Trilogía La villa de las telas (edición pack)

Anne Jacobs

Fragmento

Capítulo 1

1

Cuando dejó atrás la puerta Jakober empezó a aminorar el paso. Las afueras al este de la ciudad eran otro mundo. Un mundo ruidoso y violento, muy alejado de la placidez y la angostura de los callejones de la ciudad baja. Las fábricas, como fortalezas medievales, se encontraban en los prados que había entre los riachuelos. Todas estaban rodeadas por un muro, para que nadie pudiera entrar sin autorización y ningún trabajador pudiera zafarse de la vigilancia. Dentro de esas fortificaciones, el ruido y las vibraciones no cesaban nunca, las chimeneas arrojaban humaredas negras hacia el cielo y las máquinas traqueteaban día y noche en las salas. Marie sabía por experiencia que quienes trabajaban ahí acababan convertidos en cantos rodados de color gris: sordos por el estrépito de la maquinaria, ciegos por el polvo y mudos por el vacío que acababa llenando su mente.

«¡Es tu última oportunidad!»

Marie se detuvo y pestañeó cuando miró hacia la fábrica de paños Melzer y el sol la cegó. Algunas ventanas refulgían bajo la luz de la mañana, como si tras ellas crepitara un incendio; las paredes, en cambio, eran grises y ensombrecían las salas, que casi parecían negras. Sin embargo, la mansión de paredes de ladrillo situada al otro lado resplandecía: era como un castillo de ensueño en medio de un parque otoñal.

«¡Es tu última oportunidad!» ¿Por qué ayer por la noche la señorita Pappert se lo repitió hasta tres veces? Daba la impresión de que, de ser expulsada de nuevo, a Marie solo le quedara la cárcel o la muerte. Contempló con atención el hermoso edificio, pero entonces la vista se le enturbió y esa imagen se mezcló con los prados y los árboles del parque. No era de extrañar: aún seguía débil por la hemorragia de tres semanas atrás; además, esa mañana apenas había comido a causa de los nervios.

«Bueno, al menos es una casa bonita y no tendré que coser, haré otras cosas», se dijo. «Y si me envían a la fábrica, me escapo y ya está. No volveré a pasar doce horas de pie con una máquina de coser llena de grasa a la que el hilo se le rompe cada dos por tres.»

Se recolocó el hatillo que llevaba al hombro y se acercó a la entrada del parque. La puerta de hierro antigua con motivos florales estaba abierta e invitaba a entrar. El camino de acceso serpenteaba a través del parque y terminaba en una plaza adoquinada en cuyo centro había un arriate semicircular de flores. No se veía a nadie, y de cerca la mansión resultaba aún más imponente, sobre todo el porche, que tenía la altura de dos pisos. Las columnas soportaban un balcón con barandilla de piedra. Seguramente el señor de la fábrica dirigía desde ahí los discursos a sus obreros en la víspera de Año Nuevo. Ellos lo mirarían con reverencia, y también a su esposa, que iría envuelta en pieles. Puede que en los días festivos los invitaran a aguardiente o cerveza, aunque seguro que a champán no, porque esa bebida estaba reservada al dueño de la fábrica y su familia.

En realidad, ella no quería trabajar allí. Cuando alzó la mirada hacia las nubes que se movían por el cielo le pareció como si ese edificio de ladrillo se le fuera a caer encima para aniquilarla. Pero aquella era su última oportunidad. Al parecer no le quedaba otra opción. Marie contempló la fachada. Situadas en los laterales derecho e izquierdo, había dos puertas que eran los accesos para el personal y los proveedores.

Mientras decidía hacia cuál dirigirse, oyó a sus espaldas el ruido de un automóvil. Una limusina oscura pasó con estrépito. Ella se asustó y dio un salto hacia un lado. Vislumbró la cara del chófer: aún era joven, y llevaba una gorra con visera y escarapela de color dorado.

«¡Ajá! Viene a recoger al amo de la fábrica para llevarlo a su oficina, y eso que la fábrica apenas está a unos pasos, como mucho son diez minutos a pie», se dijo. «Pero, claro, un hombre tan rico no puede ir andando porque se le ensuciarían los zapatos y el abrigo.»

Con curiosidad, clavó la mirada en la puerta que había bajo las columnas y que en ese momento se estaba abriendo. Vio a una doncella con vestido oscuro, delantal blanco y cofia blanca prendida en el cabello, que llevaba cuidadosamente recogido. Luego asomaron dos señoras embutidas en abrigos largos con cuello de pieles: el de una era de un tono rojo oscuro y el de la otra, verde claro. Ambas lucían unos sombreros de ensueño con flores y tules, y cuando subieron a la limusina vio que calzaban unos delicados botines de piel marrón. Las señoras salieron seguidas de un hombre. No. Ese no podía ser el director de la fábrica. Era demasiado joven. Quizá fuera el marido de una de las damas. ¿O tal vez el hijo de la casa? Llevaba un abrigo de viaje corto de color marrón y una bolsa de mano que arrojó con un pequeño impulso al techo del vehículo antes de tomar asiento. ¡Qué tonto parecía el chófer al rodear el coche a saltitos para abrir las puertas y ofrecer la mano a las damas! ¡Como si ellas no fueran capaces de acomodarse sin su ayuda en esos asientos tapizados! Aunque, por otra parte, esas mujeres eran como algodones de azúcar… un chaparrón las habría disuelto. ¡Qué lástima que no lloviera!

En cuanto todos ocuparon su sitio, el chófer arrancó y rodeó despacio el arriate cargado de asteres rojos, dalias rosas y brezo lila. Tras aquella maniobra de giro, enfiló de nuevo hacia el porche de la entrada. Pasó tan cerca de Marie que el estribo que sobresalía le rozó la falda, que se le agitaba con el aire. Unos ojos grises masculinos la escrutaron con una curiosidad no disimulada. El joven señor se había quitado el sombrero, dejando a la vista un pelo rizado de corte descuidado que, con el bigote, le daba la apariencia de un estudiante despreocupado. Tras dirigir una sonrisa a Marie, se inclinó para decir algo a la dama de rojo, que provocó las risas de todos. ¿Estarían haciendo mofa de una muchacha mal vestida con un hatillo al hombro? Marie sintió una punzada en el pecho y tuvo que resistir el impulso de darse la vuelta de inmediato y correr de regreso al orfanato. Pero no tenía opción.

La estela de humo que el automóvil dejó a su paso apestaba tanto a gasolina y a goma quemada que la hizo toser. Rodeó con paso decidido el arriate de flores, se dirigió hacia la entrada lateral izquierda y golpeó la aldaba. Fue un gesto inútil: seguramente todos estaban ocupados pues ya eran casi las diez. Después de llamar dos veces sin éxito, iba a abrir la puerta sin más cuando oyó unos pasos.

—¡Jesús bendito! Es la nueva. ¿Por qué nadie viene a abrir? Si no se atreve a entrar…

Era una voz joven y clara. Marie reconoció a la criada que antes había abierto la puerta de la entrada a las damas. Era una muchacha de tez sonrosada, rubia, fuerte y sana, con una sonrisa inocente en su rostro ancho. Tenía que ser de alguno de los pueblos de la zona; saltaba a la vista que no era una chica de ciudad.

—Pasa. No te dé vergüenza. Eres Marie, ¿verdad? Yo soy Auguste. Soy segunda doncella desde hace ya más de un año.

Parecía sentirse muy orgullosa de eso. ¡Vaya! ¡Tenían dos doncellas! En la otra casa donde había trabajado, Marie había tenido que ocuparse de todo el trabajo ella sola, incluso de cocinar y hacer la colada.

—Hola, Auguste. Gracias por la bienvenida.

Marie bajó tres escalones que conducían a un pasillo estrecho. Era raro. Aunque aquella mansión de ladrillo rojo tenía numerosas ventanas, tanto altas como bajas, en el ala del servicio todo estaba a oscuras y apenas veía dónde ponía los pies. Pero quizá fuese porque aún estaba deslumbrada por la luz del sol de la mañana.

—Esta es la cocina. Seguro que la cocinera te dará un café y un panecillo. Tienes aspecto de estar hambrienta…

En efecto. Ante la figura rebosante de salud de Auguste, ella, Marie, tenía que parecer un fantasma. Aunque siempre había sido delgada, tras su enfermedad se le habían hundido las mejillas y se le marcaban los huesos de los hombros. Por otra parte, los ojos parecían el doble de grandes que antes y el pelo castaño se le había encrespado tanto que parecía una escoba. Al menos eso era lo que había dicho la señorita Pappert la noche anterior. La señorita Pappert era la directora del orfanato de las Siete Mártires y, por su aspecto, se habría podido pensar que ella en persona había pasado por todos y cada uno de los siete martirios. De todos modos, tal cosa no habría servido de nada: la señorita Pappert era malvada, una bruja, y sin duda acabaría consumiéndose en el infierno. Marie la odiaba.

La cocina era un lugar acogedor. Cálida, luminosa y repleta de aromas deliciosos. Un espacio que hablaba de jamón, pan fresco y pasteles; de volovanes y de caldos de pollo y de ternera. Olía a tomillo, romero y salvia, y también a eneldo, cilantro, clavo y nuez moscada. Marie se quedó junto a la puerta contemplando la larga mesa donde la cocinera hacía todo tipo de preparativos. Entonces le llegó el frío de fuera y empezó a temblar. ¡Qué bonito sería sentarse junto al horno, sentir el calor, aspirar el aroma de la buena vida y tomar entretanto una taza de café caliente a sorbos lentos!

Un grito agudo la sobresaltó. Lo profirió una mujer menuda de aspecto envejecido que acababa de entrar en la cocina desde el otro lado y que, al ver a Marie, retrocedió asustada.

—¡Virgen santísima! —gimió cruzando las manos sobre el pecho—. ¡Es ella! ¡Que Dios me asista! Es como en mi sueño. ¡Señor, guárdanos de todo mal!

La mujer se tuvo que apoyar en la pared, y al hacerlo descolgó una cazuela de cobre que fue a dar en el suelo embaldosado con gran estrépito. Marie miraba todo aquello aterrada.

—¿Ha perdido usted el juicio por completo, señorita Jordan? —dijo la cocinera—. Haga el favor de recoger mi mejor olla de verduras. Y ya puede rezar para que no tenga abolladuras ni esté resquebrajada.

La mujer menuda, a la que acababan de llamar señorita Jordan, apenas reparó en la regañina de la cocinera. Con la respiración entrecortada, se separó de la pared y se repasó el peinado, que llevaba adornado con un lazo negro. Vestía también blusa y falda negras y lucía un pequeño broche, una gema engarzada en plata con la silueta de un busto femenino.

—No, no es nada —susurró, y se llevó las manos a las sienes como si tuviera dolor de cabeza. Solo la señora podía padecer migraña; una empleada, como mucho, tenía un vulgar dolor de cabeza provocado por la bebida y la desidia.

—Ya está otra vez con sus sueños, ¿eh? —gruñó la cocinera mientras recogía la olla de debajo de la mesa—. Cualquier día, esos sueños suyos la harán famosa y el emperador la invitará a la corte para que le lea el futuro.

Se echó a reír con una risa que parecía el balido de una cabra. El ademán era burlón, pero carecía de maldad.

—¡Oh, vamos! ¡Déjese de bromas estúpidas! —se defendió la señorita Jordan.

—De todos modos, si usted solo sueña con desgracias —prosiguió la cocinera—, seguro que el emperador no la querrá.

Marie se apoyó contra la puerta. El corazón le latía desbocado y, de pronto, se sintió mal. Ninguna de las mujeres reparaba en ella; de hecho, la señorita Jordan comentó que la señorita había pedido té y pastas y le dijo a la cocinera que se apresurase.

—Pues la señorita va a tener que esperar. Primero hay que poner el agua a hervir.

—Siempre lo mismo. En la cocina se pierde el tiempo y yo tengo que soportar las quejas de la señorita.

Marie notó sorprendida que, aunque las voces parecían más nerviosas, cada vez eran más quedas. Tal vez fuera por ese pitido que amortiguaba todo lo demás. ¿No había dicho la cocinera que tenía que poner el agua a hervir? ¿Cómo era posible que la tetera ya estuviera pitando?

—¿Perder el tiempo? —oyó decir a la cocinera—. Tengo que preparar un almuerzo y un pastel, y esta noche, una cena para doce personas. Y todo eso sin ayuda porque Gertie, esa tontorrona, se ha marchado. Si no fuera porque Auguste me ayuda de vez en cuando… ¡Oh! ¡Santo cielo!

—¡Virgen santísima! ¡Solo nos faltaba esto!

Marie no llegó a tiempo para sentarse y vio cómo las baldosas grises y marrón claro del suelo de la cocina se le acercaban a toda velocidad, hasta que al final todo se quedó a oscuras. Se hizo el silencio y todo se volvió agradablemente liviano. Se sintió flotando en una oscuridad dulce y delicada. Solo le latía el corazón, y las palpitaciones le estremecían el cuerpo y la hacían temblar. No podía parar de hacerlo, los dientes le castañeteaban y notó que las manos se le agarrotaban.

—¡Vaya, lo que nos faltaba! Una epiléptica. Casi prefiero a Gertie y sus historias de hombres…

Marie no se atrevía a abrir los ojos. Debía de haberse desmayado, algo que no le había vuelto a pasar desde la hemorragia. ¿Había vuelto a vomitar sangre? ¡Oh! ¡Dios mío, eso no! En aquella ocasión eso la había asustado mucho. Le había salido mucha sangre de color rojo intenso por la boca, tanta que luego no había podido tenerse en pie.

—¡Oh, vamos, cierre el pico! —gruñó la cocinera—. Esta chica está famélica. No me extraña que se desmaye. Aquí, tome la taza.

Una mano áspera la agarró por debajo de los hombros y la alzó un poco. Sintió en los labios el borde caliente de una taza. Olía a café.

—Bebe, muchacha. Esto te reanimará. Vamos, bebe un sorbo.

Marie parpadeó. Muy cerca de ella vio la cara ancha y rosada de la cocinera; un rostro no muy agraciado y sudoroso, pero que tenía una expresión bondadosa. Detrás vislumbró la figura delgada y negra de la señorita Jordan. El broche de plata brillaba en su blusa y su expresión era de repugnancia.

—¿Por qué cuida de ella? Si está enferma, la señorita Schmalzler la echará. Y eso sería una buena cosa. Muy buena, en realidad. Si se queda, será una fuente de desgracias. Esta muchacha traerá la desdicha a esta casa. Lo sé…

—Haga el favor de echar el agua al té. Está hirviendo.

—¡Ese no es mi trabajo!

Marie se decidió a tomar unos sorbos de café. Aunque de ese modo dejara entrever que había vuelto al mundo de los vivos —pues le habría gustado guardarse un poco más de tiempo para ella—, no podía hacerle eso a la amable cocinera. Además, por fortuna, no había vomitado sangre.

—Muy bien —murmuró la cocinera, satisfecha—, ¿ya estás mejor?

Marie notó el sabor fuerte y amargo de la bebida. Levantó la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa.

—Estoy bien. Gracias por el café.

—Quédate un rato tumbada. En cuanto te sientas mejor, te daré algo de comer.

Marie asintió obediente, aunque la perspectiva de tomar un bollo de mantequilla o incluso un caldo de pollo le revolvía el estómago. Las dos mujeres la habían tumbado en uno de los bancos de madera donde se sentaba el servicio para comer. Ella estaba avergonzada por aquel desmayo tan tonto. La habían tenido que levantar del suelo y tumbarla en el banco. Y luego estaban las palabras de la señorita Jordan. Era evidente que esa mujer no estaba bien de la cabeza. Llamarla epiléptica y decir que traería la desdicha a la casa, cuando era al revés: esa casa era una fuente de desdichas. Solo había necesitado un día para darse cuenta, y tal cosa la había empujado a tomar una decisión. Fuese o no su última oportunidad, no estaba dispuesta a quedarse ahí. Ni por dinero ni por buenas palabras. Y, desde luego, no por las sandeces de la señora Pappert.

—¿Qué está usted haciendo? —gritó la cocinera—. Jamás se llena una tetera hasta el borde. ¡Que Dios me asista! Ahora rebosará y la señorita me culpará a mí.

—Si usted hiciera su trabajo como es debido, esto no habría ocurrido. A fin de cuentas, no soy la responsable de hacer el té. Yo soy la doncella personal, no una chinche de cocina.

—¿Chinche de cocina? Rezuma usted arrogancia. Arrogancia y estupidez.

—¿Qué ocurre aquí abajo? —Era la voz clara de Auguste—. La señorita ha pedido tres veces el té y está bastante molesta. Quiere que la señorita Jordan suba de inmediato…

Marie logró levantar la cabeza. El mareo se le había pasado y observó que el rostro de la doncella, ya de por sí pálido, palidecía un poco más.

—Ya me lo temía —murmuró la señorita Jordan en tono sombrío.

Marie notó su mirada cuando salió de la cocina a paso ligero con un crujido de faldas. La miró como si fuera un insecto peligroso.

Capítulo 2

2

Eleonore Schmalzler era una mujer imponente. Los cuarenta y siete años que llevaba al servicio de la familia le habían teñido las sienes de gris, pero conservaba los hombros y la espalda de su juventud. En Pomerania era la doncella de la señorita Alicia von Maydorn, y había seguido a su señora hasta su nuevo domicilio en Augsburgo después de que esta se casara. En realidad, había sido una boda de compromiso. Johann Melzer era un industrial, hijo de un maestro de provincias; un hombre hecho a sí mismo que había logrado algo en la vida. Por su parte, la familia Von Maydorn era noble pero estaba arruinada: los dos hijos varones eran oficiales y no suponían más que una fuente de gastos. La hacienda en Pomerania estaba endeudada. Además, cuando Alicia se prometió ya estaba muy entrada en los veinte y casi la consideraban una solterona. Una mala caída por la escalera cuando era niña le había dejado un tobillo rígido que había reducido su cotización en el mercado matrimonial.

Al principio, Eleonore Schmalzler se encargó de las funciones de ama de llaves de forma provisional. Alicia Melzer desconfiaba del personal de la ciudad; en su opinión, era gente que no pensaba más que en su propio beneficio y no en el bienestar de la casa. Había tenido dos mayordomos y un ama de llaves de los que prescindió al poco tiempo. En cambio, Eleonore Schmalzler demostró su valía desde el primer día. En ella confluían la fidelidad hacia su señora y un talento natural para dirigir al personal. Los empleados de la villa debían considerar su trabajo como un privilegio que se conquistaba con virtudes como la honestidad, la diligencia, la discreción y la fidelidad.

Eran ya casi las once. La señora y la señorita Katharina regresarían en cualquier momento. Al señorito ya lo habrían dejado en la estación, pues llevaba varios años estudiando derecho en la Universidad de Múnich. Luego, la señora y su hija habrían ido a visitar al doctor Schleicher. Esas visitas apenas duraban media hora. Eleonore Schmalzler no confiaba mucho en ese doctor, pero la señora tenía grandes esperanzas depositadas en él. Katharina Melzer, con casi dieciocho años, padecía insomnio, nerviosismo e intensas jaquecas.

—¡Auguste!

El ama de llaves había reconocido los pasos de la doncella en el pasillo. Auguste abrió la puerta con cuidado; llevaba una pequeña bandeja de plata en la mano derecha en la que había una taza de té vacía, una jarrita de leche y un azucarero.

—¿Sí, señorita Schmalzler?

—¿Ya está repuesta? Si es así, tráemela para que la conozca.

—De acuerdo, señorita Schmalzler. Ya está bien. Es una chiquita muy agradable, pero está muy delgada y además no tiene…

—Estoy esperando, Auguste.

—Por supuesto, señorita Schmalzler.

Cada persona merecía un trato distinto, acorde con su modo de ser. Auguste tenía buena disposición, pero su cabeza no daba para mucho y tenía tendencia a hablar demasiado. Su puesto como segunda doncella se debía sobre todo a la recomendación de Eleonore Schmalzler. Auguste era una muchacha honrada y había demostrado lealtad a la familia. Había chicas que lo que querían era trabajar en la fábrica y que se marchaban de la casa al cabo de unos meses. Auguste jamás haría tal cosa: ella era fiel a la mansión y a su cargo, del cual se sentía muy orgullosa.

La puerta crujió cuando la nueva muchacha la abrió despacio. El ama de llaves vio ante ella a una criatura delgada y pálida con unos ojos enormes. Llevaba el cabello recogido en un moño y se le escapaban finos mechones por todas partes. Ahí estaba: Marie Hofgartner. Dieciocho años. Huérfana. Posiblemente, hija ilegítima, criada hasta los dos años por su madre y, tras la muerte de esta, acogida en el orfanato de las Siete Mártires. A los trece años entró como criada en una casa de la ciudad baja de Augsburgo de la que se escapó a las cuatro semanas. Otros dos intentos como criada fallidos. Había trabajado para una costurera durante un año y luego, otro medio año, en la fábrica de paños Steyermann. Había sufrido una hemorragia hacía tres semanas…

—Buenos días, Marie —dijo esforzándose por mostrarse amable con aquella criatura desdichada—. ¿Estás mejor?

Tenía los ojos castaños y una mirada muy intensa. El ama de llaves se sintió incómoda ante aquella mirada escrutadora. O la chica era muy simple, o todo lo contrario.

—Muchas gracias. Estoy bien, señorita Schmalzler.

La muchacha sabía mantener las formas. No era de las que se quejaban. Un rato antes, según le había comentado la señorita Jordan, se había desplomado en el suelo de la cocina, y ahora estaba ahí como si no hubiera pasado nada. La señorita Jordan le había dicho que era epiléptica, pero esa mujer no decía más que sandeces. Eleonore Schmalzler jamás confiaba en el juicio de ningún empleado. Incluso se permitía, aunque en secreto, poner en cuestión la opinión de sus señores respecto a su propio y agudo entendimiento.

—Perfecto —dijo—. Necesitamos a alguien para ayudar en la cocina y la señorita Pappert te ha recomendado. ¿Has trabajado alguna vez en una cocina?

En sí, esa pregunta estaba de más porque ya había leído su cuaderno oficial de trabajo y sus diplomas. El día anterior se los había llevado un recadero.

Los ojos de la chica recorrieron la pequeña zona de estar, compuesta de sillas altas y labradas, y la estantería repleta de libros y carpetas. Durante un rato detuvo la mirada en las cortinas de la ventana, de color verde y drapeadas. La estancia donde vivía el ama de llaves estaba muy bien dotada y, al parecer, la había impresionado. Sin embargo, un leve parpadeo dejó entrever que Marie había atisbado su documentación sobre la mesa del escritorio. Por su mirada, parecía preguntarse a qué venían las preguntas si ya lo había leído todo.

—He estado empleada en una casa en tres ocasiones. Tenía que cocinar, lavar, preparar la comida y cuidar de los niños. Además, en el orfanato siempre tenemos que lavar la verdura, ir a buscar agua y hacernos la colada.

No, definitivamente no era una chica simplona. Tal vez incluso fuera demasiado espabilada. A Eleonore Schmalzler no le gustaban los empleados inteligentes porque no pensaban más que en su propio beneficio y no en el bienestar de la casa. Algunos eran capaces de llegar a la estafa. El ama de llaves recordó con incomodidad a aquel criado que durante años estuvo apartando vino tinto de los señores para luego revenderlo. Todavía hoy se reprochaba haberse dejado engañar por ese tunante.

—En tal caso, Marie, no va a costarte mucho adaptarte a tus tareas. Como ayudante de cocina dependes de la señora Brunnenmayer, nuestra cocinera. Sin embargo, el resto del servicio también puede encargarte cosas y tú debes obedecer. Te lo digo porque, por lo que sé, nunca has trabajado en una casa tan grande.

Se interrumpió un instante y escrutó a la chica. ¿La estaba escuchando? Tenía la vista fija en un dibujo al carbón que estaba colgado sobre el escritorio. Era un regalo de la señorita Katharina, que en la Navidad anterior había obsequiado a todos los empleados con un dibujo. Este mostraba la silueta de la fábrica, con los triángulos dentados de los lucernarios acristalados orientados al norte.

—¿Te gusta el cuadro? —preguntó en tono mordaz.

—Mucho. Con apenas unas líneas se ve de inmediato lo que se quiere mostrar. Me gustaría saber hacer algo así.

En los ojos castaños de la muchacha se adivinaba entusiasmo y anhelo, incluso le asomó una leve sonrisa en la cara. El ama de llaves se puso a la defensiva; era vulnerable a los deseos incumplidos, un defecto del que, a sus sesenta años, aún no había podido librarse. Además, nada más perjudicial para la tranquilidad de espíritu que se necesitaba para ese trabajo que rendirse al sentimentalismo.

—Mejor deja lo de dibujar en manos de la señorita. Tú, Marie, tienes mucho que aprender en esta casa, sobre todo en la cocina, donde se preparan comidas muy refinadas. Y también en otros aspectos, como el trato con los señores. Esta es una gran mansión y a menudo se celebran cenas y grandes reuniones, incluso un baile una vez al año. Para estos acontecimientos sociales debemos seguir unas normas estrictas.

Por fin asomó un poco de interés en el rostro de la muchacha. Aunque era avispada, saltaba a la vista que era bastante cándida y soñadora. Seguro que leía folletines y creía que el mundo estaba repleto de pasiones románticas.

—¿Un baile de verdad? ¿De esos con música y vestidos maravillosos?

—Eso es exactamente a lo que me refiero, Marie. Sin embargo, tú verás muy poco de todas esas cosas porque tu puesto está abajo, en la cocina.

—Pero cuando se sirva la comida…

—En las grandes ocasiones solo la sirven lacayos varones. Esta es otra cosa que debes aprender. Pasemos ahora a las cuestiones prácticas. Te propongo, para empezar, un trimestre con un salario de veinticinco marcos que se te abonarán en dos plazos: diez marcos al cabo de un mes y el resto, dos meses más tarde. Esto, claro está, siempre que demuestres tu valía.

Hizo una pequeña pausa para comprobar el efecto de sus palabras. La actitud de Marie era de indiferencia. No era ambiciosa. Eso era buena cosa. Como ayudante de cocina no podía esperar mucho más.

—Te daremos dos vestidos sencillos y tres delantales. Es obligación tuya mantener esta ropa limpia, pues la usarás a diario. Deberás llevar el pelo recogido y cubierto por un pañuelo, y tienes que tener las manos siempre limpias. Supongo que tienes calcetines y calzado. ¿Cómo andas de ropa interior? Enséñame lo que has traído.

Cuando la muchacha abrió el hatillo, Eleonore Schmalzler se dio cuenta de que tampoco en este aspecto estaba bien surtida. ¿Adónde iba a parar el dinero que se recogía en los días de fiesta para el orfanato? La chica disponía de dos camisas raídas, una muda, una enagua de lana con agujeros y un par de calcetines muy remendados. Carecía de calzado para cambiarse.

—Bueno, ya se verá. Si demuestras tu valía… Falta poco para Navidad.

En esas fechas había regalos para el servicio, casi siempre tela para ropa, cuero para zapatos o calcetines de lana. Al personal de rango superior se le obsequiaba también con pequeños recuerdos de la familia, como relojes, cuadros o cosas parecidas. Para la muchacha, siempre y cuando se lo mereciera, se podía apartar algo más porque necesitaba un abrigo de lana y un gorro. La indignación del ama de llaves contra el orfanato se avivó. Ni siquiera contaba con un chal. Habían dado por sentado que su nuevo patrón la dotaría con todo.

—Dormirás arriba, en el tercer piso, que es donde están las habitaciones del servicio. Siempre duermen dos mujeres en el mismo cuarto; tú lo compartirás con Maria Jordan.

Marie, que estaba anudando de nuevo el hatillo, se detuvo horrorizada.

—¿Con Maria Jordan? ¿La doncella? ¿La que lleva un broche con la silueta de una mujer?

Eleonore Schmalzler sabía que la señorita Jordan no era una compañera de habitación agradable. Pero esa chiquilla no tenía derecho a expresar sus deseos en este sentido.

—Ya la conoces. Maria Jordan es una persona muy bien considerada en esta casa. Pronto verás que una doncella personal disfruta de la confianza de su señora, por lo que su posición entre los empleados es muy elevada.

En realidad, incluso ella a veces había sentido envidia de la señorita Jordan, que no solo era la doncella de la señora sino también de las dos señoritas. Eleonore Schmalzler había sido doncella en otros tiempos y sabía de la intimidad que conllevaba ese cargo.

La pequeña figura que permanecía delante del ama de llaves se incorporó y, al erguir los hombros, su tamaño pareció mayor.

—Disculpe, pero no quiero dormir en la misma habitación que Maria Jordan. Antes prefiero hacerlo en la buhardilla, con los ratones. O en la cocina. En el peor de los casos, incluso en el entresuelo.

Eleonore Schmalzler tuvo que reprimirse. Jamás había visto tanta desfachatez. Una criatura andrajosa, medio muerta de hambre, recién llegada del orfanato y sin nada que ofrecer salvo malas referencias se atrevía a poner condiciones. Hacía unos instantes, el ama de llaves había sentido una especie de compasión por la pequeña; ahora, en cambio, estaba escandalizada ante tanta arrogancia. Claro que esto ya estaba en sus referencias: arrogante, descarada, obstinada, perezosa, desobediente… Lo único que no parecía ser era insidiosa, aunque con lo demás era suficiente. A Eleonore Schmalzler le hubiera encantado enviar a la muchacha de vuelta al orfanato. Pero había un problema: por algún motivo, la señora quería contratar a esa chica.

—Ya se verá —repuso en tono seco—. Y otra cosa, Marie. Como sabes, la señorita Jordan se llama Maria. Por eso en esta casa te daremos otro nombre, para evitar malentendidos.

Marie apretó el segundo nudo de su hatillo con tanto ahínco que los nudillos de las manos se le pusieron blancos.

—Te llamaremos Rosa —decidió el ama de llaves. En otras circunstancias le habría dado a escoger entre dos o tres nombres, pero esa muchacha no merecía tales atenciones—. Eso es todo por el momento, Rosa. Ahora vete a la cocina, que haces falta ahí. Más tarde Else te mostrará las habitaciones y te entregará la ropa y los delantales.

Se dio la vuelta. Luego se acercó a la ventana y apartó un poco la cortina. Ya habían llegado. En ese momento, Robert estaba ayudando a la señorita a apearse del vehículo; la señora ya estaba en la escalera que llevaba al porche. Ya no hacía tanto frío, porque la señorita se había quitado el abrigo y Robert se había hecho cargo de la prenda, una tarea que llevaba a cabo con total entrega. Schmalzler suspiró. Iba a tener que hablar con ese joven. Era habilidoso y tenía posibilidades de ascender, tal vez incluso de ser mayordomo. Solo podía confiar en que los rumores que corrían entre el servicio no fueran ciertos.

—¿Else? Dile a la cocinera que las señoras ya están aquí. Que prepare café y el tentempié habitual.

—Sí, señorita Schmalzler.

—Aguarda un momento: luego ve al guardarropa, saca las prendas para la nueva chica de la cocina y enséñale su cuarto. Dormirá con Maria Jordan.

—Sí, señorita Schmalzler.

El ama de llaves había salido al pasillo para dar esas últimas órdenes. En la cocina reinaba la típica confusión que precedía a una cena festiva. La cocinera poseía muy buen carácter, pero cuando estaba ocupada tenía muy malas pulgas. En ese instante, el aviso de Else tuvo una acogida brusca, pero el ama de llaves sabía que el café y los tentempiés estarían listos a tiempo. Regresó de nuevo a su estancia y, para su asombro, se encontró allí a Marie, bueno, a Rosa, que es como se tenía que llamar a partir de ahora.

—¿Qué haces aquí?

La muchacha llevaba el hatillo al hombro y tenía una expresión extraña. Parecía herida y, a la vez, increíblemente entera.

—Lo siento mucho, señorita Schmalzler.

El ama de llaves la miró irritada. Esa chica era desconcertante.

—¿Qué es lo que sientes, Rosa?

Marie inspiró, como si fuera a levantar un objeto pesado. Alzó un poco la cabeza y frunció los ojos.

—Quiero que me llamen por mi nombre. Me llamo Marie. No Maria, como la señorita Jordan. Además, trabajo en la cocina y no creo que la señora quiera nunca nada de mí. Si necesita algo, llamará a su doncella y no a la chica de la cocina. Es imposible que nadie nos confunda.

Había expresado sus argumentos en voz baja y sin dejar de sacudir la cabeza. Aunque de forma queda, había hablado con fluidez y firmeza. El ama de llaves le dio la razón para sus adentros, pero no podía tolerar una osadía como esa.

—¡Es una decisión que no te corresponde tomar a ti!

Era el colmo. La muchacha era una holgazana y no quería más que una excusa para seguir siendo alimentada en el orfanato en lugar de ganarse la vida.

—¿No lo entiende? —prosiguió la chica, ya en tono alterado—. Mis padres eligieron este nombre para mí. Lo pensaron con calma y dieron con ese nombre para mí. Marie. Es su legado, y por eso no quiero otro nombre.

Esa determinación tenía algo de desesperado, y Eleonore Schmalzler conocía a las personas lo bastante como para darse cuenta de que esa chica no era ninguna holgazana, ni tampoco era obstinada sin motivo. Eso la tranquilizó. En cualquier caso, en lo que respectaba a sus padres sin duda fantaseaba. Era hija ilegítima, y seguramente jamás había visto a su padre.

El ama de llaves sabía que esa criatura sería difícil de domar. Pero estaba también la voluntad de los señores.

—Bueno —dijo obligándose a esbozar una sonrisa—. De momento, lo intentaremos con tu nombre de verdad.

—Se lo agradezco, señorita Schmalzler.

¿Se estaba regocijando? No. Solo parecía infinitamente aliviada.

Al cabo de unos segundos añadió:

—Muchas gracias.

Hizo algo así como una pequeña reverencia; luego se dio la vuelta y por fin regresó a la cocina. El ama de llaves entonces dejó escapar un suspiro apenas contenido.

Ese espíritu díscolo tenía que ser doblegado, se dijo. Seguro que la señora sería de la misma opinión.

Capítulo 3

3

—Por favor, Elisabeth. Estoy agotada, y además tengo jaqueca.

Katharina se había tumbado en la cama, vestida aún con el conjunto de color verde claro. Se había soltado el pelo y se había quitado los botines. Hacía años que Elisabeth conocía los estados de humor de su hermana. En su opinión, era la embaucadora perfecta y solo quería ser el centro de atención.

—¿Jaqueca? —preguntó en tono frío—. Bueno, Kitty, entonces quizá deberías tomarte unos polvos.

—Me dan calambres en el estómago.

Elisabeth se encogió de hombros mostrando indiferencia y se sentó delante del espejo, en la pequeña butaca tapizada de azul claro. En el tocador de su hermana imperaba un desorden de frascos, pinzas de cabello, peines de carey, borlas y demás accesorios. Por mucho que Auguste pusiera cada cosa en su lugar, Katharina volvía a desordenarlo. Así era su alocada hermana.

—Solo quería comentarte una cosa que me ha dicho Dorothea. Parece ser que anteayer por la noche coincidió con Paul y contigo en la ópera. ¿Te acuerdas?

Elisabeth se inclinó hacia el espejo, como si se estuviera recolocando un mechón rubio en el peinado, aunque en realidad estaba muy pendiente de la reacción de su hermana. Por desgracia, eso no le sirvió de mucho. Katharina tenía la mano en la frente y había cerrado los ojos. No parecía dispuesta a entrar en la conversación.

—Tuvo que ser una función muy bonita…

Entonces su hermana reaccionó, se apartó la mano de la frente y miró a Elisabeth. Esas bobadas, como la música o la pintura, siempre le quitaban la jaqueca.

—Fue fabulosa. La cantante que hacía el papel de Leonore era excelente. Fidelio es una historia tan emocionante, y esa música…

Elisabeth atizó un poco más el entusiasmo de Katharina para después maniobrar con decisión hacia su objetivo.

—Así es, ahora lamento no haberte acompañado.

—La verdad, Lisa, no entiendo cómo pudiste dejar pasar una maravilla como aquella. Y eso que tenemos palco. Ese rechazo tuyo por los conciertos y la ópera…

Elisabeth sonrió satisfecha. Katharina se había incorporado en la cama y no mostraba el menor signo de jaqueca mientras hablaba sin cesar del vestuario y la escenografía. Esa alocada hermana suya incluso había hecho algunos dibujos.

—Dorothea dice que durante la pausa tuvisteis visita en el palco…

Katharina frunció el ceño como intentando acordarse, algo que Elisabeth interpretó como un gesto de fingimiento. Kitty sabía muy bien quién había ido a saludarla.

—Sí, es cierto. El teniente Von Hagemann se acercó a saludar. Había oído que Paul estaba en Augsburgo el fin de semana y encargó champán. Fue un detalle por su parte.

Entonces, era cierto. De pronto Elisabeth vio su imagen reflejada en el espejo. Su rostro resultaba poco agraciado cuando estaba nerviosa: las mejillas se le veían carnosas y los labios se le afinaban.

—Así que el teniente Von Hagemann fue a saludar a Paul. Sin duda, un detalle muy considerado.

Incluso ella notó la falsedad que había en sus palabras, pero se sentía demasiado enojada para fingir bien.

—Bueno, Lisa —dijo Kitty, y volvió a hundirse en la almohada—, a fin de cuentas son compañeros de estudios.

En cierto modo, porque Paul era dos años mayor que Klaus von Hagemann y jamás habían compartido pupitre. Solo habían estudiado en el mismo liceo. Por otra parte, aunque Paul había pasado mucho tiempo con sus amigos durante el fin de semana, Klaus von Hagemann no formaba parte de su círculo.

—Dorothea me ha contado que hablaste mucho con el teniente. ¿Es verdad que en el segundo acto se quedó en el palco sentado a tu lado?

Katharina había vuelto a ponerse la mano en la frente, pero entonces levantó la cabeza para mirar escandalizada a Elisabeth. Por fin lo había entendido.

—Si insinúas que Klaus von Hagemann y yo…

—¡Sí, eso es lo que hago!

—¡Eso es ridículo!

La mirada de Katharina era de indignación, mostraba una arruga en la frente y tenía los labios fruncidos. Elisabeth constató que, incluso enfadada, su hermana era hermosa. Los ojos levemente inclinados, la nariz pequeña y los labios redondos conferían un enorme atractivo a su rostro triangular. Además, tenía una melena espesa de color castaño oscuro que adquiría un delicado tono cobrizo cuando le daba la luz. Ella en cambio era rubia, a secas, sin ninguna gracia. Un rubio ceniza, mate, pajizo. Era desesperante.

—¿Ridículo? —exclamó Elisabeth fuera de sí—. En toda la ciudad no se habla de otra cosa. Katharina la encantadora, la deliciosa hada de rizos castaños, la reina de la próxima temporada de bailes. Y ahora ha cautivado también al teniente Von Hagemann, ese joven inteligente y circunspecto, el que estuvo todo un año cortejando a su hermana…

—¡Basta ya, Lisa! No hay nada de cierto en todo eso.

—¿Que no hay nada de cierto? ¿Me estás diciendo que Klaus von Hagemann no estuvo a punto de pedir mi mano?

—Yo no he dicho eso. ¡Oh, mi cabeza!

Katharina se presionó las sienes con las manos, pero Elisabeth estaba demasiado enfadada para tener la más mínima consideración. ¿Acaso a alguien le interesaba cómo estaba ella? Tal vez ella también tuviera noches de insomnio y jaquecas, pero en esa casa tal cosa no interesaba a nadie.

—¡Jamás te lo perdonaré, Kitty! ¡Nunca! ¡Jamás en la vida!

—Pero, Lisa, yo no he hecho nada. Se sentó entre Paul y yo, eso fue todo. Y luego hablamos de música. Entiende mucho de música, Lisa. Yo me limité a escucharlo. Nada más. Te lo juro.

—¡Menuda mosquita muerta! ¡Si Dorothea vio cómo te reías y flirteabas con él!

—Eso es una mentira infame.

—¿Toda la gente en el teatro lo vio y pretendes decir que miento?

—Mira, Lisa, solo estuvimos hablando. Y no olvides que Paul estuvo presente todo el rato.

Elisabeth se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Seguro que Doro, maliciosa como era, había exagerado. ¡Cómo podía haber sido tan tonta de hacer caso de esos chismorreos! Se miró en el espejo. Este tenía un marco dorado estrecho y era de tres piezas, por lo que mostraba su expresión airada por delante y dos veces de perfil. ¡Santo Dios! ¡Qué fea era! ¿Por qué la vida era tan injusta? ¿Por qué le había regalado a su hermana pequeña un rostro angelical y atractivo, aunque tuviera jaqueca o se enfadara?

—Es mentira, Lisa —siguió Kitty con una desesperación torpe—. Dorothea es una chismosa, ¿cómo puedes creer las cosas que dice? Si todo el mundo sabe que ella…

Un golpe en la puerta la interrumpió. Katharina se calmó de inmediato, pero su madre ya había oído su voz nerviosa desde el pasillo.

—¡Kitty! ¿Qué ocurre? El doctor Schleicher te ha recomendado no exaltarte.

—No es nada, mamá. Estoy muy tranquila.

Alicia Melzer conocía a sus hijas. Volvió entonces la mirada hacia Elisabeth, que se había apresurado a coger la borla de la polvera y se la estaba pasando por la cara.

—Lisa, sabes que no debes provocar a tu hermana. Kitty apenas ha dormido en toda la noche.

—Lo siento mucho —dijo Elisabeth con dulzura—. Solo intentaba animarla un poco. Eso es todo.

Katharina confirmó su versión. No era una chivata; eso no se le podía recriminar. Jamás había traicionado a su hermana mayor.

Alicia Melzer suspiró.

—¿Por qué no os habéis cambiado aún? En un momento van a servir el almuerzo.

Mamá llevaba un vestido largo de seda azul oscuro y un collar de perlas atado en un nudo a la altura del pecho. Aunque tenía más de cincuenta años, su aspecto seguía siendo adorable. Tan solo su cojera, causada por la rigidez de su tobillo, provocaba asombro de vez en cuando. Elisabeth habría dado cualquier cosa por ser tan delgada como su madre, pero el destino había querido que se pareciera más a su familia paterna, por lo que era rechoncha y ancha de caderas. Incluso con el ampuloso vestido de mañana, una prenda de encaje y con cola cosida, su figura carecía de estética. En una ocasión Kitty, ese mal bicho, afirmó en broma que así vestida parecía un cubrecafeteras andante. Bueno, al menos ahora su hermanita tendría un defecto y es que, después de tumbarse en la cama vestida, el conjunto verde estaba arrugadísimo. La falda estrecha y la chaqueta larga con faldón corto estaban hechas con un brocado de seda brillante que papá compraba en la India.

—¿Almuerzo? —exclamó Katharina con un gemido—. Pero si esta noche tenemos cena de gala. ¿Cómo vamos a cenar si ahora tenemos que dar cuenta de un almuerzo?

—Tiene que ser así, Kitty. No podemos dejar solos al hermano de papá y a su esposa. Sería muy desconsiderado. Ya han anunciado que se marcharán después del almuerzo.

—Por suerte —se le escapó a Elisabeth.

Aunque su madre la reprendió con la mirada, ella sabía que esa partida también la alegraba. Papá tenía tres hermanos y cuatro hermanas, y, aunque todos habían formado una familia y habían traído hijos al mundo, ninguno había logrado ningún bien material digno de mención. Por eso sus visitas venían siempre acompañadas de peticiones de tal o cual suma, o bien tenían que ver con una intercesión. Johann Melzer era una persona muy respetada en Augsburgo. Su casa era frecuentada por hombres de negocios, banqueros, artistas y autoridades de la ciudad, y su esposa de noble linaje se encargaba de que todo el mundo se reuniera en un ambiente agradable e informal. Ella misma se dedicaba con abnegación a las damas; mientras, en el llamado «salón de los caballeros» se bebía vino de Madeira y coñac francés, el aire de la sala se volvía denso con los cigarros puros y los hombres hablaban de cuestiones comerciales que mezclaban con asuntos de índole personal. Ese día estaba prevista una de esas cenas y, ni que decir tiene, la asistencia del contable Gabriel Melzer y del rostro acongojado y el cabello canoso de su esposa habría resultado de lo más embarazoso. Aunque solo fuera por carecer de una vestimenta apropiada.

—Así que cambiaos de ropa, niñas. Nada ostentoso. Ya sabéis que la tía Helene solo tiene un vestido.

—Sí —comentó Elisabeth con una risita—. Y todas las mañanas le cose un cuello distinto y se piensa que con eso nos engaña.

En el rostro de Alicia Melzer se dibujó una sonrisa que reprimió de inmediato. A menudo los comentarios de Elisabeth eran irrespetuosos: esa muchacha tenía que aprender a comportarse.

—Bueno, tienen un hijo enfermo que les cuesta mucho dinero.

Elisabeth ladeó la cabeza, pero esta vez se reservó su opinión. Hoy era un hijo enfermo; meses atrás había sido el aval desafortunado a un amigo, luego un incendio en la cocina y los tremendos daños que provocó… Una y otra vez los parientes de papá encontraban motivos para sacarle dinero al bolsillo de Johann Melzer. De todos modos, en ese aspecto la parentela de mamá no era muy diferente, aunque tenían mejores modales. Al menos cuando estaban sobrios. Por otra parte, necesitaban sumas más altas porque vivían a lo grande y sus deudas eran acordes. En general, la familia era gente muy incómoda; no había ninguno que Elisabeth prefiriera ver de cara que de espalda.

—¿De verdad tengo que asistir al almuerzo, mamá? —gimió Katharina—. Estoy muy cansada y me gustaría echarme un rato. Ya sabes que el doctor Schleicher me ha dado esas píldoras para que pueda dormir.

Alicia ya estaba en la puerta. Vaciló un momento, pensando si el bienestar de su hija enferma estaba por encima de los modales y las convenciones sociales, en particular respecto a los parientes pobres de su marido. Al final vencieron la cortesía y la disciplina frente a sus impulsos maternales. También Katharina tenía que aprender a comportarse. Sobre todo ella.

—No alargaremos mucho el almuerzo, Kitty. Luego podrás tumbarte tranquilamente. Haré venir a Maria, así te cambiarás más rápido. Elisabeth, ponte el vestido marrón de mangas abombadas. En cuanto a ti, Kitty, me gustaría que llevaras el gris oscuro, ya sabes, ese con bolero corto y botones de nácar.

—Sí, mamá.

Elisabeth se levantó de mala gana y se marchó a su dormitorio. Maria, cómo no, iría a ayudar a su hermana a cambiarse de ropa, pero ella tendría que apañárselas sola. A lo sumo, Maria entraría un momento para arreglarle el peinado. Saltaba a la vista que una sola doncella para tres mujeres era insuficiente. Además, la buena de Jordan tenía más de cuarenta años y su idea de la moda era tan anticuada como la de mamá. De todos modos, para qué soliviantarse: en cuanto se casara, tendría doncella propia.

El vestido marrón tenía ya tres años. Mamá lo había encargado para ella cuando tenía diecisiete. En su opinión, el marrón combinaba muy bien con el cabello rubio de Elisabeth. Ella, sin embargo, no compartía su punto de vista. El marrón era un color aburrido, insulso como un montón de tierra. Con ese vestido nadie reparaba en ella, y esas mangas anticuadas y enormes no mejoraban en nada su aspecto. Aunque para el contable Gabriel Melzer y su insípida esposa era más que suficiente.

Maria ya había sacado el vestido del guardarropa y lo había llevado a su habitación; ella solo tenía que quitarse el de la mañana y meterse en esa monstruosidad marrón. Entonces surgió un nuevo fastidio: el dichoso vestido le quedaba estrecho y le costó embutirse en él. En realidad, debería haberse apretado más el corsé, pero sin la ayuda de Maria eso no era posible. Además, esa noche, para la cena de gala, debía ponerse el vestido de terciopelo verde oscuro, y se lo tendría que apretar tanto que se ponía mala solo de pensarlo.

—¿Señorita? ¿Me permite arreglarle el pelo en un momento? ¡Oh, vaya, qué bien le sienta el vestido!

Maria Jordan la miraba sonriente. Era la doncella perfecta. Siempre amable, reservada, y hacía que los halagos más absurdos resultaran creíbles en sus labios. A Elisabeth le bastaba con mirarse en el espejo para darse cuenta de que parecía un embutido relleno. En todo caso, resultaba agradable oír el cumplido de Maria, sentarse ante el espejo en el taburete tapizado con una pose graciosa y abandonarse en las manos expertas de Maria.

—Recójalo solo un poco. Esta tarde la necesitaré sobre las cinco.

—Muy bien, señorita. ¿Ponemos el lazo marrón?

—No, nada de lazos, Maria. Así está bien. Gracias.

—Como quiera, señorita.

¿No era injusto que precisamente ella fuera propensa a engordar? Mamá jamás había estado gorda y aún conservaba la silueta de cuando era una muchacha. En una ocasión, para asombro de sus hijas, les mostró un vestido de cuando era joven, un traje anticuado de color rojo oscuro con falda abombada y ribete de puntas que guardaba porque era el que llevaba el día que conoció a papá. Aunque a Elisabeth ese vestido le pareció horrible, a mamá le quedaba como un guante, igual que en su tiempo. Pese a haber tenido tres hijos, había conservado su figura.

En el pasillo vio a Kitty, que en ese momento bajaba la escalera a paso ligero y parecía suspendida en el aire, como si anduviera sobre nubes. De hecho, esa criatura extraña solía estar ensimismada. Pero era delgada y tenía una figura de ensueño que parecía sacada de una revista de moda. Aunque a Kitty le traía sin cuidado el vestido que llevaba y el recogido de su cabello. En cambio, había expresado su deseo de ir a París para aprender a pintar con el caballete en la calle, tal y como estilaban los jóvenes pintores allí. En esa ocasión mamá supo mantener la compostura, como siempre, pero papá se enfadó muchísimo y la llamó «gansa, tonta e ingrata».

Elisabeth siguió a su hermana hasta el primer piso. Las alfombras gruesas del pasillo y la escalera amortiguaban sus pasos, de modo que Katharina no la oyó. Aunque, de todos modos, estaba en las nubes. Elisabeth pensó que su hermosa hermana esa noche también asistiría a la cena. Los Von Hagemann, buenos conocidos de su madre, estaban invitados junto con algunos amigos de su padre que eran hombres de negocios. Notó que el corazón se le aceleraba. Tal vez fuera porque el vestido le oprimía a la altura del pecho, o quizá porque el teniente Klaus von Hagemann, que acompañaría esa noche a sus padres, por fin se declararía.

Else le abrió la puerta del comedor. Parecía que esa criada algo mayor sería la encargada de servir el almuerzo. A fin de cuentas, por esa parentela pobre no merecía la pena importunar a Robert, que tendría que servir por la noche vestido de librea y con guantes blancos. Elisabeth saludó a los invitados con cortesía y se disculpó por su retraso. Había llegado la última y solo entonces los demás se sentaron a la mesa. Else apareció con la sopa. Caldo de ternera con huevo cuajado. Elisabeth dirigió una mirada maliciosa a Katharina, pues sabía que su hermana odiaba la sopa y apenas comía carne.

—Kitty, querida, ¿cómo te encuentras? —preguntó la tía Helene—. Pareces cansada.

Katharina removía absorta la sopa y Elisabeth reparó en que incluso tenía los párpados medio entornados.

—¿Kitty?

La muchacha se sobresaltó y abrió los ojos.

—Discúlpeme, tía. ¿Qué decía usted?

Mamá frunció el ceño y su mirada penetrante espabiló a Katharina, que sonrió avergonzada.

—Decía que pareces cansada, cariño —repitió la tía Helene.

—Oh, perdonadme, estaba distraída. Hoy me siento cansada.

—Eso es lo que decía —insistió la tía Helene un poco irritada.

Elisabeth reprimió un ataque de risa, pero mamá intervino para explicar que la pobre Katharina apenas había podido pegar ojo en toda la noche. La tía Helene fingió comprensión y empezó a hablar de su propio insomnio, que relacionó hábilmente con su preocupación por la familia. Eso le permitió volver a la historia del hijo enfermo, de los medicamentos caros y de los médicos, de los que una nunca sabía qué pensar. Según ella, se pasaban el día prescribiendo todo tipo de tinturas y píldoras, pero solo Dios sabía si con tales cosas uno recuperaba la salud.

—Todos debemos plegarnos ante los designios del Señor —corroboró Alicia en tono amigable.

Elisabeth sabía que su madre lo decía de corazón; eran una familia cristiana y todos los domingos iban a misa en la abadía de San Ulrico y Santa Afra.

—Es una lástima que nuestro querido Johann no haya tenido tiempo para comer con nosotros —se lamentó la tía Helene de forma cortés—. No puede ser saludable pasarse todo el día en la oficina, sin ni siquiera tomarse un respiro para el almuerzo.

Elisabeth sabía muy bien que la ausencia de papá molestaba a su madre. Era muy típico de él refugiarse en el trabajo y dejar la visita de los parientes molestos para su mujer y sus hijas. Evidentemente, Alicia Melzer no dejó entrever su enojo. En lugar de ello, dio la razón a la tía Helene con un suspiro muy bien fingido y lamentó la entrega de su marido al trabajo. Explicó que, de hecho, era como si estuviera casado con su fábrica, que acudía ahí a primera hora de la mañana y no pocas veces regresaba a la mansión cuando ya estaba oscureciendo. Sobre él recaía toda la responsabilidad, y era preciso sopesar todas y cada una de las decisiones comerciales; cualquier fallo en las salas de fabricación podía dar al traste con un pedido importante.

—¡Qué se le va a hacer! El bienestar exige trabajar sin descanso —dijo con una sonrisa elocuente mirando al tío Gabriel.

Este se sonrojó: era sábado y debería estar en la oficina. Quizá le había contado alguna mentira a su patrón. En una ocasión papá había dicho que el tío Gabriel era un empleado poco fiable.

Elisabeth lo vio venir. A Katharina se le escurrió la cuchara, que cayó en el caldo de ternera y, a su vez, con el mango decorado con un monograma, golpeó la copa llena de vino. Esta se volcó, se rompió y el vino se desparramó por el mantel. El tío Gabriel hizo un gesto rápido para sostener la copa, pero el puño almidonado se le quedó prendido en el plato de sopa, por lo que todo el contenido fue a parar al regazo de su esposa. Pocas veces se había visto una sucesión tan lamentable de acciones embarazosas.

—¡Else! Trae trapos limpios. Auguste, acompaña a la señora Melzer a la habitación de invitados. Va a tener que cambiarse de ropa.

Elisabeth estaba paralizada: era demasiado divertido ver cómo la tía Helene se sacudía la falda mientras Katharina no dejaba de disculparse.

—Yo… lo lamento tantísimo, tía Helene. Soy tan torpe. Te regalaré uno de mis vestidos.

Cuando Auguste le abrió la puerta del comedor a la pobre tía, se oyeron las voces en la cocina. Fanny Brunnenmayer estaba tan enfadada que no se le entendía cuanto decía.

—Eres lo más tonto que he visto en mi vida. ¡Inútil! ¡Virgen santísima! ¡Cómo es posible que exista tanta tontería junta!

Alicia Melzer hizo una señal a Auguste para que cerrara la puerta cuanto antes.

—Es la nueva chica de la cocina —dijo a Gabriel Melzer a modo de disculpa—. Aún tiene que acostumbrarse a todas sus tareas.

Capítulo 4

4

Era cosa de brujas. Reinaba un orden aleatorio de cacerolas y fuentes, un caos de lomos de venado de intenso color rojo, pichones desplumados y destripados, pancetas, filetes rosados y pechugas de pollo adobadas. Y entre ellos, toda suerte de verduras: acelgas, cebollas, chalotas, zanahorias, apios, así como manzanas, un manojo de perejil, eneldo, cilantro…

—¡Otra vez en medio! ¡A los fogones! ¡Atiza el fuego, pero no demasiado! ¿Qué te acabo de decir? ¡Apártate del horno o lo echarás todo a perder!

Marie iba de un lado a otro. Traía tal o cual cacerola, llevaba platos y cucharas, iba a por leña para el fuego, lavaba fuentes y cuchillos, pero, hiciera lo que hiciese, siempre estaba mal.

—¡No! El recipiente de la nata no, tontina. Quiero el del caldo, ese de ahí. Pero estate atenta. ¡Rápido, que si no la salsa se me pasa!

Tardaba demasiado. Si buscaba algo, se equivocaba varias veces y cuando por fin le entregaba a la cocinera lo que le había pedido, esta ya se las había apañado de otro modo. Esa cocina era como un mar en plena tormenta: la mesa donde estaban dispuestas las cacerolas y las fuentes parecía la cubierta de un barco balanceándose en plena tempestad.

—Ve con cuidado con los pichones. Sé delicada, no vayas a romperles las alas. Y mete las plumas en una bolsa para que no salgan volando por todas partes. ¡Virgen santa! Pero ¿qué te acabo de decir?

Alguien había abierto una ventana y los pequeños plumones blancos y grises de pichón se elevaron en el aire, dibujando una especie de vals de copos de nieve sobre la larga mesa hasta que se posaban delicadamente sobre las cacerolas y los platos, mientras Marie saltaba de un lado a otro intentando atrapar al menos las plumas grandes. Luego tuvo que retirarlos del lomo de venado mechado, de la crema de frambuesa, del pescado fileteado y, sobre todo, de la mousse de chocolate sobre la cual se habían acumulado en masa.

—¿Y bien? ¿Cómo le van las cosas a nuestra pequeña Marie? —La voz maliciosa de la señorita Jordan sonó desde la puerta de la cocina.

—Meta la narizota en sus propios asuntos —bufó la cocinera—. ¡Y largo de la cocina, que si no la nata se me agría!

Era imposible complacer a la cocinera, sobre todo porque esta era incapaz de decir con exactitud qué era lo que necesitaba. Para ser una buena ayudante de cocina era imprescindible conocer el plan que la cocinera tenía en mente, y se dejó llevar sin que esta fuera consciente de ello. Todo lo que hacía, obedecía a ese plan, y Marie tenía la impresión de que era perfecto. Cada tarea tenía un único momento adecuado, y al final, de aquel caos de cacerolas y platos, de esa comida a medio cocinar, cruda o ya preparada, surgiría un todo magnífico: la cena de ocho platos que se serviría a las seis en punto.

Crema de puerros con nata, pescado, pichón con miel, apio en salsa de Madeira, lomo de venado con arándanos rojos, helado, pastel de espuma de frutas y queso. Después de esto, café y té. Pastitas de almendra. Licores.

Había un montacargas que llevaba los platos desde la cocina hasta el pasillo del primer piso, situado justo al lado del comedor. Marie solo había atisbado a Robert, cuando se asomó a la cocina para preguntar algunas cosas sobre el vino. Las respuestas de la cocinera fueron entre desabridas y nulas, y al final él se había marchado. Aun así, Marie había podido ver su librea de rayas negras y azules con los botones dorados y sus impecables guantes blancos.

¡Menuda mansión! ¿Cómo se le había podido ocurrir marcharse ya el primer día? Sin duda, habría cometido el mayor error de su vida. ¡Santo cielo! ¡Jamás había visto tanta riqueza, tanta variedad de comida! Los habitantes de la mansión nadaban en la abundancia. Nada era demasiado caro y solo lo mejor era bueno. Pichones. Salsa de Madeira. Tres tipos de pescado asado. Veinte o treinta huevos no eran nada. La yema se batía hasta convertirse en espuma, se mezclaba con azúcar y se dejaba con delicadeza en el horno. En una base de bizcocho se aplicaba crema de mantequilla, sobre la que se esparcía fruta y luego la masa de espuma. Marie se había quedado varias veces quieta mirando, como si al hacerlo pudiera hacer suyas esas delicias, dejar entrar en su cerebro todas las recetas y retenerlas ahí. Como si pudiera crear un recetario íntimo, igual al que la cocinera tenía en la cabeza. Sin embargo, también había recetas que Fanny Brunnenmayer mantenía en secreto, por eso hizo salir a Marie y la mandó a buscar leña para el horno. En cuanto estuvo de vuelta con los troncos, la comida ya estaba preparada.

Uno tras otro, los platos iniciaron su trayecto hacia el comedor. Una campanilla anunció a Robert que abajo todo estaba dispuesto. Entonces él tiró de las cuerdas e hizo subir las bandejas y las fuentes cubiertas con tapas plateadas. Entretanto, en la cocina disponían el siguiente plato a toda velocidad. En algunos casos, las pausas entre plato y plato fueron muy breves; en otros, los señores alargaron la charla, para desesperación de la cocinera, preocupada por la carne, las verduras delicadas y el helado, que ya estaba preparado y empezaba a derretirse. Solo cuando el último plato, una bandeja de quesos con bretzel recién hechos y fruta, inició su ascensión, la cocinera se relajó. Fanny Brunnenmayer se desplomó en un banco, se sacó un pañuelo blanco del bolsillo del delantal y se apartó el sudor de la cara.

—Chica, acércame esa jarra. La grande. Sí, esa.

Tomó varios sorbos de cerveza, deleitándose y sin dejar de secarse la frente. Hasta que en su rostro se dibujó una sonrisa de satisfacción.

—No lo has hecho mal del todo, muchacha.

Capítulo 5

5

Elisabeth miraba con inquietud los tentadores restos del pastel que Robert retiraba en ese momento para sustituirlo por varias cestas de frutas artísticamente dispuestas: uvas moradas que refulgían a la luz de las velas, naranjas asadas y manzanas cortadas en rodajas que luego se habían vuelto a juntar. Y todo acompañado de albaricoques y almendras dulces. Se decidió a comer al menos una rodaja de manzana mientras renunciaba, casi de forma heroica, al queso y el pastel.

—Una vez más, ha sido una cena exquisita, querida señora Melzer —dijo su acompañante de mesa.

Desde su asiento, Klaus von Hagemann dirigió una leve inclinación de cabeza a la anfitriona, que aceptó el cumplido con una sonrisa.

—Me parece que mi madre ya está pensando en cómo hacerse con esa magnífica cocinera —observó divertido, volviéndose a Elisabeth.

Elisabeth saboreó su rodaja de manzana. Disfrutó haciéndole esperar su respuesta unos segundos, sintiendo la mirada impaciente de sus ojos azules, notando su inseguridad sobre el acierto de su broma. Sonrió y respondió que la señora Brunnenmayer llevaba muchos años en la casa.

—Nuestra Brunnenmayer es como un diamante en bruto: por fuera es tosca y áspera, pero tiene un espíritu leal —comentó en tono alegre—. No abandonaría a su suerte a los Melzer ni por dinero ni por buenas palabras.

Él cogió su copa y, mientras tomaba un sorbo de vino tinto, su mirada se posó un instante en Katharina, que estaba inmersa en una charla con Alfons Bräuer. El hijo del banquero, un muchacho de espaldas anchas que solía ser muy parco en palabras, hoy hablaba por los codos sobre cualquier cosa que Katharina le comentaba. Era imposible saber si tenía el rostro encendido a causa del vino o la abundante cena, pero Elisabeth sospechaba que era la proximidad de Katharina lo que hacía que la sangre acudiera a las mejillas de aquel desdichado.

—En ese caso, puede usted sentirse afortunada —respondió Klaus von Hagemann a su lado—. La lealtad es una cualidad que se prodiga poco en estos días y, en cambio, es una de las mayores virtudes que puede tener una persona. ¿No le parece?

Ella se apresuró a darle la razón. Ciertamente, dijo, la lealtad era una gran virtud. Su padre siempre hablaba de lo importante que era que sus obreros fueran leales a la fábrica de paños Melzer.

Klaus von Hagemann hizo a un lado su copa con un gesto lento y tomó una cesta de frutas para ofrecérsela. Elizabeth, por cortesía, cogió una rodaja de naranja: era insufrible lo mucho que la señorita Jordan le había ceñido el corsé.

—Yo me refiero a la lealtad en el sentido puramente humano —dijo él, reflexivo, mientras dirigía la mirada hacia las llamas del candelabro de plata de cinco brazos—. Como la lealtad a un amigo, por ejemplo. O la de los padres hacia sus hijos. Pero, sobre todo, la lealtad en el matrimonio.

Elisabeth notó que su corazón latía contra las varillas del corsé. Había llegado el momento. Él se iba a atrever. No cabía duda: la miraba con una seriedad inmensa. Iba a declararse.

—Querida señorita, en mi opinión el matrimonio debería descansar en dos elementos: el fuego y el hielo. Por un lado, la llama encendida del amor y, por el otro, la dulce constancia, la lealtad de por vida entre los cónyuges.

Elisabeth sintió un estremecimiento de placer, más aún cuando él dirigió una mirada rápida y algo tímida a su escote. Su pecho abundante era la única ventaja física que le sacaba a Katharina. ¡Oh, ella sabría atizar el fuego que él acababa de mencionar! ¡Ojalá pudiera ir por fin al grano!

—Le tengo a usted mucha confianza, Elisabeth —lo oyó decir en voz baja—, y creo que ha llegado el momento de confiarle algo que surge de lo más profundo de mi corazón…

Ella no esperaba que esa velada pudiera terminar de un modo tan feliz. Cierto que parte del mérito era de su madre, que había dispuesto los asientos en la mesa. Alicia Melzer era una mujer empeñada en dirigir el destino de sus hijas, y hacía tiempo que Elisabeth se había percatado de que los planes de su madre se correspondían con los suyos. Durante ese invierno, Katharina conquistaría muchos corazones y también rompería otros. Que lo hiciera… Elisabeth se sentía ya en el cénit de sus anhelos. ¡Qué tonta había sido haciendo caso de las habladurías de Dorothea! A lo largo de la velada, Klaus von Hagemann solo había tenido ojos para ella; habían hablado y reído juntos, habían intercambiado algunos comentarios divertidos y un poco picantes, y en dos ocasiones sus manos se habían rozado. Había llegado el momento. Ella contuvo el aliento. De todos modos, se dijo, la ocasión habría podido ser algo más íntima; sentados a la mesa, entre la cháchara de los invitados, manifestaciones como esas resultaban menos románticas de lo que una joven habría esperado. ¡Dios mío! Gertrude Bräuer, qué mujer tan imposible, explicaba ahora que el día anterior había tenido hipo durante más de una hora. Saltaba a la vista que la esposa del banquero Bräuer era de origen burgués y no sabía comportarse en sociedad.

—Hay momentos en la vida en que parece que la tierra se detiene, querida Elisabeth. Recientemente sentí uno de esos momentos —prosiguió el teniente.

Justo entonces, Robert, el lacayo, le presentó la bandeja de quesos que estaba decorada con uvas, piñas y frutas escarchadas.

—Le recomiendo el roquefort, señorita —le susurró al oído en confianza—. Se dice que es delicioso.

Ella lo rechazó con un ademán y el sirviente pasó a ofrecer la bandeja repleta al teniente. Este no tuvo ningún remilgo y eligió con cuidado los que más le apetecían, acompañándolos con dos trozos de piña y un bretzel recién hecho.

El encanto previo se había desvanecido y Klaus von Hagemann dirigió en silencio su atención al plato y se hizo servir vino.

—Teniente, se ha interrumpido usted.

—Sí, es verdad —contestó él, distraído—. ¿De qué hablábamos?

—Decía usted que había experimentado un momento importante en su vida…

—En efecto. Sin embargo, ahora mismo no me parece oportuno, señorita. Discúlpeme.

La decepción de ella fue mayúscula. Ese cobarde se había echado atrás. Y todo por culpa de Robert, que los había interrumpido con esa estúpida bandeja de quesos. ¡Oh, en ese instante lo habría matado!

Entretanto, en la mesa las charlas languidecían y la cena estaba dejando paso a un leve sopor. Alicia se esforzaba por mantener una conversación sobre una cantante de ópera recién contratada que las señoras Von Hagemann y Bräuer consideraban divina. Tilly Bräuer, una muchacha larguirucha de diecisiete años, ataviada con un vestido de color vino de escote pronunciado que dejaba ver su piel blanca y unas clavículas muy marcadas, se atiborraba en silencio de roquefort y uvas dulces. Solo Katharina, que apenas había comido, parecía ajena al cansancio general; Elisabeth escuchó cómo le explicaba a su acompañante de mesa el principio del dibujo con tinta china. No acababa de entender cómo Alfons Bräuer era capaz de escucharla sin apartar un instante la mirada de ella, como si le estuviera leyendo el mismísimo Evangelio. Debía de ser por ese modo de hablar que tenía ella, sus ojos brillantes, el movimiento de sus labios gruesos, así como sus gestos vigorosos y, a la vez, encantadores. Elisabeth estaba convencida de que Alfons Bräuer habría dedicado la misma atención a los labios de su hermana si esta le estuviera leyendo el directorio de calles de Augsburgo.

—¿Y bien, caballeros? —dijo entonces su madre en tono jovial—. Ya veo que el humo y el tabaco los reclaman desde el otro salón. Por favor, no sean tan cumplidos. Las damas sabremos entretenernos muy bien sin ustedes.

—¡Así es! —exclamó el banquero Bräuer, que no veía el momento de librarse del parloteo incesante de su media costilla—. ¡Señora Melzer, sus deseos son órdenes para nosotros!

Los caballeros se levantaron y se dirigieron al salón precedidos por Johann Melzer, el dueño de la casa. El padre Leutwien, un hombre diminuto de pelo ralo y con gafas, se unió al grupo. Elisabeth no sentía mucha simpatía por ese cura, aunque no sabía decir muy bien por qué; tal vez fuese porque los cristales gruesos de las gafas hacían que sus ojos parecieran pequeños, lo cual le confería una expresión de desamparo. Sin embargo, en una ocasión en que él se había quitado las gafas para limpiárselas con el pañuelo de bolsillo, Elisabeth vio que sus ojos eran grises y de tamaño normal. Desde entonces ya no le parecía desamparado, sino más bien alguien que sabía lo que quería.

—En ese caso, me entregaré un rato al humo azulado —dijo el teniente Von Hagemann levantándose de su asiento—. Mi padre se sorprendería mucho si me quedara solo entre las damas.

Naturalmente, no había ninguna posibilidad de retenerlo. Se intercambiaron las cortesías habituales; cuando él abandonó la estancia, a ella le pareció ver auténtico pesar en su mirada.

El ritual siguió su curso. Robert se aproximó a Alicia Melzer para comunicarle que la otra sala ya estaba dispuesta. Ahora las damas pasarían al salón rojo, decorado al gusto de su madre. Ya solo el papel pintado de seda de inspiración oriental había costado una fortuna. El mobiliario estilo Luis XV estaba hecho en Francia y, como no podía ser menos, el pan de oro era auténtico. En ese lugar se solía obsequiar a las damas con café moca y bombones y pastas.

Sin embargo, las señoras no parecían muy dispuestas a interrumpir la encendida charla que mantenían sobre la aventura de una famosa dama con su chófer. En ese instante, la esposa del banquero daba a conocer unos detalles picantes, ajena a la mirada de espanto de su pobre hija Tilly. Alicia intentó calmar los ánimos con la ayuda de la madre del teniente, Riccarda von Hagemann, una invitada ideal que tenía el tacto que Alicia tanto echaba de menos en la esposa del banquero. Además, aunque la señora Von Hagemann tenía más de cincuenta años seguía conservando su belleza.

Entonces Elisabeth tuvo una ocurrencia; era apenas una posibilidad, pero resultaba prometedora. Se levantó, sonrió a su madre y abandonó el comedor. A nadie le extrañaría que se dirigiera al salón rojo; de hecho, bastaba con que ella hiciera el ademán para que la siguieran el resto de las damas. Aunque no de forma inmediata. Le quedaba un poco de tiempo para acercarse rápidamente al salón de los caballeros, preguntar por un libro y pedirle a Klaus von Hagemann que se lo llevara al salón rojo. Se trataba de algo del todo inocente, pues era donde se suponía que las señoras estaban tomando café moca. Si todo salía según su astuto plan, podría pasar unos instantes a solas con el teniente en el salón rojo. Y si él dejaba escapar esa ocasión, ella ya no podría ayudarlo más.

Se apresuró por el largo corredor, contenta de que aquella alfombra espesa amortiguara sus pasos. El salón de los caballeros estaba en el otro extremo; tenía que darse prisa y, a la vez, no llegar sin aliento, puesto que llevaba el corsé muy ceñido. ¿Qué libro le pediría? Mejor uno que fuera rápido de encontrar, una novela, Robinson Crusoe. Era inofensiva y estaba al alcance de la mano, en la hilera central de la librería acrista…

—Nunca en la vida he sentido algo tan en serio, señorita…

Aquella era la voz del teniente. ¿Tenía figuraciones acaso? Elisabeth se detuvo en medio del pasillo, con la respiración contenida y no sintiendo más que los latidos de su corazón.

—¿Acaso se burla de mí, Katharina? ¿Cómo puede ser tan cruel? Pongo en sus manos mi corazón, todo mi ser, y usted se ríe…

Elisabeth sintió un estremecimiento atroz en el pecho. Aquella era, a todas luces, la voz del teniente, y venía del salón rojo. ¿Cómo no se había percatado de que Katharina no estaba en el comedor? Se quedó quieta, temblorosa, apoyada en una cómoda de madera labrada, deseando oír más palabras. Unas palabras que sellarían su desgracia. Que asestarían una puñalada letal a su corazón.

—Siento como un incendio dentro de mí, Katharina. Es un rayo que me ha alcanzado de forma inesperada. Se lo tengo que decir porque, de lo contrario, moriré…

Entonces él pronunció las palabras que ella tanto había anhelado oír. Incluso las repitió, como si su interlocutora fuera sorda.

—Katharina, yo la amo. La amo perdidamente.

¿Y ella? ¿Respondía algo? ¿Se reía de él? ¿Lo rechazaba? ¿Cómo toleraba una declaración tan descarada? Elisabeth no oyó nada. En su lugar, la voz ronca e irritada del teniente le atravesó el oído.

—¡Tiene que ser mía!

Elisabeth notó que algo tibio le recorría las mejillas. Curiosamente, tenía el cuerpo rígido por el frío pero de los ojos le brotaban unas lágrimas calientes que se abrían paso por sus mejillas empolvadas, afeándole el rostro y ensuciándole el vestido.

—No tiene usted que responder ahora mismo, Katharina. Puedo esperar a que usted se lo piense bien y hable con sus padres acerca de mis pretensiones. Pero le ruego que no olvide que esperaré su decisión profundamente enamorado…

Elisabeth Melzer no pudo soportarlo por más tiempo. No era de las que se amedrentaba ante una afrenta como esa. Se secó las mejillas con el dorso de la mano, se sorbió los mocos y se retocó el peinado. Luego abrió la puerta del salón. ¡Qué escena tan ridícula! Kitty estaba sentada en una de las butacas con volutas y el teniente se encontraba arrodillado en la alfombra ante ella.

—¡Ah, Kitty, estás aquí! —exclamó—. ¡Te he estado buscando por todas partes!

Von Hagemann se levantó, hizo una discreta inclinación de cabeza y salió de la estancia pasando junto a ella.

Elisabeth hizo como si no lo viera.

Capítulo 6

6

—¡Apaga esa luz de inmediato! ¡Acuéstate! ¡Puedes desnudarte a oscuras!

Marie estaba agotada. Tras dos intentos fallidos, había dado por fin con su dormitorio. Primero había entrado en la habitación de Auguste y Else; luego, en un trastero lleno de cajas, baúles y muebles en desuso. Pero lo había encontrado; a pesar de la cofia de noche, la nariz afilada de la señorita Jordan se distinguía a la perfección.

—¿Estás sorda? ¡Apaga esa luz! ¡Ahora mismo!

Marie no tenía ninguna intención de hacerlo. Alumbró la pequeña alcoba; contempló las dos cómodas, el armario que tenían que compartir y la cama que le habían asignado. Eran muebles sencillos, buenos y duraderos, pensados para el uso del servicio. El suelo era de madera y delante de cada cama había una alfombrilla de colores hecha de retazos. Era fabuloso. Nunca antes había visto tanto lujo. Por si fuera poco, sobre la cama tenía un montón de ropa blanquísima: camisas, calzones con encaje, calcetines e incluso unas medias largas de lana. Había un par de zapatos de cuero que, aunque gastados, estaban en buen estado. Y también tres vestidos: uno de algodón, otro de franela y el tercero de lana. También le habían dado delantales. No eran tan bonitos como los delantales blancos con bordes de encaje de las doncellas; los suyos eran cuadrados y de tela áspera, pensados para el trabajo sucio de la cocina.

—¿No podrías mirar todo eso mañana por la mañana? —gruñó la señorita Jordan levantando un poco la cabeza.

No solo tenía la nariz puntiaguda: su mentón también era afilado. Sin duda, ese dormitorio era fantástico. Lo único que le estorbaba era esa mujer tan insidiosa. ¡Qué lástima que en la vida uno nunca pudiera estar del todo cómodo! Siempre había algún inconveniente.

—Lo pondré todo sobre mi cómoda y mañana lo colocaré en su sitio. ¿Hay retrete por aquí?

La señorita Jordan puso los ojos en blanco y gimió.

—Está al final del pasillo. Y cuando vuelvas, apaga la luz. A las cinco y media se acaba la noche.

—Cuando me acueste, apagaré la luz.

¿Qué se había creído esa mujer? ¿Que iría dando traspiés a oscuras por una habitación que no conocía solo para que su cura de sueño no se viera interrumpida? Pues bien, en ese caso la aguardaban muchas sorpresas. Andaba muy equivocada si creía que incluso ahí arriba podía dar órdenes a Marie. Muchos lo habían intentado y ninguno lo había conseguido. Al menos, no en los últimos tiempos. Antes sí. Antes había tenido que pasar por cosas horribles. Pero eso ya quedó atrás. Ella tomaba lo que le correspondía. Ni más, ni menos.

En el pasillo hacía frío. Se arrebujó en un mantón y lo recorrió hasta la puerta del fondo. El suelo de madera crujió con estrépito, como si todo un regimiento se dirigiera hacia el baño. La puerta estaba atrancada y primero pensó que alguien se le había adelantado. Luego probó suerte con un empujón decidido, y la lámpara casi dio contra la pared. El retrete era de porcelana y tenía al lado un cubo de lata lleno de agua. Tan solo la tapa de madera parecía un poco gastada y necesitaba un repintado. Se rio para sus adentros. Le divertía la idea de imaginar a la señorita Jordan sentándose en el aro recién pintado del retrete.

Echar agua al terminar también resultó ser muy ruidoso. Quien ocupase la habitación junto al retrete tenía que dormir como un tronco. Dejó la puerta entornada porque cualquier intento de cerrarla habría sido como un terremoto. Cuando se apresuraba a volver a su cuarto oyó un suave crujido. Se asustó, se detuvo y levantó la lámpara. Alguien había abierto una puerta.

—¡Así se te lleve el diablo! —siseó una voz—. Primero quieres todas las noches y luego te libras de mí de un plumazo.

Marie reconoció la silueta borrosa vestida con un camisón largo. ¿Auguste? ¿Antes no estaba en su cama?

—Lo siento…

Aquel no podía ser otro más que Robert. Marie tenía suficiente experiencia como para adivinar lo que ocurría ahí. Habían tenido una relación y parecía que había llegado el final. Al menos para Robert. Pobre Auguste.

—¿Que lo sientes? —voceó Auguste hacia la puerta—. No hace falta que lo sientas, Robert Scherer. Tú eres el que da pena. ¿Te crees que no nos habíamos dado cuenta de lo que te pasa? Desde que la señorita ha vuelto del internado tienes la mirada vidriosa. ¡Eres un bobo redomado! ¡Un insensato sin remedio!

—¡Cállate! ¡Largo!

—Acabarás en el hospicio. En la cárcel. ¡Por mí, que te cuelguen! ¡No pienso mover ni un dedo para ayudarte!

Marie sabía que tenía que marcharse de allí cuanto antes. En cualquier caso, antes de que la enojada Auguste la descubriera en el pasillo con la lámpara en la mano. ¿Cuál sería la puerta de su dormitorio? Tenía que ser la cuarta o la quinta del lado derecho. Avanzó con sigilo por el pasillo y entreabrió una puerta. Distinguió con alivio el mentón prominente y la cofia de noche de la señorita Jordan y se apresuró a cerrar tras de sí.

—La próxima vez utiliza el orinal —le espetó la señorita Jordan—. ¡Es muy desconsiderado despertar a media casa!

Marie estaba demasiado cansada para replicar. Hubiera preferido desnudarse a oscuras, porque le resultaba molesto hacerlo mientras esa mujer la miraba, pero dejó la luz encendida hasta que se hubo metido bajo las sábanas. ¡Santo cielo! La almohada era de plumas auténticas. El colchón era grueso y blando. Tenía una manta de lana e incluso un edredón, que, por cierto, pesaba como el plomo. Con todo, nunca antes había estado tan cómoda en una cama.

—¡Apaga esa luz!

Marie estaba tan entusiasmada que apagó la lámpara sin más. ¡Era una lástima tener que despertarse tan temprano! En esa cama ella habría podido dormir días enteros. Durmiendo y soñando. Desperezándose con fruición y recolocándose esa almohada tan blanda. Leyendo una novela tranquilamente, no como en el orfanato, a hurtadillas y debajo de las sábanas. Comiendo un panecillo acompañado de un café con leche. Permanecería tumbada ahí sin hacer nada, sintiendo ese calor agradable, con la mirada clavada en el techo y pensando en cosas bonitas.

Recordaría entonces el tiempo en que Dodo aún estaba con ella. Dodo era su amiga más querida en el orfanato. Nunca tendría una amiga igual. Dodo se metía en la cama con ella todas las noches con tanto sigilo que nadie se daba cuenta, lo cual no era de extrañar, ya que era un año más joven que Marie y estaba delgada como un alambre. Seguro que no engordaba más porque tenía siempre una tos muy fea. Cuando se arrimaba a Marie, Dodo tenía el cuerpo aterido de frío y pasaba un buen rato hasta que Marie conseguía darle calor. Lo más difícil era calentarle los pies. Se contaban historias en voz baja, hablándose al oído para no molestar al resto de las niñas del dormitorio. Eran historias enrevesadas, que les surgían en la cabeza como flores fantásticas; historias divertidas, tristes, estremecedoras y descabelladas. Cuando temblaban de frío o les entraba la risa se abrazaban con fuerza, y entonces Marie tenía la sensación de no estar tan sola. A veces también lloraban juntas, pero incluso aquello era bonito; luego se sumían juntas en el reino de los sueños mecidas por un mar de lágrimas cálidas. Con trece años, Dodo fue ingresada en el hospital. De ahí se la llevaron a una residencia para convalecientes en las montañas porque, al parecer, allí su tos mejoraría. Marie había preguntado a menudo por ella, pero nadie le supo dar razón alguna. También le había escrito varias cartas y se las había entregado a la señorita Pappert para que se las enviara por correo a Dodo. Nunca obtuvo respuesta. Habían pasado ya cuatro años. Tal vez la señorita Pappert no llegara a enviarlas.

¿Qué habría dicho Dodo de esta cama tan blanda? Marie se volvió hacia un lado y se imaginó a su amiga tumbada a su lado. Incluso le pareció que sentía el suave susurro de Dodo junto al oído. Sin embargo, cuando ese susurro se convirtió en un resuello y luego en un ligero silbido, se dio cuenta de que en la cama de al lado la señorita Jordan había comenzado su concierto nocturno. Dodo se desvaneció de nuevo, regresó al mundo de su imaginación y Marie escuchó el sonido que provenía de la cama vecina. Quien ha pasado sus noches en el dormitorio de un orfanato no tiene remilgos con los ronquidos. A Marie le parecía fascinante que no hubiera nadie que roncara del mismo modo. Había quien resoplaba; otros resollaban y emitían pitidos, y muchos hacían un ruido que parecía que fueran a ahogarse en cualquier momento. Otros, en cambio, chasqueaban los labios mientras dormían, e incluso los había que hablaban; y luego estaban los que se rascaban, se metían el dedo en la nariz o mordisqueaban la punta de la colcha.

La señorita Jordan pertenecía al grupo de los resopladores y silbadores, resultaba molesta pero soportable. Sin embargo, cuando Marie ya casi estaba dormida, ocurrió algo raro. Tras un estallido parecido al descorche de una botella, se oyó una inspiración profunda y abierta y una tos prolongada. A continuación, la señorita Jordan dio varias vueltas en la cama hasta que los silbidos y los resuellos empezaron de nuevo.

Marie se dijo que esa mujer debía de tener pesadillas. Cuando dormía, la garganta se le taponaba de algún modo y parecía que fuera a ahogarse. Pero eso no le hizo sentir lástima por la doncella. De hecho, para ella, Maria Jordan tenía bien merecido ese castigo nocturno. Se tumbó bocarriba y suspiró satisfecha. Ahí, en el tercer piso dormía el servicio: Auguste y Else, la señorita Schmalzler, la cocinera Fanny Brunnenmayer y Robert, el lacayo. Él debía de tener una alcoba para él solo. Tal vez la cocinera disfrutaba también de ese lujo. Era muy posible, ya que resultaba inconcebible que la señorita Schmalzler compartiera dormitorio con alguien. ¿Por qué no lograba dormirse? Seguro que era la única de la casa que seguía despierta. Sin duda, el cúmulo de novedades había sido excesivo. ¿De dónde salía esa tensión extraña, los crujidos en las paredes, el leve chasquido de la madera del armario? Marie siempre había tenido un oído muy fino para estas cosas; solía oír de lejos los pasos de la señorita Pappert cuando se acercaba para controlar el dormitorio. Incluso cuando todavía eran inaudibles, Marie los notaba, los presentía.

Tal vez… tal vez había ratones.

Se imaginó al señor Melzer, el industrial, durmiendo con su esposa mientras debajo del lecho los ratones correteaban de un lado a otro. Sonrió en la oscuridad al fantasear con que uno de esos ratoncillos saltaba de repente sobre la cama y olfateaba el pie de la señora. Esa mujer que la había mirado desde el automóvil y luego se había echado a reír. Qué raro era que la planta baja y el primer piso de aquella enorme mansión estuvieran vacíos por la noche. En la ciudad baja la gente se hacinaba en todas partes y no eran pocos los que tenían que compartir lecho; también en el orfanato algunas niñas tenían que pasar la noche en la sala de día. Pero allí, en cambio, la gran cocina estaba vacía, la sala del ama de llaves estaba desocupada, e incluso los hermosos salones del primer piso, que ella aún no había visto, permanecían vacíos. Según le había avanzado Auguste, al día siguiente por la mañana recorrerían juntas toda la casa para encender las estufas; así podría ver las bonitas estancias, la biblioteca, los salones, el comedor y el resto. Aunque solo fuera un momento.

¡Qué suerte la de los Melzer! Eran ricos, tenían una fábrica enorme y una mansión. Seguro que ellos tenían cuarto de baño con agua corriente, caliente y fría, una bañera dorada y un retrete de porcelana con el borde dorado. Ellos no tenían que preocuparse por si tendrían dinero para el almuerzo, o un abrigo y botas en invierno. Pero, además de todo eso, el buen Dios les había dado dos hijas hermosas y educadas y un hijo inteligente. Era el joven que había visto por la mañana en el automóvil. Ahora ya sabía que se llamaba Paul y que estudiaba en Múnich. Era apuesto, muy distinto a esos señoritingos emperifollados que había visto en la ciudad. ¡Lástima que fuera tan burlón y engreído!

Los Melzer tenían la suerte a su favor. ¿Cómo era posible que en la vida la riqueza, la inteligencia, la belleza y el éxito fueran de la mano, que el buen Dios solo concediera todas esas cosas juntas?

Entonces notó una pequeña sacudida. Abajo, en el segundo piso, algo había caído al suelo. Luego se oyó algo parecido al bufido de un gato. Un maullido y un gruñido, un chillido agudo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Eran voces, voces de chica. ¡Oh! ¡Cómo conocía esos chillidos intensos, esa rabia potente y desesperada! De vez en cuando, en el orfanato se producían riñas entre las chicas, y entonces la vehemencia y la desesperación se dejaban oír con fuerza: se desgarraban la ropa, se arrancaban mechones de pelo, y los dientes y las uñas provocaban heridas muy feas.

Aguzó el oído conteniendo el aliento. No. No era Auguste, ni tampoco Else. El ruido venía de abajo. De los dormitorios de las señoritas. Esas damas tan educadas se estaban peleando: forcejeaban y berreaban de un modo no muy distinto al de las chicas del orfanato.

—¡Virgen santísima! —murmuró la señorita Jordan, que se había despertado con el ruido—. Por favor, que la señora no me saque ahora de la cama.

Pero no ocurrió nada. Al cabo de un rato todo quedó en calma y de nuevo se oyeron los ronquidos de la señorita Jordan. Marie sonrió mientras se abandonaba al sueño.

Capítulo 7

7

—¡Atenta, pasmarote! —bufó Auguste, irritada.

—¡Lo siento!

Marie había golpeado con estrépito el marco blanco de la puerta con el cubo de lata y había dejado una marca oscura en la madera.

—¡Ahora me regañarán a mí! —refunfuñó Auguste—. ¡Por culpa de tu torpeza! Eres aún más tonta que las otras.

Marie oía eso a menudo. Pero como no podía comprobar si era cierto, pensó que cuando todo el mundo lo decía, sería por algo. ¡Con la ilusión que le hacía su primera ronda por esas bonitas estancias! Jamás se le habría ocurrido que fueran a estar tan oscuras. Solo cuando Auguste descorría las cortinas de las ventanas se podía ver el mobiliario. De todos modos, entraba poca luz, pues apenas eran las cinco y media de la mañana.

—¡Ten cuidado, que no se te caigan las ascuas!

Marie ponía todo su empeño. Hacer lumbre era una tarea muy simple: cualquier niño con una palada de ascuas y una hoja de periódico arrugada era capaz de encender una estufa de carbón. Las estufas de la mansión eran modernas y fáciles de utilizar: sus portillas no se atrancaban, ni tenían hendiduras por las que se escurriera la suciedad y las cenizas. En algunas estancias eran de cerámica, muy altas y esbeltas, tan delicadas y hermosas como las damas con corsé; con esas había que tener cuidado y no tocar los azulejos. Si, pese a las precauciones, quedaban marcas de los dedos manchados de carbón, había que limpiarlas de inmediato con un paño. Los hornos de hierro forjado eran más sencillos. Estaban cubiertos con elementos decorativos y no cabía duda de que tenían que haber costado una fortuna. No tenían nada que ver con las menudas estufas de carbón alargadas que ella había conocido hasta el momento. De todos modos, en el hierro forjado los dedos no dejaban huella. Eso era una ventaja.

—¡No te duermas! ¡Por Dios! ¡Ya podríamos haber terminado hace rato!

—Es la primera vez que hago esto y tengo que acostumbrarme, Auguste.

El día anterior Auguste había sido muy amigable y comprensiva, pero esta mañana no quedaba nada de eso. La doncella se había convertido en una persona malvada e insensible, que parecía disfrutar humillando a Marie. ¿Y si la había reconocido por la noche en el pasillo? Seguramente era por eso.

—¡Despierta de una vez, tontita! ¿Dónde se supone que debe estar la estufa?, ¿delante de la ventana? Mira en el rincón de la derecha, cegata. ¡Por todos los santos! Else estará preguntándose dónde me he metido…

Antes del desayuno las dos doncellas tenían que apresurarse para dejar listos los dos baños del segundo piso. El señor tenía la costumbre de darse un baño por la noche, y la señorita Katharina también lo hacía a menudo. Muchas veces las toallas estaban tiradas por el suelo y el jabón fuera de su sitio, y el retrete no estaba limpio. Pero la señora quería que los baños estuvieran inmaculados a primera hora de la mañana.

Cuando por fin Auguste la llevó a toda prisa por la escalera de servicio a la planta baja, Marie se sintió decepcionada por no haber visto casi nada de los hermosos salones. Recordaba vagamente la alfombra roja del salón, la mesa larga de madera oscura del comedor, los armarios lúgubres de madera labrada y la gran cantidad de ceniceros del salón de los caballeros. No había podido poner un pie en la biblioteca, por la que sentía una gran curiosidad, pues la estancia carecía de estufas y en su lugar había una chimenea abierta que nunca se encendía por la mañana. Abajo, en la cocina, los demás ya se habían reunido en torno a la mesa para tomar el desayuno. Auguste se lamentó diciendo que no sabía cómo Marie iba a encargarse de aquella tarea. En su opinión, era demasiado torpe para prender las estufas.

—Eso era de esperar —corroboró la señorita Jordan.

Tomaba su café con leche en una taza con un borde dorado que guardaba como un tesoro. El día anterior no había permitido que Marie limpiara aquel objeto tan delicado.

—Es muy lerda. Ha golpeado la puerta del comedor con el cubo y ha dejado una marca. Lo digo para que se sepa que yo no he sido. Marie, di a todos que has sido tú. Anda, dilo.

Marie aún estaba colocando el cubo junto al hogar de la cocina; Auguste, en cambio, ya se había sentado en su sitio para desayunar.

—Aunque no todo lo que dice Auguste es cierto —replicó Marie—, la marca de la puerta la he hecho yo. Estaba todo a oscuras y la puerta iba a cerrarse detrás de mí…

—¡Esto es el colmo! —exclamó Auguste, indignada—. ¿La habéis oído? Me ha llamado mentirosa. La ayudante de cocina se atreve a decir que miento. Que no todo lo que digo es cierto…

Todas las cabezas se volvieron hacia Marie. Incluso Robert, que estaba sentado junto a la señorita Jordan, le dirigió una mirada burlona. La cocinera, tan campechana el día anterior, dijo que ya iba siendo hora de que esa pequeña aprendiera modales. Incluso Else, que no acostumbraba decir nada, exclamó que era una impertinencia inaudita.

—¡Exijo un castigo para ella! —se quejó Auguste—. No es más que una simple ayudante de cocina y se ha atrevido a ofenderme.

La señorita Schmalzler vio que había llegado el momento de intervenir. Posó la taza sobre la mesa con gesto firme.

—¡Silencio! ¡Silencio! ¡Auguste, basta ya de gritar como una histérica!

La autoridad de la señorita Schmalzler era sorprendente. Todos enmudecieron de inmediato.

—Por si alguien lo ha olvidado, esta es una casa respetable y exige una conducta respetable de todos sus empleados. ¡Incluso aquí abajo, en la cocina!

Clavó entonces la mirada en Auguste, que tenía el cuello y la cara lívidos. Aunque le temblaba la comisura de la boca, no se atrevía a echarse a llorar.

—No es descabellado decir que muchos de tus chismes no deben tomarse al pie de la letra.

Aquella afirmación del ama de llaves hizo que las lágrimas acudieran a los ojos de Auguste; la barbilla le temblaba y un gemido le sacudió el pecho.

—Pero tú, Marie —prosiguió la señorita Schmalzler en voz alta volviéndose hacia ella, que seguía la conversación de la mesa aún apostada junto al hogar como si estuviera petrificada—, eres la última con derecho a criticar a Auguste por eso. Y menos aquí, delante de todos. ¡Acércate!

Marie obedeció. Se aproximó despacio y con semblante impasible. Hacía tiempo que había aprendido a no demostrar sus sentimientos, algo que la estúpida de Auguste jamás lograría hacer.

—Vas a disculparte ahora mismo delante de Auguste.

En el orfanato ya había pasado por una situación igual de insidiosa. Ahora tenía que elegir: o rebajarse para que la dejaran en paz, o perseverar en su orgullo y ser castigada por ello. En este caso la podían echar, y eso era algo que no quería de ningún modo. Y menos por Auguste, que tenía menos entendederas que un pollo.

—No pretendía ofenderte, Auguste.

—Pues lo has hecho —gimió la chica.

—Lo siento. Lo que has dicho es cierto. Yo he hecho esa marca tan fea en la puerta. Lo repetiré para que todo el mundo lo oiga: he sido yo. Auguste no tiene la culpa de mi torpeza.

Notó la mirada del ama de llaves clavada en ella. ¿Qué más quería? ¿No había admitido ya que era la culpable? Aunque, bien mirado, había logrado esquivar la disculpa en sí.

—Ya te puedes acostumbrar a no replicar. Estás aquí para obedecer y callar. Cualquier otra cosa no sería propia de una ayudante de cocina.

—Sí, señorita Schmalzler.

—¡Que no se te olvide!

—Sí, señorita Schmalzler.

—Siéntate a la mesa y desayuna.

El sitio de Marie estaba en la cabecera de la mesa. Al otro extremo, presidiéndola, junto al calor del hogar, se sentaba la señorita Schmalzler; a un lado tenía a la cocinera y, al otro, al lacayo Robert. La señorita Jordan se sentaba al lado de Robert y, frente a ellos, Else y Auguste. Durante la semana, también comían con ellos el jardinero Bliefert y su nieto Gustav. El jardinero tenía más de sesenta años; era un hombre enjuto, nervudo, y en sus anchas y callosas manos se reflejaba su trabajo con la tierra. Su nieto, que le sacaba más de una cabeza, era una mole de músculos, un muchacho bondadoso pero un poco tardo. Se pasó el desayuno mirando a Marie, sonriendo una y otra vez. Finalmente le dijo a su abuelo:

—Es toda una dama, la muchacha. Mira cómo se sienta. Erguida como una reina.

—Me parece, chico, que estás meando fuera de tiesto.

—Que no, abuelo. Hablo en serio. Es toda una dama.

Aquellas palabras suscitaron toda suerte de burlas hacia la pobre Marie. Marie, la dama delicada. La señora de las cenizas. La princesa de las mondaduras de patata. La reina de los orinales.

La señorita Schmalzler puso fin al desayuno con una palmada. Siguieron entonces las instrucciones del día. A primera hora de la tarde la señorita Elisabeth iba a recibir a tres amigas y había que preparar té, pasteles y pastas. Y la señora tenía cita con el peluquero en torno a las dos. Al decirlo, el ama de llaves miró hacia Robert, que asintió con diligencia. La señora quería regresar a la mansión a tiempo para una reunión con las damas de la sociedad de beneficencia. Las damas estaban citadas a las cuatro y era preciso disponer de sillas y de una mesa para el conferenciante en la biblioteca, así como encender la chimenea y colgar cortinas limpias. La señora había invitado a un orador, un colaborador de una orden religiosa que había trabajado en África durante años, para que explicara a las damas sus experiencias con los negros.

—Té y café. Vino blanco, preferiblemente Mosela. Emparedados y algunas golosinas. Parece ser que la última vez que se reunieron en casa del director Wiesler, los emparedados al estilo inglés tuvieron una gran acogida.

—Por mí, ya pueden comerse ellos esa bazofia inglesa —refunfuñó la cocinera—. En esta casa se servirá lengua de ternera, salmón ahumado y huevos duros con caviar. Caviar ruso auténtico, no esa cosa barata de las tiendas de ultramarinos.

La señorita Schmalzler hizo caso omiso del comentario de la cocinera; por su posición, la señora Brunnenmayer se podía permitir muchas libertades que el ama de llaves no consentiría a ningún otro empleado. Marie se dio cuenta de que una criada o una doncella podían sustituirse, pero era difícil encontrar una buena cocinera.

—¡Pongámonos a trabajar con ahínco, alegría y la bendición de Dios!

Todos correspondieron con un murmullo, apuraron sus tazas y se levantaron. Marie recibió órdenes de tres partes:

—¡Marie! Recoge la mesa, lava los platos y ve a buscar leña para el horno…

La cocinera.

—¡Marie! Me ayudarás a descolgar las cortinas de la biblioteca y a llevarlas abajo al lavadero.

Else.

—¡Marie! ¡Coge el cubo y el recogedor! ¡Vamos!

A Auguste también le gustaba dar órdenes. Para poner orden en el caos que reinaba en el dormitorio de la señorita Katharina, Marie primero tendría que retirar los añicos y barrer el suelo.

Marie estaba decidida a no recibir más regañinas. Pero no era fácil. Era como si todos se hubieran conjurado contra ella; lista o tonta, siempre era tenida por lerda y torpe. Ni siquiera le dejaban tocar las bandejas de plata con el desayuno de los señores que Else y Auguste se encargaban de llevar arriba. Pero cuando una escoba fue a parar al suelo fue porque Marie no había tenido cuidado; cuando a la cocinera se le cayó de las manos una fuente también fue por culpa de Marie, que la había puesto nerviosa. Y cuando la jarrita de la leche se volcó mientras Else la llevaba arriba, eso también fue culpa de la estúpida ayudante de cocina porque la había llenado demasiado.

«Necesitan un chivo expiatorio para todo lo que les pasa», se dijo Marie, furiosa. «Y como solo soy la ayudante de cocina, tengo que cargar con la culpa de todo.» Así iban las cosas en esa mansión distinguida con tanto servicio. Eran malévolos y mezquinos, se perjudicaban los unos a los otros y los más débiles se llevaban los palos.

Capítulo 8

8

Alicia Melzer miró con desaprobación los asientos vacíos en la mesa del desayuno. Ninguna de sus hijas había aparecido por el comedor; al parecer, preferían esperar a que su padre se marchara a la fábrica. Una preocupación que era del todo innecesaria puesto que Alicia no tenía intención de mencionar los sucesos nocturnos. No mientras Johann estuviera sentado a la mesa.

Johann Melzer había deseado a su esposa una «feliz mañana», acentuando el saludo matinal con un beso furtivo en la frente. Ahora ya llevaba un buen rato inmerso en la lectura del Augsburger Tagblatt mientras mordisqueaba el panecillo de mantequilla y miel que Alicia le había puesto en el plato. Desde que estaban casados, ella le preparaba el panecillo porque, de intentarlo, Johann acabaría manchando de miel el periódico, el mantel y las mangas de su chaqueta.

—¿Dónde están las chicas? —preguntó él, y levantó la vista del periódico para tomar un sorbo de café.

—Yo tampoco lo entiendo.

Alicia pulsó el botón del timbre y cuando Auguste apareció le pidió que fuese a llamar a las señoritas. Tanto Alicia como Johann Melzer cumplían escrupulosamente los horarios de las comidas, aunque a veces el industrial tenía mucha prisa y abandonaba la casa antes de que Elisabeth y Katharina bajaran a desayunar. Sin embargo, ese día parecía disponer de tiempo.

—Eres demasiado indulgente —dijo en tono áspero mientras se recolocaba el periódico—. Te comportas de un modo extrañamente condescendiente con Katharina. Si no duerme por las noches, tal vez de día debería ocuparse de algo que la mantuviera despierta. Así estaría cansada al acostarse.

Alicia enarcó las cejas sin querer. No tenía ganas de volver a discutir ese asunto con Johann. El doctor Schleicher había confirmado que el insomnio de Katharina era de naturaleza nerviosa, y las tremendas jaquecas que sufría también tenían que ver con la fragilidad de sus nervios. Johann, en cambio, no sentía mucho respeto por el diagnóstico del doctor.

—Al menos, ayer por la noche estuvo de lo más animada —prosiguió—. Entretuvo al joven Bräuer de un modo delicioso. ¡Buena pieza está hecha mi Kitty!

Aunque a Alicia no le gustaba esa expresión, por una vez evitó el enfrentamiento. En vista de que Johann se tomaba su tiempo para desayunar, había otro tema que quería tratar con él cuanto antes.

—Me parece que va demasiado lejos —afirmó en tono conciliador—. Por otra parte, resulta comprensible puesto que, desde que volvió del internado este verano, tiene que estar sorprendida del efecto que provoca entre los jóvenes caballeros. Sin embargo, a estas alturas debería haber aprendido a no abusar de ese poder.

Entonces Auguste asomó por la puerta y anunció que las dos señoritas bajarían de inmediato. Alicia asintió satisfecha mientras que Johann, enojado, hizo crujir el periódico.

—No es buena cosa que la juventud no haga nada sensato —afirmó—. Eso no hace más que fomentar la ociosidad y estropear el carácter.

—Cierto —corroboró Alicia—. ¿Quieres que te prepare otra mitad de panecillo?

Aquella pregunta tan solícita lo pilló por sorpresa, aunque en cierto modo esa era la intención.

—¿Cómo? Ah, sí, claro. Eres un encanto, Alicia…

—En cuanto a las chicas, no comparto tu opinión, Johann —dijo cogiendo el cuchillo de plata para la mantequilla—. Pronto se casarán y deberán encargarse de llevar su propio hogar.

Él apuró su taza y, tras sacarse el reloj de oro del bolsillo del chaleco, miró la hora. Eran casi las ocho.

—Es verdad… tus planes de boda —dijo con una sonrisa pícara—. ¿Cómo marcha ese asunto? ¿El teniente ya ha mordido el anzuelo?

Siempre esa ironía, esa burla innecesaria. ¿Por qué se tomaba tan a la ligera que ella quisiera ayudar, en la medida de lo posible, a dar forma al futuro de sus hijas? ¿Acaso el teniente Von Hagemann, perteneciente a una respetada familia de Augsburgo, no era un buen partido para Elisabeth? Aunque ella sabía lo que le molestaba a Johann. Era ese «Von» en el apellido del futuro marido. Para Johann, todos los caballeros nobles eran derrochadores y mujeriegos. Por desgracia tenía razón en el caso de sus hermanos, pero no se podía decir lo mismo del teniente Von Hagemann.

—No lo sé, Johann. Elisabeth no ha dejado entrever nada al respecto…

—¡Elisabeth! —exclamó él negando con la cabeza—. En mi época, el futuro novio acudía a los padres de su pretendida para pedirles la mano de su hija. En cambio, ahora hemos llegado al extremo de que sean los propios jóvenes quienes arreglen el asunto entre ellos.

Alicia estaba de acuerdo con la crítica de su marido hacia las nuevas costumbres, pero le aseguró que en ese aspecto, gracias a Dios, Elisabeth y Katharina habían sido educadas a la antigua usanza. Y añadió que estaba segura de que su hijo Paul tampoco iría por su cuenta.

Johann ya había dejado la servilleta almidonada en la mesa y se disponía a marcharse a la fábrica. Sin embargo, ahora que por fin salía a relucir la cuestión del hijo tenía que soltar el disgusto que había ido acumulando durante el fin de semana.

—¡Por su cuenta! —exclamó—. No me hagas reír. Mi hijo, que ya es adulto, en vez de avanzar en sus estudios se pasa todo el fin de semana en casa holgazaneando, sale con sus amigos, acompaña a su hermana a la ópera y pasa la noche fuera en un lugar desconocido. Y todas esas distracciones corren de mi cuenta. Sin duda, un hombre joven debe poder desahogarse y…

—¡Johann! Pas devant les domestiques!

Se interrumpió, pero el tema le preocupaba y tenía que ponerlo sobre la mesa. Paul se estaba convirtiendo en un dandi: su vida giraba en torno a la diversión y derrochaba el dinero de su padre, y en cuanto a sus estudios, la situación no era muy halagüeña.

—¡Si no estás contento con tu hijo, Johann, permíteme que te recuerde lo que has dicho antes!

Alicia estaba exultante porque había sido él quien había sacado un tema muy importante para ella.

—¿Y qué he dicho? —gruñó él.

—Has dicho que no es bueno que la juventud no tenga nada sensato que hacer.

Entonces él se dio cuenta de las intenciones de ella, pues no era la primera vez que hablaban de ese asunto. Se levantó con impaciencia de la silla y se retiró una miga del traje marrón oscuro.

—Me parece que estudiar Derecho es una ocupación bastante sensata, siempre y cuando la lleve a cabo.

Entonces Auguste abrió la puerta del comedor y dio paso a Elisabeth y Katharina. Las dos estaban pálidas y parecían cansadas. Katharina tenía un verdugón rojo en el dorso de la mano; en el antebrazo de Elisabeth se veían unas manchas azuladas. Su saludo matutino fue quedo. Luego ambas se sintieron aliviadas al ver a su padre soliviantado hablando de Paul; por experiencia sabían que persistiría aún un buen rato en esa cuestión.

—¿Olvidas, querido, que el viernes por la mañana Paul te preguntó si podía echar una mano en la fábrica? Por desgracia, tú no le dijiste nada. ¿Cómo vas a preparar a tu hijo para su labor futura si le impides que colabore? ¿Cómo se supone que Paul va a aprender algo sobre fabricación de paños, sistemas de cálculo y ventas si no le das la oportunidad de hacerlo?

Johann Melzer basculaba de un pie a otro; en varias ocasiones había intentado interrumpir a su esposa, pero no se atrevía. Alicia era muy susceptible con todo lo relacionado con la buena educación y él había tenido que oír con demasiada frecuencia que, a fin de cuentas, su familia no dejaba de ser pequeñoburguesa.

—Dios sabe que lo he intentado —logró decir al fin, aprovechando una pausa que hizo ella para coger aire entre frase y frase—. El problema es que el señorito se cree que ya puede hacer de director y aún está muy verde, y, por desgracia, eso tiene consecuencias. Quien entra en mi empresa primero tiene que adaptarse, cerrar la boca y aprender. Es lo que hago con mi personal y también con mi hijo.

—¡Lo reprendiste delante de todos los empleados del departamento de cálculo como a un aprendiz! —repuso Alicia llevada por un arrebato maternal. No. No era justo. En las fincas de sus padres en Pomerania, un señor, aunque joven, era siempre un señor y, por lo tanto, el personal siempre debía guardarle respeto. Incluso si se desplomaba de un caballo, ebrio como una cuba, y tenía que ser llevado en brazos a casa.

—Se lo tenía bien merecido, Alicia —contestó Johann—. En mi fábrica se valora la capacidad, no el origen.

Alicia frunció los labios y se calló. Se reprochó para sus adentros no haber llevado mejor la conversación. Había desaprovechado la ocasión y ahora se encontraban en el mismo punto al que habían ido a parar tantas veces. Y encima estaban reñidos, lo cual les rompía el corazón a ambos.

—¡Que las señoritas disfruten de un buen día! —dijo Johann Melzer a sus hijas mientras se disponía a salir. Ambas permanecían sentadas en silencio y captaron clarísimamente la ironía.

—¡Que tú también tengas un día fabuloso, papá! —respondió Katharina, aplicando todo su encanto.

No tuvo suerte. Ese día su padre, que solía seguirle las bromas, se cerró en banda.

—Espero que sus señorías hayan descansado bien esta noche —dijo—. Si en el curso del día se aburrieran ustedes, enfrente, en administración, tienen a su disposición varias máquinas de escribir. Creo que no les hará ningún daño ejercitarse en el arte de la mecanografía, tal y como hacen muchas jóvenes que se ganan la vida de forma honrada y honesta.

Había dicho eso para disgustar a Alicia y acertó de pleno. Con cierto pesar, deseó a su familia un «día agradable» y abandonó el comedor.

Durante un instante reinó el silencio. Elisabeth masticaba un panecillo de pasas con mantequilla y Katharina se sirvió su segunda taza de té. Alicia, por su parte, se había hecho con el periódico y fingía leer las noticias de sociedad. Sin embargo, lo único que pretendía era dominar sus emociones.

—¿No tenéis nada que contarme? —inquirió levantando la vista del periódico.

—Tuvimos, bueno, tuvimos una riña —empezó a decir Katharina.

—Por desgracia —añadió Elisabeth—, por desgracia la situación se nos fue un poco de las manos…

Alicia contempló a sus hijas, que clavaban la vista en los platos del desayuno con actitud arrepentida. Era como si el tiempo se hubiera detenido. ¿No se había esforzado suficientemente en educar a sus hijas como señoritas? ¿No habían pasado ambas varios años en un internado suizo muy prestigioso? La noche anterior se habían peleado como dos niñas pequeñas.

—¿De qué asunto se trataba?

Elisabeth dirigió una mirada de odio hacia su hermana. Kitty frunció los labios y levantó la barbilla.

—Por un cascanueces —dijo—. Esa figurita de madera que compramos en el mercado de Navidad. ¿Te acuerdas, mamá?

Alicia arrugó el ceño. Otra vez esas tonterías de Katharina. Un cascanueces. Una figurita de madera con un uniforme rojo y negro que tenía un aspecto ligeramente británico. Se le metía una nuez en la boca y luego se le hacía mover la mandíbula inferior con una palanca. Diez años antes, la pequeña Elisabeth la había visto en el mercado navideño y había insistido en que se la compraran.

—Me lo llevé del dormitorio de Elisabeth y ella se enfadó.

Capítulo 9

9

El estruendo en la sala era tan grande que había que hablar a gritos para hacerse entender. Johann Melzer reparó en que los tres caballeros de la delegación estadounidense torcían el gesto con disgusto. ¿Qué esperaban? Las máquinas de hilar, las selfactinas, se separaban para torcer el hilo y luego, cuando el carro regresaba a su sitio, el hilo obtenido se enrollaba en las bobinas. Todo aquello generaba un estrépito de fricciones y traqueteos, al que se sumaba el silbido de las hebras y todo tipo de ruidos mecánicos. Muy molesto para oídos sensibles, pero los obreros estaban acostumbrados. Por lo demás, esas máquinas, aunque no eran nuevas, funcionaban a la perfección. Cada una estaba controlada por cinco operarios. El hilador se encontraba en la testera y se encargaba de regular la tensión de los hilos. El anudador y su segundo se desplazaban con el carro para anudar los hilos que se soltaban y reponer las bobinas llenas por otras vacías. El ayudante de selfactina y el ayudante de reserva tenían que limpiar la máquina mientras estaba en marcha porque se cubría de polvo constantemente. La calidad del trabajo era responsabilidad del hilador, y también el salario de los operarios ya que estaba en función de la cantidad de bobinas de hilo completas.

—¡Impresionante! —le gritó al oído el jefe de la delegación, el señor Peters—. ¡Buena máquina! ¡Buenos operarios!

El señor Peters se había quitado el sombrero para hablar; tal vez creyera que así su voz sonaría más fuerte. Aquel caballero hablaba un alemán aceptable ya que era hijo de una familia emigrada de Frisia Oriental; en aquellos tiempos se llamaban Petersen y se ganaban la vida a duras penas como pescadores de costa. Los otros dos caballeros solo hablaban inglés, pero parecían entendidos en el tema. Estos se aproximaron sin miedo a las máquinas sibilantes, clavaron la vista en el sistema mecánico, tocaron el hilo y preguntaron si las máquinas funcionaban exclusivamente con fuerza hidráulica.

—Antes sí. Hoy, solo en parte. Tenemos dos máquinas de vapor: una para la hilatura y otra para la tejeduría.

Parecían impresionados, lo cual no dejaba de sorprender al señor Melzer. En la zona de las fábricas, todas las manufacturas tenían máquinas de vapor; no era algo de lo que sentirse especialmente orgulloso. Cuando se dio cuenta de que el señor Peters intentaba hablar con una operaria, intervino.

—Le ruego, por favor, que no distraiga a los trabajadores.

El señor Peters enarcó las cejas disgustado pero obedeció. Sin embargo, al llegar a la parte posterior de la planta, donde se encontraban las máquinas continuas de anillos, se olvidó de su disgusto al instante. Aquella tecnología era nueva y se utilizaba en muchas fábricas, aunque no se había consolidado del todo. Y era evidente que las continuas del señor Melzer funcionaban a las mil maravillas. La ventaja de aquellas máquinas consistía en que, gracias al movimiento circular, el hilo se torcía y se devanaba sin interrupción. Melzer debía la perfección técnica de sus continuas de anillos a un antiguo socio que, lamentablemente, había fallecido.

—¡Eso es fabuloso, señor Melzer! Great! Wonderful!

El señor Peters y sus dos acompañantes estaban fuera de sí: se acercaron a toda prisa a una de las continuas y, mientras señalaban detalles con el dedo, se gritaban palabras en inglés entre ellos. El señor Melzer se dio cuenta de que aquello molestaba a las trabajadoras y fue objeto de varias miradas inquisidoras. Huntzinger, el capataz, observaba con desconfianza a esos hombres vestidos de negro y se pasaba repetidamente la mano abierta sobre el bigote, un gesto que en él era señal de descontento.

El señor Melzer le hizo un gesto con la cabeza para tranquilizarlo. Semanas atrás esos caballeros se habían presentado como una «Delegation from Cotton Textiles Ltd., New York» en un mensaje de telégrafo en el que también pedían una cita para realizar una visita. Era una relación comercial muy prometedora: ellos estaban interesados en tejidos como el satén y el damasco, y ofrecían a cambio algodón en bruto muy barato. Indicó con un guiño a Huntzinger que hiciera a un lado a los caballeros, pues de lo contrario la operaria no habría podido cambiar las bobinas. Entonces tomó por el brazo al señor Peters con un gesto amistoso y se lo acercó.

—Ahora pasaremos a las salas del otro lado. ¡Ahí es donde se tejen las telas!

—Ah, sí. Muy bien, muy bien.

Al salir al patio, el silencio se desplomó sobre ellos y los oídos se les quedaron abotargados. Últimamente, de vez en cuando el señor Melzer notaba un zumbido intenso que se desvanecía al cabo de un rato. Aquel día no había tiempo para atender a sus maltratados oídos: al entrar en una de las salas de los telares el nivel acústico volvió a aumentar de modo ensordecedor. Los lucernarios inclinados, que por fuera parecían enormes dientes de sierra, tenían los cristales orientados hacia el norte. De este modo, la luz del sol no entraba directamente en las salas y se obtenía una iluminación uniforme.

El señor Melzer, como director, recibía saludos sumisos por doquier. Al ir acompañado de la delegación extranjera le llamó la atención el modo en que los operarios se apresuraban a descubrirse las gorras y deseaban buenos días al señor director. También las sonrisas y las inclinaciones de cabeza de las mujeres tenían cierto aire de devoción. No le molestaba que sus empleados le mostrasen respeto. Eso era algo obvio; de hecho, si alguien vacilase en ese sentido pronto se encontraría en la calle. Sin embargo, había una diferencia entre el respeto y el servilismo, que era algo insufrible para él.

La delegación examinó con atención los tejidos fabricados; también los telares parecieron interesarles. Acariciaron con indiferencia el barragán, pues era un tejido que cada vez tenía menos demanda. En cambio, el brillante satén, que había empezado a utilizarse para la ropa de cama, tuvo una gran acogida. Era un producto de calidad y ningún fabricante textil de Augsburgo podía hacerle sombra. Prácticamente se lo quitaban de las manos. Los tres caballeros se quedaron boquiabiertos ante los telares en que se tejían diseños complejos a partir de unas tarjetas perforadas. En estas máquinas se tejía el damasco para los manteles. En otros tiempos, este tipo de tela solo decoraba las mesas de los ricos y de los nobles, pero ahora, gracias a la fabricación industrial, también las familias burguesas podían permitirse tener manteles de damasco.

—Es mejor que el de Inglaterra —le gritó el señor Peters al oído—. Esta máquina es so easy. No es complicada. Funciona a la perfección.

—Así es —corroboró Melzer de forma escueta.

Ellos querían saber por qué unas máquinas que en otras fábricas se estropeaban con frecuencia y daban muchos problemas, en las instalaciones de Johann Melzer llevaban años funcionando muy bien. Aquello lo halagó, pero no soltó prenda. Sorry, dijo. La respuesta estaba en unos sofisticados detalles técnicos que eran secreto de empresa.

Mientras atravesaban el patio, desvió la atención de sus invitados hacia su parque de vehículos. Disponía de varios carruajes de tiro con los que transportaba los tejidos ya preparados hasta una estación de tren cercana desde donde se distribuían. Además, contaba con tres automóviles, pero eran para su uso privado. Él era un apasionado de esas maravillas de la técnica, que cada vez eran más perfectas y rápidas. Si hubiera podido librarse de su estricta educación, tendría ya varios coches de carreras. Sin embargo, en su juventud había aprendido que nadie tenía derecho a malgastar el dinero en lujos superficiales. Sus tres limusinas se explicaban porque no solo las utilizaba él sino también su familia, sobre todo su esposa, que estaba ligeramente impedida y no podía ir a pie a todas partes. Solo cuando estaba a solas con su hijo Paul afloraban de vez en cuando esos sueños reprimidos. En ese sentido, Paul no conocía límites: Benz había fabricado un coche de carreras fantástico, pero Opel estaba haciendo lo mismo. Tal vez fuera mejor esperar.

—¿Me permiten que los invite a un pequeño refrigerio después de la visita?

—Es usted muy amable, señor Melzer. Aceptamos encantados.

—Para mí es un honor. No todos los días la bonita ciudad de Augsburgo recibe visitas de ultramar.

Les habían preparado salchichas blancas con bretzel salados, mostaza, huevos, pepinillos y rebanadas de pumpernickel con queso. Todo ello regado con un Riesling, así como limonada y cerveza de Augsburgo. Los invitados se sirvieron con fruición, pero Melzer solo tomó un par de salchichas y bebió limonada. La noche anterior había bebido demasiado coñac y por la mañana el estómago había protestado, por lo que prefería no tomar alcohol ese día.

Tras intercambiar todo tipo de fórmulas de cortesía, el señor Peters le dijo que su fábrica los había impresionado mucho. Afirmó que, aunque no era tan grande como otras de la zona, resultaba muy eficaz. De este modo hizo evidente que habían visitado Augsburgo a fondo. Añadió que tenía unos tejidos muy originales y buena maquinaria. Todo estaba organizado de un modo cabal. Sus trabajadores eran muy capaces. Entonces le preguntó si había construido casas para ellos.

El señor Melzer concluyó que no pretendían comprometerse aún; seguramente había otras fábricas en su plan de visitas. Eso lo irritó. Y lamentó el tiempo que estaba perdiendo mientras al otro lado, en la sala de estampación, se ensayaban las primeras muestras. Entonces se vio obligado a explicar que él, al igual que la mayoría de los empresarios textiles, ponía a disposición de sus empleados cierto número de viviendas. Estaban siempre ocupadas, dos familias por cada edificio, y disponían de un pequeño jardín en el que se podía cultivar fruta y verdura. Había quienes incluso criaban conejos y cabras. Como no podía ser de otro modo, se sopesaba muy bien qué personas podían obtener estas viviendas. El señor Melzer no consentía ni a los bebedores ni a los violentos. Tampoco las podía ocupar nadie que perteneciera a un sindicato o a cualquier otro tipo de asociación de trabajadores. Su empresa no necesitaba a esa clase de gente porque él ya se cuidaba de ellos. Incluso había hecho construir una guardería para los hijos de sus empleados y una zona de baños para los operarios.

Por fin, después de esa sarta de palabrería inútil, sus invitados abordaron el asunto que los había llevado hasta allí. Le prometieron que en el futuro adquirirían cantidades considerables de satén y de damasco para manteles; además, querían comprarle una continua de anillos. Su decepción fue mayúscula cuando él se negó. Hubo sacudidas de cabeza, lamentos sentidos, alusiones veladas a la competencia en Augsburgo, que sin duda sabría apreciar una relación comercial como aquella. El señor Melzer mantuvo la compostura, pero no cedió. Él necesitaba las máquinas para él y ninguna abandonaría sus instalaciones. Sin duda estaba interesado en la venta de satén y damasco, solo era cuestión de ponerse de acuerdo en el precio.

—Ya nos pondremos en contacto con usted…

La despedida fue rápida y algo gélida. La experiencia le decía que aquella relación comercial, que a primera vista le había parecido tan prometedora, iba a quedar en saco roto. Tal vez fuese mejor así. Esos caballeros no le habían parecido trigo limpio.

—¡Retire esto de aquí! —espetó con enojo a su secretaria señalando con un gesto vago los platos y los vasos.

—¡Ahora mismo, señor director!

Tenía a dos secretarias que se dedicaban a la correspondencia importante, que supervisaba él en persona. Ambas habían dejado atrás la juventud, usaban gafas y llevaban el ceñido corsé debajo de sus blusas de color claro. La señorita Hoffmann tenía una risa ridícula, pero escribía tan bien que, en quince años, solo en dos ocasiones le había encontrado una falta en un escrito. La otra, la señorita Lüders, era una persona muy juiciosa, callada, eficiente y poco dada a las bromas. Al principio Melzer contrató a dos chicos jóvenes, pero al poco tiempo se dio cuenta de que se sentía más cómodo con mujeres. Eran más rápidas, más sumisas y más baratas. Además, se desenvolvían mejor en tareas prácticas como hacer café, encender las estufas, cuidar de las plantas o preparar un refrigerio.

Cuando ya se disponía a ir a toda prisa hacia el nuevo taller de estampación le llegó a los oídos el anuncio de la señorita Lüders. Esta hablaba siempre a media voz y en un tono contenido, pero cuando anunciaba a alguien solía tratarse de algo importante. Tenía buen tino para discernir a quién debía mandar de vuelta y a quién debía dejar pasar.

—La directora del orfanato de las Siete Mártires espera en la antesala.

El señor Melzer se detuvo en seco y su estado de ánimo, ya de por sí sombrío, se vino aún más abajo. La señorita Pappert. Codiciosa como era, seguro que solo estaba ahí para pedirle algo. Esta vez se iría con las manos vacías. Le habían tomado el pelo durante demasiado tiempo. Si continuaba importunándolo con su desagradable presencia, exigiría una revisión exhaustiva de los libros contables.

—Hágala pasar. Tengo poco tiempo.

—Se lo haré saber, señor director.

Ertmute Pappert llevaba un vestido gris muy arrugado, hecho para un cuerpo más voluminoso que el suyo. En cambio, el sombrero prendido sobre su pelo teñido de rubio era muy pequeño, parecía un barco navegando a la deriva en un mar ondulado. Su sonrisa no había cambiado en años e irradiaba benevolencia y misericordia. Ertmute Pappert había dedicado su vida a las huérfanas. La institución que dirigía estaba a cargo de la Iglesia, y la casa situada en la parte baja de la ciudad era propiedad de la Iglesia católica. Con todo, con los años la mujer había conseguido un buen número de benefactores para su tarea encomiable. Entre ellos, el señor Melzer.

—¡Que Dios lo bendiga, querido amigo! —exclamó ella—. No se preocupe, no lo apartaré mucho tiempo de sus importantes obligaciones. Solo quiero que me dedique un minuto. Es todo cuanto le pido.

El señor Melzer tragó saliva. No le gustaba que esa mujer lo llamara «querido amigo». Menos aún, después de haber visitado el orfanato por dentro. Y también por esa chica. Desnutrida y enferma. Un poco más y habría muerto de hambre.

—Si se trata de otro donativo, señora Pappert… En este momento la empresa se encuentra en una delicada situación económica, por lo que lamento mucho…

—¡Líbreme Dios, querido amigo! —exclamó con un horror bien fingido.

¡Cuánta comedia! Por su expresión se diría que acababa de ser acusada injustamente de un delito. Pero él estaba seguro de que había ido a pedirle dinero.

—Solo venía a interesarme por mi pequeña Marie. ¿Qué tal su primer día en su casa? Solo quería… ¡Oh, vaya, disculpe! Tengo que sentarme. Es la anemia, ¿sabe? De vez en cuando siento un mareo repentino.

—¿Quiere un vaso de agua? —preguntó él, obligado.

—Sería todo un detalle, querido amigo.

—¡Señorita Hoffmann!

La señorita Pappert tomó un sorbo de agua de soda y luego posó el vaso con cuidado sobre la mesita de ébano. El señor Melzer había permanecido de pie. No tenía intención de extender la conversación ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

—¿Está usted mejor?

Él mismo notó que por el tono empleado, su pregunta no solo había sonado poco compasiva sino que incluso había parecido amenazadora. En cualquier caso, la señorita Pappert era dura de pelar: sonrió con dulzura y le dio las gracias. Sí, en efecto, gracias a sus atenciones ahora se sentía mucho mejor.

—En cuanto a su interés por Marie —prosiguió él sin perder más tiempo—, por lo que he oído, ha trabajado con diligencia en la cocina y parece haberse adaptado bien.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la señorita Pappert doblando las manos—. La chica es realmente hábil…

—Lo que nos ha sorprendido mucho —dijo él interrumpiéndola— han sido sus escasas pertenencias. Además de vestidos y delantales adecuados, mi ama de llaves ha tenido que darle zapatos, calcetines e incluso ropa interior. ¿Cómo es posible?

Ertmute Pappert se echó las manos a la cabeza y aseguró que Marie había salido del orfanato bien equipada, con ropa y mudas. Ella en persona se había ocupado de que Marie Hofgartner llevara un hatillo bien repleto…

—En su opinión, ¿dónde cree que han ido a parar esas cosas?

Eso solo Dios lo sabía. En cualquier caso, afirmó, Marie era de las que siempre miraban en beneficio propio y en la ciudad baja había varios prenderos. Aunque, por supuesto, con eso no pretendía decir nada, que Dios la guardara; ella no sabía nada de esas cosas.

El señor Melzer no le creyó ni una sola palabra, pero no había modo de descubrirla. Tres semanas atrás había sido informado de que la chica había sufrido una hemorragia. Por algún motivo, aquella noticia lo alteró sobremanera y fue a visitarla al orfanato. Sin embargo, ella ya no estaba ahí, la habían trasladado a un hospital. Aprovechó su presencia en el edificio para que le enseñaran las habitaciones: las oscuras y desgastadas salas de entretenimiento; el dormitorio, en el que había una fuerte corriente de aire; la cocina, mugrienta. Examinó también a las chicas: ropas remendadas, zapatos agujereados, rostros pálidos. ¿En qué empleaba la señorita Pappert las enormes sumas de dinero que recibía? Saltaba a la vista que a las pupilas no les destinaba gran cosa. ¿Acaso el obispo no la supervisaba?

—Por desgracia, Marie Hofgartner ha resultado tener mucho carácter —empezó a decir la señorita Pappert con prudencia mientras sonreía de forma bondadosa—. Le cuesta adaptarse. Es la viva imagen de su madre…

El señor Melzer sintió una punzada en el corazón. Los pequeños ojos celestes de la señorita Pappert brillaban al acecho mientras su boca mantenía su sonrisa beatífica.

—¿Su madre? ¿A qué se refiere?

—Bueno, como sabe, todos los niños tienen madre —contestó Ertmute Pappert como si estuviera anunciando una gran noticia.

Siguió diciendo que la pobre Marie era muy pequeña cuando perdió a su madre. Aun así, estaba en su derecho de saber algo acerca de su madre biológica…

—El padre Leutwien y mi humilde persona hicimos indagaciones acerca de la madre de Marie, para mostrarle su tumba a esa desdichada. El cura se acordaba bien de Luise Hofgartner y fue a consultar el registro parroquial. No se figura usted lo que encontró allí.

El señor Melzer palideció. ¡Qué bien le habría sentado en ese momento un buen trago de agua! No, mejor de coñac. O tal vez de whisky irlandés. O de aguardiente de pera del Tirol.

—¡Señorita Pappert, no estoy de humor para adivinanzas!

Ella hizo un ademán de espanto. En tono compungido señaló que sabía que él tenía poco tiempo, y que allí estaba ella entreteniéndolo con naderías. El señor Melzer sintió un impulso tremendo de arrojar a ese ser malévolo al patio, lanzándola por la escalera de una buena patada.

—¡Hable de una vez!

—El padre Leutwien descubrió en el registro parroquial un hecho asombroso: Luise Hofgartner estaba casada. Su marido…

—¡Cállese! Esas cosas no le importan a nadie. ¿Marie lo sabe?

Ahora la señorita Pappert era todo indulgencia y bondad; solo observándola con mucho detenimiento se habría podido ver el triunfo brillándole en la mirada.

—Por supuesto que no. No queríamos preocupar a la pequeña con esas cosas. No mientras siga siendo menor de edad. Lo único que sabe es que su madre está enterrada en la fosa común del cementerio de Hermanfriedhof, sin lápida alguna.

—¿Quién más?

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Si además de usted y el padre Leutwien, hay alguien más que esté al corriente —le aclaró en tono impaciente.

—Oh, no, nadie. ¡Líbreme Dios! No soy una chismosa, querido amigo. Aunque puede que haya personas mayores, vecinos, que por entonces viviesen allí y fueran testigos del tormento que tuvo que pasar esa mujer…

El señor Melzer sintió como si una pared oscura se le viniera encima. Era una sensación que a veces se apoderaba de él a última hora del día, y que resultaba de lo más desagradable porque le arrebataba cualquier control sobre sí mismo. Se podía anular con alcohol. Con alcohol y una voluntad de hierro.

—Señorita Pappert, reconsideraré mis aportaciones para el orfanato. Es posible que, pese a todo, podamos dar con alguna solución.

—¡Alabado sea el Señor! —celebró ella mientras aplaudía—. Sabía que no dejaría en la estacada a mis pobres niñas inocentes. Así pues, puedo confiar en que continuaremos…

Era una chantajista, taimada y despiadada. ¡Cómo es que nadie había logrado destapar aún las falsedades de esa mujer! Esa araña codiciosa tenía que tener una cuenta bien holgada en algún sitio.

—Puede usted confiar, señorita Pappert.

Se dijo que pronto iría a cantarle las cuarenta al cura, aunque era una persona íntegra que no se aprovecharía de lo que sabía. Además, como era sacerdote, posiblemente farfullaría alguna cosa sobre la confesión y el alivio de la conciencia. Y luego, claro, extendería la mano.

Cuando la señorita Pappert desocupó por fin su asiento y se marchó del despacho entre innumerables y exageradas muestras de agradecimiento, Alfons Dinter, el joven capataz del taller de estampación, aguardaba en la antesala.

—¿Y bien? ¿Cómo ha ido? ¿Satisfecho?

Por la expresión preocupada del joven dedujo que algo había salido mal.

—No, señor director. No estoy nada satisfecho. El rapport se queda corto por un milímetro. Aunque es un trozo diminuto, se ve el punto en el que el rodillo vuelve a aplicar la muestra. Resulta exasperante.

Asimiló la noticia con serenidad. Tres meses de duro trabajo tirados por la borda. Tendrían que empezar de nuevo. ¡Por todos los diablos, antes una cosa así no habría ocurrido!

Capítulo 10

10

Marie realizaba su trabajo de buena gana pero sin prisas. Dedicaba a cada tarea el tiempo necesario, y lo hacía a conciencia y de forma correcta para que cada vez resultara más difícil reprocharle su torpeza o su incapacidad.

—¿Es que no sabes ir más lenta? Ya creía que no volverías hasta mañana por la mañana. Pon la leña ahí. Y ahora siéntate y pela las manzanas.

—Lo haré enseguida. Pero antes tengo que ir un momento con Else. Por las cortinas.

—¡Al cuerno con sus cortinas!

—Y tengo que acompañar a Auguste con el cubo y el recogedor.

—Si en cinco minutos no estás aquí sentada pelando manzanas, te agarraré por los pelos y te arrastraré hasta la cocina. Ya enseñaré yo a las demás a no arrebatarme la ayudante de cocina…

—Estaré aquí en un instante.

Corrió por la escalera de servicio hasta el primer piso y avanzó con sigilo por el pasillo, que tenía el suelo cubierto con una alfombra verde y blanda. ¿Dónde estaría la biblioteca? Aguzó el oído. A la izquierda estaba el comedor, donde estaban desayunando la señora y sus hijas. No oyó ninguna voz masculina en la conversación: o el señor estaba muy callado, o ya se había marchado a la fábrica. Al lado estaba el salón rojo y, al otro lado, el salón de los caballeros y el despacho del señor. La biblioteca tenía que estar a la izquierda, junto al salón rojo. Apoyó la oreja contra la puerta plafonada y lacada en blanco. Oyó que algo se arrastraba. Else estaba descolgando las cortinas de las barras metálicas y el ruido que se oía eran las anillas de las que pendían las cortinas. Aquel era el sitio.

—¡Mira qué bien!

Marie se dio la vuelta, sobresaltada. A su espalda, una de las señoritas había salido del comedor.

—Yo… solo quería…

—… espiar detrás de la puerta, ¿no es así?

—Quería saber si esto era la biblioteca.

La señorita se echó a reír. Una risa clara, breve y burlona.

—Querías oír el crujido de los libros, ¿no? Es la excusa más rara que he oído jamás.

Era una muchacha rubia y llevaba un ampuloso vestido de mañana en tono rosado, repleto de encajes. Por su papada doble, parecía estar bastante entrada en carnes.

—No, señorita. Solo quería saber si Else estaba retirando las cortinas. Por eso escuchaba. No quería entrar en una estancia equivocada e incomodar a nadie.

Aquella explicación profusa obtuvo como respuesta una sacudida de cabeza llena de incomprensión.

—Tú debes de ser la nueva ayudante de cocina, ¿verdad?

—Sí, señorita. Me llamo Marie.

Hizo una reverencia, contenta de llevar el vestido nuevo de franela que le habían regalado. Con él tenía un aspecto mucho mejor que cuando llevaba la falda harapienta del orfanato.

—Atiende bien, Marie —respondió la señorita en tono frío—. Si te vuelvo a ver escuchando detrás de las puertas, me encargaré personalmente de que seas despedida de inmediato. ¿Lo has entendido?

—Sí, señorita.

La joven dama tomó un extremo de su holgado vestido y se dio la vuelta con elegancia. La tela liviana se hinchó como una nube de encajes de color rosa.

—Y ahora, a trabajar —dijo a Marie, hablándole por encima del hombro—. ¡Vamos, holgazana!

No vio la reverencia sumisa de Marie, que, por su parte, sí vislumbró la pantorrilla de la señorita cuando su vestido se le levantó un poco. Era gorda y blanca como una oruga.

«No tiene nada de guapa», se dijo mientras acarreaba una cesta con cortinas polvorientas por la escalera de servicio hasta el lavadero. «Pero eso no impedirá que encuentre un novio con dinero porque es la hija del industrial Melzer.»

Tres veces tuvo que llevar una cesta repleta de ropa hasta el lavadero, procurando no pillarse las manos con las paredes encaladas de la estrecha escalera. Cuando se disponía a bajar la cuarta cesta, Auguste le salió al paso.

—¡Así que estabas aquí! ¡Vamos, coge la escoba y el cubo! ¡Y el recogedor también! Vamos, no te duermas.

Se dirigieron a la segunda planta, donde Auguste tenía que ordenar los dormitorios de los señores. Esa era una tarea que solía hacer con Else, pero como esta tenía que retirar las cortinas, no podría ayudarla hasta más tarde.

—¡Hay que ver! ¡Menuda pocilga! —musitó Auguste.

Ese tenía que ser el dormitorio donde se había producido la disputa nocturna. Marie se quedó en el umbral por prudencia, observando cómo Auguste se dirigía hacia la ventana. La doncella tuvo que avanzar con cuidado, como una cigüeña, para no pisar las cosas que estaban tiradas por el suelo. Solo cuando hubo descorrido las cortinas y abierto las hojas de la ventana, vio que era ropa interior delicada mezclada con trozos de objetos hechos añicos, papeles rotos, pinceles, tubos y lápices.

—¿Qué haces ahí plantada? A ver si te van a salir raíces. Vamos. Los trozos de loza, al cubo. No se pueden arreglar. ¡Qué lástima! ¡Esas figuritas valían una fortuna!

Para entonces Auguste había olvidado por completo su enojo con Marie. Necesitaba hablar con alguien, pues de lo contrario se habría venido abajo ante ese desorden. ¡Virgen santísima! La señorita se había hecho traer aquellas figuritas blancas desde Italia. Eran muy poco decorosas, de hombres y mujeres desnudos en todas las posturas posibles. No entendía cómo sus padres habían permitido tal cosa siendo ella una señorita tan bien educada. Pero, en fin, ahora estaban todas rotas. Tal vez eso fuera una buena cosa.

Marie no opinaba igual. Recogió con pesar los pedazos rotos. Algunos no podían salvarse, pero otros se habrían podido recomponer con un poco de yeso.

—La señorita Elisabeth tenía que estar furiosa —siguió parloteando Auguste—. No es de extrañar. Else dice que vio al teniente arrodillado ante la señorita Katharina. En el salón rojo y a solas…

Auguste sacudió la sábana, sobre la cual había muchos trocitos de papel y varios lápices. Gimió al ver la sábana manchada de carboncillo y decidió que había que cambiarla.

—Recoge todos los lápices y los dibujos que puedan aprovecharse y colócalos en la mesa, junto al caballete.

Marie se quedó absorta mirando un dibujo que mostraba un jardín rodeado por una verja de hierro. Detrás, delicadamente insinuados, se veían la maleza, los árboles y un prado. La puerta del jardín y el lado derecho del dibujo estaban rotos. ¡Qué lástima!

Apartó la hoja y se dispuso a cumplir las órdenes de Auguste. Dibujar. Qué arte tan maravilloso. ¡Y qué suerte disponer de tanto papel y de lápices! Y no tener que hacer otra cosa durante el día más que dibujar. Qué envidia le daba la señorita Katharina.

Capítulo 11

11

Hacia las once de la mañana, un jinete desmontó ante la entrada de la villa. Bliefert, el jardinero, que en ese instante estaba podando un rosal, dejó en el suelo las tijeras para sostener el caballo del invitado. Era un teniente y, si la vista no lo engañaba, ese joven había frecuentado la mansión como invitado.

—¡Átelo en cualquier sitio! ¡No voy a estar mucho rato!

—Desde luego, señor.

El jardinero inclinó la cabeza, tal como había aprendido en la hacienda de la señora cuando era joven. También él había acompañado a Alicia von Maydorn a Augsburgo desde Pomerania. Allí había aprendido lo que era respetar a los señores. En el campo aún había señores de buena cepa que merecían tal respeto, pero ese joven impertinente ni siquiera lo había mirado: se había limitado a arrojarle las riendas y ahora se dirigía a toda prisa hacia la mansión. ¡Qué prisas! Corría como alma que lleva el diablo.

Auguste dio un énfasis especial a su reverencia cuando abrió la puerta de entrada. Ese teniente tan apuesto le había gustado desde el principio. Esbelto, delgado, mejillas sonrosadas, ojos brillantes, y ese uniforme que le sentaba como un guante.

—Klaus von Hagemann. No he anunciado mi visita. Solicito a la señora Melzer el favor de una breve entrevista.

¡Qué pálido estaba hoy! No había ni rastro de sus mejillas sonrosadas. Su aspecto parecía indicar que se había pasado la noche en blanco.

—Si hace el favor de tomar asiento un instante…

Ella lo acompañó hasta el vestíbulo, desde el cual partía la escalera que llevaba a las estancias nobles. El lugar estaba decorado con muebles de estilo colonial y tenía numerosas plantas en macetas. Auguste se apresuró a subir por la escalera; el corazón le latía con fuerza porque estaba preocupada por el joven teniente. ¿Dónde se había metido la señora? Hacía rato que habían despejado el comedor. ¿Estaría en la biblioteca supervisando la colocación de las sillas para la velada de la tarde? Pues no. Su voz venía del salón rojo. A pesar de la prisa, Auguste decidió por prudencia escuchar junto a la puerta. Con el único fin, claro está, de no entrometerse por equivocación en una conversación familiar íntima.

—Elisabeth, esperaba más autodisciplina por tu parte. Eres la mayor y deberías contener tus arrebatos. Y más cuando sabes que Katharina tiene los nervios delicados.

—Sí, mamá.

—Lo que ha ocurrido esta noche en el dormitorio de Katharina no tiene nombre. Deberíais avergonzaros. Ahora el servicio tiene que limpiar ese campo de batalla.

—Sí, mamá.

—Si vuelve a ocurrir una escena así, aunque solo sea una vez, tendré que contemplar la idea de separaros. No me cabe duda de que unos meses en la hacienda de los abuelos en Pomerania te vendrían muy bien, Elisabeth.

En la voz de la señorita se advirtió el espanto más absoluto. Pomerania debía de ser un sitio realmente aburrido. Estaba donde Cristo perdió la sandalia.

—¿Cómo? ¿Ahora que empieza la temporada de bailes? Mamá, no puedes hacerme eso…

—Sí, si mis dos hijas no saben ser amables la una con la otra.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no enviáis a Katharina a Pomerania?

Oh, oh. Mal asunto. Ese comentario no había sido acertado. Había colmado la paciencia de la señora. Elisabeth siempre llevaba las de perder.

—Porque Katharina debuta este año y tú ya llevas dos años participando. Y ahora, Lisa, no quiero oír nada más.

Auguste decidió que había llegado el momento de llamar a la puerta y anunciar al teniente. La señora la miró con una leve irritación, mientras que en la expresión de la señorita se dibujaba una gran agitación.

—¿El teniente Von Hagemann? —preguntó la señora en un tono muy distinto y una sonrisa en el rostro—. ¡Que espere un momento!

Auguste cerró la puerta y se apresuró por la escalera. Logró oír a la señora comentar con satisfacción:

—¡Qué sorpresa tan agradable! Lisa, ¿no tienes nada que decir?

—Mamá, no. No es lo que tú…

Auguste no oyó lo que la señora Melzer contestó a su hija. Abajo, en el vestíbulo, el teniente iba de un lado a otro entre las plantas, como un tigre enjaulado.

—La señora Melzer le ruega que espere.

Él la siguió por la escalera que llevaba hasta el salón. Auguste volvió a hacerle una reverencia junto a la puerta y dibujó su mejor sonrisa, de la cual él no se dio ni cuenta. De todos modos, le deseó suerte.

Alicia había pasado al comedor e hizo esperar al joven unos minutos. Por un lado, para aumentar la emoción y, por otro, porque él se había presentado sin anunciarse y no quería que pensara que no tenía nada que hacer. Él estaba apoyado en el borde de una butaca y, cuando ella entró en el salón, se levantó de un salto. Alicia lo miró atentamente, pero solo constató que estaba pálido y que parecía no haber dormido.

—Disculpe, señora, esta visita por sorpresa…

Insinuó un besamanos y ella notó que tenía los dedos muy fríos.

—Teniente Von Hagemann, no voy a negarle que estoy sorprendida. Sin embargo, como por mi parte también deseaba hacerle unas preguntas, su visita me resulta muy conveniente. Siéntese, por favor. ¿Té, café?

Él no quiso tomar nada y, para asombro de ella, empezó a dar vueltas por la estancia con la respiración entrecortada y sacudiendo los brazos. Hasta que se detuvo y le dirigió una mirada tan implorante que la conmovió.

—Lo siento, señora. Sin duda le debo parecer un loco, y admito que desde ayer por la noche no sé lo que me hago.

—¡Por el amor de Dios! Cálmese usted.

—Se lo ruego, ayúdeme. Si usted no me socorre, no sé lo que voy a hacer…

De joven, Alicia había presenciado muchos arrebatos pasionales; sus hermanos, tan frívolos siempre, habían protagonizado escenas muy similares, sobre todo cuando necesitaban dinero. Por eso en esta ocasión su sentido común se impuso ante toda posible simpatía e invitó enérgicamente al joven a contenerse. De lo contrario, dijo, se vería obligada a pedirle, con mucho pesar, que abandonara su hogar.

La reprimenda tuvo un efecto inmediato y el teniente recuperó la sensatez. Inspiró hondo y habló con voz baja pero firme.

—Ayer por la noche tuve la osadía de seguir a su hija hasta este salón. Estuvimos unos minutos a solas, pero tiene usted mi palabra de que no me aproveché de esa circunstancia y que no obré con fines deshonestos. Al contrario…

—Teniente, estoy indignada. Ha traicionado usted mi confianza y la de mi marido; además, ha abusado de nuestra hospitalidad.

—Señora —la interrumpió en tono abatido—, le propuse matrimonio a su hija. No creo que la unión de nuestras familias vaya en contra de sus intereses. Pero antes, evidentemente, quería comunicar a mi elegida mis intenciones. Para saber si ella quiere ser mía…

Alicia miraba con recelo a ese joven tan nervioso. Elisabeth no le había contado nada.

—¿Y bien? ¿Qué le contestó mi hija?

Él suspiró e hizo un gesto de desesperación.

—Esa es la cuestión, señora. No me respondió. Ni una palabra, ni un asentimiento. Nada. Luego nos interrumpieron.

—Entiendo —contestó ella—. Supongo que apareció el ama de llaves.

—No, su hija Elisabeth —admitió él, compungido—. Como puede figurarse, fue una situación muy incómoda.

Alicia miró petrificada al joven. ¿Qué tonterías estaba farfullando? ¿Acaso había bebido?

—¿Elisabeth? No lo entiendo, teniente Von Hagemann. ¿No acaba usted de decirme que le propuso matrimonio a mi hija Elisabeth?

Él negó con la cabeza y sacudió los brazos.

—Oh, no, señora. Yo me refería a su hija Katharina.

Fue entonces cuando a la esposa del industrial se le cayó la venda de los ojos. La riña de sus hijas la noche anterior. La rabia de Elisabeth hacia su hermana. Su extraña reacción momentos antes. Santo cielo, eso tenía que haber sido muy duro. Sin embargo, para Alicia era todavía peor que Elisabeth no se hubiera sincerado con ella.

—Señora, le ruego que me ayude —suplicó el teniente, que en su excitación era incapaz de atender a las emociones de su interlocutora—. Hable con Katharina. Estoy preparado para recibir la respuesta, sea la que sea, pero no soporto esta incertidumbre. En pocos días debo regresar al regimiento y…

—Entiendo.

—Así pues, ¿no hay ninguna posibilidad de hablar con su hija unos instantes?

—Lo lamento.

Él dejó caer los brazos, resignado. Qué muchacho tan atolondrado, se dijo Alicia. Era joven e inexperto, pero el ardor lo consumía por dentro. Así lo habría expresado su padre. Era como esos muchachos que en otros tiempos frecuentaban su hacienda en Pomerania y que, por desgracia, jamás le propusieron matrimonio a ella, Alicia von Maydorn.

—Mi querido y joven amigo —empezó a decir en tono suave—, permítame que, como madre de un hijo y dos hijas, le dé un consejo. Su empresa, aunque noble, me parece demasiado apresurada. Katharina apenas ha cumplido dieciocho años. Este invierno será presentada en sociedad y…

—Precisamente eso es lo que me preocupa, señora —la interrumpió, agitado—. Cuando Katharina se convierta en la reina de la temporada de bailes y todos los jóvenes caballeros caigan rendidos a sus pies, ¿sabrá distinguir entre quienes tienen intenciones serias y honorables y quienes no? Podría sucumbir ante falsas insinuaciones, o dar promesas irreflexivas…

Alicia ya había conseguido sobreponerse. Por difícil que fuera este asunto para Elisabeth, había que pensar en el bienestar de la familia.

—En ese aspecto, teniente Von Hagemann, puede confiar por completo en mí. Le hablaré con franqueza: yo también vería con buenos ojos una unión de nuestras familias. Y pienso que mi hija tendría en usted a un marido comprensivo y atento.

Él exultaba de felicidad.

—Señora, no sé qué decirle. Si Katharina pudiera darme una señal. Un guiño. Una sonrisa. Unas líneas escritas…

Alicia sopesó la propuesta. Kitty podría escribir unas líneas. Nada definitivo, por supuesto. Apenas unas palabras amables.

—Teniente, dele tiempo a mi hija. Y de paso, también a sí mismo. Me encargaré de que usted reciba una señal de Katharina, aunque tal cosa no ocurrirá de inmediato. Debe entender que mi hija debe superar los obstáculos que marca el pudor juvenil antes de escribir ciertas afirmaciones y confiar en el correo.

—¡Qué amable es usted, señora! Le prometo esperar pacientemente este escrito, pero piense que cada segundo que pasa es una flecha clavada en mi alma.

—Procuraré tener eso en cuenta, joven.

De este modo concluyó la charla. Él no podía pedir más. Y Alicia ya había prometido más de lo que tal vez pudiera lograr. Si Kitty no fuera tan soñadora. La verdad es que no le vendría mal un poco de la forma de pensar realista de Elisabeth. Alicia ofreció la mano a Klaus von Hagemann para despedirlo; él la besó con gallardía de teniente, pero con más brío y educación que con auténtico sentimiento. Pero, claro, ella no era Kitty.

En el comedor de al lado, Robert entraba con una bandeja. Le habían encargado sacar las tazas de té y de café de los armarios y llevarlas a la biblioteca para el acto de la tarde. Al ver a la señorita Elisabeth junto a la puerta que daba al salón rojo, se aclaró la garganta con educación.

—¿Acaso no sabes llamar a la puerta? —le espetó ella.

La incomodó que fuera Robert quien la hubiera sorprendido espiando. Pero, por otra parte, su presencia ahí resultaba muy oportuna.

—Disculpe, señorita.

Ella esperó a que él depositara la bandeja sobre la mesa. Luego se aproximó a él por el otro lado hasta colocarse delante. Se apoyó con las manos en la mesa para dejarle bien a la vista el escote.

—¿Te gustaría saber de qué hablaban ahí al lado?

Él la miró con gesto esquivo; era evidente que la visión de su pecho lo turbaba. A fin de cuentas, era un hombre. Con todo, él se obligó a apartar la mirada.

—No es de mi incumbencia, señorita.

Ella se inclinó un poco más y le sonrió con malicia. Él también estaba loco por su hermana, pero era incapaz de apartar los ojos de sus senos. ¡Adelante, pues!

—Aun así, te lo diré. Mi madre acaba de acordar el matrimonio del teniente Von Hagemann con mi hermana. ¿Qué te parece?

Él palideció. Tenía los labios casi blancos. Pobre hombre, era incapaz de fingir. Cualquier miembro de la casa que no fuera ciego se había dado cuenta de que el lacayo estaba locamente enamorado de Kitty. Y, aunque Robert no tenía la menor oportunidad, vivía atormentado por ello. Ella comprendía muy bien su desesperación, pero, a diferencia de él, disponía de medios para lograr sus deseos.

—Eso, señorita, no es asunto mío.

—Vaya, pues ahí discrepo —objetó ella con convencimiento—. El destino de mi pobre hermana nos incumbe a todos. A ti igual que a mí. Tenemos que evitar que la casen con un hombre con el que ella no podrá ser feliz.

Él calló y le clavó la mirada. Aunque se tambaleó un poco, no dejó entrever nada más.

—¿Vas a ayudarme? —preguntó ella.

—No sabría cómo…

Ella se interrumpió un instante al oír que la puerta del salón contiguo se cerraba. La conversación entre su madre y el teniente había terminado y el joven abandonaba la mansión.

—Es muy fácil —susurró Elisabeth.

Robert no respondió. La barbilla le temblaba. Cualquier propuesta por parte de ella comprometería su puesto de trabajo. Su trabajo y su futuro.

—Te encargas de llevar las cartas al correo, ¿verdad?

—Así es, señorita.

Ella sonrió triunfante y dos hoyuelos asomaron en sus mejillas.

—Solo tendrás que confundir dos cartas. Nada más.

Capítulo 12

12

—Se diría que las damas de la sociedad de beneficencia han estado practicando ayuno durante semanas.

Los tentempiés y demás exquisiteces habían encontrado una excelente acogida. Según Else, cuando el conferenciante terminó su charla, las señoras casi habían llegado a las manos para hacerse con las delicias culinarias. Durante la conferencia se había servido té, café y vino para así incrementar la atención de las interesadas. Y también la cantidad de bebida consumida era asombrosa.

—Hasta aquí hemos llegado —aseveró entonces la cocinera con un gesto enérgico en cuanto la última bandeja ricamente adornada abandonó la cocina—. Se ha acabado la lengua de ternera, no quedan más huevos y es una lástima malgastar el caviar bueno. A partir de ahora solo habrá bocaditos de jamón con pepinillos en vinagre.

—Da igual lo que les sirvas. La mayoría van tan cargadas de vino de Mosela que incluso comerían pan seco.

—¡Auguste! —la regañó Else mientras llevaba dos cafeteras hacia el montacargas—. ¡Que no te oiga la señora Schmalzler!

—Pero si es cierto —refunfuñó Auguste—. Se han vertido dos copas por accidente y, naturalmente, el vino no solo ha manchado la alfombra, también el sofá. La esposa del director Gutwald ha dejado caer su plato con tres bocaditos de caviar y la señora del doctor Lüderitz, que es corta de vista, los ha pisado. Caviar negro en una alfombra roja…

—Y pensar que en realidad esas señoras se han reunido para ayudar a los negritos hambrientos de África.

Marie, que había estado preparando sin pausa café y té y que ya había limpiado la vajilla, se dejó caer en un taburete cerca de la cocina con un suspiro. Auguste soltaba muchas tonterías, pero había dado en el blanco con lo que acababa de decir. Marie conocía esos encuentros por el orfanato. De vez en cuando, la señorita Pappert invitaba por la tarde a benefactores y patrocinadores a lo que ella llamaba «una gala». En esas ocasiones, de la cocina salían delicias asombrosas. Había café y tartas, muchos comentarios falsos y, al final, algunas pupilas tenían que hacer alguna actuación, como recitar poemas o cantar. Eso era lo peor. ¡Ah, qué encantadoras esas pequeñas huerfanitas, tan inocentes y tan bien vestidas! Ni que decir tiene que estas ropas solo se usaban esa tarde y que desaparecían al día siguiente. Pero todos los asistentes, menos las huérfanas, comían, bebían y se divertían mucho en esas galas.

—¿Qué pasa, Marie? —la increpó la cocinera—. Ya descansarás más tarde. Vamos, ponte a lavar la vajilla. Y ten cuidado con las bandejas buenas de porcelana.

Marie ya había aprendido que una taza del juego de té bueno costaba veinte marcos, y un plato de la vajilla buena llegaba incluso a veinticinco. La cafetera no tenía precio. Si la rompía, tendría que trabajar gratis para los Melzer hasta el fin de sus días. Marie bostezó; eran casi las nueve y estaba agotada.

—Para que no te aburras, toma esto. ¡Lávalo en agua jabonosa y tiéndelo!

La señorita Jordan había aprovechado la ausencia de las damas Melzer para inspeccionar su guardarropa. Siempre había algo que remendar: una costura abierta, una blusa que requería un arreglo. O una mancha que había pasado desapercibida hasta entonces. Por no hablar de la ropa interior, que se cambiaba a diario. De las piezas grandes, como los manteles o las sábanas, se encargaba una lavandería; para la ropa más fina, dos veces a la semana acudían a la casa dos mujeres que se ocupaban de ello. Sin embargo, siempre había emergencias, prendas que tenían que recomponerse para el día siguiente. Como la delicada blusa de batista de la señora. La habían lavado varias veces y había perdido un poco de color; además, en el puño de la manga izquierda había aparecido una fea mancha de color marrón claro. Debía de ser café. O tal vez té; si era ese el caso, tendría que lavarse con limón.

Marie sabía que la señorita Jordan podía lavar ella misma la blusa, pero estaba sentada junto a las demás a la mesa de la cocina lamentándose de la cantidad de trabajo que tenía. La temporada de bailes estaba a punto de llegar y la señorita Elisabeth no cabía en ningún vestido. Posiblemente, la señora encargaría uno o dos vestidos de baile para ella, pero ese año era preciso renovar por completo el vestuario de la señorita Katharina. También en la casa de un industrial próspero había que hacer cuentas.

—Creo que con la ayuda de la modista podré modificar el vestido de seda de color rosa palo.

—¿Y qué hay de los otros vestidos? —quiso saber Auguste con mirada ansiosa—. Ese verde de raso. Y el de color crema con esos encajes tan delicados. ¡Ah! Es tan bonito que parece un vestido de boda.

Maria Jordan sabía a qué vestido se refería Auguste. De vez en cuando, la señora regalaba a los empleados ropa que ya no usaba. Pero conociendo a la señorita Elisabeth, seguro que impediría por todos los medios que sus doncellas pudiesen llevar sus vestidos de baile.

—¿Acaso quieres casarte, Auguste? —dijo para apartarse del tema—. ¿Ya tienes novio? ¿Al final es Robert?

La broma hizo que todas estallaran en una carcajada. Roja de rabia, Auguste llamó tonta a la señorita Jordan y le dijo que haría mejor metiendo la nariz en sus asuntos.

Marie hubiera deseado que se abalanzaran la una contra la otra, pero la decepcionaron. El ama de llaves apareció en la puerta de la cocina y dio una palmada. Algunas damas ya se habían despedido y los automóviles estaban al llegar.

Auguste y Else salieron a toda prisa para entregar los abrigos y las polainas a los invitados; Robert desplegó en el vestíbulo un paraguas negro que habría podido cobijar a una familia de cuatro personas. Marie se secó las manos con el delantal y corrió detrás de Auguste y Else; por supuesto, no llegó al vestíbulo, pues ahí no tenía nada que hacer, así que se quedó junto a la puerta entornada. Desde allí pudo echar un vistazo y ver a las damas achispadas, que en ese momento se metían en sus abrigos calientes y se sujetaban los sombreros con unos alfileres largos. ¡Qué excitadas estaban! ¡Cómo se abrazaban y besaban entre sí! El cura que había dado la charla no dejaba de recibir felicitaciones una y otra vez, y dos de las damas de más edad llegaron incluso a abrazarlo, aunque ninguna le dio un beso.

¿Ese señor de bigote oscuro y cejas espesas era el director Melzer? Aunque nunca le había visto la cara, tenía que ser él. Estaba despidiéndose de una de las señoras más jóvenes. Ella le hablaba con insistencia mientras él sonreía con cierta timidez y sin dejar de asentir. Era curioso que un hombre tan rico y poderoso aparentara tanta inseguridad. Pero no cabía duda de que al otro lado, en su fábrica, su presencia era muy distinta.

—¿Qué estás mirando? ¡A trabajar!

Tenía que ser la señorita Jordan la que la descubriera. Esa mujer tenía ojos de lince, con ella había que andarse con pies de plomo.

Sobre las diez, la cocinera, Else y Auguste fueron a acostarse. La señorita Jordan aún estaba ocupada porque tenía que ayudar a desvestirse a la señora y a las dos hijas. La señorita Schmalzler salió del dormitorio de la señora sobre las diez y media tras repasar con ella el plan del día siguiente. Pasó por la cocina, donde Marie aún estaba lavando platos, y comentó que estaba preocupada por Robert. El tontorrón había salido a dar un paseo de noche, explicó, algo que, con aquel tiempo, era una sandez. Marie se encogió de hombros.

—Buenas noches, Marie. Deja la vajilla limpia sobre la mesa; mañana Robert la colocará en los armarios. Y antes de acostarte comprueba que todas las ventanas queden bien cerradas.

—Sí, señorita Schmalzler. Buenas noches a usted también.

Casi había terminado. Solo le faltaba secar dos bandejas y algunas tazas y pulir las cucharas de plata y los cubiertos de servir. Si además no tuviera que lavar esa maldita blusa, en media hora estaría en la cama. Se inclinó para sacar un trapo limpio de la estantería, lo desdobló y se dispuso a limpiar la plata.

—Buenas noches.

Marie casi se desmaya del susto al ver a la señorita en la entrada de la cocina.

—Disculpa, no quería asustarte —dijo Katharina—. Ya sé que aquí abajo no se me ha perdido nada.

Marie tragó saliva mientras se apretaba el trapo contra el vientre. Ciertamente, la cocina era territorio del servicio; los señores entraban ahí en contadas ocasiones.

La señorita llevaba un batín blanco sobre el camisón. El batín era de una gasa delicada dispuesta en varias capas. El corte era sencillo, sin volantes ni encajes; aun así, a Marie le pareció que la señorita era bella como una reina.

—Tú debes de ser Marie, ¿verdad? La nueva ayudante de cocina.

Marie tenía un nudo en la garganta, era incapaz de articular palabra. En su lugar, se inclinó varias veces y hundió los dedos en el trapo de cocina.

Entonces la señorita dio unos pasos hacia el interior de la cocina. Se movía de un modo impreciso, llevando los pies de un lado a otro, como si no supiera adónde dirigirse exactamente. Había oído decir que no podía dormir por la noche. ¿Y si estaba sonámbula? Qué pelo tan magnífico. Castaño con un leve brillo rojizo. Tenía los rizos sueltos y los tirabuzones se le desparramaban por la espalda. Y qué ojos. Sobre todo, los ojos. Eran de un azul intenso, un azul de mar, como el cielo en los días de verano cuando parecía posible vislumbrar el final del universo.

—Te he reconocido de inmediato, Marie. Nos hemos visto antes, ¿te acuerdas? Yo iba en el automóvil y tú estabas fuera, sobre la hierba.

Marie asintió de nuevo. Por supuesto que se acordaba.

—Yo llevaba un vestido verde y un sombrero con velo de tul.

Marie se aclaró la garganta, contenta de haber recuperado la voz. Por un momento pensó que se había quedado muda de asombro.

—Sí. Me acuerdo, señorita.

—¡Muy bien!

La señorita le dirigió una sonrisa que iluminó aquella cocina tan lúgubre y caldeó el corazón temeroso de Marie. Nadie le había sonreído de ese modo. ¿No había dicho alguien que la señorita Katharina era maga? A Marie le pareció que así era y respondió con una sonrisa tímida.

—Me gustaría pedirte una cosa, Marie.

—Usted dirá.

Su corazón latía muy deprisa. ¿Acaso necesitaba una segunda doncella? ¿O quizá una camarera?

—Me gustaría hacerte un retrato.

Marie debió de poner una cara especialmente estúpida, porque la señorita dejó escapar una risa alegre y clara.

—No te enfades. No me río de ti. Me doy cuenta de que es una petición muy poco común. Pero tienes la cara que necesito. Una expresión que encaja muy bien con las estancias grises y los edificios lúgubres de aquí, ¿entiendes?

No. Marie no entendía nada, pero tampoco quería entenderlo porque esa idea no le gustaba nada. Seguro que la señorita no había querido ofenderla, pero si alguien distinto le hubiera dicho eso, Marie se habría enfadado.

—Son tus ojos, Marie —prosiguió la señorita con voz suave y halagadora—. Tienes unos ojos preciosos y tu alma se refleja en ellos. Hay tanta tristeza y anhelos. Una sed inmensa de felicidad. Mucho cansancio, y también mucha energía.

Qué cosas más raras decía. Ya había oído comentar que era algo excéntrica.

—Si es tan importante para usted, puede pintarme sin problemas.

—Entonces, ¿no te opones? —exclamó la señorita Katharina, aliviada—. Fantástico. A partir de mañana vendrás a mi habitación dos horas cada día…

Marie se asustó.

—Oh, no, eso no es posible, señorita.

—¿Por qué no es posible? —preguntó ella. Sacudió la cabeza y repuso que era algo muy sencillo.

—Señorita, tengo trabajo que hacer.

—Pero si estarás trabajando. Vas a ser mi modelo. En realidad debería pagarte por ello, pero, por desgracia, no tengo dinero propio.

Puso una sonrisa de disculpa y Marie respondió con otra. Qué distintas eran las dos hermanas. La mayor era una bruja maliciosa y la pequeña, una soñadora adorable y algo alocada. Marie se sintió atraída por esa joven, aunque el sentido común le decía que debía ir con cuidado con las dos hermanas.

—Si la señorita Schmalzler está de acuerdo, me gustará mucho ser su modelo.

—Perfecto. Entonces empezaremos mañana, Marie. ¡Qué ilusión!

La señorita se acercó a Marie, la cogió de las manos, se las apretó con fuerza y se marchó. Se le cayó al suelo el trapo de cocina. Marie se inclinó para recogerlo y cuando se levantó de nuevo, la señorita ya había desaparecido.

Clavó la mirada unos instantes en la puerta entornada que llevaba al vestíbulo; luego empezó a pulir mecánicamente las cucharas y los cubiertos de servir. Cuando después del trabajo se tumbó por fin en la cama, tenía el convencimiento de que aquel encuentro había sido un sueño.

II. Diciembre de 1913

II

DICIEMBRE DE 1913

Capítulo 13

13

Al subir por la estrecha escalera de aquel edificio interior de Múnich, Paul tuvo un mal presentimiento. Dos mujeres desaliñadas, una de ellas calzada tan solo con unas pantuflas de fieltro, le vinieron de frente. Llevaban un niño pequeño entre ellas y no parecían dispuestas a cederle el paso. Apoyó de mala gana la espalda contra la pared pintada de verde oliva para dejarlas pasar. El cuarto de estudiantes de Edgar se encontraba en el último piso, debajo del tejado.

—¿Edgar? ¡Eh, hola, soy Paul!

Primero llamó a la puerta de forma discreta y luego un poco más fuerte. No obtuvo respuesta. Maldita sea, ¿y si finalmente Edgar se había decidido a ir? Tal vez se habían cruzado por el camino y en ese mismo instante Edgar estuviera llamando con igual insistencia a la puerta de su habitación en Mariengasse. No. Eso era muy poco probable. Edgar le había prometido que pasaría por su casa a las diez y ya eran las dos de la tarde.

—¡Edgar! ¡Abre la puerta de una vez!

Como su intención era sacudir un poco la puerta, había agarrado el pomo desgastado y, para su asombro, esta cedió y se abrió hacia dentro con un crujido mientras se hacía sentir el desagradable hedor a cerveza insípida, aire viciado y meados de gato. Un felino flaco y de pelo gris apareció por la rendija de la puerta y, tras acariciarle la pernera del pantalón, bajó sigilosamente, como una sombra, por la escalera.

Paul forzó la vista para distinguir alguna cosa en la penumbra de la pequeña habitación de estudiante. Solo había estado ahí una vez, cuando él y unos compañeros habían tenido que subir a Edgar después de una noche de fiesta. En aquella ocasión apenas había podido echar un vistazo.

—¿Edgar? ¿Estás ahí?

Algo se movió detrás de la puerta. Una copa cayó al suelo y se rompió, y luego se oyó una maldición en voz baja.

—Entra de una vez, Paul —dijo su amigo con voz ronca—. Y cierra la puerta, que si no se me echará encima la vecina. Esa idiota se ha pasado toda la noche protestando.

La estancia presentaba señales evidentes de una borrachera: botellas de cerveza vacías por todas partes, copas, dos jarras de cerveza de madera y una botella de licor de genciana debajo de la mesa, cuyo contenido había encontrado su camino en algunas gargantas sedientas. Paul distinguió además un panecillo roído y seco, y un libro, al parecer de anatomía humana. Edgar estudiaba medicina.

—¡Bienvenido a mi humilde morada! —exclamó Edgar un poco abochornado mientras se apartaba el cabello de la frente—. Siéntate, Paul. En esa silla de ahí. Pon los vasos en la mesa. Espera… en algún sitio tiene que quedar una botella de ginebra.

Paul no tenía muchas ganas de aceptar la invitación, y menos cuando vio que la silla de madera estaba manchada de cerveza. Mientras su amigo se ponía de pie con dificultad e iba de un lado a otro de la habitación tambaleándose, Paul se acercó a la ventana y la abrió. El aire frío penetró en la estancia. Un carámbano se soltó del borde del techo y cayó hacia la calle como una flecha.

—¿Te has vuelto loco? Cierra de inmediato esa ventana. ¿Acaso piensas que quiero morir congelado?

—Mejor congelarse un poco que ahogarse en esta peste.

Edgar se acercó torpemente a la ventana, la cerró y comentó que ese día Paul parecía estar de mal humor.

—¿Y eso te extraña? Dijiste que estarías en mi casa a las diez. ¿Es que lo has olvidado?

La cara de su compañero fue de gran sorpresa.

—¿A la diez? ¿En tu casa? Que me maten, amigo. No tenía ni idea.

Miró a Paul con una expresión tan inocente que por un momento lo hizo dudar. ¿Había entendido algo mal? No, en absoluto. Dos días atrás habían quedado así. Había sido en la plaza del mercado de abastos, el Viktualienmarkt, frente al puesto de la vendedora de carne de ave; se encontró con Edgar por casualidad y le había dicho claramente que tenían que zanjar ese asunto.

—Oye, Edgar. Tuve que empeñar mi reloj de oro para prestarte trescientos marcos. Ese reloj vale de diez veces más, y ambos lo sabemos. Si no lo recupero hoy pasará a ser de la casa de empeños. ¿Lo entiendes?

—Vale, vale —murmuró Edgar haciendo un gesto conciliador con las manos—. No te alteres, amigo. Basta con que le pagues una pequeña cantidad al prestamista y en principio todo quedará arreglado. Después de Navidad recuperarás el dinero. Jamás en la vida he dejado a deber nada…

—Edgar, necesito el dinero ahora. Inmediatamente, tal y como quedamos. ¿Qué van a decir mis padres cuando me vean llegar a casa sin el reloj?

Edgar posó los vasos vacíos sobre la mesa y limpió el asiento de la silla con un trapo, que en otros tiempos había sido una camisa.

—Siéntate, amigo, y tómate un trago. Te lo explicaré con todo detalle. Ya me conoces, Paul. Si tuviera el dinero, te lo daría…

Así que era eso. Aunque Paul se lo había estado temiendo durante mucho tiempo, se había aferrado a su última esperanza.

—¡¿No tienes el dinero?! —exclamó, enfadado—. ¿Cómo es posible? Me dijiste que tu tío de Stuttgart te lo iba a enviar. ¡Me diste tu palabra! ¿No te acuerdas?

¡Cómo había podido ser tan tonto! Bastaba con mirar ese cuarto desvencijado para comprender que ese tío de Stuttgart no existía siquiera. Edgar lo había embaucado dándoselas de buen compañero, siempre divertido, siempre servicial, siempre listo para alguna bufonada graciosa. Pero era Paul el que siempre pagaba.

—¿No lo sabes, amigo? —dijo entonces Edgar con voz llorosa—. Justo ayer por la mañana recibí la noticia y estoy terriblemente abatido. Mi pobre madre, que se ha matado a trabajar por sus hijos toda la vida, ha caído enferma, y el negocio de mi padre atraviesa un mal momento. Como es natural, yo tenía que hacer algo y les envié el dinero. Sé que eres un caballero honorable y que además tienes un corazón compasivo…

Semanas atrás, Edgar le había contado que había avalado de buena fe a un amigo y que este se había arruinado, por lo que necesitaba reunir rápidamente trescientos marcos. Según le dijo, si no lo conseguía podía ocurrir una desgracia, puesto que ese amigo era una persona muy inestable y ya había hablado de quitarse la vida. Menudo farsante. Podría hacer carrera en cualquier escenario. Paul, asqueado, escuchó un rato más su parloteo desgarrador; se sentía muy avergonzado por haberse dejado engañar por ese charlatán. ¡Cielos! ¿Cómo explicaría en casa la pérdida del reloj? Era una herencia familiar, había sido de su abuelo materno. Mamá había encargado una revisión a fondo del reloj antes de regalárselo cuando cumplió veintiún años. Incluso había mandado reponer los rubíes y las esquirlas de diamantes que decoraban el dibujo de la tapa y que con el tiempo se habían caído y se habían perdido.

—Ya basta —espetó interrumpiendo el discurso lacrimógeno de Edgar—. Ahórrate las mentiras. Lo único que me creo de lo que dices es que no tienes el dinero, pero eso es porque lo has despilfarrado.

No obtuvo respuesta. Edgar necesitaba tiempo para asimilar que su grandiosa explicación había sido inútil.

—Los estafadores como tú deberían estar ante el juez.

Entonces en el rostro de su amigo asomó una expresión pícara y maliciosa.

—Inténtalo si puedes —le sugirió con rabia—. ¿Tienes algo por escrito? ¿Algún testigo? ¡No tienes nada!

Por desgracia, Edgar tenía razón. Paul se habría abofeteado por no haber atendido siquiera las normas más elementales del préstamo de dinero. Había actuado de buena fe, con un simple apretón de manos entre amigos. Sin contrato ni letra de cambio, y tampoco había nadie que tuviera noticia de esa transacción porque Edgar le había hecho prometer que no lo hablaría con nadie.

—No pienses que podrás salirte con la tuya —lo amenazó—. Yo me encargaré de que seas castigado.

—¿Por qué te enfadas tanto? —replicó Edgar—. Tu padre nada en la abundancia. ¿Qué son trescientos marcos? ¿No acabas de decir que el reloj vale diez veces más? ¿Cuánto cuesta un vestido de baile para tu hermanita? ¿Y las perlas que tu señora madre se cuelga al cuello?

Paul sintió un deseo intenso de romperle la boca a ese sinvergüenza. Pero de hacerlo, habría bronca y gritos, los vecinos acudirían y tal vez incluso alguien avisara a la policía. Lo último que se podía permitir era un escándalo. La puerta desvencijada tembló en sus goznes cuando Paul, enfadado, salió dando un portazo. En la escalera estrecha unas siluetas grises se desvanecieron rápidamente; era evidente que su conversación había sido seguida con curiosidad. Se alegró de no haberse dejado llevar y cometer una acción violenta.

Cuando llegó abajo, ya delante del edificio, inspiró el aire limpio y frío del invierno. Unos pequeños copos de nieve caían en un delicado balanceo; en algún lugar entre los bloques de casas, un organillo dejaba oír el villancico Oh du fröhliche. De pronto, notó cómo una bola de nieve le pasaba justo por delante de la nariz. Se agachó enseguida, hizo una bola y consiguió darle en la espalda al diablillo que huía a toda prisa. Se oyeron unas risas. A los chiquillos los divertía que ese joven no echara pestes y participase de buena gana.

Se marchó a buen paso hacia el centro, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo forrado. Solo había un modo de salvar el reloj: tenía que negociar con el prestamista, abonar una pequeña suma y alargar el plazo.

Su padre no debía enterarse de eso jamás. De lo contrario, se lo recriminaría hasta el fin de los tiempos, y con toda la razón. ¡Qué estúpido había sido! Consideró contárselo a mamá. Pero eso también era difícil. A lo sumo podía confiarle ese secreto a Kitty, pero su hermana pequeña no podría ser de gran ayuda.

En la Frauenstrasse los compradores se agolpaban frente a los escaparates iluminados. La nevada estaba cobrando fuerza. Los sombreros oscuros y rígidos, los gorros de mujer con adornos de flores, las capuchas de terciopelo… todos estaban espolvoreados con diminutos copos de nieve. Tampoco los gabanes, las chaquetas, los voluminosos abrigos de piel ni el manto de lana a cuadros de la castañera se libraban de los remolinos de copos. En las aceras, delante de las tiendas, empezaban a asomar los muchachos que quitaban la nieve a cambio de unas monedas.

Paul se caló el sombrero y se abrió paso entre la multitud. De hecho, tenía previsto comprar unos regalos para sus padres y hermanas. Pero a esas alturas eso era impensable. Poco antes de llegar a la puerta de Isartor, dobló la calle y entró en el callejón en el que estaba la casa de empeños. Tuvo que aguardar un buen rato porque una anciana que quería empeñar una joya de granates regateó todos y cada uno de los marcos que obtuvo. Mientras aguardaba, Paul contempló las vitrinas con inquietud: relojes, cadenas, anillos, candelabros y utensilios de plata, sellos de lacre con piedras preciosas, cubiertos con monogramas de familia. Esos objetos no habían podido ser recuperados por sus propietarios y se encontraban expuestos para la próxima subasta. Aquel día el prestamista, un hombre entrado en años, calvo y con un largo bigote de tono rojizo, había tenido que ausentarse, aunque sí estaba su esposa. ¿O tal vez fuera su empleada? En cualquier caso, era una mujer enjuta, de pelo gris, rostro pálido y unos ojos pequeños y claros en los que se reflejaba su falta de compasión.

—¡Por supuesto, caballero! Naturalmente. No vamos a desprendernos de esta bonita pieza sin más.

«¿Y por qué no?», pensó él con enojo. «Primero me desangran y luego esperan que caiga de nuevo en sus redes.» Le pedían cincuenta marcos.

—Pero eso es mucho dinero…

La prestamista hizo una pequeña mueca. Era evidente que conocía su oficio al menos tan bien como el calvo del bigote rojizo.

—Voy a hacerle una propuesta. Deme veinte marcos y déjenos su abrigo. Es una prenda buena y muy bonita, parece inglesa, y… ¿podría desabrocharse, por favor? Exacto, sí, está forrado de piel. Es zorro, ¿verdad?

Así que además del reloj iba a tener que dejar ahí su abrigo de invierno, el que su madre había encargado para él el año anterior. Al principio se burló a causa del forro de zorro, y le preguntó a su madre si acaso pensaba que era un anciano. Sin embargo, durante sus paseos invernales por las islas del Isar había aprendido a valorar ese abrigo.

Durante un instante sintió una inmensa rabia contra su padre. Todo eso habría sido innecesario si no lo obligara a ir tan escaso de dinero. Alquiler, libros, comida, de vez en cuando una visita a la taberna… Continuamente tenía que contar el dinero para esas cosas. En ese aspecto su padre era inflexible; explicaba que, de joven, había tenido que alimentarse durante semanas con un trozo de queso y una rebanada de pan porque ganaba muy poco dinero como aprendiz en la fábrica de maquinaria. De todos modos, no tenía derecho a enfadarse con su padre: si se había metido en ese embrollo se debía a su propia estupidez.

—Como quiera. Después de Navidades regresaré para recuperar los objetos.

—Claro que sí.

Por su tono de voz, en cambio, parecía decir: «No me creo ni una palabra».

Se quitó el abrigo y vació los bolsillos. Nunca se había sentido tan humillado. Y por si la situación no fuese bastante incómoda, en ese instante dos mujeres jóvenes entraron en el establecimiento y contemplaron la escena con curiosidad.

—¡Vaya! Parece que aquí le quitan a uno la ropa hasta dejarlo en mangas de camisa —se compadeció una de ellas hablando en el dialecto propio de la ciudad—. No vaya usted a resfriarse con el frío que hace.

—No se preocupen, señoras. Con el calor que tengo en el cuerpo podría fundir la nieve.

Aunque aquella broma no le pareció especialmente graciosa, le permitió mantener cierta dignidad. Una vez en la calle, se levantó el cuello de la chaqueta y caminó todo lo rápido que pudo, pues las calles estaban atestadas, en dirección a Mariengasse. La rabia que lo embargaba por lo ocurrido le impidió sentir mucho el frío. En cuanto llegó a la casa en la que se hospedaba, cruzó la puerta de la entrada y se encontró en el patio interior, sintió el frío de golpe. Se sacudió la nieve de la chaqueta y se pasó los dedos por el pelo mojado.

—¡Oh, señor Melzer! —exclamó la voz ronca de la casera—. ¿Se marcha usted hoy a Augsburgo, a la casa de su familia?

La anciana alquilaba habitaciones a caballeros solos y a estudiantes. El sentido de su vida no parecía ser otro más que vigilar a los inquilinos y a sus posibles invitados, ya que se pasaba todo el día sentada en una butaca junto a la ventana.

—¡Buenos días, señora Huber! Así es, hoy me voy a Augsburgo. Le deseo unas felices fiestas.

—Muchas gracias, caballero. Aunque, a mi edad, una ya ha vivido las fiestas más felices…

Mientras subía la escalera, Paul se dijo que había logrado salir bastante airoso de la situación. En principio el reloj no iba a salir a subasta, y para regresar a casa tenía aún el abrigo de otoño, que, aunque no abrigaba tanto como el otro, también era de paño inglés. No le quedaba más remedio que malvender su silla de montar. Tenía varios amigos que la pretendían, pero difícilmente conseguiría trescientos cincuenta marcos por ella. Al final tendría que confiar en mamá y que ella le diera la diferencia. En cualquier caso, no quería que se lo regalara; se lo devolvería todo.

En cuanto llegó al último tramo de escaleras se detuvo asustado. Había una persona en cuclillas frente a su puerta. ¿No sería Edgar? No. Al acercarse se dio cuenta de que era una chica. ¡Por todos los diablos! ¡Mizzi! Lo que le faltaba.

—Hola, Paul. Veo que mi visita te ha sorprendido.

—Pues sí.

Vio que ella temblaba de frío y se apresuró a abrir la puerta de la habitación. Al mediodía había caldeado bien la estancia, así que aún tenía que estar algo caliente. Ella se deslizó hacia dentro, se quedó de pie en el centro de la estancia y se volvió hacia él.

—¿Quieres que te arregle la habitación?

—No, Mizzi. Como mucho, puedes ayudarme a hacer las maletas. Hoy me voy a casa.

En su cara se reflejó la decepción. La muchacha no era precisamente una belleza, pero cuando sonreía podía resultar muy atractiva. A cambio de un plato caliente o unas monedas, se acostaba con un estudiante, le arreglaba el cuarto y le hacía la comida. Sabía mucho sobre el amor, y no eran pocos los que habían aprendido muchas cosas con ella. Sin embargo, nadie le mostraba agradecimiento. La enviaban a comprar cerveza, bretzel o cigarrillos, o le pedían que llevara un recado a un compañero de estudios. Mizzi nunca se lo tomaba a mal, hacía lo que le pedían y se marchaba cuando la echaban.

—Ya me figuraba que tú también te irías a casa —dijo ella con una sonrisa—. Casi todos pasan la Navidad con la familia. Y así es como tiene que ser. ¿Te pongo las cosas en la bolsa de viaje?

Ella sabía dónde tenía la bolsa de cuero. La sacó y fue doblando con cuidado las prendas que él le entregaba, aunque tal cosa no era necesaria ya que se tenían que lavar.

—¿Y qué hay de ti, Mizzi? ¿También pasarás la Navidad con tu familia?

Ella se encogió de hombros.

—Ya se verá. Quizá pase por casa de mi madre. Pero ahora ella tiene otro fulano y no me gusta porque es un metomentodo. —Se rio y le preguntó si tenía media hora—. No te cobraré nada. Es solo porque me gustas y pronto será Navidad.

—No, Mizzi. Mi tren sale pronto. Tengo que marcharme…

Aquella chica le daba mucha lástima. ¿Por qué nunca antes había pensado en ella? Mizzi formaba parte desde el principio de la vida estudiantil, igual que las clases, las veladas en la hermandad Teutonia o los duelos entre estudiantes a los que asistía de vez en cuando. De pronto, ahora le preocupaba si tenía un lugar donde dormir o algo que comer.

—Mira, toma. Es mi regalo de Navidad.

Se sacó diez marcos de la cartera. No podía darle más porque todavía tenía que pagar el billete de tren. Ya compraría los regalos en Augsburgo, donde aún le quedaba algo de dinero en el escritorio. O tal vez se le ocurriera una idea genial. En esto, Kitty lo tenía muy fácil porque regalaba sus cuadros. ¿Y si escribiera poemas?

—Muchas gracias, Paul. Eres un encanto. Te deseo…

Al bajar la escalera con ella se sintió mejor. Al menos ese día había hecho una buena obra, casi se sentía orgulloso de sí mismo. Pero cuando vio a Mizzi desaparecer en el interior de una taberna lo asaltaron las dudas.

«No importa», se dijo. En ese instante, en su casa el gran abeto ya estaría en el vestíbulo y las mujeres lo estarían decorando con lazos rojos y galletas. Como todos los años, el aroma de las agujas del abeto y del pan de especias le daría la bienvenida.

Ya acomodado en el tren se sintió ilusionado ante las fiestas. Y lo mejor era que no tendría que regresar a Múnich hasta dentro de dos semanas.

Capítulo 14

14

Distinguido teniente:

Al dirigirme a usted con estas líneas deseo fervientemente que no me malinterprete. La vida nos enfrenta a todos a pruebas y equivocaciones, y nadie, ni el más sabio, está libre de ello. Ni siquiera usted, querido teniente…

Elisabeth dejó de escribir y releyó las líneas. Descontenta, tachó «deseo fervientemente» y escribió «espero», y eliminó también la última frase porque no hacía falta señalarle su error. En cambio, era importante fortalecer su amor propio. El hombre tenía que estar muy desesperado cuando recibiera la carta. Había arrojado a la chimenea la carta cambiada, la que contenía las líneas anodinas de Kitty, y en su lugar había escrito una respuesta negativa, fría e inequívoca.

Lamento informarlo de que no puedo corresponder a sus sentimientos; por ello le ruego que se abstenga de insistir en su proposición de matrimonio.

Desde entonces no se había oído nada de él ni tampoco se había dejado ver. Sin embargo, ahora ella no podía dejarlo ir porque todo aquello habría sido en vano.

Cerró la estilográfica y, meditabunda, se quedó mirando por la ventana. Unos copos de nieve espesos y algodonosos caían de aquel cielo grisáceo y en el parque se veía el camino que el jardinero había despejado de nieve serpenteando como una cinta gris entre los árboles. Una pareja vestida con ropa oscura paseaba por el lugar: mamá llevaba un sombrero de ala ancha y su abrigo de visón; papá, el abrigo de invierno y botas. Era muy extraño que papá se olvidase de su trabajo toda una hora un sábado por la tarde. Elisabeth forzó la vista para intentar distinguir el estado de ánimo de sus padres, pero estaban demasiado lejos. Por sus gestos, parecían mantener una conversación animada. Tal vez discutían. Elisabeth suspiró y dirigió de nuevo su atención a la carta.

Durante estas últimas semanas he pasado por malos momentos y he reflexionado mucho sobre los designios del Señor. Ahora comprendo que la oscuridad no puede vencer a la luz, y que Dios perdona los errores siempre que estemos realmente dispuestos a emprender la buena senda…

Apartó un poco la hoja e introdujo algunas mejoras. En vez de «pasado por» escribió «padecido», era más efectivo. Cambió «la buena senda» por «el nuevo camino». Había que evitar que esas líneas parecieran un sermón. Era preciso que él supiera que ella aún le tenía afecto, pero no podía parecer pedigüeña ni tampoco perder la dignidad. La hoja se le había emborronado; más tarde lo pasaría todo a limpio.

En el exterior seguía nevando. ¡Qué raros estaban los árboles exóticos embutidos en sus cubiertas protectoras! Los pequeños cipreses estaban doblados por la carga, como ancianos enclenques, y los pinos parecían paraguas sobredimensionados. Observó a sus padres a lo lejos, estaban debajo de uno de esos pinos. Mamá parecía querer convencer a papá de algo; él la escuchaba en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el sombrero muy calado y cubierto de nieve. Se le encogió el corazón, llevar bien un matrimonio tenía que ser muy difícil. Mamá y papá se tenían un afecto verdadero, pero los conflictos se sucedían. De hecho, a menudo le daba la impresión de que mamá era la que quería y papá quien se dejaba querer. Tal y como solía decir mamá con un gemido irónico, el gran amor de papá no era su esposa sino su fábrica.

Apartó esos malos pensamientos con una sacudida de cabeza. En su matrimonio, se dijo, no habría disputas, ella se encargaría de que fuera así. Releyó con ojo crítico lo escrito y añadió el final.

Tras darme cuenta de esto me he animado a escribirle estas líneas, querido teniente. Durante todo un año tuve la dicha de convencerme de la integridad de su carácter y por ello sé que no me despreciará cuando le haga saber con libertad mi deseo. Sin duda mi madre ya le ha hecho llevar la invitación a nuestro baile de enero. Me sentiría muy dichosa de poder verlo en esa ocasión.

Su amiga,

ELISABETH MELZER

¿Era exagerado hablar de «dicha»? Ella no pretendía arrojarse en sus brazos. Con decir «fortuna» bastaría. ¿Y si simplemente ponía «suerte»? O mejor…

—¿Lisa?

Kitty estaba llamando a la puerta. Elisabeth, molesta por esa distracción, se apresuró a meter la carta recién iniciada en una carpeta.

—¿Qué quieres ahora? Estoy ocupada.

—Tienes que ayudarme, Lisa. ¡Te lo ruego!

Sin esperar a que la dejara pasar, Kitty abrió la puerta y corrió hacia Elisabeth, que escondió la carpeta dentro del cajón del escritorio.

—¡Vaya! —exclamó Kitty con curiosidad—. ¿Tienes un secreto?

—Pronto será Navidad, hermanita.

Kitty pareció satisfecha con esa explicación. Elisabeth, en cambio, no estaba del todo segura de que hubiera sido una buena ocurrencia. En otros tiempos las dos se dedicaban a rebuscar en secreto los regalos de Navidad escondidos por la villa, sin obviar la habitación de la otra hermana. Pero de eso hacía años…

—Imagínate, Alfons Bräuer acaba de llegar y quiere vernos…

—¿No ha anunciado su visita?

Kitty se lamentó en voz baja. Sí, hacía una semana que el joven Bräuer había anunciado su visita y mamá la había condenado a recibir a ese «joven tan agradable» y a tomar el té con él. Por supuesto, en compañía de ella. Pero mamá aún no había regresado de su paseo por el parque.

—¡No puedo recibirlo sola, Lisa!

—¿Y por qué no? —repuso Elisabeth en tono malicioso—. Un muchacho con tan buena pinta. Con unos músculos como Hércules, que parecen estar a punto de explotar dentro de las mangas de su chaqueta. Por no hablar de sus muslos…

—Lisa, no tiene gracia. Vamos, ven. Si no me ayudas, se lo diré a mamá.

Elisabeth sabía que su hermana no dudaría en hacerlo. Desde que esta había empezado a asistir a algunos bailes y veladas, se sucedían visitas de jóvenes caballeros. Unos querían invitar a Kitty a una excursión en carruaje o en automóvil, otros a dar un paseo a caballo. Mamá examinaba las invitaciones que recibían y seleccionaba solo unas cuantas. En esos casos, ella, Elisabeth, la mayor, siempre estaba invitada. Evidentemente, como carabina. ¡Cómo odiaba eso!

—No estoy vestida —rezongó.

Llevaba un vestido verde oscuro que estuvo de moda tres años antes y que la señorita Jordan había ensanchado de cintura, escondiendo hábilmente la costura bajo un ribete de encaje.

—Lisa, estás muy guapa. De verdad, el color verde te favorece mucho. Vamos, ven. No podemos hacerlo esperar tanto.

—Deja que tome un poco de té, le sentará bien con el frío que hace.

Elisabeth se levantó de mala gana, se miró un instante en el espejo, hizo un mohín y luego se apresuró a ir detrás de Katharina. Desde que había llegado al mundo, todo giraba en torno a Kitty. Ya de niña tenía a todo el mundo encandilado con sus grandes ojos azules. De hecho, ella, Elisabeth, no había sido más que la niñera de su hermana pequeña. «Lisa, vigila que Kitty no se caiga por la escalera.» «Lisa, no zarandees a tu hermana.» «¿Por qué está llorando Kitty? Pobrecita. ¿No la habrás pellizcado, Lisa? ¡Mala, más que mala! ¡A tu habitación! ¡No queremos verte más por aquí!» Claro que había pellizcado a ese mal bicho en el brazo, pero fue porque antes Kitty le había mordido el dedo, aunque eso no le interesaba a nadie.

Mientras bajaban la escalera para ir al salón rojo, la autocompasión de Elisabeth iba en aumento. Habría podido pasar a limpio la carta y encargar que la echaran al correo. En cambio, al tener que pasar una hora haciendo de dama de compañía, no podría acabar a tiempo y tendría que entregar la carta al día siguiente, por lo que a buen seguro llegaría a su destino pasadas las fiestas. Era importante que Klaus la recibiera antes para evitar que adquiriera otros compromisos para el día del baile.

Auguste se encontraba apostada junto a la puerta del salón para hacerlas pasar. Ese día la chica estaba muy pálida; posiblemente el servicio estaba más ocupado de lo normal con los preparativos de la fiesta.

Alfons Bräuer se levantó de la butaca en cuanto ellas entraron. Alto como era, tuvo que tener cuidado para no rozar con la cabeza los colgantes de cristal de la lámpara de araña. Lejos de considerar su altura como una ventaja, a él eso le parecía una incomodidad.

—Señorita, estoy encantado. Espero no haber venido en mal momento.

—¡Oh, bobadas! —exclamó Kitty con una sonrisa mientras le ofrecía la mano para que se la besara—. No sabe lo mucho que nos alegra su visita. La lástima es que mamá aún no ha regresado. Figúrese, ha salido con papá a pasear por el parque y…

Elisabeth recibió también un beso de cortesía en la mano y un saludo, luego se sentaron y Kitty empezó a hablar como si le hubieran dado cuerda. El pobre Alfons solo tenía ojos para su princesa: cualquier gesto de ella, una mueca o una sonrisa, se reflejaba en los gestos de él. Elisabeth se limitó a servir el té y a repartir las tazas.

—Señor Bräuer, ¿toma usted un terrón de azúcar o tal vez dos?

—¿Cómo dice usted?

Ella tuvo que repetir la pregunta y entonces supo que él no tomaba azúcar. Tampoco parecía que el té le interesara especialmente, ya que sostenía la taza en la mano sin tomar ni un sorbo. Kitty hablaba como un pajarito, extendiéndose sobre los pintores franceses del siglo anterior y diciendo que gente como Renoir, Cézanne o Monet ya estaban caducos. ¿Había oído hablar de Georges Braque o de Pablo Picasso? Tres años antes, esos dos artistas fabulosos habían expuesto algunos cuadros en la galería Thannhauser de Múnich. ¿Por casualidad había estado allí? Ah, ¿no? Bueno, por desgracia ella tampoco: entonces solo tenía quince años y su pasión por el arte se encontraba en los primeros estadios. ¿Sabía él que los mejores y más grandes pintores vivían en Francia?

Elisabeth se sirvió el té con dos terrones de azúcar y tomó una galleta de Navidad de la fuente antes de pasarla. Galletas de almendra, bolitas de mazapán, pan de especias, galletas de vainilla… Como repostera, la señora Brunnenmayer era igual de buena que como cocinera. Bastaba con pensar en el pastel de Navidad que servía el primer día de las fiestas: era de nata con sabor a pan de especias, estaba relleno de nueces y avellanas escarchadas y llevaba una fina cobertura de chocolate. Aunque ella solo podía tomar un trozo, si no tendría problemas con su nuevo vestido para el baile de la villa. Era importante estar guapa cuando Klaus von Hagemann acudiera. Eso si acudía…

—Por desgracia, apenas soy capaz de dibujar una línea recta —oyó decir al joven Bräuer—. Aun así, soy un admirador de las bellas artes. Querida señorita Melzer, cuando la oigo hablar tan animada de ello es como si prendiera un fuego en mi interior.

—A mí lo que me gustaría es meter una antorcha en su interior y provocar una llamarada —exclamó Kitty riéndose—. Una llama eterna en el altar de las artes…

«Increíble», se dijo Elisabeth. De todas las tonterías que Kitty había dicho en su vida, esa se llevaba la palma. «El altar de las artes.» Si la oyera el padre Leutwien… ¿Cómo se explicaba su pasión repentina por los pintores franceses? ¿No tendría que ver con ese joven francés? Ese tal… ¿cómo se llamaba? Gérard Du… Dutrou. No, Dufour. Ah, no, no. Gérard Duchamps, sí, ese. El hijo de un colega de su padre que era de Lyon, la ciudad de la seda. Ojos oscuros con reflejos dorados, pelo negro espeso y, aunque tenía la nariz ligeramente afilada, eso no alteraba la impresión general. El joven Duchamps había conquistado los corazones y los sentidos de damas de todas las edades. Había coincidido con Katharina Melzer, la reina del baile de la temporada, en la villa Riedinger con ocasión del baile de San Nicolás. Ella lo había impresionado mucho y habían bailado juntos varias veces.

—Se dice que en enero habrá varias exposiciones interesantes en Múnich —comentó Alfons Bräuer.

—¡Y tanto! Aquí, en Augsburgo, somos muy conservadores. Vivimos en otro mundo. En Múnich la gente es más cosmopolita. Y luego está París, la cuna del arte. Pintores, escritores, músicos…

Bräuer por fin dejó la taza de té sobre la mesita baja de madera labrada. Aquel muchacho parecía muy emocionado: tenía las orejas rojas y Elisabeth notó su intenso olor corporal. Sudaba en su traje de invierno de lana cálida. Else había caldeado bien la sala.

—Si su madre y su querida hermana me permitiesen invitarlas a las tres a una excursión a Múnich después de las fiestas, podríamos…

Un grito procedente del pasillo lo interrumpió.

—¡Auguste! ¡Por el amor de Dios! ¡Auguste!

Era Paul. Elisabeth dejó el pan de especias que había mordisqueado y Katharina saltó de su asiento como movida por un resorte.

—¡Ya está aquí nuestro Paul!

—Pero ¿qué le ha pasado con Auguste?

Cuando Katharina abrió la puerta, se encontraron con una imagen espantosa. La pobre Auguste estaba tumbada sobre la alfombra del pasillo y Paul estaba arrodillado junto a ella, sosteniéndole la mano y mirándole el pulso.

—Está viva —dijo él mirando a Kitty con los ojos vidriosos—. En un primer momento pensé que había muerto.

—¡Dios santo! Pobrecita, está pálida como un cadáver. ¡Y tiene las mejillas frías como el hielo!

Kitty se había arrodillado junto a la mujer inconsciente y le acarició la frente con cariño. Alfons Bräuer estaba junto a la puerta con cara de no saber qué hacer.

—Se ha desmayado —constató Elisabeth—. Esas cosas pasan.

Era la única que había conservado la calma y pulsó el botón para llamar al personal. Else apareció en la salida de la escalera, hizo un gesto de espanto y al instante se fue a dar aviso a la cocinera y a Robert, el lacayo.

—Pasa al salón, Paul —dijo Elisabeth en tono de desaprobación—. Tus servicios como samaritano ya no son necesarios. ¡Oh, vamos! ¿Qué os inquieta? Seguro que la señorita Schmalzler sabrá lo que hay que hacer. Y mamá estará de vuelta dentro de poco.

En ese momento asomó el lacayo, seguido de Else, Maria Jordan y la cocinera.

—Ya se veía venir —musitó la cocinera—. Pobrecita. ¡Esperemos que no sea nada!

Entretanto, Auguste había recuperado el conocimiento. Parpadeó y se incorporó para sentarse. Miró a su alrededor con gran asombro.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué hago en el suelo?

—Tranquilízate —dijo la cocinera—. Vamos, toma un sorbo de agua. No te atragantes…

—Vaya —dijo Paul, aliviado—, ¡menudo susto nos has dado, Auguste!

El pequeño grupo se disgregó. Robert ayudó a Auguste a ponerse de pie; la señorita Jordan recogió de la alfombra las servilletas recién planchadas que Auguste iba a llevar al comedor y la cocinera se apresuró por la escalera murmurando lamentaciones sobre un asado de cerdo. Los señores regresaron al salón rojo y dejaron a la criada en manos del personal de servicio.

—Muy propio de Paul —bromeó Kitty—: apenas llega a casa y las muchachas se desploman sobre las alfombras.

Abrazó a su hermano y lo besó en las dos mejillas, mientras él se dejaba hacer entre risas. A Elisabeth, ese saludo en presencia de un invitado le resultaba demasiado exagerado, pero así era Kitty. Ante aquellas muestras de afecto fraternal, el joven Bräuer, incómodo, tenía la vista clavada en sus botas de charol. A buen seguro le habría gustado estar en el lugar de Paul. Al final, este apartó con suavidad a Kitty, abrazó a su hermana Elisabeth y le tendió la mano al señor Bräuer.

—Hacía tiempo que no nos veíamos, amigo —dijo sonriendo—. ¿No dijiste que vendrías a visitarme a Múnich?

Los modales amigables y sencillos de Paul desinhibieron un poco al joven Bräuer. En efecto, tenía previsto hacerle una visita en octubre, pero tuvo tanto trabajo en el banco que le fue imposible.

—Ejerces ya como hijo y sucesor del director, ¿no? —comentó Paul con un deje de envidia—. En un par de años ya estarás dirigiendo el banco tú solo.

Señaló con gesto animoso las butacas y todos volvieron a tomar asiento. Ahora la conversación transcurría de forma fluida, el ambiente se había distendido, e incluso Alfons Bräuer se permitía algunos chistes.

—Si piensas eso, es que no conoces a mi padre —contestó con una sonrisa—. Es incapaz de apartar los dedos de los negocios del banco. Seguro que el día, esperemos que lejano, que se encuentre entre los ángeles del cielo, se dedicará a estudiar a diario el curso de las acciones.

En ese momento, incluso Elisabeth empezó a pasárselo bien. Cuando el joven Bräuer se comportaba como una persona normal, y no como un asno enamorado, era realmente divertido.

—Si sigue helando de este modo, creo que podremos calzarnos los patines —sugirió Paul, que no dejaba de lado ningún deporte.

Kitty se mostró entusiasmada con la idea, Alfons Bräuer mostró cierta reserva y Elisabeth se encogió de hombros. Patinar por el hielo no era su fuerte.

—Yo preferiría que los cuatro hiciéramos una excursión en trineo —propuso Bräuer.

—¡Excelente! —exclamó Kitty dando palmadas.

—O tal vez una excursión a caballo a primera hora por la nieve nueva —dijo Paul—. Ah, eso me recuerda una cosa. ¿No te interesaría mi silla de montar? He decidido comprarme otra y me gustaría desprenderme de ella. Como sabes, es un modelo hecho a medida, pero creo que a tu yegua le iría bien.

—¿Tu silla de montar? ¡Y tanto! Me interesa.

Alfons Bräuer era un jinete bastante bueno. Cabalgar era el único deporte en el que sabía defenderse.

—Muy bien —exclamó Paul—. Como sabes, aprecio mucho mi silla de montar. Y no se la vendería a cualquiera, solo a un buen amigo.

Alfons se sonrojó. Hasta entonces no había formado parte del círculo de amigos más íntimos de Paul, aunque tampoco lo seducía porque las frivolidades de esos jóvenes no estaban hechas para él. Sin embargo, como la hermana pequeña de Paul le había causado una impresión imborrable, casi se sintió orgulloso de ser considerado un buen amigo.

—Tengo una idea estupenda.

Paul estaba muy animado. Los ojos le brillaban de emoción. Elisabeth se preguntó qué podía haber detrás de todo aquello.

—Aprovechemos este fantástico tiempo de invierno y salgamos de excursión mañana por la mañana: las damas en trineo y nosotros a caballo. Así podrías probar la silla…

Ni a Kitty ni a Elisabeth les entusiasmó esa propuesta, ya que ambas tenían otros planes. Incluso el joven Bräuer vaciló, pues no era muy amigo de las decisiones espontáneas. Por otro lado, se dijo, era una oportunidad de pasar varias horas cerca de su adorada.

—Hasta el mediodía tengo que estar en el banco —explicó—. Pero creo que después dispongo de un par de horas.

—¿A las dos estaría bien? —preguntó Paul para comprometerlo—. Te esperaré detrás, en los establos.

Capítulo 15

15

Un intenso olor a amoníaco, limón, vinagre y a algo metálico se había apoderado de la cocina. La larga mesa estaba forrada con varias capas de papel de periódico y encima, entre trapos y frascos, se encontraba parte del menaje de plata de los Melzer. Teteras abombadas, jarras de leche, pequeñas cestas de diseño entretejido en las que se servía la fruta o el pan, platos, saleros, azucareros, numerosas bandejas de plata y varios candelabros que habían pertenecido a los Maydorn. Antes de Navidad había que dar lustre a todos esos objetos hermosos, así como a los cubiertos, las cucharas de servir, el cuchillo de trinchar y la tijera para aves, una pieza delicadamente cincelada pero ridícula, que jamás se había utilizado como tal pero que resultaba muy decorativa.

Maria Jordan y Auguste trabajaban en ello. Se habían sentado junto al hogar, que aún estaba encendido, para tener la espalda caliente. En el fogón había una cafetera esmaltada de color azul claro y un hervidor de agua porque la señora solía tomar té por la noche.

—¿Dónde estarán los demás? —refunfuñó la señorita Jordan—. ¿Es que tenemos que hacerlo nosotras solas? Esta peste me pone enferma.

Auguste hizo una mueca mientras frotaba con ahínco un azucarero con un paño de lana suave para sacarle brillo. No solía ser muy remilgada en lo que a olores se refería, pero últimamente el estómago se le revolvía con solo ver un cazo de leche en el fogón.

—No veo por qué tenemos que usar amoníaco —dijo arrugando la nariz con disgusto— cuando esa cosa blanca de Inglaterra da mejor resultado.

—Pero también es más cara. La señora solo encargó tres frascos y vamos a tener que apañarnos solo con eso.

La señorita Schmalzler les había dicho que aplicaran una cantidad escasa de ese limpiador en un paño y que lo usaran hasta que perdiera toda su eficacia. Solo entonces podían volver a mojar un poco el trapo con ese precioso líquido blanco.

—¿Por dónde anda la señora Brunnenmayer? ¿Ya se ha acostado? —insistió Maria Jordan.

—Está en la despensa haciendo la lista de la compra.

—¡Oh, Dios! El ritual sagrado previo a la Navidad.

Maria Jordan levantó un pequeño salero hacia la luz. Lo había pulido tanto que brillaba, pero la limpieza había desvelado algunos defectos.

—Mira esto, Auguste. Alguien rascó aquí a propósito con el cuchillo. Aquí, y también aquí abajo.

Había invitados que no sabían lo que era el respeto, incluso señores de gran renombre. Auguste dijo haber visto a un señor de apellido Von Wittenstein, o algo parecido, haciendo bolitas con el pan y arrojándolas por encima de su hombro. Años atrás, un diplomático ruso había hecho lo mismo con su vaso. Al parecer, lo hizo movido por el enojo cuando comprobó que, en vez de aguardiente, el vaso contenía agua. Y había una dama de la alta sociedad, cuyo nombre Maria no quiso decir porque todavía frecuentaba la casa, que solía divertirse haciendo tropezar con su bastón al servicio cuando servía la sopa caliente.

—Esa es una auténtica arpía. Si yo fuera Robert, ya le habría vertido un cucharón de sopa por la nuca —dijo Maria Jordan—. Por cierto, ¿dónde está? Debería estar puliendo la cubertería.

Auguste soltó una risita y se tomó un sorbo de café con leche.

—Está atrás, en el cobertizo. Los hijos de los señores quieren hacer una excursión con el trineo de caballos mañana al mediodía, así que hay que preparar el vehículo.

—¡Qué lástima! Lleva casi un año metido en el cobertizo. Seguro que los patines están oxidados.

Auguste asintió y añadió que además era preciso engrasar la piel de los asientos. Había tres personas encargándose de ello: el jardinero Bliefert, su nieto Gustav y Robert.

—Supongo que no les hará ninguna gracia estar en ese cobertizo helado.

La señorita Jordan cogió el siguiente salero. Los Melzer tenían veinticuatro bonitos recipientes como aquel y un número igual de cucharillas diminutas para la sal, que eran como cucharones en miniatura. En la mesa, esos pequeños saleros se colocaban a la izquierda de cada plato para que cada uno pudiera servirse la sal a su gusto y de forma discreta.

—El primer día de fiesta vendrá la parentela pobre —cotilleó Auguste—. Como siempre, al completo. La señora estará contenta.

Maria Jordan suspiró. Nadie del servicio tenía simpatía por los hermanos y hermanas del señor, invitados al banquete del día de Navidad por amor cristiano y obligación familiar. Todos llevaban la envidia y la codicia escritas en la cara, sus modales en la mesa eran pésimos, no sabían beber, y daban órdenes al personal como si fueran los propietarios del lugar. El servicio prefería a los invitados del segundo día festivo, San Esteban. La familia de la señora era de origen noble y sabía tratar al personal; a ninguno de ellos se le habría pasado por la cabeza pedir una doncella para que prendiera la estufa de la habitación.

—Definitivamente, nos han dejado solas —se lamentó Auguste mirándose los dedos negros. Pulir la plata era una de sus ocupaciones preferidas porque todos se sentaban en la cocina, y hablaban y reían mientras el café hervía en el fogón—. Al menos Else podría ayudar.

Else estaba en la sala de plancha. En las últimas semanas habían hecho muchas coladas y aún había montañas de prendas para planchar. Cada año la señora procuraba que antes de Navidad toda la ropa de los armarios estuviera limpia. Se decía que lavar la ropa entre Nochebuena y San Silvestre daba mala suerte para el año siguiente.

—No hace falta preguntar dónde anda Marie —gruñó la señorita Jordan.

—No —corroboró Auguste en tono mordaz.

En la cocina reinó el silencio unos instantes, mientras las dos mujeres se enfrascaban en sus pensamientos. Maria Jordan se levantó para servirse más café para ella y para Auguste de la cafetera azul.

—Lo sabía —dijo malhumorada mientras tomaba un agarrador del gancho cuando vio que el asa de la cafetera estaba caliente—. Lo soñé antes incluso de que ella llegara a esta casa.

Auguste colocó el azucarero recién bruñido en la mesa y se deleitó un instante mirándolo. Era una lástima que ese brillo solo durara unas semanas; luego, el recipiente perdería el lustre, se cubriría de manchas grisáceas y se volvería negro.

—¡Usted y sus sueños!

—Ríete cuanto quieras. Siempre se han cumplido.

—¡Bobadas!

La señorita Jordan, enfadada, derramó sobre la mesa un poco de ese limpiador de plata inglés tan caro y se apresuró a pasar el trapo por encima.

—¿Acaso no vaticiné que Gertie no estaría mucho tiempo con nosotros? ¡Y ocurrió!

Auguste bufó con desdén y comentó que aquello era predecible incluso sin magia.

—¿No le dijo usted el año pasado a Else que la aguardaba un gran amor? Se lo leyó en el poso del café. ¿Y bien? ¿Dónde está ese gran amor? No hay nada de nada.

—Bueno, bueno, es cuestión de esperar —se defendió la señorita Jordan—. De todos modos, si Else no hace algo, no pasará nada. En esos casos, el amor puede esperar hasta el juicio final.

—Sí, claro, así hasta yo podría hacer predicciones —se rio Auguste, burlona—. No hay pan sin afán y nada surge de la nada. ¡No me haga reír!

La señorita Jordan puso cara de disgusto pero no replicó, y se dispuso a aplicar el limpiador a un candelabro. En realidad, a Auguste no le faltaba razón. Se habría podido ahorrar lo del poso de café. Solo lo hizo porque Else le dio dos marcos a cambio y ella necesitaba dinero, aunque a nadie le importaba para quién. Pero lo de sus sueños era otra cosa, en eso no consentía burlas.

—Sé que Marie nos traerá una desgracia —insistió, obstinada—. Lo vi en un sueño donde ella corría por el parque perseguida por un perro negro. Fíjate, un perro negro, eso no es un buen augurio.

Auguste se encogió de hombros. Aunque entre ellas ya no había hostilidad, tampoco eran amigas. Else sí sentía más apego hacia Marie, pero tal vez se debía a su falta de carácter. La señora Brunnenmayer no permitía que se hablara mal de Marie, Robert se mantenía alejado de los «chismes de mujeres» y la señorita Schmalzler guardaba silencio.

—¡Es increíble! —gruñó la señorita Jordan—. Jamás he sabido de ninguna ayudante de cocina que pasara el rato con la señorita en su cuarto y tomara el té con ella.

Aquel comentario dio pie a Auguste para desfogarse. Tal vez lo había hablado cien veces y se había enfadado otras tantas, pero soltarlo siempre era un alivio. Marie pasaba una hora sentada ahí arriba todos los días, domingos incluidos, y no pocas veces acudía también al caer el día, y no era para servir a la señorita, lo cual, en cualquier caso, tampoco era la obligación de una ayudante de cocina. No. Lo hacía para participar en una especie de mascarada. Marie se ponía los vestidos que le daba la señorita, se ataba pañuelos a la cabeza y se soltaba el cabello: a veces eran unos harapos feos y grises y unos zuecos, y a veces telas coloridas y echarpes fabulosos de seda. Podía parecer tanto una pordiosera como una zíngara.

—¿Has espiado alguna vez por el ojo de la cerradura? —preguntó la señorita Jordan con una sonrisa maliciosa.

—Basta con ver los cuadros; la señorita la pinta. La he visto dibujada con carboncillo; otras, con lápices de colores, e incluso con pintura de tonos muy vivos…

En efecto. Maria Jordan también había visto los cuadros. A pesar de que la señorita solía guardarlos en carpetas y cubrir el caballete con una tela.

—Hace poco Marie se puso un vestido de la señorita. ¡Habrase visto! Una rata de cocina luciendo prendas de seda y dejándose peinar por su señorita. Solo me falta tener que servir a su Ilustrísima Princesa Marie de las Santas Mártires.

—¿De las qué? —preguntó Auguste con asombro.

—Así es como se llama el orfanato del que viene.

—¿No tiene padres? ¿Es ilegítima?

—¡Y tanto!

—¿Y cómo sabe usted esas cosas? —preguntó Auguste, sin acabar de creérselo.

La señorita Jordan se encogió de hombros y adoptó una expresión misteriosa. Podía parecer que había obtenido esa información por arte de magia, aunque también era posible que se hubiera colado en el cuarto de la señorita Schmalzler, en una de cuyas estanterías se encontraban las carpetas con los papeles y los cuadernos de trabajo del servicio.

—¿De qué nos extrañamos? —dijo Auguste—. Si todos sabemos cómo es la señorita Katharina. Es una veleta. Ahora se entretiene con su nuevo juguete, pero mañana se aburrirá de él y dejará a Marie de lado. Bien pensado, da incluso lástima. La chica no es consciente de lo caprichosa que es la señorita.

Maria Jordan estaba concentrada en el pie de un candelabro de plata profusamente cincelado. Era difícil limpiar esas decoraciones; había que emplear una cerilla, y a veces una aguja, y prestar mucha atención. Aun así, en la mayoría de los casos siempre quedaba un resto negro.

—Pues a mí no me da ninguna lástima —le dijo a Auguste—. Quien mucho sube más fuerte baja. Eso siempre ha sido así. Y le estaría bien empleado si

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