Semillas Amargas

Eddie Ferraioli

Fragmento

Semillas_Amargas_v2.2-1

Semillas Amargas
Tras la esperanza del oro negro

Primera edición: 2020

ISBN: 9788418500077
ISBN eBook: 9788418500602

© del texto:

Eddie Ferraioli

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2020

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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A Mari, mi razón de ser y de hacer.

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Y a mis abuelos italianos
Blas y Rosa Ferraiuoli Do’marco

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CAPÍTULO I

Una jauría de perros famélicos rondaba el muelle 23 del puerto de Civitavecchia, a las afueras de Roma. Olfateaban el camino en ebria búsqueda de alimentos, mientras a poca distancia los tripulantes del vapor español Antonio López lo abastecían de embutidos, pescados, jamones y carbón para su viaje de regreso a la colonia de Puerto Rico. Desde el año 1891 las dos grandes chimeneas del buque habían espirado sobre los cielos del Atlántico el humo negro que salía de sus calderas. Tres veces al año la embarcación se desplazaba por quince largos días a través de una ruta parecida a la que había hecho, cuatrocientos años antes, el almirante Cristóbal Colón. Este viaje unía a España y a Italia con las dos colonias más importantes que había en las Antillas: Cuba y Puerto Rico.

Desde tempranas horas de la mañana, los impecables uniformes blancos de los tripulantes del barco les daban la bienvenida a los pasajeros de primera clase, quienes, abrazados por sus elegantes abrigos de lana y piel, se burlaban del frío mañanero de aquellos primeros días de la primavera de 1898. Las enormes flores de organza, así como las plumas de avestruz y de pavo real de los sombreros de las señoras, llenaban la cubierta; las perlas y los diamantes se asomaban desde las gargantillas que adornaban sus cuellos, mientras bamboleaban la crinolina de las suntuosas faldas de sus largos vestidos por la proa del buque. Los sencillos sombreros de copa de los caballeros se paseaban entre aquel opulento desfile, desde lo alto del buque, despidiéndose de los seres queridos que allí dejaban.

A poca distancia de aquellos que movían sus brazos en recíproca despedida, se encontraba Alessandro Ferraioli Florenzano, considerado en Italia como uno de los más respetados importadores de café de Brasil, Colombia y Puerto Rico. Desde el área designada para los pasajeros de primera clase, observaba el impresionante número de pañuelos blancos que se agitaban en las manos de familiares y amigos, y por algún momento le pareció que aquello era una bandada de pacíficas palomas mensajeras. Contrario a la mayoría de los viajeros, él no levantaba su sombrero ni agitaba su pañuelo blanco con nostalgia. Tampoco sus ojos buscaban afanosos otros dos ojos amados en aquel muelle de Civitavecchia. Ya la noche anterior había abrazado a su esposa, Rosa Cantisani, cuando salió de su casa en Roma y se había despedido del pequeño Francesco, que recién había cumplido cinco años. Cuando supo que estaba embarazada, Rosa no estaba tan segura de que en su vientre se gestara un varón, pero Alessandro le aseguraba que había contemplado a su hijo en una de las muchas visiones que le abrumaban de niño, y desde entonces lo llamaba por ese nombre a pesar de la molestia que aquello le causaba a su mujer. Durante todo el embarazo, ella guardaba la esperanza de parir una niña que le acompañara en la vejez. La joven, de vibrantes ojos negros y una obstinada inseguridad, se había tenido que quedar a cargo del negocio, Almacenes Brandi-Ferraioli, durante la ausencia de su marido. Con solo veinticuatro años y a pocos años de haberse casado, por primera vez tenía que enfrentarse a semejante encomienda, mientras su esposo se embarcaba en aquella travesía al otro lado del mundo.

Alessandro ya no era el muchacho pobre de Alciello que quince años atrás abandonó el monasterio de Santa Maria del Poggio, para procurarse una vida lejos de la influencia impositiva de la Iglesia. Para entonces era un joven exitoso en los negocios y con muchos deseos de disfrutar su bienaventuranza. Muy sagaz y siempre en la búsqueda de la oportunidad perfecta para cuajar alguna nueva empresa, decidió comprar un boleto de primera clase para hacer el viaje hasta Puerto Rico y poder codearse con las personas influyentes que, al igual que él, se dirigían a la isla en pos de agenciarse nuevos mercados.

Mientras los demás pasajeros hablaban, se reían y disfrutaban de las amenidades que la tripulación tenía para ellos, la mirada de Alessandro se enfocó en la jauría de perros que había observado a su llegada al muelle y que por alguna razón le había dado una mala corazonada. Aún rondaban el perímetro frente al atracadero, en aparente búsqueda de comida. Un mastín lanudo, de pelaje rojizo, avanzaba a la cabeza del grupo y movía el hocico de lado a lado con la desesperación de un padrote frente a una yegua en celo. Cualquier intento de postergarlo era inútil, pues con solo mostrar los colmillos le bastaba para que el retador desistiera de capitanear la jauría. De igual manera un «asesino a sueldo», Gratzianni «el Gusano» Kaká Berlingeri, observaba cada acción de Alessandro Ferraioli, el rey del café en Roma. El Gusano trabajaba para Lucio Lamboglio, el capo di tutti i capi de la Camorra en la capital de Italia. Gratzianni Kaká abordaba el buque Antonio López con poco equipaje, varias camisas, varios pantalones y una escopeta de caza con mira telescópica capaz de destruirle el corazón a un elefante a trescientos metros de distancia.

Ajeno a la presencia de esa rémora que andaba tras su corazón, Alessandro se entretuvo observando aquellos cuerpos escuálidos. Al otro extremo del barco, también ajeno a su presencia, se encontraba Nena Paoli, una joven puertorriqueña que regresaba a la isla junto a su médico de familia, el doctor Antonio Gallisá. También ob

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