Índice de personajes
GUARDIA PRETORIANA:
Appio Pontio, centurión.
Casio, miles gregarius.
Marco Tuccio, miles gregarius.
Sexto Afranio Burro, prefecto y preceptor del césar.
Sexto Betucio, miles gregarius.
CUERPO DE VIGILES:
Heliodoros, médico.
Numerio Geminio, tribuno.
Publio Gabinio, optio carceris.
Quinto Minio, vigile.
CASA DE LAS VESTALES:
Acilio, lictor.
Marcia Furnilla, vestal.
Valeria, vestal.
Villia Annalis, vestal retirada.
PALATINO:
Actea, amante del césar.
Nerón Claudio César Augusto Germánico, césar.
Octavia, emperatriz.
Tiberio Claudio César Británico, hermanastro de Nerón.
FAMILIA POMPONIO:
Iunia Silana, matrona.
Marco Pomponio Vitulo, hijo mayor.
FAMILIA HOSIDIO:
Cneo Hosidio Geta, pater familias y senador.
Cneo Hosidio Atello, hijo menor.
FAMILIA FABIO:
Décimo Fabio Píctor, pater familias y custodes vivari.
Décimo Fabio Píctor, hijo menor.
OTROS PATRICIOS:
Agripina la Menor, madre del césar.
Lucio Anneo Séneca, senador y prefecto del césar.
Lucio Cornelio Lentulo, Flamen Quirinalis.
Tito Rutilio Lupo, exprefecto del ejército y antiguo speculator de la
guardia pretoriana.
LA SUBURA:
Camilio, miembro del collegium Cuprum.
Gellio, trabajador de lupanar.
Licia, bustuaria.
Spurio Amatio, líder del collegium Cuprum.
Tiberio Furio, líder del collegium Fabrum.
Tito Nautio, carnicero.
OTROS PERSONAJES:
Antonio, corredor de apuestas.
Celedonio, esclavo de Séneca.
Guarda del mausoleo de Augusto.
Hailama, mercader fenicio.
Lartio, ayudante del guarda del mausoleo de Augusto.
Palante, antiguo liberto imperial.
Salonio, ayudante de Décimo Fabio Píctor padre.
Horas del día y de la noche
En la antigua Roma el día comenzaba con la salida del sol y concluía con la salida del sol del siguiente día.
El tiempo de luz solar de cada jornada se dividía en doce horae. Eran de duración variable según la época del año, ya que dependía de cuándo salía el sol y de cuándo se ponía. La historia narrada en El espectro del Palatino transcurre en primavera. En esta estación su equivalencia con nuestro horario actual es aproximadamente la siguiente:
— Hora prima: 4.27 - 5.42
— Hora secunda: 5.42 - 6.58
— Hora tertia: 6.58 - 8.13
— Hora quarta: 8.13 - 9.29
— Hora quinta: 9.29 - 10.44
— Hora sexta: 10.44 - 12.00
— Hora septima: 12.00 - 13.15
— Hora octava: 13.15 - 14.31
— Hora nona: 14.31 - 15.46
— Hora decima: 15.46 - 17.02
— Hora undecima: 17.02 - 18.17
— Hora duodecima: 18.17 - 19.33
Las horas de la noche se dividían en cuatro vigiliae. Al igual que ocurría con las horas del día, eran de duración variable según la época del año:
— Prima vigilia: 19.33 - 21.47
— Secunda vigilia: 21.47 - 0.00
— Tertia vigilia: 0.00 - 2.15
— Quarta vigilia: 2.15 – 4.27
CALENDARIO:
Los días en los que discurre la trama de El espectro del Palatino son los siguientes:
— Ante Diem III Ides Februarius: 11 de febrero.
— Ante Diem VI Ides Maius: 10 de mayo.
— Ante Diem V Ides Maius: 11 de mayo.
— Ante Diem IV Ides Maius: 12 de mayo.
— Ante Diem III Ides Maius: 13 de mayo.
1
Escila
Escila, tú no tienes la culpa de ser tan bella, de ser capaz de desvelar a un dios.
Recuérdalo, es muy importante. Aférrate a tu inocencia, pues esta desaparecerá pronto, al igual que tu belleza. El anhelo de ambas encenderá tu dolor. Debes sentirlo para poder convertirte en un monstruo, pues nada apaga el dolor propio como la promesa de poder prender el ajeno. Bien lo sabemos nosotros.
También la diosa es inocente. No puede evitar desearle, envidiar el amor que él te profesa. Nadie elige de quién se enamora, ni siquiera los dioses con todo su poder. Incluso ellos sufren por el rechazo, con una intensidad a la altura de su carácter divino. Por eso también tienen mejores instrumentos para vengarse que los simples mortales.
Nos tienen a nosotros.
Viéndote así, tan frágil, tan liviana, tan bella pese a tus ojos enrojecidos, los celos de la diosa ya son los nuestros, ya corren por nuestras venas y laten con nuestra propia sangre... ¡Ah!, debo advertirte de que va a haber mucha sangre. Casi toda será tuya, pero es necesario derramarla para que te transformes.
No llores, te lo ruego... No, no podemos hacerlo ¡Otra vez no, es tan solo una muchacha! Ella no tiene la culpa...
¡Calla, cállate! Claro que ella no tiene la culpa, ¿acaso no has oído que acabo de decírselo? Me has hecho gritar y la he asustado; estas últimas lágrimas son por tu culpa. Recuerda que llevamos a cabo los deseos de los dioses; que somos su pasión, no su razón. No debemos fallarles, así que concéntrate. Eso es, mírala: admira su belleza digna de poetas, admira los ojos oscuros, el rubor en sus mejillas. Admira el cuerpo que vamos a arrebatarle. Acaricia su cara, su pelo, su cuello, sus hombros desnudos. Toca su vientre, desde aquí comenzará su transformación...
No creo que pueda ser capaz...
¿No ves que su sola existencia es una ofensa para la diosa?
Es muy bella.
Lo es, aunque no podemos adueñarnos de su belleza, nadie podría. Pero podemos hacer que desaparezca, incluso que se convierta en algo que vaya más allá de la fealdad: podemos convertirla en un monstruo. Entonces el dios se horrorizará ante su visión y caerá en los brazos reconfortantes de la diosa, quien ha de ser la verdadera dueña de su amor.
Es muy joven, está aterrada. ¿No podríamos dejarla huir o esconderla? Voy a quitarle la mordaza y...
¡Quieto! ¿Qué pretendes hacer? ¿Acaso no sabes que nos vigilan? ¿Qué nos pasará si dejamos de ser útiles, si dejamos de ejecutar sus deseos? ¿Quieres que el hechizo de la diosa, que todos sus venenos portentosos caigan sobre nosotros en lugar de sobre esta desgraciada?
Podemos pedir ayuda, podemos contárselo a alguien.
¡No podemos! Ya hemos hecho esto tres veces antes. Cuando el dios acabe con su vida, convertiremos a la bella Escila en algo de lo que todo el mundo hablará, en algo que todos temerán: le daremos la inmortalidad, al igual que hicimos con los otros... No puedes negarme que te has sentido poderoso al crearlos...
¡Nunca! El que se deleita con cada cuchillada, con cada punción, con cada hilada, con cada hueso quebrado, eres tú.
Escila te está oyendo. Acabas de conseguir que entre en pánico. ¿Así es como pretendes ayudarla?
¡Sí, quiero ayudarla!
¡Basta! ¡Nuestra labor es transformar el cuerpo de esta mujer por interponerse entre el amor de dos dioses! Solo sentirá un dolor fugaz, el dios la matará rápido. Y después el dulce olvido.
¿Y por qué no la transforman ellos?
Porque ella no es más que una simple muchacha. Ellos son la misma sustancia que sujeta al mundo, es nuestro deber atender sus... ¿De qué te ríes?
Dejo un rastro, ¿sabes? Lo hago cuando tú no miras.
¡Maldito seas! ¡Estás poniendo todo mi trabajo en peligro!
¿Lo ves? Todo esto lo haces por ti, no por los dioses. Su deleite es en realidad el tuyo. Te encanta dar forma a los monstruos que viven en tu cerebro, mostrarlos al mundo. Crear seres tan deformes y repugnantes como nosotros.
No sabes lo que dices. Eres débil, siempre lo has sido. Nunca has podido rebelarte, reclamar tu sitio. Todos te han pisoteado, se han reído de tu deformidad. ¿Qué eres sin mí? Ni siquiera una sombra.
Eso ya lo veremos... ahí tienes a los perros. No discutas más y ahorra fuerzas. Te toca a ti destriparlos... Y cuando estés cansado, cuando no mires, justo antes de que se lleven a Escila, perforaré varios sacos de arena. Dejaré de nuevo ese pequeño rastro que hará que nos encuentren.
Como hice con los otros.
2
La cena
Ante Diem III Ides Februarius
Seis cabezas de perro ceñían el vientre de Escila. Observaban fieros; los hocicos olisqueaban el aire sobre las fauces abiertas, los músculos del cuello tensos bajo la piel. Desgarraban la cintura de su cuerpo virginal. Surgían de su interior para torturar a los mortales.
Escila se frotaba el vientre con las manos; los hombros encogidos, los huesos de la columna marcados como puntos de desesperación; su cuerpo plegado sobre sí mismo, como si tratara de retener a los canes. Era en vano. El conjuro lanzado por Circe, la hija del Sol, escapaba a sus esfuerzos de simple mortal.
Se estaba convirtiendo en un monstruo.
Aún no lo sabía: su transformación, su metamorfosis, sería eterna. Y eterno sería el dolor ocasionado a quienes se aventuraran en aquel mar desde el que ascendía ahora con un cuerpo profanado, maldito. Su apetito por la carne humana se despertaría insaciable.
Todo aquel dolor debido al deseo del dios Glauco, el de largos cabellos y cuerpo de pez bajo la cintura. El deseo del dios devino en la envidia de Circe, susceptible a los fuegos del amor, incapaz de concebir que Glauco amara a una simple mortal antes que a ella.
Escila tenía la boca abierta, un círculo casi perfecto desde donde escapaba un grito ahogado mezcla de terror y de estupor. Sus dientes eran blancos como la nieve; los de los seis perros, amarillos y brillantes como puntas de cobre bajo el sol.
«Colmados de negra muerte», según los describió Homero.
Estos pensamientos se agolpaban en la mente del pretoriano Sexto Betucio mientras observaba la escultura con detenimiento.
La habían traslado aquella misma tarde hasta aquel rincón del palacio. Nada más apartar la tela que la cubría, deseoso de poder admirarla en soledad, se sintió de nuevo vencido por la perfección de sus formas, por la capacidad del escultor para plasmar la transición de la piel de Escila al pelaje de aquellos canes diabólicos, apenas contenidos por las tiras de carne que los unían a la cintura de la joven.
A la escasa luz de los pebeteros, la escultura evocaba en Betucio los temores de su niñez. Temores nacidos al cobijo de una luz tenue, junto a voces que cuentan historias de lémures y espectros, de hechiceras y magos, de lamias y licántropos; historias que no solo tornan medrosas las mentes infantiles; también hacen que los adultos continúen girándose, temerosos, hacia ruidos provenientes de la oscuridad. Y eso, pensó Betucio, que solo tenía ante sí una escultura de mármol.
Sin embargo, en Roma alguien estaba asesinando de una forma tan macabra y perturbadora como la urbe no había visto jamás. Y sus habitantes comenzaban a mirar hacia las sombras con un recelo aún mayor del que la ciudad del septimontium requería en ciertos lugares y a ciertas horas.
Se los conocía como los asesinatos de la Metamorfosis.
Hasta aquel momento se habían producido cuatro: dos en diciembre, uno en enero y el último hacía apenas una semana. No eran responsabilidad de la guardia pretoriana, sino del cuerpo de vigiles, pero habían alcanzado tal notoriedad que la mente de Betucio no había podido abstraerse de ellos.
Según lo que había escuchado tanto en el Foro como en las tabernas de la Subura o en el propio campamento pretoriano, aquel asesino representaba escenas mitológicas. Aunque, en lugar de mármol de Paros, bronce de Corinto o basalto de Egipto, utilizaba carne humana. Después, dejaba sus creaciones en diferentes puntos de la ciudad.
Pero lo peor no era eso.
Se valía también de cuerpos de animales.
Cuerpos de bestias adosados a la carne mutilada de personas, dispuestos como los mitos que recopilara el poeta Ovidio unas décadas atrás en su obra de Las Metamorfosis.
Betucio estaba convencido de que esta relación la habría aportado algún desafortunado patricio, uno que se había topado con una de aquellas creaciones quizá tras volver de una correría nocturna. Creía el pretoriano que el romano de a pie difícilmente podría estar familiarizado con la obra de Ovidio. A lo sumo, formaría parte de una montonera de nombres aprendidos a fuerza de escucharlos de fondo, como los de Horacio o Virgilio. Sin embargo, una vez difundida la relación, el pueblo hizo suyo el descubrimiento; buena parte de la ciudadanía resultó estar de repente sorprendentemente versada en Ovidio y en su obra. Eso llevó incluso a que se realizaran apuestas sobre cuál sería el siguiente mito en ser representado por el asesino.
«Las mentes pragmáticas siempre medran en Roma», pensó Betucio.
Las sátiras circulaban por doquier pese a las órdenes dadas desde el Palatino para ocultar tales aberraciones. El miedo era patente; los rumores abundaban y cada romano concebía su propia visión tenebrosa de los asesinatos y de su autor. El consenso común era que se trataba de la labor de algún loco, de un alma perturbada, de una mente corrompida por unos humores desequilibrados. Por lo poco que había trascendido, el asesino había representado las metamorfosis de Acteón, Licaón, Cicno y... Escila, aparecida hacía apenas unos días en plena Subura, en la confluencia del vicus Collis Viminalis y el vicus Patricii.
Sexto Betucio se fijó de nuevo en la cara de la escultura, cincelada con un detalle que sobrecogía. ¿Se parecería aquel trozo inerte de mármol a la joven de carne y hueso asesinada para representar la misma escena? ¿Sería igual de bella?
Se estremeció al recordar lo que se rumoreaba: el cuerpo hallado en la Subura había sido cosido al de seis perros eviscerados y rellenados de paja y sacos de arena. Por ese motivo los sirvientes del palacio habían cubierto con una tela y trasladado la escultura de Escila a aquella sala apartada. Podría no ser bien vista por algunos de los comensales de la cena que se celebraba aquella noche.
Betucio tuvo que volver a repetirse que todo aquello no le incumbía tras su enésimo esfuerzo por trazar en su mente la personalidad y las motivaciones del asesino. Cubrió la escultura, se alejó del recuerdo de las sombras monstruosas caídas a sus pies y se giró hacia las voces, hacia las luces doradas de la cena, que se derramaban en el suelo en un semicírculo casi perfecto.
Sexto Betucio llamaba la atención por su rostro infantil, con escasez de vello en mejillas y mentón pese a haber cumplido ya veintitrés años, lo que podría haberle convertido en objeto de burla entre los pretorianos. Pero no lo era. Ello se debía a que también tenía fama de ser el hombre que mejor manejaba un gladio de toda la guardia. Se rumoreaba igualmente que no era del agrado de Sexto Afranio Burro, prefecto del pretorio; uno de los hombres más poderosos del imperio tras haberse convertido, junto con el senador Lucio Anneo Séneca, en uno de los preceptores del césar Nerón. Este motivo hacía que Betucio no contara con ninguna amistad en la guardia. Ello pese a la curiosidad que despertaba por su participación, tres años atrás, en el rescate del anterior emperador, el viejo Claudio, de una conspiración cuyos ecos apenas sonaban ya, amortiguados por el ruido que el nuevo césar arrastraba. Un rescate liderado por Tito Rutilio Lupo, un antiguo speculator de la guardia; aquel que Betucio consideraba su mejor amigo. El joven pretoriano recordaba con lacerante claridad aquel suceso, lo que supuso para Lupo y también para sí mismo; los amigos que perdieron la vida...
Llegó a uno de los laterales de la gran sala central, desde donde observó con atención una escena tan extravagante como solo podía ofrecer, de entre todas las cosas, un banquete celebrado en el Palatino.
Hacía ya tiempo que Nerón había ganado la carrera por la magnificencia en Roma. La sala era cuadrada, de no menos de cien pies de lado. Estaba iluminada por una miríada de lámparas de bronce que colgaban de un techo cuyo contorno quedaba difuminado en una luz palpitante. Tres de los lados estaban cerrados por muros pintados con paisajes que resplandecían con verdor; el cuarto se abría al exterior, a una noche apacible pese a tratarse del mes de febrero, mediante una columnata corintia que comunicaba con uno de los atrios. En el interior, no menos de cien comensales llenaban unos triclinios perfectamente alineados en contraste con sus posiciones nada armoniosas.
En cabeza de todos, sobre su triclinio forrado con tela púrpura de Tiro, yacía reclinado Nerón: su cuerpo de dieciocho años levemente encogido, las mejillas encendidas, los bucles rubios oscurecidos por el sudor. Una corona de laurel reposaba sobre ellos. Sus ojillos se movían nerviosos por toda la sala. Permanecía en silencio, meditabundo, circunstancia que extrañó a Betucio. Raro era el momento en el que el emperador callaba, y menos en una celebración.
Esa noche, sin embargo, se dedicaba a observar.
«Quizá ahorra fuerzas para uno de sus recitales», se dijo Betucio. La voz del césar no le resultaba del todo desagradable y sus rimas tampoco adolecían de cierta melodía, pero sus actuaciones distaban mucho de poder considerarse ofrendas al arte. Resultaban aburridas, carentes de emoción, pese a los aplausos entusiastas de aduladores e histriones.
El hambre había sido superado hacía ya unas horas y los comensales se afanaban en soliviantar sus estómagos. Ya habían servido un sinfín de platos: salmuera de atún, sesos de faisán, lenguas de flamenco, mejillones del Ática, jabalíes de Umbría, lirones rellenos de carne de cerdo, morenas, langostas... El vino escanciado sin descanso no era del tipo que se hacía bueno bebiéndolo, sino del que embriaga los sentidos desde el primer sorbo. Causante de que la otrora perfecta sinfonía de sedas, joyas, peinados y perfumes quedara rota en una vorágine de colores, tintineos y extrañas mezcolanzas. Todo ello acompañado por el sonido incesante de liras, cítaras y flautas.
Sexto Betucio continuó su deambular con aire ausente. El gladio rebotaba contra su cadera, oculto entre los pliegues de su túnica. Recorrió varias veces el perímetro. Sus compañeros, otros diez pretorianos incluyendo varios speculatores, hacían lo propio. La cena acababa de entrar en su punto culminante: la commissatio. A partir de ahí las buenas formas comenzarían a replegarse hasta el nuevo día; las risas se contagiarían de forma intempestiva y el apetito sexual se agazaparía presto a saltar sobre el primer esclavo. El caldo de cultivo ideal para chismorreos, para acusaciones a algún rival ausente o para confidencias a personas equivocadas.
El pretoriano comprobó que esta vez el césar no se había erigido en el rex convivium. Había delegado tal honor en uno de sus amigos, un joven de rostro delicado y ojos brillantes. Este no cesaba de ordenar con energía los turnos de ingesta de vino mientras bebía de un cuerno de plata cuyo valor equivaldría a la paga de dos años de un legionario. El líquido se derramó por su antebrazo y manchó su túnica bordada con filigranas de oro.
No era la primera vez que Betucio había reflexionado al respecto. Todas las advertencias realizadas por grandes hombres durante casi doscientos años finalmente se habían hecho realidad: lo que tenía ante sí era la claudicación ante los excesos; el gusto por los vicios y la indulgencia con ellos.
Recordó que ya Catón el Viejo había advertido acerca de que todo lo conquistado, todas las riquezas adquiridas para mayor gloria de Roma iban a esclavizarlos en lugar de hacerlos sus dueños. Betucio también había leído a Livio, Valerio Máximo, Polibio, Salustio... Ellos avisaron de que la influencia oriental de los territorios conquistados en Grecia y Asia acabaría por imponerse sobre los mores maiorum romanos. Solo tenía que observar a su alrededor: no había ni rastro de las tradiciones ancestrales de Roma, de la integridad moral, de la disciplina, de la austeridad de los dioses representados en simple arcilla. Todo había sido derrotado por un desfile de vicios.
Betucio se preguntó si acaso no serían esos horribles asesinatos de la Metamorfosis más que el reflejo de aquella enfermedad tan visible en los salones del palacio, el reflejo de la perversión de los valores de Roma.
El reflejo de su horrible metamorfosis.
Quizá se idealizaba en exceso el pasado austero e íntegro de Roma, una tendencia de la parte desencantada y nostálgica de la sociedad al volver la vista atrás. Pero el pretoriano creía en él. Esa era la convicción que marcaba el curso de su existencia; el camino que trataba de recorrer aunque hubiera tramos, recodos en forma de banquete como el de aquella noche que le hicieran tropezar en su avance. Cuando aquella convicción flaqueaba, Betucio se acordaba de la figura de Lucio Anneo Séneca, de la certeza de que Roma aún podía parir hombres como él, de que no hacía falta buscar consuelo en retórica pasada ni en elevados principios. Séneca era real y estaba mejorando Roma. Betucio no coincidía con algunas de sus ideas expresadas en público, como su afirmación de que la monarquía era la mejor forma de gobierno puesta por la naturaleza a disposición del hombre. Respecto a esto último, Betucio sospechaba que no suponía más que una estrategia de Séneca para reforzar la imagen de Nerón. En cambio no podría estar más de acuerdo en su defensa fervorosa de la templanza, la razón y la virtud.
La mano del senador Séneca detrás de todas las reformas ordenadas por Nerón en sus dos primeros años al frente de Roma era evidente: disminución de los impuestos más onerosos, reducción de las recompensas que se pagaban a los delatores, persecución de la corrupción en las provincias más alejadas, restauración de parcelas de poder al Senado, pacificación de las fronteras en lugar de ampliar la conquista de nuevos territorios... Séneca era acusado por muchos senadores de engrandecer a Nerón, de revestirlo del aura de un rey. Pero para Betucio aquellas adulaciones públicas formaban parte de un plan para aplacar el ego del césar y para guiarlo por su manera de entender la vida.
El pretoriano contempló de nuevo aquella escena de excesos. Concluyó al cabo que si ese era el precio exigido a cambio de que Roma conservara la guía de Séneca, bien merecía la pena pagarlo. Torció entonces el gesto. Recordó que para ello era igual de importante el apoyo de Sexto Afranio Burro. Con el prefecto nunca se sabía.
—¡Betucio!
El saludo a su espalda lo liberó de sus reflexiones. Se giró con rapidez y se encontró con el rostro sonriente del senador Cneo Hosidio Geta.
—Senador —Betucio le devolvió una tímida sonrisa y agarró el antebrazo que el senador le ofrecía.
—Te he observado durante un buen rato mientras mi mente huía de mis compañeros de velada y de sus conversaciones. —Geta señaló con la cabeza hacia atrás, hacia un animado grupo de patricios—. Tus pensamientos parecían estar muy lejos de aquí. Viniendo de ti, eso puede resultar mucho más interesante que la perorata de unos borrachos con ínfulas. ¿En qué pensabas?
Geta era un hombre entrado en la cuarentena, de rostro atractivo, con un cabello negro brillante aunque canoso en las sienes. El cuerpo se adivinaba esbelto bajo una sencilla túnica de lino azul oscuro. Su perfume de limón era fresco, agradable. Betucio se fijó en la copa de vino que colgaba vacía de su mano. Titubeó. La pregunta le había cogido por sorpresa.
—Asuntos de la guardia, senador —contestó evasivo.
—Ya... —Geta estiró aquella palabra tan corta. Después hizo una seña a un esclavo para que le rellenara el vaso.
A Betucio le resultaba difícil compartir su complejo mundo interior, sus ideas. Incluso con las escasas personas que consideraba sus amigos. Carecía de la menor habilidad social para ello.
—Hablaremos en otro momento más propicio, fuera de todo este... bullicio —propuso el senador—. Quizá en la tranquilidad del peristilo de mi casa, sosteniendo ambos una copa de vino.
—Sería un verdadero placer, senador. —Betucio creyó percibir un ruego velado detrás de aquel ofrecimiento, como si el senador necesitara hablar con alguien.
Respetaba enormemente a Geta. Ese respeto no tenía que ver solo con su reconocimiento como héroe en la conquista de Britania y merecedor de un triunfo por ello, sino también con verlo combatir a su lado dos años atrás, vestido con una túnica no muy diferente de la que llevaba en aquel momento, oliendo igualmente a limón. Todo un senador de Roma empuñando un gladio para defender la vida del anterior emperador. La última vez que un senador había asido un arma en la ciudad no fue precisamente para salvar a un césar, sino para apuñalarlo.
Geta había sido una de las personas que junto a Lupo, un puñado de mercenarios y él mismo habían rescatado al césar Claudio y habían luchado en una sala no muy alejada de la que se encontraban ahora.
Betucio se fijó en que el senador parecía nervioso, atribulado. Incluso su apariencia no era del todo impecable.
—Bueno, también pensaba en el senador Séneca. —Betucio se esforzó por dar conversación a Geta—. En su brillante discurso del otro día sobre...
—¡Ah, Séneca! No me hables de él —bufó el senador—. ¿Sabías que su fortuna ha aumentado en medio millón de sestercios en apenas dos años? ¡Medio millón de sestercios! ¡Y las villas de su propiedad crecen por las provincias como si fueran las cabezas de la Hidra de Lerna!
—Esto... yo desconocía ese dato...
—Muy elocuente en su defensa de la virtud, en la crítica de la acumulación de bienes, pero él nada en la abundancia —continuó Geta—. Viendo sus acciones me queda más claro que las aguas de Bayas que, en realidad, adora todo cuanto censura. Es solo un usurero que aprovecha su cercanía al césar para enriquecerse. ¡Y para ello no duda en tratarlo públicamente como un rey oriental!
Una réplica aleteó en los labios de Betucio, una que defendía todas las mejoras que Roma había experimentado gracias al consejo de Séneca. Aquella réplica desapareció en su mente, sustituida por un pensamiento: quizá el senador Geta, héroe de Roma, tenía algún defecto después de todo. Como un exceso de orgullo y una cierta reticencia a valorar méritos ajenos.
—Ya... —Betucio estiró la palabra al igual que Geta había hecho un instante antes.
—Además, es evidente su escaso esmero en esclarecer esos asesinatos de la Metamorfosis. Varios senadores han apuntado que se debe a la condición de las víctimas. Si hubieran sido patricias... —El senador bebió un trago de vino antes de continuar—. ¿Cuántas van? ¿Cuatro?
—Eso tengo oído senador.
—¡Por Júpiter! Espero que los vigiles detengan pronto a ese loco, antes de que el pueblo se soliviante y se sienta abandonado. Se rumorea que incluso el propio Nerón está afectado por ello, aunque me cuesta creer que haya algo que lo afecte. En cualquier caso, el problema no va a desaparecer ocultándolo. Séneca debería saber ya cómo funciona esta ciudad, aunque no haya nacido en ella.
Un estallido de carcajadas hizo girarse a ambos hombres en dirección a la sala, brindando una pausa en su conversación. Tras un breve silencio, Geta, ceñudo, señaló con el vaso hacia una esquina.
Hacia Agripina, madre del césar y viuda de Claudio.
—Reconozco que Séneca sí ha beneficiado a Roma en una cosa: en alejar a esa harpía del césar —concedió Geta—. Por cierto, me pregunto qué hará aquí. Hacía un año de su última aparición pública junto a su hijo.
Recostada en un triclinio alejado de la cabeza de la cena, Agripina observaba a su alrededor desde sus ojos oscuros, brillantes. No parecía disfrutar ni un ápice.
—Reconozco la habilidad de Séneca: fue una gran idea llevar al palacio a esa belleza de liberta. Apuesto dos mil sestercios a que la adoctrinó acerca de qué decir al césar para enamorarlo. El qué hacer, seguro que ya lo sabía ella de antes. —Geta lanzó una mirada cómplice a Betucio.
El senador se refería a la joven de pelo cobrizo y piel blanca recostada en un triclinio a la derecha de Nerón. Actea, la amante del césar. Se rumoreaba que había sido Séneca quien había ordenado comprarla en un mercado de esclavos para que sirviera en el palacio. Al parecer, Nerón quedó inmediatamente obnubilado por ella y al poco tiempo ya ni siquiera dudaba en mostrarse en público a su lado, como aquella noche. Incluso en presencia de su esposa Octavia, la hija del difunto Claudio; un matrimonio con el que Agripina había querido terminar de apuntalar la legitimidad de Nerón pero que este desdeñaba.
Oponerse a la relación con la liberta Actea fue el gran error de Agripina, quien no logró separarla de su hijo a pesar de sus amenazas privadas y de sus reprimendas públicas. El césar, harto de su madre, optó por repudiarla y expulsarla del palacio. Por ello, la presencia de Agripina aquella noche, situada al lado de la emperatriz Octavia, resultaba toda una sorpresa.
—Supongo que Nerón la habrá invitado para guardar las formas. Es importante hacerlo delante de tan honorables invitados. —Geta señaló al grupo de jóvenes ebrios y extáticos en torno al césar. A duras penas podían mantenerse sobre los triclinios—. Si Séneca quiere realmente ayudar a Roma, también debería alejar a Nerón de sus amigos. Incluido mi propio hijo.
Betucio observó al senador, sorprendido por el deje de amargura. El pretoriano conocía de vista a Atello, el hijo de Geta, un joven espigado que reproducía con exactitud los rasgos de su progenitor tal y como debieron de haber sido treinta años atrás. En ese momento, al borde del desmayo por la ingesta de vino, reía como uno más en torno al césar.
El emperador no era nada acertado ni inventivo escogiendo amistades. Si se ponían en fila, todos aquellos jóvenes eran parecidos: vestidos con túnicas llenas de ribetes de oro, cabello ondulado y brillante, piel nívea apenas rozada por el sol, rostros ovalados, ojos tiernos con los destellos de arrogancia de quienes no se han esforzado lo más mínimo en la vida y desdeñan el esfuerzo mental y físico. Un grupo de arribistas, de aduladores, sin nada que ofrecer a la sociedad ni al imperio.
Betucio era consciente de que aquella era una opinión demasiado dura, propia de censores perdidos en las brumas de tiempos más austeros. Pero si incluso el senador Geta estaba acontecido por la visión de su propio hijo, quizá era bastante acertada.
El pretoriano recordó algo y sonrió con timidez.
—Quizá Lupo logre enmendarlo. —Señaló con el mentón hacia Atello—. Y no solo a él.
—Lupo hace lo que puede. —Geta hizo una señal a uno de los esclavos, que se acercó presuroso a rellenar de nuevo el vaso del senador—. Aún recuerdo que los golpes de una espada de madera duelen durante días y que no solo dejan marcas en la piel. Pero en el caso de mi hijo dudo de que logren moldear su carácter. Míralo, apenas se sostiene sobre el triclinio —dijo Geta tras apurar de un trago su vaso.
Betucio jamás había visto beber tanto a Geta. Se sintió incómodo al escuchar cómo un hombre al que admiraba criticaba a su hijo por abusar del vino cuando iba por idéntico camino apenas unos pasos detrás.
—Yo confío en Lupo. —El pretoriano trató de sonar optimista, aunque estaba intrigado por el comportamiento del senador.
—Sí —Geta sonrió sin apartar la mirada de su hijo—, yo también.
Betucio sabía que las palabras del senador eran sinceras. No en vano Tito Rutilio Lupo había participado junto a él en la conquista de Britania y fue igualmente merecedor de un triunfo por ello. Sin embargo, en el caso de Lupo, su trayectoria se vio truncada por un altercado con uno de sus hombres. Aquello supuso el fin de su carrera militar, aunque su amistad con Geta trascendió de la campaña. Tiempo después, Lupo entró en la guardia pretoriana, ascendió hasta el puesto de speculator y finalmente renunció al mismo dos años atrás. Había regresado a Roma tras un breve viaje al sur y en aquel momento se dedicaba a formar a jóvenes patricios en el arte del combate, a aquellos a punto de ser destinados en calidad de tribunos militares a alguna de las legiones dispersas por todo el imperio: el primer escalón del cursus honorum que habría de llevarlos al Senado años después. Muchos patricios dudaban de la fortaleza física y mental de sus vástagos, de su capacidad para afrontar el golpe de dos años de dura disciplina militar. Betucio comprendía sus dudas tras haberse hartado de ver jóvenes como aquellos. Por ese motivo recurrían a Lupo, para que «suavizara» dicho golpe. Aunque en realidad, Lupo no estaría «suavizando» el golpe, simplemente lo estaría cambiando de lugar: de una provincia lejana a sus propias casas de Roma. Atello, el hijo de Geta, estaba entre sus alumnos.
—No tengo noticias suyas desde hace un mes, ¿cómo le va? —quiso saber Betucio.
—Bien... bueno, teniendo en cuenta que está malgastando sus capacidades, aunque su testarudez no le permita reconocerlo. —Geta asintió mientras sonreía, seguramente recordando momentos compartidos con él—. No me malinterpretes, agradezco que me ayude con mi hijo, pero es una ofensa a los dioses tener a un hombre como él abroncando a jóvenes desagradecidos. Si quisiera sería aceptado de nuevo en la guardia pretoriana a pesar del prefecto Burro, estoy seguro. ¡Lo que hace falta en la guardia son más hombres con su talento! Pero ya conocemos a Lupo...
Unas estridentes notas de trompeta reverberaron de repente en la sala, se alzaron sobre el sonido del resto de instrumentos y lograron apagar las voces durante un instante. Eran el preludio de algún tipo de acontecimiento. Y aquellos días cualquier cosa era posible.
—Esto se está animando demasiado. —Geta observó con recelo a los músicos que hacían sonar las trompetas de nuevo—. Detesto acudir a estas cenas, pero debo mostrarme cercano al césar de vez en cuando. —El senador prorrumpió en unas sonoras carcajadas, sorprendido de sus propias palabras—. ¿Te lo puedes creer, Betucio? ¡Llevo despellejando un buen rato a todo este grupo de oportunistas y resulta que también me preocupo por guardar las apariencias! Me iré antes de que mi hijo me avergüence aún más.
Betucio se unió tímidamente a las risas de Geta sin dejar de observar de soslayo a los músicos. «¿Qué irá a anunciar esta vez el césar?», se preguntó. Sin saber de dónde venía, un repentino desasosiego se asentó en su estómago, quizá derivado del extraño comportamiento de Nerón aquella noche.
—En breve anunciaré mi retirada, ya no estoy para estos excesos. Además, temo que el césar pretenda obsequiarnos con una de sus interpretaciones de lira. —Entonces Geta señaló hacia los músicos, quienes hicieron sonar por tercera vez las trompetas.
En ese momento el emperador se puso de pie, una vez logrado que el murmullo de los comensales se atenuara. Con su movimiento logró que el silencio fuera casi absoluto. Nerón repasó con lentitud a los presentes, como si no supiera bien qué debía decir o hacer. O como si lo supiera pero dudara. Los bucles cobrizos del emperador, pegados a su frente por el sudor, enmarcaban como una corona oxidada la parte superior de su cabeza. Sus ojillos eran como dos cuentas diminutas que no cesaban de moverse, cada vez a mayor velocidad.
Betucio comprendió que estaba nervioso. Lo que más le intrigó, sin embargo, es que estaba totalmente sobrio. El pretoriano se disculpó con Geta, a quien dedicó una leve sonrisa, y se acercó hacia la posición de Nerón.
La silueta del césar aparecía y desaparecía ante sus ojos, tapada por las columnas, mientras caminaba con lentitud por el pórtico lateral. Cuando el silencio comenzaba a ser demasiado largo y los primeros comensales empezaban a murmurar, Nerón hizo una señal a uno de los escanciadores de vino. Un joven nubio, cuya piel brillaba de sudor, pareció desgajarse de las sombras. Portaba una jarra plateada que alzó como si fuera una ofrenda. El césar, para asombro de los presentes, la cogió directamente de sus manos. A continuación le ordenó que se retirara con un gesto seco de la cabeza. Una sonrisa temblorosa se dibujó en su rostro con rapidez, como si siempre hubiera estado ahí.
—¡Esta noche no me siento con energía para interpretar!
Su voz sonó aguda.
Un coro de voces comenzó a lamentarse. Muchas de ellas provenían de rostros que reflejaban, en realidad, un inmenso alivio. Varios de los amigos del césar trataron de animarlo, incluso uno de ellos comenzó a reclamar a gritos que trajeran su lira. Nerón se mantuvo firme en su decisión.
—¡Os juro que iba a hacerlo, los dioses son testigos! —exclamó encogiendo los hombros—. Y he de confesaros que tenía preparado un poema especialmente inspirado para esta ocasión, para esta noche purificadora del mes más purificador del año. —Nerón suspiró, alzó el rostro hacia el techo, apretó con fuerza la jarra entre sus manos ensortijadas y se la acercó al pecho—. Mas he sentido como los dioses me arrebataban la energía a medida que cesaba la luz del día entre resplandores naranjas. Yo, que hoy me he levantado tan vigoroso como Hércules, me tomo esta fatiga que ha asolado mi cuerpo, que ha agotado mi mente, como una advertencia de los olímpicos: no debo abusar del don con el que me han obsequiado. —Nuevos gritos de los comensales, acompañados por negaciones afectadas y cabezas echadas hacia atrás—. Pero podéis estar tranquilos, ya que los dioses también me han agraciado con el don de la generosidad. Esta noche en la que descansará el verso, no habrá sitio para las musas, pero sí lo habrá para las bacantes. ¡Yo mismo las voy a convocar escanciando con mis propias manos el mejor vino que Roma haya visto nunca! —Nerón alzó la jarra con solemnidad—. El vino que tengo entre mis manos ha sido elaborado a partir de uva amineana. Ha envejecido veinticinco años en las despensas del palacio, desde el ocaso del gobierno de Tiberio. ¡Y solo quedan dos ánforas de este caldo digno de los dioses! —El césar recibió una entusiasta ronda de vítores—. No, no me aclaméis todavía, pues solo uno de entre todos vosotros tendrá el honor de degustarlo conmigo. ¡Esta noche uno de vosotros será Júpiter y yo seré su copero Catamito!
Voces excitadas se alzaron en la sala. Algunos comensales gritaban sus propios nombres, golpeaban sobre el suelo con sus vasos o trataban de llamar la atención del emperador agitando los brazos. Varios se cayeron de los triclinios y continuaron chillando desde el suelo. El césar parecía ajeno a todo el ruido, extrañamente concentrado en su discurso. A pesar de la frivolidad del asunto, Betucio se fijó en que su gesto era serio, como si tuviera ante sí a los senadores de Roma en lugar de a un acantonamiento de borrachos.
—¡Es un honor para mí saber que tantos y tantos de vosotros reclamáis con vehemencia este honor! Pero, mis queridos amigos, esta noche he sido incapaz de conquistar mis sentimientos, así que no puedo ser ecuánime... —Nerón cerró los ojos creando expectación— ¡Ese honor recaerá en mi amado hermano Británico! ¡Acércate, hermano!
Todas las cabezas se giraron como una sola hacia una de las esquinas de la sala, desde donde el joven Británico, hijo del emperador Claudio y hermanastro de Nerón, miraba en derredor confundido.
—Mi querido hermano, no seas tímido —lo animó Nerón en tono meloso—. Pero, antes de nada, he de aclarar que no eres la única persona en esta sala merecedora de mi generosidad. También están mi querida madre... —Nerón inclinó levemente la cabeza hacia Agripina. Después levantó las cejas en un gesto que pretendía ser burlón— y mi querida esposa Octavia. Me he decantado por mi hermano tras recordar las sabias palabras de Valerio Máximo sobre el vino y las mujeres: «solo hay un paso entre la intemperancia del Liber Pater y los actos prohibidos de Venus». Y como ya os he confesado, hoy no tengo demasiadas fuerzas para tales actos... —El césar lanzó una exagerada mirada de pena a Octavia.
Un coro de carcajadas siguió a las palabras de Nerón. Agripina, por su parte, torció el gesto y un silencio incómodo se impuso entre los comensales más cercanos. Británico, con rigidez sumisa, se frotó ambas manos en su túnica y se levantó con lentitud de su triclinio no sin antes lanzar una mirada de cierto estupor a su hermana Octavia. Esta le sonrió dándole ánimos.
Varios comensales empezaron a vitorearlo. Era evidente que a Británico nada de aquello le hacía la menor gracia. Su rostro adolescente se había encendido con rubor, contrastando vivamente con sus cabellos rubios, que caían a ambos lados de la cara. Avanzó con su cuerpo espigado, huesudo, en torno al cual la túnica se balanceaba como un envoltorio mal atado.
—¡Ven, hermano! ¡Esta noche brindaremos también en memoria de nuestro amado padre, el divino Claudio! —exclamó Nerón con un deje de impaciencia.
Cuando Británico se hallaba apenas a diez pasos, el césar recogió de una mesa un vaso de plata. Al elevarlo ante sí, Betucio comprobó que tenía un pequeño esqueleto tallado. A pesar de la distancia, pudo notar que la mano de Nerón temblaba mientras lo asía. Daba la sensación de que el esqueleto danzaba de forma grotesca. Gotas de sudor corrían por su rostro y el cuello de su túnica aparecía oscurecido por la humedad.
Británico sorteó como pudo las extremidades lánguidas de los amigos del césar, algunos de los cuales apenas podían seguirle con la mirada, sin fuerzas para apartarse. El joven se colocó al lado de Nerón, de cara a los comensales pero ofreciendo su rostro al suelo. Británico asió el vaso y miró de soslayo a Nerón. El césar se giró para coger otro que tenía también un esqueleto tallado pero en este caso de oro.
—Aprovecha el día, no confíes en el mañana —dijo el césar a Británico.
Nerón llenó primero su propio vaso hasta casi llegar al borde, tras lo cual lo dejó sobre la mesa. A continuación, pidió a Británico que extendiera el suyo. A Betucio no se le escapó el rostro de concentración del césar, que no apartaba la vista de la jarra. Finalmente, la inclinó y rellenó el vaso de Británico. Lo hizo con parsimonia, fijándose en como caía el vino, que vibraba en tonos cárdenos. Una vez rellenado, Nerón se giró, depositó con cuidado la jarra en la mesa, cogió su propio vaso y se volvió hacia los comensales.
—¡Por Británico! —exclamó Nerón.
Todos los presentes repitieron el nombre en voz alta y bebieron hasta apurar sus vasos. Británico, que debido a su juventud no era un gran bebedor, tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás de forma un tanto exagerada. Era evidente que temía contrariar a Nerón, quien bebió con inusitada rapidez y con los ojos cerrados.
—¡Ya puede continuar esta maravillosa cena! —anunció el césar.
Los músicos comenzaron a tocar y las notas llenaron de nuevo la sala. Las voces de los comensales jaleaban a Nerón por su generosidad hacia Británico quien, con el semblante aún contraído en una mueca de perplejidad, se dirigía hacia su triclinio.
Nunca llegó a él.
Todo ocurrió con rapidez. Lo que al principio fue una tos propia de un atragantamiento se tornó en otra más profunda, más angustiosa. Parecía surgir de lo más recóndito de su cuerpo y el joven trataba de mitigar el sonido ahuecando uno de sus puños sobre los labios. Su espalda se convulsionaba al ritmo de la tos hasta tal punto que comenzó a llamar la atención de quienes estaban más cerca. Británico se llevó de repente ambas manos al cuello, tratando de introducir aire en sus pulmones con un resuello aterrorizado. Entonces se apretó la garganta; sus labios formaron una circunferencia por la que asomó como un punzón una lengua morada por el vino. Sus ojos comenzaron a inyectarse en sangre. Ya no brotaba ningún sonido de su garganta.
Comenzaron los intercambios de voces alarmadas, las risas desaparecieron y todo el salón pareció encogerse en torno a Británico. Los gestos de preocupación pronto se transformaron en pánico.
Betucio avanzó dando grandes zancadas y empujó al corro de comensales alrededor de Británico, quien se había caído al suelo tirando varias copas de vino. Lo observó ya de cerca y notó que se le erizaba el vello de la nuca mientras una sensación de impotencia le atenazaba el cuerpo.
Británico ya no se limitaba a apretarse el cuello. También se lo arañaba, arrancando tiras de piel y dejando tras ellas unas líneas rojas, finas, que se cruzaban furiosas con sus venas azules.
—¡Que alguien haga algo! —gritó la emperatriz Octavia.
Al oír la voz de su hermana, Británico se giró desesperado hacia ella. Octavia se arrodilló junto a su hermano manchándose el vestido con el vino derramado. Trató de agarrar sus manos y de apartárselas de la garganta, pero solo consiguió arañarlas.
—¡Por todos los dioses! —gritó Agripina, que se había acercado a la escena a empellones—. ¡Llamad al médico del palacio!
Varios pretorianos salieron corriendo. Betucio, agachado justo frente a Octavia, se fijó en que el rostro de Británico había alcanzado un tono morado oscuro.
Nerón, de pie sobre su triclinio para poder observar por encima de las cabezas, trató de hacerse oír.
—¡No os preocupéis, es solo un ataque de epilepsia! Yo... he leído sobre el tema y os puedo asegurar que se trata de eso. ¡El médico confirmará mis palabras en cuanto llegue!
Betucio había visto de cerca varios casos y era evidente que aquello no era un ataque epiléptico. Británico no temblaba, tampoco tenía espuma en la boca ni las pupilas vueltas. De hecho, cada vez estaba más rígido, su boca se encontraba casi seca y sus pupilas no podrían hallarse más centradas.
—Está bien. —Octavia trató de consolarle con el rostro anegado de lágrimas—. Te ayudaremos, hermano. El médico está a punto de llegar. Todo va a salir bien.
La mirada de Británico ya no saltaba de un rostro a otro. Pareció fijarse en algún punto perdido entre las sombras palpitantes del techo.
Murió con un último espasmo, su rostro convertido en una máscara rígida.
El cadáver de Británico fue retirado por toda una legión de esclavos. Lo envolvieron en una tela de lino y lo colocaron sobre una camilla que parecía demasiado endeble incluso para su delgado cuerpo.
Octavia salió caminando detrás de aquella inusitada procesión. Betucio la observó desde la distancia. Aquella joven había perdido en dos años primero a su padre y ahora a su hermano. Atrapada en un matrimonio sin amor, Octavia estaba destinada a convertirse en el enésimo ser solitario e infeliz de aquella jaula lujosa que era el Palatino.
La mayoría de los comensales permanecían en el salón. Únicamente los más ebrios fueron convidados a retirarse ayudados por esclavos. Era conocido que muchas de las personas pertenecientes a la élite de Roma aspiraban a ser partícipes de alguna cena de la que se hablara durante años. Aquella noche habían logrado su objetivo.
Una vez retirado el cadáver, los invitados salieron hacia el atrio. Nerón se había colocado cerca de la salida y fue recibiendo el pésame de todos ellos. Betucio torció el gesto al observarlo. Era evidente que nadie iba a acusarlo de envenenar a Británico, pues ambos habían bebido de la misma jarra. Todos habían sido testigos de aquello. Sin embargo, el pretoriano sentía que había algo que no encajaba.
Una de las últimas personas en abandonar la sala fue Agripina. Lo hizo tras lanzar una mirada de odio a su hijo. Después salió al atrio seguida de dos esclavas.
Betucio observó que el senador Geta se acercaba en ese momento a Nerón y le daba sus condolencias. Antes de irse se despidió de Betucio con un visible gesto de preocupación.
El pretoriano, espoleado por la curiosidad y aprovechando la procesión de comensales hacia el atrio, se acercó al triclinio de Nerón y a la mesa de bronce donde estaba la jarra con la que el césar había escanciado ambas copas. Al pretoriano ya le había resultado raro que Nerón llenara primero su propio vaso antes que el de Británico; sobre todo teniendo en cuenta toda aquella farsa de erigirse en una suerte de escanciador divino. Cogió la jarra con tiento, la levantó y, guiñando un ojo, miró a través de la boca para tratar de vislumbrar el interior. Recorrió con ambas manos el cuerpo ovalado y frío de la jarra y después pasó al asa. Tras repasarla con las yemas de sus dedos, detectó un pequeño agujero situado en la zona superior. Ya había visto algo así con anterioridad: su mente se vio de pronto asaltada por la imagen de un tosco dibujo esbozado sobre un pergamino.
Sexto Betucio comprendió en ese instante que Británico había sido envenenado.
Día I
Ante Diem VI Ides Maius – Lemuria
3
Aracne
Te creías mejor que Palas.
Tú, Aracne, quien tejiste las infidelidades de los dioses. Tú, hija de un simple tintorero de lanas, crecida entre tintes y vellones.
Has sucumbido a la vanidad. Tu ego se ha encumbrado hasta niveles permitidos solo en el Olimpo. No trates jamás de igualarte a una diosa.
¿Acaso creías que ibas a librarte de los dioses? Ellos siempre vigilan, siempre están atentos, siempre pueden alcanzarte. Eres habilidosa. No hay mortal que oville como tú, que deslice los hilos con igual ritmo, que maneje el huso con tu maestría. Pero no debiste desafiar a Palas. Tu sabiduría, tu arte, se debe a ella. ¿Por qué no te contentaste con ser la mejor de entre los mortales?
Decidiste competir con ella y ofender a los demás dioses tejiendo escenas irrespetuosas. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te burlaste de su lujuria?
Mostraste sus cuerpos de deidad transformados en meros animales. Aquellos en los que mutaron poseídos por la lujuria; tan cercanos a los mortales, tan débiles. Tú se lo recordaste con tus hiladas de seda y de oro. La diosa Palas fue testigo de tu afrenta. Debes pagar por ello.
¿Por qué otra vez? Creía que todo esto ya había terminado.
¡Regocíjate! ¿En qué otra ocasión de tu miserable vida tendrás ante ti a un ser semejante?
No sabemos cómo se llama en realidad. La llamas Aracne porque él te ha dicho que es ella. Pero ¿y si no lo fuera?
No trates de sembrar la duda. Ella es Aracne y vamos a transformarla por orden de los dioses. No hay más que hablar. Ahora deja que me concentre... Jamás había sentido una piel tan suave. Las líneas de su cuello, el contorno de sus hombros, la firmeza de sus brazos. Toda ella es armoniosa, digna de ser contemplada.
Los otros también eran bellos. Y ellos los mataron.
Porque, al igual que ella, tuvieron que ser castigados.
Esta no tiene miedo...
¿Qué dices?
No tiene miedo. Su mirada es desafiante. Si pudiera hablar no iba a pedir que la liberásemos, seguramente nos amenazaría. No es como los otros: no es sumisa.
Pronto cambiará de actitud. En cuanto le hablemos del monstruo en el que se va a convertir. Pero tranquila, Aracne, podrás seguir tejiendo por toda la eternidad con tu nueva forma.
Ella... no debería estar aquí. Fíjate en como lleva recogido el cabello, ¿no ves quién es, a quién sirve?
No importa quién fuera antes, ahora es Aracne.
¡Tú también te has dado cuenta de quién es! Pues entonces sabes que es un sacrilegio matarla ¡Iremos directos al averno si nos atrevemos siquiera a rozarla!
Los dioses sabrán perdonarlo, recuerda que somos su mano ejecutora. Ahora centrémonos en nuestra labor; imagina el corte por debajo de su vientre, el sonido del cuchillo rasgando el silencio, abriéndose paso a través de la carne. Imagina sus labios aún entreabiertos después de su transformación, como si su último aliento hubiera quedado atrapado entre ellos. Seguirá siendo bella, pero ya no será una mujer, sino algo más. Toda Roma podrá contemplarla. Al final, la diosa Palas será benévola otorgándole el don de la inmortalidad. Nadie en la ciudad te olvidará jamás, Aracne.
Tiene algo escondido debajo de la stola. Parece un pergamino... ¡Podríamos usarlo!
¿Cómo dices?
¡Sí, es un pergamino! ¡Podríamos escribir un mensaje en él o, mejor aún, podríamos dibujar un mapa! Hay espacio suficiente por detrás.
¡Vuelves a lo mismo! ¿De qué sirvieron tus anteriores traiciones, tus señales de arena? Nadie nos descubrió; no pudiste detener nuestra labor.
¿Estás seguro? No veo que hoy hayan venido todos los dioses a observar nuestro trabajo. Solo ha venido él... ¿Dónde están los demás?
¡No digas tonterías!
Te noto nervioso... Haces bien en estarlo porque esta vez nos atraparán. Dibujaré un mapa en este pergamino, indicaré dónde nos escondemos.
¿Sí? ¿Y con qué piensas dibujarlo? No veo que tengas tinta a mano.
Siempre suele haber mucha sangre. Tendré de sobra. También disponemos de punzones para escribir con ella. Lo haré cuando no mires, como hice con la arena.
4
El vigile
Publio Gabinio pidió que trajeran más luz en cuanto llegó a aquella zona del Foro. Aún faltaba para que amaneciera. Ni siquiera atisbó tonos grises cuando alzó la vista; el cielo aún pertenecía a las estrellas y, en el este, el templo del Divino Julio no era más que una geometría de líneas petrificadas y sombras densas. Al cabo, uno de los hombres acercó una antorcha. Derramó una luz naranja que nació justo a la izquierda de Gabinio. Este comprobó que la zona iluminada correspondía a una realidad tan terrible como se había imaginado.
El asesino de la Metamorfosis había regresado.
El ayudante de Gabinio, Quinto Minio, con sus enormes brazos cruzados sobre el pecho, las piernas ligeramente abiertas, se encontraba al otro extremo del cuerpo. Su rostro en sombras salió a la luz de la antorcha en cuanto vio a su superior; los ojillos perdidos en su enorme cabeza afeitada brillaron como dos diminutas cuentas de lignito. Saludó a Gabinio con la emoción de un perro hacia su amo, y este le respondió con un gesto despectivo que pretendía ser un saludo. El cadáver se extendía entre ambos, como una pesadilla desparramada sobre el pavimento del Foro.
Era el cadáver de una mujer joven.
—¿Alguien ha tocado algo? —preguntó Gabinio.
—No, señor —respondió Quinto Minio.
Gabinio asintió. Se fijó en el primer grupo de curiosos que trataban de observar por encima del semicírculo de vigiles que les impedían el paso. Tras ellos, por doquier, las carretas de reparto cruzaban el Foro y la noche con un traqueteo casi hipnótico. Pronto habría demasiados romanos enfadados, además de curiosos, como para ser contenidos. Tendría que darse prisa.
La mujer yac
