El color del Imperio

Ignasi Serrahima

Fragmento

El libro de la púrpura

El libro de la púrpura

Abadía de Praglia, Véneto, 1348

Como un espíritu oscuro, el aire avanzaba cerro arriba, miasmas infectas llevando la muerte y la corrupción hasta las mismas puertas de la abadía. La pestilencia causaba estragos, los contagios se sucedían, el pánico se apoderaba de las almas. El mal no distinguía entre pobres o ricos, viejos o jóvenes, legos o profesos. El día anterior, el abad herrero, fray Genaro, un napolitano corpulento de sonrisa perenne, había fallecido con la piel cubierta de negras pústulas, echando sangre por la boca, perdiendo las ennegrecidas yemas de los dedos como si fuera un leproso. Y esa misma mañana, el novicio Otón había amanecido con fiebre, dolores de cabeza y una buba del tamaño de un huevo de gallina en la axila.

—Padre, ¿dónde dejo esto?

Un mozo lampiño de cara ancha se había dirigido al abad Bonagrazia; llevaba un saco de considerable volumen en una mano y una antorcha encendida en la otra. El viento lanzaba chispas hacia su rostro, por lo que debía ladear la cabeza y amusgar los ojos. El monje examinó el contenido del saco a la titubeante luz de la llama. El murmullo que se oía del otro lado del muro no cejaba, como un horizonte de olas coronado por un halo luminoso de color anaranjado. Venían a por él; disponía de muy poco tiempo.

—Geometría —dijo, con impaciencia—. Esto es lo de Arrigo. Cárgalo en ese mulo de ahí.

—¡Padre Bonagrazia! —gritó el novicio Michele, un muchacho de dieciséis o diecisiete años, con granos en el rostro, la tonsura aún inflamada y los ojos emergiendo de las órbitas—. ¡Se acercan!

El abad secó el sudor de su frente. El calor era sofocante; la brisa parecía el aliento del diablo y las antorchas hacían el ambiente irrespirable incluso al aire libre. Observó a su alrededor, buscando algún atisbo de apoyo, pero desde que el prior había rehusado defenderlo de los ataques de fray Ubaldo, agachando la cerviz en un acto de vergüenza, el pueblo entero exigía su cabeza en bandeja de plata.

—San Juan Bautista, ¡protégeme! —murmuró Bonagrazia mirando a las estrellas. Pero luego sacudió la cabeza para alejar de sí ese momento de debilidad; su determinación era firme y el tiempo apremiaba.

La tensión había aumentado con las primeras muertes en el vecino pueblo de Teolo y las masacres de judíos en Padua. La peste, la muerte negra, había llegado a Italia desde Sicilia el año anterior y, como una mancha de aceite, se había extendido hacia el norte en pocos meses. En todas las ciudades, los contagiados eran emparedados en sus propias casas, con las puertas y ventanas tapiadas, y se les pasaba la comida por un agujero practicado en el tejado hasta que la muerte los reclamaba. Los cuerpos se incineraban en grandes piras a las puertas de las urbes y se prohibía el contacto con leprosos. Se organizaban procesiones de flagelantes y penitentes, que dejaban un rastro de sangre tras de sí mientras entonaban salmos implorando la misericordia divina. Pero nada de todo ello lograba frenar el avance de la plaga. Los cementerios se vieron desbordados y los obispos hubieron de declarar los ríos zona consagrada para que la plebe pudiera arrojar allí los cadáveres insepultos.

Algunas juderías parecían inmunes a la enfermedad, quizá por las exigentes medidas de higiene prescritas por la religión hebrea o por su aislamiento. O quién sabe si por algún pacto con el diablo. Eso hizo que sus habitantes fueran vistos como culpables, acusados de envenenar las aguas, de ultrajar la Sagrada Forma y de llevar a cabo prácticas cabalísticas con el objetivo de sembrar el caos en la cristiandad. Comenzaron los saqueos y las matanzas; los que no pudieron emigrar hacia el norte de África o hacia levante fueron masacrados; los magistrados locales declaraban de libre disposición los bienes de los judíos asesinados en los disturbios, lo cual exacerbaba el problema al apelar a la codicia de los asaltantes.

En Praglia, todo se había precipitado esa misma mañana, tras el oficio de prima, al romper el alba. El abad Ubaldo, el otro traductor de griego que trabajaba en el scriptorium de la biblioteca monástica, hombre enjuto, de nariz aguileña, perennes costras en las comisuras de los labios y gran rival de Bonagrazia desde que ambos llegaron siendo unos novicios hacía casi cincuenta años, había revelado a los demás frailes la condición de cristiano nuevo de este último, deslizando el tendencioso comentario de que Riccardo, el tonelero, lo había visto salir de la casa del rabino la noche del primer contagio en el monasterio.

—¡Sí, es cierto! —protestó él—. Estuve en casa del rabino Tadeo, que ha aportado códices y pergaminos a nuestra biblioteca a lo largo de los años. Lo visito desde hace mucho tiempo, como todos sabéis. ¿Es que acaso insinuáis, hermano Ubaldo, que tuve algo que ver con el avance de la pestilencia?

—¡Sois amigo de los asesinos de Cristo! ¡Lo cual se explica, por otro lado, porque nacisteis en el seno de esa raza maldita!

Muchos monjes se llevaron la mano al rostro, escandalizados, y alguno se santiguó alzando la vista al cielo; solo el prior y un par de los hermanos más veteranos sabían que Bonagrazia había nacido con el nombre de Ben Gazai, hijo de un converso y una judía de Florencia, bautizado a los ocho años, cuando su madre se convirtió a su vez a la religión de Jesucristo. Hubo debate cuando tomó el hábito, pues algunos se oponían a que un circunciso pudiera devenir benedictino. Pero el entonces prior, hombre sabio e ilustrado, vio en él gran vivacidad y prudencia, y defendió la sinceridad y pureza de alma de Bonagrazia al abrazar la fe verdadera.

—Mi relación con los judíos no tiene nada que ver con la enfermedad, Ubaldo. Y vos lo sabéis. Ellos están libres de culpa y sufren tanto como nosotros por el avance de la muerte negra. Dos mujeres han fallecido ya en la judería, y la epidemia se extiende allí como en todas partes. Y, en cualquier caso, incluso el Santo Padre, a quien Dios proteja muchos años, ha emitido el mes pasado la bula Sicut Judaeis en la que se exculpa a los judíos —argumentó él.

El papa Clemente, desde la sede de Aviñón, había tenido la valentía de defender a los hebreos a instancias de su médico personal, Guy de Chauliac, que aseguraba que la pestilencia se transmitía por los vapores miasmáticos que infectaban los pulmones por la noche, y que no tenían nada que ver con las cábalas sino con una desafortunada conjunción de astros el año anterior. Pese a ello, en todo el continente se seguía persiguiendo a las comunidades hebreas. En Tolón, varias docenas de habitantes de la judería fueron quemados vivos; en Barcelona, fueron desterrados del call y sus primogénitos pasados a cuchillo; en Espira, metieron a los hombres de la comunidad en barriles de vino y los echaron al Rin.

—El Creador introdujo una serpiente en el Paraíso —continuó Ubaldo aquella mañana, encendido en la soflama contra su rival— para tentar a Eva, madre

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