LA CASTELLANIZACIÓN DEL NÁHUATL
En el náhuatl prehispánico no existían los sonidos correspondientes a las letras b, d, f, j, ñ, r, v, ll y x. Los sonidos que más han generado confusión son los de la ll y el de la x. La ll en vocablos como calpulli, Tollan, calli, no se pronunciaba como suena en la palabra llanto, sino como en lento; la x en todo momento se escuchaba como la sh en shampoo, término que proviene del idioma inglés.
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Escritura |
Pronunciación original |
Pronunciación actual |
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México |
Meshíco |
Méjico |
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Texcoco |
Teshcuco |
Tekscoco |
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Xocoyotzin |
Shocoyotzin |
Jocoyotzin |
Los españoles le dieron escritura al náhuatl en castellano antiguo, pero al carecer del sonido sh utilizaron una x que hizo la función de comodín.
A pesar de que en 1492 Antonio de Nebrija ya había publicado Gramática de la lengua castellana, el primer canon gramatical en lengua española, éste no tuvo mucha difusión en su época y la gente escribía como consideraba acertado.
La ortografía difería en el empleo de algunas letras: f en lugar de h (fecho > hecho); v en lugar de u (avnque > aunque); n en lugar de m (tanbién > también); g en lugar de j (mugeres > mujeres); b en lugar de u (çibdad > ciudad); ll en lugar de l (mill > mil); y en lugar de i (yglesia > iglesia); q en lugar de c (qual > cual); x en lugar de j (traxo > trajo, abaxo > abajo, caxa > caja); y x en lugar de s (máxcara > máscara).
Es por lo anterior —y para darle a la lectura de esta obra una sonoridad semejante a la original— que el lector encontrará palabras en náhuatl escritas con sh y una sola l, como en Meshíco y Tólan, que hoy día se representan con x y ll (Meshíco > México), en lengua náhuatl, es kh (sin sonidos vocales ka o ke). Por lo tanto, náhuatl se pronuncia náhuakh. Otros ejemplos son Ishtlilshóchikh, Coatépekh, Popocatépekh.
Aunque estoy consciente de que los especialistas siguen otras convenciones, y de que en el náhuatl actual la pronunciación varía de acuerdo con la zona geográfica, el criterio usado en esta novela se enfoca en sus lectores. Se trata de que, al leer estas páginas, puedan pronunciar todos los vocablos en la forma más adecuada posible.
Para los nahuas, el oriente (tlahuiztlampa) estaba hacia arriba, el poniente (cihuatlampa) hacia abajo, el norte (mictlampa) a la izquierda y el sur (huitztlampa) a la derecha. De hecho, la piedra del sol, erróneamente conocida como Calendario azteca, señala el oriente hacia arriba.
PRÓLOGO
Tras la caída del imperio tolteca, aproximadamente en el año 1051 d. C., diversas tribus llegaron al valle del Anáhuac en busca de tierras para poblar, entre ellos las chichimecas, que se establecieron hacia 1244 en el norte del lago de Teshcuco. Ahí, bajo el liderazgo de Shólotl, fundaron Tenayocan. Antes de morir, Shólotl dejó como heredero a su hijo Nopaltzin, que a su vez transfirió el poder a Tlotzin y éste a su hijo Quinatzin.
Alrededor de 1366, Quinatzin decidió mudar la sede del huei chichimeca tlatocáyotl, «el gran imperio chichimeca», al extremo oriente del lago, a Teshcuco, un lugar inhabitado pero rico en algodón, la materia prima más valiosa de la época y con la cual se tejían las mantas. Tenancacaltzin —primo de Quinatzin— lo acusó de abandonar el imperio y se autoproclamó huei chichimécatl tecutli, pero Acolhuatzin, tecutli de Azcapotzalco, también primo de Quinatzin, lo desconoció pues consideró que él era el siguiente en la línea de sucesión. Por ello, se levantó en armas y se autoproclamó señor de toda la tierra en el año 1368.
Quinatzin permaneció en Teshcuco, sin ejército ni aliados —ya que todos los pueblos vasallos se mantuvieron del lado de Acolhuatzin—, y continuó con la construcción de su nuevo palacio. Sin embargo, poco a poco fue haciéndose de leales que se sumaron a sus filas. A tal grado llegó su liderazgo que muchos habitantes de Tenayuca decidieron mudarse a Teshcuco. En aquellos años, Quinatzin no mostró intención alguna de recuperar el huei chichimeca tlatocáyotl. Acolhuatzin se confió y se convirtió en un gobernante soberbio.
En el año 1378, Quinatzin reunió un ejército y, con ayuda de nuevos aliados, le declaró la guerra a Acolhuatzin, quien se rindió mucho antes de que las tropas enemigas llegaran a Tenayocan y logró recuperar el huei chichimeca tlatocáyotl. Cuando Quinatzin entró al palacio de Tenayocan, Acolhuatzin se arrodilló ante él y llorando le suplicó que no lo matara. Quinatzin le perdonó la vida y le permitió mantener sus tierras, lo cual provocó en Tezozómoc un rencor hacia su padre que no desapareció jamás.
Tras la muerte de Quinatzin, su hijo Techotlala heredó el imperio. A su vez, Tezozómoc sucedió a su padre Acolhuatzin en Azcapotzalco, pero se negó a pagar tributo al huei chichimeca tlatocáyotl. A pesar de que buscó la forma de que Tezozómoc rindiera vasallaje, Techotlala no tuvo éxito en su objetivo. Aun así, no le declaró la guerra y ambos señoríos se mantuvieron en calma.
Años después Tezozómoc y Techotlala se encontraron en Meshíco Tenochtítlan, en la boda de Huitzilíhuitl y Ayacíhuatl, hija de Tezozómoc. El huei chichimécatl tecutli le propuso al tepanécatl tecutli unir a sus hijos en matrimonio. El señor de Azcapotzalco aceptó y le entregó a su hija Tecpatlshóchitl para que se casara con Ishtlilshóchitl. Veinte días más tarde, una embajada de Teshcuco llegó a Azcapotzalco con la hija de Tezozómoc e informaron al tepanécatl tecutli que el príncipe Ishtlilshóchitl le devolvía a Tecpatlshóchitl porque no le gustaban sus modales. Tezozómoc enfureció, pero guardó su rencor. Tecpatlshóchitl, humillada y sumamente triste, rogó a su padre que la enviara a uno de sus palacios de descanso para estar sola. Sin embargo, tiempo después se quitó la vida.
Poco antes del suicidio de Tecpatlshóchitl, Techotlala envió una embajada a Azcapotzalco para que entregara una invitación de la boda entre Ishtlilshóchitl y Matlacíhuatl, hermana de Huitzilíhuitl, tlatoani de Meshíco Tenochtítlan. Consciente del agravio que había perpetrado, el huei chichimécatl tecutli preparó sus tropas para un enfrentamiento, pero Tezozómoc jamás siguió adelante con el conflicto y esperó. Tras la muerte de Techotlala, en 1409, Tezozómoc se negó a reconocer a Ishtlilshóchitl como huei chichimécatl tecutli y cinco años más tarde, en 1414, el joven heredero le declaró la guerra, pero perdió y murió en campaña, en 1418, con su hijo Nezahualcóyotl de dieciséis años como mudo testigo de la muerte de su padre, escondido en la copa de un árbol.
Terminada la guerra contra Teshcuco, Tezozómoc fue reconocido y jurado como huei chichimécatl tecutli. Nezahualcóyotl se dio a la fuga y permaneció cinco años prófugo, hasta que Tezozómoc, ya muy anciano, le perdonó la vida y le permitió vivir en un palacio de Cílan. Cuatro años más tarde, en su lecho de muerte, Tezozómoc tuvo pesadillas, que un agorero interpretó como malos augurios que podían evitarse si mataba a Nezahualcóyotl. Entonces el anciano ordenó la persecución del Coyote hambriento.
Días antes de su muerte, en el año 1428, Tezozómoc nombró a su hijo Tayatzin como heredero, lo cual enfureció a su hijo Mashtla, el primogénito que, tras el deceso del anciano, se autoproclamó huei chichimécatl tecutli, mató a su hermano Tayatzin y ordenó el asesinato de Tlacateotzin —tecutli de Tlatelolco— y Chimalpopoca, señor de Tenochtítlan. Entonces los meshícas eligieron a su cuarto tlatoani, Izcóatl, y se aliaron con Nezahualcóyotl para levantarse en armas contra Mashtla, quien inmediatamente envió a sus tropas a bloquear la isla.
En 1429, comenzó la guerra contra Azcapotzalco, la cual duró cuarenta y cinco días. Al final, Nezahualcóyotl entró furioso a Azcapotzalco, ordenó que mataran a todos los miembros del consejo tepaneca y persiguió a Mashtla hasta los temazcalis (baños). Los soldados lo sacaron a rastras y lo llevaron a la plaza principal, en donde Nezahualcóyotl le cortó la cabeza y le sacó el corazón, al terminar destruyeron la ciudad tepaneca.
Días más tarde Nezahualcóyotl visitó Meshíco Tenochtítlan, donde se hicieron grandes fiestas con danzas, banquetes y sacrificios a los dioses, entre los cuales murieron muchos soldados enemigos. Las tropas aliadas volvieron a sus pueblos a descansar y a disfrutar del despojo a los vencidos.
Sólo faltaba que reconocieran y juraran al Coyote hambriento como huei chichimecatecutli. Los meshícas invitaron a Nezahualcóyotl a su isla a disfrutar de un majestuoso banquete, al cual asistió gustoso el príncipe chichimeca en compañía de todas sus concubinas, hijos, ministros y aliados. Estaba seguro de que los tenoshcas habían preparado todo para celebrar su jura. Al llegar descubrió que los miembros del Consejo estaban en sesión para elegir a su nuevo miembro. Izcóatl, por ser el tlatoani, no podía estar presente, así que esperó con Nezahualcóyotl.
«Tengo entendido que sólo pueden ser seis y la única forma para que elijan a otro es porque uno de ellos murió», preguntó Nezahualcóyotl. «¿Cuál de los miembros del Consejo murió?». «Totepehua», respondió Izcóatl. «Murió mientras estábamos en la guerra. Ya era muy viejo… El más anciano de todos». «Lo siento», comentó Nezahualcóyotl. «Yo más. Era mi mejor consejero. El más sabio de todos», comentó el tecutli meshíca. Ambos se mantuvieron en silencio por un instante largo. Luego el tlatoani le comentó que en los últimos meses el Consejo estuvo trabajando en varias reformas. «¿Reformas sin tu consentimiento?», preguntó Nezahualcóyotl algo confundido. «Tras el secuestro de Chimalpopoca, el Consejo no estuvo autorizado para tomar decisiones. Entonces han llegado a la conclusión de que ellos deben tener mayores facultades. Lo cual implica que yo, es decir, el tlatoani, estaría por debajo del Consejo. Cualquier decisión que quiera tomar, ellos la tienen que aprobar», explicó Izcóatl. «Pero eso es absurdo…», Nezahualcóyotl no podía creer lo que escuchaba. «Al final son ellos quienes eligen al tlatoani. Ellos creen que también deben ser quienes guíen al tlatoani para que no se convierta en un tirano como Mashtla», dijo el tecutli meshíca. «¿Y tú estás de acuerdo?», preguntó el Coyote sediento. «No del todo, pero admito que tienen razón. Cuando Mashtla mandó secuestrar a Chimalpopoca, nosotros…». El príncipe chichimeca interrumpió a su tío: «Sobre eso… Necesito decirte algo…». «¿Qué?», Izcóatl miró intrigado a su sobrino. «Quien mandó secuestrar a Chimalpopoca fue…».
El heredero del huei chichimeca tlatocáyotl no pudo concluir lo que iba a decir, pues en ese momento salieron los miembros del Consejo y los candidatos. Izcóatl se puso de pie para escuchar el resultado. «Los miembros del Consejo hemos aprobado las reformas a nuestras leyes de gobierno —informó Azayoltzin—. Asimismo, hemos elegido como sexto miembro del Consejo al honorable Tlacaélel». Nezahualcóyotl se perdió entre la multitud que se acercó para felicitar al nuevo sacerdote y miembro del Consejo. Inmediatamente llevaron a todos a la sala principal para disfrutar del banquete.
El príncipe chichimeca permaneció en silencio la mayor parte del tiempo. Se sentía sumamente incómodo. Sólo quería regresar a Teshcuco. Había planeado permanecer en Tenochtítlan los días que fueran necesarios si acaso se llevaba a cabo su jura, pero dadas las circunstancias decidió volver a Teshcuco y él mismo organizar la ceremonia. Entonces se puso de pie, se dirigió a Izcóatl y se despidió. Y antes de dar media vuelta para abandonar la sala, decidió dejar claro que ya debían reconocerlo como huei chichimécatl tecutli. Entonces uno de los miembros del Consejo se puso de pie y caminó hacia el Coyote ayunado. «Querido y respetable príncipe Nezahualcóyotl —dijo Azayoltzin—, los miembros del Consejo hemos dialogado mucho sobre los acontecimientos y hemos llegado a la conclusión de que el huei chichimeca tlatocáyotl debe ser dividido entre Teshcuco y Tenochtítlan». «¿De qué hablas?», la mirada de Nezahualcóyotl se mantuvo fija. No podía creer lo que acaba de escuchar. «Ése no es el acuerdo que teníamos». «Ahora lo es», intervino Tlacaélel, de pie, a un lado del sacerdote Azayoltzin.
Es en este punto donde comienza nuestra historia…
1
Míralo. Está asustado. Intenta demostrar lo contrario. Arruga las cejas y los labios. Le tiembla la mandíbula. Sabe que con apretar los puños no intimida a nadie. Sin embargo, lo hace. Respira exaltado. Te observa con furia. Nezahualcóyotl quiere matarte a golpes.
¿Cómo te atreviste, Tlacaélel? ¿En verdad pretendes arrebatarle al príncipe chichimeca la gloria de recuperar el imperio que le heredó su padre Ishtlilshóchitl? ¿Dividir el huei tlatocáyotl1 entre Teshcuco y Meshíco Tenochtítlan? ¿Quién te crees que eres? ¡No! El imperio le pertenece a Nezahualcóyotl, al príncipe chichimeca, al único heredero legítimo. El imperio es chichimeca-acólhua. Les pertenece a los descendientes de Shólotl. Tezozómoc y Mashtla eran tepanecas, con ascendencia chichimeca-acólhua. Tenían derecho a reclamar el imperio por ser bisnieto y tataranieto del fundador. Pero tú, Tlacaélel, hijo de Huitzilíhuitl, nieto de Acamapichtli, meshícatl tecutli2 de un pueblo que hace algunas décadas no era más que una tribu de bárbaros sin tierras. Los meshítin3 dejaron de ser plebeyos gracias a que Tezozómoc les entregó a su hija Ayacíhuatl para casarla con Huitzilíhuitl, mientras que Techotlala casó a Ishtlilshóchitl con Matlacíhuatl, hermana de Huitzilíhuitl. Gracias a ellos la isla de Tenochtítlan creció al triple y los meshícas se integraron a la nobleza del valle. ¿Y así le pagas a tu primo Nezahualcóyotl?
Observa. No puede contener su rabia. Tanto tiempo huyendo de las tropas de Tezozómoc y Mashtla. Tantos años planeando su venganza. Tanto trabajo para convencer a los pueblos vecinos de aliarse a su partido. Tanto esfuerzo para ganar la guerra para que ahora vengas tú a cobrarle el favor. «¿De qué hablas?», la mirada de Nezahualcóyotl se mantiene fija. No puede creer lo que acaba de escuchar. «Ése no es el acuerdo que teníamos», le dice al sacerdote Azayoltzin. «Ahora lo es», intervienes con una actitud que nadie había visto en ti: absoluto y espléndido.
Silencio.
Nezahualcóyotl te mira fijamente a los ojos. Para él esto es una traición. Peor aún viniendo de ti, su primo. El príncipe chichimeca y el tlatoani Izcóatl habían acordado una alianza antes de comenzar la guerra, en la que Meshíco Tenochtítlan quedaría exento de pagar tributo si ganaban. Un acuerdo que Izcóatl no anunció a nadie más para evitar traiciones dentro del gobierno tenoshca. Un acuerdo que se habría mantenido si tú no hubieras sido electo sacerdote del Consejo y no hubieras impulsado la reforma con la cual todas las decisiones del tlatoani deben ser aprobadas por los seis nenonotzaleque «consejeros». Lo cual implica que, en adelante, el meshícatl tecutli estará sujeto al Consejo, en tanto que el acuerdo entre Nezahualcóyotl e Izcóatl se invalida al no haber sido aprobado por los consejeros. No conforme con quitarle poder al tlatoani de Meshíco Tenochtítlan, ¿ahora pretendes arrebatarle la mitad del imperio a Nezahualcóyotl?
Sí.
«¿Qué esperabas?», deberías responderle al Coyote sediento. «¿Que sacrificáramos a miles de soldados sólo para saciar tu sed de venganza? ¿Para que te alzaras con la victoria y quedaras en los libros pintados como el gran héroe? Tú no tenías nada para derrotar a Mashtla. No tenías ejército. No tenías con qué financiar la guerra. Las flechas, arcos, escudos, lanzas y penachos cuestan. Alimentar a los soldados en el campo de batalla cuesta. No tenías nada. ¿Qué esperabas, Coyote ayunado? ¿En verdad creíste que la gente te iba a apoyar sólo por ser el heredero del imperio? ¡Qué equivocado estabas!».
Silencio.
Bien hecho, Tlacaélel. No digas nada. Guarda silencio. Déjalo que reaccione, que cometa errores, que diga alguna tontería. Está furioso. Observa su puño derecho. Quiere golpearte, pero le tiembla la mano. No se atreve. No lo hará. Se cree más inteligente que tú. Siempre te ha subestimado, como casi todos. No sabe lo que le espera. Sigue creyendo que los aliados son de verdad. Ignora que las alianzas siempre son a medias y con un cuchillo escondido tras la espalda. Si sus aliados aceptaron levantarse en armas contra Mashtla fue con el único propósito de acabar con el huei chichimeca tlatocáyotl y crear otro. Empezar una nueva era. Así es el ciclo de los imperios: desapareció Cuicuilco y surgieron Cholólan4 y Teohuácan.5 Con la caída de estas dos ciudades nacieron Tólan Shicocotitlan6 y Shochicalco. Después de la desaparición de los toltecas y los shochicalcas llegó Shólotl, el pentabuelo de Nezahualcóyotl, y fundó en Tenayocan7 su pequeña ciudad, sin imaginar que un día se convertiría en un imperio. El huei chichimeca tlatocáyotl. El imperio que hoy ha caído.
Nezahualcóyotl nunca será huei chichimécatl tecutli.8 Con suerte gobernará Teshcuco. No se ha dado cuenta de que la guerra no ha concluido. No fue suficiente con asesinar a Mashtla e incendiar todo el huei altépetl9 Azcapotzalco. No basta con declararse huei chichimécatl tecutli. Falta que lo reconozcan y le juren obediencia. Más aún, que le tengan temor y respeto. Casi todos sus aliados están preparándose para declararse independientes y luego emprender una cadena de conquistas. Iztapalapan, Shochimilco, Míshquic, Ashoshco, Mishcóhuac, Cuauhshimalpan, Huitzilopochco, Atlicuihuayan,10 Hueshotla, Coyohuácan, Shalco. Pero ninguno de esos señoríos tiene el ejército ni la organización que posee Tenochtítlan. Y no sólo eso. Les falta un guía. Un verdadero líder. Alguien que tenga la visión para hacer de sus pueblos la nueva Teohuácan. Y ése eres tú, Tlacaélel.
Sabes que eres tú. Siempre lo has sabido. Eres el elegido. Naciste para hacer de nuestro pueblo el imperio más grande que haya existido sobre toda la Tierra. Tú honrarás a nuestros ancestros. Tú nos llevarás a la cima de la victoria. Tú eres grande, Tlacaélel. Eres el único que nos puede sacar de esta miseria.
Sin embargo, tu labor no será fácil. Deberás confrontar a los de tu misma raza. Algunos intentarán quitarte del camino. Te traicionarán. Querrán matarte. Y tú. Sí. Tú, El Desposeído, defenderás tu misión, a tu tierra, a tu gente, a tu raza, a tu sangre, por encima de todas las cosas, por encima de tus seres más amados, por encima de cualquiera que pretenda obstaculizar el crecimiento de nuestra ciudad isla.
En tus manos recaerá el poder absoluto del gobierno y la religión. Serás proclamado cihuacóatl. Te convertirás en la consciencia del tlatoani. El gemelo consorte. El guía de los tenoshcas. El líder de las tropas. El sacerdote omnipotente del Coatépetl.11 El creador de la ciudad más hermosa que el mundo haya visto jamás.
Tú orientarás a los tlatoque. Serás su guía espiritual. Su consciencia. Su voz y su oído. Sus ojos, su olfato y su tacto. Tú, Tlacaélel, les mostrarás el camino. Llevarás a los tenoshcas a las guerras más sangrientas. Enfrentarás a los enemigos más feroces y derribarás a los más poderosos. Subirás al huei teocali,12 sacrificarás a miles de hombres, mujeres y niños capturados en campaña, les abrirás el pecho, levantarás tus brazos bañados en sangre, con un corazón vivo entre tus dedos, lo ofrecerás a los cuatro puntos solsticiales y me lo entregarás a mí, el dios portentoso, tetzáhuitl Huitzilopochtli. Me alimentarás con la sangre de los presos sacrificados. Y yo me encargaré de lo demás. Te aseguro, hijo mío, que toda la Tierra recordará por siempre por qué somos meshícas.
1 Huei tlatocáyotl, «gran señorío» o «imperio».
2 Mexicatl tecuhtli, «señor mexica» o «gobernante mexica». Véase el «Anexo lingüístico» al final del libro.
3 Mexitin —pronúnciese meshítin—, «oriundos de Meshíco». «Mexicas» es la castellanización de mexitin, que en singular es mexícatl. El sufijo -tin pluraliza los sustantivos mientras que -tl los singulariza.
4 Cholólan, generalmente escrita Cholollan, actual ciudad de Cholula, Puebla.
5 Un análisis del Códice Xólotl maneja la hipótesis de que Teotihuacan no fue la «Ciudad de los Dioses», sino la «Ciudad del Sol». Asimismo, que los chichimecas y algunos toltecas que llegaron al valle después del abandono de la urbe debieron nombrarla Teohuácan o Teo uacan, es decir, la «Ciudad del Sol».
6 Tólan, generalmente escrita Tollan, actual ciudad de Tula, Hidalgo.
7 En la actualidad Tenayuca, Estado de México.
8 Tecutli, en plural tetecuhtin, «señor» o «gobernador». Por lo tanto, chichimecatecutli o chichimécatl tecutli significan «gobernador chichimeca» o «señor de los chichimecas».
9 Altépetl, en plural altepeme, viene del náhuatl al, «agua», y tépetl, «cerro» o «montaña». Aunque la traducción literal es «agua montaña», se entiende como «montaña de agua». El término se refiere a los asentamientos o territorios poblados por gente y se puede utilizar como sinónimo de señorío, ciudad, pueblo o comarca. El huei altépetl Azcapotzalco es el «gran señorío de Azcapotzalco», mientras que la traducción de huei altépetl Teshcuco sería «gran señorío de Teshcuco».
10 Actualmente Mixcoac, Cuajimalpa, Ajusco, Churubusco y Tacubaya. Los nombres fueron mal interpretados por los españoles y, por ello, se han mantenido así hasta el día de hoy.
11 Coatépetl, nombre original del Templo Mayor. Véase anexo al final del libro titulado Coatépetl.
12 Teocali (de teo, «dios», y calli, «casa»), «casa de [algún] dios». Véase anexo al final del libro titulado Coatépetl.
2
OME CALI SHÍHUITL, «AÑO DOS CASA: 1429»
Apenas se asoman en el horizonte los primeros rayos del sol, Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan,13 inicia el doloroso recorrido por la ciudad que lo vio nacer: Azcapotzalco, hoy un llano de cenizas. De la majestosa capital tepaneca nada quedó, las casas, el tianquiztli,14 los talleres, las escuelas, los teocalis y el palacio de huehue15 Tezozómoc fueron incendiados por las tropas enemigas. Ni un solo muro se mantuvo en pie —se desmoronaron por completo— y las estructuras que no cayeron fueron derribadas a golpes. Nezahualcóyotl, el príncipe chichimeca, el heredero acólhua, el Coyote en ayunas, el Coyote hambriento, sediento de venganza, por fin, logró su objetivo: destruir al pueblo tepaneca. Sus tropas desmembraron con los macuahuitles16 a quienes se les cruzaron en el camino, violaron a las mujeres, saquearon la ciudad, derrumbaron todo a su paso y prendieron fuego a las casas y a los teocalis. Todo fue consumido por las llamas.
Totoquihuatzin recorre a paso lerdo la calle principal de Azcapotzalco, la que llevaba al palacio de su abuelo Tezozómoc, la misma por la que corrió cientos de veces cuando era niño. El hedor a muerte es insoportable, el aire apesta a carne quemada y podrida. Por todas partes hay cadáveres: muchos calcinados, algunos descuartizados por los macuahuitles y otros con las tripas de fuera o las gargantas abiertas. Imposible reconocer a las víctimas con tanta sangre, lodo y cenizas mezclados en sus rostros.
El nieto de Tezozómoc tiene los pies ennegrecidos por el manto de cenizas que cubrió en su totalidad la capital tepaneca. La senda de ruinas parece interminable. A la izquierda se encuentra con el mercado hecho moronas. Aún puede distinguir algunas mercancías incendiadas; pocas, ya que la mayoría fueron hurtadas por las huestes meshícas, tlatelolcas, tlashcaltecas, chichimecas y demás aliados de Nezahualcóyotl. El tianquiztli más importante del valle, hasta hace unos días, ha desaparecido para siempre. Muy pronto los pueblos vecinos deberán buscar artículos de consumo en otros lugares o reorganizarse para instaurar un nuevo eje mercantil, ya que la mayoría proviene de las costas totonacas y de los pueblos del poniente y el sur, como Mishuácan y Huashyácac.17
El tecutli tlacopancalca avanza otros cincuenta metros y reconoce los talleres donde se construían las acalis.18 Le llega, como una ráfaga, el recuerdo del día en que entró por primera vez a observar la manera en que, de un solo tronco, construían una acali. Los carpinteros utilizaban sólo dos herramientas: una piedra y un cincel de obsidiana o de hueso. Con la piedra golpeaban el extremo obtuso del cincel, mientras que el extremo afilado, en forma de cuña, labraba la madera hasta darle la forma externa e interna a la canoa. Una labor que, a pesar de ser forjada por ocho o diez hombres, demoraba veintenas.19 Los carpinteros de aquel taller se habían ganado el reconocimiento de muchos otros en los pueblos vecinos, pues las canoas tepanecas gozaban de una estabilidad y belleza que pocas podían presumir. Totoquihuatzin observa con melancolía los restos del taller y las cenizas de las canoas.
Continúa su recorrido con un nudo en la garganta e intenta llegar al palacio que, años atrás, perteneció a su abuelo Tezozómoc. Pero ahora, más que nunca, la distancia le resulta infinita. A cada paso que da, se encuentra con un hombre desmembrado o una mujer degollada. Se detiene por instantes para observarlos y tratar de reconocerlos. Conocía a tanta gente. Habló con cientos de ellos a lo largo de su vida. Azcapotzalco era su ciudad natal, el lugar donde jugó y corrió por primera vez, la villa que le había dado todo: familia, comida, casa, amigos, mujer, hijos… ¡Oh, cuánto dolor! ¡Azcapotzalco, la tierra de huehue Tezozómoc, ha muerto!
Por fin llega al recinto sagrado. En el lado izquierdo yacen los restos de uno de los teocalis tepanecas; en el derecho descubre los escombros del calmécac. Se detiene un instante, su respiración se agita, le tiemblan las piernas y las manos, no se atreve a dar un paso más. Sabe que lo que encontrará en el interior lo quebrará en mil pedazos.
Se acerca a la entrada del calmécac y, de pronto, escucha algo que cruje en el piso. Baja la mirada lentamente y se encuentra con una mano calcinada, justo debajo de su pie. Lo quita de inmediato. Sus pupilas siguen el rastro de aquella mano hasta llegar al cráneo chamuscado. Por su tamaño, deduce que era un niño. Siente que se le acaba el aire. Se dobla un poco para recuperarse. Está al borde de las lágrimas. Le tiembla la quijada. Levanta la mirada y se endereza para seguir su paso hacia el interior de aquella escuela, donde se encuentra con los cuerpos quemados de decenas de niños y adolescentes que ahí se refugiaron con sus maestros durante las largas horas del combate. Sin poder evitarlo, cae de rodillas y llora. Se lleva las manos al abdomen y se dobla hasta que su cabeza toca el piso cubierto por los escombros.
—Perdónenme —Sus lágrimas se derraman sobre las cenizas—. ¡Fui un cobarde! ¡Debí defender la ciudad! ¡Fui un cobarde! ¡Los traicioné!
La culpa no lo deja descansar. Lleva tres noches sin dormir. Tres días y tres noches arrepintiéndose.
Nadie escucha los lamentos de Totoquihuatzin. La ciudad se encuentra completamente vacía. No hay una sola persona que se acerque a consolar al señor de Tlacopan, hijo de Tecutzintli, sobrino de Mashtla y Tayatzin, y nieto de huehue Tezozómoc.
Ciento diecisiete días atrás, su tío Mashtla había solicitado su presencia en el palacio de Azcapotzalco para, lo que ellos ignoraban que sería, la última reunión del comité de guerra que se preparaba para salir a luchar contra las brigadas de Nezahualcóyotl. Si bien Totoquihuatzin, de treinta y ocho años de edad, no tenía lazos de afecto o de amistad con su tío Mashtla, sí cultivaba genuinamente una gratitud hacia él por haberle cedido a su padre, Tecutzintli, el señorío de Tlacopan que, por herencia, le pertenecía a Mashtla, pero que había despreciado toda su vida por ser, como él le llamaba, insignificante.
Tecutzintli, igual que su hermano Tayatzin, jamás mostró interés por heredar el imperio ni por acudir a las guerras. A diferencia de Tayatzin, la vida de Tecutzintli concluyó sin pena ni gloria. Jamás contradijo a su hermano mayor ni pretendió arrebatarle algún privilegio, lo que le valió para que le heredara el pequeño pueblo al sur de Azcapotzalco. Tecutzintli falleció por una enfermedad veintenas después de la muerte de su hermano Tayatzin. Inmediatamente, Mashtla, nombró a Totoquihuatzin como legítimo heredero de Tlacopan… pueblo que al final permitió la entrada del ejército enemigo a Azcapotzalco.
Ciento diecisiete días atrás, una tropa liderada por Nezahualcóyotl había subido a la cima del cerro de Cohuatépec, cercano al cerro de Tepeyácac. Desde ahí encendieron una fogata, la cual indicaba a los ejércitos aliados que había llegado el momento de comenzar la guerra y cobrar venganza. Todos los aliados salieron de sus escondites: saltaron de sus acalis, bajaron de los árboles y marcharon al mismo tiempo que iban tocando los tambores de guerra: ¡Pum, pup, pup, pup, Pum!…
—¡Muerte a los tepanecas! —gritaban los soldados—. ¡Muerte a Mashtla!
Las armadas de Nezahualcóyotl entraron a Azcapotzalco por el norte desde Tepeyácac y Tenayocan. Por el poniente, desde el río entre Azcapotzalco y Tlalnepantla. Por el oriente, desde el lago de Teshcuco y por el sur entraron por Tlacopan, ciudad que debía impedir el avance de los soldados enemigos.
¡Pum, pup, pup, pup, Pum!…¡Pum, pup, pup, pup, Pum!…
Por todas partes se dieron sangrientas batallas. Parecía aquello un gigantesco hormiguero. Gritos, gritos y más gritos, sangre por todas partes, cuerpos mutilados, hombres heridos rogando que los salvaran o les dieran muerte para no sufrir más.
La milicia de Tlacopan opuso resistencia tan sólo unas cuantas veintenas. Totoquihuatzin sabía que los soldados que pretendían entrar a su ciudad eran liderados por Izcóatl y Cuauhtlatoa, señores de Tenochtítlan y Tlatelolco, altamente experimentados en las guerras. En cambio, Totoquihuatzin —al igual que su padre y su tío Tayatzin— jamás había asistido a un combate. Y su abuelo Tezozómoc tampoco se esforzó por obligarlos. Totoquihuatzin tenía perfectamente claro que aquella guerra estaba perdida, que su tío Mashtla era un incompetente al frente de un ejército y de un gobierno, que nada los salvaría y que su tío no escucharía su consejo de rendirse. Su necedad había empujado al pueblo tepaneca a la muerte. Mashtla había abusado demasiado de los pueblos vasallos, los cuales le dieron la espalda cuando Nezahualcóyotl marchó rumbo a Azcapotzalco. Izcóatl y Cuauhtlatoa rompieron la barrera de la ciudad y Totoquihuatzin salió de su palacio inmediatamente.
En ese momento los soldados tepanecas pausaron el combate, lo cual provocó que los enemigos hicieran lo mismo. Hubo un instante de silencio y desconcierto. Nadie sabía si Totoquihuatzin se estaba rindiendo o había salido a confrontar a los tetecuhtin de Tenochtítlan y Tlatelolco, quienes se mantuvieron en guardia, con sus macuahuitles en alto, mientras el tecutli de Tlacopan caminaba hacia ellos con las manos vacías. Aquel acto bien podía haberlos convencido si el señor de Tlacopan no hubiera sido sobrino de Mashtla, un hombre acostumbrado a traicionar.
—Hablemos —dijo Totoquihuatzin al encontrarse a unos metros de Izcóatl y Cuauhtlatoa.
Tanto el ejército tepaneca como los soldados meshícas y tlatelolcas seguían apuntando con sus tlahuitolis y atlátles.20
—Bajen sus armas —exigió Cuauhtlatoa a su primo Totoquihuatzin—. Y entonces hablaremos.
—Los invito a que conversemos en mi palacio —ofreció Totoquihuatzin.
Izcóatl y Cuauhtlatoa se miraron entre sí. Ninguno de los dos confiaba en el sobrino de Mashtla.
—Si no bajan sus armas, no habrá diálogo —respondió Izcóatl.
—No puedo bajar mis armas en tanto ustedes estén dentro de mi palacio. —Totoquihuatzin respiró profundo. Se sentía muy nervioso—. Las vidas de mis familiares y mi gente corren peligro. Propongo que ambos ejércitos permanezcan donde están y sin lanzar una sola flecha mientras ustedes dos y yo platicamos en privado.
—Nuestras vidas también corren peligro —respondió Izcóatl—. Puede tratarse de una trampa.
—Es un riesgo que tanto ustedes como yo debemos tomar —contestó el tecutli tlacopancalca.
El tlatoani de Meshíco Tenochtítlan hizo una señal para que los soldados bajaran sus armas. Luego se dirigió al tlacochcálcatl,21 llamado Huehuezácan, hijo del difunto meshícatl tecutli Huitzilíhuitl, y le ordenó que mantuviera a los soldados en guardia y que, si no salía en breve, invadieran la ciudad. Cuauhtlatoa ordenó lo mismo a su ejército. Ambos tetecuhtin habían entrado pocas veces a Tlacopan. Mashtla, por ser el legítimo heredero de Tlacopan, había prohibido el trato entre Tlacopan, Tenochtítlan y Tlatelolco. Al tomar posesión de la ciudad, Tecutzintli continuó con la política de su hermano y evitó relacionarse con los meshítin, a quienes tanto odiaba Mashtla. Totoquihuatzin no tenía nada en contra de los meshícas ni de los tlatelolcas.
—Deben estar hambrientos y sedientos —dijo el tecutli de Tlacopan en cuanto entraron a la sala principal del palacio—. Ordenaré que les traigan algo de comer y de beber.
—Sería mejor si nos dijeras de una sola vez qué es lo que quieres —preguntó el tlatoani de Tenochtítlan.
Totoquihuatzin miró hacia el techo del palacio. Se mantuvo en silencio por un instante. Parecía conmocionado y, a la vez, tranquilo. Cerró los ojos y agachó la cabeza.
—Recuerdo que, cuando era niño, un día me encontraba jugando en el huei tecpancali22 de Azcapotzalco al que, de pronto, entró una mujer solicitando hablar con mi abuelo. Los soldados le respondieron que Tezozómoc estaba ocupado y que no la podía atender. Ella les respondió que era una emergencia. Los hombres insistieron que no había emergencias para el tepantecutli.23 La mujer les gritó que la hija de Tezozómoc estaba en peligro y, sin esperar respuesta, se metió al palacio. Los soldados la alcanzaron, pero en ese momento salió Totolzintli, el viejo esclavo de mi abuelo. Todo lo que ocurría en el huei tecpancali pasaba por los ojos y oídos de Totolzintli, el sirviente más fiel y el mejor amigo de Tezozómoc. La mujer le informó a Totolzintli que mi tía Tecpatlshóchitl estaba en peligro. Totolzintli le hizo una señal para que no hablara más y la llevó a una sala privada. Poco más tarde, mi abuelo salió corriendo del palacio, seguido de Totolzintli y una docena de soldados. Su objetivo era llegar a uno de los palacios de descanso que tenía mi abuelo en el sur de Azcapotzalco… Éste. —Totoquihuatzin señaló el piso con los dedos índices.
Izcóatl y Cuauhtlatoa conocían la historia. Guardaron silencio para que el nieto de Tezozómoc terminara su relato.
—Cuando mi abuelo llegó, ya era demasiado tarde. Mi tía Tecpatlshóchitl se había quitado la vida, para evitar la vergüenza de haber sido devuelta siete días después de haberse casado con Ishtlilshóchitl, quien la había despreciado como esposa. Mi abuelo, mi padre y mis tíos Mashtla y Tayatzin se encontraban furiosos ante aquel agravio. Todos querían ir a matar a Ishtlilshóchitl. Ésa fue la única vez que mi padre y mi tío Tayatzin estuvieron dispuestos a tomar las armas. Si mi abuelo hubiera aceptado declararle la guerra a Teshcuco en esos días, la historia de mi padre habría sido otra. Quizá habría muerto en combate. Tal vez se habría convertido en un gran soldado, y mi abuelo lo habría nombrado heredero del imperio. Pero mi abuelo decidió esperar hasta que muriera Techotlala para cobrar venganza en contra de Ishtlilshóchitl. Cuando esa guerra comenzó, el enojo que mi padre y Tayatzin sentían por la muerte de mi tía ya se había desvanecido y optaron por no ir a la guerra. Mi padre siempre fue objeto de burlas por negarse a entrar al ejército, pero eso a él no le afectó y continuó su vida con la frente en alto, siempre con la convicción de que las guerras no eran las soluciones para los conflictos entre los pueblos. Y de esa manera me educó a mí. Ésta es la primera vez que estoy al frente de un ejército. Digo al frente porque soy el tecutli de esta ciudad, no porque haya salido personalmente a disparar flechas.
—¿Y por qué lo haces? —preguntó Cuauhtlatoa.
—Porque Mashtla es mi tío. Estoy obligado a respaldarlo con el ejército de Tlacopan.
—Mashtla también es mi tío —respondió Cuauhtlatoa, tecutli de Tlatelolco y bisnieto de Tezozómoc—. Y no por eso lo apoyo.
—Porque tú no estás en deuda con él —respondió Totoquihuatzin— Yo sí. Mashtla nos cedió estas tierras a mi padre y a mí.
—¿Eso significa que seguirás luchando a favor de Mashtla? —intervino Izcóatl.
Aquella pregunta fue para el señor de Tlacopan como una flecha en el corazón. El tlatoani meshíca le estaba preguntando abiertamente si estaba dispuesto a traicionar a su tío. Hacerlo implicaba dejar morir a miles de tepanecas.
—Quiero saber… si… —Respiraba agitadamente—. Si podemos llegar a un acuerdo sin el uso de las armas…
Cuauhtlatoa lanzó una carcajada: «¿Para esto nos invitaste a entrar?».
Totoquihuatzin se sintió avergonzado y sumamente nervioso. Temió que, en ese momento, Izcóatl y su primo lo asesinaran o lo llevaran preso para luego sacrificarlo a los dioses.
—No es fácil dialogar con mi tío —explicó Totoquihuatzin.
—¿Y por qué crees que estamos atacando Azcapotzalco? —respondió Cuauhtlatoa con enojo. Él, igual que Nezahualcóyotl, sentía mucho odio hacia Mashtla. Años atrás, el entonces tecutli de Coyohuácan había amenazado de muerte a su sobrino Tlacateotzin, padre de Cuauhtlatoa, y lo cumplió años más tarde. De manera cobarde, envió a sus soldados para que lo asesinaran. Una noche lo capturaron en medio del lago y lo llevaron a Atzompa, donde lo golpearon con palos en la cabeza y lo ahorcaron.
—Pero… —carraspeó—, podrían entrar a Azcapotzalco y capturar a Mashtla sin hacerle daño a los pobladores.
—¡Cállate si no quieres que te mate en este preciso momento! —exclamó Cuauhtlatoa, que se llevó la mano a la cintura donde llevaba un técpatl, «cuchillo de pedernal».
Izcóatl intervino inmediatamente. Se colocó frente a su compañero y evitó que sacara el cuchillo.
—Lo que pide Totoquihuatzin es justo —explicó Izcóatl a Cuauhtlatoa.
—¿Y fue justo que Mashtla asesinara a mi padre y a mi hermana? —Cuauhtlatoa se encontraba furioso.
—No. —Izcóatl agachó la cabeza.
—Si querías convencernos de que nos rindiéramos, te equivocaste. —Cuauhtlatoa empuñó las manos.
—Quiero evitar miles de muertes. —Los ojos de Totoquihuatzin enrojecieron.
—Esta guerra la está dirigiendo Nezahualcóyotl —explicó Izcóatl—. Nosotros no podemos tomar decisiones. Entraremos a Azcapotzalco con o sin tu consentimiento.
—¿Si les permito pasar prometen no hacerle daño a la gente de Tlacopan? —Totoquihuatzin estaba temblando.
—Eso sí te lo puedo prometer —respondió Izcóatl. Al mismo tiempo, Cuauhtlatoa lo miraba con enojo.
—Deberíamos matarte por traidor —le dijo el tecutli de Tlatelolco.
—¡Ya cállate! —le gritó Izcóatl.
—Soy un traidor. —llora Totoquihuatzin de rodillas en un mar de cenizas—. Los traicioné. Perdónenme. —Comienza a golpear los escombros con el puño—. ¡No debí dejarlos entrar! ¡Debí pelear por ustedes! ¡Debí morir con ustedes!
En cuanto Izcóatl y Cuauhtlatoa salieron del palacio de Tlacopan, Totoquihuatzin se arrepintió de lo que había hecho. En su afán por salvar las vidas de los habitantes de Tlacopan, entregó a los tepanecas de Azcapotzalco. Esa tarde, los soldados tenoshcas y tlatelolcas regresaron a sus cuarteles para continuar la batalla a la mañana siguiente, como era costumbre en toda la región.
—Llegué a un acuerdo con Izcóatl y Cuauhtlatoa. —Totoquihuatzin se apresuró a dar instrucciones a todos los soldados de Tlacopan—. Van a pasar por Tlacopan sin herir a ninguno de nosotros.
La mayoría de los soldados lo miró con enojo. Creían firmemente en la ideología que Tezozómoc les había heredado. Aspiraban a la supremacía tepaneca que Mashtla tanto les había prometido. Las instrucciones de Totoquihuatzin contradecían por completo todo lo anterior.
—¡Eso es traición! —gritó un yaoquizqui 24 de manera anónima.
El tecutli tlacopancalca sintió mucha vergüenza. No pudo siquiera buscar con la mirada al acusador.
—Si tienen esposa e hijos —continuó Totoquihuatzin sumamente agobiado—, ¡llévenlos a un lugar seguro! ¡Pongan a salvo a las abuelas y a sus madres!
—¡Traidor! —gritó alguien más.
—Esta guerra está perdida. No hay escapatoria —continuó sin responder a los insultos.
—¡Debemos morir con honor!
—¡Traidor!
—Hablen con los abuelos. Escúchenlos. Abracen a sus críos. Vienen días de mucho dolor. Escucharán los gritos de guerra y los muros de Azcapotzalco derrumbarse. No intenten ser valientes. Salven sus vidas y las de sus esposas, hijos, madres, padres y abuelos.
—¡Traidor! ¡Traidor! ¡Traidor!
Totoquihuatzin regresó a su palacio y se encerró con los yaoquizque, «soldados macehualtin» que estuvieron dispuestos a acompañarlo hasta el final. A la mañana siguiente escuchó los gritos de los regimientos que comenzaron a correr por las calles de Tlacopan rumbo a Azcapotzalco. Algunos de los sirvientes del palacio subieron a la azotea para ver el río de soldados que transitaban con sus macuahuitles en todo lo alto. De vez en cuando, bajaban a contarle a Totoquihuatzin lo que habían visto, pero éste se negaba a escuchar.
Al caer la tarde, llegó una embajada que Nezahualcóyotl envió a Totoquihuatzin para retribuir su gesto y ofrecerle inmunidad después de la guerra, con la condición de que lo reconociera como huei chichimecatecutli. El señor de Tlacopan agradeció el mensaje y prometió cumplir con las condiciones. No sólo por salvarlo, sino también porque dos años atrás, cuando Tezozómoc seguía con vida, Totoquihuatzin le había entregado, en secreto, una de sus hijas como concubina a Nezahualcóyotl, pues él bien sabía que tarde o temprano el príncipe chichimeca recuperaría el imperio; y cuando ese día llegara, sería necesario tener algún lazo con él. ¿Y qué mejor que una concubina?
Jamás contempló la posibilidad de que Mashtla le arrebataría el imperio a Tayatzin y, a su vez, que Nezahualcóyotl llevaría a cabo una de las guerras más sangrientas de la historia para recobrar el imperio. Ahora sólo le queda el inmenso dolor de haber sido él quien permitió la entrada de las brigadas enemigas a Azcapotzalco.
Totoquihuatzin camina lentamente hasta el palacio de Tezozómoc. O lo que queda de él. A su paso por el centro de la plaza, se topa con los cuerpos decapitados de los miembros de la nobleza. Los conocía a todos. De pronto, se encuentra ante un cadáver, igualmente decapitado y con el abdomen abierto. Por las prendas que lleva el difunto, concluye que tiene frente a él los restos de Mashtla. Siente mareos y náuseas. Le tiemblan las rodillas y las manos. Quisiera salir corriendo. Escapar de esa vida. Cerrar los ojos para despertar en otro lugar menos cruel. Y, sin poder evitarlo, sus ojos se inundan de lágrimas.
—Yo te maté. —Se arrodilla frente a su tío—. Perdóname. Perdóname. Fui un cobarde. Debí salir a pelear con mis tropas. Yo también debería estar muerto. —Las lágrimas empapan su rostro.
Entonces levanta la mirada y observa un árbol pelón. Sus hojas yacen incendiadas en el piso. Ahí mismo, una soga intacta. Una soga que no fue tocada por las llamas. El señor de Tlacopan se pone de pie y camina hacia el árbol esquelético, para luego lanzar la cuerda hacia una de las ramas y colgarse. Pero, justo cuando se coloca la soga en el cuello, cae de rodillas y llora desconsolado, pues sabe que no será capaz de quitarse la vida.
13 Tacuba.
14 La palabra tianguis proviene del náhuatl tianquiztli, «mercado» o «centro comercial».
15 Huehue, «viejo, anciano o abuelo». Cuando había dos personajes con el mismo nombre se agregaba el huehue para diferenciarlos, como fue el caso de huehue Motecuzoma (Motecuzoma Ilhuicamina), huehue Totoquihuatzin, que protagoniza este capítulo, y huehue Xicoténcatl, tecutli de Tlaxcala en tiempos de la Conquista.
16 Macuahuitles, plural de macuáhuitl, una macana o garrote de madera que tenía unas cuchillas de obsidiana —vidrio volcánico— finamente cortadas y que se usaba como espada.
17 Michoacán y Oaxaca.
18 Acallis —se pronuncia acalis— es el plural de acalli (de atl, «agua», y calli, «casa»), cuyo significado literal es «agua casa», se interpreta más bien como «casa sobre el agua» o «casa flotante», es decir, la «canoa». Cabe aclarar que las palabras trajinera y chalupa no son vocablos de origen náhuatl, como generalmente se cree. Trajinera proviene del Caribe, y era utilizada para referirse a las pequeñas embarcaciones utilizadas para el comercio. Chalupa viene del francés chaloupe, que significa «bote».
19 «Existían varios tipos de canoas y de diversos tamaños. Las canoas chicas podían transportar entre dos y cuatro personas. Las canoas de grandes dimensiones eran empleadas en las festividades religiosas para transportar a los sacerdotes con sus ofrendas y otras más para conducir al tlatoani […] adornadas con bancos y cubiertas con techumbres que protegían a la gente del sol y de la lluvia. Las embarcaciones tenían un fondo plano perfectamente adaptado al contexto lacustre, lo que permitía a los tripulantes manejarlas de manera fácil y rápida. Los instrumentos de propulsión eran: la pértiga, el remo con forma de pala larga y estrecha, y otro en forma de pala acorazonada. El monóxilo exhibido en el Museo Nacional de Antropología fue encontrado en la década de los sesenta en la Calzada de Tlalpan. De acuerdo con sus dimensiones y su capacidad de carga, podemos estimar que podía transportar alrededor de una tonelada de peso», Alexandra Bihar.
20 Tlahuitolis, «arcos»; y atlátles, «lanzadardos».
21 Tlacochcálcatl, «el hombre de la casa de los dardos», rango militar de alto nivel, equivalente a gran general.
22 Huei tecpancali, «palacio».
23 Tepantecutli se compone de tepaneca, gentilicio de Azcapotzalco, y de tecutli, «señor» o «gobernador». Por lo tanto, tepanecatecutli o tepanécatl tecutli significa: «gobernador tepaneca o gobernador de Azcapotzalco».
24 Yaoquizqui —yaoquizque en plural—, «soldado macehuali». El macehualli —macehualtin en plural— pertenecía a la clase social plebeya. Estaban por debajo de los pipiltin, los «nobles».
3
El anciano Totepehua decía que la madrugada era su mejor consejera. Disfrutaba tanto del aire frío de las cuatro de la mañana como de la neblina que a esa hora se recostaba sobre Tenochtítlan, esa isla solitaria que años atrás no era más que un nido de insectos y serpientes. Esa ciudad en donde, una madrugada fría y nublada, moriría Totepehua…
Totepehua era tan viejo que muchos creían que había nacido con la fundación de Meshíco Tenochtítlan, durante el ome cali shíhuitl.25 Había quienes fechaban su nacimiento en el matlactli omei cali shíhuitl,26 justo cuando iniciaba el tecúyotl 27 de Acamapichtli, el primer tlatoani de los meshítin. Un viejo, llamado Epcoatzin, aseguraba tener la misma edad que Totepehua y haberlo conocido desde la infancia. Decía que ambos habían sufrido la miseria de su pueblo, el cual apenas tenía veintiocho años de haber sido fundado en un islote que entonces carecía de agua potable y de los animales para cazar que abundaban en el valle, como perros,28 conejos, venados y aves. Por si fuera poco, la isla era demasiado pequeña para sembrar suficiente maíz, chile, jitomate, aguacate, nopales y frijoles que alimentaran a toda la población. Las ciudades vecinas prohibían a los tenoshcas entrar a sus tierras a cazar o tomar de su cosecha. Por ello, los meshítin se vieron obligados a alimentarse, principalmente, de insectos, los cuales abundaban en la isla.
Epcoatzin también aseguraba que ambos tenían entre cinco y seis años cuando les enseñaron a rascar la tierra para buscar insectos: chinicuiles, ahuautles, jumiles, chapulines, escamoles, chicatanas, izcahuitle, ashashayácatl, acozil y aneneztli,29 entre otros. «Para su mala fortuna —contó Epcoatzin—, el primer día, Totepehua fue atacado por un ejército de chicatanas, hormigas de poderosas mandíbulas. La mano se le hinchó y se le puso roja como jitomate. El llanto del niño no fue suficiente para que algún adulto se apiadara de su dolor. Todos sabían perfectamente que si los críos de la tribu no aprendíamos a soportar heridas, seríamos incapaces de sobrevivir al desamparo de la isla. No había tiempo para ser niños. Se maduraba a golpes, rasguños, caídas y decenas de fracasos».
Lo cierto es que nadie sabía el origen de Totepehua y a él no le interesaba desmentir rumores. Los ancianos de su edad no recordaban haberlo visto en su infancia. Nada sabían de su familia ni qué día había llegado a la isla. Pero sentían como si lo conocieran desde su nacimiento. Quizá porque nadie le dio importancia en aquellos años. Había otras cosas en qué ocuparse, como la búsqueda de la prosperidad tenoshca. Para fortuna de la isla, el tepanécatl tecutli mejoró su trato hacia los meshítin.
Cuando Totepehua llegó, Meshíco Tenochtítlan aún no tenía una división de castas. No existía el calmécac30 ni el telpochcali.31 Simplemente no había escuelas. Ni teocalis. Ni recinto sagrado. Apenas estaba en construcción la primera etapa del Monte Sagrado,32 dedicado al tetzáhuitl Huitzilopochtli, dios de la guerra.
Con el paso de los años, los tenoshcas fueron adoptando deidades de otras aldeas. Siempre que los teopishque, «guardianes de los dioses», visitaban algún pueblo vecino se detenían en sus Montes Sagrados y reverenciaban a sus dioses. Jamás pusieron en duda su origen ni sus facultades. Para ellos, todos los dioses merecían veneración. Con esa fe, los sacerdotes tenoshcas comenzaron a hablarle a la gente de su pueblo sobre: Ometéotl, «dios dual». Señor de la dualidad, padre y madre de los dioses. Meztli, «la luna». Tonacatecuhtli, «señor del sustento». Dios de la creación y la fertilidad. Tonacacíhuatl, «señora del sustento». Esposa de Tonacatecuhtli y diosa de la creación y la fertilidad. Tonátiuh, «sol». Dios del sol y líder del cielo. Shipe Tótec, «nuestro señor desollado». Dios de la agricultura y del poder bajo su aspecto guerrero. Tezcatlipoca rojo, el del oeste. La parte masculina del universo; Tezcatlipoca negro, Espejo humeante. Dios de la noche y los brujos. Quetzalcóatl, «serpiente emplumada». Los meshítin no dudaron en las palabras de sus sacerdotes y aceptaron construirle un teocali a cada uno. Sin embargo, la llegada de los dioses no cesó. La ciudad era todavía muy pequeña y no había suficiente lugar para fabricarles una casa a todos los dioses, pero aun así los recibieron y les confeccionaron imágenes a su semejanza talladas en piedra.
Así pues, Totepehua se convirtió en uno de los sacerdotes de la ciudad isla. A partir de entonces, dedicó su vida al estudio, enseñanza y veneración de los dioses. Años después el mismo Totepehua contribuyó a llevar más deidades a la isla, como Shólotl, «el perro monstruo». Gemelo de Quetzalcóatl, lado maligno de Venus. Dios de la mala suerte del atardecer, de los espíritus y los muertos en su viaje al Míctlan y al inframundo. Ahuitéotl, dios de aquellos que son opacados por los vicios. Itzapapálotl, «mariposa de obsidiana». Diosa del sacrificio y de la guerra; patrona de la muerte. Shiuhtecutli, «señor de la hierba». Dios del fuego y del calor. Tlahuizcalpantecutli, «el señor en la aurora». Señor de la estrella del alba. Tlazoltéotl o Ishcuina, «diosa de la inmundicia». Diosa de la lujuria, de los amores ilícitos, del sexo y de la indecencia. Shochiquétzal, «flor preciosa». Diosa de la belleza, la naturaleza, la fertilidad y del canto. Shochipili, «noble florido». Dios de la primavera y príncipe de las flores. Chalchiuhtlicue, «la que tiene su falda de jade». Esposa de Tláloc, la de la falda de jade. Patécatl, «morador de la medicina». Dios de las medicinas y creador del peyote. Mayahuel, «la que rodea el maguey». Creadora del octli y diosa de la embriaguez. Tláloc, «el octli de la tierra». Dios de las lluvias. Tepeyolohtli, «corazón del monte». Dios de las cuevas, de los montes, de los ecos y de los jaguares. Tlaltecutli, «señor de la Tierra». Tonantzin, «nuestra madre venerada». Identificada como madre de Quetzalcóatl, Tonantzin era el nombre utilizado para varias deidades femeninas como: Toci o Temazcalteci, «nuestra abuela». Diosa de la maternidad, la salud y las hierbas curativas. Teteoínan, «la madre de los dioses». También llamada Tláli Iyolo, «corazón de la Tierra». Temazcalteci, «abuela de los baños de vapor». Yoaltícitl, «curandera de la noche». Diosa de los nigromantes, curanderos, yerberas y temazcales. Cihuacóatl, «serpiente hembra». Diosa de los nacidos y los fallecidos. Señora de los curanderos y recolectora del tonali, «el soplo divino, materia sagrada que da vida a los seres humanos». Citlalicue, «la falda de estrellas». Señora de las estrellas. Coatlicue, «la que tiene su falda de serpientes». Madre de los cuatrocientos huitznahuas. Chicomecóatl, «siete-serpiente», o Shilonen. Diosa del tlaoli, «maíz», las cosechas y la fertilidad. Shochitlicue, «la que tiene su falda de flores». Chimalma, «escudo de mano». Diosa de la fertilidad. Señora de la vida y de la muerte; guía del renacimiento. Omecíhuatl, «dos-señora». Dualidad de Ometéotl. Diosa primordial de la sustancia, así como señora y diosa de la creación de todo el universo. Centéotl, «dios del maíz». Mictecacíhuatl, «diosa de la muerte». Mictlantecutli, «señor de la muerte». Chantico, «dios del hogar». Huehuecóyotl, «dios de la alegría». Ilmatecutli, la «diosa vieja». Huishtucíhuatl, «diosa de la sal». Hermana mayor de Tláloc. Mishcóatl. Serpiente de nube. Dios de las tempestades, de la guerra y de la cacería.
En apenas cien años, los tenoshcas habían incrementado al triple el tamaño del Recinto Sagrado y de la ciudad con la construcción de las islas artificiales, llamadas chinámitl.33 Crearon el calmécac y el telpochcali. Totepehua se convirtió en el Tótec tlamacazqui y miembro del Consejo, constituido por los teopishque, a quienes les tocó la difícil tarea de asesorar a un meshícatl tecutli que tenía las manos atadas, ya que Tezozómoc imponía su autoridad en la ciudad isla. Nadie se atrevía a contradecir y mucho menos a confrontar al tecutli tepaneca. Su poder sobre los meshítin creció cuando entregó a su hija llamada Ayacíhuatl para esposa de Huitzilíhuitl.
Al año de haberse casado, Ayacíhuatl y Huitzilíhuitl tuvieron a su primer hijo, al que llamaron Acolnahuácatl. Tezozómoc, entusiasmado con el nacimiento de su nieto, cambió entonces su actitud hacia los tenoshcas y les redujo el tributo a la entrega de unas cuantas aves y peces de manera simbólica. Pero la felicidad no duró demasiado. Veintenas más tarde, el recién nacido fue asesinado por dos hombres.
Aquel día Ayacíhuatl se encontraba cuidando a su hijo en compañía de la nodriza. Entonces llegaron dos hombres disfrazados de soldados meshícas y le informaron que el tlatoani los había mandado por ella, quien salió de inmediato a la sala principal. Los hombres entraron a la habitación, mataron a la nodriza, al bebé le cortaron la cabeza, lo envolvieron en sus sábanas, lo cargaron a la entrada del palacio, lo dejaron en el piso sin dar explicaciones y se fueron corriendo. Los yaoquizque, que hacían guardia en la entrada del palacio, enfocaron su atención en el bulto lleno de sangre y dejaron que los asesinos escaparan. Al descubrir que era el hijo del tlatoani, lo llevaron a la sala principal y lo mostraron al Huitzilíhuitl y a su esposa, quien de inmediato rompió en llanto y cayó de rodillas. A partir de entonces, Ayacíhuatl comenzó a perder la cordura.
El Consejo meshíca recomendó a Huitzilíhuitl que ordenara una investigación, la cual se llevó a cabo con discreción absoluta. Pronto el meshícatl tecutli se enteró que el responsable de aquel horrible crimen había sido su cuñado Mashtla. Los consejeros sugirieron a Huitzilíhuitl que lo denunciara con Tezozómoc para que lo llevara a juicio, pero el tlatoani rechazó la recomendación y guardó silencio para evitar problemas con su suegro. Tiempo después descubrió que Tezozómoc también había enviado a sus espías a investigar y se había enterado de que Mashtla era el responsable, mas no lo castigó.
Dos veintenas34 más tarde, nacieron Tlacaélel y Motecuzoma Ilhuicamina. El teopishqui, «guardián de los dioses», llamó El Elegido a Tlacaélel. Veintenas después, Ayacíhuatl dio a luz a su segundo hijo, al que llamaron Chimalpopoca. Entusiasmado, Tezozómoc lo nombró heredero del meshíca tecúyotl y Huitzilíhuitl no se atrevió a contradecirlo. El sacerdote Totepehua le explicó al tlatoani que siendo de esa manera, era menester cambiarle el nombre a El Elegido.
—¿Qué nombre debemos ponerle? —preguntó Huitzilíhuitl.
—Tlacaélel, «El Desposeído».
Tal y como lo indicaba su nombre, Tlacaélel fue despojado de su legítimo derecho a la sucesión en el meshíca tecúyotl («gobierno»), pues en aquella época los tenoshcas aún no definían con claridad su método para elegir a su tlatoani. Huitzilíhuitl había sido electo por ser el hijo de Acamapichtli, mas no porque hubiera otros candidatos, mucho menos una contienda. A Chimalpopoca lo designó su abuelo Tezozómoc y no había forma de rechazar aquel nombramiento mientras él siguiera vivo. Chimalpopoca se convirtió así en la joya más preciada del palacio de Tenochtítlan. Tlacaélel no sólo fue despojado de la sucesión, sino también del cuidado y el afecto de su padre. Si bien a los gemelos no les hacía falta nada, eran como dos fantasmas en el palacio de Meshíco Tenochtítlan. Toda la atención del meshícatl tecutli estaba enfocada en su hijo Chimalpopoca. Principalmente, por el temor de que Mashtla repitiera su atroz crimen. Luego, para darle gusto a Ayacíhuatl, quien había enloquecido desde la muerte de su hijo primogénito. Cuando recién había nacido Chimalpopoca, Ayacíhuatl lo llamó Acolnahuácatl y Huitzilíhuitl la corrigió con una sonrisa forzada.
—Chimalpopoca —dijo el tlatoani.
—¿Qué? —Ayacíhuatl arrugó las cejas y miró a su esposo—. ¿De qué hablas?
—Se llama Chimalpopoca.
Ayacíhuatl sonrió, negó con la cabeza y devolvió la atención al recién nacido.
—Se llama Acolnahuácatl. —Le besó la frente.
En ese momento, el tlatoani tuvo la certeza de que su mujer nunca más recuperaría la cordura. Aquel recién nacido había llegado al mundo para reencarnar en la mente de aquella joven mujer como el hijo que un día su hermano le arrebató. Huitzilíhuitl no se atrevió a contradecirla. Se adaptó a la dicha confusa de su esposa y sujetó a la familia y sirvientes a un atadero de mentiras que, finalmente, terminaría por romperse. Chimalpopoca creció creyendo que su nombre era Acolnahuácatl Chimalpopoca y que en casa preferían el primer nombre y en la calle el segundo. En más de una ocasión el niño se presentó como Acolnahuácatl Chimalpopoca y no faltó quien alzara la ceja. Era bien sabido por todos en la ciudad que Acolnahuácatl había muerto veintenas antes del nacimiento de Chimalpopoca.
Por su parte, Tlacaélel y Motecuzoma Ilhuicamina ignoraban la historia del hermano primogénito, hasta que un día un niño se las contó. Ilhuicamina no le creyó. Tlacaélel sintió que aquello podía ser una verdad a medias, así que fue con el maestro Totepehua y le contó lo sucedido. El teopishqui se sentó junto al niño y le preguntó si creía lo que le habían contado. Tlacaélel respondió que le parecía posible.
—¿Qué pensarías si te dijera que es verdad? —preguntó Totepehua.
—No sé —respondió Tlacaélel con indiferencia.
—¿No te conmueve que hayan asesinado a tu hermano mayor?
—No lo sé. Creo que no. No lo conocí.
—¿Y qué piensas de la persona que lo mandó matar?
—Que me gustaría conocer sus razones —contestó el niño.
—¿Por qué?
—Me gusta cuando usted me cuenta historias.
Totepehua sonrió ligeramente y le contó que Mayahuel se había casado con Tezozómoc siendo muy joven, sin haber conocido antes al futuro esposo, pues el matrimonio fue pactado entre los padres de ambos para unir a los tetecúyo, «gobiernos», vecinos (de Azcapotzalco y Tlacopan) y fortalecer sus ejércitos.
—Tezozómoc y Mayahuel se casaron —continuó el maestro Totepehua— justo cuando Quinatzin se preparaba para recuperar el imperio que su primo Tenancacaltzin le había arrebatado diez años atrás. Para desgracia del joven matrimonio, Tezozómoc y Mayahuel no sólo no se agradaban, sino que también se repudiaban. Por otra parte, el príncipe tepaneca estaba más preocupado por las tropas de Quinatzin que por su consorte. La joven pareja apenas si tuvo los encuentros sexuales suficientes para consumar el matrimonio y engendrar un hijo. Después de que Mayahuel quedó embarazada, Tezozómoc no volvió a tocarla jamás. El príncipe tepaneca ni siquiera se preocupó por conocer a su hijo el día de su nacimiento. Fue a verlo quince días más tarde. Mayahuel nunca olvidó aquel desdeño y le heredó a su hijo todo el resentimiento que acumuló con el paso de los años hasta convertirlo en un ser celoso, envidioso, vengativo y cruel. Mashtla creció sintiéndose despreciado por su padre, ya que, a pesar de ser el único hijo legítimo, Tezozómoc reconoció a Tayatzin, Tecutzintli, Cuacuapitzáhuac, Tecpatlshóchitl y Ayacíhuatl —a quienes procreó con otras concubinas— como hijos legítimos y les dio los mismos privilegios a todos. La envidia de Mashtla no sólo se reflejó en contra de sus hermanos, sino también en contra de los meshítin. Cuando Tezozómoc entregó a su hija Ayacíhuatl, para que se casara con Huitzilíhuitl, Mashtla le reclamó inmediatamente a su padre, quien para evitar que su hijo siguiera protestando, le dio el tecúyotl «gobierno» de Coyohuácan. Luego, cuando Ayacíhuatl y Huitzilíhuitl tuvieron a su primogénito, Mashtla envió a dos de sus soldados para que asesinaran al recién nacido. Veintenas después naciste tú, Tlacaélel.
—Entonces yo no era El Elegido, como dice usted. Era Acolnahuácatl.
—Los dioses decidieron que él perdiera la vida a las pocas veintenas de nacido.
—Y los mismos dioses fueron los que decidieron que yo me convirtiera en El Desposeído.
—Los dioses tienen extrañas formas de darnos señales. Ahora dime qué piensas de Mashtla.
—Pienso que Mashtla era el instrumento de algún dios.
—¿Qué dios sería ése? —el maestro Totepehua miró fijamente a su alumno.
—Tezcatlipoca.
—¿Por qué?
—Tezcatlipoca es el Espejo que humea, el dios omnipotente, omnisciente y omnipresente. Siempre joven, el dios que da y quita a su antojo la prosperidad, riqueza, bondad, fatigas, discordias, enemistades, guerras, enfermedades y problemas. El dios positivo y negativo. El dios caprichoso y voluble. El dios que causa terror. El hechicero. El brujo jaguar. El brujo nocturno.
—Ése es Tezcatlipoca —continuó el maestro Totepehua—. El dios de las cuatro personalidades: Tezcatlipoca negro, el verdadero Tezcatlipoca; Tezcatlipoca rojo, Shipe Tótec; Tezcatlipoca azul, Huitzilopochtli; Tezcatlipoca blanco, Quetzalcóatl. El dios omnipotente, omnisciente y omnipresente. Titlacahuan, «aquel de quien somos esclavos». Teimatini, «el sabio, el que entiende a la gente». Tlazopili, «el noble precioso, el hijo precioso». Teyocoyani, «el creador (de gente). Yáotl, Yaotzin, «el enemigo». Icnoacatzintli, «el misericordioso». Ipalnemoani, «por quien todos viven». Ilhuicahua, Tlalticpaque, «poseedor del cielo, poseedor de la Tierra». Monenequi, «el arbitrario, el que pretende». Pilhoacatzintli, «padre reverenciado, poseedor de los niños». Tlacatle Totecue, «oh, amo, nuestro señor». Youali Ehécatl, «noche», «viento»; por extensión, invisible, impalpable. Monantzin, Motatzin, «su madre», «su padre». Telpochtli, «el joven», «patrón del telpochcali, la casa de la juventud». Moyocoani, «el que se crea a sí mismo». Ome Ácatl, «dos carrizos», su nombre calendárico.
—¿Tezcatlipoca le ordenó a Mashtla que mandara matar a mi hermano?
—Eso no lo podemos saber. El dios Tezcatlipoca puede tomar muchas formas. Pudo haber tomado el cuerpo de los hombres que mataron a Acolnahuácatl. O quizá les dio la orden. Tezcatlipoca es caprichoso.
—¿Es cierto que le llaman el tanguia?35
—Es verdad: en las noches se convierte en fantasma, y quien lo ve muere en la guerra o cautivo. Pero si el condenado le pide al fantasma espinas de maguey (señas de fortaleza y valentía), y el dios se las proporciona, el penado debe capturar tantos prisioneros como las espinas recibidas; entonces el dios le perdona la vida. Tezcatlipoca también se presenta ante los humanos como fantasmas femeninos de mal agüero, llamadas tlacaneshquimili, sin pies ni cabeza, que se arrastran por el suelo al mismo tiempo que gimen como enfermas. Para evitar la maldición, los hombres deben perseguir a las tlacaneshquimili hasta capturarlas. Si lo consiguen, las fantasmas les brindarán riquezas y prosperidad.
—Yo quiero ser como Tezcatlipoca —agregó Tlacaélel.
—Nadie puede ser como Tezcatlipoca —comentó Totepehua—, pero ciertamente podrías ser su sirviente.
—Yo no quiero ser sirviente de nadie —respondió el niño con indignación.
—Ser sirviente de Tezcatlipoca es un honor. No cualquiera puede servirle. El dios omnipotente no acepta a cualquiera.
—¿Usted es sirviente de Tezcatlipoca?
—Lo soy.
—¿Y qué recibe a cambio?
—Aunque dedicara mi vida entera a describirte lo que recibo del dios Tezcatlipoca, no me alcanzaría el tiempo ni a ti la paciencia. Sólo estando a su servicio se puede comprender todo lo que se recibe de él.
—¿Qué necesito hacer para ser sirviente de Tezcatlipoca? —preguntó el niño con un poco de entusiasmo, algo poco común en él, ya que no solía demostrar sus emociones.
—Por el momento nada. Ve a tu casa y no le cuentes a nadie lo que te platiqué.
—¿Es malo que lo cuente?
—Es malo que la gente tonta lo sepa. Las verdades le hacen daño a los imbéciles.
Tlacaélel sonrió y se fue corriendo. Aquella noche soñó que conocía a Tezcatlipoca. Era un hombre de pedernal, negro y brillante. Brillante como un espejo negro. Había dos montañas. Tezcatlipoca se encontraba de pie, en la cima de una de ellas. Tlacaélel caminó hacia la cúspide, pero era tan alta que, a pesar de haber caminado todo el día y toda la noche, no alcanzó a llegar hasta donde se encontraba el dios Tezcatlipoca. Sentía sed. Mucho cansancio. Se sentó sobre una roca. De pronto ésta se movió y Tlacaélel cayó al piso. La roca comenzó a rodar cuesta abajo. Los árboles empezaron a derribarse y a caer también hacia abajo. El niño tuvo que brincar sobre los troncos para que no se lo llevaran. Las ramas que giraban como rehiletes le golpearon la cara, el pecho, los brazos, las piernas, una y otra vez. Siguió saltando con todas sus fuerzas, hasta que algo lo golpeó y lo derribó. No supo si era una rama, un tronco o una piedra.
Cuando despertó, la montaña se había quedado sin árboles. Todos se encontraban apilados en las faldas de las montañas. De pronto, escuchó una risa burlona. No había nadie alrededor. Miró a la cima y encontró una figura muy pequeña. Supo que era Tezcatlipoca por el color negro brillante. Se limpió el sudor de la frente y emprendió la subida.
—¿A dónde vas? —preguntó una voz a su espalda.
Al voltear la mirada, se encontró con el dios Tezcatlipoca.
—¿Te estás burlando de mí? —le preguntó el niño.
—Si no me burlo de ti, no sería divertido.
—Entonces no eres un dios. Un verdadero dios no se burlaría de nosotros.
Tezcatlipoca caminó alrededor de aquel niño indefenso y sucio de tanto haber caminado. Lo miró con socarronería, le empujó la frente con la palma de su mano de pedernal y le dijo:
—Porque soy un dios me burlo de todos ustedes. —Lo empujó una vez más—. Yo soy Tezcatlipoca. —Infló el pecho y mostró sus dientes negros de pedernal—. Soy el dios omnipotente, omnisciente y omnipresente. —Siguió caminando alrededor del niño—. Siempre joven, el dios que da y quita a su antojo la prosperidad, riqueza, bondad, fatigas, discordias, enemistades, guerras, enfermedades y problemas. —Se detuvo frente Tlacaélel y lo miró fijamente a los ojos—. Soy el dios positivo y negativo. El dios caprichoso y voluble. El dios que causa terror. El hechicero. El brujo jaguar. El brujo nocturno. No lo olvides, niño.
En ese momento, Tlacaélel despertó.
25 En el calendario azteca el «año dos casa» corresponde a 1325 del calendario gregoriano.
26 Matlactli omei cali shíhuitl, «año trece casa»: 1349.
27 El tecúyotl y el tlatocáyotl se refieren a dos tipos de gobierno: el tecúyotl de los tetecuhtin y el tlatocáyotl de los tlatoque. El tecúyotl, en plural tetecúyo, sería el equivalente a un gobierno estatal, en tanto que el tlatocáyotl a la administración federal. Antes de la creación de la Triple Alianza el gobierno de México Tenochtítlan era un tecúyotl.
28 Las tribus nahuas criaban una raza de perro, llamada techichi, que incluían en su dieta. El techichi se extinguió después de la Conquista debido a la falta de alimento. En años recientes, se ha difundido el mito de que los perros chihuahua son descendientes del techichi, pero no existe fundamento alguno que lo compruebe.
29 Los chinicuiles son gusanos. Los ahuautles, los huevos del axayácatl, un tipo de chinche de agua. Los jumiles o xotlinilli, las chinches de monte. Los escamoles, las larvas de la hormiga güijera. Las hormigas chicatanas, las hormigas voladoras. Con el nombre de axayácatl se designaba a seis insectos neópteros, hoy en día clasificados como Corisella, Corisella texcocana, Krizousacorixa azteca, Graptocorixa abdominalis y Graptocorixa bimaculata. El izcahuitle o izcahuitli es un gusano de color rojo, aparentemente sin cabeza, con una cola en cada extremo. El acozil, un crustáceo parecido a la langosta, color café, de cuarenta milímetros de longitud, conocido actualmente como acocil. La aneneztli, una cigarrilla, chambalé, chicharra, cucaracha de agua o mariposa de agua.
30 El calmécac, que en náhuatl significa «en la hilera de casas», era la escuela para los nobles.
31 El telpochcalli, que en náhuatl significa «casa de la juventud» o «casa de los mancebos», era la escuela para los plebeyos.
32 Los mexicas llamaban Montes Sagrados a los basamentos que construían con una serie de cuerpos escalonados, a los que hoy erróneamente se les conoce con el nombre de «pirámides». Una pirámide debe unir en el vértice —en la punta superior— todas las caras de la figura geométrica, como ocurre con las pirámides de Egipto. Los basamentos mesoamericanos, en cambio, rematan con una base plana donde se erige el teocali, «la casa de [algún] dios». También se le llamaba teocalcuitlapilli a la capilla donde se ubicaba el altar de un dios.
33 Chinámitl, «cerca de carrizos», eran islas artificiales, hechas en una especie de jaula de carrizos, que llenaban con tierra y todo tipo de materiales biodegradables. Lo hacían así hasta que quedaban sólidas y se podía sembrar o construir sobre ellas. Son lo que hoy conocemos como «chinampas».
34 El xiupohualli, «calendario», se dividía en dieciocho ciclos de veinte días, llamado cempoallapohualli, «la cuenta de las veintenas». Más información al final de este libro, en el apartado titulado «La cuenta de los días».
35 El tanguia es un fantasma.
4
Yarashápo se encuentra de rodillas, mamándole la verga a Pashimálcatl, cuando uno de sus sirvientes lo interrumpe desde el pasillo para informarle que alguien solicita con urgencia su presencia en la sala principal. Yarashápo ignora aquel llamado y continúa chupando aquel grueso tronco de carne que apenas si le cabe en la boca. Quiere que Pashimálcatl termine en ese momento, pero no lo consigue. El nenenqui, «sirviente», insiste:
—Mi amo, lo buscan en la sala principal.
—Le voy a cortar los huevos si nos interrumpió por una estupidez —amenaza Pashimálcatl al mismo tiempo que se acomoda el máshtlatl, «taparrabo».
—No te enojes, querido, en un momento regreso contigo —promete Yarashápo acariciándole la verga suavemente.
—Está bien. —Pashimálcatl se tranquiliza—. Vamos a ver qué es eso tan importante.
—¿Quién me busca? —pregunta Yarashápo luego de abrir la cortina que cubre la entrada de su habitación.
—Ichtlapáltic… Su espía, mi amo.
El hombre baja la cabeza al ver a Pashimálcatl.
Yarashápo y Pashimálcatl se miran con sorpresa. No esperaban que el informante les llevara noticias tan pronto. Apenas lo habían visto la tarde anterior, cuando éste les anunció que los meshícas tenían planeado un banquete y que Nezahualcóyotl asistiría como invitado de honor. Su espía es un soldado tenoshca, por lo tanto, no tiene acceso a información confidencial, pero sí puede enterarse de muchas cosas antes de que se hagan públicas.
Veintenas atrás, Nezahualcóyotl, con el apoyo de los pueblos aliados habían logrado entrar a Azcapotzalco. Mientras los meshítin y tlatelolcas combatían con los escuadrones tepanecas, el príncipe chichimeca había entrado al palacio, persiguiendo a Mashtla hasta los temazcalis36 y arrastrádolo hasta la plaza principal para interrogarlo frente a sus yaoquizque. Nunca antes se había visto tanta furia en los ojos del Coyote ayunado. Mashtla se encontraba aterrado. Confesó sus crímenes y delató a otros. Pero Nezahualcóyotl no estaba dispuesto a escucharlo y ahí mismo le cortó la cabeza y le sacó el corazón. Más tarde sus soldados asesinaron a todos los miembros de la nobleza tepaneca e incendiaron los teocalis, palacios, escuelas, casas, mercados, puertos y canoas. La ciudad entera fue destruida.
Con ello, terminaba la guerra entre Azcapotzalco y Teshcuco. Una rivalidad que había iniciado generaciones antes de que nacieran Nezahualcóyotl y su padre Ishtlilshóchitl. Un conflicto bélico heredado por su bisabuelo Quinatzin y el abuelo de Mashtla, Acolhuatzin. Según las conjeturas, con la muerte del hijo de Tezozómoc, se acabarían los abusos y llegaría la tranquilidad al cemanáhuac.37 Sólo faltaba la jura de Nezahualcóyotl como in cemanáhuac huei chichimecatecutli.
Las leyes estipulaban que debía ser reconocido por la mayoría de los pueblos vasallos, de lo contrario, la jura se invalidaba. Cuando Yarashápo y Pashimálcatl se enteraron del banquete que se brindaría en la ciudad isla, tuvieron la certeza de que no tenía nada que ver con la jura de Nezahualcóyotl, pese a que se rumoreaba lo mismo por todo el cemanáhuac. Yarashápo y Pashimálcatl sabían que el Coyote sediento no se conformaría con algo tan simple. Aun así, le ordenaron a su espía que de inmediato les llevara información si los meshítin decidían rendir vasallaje y jurarlo en aquel banquete. Pero la información que su espía les llevaba esa noche rebasaba, por mucho, las expectativas de los tetecuhtin de Shochimilco.
—Dime que los meshítin juraron a Nezahualcóyotl como in cemanáhuac huei chichimecatecutli, de lo contrario te cortaré las bolas —amenaza Pashimálcatl al informante.
—No —responde el hombre sin titubear.
Pashimálcatl dirige la mirada a Yarashápo y sonríe con enfado: «Te lo advertí».
—Se pelearon… —informa Ichtlapáltic.
Yarashápo y Pashimálcatl se muestran desconcertados.
—¿Quiénes? —cuestiona Yarashápo con intriga.
—Nezahualcóyotl y los tenoshcas…
El espía se siente importante. Por primera vez les ha llevado una noticia que los deja con la boca abierta. Los tetecuhtin de Shochimilco no esperaban algo así. La alianza entre Nezahualcóyotl y los meshítin parecía inquebrantable.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —pregunta Yarashápo mientras camina hacia su espía.
—Estoy seguro, mi amo.
—Dinos con exactitud todo lo que viste y escuchaste —ordena Pashimálcatl al mismo tiempo que se acerca al informante.
—Pocos días antes de que terminara la guerra, murió uno de los miembros del Consejo tenoshca.
—¿Eso qué tiene que ver con lo de ayer? —lo interrumpe Pashimálcatl.
—Déjalo hablar —interviene Yarashápo con dulzura.
—Mucho —responde el informante con un gesto de soberbia—. Totepehua era el más viejo de los seis miembros del Consejo meshíca y el Tótec tlamacazqui.
—¿De qué murió? —pregunta intrigado Pashimálcatl.
—Déjalo hablar —insiste Yarashápo.
—Al parecer de viejo.
—Nadie muere de viejo —interrumpe Pashimálcatl—. Se muere de algún mal, siempre, siempre, siempre es por algún mal. O de envenenamiento.
—No sabría decirle si fue envenenado. Nadie ha hablado de eso. Supongo que todos aceptaron que pudo haber muerto por su vejez.
—Está bien —interrumpe Yarashápo—. Continúa con tu informe.
—Tras la muerte de Totepehua…
—¿Murió Totepehua? —pregunta Yarashápo con asombro y tristeza.
—Déjalo hablar —le responde Pashimálcatl.
—Pero Totepehua era…
—Ya nos había dicho que murió Totepehua. ¿No lo escuchaste?
—¿Lo dijo? No lo escuché. No sé por qué. —Yarashápo se lamenta y luego dirige la mirada al espía—. Continúa.
—Tras la muerte de Totepehua, el Consejo meshíca decidió llevar a cabo la elección de su nuevo consejero apenas terminara la guerra. Lo cual ocurrió esta mañana. Por eso invitaron a Nezahualcóyotl. Pero la junta del Consejo no sólo era para elegir al nuevo miembro, sino para llevar a cabo una reforma a las leyes de gobierno. A partir de ahora, todas las decisiones del tlatoani deberán ser aprobadas por el Consejo.
—Es decir, el tlatoani ya no pide consejo, sino permiso —recalca Pashimálcatl con una sonrisa irónica.
—Así es —responde Ichtlapáltic—. Y no sólo eso. Las últimas decisiones del tlatoani quedan derogadas. En particular, una de las más importantes: el pacto entre Nezahualcóyotl e Izcóatl en el cual, a cambio del apoyo militar, los meshícas serían absueltos del pago de tributo de por vida en cuanto el príncipe chichimeca recuperara el imperio.
—Un gran pacto… —comenta Pashimálcatl con las cejas alzadas.
—No para Tlacaélel… —responde el informante.
—¿Y qué tiene que ver Tlacaélel en todo esto? —pregunta intrigado Yarashápo.
—Que Tlacaélel es el nuevo miembro del Consejo.
—¿Tlacaélel? —cuestiona Pashimálcatl con socarronería—. Pero sí es un imbécil.
—Usted no diría lo mismo si lo hubiera escuchado hablar ante Nezahualcóyotl esta tarde —responde el informante con seriedad.
—Termina de dar tu informe —dice Pashimálcatl mientras alza los hombros.
—El Consejo se reunió en el teopishcachantli38 para elegir al nuevo miembro, quien resultó ser Tlacaélel. Luego, deliberaron sobre las nuevas leyes con las cuales el meshícatl tecutli perdía todo su poder. Al terminar, salieron y anunciaron la elección de Tlacaélel. Todos los invitados se sentaron a disfrutar el banquete. Poco más tarde, Nezahualcóyotl se puso de pie y se despidió de todos. Pero antes de salir, le recordó al tlatoani Izcóatl que pronto les anunciaría la fecha para que asistieran a Teshcuco a reconocerlo y jurarlo como in cemanáhuac huei chichimecatecutli. Entonces, el Tláloc tlamacazqui Azayoltzin se puso de pie y le informó a Nezahualcóyotl que el Consejo meshíca había decidido que el imperio se dividiría entre Teshcuco y Tenochtítlan. Nezahualcóyotl respondió que ése no era el acuerdo que tenía con Izcóatl. Tlacaélel se puso de pie y le dijo a Nezahualcóyotl que, a partir de ese momento, ése era el acuerdo. El príncipe chichimeca enfureció y le respondió que eran unos perros mal nacidos, traidores. Que debió haber escuchado a sus consejeros que le advirtieron que no aceptara la alianza con los meshítin. Tlacaélel se mantuvo firme, casi indiferente a los insultos de Nezahualcóyotl. Izcóatl lo miraba con tristeza y vergüenza. Nezahualcóyotl enfureció y se marchó.
Pashimálcatl sonríe de manera casi erótica: «Es la mejor noticia que nos has traído desde que te contratamos».
—Ya te puedes retirar —le dice Yarashápo a su informante y, luego, dirige la mirada a su amante, a quien conoció diez años atrás, cuando Pashimálcatl tenía apenas quince años de edad y él treinta y siete. Lo descubrió entre decenas de jovencitos formados en las filas del ejército, una mañana en que había acudido al campo de entrenamiento para darles la bienvenida a los yaoquizque de nuevo ingreso. La guerra entre Ishtlilshóchitl y Tezozómoc había comenzado, lo cual pronosticaba un desastre para todos los pueblos vasallos, sin embargo, ninguno se quedó de brazos cruzados y comenzaron a reclutar soldados. «¿Cómo te llamas?», preguntó Yarashápo. «Pashimálcatl, mi amo», respondió el telpochtli con una sonrisa seductora y el tecutli de Shochimilco no pudo resistir el conjuro de su mirada. Por aquella época, Yarashápo llevaba ya veinte años con Shochipapálotl, la mujer con quien su padre lo había obligado a casarse. Si bien el cuilontia, «coito homosexual»,39 no era mal visto, no existía hasta entonces ningún tecutli que viviera en concubinato con otro hombre.40 En todos esos años, Yarashápo había mantenido una doble vida, para muchos demasiado obvia. A su esposa parecía no interesarle lo que hiciera Yarashápo fuera del palacio. Por su parte, el tecutli de Shochimilco jamás había sentido el deseo por mantener una relación formal con ninguno de los hombres con los que se acostaba, hasta que conoció a Pashimálcatl, quien a diferencia de sus amantes anteriores —hombres musculosos, ejercitados en las armas, con abundantes cicatrices de guerra y tostados por el sol—, era de piel morena clara, brazos débiles, sin herencias de guerra, facciones algo femeninas, carne virgen, piel tan suave y hermosa que parecía jamás haber realizado tarea que implicara desgaste. Pashimálcatl se supo observado por el shochimílcatl tecutli, pero disimuló y evitó un encuentro de miradas. Yarashápo tampoco mostró demasiado interés y se marchó. Pasaron varias veintenas sin verse, hasta el día de las celebraciones a Tonacatecuhtli, dios de la creación y la fertilidad, y a su esposa Tonacacíhuatl. Yarashápo estaba a cargo de las celebraciones, mientras que Pashimálcatl era uno de los cinco mil yaoquizque que esa noche resguardaban la ciudad. Había cientos de mitotique, «danzantes», en la
