Capítulo 1
Londres. Febrero 1807
Sabía que apenas le quedaba aire. Samuel Gardner ceñía el cuello de Gilliam Gross con dedos implacables; la vida escapando de aquel cuerpo orondo y flácido, sus pies raspando el suelo, mientras los ojos azules del Jefe de espías de Pampilo buscaban en él cualquier resquicio de abjuración.
—¿Vas a decírmelo? —preguntó una última vez.
Había tardado varios días en encontrar el rastro de Jean Baptiste Fleures; el hombre que había conspirado con un alto cargo del ministerio de Exteriores para perpetrar un atentado al más alto nivel en Inglaterra. Fleures era el perro de presa de la inteligencia francesa en Londres, un hombre con el suficiente poder y contactos para lograr ocultarse de él. Pero Samuel había conseguido descifrar los movimientos de su enemigo, y estos le habían llevado hasta un edificio en los muelles regentado por la escoria humana que boqueaba en busca de oxígeno frente a él.
—Vamos —lo animó con voz sosegada—, sé que lo has hospedado aquí. Solo tienes que decirme dónde ha ido y te soltaré.
No pensaba hacerlo. Gilliam Gross era un criminal, proxeneta y asesino. El rastro de sus fechorías estaba marcado con sangre y vidas humanas. No merecía seguir respirando y no lo haría. Él también debía saberlo, por ese motivo miraba hacia cualquier punto de la apestosa habitación en busca de una salvación y movía sus fofas extremidades para intentar liberarse.
No tenía la más mínima posibilidad de conseguirlo, sin embargo. Sus secuaces estaban en el salón de abajo, jugando a los naipes y montando tal algarabía que no podrían escuchar sus gritos, aunque este fuera capaz de darlos. Samuel había buscado el momento preciso para abordarlo: cuando él había abandonado la partida, ligeramente afectado por el alcohol para subir a la planta de arriba a, según había dicho, «pedirle a la chica que recogiera sus cosas». Pensaban abandonar la ciudad al día siguiente; Samuel daba gracias de haberlos localizado antes de que eso ocurriera.
Necesitaba conocer el paradero de Fleures y neutralizar la amenaza que este suponía en tiempos en los que Inglaterra trataba de minimizar el daño causado por el Decreto de Berlín y el bloqueo continental a su comercio. Los agentes de Pampilo, cuya existencia era conocida por el espía francés, necesitaban poder centrarse en labores diplomáticas para garantizar las transacciones marítimas con los aliados.
—No solo pienso terminar contigo si no me lo dices. —Se acercó a su cabeza e inhaló el putrefacto olor a whisky malo y humedad—. Voy a destruir toda tu organización, voy a quemar cada ladrillo de los antros donde se mueve tu dinero y voy a liquidar a cualquiera que haya tenido relación contigo. ¿Lo entiendes?
Aflojó ligeramente la presión de sus dedos para que Gross pudiera responder. El muy bastardo no supo aprovechar la oportunidad.
—Jódete, cabrón —escupió con voz rasgada.
Espoleado por esa respuesta, Samuel esbozó una mueca ufana y cerró con fuerza sus puños en torno al ancho cuello de su víctima. Había otros modos de localizar a Fleures; no le importaba demasiado borrar a Gross de la ecuación, teniendo en cuenta todo lo que sabía de él.
Cuando este comenzó a tirar con sus regordetas y flácidas manos de las anchas muñecas de Samuel, casi sintió deseos de sonreír. Escuchó el sonido de sus pies arañando el suelo y experimentó un placer sereno al saber que iba a liberar a su país de otra rata inmunda. Sufría una especie de catarsis en momentos como aquel; una constatación de que amaba la vida que había elegido, la razón de ser de su existencia. Samuel no disfrutaba impartiendo dolor a las buenas personas, pero encontraba un solaz incomparable al ajusticiar a aquellos despojos humanos: depravados, proxenetas, asesinos, violadores, traidores…, hombres sin moral que utilizaban a seres inocentes para sus corrompidos fines.
—Voy a destruir todo lo que conoces —le susurró, a modo de despedida, cuando sintió en sus manos los primeros estertores de muerte.
El cuerpo inerte de Gilliam Gross cayó al suelo, y Samuel se pasó las manos por las anchas solapas de su abrigo de paño de alpaca. Miró la habitación en penumbra y se preguntó si tendría tiempo de inspeccionar el edificio en busca de pruebas acerca del paradero de Jean Baptiste Fleures. El peligro que él suponía para Inglaterra era incierto en ese momento, con Napoleón concentrado en derrocar a Rusia. No parecía que su papel fuera demasiado relevante en las circunstancias actuales, pero seguía siendo el hombre que había atentado sin éxito contra la vida del primer ministro inglés, lord William Grenville, y la obligación de Samuel era detenerlo y sacarlo del terreno de juego.
Se disponía a salir cuando un haz de luz procedente de la ventana se reflejó en un rincón en penumbra, desvelando la ubicación de un cuerpo acurrucado. Fue un destello rojizo lo que se filtró en su visión periférica. Samuel se detuvo, sin mirar hacia allí, escuchando y sintiendo aquella tenue presencia. No parecía una amenaza. De reojo, observó la figura compacta, la falda color oscuro, y dedujo que se trataba de una mujer, o quizá una niña. ¡Maldición! ¿Cómo no se había percatado antes de su presencia?
Cuando giró hacia ella, notó que se encogía. Debía estar asustada, aunque eso no hizo que fuera menos cauto a la hora de acercarse. No sería la primera vez que una predecible víctima se convirtiera en una arpía feroz.
—Tranquila —dijo con voz baja y templada—. No voy a hacerte daño.
Al dar otro paso hacia ella, la figura menuda se revolvió y se arrinconó contra la pared contraria, quedando expuesta al haz de luz que entraba por la ventana. Samuel sintió como si un puño impactara en su estómago al quedar enfrentado a un rostro pálido de facciones suaves y enormes óvalos verdes que lo miraban, no con el terror que él habría esperado, sino con una patente desconfianza.
—¿Quién eres? —preguntó como si fuera un fantasma y no una indefensa jovencita.
Ella debía serlo. Muy jovencita a juzgar por lo menuda e inocente que parecía. Tenía un aspecto desarreglado, con el pelo revuelto y tiznajos en el rostro y la ropa. Su piel era nacarada, sin embargo, y su vestido respondía más a la indumentaria de una señorita que a la de una criada.
—Nadie —respondió ella con la voz firme.
Sus expresivos ojos verdes estaban llenos de recelo, pero no de miedo. Acababa de verlo matar a un hombre y, sin embargo, no se la veía temblorosa y aterrada. Su expresión era más bien desafiante, con aquella mirada llena de interrogantes y la barbilla manchada de tizne alzada en actitud arrogante. Samuel se giró hacia el cadáver y después volvió a buscar sus turbulentos ojos esmeralda.
—¿Era algo tuyo?
No había pesar en la mirada de la muchacha, por lo que solo cabía suponer que no sentía aprecio por el despojo humano que ya no respiraba. Pero a veces las relaciones entre los miembros de una banda criminal eran complicadas, y, a pesar de las facciones delicadas del rostro de la chica, su aspecto exterior la proclamaban como una habitante del inframundo.
—Mi carcelero —dijo ella.
Sorprendido, Samuel recorrió la habitación con la mirada y se dio cuenta de que la estancia parecía concordar con el que sería el dormitorio de una chica joven. Había un cepillo del pelo —que ella debía usar poco a juzgar por su indómita melena rojiza— sobre la mesita de madera situada junto al jergón. También un pequeño libro con los bordes raídos y una muñeca de trapo que nada tenía en común con la edad de ella. ¿O quizá había juzgado mal su apariencia?
—Sal de ahí. Quiero verte.
—No —lo desafió.
—Puedes hacerlo tú sola o puedo obligarte a ello. ¿Qué prefieres?
Tras un instante de vacilación, la chica se levantó y dio un paso al frente, entrando en el círculo de luz. Desde luego, no era ninguna niña. Sus hombros estrechos ofrecían un marco compacto a las dos firmes y redondeadas colinas de sus pechos. La cintura, más estrecha aún, daba paso a unas caderas generosas y muy femeninas. No era muy alta, aunque su pose erguida y orgullosa le dotaba de unas exquisitas pulgadas más. El deseo que le despertó fue tan súbito que notó el tirón impertinente de su ingle cuando se encontró de nuevo con la turbadora mirada. Por un imperceptible momento, le pareció que se llenaba de temor o de algo parecido a la vulnerabilidad. Aquello, si no otra cosa, le hizo recapacitar sobre lo delicado de la situación, sobre las posibilidades que implicaba la presencia de una jovencita con semejante belleza y un porte que no dejaba de parecer elegante en un lugar como aquel.
—¿Estabas aquí contra tu voluntad?
Ella solo asintió con su fachada de puro recelo nuevamente en su lugar. Samuel se preguntó entonces, con no pocos motivos, por qué parecía desconfiar tanto de alguien que la había liberado de su «carcelero».
—Entonces vendrás conmigo —le anunció. Al fin y al cabo, era un agente de la Corona, y si la joven estaba retenida por la fuerza allí, su deber era ponerla a salvo.
—Creo que no, gracias —contestó ella, contra todo pronóstico.
La expresión de Samuel no varió un ápice, aunque fue consciente de haber entrecerrado aún más los ojos sobre ella. El gesto tuvo como respuesta una mayor elevación de su tiznada barbilla, lo cual ocasionó nuevas tensiones en su ingle. La chiquilla era demasiado obstinada para su propio bienestar.
—No debo haberte oído bien.
—Estoy segura de que sí.
—Se supone que estás aquí prisionera, pero no quieres ser salvada —repitió con voz pausada—. No es muy creíble.
—¿Saltar de la sartén a las ascuas? —inquirió ella con una arrogante ceja enarcada y una sonrisa discordante—. No soy tan tonta. Si él era abominable, no quiero imaginar cómo es el hombre que lo ha matado a sangre fría.
Aquella renovada seguridad lo dejó pasmado. Su voz tenía una cualidad ronca y grave que se le antojó insoportablemente seductora. Miró de nuevo hacia el finado criminal y se preguntó si no habría conseguido someter a la muchacha hasta el punto de haber cultivado su lealtad.
—¿No se te ha ocurrido que pueda ser el bueno?
—Tiene más hielo en la mirada del que tenía él. —Hizo un gesto con la cabeza para señalarlo.
Por mucho que se negara, desde el momento en que ella había reconocido estar allí contra su voluntad, a Samuel no le quedaba más remedio que liberarla, con su colaboración o sin ella. No obstante, y sin saber cuántos secuaces de Gross había en aquel cuchitril ni si acudirían a un grito de la joven, su mejor estrategia era convencerla por las buenas.
—Soy la autoridad. Eso es todo lo que debería importarte ahora. Dices estar prisionera, pero te niegas a ser rescatada. ¿Acaso has perdido la chaveta durante tu encierro?
—Puedo salir de aquí yo sola.
—¿Sabes dónde estamos?
Los muelles no eran el mejor lugar para una chiquilla como ella.
—Cerca del mar —contestó con cierta vacilación.
—Muchas cosas rodean al mar —apostilló.
—No importa dónde estemos. Encontraré el modo de llegar a Londres yo sola.
Samuel la miró sorprendido. ¡Ni siquiera sabía dónde estaba! Tardó varios segundos en digerir esa información. ¿Qué demonios estaba ocurriendo allí? ¿La chica no sabía dónde la tenían encerrada? ¡Y además se negaba a que la ayudase! Maldita mocosa… Contuvo sus ganas de zarandearla y se armó de paciencia.
—Ya estás en Londres.
Por primera vez, la pilló desprevenida. Ella no fue capaz de ocultar su reacción al saberse en la ciudad. Se tambaleó ligeramente y cerró los ojos un segundo.
—Háblame de ti.
Sus increíbles ojos esmeralda se habían nublado por un instante y su mirada se había perdido más allá del suelo, pero enseguida volvió a erguirse y adoptó aquella pose altanera de nuevo.
—No.
Las piezas de aquel puzle no encajaban, y eso lo ponía de muy mal humor. La muchacha estaba siendo retenida contra su voluntad, no manifestaba pesar por la muerte de Gross y tampoco se la veía aterrorizada por la presencia de Samuel. No parecía una prostituta, aunque no se le ocurría otro motivo por el que aquel conocido proxeneta pudiera tenerla cautiva. Tal vez todavía no la había iniciado y por eso conservaba aquella pátina de arrogancia. ¿Cómo iba a convencerla de acompañarlo por las buenas?
Samuel empezó a captar sonidos provenientes del exterior y temió que alguien pudiera descubrirlos de un momento a otro. Lamentablemente, el periodo de gracia había llegado a su fin. Se metió la mano en el bolsillo del abrigo y, antes de que la joven lograra darse cuenta de lo que ocurría, la agarró por el brazo, tiró de ella hasta rodearla por la cintura y con la mano libre la amordazó con su pañuelo mientras ella forcejeaba.
—Si nos descubren te rajaré la garganta antes de permitir que nos atrapen —le susurró al oído, captando un olor suave y femenino que lo confundió. Todo en aquella chica era desconcertante: su presencia en el edificio, las cosas que no parecía saber, su actitud beligerante. Y también las sensaciones tan extrañas que despertaba en él—. ¿Vas a portarte bien?
Ella gimió contra el pañuelo y se zarandeó contra su cuerpo, despertando nuevas vibraciones agradables en cada fibra de su ser. La mirada que le dedicó debió ser lo suficientemente elocuente, porque ella se quedó inmóvil, con sus enormes ojos verdes llenos de sorpresa.
—Eso está mejor, cielo.
Samuel aprovechó esa quietud para atar el pañuelo por detrás de su cabeza, y después se la echó al hombro, con las consiguientes protestas por parte de la combativa muchacha, que empezó a revolverse. Encontró un placer casi infantil en darle una palmada en el trasero cuando se acercaba a la puerta.
—Nada de patadas —le advirtió mientras abandonaban la habitación y, minutos más tarde, aquel edificio inmundo.
Los recibió el aire fresco y ligeramente fétido de los muelles londinenses. Una delgada capa de nubes oscurecía el cielo estrellado, aunque nada podía eclipsar esa noche el resplandor de la luna.
La bajó al suelo y le tendió una mano para que subiera a su carruaje: una berlina negra, espaciosa y bastante corriente que usaba para las labores de la agencia, que era como solía llamar a la división del servicio de espionaje que dirigía.
Ella lo fulminó con una mirada gélida, negándose a entrar, y Samuel sintió que se le tensaba el estómago cuando pudo contemplar su rostro con algo más de luz. Era exquisita, a pesar de la mugre que la cubría. Sus ojos eran dos ópalos verdes, enormes, almendrados, rodeados por un tupido cepillo de pestañas oscuras. La nariz era delicada, respingona. Sus mejillas altas y elegantes descendían hacia un mentón suave, formando un óvalo perfecto rodeado por una densa mata de cabello rojizo. ¿Eran pecas las que bailaban sobre sus pómulos y nariz? Era difícil saberlo debido al tizne.
Se inclinó para quitarle la mordaza a cambio de que la obstinada joven aceptase subir los escalones de su vehículo. Fuera del viciado aire del edificio de Gross, pudo percibir el tenue aroma a rosas que emanaba de ella. Rosas. Parecía increíble.
—Es usted un bellaco —sentenció con expresión furibunda antes de entrar en la cabina.
Samuel cerró los ojos y se armó de paciencia. Debía andarse con ojo o aquella hechicera de ojos imposibles lo enredaría en su dedo meñique y le convencería de cualquier cosa que quisiera. Por suerte, estaba acostumbrado a tratar con bribones de ambos sexos.
No muy bien se hubo acomodado en el asiento frente a ella, le dedicó una expresión decidida e inflexible. Se desabrochó el abrigo y cogió su bastón para dar unos golpes en el techo e indicarle a Crowle que iniciara la marcha.
—Tu nombre —exigió en tono ominoso.
—Elena.
Por el modo en que alzó la nariz, supo que mentía.
—Tu nombre de verdad —insistió sin inmutarse.
—Danielle —admitió con fastidio y cierta rebeldía—. No le diré nada más.
A Samuel no le pasó desapercibido que ella seguía usando un trato formal para referirse a él, a pesar de que la había tuteado desde el momento en que le habló por primera vez. Había ciertos indicios en ella que le hacían pensar en una educación cuidada. Su dicción era perfecta; sus modales, aunque belicosos, también eran refinados; la desenvoltura con que se movía… Estaba acostumbrado a fijarse en esas cosas y sabía distinguir la clase cuando la veía, aunque estuviera enterrada entre tiznajos.
—Cariño, me lo dirás todo. —Se le daba muy bien ser petulante y, sin duda, parecía el mejor modo de tratar con aquella pequeña fierecilla.
—¿Y si me niego?
—Mira, tienes dos opciones: decirme quién eres y por qué estabas con Gilliam Gross o visitar los juzgados de Bow Street. Tú eliges.
Dicho eso, apoyó la espalda contra el respaldo y la miró con indolencia. Pensaba ganar aquel duelo.
—Creo que prefiero a la autoridad competente que a un asesino a sangre fría —sentenció, desviando la mirada hacia la ventanilla.
Pero Samuel no podía dejar que ella hablara con la policía. Sus asuntos, incluso aquellos que eran un mandato directo del Gobierno, debían ser completamente anónimos y clandestinos. La división Pampilo había sido creada años atrás por Jason Blackstone justo para eso, para desarrollar aquellas acciones e investigaciones que Inglaterra no podía hacer públicas. La búsqueda y eliminación de Jean Baptiste Fleures era una de esas misiones que estaba bajo secreto de estado.
—Cielo, no creas que entrarás allí como la reina de Saba y correrán prestos a salvarte de mis fauces. Ni siquiera te escucharán.
Ella se volvió para dedicarle una mirada llena de superioridad.
—Oh, créame, lo harán.
«¿De modo que esas tenemos…?». La chica no sabía con quién estaba tratando. Si creía que con aquella farsa iba a lograr que dudase o que hiciese lo que ella quería, se equivocaba por completo. Tenía que admitir que tenía arrestos y carácter, pero la había sacado de un agujero inmundo y no iba a permitir que ella lo olvidase.
—No cuando te presente como la puta de un criminal con aires de grandeza. —Eso le hizo abrir los ojos con perplejidad—. Créeme tú a mí; por el aspecto que luces nadie dudará de mi palabra. Soy un hombre muy influyente. Si yo digo que no eres más que una meretriz desquiciada nadie creerá ni una palabra de lo que digas. Te meterán en una celda mucho menos agradable que la que tenías hasta ahora y tirarán la llave.
El odio que se dibujó en sus ojos le quitó el aliento. Ella debía ser una terrible enemiga, y una criatura fogosa bajo el cuerpo de un amante experimentado. La visión le resultó tan dolorosa como un puñetazo en la ingle. Entendió con sorpresa que quería seducirla, hacer con ella cosas prohibidas en el mundo civilizado. Inspiró hondo y esperó su respuesta.
—Es usted un maldito… —pareció buscar la palabra adecuada para describirlo— déspota.
Se aproximaba bastante a la realidad, así que le concedió su beneplácito con un asentimiento de cabeza y alzó la mano para indicarle que seguía esperando una respuesta.
—Se lo contaré porque no me deja otra opción —terminó por decir; su expresión llena de resentimiento—. He dicho la verdad sobre mi nombre. Y… estaba en ese lugar porque Gross me secuestró hace un año y me retenía contra mi voluntad.
Samuel tuvo que hacer un gran esfuerzo por ocultar su reacción. ¡Un año! No le sorprendía la belicosidad de la joven ni el hecho de que desconfiase de él. Se preguntó qué clase de cosas habría tenido que soportar ella en todo ese tiempo y le costó no dejarse llevar por la compasión.
—¿De dónde eres?
La joven suspiró, resignada.
—Vivo en Londres gran parte del año; fue aquí donde me secuestraron. —Se puso a mirar por la ventanilla, con expresión distante—. Me ha mantenido escondida en distintos lugares, aunque la mayor parte del tiempo la hemos pasado en ese antro junto al mar. También viajábamos a otras ciudades y a posadas en medio del campo; me vendaban los ojos hasta que llegábamos, por lo que nunca supe dónde estaba exactamente. Cada dos meses me deja ver a mi padre a cambio de que él le… financie, supongo. Procuran no hablar de los términos delante de mí. Lo he visto seis veces desde que me llevaron. Un año.
Y esa era su única referencia temporal, supuso Samuel. A pesar de las muchas barbaries que había visto y cometido, sintió una rabia corrosiva por la vida truncada de una joven tan hermosa y con tanto brío como ella. Ahora que había bajado la guardia y empezaba a colaborar, era perceptible aquel halo de vulnerabilidad que se le daba tan bien ocultar.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinte.
Sí, eso coincidía bastante con su apariencia, aunque Samuel había creído que tendría algunos menos. Debía ser por el aspecto desarreglado, que le hacía parecer una niña traviesa que se había metido en líos. Aunque contemplándola en ese momento, con las manos en el regazo y la expresión serena, cualquiera podía darse cuenta de que era una dama.
—Tu nombre completo —exigió.
—¿Cómo sé que puedo confiar en usted? ¿Cómo sé que no renovará el chantaje de Gross o algo peor?
Sus dudas eran lógicas, y su desconfianza también. La muchacha no tenía ningún motivo para creer que él iba a protegerla o que era un agente de la autoridad como le había mencionado anteriormente. Había visto lo peor de él, a decir verdad. Era sorprendente que no estuviera muerta de miedo y acurrucada en el rincón.
—No lo sabes —siguió con tono inflexible. Parecía un método que funcionaba con ella—. Tu nombre, Danielle.
La joven cerró los ojos con fastidio y enterró los puños en la deslustrada y ruinosa falda de su vestido. Para ella suponía un salto de fe. ¡Un año! Aunque mostrase aquel carácter fuerte y orgulloso debían haber sido muchos los infortunios que había padecido.
—Te ayudaré —añadió, dejándose llevar por la compasión.
Ella respondió a eso con otra de esas miradas desafiantes que casi le hizo sonreír. Alzó la barbilla tiznada y se irguió con aire majestuoso.
—Lady Danielle Adrich. Mi padre es el conde de Hersset.
Samuel agrandó los ojos y apretó con fuerza el mango de su bastón. No esperaba semejante revelación. ¡Una dama! ¡Ella era una dama! Intuía que tenía una buena educación por su modo de comportarse, pero jamás habría pensado que perteneciera a la aristocracia. Eso lo cambiaba todo.
La miró desde un nuevo ángulo. Debajo de la mugre se podía apreciar la exquisitez de sus rasgos, la serena belleza de una mujer criada entre algodones. Sí, solo había que fijarse para verlo. Era una flor protegida… pero mancillada. Se había convertido en una mujer arruinada. Era poco probable que continuara siendo virtuosa después de pasar un año en manos de Gross. De repente, sintió una lástima profunda por ella, y también una furia visceral. Se esforzó por reprimir ambas emociones, pero llegaban en oleadas.
Necesitaba aire fresco.
Golpeó el techo del carruaje e hizo que se detuviera. Se bajó con presteza y cerró la portezuela con un sonoro portazo. Anduvo a zancadas por delante del vehículo y compartió su desasosiego con los caballos, que reaccionaron a su tensión con bufidos y movimientos inquietos de sus patas. No quería que ella pudiera asomarse a la ventana y verlo en ese estado. Crowle, el cochero, fingía no enterarse de nada, y Samuel lo agradecía. Quería pegar a alguien, pero el principal responsable de aquello estaba muerto. También podría volver a aquel antro y desmontarlo ladrillo a ladrillo, cabeza a cabeza. Eso lo reconfortaría, pero no cambiaría el hecho de que le habían arruinado la vida a aquella chica.
Algo más tranquilo, minutos después, se acercó al pescante y le dio una dirección a Crowle, que inclinó la cabeza con discreción.
Cuando volvió a subir, el recelo de la chica se había extendido a la postura de su cuerpo. Creería que iba a hacer algo con aquella información, algo desagradable. No confiaba en él. No lo había seguido por voluntad propia. Él mismo había vuelto a secuestrarla de manos de sus captores.
—¿Qué va a hacer? —preguntó en tono vacilante.
Samuel no estaba muy dispuesto a contestar preguntas. Estaba furioso. ¡Cómo había podido negarse a ser rescatada de manos de semejante criminal! ¿De verdad pensaba que estaba mejor en aquel sórdido lugar que con él?
—Estás arruinada —le aclaró con voz ominosa.
—¿Y pretende usarlo a su favor? —Un filo de temor se filtró en su expresión; tal vez no fuera tan insensata como parecía.
Samuel cometió el error de alzar la mano para sujetar su delicada mandíbula y obligar a aquellos inmensos ojos verdes a enfrentar su mirada. Ella intentó zafarse, pero él hundió los dedos con crueldad en sus mejillas. Se quedó paralizado por su belleza. Esa muchacha le despertaba unas emociones absolutamente incontrolables. Ternura, rabia… deseo. Aquel desafío constante y sus maneras arrogantes lo excitaban a niveles incompresibles. Ella le estaba preguntando directamente si pensaba usar su cuerpo, y lo que le provocaba contestar le revolvía las entrañas.
—No creo que nadie me lo reprochara si te pusiera sobre mis rodillas y te azotara ese orgulloso trasero por ser tan deslenguada.
—No le tengo miedo —escupió.
—Deberías.
La soltó con brusquedad y decidió mantener sus manos lo más alejadas posible de ella. Samuel guardó silencio mientras veía transcurrir la ciudad ante sus ojos. Ella se reacomodó en el asiento pasados unos segundos y también optó por mirar a través de la ventana. Cuando el carruaje por fin se detuvo, después de una tensa eternidad, Samuel escuchó como la muchacha contenía la respiración. Su destino estaba frente a ellos, en la ventana por la que él miraba. Ella debía haber reconocido la zona y, olvidando cualquier cautela, se lanzó hacia su lado del carruaje para comprobar sus sospechas.
Se quedó con aquella expresiva mirada completamente fija en el edificio de piedra y escayola. Su labio inferior tembló por un efímero instante, hasta que ella lo apresó junto al otro entre los dientes. Su pecho se agitó en una sucesión de incompletas respiraciones y las delicadas manos se prendieron del borde de la portezuela hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Samuel se sintió sobrecogido por su dolor, por aquel despliegue de vulnerabilidad impensable en la chica que no había dejado de enfrentarse a él durante más de una hora.
—Papá —susurró casi en un sollozo.
Tras varios segundos en los que ella pareció perder toda conciencia de la realidad, se giró hacia él, como si acabase de recordar su presencia y su responsabilidad en lo que ahora tenía delante.
Abrió la boca para decir algo, pero ni siquiera un graznido fue capaz de abandonar su garganta. Hablaron por ella sus enormes ojos esmeralda, que se inundaron de alivio y gratitud. Le resultó tan opresivamente insoportable que se bajó del carruaje con un seco «vamos allá». Si esa testaruda muchacha volvía a mirarlo así, como si él fuera el sol y la luna que daba sentido a su mundo, la tumbaría sobre el suelo en mitad de cualquier sitio y no pararía hasta llenarla de todo lo que él era como hombre y como monstruo.
Capítulo 2
Danielle creyó que sus piernas no la sostendrían.
Ni siquiera se atrevía a dar los pasos que la separaban de la puerta principal. Tan irreal le parecía todo que temía que pudiera desvanecerse antes sus ojos en cuanto se pusiera en movimiento.
La imagen de Hersset Hall se hizo borrosa a través de sus lágrimas, pero el brazo fuerte y rudo de su salvador la arrastró a través del patio de entrada y de los escalones que precedían a la puerta. A pesar de su brusquedad, ella lo miró con veneración. Se había equivocado con él. Por completo. Se jactaba de su frialdad, pero había mucho más que hielo sobre la superficie.
No olvidaba que le había visto quitar la vida a un hombre con sus propias manos y sin el más mínimo remordimiento, desde luego, pero no se trataba de un hombre cualquiera, sino de aquel que había convertido su vida en un infierno. Al margen de la crudeza de aquel acto, no sentía rechazo por cómo se había comportado. Por el contrario: toda aquella fachada implacable y autócrata la fascinaba.
Y él se tenía por un hombre despiadado. ¡Ja! Danielle había convivido por más de un año con hombres verdaderamente desalmados. La falta de humanidad, de principios y de honor de aquellas personas, hombres y mujeres que la habían retenido, eran difíciles de comprender. Le había costado muchos altibajos llegar a aceptarlo y a superar las cosas que había tenido que ver.
Jamás la habían dañado, más allá de las mezquinas humillaciones de ellas y de las insidiosas vejaciones de ellos. Gross la había protegido, maldita fuera su alma corrupta. A pesar de la iniquidad de sus actos, se había negado a que la violasen, a que ninguno de sus hombres la forzase sexualmente.
«Ella no es María», le había dicho una vez Clayden con los ojos inundados de una depravación que había estado a punto de desmayarla. Fue una de aquellas veces en las que uno de los secuaces de Gross había intentado intimidarla, y él había respondido con excesivo celo. Lo había llevado al patio de la casa donde vivían entonces y le había descerrajado un tiro en la cabeza.
No sabía quién era María, ni qué había significado en la vida de su captor, pero el recuerdo de ella la había mantenido a salvo. Su cuerpo. Le había permitido preservar su cuerpo, pues dudaba que pudiera volver a ser inocente alguna vez.
Después de aquellas experiencias, el hombre que le rodeaba la cintura no la podía intimidar ni asustar, pues tenía algo que ninguna de las personas con las que había convivido durante los últimos doce meses poseía: conciencia.
A pesar de su negativa, la había sacado de aquel lugar inmundo, y no para aprovecharse de ella, sino para rescatarla. Sus malos modos eran innegables, pero en cuanto había descubierto su identidad la había llevado de vuelta a casa. A su hogar. Contuvo un sollozo y parpadeó para ahuyentar las lágrimas.
Cuando el sonido de los nudillos contra la puerta consiguió traspasar la bruma de sus pensamientos, su cuerpo entero fue presa de una tensión insoportable. Se envaró de tal modo que incluso sintió como el brazo que la rodeaba se relajaba, en un intento por tranquilizarla.
La puerta se abrió y el rostro adormilado de Hostings perdió todo el color. Solo un largo parpadeo y un ligero temblor de su mandíbula delató la impresión del mayordomo.
—Milady —susurró, estupefacto mientras su acompañante la instaba a entrar.
Danielle no podía apartar los ojos de aquella cara afable que tantas veces la había observado con ese orgullo tan modesto del servicio. Hacía un año que no lo veía y las emociones contenidas estaban a punto de desbordarla. De nuevo notó que le fallaban las rodillas, pero el firme brazo que rodeaba su cintura la afianzó contra el cuerpo grande y robusto a su lado.
Rompiendo cualquier protocolo que le hubieran inculcado, Danielle extendió una mano y la posó sobre el hombro de su mayordomo.
—Hostings —murmuró con la garganta constreñida—. ¿Podrías avisar a papá?
El mayordomo se irguió varias pulgadas sobre su propia altura. Era, y siempre había sido, un hombre emotivo. Danielle supo que estaba conteniendo las ganas de llorar.
—Sí, milady. —Aquellos ojos grises llenos de ternura la miraron como si fuera un espejismo—. Bienvenida a casa, lady Danielle.
—Gracias. Muchas gracias.
—¿Hay un lugar más adecuado que el recibidor? —preguntó su acompañante, con patente incomodidad.
—Claro. —Se recompuso y lo guio hasta la sala de recibo.
El cálido interior de adamascado beige la recibió con un puñetazo de familiaridad. Hasta ese momento no había recordado que se encontraba en su hogar, que todos aquellos muebles, candelabros, cortinas y cojines habían formado parte de su vida, que aquellos suelos de mármol habían visto correr sus pasos durante diecinueve años. Una sensación de paz la envolvió y cerró los ojos para embeberse de ella.
—Siéntese —le ofreció, sin mirarlo.
No creía poder soportar la intensidad de sus ojos azules en un momento tan emotivo como ese. Se giró en derredor sin poder evitar la sonrisa. ¡Estaba en casa! El olor era el de siempre, el aspecto de la salita y del recibidor tampoco habían cambiado en ese tiempo. Se acercó hasta la mesa de palisandro donde reposaba un centro de peonías, la flor favorita de su madre, que su padre pidió que adornara todas las estancias después de que ella faltase.
—¡Danielle! —La voz chillona de Kimberly la sorprendió minutos después.
Antes de ser capaz de asimilar la presencia de su hermana pequeña, ella se lanzó a sus brazos con un chillido mitad feliz mitad desgarrado. Danny la abrazó con fuerza y besó su mejilla, con el corazón bombeando dentro de su pecho a un ritmo enloquecedor. Su mirada captó la reacción de su salvador, que puso los ojos en blanco y se giró incómodo hacia la ventana. No había aceptado la invitación de sentarse, al parecer.
—¡Kimmy, cálmate! —rio—. ¿Dónde está papá?
—Hostings temía que le diera una apoplejía si le soltaba la noticia de sopetón. Benedict ha ido a buscarlo y a prepararlo para la impresión —sonrió hacia ella—. ¡Oh, Danielle! ¡Estás en casa! Pero… ¿cómo?
Entonces, los ojos de Kimmy se movieron por la estancia hasta encontrar la imponente figura de su rescatador, con un brillo de interés que casi la hizo sonreír. La coqueta Kimberly. No podía mirar a un hombre guapo y dejar de soltar una risita. Olvidándose por completo de su hermana recién aparecida, se encaminó hacia él y le tendió una mano, desvergonzada.
—Oh, esto debe haber sido un milagro suyo, señor. Déjeme expresarle todo mi agradecimiento. Me llamo Kimberly Adrich.
Danielle contuvo la risa al ver la expresión incrédula del hombre. No esperaba ser acosado por una quinceañera; eso era un hecho. Kimmy era una joven hermosísima, con sus radiantes ojos verdes y su lánguida expresión. Dos hoyuelos de lo más injustos, pues ningún otro Adrich los poseía, adornaban sus mejillas, y unas tupidas pestañas castaño oscuro ayudaban al esplendor de sus parpadeos. Era una niña aún, una niña traviesa, pero había conseguido poner un nudo en la garganta de muchos hombres atractivos.
No era el caso de su salvador, que la miraba a ella como si acabara de ver un caballo con dos cabezas. A pesar de su disgusto, logró hacer una reverencia a su hermana pequeña y soltarle un saludo cortés.
—Es un placer, milady.
—Este señor ha logrado rescatarme, Kimmy. Aunque no estoy muy convencida de que se alegre —anunció con un leve tono de reproche en su voz.
Si bien sonrió al decirlo, a él no pareció hacerle mucha gracia. Se limitó a mirarla con desaprobación y después se giró con cierto recelo hacia la pequeña de los Adrich. ¿Sería posible que ella lo estuviera intimidando?
—Danielle —susurró una voz grave a su espalda.
Ella perdió toda expresión risueña y se quedó paralizada. Con los músculos agarrotados por una emoción abrumadora se giró hasta encontrarse con unos ojos idénticos a los suyos.
—Adam. —El nombre no salió de su boca. Solo fue capaz de articularlo con los labios.
De todos los miembros de su familia, su gemelo era la persona a quien más había extrañado. La cruel separación le había raspado las entrañas durante todos aquellos meses. Casi había llegado a creer a veces que la irrefrenable necesidad de llorar eran un reflejo del dolor que, seguramente, Adam era incapaz de exteriorizar.
—No puede ser —murmuró él, conmocionado.
—Adam —repitió ahora con más fuerza.
El acercamiento y el abrazo fue gradual, lento, progresivo; como si ambos tuvieran que convencerse de la presencia del otro. Pero en cuanto aquellos atléticos brazos la tuvieron rodeada, la apretó tan fuerte contra él que le costó respirar.
—Dime que no estoy soñando. Dios, Danny.
—Te he echado tanto de menos —le susurró al oído.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, presa de una euforia nerviosa al tiempo que la apartaba, sujetándola por los brazos para poder contemplarla—. ¿Cómo has conseguido…? ¡Dios!
Volvió a encerrarla en un abrazo asfixiante sin esperar respuesta. Parecía haber perdido el interés en las explicaciones muy rápido. Así eran los Adrich, pensó Danielle: intensos.
Se solazó en ese cálido recibimiento durante lo que le parecieron horas, hasta que notó una presencia que no pudo ignorar. Abrió los ojos y contempló a su padre, parado en la puerta con el semblante pálido. Durante los meses transcurridos, Danielle había sufrido la desolación de comprobar cómo él se iba deteriorando. Su situación y las exigencias de Gross lo habían ido debilitando y le dolió comprobar que la cosa había empeorado desde la última vez.
Detrás de él estaba Benedict, con las mejillas cuajadas de lágrimas, pero con una sonrisa que iluminaba toda la sala. Su hermano mayor era el más apuesto de todos los Adrich, con su cabello negro como ala de cuervo y los ojos de color miel más dulces que un hombre pudiera tener.
Adam la soltó y se giró también hacia la puerta, pero cuando vio que ninguno de ellos era capaz de moverse, la tomó de los hombros y la empujó en dirección a su padre.
Cuando llegó a él, se dio cuenta de que estaba paralizado. La miraba como si no pudiera creer que ella estuviera allí; incluso mecía ligeramente la cabeza, negándose a dar crédito a lo que veían sus ojos.
—Papá —murmuró—. Soy yo. Estoy en casa.
—Danielle, hija mía.
Danny le tomó la cara entre las manos y besó su mejilla, que estaba fría y ligeramente seca.
—Soy yo. Estoy a salvo, papá. Estoy aquí.
Unas manos temblorosas la sujetaron de los brazos y los ojos castaños del conde de Hersset se cuajaron de lágrimas. Apoyó la frente contra la de ella y después alzó los labios para besarla en la sien al tiempo que cedía a la realidad y la rodeaba para estrecharla contra sí. Danny cerró los ojos y contuvo un sollozo, dejándose envolver por la amada presencia de su padre. Se habían abrazado cada vez que Gross les había permitido reunirse, y él siempre le había susurrado palabras de ánimo y de afecto. Jamás la había responsabilizado por su secuestro, a pesar de que había sido imprudente aquella noche marchándose a casa sola. Por el contrario, el conde siempre se había sentido culpable por no haber sabido protegerla. Le había pedido perdón demasiadas veces por ello.
—¿Cómo es posible? —preguntó en voz baja.
Danielle abrió los ojos y extendió un brazo para pedirle a Benedict que le tomase la mano. Este se la estrechó y se acercó para depositar un beso sobre su cabeza.
—Bienvenida a casa, hermanita.
—Gracias —susurró, conmovida por verlos a todos.
—Usted debe ser el responsable de este milagro —escuchó decir a Adam, después de carraspear para aclararse la voz.
Todos se volvieron entonces hacia la alta figura de su rescatador. Tanto Benedict como Adam eran chicos altos y atléticos, pero no llegaban al porte del extraño que se hallaba junto a la ventana, contemplando la escena con expresión hermética.
—¿Es eso cierto? —preguntó el conde de Hersset—. ¿Ha traído usted a mi hija a casa?
—Buenas noches, milord. Así es. La encontré cuando… —la miró a ella con expresión cautelosa antes de continuar— arreglaba unos asuntos de índole personal. Ella me salió al paso y me contó que la tenían cautiva. En cuanto me dijo quién era supe que estarían deseando recuperarla.
Danielle le dedicó una mirada cómplice y asintió. Él no quería que supieran a qué había ido realmente a aquel lugar, y lo que acababa de contar era una versión bastante plausible de lo que podría haber pasado. Su familia no tenía que saber lo que había ocurrido esa noche, ni buena parte de lo que había vivido durante aquel último año.
—¿Dónde…? —Su padre apenas pudo susurrar la pregunta.
—En los muelles de Londres, milord.
Notó cómo el cuerpo de su padre se estremecía de horror. Era uno de los peores lugares donde una joven como ella podía acabar, pero el dolor del conde no solo se debía a la sordidez de la situación que había vivido, sino al hecho de que estaba mucho más cerca de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar.
—Está bien, papá —lo calmó con otro beso de afecto en la mejilla.
—¿Tiene una idea de lo que le debemos, señor…? —Fue Benedict quien se adelantó, tendiéndole la mano para estrechársela.
—Samuel Gardner. No me deben nada. Cualquiera en mi lugar habría ayudado a una dama en apuros —sentenció al tiempo que aceptaba el saludo cordial de su hermano.
«Samuel Gardner». Danielle paladeó el nombre en su mente y fijó los ojos en el apuesto rostro de su salvador. Su frente no era ni demasiado amplia ni demasiado estrecha, sino en la proporción perfecta para acoger unas cejas anchas y poco pobladas. Poseía un cabello color oro viejo, brillante y un poco ondulado, salpicado de mechones más pálidos de un tono parecido al ámbar. El azul índigo de sus ojos inteligentes era la nota discorde en medio de los tonos dorados de su piel y el resto de su persona. La nariz debía ser foco de envidia de algunas mujeres, pues era rectilínea y estrecha, de una perfección casi humillante. Todo ello quedaba eclipsado, sin embargo, por unos labios suaves y llenos, en un tono rosado muy agradable. No había una sola imperfección en sus facciones, nada que una mujer no quisiese admirar.
—Tiene que contarnos cómo ha ocurrido todo —manifestó Kimberly con entusiasmo, al tiempo que se acercaba de nuevo a ella.
Todos querían tocarla, abrazarla; asegurarse de que era real. Danielle tenía esa misma sensación, como si todo se pudiera desvanecer en un abrir y cerrar de ojos. Al imaginarse de nuevo en cualquiera de los sórdidos escondrijos de Gilliam Gross, rodeada de aquellas desalmadas gentes, se estremeció hasta la raíz del cabello.
—Tendrá que ser en otro momento —rebatió Samuel Gardner con decisión, al tiempo que se acercaba a su padre para prestarle también un saludo cordial. El conde de Hersset le estrechó la mano, aunque parecía sorprendido por su actitud—. Me temo que esta noche tengo aún cosas que hacer. Además, me consta que lady Danielle está agotada. Ella debería descansar.
Todos se dieron cuenta entonces de que el señor Gardner tenía razón y se volcaron para preguntarle si estaba cansada y si necesitaba algo. Ciertamente, Danny estaba hambrienta y daría cualquier cosa por un baño, pero viendo las ganas de huir de su rescatador, consideró oportuno tomar cartas en el asunto.
—Si no habéis cenado todavía —por las horas, lo dudaba—, me gustaría que lo hiciéramos todos juntos en el comedor. Eso me haría muy feliz. Kimberly, Adam, quizá podríais encargaros de eso. Y Benedict, si fueras tan amable de pedir que me lleven la bañera a la habitación. Mira qué desastre estoy hecha.
—Estás hermosa, hija mía —objetó el conde con mirada atormentada.
—Y tú deberías ir a descansar mientras lo preparan todo —le dijo con afecto, acercándose a su padre y dándole un abrazo breve—. Yo… Me gustaría tratar un asunto con el señor Gardner —se volvió hacia él— antes de que tenga que marcharse.
Dadas las circunstancias, nadie parecía dispuesto a llevarle la contraria, así que todos comenzaron a salir de la sala con los ojos henchidos de felicidad por tenerla de vuelta en casa. Benedict, que fue el último en salir, tuvo la prudencia de dejar la puerta abierta, para salvaguardar el decoro. Danny miró sus ropas andrajosas y sintió deseos de reír.
—Seguro que se arrepiente de haber entrado conmigo —arguyó en un intento de diversión. No podía evitarlo. Se sentía radiante a pesar de todo lo vivido. ¡Estaba en casa!—. Quizá incluso se arrepienta de haberme rescatado, señor Gardner.
—No fue una elección, lady Danielle. —Su voz era cálida y vibrante como un diapasón; tenía un efecto asombroso en la boca de su estómago—. Era mi deber. Reconozco que me sobrepasa el melodrama, y el ajeno me resulta incómodo, además, pero volvería a actuar del mismo modo.
—Es usted un hombre de honor, entonces. —Asintió—. Mi familia le está muy agradecida. Espero que nos obsequie con su presencia y que mantenga esa versión más… apacible de lo que ha ocurrido esta noche.
Estaba claro que a ambos les interesaba dulcificar el modo en el que la había rescatado. Ni a él podía interesarle que lo relacionaran con la muerte de Gross, ni ella quería explicar los motivos por los que había tenido que obligarla a escapar.
—Tendrá que contárselo usted misma. —A Danny no le pasó desapercibido el trato de repente formal—. Y podrá inventar una versión todo lo apacible que guste, milady. Yo no tengo ninguna intención de hacer visitas.
Aquello fue dicho en un tono poco amistoso. La postura recia de su cuerpo también indicaba que no se encontraba nada cómodo teniendo esa conversación. Quería marcharse. Podía notarlo. Sin embargo, Danielle se resistía a dejarlo ir.
—Eso me parece bastante injusto, dado que me ha salvado del mismísimo infierno y me ha devuelto a mi hogar y a las personas que amo. Lo educado sería que nos dejase expresar nuestro agradecimiento.
—Si tiene el debido interés por agradecerme lo ocurrido puedo facilitarle una dirección. Recibo a partir de las once de la noche. —Le guiñó un ojo con picardía al decirlo, repasando su cuerpo con mirada experta.
Aquel nuevo intento de parecer grosero no causó en ella el efecto que el señor Gardner deseaba. Se acercó con pasos tranquilos y calculados. Le hacía gracia, en cierto modo, que él quisiera ahuyentar cualquier sentimiento amable por su parte. Casi se atrevería a pensar que saldría de su casa hecho un basilisco si le confesara que se sentía fascinada, que lo encontraba increíblemente atractivo y valiente. Que lo admiraba profundamente.
—Da igual lo terco que se ponga. Me ha salvado la vida y siempre le estaré agradecida por ello. Y, aunque no le guste, mi familia también lo estará.
—Ni siquiera era mi intención salvarla, milady —protestó con el ceño fruncido—. No debería conferir tanto valor a nuestro encuentro. No soy ningún caballero de brillante armadura.
—No. Es cierto. Es un asesino. Lo sé. —Cerró el último paso que los separaba y alzó una mano hasta posarla en su mejilla. Después, ante la sorprendida mirada de él, pasó la yema del pulgar por su labio inferior y se puso de puntillas. Le tomó la cara entre ambas manos y posó los labios sobre los suyos. Lo beso trémulamente y sin apenas respuesta por su parte, más allá de una rigidez impropia de una persona viva—. Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí, señor Gardner.
La apartó de un tirón y la miró con patente desconfianza. Después le soltó los brazos y, dándose la vuelta con donaire, abandonó la sala, dejándola allí plantada. Danny se acarició los labios y sonrió ante el desbocado latido de su corazón. No sería el beso más memorable de la historia, pero era el mejor que ella había dado en toda su vida.
Capítulo 3
—He encontrado su rastro en Ashford —anunció Samuel Gardner a sus agentes, dejándose caer en uno de los elegantes sillones del despacho del marqués de Rigaud.
La estancia gozaba de una luz excepcional que destacaba el friso en madera de roble en contraste con el empapelado blanco que seguía hasta el techo. La mesa de caoba era robusta, espléndida, del tipo que utilizaba un hombre que dedicara arduas horas a trabajar en ella. Altas librerías cubrían dos de las paredes que acogían al variopinto grupo que allí se encontraba.
Gregory Sullivan alzó una ceja y le ofreció una sonrisa complacida como respuesta a su anuncio, a la vez que alzaba su vaso en un silencioso brindis por la noticia.
Hacía más de dos semanas que no hallaban el más mínimo indicio del paradero de Jean Baptiste Fleures. El rastro se enfriaba. Samuel se había dedicado en cuerpo y alma a localizar al espía francés que había intentado asesinar al primer ministro; una conspiración al más alto nivel que había contado con la participación de un cargo relevante del Foreign Office. Afortunadamente, Milton Graham, quien aspiraba a ocupar el puesto de mayor responsabilidad del Parlamento cuando Grenville muriese, estaba entre rejas, pero Fleures seguía burlando su cerco, y eso lo tenía de un humor de mil demonios.
—Así que continúa en Inglaterra —suspiró con alivio el contrabandista escocés—. Debe ser cierto que Fouché ha puesto precio a su cabeza.
Samuel asintió. Le constaba que Fleures había intentado cruzar el canal de la Mancha por el cabo de Dungeness, pero él ya había previsto esa maniobra y había dado orden de atraparlo en cualquiera de los puertos que comunicaban con Francia. Días después de aquello, le había llegado una carta de su agente en París. Fouché había descubierto la ristra de fracasos de Jean Baptiste Fleures y lo había relevado del servicio.
—Ellos solo admiten que ya no pertenece a sus filas —aclaró—, p
