasiado compleja, casi todas las labores de Interpol se hacen desde una oficina y con ayuda de un ordenador. La policía internacional es un cuerpo de coordinación más que de ejecución, y pocos de sus agentes llegan a experimentar un riesgo más serio que el de cortarse con el papel de la impresora.

En Lyon intenté fabricar una nueva rutina, pero fue un desastre. Los escasos amigos que hacía me parecían poco interesantes y aburridos y, por otro lado, me cansé de tener que responder con evasivas a toda clase de preguntas personales. Sin darme cuenta, acabé por convertirme en un solitario expatriado cuya vida transcurría entre un cubículo de oficina y un estudio de treinta metros cuadrados en el Croix-Rousse. Creo que incluso empecé a ganarme cierta fama de huraño.

Al cabo de un tiempo, Julianne Lacombe me reclamó a mis superiores para entrar a formar parte de su grupo de agentes. Algunos de mis compañeros me transmitieron sus más sentidas condolencias: nadie quería trabajar en el grupo del Banquis Noire, el «Témpano Negro». Lacombe tenía fama de déspota y de exigir a sus agentes trabajar hasta la extenuación. Eso era justo lo que yo necesitaba.

Mis compañeros no exageraban. Lacombe era una hiperactiva agente para la que su trabajo era el hobby más divertido del mundo, de modo que, ¿por qué no dedicarse a él a todas las horas del día e incluso gran parte de la noche? A todo esto, también había que achacarle una total falta de empatía hacia cualquier miembro de su equipo.

Ignoro a qué se debía esa forma de ser. Al respecto, sus agentes aportaban toda clase de teorías, como que Julianne Lacombe había tenido una infancia difícil como esclava en una mina de sulfuro, o que el taller que la diseñó olvidó activar sus protocolos de interacción con otros seres humanos. Yo simplemente pensaba que Lacombe era tan eficaz en su trabajo como asombrosamente incompetente en las relaciones sociales, las cuales, por cierto, tampoco parecían interesarle demasiado.

Dado que yo atravesaba mi propia etapa de introspección, no me costó demasiado encajar con los métodos de mi nueva jefa. Además, aprendí mucho de ella. Lacombe era una profesional extraordinaria que, al igual que yo, prefería el trabajo de campo antes que perder el tiempo frente a la pantalla de un ordenador. En poco tiempo, y sin yo haberlo pretendido, me convertí en algo parecido a su agente favorito, lo que, por otro lado, no ayudó mucho a granjearme las simpatías del resto de mis compañeros.

Puede que ambos no estrecháramos lazos de fraternal confianza, lo que tampoco pretendíamos, pero sí habíamos alcanzado un punto en el que el respeto mutuo era evidente. Sólo hablábamos del trabajo, algo que a ella le gustaba, y sólo en tiempo presente, cosa que a mí me convenía. Funcionábamos bien como equipo.

La desatada actividad de Lacombe me ayudaba a no pensar en el Cuerpo de Buscadores, y aquello me sentaba bien. Empecé a encontrar un cierto atractivo por mi trabajo y a asumir mi nueva identidad como agente de Interpol.

El primer síntoma de que comenzaba a rehacer mi vida apareció en forma de cita. Una simpática secretaria que trabajaba en nuestro equipo me invitó a tomar una copa un sábado por la noche. Fue una velada agradable, aunque me temo que no salió como ella había esperado, pues no volvió a repetirse.

—¿Y qué hay de ti? —me preguntó en un momento de nuestra conversación—. ¿Tenías a alguien especial en Madrid?

Estuve a punto de mentir, pero ya había soltado demasiados embustes aquella noche cuando tuve que contarle a qué me dedicaba antes de trabajar en Interpol. Necesitaba poder responder a alguna de sus preguntas de forma sincera.

—Sí… Lo cierto es que sí… Pero eso no acabó muy bien.

Ella me miró de forma comprensiva.

—Cuánto lo siento. ¿Qué ocurrió?

—Es complicado.

Al comprobar que no iba a darle más detalles, mi cita empezó a contarme una historia sobre un antiguo novio. Yo apenas presté atención.

Estaba pensando en Danny.

Después de subirnos al taxi, Lacombe le dio al conductor una dirección en Snow Hill. Eso estaba en pleno centro de Londres.

—¿Vamos a la City? —pregunté—. ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: una amiga que trabaja allí quiere que la ayude con algo.

—Entiendo. De modo que tu amiga es un corredor de bolsa… o bien la alcaldesa de la ciudad.

Lacombe me miró, frunciendo el ceño. A menudo no captaba mis chistes.

—Por supuesto que no, qué idea tan ridícula. Es detective de policía y su comisaría está en Snow Hill.

—Vaya, una auténtica detective de Scotland Yard. Por casualidad, tu amiga no se apellidará Lestrade, ¿verdad?

—No, se llama Child. Sarah Child —respondió, muy seria. Otra broma que dejaba pasar de largo—. Y no es detective de Scotland Yard, sino de la City of London Police. Son dos cuerpos diferentes, como ya deberías saber por tu entrenamiento.

Lo sabía, pero no gracias a mi entrenamiento sino por los meses que viví en Inglaterra justo antes de convertirme en buscador.

La Policía Metropolitana de Londres (o Scotland Yard, como aún la llamamos los románticos) vela por la seguridad de la inmensa urbe en todos sus barrios… salvo en uno, precisamente el más antiguo e importante. La City cuenta con su propio cuerpo de policía, que tiene jurisdicción sobre unos dos kilómetros de terreno a orillas del Támesis, la misma extensión que tenía la ciudad de Londres en tiempos de la Edad Media. Dado que hoy en día la City es el corazón financiero de la capital británica (así como de toda la nación), su cuerpo de policía se ha especializado en delitos como el fraude bursátil, el blanqueo de divisas, la fuga de capitales y otros crímenes igual de aburridos. No era capaz de imaginar qué pintaban dos agentes de la división de patrimonio artístico de Interpol en una comisaría de la City of London Police, y así se lo expresé a Lacombe.

—Mi amiga Sarah no sólo se ocupa de delitos financieros —me aclaró—. Como muchos policías, investiga todo tipo de casos. Se ha enterado de que estoy en Londres de paso y quiere que la ayude con un robo en el Barbican Centre.

El Barbican es un centro cultural situado al norte de la City, casi en el linde con el barrio de Old Street. En sus desproporcionadas instalaciones hay espacio para salas de conciertos, teatro y exposiciones de arte. A parte de eso, el lugar es famoso por ser considerado como el edificio más feo de todo Londres.

—¿Qué han robado?

—Un códice, o algo parecido. Sarah nos lo contará.

—¿De qué conoces a esa mujer? —pregunté con enorme interés. Aún me impactaba el hecho de que Lacombe tuviese una amiga.

La agente me contó la historia. Antes de trabajar para Interpol, Lacombe era investigadora en la OCBC,[1] una división de la Policía Nacional francesa. Durante ese período, la agente participó en un programa de intercambio con miembros de cuerpos de seguridad estadounidenses. Sarah Child participaba en el mismo programa, y Lacombe y ella compartieron un pequeño piso en Nueva York a lo largo de seis meses.

El taxi se detuvo frente a la comisaría de Snow Hill, un edificio de varias plantas y corte decimonónico, con un historiado escudo de la ciudad de Londres sobre su puerta de acceso. Lacombe franqueó la entrada, caminando a paso firme por delante de mí. Al llegar ante un mostrador donde había un policía uniformado, sacó una acreditación de su bolso y la sostuvo entre los ojos del agente.

—Julianne Lacombe. Interpol. —Era su forma habitual de presentarse, ya fuera en medio de un caso o saludando a un nuevo vecino, como si la palabra «Interpol» fuese su segundo apellido—. La detective Sarah Child me está esperando.

—¿Y su acompañante?

—Tirso Alfaro… También Interpol —respondí—. Espere, tengo aquí mi acreditación… —Empecé a hurgar en mi bolsa de deporte.

—No se moleste —respondió el policía, quien seguramente no deseaba inspeccionar nada que saliese de una bolsa cuyo contenido apestaba a vestuario de gimnasio—. La detective Child está en la oficina del fondo, a la derecha.

Lacombe y yo nos dirigimos hacia un cubículo de paredes acristaladas, al final de la comisaría. En su interior se encontraba la detective Child, en compañía de otro hombre.

Las dos amigas se saludaron con efusividad. La detective Sarah Child era una mujer pequeña y redonda, de cara rosada y pelo corto y rubio. El conjunto le otorgaba un cierto aspecto infantil.

El otro hombre, sentado tras la mesa del despacho, era algo mayor, de rostro delgado y con el pelo apretado en rizos grises alrededor del cráneo. Sarah Child nos lo presentó como inspector Nesbit.

—¿Son ustedes los agentes de Interpol? —preguntó el inspector. Su expresión me hizo pensar en esos adustos notarios que suelen aparecer en las novelas de Charles Dickens. Tan escuálido y serio, marcaba un curioso contraste con la oronda detective Child—. Les agradezco mucho que se hayan tomado la molestia de atendernos.

Me mantuve en un discreto segundo plano y dejé que Lacombe hablase por los dos.

—Espero que podamos serles de ayuda, inspector. ¿Cuál es el asunto?

—Un caso claro de delito contra el patrimonio artístico. Un robo, para ser más precisos. La detective Child sugirió que lo comentase con ustedes.

—En cuanto me enteré de que estabas en Londres se me ocurrió llamarte, Julie —intervino la detective.

—Cuéntame los detalles.

—La pieza que se han llevado es un manuscrito medieval. Estaba siendo expuesto en el Barbican Centre, en una muestra sobre textos históricos que terminó ayer. El problema es que ese libro es de un particular, un ciudadano francés que lo prestó al Barbican para la exposición.

—Entiendo. Una antigüedad francesa robada en Londres. Sí, es bastante peliagudo. La OCBC querrá intervenir en cuanto tenga la oportunidad, quizá pueda ayudarte con los temas de enlace y coordinación.

—Gracias, Julie. Es justo lo que deseaba escuchar.

—¿Quién llevará el caso?

—Nosotros, por el momento —respondió el inspector Nesbit—. Pero reconozco que nuestro cuerpo de policía a día de hoy no tiene ningún experto en este tipo de delitos, de modo que cualquier consejo será más que bienvenido.

Lacombe hizo una pregunta, pero nadie respondió. Se había organizado un pequeño revuelo en la comisaría que distrajo nuestra atención. Un hombre exigía a voces y de muy malos modos hablar con alguien que tuviera autoridad.

Un policía joven asomó la cabeza por la puerta del despacho. Daba la impresión de estar algo agobiado.

—Disculpe, inspector, pero ahí fuera hay un caballero que amenaza con poner demandas a todo el mundo si no le atiende un oficial. Dice que es el dueño de la pieza que han robado del Barbican Centre.

El inspector Nesbit contrajo los labios en una expresión de disgusto.

—Maldita sea, que pase —dijo el inspector, luego se dirigió a Lacombe y le preguntó—: ¿Le importaría estar presente? Quizá ese individuo se comporte de forma más civilizada ante un agente de la ley de su mismo país.

—Claro, no hay problema.

Trajeron al hombre que, en efecto, tenía aspecto de encontrarse muy excitado. Se trataba de un tipo con pinta de profesor universitario, con su barba gris, su gabardina de corte clásico y su torcida pajarita de color cereza. En una mano blandía un paraguas con mango de caña, el cual accionaba de forma frenética, como si estuviera dispuesto a emprenderla a golpes en cualquier momento.

—¿Quién de ustedes está al mando aquí? —preguntó, desabrido, en cuanto irrumpió en la oficina.

—Soy el inspector Paul Nesbit. La mujer que me acompaña es la detective Sarah Child, y estas dos personas son agentes de Interpol, de la sede de Lyon.

—¿Vienen de Francia?

—Sí. Agente Lacombe. Julianne Lacombe. Interpol —respondió mi compañera. El hombre pareció mostrarse satisfecho por la respuesta.

—Magnífico. Respóndame, agente, ¿qué clase de medidas piensan tomar para recuperar la pieza que me han robado?

—Lo lamento, señor…

—Doctor —aclaró el hombre—. Doctor Dennis Rosignolli.

—Lo lamento, doctor Rosignolli, pero mi labor aquí es meramente consultiva. El inspector Nesbit y la detective Child son quienes se encargan de su caso.

—¿De veras? Pues no veo de qué manera pueden hacer algún progreso metidos en esta oficina. Dudo mucho que mi manuscrito se encuentre en uno de sus cajones. ¡Hace horas que mi manuscrito ha desaparecido y aún estoy esperando a que alguien se tome la molestia de informarme de alguna pista sobre su paradero!

—Mucho me temo que el proceso nos llevará un poco más de tiempo. Le sugiero que confíe en nosotros, estamos haciendo todo lo posible —dijo Nesbit.

—¡No es suficiente! ¡No lo es, inspector! ¡Ustedes no lo entienden! ¿Acaso tienen idea de la importancia de esa pieza? No, por supuesto que no; para ustedes no es más que un legajo polvoriento. —Rosignolli apuntó a Nesbit con su paraguas—. ¡Exijo que ponga a trabajar a todos los policías de esta ciudad para recuperarlo de inmediato! ¡Estoy en mi derecho!

El doctor se deshizo en un torrente de incoherentes amenazas, súplicas y protestas, de manera tan atropellada que resultaba más ridículo que ofensivo. Pensé que alguien haría bien preparándole una tila a aquel tipejo.

Con una admirable flema, Nesbit logró hacer que se calmase un poco y, sobre todo, que dejase su paraguas colgado de un perchero, donde no pudiera causar daño a nadie.

Rosignolli tomó asiento, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo y aflojándose el nudo de la pajarita. La detective Child le acercó un té en un vaso de papel. Cuando hubo dado el primer sorbo, el doctor se mostró algo más sosegado.

—Gracias —masculló de mala gana—. Supongo que creerán que estoy perdiendo los nervios… Está bien, admito que mi comportamiento puede haber sido un tanto… vehemente; pero ustedes deben entender mi postura. Llevo estudiando ese manuscrito desde hace casi dos años, y estaba a punto de obtener resultados. Su pérdida supone un inconveniente de… enorme magnitud… Enorme…

—Le garantizo que nos hacemos cargo —dijo Lacombe. Daba la impresión de que Rosignolli se mostraba menos irritado con ella, quizá por afinidad patriótica—. Permítame una pregunta, doctor: si estaba tan cerca de culminar su estudio, ¿por qué prestó el manuscrito al Barbicane Centre para su exposición?

—La muestra sólo duraba un mes, pensé que no habría inconveniente en interrumpir mi trabajo durante ese tiempo. Ellos insistieron tanto… Algo lógico, teniendo en cuenta el extraordinario valor de la pieza… —Rosignolli suspiró abatido—. Fue un error dejar que me convencieran. No hay ninguna fianza en el mundo que compense semejante pérdida.

—¿A qué fianza se refiere?

—El Barbican Centre me ofreció una fianza de diez mil libras a cambio de recibir en préstamo el manuscrito para su exposición. A la vista del resultado, me arrepiento de no haberles exigido una cantidad mayor.

—Pero supongo que, además de eso, la pieza estaría asegurada —intervino Child.

Los ojillos de Rosignolli se agitaron nerviosos, eludiendo la mirada de la detective.

—Claro, naturalmente… Por una gran suma de dinero… Ese manuscrito pertenece a mi familia desde hace generaciones.

—¿Es usted francés, doctor Rosignolli? —preguntó Lacombe.

—Sí. Soy catedrático de Paleografía y Numismática en la Universidad de Grenoble y miembro del CNRS[2] desde hace veinte años.

—Pero actualmente reside en Inglaterra…

—Sólo de forma temporal. Estoy tomándome una excedencia de mi cátedra mientras escribo un estudio sobre cartografía de la época de los Plantagenet. La mayoría de las fuentes que debo consultar se encuentran en archivos británicos… —El doctor emitió un suspiro de impaciencia—. En cualquier caso, ¿en qué diablos les ayuda esta información para encontrar mi manuscrito?

En aquel momento, me atreví a intervenir.

—Disculpe, doctor; ese manuscrito, ¿es algún tipo de códice?

—No, es un rollo. Un rollo de papiro en un estuche de plata.

—¿Puedo preguntar por qué es tan valioso?

—Porque es muy antiguo y porque me pertenece, ¿eso no es suficiente para que se pongan a buscarlo con todos sus medios?

Después de aquel rapapolvo, decidí poner punto y final a mi intervención. Era evidente que al doctor no le apetecía perder el tiempo respondiendo preguntas.

—Eso es justo lo que estamos haciendo —dijo el inspector Nesbit—. Como ve, la policía internacional colabora con nosotros para estrechar el cerco sobre los criminales. Encontraremos su manuscrito.

—Espero que así sea, inspector.

—Entretanto, lo mejor es que nos deje seguir con nuestra labor. Le garantizo que le informaremos puntualmente de cualquier progreso en la investigación.

—¿Y qué hay de mi seguridad personal?

—Disculpe, pero no le comprendo.

—Creo que está bastante claro. Los criminales que robaron mi manuscrito pueden estar interesados en mis estudios sobre el mismo, quizá en estos momentos estén planeando un asalto en mi propio domicilio, ¿es que no se dan cuenta? ¡Necesito protección!

El inspector Nesbit trató de hacerle ver que lo más probable era que los ladrones estuvieran más motivados por el valor económico de la pieza que por su trascendencia académica y que, por lo tanto, los estudios del doctor no corrían ningún peligro. Rosignolli no se dejó convencer. Insistió sin parar en que un grave peligro le amenazaba y que la policía de Londres sería responsable de cualquier daño que pudiera sufrir en adelante. No se aplacó hasta lograr que Nesbit le asegurara que un agente vigilaría su casa durante las próximas horas para mantener lejos a cualquier intruso. Aquella promesa fue la única manera de hacer que el irritable doctor aceptase abandonar la comisaría y nos dejase trabajar en paz. Todos experimentamos un gran alivio cuando recuperó su paraguas del perchero y se marchó de la oficina sin despedirse.

—Francés del demonio… —masculló Child. De inmediato miró avergonzada a Lacombe—. Lo siento, Julie.

—Descuida, Sarah. A mí también me ha resultado irritante… Y mi compañero es español, de modo que no se sentirá ofendido.

—Menudo personaje. Espero que no tengamos que soportar cómo mete las narices continuamente a lo largo de toda la investigación, eso no nos facilitaría en nada el trabajo.

—Sarah, ¿sabíais que Rosignolli se embolsaría diez mil libras por parte del Barbican Centre si el manuscrito era robado?

—¿Insinúas que él mismo puede haber orquestado el robo para quedarse con el dinero de la fianza?

—Hay que contemplar todas las posibilidades…

—Me encantaría poder meter a ese desagradable tipejo en una celda —dijo Child—, pero me temo que esa teoría no se sostiene.

—¿Por qué no?

Fue el inspector Nesbit quien respondió a aquella pregunta:

—Porque aunque Rosignolli se haya referido a ese pago como «fianza», en realidad no lo era. El Barbican Centre le dio ese dinero al doctor a fondo perdido a cambio de poder exhibir el manuscrito. Por lo visto, fue una manera elegante de encubrir un alquiler.

—Diez mil libras sólo por prestarles un manuscrito durante unos días… —dije en voz alta—. Eso sí que es un buen incentivo.

—Por desgracia, elimina cualquier sospecha que pueda recaer sobre el doctor —dijo Lacombe—. Después de todo, él iba a recibir el dinero con robo o sin él. No hay nada extraño en su historia.

—No… Por lo menos… No en esa historia… —dije con aire meditabundo. Lacombe debió de detectar que algo se me estaba pasando por la cabeza.

—¿A qué te refieres? —me preguntó.

—A una tontería, en realidad… Rosignolli dice que el manuscrito perteneció a su familia durante generaciones, sin embargo también admite que empezó a estudiarlo hace sólo un par de años. Me parece raro.

—Cierto —intervino Child—. No había caído en ese detalle. Y, por otro lado, estoy segura de que mintió al decir que la pieza estaba asegurada.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Nesbit.

—Llámelo intuición de detective, señor. Ese tipejo ocultaba algo. Llevo ya unos cuantos interrogatorios a mis espaldas y sé cuándo alguien está intentando colármela.

El inspector Nesbit se rascó los restos de barba mal afeitada de su mejilla, con aire pensativo.

—Bien… Mantendremos un ojo puesto sobre él, por si acaso. Entretanto, quizá a la agente Lacombe le interese hablar con el conductor de la furgoneta de transporte de la que se llevaron el manuscrito. Aún lo tenemos en una de las salas de atrás.

—Eso me gustaría mucho —dijo mi compañera—. ¿Seguro que no hay inconveniente?

—En absoluto —respondió Child—. Y tu chico puede venir también si quieres, parece espabilado.

Seguimos a la detective al exterior de la oficina, en dirección a una de las salas de interrogatorios de la comisaría.

En el interior de la sala había un hombre joven de piel lechosa y cabellos amarillos, que le caían en desorden sobre la frente y a ambos lados de la cabeza. Llevaba puesto algún tipo de uniforme compuesto por pantalones grises y camisa del mismo color, en la cual había bordado un logotipo con la palabra «Delta» bajo un triángulo rojo y blanco.

El joven estaba sentado detrás de una mesa metálica y mascaba chicle de forma ruidosa, al mismo tiempo que daba nerviosos tirones a una anilla de goma elástica que llevaba alrededor de la muñeca. Cuando la detective Child, Lacombe y yo aparecimos frente a él, nos dirigió una mirada desvalida.

—Hola, muchacho —saludó la detective—. Tú eres Josh Martin, ¿verdad? El transportista de Delta. Tú conducías la furgoneta de donde se llevaron el manuscrito del Barbican Centre.

El joven asintió varias veces con la cabeza.

—¿Puedo fumar un cigarrillo? —preguntó después.

—Lo siento, pero aquí no está permitido. Si quieres puedo traerte algo de beber.

—No, gracias —respondió Josh Martin, sin dejar de pellizcarse la goma de su muñeca.

—Josh —dijo la detective Child—. Estas dos personas son agentes de Interpol que están ayudando en el caso. Te agradecería mucho que les contaras lo que ha ocurrido, sin omitir ningún detalle.

El joven miró a Lacombe con una expresión de temor.

—¿Por qué? Ya le he dicho todo lo que recuerdo a un policía antes, ahí fuera… Un tal agente Roberts, o Rogers… Él lo apuntó todo, yo no recuerdo nada más, lo juro…

—¿Delta es el nombre de la empresa para la que trabajas? —preguntó Lacombe.

—Sí… Delta, sí… Mierda… Estoy en un lío, ¿verdad? No fue culpa mía, se lo aseguro… Ya sé que no debí bajar de la furgoneta, pero aquel tipo me sacó de mis casillas… ¡Joder! ¿Cómo iba yo a suponer lo que ocurriría después? Se suponía que mi compañero era el que vigilaba…

—¿Por qué no me cuentas qué fue lo que sucedió exactamente? Desde el principio.

Josh dejó escapar un suspiro trémulo.

—Vale… A las tres en punto yo estaba en el Barbican con mi furgoneta. Teníamos que llevar algunas piezas de la exposición al aeropuerto de Luton y por el camino dejar una de ellas en la casa de un tipo, en Elstree… Era un tío con un nombre extranjero, sonaba como italiano…

—¿Rosignolli?

—Algo así. Esa pieza era suya, de modo que mi empresa había acordado llevársela a su casa.

—¿Tu empresa se dedica habitualmente al transporte de obras de arte?

—No habitualmente, pero a veces… Solemos hacerlo bien y somos baratos. Sobre todo nos contratan pequeñas galerías y particulares que quieren transportar cuadros y cosas así, cosas de valor, ya sabe…

—¿Por qué tenías que ir a Luton?

—Ni idea. A mí no me dan explicaciones, aunque supongo que algunas de las piezas que llevábamos vendrían del extranjero y habría que devolverlas en avión.

—De acuerdo, de modo que saliste del Barbican pasadas las tres, con tu furgoneta cargada en dirección a Elstree y luego al aeropuerto de Luton. ¿Ibas tú solo?

—No, ese tipo de transportes siempre se hacen en parejas. Uno conduce y el otro vigila. Conmigo vino un tío de la empresa de seguridad que trabaja para el Barbican, se llamaba Evan, pero no sé su apellido… Creo que ni siquiera me lo llegó a decir…

—¿Qué pasó después?

—Nada más salir del Barbican nos metimos por Golden Lane en dirección a Clerkenwell Road… Fue allí donde ocurrió todo, en Golden Lane… —La goma de su muñeca se partió. Sin saber muy bien qué hacer con las manos, Josh se las metió en los bolsillos del pantalón—. Como una o dos manzanas después de la torre Peabody, estaba aquel tío, parado justo en medio de la calle y haciendo todas esas chorradas…

—¿Qué chorradas?

—Cosas con mazas de colores, como si fuera un jodido malabarista de circo o yo qué sé… A veces se ven tíos como ése haciendo el tonto por la calle para pedir dinero, pero nunca me había encontrado a uno en medio de la calzada, por donde pasan los coches. Si no hubiera frenado a tiempo me lo habría llevado por delante. ¿Cree que ese tío se inmutó? ¡Qué va! Siguió ahí parado, jugando con sus mazas, el muy estúpido… Le toqué varias veces el claxon pero él no se movió. Al final acabé perdiendo la paciencia y saqué la cabeza por la ventanilla para gritarle que se apartara de una puñetera vez, entonces va el tío, se me queda mirando y de pronto arroja una de las mazas contra la furgoneta… ¡Así! ¡Sin más! Sólo se gira y… ¡Paf! —Josh se golpeó la palma de la mano con un puño.

—¿Te dio?

—No, pero destrozó uno de los espejos retrovisores, el muy gilipollas. Aquello me cabreó bastante, así que me bajé de la furgoneta y fui a… no sé… No sé lo que quería hacer, si gritarle, o partirle la cara o… qué se yo. Estaba furioso. Si hacemos algún desperfecto a las furgonetas de la compañía nos lo descuentan del sueldo, y el mío ya es bastante bajo.

—¿Qué pasó entonces?

—Como le digo, fui a por él. Cuando lo tuve de frente me golpeó con una maza en la cabeza, justo aquí… —Se señaló un pequeño chichón que había crecido sobre su ojo derecho—. Aquello sí que me sacó de mis casillas… Pensaba hacer que se tragara aquellas putas mazas pero el tío echó a correr. Yo estaba tan furioso que fui tras él sin pensarlo. Se metió por una calle lateral… Corría como un maldito gamo y lo perdí de vista. Entonces me di cuenta de que podía meterme en un buen lío por haber dejado la furgoneta y regresé todo lo rápido que pude. Al llegar vi a mi compañero, a Evan, tendido en el suelo, y la puerta de atrás de la furgoneta estaba abierta. Fue entonces cuando avisé a la policía.

—¿Comprobaste tú mismo si faltaba alguna de las piezas que transportabais?

—No, la verdad es que tenía un susto de cojones… Me preocupaba más que Evan estuviera muerto o qué sé yo… Lo habían dejado totalmente fuera de combate.

—Al parecer, lo atacaron con un arma de electrochoque —nos aclaró la detective Child—. Ahora mismo está en un ambulatorio, todavía no hemos hablado con él.

—¿Quién comprobó el contenido de la furgoneta? —le preguntó Lacombe.

—Uno de nuestros agentes, al llegar al lugar del incidente. No tardó más de diez minutos después de que se recibió la llamada. Todas las piezas estaban intactas salvo el manuscrito de Rosignolli, que no estaba entre ellas.

—Ese tal Evan… —dijo Lacombe, volviendo a dirigirse a Josh—. ¿Es un hombre fuerte? ¿Te pareció que hubo algún tipo de lucha?

—¿Fuerte? ¡Qué va! Es un tío gordo, al menos debe de pesar cien kilos; y tampoco parece el tipo más inteligente del mundo, si usted me entiende… No tengo ni idea de quién lo tumbó, pero estoy seguro de que no le costó ningún trabajo.

—¿Crees que pudo haber sido el hombre de las mazas?

—Yo diría que no. Apenas tardé un par de minutos en regresar a la furgoneta desde que lo perdí de vista. Alguien debió de ayudarle, un cómplice o algo así… Eso es lo que yo creo.

—Es probable… ¿Sabes si alguien pudo ver lo ocurrido? Quizá un peatón, o una persona que estuviera en la zona en aquel momento.

—No había nadie, estoy casi seguro. Esa calle siempre está vacía.

—Aún no hemos encontrado testigos, pero los estamos buscando —añadió la detective Child.

—Una cosa más, Josh —dijo Lacombe—. El hombre de las mazas, ¿puedes describirlo?

El joven negó con la cabeza.

—Llevaba la cara tapada —dijo—. Con una especie de pasamontañas o algo así, como un verdugo… Yo creo que aquel tipo estaba completamente loco.

La detective Child le dijo a Josh que podía irse a su casa. Después Lacombe, ella y yo nos reunimos en el despacho de Nesbit. El inspector no se encontraba allí.

Apenas participé en aquella conversación. En silencio, barruntaba mis propias sospechas sobre aquel robo, intentando disimular que una idea me aguijoneaba el cerebro. Una idea bastante incómoda.

—¿Y bien? —preguntó Child—. ¿Qué te parece, Julie?

—Es un robo muy curioso. El plan parece sacado de un folletín.

—No obstante, es muy sencillo. Hay dos hombres, uno distrae al conductor y, entretanto, el otro reduce al vigilante con un arma de electrochoque, le quita las llaves del furgón y luego se lleva el manuscrito… Lo que me pregunto es por qué los ladrones sólo se llevaron esa pieza ignorando otras que habían sido tasadas en mayor valor.

—Puede que actuasen por encargo de alguien que deseaba ese objeto en concreto; por experiencia sé que eso suele ocurrir a menudo… Sarah, ¿puedes hacerme llegar toda la información que poseas sobre ese manuscrito? Especialmente fotografías. Interpol lo necesitará si queréis que os seamos de ayuda.

—Claro, cuenta con ello.

En aquel momento llamaron al móvil de la detective. Mantuvo una conversación breve y luego colgó. En su cara se dibujó una enorme sonrisa de satisfacción.

—¿Buenas noticias? —preguntó Lacombe.

—Las mejores. Han encontrado un testigo: una mujer que estaba limpiando las ventanas de su casa justo en el momento del robo. Es probable que pueda describir a la persona que redujo al agente de seguridad, a ese tal Evan… —La detective descolgó de una percha una astrosa chaqueta de cuero y se la puso—. Voy ahora mismo a hablar con ella, ¿querrías acompañarme?

—Me gustaría mucho, pero no sé si debo… Mañana tengo una reunión importante y todavía he de repasar unos informes.

Vi la excusa perfecta para poder marcharme de la comisaría, algo que estaba deseando hacer desde que escuché la declaración de Josh Martin, el conductor.

—Yo me encargaré de eso —dije—. Tú puedes acompañar a Child si quieres.

Lacombe dudó un poco, pero su interés por el caso de Child fue más fuerte.

—Como quieras —dijo al fin—. Nos veremos más tarde, en el hotel.

—Perfecto… —Emprendí mi poco discreta retirada—. Ya me contarás. Espero que encontréis alguna pista importante… Adiós, detective Child, gracias por todo. Suerte en su caso.

Le di un fugaz apretón de manos a la agente de policía.

—De nada… Oye, espera, chico, estamos a punto de salir, ¿no quieres que te dejemos en alguna parte?

—No, no, muchas gracias. Yo… No hace falta, en serio… ¡Hasta pronto!

Salí a trompicones de la comisaría y, ya en la calle, me apresuré a tomar un taxi. Le di al chófer una dirección en Chiswick, en el extremo este de la ciudad.

Aquél era el lugar donde esperaba encontrar al ladrón del manuscrito de Rosignolli.

cap-5

2

Nido

Algernon Road es el anodino centro del suburbio londinense de Chiswick. Se trata de una calle recta y breve, tan pulcra como poco interesante. A ambos lados de la vía se encuentran sendos bloques de casas bajas de aspecto victoriano, con sus miradores blancos, impolutos, y sus chimeneas de ladrillo, las cuales no parecen haber escupido humo desde que Winston Churchill se sentó por primera vez en la Cámara de los Comunes.

La quietud del lugar es absoluta. Un visitante de paso podría llegar a confundirlo con un barrio fantasma de no ser por la cantidad de coches, la mayoría de aspecto caro, aparcados frente a las puertas de las viviendas. Única pista de que allí residen seres humanos o, al menos, seres capaces de conducir y con cuentas corrientes bastante saneadas.

Un silencio inquietante domina Algernon Road y sus alrededores. No se escuchan voces, ni sonidos de motor; tampoco se percibe siquiera el canto de los pájaros, aunque yo sabía que en aquella escueta calle existían nidos. Por lo menos uno.

En la jerga del Cuerpo Nacional de Buscadores, la palabra «nido» es sinónimo de piso franco. Durante el tiempo que pasé como buscador, aprendí que el Cuerpo posee varios de esos nidos repartidos por diferentes lugares del mundo. En Lisboa, por ejemplo, existía uno en el Barrio Alto en el cual yo había estado algunas veces. Era un piso cochambroso que pertenecía al Cuerpo desde antes de que ningún agente en activo pudiera recordar.

Londres también tenía su nido. Yo nunca había estado en él pero conocía su ubicación: todos los agentes del Cuerpo están obligados a aprender de memoria las señas de los nidos europeos. También sabía que el nido de Londres, junto con el de París, había sido adquirido poco antes de que yo entrase en el Cuerpo, así que, a diferencia del de Lisboa, eran lugares más confortables y mejor dotados. O eso se decía. Ahora iba a tener la oportunidad de comprobarlo por mí mismo.

Había acudido al nido de Algernon Road siguiendo una corazonada, aunque sin tener muy claros los pasos que daría a continuación. Un comportamiento muy propio de mí, he de añadir: las personas que me conocen bien saben que a menudo me dejo llevar por mis impulsos, especialmente en momentos en que me siento bajo presión. Yo lo achaco a una adolescencia algo turbulenta de la que prefiero no hablar demasiado si puedo evitarlo. No me siento orgulloso de la clase de persona que era en aquella época de mi vida.

El nido se encontraba en una de aquellas casitas victorianas reformadas, las cuales se adosaban pared con pared ocupando todo el trazado de la calle. La que yo buscaba era apenas distinguible de sus vecinas: fachada blanca, dos pisos y una encantadora puerta azul celeste. Una inofensiva cortina para el escondite de un grupo secreto de ladrones de antigüedades sufragados por el gobierno español.

No tenía forma de entrar en la casa salvo que utilizara el método más sencillo: llamar al timbre.

Había un portero automático junto a la puerta azul celeste. Pulsé el botón correspondiente a una de las viviendas del primer piso. Se escuchó un sonido metálico y luego la puerta se abrió. Accedí a un zaguán en el que había una escalera. Los modernos dueños de aquellas viviendas las habían dividido en pequeños pisos independientes que se podían alquilar por una suma bastante elevada. El Cuerpo Nacional de Buscadores ocupaba uno de aquellos pisos mediante un arrendatario inexistente, tal y como se hacía con los demás nidos.

Me dirigí hacia la puerta que estaba a la derecha del zaguán, tras la escalera, y llamé con los nudillos. De inmediato se abrió y me encontré frente a un tipo al que no conocía de nada. Era un joven de pelo rapado, con la nariz larga y las mejillas hundidas. Su expresión recordaba a la de un roedor. Tenía una tachuela de metal clavada en el labio inferior y vestía con una camiseta de Motorhead color negro, sin mangas, además de unos vaqueros que parecían haber sido masacrados a tijeretazos.

La aparición de aquel personaje vino acompañada de un fuerte olor a marihuana, tan intenso que por un segundo casi me sentí colocado. El joven me miró un segundo, con la cabeza ladeada y la boca entreabierta, en una expresión algo lerda. De pronto, sus ojos enrojecidos se abrieron de par en par.

—¡Me cago en la leche! —exclamó—. ¿Tú quién coño eres?

—Eso mismo me pregunto yo.

—¡Su puta madre…!

Intentó cerrar la puerta de golpe pero lo impedí colocando el pie en la jamba. Irrumpí en el interior del piso con un empujón que hizo que el tipo trastabillase hacia atrás y cayera sentado sobre un costroso sofá lleno de cercos de quemaduras. Intentó incorporarse para pelear, pero, al parecer, estaba tan puesto que le resultó todo un logro el hecho de volver a tenerse en pie.

Cerré la puerta y golpeé al tipo en el pecho, no muy fuerte, apenas hice más que empujarlo hacia atrás, pero volvió a derrumbarse sobre el sofá igual que un muñeco articulado. Con gestos torpes, se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó una navaja de resorte. La apuntó hacia mí con aire amenazador.

Me había enfrentado a cosas mucho peores que a un fumador de maría sorprendido en pleno cuelgue… y, además, últimamente había estado haciendo bastante ejercicio. Tan sólo tuve que darle un manotazo en la muñeca para que dejase caer la navaja al suelo. La recogí y se la mostré por el lado punzante.

El tipo levantó las manos.

—Joder, joder, joder… —gimoteó—. Esto es una mierda, una mierda; cuando te vea aquí, me va a arrancar la cabeza, joder…

—¿De quién estás hablando? ¿Quién te va a arrancar la cabeza? —Me olvidaba de la pregunta más importante—. ¿Y quién se supone que eres tú?

Lanzó un ridículo grito agudo a modo de respuesta.

—¡Ah! ¡Mierda, estoy herido! —Al perder la navaja, se había hecho un pequeño corte en la palma de la mano—. ¡Me has apuñalado, tío! ¡Eres un cabrón psicópata!

—Eso sólo es un arañazo, yo ni siquiera te he tocado.

—¡Mira, hay sangre por todas partes! —insistió—. ¡Voy a desangrarme, tío, voy a desangrarme como un puto cerdo, joder! ¡Tengo que ir a un hospital!

—Deja de lloriquear, maldita sea. No vas a ir a ninguna parte por un rasguño. —Le señalé una cocina americana que había a un lado de la habitación—. Lávate esa herida. Y será mejor que te calles si no quieres que te dé verdaderos motivos para estar asustado.

Soy bueno amenazando, mucho mejor que cumpliendo mis amenazas. El hombre me miró con expresión de miedo y se deslizó hacia la cocina.

En vez de colocar su herida bajo el grifo del fregadero, abrió de golpe un cajón y sacó una especie de pistola con contactos de metal en el cañón. Antes de que pudiera reaccionar, el tipo emitió un alarido y se lanzó sobre mí enarbolando su arma.

Cuando el cañón tocó mi estómago, sentí una fuerte descarga eléctrica que convulsionó todo mi cuerpo. Fue una terrible experiencia, como si de pronto se hubieran materializado un millar de esquirlas de cristal bajo mi piel. La mandíbula se me crispó y sentí como el pelo se me erizaba. La espalda se me arqueó en un doloroso espasmo.

La navaja se me cayó al suelo y después yo mismo fui a hacerle compañía. Mientras estaba tendido sobre aquella roñosa moqueta, sin poder moverme, vi al tipo de la camiseta de Motorhead enarbolando su arma hacia mí con cara de alucinado. Ahora ya sabía lo que había experimentado el pobre Evan, el guardia de seguridad del Barbican Centre.

—¿Te gusta esto, eh, cabronazo? ¿Te gusta? —gritó; luego volvió a sacudirme una generosa cantidad de voltios con su pistola de electrochoque—. ¡Voy a freírte igual que a una puta loncha de beicon!

En ese momento, alguien entró en la habitación.

El de la camiseta de Motorhead se quedó quieto, sentado a horcajadas sobre mi pecho y con la pistola eléctrica en alto. A través de mis ojos semicerrados y lacrimosos apenas podía ver nada que no fueran borrones y chispas de luz.

—Pero ¿qué…? —escuché—. Maldita sea, Caleb, ¿qué se supone que estás haciendo?

—¡Este hijo de puta se ha colado a la fuerza! —respondió el tipo de la camiseta—. ¡Estoy seguro de que es un poli!

—¡Aparta de ahí, estúpido yonqui! ¿Es que te has vuelto loco? —Alguien me quitó de encima al de la camiseta y luego me ayudó a incorporarme—. Tirso… ¡Tirso! ¿Estás bien? Mírame, ¿puedes moverte?

Empecé a recuperar la visión. Las chispas desaparecieron y los contornos borrosos comenzaron a definirse, mostrando ante mí los rasgos familiares de Burbuja.

Estaba sentado en el harapiento sofá del nido, sosteniendo una lata de Carling entre las manos, como si fuera una taza de chocolate caliente. El pulso todavía me temblaba un poco, y aún sentía un desagradable cosquilleo por todo el cuerpo.

Burbuja estaba de pie, frente a mí, mirándome con los brazos cruzados y una expresión no del todo amistosa. Habían pasado muchos meses desde la última vez que vi al buscador, pero tenía el mismo aspecto de siempre, con su envidiable físico de deportista de élite. Tan sólo había un detalle que me resultaba nuevo: sus gafas.

Burbuja era daltónico, pero ese defecto nunca había precisado de ninguna ayuda en forma de lentes. Le sentaban bien aquellas gafas, no obstante; le otorgaban un toque sofisticado. Parecía el modelo de un folleto publicitario de una de esas universidades caras y prestigiosas, que parecen estar vedadas para alumnos poco atractivos.

Tras él, sentado en un taburete y encogido como un bicho, el tipo de la camiseta de Motorhead parecía la versión opuesta de mi antiguo compañero buscador: feo, escuálido y con aspecto de pordiosero.

Le di un pequeño sorbo a mi lata de cerveza. Estaba tibia. Burbuja seguía mirándome, sin pronunciar una palabra y con el gesto torcido. Empecé a sentirme incómodo.

—Bueno… —dije, después de aclararme la garganta—. Y… ¿qué tal todo?

Burbuja resopló.

—Novato inconsciente…

—No me llames novato, sabes que lo odio.

—Debería llamarte cosas mucho peores… No sé nada de ti desde hace una eternidad y se te ocurre asomar la nariz en el momento más inoportuno de todos. Tenía que haber dejado que Caleb te convirtiera en un churrasco. —El buscador se dirigió al tipo de la camiseta, quien supuse sería ese tal Caleb—. Y, a todo esto, ¿por qué le has dejado entrar? Te dije que no abrieras la puerta a nadie.

—Yo creí que eras tú quien llamaba…

—¿Por qué diablos iba yo a llamar a la puerta si tengo mis propias llaves, estúpido?

—Lo siento, tío… Lo olvidé… Pero ese cabrón…

—Cierra la boca y sal de mi vista. Me están entrando ganas de romperte esos asquerosos dientes de ratón.

Burbuja levantó el puño en un gesto de amenaza. Caleb se encogió aún más sobre sí mismo y se arras

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos