Allí donde nace el día

Sarah Lark

Fragmento

Prólogo

Prólogo

—¡Oh, gracias, muchas gracias! —Sophie empezó a bailar por la habitación con el resultado del análisis genético que acababa de entregarle su amiga Jenna—. ¡Ni te imaginas lo aliviada y contenta que me siento!

Jenna se echó a reír.

—Entonces ya podéis fijar la fecha de la boda —observó al tiempo que se sentaba en la silla del escritorio de Sophie.

El despacho de su amiga, en la Universidad Victoria de Wellington, era diminuto. En él no cabía mucho más que un escritorio para el ordenador y dos sillas. Pese a ello, Sophie lo había decorado de forma muy original. De las paredes colgaban unas impactantes reproducciones de pinturas rupestres de todo el mundo realizadas miles y miles de años atrás: caballos al galope, rebaños de bisontes que huían de depredadores o de cazadores, huellas de manos y enigmáticos símbolos. Sophie se ocupaba de descifrar el lenguaje de esas imágenes. Era especialista en arte rupestre y había escrito la tesis doctoral sobre los dibujos de las cuevas de Carnarvon, en Australia. Desde entonces trabajaba en la universidad tanto de docente como de investigadora.

—Bueno, casarnos nos habríamos casado igualmente —contestó casi un poco ofendida, echándose hacia atrás el largo y moreno cabello. En realidad solía recogérselo en la nuca cuando trabajaba, pero la cinta con que lo llevaba atado se le había soltado mientras ejecutaba esa alocada y alegre danza—. Eso estaba claro. Ahora bien, quizá no nos habríamos atrevido a tener hijos...

—También podríais haberos hecho el análisis sin mi ayuda —opinó Jenna—. Es posible que lo hubiese pagado el seguro. A fin de cuentas, en las dos familias se dan casos de la enfermedad...

Hacía medio año que Sophie había conocido a su novio Norman y ambos se habían enamorado, prácticamente, a primera vista. Y eso que no parecían tener mucho en común: ella era una científica objetiva y él, un diseñador de páginas web en una empresa para la que creaba efectos cinematográficos especiales, extraterrestres y seres fabulosos. Probablemente no se habrían conocido nunca si la compañía de Norman no hubiera valorado tanto la credibilidad de sus mundos fantásticos. Habían contratado a Sophie como asesora para la construcción de una caverna de la Edad de Piedra. Norman la había conducido por el paisaje montañoso virtual y se había reído de ella cuando Sophie le había aleccionado con todo detalle porque era obvio que en la montaña, a tanta profundidad, las condiciones luminosas y las estructuras pétreas tenían que ser totalmente distintas a las de su película.

—Esto es Exanaplanatooch, un planeta con apenas un lejano parecido con la Tierra —le había contado con despreocupación—. Pero bien, si te empeñas, colocaremos un par de luciérnagas como en las cuevas de Waitomo, así podrán iluminar el conjunto. ¡A lo mejor hasta muerden! Lo que tal vez estimule la fantasía de los redactores...

Sophie también se había reído de la ocurrencia y había encontrado tan irresistibles las rastas rubias de Norman como sus verdes y resplandecientes ojos y su rostro, que siempre parecía un poco arrugado, como si acabara de salir de la cama.

Enseguida se volvieron inseparables. Su felicidad solo se había visto ligeramente enturbiada cuando las dos familias se conocieron: en ambas habían aparecido casos de mucoviscidosis en los últimos decenios. De ahí la posibilidad de que tanto Sophie como Norman presentaran el defecto genético que provocaba esa enfermedad hereditaria. Por lo que el riesgo de tener hijos juntos era grande.

Norman se lo había tomado con calma. En un principio había rechazado la idea de hacerse análisis genéticos y que surgieran otras complicaciones con la convivencia. Sophie, sin embargo, no estaba tranquila y al final se había sincerado con Jenna.

—Venga, Sophie, si solo se trata de esto... —había dicho su amiga—. Ya sabes que cada semana envío al laboratorio material genético de descendientes de los moriori para ese gran estudio. Nadie se dará cuenta si mandamos analizar una o dos pruebas más.

Jenna era antropóloga forense y en la actualidad se ocupaba del estudio de la herencia genética y el origen de un pueblo casi extinto. Hasta principios del siglo XIX, los moriori habían vivido en las islas Chatham, aislados del mundo y generando una cultura única. Posteriormente, como consecuencia de una invasión maorí, casi habían sido exterminados, pero en la actualidad se había vuelto a despertar un gran interés general por su origen y sus costumbres. En especial, los descendientes de los mismos moriori estaban interesados en reunir la mayor documentación posible, incluyendo un inventario del material genético existente.

Así pues, Sophie había cogido con un poco de mala conciencia un pelo del cepillo de Norman y se había hecho un análisis de sangre. Ese día le habían dado el resultado: ni ella ni Norman eran portadores del funesto gen.

—En cualquier caso, estoy supercontenta de saberlo —repitió Sophie—. Ahora mismo en lugar de no se sabe cuándo. Y salvo esto, no han encontrado nada más, ¿verdad? —De nuevo dirigió a su amiga una mirada angustiada. Bien pensado era un poco raro que Jenna le hubiera comunicado en persona el resultado. Habría sido más rápido por teléfono, sobre todo teniendo en cuenta que su despacho se encontraba en una zona totalmente distinta de la universidad—. ¿Somos... bueno... desde todos los puntos de vista... compatibles?

Jenna volvió a reír.

—Si quieres decirlo así —ironizó—. A ver, médicamente no hay ningún obstáculo para que os caséis. Yo más bien me preocuparía por el hecho de que Norman siempre esté un poco en las nubes. Pero, en fin, a lo mejor funciona... —Hizo una pequeña pausa. Jugueteó con un bolígrafo de colores con la forma de los enanos que, en el último proyecto cinematográfico de Norman, vivían en las cuevas de Exanaplanatooch—. Tal vez no has descubierto todavía tu propia espiritualidad...

—¿Qué quieres decir? —Sophie se sentó frente a ella—. ¿Por qué debería empezar a ver espíritus de repente? Claro que a veces el interior de las cavernas es un poco espectral, pero...

Jenna se mordió el labio.

—Lo pensaba por tu origen... —musitó enderezándose—. Sophie, hay... hay algo más que debo comunicarte. Ya sabes que he enviado las pruebas de ADN para un estudio sobre los moriori. La ayudante del laboratorio me ha hecho como un favor el análisis genético relacionado con las enfermedades hereditarias. Pero también ha comprobado si tal vez alguno de vosotros dos descendía de los moriori. Y... en tu caso ha resultado que sí.

Sophie frunció el ceño.

—Es imposible —objetó—. Mi familia viene de Australia y tiene raíces irlandesas... No lo sé exactamente porque nunca nos interesó nuestra genealogía. Pero mi abuela era el prototipo de la «rosa inglesa»: de un rubio rojizo, ojos azules...

—Tú, por el contrario, eres morena —señaló Jenna.

Sophie se levantó y se miró en el espejo que entre los dibujos rupestres se veía un poco fuera de lugar. Examinó su tez relativamente oscura, en efecto, y el pelo negro, pero fue incapaz de reconocer en sus rasgos proporcionados nada que señalase que perteneciese a otra etnia que no fuese la europea.

—Pero tengo los ojos azules... —Dibujó una sonrisa torcida—. Y el gen de la mucoviscidosis solo se da entre europeos...

—¿Y esto qué es? —preguntó Jenna señalando una pequeña obra de arte sobre el escritorio de Sophie. No se trataba de una reproducción como en los pósteres de las paredes, sino del dibujo a lápiz de una joven de descendencia sin duda polinesia—. Una vez dijiste que era una reliquia familiar.

Sophie asintió pensativa.

—Sí —dijo—. Lo encontré. En una carpeta con dibujos exclusivamente naturalistas. Mi tatarabuelo viajó con Ludwig Leichhardt. El resto de los dibujos está dedicado a la flora y la fauna australiana.

—Esa chica seguro que no era aborigen —observó Jenna—. ¿No podría ser esa la relación?

Sophie se encogió de hombros.

—No lo sé. En el fondo da igual que tenga cierta herencia genética de los moriori. Es posible y no es nada malo.

Jenna negó con la cabeza.

—Al contrario. Es algo especial. Te hace parte de un pueblo extraordinario. Y... y he pensado... Que podrías hacerme un favor...

—¿A las islas Chatham? ¿Una expedición? —Norman jugueteaba con su copa de champán. Esa noche su novia le había dado un par de noticias difíciles de digerir. Lo del test genético secreto, que ya era fuerte de por sí. Aunque, por otra parte, si él hubiera sabido lo mucho que ese tema preocupaba a Sophie, se habría hecho voluntariamente el test, por supuesto. A veces le desconcertaba que fuera tan reservada. Él era una persona que expresaba sus emociones y no se tomaba muy en serio las dificultades de la vida. No siempre entendía la tendencia de Sophie a darle vueltas a las cosas y a veces hasta le daba pena que ella se obsesionase tanto por algo. Tampoco se enfadó en ese momento, sino que decidió compartir su alegría con ella por el resultado y abrir una botella de champán. Cuando su novia le habló de su ascendencia moriori, respondió con serenidad—. Así no nos extrañaremos si alguno de nuestros hijos tiene un aspecto algo exótico —dijo sonriendo—. Una pequeña beldad de los Mares del Sur o un joven parecido a Bob Marley.

—A ver, raíces caribeñas, no tengo —protestó Sophie—. Los moriori provenían en su origen de Hawaiki, como los maoríes, pero luego se instalaron en las islas Chatham...

—¿Dónde están exactamente?

Sophie reflexionó unos segundos.

—En el Pacífico Sur. A unos ochocientos kilómetros al sudeste de aquí. Se encuentran un poco apartadas, pero pertenecen a Nueva Zelanda. Y... creo que pronto las conoceré. —Poco después reveló la tercera noticia de la noche: iba a unirse a una expedición de la universidad en las islas Chatham—. Los moriori son famosos por el llamado Tree Carving. Tallaban imágenes y símbolos en la corteza de los árboles. Hay además unas pinturas rupestres en un lugar conocido como Nunuku’s Cave, en la laguna Te Whanga —informó Sophie—. En cualquier caso, Jenna precisaría de una experta en arte rupestre y, para ser sincera, a mí me interesa el tema. Los moriori vivieron siglos en esas islas. ¿Pero alguna vez oíste hablar de ellos? Y, sin embargo, desarrollaron una cultura muy especial. Eran muy pacíficos y eso les valió que casi los exterminaran. Sea como fuere, allí hay un montón de cosas por redescubrir y conservar. Por ejemplo, el tema de los árboles, nadie sabe por qué grababan esos signos en ellos. Son únicos, al igual que las pinturas de las cavernas. Los petroglifos, esos dibujos grabados sobre piedras, las imágenes de pájaros, los relieves... no se encuentran en ningún lugar salvo en la Polinesia...

—¡De acuerdo, de acuerdo! —Norman levantó las manos interrumpiéndola sonriente—. Tampoco quería saberlo con tanto detalle. Ya veo que estás decidida. ¿Cuánto tiempo estarás de viaje? ¿Para cuándo está programado?

Sophie se mordisqueó el labio inferior. Ahora empezaba la parte difícil de la historia.

—En... en enero —confesó—. Porque es... es cuando hace mejor tiempo en las Chatham, simplemente. De lo contrario hace mucho frío, ¿sabes...?

Norman arrugó la frente.

—¿Te acuerdas de que me pedí las vacaciones para enero? —preguntó—. ¿Y que queríamos ir a Australia? ¿A bucear?

Ya hacía tiempo que Norman tenía su certificado de buceo y Sophie había planeado adquirirlo en las vacaciones y marcharse con él a explorar la Gran Barrera de Coral.

Ella asintió con sentimiento de culpabilidad.

—No puedo elegir —respondió—. Los plazos son fijos. Y Jenna... no podía negarme después del asunto de la prueba.

Norman suspiró.

—Está bien —concluyó—. Pues ahora tienes... —Consultó el reloj—. Tres minutos exactamente para convencerme de los atractivos turísticos de las islas Chatham. ¿Por qué debería pasar allí mis vacaciones en lugar de tomar el sol australiano y disfrutar de la zona de inmersión más bella del mundo todavía existente?

Sophie resplandeció.

—¿Me acompañarías? —preguntó.

—El tiempo corre —fue su única contestación.

Sophie pensó unos segundos.

—Bueno, el paisaje... es bastante virgen...

—Es decir, nada de hoteles de cuatro estrellas con bar en la playa —comentó Norman.

—Hay... hum... pájaros raros como la... paloma y la petroica de las Chatham... son especies en peligro de extinción.

—No son sabrosos platos de aves... —observó Norman.

—¡Pero hay dientes de tiburón petrificados! —intentó entusiasmarlo Sophie.

—Cada vez mejor —opinó Norman riendo sarcástico—. ¿Y qué decías respecto al clima? ¿La temperatura más alta en verano es de dieciocho grados?

Sophie se rascó la frente.

—De acuerdo, admito que las Chatham no resultan atractivas para el turista medio. Pero para ti, cariño mío... —sonrió— deberían ser irresistibles este enero en especial... —Hizo una pausa teatral antes de presentar su ultimátum—. ¡Pues es entonces cuando estaré allí!

Norman no dijo más. La estrechó entre sus brazos y la besó.

El vuelo desde Wellington, la capital de Nueva Zelanda, en el extremo meridional de la Isla Norte, hasta la isla Chatham, la principal del archipiélago, fue corto pero turbulento. Los tristemente célebres vientos del oeste, característicos de la región de las Chatham, hacían honor a su nombre. Jenna, a quien ya en general no le entusiasmaba viajar en avión, pasó todo el tiempo conteniendo las ganas de vomitar, mientras que Norman encontraba la mar de emocionante el continuo subir y bajar del pequeño avión. Los otros miembros de la expedición aguantaron estoicamente las turbulencias. Además de Jenna y Sophie, un lingüista y cinco estudiantes formaban el grupo de investigadores que iba a concentrarse de manera intensiva en la cultura moriori. Los últimos estudios se habían realizado en los años setenta. Sophie charlaba con una de las estudiantes, Kirsty, una chica rubia de Auckland. Era la única que ya había estado una vez en las Chatham.

—Con mi novio —explicó la joven—. Se dedica a los estudios de la paz y los conflictos y en la facultad colabora con el Hokotehi Moriori Trust. Juntos organizan seminarios y talleres en las instalaciones en donde vamos a hospedarnos. El Kopinga Marae dispone de una acogedora casa de huéspedes y está bien situado.

A esas alturas, Sophie ya sabía que el Hokotehi Moriori Trust representaba los intereses de los descendientes de los moriori. Había obtenido una compensación económica después de que el Tribunal de Waitangi reconociera por fin los derechos de los moriori sobre su legado. Parte del dinero se había invertido en la construcción de la casa de huéspedes, en salas de reunión y de seminarios y en un museo. Para los moriori constituía sobre todo un centro espiritual.

—¿Está lejos del aeropuerto? —preguntó Sophie. Después de ese agitado vuelo estaba hecha polvo.

Kirsty negó con la cabeza.

—Solo a unos minutos en coche. Nos vienen a recoger. En sí no hay grandes distancias en la isla Chatham. Apenas tiene novecientos kilómetros cuadrados y casi un tercio de ellos está ocupado por la laguna. En cualquier caso enseguida podremos descansar.

»Ustedes han alquilado habitaciones en el hotel, ¿no? Son supercómodas. La casa de asambleas es más... hum... rústica. Pero también bonita.

Kirsty parecía ser fácil de contentar. Pero Norman había reservado habitación para Sophie y él en el Henga Lodge, un hotel contiguo al Kopinga Marae que también estaba administrado por el Moriori Trust.

—A fin de cuentas, es aquí donde voy a pasar mis vacaciones —había dicho sonriendo. En el hotel no tenían que ocuparse ellos mismos de la habitación ni de las comidas como en la casa de huéspedes, que de buen grado acogía gratuitamente al equipo de la expedición.

El avión se acercaba ahora a la isla Chatham y Sophie distinguió unas playas rocosas y escarpadas, prados color verde pálido y unas colinas boscosas. Era una isla de colinas, no de montañas. En las planicies pastaban ovejas por todos sitios, como en Nueva Zelanda. Sophie sabía que habían importado estos animales a mediados del siglo XIX. Era un clima apropiado para la producción de lana. Hacía un tiempo frío e inhóspito y también llovía cuando por fin se detuvieron en la pista de aterrizaje del minúsculo aeropuerto Tuuta. Norman se sacudió una vez abajo mientras que Jenna tenía la impresión de que iba a besar el suelo. La delicada y rubia amiga de Sophie seguía blanca como la nieve.

—Yo a la vuelta cojo el transbordador —afirmó.

Sophie negó con la cabeza.

—Para cuando volvamos te habrás olvidado de las turbulencias —la consoló.

Era posible llegar por mar a las Chatham, pero la travesía era larga e incómoda y el oleaje seguramente también afectaría a los pasajeros.

Puesto que el archipiélago pertenecía a Nueva Zelanda no había ningún tipo de formalidades para entrar en él, y, de hecho, un microbús de la Hokotehi Moriori Trust ya estaba esperando a los investigadores. El conductor les dio la bienvenida a Rekohu, como los moriori llamaban a la mayor de las islas Chatham.

—Es el primer lugar del mundo en el que el hombre ve salir el sol —anunció orgulloso.

Norman miró sorprendido el cielo cubierto.

—¿En serio? —preguntó.

El simpático hombre se echó a reír.

—Si tomamos como referencia la línea internacional de cambio de fecha —explicó—. Las Chatham están a su lado. En este sentido, aquí empieza un nuevo día antes que en cualquier otro lugar del mundo. Algo sin importancia en la vida cotidiana, ¡pero celebramos la Nochevieja por todo lo alto!

En ese momento, Sophie se acordó de las bulliciosas fiestas de cambio de siglo. Entonces se pagaron sumas elevadísimas para poder ver la primera salida de sol del siglo XXI en esa inhóspita isla.

El conductor abrió a sus pasajeros las puertas del microbús y, en efecto, en tan solo diez minutos los llevó a su destino, a través de unas carreteras carentes de tránsito rumbo al oeste.

—Aquí no es que suceda gran cosa —observó el lingüista, Tonga, quien, como el conductor, era de origen maorí.

El joven se encogió de hombros.

—En las islas Chatham solo viven permanentemente unas seiscientas personas —sonrió—. Pocas veces tenemos problemas de atascos.

El Kopinga Marae estaba ubicado en un lugar muy bonito, en medio de un prado y no demasiado lejos de la playa. Estaba formado por un edificio grande y varios pequeños de color blanco, algunos con cubierta a dos aguas y otros con cubierta plana. El estilo arquitectónico tendía más a lo moderno que a lo tradicional. Era completamente diferente a las típicas casas maoríes de Nueva Zelanda. No había elaboradas tallas de madera ni tampoco enormes estatuas de divinidades. Solo una pequeña figura decoraba la cercha del tejado principal y, a diferencia de los tiki maoríes, no tenía nada de amenazadora.

Jenna y la mayoría de los otros miembros de la expedición se bajaron ahí; el amable conductor llevó a Norman y Sophie al hotel.

—También se puede ir a pie —les indicó—. Está solo a unos doscientos metros.

Sophie asintió y quedó con todos para celebrar una reunión preliminar a la mañana siguiente.

—Pero que no sea demasiado temprano —pidió Jenna—. He de recuperarme del vuelo. ¿Qué opináis? ¿A las once?

—Estupendo, así podremos ir antes a la playa —respondió con optimismo Norman.

El hotel estaba cerca del mar y decían que la playa era de arena. Aunque si continuaba lloviendo y soplando el viento, Sophie no tenía muchas ganas de pasear por ella.

Una joven los saludó en la recepción. Era muy guapa y con rasgos faciales típicos maoríes.

—¿Puedo preguntarle si es usted moriori o maorí? —preguntó Norman con una sonrisa amable—. ¿Se puede distinguir visualmente la diferencia?

La mujer contestó con naturalidad a la sonrisa.

—Yo me considero moriori —respondió dignamente—. Pero por desgracia ya no hay miembros de pura cepa en nuestra comunidad. El último, Tame Horomona Rehe, Tommy Solomon, murió en 1933. Se le hizo un monumento que se puede visitar, y también su tumba... Pero, de todos modos, no depende tanto de la ascendencia como de la actitud —señaló la joven. Según indicaba la placa que llevaba en la chaqueta, se llamaba Marara—. Tenemos nuestra propia cultura, y debemos conservarla. Mejor dicho, reanimarla.

Norman arqueó las cejas.

—Desde este punto de vista, cualquiera puede calificarse de moriori... —observó.

Marara rio.

—Uno tiene que experimentarlo en su interior. Pero, en principio, invitamos a todo el mundo a compartir nuestra forma de pensar y nuestra religión. El mundo sería mucho más pacífico si hubiera más personas viviendo según nuestras tradiciones y concepciones culturales. —Dicho esto, les dio las llaves y les indicó el camino a su habitación, muy cómodamente equipada—. Pueden comer algo también en la cafetería —explicó.

Sophie asintió.

—Luego nos vamos a la cama de inmediato —afirmó.

Norman sonrió.

—Y mañana percibiremos los espíritus.

En efecto, Sophie y Norman se metieron pronto en la cama y a la mañana siguiente también se despertaron a una hora temprana.

—Mira, hace sol —anunció Norman después de echar un vistazo por la ventana. Así era, no se trataba de un sol resplandeciente, pero al menos no reinaba un ambiente tan catastrófico como el día anterior.

Dispuesta para la aventura, Sophie se puso los vaqueros, la camiseta y una cálida camisa de leñador. Cogió además un anorak grueso.

—Pues vamos a desayunar y a ver lo que nos depara la mañana —propuso—. Todavía falta mucho para las once. Podemos echar un vistazo. A los árboles, por ejemplo...

—¿Ya quieres ponerte a trabajar?

Sophie hizo un gesto negativo.

—A trabajar no. A mirar. Y mejor árboles que tumbas, ¿no?

Norman rio.

—Si eso es lo que crees... De acuerdo, ya iremos a visitar a Tommy Solomon más tarde. Y en lo que respecta a los árboles... A lo mejor hasta podemos unir la playa y el bosque. Preguntaremos en recepción.

La recepcionista —en esta ocasión otra joven que se presentó como Riria— se mostró encantada ante el interés de Sophie y Norman por el arte de su pueblo.

—Pues claro que tienen que ver los árboles —exclamó resplandeciente—. Y no muy lejos de aquí encontrarán un bosquecillo. Sigan por la orilla del mar hacia el norte. Hay un camino con algunas vistas a la costa espectaculares. Los árboles son fáciles de encontrar.

Norman miró a Sophie.

—Entonces... ¿un paseíto antes de la reunión?

Ya eran las nueve y media y la excursión duraría una hora aproximadamente contando la ida y la vuelta. Sophie estaba de acuerdo con abreviar el desayuno.

—En la reunión seguro que nos dan otra vez café —opinó—. Ahí donde esté Jenna, siempre habrá café.

Un viento fresco volvía a soplar en los acantilados, por encima de la costa. Tiraba de las rastas que Norman se había anudado en una especie de cola de caballo. Sophie encontraba que eso le dada un aspecto muy atrevido, como de marino o pirata. Ella misma se había peinado el cabello negro en una gruesa trenza que colgaba por su espalda. Encima se había calado una gorra de lana. Norman también iba bien abrigado, de modo que el viento no los molestaba. Cogidos de la mano, anduvieron cuesta arriba, respirando el aire fresco y disfrutando del maravilloso paisaje.

—De todos modos, aquí no me gustaría vivir —opinó Norman—. Es bonito, pero la naturaleza tiene algo de hostil. Seguro que para los moriori no fue fácil instalarse en este sitio.

Sophie hizo un gesto de resignación.

—Era su hogar —recordó—. No conocían nada más. Y no creo que la naturaleza les pareciera hostil. Al contrario, vivían en armonía con ella y sus dioses. Y parecían tener un sexto sentido sobre hasta dónde intervenir. Por ejemplo, solo cazaban focas machos ya viejas. En este aspecto la población de focas pervivió durante siglos, hasta que llegaron los cazadores blancos.

—A quienes tus antepasados no expulsaron, incomprensiblemente, antes de que consiguieran destruir una parte de sus recursos alimenticios. —Norman oteó desde el arrecife, pero no alcanzó a ver ninguna colonia de focas.

Sophie suspiró.

—Eran muy pacíficos. Ya oíste lo que decía la chica ayer. Acogían de buen grado a los recién llegados.

—¿Y a pesar de eso eran cazadores? —preguntó Norman—. Me refiero a que... en general no parecían rehuir el derramamiento de sangre.

Sophie rio.

—A ver, las Chatham no eran un paraíso para vegetarianos. Aquí no es que crezcan en abundancia las verduras comestibles. Los moriori comían raíces, recogían pepitas de karaka y tostaban los brotes de los helechos, una alimentación no demasiado buena para su salud debido a la presencia de sustancias cancerígenas. No se dedicaban a la agricultura, seguramente porque en este lugar no brotaba ninguna de las plantas que trajeron del mar del Sur. En Nueva Zelanda al menos cultivaban boniatos, pero aquí hace demasiado frío, simplemente. De ahí que los habitantes se convirtieran en cazadores y recolectores. Claro que también se comía pescado. Y tienes toda la razón, era una vida dura.

Ante sus ojos apareció un bosquecillo; Sophie y Norman se dirigieron hacia el interior. Los árboles karaka estaban bastante apiñados, como si quisieran protegerse los unos a los otros del viento. Eran de unos quince metros de altura y disponían de unas espesas copas. Pero a Sophie le interesaban más los troncos.

—¡Mira, allí! —exclamó emocionada, señalando un dibujo bien nítido en la corteza lisa de un árbol—. La primera talla.

La obra de arte mostraba a un hombrecillo con el rostro en forma de corazón, parecía el dibujo de un niño. Se diría que bailaba.

—Da la impresión de estar contento —opinó Norman—. ¿No dijiste que a lo mejor tenía algo que ver con el culto a los muertos?

Sophie se encogió de hombros y miró la figura con mayor atención.

—Es lo que yo suponía —relativizó—. Y mira el pecho de este hombrecillo. Se ven las costillas. Podría ser un esqueleto.

—Más bien parece una espina de pescado —precisó Norman—. ¿Será un híbrido? ¿De qué año son estas tallas? ¿Se puede determinar?

Sophie había descubierto varios árboles más con dibujos e iba de uno a otro. La mayoría mostraba figuras similares, solo de vez en cuando se apreciaban esbozos de animales que podían tratarse de pájaros o focas.

—Por desgracia es difícil determinarlo, pues el karaka no presenta anillos anuales —explicó—. De todos modos... una cosa sí puedo decir... los dibujos se tallaron todos más o menos en la misma época. Se diría que fue un mismo artista quien trabajó en todos los árboles. Obsérvalos con detalle, los hombres son todos del mismo estilo, solo unos pocos se apartan del patrón. A lo mejor es pura coincidencia, claro, pero llama la atención, aunque los compararé con otros similares. También la dirección de la cuchilla es característica. La profundidad de las líneas no suele variar, sino que es toda bastante regular. No debería haber una gran distancia temporal entre cada una de las obras. A lo mejor tres o cuatro años, máximo diez. Habrá que ver a qué velocidad crecen los árboles aquí.

Norman se llevó la mano a la frente.

—Entiendo —dijo—. Porque la mayor parte de las imágenes están más o menos a la misma altura. Los árboles simplemente crecen. Si los grabados se hubiesen realizado en intervalos de varios siglos se verían a distintas alturas. ¿Qué nos cuenta esto entonces? ¿Era un cementerio que pertenecía a un asentamiento cercano? ¿Se enterraba a la gente debajo de los árboles? ¿Talló un enterrador estos dibujos?

Sophie sacó la cámara del bolso e hizo unas cuantas fotos.

—Este bosquecillo no era un cementerio —declaró—. Los moriori tenían unos ritos funerarios muy particulares. Enterraban a los suyos en la playa, y no del todo, los colocaban sentados mirando el mar. La cabeza, pues, sin cubrir.

—¿Y los que se quedaban tenían que ver cómo sus allegados se iban descomponiendo? —Norman empezó a pasear entre los árboles.

—Admito que es un poco morboso —contestó Sophie—. Supongo que el viento secaba los cadáveres y los pájaros también ponían de su parte. Seguramente no tardaba en quedar el esqueleto. Sea como fuere, los muertos no se enterraban en un bosque. Este tal vez fuera, como mucho, una especie de memorial. La permanencia de los ancestros en el árbol...

—Mira, hay una chispa de esperanza —gritó Norman de repente, señalando un árbol algo alejado del bosquecillo. A poco más de dos metros de altura se había grabado un corazón con dos nombres.

Sophie se puso de puntillas para verlo mejor.

—¿Kim y Bran... on? —intentó descifrar—. Parece reciente. Posiblemente se trate de unos turistas. La gente tiene que perpetuarse donde sea. Y este tampoco es un karaka. Es un árbol endémico de estas islas, un Chatham Islands Grass Tree. Que yo sepa, los moriori no dejaban tallas en ellos.

—¿Turistas? ¿Y además enamorados? ¿Luna de miel en las Chatham? —Le sonrió—. Por eso ya hemos pasado, somos únicos en este aspecto—. ¿Y cómo llegaron tan alto? ¿Se subió él a los hombros de ella o al revés? —Rio—. No, el árbol sin duda ha crecido considerablemente desde que lo marcaron.

Sophie tuvo que darle la razón.

—Cierto —admitió—. El escrito ya está bastante gastado. Apenas se pueden leer los nombres. Vaya, otro enigma que resolver...

—Que no podrás resolver por medio de la dendrocronología —advirtió Norman acariciando casi con ternura la corteza del árbol—. Incluso si este tipo de árbol muestra los anillos anuales. ¿Por qué no haces como los maoríes? Abraza el árbol y deja que te hable.

Sophie le lanzó una severa mirada.

—Yo no creo en los espíritus —dijo con fingida aspereza.

Norman sonrió.

—Pero seguro que tus antepasados los moriori sí creían en ellos.

Cogió dulcemente las manos de Sophie, las colocó en el tronco del árbol y las cubrió con las suyas—. Si nos lo proponemos..., tal vez los espíritus tracen un puente sobre el tiempo y el espacio... de una pareja de enamorados a otra...

Sophie ya iba a retirar las manos, pero entonces percibió la calidez de la corteza, la vitalidad del árbol... y al final hizo justo lo contrario... apoyó la frente sobre el tronco. Enseguida sintió el aliento de Norman en la nuca.

—Déjate llevar —susurró—. Tienes sangre moriori, sé una parte de ellos...

Sophie ignoraba si el amor y la ternura que de repente la envolvieron en un abrazo irreal procedía solo de Norman o si percibía, en efecto, el eco de los sentimientos que habían experimentado el uno por el otro, los dos enamorados.

—Pues entonces este sería el árbol equivocado —observó en un último arrebato de realismo—. Los moriori solo tallaban en los karaka. Que, además, no llamaban así. Sino kopi.

Norman besó su nuca.

—Olvídate de eso —susurró—. Llama al árbol simplemente árbol.

Sophie sonrió. Al amparo del abrazo de Norman dejó que su mente se fundiera con la historia de su pueblo.

El rigor de la ley

EL RIGOR DE LA LEY

Whangaroa, Isla Chatham

Kororareka, Isla Norte de Nueva Zelanda

1835-1836

Capítulo 1

1

—¡Mira, estoy sangrando! —se lamentó Nakahu levantando el brazo en el que, ciertamente, se veían unos rasguños. Su hermana pequeña, Whano, le había clavado las uñas de las manos cuando la pelea entre ambas había ido agravándose—. De este modo has incumplido la ley de Nunuku —denunció Nakahu haciéndose la importante, al tiempo que señalaba con el dedo a Whano, quien la miró asustada—. Ahora se te pudrirán las entrañas...

Whano, que acababa de cumplir cinco años, dejó de repente de disfrutar del trozo de raíz de lino bañado en miel por el que acababa de pelearse.

—¿Es verdad, matahine? —preguntó amedrentada, pero su madre no parecía escucharla. Pourou, la mujer sabia de los moriori de Whangaroa, estaba sumergida en un profundo trance. Hablaba con las abejas cuya miel estaban saqueando en ese momento las mujeres y niñas. Apelaba a la indulgencia de los animales.

—¿Kimi?

Impaciente e inquieta, la niña se volvió acto seguido hacia la mayor de las muchachas. Kimi, de catorce años, ayudaba a la hechicera conservando el fuego encendido y quemando hierbas cuyo humo aturdía a las abejas.

—¡Qué va, Whano, los dioses son indulgentes con los niños pequeños! —Kimi, una delicada muchacha con el cabello negro y largo, rostro ancho, con unos ojos almendrados y muy claros para su etnia, de un color casi similar a la miel de la flor del lino, tranquilizó a la niña sin prestarle demasiada atención. Estaba totalmente concentrada en la ceremonia, no solo por su entrega a los espíritus de las abejas, sino también para evitar los aguijonazos de los indignados animales—. Sobre todo porque Nakahu ha empezado. ¡Soy testigo! Y ahora no os enfadéis y dejadnos trabajar. Pronto habrá miel para todas.

Se acercó hábilmente a la colmena y con una herramienta especial sacó con la rapidez de un rayo un par de panales que chorreaban miel. Era la época en que los moriori bebían la miel de las flores de lino, una fiesta para unos seres no habituados a disfrutar de golosinas en una isla inhóspita.

De hecho, las abejas estaban tranquilas, pero era eso lo que Kimi esperaba. Pourou era tohunga ahurewa, una poderosa hechicera. Sabía hablar con los animales, y Kimi estaba muy orgullosa de que introdujera en esa peculiar disciplina no solo a sus propias hijas, sino también a ella.

Guardó veloz el trofeo en el cesto, mientras Pourou salía lentamente de su trance y cantaba algunas karakia finales antes de alejarse despacio y con cautela de las abejas. Al fin y al cabo, pronto despertarían de su aturdimiento y tal vez reclamarían la miel a las moriori.

Whano ya parecía haberse olvidado de la pelea con su hermana, pero Nakahu, tres años mayor, no estaba nada convencida de que los dioses dejaran sin castigo a la pequeña rebelde. En cuanto Pourou devolvió toda su atención al mundo real, la niña se quejó a su madre.

—¡Matahine, no puede ser que la ley de Nunuku no sirva para los niños! ¡Y no tiene nada que ver con quién haya empezado!

Pourou, una mujer alta, fuerte, con nariz marcada, casi aguileña, y labios carnosos, hizo una mueca. No se había enterado de que sus hijas se habían peleado y tampoco parecía interesada en aclarar quién había provocado la riña. En cambio, se volvió con una mirada severa a Whano.

—Hija, ¡cómo has podido! ¡Has derramado sangre y además ante los espíritus!

El miedo volvió a reflejarse en el rostro de Whano.

—¿Se me... se me pudrirán las entrañas? —preguntó aterrada.

Pourou suspiró.

—No inmediatamente, Whano. Aun así, tendremos que realizar una ceremonia de purificación y tienes que pedir perdón a tu hermana y al espíritu del jefe de la tribu. ¡Y por supuesto nunca más debes volver a hacerlo!

—¡Pero ha empezado ella! —Whano señaló de nuevo acusadora a Nakahu, quien sonreía arrogante.

—Es cierto, tohunga —acudió Kimi en ayuda de la pequeña—. Nakahu le quería coger la miel y...

La mirada severa de Pourou se dirigió ahora también a Kimi.

—Kimi, mi pupila, tú deberías saberlo mejor que nadie —la reprendió—. Conoces la historia, pero tal vez podrías recitárnosla otra vez a las niñas y a mí.

Kimi asintió sumisa. Formaba parte de sus futuras tareas como tohunga conservar las leyendas de su pueblo. Los moriori no escribían nada, sino que guardaban las historias en su corazón. Para memorizarlo todo, la futura hechicera debía repetir las narraciones con frecuencia.

—Fue en Karewa, en el lado oeste de la laguna Te Whanga —evocó Kimi con voz cantarina—. No hacía mucho que las tribus de los wheteina, los rauru y los hamata habían llegado a Rekohu procedentes de Hawaiki. Y no sabían mantener la paz. Se peleaban, luchaban, ni tan siquiera retrocedían a la hora de ahumar las cabezas de sus enemigos y comerse su carne. —Kimi se percató de que las dos niñas se estremecieron, como era de esperar, ante esa descripción. Las hermanas se habían olvidado de su disputa y se apretujaban la una contra la otra buscando protección. Las cuatro se habían detenido a descansar junto a un arroyo. Kimi contaba la leyenda, mientras Pourou comprobaba si había caído algún pez en las nasas que habían dejado en el agua por la mañana—. Así que las tribus combatían entre sí, corría la sangre y se prendía fuego a las aldeas, hasta que Nunuku Whenua, el jefe de los hamata, se interpuso entre los combatientes. —Las dos pequeñas escuchaban con la boca abierta, si bien al menos Nakahu ya había escuchado suficientes veces la leyenda como para poder recitarla ella misma—. El jefe se alzó entre los guerreros, lleno de la sabiduría y la fuerza de los dioses cuando les habló en voz alta: «¡Deteneos! Guardad vuestros cuchillos y bajad vuestras hachas y mazas de guerra. La guerra debe concluir. Nunca más debe librarse una batalla como la que se ha visto en el día de hoy. Nunca más debéis derramar la sangre de vuestros hermanos. Y olvidaos del sabor de la carne humana. ¿Acaso sois peces que comen a sus crías? A partir de hoy daos por enterados. Tenéis que conservar la paz, cazar juntos, pescar juntos... la tierra y el mar ofrecen alimentos a todos».

—¿Pero si uno se lo quita al otro? —intervino Whano. Todavía no se conformaba con que su madre la hubiera reñido solo a ella por lo ocurrido.

—Entonces se discute al respecto y los ancianos median en el conflicto —respondió Kimi, para lo cual tuvo que interrumpir su narración. Nunuku no consiguió establecer ninguna jurisdicción con ese primer y emotivo discurso.

»Por supuesto, los hombres no hicieron caso al principio —prosiguió—. Más bien parecían burlarse del jefe de la tribu. Pero entonces, Nunuku invocó la cólera de los dioses sobre todos aquellos que fueran a contravenir sus palabras: “¡Que vuestras entrañas se pudran el día que no obedezcáis!”. De ese modo, su voz unió el cielo y la tierra y los guerreros se asustaron tanto que bajaron sus armas y se inclinaron ante el jefe. Desde entonces, el pueblo de los moriori prohíbe la guerra. En cuanto se derrama, aunque sea una gota de sangre, se aplica la ley de Nunuku. Nadie tiene ni que herir ni que matar a otro.

—Y esto lo aprendemos en la infancia —añadió Pourou, que regresaba del arroyo con dos peces plateados en el cesto—. Se aplica tanto a las niñas como a los niños, a los hombres como a las mujeres. Así que pide perdón a tu hermana, Whano, y luego le das tu porción de miel como utu. Así los dioses no serán tan severos contigo siempre que no vuelvas a derramar sangre.

Whano asintió resignada, aunque sin duda le resultaba duro tener que compensar, encima, a su hermana. Kimi no sabía si la madre había convencido a la pequeña, pero esta no replicaría.

Nakahu miraba triunfal y aceptó con una actitud arrogante las disculpas de su hermana. Kimi decidió para sus adentros dar una parte de su propia porción de miel a la pequeña cuando más tarde se repartiera esa golosina. Comprendía a Whano. Naturalmente, la niña tendría que haber esperado a que su madre hiciera justicia. Pero para entonces ya haría tiempo que Nakahu se habría comido toda la miel, y si Kimi y Pourou no hubieran logrado obtener más, Whano se habría ido con las manos vacías.

—¿Pero sí podemos matar animales? —preguntó Whano señalando con la última chispa de terquedad los pescados muertos del cesto de Pourou.

La mujer sabia suspiró.

—A los animales sí podemos matarlos, hija, si no, nos sería imposible sobrevivir. Igual que tenemos que apropiarnos de las raíces de la planta del lino y los brotes de los helechos y robar los huevos a los pájaros. Pero pedimos permiso y rogamos a los espíritus que nos perdonen antes de quitar la vida.

—¿Y si dicen que no? —preguntó Whano.

Pourou sonrió.

—No lo hacen mientras no seamos insaciables. Los dioses aman a sus criaturas, desean que vivamos todos. Pero si exageramos...

El rostro de Pourou se ensombreció y Kimi supo que estaba pensando en las focas, miles de las cuales habían poblado antes las playas de Rekohu. Los moriori las habían cazado de forma periódica, pero siempre cuidándose de matar los machos más viejos y retirando los cadáveres enseguida de la playa para no asustar al resto de los animales. Pero entonces habían llegado los cazadores de focas, unos hombres altos y extraños de piel blanca y con frecuencia cabello claro. Los moriori les habían dado la bienvenida, tal como hacían con todos los visitantes, si bien los había indignado el modo en que los recién llegados habían causado estragos entre las focas para apropiarse de sus pieles. Estas no habían tardado en buscarse otros lugares donde criar a sus pequeños y ahora las playas de Rekohu estaban casi vacías.

—Pero hoy necesitamos muchos animales muertos para servir a todos los invitados —intervino Nakahu.

Esa mañana, a primera hora, había llegado un barco lleno a reventar de personas de tierra firme, de la lejana Aotearoa. Todos se hallaban en mal estado, hambrientos y medio muertos de sed después del viaje. Los moriori los habían acogido en su aldea, habían compartido con ellos sus escasas provisiones y luego los cazadores y recolectores habían partido con objeto de conseguir algo que comer para así poder satisfacer el apetito de todos los huéspedes. Por la noche, la comunidad les daría solemnemente la bienvenida.

Pourou asintió.

—Sí, hoy debemos confiar en la generosidad de los dioses y los espíritus —convino—. Y ahora debemos volver a aldea. Hay que preparar la comida y las ceremonias. Seguro que ya nos están esperando.

Whano y Nakahu se dispusieron a partir, pero Kimi dudó.

—¿Me necesitas para los preparativos, tohunga? —preguntó—. ¿Ahora mismo? Me gustaría...

Pourou sonrió.

—¿Te gustaría ir a ver al hombre de los cabellos como el sol que vive en los bosques y llevarle un poco de tu miel? —completó la frase que Kimi había iniciado antes de que a esta se le ocurriera inventarse un pretexto.

Kimi se frotó la frente.

—Él... él me enseña su lengua a cambio —explicó—. Y me muestra cómo plantar patatas.

Hacía muy poco que la patata había llegado a la isla. Los cazadores de focas habían regalado a los moriori patatas de siembra. En cierto modo una compensación por el exterminio y expulsión de las focas...

Pourou hizo un gesto de rechazo con la mano. No le interesaban las explicaciones de su pupila.

—Es bien recibido —dijo tranquilamente—. He observado su corazón, es un ser dulce. No me da miedo que pases tiempo con él. Y tampoco tengo miedo de que te robe el alma cuando... realiza embrujos de color gris sobre finas hojas hasta que se reconoce tu rostro.

Ahora le tocó a Kimi el turno de sonreír.

—Dibujar —dijo en la lengua de los blancos—. Eso se llama dibujar. Y las finas hojas se llaman papel. De hecho se obtienen de la madera de los árboles. En ese sentido no se aleja demasiado de lo que hacemos cuando tallamos figuras en la corteza del kopi.

Pourou frunció el ceño.

—¿Conjura así a los espíritus? —preguntó.

Kimi se encogió de hombros.

—Yo creo que sí, pero él opina que no. No percibe a los espíritus. Ningún blanco los percibe.

—Siempre que los espíritus no le guarden rencor, no importa —observó Pourou—. A lo mejor tú puedes conseguir que un día los vea. Vete, pero no regreses demasiado tarde. Tendrás que traducir. Además, sería un agravio frente a nuestros huéspedes que la hija del jefe tribal no asistiera a la ceremonia. Y sabes que para su pueblo esto es especialmente importante.

No sucedía lo mismo entre los moriori. El padre de Kimi era el jefe tribal electo. Dirigía a la comunidad porque era inteligente y un cazador destacado. Sin embargo, la misma Kimi no pertenecía por ello a un rango elevado. Debía el privilegio de ser pupila de la mujer sabia a su propio talento. Aprendía muy deprisa a hablar lenguas extranjeras. Había asimilado el idioma de los cazadores de focas y de ballenas con tanta facilidad como el de los maoríes de Aotearoa, que tenían un asentamiento propio en Wharekauri, en el norte de la isla. También los invitados que habían llegado por la mañana hablaban esa lengua. Se parecía mucho al idioma de los moriori, pero resultaría de gran ayuda que Kimi estuviera presente durante las conversaciones con los visitantes.

—Ahí estaré —prometió Kimi, antes de separarse de Pourou y sus hijas e internarse por unos senderos casi invisibles en el bosque donde su amigo Brandon había construido una cabaña. El bosque daba acogida a otros blancos. Ocurría en algunas ocasiones que uno de los miembros de la tripulación de un ballenero que había atracado en la bahía de Whangaroa, al noroeste de Rekohu, ya no quería quedarse con su capitán. La mayoría de las veces, a los hombres les desagradaba la rudeza que reinaba a bordo, así como la dura vida en el mar. Y en algunos casos, como en el de Brandon, tener que matar y destripar las ballenas también les provocaba rechazo.

Brandon Halloran era un chico todavía muy joven, procedía de una isla llamada Irlanda que supuestamente yacía en el otro extremo del mundo. Se había trasladado de allí a América, otro país muy distante, y se había enrolado en un barco ballenero. Sin embargo, Brandon había odiado la vida a bordo desde el primer día, incluso después de la cuarta o quinta presa se mareaba al tener que descuartizar la ballena y hervir su grasa. Habría preferido dibujar esos majestuosos cetáceos. Kimi apenas podía creer lo auténticos que parecían esos animales en el papel.

—Casi como si fueran a saltar de allí —había comentado una vez con aparente devoción, pero Brandon se había echado a reír. Y entonces la había dibujado a ella y a través de sus habilidosas manos había surgido la imagen de una dulce muchacha moriori con expresión seria y un cabello liso que le llegaba a la cintura. Kimi había contemplado sorprendida el retrato.

—¿Quién es? —había preguntado, lo que a Brandon le había provocado todavía más risa.

—Eres tú —respondió—. En cualquier caso es una representación de ti. Al igual que los dibujos de las ballenas solo son representaciones de los animales.

Cuando después le regaló el dibujo, la gente de la aldea había confirmado perpleja que la muchacha dibujada y Kimi se parecían como dos gotas de agua. Algunos habían temido que de ese modo Brandon le hubiera robado el alma, pero Pourou había visitado al joven y tranquilizado después a los miembros de la tribu.

—Ese joven ha sido bendecido por los dioses —había explicado—. Le han concedido un don especial, aunque no sé para qué sirve. No utiliza los dibujos para hacer magia ni en absoluto para lanzar maldiciones. Dice que sirven para recordar. Con ellos conserva vivos los recuerdos. No hay nada malo en ello.

Capítulo 2

2

Kimi pensó agradecida en las palabras de Pourou cuando emprendió el camino hacia la cabaña de Brandon. Si la mujer sabia no hubiera aceptado al joven, ella no habría podido volver a verlo. No se habría rebelado contra una prohibición de su maestra. Sin embargo, le encantaba ese joven, no solo porque podía practicar con él su idioma, sino porque a él le gustaba hablar y también escuchar. Brandon contaba historias de su país, que debía ser totalmente distinto al de la muchacha, aunque, por supuesto, las rocas y los árboles estaban también habitados por espíritus. Allí se los llamaba hadas y leprechauns.

Kimi no podía contener la risa cuando él se los dibujaba. Ella no tenía imágenes de sus propios espíritus, pero podía percibirlos y escuchar sus voces dispersadas por el viento. Además, a menudo se manifestaban en los animales, cuyas representaciones los moriori tallaban en la corteza de los kopi cuando moría uno de los suyos. Tenían la esperanza de que los espíritus velaran por sus almas.

Brandon estaba sentado delante de su cabaña, confeccionando una trampa para pájaros cuando Kimi salió del bosque. Hacía unos días que ella le había explicado cómo construir esas trampas y desde entonces él iba practicando. Sin éxito por el momento, pues ningún taiko había caído en sus redes, así que dejó de buen grado su tarea a un lado en cuanto la vio. Le dirigió una sonrisa a la que ella respondió al instante. La sonrisa de Brandon era irresistible, sus ojos resplandecían y en sus mejillas aparecían unas muescas que en su lengua llamaban hoyitos.

—¡Kimi, qué alegría! ¡Ven, siéntate conmigo! Así puedes volver a enseñarme a anudar estas tiras. No entiendo por qué no hay ningún pájaro que caiga en mis trampas aunque los árboles estén llenos de ellos. A veces me parece oírlos burlándose de mí.

Kimi también lo saludó y se aproximó con cierta timidez al tosco banco al que él la invitaba. No estaba acostumbrada a los asientos, los moriori se sentaban en el suelo. Tampoco ponían demasiado esfuerzo a la hora de construir sus cabañas. Eran muy sencillas. Brandon, por el contrario, habitaba en una casa de troncos muy maciza. Sin embargo, habían tenido que morir muchos más árboles en esa vivienda que en la morada de un moriori. Los otros blancos que vivían escondidos en el bosque lo habían ayudado a desmontar un pequeño claro y a aserrar los árboles, además le habían indicado que antes pidiera permiso a los moriori. Los blancos del bosque mantenían una buena relación con la tribu, compartían con ella las presas de caza y lo que producían sus huertos. Kimi había hecho de traductora un día que Brandon había llegado al poblado con un cesto lleno de patatas y había entablado entonces amistad con él.

Brandon hablaba un inglés, como llamaban los blancos al idioma, muy claro. Por el contrario, a Kimi le costaba entender a la mayoría de los otros irlandeses (abundaban entre los cazadores de ballenas y focas). Según él mismo afirmaba, había disfrutado yendo a la escuela, fuera lo que fuese lo que se entendiera por eso. Hablaba de cosas como libros, de los que se suponía que se sacaban historias, y él era capaz de contar muchas más de las que Kimi podía siquiera imaginar. Ella aprendía de él y él de ella. Ella le enseñaba a cazar pájaros y peces, qué raíces y bayas eran comestibles y muchas más cosas sobre la vida en Rekohu, con lo cual él tenía que aprender los nombres moriori de la isla. En la lengua de Brandon, Rekohu y sus islas vecinas se llamaban Chatham.

—Las islas Chatham —le había dicho a Kimi, pronunciando el nombre lentamente, hasta que ella lo había repetido sin acento—. El primer inglés que pasó por aquí, le puso el nombre de su barco.

—Pero ya tenían un nombre —había protestado ella. Por lo visto era característico de los blancos cambiar el nombre de todos los países a los que llegaban. Aunque los maoríes habían hecho lo mismo. Los inmigrantes de Aotearoa no solo llamaban Wharekauri a su poblado en el norte, sino a todo el país de Kimi.

—Te he traído miel —dijo Kimi, sin tocar el tema de las trampas para pájaros, y señaló a Brandon los panales de su cesta. Se alegró y enorgulleció cuando él se sorprendió de su botín.

—¿Cómo lo has conseguido sin que te picaran? —preguntó maravillado, y se lamió los dedos después de poner un trozo de panal en un plato que él mismo había tallado.

Kimi sonrió misteriosa y le habló de Pourou y de su capacidad para conjurar los espíritus de las abejas. Como siempre, Brandon la escuchaba interesado, aunque también algo extrañado.

—Y todo esto para el banquete que queréis preparar para la gente de ese barco —resumió lo que Kimi le había contado sobre los recién llegados. Él había visto llegar la embarcación desde la colina—. ¿Y dices que son maoríes de Nueva Zelanda? —Nueva Zelanda era como los blancos llamaban a Aotearoa—. ¿Qué se les ha perdido aquí?

Kimi se encogió de hombros.

—Todavía no lo sabemos. Estaban tan desnutridos y débiles que no quisimos agobiarlos con preguntas. Seguro que nos lo contarán esta noche. En cualquier caso, son muchos. En las cifras de tu país... —se esforzó por recordar—, unos cuatrocientos.

—¿Qué? —Brandon parecía alarmado. En su rostro se reflejaba preocupación. Sus amables ojos azules parecieron ensombrecerse, en su frente surgieron unas arrugas y se pasó la mano por el cabello ondulado y del color del sol—. ¿Cuatrocientas personas? ¿No os da miedo, Kimi? ¿Qué tipo de gente es? ¿Hombres, mujeres, familias?

—Hombres sobre todo —respondió Kimi—. Pero también mujeres y niños. Creemos que quieren instalarse aquí.

—¿Aquí? —se sorprendió Brandon—. ¿Dónde? ¿En las tierras de quién? ¿Hay tantas tierras de nadie en las Chatham como para acoger a toda esa gente? ¿Y de qué vivirán hasta que ellos mismos hayan construido sus propios poblados y cultivado sus campos? ¿Vais a alimentarlos vosotros? —Kimi se mordisqueó el labio. No se había planteado tantas preguntas. Sin embargo, formaba parte de las reglas de su pueblo dar una calurosa acogida a los extranjeros. Claro que llegado un momento los ancianos harían preguntas, pero no recelarían de nada—. ¿Y cómo han llegado hasta aquí? —siguió sonsacándole Brandon—. Era un barco inglés, ¿no? No han llegado con canoas.

Kimi negó con la cabeza.

—No. Dijeron que un capitán inglés los había traído. Solo lo he visto un momento, se ha marchado enseguida.

Brandon hizo un gesto reflexivo.

—Podrías haberle preguntado de dónde viene esa gente y cuáles son sus intenciones. Algo sabría. De todos modos, lo encuentro muy raro, Kimi, y pienso que actuáis de una forma demasiado despreocupada. Esos maoríes... Tom Peterson, ya sabes, el pelirrojo que vive en la colina, estaba en una estación ballenera de Nueva Zelanda. Y opina que eran gente bastante grosera. Caníbales, según sus palabras. Hasta qué punto será cierto...

Kimi hizo una mueca.

—Antes los moriori también eran caníbales —explicó a su atónito amigo, y contó por segunda vez en ese día la historia de la ley de Nunuku.

Brandon la escuchaba fascinado.

—¿Y habéis obedecido a esa regla durante siglos? Es increíble. En fin, esperemos que vuestros huéspedes sean igual de pacíficos.

Kimi asintió confiada.

—Pourou reunirá esta noche a las tribus con un ritual —dijo—. Sus espíritus y los nuestros se unirán. Entonces no tendrán otro remedio que mantener la paz. —Miró a su amigo, aunque se percató de que no lo había convencido.

—Ven con nosotros —lo invitó—. Puedes comer y disfrutar de la fiesta y conocer tú mismo a los recién llegados. A lo mejor hasta hablan inglés. Ahí en Aotearoa viven más blancos que aquí, ¿no?

Brandon asintió.

—Nueva Zelanda lleva más tiempo ocupada por los europeos que las Chatham, ofrece más oportunidades a los inmigrantes, entre otras, un clima menos hostil. —Incluso los maoríes, que en realidad tenían que saber desde hacía siglos dónde estaban las Chatham, prefirieron mayoritariamente vivir en Nueva Zelanda. El que hubieran llegado en un número tan elevado no presagiaba nada bueno. Brandon compartió sus pensamientos con Kimi—. Es posible que esos hombres huyan de algo —concluyó preocupado.

Kimi se encogió de hombros.

—Es posible. A lo mejor los blancos u otras tribus les han arrebatado sus tierras. Es probable que huyan de una guerra y estén buscando la paz.

Brandon se rascó la frente. No hizo ningún comentario, pero Kimi percibió en él cierto escepticismo.

Finalmente, el irlandés partió con Kimi en dirección al mar, hasta el poblado de la muchacha, cargado con un saco de patatas y otros productos del campo para presenciar la celebración. Respecto a la agricultura, los colonos blancos estaban mucho más adelantados que los moriori, quienes tradicionalmente no eran campesinos. A cambio proveían a Brandon y los hombres del bosque de pescados y mariscos. A los fugados cazadores de ballenas no les agradaba asomarse por las playas.

—¿Cuál es exactamente la diferencia? —preguntó Brandon—. Entre maoríes y moriori, me refiero. Para mí, hasta el nombre suena casi igual...

Kimi se encogió de hombros.

—Tenemos distintas lenguas y distintas costumbres —contestó—. Pero tienes razón, las lenguas se parecen y ninguno de los dos pueblos es indígena, ambos llegaron en canoas, procedentes de Hawaiki, hace muchas generaciones. Unos se asentaron en Aotearoa y nosotros aquí. Nuestro aspecto también es algo diferente. Nuestra piel es más oscura y muchos de nosotros somos más altos y delgados... —Rio—. Nuestras narices son más puntiagudas y con frecuencia ganchudas. Yo misma no me había dado cuenta, pero los cazadores de focas y ballenas así lo dicen. Dicen que tenemos narices de judíos. No sé qué son los judíos.

Brandon no se lo podía explicar tan rápidamente, así que obvió el tema. Él mismo enseguida se percató de que la piel de los maoríes y la de los moriori eran distintas al entrar en el poblado de Kimi, donde reinaba una gran agitación. En especial en el área de la cocina, en el centro del lugar, donde todo el mundo se aplicaba en el trabajo. Las mujeres metían la comida en los hornos de tierra tradicionales y los hombres preparaban hogueras y cavaban hoyos donde cocinar.

Los huéspedes, por el contrario, se mantenían alejados, de pie o sentados en grupitos, observando a sus anfitriones. Se reconocía a primera vista que eran maoríes porque adornaban su rostro con tatuajes en parte de guerra. Muchos hombres tenían los rostros cubiertos de líneas azules. Las mujeres llevaban en general unos tatuajes en forma de espiral alrededor de la boca y la barbilla.

Brandon nunca había visto algo parecido y pidió a Kimi que le explicara a qué respondía todo eso.

—Es algo habitual entre ellos —dijo con calma—. Creo que el moko, así se llaman esos grabados en la piel, también significan algo, pero no lo sé exactamente. ¿Y por qué no lo hacemos nosotros? Tal vez porque se derrama sangre. Acabo de contarte la ley de Nunuku... En cualquier caso, no me gusta. ¿A ti sí?

Brandon negó con la cabeza. Admitió que esas caras tatuadas casi le daban miedo, pero le habría gustado dibujarlas.

A continuación ayudó a cortar leña para las hogueras mientras Kimi cocinaba y ayudaba a Pourou en los preparativos para las ceremonias.

Los moriori se reunieron con sus huéspedes en la plaza del poblado al ponerse el sol. Brandon tomó nota de que los grupos de huéspedes y anfitriones no se mezclaban, sino que se sentaban enfrentados, pero tal vez eso formaba parte de las tradiciones. Él, por su parte, se unió a los hombres moriori; Kimi, a su familia. El padre estaba delante de su tribu, detrás de él se encontraban sentados sus hijos. La madre de Kimi había muerto hacía años, pero ella tenía dos hermanos. Los moriori no vestían trajes de ceremonia. Los hombres llevaban unos sencillos cinturones de lino para tapar el sexo y las mujeres faldas y capas de lino tejido o pieles de foca sobre los hombros y alrededor de la cintura. Los dignatarios moriori se habían adornado la barba con plumas de albatros.

La indumentaria de los maoríes era manifiestamente más lujosa. Sus faldas de lino más largas y trabajadas con mayor esmero, las mujeres llevaban unos corpiños tejidos. Un voluminoso abrigo confeccionado con plumas de pájaro descansaba sobre los hombros del jefe, o al menos eso supuso Brandon que era el hombre todavía relativamente joven, fuerte y con abundancia de tatuajes que, al igual que el padre de Kimi, estaba delante de su gente.

Poco antes de que la ceremonia empezase, Brandon descubrió a otro blanco entre los moriori. Tom Peterson, también un antiguo cazador de ballenas, se hallaba al lado de una joven, llamada Raukura, con la que solía compartir su lecho, como Brandon bien sabía.

Cuando Peterson lo vio, le dijo algo a Raukura y se acercó a él.

—¿Qué, tú también vienes a echar un vistazo a esta invasión? —preguntó a Brandon—. ¿O es la comida gratis y la bella hija del jefe lo que te trae por aquí? —Deslizó su mirada hasta Kimi. Naturalmente, al otro blanco no se le había pasado por alto que Brandon y la joven se reunían con frecuencia—. Esos... —Tom señaló a los maoríes— te despedazarían, como mínimo, si tan solo la sombra de una princesa como ella se proyectara sobre ti.

Antes de llegar a las Chatham, Tom había vivido un tiempo en Nueva Zelanda y conocido un poco las costumbres maoríes.

—Por lo que dices, los nativos de Nueva Zelanda solo tienen en mente el asesinato y la aniquilación —opinó Brandon. Si bien la impresión que le causaban los recién llegados no era de las mejores, quería creer en la pacífica visión de Kimi.

Tom negó con la cabeza.

—En absoluto. En general son muy sociables. Pero totalmente distintos de los moriori. Por ejemplo, son hábiles a la hora de comerciar. No regalan sus tierras, sino que las venden. Y enseguida entienden lo que valen. De manera que pueden volverse muy desagradables si descubren que han sido engañados.

—¿Tienes alguna idea de por qué están aquí? —preguntó Brandon.

Tom contestó que no.

—Solo una incómoda sensación. En cualquier caso, luego me llevo a Raukura. Conmigo en la cabaña estará segura.

—¿De verdad crees que sus intenciones son belicosas? —La preocupación de Brandon aumentó.

Tom se encogió de hombros.

—No lo sé, pero no voy quedarme cruzado de brazos. No vaya a ser que al final metan a mi chica en el asador...

—Deja de hablar así —protestó Brandon. En ese momento Takaroa, el padre de Kimi, se adelantó unos pasos y dirigió la palabra a su pueblo y a los huéspedes. Kimi se colocó detrás de él para traducir a los maoríes.

—¡Qué absurdo, no entender nada! —exclamó—. ¿O tú sí sabes maorí?

Tom hizo un gesto de resignación.

—Unas pocas palabras —contestó—. Aunque esto no es difícil. El jefe de la tribu pregunta a los huéspedes sus nombres y qué desean y los anima a que recen juntos una oración a los dioses. Siempre se ejecuta del mismo modo. Aunque los maoríes lo convierten más en un ritual que los moriori. Raukura señala que entre estos últimos el powhiri dura una hora como mucho, mientras que las tribus de Nueva Zelanda realizan todo un espectáculo con danzas, canciones y representaciones...

El joven con la capa de plumas se adelantó en ese momento y habló como portavoz de su pueblo. Su discurso, en efecto, fue mucho más largo que el de Takaroa.

—Se llama Anewa —tradujo Tom—. Y se supone que es jefe de los ngati tama. Aunque él se presenta como tal, a mí me parece demasiado joven para ello. Los ngati tama proceden de la región de Taranaki, al oeste de la Isla Norte, y ahora describe las montañas y los ríos, y habla de las canoas en las que su pueblo llegó a Aotearoa.

—¿No dice por qué está aquí? —preguntó Brandon.

Tom negó con un gesto.

En cambio, el joven jefe arrojó su capa de plumas, lanzó un penetrante grito y saltó en medio de las dos tribus. Brandon distinguió asustado una lanza y una especie de pesa en su mano. Temía que fuera a atacar a Takaroa, pero Anewa tan solo empezó a bailar. Mientras algunas mujeres maoríes tocaban la flauta y batían tambores, el joven guerrero ejecutaba con armas y cuerpo unos movimientos fascinantes, simulaba ataques, se giraba y contraía el rostro en unas muecas terroríficas.

Aparentemente, los moriori estaban tan asustados ante esa visión como el mismo Brandon; Tom, por el contrario, no se alteraba.

—Siempre empieza igual, un guerrero baila para hacer alarde de sus fuerzas ante la otra tribu —explicó—. Las tribus se evalúan mutuamente. Incluso si los huéspedes llegan de modo expreso en son de paz.

Anewa y su gente parecían esperar que también un moriori ejecutara una danza, pero Takaroa no hizo ademán de pedir a ninguno de sus hombres que saliera. Entonó, en cambio, una canción que los miembros de su tribu acompañaron. Una apelación a los dioses. Al final, Pourou se colocó en el centro y pronunció unas palabras que Kimi tradujo.

—Dice más o menos lo mismo que el jefe antes —señaló Tom—. Da la bienvenida a los visitantes e invoca la paz. Y ahora quiere apoyar sus palabras llamando a los dioses y creando un vínculo entre las tribus. Ya puedes prepararte, se pondrá a gritar enseguida. Se llama karanga y lo presencié en Nueva Zelanda en una ocasión. Los maoríes lo hacen al final de la ceremonia, cuando el último guerrero ha agitado su lanza.

—Pero los moriori carecen de lanzas —observó Brandon.

Tom asintió.

—Esto abrevia el asunto —apuntó satisfecho.

Pourou inspiró hondo y lanzó un grito que hizo vibrar la tierra. Si había en algún lugar dioses, pensó irrespetuosamente Brandon, no les pasaría inadvertido.

Una vez hubo cesado el grito, reinó al principio el silencio, pero luego Anewa volvió a adelantarse. Su rostro tatuado se contrajo en una sonrisa, pero no era una sonrisa afectuosa.

Brandon se percató de que Kimi se sobresaltó cuando el joven jefe empezó a hablar. Se diría que tenía que luchar por encontrar las palabras adecuadas cuando le llegó el turno de traducir.

—¿Qué dice? —apremió Brandon a Tom.

El antiguo cazador de ballenas movió la cabeza.

—No lo entiendo todo —admitió—. El tal Anewa ha dado las gracias por la unión entre las dos tribus, pero, por lo visto, con cierta ironía. Con la bendición de los dioses y si los moriori están dispuestos a no luchar contra él, le será mucho más fácil cumplir su misión. Pues a partir de ahora los ngati tama van a apropiarse de la tierra de los moriori. De hoy en adelante, las islas Chatham les pertenecen y los moriori son sus súbditos. —Se levantó, mientras entre los moriori se extendía un murmullo—. Voy a disculparme. Recojo a mi mujer y me largo de aquí. Por si acaso los moriori no se toman tan en serio lo de la paz eterna.

Capítulo 3

3

Los miembros de la tribu de los moriori se quedaron petrificados ante la traducción de Kimi. Desconcertados, miraban alternativamente a su jefe y a la mujer sabia, quienes permanecían mudos. Algunos, sobre todo los moriori jóvenes, empezaron a hablar de la

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