La dama púrpura

Javier Torras de Ugarte

Fragmento

1. El sonido del viento

1

El sonido del viento

Atenas, 5 de octubre de 769

A pesar de que el cielo plomizo amenazaba con descargar sobre la ciudad de Atenas, Herón e Irene salieron por la puerta Diomeia poco después de la hora de comer. Septiembre había dejado tras de sí lluvias torrenciales que anegaron algunos cultivos al otro lado de las murallas; el río Ilisos había crecido tanto que amenazaba con inundar el antiguo Liceo de Aristóteles. Pero aquello poco importaba a los dos jóvenes que correteaban junto al muro del gimnasio Cinosargo.

Por suerte nadie los vio adentrarse en los jardines que se extendían en la falda del monte Licabeto al tomar el camino que se elevaba hacia el vetusto templo de Zeus.

—Ven. Sígueme —ordenó Herón, abandonando el sendero.

Irene lo observó. Sonreía y le alargaba una mano ya con medio cuerpo entre los árboles que se perdían en la ladera de la montaña. Echó un vistazo a un lado y a otro, no había nadie.

Una ráfaga de viento desordenó su melena oscura y la esparció por la preciosa estola de color granate.

—¿Adónde me llevas?

—Te dije que era una sorpresa, quiero enseñarte algo —contestó Herón al tiempo que movía la palma de la mano en el aire, en un gesto que invitaba a la confianza.

No habría sido necesario. Si Irene tenía a alguien en aquel mundo decadente y ruinoso en quien pudiera confiar, era Herón. La estola que le cubría la raída túnica se la había regalado él, así como las botas de cuero que le protegían los pies y otras prendas de lana y algodón que la ayudarían a pasar el invierno sin sobresaltos. Herón era amable y comprensivo, no se alteraba cuando ella gritaba por cualquier percance, y los percances la acompañaban casi a diario. Cualquier cosa podía alterar a Irene, desde la caída accidental de una vasija hasta la decepción que se dibujaba en su rostro cuando algo no le salía bien, como ocurría en la mayoría de las ocasiones. Era muy sensible.

Sin embargo, Herón, hijo de un burócrata al servicio del estratega de la Hélade, y por lo tanto de una posición más acomodada que la suya, siempre estaba allí para ayudarla, para recomponer los pedazos de la vasija rota o sacarla de la ciudad y descubrirle un mundo nuevo que la alejase de las precarias condiciones en las que vivía.

—Cuando cumplamos la mayoría de edad, nos casaremos —le había dicho una tarde el verano anterior, mientras ascendían las interminables escaleras que conducían a la iglesia de la Virgen Madre.

Ella no contestó, se limitó a esbozar una leve sonrisa y mirar al suelo, entre avergonzada y victoriosa por asegurarse un futuro mejor del que podía ofrecerle su familia. Su padre era un viejo artesano enfermizo que apenas podía levantarse de la cama. Su madre ayudaba a los sacerdotes de la pequeña iglesia de San Jorge a cambio de alguna ración de comida que a duras penas le llegaba para alimentarse a sí misma. Lejos quedaban los antepasados arraigados a la tierra ateniense que habían gozado de vidas prósperas y florecientes. Ya solo conservaba cierto poder en la ciudad un tío lejano, un pariente al que Irene nunca veía y del que no sabía nada. Muchas veces se sentía huérfana, y Herón era lo más parecido a un familiar que le quedaba.

A los dieciséis años recién cumplidos comenzaba a convencerse de que, de un modo u otro, el futuro le auguraba una aventura que merecería la pena vivir. Sin destacar en nada por encima de los demás, la conocían en toda Atenas y todo el mundo la saludaba con simpatía al cruzar la mirada con ella; no solo los atenienses, sino incluso algunos visitantes, principalmente mercaderes, marineros y funcionarios imperiales.

Quedaba atrás una infancia complicada y por momentos tormentosa, e Irene empezaba a ser consciente de que aquellas miradas y aquellas sonrisas tenían mucho que ver con su belleza y poco con su forma de ser o comportarse. Tenía fama de caprichosa y egoísta, dos rasgos que ella misma reconocía y a los que culpaba de muchas de las cosas que la sacaban de quicio. Si era caprichosa y egoísta, pensaba, se debía precisamente a que había tardado demasiado en comprender por qué la gente la adulaba sin ella haber hecho nada para merecerlo.

—Sabes que las sorpresas no me gustan, Herón —comentó, mientras tomaba la mano del joven y pasaba por encima de una piedra que delimitaba el camino—. Y menos aún caminar por la ladera húmeda del Licabeto. ¿Has pensado que si nos cayéramos nadie nos encontraría jamás entre tantas ramas muertas y hojarasca?

—No seas tan melodramática, Irene. Sujétate a mi mano con fuerza y no te caerás.

—O tal vez te caigas tú y me arrastres contigo...

Apenas había terminado de hablar cuando de pronto la espesura se abrió y llegaron a un pequeño claro entre los árboles que cubrían la montaña; una piedra servía de mirador. Herón trepó con habilidad y de nuevo le ofreció la mano para ayudarla a subir. Una sonrisa se iluminó en el rostro de Irene, que, con suma agilidad, trepó también a la piedra ignorando el ofrecimiento de su amigo.

Sentados en la roca admiraron Atenas. La iglesia de la Virgen Madre se erigía sobre la antigua Acrópolis con sus enormes columnas estriadas. Al norte quedaba el olivar sagrado donde siglos atrás Platón inauguró su Academia. El agua brillante del mar se perdía en una neblina que cubría el horizonte y escondía el puerto de El Pireo y la isla Egina.

—Algún día, todo esto será tuyo —dijo Herón con ironía.

Irene le lanzó el codo izquierdo al costado y el muchacho simuló que caía herido. Ambos rieron.

—Es realmente hermoso.

—¿Yo? —preguntó él, jugando con la chica.

—Tú no, idiota. Atenas.

La ciudad había ido creciendo a lo largo de los siglos. Tras el esplendor de la época antigua, se habían construido nuevas casas e iglesias, pero la Acrópolis, imperial, majestuosa, magnífica, continuaba siendo el centro del universo de los atenienses. Santos, vírgenes y cristos ocupaban ahora el hogar de los dioses antiguos, pero no desmerecían ni un ápice la suntuosa belleza del Partenón, el Erecteion, los Propileos o el teatro.

—En realidad, todo esto no es de nadie —comentó Irene mirando el infinito, más como si hablase con los arcanos dioses que con su acompañante.

—¿Qué quieres decir?

—Atenas es un lugar atemporal, lo que aquí aconteció se inscribirá en los anales de la Historia. Pasarán decenas de siglos y alguien seguirá admirando las columnas, los frisos, los frontones y las metopas del viejo templo. Además, los lugares como este no pueden pertenecer a una sola persona, sería muy injusto.

—Te pones muy bonita cuando hablas así —bromeó Herón.

—¡Vamos! No te rías de mí, sabes mejor que yo la importancia que tiene esta ciudad.

Irene pretendía hablar en serio y el muchacho lo comprendió. Observó el mismo lugar perdido en la eternidad que admiraba la joven. El viento silbaba a aquella altura arrastrando el aroma a salitre proveniente del Egeo.

—Ahora mismo, Atenas es una ciudad muy pequeña y poco poderosa. Los emperadores han tomado nuestro idioma y reclaman como suya nuestra cultura, pero parecen haberse olvidado de nosotros. Tanto que ni siquiera dependemos de nosotros mismos, sino de Tebas.

—¡Pues recordemos viejos tiempos! —propuso ella con ilusión—. Cuéntame alguna historia de Atenas.

—Te das cuenta de que podrían detenernos por hablar de estas cosas, ¿verdad?

—¿Quién es ahora el melodramático? Solo el viento nos oye aquí arriba, y dudo mucho que le preocupen las palabras que un par de jóvenes como nosotros lancen al vacío —sentenció.

—En cualquier caso, cuando seas emperatriz, ¿me liberarás de la prisión si me oyen rememorar a nuestros antepasados? —continuó la broma Herón.

—No solo eso, te haré mi consejero.

—¿Tu consejero? Creía que... Además, ¡los consejeros de la emperatriz son eunucos!

—¡Calla! Si llego a emperatriz, será porque me he casado con el emperador; el de consejero será el mejor cargo que podré ofrecerte.

Volvieron a reír, aunque Herón intentó disimular su decepción.

—Hace muchos siglos, en una época perdida en las arenas del tiempo, la diosa Atenea consagró esta ciudad y prometió defenderla —comenzó el chico. Irene observaba el horizonte como si las palabras fuesen a convertirse en imágenes—. El rey Cécrope había llegado a estas tierras y había fundado la polis, tras lo cual pidió protección a los dioses. Por aquel entonces, Atenea y Poseidón rivalizaban por cada palmo de tierra, y vieron en esta polis del Ática un lugar especial. Cécrope les propuso que entregaran una dádiva a los ciudadanos, así estos podrían elegir a qué dios encomendar la ciudad. Poseidón clavó su tridente en una roca de la Acrópolis y de ella brotó un manantial, que causó asombro entre quienes asistían al duelo.

—¿No era un caballo? —interrumpió Irene.

—La historia la estoy contando yo y lo haré como mejor me parezca —contestó Herón, simulando que estaba molesto, aunque sonreía—. Cuando los ciudadanos fueron a beber, se dieron cuenta de que del manantial brotaba agua salada, por lo que de poco les serviría. Pasaron los días y el manantial se desbordó, estropeó los cultivos e inundó la ciudad.

Irene observó de norte a sur la vieja urbe, imaginándola llena de agua.

—¿Y qué hizo Atenea?

—Tras deshacerse del agua desbordada del manantial, la diosa de la sabiduría plantó un olivo. —Mientras decía aquellas palabras, Herón sacó de la parte interior del cinto una rama de olivo y se la puso detrás de la oreja izquierda a Irene—. Al principio no comprendieron muy bien qué interés podría tener aquel árbol, pero poco a poco entendieron que daba frutos comestibles y que su aceite era excepcional para elaborar alimentos y perfumes.

—Entonces... ¿ganó Atenea?

La miró con atención; Irene conocía la historia, la había oído en innumerables ocasiones de su propia voz, y aun así albergaba la misma ilusión que la primera vez por que fuera Atenea quien saliese victoriosa. Los ojos le brillaban y sus labios se contraían a la espera de una respuesta afirmativa. No importaba que ya lo supiese, no importaba que fuese consciente de que Atenas recibía el nombre de la diosa y de que el olivo era el árbol sagrado de la ciudad; solo importaba aquel instante en medio del monte Licabeto, aquel momento de emoción, el segundo en el que ella saldría victoriosa tal como lo hizo la diosa Atenea. Aun así, Herón supo sorprenderla.

—Cécrope organizó una votación entre todos los habitantes de la polis.

Ella agradeció la nueva versión de la historia, expectante, acuciada por una duda tan fútil como indisimulada.

—Todos los hombres votaron por Poseidón y todas las mujeres lo hicieron por Atenea.

—Y... —Estaba tan tensa que lo tomó de la mano sin darse cuenta, mirando los almendrados ojos de su amigo, relamiéndose con cada una de sus palabras.

—Ganó Atenea. Por un solo voto.

Irene estalló en vítores, soltó la mano del muchacho y volvió a contemplar la ciudad de Atenas.

Herón, que había mantenido la tensión en el relato, continuó hablando ahora de un modo mucho más profundo y serio.

—Poseidón no se tomó demasiado bien la derrota. Tuvo que ver como Cécrope llamaba Atenas a la nueva polis en nombre de su contrincante y como los atenienses proyectaban erigir monumentos a la diosa de la sabiduría, así que removió las aguas del Egeo e inundó toda la ciudad, sumiéndola en el caos y la destrucción.

—Creo que esa parte es cierta —dijo Irene, recorriendo de nuevo la urbe con los ojos—. Atenas creció sobre un lugar escarpado y difícil, es extraño que Cécrope eligiera ese emplazamiento, a buen seguro que esta era una tierra apacible antes de que Poseidón cumpliera su venganza.

—Sea como fuere —prosiguió Herón—, Zeus intercedió para que Poseidón dejase de hostigar Atenas, aunque el dios de los mares no lo hizo hasta que su hermano le aseguró que podría castigar a las mujeres.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la chica, que no conocía ese capítulo de la historia.

—Desde entonces, las mujeres no pudieron volver a participar en una votación y, además, los hijos tomaron solo el apellido del padre.

—¡Maldito seas, Poseidón! —Las palabras salieron de la boca de Irene sin que pudiera pararlas de ningún modo. Atenas era cristiana, pero cualquiera sabía que no convenía maldecir a los antiguos dioses que habían dominado aquellas tierras siglos atrás.

En silencio, ambos escrutaron la neblina, esperando ver surgir el tridente de Poseidón de las profundidades marinas. Al ver que esto no ocurría, Irene palmeó el aire como si con aquel gesto pudiera evitar que el viento levantase sus cabellos, y los dos volvieron a mirarse. Sus ojos se escudriñaron durante mucho más tiempo del habitual, tanto que ella llegó a pensar que Herón, al fin, la besaría.

—Ahora me toca a mí. —Se vio obligada a interrumpir el silencio antes de que sucediese algo de lo que pudieran arrepentirse.

—¿Qué te toca? —se extrañó Herón.

—Contar una historia de Atenas.

Al chico le divirtió aquel juego, pues ella no solía contar historias, prefería escucharlas.

—¿Y qué vas a contar?

La joven pensó durante unos segundos, mirándolo de reojo como si pudiera leerle los pensamientos.

—La historia de este monte. ¿La conoces?

—No —mintió Herón con la esperanza de que no se notase; no quería que la ilusión de Irene se viniera abajo.

—Debemos remontarnos a eones pasados que se han perdido en la memoria de los hombres, tiempos remotos en que los dioses antiguos aún tenían influencia en nuestras vidas... —Se quedó pensativa unos instantes—. En realidad, esto sucedió poco después de lo que tú acabas de contar. —No pudo evitar una risa nerviosa, pero acto seguido llevó la mirada de nuevo a la neblina, como si las nubes cobraran forma y escenificasen los hechos que se proponía contar—. El dios Hefesto nació en competencia con Atenea. Zeus había concebido a la diosa de la sabiduría sin necesidad de su esposa ni de ninguna otra diosa, ninfa, pléyade o mujer, cosa que resulta todavía más raro en él. Así, Hera, celosa por los actos de su marido, decidió concebir ella sola a Hefesto. Como la mayor parte de sus planes, aquello no salió bien. Hefesto era tan feo y desagradable que ella misma se encargó de lanzarlo lejos del Olimpo. El dios fue a parar a la Tierra, y en la caída se rompió una pierna, lo que le provocó una cojera que lo acompañaría por siempre.

—Nunca había oído la historia de la cojera de Hefesto —se extrañó Herón.

Irene lo miró ceñuda, molesta ahora ella por la interrupción.

—Pasaron muchos años hasta que Hefesto pudo vengarse de su madre y recuperar su puesto en el Olimpo, donde instaló su forja. Atenea, que, entre otras muchas cosas, era una virginal diosa guerrera, solía encargarle armas. Aunque el adefesio de Hefesto estaba casado con Afrodita (hago un inciso para revelar que ella lo engañaba con Ares) —dibujó con las manos unos cuernos sobre su cabeza, y Herón no pudo evitar la carcajada—, observó que Atenea era ciertamente hermosa. Poseidón, aún dolido por haber perdido Atenas, hizo correr el rumor de que en realidad Atenea quería poseer a Hefesto.

—¿Nuestra Atenea?

—La misma, querido Herón, la misma. —Hizo una pausa y regresó a la contemplación de las nubes, viendo cómo se transmutaban en una forja, un hombre cojo, una diosa bonita y fuerte—. Zeus había prohibido a los dioses intervenir en la guerra de Troya, pero Atenea solicitó armas a Hefesto para los aqueos. Cuando le preguntó al dios cuánto debía pagar por aquellos trabajos, este le contestó que con su amor sería más que suficiente. Ella sonrió creyendo que se trataba de una forma cortés de hablar y le aseguró que su amor ya lo tenía. Hefesto, enterado del rumor que había extendido Poseidón, vio en aquellas palabras algo muy parecido a una declaración amorosa, de modo que cuando Atenea regresó a por las armas de los aqueos, el dios se abalanzó sobre ella creyendo que era exactamente lo que quería. Por supuesto, Atenea, que estaba muy orgullosa de su virginidad y por nada del mundo se dejaría amar por aquel insensato feo y cojo, se lo quitó de encima como pudo... ¿O no era así la historia?

—¿Perdona?

Irene se había dado cuenta de que Herón no la escuchaba, tan solo la miraba con los pensamientos muy lejos de allí.

—Te pregunto si era así la historia...

—Disculpa —concedió el joven, consciente de que lo habían descubierto—. Continúa, por favor.

—Te decía que Atenea se quitó a Hefesto de encima, pero demasiado tarde para que el dios del fuego y de la forja se detuviese, por lo que este terminó esparciendo su semen sobre el muslo de la diosa. Ella, probablemente asqueada, cogió un trapo de lana que encontró en el taller y se limpió, con tan mala suerte que parte del semen de Hefesto cayó sobre Gea, la Tierra, y la fecundó.

—Espera un momento, ¿no ibas a contarme la historia del monte Licabeto?

—¡Calla! ¡No me interrumpas! —Cerró los ojos unos instantes para recuperar el hilo del relato. Al abrirlos, las nubes le dieron pie para continuar—. De esta manera, Gea quedó embarazada del dios cojo, pero él de ningún modo quiso hacerse cargo del engendro que nació de resultas de aquel episodio. Atenea se sintió en parte culpable por haberle dado esperanzas a Hefesto e, ignorando que todo había sido una trama bien urdida por el indeseable Poseidón, se ocupó del niño, a quien se le dio el nombre de Erictonio. Bueno, no era exactamente un niño, era más bien un crío con cola de serpiente, no sé, un poco feo y raro. Atenea lo metió en un cesto y confió sus cuidados a tres hermanas: Aglauro, Herse y Pándroso, pero les prohibió abrir el cesto. Sin embargo, la curiosidad de las dos primeras fue demasiado grande y un buen día abrieron el cesto y descubrieron la monstruosidad que había dentro. Salieron corriendo tan rápido como les permitieron sus piernas y murieron al caer por la colina de la Acrópolis.

—Sigo sin ver por dónde vas...

—Por aquel entonces, Atenea estaba ayudando en la construcción de la propia Acrópolis —continuó Irene, haciendo caso omiso de las quejas de su amigo—, y trasladaba una gigantesca piedra que pretendía colocar sobre la colina para que los templos que se levantaban encima se acercasen más al Olimpo. En esto, un cuervo se acercó a ella y le dio la mala noticia de lo acontecido con Erictonio y dos de las hermanas; del susto que se llevó, a Atenea se le cayó la piedra antes de llegar a la Acrópolis, y así se formó el monte Licabeto.

—¡Bravo! —Ahora fue Herón quien felicitó a la narradora. Nunca le había oído contar una leyenda de la vieja religión, y aunque no había seguido un método muy ortodoxo, debía reconocer que le había gustado.

—Atenea, enfadada, maldijo a todos los cuervos y ordenó que fueran negros a partir de ese día. Además, esta historia también nos habla de que los cuervos suelen traer lúgubres augurios y que los poderosos acostumbran a maltratar a los emisarios que les dan malas noticias.

Herón rompió a reír. Aparte de ser la más hermosa de cuantas niñas, jóvenes y mujeres habitaban Grecia, y tal vez todo el Imperio romano, Irene tenía una gracia especial. En ocasiones pensaba que quizá esa soltura y esa sencillez solo las dejaba salir cuando estaba con él, pues a pesar de que la mayoría de los atenienses suspiraban por Irene, todos tenían una opinión bastante regular sobre ella. Incluso su padre. Lo veía de tanto en cuanto, cuando regresaba de reunirse en Tebas con el estratega del thema de la Hélade —la división administrativa del imperio de la que dependía Atenas—, y más de una vez le había dicho que esa chica no le convenía. De hecho, se lo había vuelto a repetir hacía dos semanas. Herón estaba convencido de que no era tanto por ella como por su familia, que parecía estar maldita.

—Ha sido una historia maravillosa —acertó a decir.

—¿De verdad te ha gustado? —Lo miró inquisitiva.

—Sí, por supuesto que me ha gustado. Ese dios cojo y feo eyaculando en la pierna de la diosa de la sabiduría...

De nuevo rieron con ganas. Herón era algo mayor que Irene y había tenido algunas experiencias, pero la joven acababa de cumplir dieciséis años y no sabía nada del amor, y mucho menos del sexo. Se sentía atraída por su amigo. Profundamente. Lo quería, lo percibía cercano, era su hogar, pero aquel fuego que prendía en su interior, aquellas ansias por abandonar un destino funesto y aburrido en la vieja Atenas, la apremiaban a no dejarse llevar por sus sentimientos. Aunque le dolía pensarlo, Herón era un salvoconducto: si, como era costumbre, nada salía como ella esperaba, aceptaría su proposición y contraería nupcias con él. Gracias a la posición de su familia abandonaría su casa y tendría una vida mucho más acorde con sus aspiraciones.

Con todo, no había prisa, esperaría por si se presentaba una oportunidad mejor.

Irene retomó la palabra tras unos minutos de silencio en los que ambos se observaron mientras el viento ondulaba sus túnicas y cabellos.

—Hace tiempo me dijiste una cosa —deslizó mirando ahora hacia la cumbre del Licabeto.

—¿El qué?

—Me dijiste que a veces tienes visiones del futuro.

—Sí, te lo dije —contestó Herón decepcionado: había deseado que se refiriese a cuando le propuso matrimonio de aquella forma tan poco adecuada—. Pero no es algo de lo que me guste hablar. Sabes que si alguien se enterase, pensaría que estoy embrujado.

—Lo sé, Herón, por eso jamás te he preguntado. Sin embargo, hoy, en este paraje sin igual, con un viento fuerte que se llevará las palabras, creo que es hora de que dejemos hablar al alma.

Herón se emocionó al escuchar aquello y poco le faltó para arrodillarse y declararle su amor, pero decidió ser cauto; con Irene nunca se podía estar seguro de nada.

—¿Qué quieres decir?

—Te pido que veas mi futuro.

—No, no puedo hacerlo.

—¿Por qué no? Toma mis manos, toca mi cabeza... ¿Cómo lo haces?

—No funciona así, Irene. —Se levantó, visiblemente enfadado.

—¿Qué te pasa? ¿He hecho algo mal? —Irene estaba a punto de llorar.

—No es eso, no has hecho nada. Este es el problema.

—¿A qué te refieres?

Irene, arrodillada sobre su túnica, derramó al fin algunas lágrimas sobre su estola. Herón, de pie, le daba la espalda, a ella y a Atenas, escrutando la espesura del bosque.

—Da igual. —Se giró y se sentó junto a ella. Le acarició una mano, era la primera vez que hacía algo así de forma premeditada—. Irene, cuando tengo visiones, yo no controlo lo que veo. Quisiera poder decirte que te espera un futuro maravilloso, que tu vida va a ser una aventura nueva cada día, como tú quieres, pero ¿qué pasará si veo hastío y aburrimiento? ¡O peor! Pobreza y muerte. O dolor.

—Si ves esas cosas, espero que me lances aquí mismo al vacío, sin decirme nada más que adiós, pues si solo me esperan penas en esta vida, ¿para qué malvivirla?

—Sabes que no te lanzaría, sabes que jamás te haría daño. —Apretó la mano de Irene contra su pecho y se acercó tanto a ella que pudo saborear sus palabras.

—Lo sé, Dios y la Virgen son testigos de que lo sé. —Se debatía entre besarlo y reprimir el beso—. Por eso quiero que seas tú quien vea mi destino; si lo que hay es muerte y dolor, yo misma me lanzaré al vacío.

Herón no pudo aguantar más y pegó los labios a los de la joven. Ella no lo rechazó y, agarrando con fuerza la mano del chico, correspondió al beso, primero juntando los labios, después buscándolo con la lengua. Fue un beso torpe, un beso adolescente en el que había más expectativas respecto al futuro que conciencia del presente. A los pocos segundos, el estallido de un trueno los devolvió a la realidad. Vieron entre la neblina que un relámpago se dibujaba desde el cielo hasta el mar Egeo. Tal vez Zeus estuviese molesto por lo que acababa de contemplar.

Se miraron de nuevo, sin soltarse las manos, y Herón se sumergió en los oscuros ojos de Irene. Se introdujo en ellos por el iris y sintió una descarga, como si se diluyese en el interior del cuerpo de la muchacha, recorriendo sus venas y arterias, transportado por la sangre a una velocidad de vértigo. Pasó por el corazón, por el cerebro y por los demás órganos, hasta que se sintió caer al vacío, en un viaje hacia la nada. Fue entonces cuando llegó a su alma y descubrió su futuro.

—¡Aaah! —gritó Herón al tiempo que se soltaba de la mano de Irene y caía al suelo de espaldas.

Ella, con una agilidad y una rapidez inesperadas, se abalanzó sobre él y le acarició el rostro.

—¿Qué te pasa? —preguntó con desesperación.

El chico no podía abrir los ojos, tenía un profundo dolor de cabeza, como si un escultor estuviera cincelando su cráneo. Se zafó de las manos suaves y frías de Irene y enterró el rostro en el suelo de piedra. Ella volvió a llorar agarrada a su túnica. El cielo tronó, y al grave estruendo lo acompañó una fina lluvia.

—Ha sido una estupidez —susurró con un hilo de voz. Después soltó a su amigo y se quedó sentada en la piedra, ya húmeda, con la vista fija una vez más en la ciudad—. Todo es culpa mía, ¡todo!

Tras unos segundos en los que solo se oyó el viento zarandear las lágrimas del cielo y los sollozos de Irene, Herón, aún boca abajo, por fin habló:

—No es culpa tuya, Irene. Nada lo es. —Ahora comprendía por qué su padre no quería que se acercara a ella más de la cuenta: hacía tiempo que el futuro de Irene estaba decidido.

Ella lo observó. Permanecía inmóvil, como si se hubiera quedado sin fuerzas, sin energías.

—¿Debo tirarme por el terraplén? —preguntó intentando bromear, pero no lo consiguió.

—Tendrás lo que quieres. Tu aventura comenzará pronto, en dos semanas.

—¿No había dolor en tus visiones?

Quiso contestarle que sí, que la vida es dolor, que nada sería lo mismo desde el instante en que abandonase Atenas, que su existencia iba a estar marcada por acontecimientos que jamás imaginaría posibles, que engendraría un hijo y que... y que la tristeza la abrazaría y se adueñaría de su ser. Pero no pudo. Aquella tristeza no ensombrecería ni por un segundo la grandeza que iba a rodearla, y Herón era muy consciente de que ese era exactamente el sueño de Irene. No sabía todo lo que pasaría, no alcanzó a ver dónde acababa el camino... Tal vez el final del camino solo fuese el comienzo de uno nuevo.

Se levantó a duras penas, despeinado, con la cara llena de raspones y una sangre incipiente, los ojos enrojecidos.

—No existe la vida sin dolor, Irene. No obstante, las cosas que he visto, las maravillas que tú verás a lo largo de tu vida, los lugares a los que vas a viajar y los palacios que vas a habitar compensarán ese dolor.

Sí, aquello se parecía mucho a lo que ella esperaba oír y, sin embargo, la emoción no le recorrió el cuerpo como había imaginado, más bien al contrario, sintió que le esperaban los últimos días de su vida tal y como la conocía, y que todo lo que ahora le producía repulsión sería lo que más echaría de menos.

Ya su túnica estaba empapada y su peinado echado a perder cuando se atrevió a hacer la pregunta que más temía:

—¿Estabas tú en ese futuro mío?

Él la miró. La lluvia le había limpiado la cara y los ojos iban regresando a su estado normal.

—Unas veces sí y otras veces no —contestó, escueto.

Ninguno de los dos quiso ahondar en aquello. El beso que se habían dado antes de las visiones pertenecía ya al pasado. Pudo ser el comienzo de algo, de una unión, de una vida, pero quedó en nada, como las gotas de agua que solo Dios sabía adónde irían después de escurrirse por la falda del monte Licabeto.

—Ven. —Irene se levantó y le ofreció la mano para ayudarlo. Él la aceptó de mala gana—. Debemos volver a casa.

Caminaron bajo la lluvia, de regreso a sus hogares. A Irene la recibiría la indiferencia, quizá alguna mirada reprobatoria. A Herón lo esperaban el dolor y la nostalgia por algo que podría haber pasado y ya no sucedería, una vida que se perdía, un destino inconcluso.

—Dos semanas, Irene. Dos semanas.

Herón partió contrito hacia su casa dándole la espalda a Irene, que se quedó sola en una calle de lo que había sido el ágora. Miró hacia la Acrópolis, al antiguo Partenón —ahora iglesia de la Virgen Madre—, solemne y regio, tan asentado en la tierra como proyectado hacia el cielo. Un nuevo relámpago rasgó las nubes iluminando por un breve instante el crepúsculo del atardecer.

Dos semanas, repitió para sí.

2. El sonido del mar

2

El sonido del mar

Atenas, 19 octubre de 769

Dos semanas —pensó en su momento Irene—. Dos semanas.

Luego fueron diez días, más tarde una semana y, antes de que se diera cuenta, el día que debía comenzar su nueva vida se le echaba encima.

Pasaron catorce días justos, ni uno más ni uno menos. Catorce días convulsos en los que apenas vio al joven Herón, más centrado en sus estudios y en aprender el oficio de su padre que en los largos paseos acompañados de divertidas charlas con los que solía distraer a Irene de sus problemas familiares.

Ninguno de los dos se dio cuenta, aquella tormentosa tarde en el mirador del Licabeto, de que, en el mismo instante en el que sus labios se unían por primera y quizá última vez, un dromón pugnaba por doblar el cabo Sunión, a pocas decenas de kilómetros del puerto de El Pireo. La nave, con el estandarte imperial de oro y sangre y su águila bicéfala, luchaba contra el viento por no encallar junto al promontorio de Atenas, allá donde el viejo templo de Poseidón servía de atalaya para los centinelas atenienses.

Los remeros se esforzaban por llevar la embarcación lejos de las rocas, que amenazaban con romper el casco en cualquiera de las tremendas sacudidas con que las olas daban la bienvenida al séquito enviado desde Constantinopla por el emperador Constantino V. El agua azotaba las regalas empapando los candeleros y las batayolas; la cubierta era un ir y venir de marineros que intentaban hacerse oír por encima de los gemidos del mar y las órdenes que uno de los oficiales daba a los remeros. Un vigía, elevado en la cofa y amarrado con una soga al mástil para no desprenderse con los vaivenes, pretendía encontrar un rumbo entre la repentina tempestad, una salida que los llevara a doblar el cabo y encaminarse hacia El Pireo.

—¡Remad! —se oía desde el castillo de popa—. ¡Remad como si os lo ordenara la Virgen Madre!

Por suerte, el dromón imperial no encontró su fin en el cabo Sunión, donde se estrellaban tantos barcos, y pudo llegar a tiempo a Atenas para reunirse con Irene.

Cumplidas aquellas dos semanas, la joven salió de su casa con la esperanza pintada en el rostro. Podría pensarse que no daría crédito a las palabras de Herón —en resumidas cuentas, su visión había sido poco más que un juego de niños—, pero ella sabía que el alma de su amigo contenía algo especial, y que si él había visto un futuro misterioso, se trataba de una realidad fehaciente.

Lo echaba de menos. Estaba muy ilusionada por lo que habría de pasar, pero también lamentaba el lugar en el que quedaría Herón, tal vez desplazado de la aventura que a buen seguro se abría ante sí. Aquel beso..., pensó por un segundo, justo antes de barrer el aire con la mano, espantando el recuerdo.

Atravesó el ágora adentrándose en callejuelas llenas de comercios. Sentados en el suelo o en taburetes, varios hombres jugaban a los dados y a las tabas, apostando pequeñas fortunas que iban de mano en mano como las piedras en una cantera. Al pasar por delante de la tienda de alfarería que había tenido su padre antes de enfermar, se detuvo llevada por la nostalgia; vio las vasijas de barro que con tanto arte hacía, los cuencos labrados, los cubiletes, las copas... Pero aquello solo estaba en su imaginación.

Irene correteó hasta la pescadería, donde se aprovisionó de algunos cortes de pez espada, de los peores, pues su economía no daba para más. Después se acercó a la calle de los vinateros y compró vino aguado, más rosa que tinto, que guardó en un odre. Si había algo que celebrar, lo haría a lo grande.

Sin embargo, al llegar a casa no encontró nada especial. Su madre limpiaba el suelo del atrio mientras su padre permanecía postrado en la cama, como en los últimos años. Nadie la saludó ni le dio ninguna noticia. Miró al cielo a través del compluvio y no percibió absolutamente ninguna diferencia con lo que veía cualquier otro día.

Quizá lo mío no sea la suerte, solo ilusionarme con un futuro mejor y darme de bruces contra la realidad una y otra vez.

En el preciso instante en el que murmuraba para sí, un cuervo de alas negras se coló en la casa y aleteó en torno al impluvio. Irene sonrió al recordar la historia que le había contado a Herón sobre el monte Licabeto, Atenea y los cuervos. Malas noticias... O noticias solamente, quizá.

Aquello la llevó a pensar de nuevo en Herón. ¿Qué había sido de él? No se le escapaba que la había evitado durante aquellas dos semanas. Se había ausentado de la escuela con la excusa de que debía ocuparse de los asuntos familiares y ayudar a su padre a organizar la visita del estratega de la Hélade. Aunque hubiera algo de verdad en sus pretextos, Irene sabía muy bien que Herón no era capaz de pasar dos semanas sin verla, salvo que los mismos dioses paganos se lo impidieran.

Guardó el odre de vino y el pescado en la despensa y se encaminó a la casa de su amigo, más allá del ágora, donde estaban los hogares de los funcionarios del imperio y otros prohombres.

Lo encontró practicando con su arco tras la vivienda, en un jardín que miraba hacia la Acrópolis.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —lo sorprendió ella a modo de saludo.

—Supongo que esperándote. Pensé que vendrías hoy a primera hora. —Cargó una flecha y la lanzó contra una diana, sin mirar a la chica. Acertó justo en el centro.

—¿A qué te refieres? —preguntó con inocencia.

—Dos semanas, ¿recuerdas? —Ahora sí la miró, y estiró dos dedos de la mano derecha. Parece furioso, pensó Irene. Después cogió otra flecha y tensó el arco.

—Claro que lo recuerdo, pero no entiendo que ahora te muestres frío ni que eches tu ironía patricia contra mí. —Se mordió la lengua para no continuar. Suspiró—. Fuiste tú quien me dijo que hoy pasaría algo especial, y aquí me hallo, saltando la valla de tu casa para que tu padre no me vea, observando cómo desgastas tu hombría con ese arco.

Herón oyó la mención a su hombría conforme disparaba; dudó y erró el tiro. Dejó el arco junto a las flechas y se acercó a Irene. No, no estaba furioso, estaba dolido y triste, frustrado.

—Lo siento, Irene. Tienes razón, no debería pagar contigo mis...

—¿Tus...?

—Mis tribulaciones.

Irene le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le regaló una sonrisa que fue correspondida de inmediato. Herón le tomó la mano, pero al ver llegar a su padre la soltó con nerviosismo. Aun así, el kephale de Atenas, una suerte de gobernador civil, no los reprendió, sino que les dedicó un gesto amable.

—Precisamente a ti quería verte.

—¿A mí? —preguntaron los dos al unísono.

—Sí, Irene, a ti.

—¿En qué puedo ayudaros? —Acompañó la pregunta con una reverencia.

—Esa no es la pregunta adecuada, la pregunta es: «¿En qué puedo ayudarte... ayudaros yo a vos?».

Irene se quedó mirando a Herón sin comprender nada. Era la primera vez que el padre de su amigo la trataba siquiera con respeto, no ya con tal dignidad.

—Padre, ¿estáis bien? ¿A qué viene tanta modestia? —preguntó Herón, también sorprendido.

—¡Hoy es el día! ¡Hoy es el gran día! —Estaba exultante—. Venid. —Los tomó a ambos del brazo y los introdujo en la casa.

El kephale de Atenas era poco más que un hombrecillo a quien la toga se la hacían a medida cobrándole lo mismo que por las togas de los niños, pero se movía con viveza y miraba con sagacidad.

—¡Helena! ¡Marta! —llamó a gritos—. ¡Daos prisa!

Helena y Marta, las hermanas de Herón, a quienes conocía muy bien Irene, se presentaron en el atrio de la casa, sumisas, mirando al suelo. Hicieron una reverencia ante Irene, quien ya no pudo aguantarse más y estalló en carcajadas. Herón cruzó la mirada con su amiga y no tardó en sumarse a su risa, y al cabo de unos segundos todos reían, contagiados por la hilaridad.

—Señor, ¿por qué me honráis de esta manera? —quiso saber la joven.

—Irene, hoy es el gran día, por fin los arcanos han decidido bendecir estas tierras de nuevo. ¡Por las barbas de Pericles! —exclamó observándola con detenimiento—. Helena, acompaña a nuestra invitada a tu habitación; sus vestiduras son las de una plebeya, necesitará algo más... más... —dijo dudoso, llevándose una mano al mentón y sin quitarle el ojo de encima.

—¿Púrpura? —preguntó Helena.

—¡Por el tridente de Poseidón, no! Aún es demasiado pronto, ¿de qué sirve esa escuela a la que vas? Dorado, sí, dorado será suficiente.

Helena, la hermana mayor de Herón, siempre intentaba sacar de quicio a su padre, un hombre atormentado por las leyes imperiales, la prohibición del culto a los iconos, el desprecio que la capital hacía a los antiguos valores paganos y, sobre todo y ante todo, por la posibilidad de que faltase la comida en casa.

—¿Me acompañáis? —Helena hizo una reverencia frente a Irene sin apenas mirarla a la cara.

Irene nunca había mantenido una conversación con ella, pero sabía por Herón que la joven la tenía en estima.

—¡Espera! —protestó—. ¿Qué está pasando aquí?

Por un momento se nubló el ambiente festivo que el padre de su amigo había creado con su nerviosismo y sus prisas.

—¿Es que no os habéis enterado? ¿Nadie te lo ha... os lo ha dicho? —exclamó este, volviendo a corregirse.

—¿Decirme el qué? —preguntó Irene, ya un poco cansada de tanta agitación y secretismo.

—El emperador Constantino ha enviado a varios funcionarios de su confianza a buscar esposa para su hijo, León Porfirogeneta... —El kephale la miró con una amplia sonrisa en los labios—. Y os ha elegido a vos.

—¡A mí! —Estuvo a punto de desvanecerse; de hecho, sintió una profunda debilidad en las piernas y su amigo tuvo que sostenerla. Lo miró con los ojos entrecerrados. Él lo sabía, tenía que saberlo. Aquello era parte de su premonición.

—¡No hay tiempo que perder! En unos minutos, los enviados se presentarán en casa. ¿Dónde os habéis metido toda la mañana? Helena, por favor, llévala contigo y préstale una toga digna de su nueva posición. Marta, avisa a las criadas, deben asearla, peinarla, maquillarla... —Se le veía sobrepasado.

—Padre, por favor, os va a dar un ataque como no os soseguéis.

Herón se hizo cargo del asunto, aún sin saber qué beneficio sacaría su padre de todo aquello, pues conocía cuánto despreciaba a Irene desde hacía años.

Si está tan nervioso, es porque algo obtiene de este plan.

El joven dejó a Irene con sus hermanas y fue a la cocina para ordenar a los esclavos que prepararan algo de comer, la mejor carne que les quedase. Después seleccionó él mismo el mejor vino de la bodega de su padre y dispuso lo necesario para la visita de los altos funcionarios.

La comitiva no tardó en presentarse en el hogar más distinguido de toda Atenas. La cohorte de criados, eunucos y jóvenes aristócratas que acompañaban a los funcionarios para aprender las costumbres de la diplomacia se distribuyeron ante la puerta, pero en la casa solo entraron cuatro emisarios: el doméstico de los themata occidentales, el estratega de la Hélade, el logoteta doméstico de Constantinopla y un general, estratega además del thema oriental tracesiano, Miguel Lacanodraco.

Herón los atendió y los entretuvo mientras sus hermanas y varias criadas y esclavas intentaban hacer de Irene algo más que una campesina. Su padre apenas podía hablar, solamente ofrecía vino a los ilustres invitados; por suerte, Mauricio —estratega de la Hélade y a la sazón su jefe— quiso hablar con él en un aparte sobre otros temas que nada tenían que ver con el motivo de su visita ese día.

El logoteta doméstico de Constantinopla, uno de los más altos funcionarios del imperio, responsable de los asuntos internos y la economía de la capital, se dirigió a su joven anfitrión.

—Y bien, ¿cómo se ha tomado la muchacha su elección como futura emperatriz?

—Ha sido una sorpresa, una grata sorpresa —dijo Herón. Incluso a él, que lo había visto con sus propios ojos dos semanas atrás, le imponía escucharlo.

El logoteta se llamaba «Justiniano» y era un hombre en apariencia afable que no dejaba de sonreír y maravillarse por cada nueva cosa que descubría en su primer viaje a Atenas. Él y Alejo, el doméstico de los themata occidentales —algo así como el representante del emperador en todas las provincias de Occidente pertenecientes al Imperio romano—, le hicieron preguntas sobre Irene, sobre su formación, su devoción, su familia, su pasado... Parecían alegres, satisfechos por haber encontrado a una mujer que a buen seguro llevaría la felicidad al emperador conjunto León. En cambio, Miguel Lacanodraco, el cuarto en discordia, lo observaba todo con hastío, en silencio. Su rostro era muy distinto. Los otros tres eran burócratas, funcionarios enriquecidos, aristócratas, mientras que él era un general, un hombre que frecuentaba batallas sangrientas. Estaba fuera de lugar.

Cuando Irene estuvo preparada, Marta se acercó a Herón y, tras hacer una reverencia y disculparse en silencio ante sus invitados, se lo comunicó a su hermano.

—Mis señores —dijo él entonces—, la persona a quien habéis venido a ver está dispuesta para recibiros.

Todos asintieron dibujando sonrisas y haciendo comentarios festivos. Todos menos Miguel Lacanodraco, quien no pudo disimular una mirada llena de desprecio cuando la joven Marta, que aún no había cumplido los catorce años, se presentó sin previo aviso. No le pasó desapercibida a Herón.

Irene apareció al cabo de unos minutos como una diosa arcana; una túnica de un blanco brillante con bordados de oro se ajustaba a su cuerpo, más lozano que el de Helena, sobre la cual la estola se deslizaba en incontables pliegues. Encima de todo destacaba la palla, que se perdía en su espalda por debajo de su cabello azabache, ondulado como el sinuoso mar Egeo. En sus ojos habitaba la profundidad de insondables misterios, pues, aunque miraba con cierto descaro, también podía apreciarse la humildad de los que no conocen su destino, si bien advierten que estará lleno de complejidades. Unía las manos por delante, sobre el vientre, con torpeza.

—Mis señores... —susurró con un hilo de voz.

Herón hizo las presentaciones y la joven saludó con la cabeza y sonrió a cada uno de los tres hombres.

—Sin duda hemos acertado —se felicitaron unos y otros al ver la belleza excelsa de la mujer a la que habían elegido para el joven emperador.

—Sentaos —ordenó, sin embargo, Miguel Lacanodraco.

Todos lo miraron un tanto azorados, pero tanto Justiniano como Alejo hicieron amago de sentarse y Herón, con un leve gesto, le dio la aprobación a Irene.

Justo entonces apareció el anfitrión, acompañado de Mauricio, el estratega.

—Mis queridos amigos, os presento a Irene Sarandapequis, la futura emperatriz de Roma. —Quiso que sonara como cuando presentaban las obras en el teatro de Dioniso, pero fue ridículo.

—Irene, ¿sois consciente de lo que está pasando? —preguntó sin más preámbulos Alejo.

—En verdad me ha costado asumirlo. Cuando desperté esta mañana no era más que una joven ateniense que estudiaba en la escuela las tareas propias de una mujer, y ahora... —Dejó la frase en el aire.

—No debéis preocuparos, es normal que os sintáis así, mi señora. —Justiniano quiso quitar hierro al asunto—. Nuestra majestad, en su divina sabiduría, nos pidió que buscásemos a la más bella mujer del imperio para que contrajera matrimonio con su hijo. Hemos llegado hasta los confines de los territorios imperiales, pero nuestra red de funcionarios ha hecho bien su trabajo —dijo mirando directamente al padre de Herón—. Aunque nos ha costado, por fin os hemos encontrado.

—Gracias —se limitó a contestar, con suma humildad.

—Aun así, es preciso que le preguntemos algunas cosas. —Miguel Lacanodraco no la trataba aún con la dignidad que merecía—. Todos sabemos que en estos extremos del imperio las órdenes soberanas tardan en llegar y que algunos ciudadanos aparentan ser devotos y píos, pero en realidad son herejes iconódulos.

Irene lo observó con detenimiento. Ico... iconódulo, ¿qué querrá decir?, pensó. No le gustaba cómo la miraba, y mucho menos cómo hablaba de ella, aquel general que Herón le había presentado y del que ni siquiera recordaba el nombre.

—Miguel —intervino Justiniano—, su devoción ha quedado comprobada y certificada por el kephale, y por si eso no fuera suficiente, en estas dos semanas no hemos encontrado una sola falta.

—¿En estas dos semanas? —interrumpió Irene al logoteta.

—Mi señora, hace catorce días que desembarcamos en El Pireo y desde entonces os hemos estado observando. Ruego nos disculpéis esta falta de honor, pero debíamos asegurarnos de vuestra idoneidad antes de pedirle su aprobación al emperador.

El rostro de Irene fue demudando de la sorpresa a la curiosidad.

—¿El emperador ha dado ya su aprobación? Ni siquiera me ha visto, ¿cómo podría...?

—En realidad, sí os ha visto, señora —la corrigió esta vez Alejo—. Vino con nosotros un pintor que hizo un retrato vuestro y partió de inmediato a Constantinopla. Regresó ayer con buenas nuevas: tanto el gran Constantino como su hijo León han quedado muy complacidos con vuestra belleza y dan el consentimiento al matrimonio.

—Así es —tomó de nuevo la palabra Miguel, pero no para dirigirse a ella, no todavía—. Todos hemos convenido en que ha superado el examen, aun así, antes de pedirle a ella su consentimiento, necesito preguntarle algo, es mi labor en esta embajada. Mi única labor, de hecho.

Los otros tres hombres, un poco desconcertados, asintieron. También Irene lo hizo, aunque, en aquel preciso instante en el que se decidía su futuro, apenas era capaz de recordar quién era el padre y quién el hijo en el trono del imperio.

—Desde que en el año 754 de nuestro Señor se estableció en el Concilio de Hiereia que la adoración de las imágenes era un acto instigado por el demonio, el emperador Constantino ha perseguido con afán a los iconódulos. Atenas fue tierra de grandes dioses paganos, arteros y seguidores de Satán, y todavía hay quien en secreto ofrece libaciones y se pierde en otros rituales con el fin de honrar a aquellos falsos dioses. Tengo que preguntaros directamente: ¿sois una hereje idólatra?

Todos los presentes se quedaron expectantes ante aquella pregunta cargada de indirectas, cuando no directas, contra todos los griegos, que dejaba clara su opinión sobre la elección de la joven. Pero si hasta ese momento Irene se había presentado como una muchacha humilde, agradecida y sumisa, la fuerza con la que le contestó al general sorprendió a todo el mundo. Y más aún el fuego que se iluminó en sus ojos durante unos instantes.

—No, no lo soy —respondió Irene.

Un tenso silencio invadió el hogar del kephale, hasta que Justiniano decidió romperlo.

—Bien, podremos dar por concluida nuestra visita en cuanto nuestra señora dé el consentimiento al matrimonio. Irene, hemos considerado justo que si el futuro esposo ha visto una imagen de la que será su mujer, vos también podáis ver un retrato suyo.

Enseguida entró un criado en la casa y sacó de una bolsa de piel una tabla pintada. Irene detectó el olor a trementina y a resina de la pintura. Miró el cuadro, pero en realidad apenas vio nada; continuaba furiosa por la forma en la que aquel hombre había atacado a los atenienses, a todos los griegos. Luego pensó que era curioso que, odiando con tal ferocidad a quienes encontraban en las imágenes de la Virgen, Cristo y los santos un camino hacia la devoción y la espiritualidad, le ofreciesen ahora una imagen para que aceptase a un esposo y emperador a quien también debería adorar.

—Sí, por supuesto, doy mi consentimiento —confirmó mirando fijamente a Miguel Lacanodraco, quien, sin demora ni un adiós, salió de la casa.

Los demás, incluidos el kephale y sus hijas, estallaron en vítores: «¡Larga vida a Irene de Atenas, futura emperatriz de Roma, fiel y leal a Dios y al emperador!».

—Necesitaremos una última cosa, un mero trámite, imagino —comentó Justiniano, volviéndose hacia el administrador de Atenas y al estratega de la Hélade—. El consentimiento de sus padres.

—Soy huérfana —sentenció Irene con la rabia estallándole en la lengua.

El logoteta observó unos papeles que le había dado el criado.

—En el censo de Atenas constan dos varones Sarandapequis, que viven y pagan impuestos. En el caso de que sean vuestros tíos o vuestros primos, igualmente tendremos que hablar con ellos. ¿O ha habido algún error? —Miró de forma inquisitiva al kephale.

—No, por supuesto que no lo ha habido. —El padre de Herón se puso aún más nervioso, así que su hijo tomó la palabra.

—Mis señores, como bien sabrán, Irene ha tenido una juventud complicada, pues su padre cayó enfermo siendo ella muy pequeña y su madre enfermó de espíritu poco después. Se ha criado prácticamente sola...

—Con la ayuda de nuestra familia, por supuesto, yo la considero mi sobrina —cortó su padre.

Irene lo fulminó con la mirada. «¿Ayuda?» No obstante, aunque advertía el poco aprecio con que la premiaba el padre de su amigo, Herón sí la había ayudado durante todos aquellos años. Él era la única familia que había conocido.

—¿Vive con vos vuestra sobrina? —Justiniano remarcó la última palabra con ironía.

—No, no sería correcto. —El kephale intentó acompañar su negativa con una sonrisa, pero le salió un gesto torcido, como un tic.

—Entonces debemos conocer su casa, hablar con sus padres. Estén enfermos del cuerpo o del espíritu, es preciso que den su aprobación.

Dicho esto, los tres prohombres se levantaron y esperaron unos segundos hasta que los demás también lo hicieron.

—¿Ahora mismo? —preguntó Herón—. Nuestras criadas han cocinado un estofado exquisito.

—No se me ocurre un mejor momento, muchacho —respondió Alejo—. Agradecemos vuestra hospitalidad, pero debemos ponernos en marcha cuanto antes.

—Sea, pues.

El camino hasta su casa, con Irene bellamente vestida, peinada y maquillada, rodeada por los dignatarios imperiales, funcionarios de menor rango, jóvenes aristócratas y eunucos y criados, fue un paseo bajo palio. La noticia había corrido por toda Atenas como el fuego en un aserradero, y los lugareños se regocijaban con que una conciudadana fuera a ser su emperatriz. Se lanzaban vítores, aplausos y hojas de olivo a su paso.

Herón se acercó a ella, bien escoltada por el logoteta doméstico de Constantinopla y el estratega de la Hélade.

—¿Tú sabías algo de esto? —preguntó la muchacha.

—De haberlo sabido, no habría tardado más de dos minutos en contártelo. Por lo visto debía mantenerse en secreto mientras los funcionarios comprobaban que eres una devota y pía hija del Imperio romano. —La miró excusándose.

—¿Y lo que viste en el Licabeto?

—Esto es solo el comienzo. —Ahora le dedicó una sonrisa.

La multitud se aglomeraba frente a la comitiva mientras los criados arrojaban monedas a la muchedumbre. Entre la gente vio a algunos de los conocidos que la saludaban a diario, ahora gritando su nombre y alabando a los emperadores. Irene seguía en una nube, su nueva situación la sobrepasaba. Esperaba que algo especial sucediera ese día, pero no cabía imaginar que fuera su nombramiento como futura emperatriz. Aún no podía creerlo.

De cualquier modo, lo que más le preocupaba era la inminente visita a su casa. Su padre estaba recluido en su habitación, postrado en la cama, y su madre era poco más que un alma en pena. Era imposible aventurar cómo reaccionarían ante lo que se les venía encima. Su ánimo se apaciguó al pensar que nada ni nadie podría oponerse al deseo de un emperador, y ambos, padre e hijo, la habían escogido a ella.

Cuando llegaron a su casa vio salir a una de las criadas de la familia de Herón, cosa que agradeció, pues su madre sería capaz de culparla a ella, que nada sabía, de permitir que fuera la última en enterarse.

Si los altos funcionarios pensaron que aquella no era casa digna de una futura emperatriz, lo callaron; tan solo el general Miguel Lacanodraco puso mala cara al entrar en atrio. Allí los recibió la madre de Irene, a quien no le había dado tiempo a cambiarse de ropa ni a atusarse el pelo. O tal vez ni siquiera hubiera querido hacerlo.

Como la mujer, ajada por el paso de los años y la tristeza de una vida frustrante, se quedó callada al verlos junto a su hija, tomó la palabra el logoteta.

—¿Es esta la casa de los Sarandapequis?

—Así es. ¿Quién lo pregunta? —contestó ella sin ceremonias.

—Mi nombre es Justiniano, soy el logoteta doméstico de Constantinopla.

—¿Habéis venido a llevaros a mi hija?

Irene creyó ver una lágrima desprenderse de su ojo derecho. Era evidente que la habían puesto al tanto de todo.

—Bueno, es una forma de verlo —intervino Alejo—. Nosotros preferimos decir que hemos elegido a su hija para que sea la emperatriz de Roma.

—Roma queda muy lejos de aquí. Y Constantinopla todavía más. Es poco lo que el imperio hace por nosotros y mucho lo que nosotros damos por el imperio. La última vez que quiso algo de Atenas fue después de la peste; el emperador se llevó de aquí hombres, jóvenes y niños, familias enteras que ahora malviven en la capital, sin trabajo, sin comida, sin dignidad. Vuestras señorías vienen a preguntarme si consiento que se lleven a mi hija, pero yo quiero saber si tendrá el mismo futuro que esos atenienses. ¿Se la llevarán para que cumpla con sus deberes con el imperio y la abandonarán luego?

—¿Cómo te atreves? —se adelantó Miguel Lacanodraco, dispuesto a abofetearla. Por suerte para todos, el logoteta, quien ostentaba el liderazgo en aquella comitiva, lo detuvo.

—Es cierto que en el pasado algunas cosas no se hicieron como es debido, señora, pero nada tienen que ver con esto. Su hija se desposará con el hijo del gran Constantino y será emperatriz en Constantinopla. Conocerá el esplendor del más grande imperio y vivirá agasajada en un palacio, portando la púrpura. ¿Acaso no deseáis este bien para vuestra hija?

La mujer miró a Irene. Apenas entraba luz en la casa y las velas estaban apagadas. Su madre sudaba por el esfuerzo de las labores del hogar y tenía manos y brazos sucios de haber estado limpiando.

—¿Le habéis preguntado a ella? —espetó tras un largo silencio.

—Lo hemos hecho. Ha dado su aprobación.

—Entonces ¿qué tengo yo que decir? Hace mucho que en la práctica he dejado de ser su madre. —Dicho esto se dio la vuelta dispuesta a continuar con su trabajo.

A Irene le pareció ver que lloraba, pero no estaba segura.

—Tal vez debiéramos hablar con su padre —sugirió Miguel.

—Su padre dejó de serlo en el mismo momento en el que enfermó. Si lo que necesitáis es el consentimiento de su familia y ella está de acuerdo, lo tenéis. —Murmuró aquellas últimas palabras dándoles la espalda a los presentes. Después se llevó las manos al rostro, quizá para enjugarse las lágrimas, y por fin se dio la vuelta—. Hija, ve en paz allá donde te lleve el destino. —La miró durante un tiempo indefinido, en silencio, y luego se marchó.

—Os lo dije —masculló Irene, seria, solemne—. Soy huérfana.

Se había desatado una increíble tensión en el ambiente, una tensión que los dignatarios no se explicaban, pues acostumbraban a ser agasajados cuando portaban noticias tan buenas como aquella.

—Bien —sentenció Justiniano—, solo queda preparar el viaje a Constantinopla. ¿Necesitáis algo de aquí?

Irene pensó que sus pertenencias eran pocas, pero tenía una muy preciada, una imagen de María Theotokos que había tallado Herón en una rama de olivo, una Virgen a la que había rezado incontables veces.

¡Oh, Dios! No pueden verla, si la descubren todo habrá terminado.

—Acompañemos a la futura emperatriz a su habitación y ayudémosla a recoger sus cosas —propuso el general como si le hubiera leído la mente—. ¿Es esta? —preguntó a una criada de la familia de Herón, que se encogió de hombros.

No puedes mostrar debilidad, hay que afrontar las cosas como son, pensó Irene.

—Es aquella. —Señaló con el mentón.

Miguel Lacanodraco fue el primero en entrar, pero nada halló. Irene suspiró al verlo salir con la frustración dibujada en el rostro.

—No creo que haya nada que le sirva en su nueva vida —dijo con desprecio antes de abandonar la casa.

—En fin, mi señora, ¿hay algo que queráis llevaros a Constantinopla? Sabed que el camino es largo y vuestras obligaciones con el imperio tal vez os impidan regresar a vuestra tierra.

Aquello no lo había pensado. ¿Qué pasaría a partir de entonces? ¿Jamás volvería a ver la fastuosa Acrópolis ni podría pasear por el Licabeto?

—En verdad sí hay algo que quisiera llevarme conmigo, si es que el emperador quiere hacerme esta merced. No algo, sino más bien a alguien. —Irene miró a Herón.

—Entiendo —comentó Justiniano—. Sois joven y no conocéis a nadie en la corte, tal vez sea buena idea que alguien os acompañe. No es lo habitual, pero es poco lo que pedís. Sea —aceptó.

—Mi señor —interrumpió el kephale—, ¿accederíais a que fuera con vos mi hija mayor? La emperatriz necesitará la ayuda de una mujer. Mi hijo es su amigo, de hecho, es como un primo, la conoce y podrá hacerle compañía, pero todos sabemos que la compañía de un hombre no es lo más apropiado. Helena la servirá mucho mejor.

Esto es lo que ganas, padre, esto es lo que querías desde el principio, pensó Herón.

—¿Y qué hacemos con el joven? —preguntó Alejo.

—Mi hijo podría aprender de la vida en la corte. Habéis visto que es ducho en la oratoria, conoce el latín aparte del griego y servirá para aquello que dispongáis.

—Sea también —celebró el logoteta—. He de deciros que no estoy acostumbrado a que me pidan tan poco; agradezco vuestra humildad y buena disposición. Irene, vendrán a buscaros dentro de unas horas y os trasladarán al puerto. Debemos ponernos en marcha cuanto antes. Aprovechad para despediros. Herón, Helena, haced lo propio, nos espera un largo viaje y no son fechas propicias para navegar.

Después se dirigió a un funcionario y antes de marcharse ordenó que varios soldados hicieran guardia y acompañaran a Irene allá donde quisiera ir.

Aún se oían los vítores en la calle cuando Herón se acercó a Irene y le entregó algo que ella en principio no acertó a reconocer.

—Me lo ha dado tu madre. Para ti —susurró.

Entonces distinguió ella entre sus manos las formas de su Virgen de madera.

3. El aroma del mar

3

El aroma del mar

Atenas, 24 octubre de 769

No todo transcurrió tan rápido como los altos funcionarios hubieran deseado. Aún debieron permanecer unos días más en Atenas porque un fuerte temporal azotó la región del Ática, impregnando el aire de esencias marinas y olor a sal.

Vino bien la demora, sin embargo, para renovar el vestuario de Irene. Los Sarandapequis eran una familia conocida desde tiempos inmemoriales, tal vez descendientes del mismo Temístocles, pero, de igual modo que Atenas había perdido su halo mágico de esplendor, la familia de Irene había caído en desgracia. Nadie sabía por qué su padre estaba enfermo, pero este no se levantaba de la cama, no hablaba y apenas le quedaban las fuerzas justas para mantenerse con vida, una vida fútil e inane, pero vida al fin y al cabo. Corrían ciertos rumores, libelos anónimos que mencionaban asuntos despreciables y a los que era mejor no hacer demasiado caso, o eso pensaban sus allegados.

Así pues, pese a su abolengo, los Sarandapequis no poseían estatus ni sueldos suficientes para llevar una vida acomodada. El tío de Irene, Constantino, comerciaba con vinos y sí disfrutaba de cierta posición, y aunque no tenía ningún tipo de relación con su hermano, al menos había sufragado parte de los estudios de su sobrina, quién sabe si por compasión o por algún acuerdo al que hubieran llegado los hermanos tiempo atrás.

Por todo ello, Irene no tenía una sola prenda con la que pudiera presentarse ante el emperador. La túnica blanca con bordados brillantes que le prestó Helena era de ricas telas, pero no alcanzaba la magnificencia digna de la corte de Constantinopla y, sobre todo, no era de su talla; resultaba excesivamente estrecha y corta, no podía exhibir de ese modo un cuerpo en el que se adivinaban ya las curvas de la mujer que iba a ser.

El estratega se comprometió a traer seda de Tebas, y las mejores costureras de Atenas se afanaron en confeccionar en unos días varias túnicas, togas, pallas y estolas. De este modo, cuando el temporal abandonó el golfo de Egina y parte de la guardia imperial escoltó a Irene hasta la iglesia de la Virgen Madre —esa que antaño fue el templo pagano del Partenón—, ya lucía las prendas, sino de una emperatriz, pues los telares imperiales pertenecían directamente al emperador, sí de una rica cortesana.

Al dromón que casi tres semanas antes llegó a El Pireo se habían sumado tres dromones más y un chelandion, una embarcación muy similar destinada al transporte de caballos. Fueron días luminosos para el comercio en Atenas y en Egina. Pese a las lluvias y el viento, más de doscientos cincuenta remeros y otros tantos marineros necesitaban hospedaje, pan, vino, queso y mujeres. Los que todavía no se habían visto beneficiados por la visita de aquellos hombres venidos de la capital del imperio madrugaron para despedir a Irene, colocados en primera fila mientras los funcionarios, criados y eunucos lanzaban monedas a la multitud.

El obispo de Tebas se había desplazado hasta la iglesia junto con otros prelados, abades de monasterios cercanos y la plana mayor eclesiástica, para dignificar a Irene. La joven dio gracias a la Virgen y miró varias veces de reojo hacia atrás, aunque ya había recibido sus primeras lecciones de protocolo y sabía que no debía hacerlo. No vio a su madre. En realidad, no la esperaba, y aunque la mujer hubiese querido, de ningún modo la habrían dejado entrar. Sí vio a Herón y a su hermana Helena junto al kephale de Atenas, al doméstico, al logoteta y a los dos estrategas que habían evaluado sus posibilidades de matrimonio con el emperador León.

Se detuvo un momento en Helena, cuyo semblante exultante y alegre contrastaba con el de Herón, más bien alicaído. De pronto, el chico se dio cuenta de que Irene lo observaba y le dedicó una sonrisa.

Terminada la ceremonia religiosa, Irene salió del Partenón escoltada por algunos guardias imperiales —miembros de las tagmata—, las autoridades eclesiásticas de Atenas y el thema de la Hélade, quienes, con un exceso de boato, la entregaron a los prohombres representantes de la administración imperial que debían llevarla a Constantinopla. Fue allí, a las puertas de la iglesia de la Virgen Madre, con sus gruesas y fuertes columnas estriadas y su frontón clásico triangular, donde escuchó por primera vez una aclamación que la acompañaría hasta casi el fin de sus días: «¡Viva Irene de Atenas!».

Avanzó con la procesión escuchando aquellos gritos y otros muchos vítores dedicados al emperador Constantino y a su hijo, mientras dejaba atrás el antiguo Erecteion y descendía por los Propileos. Desde allí divisó los restos de un vetusto templo pagano por el que también había sentido cierta debilidad; era conocido como el de Atenea Nike, o Atenea Victoriosa, y así se sintió ella: victoriosa. Recordó que en aquel templo, en época de Pericles, se había guardado una escultura de Atenea, símbolo de los triunfos navales sobre los enemigos de Atenas. A la escultura le cortaron las alas para que nunca abandonara la ciudad, y ahora que ella se encaminaba hacia un futuro incierto, alguien le había ofrecido las alas de la diosa para emprender el vuelo. Quién sabía si alguna vez volvería a ver la magnífica Acrópolis, los bellos atardeceres sobre las aguas del mar más allá de El Pireo o los olivares que se extendían allende los campos que otrora fueran los jardines de la Academia de Platón.

Los vítores no cesaron en ningún momento, pero Irene se encontraba completamente abstraída. Sonreía y saludaba, como le habían enseñado dos eunucos traídos del Gran Palacio de Constantinopla, sin ver más allá de sus pensamientos. Sintió un miedo atroz, un pánico que amenazaba con invadirla y conquistarla, incluso temió desvanecerse antes de llegar al carruaje que la trasladaría por el Muro Largo del sur hasta El Pireo.

Era su futuro lo que la aterraba. Había deseado tanto vivir otra vida, salir de Atenas y conocer el mundo, que no podía creer que su anhelo se estuviera haciendo realidad, y menos aún desde una posición como la que le habían ofrecido. ¡La más elevada a la que podía aspirar una mujer!

Fue entonces, y no antes, cuando, en medio del barullo, cayó en la cuenta de que algo raro sucedía. ¿Por qué yo? ¿Cómo me han conocido? ¿Quién me ha elegido? Aquellas preguntas se llevaron sus miedos por delante como las olas borran los mensajes escritos en la arena; de pronto se detuvo, sin dejar de sonreír, aún saludando a los atenienses y demás griegos que habían ido a despedirla, rostros desconocidos enmarcados en palabras tan vacías como un salmo. Llamó con la mirada a su amigo, a Herón, quizá la única persona sobre la faz de la Tierra que jamás le mentiría.

—Necesito que hagas una cosa —le dijo, con la tranquilidad de que nadie podía oírlos, tal era el ruido.

—Pídeme lo que sea, Irene. ¿Qué sucede? —preguntó con preocupación.

—Tienes que averiguar por qué he sido elegida. —Le tomó la mano; su cara reflejaba una firmeza que inquietó a Herón—. Hay algo extraño en todo esto y quiero saber qué es lo que ha provocado que mi vida cambie tanto. ¿Lo harás?

Pero Herón no pudo contestar. Alejo y Justiniano se habían acercado a la futura emperatriz y largaban vítores a voz en grito: «¡Viva Irene de Atenas y los emperadores Constantino y León!». Y así se llevaron a Irene y la ayudaron a subir al carro tirado por caballos que cubriría la mayor parte del camino. Ahora ella sonreía de nuevo, y nadie habría sospechado que algo la alarmaba respecto a su futuro y las razones que lo habían hecho posible. Saludaba a unos y a otros como una muñeca tallada en marfil, nívea y hierática, recta como el mástil de un barco.

Herón, que se había quedado parado pensando en lo que Irene le había pedido, se vio superado por la multitud y tuvo que hacer grandes esfuerzos para recuperar su posición y subir a uno de los carros que se dirigían al puerto. Él tampoco había reflexionado lo suficiente acerca de los hechos que se sucedían uno tras otro. Su visión fue profunda, pero no siempre acertaba por completo ni alcanzaba a percibir todo lo que acontecería. Sí había podido averiguar que su padre llevaba algún tiempo, no sabía cuánto, preparando este momento, pero a él nada le había dicho por miedo a que lo estropeara. Ahora le encajaban mejor aquellos absurdos consejos sobre alejarse de Irene.

Dar con ella no habría sido difícil; su padre volvía loca a toda la familia explicando lo bien que funcionaba la administración del imperio, y a Herón no le cabía duda de que en Constantinopla podían saber, si querían, hasta qué desayunaban los Sarandapequis los jueves o cuántas veces a la semana rezaba a la Virgen su propia hermana.

Pero ¿qué ganaban con Irene? Nadie apreciaba su belleza tanto como él, mas el imperio era inmenso, podrían haber encontrado una muchacha joven y bella de mejor posición. Su padre había aprovechado la coyuntura para colocarlos a él y a Helena en la capital, pero eso no sería suficiente retribución, y Herón pronto vería cuánta responsabilidad había tenido su padre en la decisión según el ascenso que obtuviera. El estratega de la Hélade también se llevaría su porción de la recompensa, aunque nada de esto respondía a la pregunta crucial: «¿Qué podía ofrecer Irene al imperio además de su belleza?».

Cuando las cristalinas aguas del Egeo lo deslumbraron, se dio cuenta de que ya estaban en El Pireo. Por delante tenían al menos seis días de navegación, puesto que el logoteta esperaba llegar a Constantinopla a finales de octubre: diez días para averiguar por qué Irene había sido elegida como emperatriz de Roma; y si no lo lograba por los medios ortodoxos, tendría que utilizar otros.

Irene se sintió extasiada al llegar al puerto. Durante el trayecto por el Muro Largo había sido consciente de que tanto el logoteta doméstico como el estratega de la Hélade se dirigían a ella, pero iba demasiado concentrada en todo lo que acontecía y no los había escuchado. Sus palabras volaban como el polvo que se pierde en el viento, rozando su suave piel para disiparse después. Y cuando al fin alcanzaron El Pireo, cualquier pensamiento que no tuviera que ver con la flota que allí aguardaba se desvaneció.

Los fantásticos dromones de la Armada imperial eran naves de tres mástiles tan enormes como hermosas, con espléndidas velas ahora recogidas en sus drizas. Irene se quedó paralizada; el sol hacía brillar las aguas del Egeo, pero las magníficas piezas metálicas que adornaban las embarcaciones aquí y allá refulgían con mayor esplendor. Ante ella, en el mayor de los dromones un saliente afilado y recubierto de oro remataba la proa, y además, sobre las regalas a babor y estribor, también en la proa, habían acoplado figuras en forma de dragón cuyas bocas abiertas le resultaron tan aterradoras como fantásticas.

—Señora, será un honor llevaros a Constantinopla. —Un hombre alto se inclinaba hacia ella en señal de respeto, pero Irene no podía dejar de admirar las embarcaciones.

—¿Qué es eso? —preguntó a modo de saludo, señalando las figuras de metal.

—Mi señora, os presento al gran almirante Anastasio, el más digno hombre de la Armada romana —intervino el logoteta doméstico.

—Mi señora preguntaba por los dragones —contestó Anastasio—. Por favor, seguidme a bordo y os enseñaré cómo es un dromón imperial. —No le había pasado desapercibida la emoción de la joven ante la sola visión de la nave—. Intuyo que nunca habéis navegado, ¿es así?

—Nunca, será mi primera vez. Bueno, desde hace unos días todo lo que acontece a mi alrededor lo hace por primera vez. —Irene comprobó que nada que flotase sobre el agua era completamente estable.

—La flota romana domina el Mediterráneo desde hace varios siglos, y es gracias a estas embarcaciones y a la pericia de sus marineros. Nuestro dromón, en el que navegaremos durante seis días hasta Hiereia, muy cerca de Constantinopla, tiene cuarenta y dos metros de eslora y siete de manga. Es un barco militar, por eso habéis podido ver los sifones que se cargan en la proa.

—¿Para qué sirven esos sifones?

Anastasio miró por encima del hombro de Irene hacia el logoteta y el doméstico. Justiniano se adelantó al gran almirante.

—Va a ser nuestra emperatriz, si Dios lo tiene a bien, así que no hay secreto alguno de la Armada que no deba conocer. —Dicho esto sonrió y se encaminó hacia la proa. Todos lo siguieron—. El gran almirante Anastasio ha comentado que nuestra flota impone su ley en el Mediterráneo gracias a estas embarcaciones y a la preparación de nuestros hombres, pero ha obviado una razón más, quizá la de mayor peso: nuestro armamento. Eso que veis sobre el agua es el espolón, con él embestimos a nuestros enemigos y después los rociamos con fuego griego.

—He oído hablar de él. ¿Tendremos ocasión de verlo durante la travesía? —preguntó Irene con inocencia.

Todos rieron disimuladamente.

—A pesar de que no habría duda de quién saldría vencedor, preferiríamos no encontrar enemigos en nuestro camino: una batalla no es el lugar apropiado para una futura emperatriz —aclaró el gran almirante.

—¿Es oro lo que brilla? —le preguntó Irene, haciendo caso omiso de su último comentario y sin dejar de observar el espolón.

—Es hierro, pero lo cubrimos con una solución de polvo de oro para que nuestra magnificencia sea conocida en todas las esquinas del océano.

—Mi señora, por favor, sería oportuno ir a vuestros aposentos; pronto iniciaremos el viaje —indicó uno de los eunucos, acompañado de varias damas.

Irene miró a los dignatarios fingiendo disculparse, pero no se movió.

—Id, más tarde tendremos tiempo de continuar —aceptó el gran almirante con una reverencia.

La muchacha atravesó la cubierta hasta llegar al castillo de popa, donde se encontraba el camarote del gran almirante, que había sido adaptado para que fuese su habitación. El eunuco y varias damas de compañía, aún más jóvenes que ella, comenzaron a colocar aquí y allá túnicas, estolas y otras prendas.

—¿Os quedaréis conmigo? —preguntó, extrañada al ver tanta ropa.

Todas se miraron, como si no estuviesen acostumbradas a que las grandes señoras se dirigieran a ellas con tanta naturalidad.

—Mi señora —comenzó el eunuco—, no deben veros repetir vestimenta, todo esto es solo para vos.

Irene se dejó caer en la cama y suspiró.

—¡Me queda tanto que aprender!

Pero nadie parecía escucharla, todo el mundo trabajaba a un ritmo frenético; el eunuco, dando órdenes, y las chicas, trasegando baúles, telas y pequeños cofres.

De pronto se sintió terriblemente sola. ¿Dónde estará Herón? Se arrimó a uno de los portillos del camarote y observó el resto de las naves. Algunas habían largado velas y ya surcaban el mar, portando el impresionante estandarte romano. Le llegaban las instrucciones que se daban en cubierta, en términos desconocidos para ella. Después creyó intuir el murmullo del resuello de los remeros y el dromón se puso en marcha.

Sus damas de compañía habían concluido las labores y se habían quedado formando un semicírculo en torno a la cama. Irene se sentó de nuevo y se dispuso a descalzarse, pero el eunuco se adelantó y, con un leve gesto de la mano, ordenó a una de las asistentas que la ayudase. Irene la observó. La niña, pues era la menor de todas, no sonreía ni mostraba ninguna emoción, tan solo se afanaba en descalzar a su reina molestándola lo menos posible. A Irene le pareció que nunca se acostumbraría a aquel trato.

Acarició los cabellos de la muchacha, unos rizos trigueños que olían a perfume de almizcle. Descubrió un rostro nevado y unos profundos ojos oscuros.

—¿Cuál es tu nombre?

—Ana, mi señora. —No levantó la vista del suelo.

Irene observó a las demás damas. Ninguna la miraba directamente. Ni siquiera el eunuco lo hacía.

—Ana, puedes mirarme a los ojos, si quieres. Todas podéis hacerlo, y tú también —dijo dirigiéndose al eunuco—. ¿Cómo te llamas?

—Arcadio, para serviros, mi señora.

—Acércate, Arcadio. ¿De dónde eres?

—De Paflagonia, en el thema armeniaco.

—¿Y tú, Ana?

La niña se quedó muda y miró al eunuco, presa del miedo.

—Ana es de Constantinopla, mi señora. Su padre procede de una importante familia que posee grandes campos de cultivo en Tracia.

—Esa es una buena noticia. Seguro que seremos buenas amigas. —Le dedicó una amplia sonrisa y la invitó a regresar junto a sus compañeras para seguir ella misma descalzándose.

—Mi señora Irene —interrumpió Arcadio—, no podemos permitir que hagáis esos esfuerzos.

Irene se detuvo un momento al comprender por fin qué sucedía.

—Arcadio, eres uno de los eunucos del Gran Palacio, ¿verdad?

—Así es, mi señora.

—Y como tal, sabes cómo debe comportarse una patricia..., una emperatriz.

—Por supuesto, mi señora.

—Pues hagamos una cosa. Yo solo he estudiado las ciencias humanas y he vivido siempre en Atenas, donde ni siquiera está clara la línea que separa la oración a la Virgen de los ruegos a los antiguos dioses. Sé tejer y poco más. Como comprenderéis, nada sé de las costumbres de emperadores ni altos dignatarios. ¿Seréis tan amables de enseñarme cómo debo conducirme?

—Es nuestro deber, mi señora.

—Lo entiendo, y no os pondré trabas, pero a cambio necesito que me hagáis un favor, tú y todas vosotras. —Hizo una pausa—. Cuando no haya nadie más delante, por favor, tratadme con cercanía. Nada de «mi señora», ni «mi señora Irene», ni expresiones por el estilo. Nada de no mirarme a los ojos, ni de esconder la risa cuando algo os haga gracia, ni de reprimir el llanto si lo que necesitáis es llorar. Habladme, os lo ruego, no aguantaré la soledad ni el silencio, ni soportaré vuestra presencia como si fuerais frías estatuas de mármol. Contadme los chismes, compartid conmigo vuestras preocupaciones.

Las damas seguían mirando al suelo y Arcadio se había quedado atónito.

—¿Lo habéis entendido?

Ana, que tendría apenas nueve años, se acercó a Irene y le dio un beso en la mejilla. El eunuco fue a reprenderla, pero la futura emperatriz lo impidió.

—Arcadio, no regañes a Ana por ser la única que ha obedecido lo que os he ordenado.

Él reconoció enseguida la sutilidad de su oratoria; primero había pedido, rogado incluso, que la trataran del modo que ella consideraba más oportuno, y, al ver que aquello no era posible, lo había ordenado. ¿Cómo oponerse a una orden de la emperatriz?

—Ya lo habéis oído, chicas. Podéis descansar.

De pronto, las damas suspiraron casi al unísono y abandonaron la pose hierática que las mantenía firmes como las cariátides del Erecteion. Se miraron entre ellas en un gesto que a Irene le resultó familiar, y hasta murmuraron algunas palabras en griego común. Al cabo de unos segundos, una de ellas se atrevió a hablar:

—Mi señora. —Hizo una breve reverencia cruzando las piernas mientras flexionaba las rodillas y se levantaba unos centímetros la túnica—. Estamos de acuerdo en tratarla con cercanía si es eso lo que nos ordena, será un placer servirla. Sin embargo, las leyes y los actos litúrgicos son extremadamente firmes en la Ciudad Reina: en caso de que alguien nos viese reír abiertamente en su presencia, o siquiera mirarla a los ojos, podrían azotarnos, o incluso cortarnos la lengua.

—¿Cuál es tu nombre?

—Teodora, para servirla, mi señora. —Se inclinó de nuevo haciendo la misma reverencia, marcando los pasos como en un baile miles de veces ensayado.

—Comprendo tu temor, el de todas vosotras, y ni ahora ni en el futuro, cuando podáis llamarme emperatriz, comprometeré vuestra posición ni vuestra integridad física. ¿De acuerdo? Prometo pagar la fidelidad con fidelidad.

Teodora se quedó sin palabras. ¿Qué quería decir? ¿Por qué la futura emperatriz de Roma prometía fidelidad a unas cuantas muchachas y a un eunuco? Miró hacia atrás, sus compañeras esbozaban sonrisas temerosas y poco convencidas.

—¿Seríais tan amables de dejarme a solas con la alteza imperial? —solicitó Arcadio. Acto seguido las doncellas comenzaron a abandonar el camarote—. Ana, tú quédate.

Pese a que sus atributos viriles se perdieron muchos años atrás en Paflagonia, no sería adecuado que se quedase a solas con la futura emperatriz. La niña obedeció e Irene le hizo un gesto para que se sentase a su lado en la cama. Le acarició el cabello y le rodeó los hombros con el brazo.

—Mi buen Arcadio, espero no haber molestado a mis damas.

—Ha sido un discurso desconcertante, mi señora.

—Por favor, llámame Irene.

Él dudó unos instantes, se llevó la mano al mentón lampiño y sus labios dibujaron un círculo.

—Irene, en verdad no entendéis aún lo que muy pronto va a acontecer, ¿no es cierto? Y tampoco comprendéis —no le dejó contestar— el funcionamiento del imperio. Es posible que Atenas esté demasiado lejos de la capital. —Aquellas últimas palabras las dijo casi para sí.

—Mi buen Arcadio, hace unos días yo solo era una joven devota de Dios y de la Virgen que subía al Licabeto para ver el atardecer. ¿Qué podía saber de palacios, emperadores o liturgias?

El eunuco suspiró y la miró con cariño.

—No podéis ofrecer fidelidad a desconocidos. Esta será nuestra primera regla, ¿estáis de acuerdo?

—¿Qué quieres decir?

—Vais a ser la emperatriz, Irene, no podréis fiaros de nadie. Desde el mismo momento en que desembarquéis en Constantinopla tendréis que olvidar esos paseos por el monte y los bellos atardeceres del Ática. Todos los que os rodearán querrán algo de vos: vuestra ayuda, vuestro dinero, vuestro poder, vuestra aceptación, vuestra virtud... No deberéis fiaros de funcionarios, eunucos, damas de compañía, bufones, senadores, patricios...

—Pero... —protestó, y Arcadio separó por primera vez la mano de la barbilla para pedirle que esperase.

—Y no podéis pagar con fidelidad, nunca. Vuestra única fidelidad debe ser para con Dios y el imperio. A menudo tendréis que castigar a vuestros devotos sirvientes, y a menudo tendréis que ver partir a personas a las que habíais tomado cariño. Partir, morir, desaparecer... Entre otras muchas cosas, ser emperatriz significa esto.

—Pero estas chicas... ¿qué daño podrían hacerme? —Lo dijo acariciando el rostro suave e inmaculado de Ana.

Arcadio miró a la niña con condescendencia y a Irene con mayor severidad.

—No sabéis quiénes son estas muchachas, ¿verdad?

Ella dudó unos instantes, como si ni siquiera se lo hubiera planteado.

—No...

—Vuestras damas serán siempre hijas de senadores, patricios, altos funcionarios de la corte o familiares directos de vuestro futuro esposo. Su labor, además de acompañaros y vestiros, es lucirse, estar bellas, ser misteriosas, parecer enigmáticas y deseables.

—No comprendo...

—Su magna labor es encontrar marido, y no uno cualquiera, sino uno imperial. Vuestro futuro hijo, el de alguien cercano al emperador, un príncipe extranjero...

Irene entendió de pronto muchas cosas. Su mirada viajó muy lentamente del eunuco a la niña, que la observaba con sus ojos almendrados y oscuros, dejando entrever que en su palpable y tierna infancia sabía mucho más del mundo que ella.

—¿Y cuál es mi labor, entonces?

Arcadio se acercó a Irene.

—¿Puedo sentarme, mi señora?

—Por supuesto.

Hizo lo propio, y los tres quedaron sentados en la cama mirando hacia la ventana del camarote.

—¿Puedo hablar con sinceridad?

—Te lo ruego. Mejor dicho, te lo ordeno. —Irene quiso hacer una broma, pero el eunuco la pasó por alto.

—Una emperatriz tiene una labor principal y de suma importancia, una labor que solo ella puede desempeñar: dar continuidad al linaje imperial.

Irene dejó vagar la mirada más allá del dromón, perdida en un horizonte lejano que se disipaba tras el fin de los mares.

—Comprendo.

—Además de tener hijos, a ser posible varones y a ser posible muchos, las emperatrices suelen visitar lugares píos, realizar ofrendas o promocionar la construcción de hospitales y orfanatos. Con su presencia en el Gran Palacio, el hipódromo o las celebraciones en Santa Sofía, trascienden la normalidad a todos los súbditos del Imperio romano, y por eso el pueblo suele estimarlas aún más que a los emperadores, que pasan mucho tiempo en guerras y embajadas fuera de Constantinopla.

—Mis damas buscan marido, y yo, que ya lo he encontrado, voy a pasarme la vida haciendo acto de presencia, ¿es eso?

Arcadio se acuclilló frente a Irene, que seguía observando el infinito. No parecía defraudada, más bien que estuviera calculando, absorbiendo, adaptándose.

—Os espera una vida llena de riqueza y de poder. Hacer acto de presencia es una forma de entenderlo, no sois vos a quienes ellos desean ver, sino a la emperatriz. Dadles lo que quieren, mostraos imperial ante el mundo, sed rígida cuando debáis y compasiva cuando el pueblo lo demande. Sí, también debéis estar al lado del emperador, darle hijos, asistir a las celebraciones, que no son pocas, pero tendréis mucha más libertad que vuestro esposo; no cae sobre vos la responsabilidad militar ni la política. Ni siquiera la económica. Si sois sabia, si os rodeáis de las personas adecuadas, podréis disfrutar vuestra vida más que cualquier otro.

—¿Las personas adecuadas? Has dicho que no debo fiarme de nadie.

—Y así es, pero no hace falta que os fieis de alguien para conseguir que haga lo que vos queráis. —Le guiñó un ojo y se levantó. Después fue hasta el portillo y lo cerró—. A eso me refería con rodearos de las personas adecuadas.

Irene se levantó y recuperó la sonrisa. Cuando el eunuco cerró la ventana, sus cuitas quedaron fuera del dromón y el vaivén le hizo recobrar la conciencia del movimiento del barco, algo que casi había olvidado durante la conversación con Arcadio.

—Ya tengo clara la labor de mis damas. También la mía, pero ¿cuál es la tuya?

—¿La mía? Mi señora, yo debo ser siempre la persona adecuada.

En ese mismo instante llamaron a la puerta y entró Teodora. Tras la reverencia de rigor, miró a Irene a los ojos, como ella había ordenado, y le anunció:

—Mi señora, el gran almirante os reclama en cubierta. Dice que quiere enseñaros algo.

Irene se levantaba, dispuesta a abandonar el camarote, cuando intervino el eunuco.

—Mi señora. —Antes de continuar, Arcadio hizo un gesto con la cabeza a Teodora, quien salió del camarote cerrando la puerta tras de sí—. Ana, ¿serías tan amable de explicarle a nuestra señora cómo debería actuar ante tal petición?

La niña se puso en pie, cruzando sus delicadas manos por delante del cuerpo y acariciando con los pulgares su túnica de seda.

—Cuando un hombre de menor rango solicita vuestra presencia, podéis desestimar dicha petición, bien aduciendo problemas de salud si normalmente os place su compañía, bien explicando que tenéis cosas más importantes que hacer si su compañía os desagrada.

Irene caviló unos segundos.

—No sé aún si la presencia del gran almirante me place o me desagrada, pero querría que me enseñara el barco. —El gran almirante le había prometido mostrarle la nave y se moría de ganas de descubrir todos los secretos del dromón.

—En este caso —contestó la niña—, es aconsejable que le hagáis esperar. No sería prudente responder tan solícita la petición de un hombre inferior a vos. Y, por supuesto, deberéis estar siempre acompañada por alguna de vuestras damas, un eunuco de la corte o un familiar imperial.

Al terminar, la niña respiró y miró a Arcadio esperando su aprobación. El eunuco le dedicó una sonrisa y después volvió los ojos hacia la futura emperatriz.

—Es mi alumna más aventajada —comentó, henchido de orgullo.

—Y tan pequeña... —respondió Irene acariciando el rostro de Ana. Admiraba el aplomo y el saber estar de su joven dama, pero algo le preocupaba—. Debería estar jugando o formándose, y no pensando en buscar marido.

—Mi señora, todos hemos de cumplir nuestro destino. Allí de donde yo provengo es común castrar a los jóvenes para nutrir la corte de hombres imberbes. Muchas familias, como la mía, apenas pueden mantener a sus hijos si no es de este modo, y así Paflagonia tiene su representación en la Ciudad Reina. Los eunucos dirigimos las ceremonias cortesanas e imperiales, pero también tenemos importantes cargos en la administración, somos ascendidos a patricios e incluso podemos ser gobernantes de un thema o generales de las tagmata.

—Cualquiera podría pensar que sois esclavos.

—Todos somos esclavos del imperio, mi señora, la cuestión es poder decidir ante quién nos postramos. —Arcadio volvió a abrir el ventanuco y ahora fue él quien miró al horizonte—. Ellas también son esclavas, pero no debéis sentir lástima. Del mismo modo que familias como la mía envían a sus hijos a la corte a cambio de su hombría, las familias de vuestras damas intercambian su virtud por un buen matrimonio. Se las educa desde muy pequeñas para esa esclavitud y, podéis creerme, es una de las mejores esclavitudes que existen en el imperio.

Irene asimiló aquellas palabras. Las escuchó, las tragó y decidió guardarlas en algún rincón de su memoria para tenerlas a mano cuando necesitase recurrir a ellas. Tras unos segundos de silencio, fue ella quien dirigió la vista al exterior. Distinguió un promontorio en la costa, un saliente alto y afilado.

—¿Ya he hecho esperar al gran almirante el suficiente tiempo?

—Así es, mi señora —contestó el eunuco.

—Ana, ¿me acompañas a conocer el barco? Hay un lugar que quiero enseñarte de mi querida tierra.

La niña correspondió a la futura emperatriz con una sonrisa y una reverencia, pero Irene la tomó de la mano y se dirigió hacia la puerta.

—Mi señora, no deben veros con la niña de la mano.

Irene se detuvo y giró el cuello lo bastante para que el eunuco pudiera ver su perfil, aunque no lo miró.

—Mi buen Arcadio, no me cabe duda de que eres la persona adecuada para mí, ni de que vas a serlo durante muchos años. No obstante, debes saber que nunca he sido esclava de nada ni de nadie. Y no lo seré ahora que voy a ascender al más alto rango imperial. Les daré lo que quieren, como me habéis aconsejado. A cambio, tomaré de ellos lo que quiero y nunca dejaré de ser yo, Irene de Atenas. —Volviéndose hacia Ana, añadió—: Vamos, querida, nos esperan en cubierta.

El eunuco suspiró. Desde luego, Irene era una mujer indomable, una emperatriz de pies a cabeza.

En cubierta esperaba el gran almirante Anastasio junto a Miguel Lacanodraco, Herón y su hermana Helena. Anastasio observaba a la joven ateniense con cierto descaro mientras le dedicaba palabras sagaces, haciendo gala de su posición social y militar. Cuando reparó en la presencia de Irene, la saludó con una reverencia.

—Le comentaba a vuestra prima que aquella isla —señaló un terreno más parecido a una punta del continente que a una isla, que se descubría tras el cabo Sunión— comparte con ella el nombre, porque dicen los antiguos que la bella Helena se detuvo allí en su camino a Troya.

Irene miró a Helena buscando en su rostro algún cambio que explicara por qué ahora se había convertido en su prima. Allí estaba Miguel Lacanodraco, quien sabía bien tanto que Herón y Helena eran hermanos como que nada más allá de una amistad infantil los unía a Irene. Sin embargo, el estratega permaneció mudo.

—Es admirable que la fama de Grecia se extienda aún a la capital y otros extremos del imperio —contestó Irene, toda vez que Helena ni siquiera esbozaba una sonrisa.

—Mi señora, el cabo Sunión es un lugar de referencia para quienes, como yo, hemos pasado la vida navegando. El promontorio de Atenas señala el giro hacia el estrecho de Makrónisos, entre el Ática y la isla de Helena.

—¿Para qué sirve eso? —interrumpió Irene, que estaba a punto de decidir si la presencia del gran almirante le placía o le desagradaba.

—¿A qué os referís, mi señora? —Anastasio se volvió y miró hacia donde la futura emperatriz señalaba—. Es una de las cofas. ¿Deseáis subir?

—Quisiera enseñarle a Ana el vetusto templo de Poseidón. ¿Sería posible verlo desde mayor altura que la cubierta?

Fue entonces cuando el almirante reparó en la presencia de la joven dama, que permanecía agarrada a la mano de Irene. Le asombró aquel gesto, pero estaba comenzando a descubrir que Irene era un alma llena de sorpresas.

—Por supuesto, no hay ningún problema.

Anastasio ocupó los siguientes minutos en dar diversas órdenes, y algunos de los marineros empezaron a tirar de unas cadenas que hicieron descender la cofa del palo mayor. Era una plataforma de madera lo bastante grande para que cupieran cinco personas.

Cuando la cofa estuvo a una altura adecuada, Irene se acercó a ella sin soltar a la niña. El almirante quiso acompañarla, pero la futura emperatriz se lo impidió con una sonrisa en el rostro.

—Mi buen Anastasio, quisiera despedirme de mi tierra junto con mis primos. Entended que es un momento delicado, soy muy consciente de que mis deberes imperiales ocuparán el resto de mi vida y de que es muy posible que jamás regrese a Atenas. ¿Seríais tan amable de concederme unos minutos a solas con mis familiares? Ana, mi dama de compañía, estará con nosotros cuidando de que nada nos pase.

La suave voz de Irene, que en apenas unos días había aprendido a hablar como una hábil y embaucadora política, no mitigaba la provocación que suponía afirmar que la protección de una niña sería mejor que la del gran almirante.

Anastasio, dubitativo y algo molesto, miró, por detrás de Irene y sus primos, a Miguel Lacanodraco, quien asintió con parsimonia.

—Como mandéis, mi señora. —Hizo de nuevo una reverencia y mandó a sus hombres que subieran la cofa una vez los atenienses y la niña se encontraban en la plataforma.

Fue refrescando según subían, pues el viento soplaba con mayor fuerza en sus rostros. Irene percibió el olor a agua salada y a algas, fragancias marinas que viajaban errantes por el océano. Aquel viento era la libertad, una libertad de la que debía despedirse, pues quién sabía cuándo podría volver a hacer uso de ella. Arcadio le había dado las primeras instrucciones de cómo debía comportarse una emperatriz, y quizá el futuro lleno de aventuras que ella había imaginado no sería tan excitante como soñaba, pero haría todo lo posible por disfrutarlo.

Las cadenas dejaron de resbalar por los engranajes que elevaban la cofa y la plataforma se detuvo a una buena altura.

—Helena, ella es Ana, una de mis damas de compañía. —La ateniense saludó a la niña con cariño—. Ana, ¿serías tan amable de enseñar a Helena cuáles son los deberes de una dama? Cuando lleguemos a Constantinopla ella estará siempre con nosotros.

Las dos se apartaron cuanto pudieron en aquel reducido espacio y comenzaron a hablar. Helena comprendió que Irene necesitaba pasar un rato a solas con Herón.

—No sabía que estuvieras a bordo —comentó a modo de saludo, caminando hacia la barandilla de la cofa para admirar el cabo.

—Costó que nos dejaran subir, pero cuando el almirante se enteró de que éramos tus primos, se esforzó por que estuviéramos a gusto.

—¿Has averiguado algo de lo que te pedí?

—Aún no, Irene, pero lo haré.

La joven observaba el templo de Poseidón, casi en ruinas, vestigio de un pasado remoto y lleno de grandeza. La intensa luz del sol, que rielaba sobre el mar, parecía rebotar sobre sus estriadas columnas, bañándolas de oro y haciéndolas brillar en una miríada de misterios insondables y presencias ignotas.

—Es una vista evocadora —interrumpió sus pensamientos Herón.

—Sin duda lo es. Desde aquí percibo la magia de este lugar, cuando respiro absorbo las esencias del pasado, percibo las huellas de cientos de destinos ajados y maltrechos, y me pregunto si el mío será similar. Tú que lo has visto, mi querido Herón, tú que sabes lo que pasará, dime, por favor, si el sendero que juntos nos proponemos recorrer llegará a un buen puerto o naufragará en los vórtices del azar tras zozobrar perdido en el sufrimiento.

Herón la observó impertérrito.

—Irene, ¿qué es lo que te sucede? Me asombra ver cómo te comportas y cómo hablas.

Ella lo miró casi suplicante. Su rostro reflejaba la duda, con las cejas elevadas y curvas, los ojos bien abiertos y la boca dibujando un arco.

—No me ha sucedido nada, Herón, nada que tú no supieras que sucedería. —Le acarició el rostro con cariño, casi con amor—. Es como si otro yo dentro de mí también supiera que esto iba a pasar y se hubiera estado preparando durante mi corta vida. Ahora que comienza a confirmarse ese destino, la otra Irene ha tomado el mando y yo... —regresó al templo de Poseidón— yo ando perdida, encallada en el arrecife de las dudas. Temo que lo que tanto he deseado se vuelva en mi contra. Temo estar arrastrándoos a ti y a tu hermana a un nido de serpientes, y que su veneno sea más fuerte que nosotros, y que cuando los colmillos de las serpientes atraviesen nuestra piel, esta se torne en otra piel y nos convirtamos en otras personas. —La luz del sol comenzaba a bajar a su espalda, lacerando la piedra del templo, refulgente en la cima del promontorio—. Y a la vez albergo la esperanza de ver cumplidos mis sueños, de recorrer ese camino que apenas he empezado a andar y de conocer la grandeza de este mundo desde lo más alto del imperio. ¿Es eso lo que me aguarda, Herón?

El muchacho la observó. Nadie mejor que él sabía que muchas de las cosas que el hombre común aceptaba como reales tenían unos cimientos de adobe que al menor temporal se venían abajo, y, aunque costaba creer que Irene hubiera cambiado tanto en tan escaso tiempo, se daba cuenta de que ante sí tenía a una mujer mucho más madura e indescifrable que la preciosa muchacha de la que se había enamorado.

—Irene, ni siquiera yo he podido comprender aún todo lo que se me apareció en mi visión, pero debes tener claro que si en Constantinopla hubiera algo que pudiera dañarte, te habría llevado lejos de Atenas antes de que vinieran a buscarte.

—Me protegerás si es preciso, ¿verdad?

—Aun cuando el sol se apague y la perezosa luna ya no quiera despertar, cuando los volcanes exploten y la tierra no deje de temblar bajo tus pies, yo te estaré protegiendo. Ahora y durante el resto de mi vida. Lo juro. Herón se quedó en silencio y miró al templo. El dromón casi había doblado el cabo y ahora estaba tomando otra dirección hasta dejar el atardecer en el horizonte, con el sol haciendo arder las nubes y el mar, prácticamente unidos en la pira de Apolo. Los dos siguieron admirando el templo mientras el día moría ante sus ojos. El chirrido de las cadenas los sacó de su ensimismamiento y la cofa comenzó a descender.

Ya en cubierta, el gran almirante los saludó con renovada afabilidad y, antes de dejarlos con el eunuco a fin de prepararse para la cena, que se serviría en media hora, les prometió que al día siguiente les explicaría el funcionamiento de la flota.

—Ha sido muy atrevido —comentó Arcadio cuando estuvieron en el camarote.

—No seas así, esa plataforma es segura y estaba a apenas unos cuantos metros sobre la cubierta —lo reprendió.

—No me refiero a eso, mi señora. Lo atrevido es permanecer con un hombre de su edad y soltero a solas.

—No es un hombre cualquiera, es mi primo. Y, además, estaba mi prima con nosotras, ¡y la adorable Ana! —Le revolvió el pelo a la niña mientras la mencionaba.

—Ambos sabemos bien que este joven no es vuestro primo. Puede que el gran almirante esté obnubilado con su hermana, pero no subestiméis al gobernador de los Tracesios.

—¿Ese tal Miguel Lacanodraco?

—El mismo, mi señora. Es un hombre poderoso, y me consta, como le consta a toda la corte, que no está de acuerdo con este enlace. Él tenía..., digamos que tenía pensada otra esposa para el emperador.

—Así que es eso —murmuró Irene para sí, mientras abría de nuevo el portillo y fundía el brillo de sus ojos con el de la espuma del mar.

—¿Recordáis que antes os he dicho que debéis rodearos de las personas adecuadas? Bien, pues él no lo es, así que cuidaos mucho de comportaros píamente en su presencia. Aprovechará cualquier desliz para desacreditaros, aún no se ha dado por vencido, no hasta que os vea coronada.

—¿Sabes por qué se llama Egeo este mar que baña las tierras del Ática?

Arcadio aceptó el cambio de tema.

—Lo cierto es que no, mi señora.

—¿Quieres oír una bella historia? —No le permitió contestar, pero Ana, cuya silenciosa presencia era como la de una esfinge, se adelantó con avidez.

—Sí, mi señora. ¿Puedo avisar a las demás damas?

—Por supuesto, pequeña. Ve y diles que vengan.

Cuando la habitación volvió a llenarse de jóvenes muchachas, Irene se sintió complacida. De las muchas cosas aterradoras que llenarían sus días a partir de aquel viaje, la soledad era la que más temía.

—Hubo un antiguo rey de Atenas, cuando aún nuestra tierra no había sido alumbrada por la gracia de Dios, cuyo nombre era «Egeo». Contrajo matrimonio primero con una mujer y después con otra, pero ninguna de las dos le concedió la gracia de un heredero, así que partió al oráculo de Delfos y parlamentó con la sibila en busca de una solución. «No abras la boca de tu repleto odre de vino, ¡oh el mejor de los hombres!, hasta que llegues al punto más alto de Atenas», le contestó, pero Egeo no comprendió aquellas enigmáticas palabras.

»De vuelta a Atenas, pasó por el reino de Trecén, donde su rey, Piteo, lo hospedó. Egeo le contó lo que el oráculo le había desvelado, y el buen Piteo comprendió el mensaje, mas se cuidó mucho de revelárselo. Embriagó a Egeo con vino y después lo animó a yacer con su hija Etra. Al día siguiente, comprendiendo lo que había sucedido, el rey de Atenas enterró su espada y sus sandalias bajo una piedra y le dijo a Etra que, si se quedaba embarazada y daba a luz a un niño, cuando fuera lo bastante fuerte para levantar la piedra y recuperar la espada y las sandalias, lo enviara a Atenas.

A aquellas alturas Irene tenía a todo su séquito rendido ante sus palabras. Incluso el eunuco escuchaba con la intriga grabada en el rostro.

—Egeo regresó a Atenas y se enfrentó a nuevos problemas. Su guerra con el rey Minos de Creta desembocó en el compromiso de enviar a la isla a siete jóvenes cada año para alimentar al Minotauro, que habitaba en el laberinto construido por Dédalo. Y quizá esta no fue la peor de sus cuitas, pues una extraña mujer, una maga llamada «Medea», lo engañó con malas artes y lo convenció para que la aceptase como esposa. Pasado un tiempo le dio un vástago, que ella quería que heredase Atenas.

»En Trecén, en efecto, Etra se había quedado embarazada después de aquella única noche con Egeo, y había dado a luz a un niño al que le puso el nombre de Teseo. Cuando este cumplió dieciséis años, su madre le desveló su verdadero linaje; él consiguió levantar la piedra y recuperó los objetos de su padre. Resuelto a convertirse en el verdadero heredero de Atenas, viajó al Ática y se introdujo de incógnito en la corte de Egeo, pero Medea descubrió sus intenciones y lo acusó de traición, por lo que el rey lo condenó a luchar contra el toro de Maratón. Teseo venció al toro y todo el mundo lo celebró, menos Medea, que ordenó que le ofrecieran una copa de vino envenenado. Justo cuando iba a beber, Teseo mostró la espada y las sandalias de Egeo, de modo que el rey, al reconocer al hijo que había tenido con Etra, le arrancó la copa de las manos. Exilió a Medea y a su hijo, y Teseo pasó a formar parte de la familia real de Atenas.

»Su presencia en la ciudad hizo que los atenienses se sintieran más fuertes y pensaron en despojarse del compromiso que mantenían con Creta. Así pues, Teseo se ofreció como tributo al Minotauro, pero una vez en Creta la hija de Minos, Ariadna, se enamoró de él nada más verlo. Tan fuerte fue su amor que decidió traicionar a su padre y a su hermano, y le dio un ovillo de hilo a Teseo para que pudiese encontrar la salida del laberinto. Después de matar al hermano de Ariadna, el Minotauro, a puñetazos, Teseo siguió el hilo de Ariadna hasta encontrar al resto de los atenienses y la salida del laberinto. Allí recogió a la joven, a quien había prometido llevar con él a Atenas y hacerla su esposa. Teseo hundió la flota cretense y partió de vuelta a casa.

»Por el camino, los dioses le hablaron a Teseo y lo convencieron de que abandonase a Ariadna, pues ella estaba destinada a un cometido más elevado: casarse con el dios Dioniso. Los dioses la durmieron y Teseo abandonó a Ariadna en la isla de Naxos, donde pronto la encontraría Dioniso. Triste por haber tenido que abandonar a la joven y por haber incumplido su palabra, Teseo olvidó cambiar las velas negras de su galera por las blancas, como había acordado con su padre que haría si vencía al Minotauro.

»Egeo, por su parte, subía todos los días al cabo Sunión, ese que podéis ver allí —señaló a través de la ventana al ya lejano promontorio—, para esperar la llegada de su hijo. Una tarde, al advertir que la galera que debía transportarlo regresaba con las velas negras, comprendió que su hijo había muerto a manos del Minotauro y, sintiéndose culpable por haberlo enviado a la muerte, se lanzó desde lo alto del peñasco al mar. Desde entonces se conoce a este mar como Egeo.

Las jóvenes permanecieron en silencio unos segundos después de que Irene terminara de contar su historia. Algunas habían comenzado a llorar y otras se atropellaron haciendo preguntas sobre la leyenda.

—¿Qué significado tiene la historia? —preguntó Teodora.

—A menudo los viejos mitos paganos intentan explicar situaciones de la vida de los hombres —contestó Irene—. La historia de Teseo tiene muchos significados, dependiendo de en qué personaje o qué hechos nos fijemos. Por ejemplo, con respecto a Ariadna, creo que habla de que a veces el destino nos esconde lo que nosotros deseamos, o incluso que un destino elevado, como el de ser la esposa de un dios, no tiene por qué hacernos felices.

—¿Qué pasó con Ariadna? —quiso saber otra de las damas.

—En efecto, Dioniso la encontró en Naxos y la tomó por esposa. El día de las nupcias le regaló una fantástica corona de oro que ascendió a los cielos y se convirtió en una constelación. Después Perseo la convirtió en piedra, pero su esposo bajó al infierno y la sacó de allí. Junto a Dioniso ascendió a los...

—¡Chicas! ¡Chicas! Es hora de ir a cenar —interrumpió Arcadio.

—Pero...

—Nada de peros. La emperatriz debe cenar y después descansar, ya habrá tiempo para más historias. Venga, obedeced y salid de la habitación.

Cuando se quedaron a solas, el eunuco se acercó a la ventana y sacó la cabeza, como para asegurarse de que nadie los hubiera escuchado. Acto seguido le dio a Irene una túnica de las que colgaban por doquier.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó la joven.

—Si subir a la cofa con un hombre es atrevido, hablar de antiguos dioses paganos que ascienden a los cielos es una blasfemia que podría costaros muy cara si llega a ciertos oídos. Hablaré con vuestras damas y les pediré discreción. Vos sois joven y sabéis que las mujeres de vuestra edad están anhelantes de aventuras, y les encantan estos relatos, pero es peligroso que vos se los contéis. Peligroso para vos y también para ellas —la reprendió.

Irene se sentó con un suspiro en la cama.

—Sin duda, me queda mucho por aprender.

—Os queda, mi señora, pero Roma no se conquistó en un día, así que no os desaniméis, solo tened cuidado.

—Lo tendré —aceptó Irene con una sonrisa, mientras acariciaba la suave seda de la túnica.

Antes de salir del camarote, Arcadio quiso saber algo:

—¿De verdad creéis que el destino de Ariadna, casarse con un dios y ascender a los cielos, no la hizo feliz?

Irene se mantuvo en silencio el tiempo preciso para pensar una respuesta.

—Lo que de verdad creo es que no es el destino el que otorga la felicidad, sino lo que nosotros esperamos de él. Puede que nuestro futuro sea formar parte de la corte celestial, pero si nuestra aspiración es tan sencilla como despertar todos los días junto a una persona, no hallaremos dicha en observarla desde las estrellas.

Y aquellas palabras, tan blasfemas como ciertas, se perdieron por el portillo mezcladas con el aroma del mar.

4. El tacto de la seda

4

El tacto de la seda

Constantinopla, 29 de octubre de 769

Zoe se levantó de la banqueta de madera con cierto esfuerzo. Llevaba todo el día hilando en la mism

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