Año de nuestro Señor de 1302
Yo, Bernardo de Boussiers, comienzo a escribir a fecha de hoy el relato de las aventuras y las desventuras que viví al lado de mi señor, Berenguer de Jufré, con el que hace cuarenta y tres años trabé conocimiento. Desde aquel momento acontecieron sucesos tan extraordinarios que me veo en la obligación de reflejar por escrito lo sucedido, confiando en que este relato caiga en manos de gente bienintencionada que, espero, haga buen uso de lo que aquí se cuenta.
LYON
Es ésta una historia en la que aparezco como narrador y nunca como protagonista, por lo que intentaré hacer una semblanza del que fuera, sin dudarlo, el más famoso guerrero, el más justo patrón y el más noble señor que feudo alguno conoció por estas tierras. Y es ahora que me siento viejo y cansado, y que me encuentro reconfortado en la caridad que me prestan estos piadosos hermanos del Císter, que me encomiendo a Dios nuestro Señor, para que no me tiemble el pulso ni me falte el tino, para narrar los fabulosos acontecimientos acaecidos desde la llegada de mi señor don Berenguer de Jufré.
Y espero de corazón que si algún día mi amo leyese estas líneas desde el lugar en el que todos moraremos, supiera tener en cuenta el agradecimiento y la lealtad que este pobre hombre de Dios le profesará eternamente.
Si algún cristiano tuviese a bien leer estas memorias, encontrará mi nombre extraño a los usos de estas tierras, por lo que debo aclarar que nací lejos de aquí, en el confuso y revuelto reino de Francia del año 1215. Vine al mundo en una aldea cercana a Lyon, donde mi padre, hidalgo de nacimiento, había administrado las pocas tierras que antaño heredara de mi abuelo Roger de Boussiers. Era mi padre, Francisco, un hombre bueno y de recta conducta que murió a consecuencia de una refriega en una taberna en no muy claras circunstancias. Dejó a mi madre en difícil situación, pues mi hermano mayor era por aquel entonces un tierno infante. Debo hacer constar que mi nacimiento póstumo, doce meses después de este incidente, fue objeto de constantes habladurías en el vecindario. Habladurías que, por otra parte, mi tío abuelo, el párroco de la iglesia del cercano pueblo de Villefort, se encargó de acallar con firmeza y decisión. Este buen hombre consiguió cortar de raíz los chismorreos de las comadres, haciendo saber al vulgo en una homilía que en muchas ocasiones a lo largo de la historia se habían producido gestaciones extraordinariamente largas, sobre todo en mujeres que habían sido maltratadas por esta vida y que habían sido sometidas a situaciones de mucho sufrimiento.
Como mi tío abuelo, el señor párroco Bertrand Remi, era tenido por hombre de letras aparte de piadoso sacerdote, y se sabía en la comarca lo mucho que debía de haber sufrido mi madre por la muerte de su esposo, toda la comarca creyó a pies juntillas en la paternidad del citado Francisco de Boussiers, mi supuesto hacedor en este mundo, y les pareció hasta normal que mi madre hubiera sufrido una gestación tan desaforadamente prolongada.
Este hombre del clero, Bertrand, de extraordinario corazón y mejores sentimientos, apiadose de mi señora madre, su sobrina, y acogiola en su casa como ama de llaves o patrona, al abrigo de un parentesco que algunas voces disonantes y mezquinas ponían en duda en el pueblo.
Crecí feliz y despreocupado, sin faltarme ni las viandas, ni la instrucción que nos proporcionaba nuestro tío, tanto a mí como a los cuatro hermanos que mi madre alumbró después del pobre pecador que escribe estas líneas. Éramos, pues, seis hermanos.
Como era común, y lo sigue siendo, que muchos sacerdotes tomaran barragana, todo el pueblo se contentaba con la situación, y debo decir que el señor Bertrand nos trataba con la equidad de un buen progenitor. Incluso miraba como un padre a mi hermano Francisco, el único nacido en vida del marido de mi madre, que no era hijo del cura por tanto, y que como primogénito heredaría nuestro modesto blasón.
Quiso dómine Remi que yo siguiese estudios eclesiásticos, a fuer de conseguir una posición segura en una profesión que en este azaroso siglo se ha convertido en garantía de comer al menos tres veces todos los días. De manera que, a la tierna edad de siete años, me vi ingresado en el monasterio de nuestra Señora de la Esperanza, en el cercano Lyon. Allí aprendí, entre oraciones y duros trabajos en la cocina y el huerto, los cuatro latines que lleváronme posteriormente a alcanzar la condición de clérigo, si bien es cierto que debo reconocer que hoy en día una gran mayoría de los pastores de nuestra Santa Madre Iglesia son, por desgracia, analfabetos.
Y es en este mar de desconocimiento y profunda incultura donde tanto destaqué que fui recomendado por el prior al obispo, su eminencia Arnaldo Renau, que permitió que a la edad de quince años ingresara en el seminario del que salí ordenado sacerdote a los veintiuno.
A veces me he dado a pensar que fue el hecho de ordenarme tan joven el que ocasionó mi perdición, porque a fe mía que mi señor obispo obró quizá con ligereza al encomendarme como coadjutor al anciano capellán del convento de Santa Clara, donde un venerable sacerdote ejercía de pastor de un atribulado claustro de hermanas que curiosamente había permanecido sin mácula hasta la llegada del que escribe.
Y fue para mi desgracia que el capellán Marsens, que así se llamaba el santo pastor, enfermase a los dos meses de mi estancia en aquel bendito claustro, por lo que a petición de la madre superiora me vi en la obligación de sustituir a tan reconocido y virtuoso hombre de bien en la tarea de cantar a las monjas la misa diaria y, lo que fue peor, en el quehacer que causó el inicio de mis desgracias, la confesión de aquellas almas cándidas que apenas tenían ocasión de pecar apartadas del mundo como se encontraban.
Es por esto que nuestro Señor quiso que pese a la precaución del obispo, que colocome a la sombra de un hombre santo, viérame yo solo ante aquel rebaño, que debo confesar no resultó ni tan santo, ni tan piadoso como cabría esperar.
El lector debe entrar en conocimiento de que en aquella época era yo puro de corazón, criado en olor de santidad y conjurado como convencido adalid del amor a nuestra Señora y a la pureza y la castidad que se debe al ejercicio de mi oficio. No tenía sino pensamientos para la oración, el retiro y el ejercicio de mi ministerio, que con devota dedicación comencé a ejercer entre aquel rebaño que habíase visto privado de su pastor. No había en mi alma ni un solo pensamiento oscuro ni indigno, y era mi razonamiento de tal candor que incluso recordaba sin asomo de sospecha aquellos extraños castigos a que nos sometía el abad del monasterio cuando siendo aún púberes jovencitos nos llamaba uno a uno a su cuarto y, tras desnudarnos, procedía a lo que según él era un ejercicio de exorcismo en previsión de que el diablo pudiera hacerse con nuestras tiernas almas. Así de cándido llegué al seminario, y así de puro salí de él.
Y bien es cierto que el pulso de la sangre joven se apoderaba a veces de mí y de mi diabólico miembro, que me torturaba y que yo encontraba a la sazón inmenso y lleno de brío y furor. Y era en aquellos momentos de pánico cuando menos dudaba yo en el uso del cilicio y de la penitencia más dura y reconfortante.
Debo hacer constar, sin riesgo de faltar a la verdad, que en aquella época en que llegué al convento era yo joven de buen porte, de delgado talle, cabellos dorados y cara de ángel, y que gozaba de amplia y hermosa sonrisa plagada de dientes como perlas.
No, no crea el distinguido lector que peco de inmodestia. Esto no lo veía yo, pues tal era mi humildad entonces que no poseía ni un triste espejo en el que vislumbrar lo que según mi criterio podía ser pecado de vanidad, sino que esto era lo que me contaban algunas de las hermanas sobre mi aspecto de aquellos días.
Aspecto que nada tuvo que ver con el que luego me dieron, con el paso de los años, mi afición a la buena mesa y el sufrimiento causado por algunas purgaciones y enfermedades de las que adquieren los soldados en los descansos entre campaña y campaña.
Es menester decir que mi desembarco en aquel claustro y la sustitución de un capellán anciano, santo y duro por un joven sacerdote ingenuo y hermoso provocaron tamaño revuelo en aquel lugar de retiro que las consecuencias no dejaron lugar a que mi señor obispo se apiadara de mí.
Pareciéronme las confesiones de aquellas monjitas muy dulces en principio, pues confesaban como pecados algunas pequeñas faltas que a mis ojos no eran sino muestras de la santidad de aquellas mujeres de Cristo. Pero, poco a poco, el tono de algunas confesiones tornose menos trivial, y encontreme escuchando faltas plenas de pensamientos impuros que, si bien había escuchado en mujeres del pueblo llano, nunca imaginé que pudieran darse en una monja.
Es necesario comprender que algunas de aquellas hermanas eran mujeres de mi edad o más jóvenes incluso que habían tomado los hábitos en su mayoría no por verdadera vocación, sino por decisión paterna o familiar, o a veces huyendo del hambre.
Es de esta manera que en un momento me vi rodeado de incendiarias confesiones que describían fantasías de hembras en celo, poseídas pensaba yo, hembras que terminaron identificando a un servidor como el artífice y actor de aquellos sueños y elucubraciones.
Al principio yo salía corriendo del convento y me retiraba espantado a la soledad de mi cuarto, lo que creo que excitaba más a aquellas otrora santas damas. Pero mi juventud comenzaba a imponerse y descubrí que en la soledad de mi lecho muchas noches me despertaba un sudor frío, algo extraño, una pasión escondida que me llevaba a recordar aquellos cálidos pensamientos que las hermanas me habían confesado durante el día.
En aquellos momentos de debilidad, me alegraba de que el sacerdote que atendía a un claustro de monjas de clausura estuviera obligado a vivir extramuros, porque sentía que en el caso de haberme visto en esos instantes dentro de aquel sagrado recinto, me habría perdido para siempre y habría condenado mi alma al fuego eterno. O eso pensaba.
Pero la cuita que me preocupaba era que aquellas insinuaciones, aquellas notas que me pasaban bajo la rejilla del confesionario, aquellos pensamientos impuros que más de una me dedicaba minaban mi voluntad como el agua del mar horada la más dura de las rocas.
Lentamente y un día tras otro, mi férrea determinación iba cediendo y dejando paso a la vez al hombre que llevaba dentro.
Y es así que llegó un día en que, tras tres meses de achaques del padre Marsens, la madre abadesa mandome un aviso al confesionario. Una hermana, sor Mariana, hallábase enferma en su lecho, y como llevaba ya cinco días sin confesar, solicitaba mi presencia en su celda a fuer de deshacerse del lastre de sus pecados.
Me vi de esta manera encaminándome a la perdición, porque al acabar con las confesiones del día tuve que acudir a la celda de Mariana, donde la madre abadesa nos dejó solos para respetar el secreto de confesión que comanda nuestra Santa Madre Iglesia.
Aquello resultó ser, en efecto, una treta de Margarita, que así se llamaba la moza antes de profesar obligada por su padre, que habíala sorprendido dándose a tres braceros en el granero de su propia hacienda.
No pude resistirme sino unos cinco minutos, que fue el tiempo que tardé en caer en pecado mortal con aquella hija de Venus. Ella llevaba tres años sin catar varón y yo toda mi vida sin conocer mujer, de manera que deben hacerse una idea vuesas mercedes de la virulencia de aquel nuestro primer encuentro.
A partir de ahí, comprobé que el camino de la perdición de un hombre es llano y cuesta abajo. Y más si de las proximidades emanan unos cantos de sirena que como a un Ulises cualquiera no te permiten reencontrar el buen camino perdido ya para siempre.
Es por esto que tras unos brutales remordimientos iniciales que torturaban y atormentaban mi alma fui pasando a un estado de autocondescendencia que me llevaba desde la iluminación de los momentos de aquel exaltado goce sexual hasta los cada vez más tenues lamentos de mi malherida y ya adormilada conciencia.
Al cabo de un mes, debía de ser ya un pecador porque dejé de sentir pena y dolor, y comencé a pensar que aquello era algo totalmente normal. Llegué a convencerme de que sólo hacía que seguir el ejemplo de mi verdadero padre, el querido, devoto párroco y supuesto tío de mi madre, Bertrand Remi.
Tampoco el ambiente me fue favorable a la hora de juzgarme con dureza, pues era de dominio público que hasta mi señor obispo, Arnaldo, tenía cuatro vástagos: dos de ellos en la carrera militar, otro estudiando leyes y el menor, muy conocido por mí aun sin saberlo, siguiendo la carrera de su padre, esto es, la de prohombre de la Iglesia.
De manera que, como un recién nacido que abre los ojos por primera vez, me abandoné a la vorágine de aquel recién descubierto mundo de la carne.
No sólo atendí a sor Mariana. Sino también a sor Clara, a sor Beatrice, a sor Aurora y a sor Blanca.
En apenas un año pasé de ser paloma a halcón. Y como ave de presa, varón versado ya en el arte del amor y, por añadidura, hombre de letras, no tuve dificultad en allanarme el camino hacia tres novicias a cual más apetecible y angelical. Casta, Lucía y Juana.
¡Qué momentos de placer y deleite!
A veces, bien es cierto, el bueno de Marsens se recuperaba un tanto y llegaba a incorporarse a sus tareas, pero incomprensiblemente volvía a recaer en su enfermedad, con lo que en un par de semanas me veía yo repuesto en mi cargo interino de capellán y gallo de aquel cada vez más activo gallinero.
Aquello era el paraíso, y yo encontreme con mi propio serrallo a la edad de veintidós años, llegándome a sentir como un sultán de las mil y una noches y pensando que ni siquiera en la lejana Al-Ándalus se conocerían tales placeres.
Pero la dicha del hombre perverso es efímera, y un buen día comprobé con horror que la madre abadesa me llamaba a su despacho. Una nota se me entregó que decía:
Padre Bertrand:
Se os espera en mi despacho a fin de aclarar lo que considero una extraña epidemia que sólo afecta a las hermanas más jóvenes que se indisponen curiosamente en días prefijados y siempre por el mismo y riguroso orden, pidiendo después vuestra confesión particular en sus celdas.
SOR FABIÁN
Ni que decir tiene que el pánico me invadió. Acudí a la cita con la abadesa como el marrano que ve acercarse el día de San Antón, cabizbajo y resignado a mi suerte. La madre y responsable de todas aquellas mujeres me esperaba sentada a su mesa de roble.
Un enorme crucifijo, sobre ella, presidía lo que según mi entender iba a ser el interrogatorio, juicio y fin de mi conducta en aquel lugar. Aquel gélido y austero despacho no era sino una extensión de su férrea personalidad, que le permitía gobernar con mano de hierro a aquellas jóvenes monjas. Apenas si había en el cuarto una mesa, la silla de la priora, dos asientos para los visitantes y algún que otro sencillo motivo religioso.
Tenía la abadesa los brazos apoyados encima de la mesa y las manos entrelazadas, y jugaba con un gracioso movimiento circular de los pulgares. Me fulminó con una mirada severa y dijo:
—Pasad, pasad, padre. No es menester que os sentéis.
Aquello olía mal. No sólo no se había levantado a mi entrada para besarme la mano, sino que me trataba como a un reo.
—¿Qué se os ofrece, madre abadesa? —pregunté sin poder evitar que un gallo de mi voz delatase mi exaltado estado de nervios.
—Antes de llamar al obispo, vuestro protector y superior en jerarquía, me he permitido aclarar la naturaleza de una extraña epidemia que hace meses se desencadenó en este mi convento.
—Decidme, su maternidad, decidme.
Ella me contempló con aire inquisitivo y, mirando un pergamino en el que había algo anotado, dijo:
—Vengo observando desde hace tiempo que muchas de mis hermanas más jóvenes sufren indisposiciones que les hacen requerir de vuestros servicios en sus celdas.
—Sí, es verdad, quiera Dios que mejoren, pero ¿acaso debemos nos negarles el sagrado sacramento de la confesión? —respondí con aire beatífico.
—No, por supuesto, habláis en razón, padre. Pero desde hace un mes, precisamente, he anotado el orden y la frecuencia con que se repiten las fiebres y… ¡Fijaos qué casualidad! —dijo leyendo—. Los lunes se indisponen sor Clara y sor Beatrice, los martes las novicias Juana y Lucía, los miércoles sor Mariana, los jueves la novicia Casta y sor Blanca, y los viernes sor Aurora y sor Mariana. Los sábados —dijo mirándome de reojo— vos descansáis y no atendéis en confesión, y los domingos otra vez sor Mariana. —En ese momento exclamó con asombro—: ¡Vaya, sor Mariana se indispone tres veces a la semana!
Viéndome en una mala situación dije con aire resignado:
—Sí, la pobre se ve atacada por estas fiebres con tanta frecuencia… Sólo cabe rezar por ella. Ya sabe su maternidad que en esta azarosa época el Señor castiga nuestros pecados con toda suerte de males y de nuevas y extrañas enfermedades.
En aquel momento la madre abadesa se levantó y encaminándose hacia mí me dijo:
—¿Acaso me tomáis por boba o por tonta? ¿No sabéis que antes de profesar fui esposa y madre, y que sé de las cosas mundanas? Me parece que de santo y casto varón os habéis tornado en despreciable pilluelo.
Pasó de largo junto a mí y se dirigió a la puerta cuyo cerrojo echó con fuerza y aire enfadado.
Me puse en pie de un salto. Aquella mujer se me acercó, encarándose conmigo. Estábamos tan cerca que llegué a temer que la guardiana de aquel rebaño me fuera a endiñar algún mamporro, de manera que dije, creyéndome perdido:
—¿Por qué os acercáis tanto, madre? ¿Acaso queréis que os escuche en confesión?
—Ah, bandido —dijo ella acercando su cara a la mía—, aún conserváis algo de esa bendita inocencia que tan atractivo os hace a los ojos de una verdadera hembra… ¿Pensáis acaso que una mujer pierde su juventud y sus apetitos por tener cuarenta y dos años?
Yo no pude responder porque me quedé helado.
La abadesa echó mano a mi hombría, que yacía escondida y atemorizada bajo el calzón y la sotana, y dijo:
—¿Acaso creíais que este desenfreno podía darse en mi convento sin que yo me enterase? ¿Qué se piensan esas niñatas?
Yo, aterrado, apenas pude balbucear:
—Yo, señora… Ellas… Yo…
—Callad, bribón, y veamos si es tan bueno el género como acredita la conducta de esas perras en celo.
No era aquella mujer una jovencita como las que yo frecuentaba en el convento, pero debo decir que a sus cuarenta y dos primaveras aún se conservaba fresca y lozana. Me vi en un momento inmerso bajo aquellos enormes, tersos y maternales senos, y como no me hallaba en situación de pronunciar una negativa, que por otra parte me habría llevado a la justicia del obispo, me apliqué lo mejor que pude a aquella tarea que se me presentaba delante, y cabalgué a aquella mujer como si de aquella cabalgada dependiera mi vida.
Sor Fabián, que había profesado mayor tras haber enviudado, recuperó conmigo el tiempo perdido, y haciendo honor a su condición de abadesa y en base a sus privilegios, proporcionome una llave de la puerta del huerto por la que entraba yo caída la noche para dar al cabo con mis correrías y escarceos. Llegué a pensar que aquello era la gloria, hallándome además como me hallaba, bien comido, bien servido, bien pagado y mejor reconocido que en casa de su eminencia el obispo Arnaldo.
En aquellos años llegué a sorprenderme de la extraña fortaleza del padre Marsens, que si bien era incapaz de levantarse de la cama donde estaba postrado en un permanente estado de sopor, tampoco empeoraba ni sufría dolor alguno que indicara cuál era su dolencia. Llegó a pasar así cinco años, período en que se lo trasladó al convento, donde las hermanas lo cuidaban con esmero.
Y si bien es sabido que los goces de la carne pueden hacer feliz a un hombre, y que disponer de variedad de hembras es considerado un aliciente para la existencia por la mayoría de los varones, también es conocido que mucho de lo mismo cansa. Omne quod dulce est cito satiat.*
Y así me encontré, a la edad de veintisiete años, flaco como un galgo, y cansado y falto de sueño por mi dedicación a la tarea de atender a aquellas afligidas hermanas en Cristo. Y como el número de mendicantas en mi haber aumentaba, a la vez que aparecían mis primeras canas comencé a sentir cierto hastío.
No sólo vi que aumentaban mis deberes, sino también la edad de mis «penitentes elegidas», en tal grado que una noche en que me deslizaba embozado por el claustro me vi asaltado por una hermana de sesenta y siete años que, informada por alguna deslenguada de las virtudes de mis «atenciones especiales», reclamaba ser incluida en la nómina de mis cada vez más depauperados servicios.
Aquella mujer, mejor dicho, aquella bruja amenazó con delatarme, de manera que me vi obligado a visitarla a la noche siguiente. Y cuando me hallé cumpliendo con la tarea no sólo sin asco sino con sincero placer, goce y devoción, comprendí que estaba, en efecto, enfermo.
Muy enfermo.
Un varón joven y aparentemente saludable que deja de gozar con las jóvenes hermosas y comienza a buscar alicientes en las ancianas decrépitas es, por definición, un perturbado.
Llegué a atribuirlo a las pócimas que me preparaban algunas hermanas para los días en que no yo sino mi gran amigo burlón se hallaba alicaído, agotado y blandón.
Constaté que aquello me iba a matar, así que decidí tomar un descanso en mis obligaciones y me dediqué a atender sólo a unas pocas y escogidas parroquianas.
Ése fue mi fin.
Probablemente los celos, o quizá la falta de atención, provocaron que alguna pobre desgraciada enviase no sé bien cómo una nota a mi señor obispo, quien personose acompañado de un dominico al que nombró plenipotenciario para esclarecer aquello.
Todas confesaron ante la sola posibilidad del tormento. Confesaron, sí.
Hasta confesaron que habían estando dando durante cinco años al pobre Marsens tres vasos de vino al día, mezclado con suficiente cantidad de valeriana, caléndula, azahar y laurel como para tumbar a un toro.
Confesaron todas, sí. Y malparado me hallé.
Y como es más fácil castigar a uno que a ciento, me vi relevado por aquel circunspecto, flaco y ascético dominico que impuso un régimen férreo en el convento. Agua fría, cilicio y penitencias. Creo que en dos semanas aquello volvió a ser lo que era. Ya se sabe que los dominicos no se andan con bromas. Canes domini.
Mi señor obispo se apiadó de mí por la intervención de mi padre, el dómine Remi, al que profesaba un extraordinario y «paternal» cariño.
Porque años después descubrí que mi amado protector Bertrand Remi, mi verdadero padre, era en realidad el hijo eclesiástico de mi verdadero abuelo, que no era otro que su eminencia el obispo Arnaldo Renau.
De manera que se silenció el caso, y se me envió al peor destino posible para un cura católico en la Francia de aquellos años: el Languedoc.
Trahit sua quemque voluptas.*
Languedoc, 1247
Corría el año de nuestro Señor de 1247 cuando llegué al Languedoc, reducto del catarismo donde el legado papal y Simón de Monfort se habían empeñado, años atrás, en extinguir los últimos rescoldos de herejía en una campaña a la que Su Santidad había otorgado la categoría de Cruzada.
Yo llegué creyendo de manera inocente, al igual que el resto de los francos, que aquélla era una campaña justa contra aquellos malditos albigenses que negaban la divinidad de Jesucristo rebajándolo a la categoría de simple ángel enviado por Dios.
Pensaba que aquellos lugareños debían de tener cuernos y pezuñas, y que el azufre rezumaría en los ríos de aquellas infernales y heréticas tierras como en el mismísimo Averno.
Inicialmente, me vi sorprendido por la belleza de aquella región a pesar de que se hallaba devastada por años de escarceos, batallas y razzias. Aquellas gentes parecían resignadas a su suerte, y hallábanse acostumbradas ya a las idas y venidas de las huestes de uno y otro bando, y sobre todo a las continuas humillaciones, muertes, expolios y violaciones que aquellos supuestos cruzados dejaban a su paso.
Llegué con una idea clara en mi atribulada mente: no volver a pecar. Bien sabe Dios que usaba el cilicio día sí y día también, apretándolo hasta sangrar, y por si esto era poco, me azotaba una y otra noche con unas ramas de espino que tenía guardadas en mis humildes aposentos, castigándome al final de cada jornada hasta que la concupiscencia y los pensamientos lujuriosos me abandonaban ya de madrugada ante la fría llegada del alba.
Mi señor abuelo, Arnaldo, consiguió que me otorgaran una pequeña capilla en Carcasona, reducto cátaro hasta la médula. Era una pequeña iglesia de madera, situada extramuros, y que atendía a unos invisibles parroquianos que vivían fuera de la ciudad dedicándose al laboreo de una infinidad de tierras que rodeaban el núcleo urbano.
Diéronme tan pobre y triste destino a modo de castigo, y resultó para mi bien, pese a que en los tres primeros meses cantaba misa yo solo. Tal era el grado de repulsa que sentían aquellas tercas gentes hacia las enseñanzas de nuestro Señor.
Poco a poco, fui trabando conocimiento con los lugareños, sobre todo gracias a mis cada vez más frecuentes visitas a la posada del Lobo Negro, situada a escasa media legua de mi pequeña iglesia, distancia que yo cubría con gusto a pie, más para paliar mi triste soledad en aquel inhóspito lugar que para otra cosa.
Recuerdo que el primer día en que entré en aquella taberna se hizo un silencio sepulcral, con lo que caí en la cuenta de que no era muy bien recibido. Yo no me inmuté, pues necesitaba tomar un buen trago de vino para deshacerme del frío del camino. Aquella misma noche, en que bebí solo, intercambié algunas palabras con el posadero que, según deduje, al igual que sus parroquianos, me tomaba por una especie de espía de los cruzados.
Poco a poco, se fueron relajando en mi presencia ya que sabían de lo humilde de mi parroquia. En la situación de castigo a que me encontraba sometido, los ingresos que percibía eran mínimos, y al no tener feligreses que donaran unas míseras monedas a mi humilde iglesia de Santiago Apóstol, mi situación pecuniaria se hacía sumamente delicada, de manera que tuve que vender con tristeza mis lujosas casullas y mis hábitos de clérigo de ciudad que con tanto fervor habíanme tejido mis monjitas.
También me deshice de mis pocas joyas, y en apenas unos meses me hallaba en la miseria y sin tener que comer, excepto algunas lechugas y legumbres que arrancaba de mi pequeño huerto parroquial.
Deben vuesas mercedes saber que son los habitantes del Languedoc gente cosmopolita y avanzada, y como comprobé en la posada, amantes de la música, las letras y los buenos trovadores. No fue difícil para mí llamar su atención. En una de las noches en que gastaba mis muy escasos recursos en un poco de vino caliente con canela, sucedió algo que hizo dar un vuelco a la situación. Había esa noche en la taberna dos trovadores que hacían las delicias de los allí reunidos, y quiso el destino que uno de los parroquianos se dirigiese a este pecador y en tono de burla y chanza me dijera:
—Dómine, recítenos usted un romance del norte.
Todas las miradas se dirigieron hacia mí, que estaba sentado en solitario a una mesa apartada del resto. Sin duda me tomaban por un cura analfabeto a los que por desgracia estaban tan acostumbrados o por un aguerrido e inculto franco de los que asolaban sus tierras.
Tendiome uno de ellos un laúd, y cuando todos pensaban que yo rehusaría, tomé el instrumento y comencé a cantar acompañado de una melancólica melodía la historia de Melisenda, una bella canción que por una moneda de oro me había enseñado mi compadre Roger Bradfort, conocido y adorado trovador en todas las comarcas que rodeaban a Lyon.
Debo resaltar que era mi voz grave pero dulce, mi memoria buena a la hora de recordar versos y estrofas, y mis dedos largos y ágiles de cara a arrancar bellas notas musicales de cualquier instrumento. No era escaso mi talento en este menester, y cuando culminé la ejecución de aquella bella canción que tan buenos resultados me había dado con las novicias más castas y reticentes, una espléndida ovación me indicó que había sido del agrado de la parroquia del Lobo Negro.
Hasta el posadero, Rogelio, tremendo gigantón de negro cabello y luenga barba, lloraba emocionado ante la desgracia del amor imposible entre Melisenda y su caballero, Bohemundo, que moría anhelándola en las lejanas tierras de Palestina.
Aquella noche de grato recuerdo para mí cambió mi suerte, ya que aquellos ilustres vecinos no me dejaron volver a casa solo, sino que me reclamaron una y otra vez que les cantara bellas canciones y les recitara extensos poemas, que por mi condición y lecturas recordaba con facilidad. Convidáronme todos, y si a eso añadimos la falta de alimento que atormentaba mi maltrecho estómago, es fácil comprender que cayera en tan profunda y dulce borrachera como para no despertar hasta el día siguiente, en que me encontré misteriosamente en mi humilde cama.
Tiempo después me contaron que habíase ya encargado el trabajo de quitarme de este mundo a mi querido posadero Rogelio, al que todos conocían por haber degollado a unos cuantos curas y frailes católicos que habían cometido la imprudencia de pasar por el camino de su posada sin escolta. Era su huerto, de hecho, un verdadero mausoleo en el que descansaban de incógnito más de una docena de servidores de Cristo. Quiso por tanto la fortuna que mi suerte me salvara la vida al caer en gracia a tan concurrida compañía, y justo en aquel día en que el forzudo Rogelio se mostraba ya cansado a sus íntimos de la presencia de un sacerdote católico en su casa durante tantas noche consecutivas.
El hecho de que un servidor vistiera un hábito hecho con basta tela de saco granjeome sin duda la simpatía de aquellas gentes, que lo interpretaron como un gesto de humildad y pobreza voluntaria por mi parte, cuando no era sino que mis superiores mantenían en aquella situación de castigo a mis inexistentes arcas, y no poseía yo ya ni un triste maravedí.
Eran los habitantes del Languedoc muy duros en sus críticas al lujo que aparentaban y desplegaban todos los miembros de la Iglesia de Roma, desde los simples sacerdotes hasta los opulentos obispos y los ricos abades. Poco a poco, en mis visitas a la taberna, comprobé que eran los cátaros hombres de corazón puro y encomiable disposición a ayudar al prójimo.
Eran sus sacerdotes llamados «puros» o también «perfectos». Hasta hacía unos pocos años, aquella especie de clérigos del catarismo se habían distinguido por viajar en parejas vistiendo un sencillo hábito azul marino o negro y ceñido en la cintura tan sólo por un modesto cordón o una tosca cuerda. Ni que decir tiene que aquello contrastaba como el día y la noche con las lujosas prendas que vestían los prohombres y príncipes de la Iglesia católica.
En los últimos años en que la persecución había reducido casi a la nada a la triste y finada Iglesia cátara, los perfectos no vestían ya su peculiar hábito, pero continuaban desarrollando su abnegada labor de ayudar a los creyentes, dando el consolamentun a los moribundos y predicando y bendiciendo a los fieles. Eran los puros también llamados por el vulgo «hombres buenos», y no conocían el padecimiento de la carne, ni de la gula, ni de la envidia, ni de ninguno de esos horribles pecados de que adolecemos los tristes mortales. Apenas si ingerían algo de pan y agua, pocas veces pescado y algo de verdura, y nunca probaban ni la carne, ni la leche, ni los huevos. Eran tan duros y tenaces en este aspecto que ni siquiera comían si sospechaban que la olla en que se había preparado un potaje había sido otrora usada para cocer un poco de carne. Y por si tal alarde de pobreza, humildad, servicio al prójimo y fe fueran poco, aquellos perfectos que tan duros eran consigo mismos trataban a las gentes con una tolerancia infinita, sin apremiarlos, sin ofenderlos ni atosigarlos con el infierno como hacían nuestros párrocos corruptos, sin echarles en cara su carácter mortal y comprendiendo con la dulzura y la paciencia de un padre que la raza humana es por naturaleza mezquina, y que no puede el hombre vulgar sustraerse de algo tan inherente a su propia existencia como es el pecado. No exigían nada a sus fieles y lo daban todo, ¿acaso se ha conocido mejor pastor que estos que morían a cientos en las hogueras de la Inquisición?
Mírese la otra cara de la moneda, los curas de la verdadera Iglesia. Yo mismo. Hacía menos de un año, follador de monjas. ¡Qué tristeza sentía! ¡Y qué envidia me daban aquellos verdaderos hombres de Dios!
Los obispos gordos y glotones organizando orgías, el lujo, la pompa, los párrocos analfabetos manteniendo barraganas, la simonía o venta al mejor postor de los cargos eclesiásticos, y además, por ende, esta caterva de vividores se permitía amenazar al pobre vulgo con el infierno, sangrarlo con el diezmo, y usar además la espada y sobre todo el fuego contra todo aquel que por simple sentido común se atrevía a hacerles comprender que su conducta y la de Cristo nada tenían que ver.
Éstos, al contrario que los perfectos, exigían todo y no daban nada.
Y yo era uno de ellos.
Los habitantes de los alrededores de mi humilde parroquia me tomaron por una especie de simpático asceta. Simpático porque los divertía en la taberna con mis maravillosas dotes de trovador, y asceta por mi humilde hábito de saco. Y sobre todo, por mi aspecto delgado y macilento debido a la falta continua de alimento a que mi organismo se había visto abocado.
En suma, al séptimo mes de mi estancia en aquella parroquia tenía yo ya la friolera de siete feligreses que asistían a misa todos los domingos. Y eso que esta escasez de mi rebaño habríase podido paliar con que hubiese dado yo un simple aviso al obispo, quien sin duda habría mandado un pelotón que tras aclarar quién asistía y quién no a los oficios, me habría llenado la iglesia so pena de pasar por los calabozos donde los dominicos de la Inquisición arrancaban confesiones que llevaban a la hoguera hasta al más piadoso de los hombres.
Las buenas gentes me saludaban ya por los caminos, y pude sentirme allí feliz. De hecho, mostrándome un grado de confianza digno de parangón, llegaron a presentarme a sus perfectos. Eran éstos dos hombres que vivían ocultos en los bosques cercanos que tan sólo abandonaban amparados en la oscuridad de la noche para atender a su triste y malparado rebaño.
Operose entonces un gran cambio en mí, ya que conseguí vencer la concupiscencia que sentía en el convento y sustituirla en aquel ambiente tolerante y liberal por la certeza de que nuestro Señor Jesucristo nunca dijo que sus curas no tomaran esposa, y puesto que yo era un hombre y tenía sangre en las venas, enseguida entendime y arregleme con una lavandera viuda y de buen ver que, a pesar de ser cinco años mayor que un servidor, me atendía la casa y me deshacía y calentaba la cama en las frías noches de invierno.
Llegué por tanto a encontrar la paz, y fui feliz en los cuatro años en que viví en aquellas tierras. Recuerdo que por aquellos felices días preñose la Bernarda, mi homónima y servicial lavandera.
Por lo demás, las cosas no iban bien para los cátaros desde que en el año 44 cayera el Montsegur, último bastión del catarismo, famoso e inexpugnable castillo situado sobre un impresionante farallón de piedra caliza en el que se habían refugiado los últimos cientos de hombres y mujeres buenos que constituían la principal jerarquía de la Iglesia cátara.
Fueron los cruzados allí a darles muerte, y pese a que los defensores se batieron con valor, el tiempo transcurrido, el hambre, la sed y las infernales máquinas de guerra de los papales dieron al traste con las esperanzas de aquellos pobres que, tras rendirse y negarse a renunciar a su fe, fueron quemados en una explanada cercana al Montsegur en número superior a doscientos.
Fueron tiempos malos de veras. Hacía ya más de tres años de aquello cuando llegué al Languedoc, y la gente aún lloraba y se entristecía por aquella pérdida con el agravante de tener que disimular al paso de los cruzados para evitar ser tenido por hereje. Yo mismo me encontraba ya entre los simpatizantes de aquella piadosa comunidad y compartía su dolor porque todos sabíamos que, pese a quedar algunos puros escondidos por esos montes de Dios, aquel golpe a la organización era sin duda el fin de ese noble ideal.
Así fue pasando el tiempo, y llegó 1251, año en que la desgracia volvió a cebarse en mí a pesar de que me hallaba yo entonces en paz conmigo mismo, con el ejercicio de mi ministerio y con mi exigua y pequeña comunidad parroquial. Tenía la Bernarda dos retoños que todos suponían míos, y volvíame yo a encontrar bien comido, bien servido y mejor folgado.
Y fue en una noche en que yo me hallaba en la puerta trasera de la capilla, justo en la zona que daba al corral, cuando se concretó mi desgracia. Estaba yo allí, de pie y a oscuras, mientras que una feligresa mía, arrodillada frente a mí y oculta tras la valla de madera, realizaba una penitencia algo especial que yo le había impuesto por negarse de continuo a atender las llamadas de su esposo en el tálamo conyugal. Y como aquella campesina era mujer devota y temerosa de Dios, comprendió que era su deber el vencer aquella obstinada resistencia suya al mundo de la carne, por lo que no me costó convencerla de que viniera a verme los miércoles al atardecer para que evaluáramos sus progresos y cumpliera las penitencias que merecía, esto es, las más duras para ella, que eran sin duda los quehaceres cotidianos de la lujuria.
Pues lo dicho, estaba yo ensimismado en ese mundo de sensaciones previo a la iluminación final del acto, y aquella buena hermana ocupada en su penitencia oral, cuando oí ruido de armas en el camino.
Aquella inocente campesina volvió la cabeza, pero yo con ambas manos la dirigí nuevamente al objeto de sus atenciones que, duro como un hueso, no podía volver atrás en el camino ya recorrido. Mientras que la buena y santa hermana volvía a su tarea y se enfrascaba en esos quehaceres que tanto goce me proporcionaban, vi a un hombre correr entre los corrales de las casas vecinas.
Era una sombra oscura que volvía la cabeza hacia atrás, como el que huye de algo, y tras saltar una valla se adentró en lo que yo sabía era un callejón sin salida que sólo conducía al granero de mi vecino Damián.
Al momento llegó la guardia. Un sargento con la espada desenvainada, tres peones con alabardas y dos arqueros con la ballesta cargada y presta a cazar al fugitivo.
Entraron por el callejón y escuché sus voces en la oscuridad.
—Ese hijo de puta no está aquí —dijo uno de ellos.
—Mirad bien en ese granero —ordenó una voz marcial que atribuí al sargento.
Oí ruido de registro, y la voz de mi vecino que se quejaba temiendo por la integridad de su más querida posesión: el granero y las dos vacas que guardaba en la planta baja del mismo.
Y aquella buena mujer seguía a lo suyo.
A los pocos minutos volvieron del callejón, y mirándome, se extrañaron de que permaneciera yo allí de pie, solo y a la intemperie, habiendo oscurecido ya. La campesina permanecía oculta tras la valla.
—¿Qué hace ahí vuestra eminencia? —dijo el sargento dándome un tratamiento que como simple cura no merecía.
—Oí ruido y salí a ver —dije conmocionado por los vaivenes que con su cálida y húmeda boca me proporcionaba la displicente campesina.
—¿Habéis visto pasar a un huido? —me preguntó de nuevo el sargento.
Yo, en ese momento, y emitiendo una especie de gemido producido por la tremenda excitación que sentí ante el tejemaneje de mi feligresa, el peligro de la hueste armada y la mentira que me iba a arriesgar a decir, murmuré:
—Se ha ido por allí. —Y tras señalar la dirección contraria por la que había huido el fugitivo me descargué llegando al clímax mas dulce que recordaba.
La hueste salió corriendo en la dirección equivocada que yo le había dado, y yo despedí a la joven diciéndole:
—Id con Dios, hermana. Hacéis progresos, a fe mía que hacéis progresos.
En ese momento, y justo cuando iba a entrar en casa, vi algo moverse tras de mí en el oscuro huerto. Entré en la cocina, encendí una candela y salí para comprobar con horror a un ser humano enteramente cubierto de mierda y que se movía torpemente en la oscuridad de mi huerto. Supe que era el huido, y pese a que apestaba, lo hice pasar. Una vez limpio, y pese al hedor que no lo abandonaba, comprobé que era un perfecto que me habían presentado los lugareños. Se llamaba Fernando y permanecía huido desde hacía años.
Había sido descubierto en los bosques cercanos, y en su huida había entrado en el granero de Damián. Al ver que los cruzados entraban en el mismo y creyéndose perdido, se arrojó al fondo del habitáculo que ocupaban las vacas, quedando totalmente oculto por la mierda de los animales. Una vez oculto en tan desagradable lugar, comprobó que bajo las tablas se podía deslizar un hombre que fuese delgado, y por ahí se arrastró hasta mi huerto.
Decidí ocultarlo hasta que pasaran unos días. Y ése fue mi error.
A la mañana siguiente presentáronse en mi humilde morada cuatro peones y un dominico que encontraron al huido en la caseta en que guardaba los aperos de labranza. Me prendieron, y otra vez me vi malparado y muerto de miedo, preso en los calabozos del obispo de Carcasona que regentaban, no sin tino, los inquisidores.
Supe por uno de mis carceleros que habíame denunciado aquella pobre desgraciada de cuyos pecados yo me beneficiaba junto a la valla del huerto en el momento en que los cruzados perseguían a aquel pobre cátaro. Y quiso mi mala suerte que aquella buena mujer, convertida por mí al más ferviente catolicismo, quedó oculta antes de partir junto a mi huerto. Y fue entonces cuando yo acogí a aquel huido cubierto de mierda en mi propia casa. Me vio, claro está. En definitiva, no se lo pensó y sin dilación alguna dirigiose al obispado, donde la muy puta no tardó en venderme.
A mí, a su guía espiritual.
Comprendí que mi situación era mala, muy mala. Un acusado de herejía tenía asegurado el tormento y, a poco que se descuidara, la hoguera. Pero un sacerdote católico caído en herejía era pasto de las llamas casi con toda seguridad. En aquella sucia, húmeda y oscura celda comprendí que debía andarme con tiento si quería salvar el pellejo, de manera que pensé en la salida más fácil: la confesión directa. Estaba decidido a mentir, a confesarme cátaro, a abjurar de la herejía pidiendo una renovación de mis votos bautismales, y a escapar así de la hoguera sano y salvo. No fue tan sencillo.
Dos enormes verdugos me arrastraron afuera de mi celda y me condujeron a empellones al sótano donde se torturaba a los desgraciados que, como yo, habían caído en manos de la Inquisición.
Allí me esperaba un dominico flaco como un perro, alto como un mástil y de cara enjuta y plena de cicatrices como las que deja la viruela. Ocultaba los brazos, que mantenía cruzados bajo su hábito blanco y negro.
Una sola mirada suya me hizo sentir pánico. Los dos miserables verdugos me sujetaban frente a él. Se presentó como fray Rodrigo, dominico castellano y servidor de Cristo, y me preguntó:
—Bernardo de Boussiers, ¿confesáis haber caído en herejía contraviniendo vuestros votos y renunciando a la salvación que nuestra Santa Madre Iglesia asegura a pecadores como vos?
Yo, para hacerme un poco el remolón, dije que no inicialmente.
—Al potro —dijo el dominico haciendo un gesto con la cabeza a los torturadores.
En menos que canta un gallo, aquellos dos mastodontes me habían llevado en volandas a una especie de gran tronco forrado de cuero en el que me situaron atado boca abajo y con los brazos y las piernas abiertos.
Antes de que pudiera decir palabra, uno de ellos me había roto el calzón y el otro me había sujetado mi hombría con lo que yo supuse eran unas tenazas. Un insoportable dolor me indicó que aquel malnacido me retorcía el escroto. Mi intención no era ni mucho menos haber llegado tan lejos en mi supuesta resistencia, de manera que a la mínima manifestación dolorosa me dispuse a confesar que sí, que era cátaro, pero comprobé con desolación que no me salía la voz del cuerpo. Tal era el dolor que aquellos desgraciados me infligían.
—¿Confiesas tu herejía? —me gritaba el dominico al oído.
Y yo… Yo no podía abrir la boca del dolor que me atenazaba. Como no contestaba, el dominico miraba a los carceleros y éstos daban otra vuelta de tuerca a mi malparado escroto.
El dolor me oprimía, me asfixiaba.
—¿Confiesas tus pecados? —escuché como entre sueños.
Vi luces blancas.
Más luces.
Me desmayé.
Cuando volví en mí, me pareció oír a uno de los carceleros que decía:
—Éste nos ha salido flojucho.
Hizo aquel comentario como con fastidio. Recordé el dolor de la tenaza y me sentí invadido por el pánico. Aquel impío dominico, apercibiéndose de que me hallaba de nuevo consciente, me preguntó:
—¿Queréis confesar vuestra herejía?
Yo, presa del pánico más atroz y del miedo más horrible al dolor, grité:
—¡Sí, sí! Confesaré todo lo que queráis, confesaré todo lo que queráis. Sólo tenéis que decirme lo que queréis que confiese y lo haré. Pero no me hagáis daño, ¡os lo imploro!
Aquel comentario mío debió de incomodar al dominico pues, ladeando la cabeza como el que da una negativa, dijo con tono socarrón:
—Me da la sensación de que estáis equivocado, hermano Bernardo. ¿O acaso insinuáis que en este santo lugar se confiesa lo que yo quiero? Yo tan sólo soy… el brazo ejecutor de nuestro Supremo Hacedor, de manera que preparaos a confesar todo aquello que de verdad os aflige el alma y todos vuestros impíos actos en relación con la herejía que sin duda practicáis.
Yo comprendí que dijera lo que dijese la idea de aquellas gentes era torturarme. Si confesaba a la primera, me torturarían hasta reconocer que había mentido en algún punto de mi declaración, con lo que al retractarme, habría pasado al brazo secular y habría sido quemado en la hoguera. Pero es que si me resistía, tendría un incierto final, eran capaces de torturarme hasta la muerte. Sólo me quedaba una posibilidad; confesarme cátaro, delatar a todos los amigos de la posada del Lobo Negro, abjurar e intentar salir vivo de aquello. En aquel momento, una orden del dominico me sacó de estos sombríos pensamientos.
—Vamos a averiguar la verdad. El hierro.
Noté con horror cómo me rasgaban los calzones hasta el lugar donde la espalda pierde su casto nombre. Uno de los verdugos sacó de entre las brasas un hierro al rojo y se acercó para, sin duda, introducírmelo por la retaguardia.
Pensé:
«Señor, ayúdame en este trance».
Apenas si había comenzado yo a notar una dolorosa quemazón en dicha zona cuando vi que una multitud de botas bajaban por una escalera que quedaba junto a mí.
Esa hueste armada, compuesta por unos siete hombres, era comandada por un capitán que portaba en su capa el distintivo de la casa del señor obispo Arnaldo Renau, mi abuelo.
Aquel bravo capitán dijo traer un salvoconducto por el que el obispo de Lyon me reclamaba por haber yacido con varias monjas y novicias del convento de Santa Clara.
El dominico dijo:
—Pero este hombre es un hereje…
—Esperad —le espetó el capitán—. Aqueste perro ha sido, antes que hereje, follador de monjas, y es por tanto propiedad de la justicia del obispo Arnaldo. Debéis saber que vengo de hablar con vuestro obispo, y que tras leer la carta de mi señor, su eminencia el obispo Arnaldo, vuestro señor consiente en el traslado de este sacerdote corrupto para que cumpla con sus penas en el mismo orden en que cometió sus fechorías. Una vez torturado y confeso en los calabozos de mi señor, os será devuelto… si es que queda algo de él, claro.
La hueste armada rió la ocurrencia de su capitán, mientras que yo no pude evitar que un escalofrío recorriera mi cuerpo al comprobar que tamaña multitud de torturadores se disputaba mis despojos.
El dominico, reacio a mi traslado, leyó la carta de mi señor abuelo, y después ojeó una nota que su propio señor le había enviado a fe de no tener que bajar personalmente a las mazmorras.
Volvió a releer ambas esquelas y dijo con fastidio:
—Sea pues. Pero recordad —dijo levantando el dedo índice— que si sobrevive, este pecador es mío. Y me ocuparé personalmente de ir a buscarlo de aquí a cinco semanas, a contar desde el día de hoy.
—No tengáis cuidado que así será —repuso el capitán.
Volvieron a sacarme de aquel sótano en volandas, sólo que ahora lo hacía la guardia del obispo Arnaldo. Me montaron en un caballo con las manos atadas a la espalda, y salimos de Carcasona al galope. Era media tarde. A pesar de que el hierro no había llegado a ser introducido en la parte trasera de mi intestino, había logrado chamuscar la zona externa de mi puerta de atrás, de manera que los saltos que sobre la silla de montar que me propinaba la cabalgada me hacían gemir y gritar de dolor para solaz y recreo de la guardia que me cuidaba. Intenté echarme un poco hacia delante, pero mi mal parado escroto, hinchado y rojo como el forro de un tambor, me proporcionaba un dolor tan intenso como el del culo, y el bamboleo del caballo era para mí una tortura peor que la del calabozo.
Las gentes que labraban los campos se quitaban el sombrero al verme pasar pensando que era un santo convertido al catarismo y torturado por aquellos malnacidos.
Pasamos junto a la taberna del Lobo Negro, a cuya puerta salieron algunos de los parroquianos a decirme adiós con la mano. Continuamos por el mismo camino, y tras cabalgar unas cinco leguas dejamos la senda principal y discurrimos por una vereda que se adentraba en aquellos inmensos y bellos bosques. Me pareció sospechoso.
Llegamos a un claro, y todos desmontaron. Me bajaron del caballo y me tiré al suelo boca abajo para recuperarme de aquel dolor.
Mis captores encendieron un fuego. Tenía fiebre y me dormí. Desperté ya de noche y con la mente
